PARA ESTHER DÍAZ LLANILLO, EN SU HOMEJANE*

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Hace pocos días recibí una invitación de la familia de la escritora Esther Díaz Llanillo para asistir a un homenaje en su honor en el Centro Dulce María Loynaz. No pude acudir y me siento fatal por eso, porque Esther era mi amiga. No de esas amigas que se ven a diario para cotillear o se visitan una vez a la semana llevándose dulces. Nos unían otras cosas que pertenecen al mundo del espíritu, del arte y la creación, y nos llamábamos bastante por teléfono para interesarnos por la salud y el trabajo de ambas. Estuve varias veces en su casa y en una ocasión le realicé una entrevista muy extensa para Radio Metropolitana, donde yo trabajaba en aquel tiempo. Este texto, que transcribí y publiqué íntegro en la web de la emisora, sufrió el destino que por lo general cabe al periodismo: la impermanencia. O como se dice por ahí, se lo llevó el viento. Hoy daría cualquier cosa por tener conmigo aquella entrevista que duró horas, y que Esther fue tan gentil de no cortarla a pesar de estar convaleciente de una operación.

Hay mucho escrito sobre su obra en Internet, en ensayos y libros de crítica, y también varios sitios contienen datos sobre su biografía, pero yo quisiera decir algunas cosas que no he encontrado en ninguna parte y son las que hubiera dicho si hubiera podido estar en el Centro. La primera es que Esther tenía una cultura de formación humanística, como siempre he creído que debe poseer un escritor. Hablaba siete idiomas con fluidez, entre ellos Latín y Griego, y era capaz no solo de conversar sobre cualquier tema, sino de hacer análisis originales y profundos, algo que no he encontrado entre las escritoras cubanas que conozco personalmente. Tenía una increíble cultura filosófica, y digo increíble porque la Filosofía no suele ser terreno que atraiga a las mujeres ni en el que se muestren muy versadas, al menos no en Cuba. Por todo esto yo sentía y siento por Esther una admiración muy viva que no terminó con su muerte. Pero lo que siempre me fascinó de ella fue su personalidad. Esther era una dama. El modo en que modulaba su bella voz, sus gestos delicados, sus modales aristocráticos, su clase, su refinamiento, su elegancia, pero sobre todo esa contención que no permite jamás un desliz de mal gusto, ninguna impropiedad, nada fuera de tono o de lugar. Más a pesar de poseer tantas virtudes intelectuales y morales, creo que su prenda mayor fue su modestia, su eterna negativa a ese deporte tan común entre los escritores que es robar cámara, empujar mamparas e intentar apagar el brillo ajeno para que esplenda la propia luz.

Yo leí mis primeros cuentos fantásticos en aquella magnífica antología en pequeño formato titulada Cuentos Cubanos de lo Fantástico y lo extraordinario (1968). Creo recordar que solo había en ella dos mujeres; Esther y María Elena Llana, fundadoras y mantenedoras del género en nuestro país durante la década del Quinquenio (o Decenio) Gris y también después. Yo era una adolescente, casi una niña, pero sabía que corrían tiempos en que escribir sobre fantasía no era lo que se esperaba de los escritores cubanos, y muy otra la literatura que se estaba haciendo en la isla. Cuando conocí a Esther hablamos varias veces de aquellos años y del ostracismo que funcionarios ignorantes impusieron a quienes escribían fantasía. Ella me contaba cómo por entonces su vida social se había limitado a visitar a unos pocos amigos, y me describía, aún con el entusiasmo soñador de la juventud, sus visitas a la casa de Rine Leal, a quien ella recordaba con especial estima, pero jamás dijo algo que se pudiera tomar por una inculpación, por una queja a aquella política editorial que sembró el panorama literario nuestro de una desolación casi desértica en cuanto a potencial artístico. Sin embargo, su voluntad de no estar en primera plana la llevaba a extremos al callar sus propios méritos: ella, por ejemplo, me habló de su tesis doctoral sobre Jorge Luis Borges, pero no ha sido hasta ahora que su hija me ha contado que existió entre Esther y el genio literario argentino una correspondencia en la que las cartas de Borges, ya ciego, eran dictadas para la cubana. Esther nunca lo mencionó. En cambio, recuerdo que una tarde estuvimos cerca de una hora hablando de las distintas formas de servir una mesa y de la escalera de madera en espiral que tenía en su casa, una auténtica joya, y sobre la cual me dio una conferencia digna de una Facultad de Historia del Arte.

El colmo de Esther era que mientras todos los escritores soñábamos con viajes de trabajo al extranjero para conocer el mundo y otras figuras y ambientes literarios, Esther, a quien le llovían esas oportunidades como del cielo, declinó muchas con la mayor naturalidad. Tampoco se ufanó nunca de que su obra fuera estudiada en muchos países y traducida a varios idiomas. Yo lo sabía porque siempre seguí de cerca su trabajo, pero eso jamás fue tema de conversación entre nosotras. También rechazaba entrevistas e invitaciones para aparecer en público en eventos del gremio. Ella creía que los espacios  de intimidad y soledad eran los verdaderamente necesarios para ejercer la creación artística.

Esther fue, también, una de las pocas personas que supo captar sentidos ocultos en mi propia literatura. Yo le  había llevado mi libro Oil on Canvas, Premio Alejo Carpentier de Cuento 2007, y le comenté que algunas personas me habían dicho que el primer cuento, Ventana frente al mar, era fallido porque no tenía argumento. Días después ella me llamó por teléfono, y la mejor definición que he escuchado de ese texto salió de sus labios: “No es una historia ni necesita serlo: es una sensación, un estado interior”. Mientras tantas personas me han preguntado cosas como: “¿El payaso era real” o “¿La protagonista está muerta?», Esther pasó por encima de esas trampas y entró de lleno en el estado de conciencia en que yo había escrito el cuento, en el mundo que creé. No he hablado con muchos lectores de mis textos que hayan sido capaces de percibir las honduras de una escritura que siempre he querido sea de capas infinitas. La visión artística de Esther era temible.

Como a unas cuantas escritoras que habíamos abandonado el oficio durante años, Esther fue rescatada de esa costra de silencio y olvido que siempre ha invisibilizado en Cuba a quienes se desmarcan del canon literario nacional, cuando las escritoras y ensayistas Mirta Yáñez y Marilyn Bobes nos incluyeron en la antología de narrativa femenina Estatuas de Sal. Fue así como ella y yo nos conocimos, pues aunque yo la había leído desde que estaba en la secundaria ambas compartíamos semejante vocación de retiro y soledad, y nunca antes habíamos coincidido. Desde entonces comenzamos a aparecer juntas en antologías, y siempre he lamentado muchísimo que un proyecto que tuvimos con Amir Valle, quien quería publicar una antología solo con Esther, María Elena y yo para ilustrar el devenir del género entre las escritoras cubanas, no se haya concretado. Casi no puedo creer que recientemente la escritora cubana Dazra Novak haya publicado en Facebook una lista de escritoras cubanas del fantástico donde omitió a Esther y a Chely Lima. Me parece una vergüenza.

Antes de terminar, quiero decir que Esther no fue exactamente una escritora del fantástico clásico. Su obra trascendía el marco habitual que la teoría literaria asigna a ese género. No es que ella no haya escrito cuentos fantásticos, sino que los mundos de su escritura eran, en muchas ocasiones, muy extraños. Una tarde le dije que había un contraste muy grande entre su personalidad dulce y apacible y la perversidad que latía en varios de sus textos. Ella me miró a los ojos durante unos segundos sin que su rostro expresara nada, hasta que esbozó una sonrisa enigmática que tampoco era una sonrisa en el sentido en que una sonrisa es una sonrisa, sino más bien la sombra fantasmagórica de una sonrisa preñada de una cierta oscuridad. Me sorprendió tanto aquella expresión tras la que, por un brevísimo lapso de tiempo, me pareció que asomaba a su semblante una mujer desconocida, que jamás he podido olvidarla. Tal vez fueran los oros mortecinos de un crepúsculo que no acababa de filtrarse en su sala por los visillos bajos de los ventanales, algún juego inusual de luz y sombra… No sé.

No quiero hacer estas palabras de homenaje demasiado extensas, estoy segura de que a Esther, con su pudor y su modestia característicos, incluso lo que he escrito hasta aquí la habría hecho sonrojar. Pero yo le debo a mi amiga mucho más que este pequeño discurso emocionado. Y ella lo sabe.

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*Esther Díaz Llanillo (La Habana, Cuba, 1934 – 2015) fue escritora, bibliotecóloga y ensayista cubana. Estudió la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de la Habana1​ (1952-1957) y en 1959 obtiene el doctorado con una tesis sobre la narrativa de Jorge Luis Borges que aún permanece inédita. Ese mismo año obtuvo el premio especial Antonio Barrera de la Cátedra de Literatura Cubana e Hispanoamericana de dicha universidad por el ensayo El arte de novelar de Hernández Catá. Trabajó en la Casa de las Américas desde 1959-1961.

Cursó b la carrera de Bibliotecología en la Universidad de la Habana (1961-1962) y trabajó como bibliotecaria en la Junta Central de Planificación (1961-1973). Hizo reseñas de libros en la revista Casa de las Américas. Algunos de sus cuentos aparecieron en el suplemento Lunes de Revolución, la revista Mujeres y en diferentes antologías.

Desde 1973 hasta 1975, trabajó en investigaciones literarias en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Ha publicado los libros de cuentos El castigo y Cambio de vida, donde se incluyen los cuadernos Cambio de vida y Regresión, los cuales obtuvieron mención en el premio Alejo Carpentier de Cuentos en 1999 y 2000, respectivamente.

Díaz Llanillo publica su primer relato, El conferenciante, en la página literaria del Diario de la Marina el 30 de septiembre de 1956.​ Al trabajar en Casa de las Américas organizando los documentos para el primer concurso literario que convocara esa entidad, se siente estimulada a armar un libro que presenta al concurso y, pese a no ganar ningún premio, le proponen publicarlo, y en 1966 sale a la luz por Ediciones R con el título El castigo; en sus textos, Díaz Llanillo aborda el fantástico en relatos que, a decir de la crítica Mirta Yáñez hablan del «espanto residente en cualquier ser humano (…) con una cubanidad esencial reconocible, en un entorno de universalidad y erudición».​ Uno de los cuentos de este volumen, Anónimo, apareció en 1968 en la Antología de cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario y otros textos aparecieron en Lunes de Revolución y Diario libre, por lo que parecía un excelente comienzo para su carrera literaria, pero el entorno impuso la llamada literatura de la violencia, apegada a lo social e histórico y, al alejarse los relatos de Díaz Llanillo del canon imperante, dejó de publicar durante muchos años (en ese período apenas escribió un par de cuentos que luego saldrían a la luz). Cuando se publica la antología Estatuas de sal, en la que se incluye un cuento de Díaz Llanillo, las antologadoras la redescubren y, animada por Mirta Yáñez, vuelve a escribir, publicando varios libros en Cuba y el extranjero y apareciendo en diversas antologías, en las que sigue abordando el fantástico con talento, erudición, gracia, dominio del lenguaje y estilo propio. Sus cuentos poseen una especie de latido interior capaz de imantar al lector y obligarlo a llegar al punto máximo para cualquier escritor: el punto final. ​

Obra

Algunas publicaciones

  • El castigo. Cuentos (1966). Ediciones R.
  • Cuentos antes y después del sueño (1999). Editorial Letras Cubanas. Colección Cemí.
  • Cambio de vida (2002). Editorial Letras Cubanas
  • Entre latidos (2005). Ediciones Unión
  • Los rostros (2008). Ediciones Unión
  • El vendedor de cabezas (2009). Ediciones Unión
  • Hablando de fantasmas y mucho más. (2011). Ediciones Unión. Antología

Premios

  • Premio especial Antonio Barrera, 1959
  • Mención en el Premio Alejo Carpentier de Cuento 1999 y 2000
  • Distinción por la Cultura Nacional, 2004

(Tomado de Wikipedia y EcuRed)

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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