Cuando la gran literatura, la sensibilidad y el pensamiento profundo se unen, nace un dragón invisible.

Cuando recibí los ejemplares de la antología El dragón invisible, lanzada en la reciente Feria Internacional del Libro de La Habana -que me corresponden por figurar en su índice-, esperaba sorpresas gratas, porque conozco bien el mundo de los auténticos bibliotecarios y libreros, los de raza pura que aman la profesión de conservar y proteger el Conocimiento, y sé que son tan fértiles en imaginaciones como los mejores creadores. La vida que pasan en recintos silenciosos donde las ideas respiran más fuerte que los seres vivos los predispone a la introspección y, tal vez, a la meditación. Me ha parecido observar, que hasta desarrollan una personalidad un poco hermética, un poco misteriosa y casi siempre exquisita. Muchos de ellos escriben, algunos han sido grandes en el mundo infinito de la palabra, y se han llamado Jorge Luis Borges, argentino universal para todos los tiempos, o Esther Díaz Llanillo, la gran dama cubana del género fantástico. Muchos hay, pues por fortuna no solo las velas o las lámparas iluminan una biblioteca.

¿Quién se extrañaría de que el territorio donde aguarda el destino a todos los libros que en el mundo han sido, son y serán, se convierta en el tema central de una antología de relatos? La biblioteca encierra enigmas, misterios oscuros, sorpresas que hacen latir enloquecido el corazón de un visitante mientras deambula por sus estantes, como la tarde que encontré, en las bóvedas de la biblioteca de la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, un único ejemplar de poesía celta precristiana traducida al español, el único que he visto en mi vida, y pude leer, por fin los cantos mágicos, los cantos fúnebres, los cantos de amor y de guerra de una raza cuya cultura se apagó dejando tras de sí, como un último fulgor de estrella muerta, una estela de manuscritos iluminados que, copiados con esmero por los monjes cristianos, han conservado para nosotros los tesoros de una de las civilizaciones más bellas y majestuosas de la historia del mundo. O la mañana en que encontré en la Biblioteca Nacional los dos tomos gigantes de Historia de las sectas y las sociedades secretas, con el ex libris de don Fernando Ortiz…

Pero si alguien se extrañara de que un salón repleto de libros cubiertos por polvo viejo, ya sea biblioteca o librería, pueda convertirse en objeto de inspiración, sepa ese alguien que no solo los escritores escriben sobre las bibliotecas. El cine vuelve a esa temática una y otra vez, y para que así conste ante quienes dudan, digo que hay muchos filmes y series donde la biblioteca, la librería y sus ocupantes son materia de creación. Baste mencionar los mejores que hemos visto en Cuba: El club de los poetas muertos, basada en la novela homónima de Nancy Kleibaum; Las horas, basada en la novela homónima de Virginia Wolf; Notting Hill; La ladrona de libros, basada en la novela homónima de Marcus Kuzak;  La librería, basada en la novela homónina de Penélope Fitzgerald;  Matilda, basada en la novela homónima de Roald DahlComo se ve, la literatura no solo engendra literatura, sino también cine, y resulta imposible enumerar todas las pinturas en las que, a través de la historia del arte, aparecen bibliotecas, librerías, bibliotecarios y lectores ensimismados.

El dragón invisible no solo puede preciarse de ser una antología rara, e incluso, quizá, la primera, al menos en nuestra república de las letras, sino que es, además, una excelente recopilación de cuentos que encierra en sus páginas varias joyas literarias, empezando por el prólogo del escritor cubano Víctor Hugo Pérez Gallo, de quien volveré a hablar al final de esta reflexión. Del primer cuento, el celebérrimo relato borgiano La biblioteca de Babel, qué podría yo decir cuando ya se ha escrito tanto, salvo que sentó para siempre en la literatura hispanoamericana el tema de la biblioteca arquetípica, y mucho me he preguntado desde que leí ese texto por primera vez si  no lo habrán inspirado a Borges sus lecturas de Platón, el gran filósofo griego para quien la idea existirá siempre antes que su realización, pero que ya existe por el solo hecho de haber sido imaginada.

El dragón… no solo contiene una rica variedad de miradas, argumentos y estilos, sino que también permite apreciar la calidad y perfección del oficio con que escriben autores de mi generación como Alberto Guerra, Emerio Medina y Reinaldo Montero, y la sorprendente cultura humanística de algunos de los autores jóvenes presentes en la selección. Debo confesar que no acostumbro leer antologías en orden y en esta ocasión tampoco lo hice, por lo que el primer cuento con que di fue Páginas escritas y encontradas, del cubano Reinaldo Montero. Este relato, narrado en primera persona, ofrece al lector nada menos que una especulación sobre el contenido de las páginas perdidas del Diario de Campaña de José Martí. Se sabe que Martí las escribió inmediatamente después de su fatídica reunión con Gómez y Maceo en La Mejorana. Se sabe que los dos grandes Generales no compartían la idea de Martí, que fue también la del Camagüey liderado por Ignacio Agramonte, de construir en plena guerra un Gobierno civil al que se subordinara el estamento militar, y que Maceo se opuso ferozmente al deseo de Martí de viajar a la tierra natal de Agramonte para ponerse al frente de los restos de su caballería gloriosa destrozada en la Guerra de los Diez Años. Si bien Gómez y Martí eran los únicos guerreros partidarios en ese momento de la audaz empresa de la Invasión a Occidente, es probable que la idea de un Gobierno civil que los controlara les hiciera recordar con amargura el heroico, pero torpísimo desempeño de la Cámara de Representantes, que comenzó por cuestionar a Céspedes y terminó destituyéndolo apenas al comienzo de una guerra donde los cubanos eran poco menos que víctimas sacrificiales frente al poderoso ejército español. No querían que se repitiera aquella catástrofe que condujo a la derrota cubana diecisiete años antes, y su intención era buena, pero hirieron profundamente a Martí al pretender negarle su derecho a combatir como un soldado más por la independencia de Cuba, y relegarlo definitivamente a la tarea de recaudar dinero en el exilio y preparar discursos y expediciones. Nadie sabe qué pasó aquel día, porque el Diario, entregado a Gómez horas después de la muerte del Apóstol, fue mutilado y perdió esas páginas que desde entonces se han convertido en uno de los misterios más desesperantes de la historia de Cuba. Montero reconstruye lo que pudieron contener de amargura, desesperación y desgarramiento, tema sobre el que ya han hablado historiadores e investigadores cubanos y que yo analicé hace años en mi ensayo sobre los Versos Libres de Martí. Por conocer en profundidad la sensibilidad de Martí, sé que Montero captó con exactitud que da miedo lo que aquel hombre, vejado en lo más puro y grande de su amor patrio, tiene que haber sufrido y escrito en esas páginas, como si hubiera trazado cada letra con su sangre. Y aunque Montero no logra reproducir en la forma el estilo martiano a lo largo de todo el relato, hay momentos verdaderamente estremecedores en que el lector familiarizado con Martí siente que está escuchando la voz del muerto dolerse de su miseria. Pero no son estos los únicos valores de este cuento. Mientras lo leía percibí la tremenda vigencia que tienen esos lamentos, esa voz que creyó clamar en el desierto, que se pensaba a sí mismo como alguien que no encajaba en ninguna parte, un eterno expulsado a la soledad y la incomprensión de sus semejantes. El tiempo histórico agiganta la estatura de los héroes y Cuba pronto advirtió la grandeza de Martí, pero… ¿no se repite sin cesar en la historia humana el ostracismo de los puros que se adelantan a su época? La soledad del Homagno es una maldición de la que nadie escapa, como él mismo dijo en un verso: “Todo el que lleva luz/ se queda solo”. Este relato es un logro de impersonalización de una sensibilidad ajena por parte de su autor, y una muestra de que la fusión entre política y literatura no está condenada irremisiblemente al panfleto, sino que también puede cuajar en una obra de arte mayor.

El segundo cuento que leí fue Biblioteca, del también cubano Alberto Guerra Naranjo. Quienes estamos familiarizados con su escritura sabemos que es un creador de una sensibilidad muy honda, con una garra tremenda para clavar en los sentimientos más recónditos de sus personajes. Su prosa es elegante, siempre majestuosa y serena, pero al mismo tiempo Guerra se caracteriza por extraer del fruto más amargo el sarcasmo y la ironía más sutiles. Su cuento trata sobre la visita de un escritor, él, a la biblioteca del Centro Alejo Carpentier cuando esta se encontraba en La Habana Vieja (no sé si sigue estando allí), y quienes pasamos al menos una vez por la experiencia de una visita semejante recordamos muy bien lo difícil que podía ser (y siempre fue) tratar con Lilia Esteva, viuda de Carpentier, a quien nada parecía conmover y cuyo sentido de lo práctico y lo utilitario denotaba siempre en su porte la hechura de las orgullosas damas de la burguesía advenediza habanera. Yo misma confronté una experiencia semejante, que nunca he olvidado por lo desagradable y humillante que aquel encuentro fue para mí. El autor-personaje de Biblioteca, un hombre negro, es observado por la bibliotecaria todo el tiempo de su permanencia en el recinto como un posible ladrón de libros, para terminar asistiendo, al fin, al espectáculo de que el amigo de la bibliotecaria, un escritor blanco, es descubierto por el conserje llevando entre su ropa tres volúmenes robados de los sacrosantos anaqueles de la institución. Así expuesto, el argumento puede parecer simple, diáfano, una paradoja sin mayor trascendencia, pero el texto está matizado con elementos que solo un escritor con un enorme poder de observación y un espesor de pensamiento que impone, sería capaz de manejar. Cuando el negro, que  por solo serlo es mirado como un ladrón potencial, palidece ante el ladrón blanco descubierto, y a su vez palidece la bibliotecaria porque nunca ha visto frente a ella “un negro pálido”…; cuando el autor-personaje ya se marcha arrastrando su humilde bicicleta, y ve que desde el balcón del inmueble el espectro de Carpentier le dice adiós con un ejemplar de El siglo de las luces bajo el brazo y una sonrisa cómplice en los labios… De detalles como estos está salpicado el cuento de Alberto Guerra, quien demuestra en este texto, una vez más, su recia musculatura de escritor.

La mala suerte, de Emerio Medina, es un monumento al buen, al clásico arte de narrar que no puede dejarse una vez comenzada su lectura, y una pieza en verdad virtuosa que ilustra sobre esa facultad que tienen las palabras de mostrar sin obviedad discursos paralelos. Leyéndolo, recordé aquel concepto de Ezequiel Vieta, gran escritor hoy olvidado en nuestra literatura, aquel es-no es tan magistralmente manejado en su novela Pailock el prestidigitador, y que encierra la naturaleza proteica de todas las cosas, la facultad  de ser algo y su opuesto al mismo tiempo, y una tercera, su proyección: la posibilidad infinita. Mientras leía ese cuento de Emerio, confirmé una vez más que cuando el hombre no puede lamentarse abiertamente de sus desgarraduras, el canto en que las convierte, aún si es melodioso, puede tener una fuerza telúrica, porque aquella latencia que se mueve por debajo de la tierra es siempre más aterradora que lo que se deja ver a plena luz. No por gusto el Infierno, en todas las culturas de la Humanidad, es oscuro y subterráneo. Es un relato sembrado de claves. Parafraseando a Jesucristo digo: el que pueda descifrarlas, que oiga, y el que pueda entenderlas, que vea…

Víctor Hugo Pérez Gallo es un joven autor de la lejana Moa, la de la tierra roja. Aunque hace tiempo que somos amigos no he tenido acceso a sus últimas obras. Su novela Con el mar por el fondo sigue mirándome de lejos, burlándose de mis estériles esfuerzos por alcanzarla, así que Breve compendio de la existencia del Libro de los Pazyrik o libro de los Mineros, me provocó un estremecido y sincerísimo respiro de alivio. No solo porque es un apócrifo muy bien logrado, sino porque ese género, subgénero o como quieran clasificarlo los teóricos, no se encuentra casi nunca en la literatura cubana, siendo quienes lo han cultivado, como José Manuel Poveda y Luis Rogelio Nogueras, dos de nuestros pocos escritores “raros” en el sentido que dio al término su creador, el poeta nicaragüense Rubén Darío, fundador del modernismo. Pero Víctor, quien se inscribe por pleno derecho en la nómina de los raros cubanos, no lo es solamente porque crea apócrifos, sino, además, y yo diría que por encima de toda otra consideración, porque es un escritor culto, algo que los narradores y poetas de las últimas promociones han olvidado o desprecian por completo, confundiendo, tal vez, la grosura de un bagaje teórico apabullante y un afán de realismo más que manoseado con el don de la escritura. Ya Jorge Mañach, tenido como el único filósofo cubano, en su ensayo La crisis de la alta cultura en Cuba, leído en 1925 en la Sociedad Económica de Amigos del País, y que tantas loas mereció de su entonces Presidente don Fernando Ortíz, advertía: […] va desapareciendo entre nosotros el tipo del intelectual culto, enciclopédico, del hombre versado con alguna intensidad en múltiples ramas del saber”.  En verdad, la orfandad cultural de la literatura cubana duele. Los miembros del grupo Orígenes fueron la última comunidad de cultura humanística en la historia de la cultura cubana. Luego escritores aislados como Lezama, Carpentier, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz… Luego, intentos cada vez más aislados y más o menos afortunados, y luego hay que esperar hasta que en los años 90 aparezcan en la colección inaugural del Premio Pinos Nuevos los primeros textos de nuevos raros nuestros. Como si la realidad fuera un abismo comparable al que en la novela La historia interminable, del italiano Michael Ende, se va tragando todo el territorio del país de Fantasia, borrándolo del mapa de los imaginarios. El texto de Víctor  exhibe una riquísima muestra de referencias culturales que, tengo que decirlo, alegró mi espíritu porque me hace ver que, aunque algunos de nuestros poquísimos y más exquisitos raros se hayan extraviado en derroteros insustanciales y falsos, no todo está perdido y la débil antorcha que nosotros encendimos continuará siendo llevada, y no solo por Víctor, sino también por otros escritores aún más jóvenes que, aunque ya tienen obra, aún no han publicado en Cuba. De muchas de estas referencias pude identificar la fuente, pero de otras, lo confieso… tendré que esperar a que Víctor regrese de su fabulosa estancia en el país del Languedoc cátaro para que me las devele, porque como se dice en buen cubano, me dejó botada.

Hay otros apócrifos en El dragón invisible,  pero carecen del olor a  manuscrito miniado que tiene el texto de Víctor, aunque me parecieron de una ingeniosidad muy simpática y muy bien concebida.

La antología posee, en general, un nivel homogéneo de calidad, a pesar de algunos textos aún inmaduros que sus autores no logran desarrollar con coherencia por escaso dominio del oficio, y otros, muy pocos que, triste es decirlo, nos hacen asistir a la involución más que penosa de sus autores. En alguno se echa a ver demasiado el desenfreno verborreico en gran contraste con la falta de un pensamiento sólido que, como nervio fuerte, sustente las historias. Pero el saldo del éxito de cualquier empeño se mide por sus frutos, y este Dragón, aunque sea invisible, los tiene, y suculentos.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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