¿Desde cuándo existe el divorcio en Cuba?

He escuchado y leído, repetido hasta la saciedad, el soberano disparate de que el primer divorcio que tuvo lugar en Cuba fue protagonizado por la dama de la alta burguesía criolla Catalina Lasa del Río, célebre en la época por su belleza, y su primer esposo Pedrito Estévez Abreu, hijo de Marta Abreu, la gran patricia villaclareña, y de Luis Estévez Romero, quien fuera Vicepresidente durante el gobierno de Estrada Palma.

NO ES VERDAD. Esta pareja NO se divorció. Catalina y su amante, el rico hacendado Juan de Pedro Baró, fueron al Vaticano y solicitaron del Papa la anulación del matrimonio de ella, lo que les fue concedido, y después se casaron en París, donde tenían su residencia oficial antes de que él comenzara a construir en 1924  la bellísima mansión de estilo ecléctico ubicada en 17 y Paseo, hoy Casa de la Amistad. En 1918, cuando el entonces Presidente de Cuba Mario García Menocal, amigo y condiscípulo de Baró, legalizó el divorcio Catalina y Baró regresaron a la isla, amparados ya por el manto de la legalidad y con derecho a ser reconocidos por la alta sociedad habanera como un matrimonio repetable y libre de todo cuestionamiento. Baró se había divorciado de su primera esposa Rosa Varona, con quien tuvo dos hijos, mucho antes de conocer a Catalina. Este divorcio lo solicitó y obtuvo doña Rosa en los Estados Unidos por la causal de Infidelidades reiteradas. El acta consta en el Archivo Nacional y yo reproduje fragmentos de la misma en mi artículo Historia de un gran amor, una mansión y una tumba, publicado en este blog.

¿Quiénes fueron entonces los protagonistas  del primer divorcio en Cuba?

Hace muchos años me encontraba revisando uno de los tarjeteros de la sala de referencias de la Biblioteca Nacional José Martí, cuando encontré una tarjeta que me remitió a algún texto donde quedaba definitivamente aclarado que los primeros divorciados cubanos fueron… y aquí conspiran contra mí los más de 30 años transcurridos desde aquella tarde. Ya no conservo el dato, y tampoco puedo recordar con exactitud si el demandante de aquel divorcio era de profesión dentista o veterinario. Es una investigación que deberé retomar algún día a fin de ofrecer esa información a los lectores. Pero al menos quienes estén interesados en el tema y puedan visitar la Biblioteca ya saben que pueden encontrar esos datos allí.

Sin embargo, es probable que tampoco esta pareja cuyos nombres he olvidado hayan sido los primeros en beneficiarse de la aprobación de la ley de divorcio en nuestro país, por una razón muy simple: la ley emitida por el presidente Menocal tampoco fue la primera que tuvo la Perla de las Antillas. Según afirma el historiador cubano Rolando Rodríguez en el primer tomo de su libro Cuba: las máscaras y las sombras, la primera ocupación:

[…] en medio de la Guerra de Independencia el Consejo de Gobierno cubano, como demostración de la profunda ruptura con aquellas leyes de una España oficial con olor a sacristía de la cual provenían, estatuyó como válido el divorcio, y llegó a autorizar el concertado por mutuo disenso. También autorizó el matrimonio civil, y un hecho curioso, dados los cánones morales de la época y resultado de la corta expectativa de vida, fue que el matrimonio se autorizara para los varones mayores de 14 años y las hembras de 12. También se establecía que los adúlteros no podían volver a contraer nupcias.

Si se piensa que durante nuestras Guerras de Independencia hubo dos Cubas, la que siguió su vida urbana y la que pasó a llevar una existencia de guerra en la manigua, teniendo solo a mano una hamaca para dormir, las armas y algunos enseres muy rudimentarios para elaborar los alimentos, no es de extrañar que no se hayan conservado registros que permitan conocer si esta precoz ley de divorcio mambisa se aplicó y quiénes se beneficiaron de ella, ni quiénes fueron los jóvenes contrayentes que a edades totalmente núbiles formaron sus parejas en los campos de la isla.

Creo que además de la corta expectativa de vida, propia por demás de aquellos tiempos en que no existían los antibióticos, las mujeres morían como moscas de fiebre puerperal y la tisis barría con tan gran número de seres humanos, los mambises tuvieron otra razón no menos poderosa para emitir una ley que autorizaba los matrimonios de niños: las guerras contra España arrebataron a Cuba el veinte por ciento de su población, y en la manigua se moría con suma facilidad de heridas de combate, de fiebre amarilla, paludismo, disentería, hambre… La preocupación por la reproducción de la población resultaba una  lógica por parte de los legisladores del Ejército Libertador.

Y debió existir aún otra razón, esta vez de orden puramente moral: en la vida de un pueblo en guerra los valores sociales sufren gran deterioro y muchas barreras psicológicas desaparecen. Tantos hombres y mujeres conviviendo juntos en los campos donde se combatía eran proclives a tener relaciones sexuales libres. Los mambises, aunque odiaran el clericalismo español eran, en su inmensa mayoría, católicos, como lo demuestra su gran veneración por la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, a la que llamaban  la Virgen Mambisa, y eran también hombres del siglo XIX, por lo que no habrían deseado la promiscuidad sexual dentro de la manigua. No hay que olvidar que los propietarios de esclavos siempre se preocuparon de que en sus dotaciones se formaran matrimonios donde oficiaban , por lo común, sacerdotes itinerantes una o dos veces al año. Si el dueño de esclavos era suficientemente poderoso y rica su hacienda, contaba entonces con un capellán permanente que celebraba las bodas con regularidad en la capilla de la hacienda o el cafetal.

¿Se podrá algún día hacer una investigación sobre los amores en las filas del Ejército Libertador y sus seguidores? Por el momento se puede afirmar que la mentalidad legal de aquellos redentores de Cuba era muy avanzada para su época. Excepto para los pobres adúlteros. Sin duda el amor y la fidelidad eran prendas muy valoradas entre los libertadores cubanos, aunque muchos de ellos mantuvieran una pobre observancia de estas convicciones, como es el caso, por solo citar un ejemplo, de Carlos Manuel de Céspedes, que ya casado con Ana de Quesada, quien se encontraba en el exilio con los hijos de ambos, tuvo amores con la jovencísima campesina Cambula, probablemente la última mujer de su vida, pues ocurrió en San Lorenzo, donde los españoles lo asesinaron.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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