CINTIO

El 25 de septiembre de este año se cumple un siglo del nacimiento de uno de los más prestigiosos intelectuales de la República y de la literatura cubana. Cintio Vitier, más conocido en Cuba por haber sido el último sobreviviente de la celebérrima revista cultural Orígenes y del grupo del mismo nombre, fundada la primera y nucleado el segundo por el gran poeta y novelista José Lezama Lima, nació en Cayo Hueso, Estados Unidos, el 25 de septiembre de 1921. Era hijo del ensayista y pedagogo Medardo Vitier. Cursó sus primeros estudios en Matanzas, y en 1935 se trasladó a la capital de la isla, donde cursó el bachillerato en el Instituto de La Habana y estudió Derecho Civil en la Universidad, donde se graduó en 1947. Cintio nunca ejerció como abogado, pero ya desde su estancia en el Instituto, donde conoció al también poeta Eliseo Diego, descubrió su vocación literaria. Cintio fue un miembro destacado del Grupo Orígenes, y muy cercano a Lezama. Desde 1942 a 1943 editó los cuadernos Clavileño y en ese mismo año se casó con la poetisa y ensayista Fina García Marruz, su novia desde los tiempos del bachillerato. Fue profesor de francés en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, y también ejerció la docencia en el Lyceum de La Habana. Publicó un volumen polémico, pero esencial para la historia de la literatura nacional, titulado Lo cubano en la poesía, donde recogió las conferencias que dictara en ese plantel. En 1959, a diferencia de otros miembros de Orígenes que marcharon a la emigración, tomó partido por la Revolución, a pesar de lo cual jamás renunció a su catolicismo, fe que había animado al Grupo como una de sus bases filosóficas. Dirigió la Nueva Revista Cubana, de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, fue profesor de Literatura Cubana e Hispanoamericana y director del Departamento de Estudios Hispánicos, fundado por Federico de Onis, en la Universidad Central de Las Villas. Laboró como investigador en el Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí. En enero de 1968 se hizo cargo, con Fina García Marruz, de la Sala Martí y del Anuario Martiano. Años después, desde el Centro de Estudios Martianos, comenzó a dirigir la edición crítica de las Obras completas de Martí. Además de su reconocida obra poética, escribió su novela De Peña Pobre (1978), Los papeles de Jacinto Finalé (1984) y Rajando la leña está (1986). En 1988 recibió el Premio Nacional de Literatura y la Orden Félix Varela, por su contribución a la cultura cubana. En 1996 se le confirió la Orden José Martí, máxima condecoración en el país. Fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular. En el 2002 su obra fue reconocida con el Premio Latinoamericano Juan Rulfo. En mi opinion, su obra más valiosa, no solo por su extraordinaria calidad literaria, sino por su visceral trascendencia social, es Ese sol del mundo moral, una historia de la eticidad cubana, donde analiza los mejores momentos del pensamiento nacional.

Hasta aquí el recuento obligatorio de la vida profesional de un hombre tan relevante en su tiempo y en todos los tiempos de la literatura cubana como fue Cintio Vitier, pero ahora hablaré de mi experiencia en los dos encuentros personales que tuvimos.

Yo conocí a Cintio en el Movimiento Cubano por la Paz, que yo cubría como parte de mi trabajo en la emisora Radio Metropolitana. No recuerdo la fecha exacta, pero debió ser entre 1997 y el año 2000. Tampoco recuerdo si la conferencia que él impartía era una actividad aislada o si formaba parte de un ciclo suyo o de otros conferencistas. Él habló largamente sobre su libro Ese sol del mundo moral, que casualmente yo acababa de leer. Me había emocionado el libro, me había conmovido mucho, porque es la obra donde yo, nieta de oficiales mambises, he encontrado más vivo el ethos de los cubanos, la forja de Cuba como nación a partir de las ideas de sus más grandes hombres. Cuando Cintio terminó ocurrió lo que es, lamentablemente, habitual entre nosotros: los asistentes se levantaron y casi todos se fueron retirando sin hacer preguntas, como si allí no hubiera pasado nada. Como escritora con obra publicada, muchas conferencias propias y ajenas y presentaciones en Ferias del Libro, estoy acostumbrada a que esto suceda y siempre observo la estampida con tristeza, pero en aquella ocasion yo solo había publicado dos libros, y tener a Cintio para mí sola me pareció estupendo. Me acerqué a la mesa. Él ya estaba recogiendo su portafolios. No recuerdo cómo lo abordé, pero me miró, escuchó lo que yo le decía, y no sé cómo, de pronto estábamos sentados otra vez, conversando. Cuando le dije que yo era la autora de El druida y que me interesaba por la cultura celta, tuvo una ancha sonrisa de asombro y, de inmediato, me invitó a visitarlos a él y a Fina en su casa, y me pidió que les llevara un ejemplar de mi librito. Jamás me atreví a aceptar la invitación, porque Cintio me había parecido afable, pero yo le tenía un poco de miedo a Fina, la había visto en otros eventos literarios y me imponía esa especie de velo invisible en que ella se envolvía y la aislaba del asalto del mundo. Nunca fui. Para mi eterna desesperación.

Tiempo después, cuando yo colaboraba con la revista Clave, fui a entrevistar a Cintio sobre Julián Orbón, el gran compositor y músico de Orígenes. Cintio me había citado en su despacho del Centro de Estudios Martianos, y me recibió con la misma naturalidad de nuestro primer encuentro. Yo llegué cojeando, pues me había torcido un tobillo, y tras interesarse por mi incidente, nos sentamos y comenzamos a hablar. Cintio me preguntó si había traído un cuestionario, pero yo jamás uso cuestionarios con mis entrevistados. Se lo dije y él lo aceptó sin comentarios. Hablamos durante dos horas, es decir, habló él de Orbón. Habían sido amigos íntimos, quizá el amigo más íntimo y cercano de Cintio después de Eliseo Diego. Cintio respondió a todas mis muchas preguntas sin temor, con firmeza, y en sus respuestas se podía adivinar, todavía después de tantos años, el dolor de haber perdido a un amigo entrañable y la ilimitada admiración que sentía por aquel cubano-español que ha sido tan poco comprendido en su tierra de adopción, donde vivió y compuso la mayor parte de su música, reconocida en todo el mundo. Señalo particularmente este afecto tan profundo porque fue un rasgo que caracterizó, entre otros muchos, a la generación de Orígenes: un concepto muy elevado de la Amistad. Todos sus miembros fueron amigos de veras, de los que apenas pueden pasar separados unas horas al día, y más que individualidades, que lo fueron absolutamente en cuanto a la creación artística, semejaban una especie de monstruo de muchas cabezas con un solo cuerpo, pues siempre estaban juntos, reuniéndose, almorzando, cenando y hasta viajando, compartiendo los fines de semana, el arte, los hijos. Tal vez no haya sido la única vez en la historia del arte cubano que haya surgido un grupo tan unido como aquel, pero, aparte de mi propio grupo de amigos en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), yo no he conocido otro igual. Años antes, cuando trabajé en el periódico Granma, conocí allí a Agustín Pí, otro miembro origenista, y siempre que hablábamos del Grupo, Pí se expresaba en los mismos términos de nostalgia, calor humano y cariño entrañable que lo hizo Cintio aquella tarde en el Centro de Estudios Martianos. Es un fenómeno poco frecuente entre artistas, quienes por lo regular son dados a la competitividad, la envidia y otras pasiones propias del gremio. Cintio Vitier y Agustín Pí no conocían esos sentimientos.

Años después mi hija se relacionó por motivos de trabajo con el pintor y editor José Adrián Vitier, nieto de Cintio y Fina, cuando este dirigía la revista cultural La isla infinita, una exquisita publicación que luego desapareció, y para la que Cintio asesoraba a José Adrián con sus consejos y experiencia . Visité varias veces el apartamento donde ya Cintio y Fina no vivían. Ya estaban en la finca a tiempo completo. Un día le hablé a José Adrián de mi deseo de concretar aquella invitación que me hiciera Cintio tantos años atrás, e hicimos planes para la visita, pero la vida  a veces deshace las mejores intenciones de los seres humanos, y nunca llegué a aquella finca mágica que guardaba a dos sensibilidades poéticas de las mejores que ha producido Cuba. Poco después supe que Cintio murió el primero de Octubre de 2009. Para mí, ya era definitivamente demasiado tarde.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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