PENSANDO SIEMPRE A CASAL

El lanzamiento del Epistolario de Julián del Casal, compilado por Leonardo Sarría, es un acontecimiento “joyoso”, como diría Martí, en el panorama cultural cubano e hispanoamericano. No solo están en las 450 páginas del libro las cartas del poeta a sus amigos, parientes y grandes escritores extranjeros a quienes admiró, sino también las de sus afecciones más íntimas, y testimonios sobre su vida y sobre su muerte que para el estudioso resultan invaluables y llegan, ahora, de un modo poco doloroso a manos de los interesados, y digo poco doloroso porque yo misma he suspirado durante tantos años de pensar a Casal por no tener acceso a estos materiales. Me ha dolido mucho no tenerlos.

No veo sentido a repetir lo que en artículos excelentes ya se ha dicho en estos días con motivo del lanzamiento del libro. Dos, en especial, me han parecido magníficos:  Fe de cartas, de Norberto Codina, publicado en la revista cultural habanera La Jiribilla, y Una “sombra terrible”: enfermedad y muerte o lo no dicho en la correspondencia de Julián del Casal, de Adriana Kanzepolsky, Universidad de São Paulo, Brasil. Otros, como el de Cira Romero publicado en el diario Juventud Rebelde, no pasan de ser desangeladas reseñas de una pobreza que entristece.

Yo, que aún no poseo ese ansiado libro, tengo que agradecer a estos dos artículos un cúmulo de información que no tenía, como por ejemplo los detalles del entierro de Casal. Un príncipe de los poetas como él no merecía menos, pero es casi un sarcasmo el contraste de este sepelio tan lujoso con la vida estrechita y pobrísima que padeció el enfermo en su azotea, rodeado de sus fetiches incomprensibles, incluso, para sus íntimos, ganando calderilla por la publicación de sus libros y teniendo que acudir con su tuberculosis, a veces de noche y bajo la inclemente lluvia tropical, a cubrir algún evento social o cultural para cumplir con sus empleos de cronista que no le daban ni para comer.

Por mi parte hoy quiero hacer algo diferente: quiero pensar a Casal una vez más desde él y desde mí. Ya escribí dos ensayos breves sobre él, pero ahora quiero enfocarme en otra cosa: el perpetuo estado de anhedonia en que lo tenía sumergido el medio social donde le tocó vivir, por su falta de espiritualidad y de capacidad para apreciar las sublimidades de la Belleza. ¿Existe una aristocracia del espíritu, con su correspondiente aristocracia del estilo…? La sola proposición del tema suscita, lo he comprobado por mí misma, el enojo masivo y brutal de lo que Darío llamara en carta a Casal “las medianías”. No dudo que la expansión del mundo editorial cubano posterior a 1959 le habría asegurado los editores que tanto deseó y apenas tuvo, presentaciones de libros, acaso ventas masivas y pronto agotamiento de ejemplares, tal vez hasta premios y reconocimientos, quién sabe, pero ¿habría aliviado su alma solitaria toda esa parafernalia que no es más que la cáscara de cebolla que recubre con más o menos capas una vocación apasionada como la suya fue?

Yo creo que entiendo muy bien a Casal, y cuando lo pienso veo en el espejo lo que percibe un rebis mientras contempla su reflejo sobre el pulimento del mercurio. Yo, que he tenido más suerte que él por haber nacido en este tiempo y gozar las benevolencias de las editoriales y el mercado cubanos, he salido de una presentación de un libro mío donde hubo personas sin asiento y los ejemplares sacados a la venta se agotaron, mil veces más sola que cuando entré, porque he tenido la certeza de que ese libro, que no ha durado ni media hora en su estante, no encontrará camino alguno hacia el espíritu de nadie. ¿Existe el exilio espiritual? Convencida estoy de su existencia, y existen también pruebas irrecusables de ello, y no hablo del pruritoso deseo de emigrar en busca de mejor vida que se apodera de tanta gente, sino de las señales insidiosas, continuas e inignorables que un individuo percibe cada día de haber nacido con un fatal desfasamiento en el tiempo y el espacio; la sensación horrenda —puedo asegurarlo con cada latido de mis arterias— de no estar en el momento ni el lugar al que en realidad pertenecemos. Esa sensación se vuelve calcinante cuando el espacio que identificamos como verdaderamente nuestro no podríamos ocuparlo ni aunque nos fueran concedidas graciosamente todas las facilidades para hacerlo, por la única, aplastante y demoledora razón de que ya no existe. Alguien podría pedirme la palabra y alegar que no fue ese el caso de Julián del Casal, puesto que el París de sus sueños tenía la misma existencia tangible que La Habana del poeta, y el gremio de artistas a los que allí aspiraba a unirse estaba tan vivo como lo estaba él. Y yo respondería a esta hipotética observación que si las cosas fueran tan simples Casal se hubiera ido a París y encontrado lo que buscaba. Pero no lo hizo, porque el fenómeno de los exilios espirituales es muchísimo más complejo de lo que parece visto desde fuera: el lugar que se añora no es un lugar, ni el tiempo es un tiempo definido, sino un estado, una dimensión, construidos por la imaginación que, como tal, solo existe en la mente de quien lo descubre o lo ha creado. Hace tiempo escribí un artículo sobre esto que titulé La dimensión ensoñada, y eso es precisamente el exilio espiritual. Si quien padece esta enfermedad pudiera ir a donde añora, muy pronto vería convertirse en lodo sus más preciadas ilusiones, y en su lugar encontraría una realidad de la que probablemente llegaría a hartarse tanto como lo está de la que huye. Para que un sueño mantenga el encanto de sus colores brillantes e intacto su perfume, preciso es que no se cumpla. Casal lo sabía, y por eso no fue a París.

Mucho he pensado en Casal, pero ha habido tres momentos muy específicos en que este pensamiento ha llegado a metamorfosearse casi en materia tangible. La primera vez fue cuando estaba escribiendo mi relato Apocalipsis paloma sobre nieve, sobre el personaje real de la primera monja que iluminó manuscritos. Hay en esas páginas dos escenas que me hacían evocar a Casal constantemente mientras las escribía, por el tema de la nieve y el de la pintura, consustanciales con el poeta. En la primera de aquellas escenas los monjes iluminadores, un hombre y una mujer, han escapado de la abadía y están en un bosque donde hay un antiguo altar de piedra. Ella se tumba sobre el altar y se desnuda el pecho, y él la pinta mientras la nieve cae sobre el lugar, pero no se atreve a mirar de frente a su modelo por temor de que la poesía del momento se esfume. La otra escena ocurre allí mismo, pero en esta ocasión en que también está nevando es la monja quien traza con su pincel sobre la piel desnuda de un novicio un mensaje para el monje prisionero en su celda. Cuando ya solo queda espacio entre los muslos del adolescente y la monja tiene que escribir las palabras finales, cree ver una extraña formación de nubes en el cielo, entre las cuales vuelan demonios que se retuercen en poses lúbricas. Me importaba mucho escribir esas escenas de un modo tal que sedujeran a Casal, que sintiera la belleza como yo la estaba sintiendo mientras creaba las imágenes. Tiempo después escribí un extraño cuento, Hortus cocnclusus concierto para blanco y final, en el que un hombre, sometido a una reclusión que no comprende revive, o cree revivir, fragmentos de vidas diferentes que ha vivido, en algunas de las cuales ha sido una mujer, una niña y hasta dos personas al mismo tiempo, siempre en ambientes exquisitos, refinados, misteriosos y profundamente bellos. Exilios múltiples trasuntos de los míos imaginados en las entretelas del solitario, pero donde yace agazapada la pequeña semilla de la que brota la planta fatal de todos los exilios interiores.

Al final, mi última aventura como escritora fue un extenso relato donde quise construir la posibilidad de un encuentro entre Casal y yo, cada uno en su dimensión, pero confluyendo en el jardín de la Iglesia Ortodoxa Griega, mi rincón preferido, y sospecho lo habría sido también de Casal, porque si las puertas entre los mundos existieran, sin duda sería ese uno de los pocos lugares de esta ciudad donde un umbral podría abrirse como en la noche celta de Samhain. El resultado de esta especie de exploración esotérica, que nunca debí hacer, fue terrible, porque el encuentro, que técnicamente solo existió en mi imaginación creadora, y eso lo sé, fue para mí muy real, y los encuentros con los muertos son siempre peligrosos, porque los vivos pagamos un  precio alto, aun cuando nosotros mismos hayamos invocado la reunión. La aventura me sirvió, entre otras cosas, para que se ahondara en mí la convicción anterior de que en esta Habana de ahora Julián del Casal se habría sentido tan infeliz como en la suya, tan solitario, tan miserable y tan ajeno, comido por el deseo vehemente de vivir en el París de sus ensoñaciones, como yo lo he estado siempre de pasar mis días iluminando el Apocalipsis de Juan en una abadía del siglo IX. Y es que la felicidad solo puede construirse en el imaginario de las ensoñaciones. Si se nos materializara por obra y gracia del hada de los deseos, de inmediato nuestra carroza regresaría a su estado vulgar de calabaza, y Julián del Casal sería otro de tantos poetas pobladores de enciclopedias de poesía cubana de las que ya nadie se acuerda. Y yo, ¿qué sería…?

¿Hasta dónde carece de sentido la paradoja de que aunque Casal haya tenido el entierro de príncipe equivalente al reconocimiento que merecía como artista y nunca consiguió, y ahora vuelva a la luz el libro que lo desnuda en cuerpo y espíritu, sus restos, sin embargo, sigan yaciendo en un lugar desconocido, como si quisieran mantenerse ocultos, evitando asomarse a una luz demasiado basta para el tejido tan leve de la que estaba hecha su sensibilidad? La respuesta pudiera ser demoledora.

Estoy segura de que la aparición de este libro despertará en algunas instituciones, artistas, funcionarios, lectores devotos y habaneros de a pie la idea de que Casal debe tener un monumento a su memoria y a su gigantesca significación para la poesía latinoamericana como precursor que fue, junto a Martí y Darío, del movimiento modernista en tierras del Nuevo Mundo. Pero a pesar de su obra, de sus cartas y de todo lo que ahora queda expuesto sobre su breve existencia, Casal sigue siendo el misterio que siempre fue, ¿y quién podrá desentrañarlo lo suficiente como para atrapar su esencia en un molde de bronce?

 

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a PENSANDO SIEMPRE A CASAL

  1. Muy interesante Gina, gracias por compartirlo.

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