Porque es mi río, mi país, mi sangre

Durante un viaje no precisamente de placer, el auto en que regresaba a mi casa recorrió largamente la avenida 51, un siglo atrás terreno virgen que orillaba el río Almendares. Todos los habaneros y otros habitantes de la ciudad hemos pasado alguna vez por “la Papelera”, y me imagino que habrá muchos como yo que no sepamos para nada cómo se llama esta fábrica, ni quizá tampoco otras muchas instalaciones que hoy se alzan sobre esas antiguas márgenes cubiertas por ruinas de viejas mansiones y selva impenetrable, pero el Almendares sí lo conocemos todos, yo en particular porque pasa por lugares a los que mi padre me llevaba de niña: el Jardín Botánico, el Parque Forestal… El Almendares es para mí un paisaje y un recuerdo indisolublemente unido a mi vida, una vida pequeña si se compara con la de algunos cubanos ilustres que habitaron en esas márgenes misteriosas, cubiertas por una humedad vegetal vertiginosa y asfixiante.

Húmedo y selvático, el Almendares nutrió el jardín donde Bárbara enterró la luna

Siempre que viajo por esa avenida voy buscando con la mirada anhelante la casona de los Borrero, familia ilustre cuyo patriarca, don Esteban, fue un alto oficial del Ejército Libertador, médico de profesión y escritor y poeta no sé si por vocación o por afición. Aunque tengo algunas fotos de la célebre mansión de Puentes Grandes, nunca he podido encontrarla, y siempre sigo viaje con un sentimiento de frustración bastante estresante, que no disminuye ni siquiera ante la realidad de que es bien difícil localizar una casa totalmente deteriorada que ya no se parece a ella desde un auto en marcha.  No me resigno a no poder ver, aunque sea de lejos, esa casa bendecida por la Poesía, donde nació y vivió Juana Borrero, una de las pocas poetas modernistas que florecieron en Latinoamérica y una pintora genial, faceta en la que por desgracia se le conoce muy poco. Julián del Casal, otro de los grandes poetas modernistas de América, la conoció en medio del agreste verdor del lugar cuando ella solo tenía doce años y estaba de pie frente a un caballete pintando uno de sus magníficos óleos. Casal fue un visitante asiduo de los Borrero, como también lo fueron los

casa de los Borrero en Puentes Grandes

hermanos poetas Urbach, uno de ellos, Carlos Pío, novio de Juana, y el otro de su hermana Dulce María. Una juventud tocada por las musas, poseída por la voz de los versos, bella, delicada y gentil… Siempre ha sido para mí un ejercicio voraz de mi fantasía tratar de imaginar aquellas veladas donde cada cual leía sus estrofas, reunidos todos en torno a Casal, de quien se consideraban discípulos. Aquel fue un mundo romántico y también heroico, pues Juana y Casal murieron de tisis, y uno de los Urbach peleando en la manigua por la independencia de Cuba.

Pero en este viaje de marras se me ocurrió pensar que también Dulce María Loynaz habitó dos casas en esas márgenes. La primera la famosa casa encantada de la calle Línea, como la bautizó el gran poeta andaluz  Fedrico García Lorca, y que en verdad debió ser una morada muy especial a juzgar por el modo com deslumbró a cuantos fueron recibidos en ella. Ese magnífico conjunto de edificios que  se encuentran en ruinas desde hace décadas es el escenario donde Dulce colocó a Bárbara, protagonista de su novela Jardín, para la que se inspiró en la mansión y en los frondosos jardines selváticos que la rodeaban, regados por el Almendares y tan vastos que llegaban hasta el mar. ¿Quien no ha visto al caminar por Líena o al paso fugaz de un ómnibus o un auto la célebre Casa del Alemán, ese chalet de madera que estaba en el terreno que la abuela de la escritora compró en 40 000 pesos solo para salvar un flamboyán que su nieta adoraba?

Casa del Alemán

Algunos especulan que también a orillas del Almendares pudo estar la mítica  finca La Belinda, en la que transcurrió su primer matrimonio de siete años con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, a quien ella dedicó su poema San Miguel Arcángel por la belleza viril que poseía, a la que la poeta fue muy sensible. Dulce siempre se refirió a aquellos años vividos en La Belinda como a una etapa de paz bucólica, una especie de ensueño en un paraíso que perdió debido a su divorcio, y en el cual, mientras duró, se sintió feliz. En algunas ocasiones Dulce declaró que aquella casa le inspiró su poema Últimos  días de una casa, que ella reconoce como la obra que marcó, junto con La novia de Lázaro, un punto de giro en su poesía, una expansión hacia nuevos horizontes, y a la vez un final, puesto que después de ellos ya no pudo volver a escribir.  No me siento lo suficientemente segura para afirmar que La Belinda, construida en 1793 y rodeada de galerías de columnas como las antiguas mansiones de El Cerro, haya estado, o acaso estén sus ruinas todavía, en medio de esa selva apretada y llena de sombras inquietantes que irrigaba el río, porque Dulce era inclinada a cambiar informaciones sobre su vida personal y artística, no solo su verdadera edad, sino cualquier acontecimiento al que le conviniera presentar de un modo diferente a la realidad del sucedido, o simplemente porque ello la divertía, como ella misma llegó a confesar. No hay referencias claras a la ubicación de La Belinda ni en el capítulo del mismo título incluido en Fe de vida ni en sus Confesiones, entrevista qeue concedió al piñareño Aldo Martínez Malo. Dulce fue experta en veladuras.

Pero antes que la poesía habitara en esos predios lo hicieron los demonios. Extrañamente estos cedieron su espacio a la Belleza, pero antes lo poseyeron y bien poseído, y quizá aún anden por allí, entreverados con los altísimos tallos de las palmas o enredados en matorrales de un verde sombrío. En esa misma zona tuvo una mansión campestre nada menos que el conde Barreto, uno de los personajes más temibles de la historia de La Habana, quien vivió hace siglos y fue el líder oficial de las persecuciones de esclavos fugitivos en la ciudad. Barreto tenía manías extrañas: todos sus matrimonios acabaron en viudeces inexplicables, ya que las esposas fallecidas eran muy jóvenes, apenas salidas de la pubertad. Se dice que en su casa de La Habana Vieja tenía un crucifijo enorme de maderas preciosas al que gustaba azotar en medio de sus terribles ataques de ira. Siempre he pensado que en esa patológica costumbre del conde se encuentra el núcleo del relato de Casal El amante de las torturas. Otra de las “singularidades” de Barreto era invitar mendigos y otros desechos sociales a un almuerzo en el patio interior de su mansión habanera, y una vez dentro mandaba cerrar las puertas y soltaba una jauría de mastines furiosos a los que había hecho sacar los colmillos. Los míseros invitados confundían aquella camada inocua con la bestial jauría bien dentada que empleaba el conde en sus cacerías humanas, y atrapados entre aquellas paredes eran presas de la desesperación, y se aplastaban entre sí intentando trepar por los muros mientras Barreto se moría de risa desde una galería de la casa. Luego el conde entregaba unas monedas a aquellas piltrafas aterrorizadas, en una cantidad siempre acorde con los daños que se hubieran infligido o recibido durante la espantosa escena. En su mansión del Almendares murió Barreto, solo, velado únicamente por sus esclavos, quienes huyeron al irrumpir en la casa las aguas del río, desbordadas por un ciclón, q-ue se llevaron el ataúd del conde en un rapto macabro, para devolverlo días después sin cadáver y relleno de piedras negras. Todavía se habla en La Habana del temporal de Barreto, como se conoce aquel desmadre de la naturaleza, poco frecuente en tierras habaneras.

Todas estas historias de poesía, amores y perversiones desfilaron por mi mente en una curiosa sucesión arremolinada de imágenes, fragmentos leídos y repentinas visiones. Supongo que porque, aunque yo nunca logre vislumbrar nada de aquel pasado rutilante del lugar, el espíritu dionisíaco de todo aquel mundo hoy desaparecido sigue vivo allí, demonios desatados, versos que vuelan entre el viento de los atardeceres. Qué pintoresca alta sociedad tuvo La Habana, sin duda…

*Verso del poema Oda al Almendares, de Dulce María Loynaz

 

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a Porque es mi río, mi país, mi sangre

  1. Luthier GUAYABO dijo:

    Estimada Sra. Gina seria para nuestro Proyecto Guayabo recibir su visita a nuestra exposición GUAYABIANDO en el Centro Hispanoaméricano de Cultura de la Habana en Malecon y Prado Estamos seguro que le proporcionara suficiente información para un bello reportaje como los que hace usted Saludos, Alberto Proyecto Guayabo

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    • Gina Picart dijo:

      Le escribí a su correo personal. Conozco su trabajo y siempre me ha interesado. Pero como le expliqué en mi mensaje, necesito ayuda con el transporte debido a la precariedad de la situación actual. Gracias por pensar en mí.

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