LA VIDA SECRETA DE CRISTÓBAL COLÓN

Hernando Colón, el bastardo genial

Si piensas que lo sabes todo sobre la vida de uno de los hombres más grandes de la Humanidad, Cristóbal Colón, el Gran Almirante que descubrió el Nuevo Mundo (el mérito de otros candidatos nunca ha sido definitivamente demostrado), estás en un error, porque hay mucho más en esa existencia deslumbrante -que terminó en la oscuridad de un monasterio, aunque no precisamente en la pobreza como asegura su leyenda- que sus viajes, sus fracasos y sus desavenencias con sus mecenas y protectores.

 Sus biógrafos se han entregado con pasión a la tarea de establecer su lugar de nacimiento: ¿era portugués, era genovés, era gallego, era judío…? y nada aún se sabe a ciencia cierta. De sus amores tampoco hay mucha información, y es poco conocida la existencia de un hijo bastardo, Hernando, con una personalidad tan telúrica y sorprendente como la de su padre. ¿Fue su único vástago concebido en tal condición? No fue su único hijo, se sabe que tuvo dos, Fernando y Diego, concebidos en legitimidad, pero ningún miembro de su prole tuvo la estatura  intelectual de Hernando Colón, cuyas hazañas y empeños hacen que muchos le consideren en ciertos aspectos más grande aún que su progenitor. Este “hijo del pecado” tuvo una relación muy estrecha con Colón, y le acompañó en el ultimo de sus viajes al Nuevo Mundo.

 Pero Hernando no fue únicamente un navegante o un aventurero. Fue mucho más que eso: fue un hombre de letras típico producto del Renacimiento, un humanista, un polímata que consagró sus esfuerzos a la realización de un proyecto sumamente ambicioso para su tiempo: la creación de una biblioteca universal que abarcara todos los libros, folletos, partituras de música, pasquines y grabados que existieran en el mundo. De todas las culturas, en todos los idiomas. Además, fue uno de los cartógrafos más importantes de su época, ocupó cargos públicos y escribió una biografía de su padre que durante mucho tiempo fue la única referencia conocida sobre la vida del Gran Almirante. Comenzó a trabajar en una tarea que resulta ardua para cualquier momento de la Historia: la creación de un Diccionario; además hizo una enciclopedia geográfica de España, reunió la colección de grabados y partituras de música más grande de su época y comenzó el que se cree puede haber sido el primer jardín botánico del mundo (lo cual es discutible, pues Moctezuma, el emperador azteca asesinado por Hernán Cortés, había tenido con anterioridad un jardín con especies raras y un zoológico con animales  variados y extraños, ubicado en los terrenos que hoy ocupa el bosque de Chapultepec, en el Distrito Federal de México). Y todo esto en pleno siglo XVI, lo que significa que  Hernando no contó jamás con la inmensa cantidad de medios y recursos que conocemos hoy para llevar a cabo el más simple de sus proyectos.

 Como bibliotecario fue prolijo hasta la obsesión. Anotaba con inmenso cuidado en cada uno de sus libros la fecha y lugar donde los había adquirido, y también el precio que había pagado por el ejemplar en cuestión. Quería construir una biblioteca universal que, de haberlo logrado, tal vez habría sido una réplica o una continuación de la legendaria biblioteca de Alejandría. Pero su proyecto más asombroso y descomunal fue la escritura de su Libro de los epítomes, en el que se propuso condensar, catalogar y clasificar todo el conocimiento acumulado por la Humanidad con fines de consulta rápida, pues contenía un resumen de cada libro a manera de los actuales tarjeteros y bancos de datos digitales usados en las bibliotecas, lo que facilitaba la tarea de ubicar cada título con prontitud, por lo que Hernando Colón puede aspirar con todo derecho al título de precursor de Google.

Libro de los epítomes

Los pocos biógrafos de don Hernando piensan que, como todo hijo de un gran hombre o una gran mujer, aspiraba a igualar de algún modo las hazañas de su padre. Como bastardo no le correspondía recibir ni títulos ni herencias de la familia paterna, que Colón legó a Diego, el mayorazgo, en su testamento y, en su defecto, a todos sus descendientes varones en una larga línea de continuidad en la que Hernando no figuraba, así que el bastardo genial tenía que hacerse a sí mismo, y esculpirse en tamaño colosal si quería emular la grandeza de Colón y ser digno de su gloria. Consciente de que legaba al mundo la única imagen del Descubridor de la que se dispondría por mucho tiempo, trabajó en su biografía con cuidado sumo. Se cree que en su mayor parte el resultado de su trabajo es confiable, pero hoy sabemos que omitió información, lo que se explica por el hecho de que su cercanía con el Gran Almirante le permitió conocer muchos de sus secretos y de algunos hechos suyos que pueden calificarse de censurables y hasta terribles. ¿Convenía revelarlos a quien quería legar al mundo una imagen esplendente de su padre? Evidentemente no, y es comprensible. Calló, por ejemplo, con total discreción el hecho de que en los últimos años de la vida de Colón este padeció trastornos de su equilibrio mental y emocional cercanos a la demencia. Tampoco menciona la megalómana insistencia de Colón en considerarse a sí mismo como enviado por Dios para llevar a cabo su gran misión, aunque este pensamiento no era inusual en un hombre de su época, ni mencionó que al final Colón reconoció que su afirmación largamente sostenida de haber llegado a las Indias Occidentales era falsa. También resulta notoriamente sospechosa la omisión de las cartas personales de Colón. Hernando escribió la biografía de su padre treinta años después de su muerte, en un momento en que algunos de sus detractores estaban afirmando que le habían precedido en el descubrimiento del nuevo continente, así que en cierto modo, la escritura del hijo fue un acto en legítima defensa de la memoria del padre, quien, como es sabido, murió humillado y olvidado, víctima del rechazo y el desprecio de muchos de sus contemporáneos, con sus títulos honoríficos arrebatados y su reputación arrastrada en el lodo. La verdad total, pues, no parece haber sido una opción a considerar por Hernando en momentos como aquellos.

Un dato curioso es que Colón no fue un erudito, sino más bien un marino de basta y rudimentaria educación que solo poseyó durante toda su vida cuatro libros, su único legado para Hernando, y entre ellos se encontraban los Viajes de Marco Polo, un viajero que sin duda lo inspiró mucho en sus afanes de encontrar una nueva ruta hacia los países fabulosos que Polo tan bien describió.

Como su padre, y como todo humano que se empeña en la consecución de metas grandes y difíciles, Hernando tuvo momentos de fracaso y frustración, como cuando perdió en un viaje marítimo de Italia a España gran parte de su preciada biblioteca. Pero siguió adelante y se propuso reemplazar cada ejemplar perdido. Poseía una tenacidad genética y la perseverancia indispensable para quienes se consagran a un propósito que les supera.

A su muerte, su descomunal biblioteca fue a parar a manos de su sobrino, hijo de su hermano Diego, pero el sujeto no estaba interesado en tal tesoro. No se conocen los avatares sufridos por los libros a partir de aquel momento, solo que fueron a parar a un convento donde los encontró, por ese fenómeno que Lezama llamó el azar concurrente, nada menos que fray Bartolomé de Las Casas, quien los utilizó para escribir su Historia de las Indias. Luego la Inquisición, recelosa ante un conglomerado tal de conocimientos de toda índole y que escapaba a su control, los encerró en la catedral de Sevilla, donde cayeron en un oscuro olvido que ha durado siglos. Hoy pueden ser consultados allí con un permiso especial que solo se concede en casos muy puntuales.

Como su antecesora, la celebérrima biblioteca de Alejandría, la biblioteca de Hernando Colón sufrió el destino reservado a muchas de las grandes hazañas del saber humano: no llegar jamás al destinatario para el que fueron concebidas: la Humanidad.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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