EL HOMBRE CONTRA LOS ANIMALES O LA BARBARIE DEL BÍPEDO QUE CONQUISTÓ EL PLANETA

Mucho se habló durante meses en las asambleas populares para proponer reformas a la nueva Constitución que el país ha aprobado. Una de las peticiones que se escucharon con mayor insistencia fue la aprobación de la Ley Contra el Maltrato Animal que, desde hace años, los grupos de protección a animales de la ciudad han venido llevando y trayendo sin éxito por los escritorios de muchos funcionarios y los salones de importantes instituciones capitalinas. La comunidad gay navegó con mejor suerte que los animales de Cuba, pues han obtenido algunas de sus aspiraciones, mientras que las muchísimas personas que tuvimos alguna esperanza de aliviar la terrible suerte de la fauna cubana no obtuvimos nada. Nuestros infelices animales, entre los más mansos y menos peligrosos del planeta, siguen condenados a su implacable, estéril y crudelísimo exterminio en manos de una nutrida parte de la población.

Trato de ponerme en el lugar del Gobierno de Cuba y de los funcionarios a cuyo cargo estaría la aprobación de una Ley como esa, y porque lo hago es que, cuando formé parte de estos grupos de defensa de los animales, sugerí que el proyecto de Ley que entonces estaba siendo redactado se limitara, para comenzar, a perros, gatos y caballos. Cuba es un país con tradiciones muy arraigadas, pero cuando se habla de que los cubanos debemos defender nuestras tradiciones a costa de lo que sea, nunca se piensa que hay tradiciones buenas y tradiciones malas. Si las tradiciones debieran por fuerza ser perpetuadas como símbolos de nacionalidad, aún tendríamos circo romano, peleas de gladiadores y plazas de toros, por no hablar de  la quema de herejes, el descuartizamiento y mutilaciones de miembros a que eran sometidos en el pasado los delincuentes de toda laya,  además de la lapidación de las mujeres adúlteras y los cinturones de castidad para vírgenes, viudas y esposas de los hombres que van a la guerra. Son tradiciones.

Cuba es un país con una fuerte tradición de peleas de gallos y, desde hace algunos años, también de perros y otros animales. Para nadie es un secreto que desde los más humildes campesinos en sus poblados hasta altas personalidades poseen galleras. ¿Para qué sirve un buen gallo si no es para deleitar a los espectadores muriendo en combate singular, y para llenar de dinero los bolsillos de los galleros? ¿Y qué puede ser tan excitante como ver dos buenos perros de razas fieras triturarse entre sí mientras el público humano ruge, babea, arenga desde las gradas…?

En Cuba, aunque no haya sido nunca un país con fuerte tradición de caza, como Inglaterra, España y los Estados Unidos, por solo citar tres ejemplos, hay cotos de caza, y eso tampoco es un secreto a estas alturas donde Internet no deja un velo sin alzar. ¿Quién puede poseer un coto de caza privado? ¿Cómo se manejarían estas personas frente a una Ley Contra el Maltrato Animal? Galleros y cazadores caerían en el mismo jamo que el dueño de un carricoche que revienta a latigazos a dos pencos flacos para sacarles unos pesos, o esos miserables seres humanos que atan perros a los árboles bajo el sol y ni siquiera les ponen un recipiente de agua.

Por otra parte, Cuba es un país donde las religiones provenientes de África han encontrado un suelo fertilísimo. Los practicantes de estos cultos y sus sacerdotes sacrifican animales: aves de corral, perros, gatos, carneros, chivos y hasta las delicadas palomas, adoptadas por el mundo como símbolo de la Paz, son mutilados a toda hora en los altares de los religiosos afrocubanos, y sus despojos arrojados sin el menor escrúpulo en espacios públicos donde se pudren cubiertos de moscas, constituyéndose en focos de peligrosa propagación de roedores y otros vectores letales para la comunidad humana. Estas religiones o cultos sincréticos, como se prefiera llamarlos, tienen la profunda convicción de que los animales vinieron a la Tierra para sacrificarse por los hombres. Me han dicho algunos amigos africanos que en su tierra natal, cuando se le quiere ofrendar un animal a un orisha, se le coloca vivo sobre su altar. Si la divinidad acepta la ofrenda, el animal ya no se levanta más y muere sin intervención del sacrificador. No sé si esto es verdad, pero sí sé que en Cuba las creencias traídas de África por los esclavos han sufrido tantos cambios que ya no se parecen a sus orígenes. Cuando en 1954 Lydia Cabrera escribió El monte, ya hacía tiempo que sus informantes, viejos negros y negras de nación, acusaban con resentimiento a los “criollitos” de haberlo cambiado todo, y a los habaneros de haber defenestrado las reglas de Matanzas, tenidas por las más fieles a la tradición religiosa africana.

No veo cómo podría el Gobierno de la República de Cuba controlar las masivas masacres religiosas de animales que están ocurriendo a diario en el país. Y no lo veo porque me pongo en el lugar del Gobierno enfrentándose a una población que mayoritariamente practica hoy los cultos sincréticos afrocubanos.

Pero algo sí puede hacerse en favor de los infelices animales, y me refiero al trato tan cruel que reciben todos los animales cubanos en general, y en especial los destinados a ser sacrificados a las divinidades afrocubanas. En una shoping del municipio Diez de Octubre cuyo nombre no mencionaré, todos los trabajadores comentaban impresionados cómo habían visto pasar a un hombre en motocicleta llevando un carnero atado por sus cuatro patas. El animal colgaba de la moto cabeza abajo y su morro iba destrozándose al sufrir la fricción con el asfalto de la avenida hirviente, dejando a su paso un rastro sangriento. El animal, dijeron, lloraba de un modo tan lastimero que los hizo estremecer. Una de las empleadas, pálida por la emoción, decía con ademanes apasionados: “¡Mira, que lo mate, pero que no lo torture así. Así no puede ser!”. Otro empleado se llevaba las manos a la cabeza: “¡Y como lloran los carneros cuando los están matando, mi madre, como lloran, los chivos no, pero los carneros como lloran!”. Yo misma recuerdo hace pocos días haber visto trotar despreocupada y alegremente delante de mí a un graciosísimo bebé chivito que recorría un tramo de la calle Juan Alonso en el reparto La Asunción, donde vivo. Recuerdo que verlo así, pequeño y bonito, con aquel trotecito que era la inocencia misma, me alegró el alma y me hizo sentir ternura por el animalito, y agradecí a la Naturaleza el regalo de aquella imagen tan pura. De repente apareció un joven armado con un palo que corría para alcanzar al animalito. Le supliqué que no fuera a golpearlo: “¡Mira que es un bebé!—, le rogué. “Sí  —me contestó con frialdad—, pero vale 7 000 pesos”. En otra ocasión vi pasar a una de las nuevas vecinas adineradas del reparto llevando en un cajón de palo con dos ruedas a un pobre bebé chivito colocado en una posición retorcida y con las patas fuertemente amarradas. El animalito balaba con desesperación, pero su verduga no le dirigió ni una sola mirada de piedad. Otro de mis vecinos, ¡¡¡practicante de una rama budista!!!, mantiene desde hace años a su perrita famélica y sucia atada a una carretilla en su portal, todo el día, lo mismo en verano que en invierno. Y no hablemos de quienes patean a sus perros por cualquier cosa, no los alimentan o los torturan y matan por puro sadismo.

He escuchado a mucha gente mofarse de nosotros, los defensores de los animales, nos llaman ñoños, viejos chochos, mujeres “falta de macho” y un interminable catálogo de burlas e insultos soeces. Los ofensores más sofisticados dicen que somos anormales porque amamos a los animales más que a nuestros semejantes, o porque depositamos en los animales el amor que nos falta en nuestras vidas. Pero yo digo y afirmo que las continuas matanzas de animales que están ocurriendo en Cuba y el trato despiadado que se les da, denotan una inmensa falta de sensibilidad en una abrumadora mayoría de nuestra población. La insensibilidad es como un cáncer que va apoderándose de la estructura de la personalidad humana. Cuando ocurre de manera aislada, en un individuo, hablamos de psicopatía y lo mandamos al psiquiatra. Cuando se comporta como un fenómeno masivo es una vuelta a estadios anteriores a la labor de la civilización, que pule y reprime las partes peores de la condición humana. Para decirlo por lo claro: es una vuelta a la barbarie. La crueldad contra los animales es una de las manifestaciones de esta barbarización que está sufriendo una parte importante de la población de Cuba, y si alguien quiere desmentirme le recordaré de inmediato que solo estoy sumándome a la sentencia de Mahatma Gandhi, el gran político y pacifista hindú que acabó con la colonización inglesa en la India empleando su filosofía de la No Violencia, y liberó a su pueblo de una esclavitud humillante para convertirlo en un pueblo libre. La India es, posiblemente, el primer pueblo líder en la defensa y buen trato de los animales, y lo fue siempre por tradición desde tiempos remotos. Dijo El Mahatma: “El grado de civilización de un pueblo se mide por la forma en que trata a sus animales”.

Por definición clínica un psicópata presenta entre sus principales rasgos patológicos  la propensión a cosificar a sus víctimas, y no muestra empatía hacia los sufrimientos que les causa. Podemos abrir un poco más el concepto: los torturadores, los verdugos, los asesinos cosifican a sus víctimas. Quien arrebata vida una y otra vez sin estremecerse —y los animales son seres vivos—, cosifica a su víctima y no siente culpa ni dolor por lo que hace. ¿Estamos en presencia de una psicopatía colectiva? ¿Nos estamos convirtiendo en un pueblo psicópata que no siente el menor respeto por la vida, por los hijos de la Madre Tierra, que no somos únicamente la especie humana? Tenemos mucho que aprender de los habitantes originarios de América, de pueblos como el boliviano, que celebra festivales en honor de la Pacha Mama, que respeta la Naturaleza y le rinde homenaje en cada una de sus criaturas. Y no solo de ellos.

Si no podemos tener una Ley que prohíba el maltrato animal y los sacrificios de animales, hagamos una Ley que prohíba sus sufrimientos, su martirio. Hagamos una Ley que prohíba de una vez y para siempre las bestiales galleras, como ya hizo el presidente José Miguel Gómez en los comienzos de la República. Una ley que penalice a todo aquel que trate con crueldad a un animal, aunque tengamos que aceptar el eufemismo de una muerte rápida y sin dolor con fines religiosos. Pero sobre todo no sigamos callando y contentándonos con murmullos sofocados, hablemos alto y claro, porque el silencio es el peor cómplice de la deshumanización.

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a EL HOMBRE CONTRA LOS ANIMALES O LA BARBARIE DEL BÍPEDO QUE CONQUISTÓ EL PLANETA

  1. jeilen dijo:

    Ah gina, que ganas de llorar y con cuanta impotencia leo.Lo que describes lo veo todos los días y no sé que pueda hacer para cambiarlo.Hasta dónde vamos a llegar? Qué hace falta para parar la barbarie? No entiendo nada, de verdad que no.

    • Gina Picart dijo:

      No te puedo consolar, porque yo tampoco entiendo nada y la rabia y la desesperación me comen cada día un pedacito de alguna parte de mí. No somos civilizados. Es eso. Hemos vuelto a la barbarie por múltiples causas, y no hay nada que hacer.

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