Las bolas de nieve que no volverán

Con el nacimiento del siglo pasado, en 1900 un dentista austríaco llevaba a cabo un experimento para intentar abrillantar una ampolleta. Uno de los eventos que copió de otros operarios fue colocar una bola de cristal rellena de agua delante de la llama de una vela, con lo que se acrecentaba la iluminación, y por alguna razón se le ocurrió, o quizá fue un accidente, dejar caer unos granos de sémola dentro del agua de la bola. Para su sorpresa, al flotar en el líquido y caer lentamente hacia el fondo, los granos reprodujeron de inmediato el efecto de una nevada. Había nacido la industria de las célebres y bellas bolas de nieve.

El dentista, de apellido Perzy, fue más lejos: colocó un diorama en miniatura dentro de una bola de cristal rellena de agua en la que “caían” copos de nieve de sémola. Había nacido una industria que durante sus primeras cuatro décadas solo colocó iglesias en miniatura dentro de las bolas, pero después de la Primera Guerra Mundial, los descendientes del dentista comenzaron a colocar dioramas con imágenes navideñas: Papá Noel, árboles de Navidad y muñecos de nieve. Estos nuevos Perzy suplantaron el agua por un fluido cuya composición la compañía guarda hasta hoy en el mayor secreto.

Pero no todas las bolas de cristal tienen en su interior dioramas de iglesias y motivos navideños. Este ejemplar reproduce la bellísima estructura de los cristales de nieve, esos fenómenos de la naturaleza que deslumbran a la imaginación más poderosa.
Esto es una caja de música coronada por una bola de cristal que reproduce nuestro sistema solar. ¡Hermosa!
El diorama de esta bola de cristal reproduce una escena invernal
Y esta maravilla es nada más y nada menos que una lámpara de noche para niñas

Hoy la compañía productora tiene centenares de diseños y cuatro tamaños de bolas. Son adornos y a la vez juguetes muy curiosos, pues funcionan sin nada más que ellas mismas, como si estuvieran encantadas.

Y siempre lo han estado, no solo para los niños que alcanzaron a disfrutar de ellas, sino para muchísimos adultos. Siempre sostendré que en las casas cubanas de antes —y me refiero a las coloniales y a las construidas en las primeras urbanizaciones que se extendieron más allá de Centro Habana y Habana Vieja, el lugar más excitante, al menos para las personas de género femenino, era el tocador de la señora y la pequeña salita del costurero. Allí, junto a sillones y mesitas de mimbre y los pequeños baúles donde se guardaban las agujas, las madejas de hilo, los dedales que eran como pequeñas piezas de orfebrería y los infaltables canevás, además de las preciosas cajas lacadas para el maquillaje y los estuches con peinetas de oro y carey, había siempre muñecas con trajes de otra época y bolas de nieve. Son recuerdos hermosos y a la vez muy dolorosos, porque hoy, aunque usted revise desde la entrada hasta el patio cualquier tipo de casa cubana, no encontrará esos rincones mágicos. Hay otros, también de gran belleza, elegantes, pero no hablan a la memoria de los cubanos menos jóvenes, así que son recuerdos mudos que nada dicen a la sensibilidad más honda, aunque deslumbren el sentido de la estética, como no, que hay decoraciones de interiores que merecen premios.

Leo, sin embargo, que la industria de las bolas de nieve sigue viva en Austria y produce para clientes muy selectos. Hizo piezas para Sasha y Malia, las hijas del Presidente Barak Obama, y también para los Clinton. Pero entre nosotros aquellas recoletas intimidades con aroma a reseda, y la gracia y suavidad de unas manos de mujer que acariciaban el encaje, la seda y las flores… como dijo el poeta romántico Gustavo Adolfo Becker: “Esas no volverán”.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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