Los papeles de Valencia el Mudo, posible identificación de una obra literaria inspirada en la historia del cafetal Angerona

Es bien conocido ese acerto de que la literatura engendra literatura, pero la historia también ha fecundado a la literatura con una incontable cantidad de novelas y cuentos, y aunque lo que escribiré a continuación es pura especulación personal no deja de resultar tremendamente incitante para los lectores cubanos, en especial para aquellos que aman y conocen nuestra ciencia ficción. Hoy se acepta en los estudios de literatura cubana que la primera escuela de ciencia ficción de la isla fue fundada por el escritor Oscar Hurtado, a quien se unieron enseguida los también escritores Miguel Collazo y Ángel Arango. Los tres tienen una obra muy interesante, pero los dos primeros unen a su calidad como creadores sus extrañas personalidades, que aún hoy, muchos años después del fallecimiento de ambos, siguen siendo tema de reflexión no solo para quienes los conocieron, sino para generaciones posteriores que convirtieron sus libros en textos de culto. Siempre he defendido mi criterio de que la noveleta Onoloria, de Collazo, para algunos en realidad un relato largo, es una de las joyas de la literatura nacional, que no ha sido debidamente valorada por la manía absurda que tienen muchos críticos en el mundo, no solo en Cuba, de pensar que la ciencia ficción (Collazo escribió ciencia ficción pero Onoloria no lo es) no es literatura y no pueden encontrarse en ella obras maestras de la escritura.

Pero la rareza de Collazo consistía en una personalidad introvertida, marcada por su infancia transcurrida en el barrio de Belén, la judería habanera si es que algo semejante existió en Cuba, por su origen judío, por el suicidio de su madre y por un alcoholismo que nunca le impidió su desempeño creador. Era, me contó su esposa Xiomara Palacios, un alma atormentada, con varios intentos de suicidios en su haber. Otros escritores que lo frecuentaron también me han contado que podía ser muy huraño incluso con colegas a los que admitía en su círculo íntimo, al extremo de permanecer en silencio durante las visitas a su domicilio con las que él mismo había estado de acuerdo, y pronunciar apenas unos breves monosílabos por toda conversación, por lo que algunos de estos escritores se vieron obligados a sostener con él verdaderos torneos de mudez. Yo pienso que Collazo fue uno de esos seres que no están hechos para la felicidad ni la paz interior, que vivió exiliado dentro de sí mismo y agitado por una sensibilidad muy mórbida y un sentido trágico de la existencia, y buscaba la muerte como una liberación, pero hasta donde sé un hubo en él nada especialmente misterioso. Era un hombre muy bien parecido que atraía a las mujeres, aunque tengo entendido que solo pudo mantener una relación estable con su esposa. Diseñaba, dibujaba, pintaba, pero no sé si era culto, aunque presumo que sí, porque Onoloria no pudo haber sido escrita por alguien que desconociera la Edad Media y el Renacimiento, y seguramente tenía conocimientos esotéricos,  de cábala  debió saber bastante, estoy segura, aunque sobre eso no puedo afirmar nada salvo señalar las claves que encuentro en Onoloria.

Hurtado, en cambio, fue de esos hombres que viven envueltos en su propia leyenda, que sigue agigantándose tras su desaparición física. Yo no lo conocí, pero he oído hablar mucho de él. Sé que frecuentaba asiduamente la UNEAC, donde participaba en torneos de ajedrez con otros escritores y artistas, y era un jugador temible. Muy extrovertido, era un conversador apasionado, y encuentro esta característica suya muy coherente con su signo en el horóscopo chino: Dragón. Esto me lo dijo su esposa, la escritora Évora Tamayo, durante una entrevista que le hice, hace ya décadas, en su hermoso apartamento de El Vedado con una vista al mar que quitaba el aliento. Nació el 8 de agosto de 1919 y falleció el 23 de enero de 1977, el mismo año que mi abuelo paterno don José Manuel, con quien tenía, por cierto, un parecido fantasmal, cosa que cuando descubrí me asustó bastante por las implicaciones que eso tenía y aún tiene para mí.

No era un hombre hermoso como Miguel Collazo, aunque poseía una apariencia imponente. Hace años lo describí así en este mismo blog:

Cuando digo que Hurtado fue una figura bien visible en los jardines de la UNEAC, las salas de ajedrez, los cines, teatros y otros lugares recoletos de la cultura de nuestro país, no me refiero solo a su tremenda corpulencia física, que rebasaba los 6,3 metros de estatura montados sobre unas tal vez 200 y más libras de peso corporal, sino a su físico que podría calificarse de raro (él se decía vampiro extraterrestre), a su enorme cultura y a su capacidad sobrehumana para hablar durante tantas horas sin parar que quién sabe si habría ganado un record Guinnes, pero sobre todo, a un extraño magnetismo que emanaba de su peculiar manera de ser y ejercía una fuerte atracción sobre quienes le trataban.

Oscar, hijo de un humildísimo vendedor de pescado,  tenía, sin duda  más dotes que la mayoría de las personas corrientes: fue tenor y fervoroso amante de la ópera, actuó en el filme Una pelea cubana contra los demonios, donde hizo el papel del sacerdote, y durante su breve estancia en los Estados Unidos, a dónde viajó en busca de oportunidades como muchos cubanos de su época, aprendió rápidamente el inglés, y al parecer lo aprendió tan bien que se enfrascó en una nueva traducción de Romeo y Julieta, la conocida obra de Shakespeare, porque no le satisfacían las traducciones que había leído. Era muy conocedor del teatro, al que asistía con frecuencia, y es probable que haya participado en alguna que otra obra como asesor, no lo sé a ciencia cierta. Vivió una intensa pasión, no sé si correspondida, con una actriz a la que escribió un poema singular. Le interesaba todo lo humano y lo divino y tenía una cultura enciclopédica, nacida de una de esas hambres voraces de conocimiento que le roban la paz al estudioso y lo arrastran por todas las civilizaciones del planeta y por todas las épocas. Yo conozco muy bien esa hambre.

Lo más curioso de Hurtado era, tal vez, que él mismo tenía algunas ideas raras sobre su persona. Decía que su origen era extraterrestre, estaba fascinado por los mundos lejanos y el tema de los vampiros era en él como una especie de pivote de su pensamiento. No he podido conocer toda su obra, pero cuando trabajé como correctora  de las galeras de la antología Los papeles de Valencia el Mudo, hecha por la escritora Daína Chaviano, de inmediato me fascinaron las dos partes de Los papeles… y Rocío del dragón. Los papeles… es la historia de su supuesto abuelo Valencia el Mudo, un ser mítico procedente de un linaje aristocrático, propietario de una plantación azucarera colonial y casado con la mulata Eva Marie Duvalier, venida de Haití, bruja vudú, vampiro y hacedora de zombies, que vampirizó a Valencia y a muchos esclavos de la hacienda. La historia está narrada por el nieto de Valencia, un niño, un alter ego del propio Hurtado. Tomo, también de este mismo blog, la siguiente cita:

[Valencia] desde su juventud era aficionado a las ciencias ocultas y oscuras y había perdido la lengua durante un ritual de misa negra. Hurtado cuenta que él pasó gran parte de su infancia en la plantación de su abuelo y fue criado por la mulata Eva Marie, a quien amaba en secreto con amor de niño. En Los papeles… Hurtado hace referencia a que su abuelo poseía en una torre de aquella propiedad un observatorio desde donde él y su esposa estudiaban atentamente el curso de los astros. Hurtado asegura haberse colado a escondidas en la torre y haber divisado desde su telescopio a dos de los personajes fantásticos más interesantes y terroríficos del folklore campesino cubano y de la literatura fantástica de nuestro país: la cucaracha gigante y la bola de candela.

Antes de continuar debo decir que Los papeles de Valencia el Mudo desmienten la afirmación de quienes pretenden que Hurtado no era un buen escritor. Esto es sencillamente absurdo. No tenía el estilo inimitable de Collazo en Onoloria, pero escribía impecablemente, cosa rara de encontrar en los escritores de ciencia ficción, y le impregnó a su prosa unas atmósferas mágicas que no he encontrado nunca más en la literatura nuestra, salvo en Onoloria, y me parece un tremendo logro haber conseguido esto con una materia literaria tan poco promisoria en ese sentido como una plantación de azúcar, pues la escritura de Hurtado no solo sabe a  cubanía, sino que tiene un aroma universal de antigüedad  siniestra. Era un escritor de cepa, porque nadie que no lo sea puede conseguir esos efectos que él logró. De Rocío del dragón y otros de sus textos y poemas no voy a hablar aquí, porque lo que me interesa ahora mismo es algo muy puntual, un descubrimiento que creo haber hecho mientras investigaba para escribir dos de mis más recientes posts, que tratan sobre el cafetal Angerona, uno de los primeros que existieron en el occidente de la isla y el más importante y rico, al menos, del área del Caribe, pero ha pasado a la historia nacional por ser el nido de una de las leyendas de amor más hermosas de Cuba: la del  comerciante y plantador alemán Cornelius Souchay y la mulata haitiana Úrsula Lambert.

Angerona fue un lugar lleno de misterios, en cuya entrada se erguía una estatua de la diosa Angerona, deidad del silencio y el secreto, y creo que Hurtado se inspiró en la plantación y en aquellos amores para crear la pareja de Valencia y Eva Marie.  Las historias, la real y la de ficción, son prácticamente idénticas: dos plantadores se unen a mulatas haitianas de belleza perturbadora. Las dos tienen apellidos franceses, Lambert y Duvalier. Pero hay dos detalles que me han impresionado de un modo muy particular: creo que Valencia es un personaje  basado en Souchay, y la condición vampírica de Valencia podría, también, estar inspirada en ciertos detalles de la personalidad del  alemán. Esto se me ocurrió cuando descubrí una cita debida a las investigaciones del profesor Du Bouchet, que forma parte de unos trabajos suyos publicados en los boletines del Archivo Nacional. La cita es debida a la pluma del Reverendo Abiel Abbot, un viajero que recorrió Cuba y tomó muchos apuntes que luego publicó en forma de libro. Abbot visitó Angerona y pasó allí algunos días en compañía de Cornelius, aunque no menciona a Úrsula. Reproduzco  a continuación la cita que me interesa destacar:

El señor Souchay tiene preparada su última morada, o tumba, en la entrada norte de su hacienda, y me dijo que dentro de poco será construido el ataúd, de madera incorruptible. Tiene pensado contratar un músico para que se ocupe de seleccionar y enseñar una banda de cuarenta de sus negros para que lo distraigan en el ocaso de su vida y le acompañen hasta su sepultura con fúnebres melodías.

Independientemente de las reflexiones que me provocó esta cita y de cuestionarme si el enamorado alemán y pragmático comerciante era, en realidad, un neurótico o padecía alguna enfermedad del espíritu, —porque solo así me puedo explicar el planeamiento de una tumba por un hombre que demoró varios años en morir—, la frase ataúd de madera incorruptible saltó del párrafo ante mis ojos como si la hubiera iluminado una luz de fuego: ¿Para qué querría Cornelius Sochay un ataúd de madera incorruptible, esos que  describen las leyendas como los preferidos por los vampiros para conservar sus cuerpos con la frescura de la vida? Que se hiciera enterrar en el cementerio de Angerona no me llama especialmente la atención, porque si no llegó a ser una costumbre entre los hacendados de la isla, solía hacerse. También Valencia y Eva Marie fueron sepultados juntos en el cementerio de su plantación. Pero… ¿un ataúd incorruptible?  Este elemento no debió pasar inadvertido a Hurtado, especialista en vampiros.

Pero hay aún otro detalle significativo. En Los papeles… Hurtado  menciona la existencia de una torre en la hacienda de su abuelo donde este tenía un observatorio. No quiero parecer tendenciosa, pero cualquiera que examine las fotos y grabados de época de Angerona podrá ver de .inmediato que en el edificio también existía una torre desde donde era posible vigilar a los esclavos, o sea, un observatorio.

En el extremo inferior derecho de este collage de imágenes puede verse la torre observatorio del cafetal Angerona

Como investigadora no puedo demostrar que Hurtado se inspirara en los dueños de Angerona para escribir Los papeles de Valencia el Mudo, pero como escritora me asiste el derecho a especular con una idea tan tremendamente excitante, que si fuera cierta respaldaría la poderosa fuerza de la imaginación de Hurtado, y al mismo tiempo su sagacidad como observador de la historia. No conozco ninguna obra de escritores cubanos que hayan usado un hecho de la historia colonial para crear un texto de ficción tan hermoso y tan logrado, escrito en una aparente clave de realismo, como Los papeles… Hasta donde sé, solo dos veces se ha tocado el tema de Angerona en el arte cubano: en el texto de Hurtado y en el filme Roble de olor, del cineasta cubano Rigoberto López, muy posterior. A nadie más se le ha ocurrido sacar partido artístico de semejante materia. Aunque los hechos que confronto no me permiten demostrar mi teoría, ¿no es verdad que como aventura especulativa resulta muy atractiva y digna de una ionvestigación más profunda?  Pero ya no deben quedar muchas personas que hayan conocido a Hurtado, así que probablemente nunca lo sabremos.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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