La antigua leyenda celta oculta detrás de Outlander

Somos los que hacen la música
Y los que sueñan los sueños,
Vagando por solitarios acantilados,
Sentados junto a desolados arroyos;
Perdedores del mundo y del mundo desertores
Sobre quienes brilla la pálida luna;
Aún así parece que siempre seremos
los motores, los agitadores del mundo.

A. O’Shaughnessy (1844-81)

Aunque ese refrán que reza la curiosidad mató al gato, suele ser cierto cuando se refiere a los peligros de querer saber demasiado sobre algo que no nos compete y puede resultar potencialmente peligroso, no es menos cierto que la curiosidad ha sido una de las fuerzas impulsoras del conocimiento y progreso del género humano. El amor al estudio es una de las formas más maravillosas de la curiosidad, y me ha llevado a darme cuenta accidentalmente que las escenas más criticadas de la serie Outlander, pertenecientes al primer capítulo de la primera temporada, no son una invención caprichosa de la escritora de la saga homónima, la mexicana Diana Gabaldón. Me refiero a la danza de las mujeres druidas en medio de un círculo de piedras, y casi enseguida, al momento en que Claire Beauchamp, la protagonista, regresa sola al mismo lugar, y al tocar con sus manos el monolito es transportada al pasado por una extraña fuerza que mana de la piedra.

Para comenzar, diré que las mujeres del pueblo, quienes de madrugada y siempre en un determinado solsticio anual, danzan en el círculo de piedras portando lámparas de sal, no son druidesas, como han creído muchos espectadores amantes de la Nueva Era y la cultura celta, ni el toque de la piedra teletransportadora es una solución facilista y simplona de la autora. Ambas cosas forman parte de una de las leyendas más conocidas e importantes del mundo occidental, el llamado Ciclo Artúrico, que narra la vida y aventuras del rey Arturo, sus caballeros de la Tabla Redonda, su infiel reina Ginebra y el poderoso mago Merlín, personajes que han inspirado mucha literatura, entre ella toda la obra de Tolkien, y han sido motivo recurrente de muchas obras de arte imperecederas. Diana Gabaldón tomó elementos de una leyenda de ese ciclo: la isla de Avalon, un lugar cuya existencia real aún debaten los estudiosos.

Una visión imaginada de la isla de Avalon
Otra visión de Avalon envuelta en las nieblas del lago

Avalon es una de las tantas islas oraculares habitadas por hadas que abundan en los antiguos mitos y leyendas celtas precristianos, y es la morada de Cerrydwen, forma galesa de la Diosa Triple, la Diosa Blanca de la Vida en la Muerte y la Muerte en la Vida, dueña del Caldero de la Sabiduría, al que siempre alimentaba con pociones mágicas y del que bebieron el bardo Taliesin y el mismo Merlín. Era, pues, un caldero mágico (lo del caldero de bruja es una concepción medieval) donde vivían el conocimiento y el don de la poesía. Esta deidad fue adorada por los pueblos protoceltas que habitaban Europa antes de la llegada de los invasores indoeuropeos con sus panteones de dioses masculinos. Los celtas llamaban a esta isla Ynisvitrin, o Inis Gutrin, la Isla de Cristal. También es la Isla Radiante y la Entrada a Annwm, el Otro Mundo. Avalon viene de la vieja palabra bretona aval, que significa manzana, Avalon es, pues, la Isla de las Manzanas, y desde tiempos remotos los bretones y galeses siempre han creído que se encuentra en el muy real territorio de Glastonbury Tor, donde la diosa mora en Caer Sidi, el Castillo de Cristal o Castillo en Espiral, donde los muertos que son elegidos renacen como héroes divinos. Es una tierra mítica que se encuentra en la frontera de dos mundos, una isla arquetípica que representa una forma de paso iniciática: el gozne. Allí el tiempo contiene todos los tiempos y el espacio es todos los espacios. Un físico diría que la isla se encuentra en la cuarta dimensión.

 El primer escritor que mencionó Avalon fue el sajón Geoffrey de Monmouth en 1139. Narró la historia del rey Arturo, sucedida unos 600 años antes de su época (lo mismo que Homero cuando escribió sobre la Guerra de Troya), y tachado de mentiroso desde que dio a conocer su obra, siempre afirmó haberse basado en cierta documentación muy remota que hasta hoy no ha podido ser hallada, lo que no debe restarle crédito si se recuerda la enorme cantidad de monasterios, abadías, conventos y palacios que han sido devorados por incendios y donde se han perdido valiosas bibliotecas de manuscritos y pergaminos antiguos. En su Historia Regum Brittaniae, donde cuenta la vida del gran rey, menciona la isla dos veces y la llama Insula Avalonis. Es un hábito entre los académicos negar sistemáticamente la existencia real de tierras míticas, pero a veces no se tienen en cuenta las modificaciones y cambios que han sufrido las geografías del mundo, cuyo caso más conocido es el desierto del Sáhara, que alguna vez fue un vergel, según han demostrado investigaciones multidisciplinarias, y hoy es el lugar más árido del planeta. Otro ejemplo es Tiahuanaco, en el Perú, hoy uno de los lugares más elevados de la Tierra y antaño un puerto de mar. En un paraje de Somerset, en el suroeste de Inglaterra, se encuentra la colina de Glastonbury, o Glastonbury Tor. Se dice que en esas llanuras en aquellos tiempos es muy posible que el terreno fuera una ciénaga o lago, y la hoy colina fuera entonces una isla rodeada de agua.

En la cima del Tor y las colinas cercanas se levantaban alrededor de 30 menhires que constituían un observatorio lunar construido por hombres del neolítico, se cree que con el objetivo de predecir eclipses. Estas rocas se alineaban con el sol en una de las cuatro grandes fiestas estacionales de la cultura celta, el festival de Beltane o fiesta del fuego, celebrado el primero de mayo, y en Lammas, el primero de agosto. Ya en 1880 la mayoría de las rocas habían sido removidas pero aún se conserva en pie una de ellas en la parte occidental del eje este-oeste del Tor. Los lugareños consideran este megalito una piedra de poder, la llaman La Roca Viva y aseguran que quien la toca al amanecer o a media noche siente su energía en forma de una corriente eléctrica que brota de ella. Esta colina, posiblemente antaño una isla lacustre, es sagrada desde tiempos inmemoriales, aunque deba su fama actual a la leyenda del rey Arturo. Además de los restos del círculo de piedras en su cima, también hay en ella un manantial sagrado y un laberinto druídico que servía a los antiguos sacerdotes del roble como camino procesional. Las investigaciones arqueológicas realizadas en el lugar confirman que se trata de un complejo matriarcal construido alrededor del año 2000 ane.

La partida de los caballeros, una escena del ciclo artúrico pintada por Edward Burne-Jones

La relación de Arturo con la isla de Avalon, tierra de hadas, comienza antes de su nacimiento. Cuenta la leyenda que allí fue forjada Excalibur, la espada divina que custodiaba La Dama del Lago, una figura mitológica de la cultura celta presente en otras culturas también, como en la griega, donde toma la forma de una ninfa del agua. Solo quien lograra la posesión de esa arma podría ser rey de Bretaña. Ayudado por Merlín, Arturo lo consigue, pero Arturo, aunque se creía único heredero de su padre el rey Uther Pendragón, no lo era, pues antes de engendrar a Arturo este monarca ya tenía una hija de su primer matrimonio, a la que repudió para casarse con Igrayne, reina de Cornualles, de quien nacería Arturo. Esta hija rechazada en cuyo nombre, Morgana o Morgan Le Faye, se encuentran reminiscencias del nombre Morrigan, antigua diosa de la muerte en la Irlanda precristiana, tenía una naturaleza feérica y moraba en Avalon junto con otras mujeres como ella, entre las que se encontraban las nueve doncellas del caldero de Annwn, presumiblemente sacerdotisas de la Diosa, quienes poseían poderes de transformación y sanación. Ha sido la implantación del cristianismo en Irlanda en el siglo V la que ha conferido a Morgana una naturaleza malvada, convirtiéndola en una hechicera negra y asesina de Arturo.

Morgan Le Faye, de Sandys Frederik,
Morgana, encarnada por la actrizs francesa Eve Green en la serie Camelot

Y aquí se entrelaza la segunda parte de la relación de Arturo con Avalon. Arturo se casa con la doncella Ginebra y la convierte en su reina, pero ella se enamora de Sir Lancelot del Lago, nacido, según el mito, en la propia Avalon, y es infiel al rey, quien les perdona la vida a ambos. Arturo, criado entre la magia druídica y el cristianismo, sueña con unificar todas las Bretaña y lucha contra sus enemigos los pictos de Escocia y los sajones. Engañado por Morgana, quien quiere vengarse de haber sido preterida en su derecho a la realeza, se convierte en el amante de su hermana, con quien tiene un hijo. En el último combate de Arturo, este hijo, equipado por su madre con armas mágicas, se enfrenta a Arturo y lo hiere de muerte o lo mata, según la versión del ciclo que prefiramos. Entonces Ginebra, refugiada en un convento cristiano donde como monja expiaba su pecado de infidelidad, abandona su retiro, recupera el cuerpo de Arturo y lo transporta en una barca a Avalon para que allí sea sanado o enterrado, y esto último fue lo que al parecer sucedió, porque en 1190 los monjes benedictinos, quienes habían construido  una abadía en la cima de la colina sagrada con los restos de lo que fue el círculo de menhires, y una antigua iglesia dedicada a San Miguel, anunciaron haber encontrado la tumba de Arturo con una inscripción que decía «Hic Iacet Sepultus Inculytus Rex Arturius In Insula Avalonia». Esta abadía fue cerrada en 1539 por orden del rey inglés Enrique VII, y sus piedras utilizadas por los habitantes cercanos al lugar para construir casas y muros. Hace unos años la noticia de que los arqueólogos habían hallado en los terrenos de la abadía una sepultura que podría ser la tumba de Arturo conmovió a la opinión pública, pero el hallazgo aún no ha podido ser validado por los científicos.

Tumba de Arturo en la abadía de Glastombury
Interior de la tumba
El último suelo de Arturo, del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones

Las diosas celtas, en todas sus manifestaciones de Diosa Triple, siempre dieron su protección a los filids y bardos, quienes, además de poetas, fueron los primeros historiadores del mundo celta, y gracias a sus cantos y poemas, que San Patricio mandó copiar a sus monjes en los monasterios cristianos que sustituyeron los cultos paganos de los druidas, se han conservado hasta hoy muchas leyendas, tradiciones, canciones y documentos que salvan para la memoria histórica una de las culturas más originales y bellas de la humanidad. Como todos los lugares habitados por la magia del pasado, la danza de las hadas en el círculo de piedras de Glastombury y el menhir que es una puerta entre los mundos, pueden no ser más que la fantasía que adorna un lugar turístico incluido en una ruta de viajes. Para ellos alguien escribió:

Quien se acerca a esta tierra sin abrirse a las posibilidades del ser, como diría Rilke, solo ve la Abadía de Glastonbury y escucha sus campanas. Solo serán monjes las figuras que recorren los senderos y será el tiempo presente con sus murmullos de guerra y desconcierto. Nunca verá el lago y mucho menos la barca mágica que podría llevarlo a las orillas de la isla. El suave sonido de las hadas pasará desapercibido y el círculo de piedras no reflejará la luz de luna. Al acercarse al manantial sagrado verá solo agua, nunca las visiones de Morgana. Nunca escuchará a la Dama del Lago, la gran Sacerdotisa, conjurar a la Diosa. Avalon es un mundo que pervive y vibra en una dimensión distinta, sobrepuesta a la tercera dimensión en que Glastonbury es una sólida colina. Las nieblas que la cubren solo pueden ser dispersadas por un corazón tocado por el amor de la Tierra y de la Madre. Por una mente dispuesta a percibir las múltiples posibilidades del Misterio. Por unos ojos abiertos por el poder de la imaginación.

Diana Gabaldón sí que vió, y gracias a ese milagro debemos nosotros las escenas inolvidables que dan comienzo a Outlander, una de las series más hermosas de las últimas décadas.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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