Entrevistas a Gina Picart

 

 

La literatura cubana es la meta

Salvador Salazar Navarro • La Habana

 ¿Ciencia ficción, fantasía, literatura gótica…, o una creadora original?, se pregunta la profesora y ensayista Beatriz Maggi acerca de la obra de la narradora Gina Picart Baluja. Lo cierto es que esta autora, recientemente distinguida con el Premio Alejo Carpentier por su libro de cuentos Oil on canvas, logra engrandecer nuestra literatura desde un acercamiento a temas universales. Su obra ha sido reconocida en múltiples certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales. Entre ellos destaca el Premio David por La poza del ángel, libro de cuentos que vio la luz en 1994, y la primera mención del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Licenciada en Periodismo, habanera de un Luyanó profundo y pintoresco, accedió a conversar acerca de su producción literaria y de su más reciente premio, el cual le fue entregado como parte de las actividades de la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana.  

Como Salgari, Gina Picart escribe a golpe de imaginación y profundas investigaciones bibliográficas. Sus obras, pobladas de mitología céltica y otras culturas paganas, nos conducen a un mundo al que no nos tiene acostumbrada la literatura contemporánea que se hace en la Isla. 

Sin saber cómo, nuestra charla comenzó por El perfume, de Patrick Süskind, obra por la cual se siente muy atraída: 

“Estoy investigando para una novela que pienso escribir y donde el tema del perfume es muy importante, porque la historia se desarrolla en Alejandría de Egipto, en el siglo V, entre las capas altas de la población. Allí  el perfume era un elemento importantísimo; las casas donde se fabricaba, las técnicas, la materia prima que se utilizaba, todo eso me llevó a interesarme en el asunto. Como ya tenía por antecedente la novela de Süskind, me involucré mucho en eso. Es un libro  increíble.” 

Desde 1990 los premios literarios han tocado a su puerta. Ahora se trata del Alejo Carpentier. ¿Se siente ya a gusto con esta forma de reconocimiento y publicación?

Me había acostumbrado a perder casi siempre. Sé que muchas personas albergan cierta expectativa con lo que siente un escritor cuando gana un premio, sobre todo uno tan importante como el Carpentier, porque Alejo es uno de lo más grandes escritores que ha habido en Cuba, en el Caribe, un grande de la literatura universal. Es mi escritor cubano preferido, junto con Martí Y Dulce María Loynaz. Durante muchos años estuve atraída por la posibilidad de  ganar este premio que lleva su nombre. Yo concursaba siempre, y puede que la gente piense que un escritor, cuando al fin logra un premio largamente anhelado siente una especie de eclosión emocional. En mi caso no ha sido así. La experiencia demoró mucho y llegó después de que todas las personas para quienes yo hubiera querido ganarlo y ofrendárselo están muertas: mi familia está muerta, solo quedamos mi hija y yo. Este premio es para ella, todo lo que hago es para ella. Me entristece muchísimo que mis padres no lo vieran. Ellos soñaban con un momento en que yo tuviera una consagración como escritora; se esforzaron, se sacrificaron todo el tiempo, y me duele mucho que no les alcanzara la vida para presenciarlo. Esto, quizá, sea anómalo, pero en mi caso no me ha dejado disfrutar nada. ¿La alegría de ser al fin un Premio Carpentier…? No: lamentablemente yo no he tenido esa experiencia. 

¿Hasta qué punto ganar un premio es convencer a un jurado? ¿Para quién escribimos?

Los jurados se convierten, al menos por unos días, en personas sumamente importantes, porque tienen en sus manos la conformación del canon de una literatura nacional. Tienen mucha responsabilidad, aunque rara vez parecen estar plenamente conscientes de eso. No quisiera jamás, con respecto a ningún tema en la vida, crear  la impresión de que pretendo sentar cátedra con lo que digo. No me interesa eso. Simplemente soy una persona que tiene opiniones, y si le preguntan las dice. Pero sé que muchos escritores llegan a estar tan obsedidos por el deseo de ganar un determinado premio, que comienzan a aplicar técnicas que pudiéramos llamar de “marketing de jurados”. Yo nunca lo he hecho. Al contrario, diría que he escrito y he concursado casi “contra” jurados. No puedo escribir para complacer a otros, no puedo plegarme a eso, porque yo escribo por vocación. Me gusta ganar premios, por supuesto, sobre todo porque dan una tranquilidad económica que no la obtienes de otra manera en el mundo de la literatura, pero no puedo pensar en eso, ni pienso en eso cuando estoy escribiendo. Escribo por otras motivaciones. El pensamiento práctico viene después, cuando ya la obra está terminada. 

Estamos acostumbrados a escuchar que el escritor tiene una responsabilidad social, altruista; sin embargo, se trabaja también por razones de índole económica. Admiré la sinceridad de sus palabras en una entrevista publicada en Granma, donde afirmaba: “Debo concursar aunque no quiera: trato de asegurar la economía de mi familia con lo único que me gusta hacer y hago mejor”. ¿Cómo mantener el equilibrio entre la responsabilidad social y las urgencias cotidianas?

Si se refiere a un conflicto entre la responsabilidad social del arte y el mercado como fuente de economía para el artista…, pues no veo ninguna contradicción insalvable. La responsabilidad social puede estar, o no, presente en las intenciones de un escritor de manera consciente cuando escribe. Pero si no está, de todas maneras los escritores, los artistas, y todo el que hace algo para el resto del mundo que no sea su propia persona, contrae inevitablemente una responsabilidad social. Pero eso no tiene que incidir para nada en la mayor o menor calidad del producto artístico que la persona crea. El arte no está obligado a abaratarse en nombre de la responsabilidad social. 

En cuanto al mercado… el arte y el mercado guardan, inevitablemente, una estrecha relación, aunque algunos volteen la cabeza con disgusto cuando se habla de esto. El trueque y la raza humana nacieron juntos. El arte, en definitiva, es una mercancía de trueque también, pero es mercancía del espíritu, no hay que confundir. Por mi parte, aspiro a tener una carrera literaria satisfactoria, a ganarme cuantos premios pueda, a dejar una huella en la literatura cubana, a escribir libros importantes porque sean leídos y ayuden a la gente a ser mejor de lo que es, pero sin bajar la calidad literaria ni mermar mi responsabilidad social.  

Hasta ahora he tenido mucha más suerte en el mercado del libro que en el mercado de los premios. Ninguna editorial me cerró nunca una puerta, y bueno, a veces los textos se demoran en salir por disímiles razones. Pero desde que presenté mi primer libro al Premio David en 1990, hasta hoy, nunca he visto un título mío rechazado, y todos mis libros se agotan con bastante rapidez. He escrito lo que he querido, he publicado todo, con una calidad estable, creo. Sin hacer concesiones de mercado ni de ningún tipo. Y con absoluta conciencia de lo que debo a la sociedad y a la Humanidad. 

¿Cuál es su público meta?

Temible pregunta, porque quisiera decir, —y creer—, que escribo para todo el mundo. Pero cuando estudias marketing, esta  es una de las primeras cosas que te enseñan: crear un producto para todo el mundo es una fórmula totalmente ideal: no se hace nada para todo el mundo, hay segmentos a los que se dirige lo que uno produce. Entonces ¿qué te diría…? Quisiera que me leyera la mayor cantidad posible de personas, pero estoy consciente de que una parte de mi literatura no será consumida por un público mayoritario, porque está enfocada hacia territorios muy puntuales de la cultura; tiene intenciones muy específicas y, por lo tanto, a mucha gente no le interesa, o pueden adquirir el libro y hacer una lectura que los satisfaga, pero solo una, y no estoy hablando de leer el libro más de una vez, sino de niveles de lectura. Un lector puede hacer la lectura más evidente de un texto, y perder toda posibilidad de ir más allá por no tener un grado más profundo de accesibilidad al lenguaje, a determinados elementos conceptuales, filosóficos….  

Sé que hay un tipo de lector que se lleva muy bien con ciertos textos míos, lo acabé de comprobar cuando publiqué Malevolgia. Las personas que se han acercado a mí para hablarme de esa obra y me han demostrado haber comprendido todos sus sentidos (y todos sus secretos), tienen, casi todas, un patrón común: son de un nivel cultural muy elevado, fundamentalmente artistas plásticos, poetas,  cineastas y religiosos, que poseen, además de una cultura artística, una cultura mística, esotérica; han hecho lecturas semejantes a las mías, tienen una formación semejante, aunque sean de diferentes edades. Malevolgia es un texto que escapa a la comprensión general, ya me he dado cuenta de eso. En parte porque está basado en códigos y referentes que la población cubana ya no tiene, como por ejemplo, la existencia de las ferias de diversiones. Si estas personas no se hubieran acercado a mí, yo incluso habría tenido un momento de depresión donde llegara a creer que Malevolgia era incomprensible, o que es un libro mal escrito. Pero estos lectores me han hecho recordar que hay libros y libros, y públicos y públicos. Pretender que un libro pueda ser para todos los públicos parece que no funciona. Entonces no puedo decir que tengo un lector meta, más bien los lectores encuentran el libro, y así yo encuentro a mis lectores. Ese sería un mecanismo natural, supongo. 

Es usted una de las escritoras que comienza a publicar en los años más difíciles del período especial, sin embargo, es uno de los pocos autores de esa generación que no trata en su obra la cotidianidad cubana.

Pagué mi tributo a la actualidad nacional, entre otras razones, por un acto de soberbia intelectual. Hice un libro, La ciudad de los muertos, con el que me propuse demostrar que era capaz de escribir sobre la Cuba de hoy, siempre dentro de mi estilo y con mis características. De modo que sí lo he hecho; lo que pasa es que en una producción que va a contar, cuando se publique este Premio Carpentier de cuento, con ocho libros publicados, hay uno solo dedicado a la actualidad nacional. Por una evidente cuestión numérica, no soy una autora del realismo isleño de esta época. 

El período especial se anunció en el 89, pero en el momento en que presenté mi primer libro, La poza del ángel, a aquel Premio David de 1990, todavía no estábamos abiertamente en una crisis. Además, todos los cuentos de ese libro habían sido escritos en un período de 10 años anteriores a la fecha, por lo tanto, no podía aparecer en sus páginas el período especial.  

Hay aún otra razón: no escribí sobre esa época porque yo no escribí durante el período especial. Estaba ocupada en asuntos muy personales y dejé de hacer literatura. Yo no me creía una escritora entonces. A pesar de los tres premios que obtuvo La poza del ángel, no tenía confianza en mí y ni siquiera estaba segura de tener talento para llegar a serlo. Regresé a la narrativa siete años después de haber escrito ese libro porque Mirta Yáñez hizo su antología Estatuas de sal en 1996, y tres años después alguien me trajo la noticia de que la editorial UNIÓN me estaba localizando para pagarme unos derechos de autor. Fue como si Mirta me hubiera rescatado de entre los muertos. Sin Mirta y su célebre —y excelente— antología, quizá no hubiera escrito nunca más. 

Alberto Garrandés afirma que usted es “la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos desde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales”. ¿Qué la impele a indagar en estas cosmovisiones?

Me atrae mucho la historia, de cualquier lugar y tiempo: Viejo Mundo, Nuevo Mundo, Oriente, Occidente. He sido desde muy niña una consumidora voraz de todo tipo de libros de historia. Ahí he encontrado algunos de mis imaginarios más entrañables. Así descubrí la cultura celta, que es tan exótica, tan extraña, tan poco parecida a todo lo que uno conoce, tan fuerte, tan poderosa, tan abrumadoramente maravillosa. Sucumbí ante ella. Quizá eso se deba a que tengo lejana sangre irlandesa. Desciendo de una mujer que vino a Cuba cuando la construcción del ferrocarril Habana-Güines, que fue el primer tramo del ferrocarril que se construyó en la Isla. Se hizo con mano de obra irlandesa y canaria, y ahí vino esta persona de la cual yo desciendo. No sé exactamente quién fue, nadie la recuerda con claridad, ni los más ancianos de mi familia. Pero sí existe entre nosotros la tradición de que ella era una mujer de Irlanda. Su nombre era Lill. Tengo que decir, más o menos, como Pursewarden, el personaje de El cuarteto de Alejandría, la novela de Dürrell: “Benditos sean los irlandeses, canarios, libaneses, catalanes y franceses que escupieron en mi sangre”. También me fascina la Edad Media, porque produjo una raza de hombres que, a pesar de albergar las dudas de conciencia más atroces, creyó en todo y fue capaz de todo. Época de titanes, la Edad Media fue una aventura espiritual única en la historia de la Humanidad. Comparados con ellos, nosotros, la gente del ordenador, somos enanos  absolutamente despojados de epicidad. 

El jurado decidió premiar su volumen de cuentos, Oil on canvas, por la originalidad de los argumentos y los logros del lenguaje. ¿Nos podría comentar qué se propuso con estas historias?

Primero quisiera agradecer públicamente al jurado que premió este libro, a dos de cuyos miembros todavía no he podido conocer personalmente. Estoy segura de que fue un juicio imparcial. Coincidió en ese jurado una cosa muy singular: allí estaba María Elena Llana, que es una escritora con gran parte de su obra ubicada en el género fantástico, pero con otra parte no menos significativa en el territorio de lo gótico y lo raro. Allí estuvo Carlos Esquivel, un narrador y poeta de Las Tunas, quien también es un escritor muy raro en cuanto a su universo literario, y Emmanuel Tornés, un editor de gusto muy refinado y una orientación cultural muy peculiar. Parece que esa fue la gran suerte del libro: encontrar un jurado que pudo comprenderlo y apreciarlo. Sinceramente, lo considero un milagro. 

En Oil on canvas yo intenté crear vasos comunicantes entre escritura e imagen, dos lenguajes raigalmente diferentes, puesto que pertenecen cada uno a un hemisferio cerebral. Algo así como una transustanciación entre signo e imagen. Cada cuento es una técnica pictórica. Allí está el relato que obtuvo en 2007 la primera mención del Cortázar, El príncipe de los lirios, basado en un óleo sobre lienzo de la pintora Tamara Lempicka, y por eso es que el libro se llama Oil on canvas, en español Oleo sobre lienzo.  

Hay otras técnicas representadas; por ejemplo, el cuento titulado Areté para Vlad de Rais, ya sabe, una mezcla de Vlad Tepes (Drácula), y Gilles de Rais, el compañero de armas de Juana de Arco, quien tras la muerte de La Doncella se entregó a las fuerzas del Mal y asesinó a centenares de niños en su sombrío castillo medieval. Ese cuento está inspirado en una serigrafía de Zaida del Río que me obsequiaron cuando obtuve el Premio Wichy Nogueras de Ensayo en 2005. Es una serigrafía del Arcángel Gabriel, y  todo el cuento está construido sobre esa técnica. 

Hay también un cuento, El nombre de la fosa,  inspirado en la novela de Eco El nombre de la rosa y en los marginalia de los códices medievales. Los marginalia eran pequeños dibujos que los monjes iluminadores medievales hacían en los márgenes de los libros que ilustraban, para divertirse y entretenerse, ya que las páginas centrales a color eran el compromiso serio del iluminador. Estos jóvenes monjes padecían hambre y frío en los scriptoria de las abadías, y el trabajo físico que realizaban para ilustrar era muy duro y agotador. Su desahogo, y al mismo tiempo su pequeña venganza, eran estos dibujitos jocosos, grotescos, delirantes y burlones, que hoy resultan un testimonio muy revelador del estado de sus almas. 

Quise, además, tratar en serio el apasionante tema medieval de la iluminación de códices, y lo hice en el último relato del libro, Apocalipsis paloma sobre nieve, escrito en un intento casi obsesivo de traducir a la letra las imágenes de un auténtico códice medieval, el Apocalipsis de Juan. La verdad es que siempre me ha obsesionado el sacerdocio y la vida de clausura de los monasterios y conventos, vida dedicada al estudio y al conocimiento, vida que alguna vez quise para mí. 

Oil on canvas, me temo, es un libro de catarsis y exorcismos. Es una obra que yo escribí después de las más terribles experiencias que he vivido, la muerte de mis padres y muchas cosas espantosas que me pasaron en menos de un año. Aunque no hable nada de eso en el libro, me doy cuenta de que ese dolor, muy profundo, está detrás de cada sílaba, especialmente en el primer cuento, Ventana frente al mar. Sin embargo, encuentro que es una obra a la que no le falta cierta luz; incluso El nombre de la fosa, a pesar de todas mis penas, llegó a divertirme mucho mientras lo reescribía. 

No son textos donde existan cambios formales. No me atrae hacer literatura experimental, no me seduce. Pienso que la estructura de la mente humana es lineal, o sea, el hombre actual sigue percibiendo el mundo de una manera secuencial, como cuando escuchaba las historias de los bardos junto a las hogueras, y lo experimental es la búsqueda para “decir” de una forma diferente. Eso está muy bien, no lo cuestiono, pero no me seduce en lo absoluto… hasta ahora. Tengo 51 años, espero seguir escribiendo, y quién sabe qué me va a pasar dentro de un par de libros más. A lo mejor me vuelvo una escritora experimental, pero no es mi proyecto. A mí me basta con contar una historia de una manera hermosa.

¿Cuáles son sus rutinas de trabajo?

Mi existencia no se parece en nada a la que yo hubiese querido llevar. Quisiera haber vivido como una monja de clausura, como Sor Juana Inés, para consagrarme completamente a estudiar y a escribir; pero en mí siempre fue muy fuerte el deseo de maternidad, y construí una familia. Desgraciadamente velar por ella ha sido un trabajo muy arduo, muy difícil y muy triste. He tenido que entregar mi vida a ese empeño, y la literatura… no es que haya quedado desplazada, porque la literatura representa mucho para mí, pero se me ha dificultado bastante. Cuando ha habido épocas de paz dentro de mi familia, me levanto muy temprano y escribo desde las cuatro, cinco de la mañana, hasta casi la media noche, parando solo para comer. Duermo muy poco, pero sueño muchísimo. Tengo una actividad onírica desgraciadamente muy molesta, pero muy rica, y la suelo usar para escribir. Cuando estoy en un período de búsquedas, investigo por las tardes y escribo por las mañanas; prefiero escribir en invierno, el calor me molesta mucho, porque mi habitación es muy pequeña y cerrada.  

Me motivan el otoño y el invierno. Es verdad que las estaciones en Cuba prácticamente no se diferencian, pero siempre hay señales que el ojo atento y el alma pueden percibir. Por ejemplo, la bandada de aves que desde niña, y en ciertas épocas del año, veo aparecer sobre mi casa, entre las nubes, a una hora que es clave para mí: la sadia, la hora de cinco a siete, la caída de la tarde. Los atardeceres son como cuerdas que vibran dentro de mí con mucha fuerza. Para mí esa es la hora de la poesía; a veces pienso que en ese momento del día se abren puertas muy misteriosas y se establecen intercambios entre el espíritu y las fuerzas de la naturaleza. Y está también el olor de las últimas noches del año, el olor de las Navidades, de una frescura compuesta de frío y fulgor de estrellas. Son días mágicos, encantados. Pero, en realidad, escribo constantemente, aunque no sea con las manos, aunque sea con el pensamiento, jamás dejo de hacerlo. 

¿Qué significación tiene recibir este premio en la Feria del Libro de La Habana?

Adoro La Cabaña, y no solo porque es un lugar supremamente hermoso a pesar de su pasado tan siniestro, sino porque la Feria es el momento en que el escritor cubano mejor se da cuenta de que no es una entelequia dentro de un closet, sino un ente vivo, importante para los demás. Uno ve que la gente desea leer y que guardan su dinero todo el año para ir. Cuando tú estás entrando en La Cabaña durante la Feria y la gente viene saliendo de allí, tú los ves felices porque llevan aquellos montones de libros entre los brazos. Tú sientes entonces que lo que haces es importante, que no eres una voz que clama en el desierto, sino que estás hablando para mucha gente que quizá no compre tu obra, pero compra el libro de otro, que al final es igual. Al final se trata de la literatura cubana, que es en lo que uno como escritor debe pensar, por encima de los intereses personales, por encima de la hostigante necesidad económica, por encima de las miserias humanas y de las mezquindades, a las que, desgraciadamente, algunos de nosotros somos tan enfermizamente adictos; por encima de todo eso, el escritor tiene que tener siempre presente que la meta final para la que hay que trabajar, es eso que se llama la literatura cubana, la cual no acabará cuando el escritor muera, porque ya existía antes de él existir, y seguirá ahí, y es una obra magna a la que cada uno aporta lo suyo mientras está de paso por la vida. Te vas, vienen otros, cogen la antorcha que tú sostuviste un tramo del camino, y siguen adelante cargando con ella, llevando la luz hasta donde pueden. La literatura es la meta, es el altar en el que todos los escritores deberíamos colocar nuestras ofrendas con la mayor humildad y el mayor deseo de servir. Sé que esto puede sonar a cándido idealismo, y que algún cínico se reirá con ganas, pero no me importa. Yo lo siento así.  

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Gina Picart, Premio de cuento Alejo   Carpentier en su edición del 2008

viernes, 06/02/2009

 Esta escritora confiesa sin tapujos que el “Alejo Carpentier” fue un premio que siempre deseó, y que obtuvo en el 2008 con “Oil on Canvas”, una colección de 5 fabulosos relatos que podrá ser adquirida por el público cubano en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana.

     Conocida también por su desempeño como periodista, Gina conversó con CND sobre su singular relación con la literatura.

¿Cómo fue el tránsito de las Artes Plásticas a la literatura?

    -Creo que ambas cosas vinieron juntas. Me gustaba tanto pintar como contar cuentos, pero descubrí que no tenía talento para la pintura. Luego estudié periodismo, cine, cursé cuatro años de filología, fui correctora, editora, crítica; me gradué de instructora de arte…

 ¿Esa pasión por las artes plásticas y el cine influyeron en su modo de escribir?

    -Sin duda, mis cuentos son cinematográficos, y darían muy buenos guiones porque exploto las técnicas cinematográficas. Yo sueño con ver mi cuento “Al final de la niebla” convertido en un filme.

¿Qué patrones sigue Gina cuando escribe, cómo decidir cuándo cuento y cuándo novela?

    -Jamás he creído en decálogos ni normas. Creo solamente en la fuerza de la creación y en que tenga algo que decir. Cuando un creador está trabajando no puede estar pensando en la técnica, porque crear es como entrar en trance. Yo soy una escritora intuitiva y compulsiva. La historia sale como la siento, y por lo general, mientras estoy escribiendo vivo mis personajes, soy uno de ellos. Mi cuento “La poza del ángel”, Premio David 1990 era una página de un libro de Samuel Feijóo donde se hablaba de una anciana esclava negra que curaba con agua. Lo hice en un día y nunca lo corregí, está tal cual lo hice. Otras veces he hecho hasta 40 versiones y he demorado años en dar por terminado un relato. Así me sucedió con “Caín en las entrañas de la noche”, escrito para  mi primer libro, pero publicado siete años después en El druida, mi segundo libro.

¿Qué ha sido para ti obtener el Premio Alejo Carpentier de cuento?

 -En primer lugar, es el más importante premio literario que se da en Cuba. Me costó mucho trabajo, lo perdí varias veces, pero ahora se dio una coincidencia que en otros tiempos se llamaba milagro. Coincidieron en el jurado tres escritores que tienen afinidad con mi poética y mi manera de ver el mundo. Y yo siempre quise el premio porque te lanza, te da jerarquía, estatus, y yo quería ese status para mí. Además, Carpentier es uno de mis escritores cubanos preferidos. Yo admiro lo que hace con el lenguaje, es muy cinematográfico, un hombre que hacía guiones para el ballet, que es el sumum de la dramaturgia, su lenguaje es tridimensional.

    En mi última noveleta, Serata di gala, fui fusionando la novela El acoso de Carpentier, seguí su estructura, utilizando las descripciones, haciendo un rejuego con su relato y el mío. Precisamente, para la edición del Premio en el 2009 estoy compitiendo con una novela donde hago el mismo rejuego, pero con un poema de Lezama.

Para Gina, los cuatro puntales de las letras cubanas son Martí, Lezama, Carpentier y Dulce María Loynaz, por quien siente una gran devoción. De hecho, otra de sus aventuras literarias será con Jardín.

-Me tienta competir con Carpentier y Dulce María. Con Martí ni lo intento. Y cuando hago esto aprendo mucho más de ellos, cosa que con sólo leerlos no hubiera podido. (Tomado de la revista Caribbean News digital)

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Los “raros” lo saben todo

Por María Luisa García Moreno

 La imaginaba como la etérea dama de la cubierta de su libro Oil on canvas. Sin embargo, Gina Picart es una mujer que tiene muy bien colocados los pies sobre la tierra, que sabe lo que quiere y por qué lo quiere. Muy interesada por la lectura de sus últimos cuentos, me acerqué a ella para conversar acerca de sus creaciones.

     Por lo que pude ver en el programa de la Feria, este año presentas El reino de la noche, Oil on canvas y, además, está tu cuento “Serata di Gala o Luna Piena (1925)” en Entre los poros y las estrellas. Selección de cuentos cubanos.  Supongo que eso te haga sentir realizada…

    Estaré también en la Feria en dos de las antologías de la colección preparada por la editorial Letras Cubanas en homenaje al cincuenta aniversario de la Revolución. El 2008 ha sido un año importante para mi carrera de escritora, lo mismo que esta Feria. Pero, más que realizada, lo que siento es como si tras una horrorosa carrera de desgaste, hubiera llegado a una encrucijada donde me puedo detener y dejar de jadear, y quizá hasta perder de vista por un rato la jauría que me ha estado mordiendo los talones. Pero es solo un hito. Sé muy bien que la carrera continúa y, si bien en lo adelante puede que ya no tenga que correr con la misma intensidad, lo que falta no será menos cruel. Acabo de tener pruebas de eso… ¿Realizada? Siempre me he preguntado si uno puede declararse realizado si no se siente colmado en los aspectos más importantes de la vida. En cierta entrevista que respondí hace tiempo dije que mi vida personal era sombría, y eso no ha cambiado. No, yo no me siento realizada. Incluso ahora, cuando estoy viviendo ciertas experiencias muy personales y realmente hermosas, casi trascendentes, lo miro todo con mucha desconfianza, casi sin fe, y esto es muy triste. No tengo que ir muy hasta el fondo de mi alma para saber que algunas cosas no cambian nunca. Y cuando digo nunca, por supuesto que estoy pensando en la medida de una vida humana, la mía. Yo creo en otras vidas (nunca lo he ocultado), pero esta es la que tengo ahora, esta es de la que soy consciente, y me hubiera gustado disfrutarla a plenitud, tal como se merece el mejor de los vinos, y no a sorbos brevísimos, como he tenido que hacer.

     Ese cuento que aparece en Entre los poros… es extraordinario y es quizás el único que no se refiere a la contemporaneidad en Cuba. ¿Pudieras referirte a tus motivaciones y expectativas con ese relato?

    Desde que la leí a los doce años de edad me interesó vivamente la novela El acoso, de Alejo Carpentier. En aquel entonces sentí mucha pena por ese muchacho que vivía su odisea personal sin una compañera a su lado, que huía y moría en la más absoluta soledad como el más miserable de los perros, y supongo que esa sensación se me quedó dentro… Un día descubrí a Catalina Lasa, uno de los encuentros más trascendentales de mi vida. Años después, en mi primer viaje a México, la figura de Mella creció mucho dentro de mí; estuve muchas veces al pie de su casa, sintiendo la fuerza del pasado, extática ante el balcón donde él y Tina solían contemplar la noche envueltos en el temible frío de Mazatlán. Y vaya usted a saber qué alquimia juntó  en mi cabeza a esos dos personajes sobre el fondo de La Habana de El acoso. Pero, por ética, hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y Dios es, en “Serata di gala”, Alejo Carpentier, y es bueno que quienes lean esas páginas firmadas por Gina Picart no olviden nunca que una parte de esa prosa pertenece a Alejo y que yo solo hice un trabajo de intertextualidad. No era posible bajar la prosa de Alejo al nivel de la mía; por lo tanto, el reto fue elevar la mía hasta las alturas de la suya. Y recé muchísimo para que no se vieran las costuras, las cuatro manos dentro del relato. Si algún mérito me cupiera como autora de “Serata di gala” sería, única y exclusivamente, el grado en que lo hubiera conseguido. Y desde luego, no se puede obviar lo que haya influido en la calidad del cuento la imantación de Catalina Lasa. Esta mujer, a casi ochenta años de su muerte, aún sigue reinando en el imaginario de Cuba como lo hizo en vida, desafiante y cubierta con todas sus joyas, solo que ahora reina desde el fondo de un túmulo funerario. Si alguien lo duda, no soy yo.

     Creo que pecas de excesiva modestia. Ningún trabajo de intertextualidad resulta tan fácil y, en verdad, el cuento alcanza una excepcional calidad. Pero dejemos que sea el público lector quien diga la última palabra al respecto…

En cierto sentido, en ese y otros cuentos tuyos que he leído, como “Apocalipsis paloma sobre nieve”, de Oil on canvas, siento en ti una predilección por la creación de ambientes… ¿Es así?

    Sí, es así. Lograr la  sensorialidad es sumamente importante para cualquier escritor, pero mucho más si tiene una poética del tipo de la mía o la de Alejo, Dulce, Eliseo, Garrandés, cierta zona de la obra de María Elena Llana, porque la clase de escritor a la que pertenezco trabaja con una materia que pertenece más al reino de lo intangible, y hay que ser un equilibrista para que la obra no sea recibida por el lector como una superchería… Por ejemplo, en la literatura fantástica hay códigos y convenciones establecidos que condicionan la aceptación de los lectores, pero los “raros” estamos en un territorio aún brumoso, frontera indefinida donde las cosas no son tan nítidas, sino muy inquietantes… Supongo que para lograr atmósferas me ayudan mucho la pintora y la escultora que alientan en mí, y el infinito interés que siempre tengo por la Historia y la Antropología. Pero no sería honesta si digo que solo a esas cosas se deben las atmósferas de mis cuentos, de mis novelas, de mi periodismo. Yo utilizo otros recursos para crearlas, entre ellos el estudio profundo no solo de las épocas y los lugares, sino de detalles como la textura de un tejido, la nota de una fragancia, el timbre de una voz, la diferencia entre los sonidos del viento en dependencia de en qué tipo de paisaje se esté produciendo ese viento, las calidades de la luz, las resonancias de un eco… Jamás le pongo un vestido a ninguno de mis personajes si antes no fui capaz de sentir entre mis dedos el roce de ese tejido específico y de saber exactamente cómo sentían ellos ese tejido sobre sus cuerpos, e incluso cómo fue fabricado, con qué materiales, con qué herramientas. Ninguno de mis personajes, de cualquier época y lugar que sean, pisa una hierba si yo antes no pasé por ahí, vi la hierba, me acerqué a mirarla, la olí,  la toqué, la sentí… Es complejo profundizar en este tema. Solo te aseguro que jamás, pero jamás, escribiría sobre lo que no conozco.

     Sin embargo, pienso que tal predilección exige del escritor un profundísimo estudio y conocimiento… ¿Cómo te preparas para ese proceso creador?

Estudio mucho y perdí la cuenta de las muchas veces que he pasado hambre para comprar un libro. Mis abuelos me enseñaron a leer y escribir antes de que yo entrara a un prescolar. A los siete años, mi abuelo —hombre singularísimo, periodista y notable poeta modernista que nunca quiso ser conocido— me dijo que había llegado el momento de comenzar mi educación literaria en serio —hasta entonces yo solo había leído cuentos de hadas—, y me dio, de su biblioteca, el Quijote, la Biblia y el Petit Larousse. Él sabía —no sé cómo— que yo sería escritora, y se encargó de mi iniciación dándome esos libros. Fue un hombre muy sabio.

    Desde entonces, nunca he dejado de estudiar, de investigar… Acumulo toda la información posible, porque sobre ciertos temas, viviendo en Cuba, hay que aceptar que jamás se conocerá todo lo necesario, pero yo lo intento hasta la última posibilidad. A mayor información reunida, más opciones tiene siempre un escritor.

Después que ya tengo armado el escenario me instalo en él para sentirlo, y tengo mis propias técnicas para hacerlo… Entiendo perfectamente cómo escribió Jardín Dulce María Loynaz. Confieso que he aprendido mucho estudiando a otros escritores. Pero a veces hay mucho que ya sabía y no podría explicar cómo. Hay cierta clase de conocimiento del que unos individuos disponen y otros no. A unos les llega, a otros jamás. Es así.

     Pero lo que más necesita un escritor es concentrarse, hay que renunciar a muchas cosas: vida social, bienes materiales, diversiones… La literatura es un sacerdocio. O es, tal vez, como aspirar a ser el amante perfecto: o te entregas en cuerpo y alma o no lo haces, porque con menos no vale la pena.

     Dice la nota de Oil on canvas que la crítica te ubica entre “los escritores que se desmarcan del canon literario tradicional”. ¿Qué representa para ti tal opinión de la crítica especializada?

    Ser considerada una “rara” dentro de nuestras letras es para mí un enorme alivio; primero, porque espero que los etiquetadores compulsivos se queden satisfechos y dejen de colocarme en gavetas que poco tienen que ver conmigo y, segundo, porque parece que me he ganado un minúsculo espacio en cierto grupo de escritores cubanos —los “raros”—, entre los cuales, para mucha honra mía, se encuentran las mejores plumas de esta isla. Si algún día logro pasar a la posteridad, lo haré sentada a los pies de Martí, Dulce María, Alejo, Lezama, Eliseo, Poveda… Ellos inmensos, como los colosos de Abu Simbel y yo a su sombra, apenas una manchita, una partícula de polvo en sus zapatos, pero en la categoría que me corresponde.

     Ya hace varios días que tienes la antología Entre los poros… en tu poder. ¿Puedes adelantar algún criterio sobre ella?

Emmanuel Tornés es un intelectual muy riguroso y con una formación teórica solidísima, se puede confiar en la seriedad de su trabajo. Su antología resulta muy necesaria, pues actuará como una pieza coral de carácter testimonial para mostrar a la posteridad cómo era visto el amor en la Cuba de estos tiempos contado por distintas generaciones de escritores. Este tipo de trabajo tiene mucho en común con la antropología social y con la arqueología. Será una referencia muy útil no solo para los lectores, sino para especialistas actuales y futuros.

    Aunque todavía no termino de leerla, puedo decir que me han impresionado hasta ahora dos cuentos: “Amor a los cincuenta”, de Julio Travieso, y “Bos Taurus”, de Alberto Guerra. El primero por su extraordinaria sensibilidad humana, su absoluta y desarmante sinceridad y desolación. Ese cuento me hizo llorar y yo no soy de lágrimas, quienes me conocen lo saben. “Bos Taurus” es un alarde de maestría en el oficio, un relato envidiable, escandalosamente perfecto, un asombroso ejemplo de asimilación total de las esencias y actitudes vitales de otra cultura; una obra de esas que a uno le hacen decir medio despechado: “¡Yo querría haber escrito ese cuento!”.

     Has obtenido diversos reconocimientos a lo largo de tu carrera como escritora; pero el “Alejo Carpentier” es un premio de muy alto vuelo. ¿Te hace sentir que has llegado a la cima de tus potencialidades o esperas más?

    No quisiera parecer ingenua, insensata o pretenciosa…, pero todavía espero más. En esta o en las próximas vidas, las quince mil vidas del caminante. Wichy Nogueras sabía demasiado. Otro “raro”, por supuesto. Los “raros” lo saben todo.

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 Entrevista con Gina Picart

Cada cual cumpla como mejor pueda
con su oficio de hombre

Farah Gómez • La Habana
Foto: La Jiribilla

 Hace pocos días se hizo entrega del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar que se otorga cada año y que concede, además de un Premio, una Primer Mención y otras menciones. En esta ocasión, el jurado, integrado por los escritores Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y Cira Romero, seleccionó como Primera Mención del certamen el cuento “El príncipe de los lirios” de la escritora cubana Gina Picart que al decir de uno de los miembros del jurado, “posee una soberanía lingüística envidiable y despliega un erotismo atmosférico de gran empaque. Tiene los trazos y los colores de Klimt y la “melancolía” de la mirada cultural puesta al servicio del cuerpo”. 

     Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana, Gina Picart comienza su carrera oficial como escritora con la publicación de su ópera prima La poza del Ángel, libro de relatos con el que obtuvo el Premio David de Ciencia Ficción en 1990. Con este mismo volumen obtiene posteriormente los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998. 

     Sus relatos han aparecido fundamentalmente en antologías de narrativa femenina cubana, aunque con escasa presencia en recopilaciones temáticas y generacionales, debido a que sus narraciones no pueden clasificarse siempre dentro de un género definido. Ha incursionado también dentro de la crítica literaria y el ensayo. En el 2006, obtuvo el premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras con su libro La poética del signo como voluntad y representación, un estudio de hermenéutica simbólica sobre la narrativa de su compañero generacional Alberto Garrandés. 

     El cuento galardonado en esta ocasión, forma parte del libro El reino de la noche, integrado por seis noveletas sobre la vida de mujeres reales e imaginarias de diferentes épocas y lugares, entre ellas Elizabeth Siddal, la musa de los pintores prerrafaelitas, y la poeta irlandesa del siglo VII Liadam de Corkaguiney. 

     Con la autora tenemos el placer de conversar a propósito de este premio.

     Usted ha obtenido en su carrera autoral varios premios literarios: entre otros pueden citarse el Premio David de Ciencia Ficción 1990, Premio Pinos Nuevos 1993, Mención Luis Rogelio Nogueras 1998, Mención UNEAC de Novela 2003 y ahora la primera Mención del Cortázar. Para usted como escritora, ¿qué importancia tienen estos certámenes y particularmente qué representa haber obtenido esta Mención Cortázar 2007?

La historia del arte ha demostrado que los premios no significan mucho. Son peldaños en una carrera y ocasiones para ganar dinero con lo que a uno le gusta hacer. Dan prestigio social y editorial, abren puertas, pero no garantizan la verdadera trascendencia ni la grandeza de un creador, y mucho menos protegen contra el olvido. A veces los ganan escritores que realmente merecen ese calificativo, pero de cualquier modo un premio es una fulguración momentánea. En lo que a mí se refiere, mis experiencias con los concursos han sido especialmente amargas. Trato de no pensar en qué han significado los escasos premios y las muchas menciones y finalismos que he obtenido, ni las circunstancias en que han tenido lugar. Todo ello me resulta más bien triste. Prefiero pensar en lo que escribo y en lo que planeo escribir. Mi trabajo me da ánimo. Sin embargo, hay un premio que me proporcionó verdadero placer: el Luis Rogelio Nogueras de Ensayo de 2005. Lo gané con La poética del signo como voluntad y representación, un pequeño acercamiento a una parte de la obra narrativa de Alberto Garrandés. La escritura de esos textos fue un aprendizaje muy intenso y revelador. El Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar es un premio que he intentado ganar varias veces. Me apena no haber podido obtenerlo tampoco en esta ocasión, porque me hubiera gustado llevarlo a los pies de Catalina Lasa, la protagonista de “El príncipe de los lirios”. Catalina es un personaje singularísimo y archiconocido de la historia de Cuba y una obsesión constante para mí. Si desde donde está puede ver y oír, supongo que ante esta mención, por muy primera que sea, ella debe de estar torciendo la boca. Era una dama muy orgullosa y no me perdonará que la haya removido en su tumba si no fue para darle el máximo galardón, como cuando quedaba reina absoluta en los concursos de belleza habaneros de los felices años veinte. 

Esta mención que recién obtuvo lleva el nombre de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo especial Gina Picart con el narrador Julio Cortázar?

Julio Cortázar fue una persona admirable en todo sentido. Cuando pienso en él siempre recuerdo aquella frase —creo que de Michel de Montaigne—:“Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre”. Cortázar es un ejemplo muy certero de ese cumplimiento. Los intelectuales argentinos me asustan un poco y no lo puedo evitar. Son monstruos enciclopédicos, humanistas redivivos, poseen una materia mental fraguada en el abrevadero de las más grandes culturas de la Humanidad. Cortázar, como Borges, Sábato, Macedonio, Mujica Laínez y tantos otros de su país, tuvo un pensamiento y una curiosidad voraces, apuntó en todas direcciones; hasta el budismo estuvo en la mira de su más profunda atención de vida. Algunos escritores a quienes rindo un culto especial se han convertido en personajes de mis cuentos. Cortázar es uno de ellos. Aparece, junto con Borges y Poe, en mi relato “El nombre de la fosa”, aún inédito. Jamás lo conocí personalmente, pero tengo la sospecha de que, de algún modo, era cándido. Para mucha gente eso tal vez sea un defecto imperdonable, pero para mí es una cualidad hermosa, algo así como el último vestigio de la naturaleza angélica que, tal vez, cada uno de nosotros poseyó en el comienzo. 

De usted dijo el escritor Alberto Garrandés en una ocasión que es “la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos donde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales (las más conocidas y las más oscuras) se transforman en ficción y en personajes”. ¿Siente usted especial inclinación por la ciencia ficción o el mundo de la fantasía?

Mi primer libro, La poza del ángel, tenía algunos textos de ciencia ficción y otros fantásticos. Dos miembros del jurado del David de Ciencia Ficción de 1990 decidieron premiarlo porque le encontraron calidad estilística y un modo novedoso de abordar el género, o al menos eso escribieron en el acta de premiación. El tercer miembro no estuvo de acuerdo porque aquello que yo había escrito decididamente no le olía a ciencia ficción, sino a otra cosa que no podía definir con precisión. Nunca me atrajeron las disquisiciones científicas en que tanto gusta regodearse ese género. Siempre me interesaron mucho más la emocionalidad, las concepciones filosóficas y las cosmovisiones de ciertos autores, Bradbury sobre todo. Pero eso fue solo una etapa, la primera. Los escritores tienen etapas, como las tienen los pintores y los músicos y todos los artistas. Son momentos del tránsito espiritual de cada individuo. Nadie es uno y el mismo para siempre, mucho menos los artistas verdaderos, quienes viven en una indagación y una introspección perpetuas. Ya no he escrito más ciencia ficción y no sé si vuelva a intentarlo algún día. Es un género con convenciones demasiado estrictas y en su universo me siento como dentro de una camisa de fuerza. Pero si alguna obra de ciencia ficción está bien escrita, es literatura y la leo con placer. Los cuentos de Bradbury aún ejercen sobre mí la misma fascinación que cuando los leí por primera vez. Le sigo siendo fiel. Solo para quienes abordan la ciencia ficción de este modo puede convertirse en una materia muy proteica. Pero es cuestión de sensibilidad. Eso no significa que yo renuncie al género ni a sus potencialidades. Si tengo que entrar a saco en él para crear una escenografía o una atmósfera, como hice en Caín en las entrañas de la noche, lo hago. Lo hice y lo volvería a hacer si fuera preciso. Soy una escritora muy oportunista. 

¿De qué autores pudiera decir que tiene influencias? O ¿Cuáles pudiera citar como preferidos y por qué?

He leído tanto y saqueado tanto que ya no sabría decir quiénes me han influido, quizá porque las marcas más profundas que haya en mí no sean precisamente de escritores, sino de filósofos, humanistas, magos, religiosos, teólogos… Pero me impresionan mucho las métricas y ritmos de la poesía antigua: Homero, los versículos bíblicos, El libro de los muertos, el Popol vuh, el Mahabarata, las canciones de los trovadores provenzales… Shakespeare ha sido decisivo. Los clásicos griegos, romanos y grecohelénicos. Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Virginia Wolf, Lawrence Durrell, Robert Graves, Borges, Sábato. El nouveau roman y toda la literatura francesa. El decadentismo, por ejemplo, es una aventura espiritual interesantísima. Y alguna poesía. En mi panteón literario no hay muchas figuras de primera magnitud. Tengo predilección por autores que hoy ya nadie recuerda y que incluso en su época no fueron considerados como grandes de la literatura, como Pierre Loti y Roger Peyrefit. Y por otra parte, no siempre a uno le gusta toda la obra de un escritor. De Dürrell, por ejemplo, solo me gusta El cuarteto de Alejandría. Entre los escritores cubanos han sido importantes para mí Martí, Carpentier, Eliseo Diego, Collazo, Vieta, Garrandés… Hubo un tiempo en que leí mucho a Dostoievsky y Tolstoi. Hay un libro bellísimo, muy raro, exquisito, Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta. Fue uno de mis textos de cabecera desde que lo compré hasta que pasó a manos de personas inescrupulosas y malvadas, como muchos de mis mejores libros. Y Libro de los venenos, del español Antonio Gamoneda… Pero las preferencias no dependen solo del gusto, sino de momentos en la vida, de estados de conciencia, de expectativas, y todo eso es muy fluctuante. 

¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el momento en que se encuentra y sus vertientes principales?

No soy la persona más apropiada para hacer una valoración del cuento cubano hoy, porque la crítica literaria que hago no es sistemática como en el caso de Garrandés, Jorge Fornet, Zaida Capote… No sigo de cerca el trabajo de los autores nacionales. Ya tengo una edad en la que uno sabe que no dispone de todo el futuro en la cuenta del banco, sino que ha usado (¿y perdido?) más de la mitad del capital de tiempo que trajo a este mundo, así que me limito a leer solo lo que me interesa y puede serme útil en mis investigaciones para escribir. Y como lo que yo escribo exige mucha investigación, no me queda casi tiempo para leer por placer. También me agota bastante la búsqueda de las bibliografías muy específicas que necesito para hacer mis obras. Estoy muy ocupada con mi trabajo. No obstante, me parece que en la literatura cubana actual, como en todas partes y en toda época, se corre siempre el riesgo de tener que enfrentar —y el reto de saber reconocer— un fenómeno no por reiterado menos curioso, que consiste en una especie de habilidad mimética para imitar la verdadera luz del intelecto, el verdadero don de creación. Hay quien la despliega en mayor medida y quien casi no lo consigue, pero lo sorprendente es que a pesar de ello muchas de tales personas navegan exitosamente en las aguas mansas del arte nacional, y no se van a pique por más que publiquen textos cada vez peores. Pero si tuviera que dar mi opinión personal, diría que, en general, el panorama del cuento cubano parece variado y, hasta donde yo sé, cuenta con algunos escritores significativos, ya con una obra muy sólida y muy digna de respeto, como Garrandés, Riverón, y Ena Lucía Portela, tres de los autores que han creado corpus escriturales más originales, coherentes y homogéneos —que no es la generalidad entre nosotros, porque abundan las trayectorias muy desiguales—, y no sigo mencionando nombres para no pecar de ignorante o injusta (en realidad soy desmemoriada). Los 90 fueron muy preocupantes, pero afortunadamente los superamos y ahora hay escritores que ya no están coqueteando con la crónica periodística de inmediatez, sino que están interpretando nuestra realidad desde ángulos muy interesantes y bastante más profundos de lo que éramos capaces de hacer 15 años atrás. Desde luego, una literatura nacional no se vuelve espléndida ni reconocida solo porque cuente con autores verdaderamente importantes. También deberían jugar su papel los sistemas de promoción (entre los cuales se incluyen instituciones, editoriales, jurados de concursos, librerías, críticos, prensa y otros), los cuales, lamentablemente, suelen ser algo miopes a la hora de respaldar y promocionar escritores y obras. Sucede en todas partes, pero entre nosotros resulta especialmente incordiante, porque mientras en otros lugares admiten esto con una sonrisa elegante y te invocan razones de mercado ¡y hasta económicas!, nosotros desplegamos esfuerzos hercúleos para no admitirlo. Cuando se violenta la verdad —ya sea por incapacidad profesional, amiguismos o cualquier otro tipo de intereses— solo se obtienen frutos empobrecidos. Lamentablemente es así, pero todo lo que se puede hacer es tener paciencia y esperar a que algún día alguien se dé cuenta. Y seguir trabajando. Para un escritor solo cuenta escribir con la mayor sinceridad posible y desde lo más hondo del alma; así ha sido siempre y eso nada ni nadie lo puede cambiar. Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre.

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Gina Picart, “como en un parto de verdad”

Por Olga Lidia Pérez

Desde 1994, cuando publicó su primera obra, La poza del ángel (Ediciones UNIÓN), un libro de cuentos con el cual había obtenido el premio David de ciencia ficción en 1990, Gina Picart ha sabido –y logrado— sostener un aliento que la distingue en la literatura cubana contemporánea.

Sus títulos son aguardados por el público y se agotan con prontitud. Los críticos alaban su dominio en el uso del lenguaje —“que en ella el lenguaje se perfila como un componente que puede poseer tanto de rito como la más simbólica de las escenas”, afirma Rogelio Riverón—, el excelente manejo de las técnicas narrativas o el intenso dibujo psicológico de sus personajes, pero no logran ‘clasificarla’.

Y aunque asevera que “la historia del arte ha demostrado que los premios no significan mucho…” y que sus “experiencias con los concursos han sido especialmente amargas”, ha conquistado importantes galardones nacionales como el premio de Ensayo Luis Rogelio Nogueras 2005 con La poética del signo como voluntad y representación, y el Alejo Carpentier 2008 en la categoría de Cuento, con Oil on canvas, libro donde, al decir del jurado “sobresale la originalidad del tema por el tratamiento de lo erótico, el sentido plástico enunciado en el título, la atmósfera de temporalidad no exenta de un toque de violencia característico de lo contemporáneo”.

Graduada de la Escuela Nacional de Asesores de Arte primero, y licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana después, Gina Picart (La Habana, 1956), narradora, ensayista, crítica literaria, periodista, investigadora y guionista de cine, radio y televisión, ha publicado ocho libros –entre ellos, La poza del ángel (Ediciones UNIÓN, 1994), El druida (Editorial Extramuros, 2000), Malevolgia (Editorial Letras Cubanas, 2005), La poética del signo como voluntad y representación (Editorial Extramuros, 2006), La ciudad de los muertos (Editorial Oriente, 2007), Historias celtas (Editorial Extramuros, 2007), Oil on canvas (Editorial Letras Cubanas, 2008) y El reino de la noche (Ediciones UNIÓN, 2008)— y su obra forma parte de al menos nueve antologías.

—El reino de la noche, libro finalista del Premio Carpentier de cuento 2003, acaba de publicarse por Ediciones UNIÓN. Es tu octavo título. De él se afirma que se trata de “un libro notable tanto por su muy eficaz manejo de las técnicas narrativas a la hora de crear atmósferas de suspenso y mantener en vilo a los lectores desde la primera página hasta la última, como por la erudición que revela y por la elegancia de su prosa…”. ¿Cuánto de nuevo hay en esta entrega, cuánto de continuidad respecto de modos, estilos y temas que te han caracterizado?

—Creo que no siempre el propio autor es capaz de percibir las diferencias estilísticas entre un libro y otro dentro de su obra, y difícilmente tendrá la misma apreciación de los críticos, la misma mirada. Es mi primer libro totalmente de género. Es, entre mis libros de cuentos, tal vez el de mayor unidad temática, algo que todavía se valora, en mi criterio, desmesuradamente. Se puede ver por ahí jurados discutiendo sobre si un libro merece o no un premio en atención a si existe un hilo conductor evidente entre sus historias, si los cuentos tienen que ver unos con otros y esas cosas. Conflicto del tipo de cuántos ángeles pueden pararse en la cabeza de un alfiler. Para mí lo que habría que mirar técnicamente en un libro de cuentos, por encima de todo, es si tiene calidad homogénea, si hay un equilibrio en la factura y peso específico de todos los relatos. Creo también que una buena dramaturgia interna vale mucho más en un libro que otras consideraciones que, al final, tienen menos resonancia. Hay en este libro un relato, Serata di gala, donde hice no mi primer trabajo intertextual, porque eso siempre lo he practicado, pero sí el más atrevido y ambicioso, que fue fundir mi prosa con la de Alejo Carpentier y rezar para que no se vieran las costuras. En cuanto a estilo, no creo que existan diferencias sustanciales entre este libro y los anteriores. Yo nunca me propongo nada conscientemente, porque sé que las cosas toman su propia forma. Siempre tengo muy presente en mi memoria aquellas frases de Isadora Duncan sobre la danza, cuando ella dijo que los bailarines creían que se bailaba con la columna vertebral, los brazos y las piernas, y que por eso en la mayoría de ellos los resultados eran una total semejanza con marionetas. Ella dijo que la danza nace del alma, que hay que bailar con el corazón. Escribir, me parece, es lo mismo. Todo nace del misterioso centro del alma, esa frase sublime que Harold Gramatges me dijo en una entrevista que le hice hace años.

En los seis relatos que integran El reino de la noche son seis mujeres sus protagonistas. Mujeres de épocas y sitios diferentes, con historias diferentes también. Ficticias unas, reales otras, impactantes todas. ¿Qué las une para agruparse en este todo conmovedor? ¿Por qué mujeres?

—Porque yo soy mujer y femenino es mi universo. Las fronteras de los géneros no se pueden transgredir, aunque se puedan transgredir las del sexo. La Diosa, el arquetipo de lo femenino, está en mi sangre. Y el tema que las une y por el cual elegí a las reales y creé a las imaginadas es el de la guerra de los sexos, ese combate terrible que nunca terminará, y donde la mujer sale vencedora o vencida, pero siempre desgarrada. He vivido en mi propia carne la irreconciliabilidad entre el hombre y la mujer, solo comparable a su complementariedad en tanto dupla en que se manifiesta Lo Uno. Es una paradoja espeluznante que siempre llamó mucho mi atención: cómo se puede amar y al mismo tiempo destruir lo que se ama, o ser destruido por quien nos ama. La temible, irracional potencia destructiva del amor, o de cualquier sentimiento que tome consistencia tras su máscara.

—Has afirmado en otros momentos que te identificas sobre todo con la sinceridad de la entrega, de la creación, de la escritura, y con la emoción que se logre alcanzar y transmitir. Para llegar a ambas se necesita recorrer un largo camino de lecturas, investigación, estudios de individuos, circunstancias, épocas, y luego de apropiación. ¿Cuánto te identificas con tus personajes y cuánto te desgarras escribiendo sus historias?

—Me identifico absolutamente con todos mis personajes, ya sean hombres o mujeres. Puedo sentir lo que ellos sienten, saber lo que saben y sufrir lo que sufren. Hay tanto de mí misma en la decisión inquebrantable del druida Ainle como en la defensa apasionada del libre albedrío de Eude, la monja iluminadora de códices de Apocalipsis paloma sobre nieve, el relato que cierra el libro con el que obtuve el premio de cuento Alejo Carpentier, o como en la tristeza y la depresión de Elizabeth Siddal, el amor a la libertad y la entrega al Arte de Liadam de Corkney, la ingenua confianza de Marita Merková, la sed de justicia del padre Mauro, la necesidad suicida de autoconocimiento de Adán B., en fin… Esto tiene un precio altísimo para un escritor: desgarra y consume, aniquila. Tal vez algún día me mate. Podría suceder. Y sería una hermosa muerte para un creador: morir dando vida a sus criaturas, como en un parto de verdad.

—¿En qué nuevos proyectos se sumerge ahora Gina Picart? ¿Hay libros terminados que aguardan su aparición?

—Tengo dos novelas inéditas, El viaje del pez oscuro y La casa del alibi, mi obra más extensa, escrita en colaboración con Chely Lima, mi amiga y una creadora a la que admiro y reverencio; un libro de crónicas sobre La Habana colonial y republicana, y un libro de entrevistas a personalidades de la cultura cubana. Pero creo que voy a recesar, porque quisiera preparar mi doctorado. Además, la escritura de La casa del alibi fue tan desgarradora que no me será fácil reponerme pronto.

—¿Cuánto incide la periodista que eres en la narradora?

—Yo solo tengo bendiciones para el periodismo. Todos los grandes escritores lo han practicado alguna vez. Entre los cubanos Casal, Martí, Carpentier, Lezama, Dulce María Loynaz y muchísimos otros. Allá los que se sientan perjudicados. Yo no puedo imaginar mi vida y mi literatura sin el periodismo. No el reporterismo ni el periodismo de opinión, porque esos nunca he podido ni podré hacerlos como quisiera, sino el periodismo literario y de investigación. La tinta de una rotativa, el olor del plomo, la textura de los tipos, el ambiente singularísimo de la redacción de un diario o la cabina de una emisora radial, esa expectativa que te hace vibrar, sentirte vivo y actuante…, eso lo llevo en la sangre por genética, porque yo provengo de una familia donde ha habido varios periodistas, mi abuelo lo fue. Además, el periodismo, como exige tanta rapidez y certera agudeza en la mirada para captar y descifrar ambientes y situaciones, te desarrolla mucho la percepción holística del mundo, y eso no será todo lo que un escritor necesita, pero sin eso, un escritor no es nada.

 (Tomado de Habanaenlinea, página digital de la emisora Radio Ciudad de La Habana).

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Mi destino es la invisibilidad

Oscar Ferrer , 15 de junio de 2007

Gina Picart, (La Habana, 1956), es considerada por algunos críticos entre los raros de la literatura cubana. Su debut con La poza del ángel, último premio David de ciencia ficción que cerró en 1990 la recepción de este género en dicho certamen, hizo que se la tomara por una autora de esta temática. Tras la publicación de su segundo libro, El druida (Extramuros, 2000), pasó a ser clasificada como una cultivadora del género fantástico, etiqueta que, sin embargo, no parecía suficiente para caracterizar sus textos. Su primera novela, Malevolgia, lanzada por Letras Cubanas en 2006, acabó de desconcertar a lectores y críticos. Creadora de una obra extensa ya, que escapa definitivamente a cualquier posibilidad de definición y abarca cada día un mayor espectro temático, Gina Picart parece encontrarse en su mejor momento creativo. A comienzos de 2007, en la Feria del Libro de La Habana, lanzó sus dos últimos títulos publicados, La ciudad de los muertos (cuentos cubanos) y La poética del signo como voluntad y representación (premio Luis Rogelio Nogueras 2005 de ensayo), y estaba anunciada, también en ese mismo espacio, la presentación de sus Historias celtas por la editorial Extramuros. En estos momentos se encuentra en arte final, en la editorial UNIÓN, su libro de noveletas sobre mujeres El reino de la noche.

¿Por qué se apartó de sus temáticas habituales en La ciudad de los muertos?

Estaba cansada de que alguna gente pensara que yo no puedo escribir más que de lo que había escrito hasta ahora. Yo siempre he creído que un escritor tiene que ser capaz de tratar cualquier tema. Horacio Quiroga, a quien tantos y tantos tienen por paradigma del realismo latinoamericano, escribió cuentos de temática histórica tan excelentes como sus textos realistas que hoy son modélicos en casi todos los talleres literarios y en todos los manuales que dicen servir para fabricar escritores. Pero yo sabía que podía escribir un libro sobre la realidad actual de Cuba. Lo difícil eran los temas, porque no quería escribir sobre balseros ni jineteras. Recordé que años atrás había tenido una vivencia muy mortificante como periodista, una noche en que quise grabar jazz para un monográfico radial. En aquella ocasión, y aun con mi credencial de prensa, yo fui virtualmente expulsada del club nocturno habanero La zorra y el cuervo por no poseer divisa con qué pagar mi entrada en ese magnífico emporio del jazz cubano. En esa época descargué mi frustración en unas notas pergeñadas al desgaire, para sacarme la rabia de encima, pero pasaban los días y el malestar y la humillación no se me salían del pecho. Cuando se presentó esta ocasión las busqué y me pareció que había allí materia para un cuento; así nació “JazzCuba”. Tiempo atrás la editora Dulce María Sotolongo me había pedido un cuento de tema lésbico para su antología Nosotras dos, que tiene en proyecto sobre ese tópico. Aunque nunca había escrito sobre homoerotismo, y menos aún sobre lesbianismo, pensé que podría ser un proyecto tanto o más exitoso que Té con limón, y me interesó participar en él. Años atrás yo había conocido un matrimonio en el que los arquetipos estaban muy cambiados: la muchacha era fuerte y salvaje, hosca y bella, mientras que el varón era delgado y lánguido, y aunque pude percibir que se amaban, me resultó evidente que ella era la reina del ganado en aquella pareja singular. Pasó el tiempo y los olvidé, pero entonces, ante la necesidad de encontrar argumentos para un cuento sáfico, volvieron a mi memoria, mezclados, vaya usted a saber por qué, con la imagen de otra persona real que también me había impresionado profundamente. Creo que en menos de una hora ya había armado Miel de ciruelo. Hay mucho de verídico en ese cuento; lo que sí pertenece por entero al reino de la ficción es la relación que se da dentro del texto entre esta pareja distorsionada y el personaje de la escritora famosa. Sé que algunas personas han creído ver en esta historia una posición personal mía hostil al lesbianismo, lo que obedece, en realidad, a una lectura errónea. Yo pienso, y no me he ocultado jamás para decirlo, que los homosexuales, en tanto se comporten como miembros útiles de una sociedad y respeten leyes y normas de convivencia, como están obligados a hacerlo todos los ciudadanos sin distinción de edad, raza ni credo, son personas exactamente iguales a todas las demás en deberes y derechos, y tienen que ser totalmente respetadas y consideradas. Cuestionar su lugar o su moral debería estar severamente penado por la Constitución de todos los países. Lamento si algunos lectores se han confundido, pero es problema de su capacidad para la exégesis. No mío.

¿También es real el protagonista de “Monsieur de París”?
   
“Monsieur de París” nació de mi larga y estrecha vecindad con el solar de La Margarita, en Santos Suárez, donde conocí a Marcos, un hombre parecido a un personaje de novela. Cada domingo me despertaban al amanecer sus discursos de un rarísimo cariz entre filosófico y místico. En especial, su discurso sobre la relatividad del tiempo no lo he olvidado jamás, y un fragmento breve de él lo reproduje en este relato. Otro de mis vecinos, un hombre que perteneció a la guerrilla del Che, y otro más que peleó bajo las órdenes de Raúl en la Sierra Maestra, se consustanciaron mediante esa alquimia que impone todo proceso auténticamente creador, para formar el personaje que es Henry Leclerc, el ex militar enfermo y delirante que protagoniza  dicha historia. El físico de Henry lo robé a un vendedor de limones que literalmente me asaltó, aunque con mucha dignidad, una tarde en medio de la calzada del Cerro. Jamás supe su nombre. El afán de conocer París fue el gran sueño de mi madre, y el libro París vista desde el aire pertenece a un ingeniero amigo de mi familia. Dominique es la protagonista de una novela mía inédita, El cementerio marino. Carpentier me prestó El reino de este mundo para fabricar la ficción de la reencarnación de Henry durante la construcción de la ciudadela La Ferriere. “Monsieur de París” fue un cuento que se escribió como salido de un salero, un pimentero, un azucarero…, en fin, una amalgama de muchos elementos  que se mezclaron como en una coctelera. Por lo que he oído decir, parece que el resultado final ha sido convincente, porque todos me preguntan lo mismo que usted.

¿Podría considerarse La ciudad de los muertos un punto de giro en su narrativa?

La decisión de escribir sobre Cuba y de narrar casi todos los cuentos en primera persona abrió la espita a la catarsis de un modo que me ha resultado enteramente nuevo, pues el uso reiterado de esta voz narrativa se suma en este libro al hecho de que, por primera vez, yo cuento historias del país y el tiempo donde habito, y escribo desde la perspectiva de personas que conozco, sobre sus vidas y lo que sé de ellas. Esto tuvo un costo que he debido pagar, y es la transformación del lenguaje. Traté de mantener mi estilo anterior, pero los cambios se impusieron por sí mismos y mi voluntad no consiguió frenar el proceso. Era inevitable, supongo. No se puede escribir sobre Angola como se escribe sobre un druida irlandés o una sacerdotisa griega.

¿Seguirá escribiendo sobre Cuba?

Tengo una novela inédita, El viaje del pez oscuro, también de tema cubano, y quiero escribir su segunda parte, que será una historia muy divertida sobre tesoros piratas escondidos. Será una saga con los mismos personajes. Y trabajo en mi novela sobre Catalina Lasa, La piel fugaz. Hice también un libro de periodismo literario y de investigación donde exploré muchos tópicos relacionados con la cultura, la historia y el arte de La Habana colonial y republicana. Después tengo otros proyectos que no tocan el terruño.

¿Hasta qué punto un autor tiene derecho a reproducir personajes reales?

La verdad es que hay límites. Pero creo que el límite primero es la intención con que proceda el autor. Me opongo de manera radical a que eso se haga con propósitos perversos para ridiculizar o desacreditar a alguien que existe en la vida real y que, de acuerdo con los datos aportados por el autor en cuestión, se vuelva perfectamente identificable. Nadie tiene derecho a utilizar la literatura  de un modo poco ético, para divulgar chismes mal intencionados o secretos íntimos de otras personas y lesionar definitivamente su moral, reputación o imagen pública. Desde luego, también existe la posibilidad de que un autor tome como modelo de su obra a una persona real que tenga rasgos muy específicos, y luego le añada otros totalmente ficcionales, y la involucre en una historia que no existe más que en su imaginación creadora. Entonces puede ocurrir que algunos lectores reconozcan al personaje que sirvió de modelo al escritor y comiencen a pensar que la historia narrada es verídica. Esto, en ciertas circunstancias y contextos, podría resultar escabroso, pero es una licencia que tiene un autor en tanto creador de ficciones. En el primer caso, el autor incurre en una figura claramente tipificada como delictuosa; en el segundo creo que no, hasta donde yo sé. Es posible que alguien reconozca en algunos personajes de La ciudad de los muertos a individuos que se pasean por ahí. Nadie puede condenarme por eso, ni yo misma me condeno, porque procedí como creadora, nunca como una pequeña miserable deseosa de empañar y perjudicar a otras personas. Exactamente lo mismo hice en mi novela El viaje del pez oscuro, donde los personajes de la historiadora del cementerio y el guía de turismo están casi calcados sobre individuos que conozco. Una vez que decidí escribir sobre la actualidad cubana, me encontré con que se me hacía imposible inventarlo todo.

¿Por qué nunca antes había escrito sobre Cuba?

No lo sé. Supongo que en parte se debe a  las  muchas sangres que tengo mezcladas en mis venas y que me aportan, cada una de ellas, su propio complejo cultural a través de la memoria genética. O a las lecturas que hice de pequeña y a la orientación estética que se me dio en mi familia, eminentemente europea, católica y clásica. O a mi sol en Acuario, signo regido por Saturno, una de cuyas características sería, si hemos de creer a la astrología, la mirada perpetuamente vuelta hacia el pasado. O porque me asfixie revivir en mis textos lo mismo que me hace agonizar cada día cuando me despierto… O a lo mejor mi profesión de periodista saciaba en mí esa necesidad que parecen tener casi todos los escritores cubanos de todas las épocas, de pensar en términos de inmediatez. Cualquiera podría ser la explicación, menos falta de amor por mi país. Yo amo a Cuba profundamente, pero yo tengo mi propia idea de la cubanidad, de acuerdo con mi sensibilidad individual. Las imágenes prefabricadas, dogmáticas, folkloristas, o simplemente las imágenes de Cuba que pertenecen a otras personas e instituciones, no digo que no sean válidas, pero a mí me resultan incómodas y nada ni nadie puede obligarme a adoptarlas y mecerlas en una cunita. Detesto los actos de fe y los golpes de pecho. No puedo sustraerme a que casi siempre me huelan a un oportunismo feísimo.

En sus dos primeros libros de cuentos usted no utilizó el erotismo, y en su novela Malevolgia apenas si introdujo dos escenas, pero en La ciudad de los muertos reina por doquier.

No quiero sumarme a esa imagen pública que tiene Cuba de paraíso del sexo, pero somos un pueblo sensual, de eso no hay duda. ¿Cómo voy a escribir sobre la realidad cubana de cualquier época sin hablar de erotismo? Solo que yo no escribo erotismo per se, porque esté de moda, venda y sea caliente o cualquier otra razón de esas que me ponen los pelos de punta, sino que lo empleo cuando me parece útil. Yo soy una escritora muy oportunista cuando se trata del empleo de técnicas, recursos y tópicos narrativos. Si no es útil hacer algo, jamás lo hago. En el cuento Miel de ciruelo una muchacha frustrada y ambiciosa manipula a través de la sexualidad a una exitosa escritora lesbiana. Todas las escenas de sexo que escribí en ese texto son imprescindibles porque refuerzan el eje de la trama y las caracterizaciones de los personajes; porque el sexo es, precisamente, el arma de manipulación de que se vale un personaje para triunfar sobre el otro. Es un sexo triste, agónico, muy sombrío, porque es sexo sin amor, sexo con la peor de las intenciones, y el sexo también es un lenguaje. Quite esas escenas y el cuento se derrumba como un saco vacío. Las dos escenas eróticas que puse en mi novela Malevolgia tienen el mismo sentido: la manipulación sexual a que un personaje perverso y ambicioso somete a otro personaje ingenuo y totalmente vulnerable. Lo repetí en Pasifae, y probablemente continuaré reflexionando sobre eso unas cuantas veces más, hasta que me canse de pensar en tan miserable asunto. Trato de comprender esa odiosa tendencia que tienen muchas personas a usar sus propios cuerpos y los cuerpos y sentimientos ajenos para someter a sus semejantes. La mitad de la humanidad siempre quiere algo de la otra mitad, y en el repertorio de recursos que se ha inventado para lograrlo el sexo ocupa, diría yo, el tercer lugar (los dos primeros los ocupan el poder político y el dinero). También podrían incluirse los asaltos, la coacción religiosa y el chantaje emocional. Vale todo, infelizmente.

¿Usted esperaba que La ciudad de los muertos fuera un libro con tanta aceptación?

No lo esperaba. Yo sé que mis tres libros anteriores se agotaron muy rápido, pero cuando un escritor amigo me dijo que había visto literalmente volar en un día La ciudad de los muertos del estante de la Feria del Libro de La Habana, no le creí, y fui con él casi tomado de la oreja a preguntar al jefe de bóveda. Cuando este me ratificó que el libro realmente había sido vendido en una o dos horas, todo un estante completo de ejemplares, sentí una conmoción. Me sorprendió, de verdad. Y me sigue sorprendiendo la cantidad de comentarios que recibo sobre este libro. Creo que se debe, en mucho, a la muy cuidada edición de la editorial Oriente, y al rostro inigualable de Elizabeth Siddal, quien sigue demostrando que, aún después de siglos y en una sociedad como la nuestra, con un canon estético tan diferente del de la Inglaterra victoriana, su belleza continúa ejerciendo influjo sobre quienes la contemplan.

¿Usted está obsesionada con Elizabeth Siddal?

Sí. Es un personaje muy fuerte y tiene una historia tan desgarradora como pocas conozco. Sin embargo, creo que aún no he escrito sobre ella el texto capital, donde logre mostrarla en todas las facetas de la mujer que fue, en su extraordinaria fuerza de carácter y voluntad, y en su genio creador y enorme sensibilidad. Pero eso me pasa con varios de mis personajes. Alguien me sugirió una vez que hiciera sagas con ellos para que pudiera seguirlos hasta que se agotaran o me agotaran. Quizás lo haga, quizás reaparezcan en nuevos libros. Por el momento sí adelanto que Ma Dolores, la negra esclava y bruja de mi cuento “La poza del ángel”, vuelve a aparecer con bastante protagonismo en La piel fugaz, la novela que estoy escribiendo sobre Catalina Lasa.

¿Cree que su identificación con Elizabeth Siddal pueda deberse a la condición de pintora que este personaje, en cierto modo, comparte con la estudiante de San Alejandro que usted fue?

Yo tengo en común con Elizabeth la inclinación por la plástica y la profunda atracción por el mundo de los pintores y de la pintura, el mundo de la visualidad. Yo fui muy feliz en San Alejandro, fueron años de maravilla, de encantamiento, de gozo alucinado y solitario cuyo recuerdo todavía me acompaña y me sigue constelando. Toda mi vida seguirá existiendo dentro de mí la pintora que un día quise ser. Jamás he renunciado a la posibilidad de volver a pintar, pero es un oficio demasiado caro y nunca me ha sido posible costearme este sueño. Siento que tengo muchas cosas que expresar con un pincel en la mano. Como no puedo, pinto a través de mis cuentos y mis novelas. Debo aclarar que no tenía talento, era mucho mejor en escultura, sin embargo, aunque me sentía como Dios cuando modelaba del barro un cuerpo humano, y me quedaba horas contemplándolo convencida de que iba a hablar o a moverse de un momento a otro, la verdad es que cuando en la escuela pasamos a otros materiales la escultura me dejó de interesar. Ya no era lo mismo. Mi relación táctil con el barro me producía un placer que no se puede explicar con palabras, pero no me pasaba lo mismo con la madera, la piedra o el metal. Creo que Elizabeth nunca intentó esculpir, era físicamente demasiado débil para eso, era delgada, anoréxica y asténica, como lo fui yo en mi juventud. Así es difícil empuñar una maza y un cincel. Ella dibujaba mucho y hacía acuarelas tendida en su diván de enferma. A mí, en cambio, me gusta el óleo.

¿Es cierto que usted emplea técnicas de teatro para construir sus personajes?

Hablar de eso me resulta tan difícil como a una diva revelar sus secretos de tocador. Solo diré que el proceso de construir un personaje es, probablemente, muy semejante en un escritor y en un actor. Es más, yo creo que es exactamente el mismo. No estoy hablando de esas escenas tan conspicuas que suelen aparecer en las películas biográficas sobre grandes actores, donde se ve al protagonista frente al espejo ensayando gestos y expresiones faciales. Eso es demasiado simple, y simples son quienes crean que un personaje se construye solo de ese modo. Yo encontré mi mecanismo para crear personajes cuando era una niña de unos cuatro o cinco años. No pretendo que sea una exclusividad mía, porque para mi asombro descubrí que, cuando mi hijita era igual de pequeña, ella también desarrollaba el mismo juego de imaginación, al que llamaba “su juego secreto”. Ella iba aun más lejos que yo, porque tenía una caja llena de recortes de rostros y personas que utilizaba, al parecer, para enriquecer ese juego que nunca me explicó exhaustivamente, pero por lo poco que me ha dejado ver, me doy cuenta de que era el mismo que uso yo todavía, solo que entonces yo no podía saber que ese mecanismo tiene muchísimo en común con técnicas actorales y está sumamente vinculado con el teatro y el cine. Eso lo he aprendido después en un proceso de retroalimentación a  través de la lectura de textos teóricos sobre el teatro, la dramaturgia, la expresión corporal, el guión…, y viendo muchas películas. Pero la construcción de un personaje es para mí mucho más que esta apoyatura consciente. ¿Qué hace que un escritor elija a determinados personajes y no a otros? Ahí es donde está, quizás, una de las claves más significativas y reveladoras del proceso de construcción de un personaje. Creo que uno elige a individuos (reales o no) en los que puede transformarse, con los que se puede transustanciar porque, aunque aparentemente no se parezcan en nada al escritor, en el fondo tienen algún terreno común que comparten, ya sea filosófico, religioso, estético o quién sabe cuál, o en todo caso un costado culpable, un costado siamés: a lo mejor un gusto secreto e inconfesado por el crimen, todo es posible. Yo no sé si soy capaz de matar, pero confieso que sentí un gozo extremadamente perturbador cuando mi personaje Chico Carmona iba a caballo por Barranco Sur cometiendo sus tremendos asesinatos, y era a mí a quien llevaba dentro de su piel. Yo odio la guerra y todo lo que tenga que ver con ella, pero la amé momentáneamente a través de Henry Leclerc mientras escribía “Monsieur de París”, como sin duda en su momento Henry amó ser un oficial cubano de las tropas de Angola, es decir, cuando él aún creía. Es mucho lo que se puede especular sobre este tema de los personajes, pero esto no es un taller, ¿verdad?, es solo una entrevista. Además, no hay recetas, cada cual tiene que descubrir su propio camino, un escritor está condenado a ello.

Usted ha declarado siempre su admiración por la obra de Alberto Garrandés, al extremo de que  ha escrito un libro sobre algunos de sus textos narrativos. ¿La poética del signo como voluntad y representación es un ensayo literario?

Dejemos las definiciones para los especialistas en hacer definiciones. Yo diría que es un texto posmoderno donde traté de escribir lo que me hace sentir y pensar la obra de Garrandés, o mejor dicho, una parte de ella, pues solo analicé su noveleta Isabeau. Traté de hacer un poco de hermenéutica con ese texto hermosísimo. Los otros materiales que componen el conjunto son las presentaciones de Cibersade y Fake, que tuve el honor de hacer yo, y una entrevista que él me concedió, donde habla no solo de su poética, sino que reflexiona sobre los géneros fantástico y de ciencia ficción, y esboza ideas muy interesantes sobre el gótico. Esa entrevista siempre será importante objeto de consulta, porque en ella Garrandés analiza muy profundamente la naturaleza de esos géneros y su existencia y desarrollo en Cuba, y él es un teórico sólido y un crítico respetable e informado.

Usted usó un instrumental poco usual para escribir este libro. No son textos que los especialistas de la crítica literaria reconozcan como tal. Tengo entendido que el jurado de ensayo del premio Luis Rogelio Nogueras no las tenía todas consigo al concederle el premio.

Agradezco la labor del jurado y sé que estuvo compuesto por figuras muy prestigiosas. Sí recuerdo que el día de la entrega de los premios, en la lectura que alguien hizo del acta había unos señalamientos, pero he sido incapaz de retenerlos en mi memoria. Es verdad que no fui nada ortodoxa con el instrumental que utilicé. Yo cursé una especialidad de Literatura en la Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, donde tuve como profesores a intelectuales que hoy son críticos reconocidos a escala internacional, como Susana Montero y José Prats Sariol, quienes adiestraban con mucho rigor a sus alumnos en los menesteres de la crítica literaria y los estudios lingüísticos más avanzados del momento; yo me considero discípula de la doctora Beatriz Maggi, que es, sin discusión, una de las mejores plumas del ensayo literario en Hispanoamérica (aprovecho para declarar que me parece muy lamentable que, estando agotados sus libros, no sean reeditados, especialmente El pequeño drama de la lectura); fui alumna de Mirta Yáñez, de Luisa Campuzano, de Nara Araujo, de Ana Cairo, de Chavarría y de casi todas las personas que han tenido cátedras en la facultad de Filología de la Universidad de La Habana, pero sucede que siempre me he interesado por cierto tipo de lecturas y de temas que no son muy populares que digamos, y encima he tenido la rarísima suerte de conseguir bibliografía, digamos, muy peculiar, lo cual es una bendición infrecuente en esta isla. Siempre me atrajeron mucho la antropología, el estudio comparativo de la mitología y las religiones, los estudios sobre simbolismo, y, actualmente, la hermenéutica. No debe de haber en Cuba muchas personas que hayan podido leer las conferencias del círculo Erannos, que son bien difíciles de conseguir. En el caso de La poética del signo… tuve la enorme suerte de encontrar un libro titulado El alfabeto contra la diosa, que era justamente lo que podía ofrecer, a mi juicio, las claves de una obra como Isabeau. Sin estas claves, no solo esta noveleta, sino gran parte de la obra que ha escrito Garrandés, seguiría siendo de difícil comprensión para muchos lectores, e incluso, creo que también para especialistas.

Además de una exégesis de la obra narrativa de Garrandés, La poética del signo… parece ser un libro inaugural dentro de la literatura cubana, tal vez el primer texto publicado en Cuba que presenta un corpus coherente sobre el género gótico. Algo así como un primer trabajo de hermenéutica simbólica.

Puede que haya material inédito sobre el gótico. Recientemente asistí al ANSIBLE, el evento anual sobre literatura fantástica, y escuché ponencias con algunos elementos de reflexión sobre este género, y sé que algunos escritores muy jóvenes lo cultivan, como Duchi Man, Yailín Pérez Zamora y otros, pero quizás, La poética del signo… sea, efectivamente, el primer libro publicado que aparece en la isla sobre este tema. Y uno de los primeros, si no el único, que emplea la hermenéutica simbólica como columna vertebral de la crítica literaria. Pero quizás me equivoque. Quiero hacer lo mismo con Miguel Collazo y Ezequiel Vieta.

¿Ha habido reseñas sobre este libro, la crítica se ha percatado de su existencia?

Yo no he visto nada. Sin embargo, sé que se ha vendido tan bien como mis libros anteriores, y esto no deja de ser asombroso, dado que no es un texto narrativo, y sobre todo me sorprende porque al no incluir en sus páginas la noveleta Isabeau, los lectores que no la hayan leído carecen absolutamente de punto de referencia, no tienen ni idea del texto que yo analizo. En la Feria vi un grupo de estudiantes de la Escuela de Letras comprando mi libro, y también varias personas aisladas adquiriéndolo en el stand de Extramuros. Eso me emocionó. Me apena que la tirada haya sido solo de quinientos ejemplares.

¿Cómo se toma usted el silencio casi absoluto que rodea su obra literaria y su persona? ¿Es usted de esos escritores que afirman no estar interesados en ganar concursos? ¿Le interesa el reconocimiento público?

Bueno, el silencio que rodea mi persona bendito sea; el silencio literario es más o menos el mismo que pesa sobre casi todos los escritores cubanos dentro de la isla. Nuestro movimiento crítico no es muy activo, y como siempre digo, es necrófilo, quiero decir, que ama con tenacidad a los escritores muertos, cultiva el shinto aplicadamente. Pero no puedo dejar de observar que en mi caso hay detalles francamente desconcertantes, como por ejemplo, el que a pesar de haber yo publicado en el 2006 mi primera novela, Malevolgia, mi nombre no aparezca en el prólogo que Nara Araujo escribió para el dossier de escritoras incluido en el último número de La Gaceta, donde la prologuista pone un listado de las escritoras cubanas que publicaron novelas ese año. Parece una omisión algo delirante, ¿verdad?, sobre todo si se tiene en cuenta que el dato bibliográfico referente a la fecha de publicación de Malevolgia aparece consignado en otra página del mismo dossier, pero ahí está la omisión, luego existe, y parece inadmisible el beneficio de la duda cartesiana. O que las instituciones literarias olviden invitarme consuetudinariamente cuando celebran encuentros sobre narrativa femenina (y en general para cualquier evento). O que nunca se me recuerde cuando se dice que en la primera promoción de narrativa de Los Pinos Nuevos la única mujer publicada era Adelaida Fernández de Juan. O que el último premio David de Ciencia Ficción lo ganó Yoss en 1998. O que, increíblemente, los jurados de un concurso importantísimo cambien las bases de este en un alarde inadmisible de libre albedrío jurásico, y mi texto quede automáticamente fuera del concurso… Y así, en esta  misma cuerda, otras muchas cosas feas. Pero una persona que cree en el destino y en el karma, como yo creo, tiene que aceptar lo que le toca, aun cuando no se explique por qué, y a estas alturas ya casi estoy por asumir con resignación que, apartando a los lectores, mi destino oficial es la invisibilidad. En cuanto a los concursos, sí, claro que me interesa ganarlos, pero el asunto es si interesa que yo los gane. Gramaticalmente el detalle es pequeño; fuera de la gramática es inmenso y determinante. Y sí, me interesa el reconocimiento público, no soy lo suficientemente hipócrita para negarlo, pero también, y mucho, me interesa la hermosa y tranquilizadora significación económica de ganar concursos. ¿A qué escritor no le gustaría descansar cada noche la cabeza en paz sobre su almohada, seguro de que puede ganar con su trabajo el sustento de su familia? Pero como soy, o pretendo ser, una mujer sensata, si reencarno jamás cometeré el error de volver a nacer escritora. O, si no puedo evitarlo, entonces escribiré best sellers. De cualquier modo alguna gente ya está convencida de que mis libros no son mas que eso. O de que todos son de ciencia ficción.

¿Proyectos futuros?

Catalina Lasa, ya le dije. Una novela sobre Hipatia de Alejandría y otra sobre el Bosco (las dos comprometidas con Balcells), y quizás una sobre los cátaros del Languedoc, si acaso me da tiempo en esta vida. Y si los hados no interfieren. Nunca se sabe.

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Entrevista a Gina Picard Baluja

por Gerardo Chávez Espínola

 Gina Picart es una de las escritoras contemporáneas cubanas más leídas de los últimos tiempos. Su estilo mezcla rasgos de la literatura fantástica con un realismo cruel y descarnado. Acostumbra realizar minuciosas investigaciones históricas que le permiten desarrollar escenarios realistas, con personajes muy creíbles y profundos. Entre sus obras más difundidas están El Druida, y La poza del ángel. La primera consta de cinco relatos extensos donde la autora se acerca a cultos paganos y sangrientos de civilizaciones olvidadas, cuyos sacerdotes fueron servidores del sol, señores del viento, magos y profetas. La segunda, una colección de cuentos breves donde se introspecciona con maestría y originalidad en la espiritualidad, el sincretismo religioso, y esa corriente de pensamiento que es lo sobrenatural. En estos dos libros están presentes la eterna lucha entre el bien y el mal, el conocimiento y aplicación de los secretos ocultos que rigen las leyes de la naturaleza, y un pronunciado interés por el ritual de la iniciación, ceremonia que marca la obra de esta autora, como suele ocurrir con quienes avanzan en el sendero del discipulado. Sus fabulaciones están llenas de convergencias espirituales que buscan y provocan, resultando temibles paradojas éticas. Sus narraciones poseen ese sublime poder de transportar al lector y sumergirle en la trama, para hacerle encontrarse de pronto, frente a frente, con sus propios demonios interiores.

P- ¿Cómo y cuándo comenzaste tu carrera como escritora?

R– Casi desde que nací, y por imperativos genéticos, creo. Yo desciendo de inmigrantes catalanes que cuando se asentaron en Matanzas, en el siglo pasado, se lanzaron en masa a ejercer el magisterio, el periodismo y la poesía (mis parientes matanceros me aseguran que Carilda Oliver pertenece también a nuestra familia, por la parte de los Picart de Olivet, pero nunca he logrado preguntárselo, aunque me lo parece por sus rasgos físicos). Solo dos o tres ovejas descarriadas del rebaño ejercieron otras profesiones. Es por eso que digo que yo soy escritora por imperativos genéticos, mandatos del ADN. Simplemente lo llevo en la sangre. Pero fue mi abuelo paterno, don José Manuel, quien descubrió tempranamente mi vocación. Él era periodista, poeta y escritor, y ya jubilado trabajaba en casa, conmigo muy cerca contemplándolo devotamente desde mi corral de bebé. Como yo intentaba constantemente echar mano de sus revistas, libros y lápices, y hasta de su vieja Underwood, él escribió muy feliz en mi álbum que yo continuaría la tradición familiar. Tomó a su cargo mi educación, y entre él y mi abuela Hilda lograron que yo aterrizara en el preescolar del barrio escribiendo bastante bien, cuando los otros nenes no pasaban aún de los palotes comunes y corrientes en las criaturas normales. Cuando cumplí siete años me regaló los cinco tomos del Quijote, la Biblia y el Pequeño Larouse ilustrado. Me los leí muy rápido, y luego conversábamos sobre todo eso. Él me contaba fábulas maravillosas en nuestro balcón, sobre todos los temas del mundo, y de paso me enseñaba Historia. Mi abuela y mi mamá, por su parte, me compraban toneladas de cuentos de hadas. Todavía no tenía cinco años cuando escribí mi primer cuentecito: la pelea entre una lagartija y un conejo por la posesión de un sombrero mágico. Siempre perseguía a todo el que me prometía contarme un cuento, y leía sin cesar. Nadie me podía detener. El mundo real me parecía entonces un lugar fascinante, pero me lo parecía aún más lo que encontraba dentro de mi cabeza. Y lo que había allí se formaba con la sustancia de mis lecturas. Pero hablar de mi carrera como tal, solo empezó cuando nació mi hija. Hasta entonces solo fui una amateur bastante indisciplinada.

P- ¿Te disgusta que algunos tratemos de enmarcar lo que escribes dentro del realismo fantástico?

R- Las etiquetas son un intento de la gente para volverte predecible, adivinable, y que no molestes proponiendo códigos y enigmas que los obliguen a descifrarte, a mover sus neuronas. También las etiquetas son una camisa de fuerza, porque la mentalidad colectiva es muy esquemática, y una vez que te han metido dentro de una gavetita, no querrán dejarte salir, y tienes que comportarte como lo que ellos ya han decidido que eres. Yo no soy una escritora de ciencia ficción, porque por uno o dos cuentos que haya escrito bordeando esa periferia, no merezco pisar las huellas de los grandes, que me influyeron muchísimo, y a quienes todavía venero, aunque personalmente haya renunciado al género. En cuanto al fantástico, según el crítico e investigador José Miguel Sardiñas, solo habré escrito uno o dos cuentos que puedan calificarse puramente como tales.Más atinado encuentro el criterio de quienes afirman que no se me puede clasificar, porque mis textos son muy ambiguos. A mí, modestamente, me parece que lo que yo escribo es simple literatura. Lo que sucede es que el creador trabaja siempre con una materia absolutamente proteica. Tomas un poco de aquí, un poco de allá, una estructura, un recurso, una técnica, una atmósfera, hasta una simple imagen, y metes todo en tu alambique particular. Lo que sale es literatura, pero mucha gente, si el producto no les resulta familiar, se confunden y empiezan a seguir pistas falsas. Se ponen nerviosos y para conservar sus puntos de referencia comienzan a nombrar las cosas, como diría Eliseo Diego. Es muy difícil escapar de los malos hábitos y las manías clasificatorias de los críticos literarios y de los vendedores de libros. Odio que me etiqueten, me molesta muchísimo. Por suerte, nadie ha intentado todavía meterme en algún corsé generacional. Espero sinceramente que nunca ocurra. Me gusta ser una isla, como dice Garrandés.

P- ¿Qué te inspira a crear tus obras?

R- Si te refieres a la materia de donde extraigo mis historias, no creo estar en posesión de algún pecio que no haya sido ya visitado, saqueado y exprimido millones de veces por todos los escritores que en el mundo han sido. Utilizo mis sueños, la Historia, la Antropología, la Arqueología…, y ciertos entrenamientos mentales durante los cuales se puede ir a parar a lugares maravillosos o terribles. No hay que llegar a través del opio, como Coleridge a Xanadú, por ejemplo; no es preciso. La verdad es que cualquier cosa que lea, oiga, vea o viva se me puede convertir en una historia. Mi cuento “Sombra y sustancia”, de mi primer libro, salió de un suelto en una revista española de tercera categoría. Me encantan esas revistas, los intelectuales las desprecian, pero se les pueden sacar cosas interesantísimas. Ese cuento hizo que Ambrosio Fornet acudiera en 1994 al lanzamiento de aquellos primeros Pinos Nuevos, entre los que estaba yo (la otra mujer del grupo era Adelaida Fernández), convencido de que iba a encontrarse con una viejecita refugiada de la Guerra Civil Española. Parece que el universo ficcional del relato lo engañó por completo. No ha sido el único: una amiga irlandesa que leyó “El druida” y “Al final de la niebla” antes de conocerme, se negó a creer que yo nunca hubiera estado en Irlanda. A propósito del opio y de la credibilidad de los universos ficcionales, te contaré una anécdota muy graciosa: cuando conocí a la editora de mi novela Malevolgia, ella se mostró muy sorprendida de que yo fuera una apacible mujer madura: creía absolutamente que iba a trabajar con un autor masculino muy joven, un roquero que había experimentado con drogas duras asiduamente y conocía muy bien sus efectos. Ella estaba un poco asustada. Ha sido una de las veces que me he reído en mi vida con más ganas. Pero para responder con compostura a tu pregunta: a mí me empuja a escribir una fuerza que llevo dentro y que se levanta incontrolable en mi interior sin que yo pueda detenerla. Yo no sabría definir eso con palabras. Todo parte de un flujo potentísimo de sensaciones, que toma la forma de una perturbadora agitación interior. Pero esa, digamos, lava primordial, es tan proteica que se convierte en cualquier cosa, se metamorfosea, y es por eso que el escritor puede recrear de una manera absolutamente verosímil épocas, hechos y lugares que nunca vio; recrear personajes con carne y sangre que nunca existieron o jamás conoció, en fin, arrastrar al lector a las aventuras más inverosímiles, aún cuando el lector se niegue a seguirlo. Es un auténtico tour de force donde el lector no vence nunca, a menos que bote el libro sin leerlo hasta el final. Claro, esa fuerza de la que hablo no se levanta jamás de la nada, siempre hay un detonante que orienta la atención conciente o subconciente del escritor en cierta dirección. Puede ser algo que hayas leído, que hayas visto aunque sea de un modo muy fugaz. Eso se convierte en un fermento dentro de uno y comienza un período de latencia, que en mí se caracteriza por la aparición de una inquietud perfectamente identificable, y la reiteración obsesiva de ciertas imágenes recurrentes. Es como entrar en un estado extático. Pero, naturalmente, no sucede igual a todo el que escribe o crea una obra de arte. Todos los caminos van a Roma, pero ninguno es igual a otro.

 P- En tus obras, ¿qué es más importante: la historia o los personajes? ¿Por qué?

R- No me propongo conscientemente esa dicotomía. Creo que cada historia es un sistema en sí misma que tiene su propio ritmo interior, su propio espíritu, y te va llevando por donde es más conveniente para su intención. Amir Valle siempre me dice que el único cuento que yo tengo netamente de personaje es El druida. Claro, esa afirmación suya data de cuando yo solo había escrito ese libro y La poza del ángel. Todavía no se han publicado en Cuba mis historias sobre Elizabeth Siddal (quizás lo haga Extramuros en la próxima Feria del Libro de La Habana). Me interesa construir historias sólidas con personajes sólidos. Que existan, que sean carnales en mundos reales aún dentro de la irrealidad. Me interesa desarrollar los caracteres. Pero siempre trato de mantener un equilibrio para que mi gusto o mis sentimientos no se vayan por encima de los intereses de la historia que voy narrando. Hay balances técnicos que no se pueden violar; reconocerlos y respetarlos es, supongo, un reto y una habilidad que te da el oficio. La armonía estética no es algo de lo que pueda prescindirse impunemente, sin riesgos, sin pagar altos precios. Por otra parte, un escritor tiene que ser consecuente con la poética que va creando, porque en la poética de un escritor está su propia alma. Ello no significa que un creador no pueda tener diferentes etapas en su vida, etapas de nuevas búsquedas, etapas exploratorias para expandir su universo, pero no se debería dar la espalda a la propia poética en demasía y muy bruscamente. A quienes he visto hacer esto, generalmente se han convertido en testaferros o en mercenarios. El mercado encandila, y otras cosas también.

P- Esa mezcla de espiritualismo, esoterismo, y realismo sobrenatural tiene un gran peso en tu obra ¿Por qué prefieres estos recursos?

R- Quizás porque el mismo mundo real que de niña me pareció fascinante, hoy me asfixia, me asquea y me aburre por su adocenamiento impenitente y su crueldad irredimible. Estoy hablando del mundo que conozco y veo cada día. Cuando crecí perdió todo su encanto, y hoy para mí no es más que un lugar feo y sórdido donde por desgracia tengo que vivir con quienes amo. Además, lo que queda en el territorio de la imaginación siempre es más hermoso, porque no sufre la prueba de la confrontación, no le pasa como a esos bellos globos de colores que estallan al chocar con el calor de los neones. En cuanto al espiritualismo, parece ser un componente de mi sustancia original. Tuve una amiga, Gretel Alfonso, que fue muy importante en mi vida y llegó a conocerme muy bien: ella siempre me acusaba de ser inmaterial, y culpaba de ello a mi signo Acuario y mi ascendente Géminis, ambos de naturaleza aérea. Dicen que es la combinación ideal para no tener los pies puestos sobre la tierra (y para ser mal negociante). En cambio, es la dupla perfecta para un periodista y escritor. No me quejo del resultado intelectual (del económico sí). El esoterismo fue un camino que emprendí en busca de respuestas que nadie me daba. No soy fácil de convencer, y en el mejor de los casos yo elijo qué y quién me va a convencer. De dogmas e imposiciones, ¡nada!; y de engaños, si aún en mi ensimismamiento habitual los llego a descubrir…, el desastre no lo compone nadie. Sigo siendo un estudiante en el Sendero y no me arrepiento. Ha sido una escuela interesante y muy gratificante.

P- ¿Qué es lo que más admiras en un escritor y lo que más detestas?

R- Lo que más detesto es la farsa, la hipocresía, la inautenticidad y el irrespeto de sí mismo. El vedettismo. El circo en que algunos se convierten por su propia voluntad. En esos lodos naufragan muchos mediocres, pero también se enfangan buenas plumas e intelectos potentes. Claro: sería injusto culpar de tales males solo al escritor. Alguna culpa tienen también los Judas de toda laya que siempre andan a la búsqueda de escritores para comprarlos, en unos casos, y en otros para venderlos. Pero es que si tú eres asediable, eso se huele. Es un círculo vicioso e infernal. Lo que más admiro en un escritor es el valor de escribir como piensa y su honestidad intelectual. Y lo que más me gusta de ser escritor, aunque no me lo has preguntado, es que uno pueda ganarse el sustento de su familia honrada y tranquilamente haciendo el trabajo que le gusta. En rigor, lo que sigue ahora mismo es llamar a Diógenes con su candil, así que detengámonos aquí.

 P- ¿De quienes tiene influencias Gina Picart? ¿Por qué se convirtieron estos autores en tus preferidos?

R- Las primeras lecturas que me influyeron fueron los cuentos de hadas infantiles (incluidos los de mi abuelo), la Historia y los buenos autores de la ciencia ficción, especialmente la sensibilidad y el mundo peculiar de Bradbury. También la Biblia, que comencé a leer desde muy pequeña. Los textos de descubrimientos arqueológicos, la antropología con sus descripciones de civilizaciones antiguas (me interesa mucho Mircea Elíade, pero no solo él, por supuesto). Pero si me pides una lista breve (y desordenada y rapidísima) de mis preferidos, aquí está: Margueritte Yourcenard, Margueritte Duras, Simone de Beauvoir, Lawrence Dürrell con su Cuarteto de Alejandría, Paul Bowles, Robert Graves, Skakespeare, Dante, los grandes clásicos rusos del XIX, y una serie de libros raros que prefiero no mencionar aquí, libros malditos que me ganarían tal vez burlas e incomprensiones; entre ellos hay estudios sobre simbolismo, un tema que me interesa particularmente. Fue importante para mí estudiar toda la literatura norteamericana. Entre los cubanos, me ha influido Carpentier en primer lugar, y de todas sus novelas, El acoso. Me atrae tanto esta novela que he cometido palimpsesto con ella. De Lezama no creo tener influencias, aunque en la escritura poética compartimos gustos y sensibilidades comunes. ¡Su Narciso y su Rapsodia para el burro…! Y por supuesto, Eliseo Diego, a quien conocí antes de su muerte. Fue una tarde de lluvia; hablamos sobre Guillermo y Matilde de Normandía, el rey Harold, Edith Cuello de Cisne y la batalla de Hastings, y del bosque de naipes que aparece, creo, en Noticias de la quimera… Son cosas que no se olvidan. No quiero dejar de mencionar a Benítez Rojo, y también la Onoloria de Miguel Collazo, que me marcó para siempre. Y Garrandés, pero no por una relación etárea ni mucho menos, sino por una elemental cuestión de afinidades intelectuales y espirituales. Alberto es el único escritor con quien me reúno con cierta frecuencia para conversar. Nosotros somos, de alguna manera, almas gemelas. Raúl Capote, Amir Valle, Diana Fernández, Mariela Varona, Milene Fernández, Esther Díaz Llanillo y María Elena Llana, amigos a quienes quiero y siempre tengo presentes, viven demasiado lejos en esta isla medieval (y más allá) y rara vez logramos encontrarnos. Hay un escritor muy joven, Raúl Flores Iriarte, a quien tuve el honor de editar su libro El lado oscuro de la luna, publicado por Extramuros. Ese libro tiene varios cuentos memorables, y por lo menos uno genial, Días de gloria. He releído ese librito varias veces, y no se trata de que intente promocionar a su autor. Él no lo necesita. He disfrutado mucho los libros de Amir Valle, pero nuestros estilos son muy diferentes, incluso cuando escribo realismo y sobre temas cubanos. Creo que nuestra realidad nacional puede abordarse de muy diferentes formas, y eso la enriquece. Me agrada que haya muchas miradas disímiles sobre ella, aunque lamento tener que confesar que muy pocas me parecen viscerales y aún menos me parecen trascendentes. Estamos enfermos de inmediatez. En un balsero solo vemos a un tipo que quiere escaparse del sistema político de la isla, y el modelo es repetido hasta la eternidad en montones de premios y publicaciones que la marea del tiempo dejará convertidos en polvo, porque eso son y nada más. Hemos perdido la perspectiva de lo universal y creado un zoo de arquetipos nacionales que a Jung le parecería muy interesante. Seguro. En cuanto al ensayo, ya quisiera yo poder escribir como Beatriz Maggi, una de las mejores ensayistas de lengua española. Siempre la releo con el mismo deslumbramiento.

P- ¿Cómo te distribuyes entre la escritora, la periodista, la guionista y la personita particular que eres?

R- Mi vida personal es sombría. Prefiero no hablar de ella.

P- ¿Tienes un método de trabajo?

R- Cuando me ha agarrado un tema investigo exhaustivamente aunque me lleve años completar mi indagación. Quiero saberlo todo sobre lo que me interesa, porque mientras más información tienes, más opciones encuentras. Me emociona descubrir un detalle, por simple que pueda parecer. Nada nunca es insignificante, aunque al final prescindas de ello por selección. Después, cuando me llega alguna señal de que internamente ya estoy lista para escribir, lo hago todos los días, desmedidamente. A veces no duermo, y como lo que me traen a mi escritorio. Otras veces, si no tengo clara la intención de una escena o no logro ver algo con la definición necesaria, paro de escribir y vuelvo a indagar sobre el punto. Pero cada cosa que escribes, cada material, se comporta de distinta manera y te induce a utilizar recursos y actitudes diferentes para enfrentarlo. Las emociones me asedian mucho durante el proceso de la escritura. Se agolpan…, pero me alegro, porque si no sucediera así, no podría armar ni un párrafo. Solo que eso agota mucho al escritor.

 P- ¿Cuáles han sido tus lecturas favoritas, tanto en lo fantástico, como de literatura general?

R- Es que para mí ha sido igualmente fantástico leer Drácula que la saga de los cátaros. ¿Tú quieres una visión más alucinante que la de los señores de los castillos cátaros, construidos sobre inmensas moles de piedra, como nidos de águila, descender volando en sus cabalgaduras silenciosas para caer en plena madrugada sobre los enviados del Papa, decapitar a un obispo entre sus sábanas y allí mismo beber vino en su cráneo mientras inundan el recinto con sus risas diabólicas? ¿Tú quieres algo más fantástico que la historia de Balduino el Leproso y Balián de Ibelín, las leyendas del Walhalla o el proceso de los Templarios? ¿Algo más difícil de concebir que el nazismo? ¿Qué más da que unos hechos hayan sido reales y otros no; que Drácula sea un personaje literario y Balián un hombre de verdad; que unas sean historias, y otros, mitos? Lo fantástico no está fuera, sino dentro de uno. Por eso puedes verlo donde otros quizás no ven nada. Lo fantástico es una predisposición interior, una mirada, una actitud, y puede que hasta una aptitud. He leído mucha teoría sobre eso, y mi conclusión final es que el género es tan abarcador que resulta imposible encerrarlo en conceptos y definiciones; es el más infinito y mutante que existe. Y por supuesto, tiene tanto potencial dramatúrgico y estético como cualquier otro género literario, sin hablar de sus muchas ventajas.

P- ¿Si pudieras escoger otro espacio-tiempo para vivir, cuándo y dónde escogerías? ¿Y por qué?

R- He pensado mucho en eso, y ahora mismo no sé, porque ya no dispongo del tiempo necesario para recrearme en esas meditaciones, pero te aseguro que no sería este. Categóricamente.

 P- ¿Crees en la suerte?

R- Sí, y también en el destino y en la predestinación, aunque no como categorías absolutas que aherrojan al ser humano sin dejarle margen para nada más. Creo que las personas pueden cambiar muchas cosas, modificar hasta cierto punto, para bien o para mal, un destino. Otras veces hasta he llegado a pensar que el azar es quien gobierna todo. Y me resigno, lo acepto si es así. Lo que no estoy preparada para aceptar como destino o como “suerte” es el resultado de las componendas malintencionadas de las que somos víctimas tan a menudo. Eso no es azar, ni destino ni suerte, sino maldad y perversión friamente calculadas; y nadie se resigna a caer en esas trampas sucias. Me desespero cuando vislumbro un grupo que conspira contra alguien, o contra otro grupo, amparado en una estructura de poder o en una estructura social que se lo permite y, en ocasiones, hasta lo apoya. La indefensión de la gente buena ante estas huestes malignas me indigna, me exaspera. La impotencia es uno de los peores sentimientos que pueden abatir a un individuo. Yo lo sé. A veces, sin embargo, la suerte se aparece como algo tan desarticulado que te deja cuestionándote todo aquello que tenías como verdades inamovibles. Un ejemplo típico hablando entre escritores: los concursos literarios. ¿No se supone que están hechos para que ganen las mejores obras? Pues resulta que no, porque hay otros factores por encima de la calidad literaria: ¡estrategias para ganar!, y hasta aparecen en Internet bajo la forma de guías para escritores. “Estudie primero cuáles son los temas y argumentos tradicionalmente premiados en ese certamen”, “Averigue el gusto de los lectores”, “Tenga presente los intereses de las entidades que convocan y no lastime sensibilidades”. Estos consejos los encontré en una web de recursos para escritores. Si a eso añades los rejuegos de intereses que se forman entre los jurados en todas partes del mundo, los intereses de los auspiciadores del concurso en cuestión, el temita económico (muy importante en España, por ejemplo), el político (mira el Nobel), etc…, ahí tienes, entonces, a la “suerte” en la que yo no creo y que no acepto como tal. Pero parece que no sirve de mucho revirarse contra esas cosas. Al final, uno siempre está solo, como Don Quijote frente a los molinos de viento.

P- ¿Piensas que la especie humana cambiará radicalmente el curso de la evolución?

R- Lo creo absolutamente, pero sin esperanza de redención. Vamos de cabeza al abismo y la jugada es imparable. Hay intereses demasiado poderosos operando en contra del Bien. Lo único que se puede hacer es esperar, y mientras, entretenerse en lo que a cada uno le resulte grato. Eso, al menos, es lo que yo creo. Ojalá me equivoque.

P- ¿Qué personaje de tus cuentos se parece más a ti?

R- Todos tienen algo mío, incluso Chico Carmona, uno de los protagonistas de mi cuento Conversión; ese es el personaje más satánico que he creado. Chico es exactamente como me gustaría ser con mis enemigos, con toda la gente que me ha perjudicado y ha perjudicado a quienes yo amo. Me gustaría mucho perseguir a quienes me han hostigado, como Chico persiguió al padre Mauro. Me gustaría probar, y que probaran de mí, aunque fuera una sola vez, el sabor de la implacabilidad. Mi lado oscuro es vengativo. Yo no sé perdonar. Solo que nunca lo muestro.

P- Paco Ignacio Taibo II decía que “El escritor existe, cuando encuentra a sus lectores”. ¿Crees que encontraste a tus lectores? ¿Para quién escribe Gina Picart?

R- Seguramente cuando Paco Ignacio dijo eso no estaba pensando en las editoriales cubanas, con su batalla eterna entre Aquiles y la tortuga (ellas son la tortuga, por supuesto). ¿Cómo un escritor va a encontrar sus lectores si no consigue publicar lo que escribe; si cada día aparecen más editores tontos, más jurados ineptos, más fallos incomprensibles, hay menos recursos materiales y más autores tratando de invadir las editoriales? Ningún escritor puede hablar de haber hallado sus lectores en semejantes condiciones. Lectores tienen Isabel Allende, la autora de Harry Potter, Stephen King, Ken Follet…, en fin, los fenómenos de venta, que disponen de mecanismos de retroalimentación lo suficientemente funcionales como para permitirles saber quién los lee. Yo me quedé congelada cuando encontré en un sitio de Internet la declaración de un jugador profesional de rol, de Murcia, España, que declaraba en un foro tener entre sus libros favoritos El druida de Gina Picart. Lo que me heló fue que los compañeros de lista eran El señor de los anillos, el Silmarilion, Dune, El enigma sagrado, cuentos clásicos de Lovecraft y Poe… Me pregunto si es esto bueno o malo para mí (teniendo en cuenta que no quiero ser recordada solo como una autora de literatura fantástica). No sé exactamente qué significa algo así, aunque sea muy halagador. Todo lo que yo sé, es que los dos libros que he podido publicar se han agotado en librería en menos de tres semanas. ¿Quién los compró? ¿Quién me lee? Quizás logre saberlo algún día. Otra cosa es cuando lees en público y puedes ver frente a ti la gente que te aplaude de pie, te aclama y quiere más. Pero a mí solo me ha ocurrido dos veces, las dos únicas veces que he leído ante personas. Es una experiencia tremenda para un escritor. ¡Tremenda!.

P- ¿Te quedan obras literarias en busca de editores, o por publicar?

R- La mayor parte de mi obra permanece aún inédita. Estuve más de siete años sin escribir después de ganar el David de 1990. Luego he escrito mucho: novelas, cuentos, ensayos, teatro, crónicas y entrevistas. Tengo libros de todo eso. La agencia Balcells aceptó representarme, pero aún no se ha materializado ningún contrato. Tengo algunos textos en editoriales cubanas. El reino de la noche, que fue finalista en un Carpentier de cuento, lleva tres años empantanado en la editorial UNIÓN. Letras Cubanas lanzará pronto, creo, mi novela Malevolgia, y Extramuros mis Historias celtas.

P- ¿Cómo guionista, en que formato te sientes más cómoda, qué obras has abordado y cuáles te gustaría tratar?

R- Me gustaba escribir seriales de aventuras con contenido histórico; hice uno muy extenso sobre los celtas de Irlanda en el siglo I, que no se pudo realizar por el período especial. También me agrada adaptar cuentos para el cine y la televisión. Me interesaría mucho poder hacer el guión de un largometraje, especialmente si fuera basado en mi noveleta Al final de la niebla, la historia de una poeta irlandesa del siglo VII. O la vida de Hildegard von Bingen… Me interesa escribir sobre mujeres. Pero nada de cuando van al mercado y esas cosas. Yo hago todo eso como cualquier ama de casa, pero me parece la parte más idiota de mi vida; no veo en ello ninguna grandeza, más bien me embota, me animaliza, así que todo lo que quiero es olvidarlo.

P- ¿En qué estás trabajando ahora, y cuáles son tus próximos proyectos?

R- Una novela sobre El Bosco, mi pintor favorito, y otra sobre Catalina Lasa. Un viejo proyecto sobre la historia de los cátaros. Después de leer Bomarzo y Jardines del sueño, un libro maravilloso de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta, quisiera escribir una historia sobre jardines. También pienso seguir ampliando mi colección de noveletas sobre historias de mujeres de diversas épocas y lugares. Incursionar más en el ensayo y la crítica. No sé, siempre se me están ocurriendo cosas, pero actualmente es muy poco lo que puedo concretar. Yo, para escribir, necesito estar en estado de gracia, y cada día la realidad me lo va haciendo más difícil.

P- ¿Cuáles son tus consejos para aquellos que se inician en las profundas soledades del oficio de escribir?

R- Muy sinceramente, de corazón, recomiendo a quien tenga que procurar el sustento de una familia, que acuda a otra profesión más lucrativa, la música, por ejemplo. A quienes insistan, les aviso que se preparen: la batalla será cruenta.

P- Una última. ¿Es cierto que los iniciados se conocen, de tan solo mirarse a los ojos?

R- Creo que sí, sin duda. Pero yo no puedo considerarme un verdadero iniciado, porque todavía no he superado mi lado oscuro, así que no me creas. De todos modos, ¿te acuerdas cuando tú y yo nos conocimos…?

(Entrevista realizada el 7 de octubre del 2005, por Gerardo Chávez Spínola para El Guaicán Literario).

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Narrar por narrar es el vacío

Leyla Lyva

 

(Granma).- Desde La poza del ángel (1994), Gina Picart Baluja hacía notar una fuerte voluntad de estilo, en ese su primer libro de relatos. Arresto creativo que reafirmaría en El druida (2000) y en sus obras posteriores: la novela Malevolgia (2006) y La ciudad de los muertos (2007). El pasado año su relato

“El príncipe de los lirios” alcanzó la primera mención en el Premio Iberoamericano de cuentos Julio Cortázar. Dueña de un imaginario poco habitual, entre el mito y la evocación, sus narraciones se asientan en un arduo trabajo investigativo. El jurado del Premio Carpentier distinguió su libro Oil on canvas por la originalidad de los argumentos y los logros del lenguaje.

 

Eres una laboriosa escritora que insiste en ese “albur” que significa presentarse a concurso, pero esta vez te ha tocado. ¿Cómo se siente ser ganadora del Carpentier de cuento?

 

Carpentier es mi escritor cubano preferido, y si algo envidio en este mundo es su prosa. Pero —aunque me alegra haber ganado—, me duele que este premio haya tardado y mis padres murieran sin verlo. Y debo concursar aunque no quiera: trato de asegurar la economía de mi familia con lo único que me gusta hacer y hago mejor.

 

¿Cuál es el universo temático de Oil on canvas?

 

La plástica. En Oil on canvas cada cuento es una técnica pictórica: hay dos óleos sobre lienzo, una serigrafía de Zaida del Río, tinta sobre vitela y marginalia como en los códices medievales. Son cuentos dedicados a lo que no fue. A las vidas que no pude vivir, los sueños rotos. Sin embargo, no es un libro sombrío como Malevolgia. Yo diría que posee una serena luz”.

 

¿Te has vuelto con los años una escritora de lenguaje propenso al barroco?

 

Yo siempre he escrito como ahora. Aún en mi libro La ciudad de los muertos, de temas cubanos, mantuve mi estilo. Y no voy a cambiar, porque yo amo la belleza, uno de los dones supremos del espíritu. Pero, indudablemente, el tiempo torna más compleja la mirada.

 

¿Sigues interesada en los temas fantásticos o los has abandonado definitivamente?

 

Nunca he sido exactamente una escritora del fantástico ni de ciencia ficción. Antiguo error de apreciación de algunos críticos. En cuanto a lo fantástico, es la sustancia del pensamiento mágico primigenio, lo arquetípico, el modo original de percibir el universo. El arte no puede alejarse de la mente arquetípica, de algún modo tiene que mantener vínculos con ella. Eso está muy claro para mí. Narrar por narrar es el vacío.

 

¿En qué género te encuentras más cómoda, en el cuento o en la novela?

Un escritor verdadero tiene que ser capaz de trabajar bien cualquier género literario. ¿Acaso no son todos ellos voces del alma?

 

¿Cómo ve Gina Picart, su escritura, en el cuerpo cada vez más nutrido de mujeres en la narrativa nacional?

 

Yo he escrito bastante sobre mujeres, pero jamás entre mujeres. Me niego a que mi escritura sea encasillada. A la hora de escribir soy asexual. Yo escribo y mi patria es la literatura. Sin fronteras.

(Publicado en el diario Granma y tomado de Bolpress)

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una respuesta a Entrevistas a Gina Picart

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