Las mejores series

Merlí, cuyo verdadero nombre es Merlí y los peripatéticos, queda inscrita desde sus primeros capítulos en mi panteón personal de series magistrales. No es original en su argumento, pues abundan las películas, algunas vistas en Cuba, donde un profesor hecha mano de metodologías poco ortodoxas para promover el desarrollo intelectual, ético y humano de sus alumnos, ya sea que constituyan grupos disfuncionales o solo colectivos normales que se pueden encontrar en cualquier centro docente para adolescentes.

El argumento de la serie gira en torno a Merlí Bergeron (Francesc Orella), un profesor de Filosofía desalojado que se va a vivir con su madre, la exitosa actriz de la tercera edad Carmina Calduch (Ana María Barbany), y tendrá que aprender a convivir con su hijo gay,  Bruno (David Solans), del que hasta entonces cuidaba su exesposa.

La originalidad de esta serie está, fundamentalmente, en que su pilar central es la asignatura de Filosofía General, un tema sin duda bien árido para la inteligencia media del espectador medio, pero las herramientas pedagógicas de Merlí y su carisma personal de violador de todo lo establecido terminan por convertirnos en alumnos de su aula, entre los que abundan individualidades más que interesantes (interpretados por actores increíbles), como Iván Blasco, inteligente, sensible, muy interesado en la política, pero víctima de bulling escolar, que le provoca una fobia social que lo lleva a abandonar el instituto y encerrarse en su casa.

Entre los alumnos hay gays que no han salido del closet, como el propio hijo de Merlí; gays orgullosos de su condición como Oliver,  sinceramente católicos y que sueñan con tener hijos en un futuro; madres adolescentes como Oxana, que se sienten atrapadas entre las demandas propias de su edad y los deberes que la maternidad impone; jóvenes tímidos como Joan, que reaccionan al abandono de la amada eligiendo una rebelión contra los padres y el mundo que deviene abiertamente conflictiva; muchachos pobres y con familias disfuncionales como Pol Rubio, que adoptan el personaje del tipo durito para esconder su dolorosa “inferioridad” frente a compañeros y compañeras provenientes de clases sociales acomodadas.

Pero el mundo de los adolescentes no es el único que cae bajo la lupa de esta serie de Netflix. También el claustro de profesores se convierte en una muestra de análisis bajo el telescopio de los guionistas, y deja a la vista un sinfín de contradicciones entre los métodos antiguos y ortodoxos de algunos miembros y los más avanzados de otros, lo que es, en realidad, un osado cuestionamiento de la vigencia y utilidad del actual método de enseñanza, de si ha caducado y por eso algunos alumnos “no encajan” y son acusados de inapropiados por profesores miopes incapaces de adaptarse a la modernidad inevitable de un mundo que nunca se detiene en sus cambios.

Esta serie de televisión española, creada y producida por la productora Veranda TV (Grupo Godó y Boomerang TV), y emitida por la cadena catalana TV3 entre el 14 de septiembre del 2015 y el 15 de enero del 2018, me ha hecho pensar muchísimo en los métodos  y programas pedagógicos que imperan en nuestros centros escolares. Algo habrá cambiado desde los tiempos en que mi hija era adolescente y acudía a la secundaria y después al tecnológico, supongo; pero desde mi época eran métodos fatales que solo promovían el desinterés, el aburrimiento y, en casos como la Historia, con su carnaval de fechas a memorizar, el desprecio y la hartura irremediables que después se convirtieron en marcas vitales para unas cuantas generaciones. En mi caso personal escapé a ese mal sino al descubrir en el periodismo los territorios de la cultura y el arte que tocan mi sensibilidad. Ello me ha permitido sentir un amor intenso y apasionado por la historia de Cuba, y  convertirme en una escritora de ciencia ficción y lectora incondicional de Jorge Luis Borges me llevó a interesarme por la física cuántica, a comprarme documentales sobre esa ciencia y, lo más importante, a empezar a entender algo de ella, lo suficiente para darme cuenta de que si hubiera descubierto a tiempo la magia de su mundo, tal vez hoy fuera yo una científica y no un ser que se mueve en el mundo de las letras y el arte. ¡Cuántos exámenes suspensos, cuántos Mundiales y Extraordinarios tuve que sufrir en mis tiempos de estudiante, solo para descubrir ahora que yo no era bruta ni indisciplinada ni hiperactiva, sino que los planes de estudios eran pésimos. ¡Cuánto me castigó mi padre porque creyó las quejas de mis profesores! ¡Que infierno fue mi primera adolescencia!

Gracias, profe Merlí, por devolverme toda la enorme porción de autoestima que me robaron en la escuela, haciéndome creer que fui una mala alumna enemiga del conocimiento. Estoy, y sé que muchos estaremos, en una deuda eterna contigo.

Menos mal que por mí misma descubrí y amé la Filosofía. Gracias a la Biblioteca Nacional, porque a ningún profesor tengo que agradecerle esta maravilla. De hecho, jamás nadie me impartió esa asignatura que tanto ayuda al individuo a comprender el mundo y su propia vida. Que tanto y tan lúcidamente ayuda a pensar.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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