LA HABANA, INMIGRANTES Y EMIGRANTES.

 NOTA

Siempre me dio mucha gracia la expresión nota bene, y lo menos que me inaginé fue que la usaría tanto en mis artículos… El caso es que esta tarde estaba limpiando mi ordenador (guardo una enorme cantidad de cosas inútiles, igual que en mis gavetas), y me encontré el artículo que sigue y que alguien, no sé quién, me envió hace tiempo. Tampoco tengo idea de quién es su autor, así que si no es políticamente correcto de verdad lo siento, pero su análisis sobre la capital de Cuba y el fenómeno de los movimientos migratorios es tan interesante que no pude resistir la tentación de compartirlo. Yo discrepo un poco de él: no creo que La Habana solo se ruralice y ese sea el peor de sus males (las personas más educadas que he conocido en los últimos años las encontré en Pinar del Río, Villa Clara y Matanzas). La Habana se ruraliza, sí, pero  su problema fundamental es que se marginaliza, y los marginales de la capital de Cuba siempre han estado en ella, solo una pequeña parte ha venido de las provincias. Nuestros marginales, en general, son la resaca, lo que fue quedando cuando los escalones más elevados de la pirámide social cubana, portadores —como en todas las pirámides sociales del mundo—, de los valores modélicos,  se esfumaron en el éter, como no es secreto para nadie. Léanlo, es mi sugerencia. Un buen artículo, muy inteligente, y se pone mejor a la mitad. Necesitamos comprender lo que nos está ocurriendo. Y de paso, a ver si las leyes son endurecidas y aplicadas como en los países civilizados: con respeto, con rigor y sin politizaciones que debilitan el derecho de gentes. ¡Duro con los malos ciudadanos que quieren vivir sin ley y hacernos vivir en la selva, donde el depredador es fuerte y el civilizado débil.

POR CARLOS GARCÍA PLEYÁN

Resulta sorprendente comprobar que La Habana mantiene en 2018 la misma población que tenía en el año 1991. ¿Acaso no ha pasado nada en treinta años? En realidad, no es así: esa aparente estabilidad esconde abundantes cambios y desplazamientos, innumerables idas y venidas de personas, día tras día, sin cesar.

El año pasado (2018) nacieron en La Habana 19,800 personas, llegaron 21,300 inmigrantes de otras provincias y 6,100 regresaron desde el extranjero, con lo que la ciudad incrementó su población en 47,200 personas. ¿Cómo mantiene entonces la misma población? Por la sencilla razón de que en el mismo año también fallecieron 23,300 personas, 6,600 regresaron a sus provincias y otras 15,300 emigraron hacia el extranjero, por lo que desaparecieron 45,200 habitantes.

Ese sostenido equilibrio entre incrementos y decrementos ha hecho que la ciudad esté demográficamente estancada desde hace casi tres decenios. En el año 2018 solo creció 2,000 habitantes, es decir, uno por mil. La conclusión es clara: si no fuera por las más de 20,000 personas que año tras año vienen del resto del país, la Habana sería una de las pocas capitales del mundo que decrecería. Y no es que considere conveniente alcanzar tamaños excesivos como la mayoría de capitales latinoamericanas, pero sí es necesario averiguar a costa de qué logra mantener su tamaño.

Es interesante también identificar las tendencias. La natalidad se ha ido reduciendo tanto, que ya son más los fallecimientos que los nacimientos. La inmigración desde otras provincias fue considerable -unas 40,000 personas anuales- hasta la promulgación del decreto 217, que en 1997 reguló las migraciones hacia la capital y las redujo a unas 10,000 (o, al menos, eso dicen las estadísticas…). Pero desde inicios de siglo se ha ido recuperando y ya sobrepasa otra vez los 20,000 anuales.

De hecho, el impacto en el crecimiento urbano se amortiguó porque también regresan a su provincia de origen contingentes de antiguos inmigrantes (alrededor de unos 6,000 anuales en el último decenio). Y todavía se aminora más cuando consideramos la emigración externa. A pesar de la liberalización de las salidas desde 2013 y la posibilidad de permanecer dos años fuera del país sin perder la residencia, la cantidad de habaneros que deciden fijar su domicilio en el extranjero viene creciendo: fueron 6,600 en el año 2014, pero ya el año pasado sobrepasaron los 15,300 (¡37,000 en todo el país!).

Es así que, al igual que en la mayoría de las ciudades en el mundo, La Habana es impactada fuertemente -en positivo y negativo- por los movimientos migratorios. La migración es básicamente una cuestión urbana, ya que la mayoría de los migrantes se dirigen hacia las ciudades. Cada semana 3 millones de personas en el mundo se instalan en las ciudades. Las migraciones son un fenómeno antiquísimo -consustancial a la historia del poblamiento humano- que se mantiene en la actualidad y ha cobrado dimensiones impresionantes. Hay actualmente 4,000 millones de personas residiendo en ciudades. En el año 2050 serán 7,000 millones. La gran mayoría de los nuevos 3,000 millones de pobladores urbanos serán migrantes. Nuestro continente es un ejemplo histórico formidable de estos movimientos, a escala incluso intercontinental.

No hay que tomar entonces los movimientos migratorios como un fenómeno pasajero. Es la tendencia humana a situarse en aquellos lugares donde percibe mayores oportunidades, con lo que se constituye en un indicador privilegiado para detectar la percepción que tiene la población de la calidad de vida en un territorio. Su definición rigurosa no es fácil, por arbitraria. Medir la migración implica definir unas “fronteras” (nacionales, regionales, municipales…) y un periodo de tiempo (¿uno, dos, cinco años?) a partir del cual se considera que ha migrado, o bien adoptar criterios administrativos como el cambio de residencia permanente.

El análisis de sus causas es todavía más complejo por cuanto inciden fuerzas combinadas de rechazo del lugar de origen y de atracción del lugar de destino. Entre las primeras se sitúan la pobreza y la falta de oportunidades, los conflictos bélicos o políticos y, cada vez más, los desastres naturales. Entre las segundas puede encontrarse principalmente los atractivos socioeconómicos (acceso a empleo y a servicios), la diversidad de opciones y, para mucha gente, la esperanza de seguridad o de paz.

La decisión de migrar es asimismo una combinación de factores estructurales con razones personales o familiares. El individuo o la familia realiza, de forma más o menos consciente e informada, un análisis de costo/beneficio y toma su decisión con arreglo a ello. Pueden estimar beneficios esperados tanto para los que se van, como para los que se quedan (envío de remesas). Pero también deben evaluar costos considerables para los dos: separación familiar, viajes a menudo riesgosos, dificultades de inserción…

Más polémica todavía es la percepción de los habitantes de las zonas que reciben migrantes. En los lugares de destino son a menudo vistos como una amenaza, como algo negativo, sean africanos en Europa, latinos en Estados Unidos u orientales en la Habana. Lo que unos perciben como una esperanza, otros lo viven como un peligro, por lo que las dificultades de inserción suelen ser múltiples.

A menudo la puerta de entrada en la ciudad de destino es la informalidad (en la vivienda, en el empleo, en el acceso a los servicios…). Una forma de evitarla o atenuarla es buscar apoyo en comunidades de acogida, casi siempre constituidas por grupos de antiguos emigrantes del mismo origen que viven en barrios específicos de las ciudades. Se trata de amigos, familiares, conocidos que ayudan (aunque algunas veces también extorsionan) a los recién llegados y los ayudan a insertarse en la primera etapa en un ambiente hostil, que suele producir una fuerte sensación de vulnerabilidad.

Los inmigrantes.

La Habana no es una excepción. El apelativo de “palestino” a cualquier inmigrante de la zona oriental habla por sí solo… La importancia de la inmigración hacia la capital es indiscutible. Según el Censo de 2012, residían en la capital más de medio millón de inmigrantes (25% de la población habanera) y de ellos 274 mil eran orientales (el 52%). Estos últimos, entonces, aunque numerosos, no son más del 13% de la población.

Por otra parte, la imagen de la invasión de población rural hacia la capital, también es relativa. Según la encuesta nacional de migraciones el movimiento campo-ciudad se realiza en buena medida (80%) de forma escalonada, por estratos urbanos. Un 34% del mencionado medio millón de inmigrantes a la capital provienen de ciudades mayores de 50,000 habitantes (en su mayoría cabeceras provinciales), un 49% llegaron procedentes de lo que la encuesta llama “el resto urbano” es decir, localidades entre 2,000 y 50,000 habitantes. La población rural que vino directa del “campo” solo constituyó un 17% y, en los últimos cinco años, bajó a un 10%.

Es difícil negar la percepción generalizada de que la Habana se está “ruralizando” o, en todo caso, “desurbanizando”: renacen los bohíos en la periferia, se construyen ranchones en el centro de la ciudad, las calles se hacen tierra, las aceras se deshacen, los platanales invaden los jardines; caballos, chivos, cerdos y gallinas campean por sus respetos, se habla a gritos, se camina por el medio de las calles, se bota la basura en cualquier lugar…

Padura lo describió con maestría: en los años 90, “La Habana fue sorprendida por acciones como la de colocar ollas en las aceras para cocinar con leña, la cría masiva de cerdos incluso en el interior de viviendas con mínimo espacio y la venta callejera de productos agropecuarios. (…) La Habana fue alejándose rápidamente de su anterior esplendor y adquiriendo la imagen de feria de los milagros con un marcado sabor campestre, surcada por arroyuelos de aguas albañales, lagunas en las furnias callejeras, parques convertidos en solares yermos o vertederos”.

Pero es que en la actualidad “ La Habana ha recibido un nuevo impulso en su proceso de ruralización: apresuradas construcciones de zinc para la venta de cualquier artículo, esquinas tomadas por vendedores de productos agrícolas que colocan la mercancía directamente en el cajón en que han sido transportadas, el incremento masivo de la cría de cerdos que luego nutrirán mercados y rústicos puestos de ofertas gastronómicas que se van expandiendo por todo el territorio, en un avance geométrico, sin orden ni concierto, sin respeto por el urbanismo ni demasiadas preocupaciones por la salubridad”.

Y, lo que es peor: “la falta de controles, la degradación de las costumbres, la falta de sentido de respeto por el derecho ajeno, la imposición de la ley del más fuerte, el más inculto, el más pícaro, y la filosofía de que “hay que resolver”, al precio que sea, están bullendo en la misma olla callejera donde se deteriora el aspecto y la cultura de la ciudad”.

Todo eso es verdad, pero ¿podemos echarles la culpa a los inmigrantes? ¿O fueron las degradantes circunstancias vividas en el periodo especial? ¿No estaremos haciendo lo mismo que los europeos, que culpan a los africanos de todos los males? No es fácil desentrañar la incógnita, por cuanto el pico de inmigración a la capital coincidió con los años más difíciles de ese periodo.

De todas formas, ¿por qué la ciudad no logra recuperarse decisivamente de ese periodo incierto tantos años después? ¿Cómo los hábitos de 75 mil migrantes de la parte rural han podido con las costumbres de dos millones de habaneros? ¿Tan débil era la cultura urbana? Cualquier respuesta precipitada no hará más que evidenciar nuestros prejuicios. Es un tema suficientemente complejo como para ser investigado a fondo por sociólogos y antropólogos.

Los emigrantes.

Si nos inquieta, con razón, la ruralización de la ciudad, mucho más debía preocuparnos y alarmarnos la interminable hemorragia que sufre de personas que la abandonan. El volumen del saldo migratorio informado por los anuarios estadísticos desde 1959 hasta 2018 suma un poco más de 1,5 millones de emigrantes (de ellos, unos 860 mil habaneros). De hecho, el número es mayor, puesto que en el mismo periodo regresaron del exterior 226 mil hacia la capital. De ahí que el verdadero número de emigrantes habaneros puede estimarse en algo más de un millón (y casi dos el de Cuba). En los primeros decenios, dos de cada tres emigrantes eran habaneros, lo que indica su origen de clase. Posteriormente la proporción bajó al 50%, pero sigue siendo un comportamiento migratorio mucho más alto que el del resto del país, ya que la capital alberga menos del 20% de la población.

Según la encuesta de migración ya mencionada, el retrato tipo del emigrante habanero es el de un muchacho joven, soltero, blanco, con un nivel educativo medio-superior. No quiere decir que todos tengan ese perfil, sino que esas características son mayores entre los emigrantes que en la población total.

Los jóvenes (de 15 a 39 años de edad) constituyen el 66% de los emigrantes, mientras que su proporción en la población cubana es tan solo del 33%. Y la mayor diferencia se sitúa en un nivel mayor de instrucción.

Ese enorme volumen histórico de emigrantes hace que en la actualidad el 42% de los habaneros declare tener familia en el exterior, mientras que en la parte rural solo es un 28%. El impacto económico de retorno es importante ya que el 77% de los emigrados manda remesas que, evidentemente, van a parar a los lugares de origen de los migrantes (es decir, al menos dos veces más en la capital que en el resto del país).

Salvo en dos ocasiones (la salida del Mariel en los 80 y la crisis de los balseros de los 90), se puede constatar que el perfil migratorio ha tenido siempre un sesgo hacia altos niveles de instrucción. ¿No tendrá nada que ver el asunto de la ruralización con esta merma continuada de personas bien preparadas?

La Habana es una ciudad que en los últimos 60 años ha perdido más de un millón de ciudadanos, sustituidos por medio millón de inmigrantes de provincias. Las características socioculturales de los dos grupos no han sido las mismas. Mi hipótesis es que algo tiene esto que ver con la “deshabanización” de la Habana… ¿son los que vienen o son los que se van?

Y lo más angustioso es que es un proceso que no solo no se atenúa, sino que en los últimos cinco años muestra otra vez signos de intensificación. El país no puede resistir ad infinitum este desangramiento ya endémico. Supone una pérdida económica gigantesca (a la inversión educativa realizada, se suma su no “amortización” posterior), pero también humana, psicológica, cultural y política. Y si en algo debiera investigarse y actuarse con la mayor celeridad y decisión es precisamente en tratar de reconducir o atenuar esta fuga de cerebros.

Mis intercambios con recién graduados me hacen sospechar que su desencanto no tiene tanto que ver con niveles comparativos de renta sino con su percepción en cuanto a las oportunidades de realización personal y laboral. Demasiado a menudo son situados al inicio de su vida laboral por el Ministerio del trabajo en lugares que no son de su interés ni tienen que ver con el lugar donde ya realizaron sus prácticas.

Ellos piden ilusionados una ubicación y casi sistemáticamente son situados en otra institución. Y lo peor viene cuando llegan a ella. El desencanto suele ser mayúsculo. Con demasiada frecuencia no se les asigna contenido de trabajo o las tareas no tienen nada que ver con su perfil profesional, sus iniciativas son ignoradas, chocan con todos los vicios de la burocracia y la “resolvedera”, aprenden malos hábitos, pierden el tiempo y quedan defraudados. Se suponía que en su servicio social iban hacia un destino donde eran imprescindibles, o al menos necesarios, pero al llegar suelen no hacerles mucho caso. Ese desencanto y frustración es el verdadero motor que impulsa a muchos a dar el salto.

Sobre los desniveles económicos comparativos no podremos actuar con celeridad, pero sí es ineludible hacer un esfuerzo supremo por cuidar al máximo esa etapa en la que la juventud culmina el esfuerzo educativo, llena de ilusiones, esperanzas, iniciativa y osadía y la frustramos desvergonzadamente con nuestro escepticismo y cinismo adulto.

Es sumamente inquietante comprobar que las graduaciones de universitarios en la capital disminuyen drásticamente (22,000 en el 2012 y solo 5,200 en el año 2018 ), mientras que las salidas de habaneros van en aumento (6,600 en 2014, 15,300 en 2018).

Del mismo modo que no lanzamos a un recién nacido a un rincón, sino que cuidamos al extremo su inserción en la vida, así debemos extremar las atenciones con nuestra juventud, estimulando su aporte, dándoles responsabilidades, respetando sus opiniones, ofreciéndoles opciones. Y quizás también, algún día, como en China o Vietnam, logremos recuperar parte de ese enorme caudal que no supimos seducir y se nos fue.

 

 

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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