Adocretos sin sombra, ¿y el viejo Vedado?

Un libro extraño, fascinante y a la vez un poco absurdo, fue publicado en 2018 por la editorial Ciencias Sociales. Piedras y sombras, el viejo Vedado, pone a disposición del lector fotografías de época de gran valor histórico y una nutrida colección de impecables y bellísimos dibujos de edificios, conjuntos arquitectónicos y escultóricos, plazas y lugares icónicos de esa barriada que es como la bandera insignia de La Habana republicana. Este verdadero regalo gráfico llena sus páginas junto con multitud de textos con sabor a crónicas de nostalgia, entreverados con breves historias de ficción, y es por eso que digo que el libro me parece un poco absurdo en su composición, quizá porque no es usual encontrar este tipo de matrimonio entre textos de una academia poética y otros de carácter ficcional, casi cuentos, pero esa no es más que una observación absolutamente personal. El libro es, yo diría, una obra majestuosa que mucho hay que agradecer.

De la autoría de dos arquitectas de notoria trayectoria profesional, Maritza Verdaguer y Madeline Menéndez y el Licenciado en Dramaturgia y guionista Serguei Svoboda, El viejo Vedado no solo brinda información especializada, autorizada y rica, sino que tiene una magia muy especial y logra conservar esa sublimidad que desplegó Dulce María Loynaz en su libro Fe de vida, en páginas que dedicó a su barrio natal. Y observo un fenómeno curioso: la tristeza por un espíritu lugareño que se está perdiendo es muy antigua en El Vedado, comienza casi con sus primeras construcciones y sus primeros pobladores. Cada vez que se elevaba una nueva edificación, los vecinos más cercanos, muy escasos y selectos hasta 1940, se lamentan vivamente por la eliminación de algún grupo de árboles, de una glorieta, de un camino, rincones mágicos que inevitablemente la progresiva urbanización arrasaría.

Y es que El Vedado siempre fue un dominio no del hombre, sino de la naturaleza. Durante siglos su floresta intrincada y umbrosa protegió a La Habana colonial de los ataques piratas. Nadie podía atravesarla. Solo uno o dos poblados aborígenes, más tarde de pescadores, representaban la especie humana en la zona. Un torreón, La Chorrera, vigilaba el mar siempre peligroso para una isla. Las autoridades coloniales promulgaron Ordenanzas que prohibían todo tipo de construcción en sus bosques. Pero cuando terminaron nuestras guerras de independencia, fue la alta oficialidad mambisa la que acudió a poblar El Vedado. Allí vivieron muchos de nuestros más prestigiosos generales, entre ellos Enrique Loynaz del Castillo, padre de la más grande escritora cubana, Dulce María Loynaz, y sus geniales hermanos; Méndez Capote, padre de la escritora y periodista Renée Méndez Capote, y muchos otros que conforman una larga lista de familias que establecieron linajes en la zona. Luego llegaron ricos hacendados y banqueros como Juan Pedro Baró, y construyeron palacetes lujosos; nobles con títulos comprados, como los marqueses de Revilla de Camargo, que construyeron verdaderos reinos de arquitectura joyosa, como el hoy Museo de Artes Decorativas. Prestigiosas firmas de arquitectos se esmeraron para convertir El Vedado en una Ciudad Jardín al estilo de Barcelona. Y así, tener una casa en El Vedado se convirtió en un signo de estatus mucho antes de que existieran Miramar y Siboney, y aun cuando estos repartos lujosísimos fueron edificados, los habitantes de El Vedado se mantuvieron fieles a sus rincones umbrosos, su olor a romero que recuerda con tristeza Dulce María, sus templos, sus parques recoletos, su alma hidalga y romántica.

Yo no nací en El Vedado, sino en los límites entre Luyanó y Lawton, pero pasé mi adolescencia y gran parte de mi juventud en sus calles, hoteles, clubes, avenidas, parques, iglesias, cines, teatros, centros de exposiciones, salas de concierto, museos… Si alguien ha dicho que El Vedado es un estado del alma, yo le doy la razón sin vacilar. Yo amo El Vedado como cualquier nativo suyo. Tiene un espíritu, como La Habana Vieja. Son las dos únicas zonas de La Habana donde he sentido eso. Sin embargo, no siento nada especial por Lawton ni Luyanó. El Vedado se lo lleva todo.

Y ahora estoy inquieta, porque en las redes sociales se eleva un lamento unánime. No soy testigo presencial de nada, hace mucho que no voy a El Vedado, pero se habla de una tala frenética de árboles, de deforestación; de la destrucción de algunas calles y plazas que se han quedado sin sus adoquines; de la pérdida o deterioro de valiosos murales con obras de afamados artistas habaneros. Hasta hace unos años se batallaba denodadamente por la recuperación de la casa de los Loynaz y el hotel Trotcha, dos construcciones no solo icónicas, sino de mucho valor arquitectónico y, ni se diga, histórico, se elaboraron planos y se hicieron proyectos, sin que nada fructificara. Hoy el clamor es más elemental, más enfocado en proteger la flora vedadense y algunos de sus pequeños parques y plazas, donde hasta hace poco el caminante podía descansar en un banco a la sombra frondosa y protectora de los árboles, pero hoy, en las fotografías que se están difundiendo, presentan aspecto de tierra arrasada, casi de escenarios de guerra, desolados.

Más allá de la gran verdad de que en las redes sociales escribe todo el que lo desee y se expresan todas las opiniones, con lo que ello implica en cuanto a discordancias, disensiones, etc. resulta evidente que hay un malestar profundo entre los habitantes de El Vedado, y que las explicaciones oficiales, si han sido dadas, no satisfacen a mucha gente allí. Nadie cree que todos los árboles talados estuvieran muriendo, y como inevitablemente sucede en estos casos, se propagan rumores, sospechas que no benefician a ninguna persona o entidad. Algunos dicen que se han talado muchos robles para exportar su madera. Otros, que se pretende colocar cámaras de vigilancia, otros apuntan hacia una especie de conspiración de cuentapropistas que estuvieran actuando a su antojo para algún tipo de lucro, y es consenso general que los vedadenses están muy nerviosos por la aparición de un engendro llamado adocreto (adoquín de concreto), porque se han dado cuenta de que la merma de los espacios verdes y su sustitución por el concreto hará que la entrada del mar y la subida de las aguas no solo demoren más en regresar a la normalidad, sino que provocará que estas avancen más dentro de El Vedado y alcancen una mayor altura, provocando aún más desastres y situaciones de catástrofe de las que ya hemos visto en huracanes pasados. También alertan sobre los efectos de la deforestación y el aumento del CO2, las temperaturas y el daño climático que sobrevendrá por ello.

Los habitantes, preocupados, han publicado fotos de la tala, de placas de camiones donde se llevan los árboles, de los adocretos que han arrasado con la sombra de la floresta y la comodidad de los viejos bancos; dicen haber enviado cartas de protesta a varios organismos, entre ellos Planificación Física, Comunales y CITMA, invocan leyes muy bien argumentadas y expresan su amargura porque ahora se anuncie la resiembra de árboles en homenaje al Día Mundial del Árbol.

Pienso que, independientemente de que algunas de las opiniones expresadas en las redes contengan críticas vivísimas y expresadas con pasión, el clamor por El Vedado no traduce un simple fenómeno sociológico como es el rechazo grupal a los cambios, sino algo mucho más profundo: dolor por la pérdida de una de sus riquezas más importantes y significativas: su entorno verde, y la posibilidad de los humanos de convivir en armonía con la naturaleza.

Pienso que las quejas presentadas con respeto y conocimiento de causa deberían ser escuchadas y atendidas por las autoridades implicadas, pues la sensibilidad del pueblo, o aún de una parte de él, siempre debe tener peso en la receptividad de la nación, porque, como dijo nuestro Apóstol, la patria es de todos. ¿Qué está pasando en El Vedado? No tengo una respuesta y al parecer nadie ha proporcionado una hasta ahora o, al menos, una lógica y coherente. Importantes personalidades del Gobierno provincial han hecho declaraciones acerca de que es inaceptable el daño al patrimonio, pero eso ya lo tenemos muy claro los cubanos.  La pandemia ha trastornado muchos aspectos de nuestra vida nacional, como en todo el planeta. No vemos la hora en que llegue esa “nueva normalidad” de que tanto se habla y que, al parecer, será el estado en que vivamos a partir de… no sé a partir de cuándo, pero será lo que vendrá. ¿Formará parte de esa nueva normalidad que El Vedado siga perdiendo su magia, su personalidad, su configuración de Ciudad Jardín, su historia maravillosa, y se transforme en un NO-LUGAR donde la gente llore un pasado perdido para siempre…? ¿Terminará El Vedado convertido en un conjunto de libros que rezumen nostalgia, en una biblioteca de la pena? ¿Será solo eso lo que nos quede de él?

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a Adocretos sin sombra, ¿y el viejo Vedado?

  1. Rubén dijo:

    Así es, estimada Gina, están transformando nuestra Verde Ciudad en una ciudad de puro concreto y sol, preocupante y correcto el daño que provocaría ante las inundaciones ya frecuentes en ese tramo de la ciudad.
    Gracias por su preocupación que cada día seremos más los que ayudaremos a evitar la debacle climática de nuestra ciudad y del mundo.
    POR UN MUNDO VERDE , AQUÍ ESTAMOS

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