Peaky Blinders, gitanos en Cuba y… una niña paya

Acabo de ver la extraordinaria serie inglesa Picky Blinders, donde una familia gitana de principios del siglo XX conforma un grupo al margen de la ley en el barrio obrero de Birmingham; una especie de mafia gitana que mantiene al espectador frente a la pantalla como aprisionado por una invisible malla de imanes. Pero ¿qué sabe un cubano sobre gitanos?

Quienes sepan algo será porque han visto, seguro, El amor brujo, filme español protagonizado por el bailaor gitano Antonio Gades, gran amigo de Cuba, y no puedo imaginar cuántos de mis compatriotas habrán leído Nuestra Señora de París, una de las dos obras cumbres del gran escritor francés decimonónico Víctor Hugo, con su inolvidable personaje de la gitana Esmeralda, y acaso visto la película. Mi generación tuvo también la oportunidad de comprar en los estanquillos callejeros los números de la espectacular revista El Correo de la UNESCO, antes que el simurg de la Perestroika y el período especial la desterraran  de la isla junto con Sputnik y otras publicaciones. Correo… dedicó un número entero a los gitanos, que yo leí con fruición, pues son un pueblo misterioso, exótico y bravo que siempre me ha interesado. Y por supuesto, ¿a qué cubano no le gusta el flamenco? Supongo que a los que les gusta el reguetón, pero el caso es que la música española, de la que los cubanos somos tan deudores aunque se nos esté olvidando, tiene un por ciento muy elevado de influencia gitana. ¿Y quién no ha visto alguna vez el celebérrimo óleo Gitana tropical, del pintor vanguardista cubano Víctor Manuel, impreso hasta en las cortinas de las bañeras?

Pero ¿qué sabe de primera mano un habanero sobre los gitanos? Nada si no nació antes de 1959 o 1960. Yo sí los conocí. Cuando era muy niña mi abuela me llevaba con ella a diario a hacer los mandados por el reparto La Asunción, un pequeño y bonito residencial  situado justo en el límite antiguo entre Luyanó y Lawton, lo que equivale a decir que colinda con la Calzada de Porvenir, aunque desde hace algunos años la veleidad de alguien en la Reforma Urbana haya decidido hacerlo formar parte de Lawton. El caso es que una de las calles internas de La Asunción sale a Porvenir, y en esa esquina hubo siempre una especie de furnia no muy profunda, o tal vez era solo un terreno algo más bajo que las calles asfaltadas. No recuerdo si ya entonces estaba cercado, pero era un campamento gitano. Había fogatas, carromatos y caballos. Ellos, que yo recuerde, salían poco  a recorrer el reparto y todas las mañanas se veía a las mujeres, con sus larguísimas trenzas negras, sus profusos ornamentos de abalorios y sus sayas estampadas de muchos vuelos, ocupadas en lavar en bateas y cocinar en pailas. Los niños correteaban y los hombres fumaban y conversaban. Mi abuela, gallega campechana, conversadora y muy noble, se detenía cada día a saludar a una de las gitanas, quien al vernos llegar se acercaba muy seria. Ellas intercambiaban un saludo, mi abuela con una sonrisa, la gitana siempre ceremoniosa, y le decíacon un acento raro: “Buen día tenga usted, mi señora”. Luego se inclinaba hacia mí y me preguntaba: “¿Cómo está hoy la linda señorita?”. A mí me daban miedo sus ojos profundos y negrísimos. Mi abuela solía llevarle ropa que se me había quedado, zapatos y juguetes que la gitana agradecía con una inclinación de cabeza y enseguida volvía junto a los suyos. Nunca las oí conversar. Mi abuela era una de las pocas personas del reparto que tenía algún trato con ellos. La gente decía que eran sucios y que las gitanas se levantaban sus muchas sayas y orinaban a la vista de todos. Yo jamás presencié algo así. También debo decir que aunque mi abuela tenía amigas en todos los estratos sociales que habitaban La Asunción, jamás escuché de alguna vecina que hubiera ido a tirarse las cartas con las gitanas, pero sí recuerdo que las gitanas tenían mazos de naipes muy manoseados y los llevaban en faltriqueras pendientes de sus cinturas. Una mañana, cuando mi abuela y yo llegamos con el bultico acostumbrado, el lugar estaba completamente vacío. Los gitanos se habían ido de madrugada y nadie sabía a ciencia cierta hacia dónde. Se comentó que habían huido porque los asustó la libreta de abastecimiento y la posibilidad de tener que asentarse definitivamente, sensarse… Eran —y muchos de ellos siguen siendo— un pueblo errante que ama la libertad, vagar por los caminos, el movimiento perpetuo.

No es menos cierto que los trabajos que suelen desempeñar los gitanos necesitan mercados constantemente renovados. Son excelentes metalúrgicos, fundidores de metales, herreros, soldadores, y van de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. También son magníficos cirqueros, llegan con sus carpas a cualquier lugar y en un dos por tres ofrecen una función. Excelentes músicos, no he conocido mejores violinistas que ellos, verdaderos magos del arco y las cuerdas capaces de proezas que difícilmente resultarían creíbles para quienes no los hayan visto ejecutarlas.

Siempre han sido un pueblo sometido a fuerte discriminación, acusado de toda clase de delitos, algunos reales como el robo de caballos y otros pequeños latrocinios, pero la mayoría fruto de la imaginería popular, como la acusación de que raptan niños para devorarlos. Las tribus gitanas son comunidades cerradas estrechamente emparentadas entre sí, con un muy acendrado sentido de la lealtad familiar y del honor, vale decir, del suyo, sobre el que tienen códigos inviolables. Por ejemplo, no aceptan los matrimonios mixtos, lo que ha dado lugar a no pocas historias de huídas que a veces terminan en bodas pero otras en muerte, porque los parientes de la novia toman venganza por la transgresión de sus leyes.

Pero el pueblo gitano, despreciado, discriminado, perseguido incluso en Cuba, donde llegó a prohibírseles la entrada en 1936 cuando huían del exterminio a que fueron sometidos en la España franquista, y más tarde en los campos de muerte de los nazis, es, como cualquier otro pueblo del planeta, pródigo en dones, y cuando no se les hostiga muchos de sus miembros acuden a las universidades, se integran al trabajo y se convierten en ciudadanos cabales y grandes artistas. Charles Chaplin era gitano. El famoso actor inglés creador del inolvidable personaje de  Charlot, era hijo de una cantante de cabaret gitana y de un actor de la misma etnia. Otra gitana que revolucionó el cine fue la bellísima actriz norteamericana Rita Hayworth, ¿quién que la haya visto en su tremendo personaje de Gilda pudo olvidarla?

¿Se sentiría usted muy sorprendido si supiera que Bill Clinton, el tan controvertido y carismático ex presidente de los Estados Unidos, tiene ascendencia gitana? Y también el teólogo brasileño Frei Betto. E infinita es la lista de importantes personalidades mundiales que llevan esos genes en su sangre. Tampoco se sorprenda al saber que en las dos Guerras Mundiales los gitanos pelearon con bravura formando batallones a menudo integrados por parientes del mismo apellido. Fueron soldados feroces y muy eficaces en labores de reconocimiento y construcción de fortificaciones, además de temibles artilleros.

Existen varias teorías, hasta la fecha especulativas, sobre el origen de este misterioso pueblo itinerante que está presente en todas partes desde que el mundo es mundo. Hay gitanos rusos, búlgaros, rumanos, armenios, franceses, italianos, ingleses, irlandeses (conocí un gitano irlandés prodigioso violinista), alemanes, turcos… Pero la teoría más aceptada es que el pueblo romaní, como se llaman a sí mismos los gitanos, se originó en Egipto o en la India, donde serían restos de una población anterior a los indoeuropeos. De allí habrían emigrado durante siglos a través de Persia y Bizancio hasta llegar al norte de Europa  en el siglo XI. En India actual el grueso de su población gitana se encuentra en el Punjab, de donde habrían emigrado al norte de Europa huyendo de los musulmanes.

Se calcula que en el mundo de hoy hay unos treinta y cuatro millones de gitanos, aunque esta cifra no es oficial. Se estima que unos diez y siete millones viven en la India, y otros cinco millones en Europa Oriental, mayormente en los Balcanes.

He leído en algunos artículos cubanos sobre este tema que el dialecto caló hablado por los gitanos hispanoparlantes (la lengua oficial gitana es el romaní con dialectos según el país) ha hecho algunos aportes al habla marginal cubana con términos tales como jamar (comer), curda (borracho), chivato (soplón) y puro/a (padre/madre), andoba, chusma,- furnia, jarana, jiribilla y sandunga, entre otros muchos. Yo pienso más bien que si el habla marginal cubana tiene aportaciones del caló, llegaron a esta isla en boca no de los gitanos, sino de los negros curros traídos de Andalucía durante la colonia, aunque los primeros gitanos vinieron a Cuba en la tripulación de las carabelas de Colón, o sea, un poco antes que los primeros africanos y también antes que los curros. Pero tratándose de gitanos, la cuestión fecha resulta siempre bastante imprecisa. De cualquier manera, Andalucía fue el punto de partida de todas las empresas de conquista del Nuevo Mundo, y los gitanos que guardaban prisión en sus cárceles fueron enrolados, por órdenes reales, en las tripulaciones de cuanto barco se hacía a la mar en aquella empresa desmesurada y de puro albur que fue el Descubrimiento de América. Algunos de estos términos sospecho que provienen más bien de dialectos africanos introducidos por los esclavos de nación, y de vocabularios hablados por sectas como los abakuá.

También debo disentir de la afirmación que he hallado en esos textos criollos sobre la belleza de las gitanas que había en Cuba. Las que yo conocí en Lawton eran muy altas, de magras y membrudas  carnes y tez bastante oscura, y feas. Los hombres solían ser más apuestos, esbeltos y de talles finos, o al menos eso solían decir las amigas de mi abuela. Pero en otros países he visto gitanas que dejan chiquitas a las bellezas locales más ensalzadas.

En Cuba, según historiadores, mostraron preferencia por la región villareña, y en La Habana por Lawton.  Yo pienso en ellos a menudo como en uno de los grandes misterios de mi infancia, y cuando pruebo un  brazo gitano bien hecho —uno de mis dulces preferidos—, voy a una sesión espírita donde alguien me da un mensaje del ectoplasma gitano que me protege, o leo mi Tarot a la luz de las velas en una noche de luna, pero sobre todo cuando me agita una casi insoportable ansia de viajar, siento una nostalgia de lo más extraña, puesto que hasta dónde me han contado mis mayores, entre las muchas sangres que llevo dentro no hay una sola gota romaní. Y digo yo: ¿cómo se puede estar tan seguro…?

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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