El acto de creación en Dulce María Loynaz y su novela Jardín

He dicho en las primeras entrevistas que como escritora concedí a la prensa, que Alejo Carpentier era mi modelo de narrador y el depositario de mi mayor admiración dada a un escritor cubano. No deja de ser cierto, pero luego comencé a decir que me obsesionaba Dulce María Loynaz. También es cierto. Veneré tanto a Carpentier que llegué al increíble y censurable atrevimiento de intentar imitar su prosa y fundirla con la mía sin que quedaran fisuras que permitieran identificar los estilos. Un acto de soberbia muy grande, quien lo duda, pero también de reconocimiento, de respeto, de homenaje. Y escribí mi noveleta Serata di gala, que siempre me hace recordar la observación apuntada por un sabio —a quien conocí desdichadamente muy poco—, sobre cómo todo el espíritu de la soberbia luciferina viene simbolizado en la polisemia de un mismo verbo: Yo creo y creo, consecuencia de idéntica conjugación en las primeras personas del singular de los verbos Creer y Crear.

Pero mi primera lectura de Jardín, la novela de Dulce María Loynaz, fue un parteaguas para mi trabajo como escritora. Me cambió toda mi perspectiva sobre el camino (que era el mío) para expresar mi yo interior, mi espiritualidad, mi sensibilidad. Me di cuenta de que para escribir como Carpentier hay que poseer o desarrollar una mente apolínea, que opera en línea recta como el hemisferio izquierdo del cerebro, donde está su asiento, una mente secuencial donde todo es causa y consecuencia, derivación, una mente absolutamente necesaria para construir dramaturgias sólidas dentro de la narrativa. Pero sucesivas lecturas de Jardín me hicieron sentir que esa novela no estaba escrita de ese modo, y ahora, leyendo el pequeño volumen Confesiones de Dulce María Loynaz, de Aldo Martínez Malo, descubrí la respuesta de Dulce a la pregunta de su entrevistador sobre cómo había escrito Jardín:

 Los libros no se escriben empezando por la primera página y acabando en la última. Un libro se hace como se hacen las cintas cinematográficas, tomando escenas sueltas, quiero decir, sin un ordenamiento premeditado, y uniéndolas luego, sin prejuicio o desechar las que una vez armada la narración, nos parece que sobran o que dentro salieron mal. […]  Cuando empecé a escribir Jardín comencé por la descripción de Bárbara en el baño.  […]   En esto no hay regla fija, solo digo que si hubiera tenido que escribir a la medida de las agujas del reloj, no hubiera escrito nunca.Para colmo de mi desesperación y mi desconcierto, Dulce asegura en ese mismo libro que demoró cinco años en terminar Jardín porque dejaba pasar tiempo entre capítulo y capítulo para que ninguno se pareciera a otro. ¿Escribir capítulos separados en el tiempo!

¡Cómo puede un escritor venerar a otro al punto de considerarlo modélico y al mismo tiempo estar poseído por otro escritor cuyos métodos de trabajo son radicalmente diferentes del primero? Porque yo me confieso poseída por Jardín como no lo he estado jamás por otra novela, y ni hablar de las semejanzas que me descubro con Dulce María, como, por poner un solo ejemplo, mi manía obsesiva de confinamiento y reclusión. Si Dulce dijo que en Jardín quemó su alma,  la mía se quemó dos veces: primero mientras leía las cartas y los tres capítulos de la novela dedicados al pabellón semi oculto entre el follaje del jardín, y después cuando en mi propia novela La casa del alibi, una fuerza venida de algún estado del espíritu que no soy capaz de identificar, me hizo colocar en medio de mis cuatrocientas páginas el mismo pabellón, y dentro de él a uno de mis personajes principales, que a diferencia de la novela de Dulce no ha entrado allí por un descubrimiento, sino que asiste cada noche a celebrar un rito erótico con un amante que no está  vivo ni muerto. Fue, en verdad, lo más cercano a una posesión que he experimentado, o lo que yo imagino que sea un estado de posesión, que creo se caracterice por una anulación total de la voluntad de quien lo experimenta para que otra voluntad ajena obre en lugar de la suya. Mi capítulo del pabellón se escribió solo, literalmente algo tecleaba a través de mis dedos y reescribía esas escenas de Jardín…

Y sin embargo, yo escribí mi novela con el método más opuesto al de Dulce, del modo más apolíneo que existe, una escena derivada estrictamente de otra, como la socorrida imagen del rezo de un rosario, y la escribí en solo tres meses, de una sentada, pues solo me detenía para dormir y no me levantaba más que para lo más esencial de la naturaleza. Creo sinceramente que si me hubieran propuesto parar para conseguir un distanciamiento temporal entre un capítulo y otro, habría echado de mi casa al proponente con furia y sin remordimientos.

Reflexionar en todo esto me hace recordar una conversación que tuve con un amigo hoy demasiado lejano como para considerarlo así. Esta persona escribió una novela que considero muy lograda, muy interesante tanto en el plano narrativo como en las técnicas que empleó para construirla. Me dijo que había escrito las escenas separadas entre si aunque respetando un orden cronológico, pero después se había sentado en el suelo, había extendido cada capítulo frente a sus ojos como un abanico, y había experimentado cambiándolos de ubicación una y otra vez hasta conseguir la composición que le pareció mejor.

Supongo que intentar proclamar un método de creación válido por encima de otros métodos es un ejercicio absolutamente estéril que se convertiría en algo así como el cuento de la buena pipa, y a nadie recomiendo que lo haga. No obstante, es imposible alejar pensamientos y reflexiones que vuelven una y otra vez como las pleamares, y para un escritor se convierten en interrogantes inevitables.

Lo que resulta realmente importante es que, empleando el método de creación que desee, por más disparatado que pueda parecer, o exótico o caprichoso, el escritor sea capaz de dar al canon literario de su país obras que expandan siempre el horizonte de las posibilidades creativas, y todo será tan válido como un diamante si también consigue crear una obra que enriquezca la cultura dentro y fuera de las fronteras de su tierra. Recordemos que creadores tan disímiles como Alejo Carpentier, Dulce María Loynaz y Guillermo Cabrera Infante han dado a Cuba tres Premios Cervantes de Literatura. Vale todo.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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