Adios, Arturiqui

La imagen de la derecha es la que se parece más a la época en que éramos inseparables

Conocí a Arturo Cuenca cuando ingresé en la Academia San Alejandro en 1971. Éramos de la misma edad, pero él había entrado un año antes. Ya se le conocía como irreverente, muy original y muy dotado. Teníamos 17 años. Yo no tenía condiciones para la pintura y no era un secreto para nadie, pero me gustaba leer, y así fue como trabé amistad con él y su eterno acompañante, Reinaldo el Mono. Dos o tres años más tarde, después de aquella fatídica “reunión del pelo” como se la recuerda, ocurrida en el teatro del conservatorio Caturla, y de la que no digo más porque quienes saben de qué hablo no necesitan aclaraciones, Arturo y yo dejamos San Alejandro. No habrían pasado ni tres meses cuando se apareció en la casita de mis abuelos con un recorte de periódico en el bolsillo de su gastada camisita blanca: era una convocatoria para matricular en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), continuadora de la primera de su tipo en la isla, un curso emergente de seis meses impartido años antes en el edificio FOCSA. Arturo y yo éramos muy amigos, y me embullé. Fuimos juntos. Yo arrastré conmigo a mi novio de entonces, Eugenio Rivero, El Pive, entonces estudiante de Ingeniería en la CUJAE. Ellos no se conocían, pero pronto se hicieron muy amigos.

En esa escuela los tres matriculamos la especialidad de Literatura, y esos cuatro años fueron los más felices de mi vida. Arturo era uno de los personajes más relevantes de la escuela. No muy alto, magro, cetrino y siempre muy nervioso, poseía una de esas inteligencias deslumbrantes por su lucidez, su lógica y al mismo tiempo, su profunda intuición. Para muchos estaba loco, pero en realidad era un ser humano de esos que aparece uno cada cierto tiempo. Su sensibilidad para el arte y la vida era especialísima y muy intensa. Era de una familia muy pobre. Por aquel tiempo vivía en un raro lugar cerca de la plaza de Cuatro Caminos, en una especie de palomar alto, con apenas un catre, y no creo que tuviera más de dos mudas de ropa, muy gastado todo, pero Arturo estaba por encima de cualquier respingo social, como casi todos los que conformamos aquel inolvidable grupo de amigos. Éramos muy felices con nuestros estudios, y teníamos grandes planes. La escuela no era rígida, y Arturo consiguió un local, un garaje, creo, pues era un conjunto de casas, y allí siguió pintando. Pive se le unió. Los de Literatura teníamos otro garaje en el albergue de las muchachas donde nos reuníamos. Conseguimos un samovar muy abollado, y como en nuestro grupo había gente de música, de teatro y de danza, hacíamos unas tertulias tremendas que a veces nos veían amanecer sin haber pegado un ojo. Los estudiantes de guitarra de la escuela, que formaban una camerata dirigida por el profesor Jorge Maletá, eran músicos excelentes y algunos de ellos luego han sido intérpretes de reconocido prestigio internacional. Leíamos, escribíamos poemas, cantábamos y filosofábamos muchísimo. Teníamos permiso para ir a bibliotecas siempre que amaneciéramos en el matutino. Nunca conocí una escuela de arte como aquella.Nuestros profesores, egresados de la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, tenían conceptos pedagógicos muy avanzados, y nos aplicaban los planes de estudio de La Sorbona de París. Teníamos nuestro propio taller literario

Arturo era uno de los alumnos más destacados de Literatura. Él y Marcos Soneira eran los campeones robando libros de las bibliotecas, deporte que todos practicabamos con más o menos éxito. Nos llevábamos los libros en los enormes bolsillos de nuestros más enormes abrigos de la beca, que, decían, eran los mismos que usaban las tripulaciones de los submarinos soviéticos. Aquellos abrigos eran geniales, grandes como casas, y Arturo, Eduardo Santiesteban, Marcos, Cira Andrés y yo, todos flaquísimos, parecíamos astas de bandera dentro de ellos.

Arturo era simpatiquísimo. Mi mamá lo adoraba. Él solía visitarla aunque yo no estuviera presente, y los dos se enzarzaban en interminables intercambios de confesiones amorosas, pues Arturo era novio de Cira Andrés y los dos vivían un romance apasionado y tormentoso como he visto pocos. Mi mamá era la confidente de Arturo, una especie de consejera del corazón. Creo que hasta preferían deshaogar sus penas mutuas sin mi presencia.

Recuerdo que los varones nos contaban que de noche, en el albergue, de repente Arturo, profundamente dormido, lanzaba chillidos y alaridos que asustaban a todos, y a veces caminaba con los ojos abiertos. Luego volvía a su litera, se dormía y al despertar por la mañana no recordaba nada.

Todos nosotros éramos diferentes de la mayoría de la gente de nuestra edad, y muchos habíamos sufrido el bulling en algún momento de nuestras vidas. Arturo sufría por eso, lo que no le impedía divertirse como loco. Los fines de semana usábamos los pases para ir en masa al pueblo de San Antonio de Río Blanco, donde vivía uno de nuestros compañeros de música. Aquel era nuestro paraíso. Dormíamos a veces treinta sobre una gran estera que nuestro anfitrión usaba para sus prácticas de yoga. Comprábamos toneladas de cangrejitos de guayaba en la bodega del pueblo, fumábamos populares como dementes y devorábamos los sabrosos almuerzos que María, la madre de nuestro anfitrión, tenía la generosidad de preparar para aquella banda de locos escuálidos con hambre vieja de becados. Otros amigos que vivían en el pueblo tenían una casa de campaña con capacidad para doce personas, y nos íbamos, todo aquel gigantesco grupo, a Playa Amarilla. Montábamos la casa, pezcábamos, recogíamos siguas, hacíamos fogatas, cantábamos, tocábamos guitarra, bailábamos y nadábamos, y al final, caíamos rendidos sobre sacos de dormir repletos de cangrejos que nos mordían.

Arturo fue uno de los mejores amigos que he tenido. Era de una osadía que rayaba en la temeridad. No tenía miedo, hablaba lo que le venía a la boca, pero todo con una lógica que dejaba tiesos a sus oponentes. Alguna gente pensaba que él era así porque estaba loco, pero yo siempre creí que era uno de los más cuerdos de entre nosotros, aunque demasiado original, creativo y rompedor de cánones como para encajar, lo que de cierta forma nos pasaba a casi todos nosotros, por eso fuimos tan felices en aquella escuela, porque tantas individualidades diferentes pero muy definidas a pesar de la extrema juventud, encontraron allí su República de las Letras, donde todos nos admirábamos y respetábamos y cada cuál tenía su lugar reconocido por todos. De todos nosotros Arturo fue siempre el menos convencional, el más atrevido.

Cuando supe de su muerte, que estuvo seis días pudriéndose solo en su apartamento hasta que el hedor propagó la noticia, he vivido uno de los momentos más tristes de estos últimos años de mi vida, porque aunque he perdido amigos muy queridos por el COVID, la muerte de Arturo viene a significar para mí el fin de una era. Para muchos su muerte cierra una etapa renovadora de la pintura en Cuba, pero para mí es mucho más que eso. Arturo era mi símbolo de la más loca, pura y maravillosa juventud. Ahora sí que empiezo a sentirme de verdad la vieja que soy. Hasta ahora no había sido muy consciente, aún me sentía joven por dentro, pero ahora…

Me pregunto dónde estarán aquellos cuadros grandísimos donde pintaba a Cira, su gran amor, y todos los poemas que escribimos en aquella época y que nos leíamos con cierto temblor, porque aunque teníamos muchos sueños no alcanzábamos entonces a imaginar qué futuro tendría cada cual cuando la escuela llegara a su fin.

Yo no pude hacer el servicio social. Creo que fui la única alumna que no lo hizo. No volví a ver a ninguno de mis amigos, pero seguí de cerca las vidas de algunos y supe todo lo que Arturo había hecho. No me sorprendí cuando llegó la noticia de que había dejado la isla.

La mente humana es algo bien raro. Cuando me llamaron por teléfono para anunciarme su muerte, antes que pensarlo descompuesto fue otra la imagen que vino a mi memoria: un grupo de nosotros en la cola de la guagua que iba para San Antonio de Río Blanco, y Arturo se aparece con un overol hecho por él, precioso, de un azul increíble, pero… sin portañuela. Comenzaron las bromas, el bonche, y él se reía divertido, y decía: “¡Prueben, prueben, para que vean qué cómodo es hacer pipí sentado!”.

Estas notas son dispersas, y sé que no logran retratarlo. Solo quiero despedir a uno de mis mejores amigos, de mis mejores y más hermosos recuerdos, al símbolo de mi primera juventud y de mi tiempo más feliz. Que encuentres tu camino en otros mundos, como supiste encontrarlo aquí, Arturiqui.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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