El bosque de los suicidios o contra la soledad del corredor de fondo

Hace unas horas, mientras leía un artículo muy triste sobre el Bosque de los Suicidas, en Japón, y las altas cifras de personas, sobre todo jóvenes de ambos sexos, que se dan muerte en ese lugar (las estadísticas señalan aproximadamente unos 70 suicidios anuales), tropecé con las siguientes líneas: “La condición llamada «Hikikomori», un tipo de aislamiento social agudo, en la que los jóvenes no quieren salir de sus casas, ha aumentado más con las nuevas tecnologías”.

Japón, país asiático de cultura milenaria, es tierra de arraigadas tradiciones, entre las que existen varias relacionadas con el suicidio, como el harakiri, y otras propias del Bushido, código de honor de los guerreros samurái. Al ser un país donde el cristianismo jamás echó raíces, la concepción del suicidio como pecado no existe allí. El suicidio es ara los japoneses un acto completamente honorable.
Pero ese no es el caso de Cuba, isla en que no tanto por ser una sociedad donde el cristianismo sí floreció y se mantuvo siempre como religión oficial, como por el carácter superficial, alegre e indolente del cubano, es una tierra donde, sin decir que no existe el suicidio, hay que reconocer que para nada es entre nosotros un problema social de envergadura. Pero… ¿no tendremos Hikikomori…?

Desde hace tiempo observo en La Habana, ciudad donde vivo, una tendencia creciente entre numerosos jóvenes nuestros parecida al Hikikomori. Deprimidos o no, cada vez son más los muchachos y muchachas que conozco que me dicen que no quieren salir de sus casas. Es posible que el mundo digital, que permite las relaciones sociales sin necesidad de encuentros físicos, tenga mucho que ver con este fenómeno. Los juegos digitales, que llegan a crear verdaderos estados adictivos llamados ludopatía, son también muy atractivos para los adolescentes y jóvenes. Pero ellos tienen también otras razones.

Los jóvenes con quienes he conversado sobre su desagrado a salir a la calle exponen razones varias: el clima, la escasez de transporte, la falta de dinero para costearse diversiones en CUC como las discotecas, los clubes y los bares de los hoteles, la falta de lugares seguros donde ir a bailes públicos, la inseguridad de poder regresar a sus casas si permanecen lejos del domicilio después de las ocho de la noche, el temor a vestir ropas, relojes u otros artículos que llamen la atención de delincuentes, la dificultad de encontrar parejas de acuerdo con sus expectativas, el aspecto feo y sucio de antas zonas de la ciudad…, en fin, rechazo al medio circundante y miedo a abandonar lo que los psicólogos llaman zona de seguridad, para ellos la casa familiar. La programación de la televisión nacional la encuentran aburrida, pero ven telenovelas, series, escuchan música, chatean a través de ordenadores y móviles, forman parte de redes sociales donde conocer gente no tiene (aparentemente) los mismos riesgos que en la vida real. Los que tienen un mayor desarrollo cultural disponen de otras posibilidades para ocupar su tiempo: leen, dibujan o pintan, crean proyectos, componen música con programas digitales…

He hablado con padres que se sienten contentos de que sus hijos eviten hacer vida social, porque así  “están menos expuestos a buscarse problemas”. Entiendo esta forma de pensar y hasta la comparto, debo confesarlo. Sin embargo, la adolescencia y la primera juventud son los períodos formativos de la personalidad del individuo, y si en esas etapas no se tiene contacto con el prójimo se dejan de adquirir habilidades sociales que luego resultarán de suma importancia para el adecuado desempeño en la vida. Por otra parte, por muy buena comunicación que exista entre los jóvenes y su familia más allegada, la diferencia generacional puede llevar al aislamiento emocional e intelectual, pues al igual que nos sentiríamos mal los adultos si solo pudiéramos hablar con personas de mucha menos edad, los jóvenes, por más maduros que sean, tienen inquietudes, intereses y sentimientos que los adultos ya hemos vivido y dejado atrás. La comunicación entre individuos de una misma generación es necesaria como aprendizaje y nada puede sustituirla.

Y hay un tercer factor que, al menos a mí, me parece preocupante. Cuando éramos jóvenes nuestros padres sabían con quiénes nos reuníamos, conocían a nuestros amigos, que solían ser compañeros de escuela o hijos de vecinos, el ambiente que rodeaba a los hijos era entonces bastante predecible. Pero estos muchachos y muchachas de ahora mismo que no quieren salir de casa, pero se pasan horas ante los chats de las redes sociales o con sus móviles pegados a la cara ¿con quién están hablando? La situación se asemeja a la del “amigo imaginario” con quien conversan tantos niños para desesperación de sus padres, y que a veces es un Luisito o un Juanito que solo ellos ven, otras un canguro o un conejo con sombrero, Spiderman o cualquier otra cosa (lo que no deja de ser alarmante pero no tiene implicaciones reales de riesgo social para esos niños y niñas tan imaginativos); quiero decir, que el conejo del sombrero y Spiderman no pueden inducir a nuestros hijos a drogarse ni a tener comportamientos verdaderamente antisociales a menos que sean la creación de mente patológica, mientras que estos desconocidos con quienes nuestros hijos mantienen relaciones son personas muy reales a las que ni ellos ni nosotros conocemos. ¿Qué pasa si una adolescente recibe una invitación de uno de estos seres virtuales para un encuentro? Hay mucho psicópata suelto por ahí, y las redes sociales son un mundo ilusorio donde nadie puede estar seguro de la verdadera identidad de un interlocutor desconocido. No es paranoia aunque suene como tal, es realidad pura y dura.

No hay en Cuba un Bosque de los Suicidas, gracias a nuestro espíritu tan livianamente tropical y a que, a pesar de todas nuestras carencias e incomodidades, vivimos en una sociedad que en comparación con muchas otras aún mantiene equilibrio en muchos aspectos. Pero el deseo de aislamiento social puede llevar a la depresión a las personas jóvenes, que son emocionalmente muy vulnerables. Y en algunos casos la depresión puede llevar al suicidio.
No puedo ofrecer soluciones que yo misma no he encontrado. No estoy convencida de que todas las personas que no quieren salir de sus casas necesiten ayuda profesional, y tampoco puedo ofrecer a las familias que estén confrontando casos así herramientas reales para desmantelar los también muy válidos argumentos que esgrimen estos jóvenes solitarios de nuevo tipo. Yo no sé qué hacer ante este fenómeno. Me limito a llamar la atención sobre él.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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