EL PRIMER INQUILINO DE LA NECRÓPOLIS DE COLÓN

Puerta norte y principal del cementerio de Colón

Si siempre resulta interesante preguntarse quién fue la primera persona que habitó una ciudad, cualquier ciudad, lo es mucho más preguntarse quién habrá sido el primer inquilino de una necrópolis. La primera pregunta es casi imposible de responder, pero la segunda no lo es tanto, y en el caso del cementerio habanero de Colón, reputado en todo el mundo como un arca de valiosos tesoros artísticos y arquitectónicos, la respuesta es simple: el primer muerto sepultado ahí fue nada menos que el arquitecto que comenzó su construcción, el español Calixto de Loira. Pero esto no es todo. Hay un misterio, o mejor hablemos de una leyenda, según la cual los restos de este insigne artista yacen en la parte superior de la puerta principal de la necrópolis, magnífica obra de arte por la que se accede al camposanto habanero. Pensar en esto siempre que pasamos frente a esta imponente arcada o cuando tenemos que visitar el lugar es un poco impresionante, pero… ¿Es verdad? También se habla de cierta maldición que, como la que mató a tantos miembros de la expedición arqueológica que descubrió la tumba de Tutankamen, habría liquidado con siniestro fin a dos de los primeros arquitectos que comenzaron a levantar esta ciudad de los muertos nuestra que lleva el nombre del Gran Almirante.

Calixto de Loira nació en El Ferrol en 1840, como hijo natural de José Felipe Loira y Cardoso, quien nunca reveló el nombre de la madre. Temiendo por la estabilidad de su matrimonio oficial, el hombre entregó al bebé a un hospicio y, más tarde, a una familia que se encargó de su cuidado, pero cuando el niño contaba cinco años la esposa de José Felipe, enterada de la existencia del bastardo, lo hizo trasladar a su hogar, donde lo crió como a su propio hijo. La familia vivió en el poblado de San Antonio de los Baños y cuando Calixto cumplió doce años viajó a España, donde el joven permaneció hasta obtener su título de Arquitectura. De inmediato regresó a La Habana, y resultó ganador en el certamen de proyectos convocado por las autoridades de  la capital para decidir la construcción de su segunda necrópolis, pues como es sabido Colón no fue nuestra primera urbe funeraria, sino la segunda, que el obispo Espada tuvo que mandar construir para terminar con la insana costumbre de los enterramientos bajo el suelo de las iglesias.

De Loira dio a su proyecto un título que resultó bastante premonitorio: “La pálida muerte entra por igual en las cabañas que en los palacios de los reyes”, porque él mismo enfermó de tuberculosis y murió a los treinta y dos años, en plena flor de su exitosa vida y de su talento. Además de su proyecto para la necrópolis, también participó en otros planes de la ciudad. Fue designado segundo jefe de la ejecución del Acueducto de La Habana, miembro del equipo de planimetría topográfica de la capital cubana, finalizada precisamente el año de su muerte, y arquitecto del Pabellón de Mendigos de la Casa de Beneficencia. Falleció el 28 de septiembre de 1873, y el 29 fue sepultado, pero… ¿dónde?

Durante la lectura de un artículo firmado por Arlet Castillo, nos enteramos de que Luis Martín, jefe del Área de Museología del recinto urbano, le contó –presumo que durante una entrevista periodística-  que “El lugar de enterramiento del arquitecto fue puesto en dudas debido a que, cuando falleció, apenas se había comenzado la construcción del nuevo cementerio”. Creo que hubo, además, otra razón para el nacimiento de tal leyenda, y es que el pedestal del grupo escultórico realizado por el escultor cubano José Vilalta de Saavedra, que representa las Tres Virtudes Teologales Fe, Esperanza y Caridad, y se yergue sobre el pórtico principal del camposanto, tiene la forma de una tumba. La ubicación de los restos del primer arquitecto de Colón se convirtió en una de las tantas, muchísimas historias fantasiosas que, como suele suceder, envuelven tanto a las más grandes como a las más pequeñas ciudades funerarias del planeta.  La muerte está repleta de misterio.

Grupo escultórico de las Tres Virtudes Teologales que corona el pórtico principal de la necrópolis de Colón. La leyenda en su base significa: «Yo soy la puerta de la paz».

Pero Calixto jamás estuvo enterrado en el pórtico principal. Cuando murió se encontraba supervisando los trabajos de la galería de Tobías y fue sepultado en ella, ganando así el honor de ser el primer cadáver enterrado en la necrópolis habanera, que es hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad. De dicha galería no queda nada, pues sufrió gran deterioro y fue derruida por completo en 1953. Desde esa fecha los restos de Calixto de Loira fueron trasladados al panteón del Colegio de Arquitectos de La Habana y es allí donde descansan hasta el día de hoy.

¿Y la maldición…?

Esta segunda parte de la leyenda comenzó a tejerse cuando el arquitecto Félix Azúa, nombrado sucesor de Calixto de Loira y Director Facultativo de las obras, falleció al año siguiente, en 1874. Como su antecesor, la muerte lo sorprendió mientras trabajaba en la construcción de la galería de Tobías, y se le dio sepultura en ella. La galería de Tobías tenía noventa y cinco metros de largo y estaba ubicada en el Cuartel NE 17 Cruz de Segunda Orden. Ya no albergaría en su seno ninguna otra víctima de la supuesta maldición, pues el arquitecto Ranieri, continuador de las obras luego de la muerte de Azúa, logró vivir hasta 1922, año en que falleció en la capital cubana.

¿Y quién era, se preguntará algún lector, ese José Vilalta Saavedra? Vilalta nació en La Habana en 1862, era mulato y fue uno de los primeros escultores cubanos. Para suerte suya su talento fue reconocido desde muy temprano en su vida y, gracias a generosos mecenas que lo patrocinaron, pudo realizar sus estudios de Arquitectura en España y luego en Italia. Entre sus obras se encuentran la estatua de José Martí que está en el Parque Central, y la del gran ingeniero Francisco de Albear, constructor del Acueducto de La Habana. Él esculpió las efigies de las Tres Virtudes Teologales que figuran en el pórtico de Colón, y también los relieves religiosos que decoran los muros de la necrópolis. Suyo fue el proyecto para el monumento a los Ocho Estudiantes de Medicina, que finalmente realizó otro escultor cubano. Vilalta fue el escultor del monumento a Amelia Goiri, La Milagrosa, sobre el que no es necesario hablar aquí, porque es uno de los lugares más conocidos y visitados del cementerio. Murió en Roma en 1912, a los cincuenta años de edad.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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