AZUL DE PRUSIA: CIELO E INFIERNO EN UN COLOR

Frankenstein no es solo el título de una de las más famosas novelas góticas escritas en el siglo XIX; es también el nombre de un castillo en Alemania, y la palabra significa en este idioma roca de los francos.

Ubicado a cinco kilómetros de la ciudad alemana de Darmstad, su propietario, Lord Konrad II Reiz von Breuberg, comenzó a construirlo en 1250, y en 1673 nació en él un alquimista célebre nombrado Johann Conrad Dippel, al parecer el más ilustre de sus habitantes,  quien, entre otras investigaciones que llevó a cabo, hizo experimentos con cadáveres humanos. Sin duda este hombre real inspiró a la joven escritora inglesa Mary Shelley el personaje de su doctor Viktor Frankenstein, y también el argumento de su novela, idea que ya quizá ella tuviera en mente desde que visitara el castillo mucho antes de aquella noche tormentosa en Villa Deodati, a orillas del lago Leman, en que el poeta inglés lord Byron retara a sus cuatro compañeros de vacaciones para ver quién de ellos escribía durante la madrugada la mejor historia de fantasmas. Todos empuñaron la pluma, pero mientras Byron no concluyó nada y William Polidori concibió El vampiro, fue Mary quien a la mañana siguiente leyó a sus amigos el texto que terminó por convertirse en el mayor clásico de la literatura arquetípica de horror.

Pero el castillo no solo fue cuna de un alquimista célebre y el lugar inspirador de la celebérrima novela homónima, sino que, además, en sus estancias penumbrosas fue creado el color que hoy conocemos como Azul Prusia o Azul de Prusia, que salva y que mata. A principios del siglo XVIII Dippel estaba enfrascado, como tantos alquimistas antes y después de él, en la búsqueda y creación de un “elixir de la vida”, y había elegido la potasa como uno de sus componentes. Al mismo tiempo, y muy cerca del laboratorio en que trabajaba Dippel, un creador de colores suizo llamado Johann Diesbach, estaba enfrascado en sus propias investigaciones, y como necesitaba potasa decidió tomar un poco de la que Dippel estaba utilizando. Aunque el suizo trabajaba en la fabricación de un pigmento rojo obtenido a base de la cochinilla latinoamericana, al entrar al día siguiente en el laboratorio él y Dippel encontraron, para su sorpresa, que el precipitado obtenido de la mezcla era de  un raro azul. Los dos hombres llegaron a la conclusión de que la potasa de Dippel al estar mezclada con sangre contenía hierro, lo que provocó una reacción química que, como tantos descubrimientos en el mundo de la ciencia, no habría ocurrido hasta quizá mucho más tarde de no mediar aquel incidente.

Por supuesto, no era la primera vez que se podía obtener el color azul, que desde tiempos remotos era fabricado en Egipto mediante la trituración de una piedra, la azurita, molida hasta convertirla en polvo fino. En la Edad Media la obtención del azul, como la de todos los colores, debía hacerse mediante un proceso artesanal que implicaba la trituración de gemas semipreciosas como la turquesa y el lapislázuli, piedra entonces muy rara que solo podía hallarse en los confines lejanos del territorio que es hoy Afganistán. Para ser llevado a Venecia, ciudad entonces a la cabeza de los colores en Europa y donde se encontraban los más florecientes artistas del Renacimiento italiano, debía ser transportado a través de unos 5.600 kilómetros en una compleja ruta sembrada de temibles cadenas montañosas y dilatadas regiones desérticas, hasta las costas del mar Mediterráneo. Ese color, fue llamado ultramarino por provenir de tan lejanas tierras, era tan valioso que una onza del mismo costaba su equivalente en oro. Literalmente, lo que hoy conocemos como azul marino valía entonces su peso en oro. Por eso el descubrimiento de Dippel y Diesbach significó un avance importantísimo, pues permitía la fabricación industrial de la maravillosa sustancia.

Ambos alquimistas continuaron trabajando en su hallazgo y llegaron a producir un pigmento mucho menos costoso que el ultramarino, más estable que el azul obtenido  del cobre y más versátil que el índigo. Pronto su pigmento comenzó a ser utilizado en la fabricación de toda clase de objetos, entre los que destacan la porcelana y el papel, y no tardó en convertirse en el color distintivo de las casacas del ejército prusiano, lo que le valió dejar de llamarse ultramarino para ser conocido como Azul de Prusia. Sus descubridores se enriquecieron.

La fórmula del azul de Prusia no fue revelada hasta 1724, cuando se dio a conocer que la composición del color podía fabricarse a partir de una solución mixta de alumbre y vitriolo verde, a la que debía añadirse una solución de un álcali previamente calcinado con sangre de buey o con cualquier otra materia de origen animal. El resultado es un precipitado verdoso que se vuelve azul al hervirlo con alcohol de sal.

El nuevo azul no tardó en ser empleado en muchas otras esferas de la vida, entre ellas el arte. Los pintores lo recibieron con entusiasmo y muchas grandes obras pictóricas han sido creadas en monocromías de este pigmento, que como ningún otro es capaz de transmitir la sensación de soledad, abandono y disolución del yo.

Entre sus aplicaciones químicas se encuentra su capacidad para transferir electrones de manera eficiente,  lo que lo ha convertido en una sustancia ideal para su uso en electrodos de baterías de iones de sodio, que se utilizan en aplicaciones de centros de datos y telecomunicaciones.

También en medicina ha sido hallado de gran utilidad el azul Prusia, y hoy figura en la lista de Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud como antídoto específico para intoxicaciones provocadas por la ingestión o contacto con metales pesados. Se emplea para tratar personas cuyo organismo ha sido contaminado con cesio radiactivo o talio altamente venenoso, por lo que resulta un auxilio invaluable en casos de fuga de materia radiactiva como la ocurrida  durante el accidente de la central nuclear de Chernobil. Los afectados ingieren cápsulas de azul de Prusia, que atrapa los metales peligrosos, evita su absorción por el cuerpo  y disminuye el plazo de salida del mismo del material radiactivo. La tintura también es empleada en la detección de envenenamiento por plomo. Tiene otras aplicaciones para fines diagnósticos, como por ejemplo en la detección de la presencia de hierro en muestras de biopsia, en especial en tejidos como la médula ósea y el bazo.

Pero la maldad humana puede convertir el más glorioso de los descubrimientos en algo tenebroso con increíble poder de destrucción, y los nazis se encargaron de hallar el lado satánico del azul de Prusia. Los científicos nazis, comprometidos con una ideología maligna mucho más que con la ciencia, descubrieron que la mezcla de azul de Prusia con ácido sulfúrico diluido produce un gas incoloro soluble en agua y ácido. Llamaron a la mezcla ácido prúsico, pero su nombre científico es cianuro de hidrógeno o simplemente cianuro, uno de los venenos más mortíferos conocidos, y que ya se obtenía en la antigüedad extrayéndolo de semillas de flores y frutos como el cerezo y los melocotones.

El cianuro no tardó en ser utilizado por  los nazis como arma de exterminio masivo en sus campos de prisioneros o campos de concentración, nombre por el que son más conocidos, entre los cuales destacan por el extraordinario inventario de crueldades y las todavía mal conocidas cifras de muertes los de de Auschwitz y Treblinka, en los que se llegó a exterminar a más de ochenta mil individuos en medio año. A su llegada a estos campos se les anunciaba a los prisioneros que debían pasar a realizar su aseo personal en duchas colectivas, se les entregaba una pastilla de jabón, una toalla y el uniforme del campo, y cuando los desgraciados, ya desnudos, abrían la ducha, en lugar de recibir un benéfico chorro de agua que lavara sus cuerpos de las inmundicias acumuladas durante los largos y espantosos viajes en vagones de tren herméticamente cerrados, brotaban chorros de un gas con suave olor a almendras amargas. Palpitaciones, dolor de cabeza y somnolencia seguidos de coma, convulsiones y muerte por asfixia fueron los síntomas a cuyo macabro compás se marcharon de la vida millones de seres humanos indefensos, cuyo único pecado era pertenecer a algún grupo o nacionalidad raciales discriminados como inferiores por sus asesinos, o profesar ideologías contrarias al nazismo. Este nuevo gas ha pasado a la Historia como Ziklon-B, nombre cuyos ecos justicieros resonaron en los salones del tribunal internacional de Nuremberg mientras se juzgaba en ellos a los más importantes jerarcas asesinos.

No es de pretender que cada vez que alguien piense en el azul de Prusia para alguna elaboración con fines benéficos o lo utilice o admire en la creación de una obra de arte, recuerde el lado oscuro de tan hermoso color, pero su ejemplo sirve y servirá siempre para hacernos reflexionar sobre la verdad incuestionable de que nada de lo que produce la naturaleza es bueno o malo en sí mismo, sino que es el ser humano, con sus intenciones, quien determina los resultados de todo procedimiento, de todo proceso, de todo hallazgo y, como ya dejara escrito el gran sabio alemán Goethe en su obra Fausto, de todo el Conocimiento, porque al final, el hombre es la única criatura que lleva en su alma el cielo y el infierno.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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