Publica el ICAIC un libro inusual y muy necesario

Ediciones ICAIC, que va perfilándose como una de las casas editoriales más inteligentes y selectivas que hoy publican en Cuba, ha dado ya a la imprenta varios títulos del antropólogo argentino Adolfo Colombres. El último de ellos, Poética de lo sagrado, una introducción a la antropología simbólica, (publicación conjunta con el Instituto Superior de Arte, ISA) es un tesoro que me he llevado de la librería Fayad Jamís como quien encuentra un diamante que es, además, raro. La Antropología resulta una ciencia por desgracia muy poco conocida entre los cubanos y ni siquiera existe como carrera en nuestras universidades, pero la antropología simbólica…, me atrevo a compararla con esas damas veladas del pasado conocidas como las tapadas, de las que nunca nadie vio el rostro en esta Isla, donde los símbolos fueron desterrados desde hace mucho en favor de una ideología encapsulada bajo la adelgazada forma de consignas.

Aquellos que por senderos oblicuos del conocimiento nos hemos iniciado en esta disciplina, que se mueve en la frontera entre los pensamientos científico y mágico, hemos pasado décadas persiguiendo títulos de especialistas franceses, ingleses, italianos, norteamericanos, perdidos en los libreros de viejo, robados a un amigo o a una biblioteca olvidada, o comprados al precio de grandes sacrificios en las ferias del libro de La Habana. Jung, Mircea Elíade, Gastón Bachelard, Gilbert Durand, Umberto Eco, Juan Eduardo Cirlot y tantos otros… ¿Qué no habremos hecho por comprender un poco la majestuosa, oscura y sinuosa belleza de los símbolos, ese universo que pertenece al mundo de las imágenes y habla el idioma sibilino del hemisferio derecho del cerebro, donde convive con las emociones, el sentimiento de la música, la poesía, el lado en sombras de la psiquis y la búsqueda de lo sagrado, que contrariamente a lo que piensan quienes piensan poco y mal, no es necesariamente una búsqueda de Dios.

Por eso, para quienes amamos la antropología simbólica los libros de Colombres, publicados en Cuba, son como una ventana que se abre en una habitación oscura y sofocante hacia una visión del Afuera. Sus textos son parte de un todo que no hemos podido asir, y los leemos como con una vieja sed, pues el tormento del conocimiento insatisfecho debería contar en el extenso catálogo de agonías que Dante ideó para su Inferno. Todo tarda tanto en llegar a nosotros que ya Martí llamó a La Habana la comarca demorada.

Resulta muy interesante, y altamente reivindicador, leer en el prólogo del autor a este libro que él mismo está consciente de lo que digo. Él mismo se muestra sorprendido de que esta obra se haya publicado en Cuba, temeroso de que no fuera apropiada para una isla asediada donde las expansiones de conciencia y los placeres del espíritu se han debido replegar para dejar espacio a otras urgentes batallas de las ideas. Pero asume que  “[…] el mundo ha cambiado y la Revolución cubana ya superó esa etapa en la que debió abocarse a lo más necesario, aspirando hoy a ser un puntal de todo pensamiento que destaque los valores de la especie humana creados en su ya largo proceso evolutivo […]”.

En el siguiente párrafo de su prólogo Colombres se refiere a la necesidad de ganarle la batalla “al vertiginoso ascenso de la insignificancia”,  fenómeno que él identifica con el vacío y que caracteriza como una mutación antropológica, que me hace recordar, en alguna de sus manifestaciones, esa extraordinaria metáfora empleada por el actor Luis Alberto García en un escrito reciente: la estulticia con guadaña, frase que es toda ella un producto del más puro imaginario simbólico, pues reúne en una imagen la personificación del grado extremo de la estupidez con el principal atributo de La Parca: la hoz segadora de vidas. Pero el arma más eficaz para combatir esa insignificancia, esa intrascendencia, ese limbo de tontería consumista y percepción superficial en que se sume una gran parte de los pueblos, producto, tal vez, de la cultura globalizada, resulta que no son las ideologías políticas ni los credos religiosos, fracasados en tal empeño, sino el arte, la cultura, el conocimiento universal bajo todos los ropajes del espíritu. Colombres llega a hablar de “una verdadera guerra de imaginarios”, y está muy en lo cierto, solo que, si como él mismo reconoce, “Cuba es el país que levanta más alto el estandarte del proyecto humano”, entonces me pregunto: ¿Por qué se ha reducido el imaginario del cubano al tamaño de un grano de maíz? No acepto que se deba a la interminable precariedad de la subsistencia cotidiana, aunque la falta de recursos materiales y las leyes draconianas de derechos de autor han empobrecido considerablemente las posibilidades de expansión del mundo editorial de la isla; pero cuando uno recuerda que el pueblo ruso acudía a las funciones del ballet Bolshoi bajo los bombardeos, y que en París ocupada por los nazis se celebraban funciones teatrales en las mismas laberínticas catacumbas de la ciudad donde conspiraba la Resistencia perseguida por la GESTAPO, hay que concluir forzosamente que la tremenda —y no sé si reversible— mutilación del imaginario simbólico del cubano, relegado prácticamente al aspecto más utilitario de las religiones sincréticas, ha de deberse a otras razones cuyo análisis desborda el marco de esta reseña ni sería yo la persona más indicada para intentar esclarecerlas, aunque haya dedicado mucho tiempo de mi vida a pensar en ello.

Dice Colombres en su prólogo:

En el primer cuarto del siglo XX, Ernst Cassirer definió al hombre como un animal simbólico, pero aún cuesta aceptar en Nuestra América la plena autonomía de esta forma visceral y comprometida de conocimiento por imágenes, muy distinta de la analítica o racional, basada en la frialdad de los conceptos. O sea, no se termina de comprender que ambas no se oponen ni superponen, pues las lecturas que cada una hace de la realidad son igualmente válidas y necesarias, por lo que, de hecho, se complementan. […] Su maniqueísmo contribuyó así a desencantar el mundo, combatiendo o negando de plano todas las manifestaciones de la magia (incluidas las generadas por el arte), a las que consideraba intrascendentes juegos de los débiles, que no pueden aceptar “la realidad”, e incluso como a deleznables supersticiones propias de gente primitiva. […] Cuba, en momentos no lejanos de su historia, se dejó arrastrar (tal vez para no volver a las opresiones de su pasado) por los fetiches de este dogmatismo […]. Lo maravilloso se oculta en los claroscuros de la vida, y es tarea de quienes cultivan la sensibilidad por intermedio del arte detectar sus refugios, para enriquecerse con su miel y ayudar a otros a conocerlos. Se estará socializando así la belleza del mundo, esos bienes que ningún mercado puede ofrecernos. Y no se trata de un tema menor, pues la salvación del planeta depende hoy de ello, por el simple hecho de que nadie defiende con uñas y dientes lo que no valora y ni siquiera conoce.

Cuando yo escribí mi monografía de hermenéutica simbólica La poética del signo como voluntad y representación, sobre la noveleta Isabeau, del escritor habanero Alberto Garrandés,  a quien la crítica ubica entre los escritores raros cubanos porque sus obras se desmarcan del canon literario nacional (léase temas locales manidos y remanidos), tuve que auxiliarme de extranjeros solidarios, quienes me hicieron llegar artículos y libros de los más importantes autores de antropología simbólica, de hermenéutica, de semiótica, y algunos textos breves tuve que conseguirlos en revistas o en internet y traducirlos con mis magros conocimientos de las lenguas romance. Nada encontré en las librerías cubanas que me ayudara para semejante estudio. La crítica literaria que se hace en la isla en estas zonas tan específicas de la literatura se lleva a cabo en la más absoluta indigencia bibliográfica. El mismo panorama desértico tuve que enfrentar cuando escribí algunos de mis cuentos y mis novelas Malevolgia y La casa del alibi, ancladas en imaginarios eminentemente simbólicos, y que terminaron convertidas en libros de culto, de cenáculos de iniciados, porque los referentes culturales que harían posible su comprensión son totalmente desconocidos para el lector cubano e, incluso, para algunos de nuestros más destacados teóricos y críticos literarios que se desorientan con facilidad desconcertante, aunque, como en el caso de Malevolgia, el escenario en que transcurre la trama sea algo tan común, tan simple como una feria de atracciones, y La casa del alibi trate sobre la emigración de dos intelectuales cubanas a Miami. No es justo. Duele y hunde al escritor, aunque no quiera admitirlo, en una miserable soledad. Sobre todo después que se murió el entrañable e irrepetible Rufo Caballero.

Y como es tan injusto y tan duro para quienes intentamos asomarnos a ámbitos del ser y del conocimiento que están por encima de lo inmediato —aunque lo inmediato más llano pueda ser en ciertos momentos lo más necesario por asequible a las mayorías—, yo celebro como una fiesta del intelecto que los libros de Adolfo Colombres estén siendo editados en Cuba y podamos comprarlos en nuestras librerías en la humilde moneda nacional, para que nos ayuden a nosotros, los que tuvimos la suerte de llegar primero a estas disciplinas científicas que parecen mal avenidas con la concepción materialista del mundo —pero en realidad la complementan y a infinitan—, podamos trabajar con aún mayor rigor y compartir el fruto de nuestro trabajo con todos y para el bien de todos, como quiso Martí, cuyo pensamiento siempre se movió entre los astros y las estrellas, como decían los romanos antiguos, y por eso aún ejerce su magisterio sobre los hombres. Gracias, también, a la editorial del ICAIC por hacer honor a su tradicional posición en la vanguardia del pensamiento intelectual cubano dándonos estos libros que, esperamos, sean la avanzada de un nuevo amanecer para nuestra cultura.

Y ansío además, con toda la sinceridad de que soy capaz, que esta iniciativa del ICAIC marque pauta para que al fin sea comprendida la necesidad de crear facultades de Antropología en nuestras universidades, y se abran espacios para disciplinas como la semiótica, la semiología, la hermenéutica y todas aquellas relacionadas con el imaginario de la especie humana; que sean impartidas en nuestra enseñanza superior con textos actualizados que permitan la formación de especialistas altamente calificados, entre los que yo hubiera dado cualquier cosa por estar cuando era una estudiante de  Filología. Deseo profundamente que quienes piensan y sienten como yo no vean truncados sus sueños de acceder al universo de la cultura a través del umbral de la dimensión ensoñada. La riqueza cultural y espiritual de la Humanidad es tan valiosa como las riquezas materiales que, paradójicamente, pueden secar el alma de una nación. Pueden faltar los bienes para la complacencia de la materia, pero si nos siguen faltando los bienes del espíritu, nos quedaremos para siempre en los zapatos del aldeano vanidoso que ha confundido con su aldea el mundo.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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