Negligencia y responsabilidad en la propagación del caracol gigante africano en Cuba

Puntos rojos que alarman…

Acabo de visitar el foro de CUBADEBATE sobre el caracol gigante africano. Este foro corresponde a un artículo sobre el tema publicado en ese sitio digital con posterioridad al programa emitido por el Canal Habana para instruir a la población sobre los daños y las medidas de captura de esta especie clasificada entre las cien más tóxicas del planeta. Es muy alarmante lo que el caracol gigante africano puede hacer a la salud de personas y animales y a la sobrevivencia de más de 250 cultivos agrícolas en nuestro país, entre los cuales ya ha sido detectada su presencia en 17 de ellos.

También es alarmante el hecho, comentado en el foro pero del cual no tengo pruebas personales que ofrecer, de que algunas personas aseguran que lo dan de comer a sus cerdos. Un acto notorio de estupidez, condición humana que, como es muy sabido, no tiene límites.

Hay, sin embargo, dos puntos sobre los cuales los foristas de CUBADEBATE regresan con vehemencia una y otra vez y resultan sumamente interesantes. Son ellos la inacción de las autoridades sanitarias de provincias y municipios ante la aparición de esta plaga en la isla, detectada desde el 2014 pero que, como apuntan algunos de ellos, pudo estar presente también desde antes y pasar inadvertida por su semejanza con una especie de caracoles existente en nuestro territorio nacional.  Son tantas las quejas de los foristas, entre quienes se incluye hasta una Delegada de Circunscripción, que aseguran haber avisado a sus policlínicos, a instancias municipales, al CITMA y a otras instituciones encargadas de velar por la protección fitosanitaria cubana, que tengo que sumarme a la pregunta que brota de todas las bocas: ¿por qué no se hizo nada durante cinco años?  Si bien hubo casos de lugares donde aparecieron brigadas de control y se llevaron a cabo algunas acciones de recolección y exterminio de esta plaga foránea, no es menos cierto que en un gran número de dichos casos estas labores de inspección y exterminio solo se realizaron una vez y el personal a cargo nunca regresó.

El otro punto sobre el que insisten con vehemencia muchos foristas es el de la determinación de la responsabilidad por la introducción en nuestro país de esta especie animal que se desarrolla muy favorablemente en climas húmedos, devora desde animales hasta cultivos, papel y cartón y es portadora de una bacteria letal que habita en los pulmones de las ratas y causa a los humanos un tipo de meningoencefalitis potencialmente mortal, además de los daños que puede infligir a nuestro ecosistema, y todo ello en muy poco tiempo, pues ya se ha difundido por doce provincias y puede poner al año miles de huevos. ¿No es verdad que parece un “bichito” diseñado por Natura a la medida para florecer en esta isla y causarnos muchos, pero muchos problemas y muy serios? Y debe de ser el caracol más veloz del mundo, porque viaja por las provincias con una rapidez que todas las babosas del planeta seguramente le envidian. Sí, en verdad el caracol gigante africano, que además parece un excelente nadador ya que más de un océano nos separa de África, es un fenómeno interesantísimo merecedor de algunas reflexiones al margen del foro y aún de otras que no haré públicas.

Como ciudadana cubana, como residente en La Habana, provincia más afectada del país, y como periodista me pregunto qué va a suceder con todos los funcionarios que desde el comienzo fueron avisados por la ciudadanía de la presencia del caracol y durante cinco años no accionaron o no lo hicieron con el rigor que demanda la situación. Todos los foristas señalan como principales culpables a las autoridades del reparto Poey, puesto que allí fueron hechos los primeros avistamientos del caracol. Ninguno de esos funcionarios que tanto daño han causado y causarán todavía a Cuba con su desidia debería quedar impune. Tampoco los cuadros de ninguna institución nacional. No me refiero solo a las autoridades sanitarias del reparto Poey. Hablo de todos en toda la isla. Tienen responsabilidad penal. En realidad han cometido un crimen muy grave, por omisión, pero crimen al fin.

También vi en el foro muchas acusaciones contra la Aduana y sus controles fitosanitarios. Recuerdo que cuando volví de Madrid en 2004, los funcionarios de la institución que me había invitado como escritora me avisaron que me enviarían a La Habana por avión un paquete con libros y otras cosas, y yo les pedí que incluyeran un poco de tierra de una pequeña iglesia cercana a mi hotel y que yo había visitado. Me complacieron, pero cuando recibí el paquete venía adjunto un documento donde se me notificaba que los controles fitosanitarios de la Aduana habían detectado la tierra y la habían quemado por ser posible portadora de bacterias o microorganismos peligrosos para la sanidad nacional. Más o menos en esos términos estaba redactado el informe. Yo me niego a creer que los aduaneros no hayan detectado la presencia del caracol gigante africano en el momento en que pasó por sus controles. Me parece más lógico pensar que entró a Cuba por otras vías, posiblemente por valija diplomática. Otras teorías, como su entrada en forma de huevos, también son admisibles aunque ostensiblemente más fabulosas.

Pero si es cierto que fueron religiosos practicantes de cultos afrocubanos —o de un culto “puramente africano que está llegando a Cuba”, como asegura uno de los foristas en un intento por exonerar de responsabilidad a los babalawos nacionales—, entonces se impone una investigación para encontrar al culpable o culpables. Me niego a creer que la identidad de esta persona o personas no pueda ser investigada y descubierta por nuestras autoridades competentes. Y quien quiera que haya sido debe responder por su delito de forma pública, pues introducir en Cuba especies animales peligrosas está penado por nuestras Leyes desde los tiempos de la Colonia. La libertad de cultos religiosos reconocida por la Constitución no debe servir de manto protector para cometer delitos contra el bienestar de la población ni contra los recursos naturales de nuestra isla. En especial cuando las prácticas propias de los cultos afrocubanos son responsables en cierta medida del insoportable nivel de contaminación ambiental y putrefacción que reina en los basureros y hasta en las calles de La Habana, debido a la acumulación de frutas y otras ofrendas (manjares para el caracol gigante) que se pudren en los vertederos, al pie de los árboles, en las esquinas, y a la alarmante proliferación de sacrificios animales, que en el caso de la carne de carnero, tan necesaria para ayudar en el alivio o curación de diversas enfermedades en especial de niños, ancianos y pacientes oncológicos que reciben quimio y radioterapia, amenaza con afectar el suministro a la población de este alimento tan necesario.

No es de mi interés, ni creo deba serlo de nadie sensato, privilegiar o satanizar cualquier religión por sobre otras que existen en el mundo y en nuestro país. Debemos ser respetuosos de la libertad de cultos, como debe serlo todo ciudadano en una sociedad civilizada. Pero eso no significa que ningún religioso  del credo que sea goce de impunidad total y una ausencia de límites que llegue a afectar la convivencia comunitaria, la salud y la higiene medioambiental. No significa que puedan hacer uso y abuso de los espacios públicos y/o colectivos para arrojar animales sacrificados, sus vísceras, su sangre donde les acomode mejor, en especial en basureros y “maniguas” que el vertimiento de otras clases de desechos ya convirtió desde hace mucho en focos altamente sépticos que comprometen el estado epidemiológico de la isla y sobre todo de La Habana, su capital. No significa que puedan introducir el caracol africano que, dicho sea de paso, no solo pudiera servir como ofrenda a las deidades correspondientes, sino como un arma biológica usada con fines intimidatorios o que incluso pudieran ir más allá del mero intento de asustar a alguien.  Ya que a estas alturas y para vergüenza nuestra la nación cubana no ha sido capaz de crear una Ley de Protección Animal, legislemos, al menos, regulaciones que limiten el sacrificio de animales y aseguren el saneamiento de la ciudad. Los religiosos afrocubanos también son ciudadanos y no están, en ningún caso, por encima de la Ley. Ya es hora, y no se trata solo de mi posición personal, sino de la de un gran número de ciudadanos, incluidos practicantes de estos mismos cultos. Religión no es mercado, no es negocio, es por encima de todo espiritualidad, y ¿qué espiritualidad daña consciente y constantemente a multitudes a las que ni siquiera conoce? ¿Qué espiritualidad convierte una ciudad en muladar?

Para terminar estas reflexiones quisiera desmontar una idea que considero errada por parte no solo de algunos funcionarios, sino también de otras personas que han escrito en sus publicaciones confundiendo y derivando la responsabilidad humana en la introducción del caracol africano en Cuba, que nadie pone en discusión, con la obligación individual de tomar a cargo el exterminio de esta plaga:

Puesto que se ha comprobado que el accionar humano ha sido la principal causa de expansión de esta especie en nuestro país, el actuar ciudadano es fundamental en la lucha en contra de su invasión.

Omito deliberadamente consignar aquí la fuente de esta cita para no herir sensibilidades o que alguien en particular se sienta aludido. No podemos decirle a un ciudadano que porque se le haya inundado el jardín de caracoles él tiene la culpa o lo ha propiciado de algún modo. Eso es completamente absurdo. El hecho de que al caracol le resulten más atractivas las áreas urbanas como hábitat de su especie no significa en modo alguno que la población sea culpable de ello y tenga que tomar sobre sus hombros la responsabilidad de librarse del azote. Está muy bien pensado que dada la envergadura y extensión del peligro colaboremos en su eliminación,  pero, como apuntan varios foristas de CUBADEBATE, la sal está racionada y la cal “¿dónde la conseguimos?”. Ni todos los puntos de venta de la capital pueden suministrar la cal suficiente para matar los más de 70 000 caracoles encontrados en un terreno.

Es estrictamente necesario que funcionen los grupos de trabajo creados al amparo de la Resolución 5 de 2018, integrados por los ministerios de Salud Pública, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Educación y Sanidad Vegetal. Que funcionen “la prioridad y la responsabilidad de los Organismos de la Administración Central del Estado para la reducción del riesgo de desastre sanitario”. Y si el necesario y eficaz desempeño de estos grupos se viera obstaculizado por alguna gestión personal deficiente que no esté a la altura de las circunstancias, que sean aplicadas medidas legales de acuerdo con el error cometido, la inacción, la negligencia, la desidia. El pueblo lo necesita, y aunque puede hacer una gran parte del trabajo, por sí mismo no puede hacerlo todo.

 

 

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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