Tres artículos exquisitos sobre tres de mis creadores preferidos

NOTA: Ninguno es mío, me los enviaron por Facebook, pero los reblogueo para los lectores como un regalo tipo manjar, por el Nuevo Año que, aunque las profecías más respetables dicen que será peor, por eso mismo hay que empezarlo con algo sublime.

La paciencia de escribir una palabra tras otra, Akira Kurosawa

Para concluir esta entrevista, ¿querría mandar un mensaje a la joven generación de directores japoneses y aspirantes a directores, que son en realidad bastante numerosos? ¿Hay algún consejo que quisiera darles?

¿Sabe usted cómo escribía Balzac?

Es muy interesante, iba escribiendo e inmediatamente lo enviaba a la imprenta. Cada página se imprimía en una hoja así de grande. Cuando le llegaban las páginas impresas de vuelta, hacía correcciones al margen hasta tal punto que del original quedaba poco. Entonces mandaba las correcciones al impresor. Era una buena forma de trabajar, aunque debía de ser duro para el impresor. Era capaz de producir tanto gracias a ese método. Aquel podía ser un ingrediente, pero el aspecto esencial era tener la paciencia de escribir una palabra tras otra hasta alcanzar la expresión adecuada. Mucha gente carece de esta paciencia. Sólo necesitas papel y bolígrafo para escribir un guión. Cuando quedaba con Naruse en una posada para escribir, solía visitarlo en su habitación. Tenía papel y bolígrafo sobre la mesa. Mientras hablábamos, él escribía algo de vez en cuando… aquellas líneas podrían transformarse en uno de sus maravillosos guiones. Es una bonita historia, pero si le pedía ver lo que estaba escribiendo, él tan solo reía entre dientes. Alguna vez escribió algo así como que estos y otros personajes estarían en una habitación haciendo algo…

Solamente «algo» ¿nada concreto? [Risas]

Para Naruse bastaba con aquella descripción, pues él sería el director, no necesitaba ser más concreto… pero aquel «algo» fue divertido… La tediosa tarea de escribir ha de convertirse en una segunda naturaleza para ti. Si te sientas y escribes tranquilamente durante todo el día, tendrás al menos dos o tres páginas, aunque haya sido una batalla. Si lo mantienes, podrás llegar a tener dos centenares de páginas en poco tiempo. Creo que los jóvenes de hoy no conocen este truco. Ellos empiezan y pretenden terminar inmediatamente. Cuando vas a escalar una montaña, lo primero que te dicen es que no mires la cima, sino que mantengas los ojos clavados en el suelo mientras asciendes. Vas subiendo pacientemente paso a paso, y si miras a la cima, acabarás frustrado. Creo que escribir es lo mismo. Necesitas acostumbrarte a la tarea de escribir. Se necesita un esfuerzo para aprender a verlo no como algo penoso, sino como una rutina. Pero la mayoría tiende a rendirse a mitad de camino. Les suelo decir a mis ayudantes de dirección que si se dan por vencidos una vez, acabarán así siempre y se rendirán ante las primeras dificultades. Les digo que escriban —no importa qué— hasta que tengan algún tipo de final. Digo: «no se te ocurra abandonar, aunque se haga duro a mitad del camino», pero cuando las cosas se ponen difíciles, ellos se rinden. Además, los jóvenes de hoy no leen, no creo que ninguno de ellos haya leído la literatura rusa en profundidad. Es importante que en algún momento hagan una serie de lecturas. A menos que tengas una buena reserva dentro, no podrás crear nada. Por eso digo a menudo que la creación proviene de la memoria. La memoria es la fuente de la creación, no puedes crear algo a partir de la nada. Tanto si es de lecturas o de tus propias experiencias, no podrás a menos que tengas algo en tu interior. En este sentido, es importante hacer lecturas variadas. Las novelas actuales están bien, pero creo que también hay que leer a los clásicos. Si se estableciera una escuela de cine, sería importante hacer hincapié en las lecturas.

Akira Kurosawa
Conversación con Nagisa Oshima
Agosto de 1993
Editorial: Confluencias
Traducción: Alfonso Fornieles Ten
y José Jesús Fornieles Alférez

Una historia de amor que nació de la poesía: la escritora Elizabeth Barrett y su marido Robert Browning

Hay muchas historias de amor que han generado poesías. Pero pocas han nacido realmente de la poesía. Y por eso resulta tan excepcional el caso de la escritora Elizabeth Barrett Browning, porque fueron sus poemas los que le permitieron hallar el amor. Y los que le permitieron escapar de una vida de encierros y tristezas.

Había nacido en 1806 en el seno de una familia inglesa adinerada. Su padre, Edward Moulton-Barrett, era propietario de plantación, y su madre, Mary Graham-Clarke tenía entre sus ascendentes al mismísimo Eduardo III de Inglaterra. Desde niña mostró ante sus tutores su extraordinaria habilidad con las letras. De hecho, sus biógrafos afirman que con ocho años ya leía las traducciones de Homero y que con diez estudiaba griego y empezaba a escribir sus primeros versos.

Sin embargo, la que podría haber sido una juventud idílica y sin dificultades se truncó por culpa de una enfermedad que los médicos no supieron diagnosticar y que siempre acompañó a Elizabeth. Sufría dolores intensos de cabeza y columna, llegando a perder la movilidad en ocasiones, y eso le llevaba a tomar opiáceos, láudano y morfina, con todos los problemas de dependencia que eso le ocasionaba

Aún así, siguió escribiendo y publicando sus textos. Además, quizá por su propia situación, que le llevó a identificarse con las capas menos privilegiadas de la sociedad, utilizó la escritura en pro de los derechos de determinados colectivos. Como si pensara que, ya que no había justicia en su cuerpo, al menos pudiera haberla en algún sitio. Y eso le convirtió, primero, inspirada por Mary Wollstonecraft, en una defensora de los derechos de la mujer; y luego, también, de los de los afroamericanos, lo cual no deja de ser llamativo si se tiene en cuenta que su padre, precisamente, trabajaba con esclavos. De hecho, cuando en 1833 se adoptaron nuevas leyes que permitieron la abolición de la esclavitud en Inglaterra, la familia quedó en una situación mucho menos boyante.

Esto, junto a sus problemas de salud, llevó a los suyos a cambiar varias veces de residencia hasta que en 1841se ubicaron en la calle Wimpole de Londres. Allí, por su enfermedad, Elizabeth quedó encerrada en su habitación, escribiendo, desconectada del mundo. Más aún, porque su madre había fallecido en 1828 y, en 1840, dos de sus hermanos. Como escribió tiempo después al recordar esos años: “He vivido sólo hacia adentro o con tristeza (…). Antes de esta reclusión de mi enfermedad, estuve recluida también y pocas habrá en el mundo entre las mujeres más jóvenes que no hayan visto más, oído más, sabido más de la sociedad, que yo, que difícilmente puedo ya ser considerada joven”.

Pero entonces sucedió lo inesperado. La poesía permitió que esa solitaria que solo había soñado con el amor encontrara a alguien que lo hiciera real: su compatriota Robert Browning, un poeta y dramaturgo seis años más joven que se interesó por ella tras leer sus dos volúmenes de Poemas (1844). Y es que, sorprendido por la profundidad y belleza de los versos y de todo lo que transmitían, quiso conocerla. Le envió una carta y ambos iniciaron un intercambio epistolar que duró dos años y que se llevó de espaldas a la familia de Elizabeth. Hasta que, pasado ese tiempo, decidieron casarse en secreto en Marylebone, conscientes de que el padre de Elizabeth no aceptaría su enlace.

Así lo hicieron. Y luego, abandonaron Inglaterra (a la par que el padre la desheredaba por contravenir su voluntad) y fueron a vivir a Florencia, en donde el estado de Elizabeth mejoró y continuó con su carrera como escritora. De hecho, publicó obras muy exitosas, como Las ventanas de la casa Guidi, Aurora Leigh –que ella misma consideró como la más madura- o sus Sonetos de la portuguesa (o “de portugués”), en donde relató su propia historia de amor con Robert (aunque la disfrazara ubicándola en un contexto “portugués”). Y es que su matrimonio, como señalan todos sus biógrafos, fue feliz, más aún, tras el nacimiento de su hijo Robert Barret Browning en 1848. Aunque también demasiado corto. Porque su salud, pasados unos años, volvió a resquebrajarse y, finalmente, el 29 de junio de 1861, falleció. Tras haber vivido de  la poesía y el arte y dejando un conjunto de poemas inéditos que su marido decidió publicar. Él, por cierto, viviría veintiocho años más. Escribiendo y consiguiendo alcanzar el éxito con su propia literatura. No volvería ya a casarse.

Robert Graves. La poesía, los tormentosos amores y las musas del autor de ‘Yo Claudio’

Orson Welles dijo de él que era su escritor favorito. Y aunque él se consideró siempre un poeta, hoy día se le conoce principalmente por sus novelas históricas, sobre todo, por Yo, Claudio. Sin embargo, Robert Graves (1895-1985) cuenta con una interesante bibliografía que suma, además de novelas, varios ensayos sobre historia y poesía, cuentos y, sobre todo, poemas. Por otra parte, su turbulenta vida sentimental, que está conectada con su poesía, daría para varias adaptaciones cinematográficas.

Lo cierto es que Robert Graves nunca tuvo en gran valor su obra más famosa, Yo, Claudio. A ella se acercó con precisión de artesano para recrear los convulsos años de la Roma gobernada por la dinastía Julio-Claudia, y luchó para que tuviera una calidad digna de su nombre, pero igual consideró siempre aquel trabajo como un modo de pagar sus facturas y resarcirse del escaso éxito de sus libros de poesía, su verdadera gran pasión. Como él mismo dijo en alguna ocasión, si se dedicaba a criar perros era, simplemente, porque deseaba tener un gato. Esto es, si hacia prosa era para poder escribir poesía.

Había escrito Yo, Claudio, al igual que su continuación, Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, en Mallorca, adonde había llegado en 1929 tras publicarAdiós a todo eso, un libro de memorias escrito con menos de 34 años que le permitió alcanzar cierta fama por el modo en que había retratado sus experiencias como combatiente durante la Primera Guerra Mundial (recordemos, y quizá de allí algo de su éxito, que ese fue el año de Sin novedad en el frente). De donde, además, se llevó en 1916 la experiencia de haber nacido por segunda vez, pues la metralla de una granada alemana le atravesó el pulmón de tal modo que se le dio por muerto. Sus padres, de hecho, llegaron a recibir la noticia de su fallecimiento para, un tiempo después, descubrir sorprendidos que el hijo por quien habían iniciado el duelo se ponía en contacto con ellos. De sus experiencias, además, surgió un primer libro de poemas en donde cantó sus ardores patrióticos y guerreros que años después trató de hacer desaparecer al considerar inútiles ese tipo de luchas.

Cuando llegó a España lo hizo con el principal deseo de escribir poesía y en compañía de la escritora Laura Riding, por quien había abandonado a su esposa Nancy Nicholson y a sus hijos en Inglaterra. De hecho, la historia de Robert con su esposa y su amante ejemplifica bien la relación que el escritor estableció entre la poesía, el amor y sus “musas”, que siempre contempló como la fuerza motriz de sus versos. Y todo pese a que, al principio, Laura y él se habían acercado sin otro objetivo que el de escribir obras juntos, hasta que, tras surgir el romance entre los dos y vivir un asunto tan turbio como un posible intento de suicido, decidieron abandonar Inglaterra y hacer de España su hogar.  

Laura, sin embargo, se apartó de él algunos años después. Después de que los dos abandonaran el país, por la guerra civil, en 1936, Robert se casó con una nueva mujer, Beryl, con quien se instalaría, en 1946, de nuevo en España, en la misma casa de Deià que había abandonado. A la par que publicaba su novela histórica Rey Jesús y terminaba de escribir otra de sus grandes obras, La diosa blanca (1948), en donde disertaría sobre la creación de los mitos poéticos, buscando sus orígenes históricos y místicos y reflexionando, además, sobre lo que el mundo contemporáneo había arrebatado al sentido original de la poesía.

Luego llegaron Los mitos griegos (1955), Dioses y héroes de la antigua Grecia (1960) y Los mitos hebreos (1963), además de traducciones de textos clásicos, que hicieron de él uno de los principales divulgadores contemporáneos del mundo antiguo. Claro, que eso no le apartó de su “gato”, la poesía, pues siguió cultivándola con intensidad mientras hacía de su reducto en Mallorca un lugar bohemio y representativo del creciente movimiento “hippie”. Más, aún, porque Graves se fue relacionando con una serie de jóvenes “musas” a quienes consideró siempre imprescindibles para inspirar sus poemas de amor, como Margot Callas, Juli Simmons o Aemilia Laracuen. Por la última, de hecho, estuvo a punto de sacrificarlo todo y marcharse a otro país, pero solo se llevó el rechazo de ella, que lo vio siempre como un hombre interesante pero demasiado mayor.

Aquel plan de vida, sin embargo, era demasiado elevado para un hombre que vivía para la poesía y todas sus manifestaciones. Por eso trató durante años de llevar sus libros a la gran pantalla –en el camino, hizo una buena amistad, platónica, con Ava Gardner-, si bien, no fue hasta 1976 cuando, con la adaptación de la BBC de su Yo, Claudio, pudo cumplir este deseo.

Graves, tras ello, alcanzó una fama tan inesperada como masiva y vio cómo sus libros comenzaban a reeditarse una y otra vez. No tuvo, sin embargo, demasiado tiempo para disfrutarlo, pues pronto enfermó y se vio en la obligación de quedar bajo los cuidados de su esposa Beryl, que había estado a su lado, pese a todo, aquellos años. Moriría el 7 de diciembre de 1985. En su tumba, ubicada en la población de Deià, Mallorca, quedó como epitafio una sola palabra: “Poeta”.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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