LAS MUSAS DE LA INSPIRACIÓN.

El Parnaso fue pintado por Rafael en 1511. Es un fresco en el Palacio del Vaticano en Roma. El Papa Julio II encargó cuatro frescos para representar las cuatro áreas del conocimiento humano, que son filosofía, religión, poesía y derecho. El Parnaso representa la poesía. Apolo se muestra en el Monte Parnaso, el lugar de su morada, con las nueve Musas rodeándolo en el centro. A la derecha de Apolo hay nueve poetas de la antigüedad y en su izquierda hay nueve poetas contemporáneos.Calíope, sentada junto a Apolo, es la musa de la poesía épica: ella y Apolo son la gran inspiración de los poetas.

Quienes son buenos observadores alguna vez habrán reparado en ciertas pinturas y relieves que en nuestra isla decoraban los palcos de los teatros antiguos, en especial los pequeños teatros de provincias y pueblecitos. Algunas de estas salas están fuera de servicio desde hace tiempo, convertidas en almacenes de cualquier cosa o en ruinas tristes que deprimen a quienes alguna vez pasaron en ellas buenos momentos, pero siempre queda la memoria, y muchas personas recordarán que a menudo esas pinturas y cenefas a relieve representaban hermosas mujeres que portaban instrumentos musicales, libros, corolas de laurel o quedaban detenidas en el aire en medio de un inspirado paso de danza. Eran las Nueve Musas de la mitología griega, representantes de las artes y las letras de Grecia, en la Antiguedad el pueblo más ilustrado de la Tierra.

Los griegos, como todos los pueblos, personificaron las fuerzas de la naturaleza y atribuyeron a sus divinidades atributos y características humanas, pero fueron más lejos, porque sus personificaciones tuvieron un elevado carácter abstracto, y es de este carácter de donde nacen las Nueve Musas, aunque para los griegos las engendrara Zeus, padre de todos los dioses y rey del Olimpo, morada de los seres divinos, en sus devaneos con Mnemosina, quien, como su nombre indica, era la diosa que encarnaba la Memoria.

Las Musas, que en un principio solo eran tres y fueron aumentando su número según se ampliaban los territorios del arte y del conocimiento en el pueblo que las creó, eran Calíope, Clío, Erató, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Terpsícore, Talía y Urania, ninfas todas perfectas en su belleza. Cuenta el mito que nacieron en la cumbre del Pireo, montaña de Tracia, pero vivieron en diversos lugares, como los montes Parnaso y Helicón, En los festines de los dioses ellas cantaban y Apolo, hijo de Zeus, las acompañaba con su cítara.

Las jóvenes y bellas musas buscaban a los hombres con dotes para la poesía, el arte, el conocimiento, y les hablaban. Los elegidos escuchaban aquellas musitaciones y las tomaban como si fueran sus propios pensamientos, y llamaron a ese fenómeno inspiración. Cuando las Musas decidieron diferenciar sus funciones y la ayuda que daban a los hombres, quedaron así: Calíope fue musa de la elocuencia y de la poesía épica, iluminadora de los grandes poetas; Clío impulsó la historia y fue protectora de las bellas artes; recordaba todas las acciones heroicas; Erato era la musa de la poesía lírica y amorosa; Euterpe se ocupaba de estimular la música instrumental y protegía a los intérpretes; Melpómene fue la musa de la tragedia; Polimnia de la retórica; Talía de la comedia; Terpsícore de la danza, y Urania de la astronomía y la astrología. Y así, los artistas, los poetas y los sabios tuvieron sus propias deidades protectoras.

Una de las más bellas supervivencias de la cultura griega en el mundo de hoy es la figura de la musa, como se le llama indistintamente a la inspiración que llega o que abandona al creador y al estudioso, y también a la mujer que, debido a ciertas características poco abundantes como conjunto, según afirma el poeta Robert Graves, inspira con su belleza, su inteligencia, su personalidad o su valor a un artista. Graves dedicó al arquetipo de la mujer-musa su extraordinario libro La diosa blanca, una de las investigaciones y creaciones literarias más sorprendentes y bellas que se han escrito acerca del origen del lenguaje poético.

La historia del arte occidental está llena de representaciones de las Nueve Musas. Han sido pintadas, esculpidas, grabadas, empleadas como logotipos, como emblemas, como símbolos, aparecen  en sellos, etiquetas, marcas y hasta en algunas de esas figuritas que adornan el capó de ciertas marcas muy exclusivas de autos. Si el lector cree que exagero, pregúntese por qué hay un género de la cancionística latinoamericana que se llama calipso.

Literalmente las Musas griegas forman parte de nuestra vida moderna de muchísimas maneras, nos acompañan, siempre presentes, y hasta las halagamos y les rogamos desesperadamente aquellos que hemos entregado nuestras vidas a alguna forma de arte: el escritor ante la página en blanco que se resiste a la escritura, el compositor ante un pentagrama vacío, el músico que acaricia en vano su instrumento sin lograr arrancarle ningún acorde que le complazca…, en fin, que si a usted se le va la musa todo le saldrá mal durante el día, y si la musa se torna esquiva y no quiere volver pronto, apresúrese a hacerle alguna ofrenda o se le arruinarán las siguientes semanas y puede que hasta meses. Ellas son así, generosas a veces, y a veces caprichosas y huidizas. Le voy a revelar un pequeño secreto para que sufra menos: los sacrificios que los griegos les ofrecían consistían en libaciones de agua o leche, y de miel. No se moleste en hacerles un altar en su casa. Las Musas son fuerzas de la Naturaleza, energías libres que jamás se dejarían encerrar en nada parecido a un templo. Si quiere sus favores, vaya junto al mar, a una montaña, entréguese a la noche, a la luz de la luna, al viento que trae polvo de astros, y entonces puede que de repente sienta una caricia sobre su su frente y escuche unos susurros…

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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