SE DETUVO EL COLUMPIO DEL REY SPENCER

Me he demorado un poco más de lo que manda el periodismo en escribir sobre Marta Rojas porque ha sido una muerte que me ha entristecido, en medio de tanta muerte como nos rodea en estos tiempos y tanta pérdida de personas que significaron algo muy importante en nuestras vidas.

Y no voy a escribir sobre la brillante trayectoria intelectual de Marta, porque de eso ya se han encargado durante muchos años muchas plumas más valiosas  e informadas. Yo la recuerdo de una manera más cercana, más personal, aunque nunca fuimos amigas íntimas, pero sí compañeras de trabajo en el periodismo y en la literatura.

Conocí a Marta en 1985, cuando comencé a trabajar en el periódico Granma. Ella era, lo fue desde los tiempos del Moncada, una figura rutilante en un lugar donde había mentes muy destacadas del periodismo cubano, y yo, que no recuerdo si en ese entonces ya estudiaba Periodismo en la Universidad o braceaba todavía en mi viejo sueño de ser filóloga, ya había descubierto en aquella época que quería dedicarme a la profesión, aunque, curiosamente, en mi infancia y mi adolescencia la había aborrecido. Comencé en una humilde plaza de correctora en el turno de la madrugada. Una noche, muy tarde ya, tuve que subir a la Dirección con la página que me había tocado. Yo había dado a luz poco antes luego de un embarazo muy difícil, y estaba descuidando mi apariencia personal por atender urgencias más imperiosas de mi bebé. Marta estaba en la Subdirección con Félix Pita Astudillo, otro grande del periodismo cubano, y miraban algo en la televisión. Yo entré tímidamente. Era la primera vez que estaba cerca de ellos y la presencia de Marta, tan seria y elegantísima, me imponía. Saludé y dije lo que necesitaba. Marta me miró, me estudió de un golpe, y entonces hizo un comentario a Félix sobre la buena apariencia que tenía la juventud en el programa que veían. Fue elegante y sutil, pero yo capté su intención y todavía le agradezco, porque a veces uno necesita verse con ojos ajenos para comprender que algo anda mal. Ese fue nuestro primer encuentro.

La segunda vez que coincidimos, pocos días después, ella me dio mi primera gran lección de periodismo en el terreno. Rolando Pérez Betancourt, entonces jefe de la página de Culturales, había tenido la benevolencia de publicar en las páginas centrales de la edición dominical un trabajo mío titulado El arte rupestre de Tassili-in-Assier. Era mi primera vez y yo misma lo estaba corrigiendo. Cuando llegué con la página a la Subdirección Marta estaba de guardia. Mi trabajo era muy largo y yo no quería cortarle nada, porque los novatos somos así de tercos, y me atreví a decirle que todo era imprescindible en aquellas páginas. Marta me miró fijo y me dijo: “Todo es cortable, el lápiz rojo es el mejor aliado del periodista”, y allí  mismo me cortó unos párrafos. A la mañana siguiente, cuando vi mi trabajo publicado me di cuenta de que no parecía faltarle nada, lo que significaba que le habían sobrado cosas. Yo diría que la humildad es el mejor aliado del periodista.

Poco después, cuando ya mi carrera de escritora había despegado, coincidimos en un encuentro literario en Matanzas. Estábamos en un motel. Mirta Yáñez, Marilín Bobes, María Elena Llana, Agustín de Rojas, Amir Valle, son algunos de los nombres que recuerdo. Se anunció un encuentro para la noche en la Casa de la Cultura. Yo no suelo maquillarme, pero por esos días andaba en trabajos de seducción que hoy ni recuerdo, y quise pintarme los labios, pero… yo no tenía maquillaje. Marilín Bobes me prestó su creyón. Marta estaba delante. Ya habíamos conversado bastante esos días y yo me sentía más cómoda con ella. Al día siguiente Marta me obsequió un creyón nuevo y me dijo que era un regalo de ella y de Marilín.

Después nuestros encuentros se hicieron habituales en actividades de la UNEAC, donde Marta irradiaba con aquellas novelas históricas que hicieron época. En un viaje de regreso a La Habana yo me encontraba pasando por una situación muy difícil, y Marta me dio otro de sus consejos, pero con una naturalidad que me hizo entender de golpe que había otro modo de encarar los problemas y lidiar con ellos que el trágico. Marta era una mujer muy valiente, y aquella tarde ella me trasmitió eso. Ella me apoyó.

Cierta vez le hicieron una entrevista sobre su relación con Alejo Carpentier, y Marta se mostró tan humilde y sencilla, tan sorprendida, tantos años después, de que Alejo la hubiera llamado “colega”, que me hizo pensar en la arrogancia ridícula de tantos escritores que conozco, y de algunos periodistas también. Hay personas que poseen la facultad de enseñar con el ejemplo, y Marta era una de ellas.

Pero no siempre era seria y adusta. Marta era una persona muy alegre que reía muchísimo y con ganas cuando llegaba el momento. En Matanzas conversábamos sobre la hipertensión arterial, que ambas padecíamos, pero mientras yo estaba asustada, Marta se rió y me dijo: “Ponte un tratamiento, mírame a mí, yo me tomo la mitad de una pastillita todas las mañanas y después puedo hasta tomarme una cervecita”. Se estaba tomando una ¡en el desayuno!

Marta ya no estará más, no escribirá más, no enseñará más a nadie. Hacía mucho que no nos veíamos. Todos tenemos que hacer ese último viaje, pero hay viajes que entristecen más que otros. Digo adiós con pena. Te digo adiós, Marta.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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