CUANDO EL FUEGO PERSIGUE AL CONOCIMIENTO

La Antiguedad es fuente de una infinita reserva cultural que siempre ha inspirado al hombre moderno.  Filosofía, teatro, escultura, pintura, arquitectura, matemáticas, astronomía, medicina y otras muchas disciplinas tuvieron sus orígenes en el pasado remoto de la Humanidad. Entre tanta maravilla del conocimiento ocupan un lugar muy destacado las bibliotecas, y siempre se cita como el paradigma de estas instituciones la de Alejandría, que gozó de fama en todo el mundo de su época y fue visitada por sabios de todos los países y jóvenes ávidos de saber que acudían a sus salones en busca de maestros prestigiosos. Es conocido el triste fin que tuvo este magno templo del saber iniciado por Ptolomeo, el general de Alejandro el Grande que, a la muerte de este rey griego, tomó para sí la parte del imperio constituida por Egipto. Los sabios más renombrados de la Antiguedad pasaron por sus aulas o crearon sus obras en sus salones, cuyos estantes albergaban, muy juntos y apretados, miles de rollos de papiro con toda la sabiduría acumulada durante siglos.

Como una parábola circular de la creación y la destrucción, fue precisamente la última descendiente de la estirpe real de los Ptolomeos, la seductora emperatriz egipcia Cleopatra, quien precipitó la catástrofe que redujo la biblioteca a cenizas, cuando las naves del emperador romano Julio César, su amante, atracaron en el puerto en medio de una batalla naval que provocó un incendio. Las llamas alcanzaron al edificio y todo cuanto contenía se dice que ardió con él. Eso cuenta la leyenda, pero no fue lo que sucedió en realidad. Una gran parte de los rollos almacenados en la biblioteca no perecieron entre las llamas, y después pasarían a formar parte de una biblioteca más pequeña en otro edificio conocido como el Museión o templo de las Musas.

 Pero el fuego parecía perseguir como destino siniestro a la biblioteca de Alejandría. La última persona que la dirigió fue una mujer, la griega Hipatia, matemática, astrónoma, física y una fiel seguidora de las enseñanzas del filósofo Plotino. Hipatia era pagana en un momento en que el cristianismo cobraba fuerza en la ciudad, y murió en una revuelta callejera instigada en su contra por el monje Cirilo, jefe espiritual de la iglesia alejandrina. Los monjes convocados por él descuartizaron viva a Hipatia y quemaron sus restos en el Cinarón, un basurero de la ciudad, y luego atacaron el Museión. En el siglo VI tropas árabes al mando del general Arm invadieron Egipto y ocuparon Alejandría. Arm quedó maravillado ante los libros que encontró en el templo de las Musas, pero era un musulmán y un military disciplinado, y envió una consulta a su Califa preguntándole qué debía hacer con aquellos tesoros. El Califa le mandó decir que todo lo que los hombres necesitaban saber ya estaba escrito en el Corán, y lo demás debía ser destruido. Arm volvió a encender la tea y quemó muchos rollos que contenían los más grandes secretos de la ciencia en el mundo antiguo.

Sin embargo, ya desde los tiempos de Hipatia los sabios habían comprendido que el destino del conocimiento es frágil, y aprendieron a protegerlo. Cuenta la leyenda que en varias ocasiones, la primera por iniciativa de la propia Hipatia, los rollos considerados más valiosos fueron ocultados en cavernas en las afueras de la ciudad. No tengo noticia de ningún hallazgo que valide este supuesto, pero puede que algún día los arqueólogos, o algún niño pastor o un ladrón de tumbas, encuentren una cueva con vasijas de barro repletas de rollos de escritura, con planos de edificios y diagramas de instrumentos de todo tipo concebidos por las mentes más privilegiadas del pasado, con grandes secretos sobre la historia, la salud, el pensamiento… Quién sabe, podría ocurrir. ¿Y si Arm no fue tan obediente como parece y salvó algunas obras? Porque habría que preguntarse cómo tantos manuscritos y rollos pasaron a poder de los sabios árabes y llegaron hasta los califatos de lo que hoy es España. A estos musulmanes doctos debe la Humanidad inmensa gratitud, pues ellos se convirtieron en custodios de una parte importante de la sabiduría egipcia, griega y romana y la legaron a Occidente.

A la Historia le gustan las parabolas. Ya desde los llamados Siglos Oscuros que siguieron a la caída del imperio romano de Occidente, los primeros monasteris comenzaron a recopilar rollos de papiro y pergaminos antiguos, y los monjes que habían hecho su entrada en la Antiguedad destruyendo sus enormes reservas de saber terminaron protegiendo lo que sus antecesores habían dejado. Para mejor comprender este cierre parabólico de la gran aventura del conocimiento humano iniciada en la biblioteca de Alejandría, nada mejor que leer la gran novela del italiano Umberto Eco El nombre de la rosa. Ningún libro  teórico mostrará de un modo más completo y hermoso la tesonera labor que los monjes cristianos llevaron a cabo copiando  minuciosamente los manuscritos antiguos en los fríos scriptoria de sus abadías, en medio del hambre y los duros inviernos que les congelaban las tintas y los dedos, durmiéndose a veces, agotados, sobre la página que copiaban o la imagen que iluminaban creando verdaderas obras de arte. Así han llegado a nosotros no solo los textos bíblicos, sino gran parte de la obra de los historiadores griegos y romanos, tratados de Aristóteles, libros de medicina y astronomía, y también muchas leyendas autóctonas, como ocurrió en la Irlanda recién cristianizada, donde san Patricio ordenó a sus monjes recoger y conservar todos los mitos y leyendas de los celtas paganos, gracias a lo cual ha llegado a nuestros días, intacto, el imaginario de una de las culturas más deslumbrantes de la Humanidad.

Hace tiempo leí un artículo titulado Los monjes salvaron Europa. Y es verdad. Parece un dictat de la Historia condenado siempre a repetirse que quienes llegan como conquistadores, ya sea de las tierras o de las almas, primero destruyan lo que otros hombres construyeron antes, para luego salvar y cuidar celosamente los restos de su barbarie, y dedicarse a enriquecer el acervo que, en definitiva, pertenece a toda criatura viviente y debe ser transmitido a las generaciones futuras, y junto con él, el derecho de cada individuo a tomar de estos tesoros, libremente y sin presiones de ninguna índole, aquello que su espíritu prefiera y su conciencia le indique como valioso.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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