La Habana en mí o un himno a la nostalgia

Los libros de entrevistas siempre resultan muy atractivos para quienes gustan de la lectura y también para estudiosos, especialistas, historiadores, antropólogos e investigadores en general, por lo que son siempre bienvenidos en una Feria del Libro de cualquier parte del planeta. La Habana en mí (editorial Extramuros, 2019), presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana en su ya tradicional ámbito de La Cabaña, ha sido para mí una sorpresa al par que una confirmación de cosas que “me tengo muy sabidas”, como diría Sancho Panza. Estas entrevistas a personalidades relevantes de diferentes ámbitos de la cultura, realizadas  por los periodistas Margarita Urquiola, Norge Espinosa y Orlando Luis Pardo, con cuestionario único y publicadas en la revista Extramuros hasta 2015, fecha en que esa publicación dejó de existir, muestran un catálogo de impresiones, sensaciones, vivencias y criterios  extrañamente similares: todos los entrevistados hacen énfasis especial en los lugares de la ciudad en que han vivido y los recuerdos que guardan de sus estancias, con lo que las entrevistas están recorridas por una especie de respiración muy nostálgica de infancias, esa etapa de la vida de la que alguien dijo que es la verdadera patria del hombre. Pero no solo eso tienen en común.

También sorprende cómo en estos monólogos —porque al final eso es lo que son todas las entrevistas que en el mundo han sido—, aparecen lugares icónicos de la vida cultural de la ciudad, como el Rincón del Feeling, el cine Yara, Coppelia, el Malecón, y en especial uno de cuya existencia probablemente no tendríamos hoy conocimiento a no ser por referencias muy aisladas: la Ciudad Celeste, finca en Mantilla de la familia del prócer Juan Gualberto Gómez, periodista, amigo y colaborador de José Martí que tan importante labor desempeñó en la liberación  de Cuba y en la posterior conformación de la República. Ya había encontrado algunas anécdotas sobre el tema en un libro de Arruffat sobre Virgilio Piñera, en Yo, Publio, autobiografía del pintor Raúl Martínez, y en alguna que otra mención entresacada de aquí y de allá, y sabía que era esa la familia que Virgilio hizo suya y esa la casa donde acudía puntualmente a jugar canasta, pero no fue hasta que leí la entrevista a Yoni Ibáñez, publicada en este mismo libro, que comprendí con exactitud la significación de  la Ciudad Celeste: ella fue probablemente la tertulia de mayor importancia e influencia en la cultura de La Habana, puesto que allí se dieron cita durante años intelectuales de todas las ramas y generaciones del arte y la literatura. También el escritor Abilio Estévez se refiere en su entrevista a  aquel lugar. Abilio, quien estudió conmigo en la Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, de la que hoy ya nadie se acuerda salvo quienes tuvimos la suerte magnífica de pasar allí los mejores años de nuestra adolescencia, así que hasta mi generación llegó el influjo de la Ciudad Celeste, desaparecida en la vorágine de los decretos, parametraciones y otros fervores de nuestra entonces debutante política cultural. Es una historia bastante nebulosa para mí  y sobre la que me falta información, pero de todos modos siento que fue una pérdida  irreparable que solo daño pudo hacer a toda la cultura de nuestro país y de nuestro tiempo.

Me parece curioso cómo Laidi Fernández de Juan y yo fuimos llevadas por nuestras respectivas familias  en paseos recurrentes al pueblo de Casablanca, y jugamos en el mismo parquecito blanco, montamos los mismos columpios; cómo algunos de los entrevistados que nacieron o han vivido en Santos Suárez lo recuerdan como un lugar distinguido pero entrando cada día en una decadencia más lastimosa, la misma impresión que tengo yo luego de vivir allí los últimos  19 años; cómo quienes estuvieron becados se reunían con sus compañeros de becas en la misma heladería Coppelia donde yo quedaba con los míos de San Alejandro, a pesar de separarnos décadas en edad; cómo todo el mundo ha ido a la Cinemateca como se va a un templo o a un culto muy sagrado; cómo todos los entrevistados hablan de su nostalgia por el Malecón, que también yo he sentido cuando he estado lejos de Cuba y esa franja de mar me hala de regreso como un imán gigante.

Pero lo más interesante para mí ha sido encontrar en estas entrevistas el común sentimiento de un amor por La Habana transido de dolor, tristeza y amargura por todo lo que la ciudad ha perdido. A la pregunta final de los entrevistadores sobre qué le devolvería cada entrevistado a la capital, las respuestas han sido de lo más variadas y asombrosas: el fantasma de Virgilio Piñera, el hotel Trotcha, los cines, la música, las suculentas pizzerías, las tiendas elegantes  o, como Gerardo Alfonso, simplemente la decencia (respuesta  que merece una ovación),  y una añoranza tremenda por  los años 60, salvo alguna excepción que no los vivió o solo alcanzó a balbucear en su entrevista menciones a las muchas mudadas de casas ocurridas  en su vida. Una elegía colectiva hacia la muerte de la universalidad,  el glamour, la belleza y el relumbre perdidos por una urbe que se ha vuelto críticamente ruinosa, perversamente maloliente, plagada de inmundicias y tomada en muchas de sus áreas por la estulticia con guadaña y gente zafia, dos frases de las que lamento no poder adjudicarme la propiedad intelectual, pues la primera pertenece al actor Luis Alberto García y no aparece en este libro, sino en su post Sima funk, publicado en el blog de Silvio Rodríguez Segunda cita, y la otra a Abilio Estévez, quien la dice en este libro cuando se refiere a la calle San Rafael y a su conversión en un boulevard cuya chatura y vulgaridad lo desesperan. Ambas me recuerdan aquella definición genial de Rufo Caballero: el margen que se volvió centro.

Algunos entrevistados mencionan los caballitos, el Parque Lenin, la Universidad… y alguien asegura que solo en La Habana se siente en paz. A mí, que hubiera querido ser incluida en ese abanico de excelentes entrevistas porque La Habana es uno de mis grandes amores, me gustaría añadir aquí mis propios lugares especiales: EL Zoológico, del que no puedo separar la imagen de mi padre llevándome cada domingo a montar el ponny Ligero con su estrella blanca en la frente, a comer algodón de azúcar y a extasiarme frente al estanque de los patos y la jaula del águila.  Los paseos de la mano de mis padres  y mis abuelos por las grandes tiendas vestidas de Navidad, Flogar, El Encanto, con sus preciosas vidrieras iluminadas y aquella donde Santa Klaus en su trineo nevado y  tirado por renos saludaba a los niños con su mano enguantada. San Alejandro, sobre todo cuando llegaba temprano y las aulas estaban vacías, y la figura estilizada y como del Greco de mi profesor de Historia del Arte, Antonio Alejo (una entrevista a él se incluye en este libro), andaba calmosamente por los pasillos como quien va en un ensueño. La Cinemateca, por supuesto, pues yo también fui una ardorosa cinéfila peregrinante en ella.  La escalinata de la Universidad y una habitación pequeña en su Biblioteca Central, donde cada vez que me sentaba a estudiar sufría una especie de alucinación o viaje en el tiempo donde me veía transportada a la biblioteca de Marcilio Ficino o a la de Hipatia de Alejandría.  La Casa de las Infusiones del Parque Lenin, de la que guardo un recuerdo como se guarda una joya en el cofre más íntimo de la memoria. Varias iglesias: San Francisco, donde asistí  a los primeros conciertos de Ars Longa cuando el ensemble era todavía un ramillete de músicos con la frescura de la juventud y aquel estilo de teatro antiguo que supieron imprimir a sus espectáculos de música medieval en un tiempo que  ahora se me antoja mítico, en el que solo ellos exploraban ese riquísimo territorio de la cultura en nuestra ciudad hoy corroída por el reguetón;  una iglesia de La Habana Vieja en la que, al entrar, de inmediato me siento transportada a un templo de la Alejandría pagana del siglo II. La tumba de Catalina Lasa en el cementerio de Colón. La vista de una Habana atardecida  desde los muros  de La Cabaña, que compartí con mi esposo cuando aún no éramos novios pero ya teníamos la intención inconfesada. La Mesa del Silencio en el jardín de Madre Teresa de Calcuta y el interior de la Iglesia Ortodoxa griega con sus íconos, sus lampadarios majestuosos y su ebanistería de suntuosidad mediterránea. Y  en música mi obsesión patológica con Los Zafiros, a quienes considero la voz de La Habana y un trasunto de su destino. Cuando afirmo esto en público muchas personas  me rectifican y me dicen que es el Benny,  mas no, para mí Benny es la voz de Cuba, pero La Habana, el glamour de La Habana en la que yo crecí, solo lo han poseído Los Zafiros y nadie hasta hoy ha podido igualarlos. En cuanto a mi calle preferida, tengo dos: la que divide a la mitad como a una fruta mi reparto La Asunción, en cuyo final está el parque infantil donde tantos pequeños asuncionenses raspamos el metal de las canales e hicimos chirriar las cadenas de los columpios en desenfrenadas competencias de vuelo de altura. Y una calle del reparto Monterrey de mi niñez, con su belleza tranquila, arbolada y olorosa a almuerzos familiares de domingo, a niños felices en sus piscinitas inflables y a adultos elegantes tomando el fresco en portales modernos bañados por un velo rosa y naranja que arrastraba despacio entre sus pliegues el último destello de los atardeceres.

Al contrario de algunos entrevistados, el único lugar donde yo nunca he tenido paz es en La Habana. La alcancé por instantes en una casa de la avenida Mazatlán en cuya fuente, repleta de rosas,  se reflejaba la Virgen de Guadalupe en los mil colores de su vitral. En  la isla de Madeira,  en su bosque de Laurisilva por la entrada de Queimada, donde me envolvió el silencio más absoluto y total que puedo recordar, porque para mí el silencio, y solo el silencio es la auténtica  Quietud.  Y un momento  mágico en una autopista donde el horizonte parecía tan lejano que se me reveló la Inmensidad, algo imposible en una isla estrecha como la nuestra, y me invadió de pronto la euforia indescriptible de carecer de identidad. Después de hacer estas declaraciones supongo que a cualquiera le resulte comprensible por qué siempre me he sentido tan infeliz en La Habana, a la que sin embargo amo y a la que siempre regreso.  No es para mí el sitio donde tan bien se está, pero aquí he construido mi vida, esta ciudad es mi fatum, mi destino fatal, como se diría en un bolero trasegado o en un corrido de mariachis.

Me resulta difícil decidir qué le devolvería yo a La Habana, pero creo que quisiera de regreso a los habaneros tal y como yo los conocí y desde hace mucho se han tornado en ausencias y en sombras. Ellos eran la galanura de mi ciudad.

La lectura de La Habana en mí  como canto coral deja un regusto amarguísimo y un profundo dolor, porque es como si llevaras toda una vida tratando de convencerte de tu radiante hermosura, y un día tropezaras con un espejo muy poco piadoso y vieras definitivamente reflejada en él la decadencia de tu vida, te vieras viejo, repulsivo, repudiado, y descubrieras que lo único que puedes aceptar de ti mismo es tu pasado. Este libro grita, parodiando un dicho muy popular, que La Habana YA NO ES La Habana, sino una especie de Obra alquímica donde en lugar de comenzar por la nigredo  que luego pasa por las fases de rubedo y albedo y finalmente se trasmuta en oro, el Diablo obligó a un alquimista torpe a ejecutar el procedimiento al revés, y  hoy del oro inicial solo queda  en el matraz el opus nigrum, la materia en su estado final de irreversible descomposición, mientras  el alma intenta huir de la disolución bebiéndose el ayer como un fluido hermoso  y vivificante, una ambrosía que solo puede paladearse en la memoria. Si aún así La Habana puede ser vista como una Ciudad Maravilla, no será solo porque es una madre muy, pero muy amada por sus hijos a pesar de sus temibles defectos y sus virtudes perdidas, sino, y sobre todo, porque es una bruja poderosa y letal capaz de los hechizos más alucinantes.

 

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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