REFLEXIONES SOBRE EL CONCIERTO DE PABLO EN LA HABANA, EL PLURAL DE COBARDÍA Y EL VALOR DE LA IDENTIDAD CULTURAL DE UNA NACIÓN

Siempre he tenido la impresión (en muchos casos convicción) de que eso que se ha dado en llamar “plural de modestia” debería, en honor a la verdad, llamarse plural de cobardía. Y en estos días ciertos sucesos ocurridos en torno al concierto de Pablo me han reafirmado en mi creencia.

Tengo en mi cuenta de Facebook escritores, artistas de la plástica, editores, poetas, amigos de los muchos años y personas a quienes no conozco pero son brillantes. Lo pienso mucho para aceptar peticiones de amistad, así que no sé “de qué callada manera” se me adentró en mi lista de amigos una señora que dice ser poeta y publica sus malos versos acompañándolos de un perfil falso donde aparece como una preciosa joven, que no es, y los adorna con fotos, costumbre que ningún poeta verdadero adopta, porque la buena poesía no necesita de la imagen para fortalecerse. No imagino a Martí poniendo una foto de Carolina Otero en traje de gitana, con mantón de flecos, castañuelas y peineta de plata para ilustrar La bailarina española. Pero bueno, parece… que para muchos está de moda la cursilería intelectual.

El caso es que esa señora, días antes del concierto de Pablo y cuando las redes estaban exaltadas por las 300 entradas vendidas a un público que llevaba muchas horas esperando, en un teatro de 2 500 localidades como es el Carlos Marx, y se alzaba unánime el clamor para que el concierto fuera celebrado en la Plaza de la Revolución o en algún espacio abierto con entrada libre,  publicó en su muro una diatriba donde exigía que Pablo no cantara en ningún sitio de Cuba, porque su presencia en la isla en estos momentos  era “una provocación”, y que al enemigo no había que concederle “ni un tantico así”. Todos saben que esta es una expresión del Ché.

No me pude contener y le respondí. Pablo es uno de los más representativos artistas cubanos, y si el Gobierno de Cuba no ha encontrado motivos para impedir su entrada al país, es porque no existen esos motivos. Pablo es un artista amado por el pueblo de Cuba, y no digo que todos tengan que gustar de su música, pero la abrumadora mayoría de los cubanos sí gustamos de ella, no solo porque para muchos de nosotros los fundadores de La Nueva Trova y sus canciones son parte inseparable de nuestras vidas, sino porque los cubanos sabemos reconocer dónde hay un gran músico y Pablo es uno muy, muy grande. Pablo es amado por los cubanos porque les habla en un idioma sencillo, entrañable, sobre sentimientos, sobre ética, sobre la pasión del amor, y le agradecemos que jamás haya prostituido su música ni sus letras rebajándolas a utilizar, para vender en el mercado, expresiones chocantes ni falsamente eróticas. Pablo siempre elegante, siempre fino, siempre profundamente sensible, humano. Le recordé a la señora que aunque su propia “poesía” es realmente mala, nadie en Facebook se opone a que la publique, tiene muchos seguidores y a lo mejor hasta alguna editorial le ha publicado un libro. No lo sé, porque hasta aquel día yo  no la conocía. Y como la señora, sin ninguna gallardía, quiso acreditar sus opiniones retrógradas y extremistas preguntándome si yo no había visto en las redes los montones de cubanos (fantasmas) que se oponían a que Pablo cantara, actitud que se llama usar el número como recurso para ganar discusiones cuando no hay mejores argumentos, le pedí que no se erigiera en vox populi, expresión latina que significa voz del pueblo o popular. La expresión latina completa es Vox populi vox Dei (Voz del pueblo es voz de Dios). Le dije que yo había publicado una entrevista a Cintio Vitier sobre el músico hispano-cubano Julián Orbón, uno de los más grandes compositores sinfónicos de Hispanoamérica y creador de la idea de unir música y letra para crear La Guantanamera, nuestro segundo himno nacional, entrevista a la que titulé La música inocente”, y fue Cintio quien me enseñó que por extremistas y miedosos como ella, Carpentier omitió de su libro La música en Cuba el capítulo que debió escribir sobre Orbón, quien compuso en nuestro país la mayor parte de su obra, con lo que nuestra cultura perdió para siempre la oportunidad de ostentar esa joya artística de valor inestimable que es la obra de Orbón.

Y aquí es donde entra ese falso plural de modestia, ese nosotros creemos, nosotros queremos, nosotros exigimos, etc., cuando no se trata más que de unos cuantos individuos (probablemente solo uno) quienes usan ese plural para crear impresión de número avasallador, porque no se atreven a hablar en su único y propio nombre, en especial cuando lo que están diciendo va en contra de la opinión de un país. Ese es el plural de cobardía. La modestia es una virtud que desgraciadamente la señora en cuestión no posee, como ninguno de los que aplican esos métodos sucios para ganar discusiones, como el de acusarme de “ser una confundida o que se deja confundir”. No lo soy. Los diez mil espectadores que acudieron al concierto de Pablo al aire libre son una respuesta definitiva para esta señora extremista u oportunista, pues cualquiera de las dos pueden ser sus motivaciones. Yo no necesito demostrarle nada. No siempre nobleza obliga.

Nadie con verdadera DIGNIDAD, virtud que José Martí siempre quiso que los cubanos cultiváramos, debería usar un plural de cobardía para acreditar sus ideas. Nadie debe esconderse detrás de otros, reales o fantasmáticos, para expresar su sentir. Se tiene un criterio o no se tiene, se piensa con la propia cabeza, no con la del  “número”. Lo que yo digo no tiene valor por ser lo que dicen otros, sino por ser aquello en lo que creo y soy capaz de defender con argumentos sinceros, inteligentes y válidos. Y con todo mi coraje.

Esa señora que no conoce a  Orbón y me temo que también ignora la existencia de Orígenes  -¿me pregunto si sabrá un poco de latín…?-, no tuvo el valor de dejar mi respuesta a la vista de sus seguidores en Facebook, y corrió veloz como una centella a borrar de su muro mis palabras, anunciándome de inmediato y muy oronda: “La he bloqueado y bien bloqueada”, algo que me divirtió mucho. A esta señora que propone al público natural de Pablo que execre al artista en aras de no sé qué deducciones deformes y argumentos distorsionados y tontos, yo le recuerdo que arengar a un pueblo para que olvide sus raíces más recónditas y todo aquello que forma parte de su identidad cultural, puede que no sea un delito oficialmente castigado por la Ley, pero es una traición al sentimiento de nación. Mi consejo para esta señora que dice formar parte de algo que no conoce, la cultura, es que lea el comentario del periodista Pedro de la Hoz publicado en Granma, y también lea una entrevista que acabo de encontrar en internet a una de nuestras más célebres cantantes y compositoras, Míriam Ramos, y se fije muy especialmente en el párrafo final:

Actualmente existen muchas posibilidades de estudiar y dar a la cultura la importancia que tiene, un artista inculto es una paradoja insostenible; usted no puede hacer cultura siendo inculto, […] si no crece como ser humano, no crece como artista.

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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