El castillo de Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro o el titán de las tormentas (III)

Cuando en 1538 la reina Juana de Castilla ordenó a Hernando de Soto, Gobernador de Cuba y Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza que protegiera a la villa de San Cristóbal de las incursiones de piratas y corsarios, le sugirió que aquel primer conjunto defensivo fuera erigido en la loma de El Morro. Sería difícil intentar comprender desde nuestra perspectiva histórica por qué De Soto no la obedeció, pues no dejó ningún testimonio escrito de las razones por las cuales contradijo a su soberana, aunque tal vez haya influido en tal decisión su anhelo por partir cuanto antes en la expedición que preparaba para la conquista de La Florida, y que se hizo a la mar apenas un año después de su nombramiento y dos de su matrimonio con doña Inés de Bobadilla. Era un hombre impaciente, en verdad.

Luego de la catástrofe que supuso para la villa de San Cristóbal el ataque pirata perpetrado en1555 por el corsario francés Jacques de Sores, donde tan triste papel hizo el entonces Gobernador Pérez de Angulo[1], la Corona decidió que Cuba no tuviera nunca más Gobernadores civiles, y envió en sustitución del fallecido Angulo al capitán don Diego de Mazariegos con órdenes de construir una nueva fortaleza mejor situada y equipada para defensa de la villa. No por gusto era Mazariegos avezado militar, pues retomó con urgencia la sugerencia hecha por la reina Juana a De Soto y, además de ocuparse de llevar adelante la edificación del castillo de la Real Fuerza, hizo construir sobre el peñón de El Morro una torre vigía de 12 metros de altura, de cantería blanca que refulgía bajo la luz del trópico y podía ser vista en ocho leguas a la redonda. Dicha torre, además de alojar centinelas que mantenían una constante vigilancia sobre el litoral, servía de orientación a las embarcaciones que se acercaban a San Cristóbal. Sin saberlo, creó la edificación destinada a convertirse tiempo después en el faro de El Morro, célebre en el mundo entero por ser la imagen icónica de La Habana.

Ingeniero real Bautista Antonelli, constructor de los castillos San Salvador de La Punta y Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro.

Antes de hablar de este castillo hay que dedicar espacio a una breve biografía de su arquitecto jefe, quien también lo fue de la fortaleza de San Salvador de La Punta. El maestro Bautista Antonelli[2] era  miembro de una familia italiana donde siete de sus integrantes fueron arquitectos civiles, hidráulicos y militares de gran prestigio, quienes sirvieron a cuatro monarcas españoles durante noventa años, y dejaron importantes obras en la propia España, Portugal, norte de África y las colonias españolas del Caribe. El Consejo de Indias lo escogió junto al maese de campo Juan de Texeda para elaborar un plan de fortificaciones que garantizara la seguridad de los puertos españoles del Caribe. Ambos llegaron a La Habana en 1539 para comenzar las obras en El Morro y La Punta y terminar los trabajos de la Zanja Real, encargada de llevar el agua a la villa. No más llegar, Antonelli tuvo dos ideas que dejan en claro su lucidez como arquitecto militar. La primera fue comprender la importancia suprema de la loma de La Punta, de la que dijo que quien fuera dueño de ella lo sería del castillo de El Morro, y quien fuera dueño de la loma de La Cabaña lo sería de la villa. La segunda fue cerrar la boca del puerto con una cadena de gruesos maderos unidos por peines de hierro, la misma que aparece entre los símbolos del escudo original concedido por la Corona a la villa de San Cristóbal.

A pesar de su prestigio y de ser uno de los arquitectos favoritos de Felipe II, la estancia de Antonelli en La Habana distó mucho de ser placentera, pues, como otros antes de él, también fue víctima de intrigas y componendas por parte de los altos funcionarios de la villa. Adquirió, además, en el rostro una enfermedad de la piel, supuestamente por exposición al sol. Por ambas situaciones pidió al rey que le permitiera regresar a España, o de lo contrario se obligara a los funcionarios  que le dejaran trabajar en paz sin interferir en sus decisiones. Lo primero no le fue concedido, pero la orden de respetar sus designios sí fue dada al Gobernador que lo importunaba y vino acompañada, además, por un significativo aumento de salario para el solicitante. Trabajó con Antonelli su sobrino Cristóbal de Roda en calidad de ingeniero ayudante. No solo proyectaron y construyeron las dos fortalezas, sino que trabajaron también en los planos para la nueva iglesia parroquial, en un trazado de la San Cristóbal como ciudad y en la formación técnica del personal que convirtió la villa fundacional, sembrada de bohíos del siglo XVI, en la ciudad de obras de fábrica del siglo siguiente. Murió en España.

Las primeras obras comenzaron en El Morro en 1589, y tropezaron con las mismas dificultades que habían pesado sobre la construcción de la Fuerza Vieja y el castillo de La Real Fuerza: escasez de dineros, de materiales, de mano de obra y malversación de recursos por parte de los altos funcionarios coloniales. Solo bajo el mandato del Gobernador don Pedro Valdéz (1600-1607), el que más colaboró con Antonelli, se cerraron las bóvedas y se concluyó la plataforma sobre la cual se emplazó una batería de doce cañones, llamados los doce apóstoles. Bajo el siguiente Gobernador fueron terminados los alojamientos de las tropas, los almacenes de municiones, los aljibes y las caballerizas. La fecha oficial de  la terminación de este castillo quedó fijada en 1630.

La fortaleza fue concebida con forma de polígono irregular, con muros de 3 metros de grosor y fosos profundos, elementos todos ellos que la confirman como un ejemplo de arquitectura militar renacentista. Las partes de su estructura son inaccesibles hasta sesenta pies de altura. El castillo se adentra en el mar en ángulo agudo, en el que tenía un medio baluarte sobre el cual se alzaba una torre-fanal de diez metros de altura. A partir de ella una estructura de terrazas de ciento cincuenta metros de profundidad se iba desplegando hasta unir la fortaleza con la tierra, donde esta se encuentra protegida de asaltantes potenciales por  dos poderosos baluartes. Formaban parte de la defensa exterior que acompañaba el frente el foso, concebido sin agua y bien hondo para impedir el paso del enemigo, la contraescarpa, pared opuesta al muro escarpado del castillo, que tiene como intermediario al foso; un camino cubierto, el terreno natural inmediato a la contraescarpa, que se extiende en paralelo a la línea del frente de tierra y estuvo delimitado y protegido por una estancada y después por un parapeto, para la alineación de la tropa y la fusilería; el glasis, terreno continuo en declive que aumentaba la fuerza de atrincheramiento, dificultaba la bajada al foso y cubría la obra a los ojos del agresor. Junto con la fortaleza de San Salvador de La Punta, la de El Morro costó al tesoro de la Corona española 700 000 ducados, el doble de lo calculada sobre los proyectos originales realizados en Madrid.

Hasta la construcción de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, El Morro cargó sobre sí la responsabilidad de ser la mayor y más importante defensa de la villa contra sus asaltantes, y a lo largo de siglos sus muros han soportado los embates de una mar embravecida durante las muchas tormentas y ciclones que azotaron la ciudad.

También resistió con éxito los ataques de corsarios holandeses, franceses e ingleses por más de cien años. Sobre su desempeño durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, ha escrito el célebre arquitecto cubano Joaquín Weiss en su imprescindible tratado La arquitectura colonial cubana:

Resistió durante cuarenta y cuatro días el asedio de la armada del almirante Pocok —la más formidable que actuara en las Indias en la época colonial—, y para ser tomado fue necesario que los ingleses, después de una larga y cruenta labor de zapa, dinamitaran el baluarte exterior y penetraran en él por vía de La Cabaña.

Los ingleses, quienes habían desembarcado por Cojímar, enviaron una parte de sus tropas a Guanabacoa, donde enfrentaron la feroz resistencia  del célebre Pepe Antonio al mando de los vecinos, y otra a la loma de La Cabaña, aún sin fortificar, y desde allí cavaron túneles hasta llegar a El Morro, colocaron explosivos en la brecha y dinamitaron una parte de los muros, por donde accedieron a la fortaleza, que de otro modo nunca habrían podido tomar, pues para las posibilidades bélicas de la época resultaba prácticamente inexpugnable.

En 1763 y tras ser devuelta La Habana a España a cambio de entregar a Inglaterra La Florida, ingenieros militares de la Corona comenzaron la reconstrucción de la fortaleza, dañada por el ataque inglés. En los próximos tres años y más tarde, entre 1766 y 1771, fue transformado el cuerpo del edificio con la creación de un nuevo sistema táctico defensivo, que condicionó los aspectos formales y funcionales del mismo a los nuevos requerimientos impuestos por la industria armamentista y los métodos establecidos por las normas de defensa de fortalezas propias del siglo XVIII. Se crearon nuevos espacios funcionales que permitían conseguir una mayor capacidad para situar plataformas, baterías, bóvedas para almacenes, etc., todo lo cual daba a la fortaleza la posibilidad de resistir un largo asedio y mantener una guarnición de centenares de hombres. Se aumentaron los volúmenes de la construcción dando mayor altura y espesor a las superficies de los baluartes, plataformas y parapetos, con sus respectivas troneras, merlones y banquetas, a fin de garantizar mejor protección a la soldadesca. Las garitas se colocaron nuevamente en los ángulos de los baluartes; el foso se profundizó  aún más y se amplió ofreciéndole mayor altura a la cortina de tierra, se mejoró la contraescarpa, se levantó el parapeto del camino cubierto y en su plaza de armas se construyó un pequeño alojamiento para el cuerpo de guardia. En el interior del recinto, donde el bombardeo inglés había destruido las edificaciones destinadas a vivienda, se construyó un enorme bloque de cantería  monolítica a prueba de explosivos, rodeado de estrechos caminos de ronda con piso empedrado y acanalado para el desagüe de las fuertes lluvias. Al sur, y frente a la entrada principal de la fortaleza, se construyó un espacio que sería utilizado para fines militares, eclesiales y domésticos. Fueron añadidos dos baluartes, otro camino cubierto, aljibes, cuarteles, calabozos y más almacenes, asimilando siempre las irregulares características del terreno. Se perfilaron nuevos accesos hacia el este, con caminos cubiertos que comunican con la Cabaña, la batería de la Pastora y el Fuerte de San Diego[3]. Esta línea defensiva estaba colocada a lo largo de la única parte del terreno de El Morro que el enemigo podía atacar.

La torre original de diez metros de altura, inicialmente conocida como El Morrillo, albergó el primer fanal alimentado con leña hasta el siglo XVII. A principios del XIX era encendido con gas, y más adelante con aceite. Finalmente esta estructura fue demolida, y en 1845 el Real Cuerpo de Ingenieros levantó en su lugar el faro actual, “con fuerte material de sillares”, al que se dio el nombre del Gobernador O’ Donnell. Sus gruesos muros tienen 7, 5 pies en su base y cuatro ventanas que dispensan la ventilación y la luz. Tiene forma circular y su diámetro disminuye gradualmente desde la base hasta arriba a una altura de ciento ocho pies; Se divide en dos cuerpos, el primero de setenta y seis pies de alto, y el resto rematado por una cornisa donde se apoyan sobre una balaustrada de hierro la linterna y la cúpula. En 1945 el faro fue electrificado. Su luz alcanza unas diez y ocho millas de distancia, y aún en nuestros días continúa guiando a las embarcaciones que navegan en las cercanías del primitivo puerto de Carenas.

Hoy, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro, la más emblemática de las construcciones militares cubanas, forma un conjunto arquitectónico con la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. Luego de iniciarse su restauración en 1986, el Castillo pasó a integrar, junto con La Cabaña, el Parque o Complejo Histórico Militar Morro-Cabaña. En la actualidad constituye un gran museo histórico con una valiosa colección de objetos y documentos que datan desde los “Los Grandes Viajes”, comenzando por las principales expediciones marítimas que España y Portugal realizaron en los siglos XV y XVI y el período posterior durante la época de la colonia.

 

 

 

 

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[1] Sin embargo, Pérez de Angulo hizo cosas buenas durante su mandato. Fue él quien validó la ordenanza real de disolución de las encomiendas, que ponía fin a la esclavitud de los aborígenes cubanos. En cuanto a su huida de la villa ante la presencia de Jacques de Sores, si fue por cobardía, como le achaca la historia, habría que preguntarse por qué reunió una partida de defensores entre los habitantes del poblado de Guanabacoa y regresó al frente de ellos para enfrentarse a los piratas. De cualquier modo San Cristóbal no tenía, ni con Angulo ni sin él, recursos reales para vencer a los vándalos de Sores.

[2] El constructor de nuestras dos fortalezas no se llamaba Juan Bautista, confusión a la que ha dado lugar la repetición de los mismos nombres en tres generaciones de la mismafamilia, en la que era el menor de dos hermanos. Otra aclaración importante es que a parecer quien proyectó las fortalezas o sus planos originales fue el jefe de los arquitectos reales y lo hizo en Madrid bajo la mirada del rey Felipe II Antonelli pudo haber participado, tal vez se limitó atraer los planos a La Habana y trabajar ajustándose a ellos en lo posible. Lo que sí es seguro es que fue él quien dirigió las obras

[3]  Ambas construcciones forman parte del segundo sistema defensivo de La Habana.

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El castillo de La Real Fuerza (II)

Escorzo de La Real Fuerza, la fortaleza militar más antigua de todas las que aún se conservan en Latinoamérica. En ella pueden apreciarse el estilo renacentista de la arquitectura, el foso, el puente levadizo de la segunda planta con la casa vivienda de los Gobernadores, y la torre en cuya cima se yergue La Giraldilla

Desde que la Corona supo que en 1553 las obras de la Fuerza Vieja aún presentaban serias dificultades para la defensa de San Cristóbal de La Habana, ordenó construir una segunda fortaleza capaz de enfrentar con éxito los ataques de corsarios y piratas que continuaban acosando a la villa, pero la construcción del Castillo de la Real Fuerza no comenzó hasta el 1ero de diciembre de 1558, tres años después del devastador ataque del corsario francés Jacques de Sores.

El nuevo enclave distaba 300 metros de donde había estado su antecesora, y se encontraba dentro de los límites de la primitiva plaza de la villa, frente al canal de entrada de la bahía, donde se alzaban las casas del Cabildo, del Gobernador y de los principales vecinos, entre ellos la familia fundadora de los Rojas, quienes, como ya habían hecho antes para la construcción de La Fuerza Vieja, volvieron a donar su residencia para la defensa de la villa, más necesaria ahora que nunca, porque aproximadamente en 1561 San Cristóbal de La Habana se había convertido oficialmente en el punto central de encuentro de la Flota de Indias, hoy llamada por los historiadores Carrera de Indias, red de comunicaciones navales conformada por navíos mercantes y otros de carácter militar que custodiaban a los primeros durante su travesía de España al Nuevo Mundo y de regreso a la Metrópoli, cargados con las riquezas extraídas de las colonias de la Corona.

La imponente Flota de Indias en altamar bajo cielos de tormenta

En San Cristóbal de La Habana las naves se abastecían de productos necesarios para continuar la travesía. Las flotas llevaban a bordo unas 2.250 personas, entre gentes de mar y guerra, y su importancia era tal que se convirtieron en el principal objetivo de la piratería internacional, en especial de los corsarios franceses, ingleses y holandeses, cuyas naves estaban perfectamente equipadas para el ataque gracias al respaldo de sus países. El Doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, ha descrito así los tesoros que transportaba la Flota entre dos mundos:

El oro y la plata fundidos y labrados; el palo del tinte obtenido en las costas de Campeche y Honduras, la lana de Alpaca y los tejidos deslumbrantes del mundo andino; las esmeraldas que siglos después acrecentarían la fama de las minas de Colombia; las plumas de aves, entonces inimaginadas, aplicadas en incomparables bordados en dalmáticas y mitras para los pontífices y príncipes de la Iglesia, ejemplo de lo cual es la mitra de San Carlos Borromeo, tesoro de la capital de Milán, obras de artistas de México que quedarían para siempre en los tesoros de las basílicas y catedrales europeas; las maderas, que como el ébano negro, la caoba ropa y el violáceo palisandro, permitirían creaciones enteramente nuevas en el mobiliario occidental. Los cueros de Cuba, que tenían como destino final los talleres de Córdoba, la ciudad que había dado nombre y fama al califato árabe en la España musulmana. Pieles repujadas e iluminadas guardan hasta hoy, recubriendo las arcas y las fundas de las armas, su remoto origen en la isla del Caribe. Otras especies y frutos como el maíz, la papa, el camote, la mandioca, el cacao… conquistaban o adquirían para sí la condición de rarezas entre los comestibles novedosos mientras el tabaco inundaba con su humo azul los más legítimos salones del Viejo Mundo. […] De esta forma, entre marzo y agosto de cada año, anclaban los galeones, y volcaba  sobre la ciudad a miles de marinos y pasajeros, para los cuales debían prepararse hostales y tabernas, y a quienes se les ofrecía además, las posibilidades de participar en las últimas contrataciones a que la convergencia de tantas y tan diversas mercaderías daba lugar. No ha de omitirse que, de entre ellas, resultaban de interés excepcional las del Lejano Oriente, que tomaban tierra en las playas de Acapulco luego de costear la Baja California, y tenían como punto de partida la ciudad de Manila, en Filipinas, desde la cual, a partir de 1565, se expandían las porcelanas de China, los bordados en seda, las perlas y perfumes, los marfiles, las lacas y las piedras duras, los cuales una vez en tierra firme eran llevados del Pacífico al Caribe, y desde el puerto de Veracruz eran embarcados con destino a La Habana, donde escalaban para luego continuar hacia la ciudad de Sevilla. […] La Habana se había convertido en la escala más importante de las Indias, lugar de paso ayer, base de aprovisionamiento, ruta de aventuras y descubrimientos portentosos, la ciudad se transforma aceleradamente en la más próspera urbe de entre aquellas que preside la audiencia primada de Santo Domingo.[1]

Las labores de construcción, iniciadas bajo la dirección del ingeniero militar Bartolomé Sánchez, avanzaban con mucha lentitud unas veces por falta de dinero y otras de de mano de obra, sin contar las pequeñas conspiraciones internas entre los diferentes funcionarios coloniales, que entorpecían la buena marcha de los trabajos. En 1562 y tras muchas vicisitudes, el maestro de cantería Francisco Calona sustituyó a Sánchez al frente de las obras y se reanudó la construcción del edificio, aún  en los cimientos. Calona fue víctima de las mismas dificultades e intrigas que había enfrentado su antecesor, y solo veinte años más tarde, en 1582, consiguió terminar la fortaleza.

El castillo de La Real Fuerza fue construido con la dura piedra del litoral habanero, en estilo renacentista con algunos rasgos medievales, y siguiendo las reglas de la arquitectura militar de la época. Lo separaba de las casas vecinas una explanada rodeada por un ancho foso con puente levadizo que dificultaba el acceso del enemigo, y la cercaban muros de sillería de más de 6 metros de espesor y 10 de altura. El edificio tiene planta estrellada que contiene un cuartel con cuatro baluartes, orientados en diferentes direcciones para potenciar la efectividad de la artillería consistente en bombardas, culebrinas y cañones de variado diseño y capacidad. En el centro está el patio de maniobras. Las dependencias se comunican por anchas galerías abovedadas. La cubierta terraplenada se alza sobre las primeras bóvedas de cañón construidas en Cuba. En una esquina  de la edificación se alza la Torre del Homenaje, elemento arquitectónico propio de los castillos medievales, que en esta ocasión servía como albergue del vigía y también como campanario, pues se colocó allí una campana cuyo repique debía avisar a los vecinos la presencia de naves piratas en la cercanía de la villa. También era en esta torre donde se izaba el pendón real durante las festividades.

batería de artillería y casa vivienda del castillo de La Real Fuerza

Sin embargo, un grupo de especialistas en construcciones militares enviado por el Rey para inspeccionar el resultado final informó a Su Majestad que “el patio es muy pequeño,  le faltan escaleras, parecen sus puertas más de ciudad que de fortaleza; carece de agua y tiene la fosa tan alta que si no se baja conforme a la marea no podrá tener agua ni aunque se le eche a mano”, pero también dio seguridad de que armándola debidamente “se podía muy bien defender”. Se trajeron de México soldados, pólvora, plomo, artillería y municiones para su defensa. Otra anécdota singular tiene como protagonista al Gobernador Carreño, quien después de conspirar ardientemente contra el ingeniero militar y el maestro de cantería a cargo de las obras, dio muestras de un orgullo tan vivaz (y tan español) que hizo colocar una tarja en los muros a la altura donde estos habían sido levantados durante su gobierno. La tarja en cuestión decía: “De aquí para arriba, de Carreño”. El voluntarioso funcionario de la Corona fue aún más lejos y concentró en la nueva Fuerza a toda la guarnición de la ciudad, y llevado por su exceso de celo encerraba cada noche a la soldadesca entre los muros de la fortaleza guardándose las llaves bajo su almohada.

Aunque la fortaleza tenía un serio defecto estratégico en su ubicación geográfica, pues se encontraba situada muy adentro del canal de entrada de la bahía de La Habana y no cumplía con el objetivo para el que fue construida, y  a pesar de los desmanes y ciertos latrocinios cometidos por los Gobernadores de turno, el Rey estaba satisfecho y mandó grabar sobre el portón el escudo con las armas de la casa real de España (la suya),  obra que ha quedado como la talla en piedra más antigua y mejor de la isla en su época. Por si fuera poco, ordenó que los navíos que llegaran o salieran del puerto saludaran a la nueva fortaleza con salvas de artillería.

Los siguientes Gobernadores hicieron construir una segunda planta con una casa de vivienda de “75 pies de cumplido y 16 de ancho”, con un terrado encima y cuatro ventanas por lado que podían servir como troneras, contra la opinión de sus oficiales, quienes alegaban que en caso de ataque resultaría muy difícil defenderla. Hacia 1630 se agregó un piso a la torre sobre el ángulo del baluarte suroeste.

Ese mismo año fue nombrado  Gobernador General de la Isla de Cuba el Almirante de Galeones Juan de Bitrián y Viamonte, quien deseó dotar a La Habana de una veleta como la que corona la torre-campanario de La Giralda en la catedral de Sevilla, con el fin de que los navegantes pudieran reconocer desde el puerto la dirección de los vientos, para lo cual contrató al canario Gerónimo Martín Pinzón, maestro fundidor, quien esculpió la figura de una mujer en pose airosa y  llena de gracia, y se dice que retrató en ella los rasgos delicados de Inés de Bobadilla como tributo a la fidelidad de la dama por su esposo Hernando de Soto. La figulina sostiene en su brazo derecho una rama de palma y en el izquierdo porta la cruz de Calatrava, insignia de la Orden de Calatrava de la que Bitrián era Caballero. La figura tiene una altura de 1.05 metros y consumió 81 libras de cobre,  4 libras de plomo, 3 libras de oro, 3 arrobas y 2 libras de cera de Campeche, 3 libras de hilo de hierro,  4 cañones de mosquete y la leña y el carbón necesarios para fundir los metales. Su costo total fue de 350 pesos y quedó terminada en 1632. Es la primera estatua que se fundió en Cuba. El artista le esculpió en el pecho un medallón con la siguiente inscripción en latín: Ihieronimus martin /s pinzo  arteex. ac  fvsoream  scvpsit, que en español significa: “Gerónimo Martín Pinzón artífice y fundidor la esculpió”. Fue colocada en lo alto de la Torre del Homenaje. Por su destino de orientadora del rumbo de las embarcaciones nuestra Giraldilla es considerada como el primer instrumento meteorológico construido en Cuba.

Además de residencia de los Capitanes Generales y Gobernadores de Cuba, la Real Fuerza de La Habana sirvió para guardar el oro, la plata y otras mercancías de valor que llegaban a San Cristóbal en tránsito hacia España. Gracias a la solidez de sus muros el castillo resistió el bombardeo de la artillería inglesa durante la toma de La Habana en 1762, y tras heroicos combates solo la falta de pólvora forzó a los defensores a rendirse. Cuando La Habana fue devuelta a España a cambio de la Florida la fortaleza, debido a su limitado poder defensivo causado por su defectuosa ubicación, fue destinada a cuartel. Durante la Guerra de los Diez Años se convirtió en sede del Cuerpo de Voluntarios de La Habana. En 1899, el gobierno interventor ordenó trasladar al Castillo el Archivo Nacional, donde estuvo hasta 1906. A partir de entonces fue utilizado como Cuartel de la Guardia Rural, y desde 1909 lo ocupó la jefatura de ese cuerpo. El Estado Mayor del Ejército también estuvo instalado en el edificio hasta 1934 y, al siguiente año se instaló allí el Batallón Número Uno de Artillería del Regimiento Siete, Máximo Gómez. Entre 1938 y 1957, la fortaleza albergó la Biblioteca Nacional.

Después de 1959 la planta alta del Castillo dio cabida a la Comisión Nacional de Monumentos y luego al Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), mientras en la planta baja se ubicó el Museo de Armas. Bajo su techo aguarda al visitante una sorpresa mayor: allí, entre una colección de modelos navales de la época en pequeña escala, reducido a una maqueta de dos metros de eslora se yergue el buque Santísima Trinidad, el más fabuloso de todos los navíos de la Armada Española y en su época el barco de línea más grande del mundo, con 53 metros de quilla, 60 de eslora, cuatro puentes, más de 140 cañones y casi 1,000 marinos. Le llamaban El Escorial de los Mares, y puede decirse sin temor a exagerar que junto al castillo madrileño del mismo nombre conforma el binomio insignia de la gloria imperial de la España de Felipe II.

Pero también la fortaleza alberga en sus salas valiosas colecciones antiguas, entre ellas una muestra de objetos aborígenes hallados en sitios arqueológicos de la Isla, como restos de hachas de piedra, conchas talladas y una canoa de los nativos antillanos, entre otras piezas. También se muestran  las réplicas de La Niña, La Pinta y La Santa María, las tres embarcaciones en las que Cristóbal Colón y sus hombres llegaron al “Nuevo Mundo” en busca de otra ruta hacia las Indias. También se exhibe una maqueta del Castillo de la Real Fuerza, ejemplo de la arquitectura renacentista de la época, con su planta cuadrada en perfecta simetría, dividida en nueve partes iguales. Además, presenta detalles de su construcción y los diferentes momentos históricos por los que ha atravesado. Se exponen muestras de las riquezas extraídas de las colonias y enviadas a España, entre las que pueden ser apreciados hermosos discos comprimidos de oro y plata de diferentes tamaños y calidades, y baúles abiertos y ambientados que permiten comprender el  modo en que eran transportados estos bienes en las naos. Otra muy interesante muestra es la de hallazgos realizados en los fondos marinos de la plataforma circundante, pecios resultantes del naufragio de naves que realizaban el recorrido desde o hasta la Isla: una amplia colección de monedas, cadenas del Potosí, aretes, sortijas y diversos objetos de oro, plata y piedras preciosas que durante siglos yacieron en el lecho marino y hoy regresan como testigos mudos  de la trágica suerte corrida por aquellas embarcaciones y sus tripulantes.

De todas las fortalezas habaneras que he visitado, es el castillo de La Real Fuerza el que más me ha impresionado desde que era niña.  Y no es solo por su belleza y acabado perfectos, sino porque es allí donde, además del espíritu bélico que impulsó su construcción, se siente con más fuerza un ambiente acogedor, como de casa para habitar, sobre todo en la segunda planta, que fue edificada para residencia de los Gobernadores Generales de la isla.

Obsérvese la elegante factura de esta casa vivienda y el raudal de luz en el interior de las estancias

Con sus puertas y ventanas de exquisita y refinada marquetería y bellísima vista del océano, su extraordinaria luminosidad y agradable ventilación impregnada del olor salitroso de las brisas que suben de la costa, invita de inmediato a la imaginación a ver, como en un sueño, todo el mobiliario que hubo de tener, pero en mi caso, no sé por qué, lo que siempre visualizo es una larga mesa de comedor con sillas de respaldo labrado, y encima, sobre la oscura madera preciosa, una vajilla en la que destacan dos altos candelabros de bronce y cristal. No sé de dónde he sacado esas visiones, pero pienso que nacen de la magia que impregna el lugar, en el que aún se dejan percibir, como un aroma sutil, los antiguos afectos y el ambiente doméstico que rodeó a quienes la habitaron hace ya tantos siglos. Es, sin duda, una habitación encantada en la que siguen merodeando las sombras del ayer.

El Castillo, devenido centro de cultura, ha acogido exposiciones transitorias de arte cubano contemporáneo y conjuntos internacionales de alto nivel. Hoy La Real Fuerza, junto al sistema de fortificaciones de la ciudad y el casco histórico, es uno de los sitios declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

 

 

 

 

 

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[1]  Eusebio Leal, La Habana ciudad antigua

 

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Primeros ataques piratas a la villa de San Cristóbal de La Habana

NOTA:

LOS TEXTOS QUE SIGUEN CONFORMAN LA SERIE FORTALEZAS DE LA HABANA SOBRE EL PRIMER SISTEMA DE FORTIFICACIONES MILITARES DE LA HABANA COLONIAL, Y ME HAN SIDO ENCARGADOS POR MI ÓRGANO DE PRENSA, RADIO CIUDAD DE LA HABANA, COMO PARTE DE LAS CONMEMORACIONES POR EL  ANIVERSARIO 5OO  DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CAPITAL

 

PRÓLOGO

La Habana no es Roma con sus siete colinas que ciñen la Ciudad Eterna como un anillo mágico, pero en 1508, cuando el marino español Sebastián de Ocampo bojeaba la isla, su vista experimentada reparó en la forma del puerto con su estrecho canal de entrada a una amplia bahía de bolsa, y en uno de los extremos del canal un alto peñón rocoso que se adentraba en el mar y recordaba un morro de bestia. Vio arroyos que desaguaban en pequeñas ensenadas interiores y, a lo lejos, un grupo de colinas no muy elevadas, pero que en caso de ataque podrían servir como defensa del puerto. Sobre los arrecifes coralinos  de la costa encontró mineral asfáltico ideal para calafatear sus  naos, y vio que era un sitio magnífico para fondear y reparar naves, por lo que  bautizó el lugar como puerto de Carenas, término de la jerga marinera con ese significado. Hasta donde abarcaba la mirada se extendían bosques de cedros y caobas, y canteras de donde podía extraerse muy buena piedra para construcciones.

Aunque en ese momento probablemente Ocampo no lo supiera, estaba en el territorio gobernado por el cacique cubano Habaguanex, que se entendía desde la entrada de la actual provincia de Pinar del Río hasta Matanzas, con algunas dispersas comunidades aborígenes agrupadas en pequeños poblados, dos de ellos ubicados en la desembocadura del río Almendares. En 1519 la villa de San Cristóbal de La Habana se había asentado allí tras un largo peregrinar que la llevó del sur al norte de la isla. Rodeada de pequeñas haciendas y huertas, en 1538 tenía una iglesia y un hospital de mampostería reconocido como el mejor de la isla, y unos cincuenta vecinos blancos que vivían en bohíos muy semejantes a los de los aborígenes, y más o menos unos doscientos esclavos entre negros, mulatos e indios. Era cualquier cosa menos  una ciudad, y no lo fue hasta que en 1592 el rey de España le concedió ese estatus. Para entonces ya La Habana contaba con su primer sistema de fortificaciones, construidas en la costa norte a lo largo del Camino de la Playa, uno de los dos que conectaban la villa con el resto de la isla. El rey también le concedió el derecho a ostentar un escudo en el que lucen tres torres de plata y una llave de oro sobre campo de azur, rodeado por una gruesa cadena semicircular. Hacia la izquierda de los torreones puede verse la representación de un cañaveral, y hacia la derecha la de un bosque. Tal fue el escudo original de la villa de San Cristóbal.

En Heráldica, ciencia que estudia las genealogías y los blasones y narra, en lengua de imágenes, los orígenes y hazañas de lugares y hombres, el color azul alude a las virtudes, la justicia y la lealtad de la isla, a la que España siempre consideró la perla de su corona.  La plata de los torreones simboliza el agua, las virtudes, la fe, la pureza, la integridad, la palmera, la azucena y la paloma. Las ciudades o familias que ostenten plata en sus escudos de armas están obligadas a servir a su rey en la náutica o ciencia de la navegación, a defender a las doncellas y a servir a los huérfanos. El oro simboliza el sol, el león, la nobleza, la germinación lo mismo de la naturaleza que de la riqueza material, y quienes llevan este metal en sus escudos están obligados a servir a su soberano cultivando las bellas letras, o sea, fomentando la cultura. Cuando el rey de España entregó este escudo a La Habana y le concedió la categoría de ciudad, escribió: “Tú eres la llave del Golfo y antemural de las Indias”. Con la expresión Llave del Golfo se ha explicado en la ya muy nutrida bibliografía sobre nuestra capital que se hace referencia a la posición geográfica de Cuba a la entrada del Golfo de México, donde se encontraban los más ricos virreinatos de la Corona en América. Los tres torreones, que en heráldica representan a los castillos, aluden a las tres primeras fortalezas de la ciudad: el castillo de La Real Fuerza, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro y el castillo de San Salvador de La Punta, que no solo defendían La Habana de los ataques piratas, sino a la Flota de Indias, que desde 1560 por Orden real se concentraba en su puerto durante varios meses al año en su viaje de la Península al Nuevo Mundo y en su retorno de este a la Madre Patria, acarreando en los vientres de sus galeones la mayor concentración de tesoros que el mundo ha visto. Es fácil comprender entonces que el escudo de La Habana fue muy bien pensado por la Corona española.

En la primera época de la villa de San Cristóbal imperaba la pobreza y hubo que recurrir a la ayuda en dinero, mano de obra, materiales de construcción y armamento a los virreinatos continentales. A la espera, a veces larga, de estos dones, se unían la mala intención que solía emponzoñar las relaciones entre los funcionarios de la villa y los maestros constructores al frente de las obras, y la no menos vergonzosa malversación, a manos de Gobernadores y alcaldes, de los recursos destinados por la Corona para tales trabajos. Como consecuencia, cada cierto tiempo la construcción de las fortalezas quedaba librada a los míseros recursos de los pocos vecinos de la villa, quienes solían colaborar con sus dineros, sus esclavos y hasta su propia fuerza de trabajo. El resultado de todas estas circunstancias fue que las fortalezas marcharon siempre a la zaga de las necesidades de la villa, y alguna jamás fue probada en combate por haber pasado de largo el momento en que hubiera podido desempeñar su función defensiva.

Existe una abundante bibliografía sobre el acoso al que la piratería internacional sometió a  La Habana desde 1519, pero bastaría citar un solo párrafo de ella para dar una idea del estado de constante alerta y angustia en que vivían los habitantes de la villa:

Ya desde 1551 se había pregonado la obligación de que todos los vecinos de La Habana tenías que “llevar espada día y noche”. . En 1554 se dispuso que “todos los vecinos de esta villa, así los de a pie como los de a caballo, cuando oyeren tiro de la fortaleza, es señal de que aparece navío, acudan todos a sus puestos. Los de a caballo a la casa del Gobernador, los de a pie al baluarte, y los demás a la fortaleza, como está mandado[i]

Pero nuestro primer sistema de fortificaciones tiene una historia muy hermosa de abnegación, heroísmo, tesón y lealtad, además de contar con la más antigua de las fortalezas que todavía se conservan en pie en América, el castillo de La Real Fuerza, ejemplo de la más perfecta arquitectura militar renacentista desarrollada por España en sus colonias.  Nuestra arquitectura militar colonial cuenta, además, con la mayor de todas las fortalezas que han existido en el Nuevo Mundo, el castillo de San Carlos de La Cabaña. Nuestro primer sistema  de fortificaciones comprende también sus cuatro torreones de apoyo: La Chorrera y San Lázaro en el oeste y Bacuranao y Cojímar hacia el este, protagonistas de hechos de armas dignos de ser recordados y de otros que siguen clavados como una espina dolorosa en el corazón de la ciudad y han dejado una huella indeleble en su pasado.

En la Sexta Reunión del Comité Intergubernamental de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural celebrada en diciembre de 1982 en la sede de la UNESCO en París, su Director, señor Amadou-Mahtar M’̀̀Bow, declaró el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana patrimonio de la humanidad. El área protegida declarada incluyó “las fortificaciones de la bahía y el espacio edificado luego de la demolición de la murallas […]”. Esta acción confiere a la villa de San Cristóbal un aura tan eterna como la de Roma.

Por todo esto Radio Ciudad de La Habana dedica la siguiente serie de trabajos a nuestro primer sistema de fortificaciones, en homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana, incluida desde 2014 entre las Ciudades Maravillas de la Tierra.

 

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[i] Francisco Mota, Piratas y corsarios en las costas de Cuba. Editorial Gente Nueva, 1984.

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LA FUERZA VIEJA O LA PRIMERA CONSTRUCCIÓN MILITAR DEL PRIMER SISTEMA DEFENSIVO DE LA VILLA DE SAN CRISTÓBAL

(I)

En las primeras décadas del siglo XVI Cuba era una isla paupérrima, totalmente eclipsada por el fasto de los virreinatos del Nuevo Mundo y prácticamente desierta, pues sus pobladores la utilizaban como trampolín para emigrar hacia las tierras continentales en busca de mejor fortuna. Solo existían en Cuba ocho pueblos de blancos y únicamente San Cristóbal de La Habana y Santiago de Cuba mantenían una población estable. En 1515 la población blanca no alcanzaba el millar de individuos, la mitad de ellos ubicados en la villa de San Cristóbal, cuyo último y definitivo asentamiento tras un largo peregrinar no ocurrió hasta 1519. Había en la isla menos de tres millares de esclavos negros, mulatos y mestizos. Los indígenas no sobrepasaban los dos millares. En aquel tiempo la ciudad más importante era Santiago y allí tenía su residencia del Gobernador.

España y Francia se encontraban en guerra, y el rey francés Francisco I estaba resentido con el Papa Borgia por la división que este había hecho del Nuevo Mundo, en la que las tierras descubiertas en esa parte del globo terráqueo quedaban bajo el dominio de España y Portugal, y como represalia comenzó a expedir patentes de corso a todos los marinos que estuvieran dispuestos a hostigar a las nuevas colonias españolas. Desde finales de la década de 1530 piratas y corsarios merodeaban en las aguas del Caribe y se habían adueñado del litoral antillano, liderados por los franceses Hallebarde y Roberval. Un posible primer ataque a Cuba habría ocurrido en 1537, y en 1543 el filibustero Roberval llevó a cabo un ataque conjunto a Santiago y San Cristóbal, a la que llegó tras desembarcar por la caleta de San Lázaro. En 1550 La Corona dispuso que los gobernadores de la isla trasladaran su residencia a San Cristóbal, y en 1555 se produjo el más sangriento ataque a ella, de nuevo protagonizado por un francés, el corsario Jacques de Sores, normando y hugonote, apodado por su extrema crueldad El Ángel Exterminador.

Sores no era un pirata cualquiera, descendía de vikingos (históricamente los depredadores más sanguinarios del mar) y era  un militar experimentado que había combatido en la campaña de La Rochelle, donde se destacó por su valor, tras lo cual se puso a las órdenes del rey de Francia, quien en reconocimiento a sus servicios le expidió una patente de corso. Durante un tiempo Sores fue lugarteniente de Francois Leclerc, el primero de una larga serie de piratas conocidos por el célebre mote de Pata de Palo, y juntos asolaron varias plazas españolas en el Caribe.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuántas naves trajo Sores para su  aventura cubana, pero parece cierto que, tras un ataque particularmente cruento a Puerto Príncipe —donde cometió terribles desmanes entre los cuales estuvo la violación de las mujeres de la localidad, a quienes después abandonó a su suerte en Cayo Coco—, se dirigió a San Cristóbal al mando de 200 arcabuceros y otros piratas bien armados, desembarcó en la costa habanera y sin hacer uso del Camino de la Playa donde estaba enclavada La Fuerza Vieja, única construcción defensiva que existía entonces en la villa,  entró por el monte y llegó a la población atravesando las haciendas que la rodeaban. Tampoco se sabe con certeza si venía buscando unas supuestas y fabulosas reservas de oro o si su intención era secuestrar a las personas más importantes  de la localidad y pedir rescate por ellas. Probablemente abrigaba los dos propósitos.

Gobernaba entonces la villa Pérez de Angulo, y Juan de Lobera fungía como Regidor del Cabildo.  Las condiciones defensivas de San Cristóbal eran prácticamente inexistentes, pues La Fuerza Vieja era una  construcción inútil. En 1538 la reina doña Juana de Castilla había ordenado al Gobernador Hernando de Soto, Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza en San Cristóbal, sugiriendo que se alzara sobre el peñón del Morro. Pero De Soto se marchó al año siguiente, no en busca de la Fuente de la Juventud como muchos creen, sino a la conquista de La Florida, donde esperaba descubrir las Siete Ciudades de Cibola, mencionadas por el conquistador español Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su libro Naufragios, cuyo autor las describió como todavía más ricas y deslumbrantes que las capitales aztecas e incas encontradas por los españoles a su llegada al Nuevo Mundo. No hay que olvidar que De Soto era un explorador y había participado en las conquistas de Perú, Panamá, Nicaragua y Honduras, y sin duda la idea de emular las primeras y titánicas hazañas de España en América enardecía su vanidad y su ardor bélico. Murió en el intento, y es conocida la romántica leyenda según la cual su esposa, la bella dama doña Inés de Bobadilla, pasó mucho tiempo aguardando su regreso en un parapeto desde entonces conocido como el  Balcón de la Espera[1].

Antes de partir, De Soto dejó la tarea encomendada por la reina en manos de Juan de Aceituno, un especialista en construcciones militares de la ciudad de Santiago. Las primeras defensas de aquel tiempo eran simples fuertes de tierra armados con unas pocas culebrinas y cañones, y aquella plaza habanera contaba con un único cañón al que llamaban El Salvaje. Aceituno anunció de manera oficial la terminación de los trabajos en 1540, unos siete meses después de la partida de De Soto, pero en 1553 todavía las autoridades de la villa no consideraban la obra finalizada. Según actas del Cabildo de la época la edificación, de planta cuadrada con 48 metros por lado, tenía tapias gruesas con algunos pilares de cantería intercalados en sus murallas, almenas adecuadas para 6 pedreros y en una esquina de la construcción se erguía una pequeña torre de 10 metros de alto, pero se le señaló a Aceituno que los cimientos de la plaza eran malos y su ubicación estratégica pésima, pues estaba dominada por la loma de La Cabaña y el cerro de Peña Pobre, lo que la hacía muy vulnerable a ataques enemigos, y además quedaba lejos del puerto. Por otra parte, los efectivos de que disponía Lobera para defender el fuerte eran 16 hombres de a caballo y 65 de a pie, armados con espadas y arcabuces.

Primitivo poblado de La Habana y ubicación de la Fuerza Vieja

En ese mismo año Sores había tomado la villa de Santiago de Cuba y hecho allí gran saqueo, lo que le dejó muy envalentonado y codicioso de mayor botín, por lo que se dispuso a atacar San Cristóbal.  Apenas los centinelas apostados en la loma del Morro avistaron la presencia de naves piratas, el Gobernador Angulo escapó con su familia a Guanabacoa, pero el Regidor Lobeira se refugió en el fuerte y se dispuso a resistir. Tras cruentos combates Sores preguntó a un traidor de la guarnición si el defensor del fuerte estaba loco por empeñarse en una resistencia que solo lo conduciría a la muerte, y le envió amenaza de matarlo junto con todos los habitantes de la villa si no se rendía. Lobera aceptó, pero pidió que fuera respetado el honor de unas pocas mujeres que se habían refugiado bajo su protección y no corriera peligro la vida suya y de sus hombres, con lo que Sores estuvo de acuerdo, mas tomó a todos como rehenes y pidió un elevado rescate por ellos. Lobera y los vecinos regatearon durante casi un mes para dar tiempo a ver si Angulo regresaba con refuerzos, lo que este finalmente hizo, pero la minúscula tropa que logró reclutar estaba integrada en su mayoría por esclavos e indígenas, quienes al iniciar el ataque contra la casa del vecino Juan de Rojas, donde se había refugiado Sores, lo hicieron con gran gritería, por lo que los franceses se pusieron en guardia y se parapetaron, y el ataque por sorpresa fracasó. El jefe corsario, exasperado por la trampa en que había estado a punto de caer y porque no había encontrado las esperadas riquezas en tan mísera villa la saqueó, incendió casa por casa con brea y alquitrán sin perdonar la iglesia ni el hospital, robó los objetos sagrados de oro y plata que encontró en el templo, acuchilló las imágenes de los santos y él y sus hombres se hicieron vestidos con los ropajes sacros, para terminar quemando las naves ancladas en el puerto. Pasó a cuchillo a todos los rehenes que tenía en su poder, y solo perdonó a Lobera en reconocimiento a su valentía. En su retirada hacia el mar asoló las haciendas cercanas y ahorcó a todos los españoles y esclavos que encontró a su paso, llevándose consigo algunas negras esclavas cuyo destino entre aquellos hombres bestiales y violentos es mejor no imaginar. La fortaleza quedó tan destruida que durante los próximos diez años fue utilizada por los vecinos para guardar entre sus ruinas el ganado destinado al sacrificio.

Lobera viajó a España y presentó al Rey una narración de los hechos hecha por el Cabildo de San Cristóbal. Angulo fue apresado y juzgado “por cobardía y falta de probidad”, pero no cumplió condena, pues falleció poco después ese mismo año. En cuanto a Sores, tras continuar con sus masacres durante algunos años, terminó por desaparecer de la historia de modo incierto, destino común entre los piratas y corsarios de todos los tiempos.

 

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[1]  Al mismo tiempo que se construía la fortaleza, fue edificada para doña Inés una casa en la que aún residía en marzo de 1544, un año y nueve meses después de fallecido su marido. Cuando De Soto viajó a La Florida dejó su cargo de administrador del archipiélago a su mujer, quien lo administró como Gobernadora y Capitán General entre 1539 y 1544, convirtiéndose así en la primera y única mujer que ostentó la máxima autoridad de la isla durante el largo período colonial de cuatro siglos. Nunca pudo haber esperado a su esposo en el supuesto Balcón que le atribuye la leyenda porque ella regresó a España en 1544, y dicho Balcón se encuentra en el castillo de La Real Fuerza, edificado después de 1555.

(Continuará)

 

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Hermosa edición de la correspondencia de Rubén Martínez Villena

He recibido un inesperado regalo de cumpleaños: los tres tomos de El útil Anhelo, la hasta hoy más completa compilación —hecha por Carlos Reig Romero— del epistolario de Rubén Martínez Villena, quien ha sido reconocido como  “una de las cabezas políticas mejor organizadas de la juventud cubana”, y el obsequio me ha emocionado, porque Villena es una de las personalidades de la historia de Cuba con que más he simpatizado siempre.

Jamás me he permitido hacer una reseña o un comentario de un libro sin antes haberlo leído en su totalidad y pensado en su totalidad también. Lo contrario, esas reseñas que lamentablemente hacen algunos periodistas donde comentan brevemente el tema, el diseño de portada, enumeran los capítulos y copian algunos datos sobre el autor tomados de la nota de contracubierta me parecen un atentado a nuestra profesión, que tengo en muy alta estima y por la que siento un respeto religioso. Pero en este caso no puedo esperar a leer los tres voluminosos tomos, porque probablemente esa lectura me llevaría meses, y siento impaciencia por avisar a los lectores de que esta maravilla bibliográfica existe ya, pues aunque la fecha de publicación por Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau  es el año 2015, yo jamás había visto este libro en ninguna de mis incursiones por las librerías de La Habana, y no quisiera que mi ignorancia fuera por más tiempo la de quién sabe si muchos otros cubanos.

La correspondencia de Villena abarca el período  de 1912 a 1933, y contiene desde cartas íntimas a su novia y luego esposa hasta correspondencia política, muy reveladora por haber sido Villena protagonista de tres de los eventos políticos más importantes de nuestra historia: la Protesta de los Trece, el Movimiento de Veteranos y Patriotas y el primer Partido Comunista de Cuba. No solo estas cartas son esenciales para trazar el mapa de la vida de Villena, sino de su época en nuestro país y en las relaciones de aquel primer Partido nuestro con Stalin, a quien Villena se enfrentó con la limpidez y coraje de una independencia de acción a la que pocos se hubieran atrevido en tiempos en que Stalin dominaba todos los partidos comunistas del mundo, y tenía un brazo lo suficientemente largo capaz de ordenar a distancia ejecuciones masivas como la de los anarquistas catalanes en medio de la Guerra Civil Española, por citar solo un ejemplo de su extraordinario poder.

Mi admiración por Villena data de mi época de estudiante de secundaria, cuando conocí su poesía, y me ha acompañado siempre, tanto que en mi noveleta Serata di gala aparece junto a Mella, Alejo Carpentier, Zacarías Tallet y otras figuras importantes de la cultura cubana, entonces todos jóvenes, en un apartamento de la calle San Lázaro donde se reunían con artistas de otros países, se tocaba jazz, se leía prosa y poesía, se hablaba de arte. Es historia real. No es muy sabido el hecho de que Villena fue el abogado de Mella, además de amigo leal. Muchos otros eventos, sucesos y aspectos de su vida son también muy poco conocidos, pero este epistolario va a arrojar mucha luz sobre esa vida precozmente truncada por la tuberculosis, y contribuirá a humanizar a Villena que, como todos los personajes de la política y la historia, queda etiquetado en el estrecho traje de los estereotipos, cuando la realidad es que fue un hombre lleno de vida y, a pesar de su enfermedad, intenso y un hombre de acción que además de su vertiginosa y agitada labor comprometida, amó profundamente y se divirtió como cualquier otro joven de su edad y condición.

Cuando pienso en cómo la mayor parte del tiempo que dedicó a sus tareas febriles por el bien de Cuba lo hizo ya herido por la tisis, inevitablemente recuerdo a Martí, tan enfermo desde su adolescencia y que, a pesar de la gravedad de sus males que  con frecuencia lo postraban, llevó a cabo un trabajo incansable y vino a pelear a su isla sabiendo, estoy segura, que apenas le quedaba un año de vida.

Nada puedo decir de las cartas de Villena, apenas comienzo ahora a leerlas, pero reproduzco aquí, con gusto, unos hermosos pasajes del prólogo de Enrique López Mesa:

Poeta, narrador, periodista y ensayista, el hecho mismo de haber saltado al marxismo desde “el cielo de la poesía” y de haber muerto joven, víctima de la tisis, hacen de Rubén Martínez Villena la figura más romántica del movimiento comunista cubano, sumamente atractiva para los cultores de la “historia lírica”. […]Es una de las figuras más limpias y admirables de nuestra historia republicana […] En su vida no hubo nada objetable. Escogió el camino del  rigor intelectual y del idealismo político, con la ineludible carga de sinsabores que tal opción entraña. Se entregó por entero a la defensa de una clase social que no era la suya […] todo ello sin perseguir ni obtener una sola ventaja material. Al contrario —como antes Máximo Gómez—, recibió esa misma “ingratitud de los hombres” que Martí ofreciera al viejo general como única probable recompensa  por su sacrificio. Ha devenido así uno de los paradigmas éticos de la nación cubana.

Se me escapa por completo el motivo de entrecomillar la categoría “historia lírica”. ¿Y por qué no puede ser lírica la historia, por qué tiene que ser, por lo general, abordada como una materia árida a la que el historiador debe acercarse con la frialdad de la objetividad y manteniendo siempre una impecable falta de pasión? ¿Acaso podría escribirse de semejante modo del hombre que tiene los ojos más impresionantes que he observado en mi país? Inmensos, transparentes, líquidos y abismales, como de muerto anticipado que contempla el mundo desde la lejanía de una sabiduría más bien secreta… Ojos de héroe, de santo y de poeta, como el título de aquella hermosísima novela del español Ramón Sender.

Por ahora y mientras no termine de leer las cartas de uno de mis ídolos cubanos, solo me queda invitar de corazón a quienes se interesan por el alma de Cuba que busquen este libro y se acerquen a Rubén. Nunca serán decepcionados. Yo lo sé.

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Los puentes de Madison: arquetipos, literatura y cine

 ¿Cómo evitar que la voluntad de saber ahogue los poderes vitales del arte? ¿Cómo recuperar la frescura de la vida sin someterla al tribunal de la conciencia?

Jesús Adrián Escudero

 Los puentes de Madison, esa magnífica película que dirigió y actuó Clint Eatswood junto a Merryl Streep, fue retransmitida una vez más por la televisión cubana, esta vez en su espacio dominical Arte 7, y me consta que muchos telespectadores se avisaron unos a otros por teléfonos y móviles sobre el acontecimiento. Ya he contado en otras ocasiones cómo este filme, incluido entre las varias intervenciones ficcionales de obras cinematográficas que realizó el crítico de arte y Doctor en Ciencias del Arte Rufo Caballero en Seduciendo a un extraño[1], su libro póstumo, que tuve el honor de presentar, dio lugar a una nutrida correspondencia entre  él  y yo en la que analizábamos el filme desde todos los ángulos posibles, porque Rufo deseaba que yo escribiera sobre su relato. He contado cómo discutíamos con ardor porque teníamos puntos de vista no convergentes sobre los personajes y sus motivaciones. No volveré ahora sobre esta historia. Pero por supuesto que mientras disfrutaba una vez más de esta maravilla del cine en la sala de mi casa, sentía a Rufo a mi lado. Son cosas de la imaginación sensorial espoleada por el deseo, desde luego, porque Rufo está muerto, pero estuvo en mi sala y tuvimos otro  intercambio sobre el filme, nos exaltamos, nos señalamos detalles, alabamos las actuaciones e hicimos todo aquello que es normal entre dos buenos amigos que disfrutan juntos una obra de arte de su común preferencia. Hasta que todo acabó y volví a quedarme sola.

Debo decir que la muerte de Rufo es una de las que más me han dolido en mi ya larga vida, no solo por haber perdido demasiado pronto a un amigo tan especial a quien admiraba más que a nadie y comprendió mi trabajo como ninguna otra persona lo ha hecho, o porque lo perdiera la cultura cubana, que tan necesitada está de intelectuales como él y no los tiene, sino por una circunstancia especial: aunque teníamos amigos y conocidos comunes nadie me avisó que Rufo agonizaba en el hospital. Sé que en sus últimos días no quiso dejarse ver y se negó a recibir a las muchas personas que seguramente fueron a visitarlo en su lecho de enfermo, y que hubo un amigo particularmente fiel que empujó a quienes quisieron impedirle pasar y entró a la habitación. No digo su nombre porque lo conozco y sé que es una persona discreta. Yo habría hecho lo mismo, pero el silencio ajeno me quitó la oportunidad de despedirme de Rufo, que tal vez  me llegara a creer amiga desleal. A veces creo que aquel silencio fue parte de una venganza de esas ¡tan retorcidas! muy comunes entre intelectuales y artistas, pero lo único cierto es que me ha quedado ese dolor para siempre. Me extrañó que nuestros mails sobre Los puentes de Madison se interrumpieran de repente, pero yo misma estaba entonces viviendo un momento muy difícil de mi vida y no percibí que pasaba más tiempo del normal sin que él volviera a comunicarse conmigo. Lo cierto es que hubo un tópico sobre el cual, aunque lo mencionamos una vez, nunca pudimos volver a debatir: teníamos que definir por qué Los puentes de Madison County, la novela, y luego  su versión cinematográfica, tuvieron un éxito tan arrollador y continúan teniéndolo, y por qué quienes han conocido una de las dos obras o las dos no pueden olvidar la historia. Eso se nos quedó pendiente.

Este domingo me propuse profundizar esa indagación. Para ello renuncié a disfrutar del filme como una espectadora común, y armada con mi teléfono móvil me convertí en una mala imitación de Robert Kinkaid. Lamentablemente solo pude comenzar a fotografiar la pantalla casi a mitad del filme, pero pude captar algunas de las frases más significativas del guión, que no por gusto están entre las más icónicas y recordadas por cinéfilos, lectores y espectadores. Algunas encierran las claves más relevantes de la historia. Tuve que desechar muchas de las fotos por no ser yo lo suficiente veloz en un oficio en el que no estoy muy entrenada, pero algo pude hacer, y con la ayuda de recursos ajenos al filme podré esbozar mi teoría personal sobre por qué Los puentes de Madison  (y la novela, que pude leer una única vez) narran una historia que nadie olvida.

En su libro Lágrimas en la lluvia (Rufo poseía el arte de la buena titulación), en el capítulo “El discurso profundo, Las llaves de acceso a la enunciación y el placer de la crítica”, hay un acápite titulado “Nodo, o nudo” en el que Rufo escribe sobre Los puentes de Madison (Pp.155-158), e intenta dilucidar el metatexto de la historia, que también podría llamarse el problema artístico del filme o, en lengua vulgar, el mensaje, y escribe:

El desnudamiento de la enunciación, con frecuencia un viaje cultural apasionante, resulta crucial a la hora de colegir “de qué va una película”. La enunciación, debida al quién y al qué de ese significado profundo que puede estar más o menos sumergido en la textualidad de la historia, suele revelarnos el discurso, el enunciado de la voz que habla con o por encima de los personajes. Para acceder a esa mina, es  preciso identificar antes los llamados “dispositivos de enunciación”; o sea, desde cuáles recursos y lugares ese quién profundo me habla desde los sentidos menos axiomáticos.

Uno de los dispositivos más usuales se localiza en el “momento privilegiado”. El intérprete de un filme debe poseer la sagacidad de advertir en qué momento del discurso este realiza una especie de contracción sobre su sentido primordial. No se trata aquí de un sumario ni de un resumen, sino de una suerte de epítome dramático y conceptual,  donde el punto de vista condensa una situación que alcanza a transparentar la ideología de toda la película.

Aquí debo introducir un fragmento de la nota no. 64 al pie de página , donde Rufo —citando  el libro La imagen, de Jacques Aumont— amplía un poco más el concepto de “momento privilegiado” equiparándolo a la noción de “instante esencial”:

[… ] El instante esencial aludía a la esencia de lo acontecido, de lo “narrado” […] Habría que ver qué se entiende por “esencia”: ¿el lugar del instante en la “cadena visual de acciones físicas”, o el alcance del instante en términos de significación?

El texto  del ensayo continúa:

La película Los puentes de Madison versa quizá sobre el precio y las consecuencias del conservadurismo en la vida […] la complejidad de las decisiones humanas, que lamentablemente no dependen solo de la pasión o de la intensidad del amor […] Para algunos Los puentes de Madison viene a ser una película sobre el conservadurismo […] que al mostrar las frustrantes consecuencias sentimentales del conservadurismo invita a pasar de él. Para otros se trata de un filme que ratifica la opción del conservadurismo: lo entiende, lo explica y lo justifica: Vale no ser feliz, si a cambio preservamos la unidad de la familia […] Aún para otros, entre los cuales me encuentro, se trata de una película conservadora ella misma, que se solaza con, y fundamenta demasiado, la opción del conservadurismo. (El subrayado es mío).

Exacto: Siempre me ha parecido que Francesca, en su segundo diálogo crucial con Robert en la cocina de la granja (el instante esencial del filme y de la historia está dividido en dos momentos, ambos en la cocina), da demasiadas razones para no irse con él aún cuando acaba de bajar las escaleras desde su alcoba con las maletas preparadas para la huída. Ella le dice que le preocupa el ejemplo que dejará a sus hijos, sobre todo a su hija, que está a punto de entrar en edad casadera y de formar su propia familia. Dice que sabe que su buen esposo norteamericano, ese granjero simple, honesto y estable, no soportaría el abandono, pero la primera razón que esgrime por delante de estas dos no es su responsabilidad filial, ni los remordimientos ni la culpabilización ética, sino… la casa, la granja. Francesca asegura que en cuanto se alejen de la granja, aún si viajaran a todos esos lugares mágicos que Robert conoce y le ha descrito, ella llevará consigo la imagen de la casa y esa imagen la atormentará. Ni siquiera los celos que siente de las mujeres que Robert ha dejado a su paso por el mundo como migas arrojadas a los pájaros devienen una razón tan extremadamente fuerte que él no pueda vencer con sus argumentos de amor y de pasión y de aventuras. Si en vida de Rufo di vueltas en torno al nodo temático de esta película sin demasiado tiempo para intercambiar impresiones con él, ahora ya tengo una idea más perfilada, algo que no osaría llamar una teoría, sino solo una especulación nacida de mi inclinación por la Antropología en general y, de modo muy particular, por la Antropología simbólica.

Hace ya más de una década, en una gira por nuestras provincias a raíz de haber ganado yo el Premio Carpentier de Cuento 2007 con mi libro Oil on canvas, conocí a un escritor chileno, Manuel Peña Muñoz, Doctor en Filología Castellana por la Universidad Complutense de Madrid, quien me obsequió gentilmente su libro Ayer soñé con Valparaíso, un ejemplo perfecto a caballo entre la crónica literaria y las memorias, y un monumento a la sensibilidad  más delicada y exquisita fecundada por una ciudad. Yo no sé si Manuel tendría idea de lo que su libro iba a significar para mí como persona, como escritora, como periodista. Muchísimo, lo puedo asegurar, y nunca le habré agradecido lo suficiente aquel regalo. Pero lo que me interesa destacar a en este momento es un capítulo  en el libro de Manuel titulado “María Luisa Bombal: tres cartas inéditas, un prólogo y un posavasos”, que resultó definitivo para mí  porque me reafirmó algo que yo sospechaba desde hacía tiempo, aunque se trate de un descubrimiento del agua tibia[2], que seguramente lo es: la presencia de símbolos, mitos  y  arquetipos  raigales en las obras que han alcanzado la categoría de clásicas en la historia de la literatura y el arte de Occidente.  Manuel fue lo que se ha dado en llamar el discípulo amado de la gran escritora chilena, una figura que siempre me ha interesado sobremanera no solo por la excelencia de su obra literaria, sino por ser ella misma un arquetipo y un mito para mí tan inasibles como inagotables. De ese capítulo cito el siguiente párrafo:

En ese tiempo, [María Luisa] leía a los clásicos. “Siempre hay que leer a los clásicos —me decía—. Sobre todo la  mitología griega, que es la base de la literatura. Allí están los argumentos de peso, los verdaderamente interesantes, que son los dramáticos. Tienes que escribir cuentos basados en los mitos: mitología moderna, esa es la clave. Ya ves, todas mis heroínas se inspiran el mito de la Medusa. Yolanda, de Las islas nuevas, no es más que una Medusa moderna”.

Poco después, mientras yo estudiaba la obra de Bachelard, Las estructuras antropológicas de lo imaginario, de Gilbert Durand, y Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulezco-Quaranta (con Nietzsche, Jung y Eliade estaba familiarizada desde mi adolescencia), sentí cuán lúcido era el juicio de la Bombal. Los símbolos, mitos y arquetipos  son la base y la clave de todo, están en todas partes y en todas las dimensiones de las ideas; están por debajo (como corrientes subterráneas) y por encima (como los luminares celestes) de cualquier teorización estética y literaria, de los modelos actanciales y toda la parafernalia narratológica que deslumbra a los críticos de academia,  y de cuanto edificio racionalista ha construido el pensamiento académico occidental. Son la carne y la sangre mismas de la creación artística y literaria. Y siguiendo esta línea especulativa es posible afirmar que también subyacen en Los puentes de Madison, que de acuerdo con estas concepciones deviene campo de batalla donde se enfrentan dos categorías filosóficas pero también simbólicas: lo apolíneo y lo dionisíaco, establecidas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en torno a dos figuras divinas de la mitología griega, Apolo y Dionisos, quienes encarnan a su vez los arquetipos emanados de una estructura binaria de opuestos: el  Orden y el Caos. Se dice que los griegos no construyeron sus mitos con esa intención y  fue  Nietzsche quien elaboró la interrelación dinámica entre ambos dioses. Nietzsche influyó sobre  otros artistas y pensadores de su época, entre ellos Thomas Mann, cuya novela La muerte en Venecia tiene como problema artístico fundamental la oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Curiosamente el filme homónimo de Visconti, basado en la novela de Mann, era una de las películas preferidas de Rufo y otra de las que intervino como narrador en Seduciendo a un extraño.

En este artículo periodístico  —no tiene otras pretenciones— no hay espacio para disquisiciones pormenorizadas sobre estos dioses en tanto arquetipos, por lo que solo puedo esbozar lo esencial de cada uno para que se comprenda mejor lo que sigue, sin adentrarme en toda su complejidad, pero antes me gustaría llamar la atención sobre el aserto ya mencionado de que los griegos no dieron a la relación entre ambas deidades la significación que nosotros le damos hoy, la cual se debe a la interpretación de Nietzsche. Pienso que deberíamos advertir sobre la debilidad de ese enfoque, pues Nietzsche solo pudo partir de significados que ya se encontraban consustancialmente en la  riqueza extraordinaria de la mitología griega. De lo contrario se trataría enteramente de creaciones de Nietzsche. Lamento el bizantinismo del razonamiento, pero es así.

Los estudios antropológicos tienen algunos puntos en común con ciertos modelos esenciales de la Cábala hebrea. En este caso me interesa que ambos campos del conocimiento (con perdón de los Iluministas y de la concepción materialista del mundo) agrupan a los dioses de todas las culturas según sus funciones. Apolo pertenece al grupo de los dioses de la belleza, la juventud y las artes. Es de muy hermosa apariencia, y por poseer proporciones físicas perfectas es el dios de la medida, lo contrario del exceso y la demasía en cualquiera de sus manifestaciones, una de las mayores prerocupaciones filosóficas y estéticas de la Grecia clásica. Es un dios de eterna juventud, como el Angus de los irlandeses, el Balder escandinavo y el Krishna de los hindúes, entre otros. Es una deidad solar, un dios de la Luz, y como tal de la mente consciente y racional. También hace germinar los campos y separa la buena simiente de la mala hierba, atribución que tiene más de una lectura, puesto que en ella va implícita la capacidad de discriminar. Es el dios de la medicina y la profecía. No es una divinidad guerrera como Ares, pero como todo héroe solar porta armas, en su caso flechas de plata que simbolizan los rayos del Sol, y es un sauróctono o matador de dragones, o sea, un exterminador de monstruos, lo que constituye solo uno de los aspectos de su virilidad (que no le impide ser bisexual, muy de acuerdo con los postulados de la cultura que le creó). Si partimos de la simbología del monstruo como criatura y representación de las tinieblas y de la parte oscura de la personalidad humana, identificada por los psicoanalistas con el inconsciente, Apolo es un purificador, un restaurador de la seguridad y el orden. Tiene, además, el don de la música y la poesía, por lo que lleva una lira con la que acompaña su canto divino. Su cortejo está integrado por nueve musas representantes de las artes: la flauta,  la comedia,  la poesía lírica y la danza, la poesía erótica, la poesía épica y la elocuencia, el arte mímico, la tragedia, la historia, y la  astronomía. Son todas doncellas de armoniosa apariencia y porte digno y majestuoso.

Apolo representa la belleza serena del mundo, el resguardo de paz donde el individuo encuentra un espacio liberador del caótico universo y de los problemas existenciales. Lo apolíneo intenta transmitir tranquilidad, belleza apaciguada, la racionalidad del orden matemático que compone el mundo y que libera al ser humano del desasosiego que produce la duda[3].

En cuanto a Dionisos, no hay que caer en posiciones reduccionistas y falsamente simplificadoras que conducirían a concebirle como una antítesis  absoluta de Apolo, pues de tal ecuación resultaría, por ejemplo, que si Apolo es bello y luminoso Dionisos sería un dios feo y oscuro, lo cual es una falacia.  Dionisos, aunque la mitología griega lo hace hijo de Zeus al igual que Apolo, es una deidad más antigua que todo el panteón de los dioses griegos, por lo que encarna un sistema de creencias también más antiguo, más cercano a las fuerzas elementales de la Naturaleza y por tanto a formas más primitivas del pensamiento mágico. El mito asegura que nació en Tracia, región del sureste de Europa ubicada en la península de los Balcanes, al norte del mar Egeo, enclavada entre Bulgaria, Grecia y la Turquía europea[4]. Se le considera el dios del vino, pero es mucho más que eso. Físicamente era un efebo de gran belleza aunque de aspecto andrógino; tenía una larga cabellera rubia y cuando no iba vestido como una mujer envolvía su cuerpo en una piel de pantera. Durante sus fiestas, en especial las famosas Dionisíacas, le acompañaba un nutrido cortejo que él presidía coronado de pámpanos y conduciendo un carro tirado por una pantera y un tigre. Le seguían las ménades, ninfas de naturaleza divina que estuvieron a cargo de su crianza y a quienes después él poseyó e inspiró una forma de locura mística. Detrás iban las bacantes, mujeres mortales que emulaban a las ménades y se dedicaban al culto orgiástico del dios ataviadas con pieles de panteras. Ménades y bacantes eran seres violentos y crueles que en la exaltación del ritual desmembraban animales y comían sus carnes aún palpitantes, llevaban a cabo sacrificios humanos (como el del poeta Orfeo y el rey tebano Penteo), se embriagaban y consumían plantas alucinógenas, sobre todo el hongo Amanita muscaria, que impregna los músculos de una fuerza sobrehumana y bajo cuya influencia daban saltos descomunales y danzaban frenéticamente hasta el amanecer, en que caían rendidas, desnudas y desmelenadas, cubiertas de baba y vómitos; durante su estado extático tenían sexo entre ellas o con campesinos que encontraban al azar en las laderas de las montañas y a quienes perseguían con fiereza para hacerse poseer. Las seguían  los sátiros, espíritus elementales de los bosques que aterrorizaban a los pastores y cuyo cuerpo estaba compuesto por una mitad superior humana y otra inferior de macho cabrío, orejas puntiagudas, cuernos en la cabeza y grandes falos en erección perenne, y eran lascivos y sensuales, por lo que las ninfas y otros seres femeninos de la naturaleza huían de ellos y a menudo eran sus víctimas. Sileno, espíritu elemental de fuentes y ríos y de toda el agua que corre a borbotones (agua impetuosa), era un anciano obeso y siempre borracho, poseedor de una inmensa sabiduría que le permitía conocer el pasado y el porvenir. También formaban parte de la hueste dionisíaca Pan y Príapo. El primero era un dios fálico de los bosques y las grutas, mitad hombre y mitad cabrío, que inspiraba en los mortales el terror panicum, y se le considera padre de los sátiros. Cerraban el cortejo los centauros, una tribu de seres mitad humanos y mitad caballos. Como puede verse, el cortejo de Dionisos era un auténtico bestiario, en tanto el  de Apolo estaba compuesto por señoritas educadas, apacibles y de una profunda espiritualidad.  Aunque solo fuera por este detalle se podría llegar a la conclusión de que mientras Apolo era el dios de la Belleza serena y el pensamiento racional, Dionisos lo fue del aspecto terrible de esa misma Belleza y del conocimiento nacido de la intuición y lo irracional. Para cerrar este breve análisis comparativo entre Apolo y Dionisos, he tomado los siguientes pasajes del sitio http://reflexionesmarginales.com/3.0/23-lo-apolineo-y-lo-dionisiaco-de-principios-esteticos-a-poderes-de-la-vida/ donde se reflexiona sobre el análisis nietzschiano del tema:

Una parte importante del pensamiento de Nietzsche gira en torno a la cuestión del ser humano. ¿Qué significa ser humano? De entrada, traspasar las barreras establecidas y buscar el placer. El ser humano es un animal que huye del aburrimiento a través del juego y el estímulo de los sentidos. El ser humano es principalmente vida. La vida no busca refugio en la religión, no se consuela con la ciencia. La vida sólo se siente satisfecha con un incremento de vida, con un aumento de su voluntad, con la afirmación de cada instante. […] La temprana lectura de Schopenhauer resulta aquí decisiva. En el año 1865 Nietzsche descubría en un anticuario de Leipzig los dos tomos de El mundo como voluntad y representación. Los leyó inmediatamente y, tal como cuenta en su autobiografía, durante cierto tiempo anduvo sumido en un estado de embriaguez. La idea de que el mundo labrado por la razón y gobernado por la moral no es el mundo genuino le fascinó desde el primer momento. Por debajo de todo convencionalismo –sea éste de tipo religioso, moral y político – ruge la vida real: la voluntad. La esencia del mundo, su sustancia, no es algo racional, lógico, sino un impulso oscuro, vital […].

En pocas palabras queda aquí definida la dualidad apolíneo/dionisíaco como lo  convencional vs. lo espontáneo. Una simplificación conceptual que voy a usar con fines meramente operativos.

El conflicto que separa a Francesca de Robert tiene, en un primer nivel de lectura, una relación básica con los roles femenino y masculino, según los cuales la mujer es la guardiana del hogar, la criadora y nutridora de los hijos y el pilar de la familia, mientras el hombre sale de cacería, va a la guerra, explora el mundo y no está atado a nada que no sean sus armas y su gloria. No por gusto cuando Francesca le dice a Robert que seguramente a él le aburre conversar con un ama de casa en el fin del mundo, él le responde: “Esta granja no es el fin del mundo, Francesca, es tu casa”, o sea,  el espacio sagrado donde ella reina. Y el parlamento donde Francesca pregunta a Robert en qué lugar del mundo se ha sentido más feliz y él le responde que en África tampoco es fortuito. África es el símbolo del espacio salvaje y libre, el reino de las bestias donde no hay más ley que la fuerza y no existen restricciones a los excesos. Imposible imaginar un mundo más dionisíaco. En esta historia los roles se solapan con las categorías filosóficas de lo apolíneo y lo dionisíaco, y ello confiere al conflicto de los amantes una dimensión mucho más profunda que la de una mera oposición de géneros o las mezquindades y miserias propias de la egoísta condición humana.Como ya dije en otro momento de este artículo, la primera razón que Francesca, casi sentada sobre sus maletas dispuestas ya para la fuga con su amante, da a este para renunciar a una vida juntos en el reino dionisíaco de él es que en cuanto se alejen de la granja el recuerdo de la casa la poseerá implacable y se alzará entre ellos como un valladar, y solo después menciona a sus hijos y a su esposo y a todas sus otras obligaciones sentimentales y sociales. Este orden  en que ella jerarquiza sus razones tiene un sentido muy interesante: ¿Por qué la casa, si ella le ha confesado antes a Robert que cuando abandonó Italia para seguir a su esposo rumbo a América, la realidad que encontró en Iowa, en el pueblo, en la granja —ese basto tejido rutinario que ella llama su vida de pequeños detalles—  no tiene nada en común con sus sueños  de muchacha joven y culta, y es lo menos parecido a conseguir las manzanas plateadas de la luna y las manzanas doradas del sol  a que aluden los versos finales de La canción de Angus el errante, el poema de Yeats que ellos comparten la noche de su primer encuentro, y que son una espléndida metáfora de la plenitud y acaso también del erotismo más refinado? Hay que indagar en la simbología de la casa para encontrar respuestas conducentes.

En el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, la casa es el centro del mundo, significado que comparte con la ciudad y el templo. Es un símbolo de carácter cósmico donde el pilar central que sostiene la construcción representa el árbol chamánico que conecta los tres mundos (celeste, humano y ctónico o  subterráneo), por lo que la casa es una estructura que transustancia la arquitectura del universo. En la concepción irlandesa de la habitación (y tal vez convenga recordar que el poeta que colma las ansias vitales de Francesca es irlandés) la casa simboliza la actitud y la posición de los humanos frente a las potencias del Otro Mundo. La casa es el refugio, el seno materno, el summun de la protección. Curiosamente, entre las partes de la casa la cocina, donde se desarrolla la mayor parte del romance entre los amantes, simboliza el lugar de las transformaciones alquímicas o las transformaciones psíquicas, un momento de la evolución interior, que es precisamente lo que le ocurre a Francesca, pues es en su cocina donde ella se enfrenta de un modo inapelable a la verdad que la llegada de Robert  ya no le permite continuar relegando al desván de los sueños truncos y las realidades que preferimos ignorar: más allá de la granja está el Afuera con mil vidas y todas pueden ser exploradas y vividas. Robert es el camino de la liberación que la conducirá hacia alguna de esas vidas maravillosas que la esperan lejos del huerto de zanahorias. ¿No han sido acaso, como en un rito de pasaje, los puentes cubiertos de Madison los que le han traído a Robert y, transitados en sentido contrario, o sea, al revés, le permitirían unirse de su brazo al alegre cortejo de Dionisos, el dios de la emancipación, de la supresión de las prohibiciones y de los tabúes, de los desfogues y de la exuberancia, el cortejo donde por fin ella podría cumplir sus sueños de plenitud, de amor y de eros? Robert es la posibilidad de convertir en permanente a esa momentánea Francesca que aprovechando la ausencia de su familia se abre la bata y entrega su voluptuosa desnudez a la caricia de la noche. “Los desbordamientos sensuales y la liberación de lo irracional —dice Chevalier— no son más que torpes búsquedas de algo sobrehumano”, ese espacio que no pertenece a nuestra especie sino a la dimensión de lo divino, por lo que atreverse a entrar en él supone una transgresión que viola el orden divino. Y Robert es un transgresor, lo está diciendo desde que aparece con su vestimenta rara que hace que los habitantes del pueblo le confundan con un hippie. Quiere incautarse a la mujer de otro, quiere violentar una estructura basada en el Orden (la familia) y que protege del Caos a quienes se refugian bajo ella. Robert pretende violar un espacio sagrado y robarse a la vestal que lo custodia. Si Francesca lo siguiera, ¿habría para ella una verdadera recompensa, se cumpliría su esperanza de ser transfigurada, convertida en feliz propietaria de las manzanas de oro y plata de la felicidad? ¿Y si al final el milagro no fuera más que una ilusión, y bajo la máscara orgiástica de Dionisos el dios le mostrara su faz oscura, como deidad que es del Inframundo, la que hace danzar a los muertos para conducirlos al infierno, en este caso un infierno de decepción con sus inseparables ingredientes: la eterna insatisfacción y el torturante arrepentimiento? ¿Y si llegado ese momento Francesca descubriera que los puentes de Madison solo pueden ser cruzados en una única dirección, porque del otro lado acecha un punto de no retorno? Si huye y no encuentra sus sueños, puede que tampoco le sea concedido recuperar jamás la confortable granja , sus hijos entrañables y su marido insignificante pero plácido y… muy limpio. Puede que solo encuentre un enorme espacio vacío que la arrojaría al abismo más temido por el alma humana: el de la disolución. Solo que la disolución también puede aguardarnos tras la prudente decisión de no actuar.Y al final, ¿de qué sirvió la renuncia de Francesca a la felicidad y la manera en que sacrificó a Robert obligándolo a saltar de la cumbre dionisíaca a la sima de la Nada…? ¿Aprendió algo, dejó un legado útil para alguien…?

Los Diarios que dejó a sus hijos confesándoles la historia de su adulterio, lograron que ellos reconocieran en sus propias vidas la pobreza emocional, la rutina y la falta de pulsiones vitales, pero tanto Michael como Rosalind optan por regresar a sus rediles cotidianos y tratar de salvar sus resecos matrimonios. Rosalind no tenía un Robert Kinkaid, y Michael no tenía una Francesca. ¿Qué otra cosa podían hacer? Al menos Francesca los liberó de sus hábitos mentales apolíneos y ellos, al acceder a arrojar sus cenizas en el mismo puente cubierto donde fueron esparcidas las de Robert permitiendo así la unión definitiva de los amantes, reivindicaron el derecho de su madre a la pasión y con ese acto simbólico se unieron al alegre cortejo de Dionisos. Si Los puentes de Madison tiene encriptado algún mensaje tangencial, es la certeza de que no hay cárcel más dura que la prisión interior del hombre, sobre todo cuando es voluntaria, pero tanto escapar como seguir en las cadenas deja siempre al final idénticas cenizas.En fin, Rufo, y para terminar esta, una más entre nuestras inacabables conversaciones fantasmales: que no siento en Francesca vestigios de egoísmo material ni pequeñez de espíritu, ni siquiera un movimiento instintivo del rol femenino que induce a las mujeres a conservar las quietas armonías del equilibrio, incluso al precio de renunciar a sus sueños más íntimos y hermosos. En un modo del que no es consciente, Francesca siente un miedo atroz a la desintegración de su sustancia, que solo la permanencia dentro de su pequeño y ordenado reino  mantiene cohesionada en una forma. Los grandes maestros rosacruces han advertido siempre a quienes se adentran en el estudio de la Cábala sobre el peligro tremendo de aventurarse en los senderos que conectan los sefirot del Árbol de la Vida, sin conocer la bandera y la palabra de pase que aseguran el regreso a nuestro plano de existencia en total integridad de la materia y el espíritu, porque del otro lado están los monstruos de la devoración y la pesadilla, un horror que puede ser interminable y en el que se puede quedar atrapado por toda la Eternidad. Y quienes no han trascendido los mediocres límites de la condición humana temen perderse en los senderos, Rufo. Solo algunos seres como Robert y tú están dispuestos a darlo todo por un instante de la divina transgresión. Yo daría cualquier cosa por ser de esos osados, contarme entre esos elegidos y gritar: “¡Mi reino por Dionisos!”, pero me faltó el coraje. Puede que latan en mí algunos ecos dionisíacos, pero mi apuesta siempre ha sido apolínea y mi lugar está en la granja. Me voy al huerto de zanahorias.

NOTA

Acabo de leer un trabajo muy interesante. Los puentes de Madison una mirada de género, de Sonia Herrera*, con un enfoque sociológico del conflicto de Francesca: Iowa es un Estado rural del centro del país y uno de los más conservadores, con más del noventa por ciento de población blanca y protestante, y sus votos son decisores en las elecciones presidenciales. La incidencia de todos estos elementos sobre el sometimiento de las mujeres al rol de esposas, madres y guardianas del hogar pesaba mucho más en 1965, época en que transcurre la historia, que ahora mismo. Nada de esto puede desdeñarse, por supuesto, pero en ese mismo pueblo, en aquellos mismos días otra mujer, la Renfield, pagaba el precio del anatema y el ostracismo por llevar relaciones extramatrimoniales con un vecino del pueblo. Su osadía le costó muchas lágrimas y la expulsión de su comunidad , pero terminó casándose con el hombre que amaba. A ella no le importó sacrificar la aprobación de un pueblo de gente obesa y vestida con ropas asexuadas y sin gracia, y sostuvo su posición “feminista” hasta que pudo alcanzar sus sueños; es más, mientras Francesca hubiera podido escapar, Renfield llevó a cabo su difícil maniobra de salvamento de sus amores dentro del marco asfixiante del mismo pueblo pequeño y provinciano, infierno grande con muchos diablos. Me parece que aún manteniendo el tema dentro de este enfoque sociológico, Iowa y la comunidad rural cerrada, blanca y protestante a la que pertenecía Francesca se asimilan al arquetipo de la casa con toda su simbólica de espacio cerrado, de reclusión y evitación del peligro. La fuerza de Robert, su libertad total radica, precisamente, en que es un nómada y los nómadas no se asimilan al arquetipo de la casa, sino al del viaje, pero esa es otra historia. Al final todo queda en el terreno de la elección personal: se queda inmóvil quien tiene más miedo.

∗ Este trabajo puede ser consultado en https://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:7YsgawOrQEYJ:https://www.academia.edu/6305498/LOS_PUENTES_DE_MADISON_UNA_MIRADA_DE_G%25C3%2589NERO_THE_BRIDGES_OF_MADISON_COUNTY_A_GENDER_PERSPECTIVE+&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=cu&client=firefox-b

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[1] Rufo tituló ese relato Los que fueron al bosque de avellanos, y obtuvo con él la primera mención en una edición del concurso de cuento Julio Cortázar. Nunca entendí por qué no lo premiaron, pero los designios del Cortázar me han parecido siempre muy misteriosos.
[2] En Cuba, tan isla en lo geográfico como en lo cultural y tan magra en bibliografías pasivas de la modernidad, los descubrimientos del agua tibia, siempre reiterados, no deberían avergonzar a nadie.
[3] Tomado de http://webs.ucm.es/BUCM/revcul//e-learning-innova/124/art1786.pdf
[4] Los tracios fueron un pueblo indoeuropeo cuyos miembros compartían un conjunto de creencias y un modo de vida, y hablaban la misma lengua con variaciones y dialectos. Su cultura, oral, hecha de leyendas y mitos, se diferencia de la de otros pueblos de su época por su creencia en la resurrección después de la muerte y en la inmortalidad. Eran hábiles orfebres y expertos en crear una joyería de inspiración fantástica. Poseían una organización tribal y eran guerreros temidos. También fueron expertos en la ciencia de la viticultura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Diccionario del Diablo o el hombre que conoció al hombre y también lo encontró malo

La librería Fayad Jamís es la que más frecuento en La Habana, porque queda justamente en Obispo, la que más recorro, por no decir la única de la ciudad por la que aún siento placer en transitar, y en esos estantes encuentro en ocasiones libros realmente sorprendentes, como El Diccionario del Diablo, del escritor norteamericano Ambroce Bierce, un raro, aunque esta categoría literaria es difícil de aplicar en un país de casi 300 millones de habitantes y con una de las literaturas más ricas del planeta, en la que abundan los escritores que se desmarcan de los cánones realistas para incursionar en toda clase de territorios de la literatura, con un regusto especial por el horror, lo extraño, lo fantástico.

La primera vez que encontré este Diccionario fue en una búsqueda en los tarjeteros de la Biblioteca Nacional, y lo pedí por creer que trataba sobre lo que su título indica, el Ángel Caído, a quien yo andaba investigando por entonces, antes de cumplir, creo, 20 años de edad. En cuanto lo abrí me dejó de interesar, pues no había en él nada sobre Satán, y sí la proyección de su perversa sombra sobre la naturaleza humana, que en aquella época no me interesaba mucho como material de estudio. En otras palabras: no había en aquellas páginas nada sobre satanismo y sí un aplastante cinismo que, cuando uno es tan jovencito como yo lo era en aquel momento, no significa nada, porque en la adolescencia todavía no se tienen las vivencias que más adelante nos hacen disfrutar del cinismo y hasta adoptarlo como actitud ante la vida. Lo devolví en el mostrador con una mueca de fastidio.

Pero hace unos días, en una brevísima visita que hice a la Fayad, un señor  muy educado con quien entablé conversación y que se definió a sí mismo como “un pedagogo”, expresión ya casi imposible de escuchar en La Habana debido al tenebroso empobrecimiento lexical que venimos padeciendo desde hace décadas, me señaló el libro perdido en un anaquel, y me preguntó con expresión sibilina: “¿Y usted se va a ir sin eso…?”. Volví a retomar el libro, ahora en una edición de Argos, colección de ensayo de la editorial Arte y Literatura, y en cuanto hube leído la definición dada por Bierce al término Aborígenes: “Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces fertilizan”, me vino a la memoria aquella frase de José Martí que tanto me guió cuando me atreví con una interpretación muy personal de sus Versos Libres: “Conozco al hombre y lo he encontrado malo”. En el prólogo se afirma que este Diccionario es la obra maestra de Bierce, con lo que no estoy de acuerdo porque he leído algunos de sus cuentos (excelentes,  considero el mejor Un suceso en el puente del riachuelo del Bhúo), pero es una obra deslumbrante y muy afín con mi propia visión del género humano, así que me lo llevé en mi bolso con gran entusiasmo.

Ambrose Gwinett Bierce (Ohio, Estados Unidos, (24 de junio de 1842 – ¿1914?) fue un escritor, periodista y editorialista estadounidense. Era hijo de granjeros calvinistas, y este resulta un dato bastante curioso, al menos para mí, porque su segundo nombre es abiertamente galés, y los galeses, quienes nunca fueron cristianos demasiado convencidos, fueron menos aún convencidos calvinistas. Si Bierce tenía sangre galesa eso explicaría su desbordada imaginación orientada hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Sin embargo, aunque sus temas se movieran mayormente en esa cuerda, su estilo narrativo es más bien directo y con una gran economía de medios, como suele ocurrir en los escritores norteamericanos, por lo general tan relacionados siempre con el periodismo. Como periodista Bierce empleaba un tono cáustico que le valió el apodo de “El Amargo”. Fue soldado y peleó en los ejércitos confederados del Sur en la Guerra de Secesión, donde alcanzó el rango de Comandante Mayor en Campaña y, más tarde, participó en incursiones militares en los territorios indios. Sufrió varias heridas de guerra y siempre estuvo atormentado por el asma. Su único matrimonio se disolvió cuando descubrió una presunta infidelidad de su esposa.

Los diccionarios no se consideran obras de carácter literario, pero El Diccionario del Diablo sí lo es, porque Bierce, en algunas de sus acepciones rebosantes de ingenio y llenas de una mezcla de rabia y dolor por lo que él consideraba todo un catálogo de miserias humanas, incluyó pequeñas viñetas a manera de anécdotas, inventó personajes apócrifos, utilizó el retruécano y perpetró otras travesuras pertenecientes al arte de la escritura. Es un volumen de solo 138 páginas, pero no hay una sola en la que el lector no resulte sorprendido, divertido o comparta la mueca de resentimiento y los sarcasmos del autor, que llegan, incluso, a trasuntarse en el dedo acusador del periodista contra el Gobierno de su propio país, al que critica con valor y sin circunloquios que atenúen la acidez de sus señalamientos. Algunas de estas acepciones provocan la más franca hilaridad, pues Bierce es un gran burlón que maneja con suma destreza el ridículo, y otras —en mi caso por identidad con mis propios sentimientos—, un rictus de frustración que cala hondo y hace que uno llegue a considerarse alma gemela del autor. Estas son algunas de sus perlas:

Administración: En política, ingeniosa abstracción destinada a recibir las bofetadas o puntapiés que merecen el primer ministro o el presidente. Hombre de paja a prueba de huevos podridos y rechiflas.

Africano: Negro que vota por nuestro partido.

Antiamericano: Perverso, intolerable, pagano.

Admonición: Reproche suave o advertencia amistosa que suele acompañarse blandiendo un hacha de carnicero.

Cobarde: Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

Confort: Estado de ánimo producido por la contemplación de la desgracia ajena.

Congratulaciones: Cortesía de la envidia.

Elogio: Tributo que pagamos a realizaciones que se parecen a las nuestras sin igualarlas

Convencido: Equivocado a voz en cuello.

Costumbre: Cadena de los libres.

Distancia: Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Egoísta: Persona de mal gusto que se interesa más en sí mismo que en mí. Sin consideración por el egoísmo de los demás.

Idiota: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota n o se limita a ningún campo especial del pensamiento o la acción, sino que “satura y regula el todo”. Siempre tiene la última palabra, su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje y fija las normas de la conducta.

Residente: El que no puede irse.

Realidad: Sueño de un filósofo loco. Lo que queda en el filtro cuando se filtra un fantasma. El núcleo de un vacío.

Referendum: Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Trabar amistad: Fabricar un ingrato.

Loco: Afectado por algún grado de independencia intelectual; disconforme con las normas convencionales que rigen el pensamiento, el lenguaje y la acción, normas éstas que los “cuerdos” o “conformes” produjeron tomándose como medida a sí mismos. Que discrepa con la mayoría; en resumen, extraordinario.

No conozco su trabajo periodístico, pero tuvo que ser un periodista estelar, ya que hizo toda su carrera en el medio trabajando para el gran magnate de la prensa norteamericana William Randolp Heart. En la antología Cuentos norteamericanos, publicada en Cuba en la década del 60, aparece el relato que he mencionado antes, donde cuenta la historia de un plantador sureño quien, engañado por un espía de la Unión, intenta dinamitar el puente del riachuelo del Búho para impedir el paso de las tropas enemigas, pero es apresado por los militares norteños y ejecutado en el mismo puente. Cuando cae al vacío la soga que ciñe su cuello se rompe y el hombre escapa a nado; logra llegar a su hacienda, donde le espera su esposa sonriente y feliz, pero al ir a tocarla todo se desvanece y el cuerpo muerto se balancea al final de la cuerda  con macabra lentitud. Bierce trató en este cuento un tema del que hoy se ocupa la medicina con sumo interés: la experiencia de vida después de la muerte, o lo que es lo mismo, la actividad del cerebro durante el breve lapso de tiempo que sobrevive a la muerte del cuerpo, y que algunos científicos han llegado a estimar en hasta 10 minutos. En este sentido fue precursor de una idea que no era propia de su época. Los críticos le atribuyen influencia de algunos grandes escritores norteamericanos como Edgar Allan Poe, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne.  Lovecraft tomó algunos elementos de los cuentos de horror de Bierce para incorporarlos a sus inquietantes y aterrorizadores Mitos de Cthulu. Se le considera uno de los mayores representantes del cuento norteamericano.

Sin duda Bierce fue un hombre marcado por sus vivencias de la guerra y sus fracasos personales, pero tengo la convicción de que perteneció, para su desgracia, a esa tribu humana pequeña pero imponente cuya naturaleza esencial no es afín con las crudas vibraciones de este mundo. Fue un hombre lastimado, probablemente muy herido en su sensibilidad y profundamente desencantado, y al final de su vida buscó con desesperación unirse a alguna causa que le salvara de perder el alma por desertar de la esperanza. Ese afán fue, tal vez, lo que lo llevó a enrolarse con más de 60 años en una empresa tan pintoresca como peligrosa: la revolución mexicana, a la que se unió como observador en las tropas del General Pancho Villa. Antes de abandonar los Estados Unidos escribió a un pariente con su sarcástica ferocidad habitual:

Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!

¿Premonición o una deducción basada en la lógica de la guerra, que Bierce tan bien conocía?  Cualquiera sea la respuesta el escritor y periodista desapareció de forma misteriosa en territorio mexicano. Su rastro se perdió en Chihuahua, y aunque la Enciclopedia Británica aventura que pudo ser asesinado en el sitio de Ojinaga en enero de 1914, el sacerdote Jaime Lienert recogió la tradición oral de los habitantes del pueblo de Sierra Mojada, en Coahuila, según la cual el escritor fue fusilado y enterrado en el cementerio de esa villa. Su desaparición es considerada una de las más misteriosas de la historia de la literatura universal.

Un suceso en el puente del riachuelo del Búho ha sido llevada  al cine en tres versiones diferentes: la norteamericana Owl Creek: una muda de 1920, la francesa La Rivière du Hibou, de 1962, y una tercera versión en 2005. La segunda de ellas fue utilizada para un episodio de la serie de televisión Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), y una adaptación suya se incluyó en la serie Alfred Hitchcock presenta. El escritor mexicano Carlos Fuentes escribió una novela titulada Gringo viejo, que fue llevada al cine como Old Gringo, interpretada por Gregory Peck. Bierce también aparece como personaje en la película From Dusk Till Dawn 3, y en The Hangman’s Daughter,  protosecuela de Del crepúsculo al amanecer, donde lo encarna el actor Michael Parks.

Yo diría, otra vez pensando en la posibilidad de que corriera por sus venas sangre galesa, que Bierce eligió para sí la misma suerte que los héroes de los antiguos ciclos épicos celtas: la guerra como escenario final de una vida. O quizá buscaba entregarse a algún proyecto que contuviera cierta dosis de pureza para sellar su existencia atormentada. No sé por qué lo hizo ni creo que sus razones lleguen a ser conocidas algún día, pero encuentro cierta similitud entre su gesto de lanzarse a una empresa que él sabía no podía conducirlo más que una muerte violenta, y la inmolación de José Martí en Dos Ríos, donde el Apóstol se hizo matar a sabiendas de que sería ya completamente inútil su presencia en la gesta de independencia, porque además de no ser reconocido en sus altísimos méritos, la enfermedad terminal que le aquejaba acaso  no le hubiera concedido ni otro año de vida. No debe resultarnos extraño el hecho de que los hombres dignos prefieran despedirse de la vida de una manera digna antes que morir en sus camas exhalando fluidos innobles y reducidos a meras sombras de lo que fueron.

 

 

 

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La Habana en mí o un himno a la nostalgia

Los libros de entrevistas siempre resultan muy atractivos para quienes gustan de la lectura y también para estudiosos, especialistas, historiadores, antropólogos e investigadores en general, por lo que son siempre bienvenidos en una Feria del Libro de cualquier parte del planeta. La Habana en mí (editorial Extramuros, 2019), presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana en su ya tradicional ámbito de La Cabaña, ha sido para mí una sorpresa al par que una confirmación de cosas que “me tengo muy sabidas”, como diría Sancho Panza. Estas entrevistas a personalidades relevantes de diferentes ámbitos de la cultura, realizadas  por los periodistas Margarita Urquiola, Norge Espinosa y Orlando Luis Pardo, con cuestionario único y publicadas en la revista Extramuros hasta 2015, fecha en que esa publicación dejó de existir, muestran un catálogo de impresiones, sensaciones, vivencias y criterios  extrañamente similares: todos los entrevistados hacen énfasis especial en los lugares de la ciudad en que han vivido y los recuerdos que guardan de sus estancias, con lo que las entrevistas están recorridas por una especie de respiración muy nostálgica de infancias, esa etapa de la vida de la que alguien dijo que es la verdadera patria del hombre. Pero no solo eso tienen en común.

También sorprende cómo en estos monólogos —porque al final eso es lo que son todas las entrevistas que en el mundo han sido—, aparecen lugares icónicos de la vida cultural de la ciudad, como el Rincón del Feeling, el cine Yara, Coppelia, el Malecón, y en especial uno de cuya existencia probablemente no tendríamos hoy conocimiento a no ser por referencias muy aisladas: la Ciudad Celeste, finca en Mantilla de la familia del prócer Juan Gualberto Gómez, periodista, amigo y colaborador de José Martí que tan importante labor desempeñó en la liberación  de Cuba y en la posterior conformación de la República. Ya había encontrado algunas anécdotas sobre el tema en un libro de Arruffat sobre Virgilio Piñera, en Yo, Publio, autobiografía del pintor Raúl Martínez, y en alguna que otra mención entresacada de aquí y de allá, y sabía que era esa la familia que Virgilio hizo suya y esa la casa donde acudía puntualmente a jugar canasta, pero no fue hasta que leí la entrevista a Yoni Ibáñez, publicada en este mismo libro, que comprendí con exactitud la significación de  la Ciudad Celeste: ella fue probablemente la tertulia de mayor importancia e influencia en la cultura de La Habana, puesto que allí se dieron cita durante años intelectuales de todas las ramas y generaciones del arte y la literatura. También el escritor Abilio Estévez se refiere en su entrevista a  aquel lugar. Abilio, quien estudió conmigo en la Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, de la que hoy ya nadie se acuerda salvo quienes tuvimos la suerte magnífica de pasar allí los mejores años de nuestra adolescencia, así que hasta mi generación llegó el influjo de la Ciudad Celeste, desaparecida en la vorágine de los decretos, parametraciones y otros fervores de nuestra entonces debutante política cultural. Es una historia bastante nebulosa para mí  y sobre la que me falta información, pero de todos modos siento que fue una pérdida  irreparable que solo daño pudo hacer a toda la cultura de nuestro país y de nuestro tiempo.

Me parece curioso cómo Laidi Fernández de Juan y yo fuimos llevadas por nuestras respectivas familias  en paseos recurrentes al pueblo de Casablanca, y jugamos en el mismo parquecito blanco, montamos los mismos columpios; cómo algunos de los entrevistados que nacieron o han vivido en Santos Suárez lo recuerdan como un lugar distinguido pero entrando cada día en una decadencia más lastimosa, la misma impresión que tengo yo luego de vivir allí los últimos  19 años; cómo quienes estuvieron becados se reunían con sus compañeros de becas en la misma heladería Coppelia donde yo quedaba con los míos de San Alejandro, a pesar de separarnos décadas en edad; cómo todo el mundo ha ido a la Cinemateca como se va a un templo o a un culto muy sagrado; cómo todos los entrevistados hablan de su nostalgia por el Malecón, que también yo he sentido cuando he estado lejos de Cuba y esa franja de mar me hala de regreso como un imán gigante.

Pero lo más interesante para mí ha sido encontrar en estas entrevistas el común sentimiento de un amor por La Habana transido de dolor, tristeza y amargura por todo lo que la ciudad ha perdido. A la pregunta final de los entrevistadores sobre qué le devolvería cada entrevistado a la capital, las respuestas han sido de lo más variadas y asombrosas: el fantasma de Virgilio Piñera, el hotel Trotcha, los cines, la música, las suculentas pizzerías, las tiendas elegantes  o, como Gerardo Alfonso, simplemente la decencia (respuesta  que merece una ovación),  y una añoranza tremenda por  los años 60, salvo alguna excepción que no los vivió o solo alcanzó a balbucear en su entrevista menciones a las muchas mudadas de casas ocurridas  en su vida. Una elegía colectiva hacia la muerte de la universalidad,  el glamour, la belleza y el relumbre perdidos por una urbe que se ha vuelto críticamente ruinosa, perversamente maloliente, plagada de inmundicias y tomada en muchas de sus áreas por la estulticia con guadaña y gente zafia, dos frases de las que lamento no poder adjudicarme la propiedad intelectual, pues la primera pertenece al actor Luis Alberto García y no aparece en este libro, sino en su post Sima funk, publicado en el blog de Silvio Rodríguez Segunda cita, y la otra a Abilio Estévez, quien la dice en este libro cuando se refiere a la calle San Rafael y a su conversión en un boulevard cuya chatura y vulgaridad lo desesperan. Ambas me recuerdan aquella definición genial de Rufo Caballero: el margen que se volvió centro.

Algunos entrevistados mencionan los caballitos, el Parque Lenin, la Universidad… y alguien asegura que solo en La Habana se siente en paz. A mí, que hubiera querido ser incluida en ese abanico de excelentes entrevistas porque La Habana es uno de mis grandes amores, me gustaría añadir aquí mis propios lugares especiales: EL Zoológico, del que no puedo separar la imagen de mi padre llevándome cada domingo a montar el ponny Ligero con su estrella blanca en la frente, a comer algodón de azúcar y a extasiarme frente al estanque de los patos y la jaula del águila.  Los paseos de la mano de mis padres  y mis abuelos por las grandes tiendas vestidas de Navidad, Flogar, El Encanto, con sus preciosas vidrieras iluminadas y aquella donde Santa Klaus en su trineo nevado y  tirado por renos saludaba a los niños con su mano enguantada. San Alejandro, sobre todo cuando llegaba temprano y las aulas estaban vacías, y la figura estilizada y como del Greco de mi profesor de Historia del Arte, Antonio Alejo (una entrevista a él se incluye en este libro), andaba calmosamente por los pasillos como quien va en un ensueño. La Cinemateca, por supuesto, pues yo también fui una ardorosa cinéfila peregrinante en ella.  La escalinata de la Universidad y una habitación pequeña en su Biblioteca Central, donde cada vez que me sentaba a estudiar sufría una especie de alucinación o viaje en el tiempo donde me veía transportada a la biblioteca de Marcilio Ficino o a la de Hipatia de Alejandría.  La Casa de las Infusiones del Parque Lenin, de la que guardo un recuerdo como se guarda una joya en el cofre más íntimo de la memoria. Varias iglesias: San Francisco, donde asistí  a los primeros conciertos de Ars Longa cuando el ensemble era todavía un ramillete de músicos con la frescura de la juventud y aquel estilo de teatro antiguo que supieron imprimir a sus espectáculos de música medieval en un tiempo que  ahora se me antoja mítico, en el que solo ellos exploraban ese riquísimo territorio de la cultura en nuestra ciudad hoy corroída por el reguetón;  una iglesia de La Habana Vieja en la que, al entrar, de inmediato me siento transportada a un templo de la Alejandría pagana del siglo II. La tumba de Catalina Lasa en el cementerio de Colón. La vista de una Habana atardecida  desde los muros  de La Cabaña, que compartí con mi esposo cuando aún no éramos novios pero ya teníamos la intención inconfesada. La Mesa del Silencio en el jardín de Madre Teresa de Calcuta y el interior de la Iglesia Ortodoxa griega con sus íconos, sus lampadarios majestuosos y su ebanistería de suntuosidad mediterránea. Y  en música mi obsesión patológica con Los Zafiros, a quienes considero la voz de La Habana y un trasunto de su destino. Cuando afirmo esto en público muchas personas  me rectifican y me dicen que es el Benny,  mas no, para mí Benny es la voz de Cuba, pero La Habana, el glamour de La Habana en la que yo crecí, solo lo han poseído Los Zafiros y nadie hasta hoy ha podido igualarlos. En cuanto a mi calle preferida, tengo dos: la que divide a la mitad como a una fruta mi reparto La Asunción, en cuyo final está el parque infantil donde tantos pequeños asuncionenses raspamos el metal de las canales e hicimos chirriar las cadenas de los columpios en desenfrenadas competencias de vuelo de altura. Y una calle del reparto Monterrey de mi niñez, con su belleza tranquila, arbolada y olorosa a almuerzos familiares de domingo, a niños felices en sus piscinitas inflables y a adultos elegantes tomando el fresco en portales modernos bañados por un velo rosa y naranja que arrastraba despacio entre sus pliegues el último destello de los atardeceres.

Al contrario de algunos entrevistados, el único lugar donde yo nunca he tenido paz es en La Habana. La alcancé por instantes en una casa de la avenida Mazatlán en cuya fuente, repleta de rosas,  se reflejaba la Virgen de Guadalupe en los mil colores de su vitral. En  la isla de Madeira,  en su bosque de Laurisilva por la entrada de Queimada, donde me envolvió el silencio más absoluto y total que puedo recordar, porque para mí el silencio, y solo el silencio es la auténtica  Quietud.  Y un momento  mágico en una autopista donde el horizonte parecía tan lejano que se me reveló la Inmensidad, algo imposible en una isla estrecha como la nuestra, y me invadió de pronto la euforia indescriptible de carecer de identidad. Después de hacer estas declaraciones supongo que a cualquiera le resulte comprensible por qué siempre me he sentido tan infeliz en La Habana, a la que sin embargo amo y a la que siempre regreso.  No es para mí el sitio donde tan bien se está, pero aquí he construido mi vida, esta ciudad es mi fatum, mi destino fatal, como se diría en un bolero trasegado o en un corrido de mariachis.

Me resulta difícil decidir qué le devolvería yo a La Habana, pero creo que quisiera de regreso a los habaneros tal y como yo los conocí y desde hace mucho se han tornado en ausencias y en sombras. Ellos eran la galanura de mi ciudad.

La lectura de La Habana en mí  como canto coral deja un regusto amarguísimo y un profundo dolor, porque es como si llevaras toda una vida tratando de convencerte de tu radiante hermosura, y un día tropezaras con un espejo muy poco piadoso y vieras definitivamente reflejada en él la decadencia de tu vida, te vieras viejo, repulsivo, repudiado, y descubrieras que lo único que puedes aceptar de ti mismo es tu pasado. Este libro grita, parodiando un dicho muy popular, que La Habana YA NO ES La Habana, sino una especie de Obra alquímica donde en lugar de comenzar por la nigredo  que luego pasa por las fases de rubedo y albedo y finalmente se trasmuta en oro, el Diablo obligó a un alquimista torpe a ejecutar el procedimiento al revés, y  hoy del oro inicial solo queda  en el matraz el opus nigrum, la materia en su estado final de irreversible descomposición, mientras  el alma intenta huir de la disolución bebiéndose el ayer como un fluido hermoso  y vivificante, una ambrosía que solo puede paladearse en la memoria. Si aún así La Habana puede ser vista como una Ciudad Maravilla, no será solo porque es una madre muy, pero muy amada por sus hijos a pesar de sus temibles defectos y sus virtudes perdidas, sino, y sobre todo, porque es una bruja poderosa y letal capaz de los hechizos más alucinantes.

 

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La canción de Angus el errante

Lamento no haber podido conseguir una mejor imagen de esta portada.

He encontrado en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el stand de Ediciones ICAIC, el libro Rufo Caballero: un ídolo imposible La caricia del látigo, una compilación de textos sobre el tempranamente fallecido crítico de cine y Doctor en Ciencias del Arte Rufo Caballero, realizada por Rubens Riol y prologada por el destacado intelectual cubano Francisco López Sacha.

Rufo fue una figura familiar para todos los cinéfilos de la isla por su casi constante presencia en la televisión, y para quienes gustan de leer crítica de arte, por sus varios títulos publicados  sobre cine y artes plásticas, además de por los importantes premios internacionales que ganó. También fue mi amigo. Nos conocimos personalmente en la presentación de la novela Fake, de nuestro entonces común amigo Alberto Garrandés. Incómodamente sentados los tres en una pequeña mesita de la galería del Instituto Cubano del Libro, cuando esa institución se encontraba todavía en el Palacio del Segundo Cabo, leímos cada uno nuestro texto sobre la obra, y ese día nació una amistad que yo había deseado mucho. No recuerdo exactamente cómo comenzamos a escribirnos, pero nuestra correspondencia se hizo casi frenética cuando Rufo me envió su cuento “Los que fueron al bosque de avellanos”. El relato forma parte de su libro póstumo Seduciendo  a un extraño, primero y único de ficción que alcanzó a escribir, en el que intervenía como narrador algunos de sus filmes preferidos. “Los que fueron al bosque de avellanos” se basa en la bellísima película Los puentes de Madison (1995), basada a su vez en la novela homónima del escritor norteamericano R. J. Waller. La película ha sido muy vista y gustada por los espectadores cubanos, pocos de los cuales habrán leído el libro, que no ha sido publicado en la isla aunque fue uno de los libros más vendidos del siglo XX y tiene 60 millones de copias vendidas en el mundo. Rufo  adoraba a Merryl Streep, la protagonista de este filme dirigido y también actuado por el actor, director y productor norteamericano Clint Eastwood, su partenaire. Sin embargo, en esta ocasión Rufo casi la fulminaba al narrar con la voz del personaje interpretado por Eatswood, presentándola como una mujer cobarde que por convencionalismos y egoísmo acomodaticio había renunciado a un gran amor.

Las rebeliones impredecibles de los ordenadores no me permitieron guardar las decenas de mensajes que intercambiamos sobre este cuento, pero eran cartas ardientes, apasionadas, airadas, furiosas, en las que nos enfrentábamos desde posiciones diametralmente opuestas, pues yo tenía una visión diferente de la suya sobre los motivos de Merryl para no fugarse con Clint. Rufo me pidió que escribiera un breve ensayo sobre su cuento y terminó ofreciéndome que fuera la presentadora del libro. Empecé a trabajar, pero ocurrieron cosas terribles en mi vida personal y nunca pude terminar mi ensayo, pues en ensayo se transformó lo que comenzara como un texto de menores pretensiones, y entre tanto la muerte se llevó a Rufo. Nunca pude despedirme de él. Cuando finalmente Seduciendo a un extraño tuvo su presentación en el Centro Dulce María Loynaz, yo ocupé mi puesto en el panel junto a Sacha y leí las páginas que había escrito desde el más profundo dolor por la pérdida de este amigo al que no pude disfrutar por mucho tiempo y a quien considero el intelectual más lúcido, completo y culto de todas las generaciones de las letras posteriores a 1959.

Pero no consigo parar mi diálogo interior con Rufo, que su muerte transformó en un monólogo tristísimo. Sigo hablando con él dormida y despierta, nos encontramos a veces en mis sueños, y en la vigilia imagino que seguimos conversando, discutiendo, fajándonos como los dos intrépidos cruzados por la cultura que los dos hemos sido. Cuando encontré La caricia del látigo, que buscaba desde que tuve noticia de su presentación —en la que por desgracia no  pude estar—, volvió de nuevo la emoción intensa que siempre se me revuelve dentro cuando pienso en Rufo, y al encontrar entre esas páginas el texto que escribí para aquella presentación se me ocurrió de pronto que tal vez pocos cubanos conozcan los versos de La canción de Angus el errante, del poeta irlandés Yeats, sobre el que Francesca (Merryl) y Robert (Clint) intercambian impresiones en su primer paseo nocturno por la huerta de la granja, y que no fue colocado en la novela por gusto, sino porque encierra la clave sobre el vínculo que une a esos amantes y las razones por las que su relación se frustra. Como Rufo tomó la referencia al poema como título para su cuento, sentí que yo podía rendirle tributo otra vez a mi amigo publicando el poema íntegro para los lectores y espectadores de nuestra isla, de manera que  puedan penetrar más profundamente en la dramaturgia de los personajes. Lo hago en inglés y español para quienes manejan los dos idiomas y gusten de cotejar la traducción,  hecha por mi también amigo el argentino Sebastián  Beringueli, Lord Aelfwine, en su magnífico blog El espejo gótico:

El Canto de Aengus, el Errante

The song of wandering Aengus
William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939)

Fuí al bosque de avellanos,
Porque sentía un fuego en mi cabeza,
Y corté y pelé una rama de avellano,
Y enganché una baya en el hilo;
Y mientras volaban las polillas blancas,
Y estrellas como polillas titilaban,
Solté la baya en el arroyo
Y atrapé una pequeña trucha dorada.

I went out to the hazel wood,
Because a fire was in my head,
And cut and peeled a hazel wand,
And hooked a berry to the thread;
And when white moths were on the wing,
And moth-like stars were flickering out,
I dropped the berry in the stream
And caught a little silver trout.

Cuando la hube dejado en el suelo
Fui a avivar las lenguas de fuego,
Pero algo susurró en el suelo,
Y alguien me llamó por mi nombre:
Se había convertido en una joven de sutil resplandor
Con flores de manzano en su cabello
Que me llamó por mi nombre y corrió
Y se desvaneció en el claro aire.

When I had laid it on the floor
I went to blow the fire aflame,
But something rustled on the floor,
And some one called me by my name:
It had become a glimmering girl
With apple blossom in her hair
Who called me by my name and ran
And faded through the brightening air.

Aunque ya estoy viejo de vagar
Por tierras bajas y tierras montañosas,
Descubriré dónde se ha ido,
Y besaré sus labios y tomaré sus manos;
Y caminaré por la larga hierba de colores,
Y aferraré hasta el fin de los tiempos
Las plateadas manzanas de la luna,
Las doradas manzanas del sol.

Though I am old with wandering
Through hollow lands and hilly lands,
I will find out where she has gone,
And kiss her lips and take her hands;
And walk among long dappled grass,
And pluck till time and times are done
The silver apples of the moon,
The golden apples of the sun.

Yeats, uno de los miembros del grupo de artistas, escritores y poetas irlandeses que en el siglo XIX se dedicaron a rescatar la cultura celta precristiana, utilizó en su obra los mitos y leyendas de este deslumbrante y extraño complejo cultural de raíz indoeuropea, en el cual el arquetipo de la criatura femenina de naturaleza feérica, inasible, de la que se enamora perdidamente un hombre mortal, se conoce como la dama del lago o las damas del lago, seres que participan de la naturaleza de las ninfas acuáticas griegas, todas las cuales no son sino habitantes del reino de los espíritus elementales del agua, presentes en todas las culturas y civilizaciones del planeta. Las damas del lago celtas aparecen en Irlanda, Bretaña, Escocia y las islas. Viven en lagos y lagunas, como su nombre indica, son de extraordinaria belleza y suelen proveer de armas y objetos mágicos a los héroes que las encuentran, recordemos las leyendas donde entregan espadas invencibles a los guerreros destinados a la Gloria. Pero amar a una dama del lago cuando se es un mortal es una empresa sin futuro, puesto que esta pareja de amantes posee naturalezas incompatibles. Son amores trágicos que nunca terminan en la ansiada felicidad a menos que, en ciertos casos, los seres del otro mundo concedan al mortal la oportunidad de morir para renacer como uno de ellos.

Una dama del lago

La canción de Aengus el errante contiene todos los elementos del mito de las damas del lago: el personaje del amante, quien solo puede vislumbrar por breves instantes al hada que se enseñorea de su alma, afirma que dedicará el resto de su vida a buscarla, y se aferrará a la conquista y posesión de las plateadas manzanas de la luna y las doradas manzanas del sol. Esta metáfora empleada por Yeats en su poema contiene múltiples sentidos o códigos simbólicos. En la tradición judeocristiana y su libro capital, la Biblia, se trata de un fruto que otorga el Conocimiento a quien lo come, pero un conocimiento de cosas ocultas a las que Yavé no desea dar acceso a los mortales para que no le igualen en sabiduría y poder. En la civilización grecolatina existe el conocido jardín de las Hespérides, donde florece un manzano con frutos de oro. Quien come de ellos ya no padecerá hambre ni sed ni enfermedad ni dolor y alcanzará la inmortalidad, y por eso Hércules, como parte de sus Doce Trabajos, es enviado a robarlas. Con este sentido también aparecen en las leyendas célticas el manzano y sus frutos, además de involucrar a estos como dadores de magia y revelación. ¿Qué más puede desear un hombre que ser libre de padecimientos, sabio e inmortal? Pues los placeres de la carne, que también la manzana, entre otras frutas, simboliza. Y todo esto ¿no es acaso la Felicidad? La dama del lago puede otorgarla: ¿no se constituye entonces Ella en el más alto objeto del deseo para ese Aengus que ya se ha hecho viejo errando por el mundo, que lo ha visto todo y nada lo satisfizo, en otras palabras, el fotógrafo Robert Kinkaid, quien encuentra en Francesca su dama del lago personal, la que puede otorgarle lo que ansía, plenitud?

Creo que Waller, autor de la novela elegida por Eastwood para hacer su película, encontró en este poema de Yeats la inspiración y el núcleo temático para escribir Los puentes de Madison County, y si su personaje masculino resulta tan consistente es porque Waller se atrevió con un arquetipo universal, lo que en opinión de la gran escritora chilena María Luisa Bombal es una receta de triunfo y eternidad para una obra de arte. No hay que olvidar que uno de los mitos más trascendentes y universales de Occidente es la búsqueda del Grial, ese objeto misterioso de forma indefinida que concede la Gloria, la Felicidad y todas las recompensas que un caballero puede desear. ¿Y quién entrega el Grial al caballero Parcifal? Una doncella que lo custodia en el castillo del Rey Pescador, es decir, una dama del lago. Existe entonces un paralelo, una común indentidad entre las manzanas del sol y de la luna y el Grial, eje de la saga del Rey Arturo, el mito más poderoso de la cultura celta, provisto de tal inmortalidad que ha llegado a nosotros enmascarado en uno de los libros más leídos de los últimos tiempos: El Señor de los Anillos, porque tanto las manzanas de oro y plata como el Grial como el anillo son objetos sagrados de naturaleza divina, la máxima aspiración, las llaves que permiten alcanzar el deseo más ardiente de la especie humana, la Inmortalidad y todos sus dones maravillosos.

El personaje de Francesca, sin embargo, no fue concebido sobre ningún arquetipo, sino sobre un modelo humano bien pedestre: la mujer ilustrada que en procura de la seguridad de un hogar se ata a un hombre bueno pero insignificante, se convierte en un ama de casa insatisfecha y vive suspirando por todas las vidas posibles que hubiera podido vivir, hasta que aparece en su camino un príncipe exótico ofreciéndole la posibilidad de materializar sus sueños más delirantes. Pero Francesca no es Elena de Troya, quien huye de su vulgar marido Menelao, rey de Esparta, para escapar con el bello y osado príncipe Paris rumbo a una Troya de ensueño, que tras diez años de guerra sangrienta acabará reducida a cenizas por culpa de esa infidelidad. Francesca, oscura maestra de Literatura de  un pueblo italiano que no ofrece margen para casi nada, ha vivido la Segunda Guerra Mundial y conoce muy bien la incertidumbre, por eso se aferró al joven soldado americano que la llevó a su gran país, la hizo su esposa y madre de sus hijos y propietaria de su próspera granja en Iowa, una vida monótona pero al abrigo de imponderables, o al menos eso parecía, y no se decide por Robert y sus promesas de pasión y aventura infinitas, aunque le ofrezca bañarse juntos en las aguas de los lagos sagrados de la India y cazar tigres en África, tener sexo en palacios hindúes de Las mil y una noches y una vida siempre renovada donde ellos serían los protagonistas de una historia de amor luminosa y eterna. Con la sabiduría práctica del eterno femenino, Francesca sabe que el aquietamiento de Aengus el errante no solo es demasiado bueno para ser verdad, sino que, en caso de que llegara a suceder, lo despojaría de inmediato de su Luz para reducirlo a las medidas sin brillo de los hombres mediocres como su propio esposo. Y además, confronta la culpa pequeñoburguesa y judeocristiana del reproche de sus hijos por haberlos abandonado. Las manzanas plateadas de la luna y las manzanas doradas del sol están muy bien en su poema preferido y como adorno para un romance, pero la vida real… es otra cosa, y demasiado alto el precio de los sueños.

Rufo no se conformaba con  el final miserable del fotógrafo en la novela, mientras su dama llegaba a vieja soñando en la cocina de su granja donde los dos habían hecho el amor la primera noche que pasaron juntos. Por eso escribió Los que fueron al bosque de avellanos, para darle una segunda oportunidad a ese hombre que supo amar con tanta intensidad, tanta sinceridad, y lo resucitó para que pudiera reivindicar sus sentimientos, pero esa es una historia que no debo contar yo, puesto que Rufo lo hizo de manera magistral y es a él a quien hay que leer. Porque hay que seguir leyendo a Rufo, todos sus libros, una y otra vez, para que no se cierre sobre él el silencio temible que aún en vida ahoga a muchos grandes creadores entre nosotros. Yo escribo sobre Rufo y continuaré haciéndolo porque no quiero que tenga esa segunda muerte, y para quienes no tengan claro que se puede morir dos veces copio esta cita que aparece en El espejo Gótico:

La segunda muerte.

Existe una segunda muerte, más silenciosa e inadvertida, que se produce tan repentinamente como la primera aunque sin dejar deudos, ni entierros, ni funerales, ni amenas conversaciones acerca de las bondades retrospectivas del difunto.

Esta segunda muerte sucede tiempo después de la desaparición física de la persona. En algunos casos ocurre casi de inmediato, en otros, se produce varios años, e incluso generaciones después; y consiste en la cesación del nombre, y acaso del espíritu del fallecido.

La segunda muerte, a la que todos estamos sujetos aún en la celebridad más dilatada, ocurre casi como una fuerza imparable. El profesor Lugano ha imaginado la siguiente secuencia para explicarla:

Alguien muere.

Las personas que lo conocieron mueren.

Las personas que conocieron a los que lo conocieron mueren.

Las personas que conocieron a los que conocieron a los que lo conocieron mueren.

¿En qué consiste la segunda muerte?

Su nombre jamás volverá a ser pronunciado.

El profesor Lugano incluso ha calculado un algoritmo para promediar la segunda muerte que nos aguarda inexorablemente, llegando a la conclusión de que todos seremos prolijamente olvidados unos cien años después de nuestra desaparición física.

Desde aquí discrepamos modestamente con el profesor, siempre empeñado en recordar sucesos miserables y omitir otros de mayor relevancia histórica.

La segunda muerte no consiste en el olvido, sino en la muerte del recuerdo.

Efectivamente, llegará el día en el que todas las personas que nos conocieron morirán, y con ellas todos los recuerdos, buenos y malos, que hayamos dejado en ellas. Pero con la desaparición de esta corte también desaparecerá algo más: nuestro nombre.

El mundo seguirá girando sin personas que nos hayan conocido. Nadie sobre el globo tendrá una anécdota sobre nosotros, sobre nuestras miserias y aciertos casuales.

Cuando la Tierra amanezca sobre un horizonte en donde nadie nos conozca moriremos por segunda vez y acaso entonces seremos libres.

Me temo que no quiero para Rufo la libertad del olvido. ¿La querrá él…?

 

 

 

 

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BRITANNIA, LA HISTORIA MARAVILLOSA EN HBO

El druida Veran

Es una pena que la serie Britannia, grabada en Praga y Gales y aún no trasmitida por la televisión cubana, tenga hasta ahora una sola temporada. Lo digo porque salvo en los dos tomos de Las colinas huecas y La cueva de cristal, de la escritora inglesa Mary Stuart  —novela publicada en Cuba en la colección Huracán cuando el hombre se hizo gigante y jamás reeditada—, nunca he visto en ningún libro, revista, filme o cualquier clase de material audiovisual mejor representada la cultura de los celtas británicos precristianos. Y gracias, pues al menos esa la conocimos los cubanos que leímos las novelas de Stuart, porque la cultura del resto de las naciones celtas nos es absolutamente desconocida*, lo que es un crimen de lesa culturidad, porque los antiguos irlandeses fueron uno de los complejos culturales más extraños, complejos y apasionantes de la historia de la humanidad, amén de uno de los más antiguos. Y porque los cubanos mismos tenemos sangre celta a través de la inmigración que recibimos de Galicia. Estamos ignorando nuestras raíces celtas en favor de nuestras raíces africanas.

Pero volviendo a Britannia, se trata de una serie de la cadena HBO, conocida por la extraordinaria calidad de sus productos. Así la presenta Wikipedia:

Es una serie de televisión británico-americana del género fantasía histórica​ escrita por Jez Butterworth. La serie de nueve partes es la primera coproducción entre Sky y Amazon Prime Video, y es protagonizada por las estrellas Kelly Reilly, David Morrissey, Zoë Wanamaker, Liana Cornell y Stanley Weber. ​ Se emitió en Sky Atlantic en el Reino Unido (los 9 episodios disponibles en Sky On Demand en el Reino Unido desde el 18 de enero de 2018) y en Amazon Prime Video en los Estados Unidos (el streaming comenzó el 26 de enero de 2018). En España, se estrenó el 19 de enero de 2018 en HBO. En Latinoamérica, el 6 de mayo de 2018 en Fox Premium Series.

Ambientada en en el año 43 A.D., la serie se desarrolla durante la conquista romana de Gran Bretaña – “una tierra misteriosa gobernada por mujeres guerreras salvajes y druidas poderosos que pueden canalizar las poderosas fuerzas del inframundo.” Las rivales celtas Kerra y Antedia deben trabajar juntas para combatir la invasión romana liderada por Aulo Plaucio.

Acabada de salir del horno, como se dice. Sin embargo,  no estoy de acuerdo en que sea una serie de fantasía histórica. Histórica sí, fantástica NO, rotundamente no. Tiene personajes de ficción y otros no lo son, y las dos tribus britanas cuya rivalidad es explotada por los romanos existieron. Si me pusiera a enumerar aquí todas las tribus que se encontraron los romanos en Britania no acabaría ni en un día escribiendo. Y es muy cierto que en aquella sociedad celta las mujeres llevaban la batuta y reinaban con frecuencia sobre sus tribus y sobre las del esposo que hubieran elegido en caso de muerte de este. También es cierto que los druidas gobernaban a reyes y reinas, pues ni el rey más poderoso se hubiera atrevido a desafiar sus sentencias ni sus órdenes. Los druidas eran un sacerdocio todopoderoso, como les tocó comprobar a los romanos, y no solo al general Aulo Plaucio.

El elenco de Britannia es bueno. Los dos grandes personajes enfrentados no son, como han creído algunos espectadores, Aulo Plaucio el romano, interpretado por el actor británico David Morrissey, y la reina Kerra de la tribu de los cantii, interpretada por Kelly Reilly, sino el General romano y el Archidruida Veran, papel a cargo del también inglés Mackenzie Crook , quien increíblemente es un actor cómico, pero aquí actúa de un modo tan magistral que deviene una interpretación memorable por su extrema —y siniestra— naturalidad.

Puedo garantizar a los espectadores cubanos  que estén interesados en la cultura celta que la reconstrucción de época lograda en esta serie , así como la puesta en escena de los festivales religiosos de los britanos, sus costumbres, su vestuario, su armamento, sus técnicas de combate y sus rituales funerarios son fieles a la historia casi en un absoluto por ciento, y cuando menciono la historia, en este caso me refiero a lo poco que se conoce de aquella cultura, que no dejó muchos testimonios de sí misma. Aunque hermosa, la civilización celta, mucho mejor conocida por los testimonios que dejó en Irlanda, fue extremadamente cruda y cruel, aún allí, donde alcanzó su mayor esplendor antes del siglo V. La serie ha sido fiel a ese espíritu y los espectadores deben estar preparados para escenas de fuerte impacto emocional.

HBO no necesita detenerse en esta primera temporada, pues la historia de la conquista romana de Britania está muy lejos de terminar en esos primeros diez capítulos, ya que la insignificante niña que aparece en esta temporada protegida por una de las reinas britanas y los druidas pudiera no ser otra que la reina Boudica o Boadicea, la mujer que logró unir a todas las tribus de Britania y levantarlas contra Roma en una hazaña guerrera que estuvo a punto de darle la victoria sobre el mayor imperio hasta entonces conocido por la Historia. Pero antes de continuar este comentario se hace necesario explicar muy por encima, pues en este espacio no puedo aspirar a más, qué era Britania  antes de Roma y las características de las gentes que la habitaban.

ANTES DE LA SERIE

Britania era, al menos en el siglo IV a.n.e. cuando la exploró el geógrafo griego Pitias, la misma isla que es ahora, pero tan separada del continente y con un clima tan frío y brumoso que parecía envuelta en un halo de inquietante misterio, algo como el Otro Mundo de los mismos celtas o esos territorios mágicos de que hablaban los marinos , al extremo de que los historiadores griegos tildaron  a Pitias de mentiroso y durante mucho tiempo su hallazgo fue tomado por una invención. El mundo celta comprendía entonces Britania, ocupada por un gran número de tribus bretonas; el país de Gales;  Escocia, habitada por los salvajes pictos; las islas, entre ellas la de Man; Irlanda; el norte y oeste de Hispania, la actual España (Asturias y la región galaico-portuguesa), y Galia, situada en territorio continental, que abarcaba más o menos el territorio actual de Francia — la Bretaña incluida (llamada entonces Armórica o Bretaña armoricana)— y una parte de Alemania.

Fue por Galia que comenzó la penetración de Roma en el mundo puramente celta, pues los celtas de Hispania eran una mezcla de tribus celtas con tribus iberas. Julio César no fue el primero en poner sobre la tierra gala su bota de legionario, pero fue el vencedor de los galos, cuyas tribus, unidas bajo el mando del príncipe Vercingetórix, se le enfrentaron en una guerra larga y cruenta. César venció a Vercingetórix y lo llevó prisionero a Roma, donde fue asesinado. César fue nombrado por el Senado romano gobernador proconsular de las provincias galas.

Mientras, Britania, envuelta en sus brumas y separada de la tierra continental por un estrecho brazo de mar que hoy se conoce como Paso de Calais, vivía su Edad del Hierro inmersa en guerras intestinas. No le faltaron al ambicioso César pretextos reales e imaginarios para solicitar del Senado romano autorización para una invasión a la isla. Al final del verano del año 55 a.C reunió una

Julio César

flota de 80 barcos, probablemente trirremes, que transportaron a las legiones VII y X, y un número desconocido de barcos de guerra. Llevaba además 18 embarcaciones para transportar la caballería, que finalmente quedó atrás. Su primer intento de desembarcar en las costas isleñas fue frenado por la acometida de los guerreros britanos, armados con largas jabalinas y posicionados en los riscos cercanos. Los britanos, además, se presentaron montando carros de combate fuertemente armados, mientras que César solo llevaba infantería ligera y catapultas montadas en los navíos de guerra, que resultaban demasiado pesados para maniobrar en aquellas aguas poco profundas. César consiguió tomar una cabeza de playa y se sucedieron varios combates en que los britanos no llevaron la parte mejor, pero una tormenta dañó severamente la flota romana y se acercaba ya el invierno. Decepcionado, además, porque en la isla no había metales preciosos, César y su ejército se volvieron atrás. Pero César necesitaba coronarse de lauros y ninguno mejor que sus victorias militares, así que en el verano del 54  regresó a Britania al frente de una asegunda expedición . Esta vez había mejorado la tecnología de sus 800 naves y traía consigo cinco legiones.

Su primer encuentro con los britanos le dio la victoria, pero una vez más una tormenta infligió a su flota daños considerables. César informó al Senado la pérdida de 40 naves. Tras un combate con el rey britano Catuvelaunos, señor de la guerra al norte del Támesis, algunas tribus britanas entre las que se contaban los trinobantes, la más poderosa, y también los icenios, se aliaron con César y le suministraron provisiones e información valiosa. César hizo muchas observaciones de gran importancia estratégica sobre el clima, el territorio, su gente y sus costumbres. Consideró bárbaros a los britanos, casi salvajes (no llegó a conocer a los pictos), y documentó cómo se dejaban los cabellos muy largos pero se afeitaban el cuerpo y se pintaban con glasto, un material que produce una pasta color verde oscuro con la que se embadurnaban todas las partes del cuerpo que no cubriera la ropa, y además llevaban tatuajes. Es fácil comprender que para los civilizados romanos el aspecto de aquellos seres debía resultar cuando menos inquietante.

También describió los carros britanos de combate y las técnicas que sus aurigas empleaban para manejarlos:

Primero avanzan por todas partes disparando dardos, y con el mismo terror que infunden a sus caballos y con el estrépito de las ruedas suelen desordenar las filas, y, una vez que se introducen entre los escuadrones de los jinetes, saltan de los carros y combaten a pie. Mientras tanto, los aurigas van retirándose poco a poco de la batalla y sitúan los carros de tal modo que, si aquellos se ven apremiados por la multitud de los enemigos, tienen libre la retirada hacia los suyos. De esta manera unen en la batalla la rapidez de los jinetes con la firmeza de los infantes, y es tal la destreza que les da el continuo ejercicio que, aún en los parajes con pendientes y escabrosos, hacen parar a los caballos lanzados al galope, los refrenan en seguida y les hacen dar la vuelta, estando ellos acostumbrados a correr por el timón, a mantenerse en pie sobre el yugo y a volver de allí rápidamente a los carros.

Carro de combate galo

Estructura básica de un carro de combate celta

También anotó sus observaciones sobre la religión de los britanos, en la cual distinguió una casta sacerdotal, los druidas, pero sus escritos solo arrojan una imagen muy superficial de ellos, tal vez porque en este segundo viaje  tampoco se quedó mucho tiempo en la isla y se mantuvo siempre cerca de las costas y las márgenes de los ríos, sin penetrar al interior. Parece que su intención era la de hacer aliados y recopilar información para una tercera invasión, que nunca se produjo porque él fue asesinado en el Senado romano.

Los druidas eran un colegio sacerdotal de origen indoeuropeo, con una rigurosa estructura jerárquica a la manera de los sacerdocios de Amón en Egipto y los mismos colegios sacerdotales de Roma. Todos los aspirantes eran admitidos a la enseñanza, incluidas las mujeres, aunque para alcanzar los grados superiores de un estudio que se prolongaba 12 años tenían prioridad los hijos de los nobles y de los propios druidas. El aprendizaje se dividía en bloques. Quienes vencieran el primer bloque se convertían en filid o poetas (llamados bardos en Gales), y debían ser capaces de recitar de memoria más de 300 poemas y cantos rituales y guerreros. El siguiente bloque graduaba médicos. El próximo bloque graduaba legisladores, y el último graduaba magos capaces de dominar el agua, el fuego, la lluvia y el viento, de provocar nevadas, ventiscas, granizo, inundaciones y toda clase de fenómenos naturales. También dominaban la hipnosis, en la que basaban muchas de sus manipulaciones, eran expertos herbolarios, maestros  en toxicología y hechiceros muy eficaces. En la serie hay varios ejemplos de eso, pero me gustaría mencionar uno solo: la escena en que se cruzan en un camino las carretas en que viajan, en una Aulo y Lucio, su segundo al mando, y en otra el druida Veran, y este lanza con disimulo a tierra una especie de muñeco de paja que Lucio recoge y examina con curiosidad, se lo guarda y esa misma noche enloquece e intenta asesinar a Plaucio. Para quienes no conozcan la cultura celta ni a los druidas, aclaro que el muñequito de paja no es un juguete inofensivo, sino un hechizo que los druidas llamaban “el mechón del loco”, y al ser arrojado por ellos provocabaen la víctima un estado psicótico que duraría el tiempo que el druida le hubiera programado al sortilegio, a veces para siempre, como narra el canto  llamado La locura del rey Suibne Geilt. También podían provocar enfermedades y hasta la muerte con canciones que componían en forma de maldiciones. Un inventario de todos sus poderes, habilidades y conocimientos me resulta aquí imposible de consignar. Tenían a su cargo la instrucción de la juventud. San Patricio, introductor del cristianismo en Irlanda, y más tarde San Columba, que lo hizo en Escocia y de quien se dice fue un druida renegado, se encargaron de hacer copiar a sus monjes las leyendas, himnos, poemas, mitos y todo el material oral que produjo esta extraordinaria cultura que no era ágrafa, como generalmente se da por sentado, pues disponía de un alfabeto que manejaban las castas superiores de su organización social, conocido como Beth-Luis-Nion, los nombres de sus tres más importantes árboles. Gracias a esta minuciosa labor de conservación ha podido salvarse un tesoro de inestimable valor, del que ha partido lo que hoy conocemos como revival celta, Enya y River Dance incluidos.

EN LA SERIE

Aulo Plaucio, el General romano que protagoniza esta primera temporada de Britannia, fue un personaje real, un político y militar romano de ascendencia etrusca que hizo su carrera entre los reinados de los emperadores Tiberio y Claudio. Tiberio, como César y Augusto, los dos primeros Césares o emperadores de Roma, había sido un gran guerrero que amplió las fronteras del imperio y a nadie le importaba la vida licenciosa y estrafalariamente homosexual que llevaba en la isla de Capri, donde había fijado su residencia. Claudio era todo lo contrario: tullido de nacimiento, muy feo, objeto de burla y desprecio en la Corte, estudioso de la Historia y los filósofos, no estaba en la línea de sucesión, sino su hermano Germánico, otro gran jefe militar asesinado en plena juventud por Calígula, quien lo suplantó en el afecto de Tiberio para heredar el imperio. El reinado de Calígula fue caótico, sangriento y empobreció a Roma, por lo que Claudio, último de su estirpe, debió compensar su debilidad física con campañas militares victoriosas, y decidió retomar lo que él llamaba “el asunto de Britania”. El mando de esta segunda expedición le fue encomendado a Aulo Plaucio, quien se hizo a la mar en el año 43 a.C con cuatro legiones y 20 000 auxiliares extranjeros. Su misión era apoyar a los jefes britanos aliados de Roma contra los jefes rebeldes de la isla que no habían querido plegarse al poder imperial.

Lo que se cuenta en la serie sobre el cuasi motín a que llegaron las aterrorizadas legiones  de Plaucio antes de zarpar de las Galias rumbo a Britania es históricamente cierto. Era verdad admitida entre los legionarios romanos que la isla estaba poblada por demonios y seres aterradores, y muchos desertaban para no tener que viajar hacia allí. El ejército de Plaucio se moría de miedo.

Antes de continuar hay que destacar un hecho genuinamente histórico: aunque en Irlanda habían reinos y reyes poderosos como Conchobar Mac Ness, rey de reyes en el Ulster, los celtas no conocían el concepto de nación, para ellos la patria era el territorio donde moraba la tribu y estaban las tumbas de sus ancestros. Eran una sociedad tribal y cada tribu tenía su propio rey. La desunión reinaba entre ellas y las disputas tenían como causa por lo general pugnas territoriales, robos de ganado, saqueos, venganzas, etc. Las tribus britanas eran tantas que difícilmente alguien pueda recitar de memoria sus nombres sin saltarse algunas.

Estas no son todas las tribus que Cesar encontró a su llegada a Britania

Y no había en Britania nada parecido a un rey de reyes.. Había, sí, tribus más poderosas y como es natural tenían más aliados, pero no había unidad, y a la menor diferencia se iban a la guerra unas tribus contra otras, y así vivían en constantes luchas internas. Plaucio, militar y hombre astuto, puso en práctica el gran principio de la estrategia romana: “Divide y vencerás”. Enfrentó a una tribus contra otras, entabló falsas alianzas, mintió, engañó y finalmente logró apoderarse de algunas fortalezas reales y poner bajo su dominio una parte de la isla, pero no pudo ir más lejos porque los druidas jamás se plegaron a Roma. Plaucio fue gobernador de la provincia de Britania hasta el año 47. Su primer año en Britania es el período que abarca la historia narrada en la serie. En esta primera temporada se presenta a la pequeña niña hija de un padre ciego, protegida por la reina Kerra de los cantii y por el druida Divis, y si mi suposición es cierta estaríamos viendo la infancia de la reina Boudica, icono de la libertad y la independencia aún entre los ingleses de hoy.

Nikolaj Lie Kaas como Divis, el druida paria

Quisiera decir algunas palabras sobre este personaje tan interesante, el druida Divis. En la serie se dice que es un paria expulsado de la comunidad de los druidas por alguna transgresión relacionada con las drogas y su vínculo con un cierto demonio, Pwyka, que en ocasiones lo poseía, y se le muestra haciendo cosas raras todo el tiempo lo mismo a los romanos que a los britanos. Los druidas empleaban plantas alucinógenas en sus prácticas y rituales, como todos los sacerdocios de la antigüedad. Tenían gran conocimiento de la flora y la fauna, pero no se drogaban porque fueran unos viciosos: las plantas alucinógenas eran para ellos uno de los modos de comunicase con sus dioses y explorar las dimensiones del tiempo. En la cultura de los pueblos celtas existía la expulsión, la separación de la tribu, el ostracismo, y se aplicaba a quienes violaban las reglas establecidas por los druidas para la vida en comunidad, como por ejemplo al matar y no pagar el valor del muerto a la familia de este, pero las causas de expulsión eran muchas. Entre los druidas, hechiceros temibles, había, sin embargo, límites para la magia, y quien  los transgredía era expulsado de la comunidad druídica. Pero no me pareció que ese fuera el caso de Divis. No todos los organismos tienen la misma resistencia ante las drogas, y lo mismo  hay a quienes una Benadrilina solo les provoca una ligera somnolencia y a quienes los pone a dormir un día entero. Divis pudo pasarse en el consumo de alguna planta alucinógena de las usadas por los druidas, pero lo habría hecho buscando comunicación con sus dioses, sabiduría, conocimiento, expansión de conciencia, un viaje al inframundo, nunca por vicio. No podemos mirar el mundo celta con nuestros ojos modernos. Las secuencias de visión desenfocada o doble visión que en la serie intentan dar una idea de los estados alterados de conciencia que experimenta Divis no deben hacernos creer que estamos en presencia de un drogadicto de nuestros días, aunque ambos experimenten similares efectos, porque en el personaje hay una búsqueda espiritual  que no tiene paralelo en nuestro tiempo. Divis está poseído por  energías oscuras que le confieren poderes físicos paranormales. Para los celtas de la época, que no conocían los alcaloides, esas energías eran el espíritu mismo de la planta. La interpretación del fenómeno  cambia con la época. Y hay también otro aspecto de ciertas drogas: mucho tiempo después de haber sido ingeridas, incluso de haber renunciado la persona a su consumo, puede seguir experimentando sus efectos en forma de ramalazos de visiones o trances que duran segundos, como bien pueden atestiguar quienes hayan comido el hongo philocybes. A pesar de todo esto, el demonio Pwyka me sale sobrando. En mis estudios sobre los celtas precristianos de Irlanda no he podido constatar que creyeran en demonios.Sus ideas sobre los seres no humanos eran mucho más complejas.

El antagonista de Aulo Plaucio en la serie es el druida Veran, jefe supremo de todos los colegios druídicos de Britania. No tengo conocimiento de si Veran fue un personaje  real, pero eso no es importante, porque un archidruida hubiera sido exactamente como aparece concebido en la serie. La interpretación del actor es sencillamente magistral, uno de esos papeles que uno se pregunta cómo no han ido a parar a las nominaciones al Oscar. Los druidas eran todopoderosos y nadie podía oponerse a sus designios. Por eso Veran puede decidir que sea el anciano rey de los cantii y no su hija, la princesa Kerra, quien debe morir. Para un britano de aquella época y para cualquier celta hubiera sido perfectamente normal que los druidas conocieran que la niña a la que cuida Divis estaba designada para ser la salvadora de los britanos contra Roma. Lo anormal sería que los druidas no lo hubieran sabido, puesto que dominaban el arte de la profesía. Aquella era una sociedad regida por el pensamiento mágico, y enfrentarse a la serie con el pensamiento racional de un espectador del siglo XXI es incorrecto.

La estructura que en la serie recibe el nombre de Palacio de Ámbar y, supuestamente, funcionaba como cementerio de los cantii, es la reconstrucción exacta de un templo circular inspirada en el famosísimo Stonehenge, observatorio astronómico a la vez que lugar de enterramiento de reyes y centro de culto. Se encuentran en todas las tierras celtas  muchos de estos círculos de piedra compuestos por una sucesión circular de dólmenes, y un dato curioso es que, aunque hasta en fecha reciente se pensaba que fueron construidos por los druidas, hoy se sabe con certeza que fueron levantados milenios antes, aunque la identidad de sus constructores continúa siendo un misterio. No es cierto que los druidas no los utilizara, como he leído por ahí en algunas críticas sobre Britannia muy desconocedoras del mundo celta. Todo lo contrario, celebraban allí muchos de sus rituales, y los usaban también como observatorios celestes y como lugares sagrados de enterramiento.

Para mí —y ojalá que para HBO— esta primera temporada de Britannia sea la antesala de lo que podría resultar la parte más jugosa de la historia: la saga de la reina Boudica, la Victoriosa.

DESPUÉS DE LA SERIE

Según algunos estudiosos Boudica fue la reina de los icenios, y su esposo Prasutago el rey de los trinobantes, y según otros, ambos pertenecieron a la nobleza icenia, una de las primeras en aliarse a Roma durante la segunda expedición de Julio César. En las tierras celtas las mujeres, tanto del pueblo como de la aristocracia, gozaban de igualdad de derechos con  los hombres: podían reinar, heredar, divorciarse, ir a la guerra, tener varios maridos y eran las dueñas absolutas de sus hijos, aún cuando no supieran a ciencia cierta quién los había engendrado. Pero en las leyes romanas la cuestión de los derechos de la mujer prácticamente no existía, las romanas pertenecían a su gens o familia y luego a la de sus esposos, y nada más. Las matronas romanas se las arreglaban para tener amantes, viajar sin sus esposos y poco más, pero quedaban muy por debajo de las mujeres celtas en cuanto a libertades. Prasutago murió dejando a Boudica viuda con dos pequeñas hijas, y para desgracia de aquella familia, como había vivido pidiendo dinero a los romanos falleció muy endeudado. Los romanos se presentaron a cobrar, y como no reconocieron los derechos al trono de Boudica ni los de sus hijas consideraron que Prasutago no tenía línea de sucesión, por lo que, siguiendo una costumbre romana de aquellos tiempos, nombraron al emperador Claudio coheredero de los bienes de Prasutago y de inmediato comenzaron a repartírselos, esclavizando a los nobles, robando el ganado y ocupando el fuerte real. Boudica protestó o intentó hacerlo, pero los romanos le propinaron una golpiza y, para quebrarla, violaron ante sus ojos a sus dos hijas.

Representación ideal de Boudica con motivos celtas

Cuenta la leyenda que Boudica poseía un físico imponente, en mi opinión más vikingo que celta: era de muy elevada estatura, cuerpo estatuario, piel muy blanca, una larga y rebelde cabellera roja, ojos azules, voz áspera y un temperamento fogoso y violento. Vestía una túnica de colores arrollada al cuerpo y se adornaba con un torques de oro, entre los celtas símbolo de nobleza. Además, había sido adiestrada en el manejo de las armas, conducía con singular destreza un carro de combate y solía llevar una lanza. Su odio hacia Roma debió darle una fuerza casi sobrehumana. Así que la noche en que se presentó ante los enviados de las tribus britanas seguramente apareció ante ellos investida de una aureola semidivina, porque logró lo que hasta entonces nadie había podido hacer: las unió, y todos la aclamaron como a su líder.

Mientras esta asamblea tenía lugar, el general romano Cayo Suetonius Paulinus, andaba muy ocupado invadiendo la isla de Anglesey, también llamada Mona, santuario principal de los druidas de todas la tierras celtas, y a donde acudían de todas partes  los aspirantes a ese sacerdocio. Hay una narración terrible, no recuerdo ahora si debida a  Tácito o a Dión Casio, sobre la noche en que las tropas de Suetonius cruzaron el brazo el mar que separa Anglesey de Britania y cayeron por sorpresa sobre los druidas y sus discípulos, quienes vivían allí con sus familias. No tengo ante mí el texto, así que la reconstruiré de memoria. Los legionarios cruzaron el mar en barcazas de fondo plano, pues el lecho marino no era profundo. Los druidas no los esperaban pero tenían algún sistema de vigilancia, porque los vieron llegar y dieron el aviso haciendo sonar los carnix, instrumentos semejantes a las largas trompetas usadas por los sacerdotes hebreos, cuyo sonido se ha dicho que puede paralizar de terror a un hombre, hacerle estallar sus tímpanos y quebrar muros de piedra. Los romanos comenzaron a desembarcar, pero ya los druidas bajaban corriendo por las laderas portando antorchas encendidas, gritando conjuros y haciendo un ruido infernal, mas no fueron ellos, sino las druidesas quienes asustaron de muerte a los romanos: vestidas de negro, las caras pintadas de un blanco espectral y chillando de un modo sobrenatural, les recordaban a las diosas de la muerte. La noche con su tenebrosa oscuridad, el humo de las hogueras alimentadas por los druidas con plantas alucinógenas, los gritos, alaridos y conjuros, las llamas que subían al cielo iluminando perfiles y siluetas irreconocibles, aterraron de tal modo a los legionarios que estos quedaron paralizados y no podían mover las piernas, enterradas en el lodo de la orilla. Suetonio tuvo que azotar a los más cercanos para sacarlos de aquel estado. La batalla fue campal. Los druidas, muy inferiores en número a sus atacantes, combatían armados, pues su sacerdocio les permitía llevar y usar armas, pero no poseían la disciplina ni el armamento de los romanos y además, tenían detrás a sus familias y a los discípulos más jóvenes, niños de 12 años aún no aptos para la guerra. La legión romana era en aquella época el ejército mejor armado, mejor organizado y con más modernas tácticas de combate. Fue una masacre y los druidas no tuvieron oportunidad. Tras el impacto del primer momento perdieron toda ventaja sobre los invasores  y probablemente ninguno sobrevivió. Como dije antes, lo que se sabe de aquella noche fue contado por historiadores romanos.

Boudica aprovechó la lejanía de Suetonius y el grueso de su ejército,  y se lanzó al frente de 10 000 guerreros feroces contra las principales ciudades britanas, convertidas ahora en guarniciones militares de las legiones romanas. Camulodunum, Londinium y Verulamiun quedaron reducidas a cenizas, el templo que los romanos habían levantado a Claudio fue destruido y decapitada la estatua del emperador —los arqueólogos han encontrado vestigios de estos incendios, pero antes de quemarlas Boudica pasó a cuchillo a los  ocupantes romanos y sus aliados britanos  Ni mujeres ni niños fueron perdonados. A las damas romanas las hizo desnudar, las entregó a sus guerreros para que fueran violadas y luego las crucificó cabeza abajo y les cortó los senos; a los hombres los empaló; a los niños los destripó delante de sus madres, y a los funcionarios los torturó y finalmente los crucificó. Se calcula que en las tres ciudades fueron asesinadas 70 000 personas.

Representación ideal de Boudica donde pueden apreciarse motivos celtas pintados con glasto sobre la piel

Fueron acciones suicidas, pues Boudicca sabía que no podría contrarrestar la venganza de los romanos. Antes de poder alcanzar la próxima guarnición romana en su agenda de destrucción se enfrentó con las legiones de Suetonio, venidas a la carrera de Anglesey, en una llanura ondulada llamada  Watling Street. El ejército de Boudica superaba a los romanos en proporción de 5 a 1, pero estaba formado por guerreros cuyas edades iban desde la ancianidad a la más tierna infancia, su armamento era muy heterogéneo y carecían de una táctica de combate que pudiera resistir a las bien organizadas legiones de sus enemigos; además, tenían detrás toda la impedimenta formada por sus carros se combate y sus familias. Nadie sabe con certeza las cifras de las bajas celtas, pero se dice que aquella noche murieron 8 000 britanos en el combate y 40 000 aplastados en la huída. Los romanos masacraron al resto, incluidas mujeres encintas y niños pequeños, y solo tuvieron 400 bajas.

Cuenta la leyenda que Boudica escapó del campo de batalla en su carro de combate, en el que iban también sus dos hijas, y sabiendo cuál sería su final si caían en manos de Suetonius, prefirió, como Cleopatra ante Augusto, darse muerte por su propia mano, y las tres bebieron un veneno letal. Sus cuerpos jamás fueron hallados.

Tras esta detallada narración que he hecho para que los lectores puedan conocer lo sucedido antes del comienzo de los acontecimientos narrados en Britannia, y lo que nos perderíamos si la serie se queda en esta primera temporada, solo me faltaría repetir que la historia de la conquista romana de Britania regala a HBO la posibilidad de dos o tres temporadas más, y si la productora logra mantener los estándares de calidad que ha demostrado en esta, podríamos tener una serie de la misma suprema factura estética que Juego de Tronos aunque, desde luego, salvando las distancias, pues Britannia está concebida como un espectáculo anecdótico, mientras que Juego de tronos es un producto altamente conceptual y con un diseño de personajes muchísimo más profundo.


*La cultura gallega que conocemos los cubanos, la música del grupo Milladoiro, los bailes de nuestras sociedades, etc., no es la cultura celta que existía en las tierras celtíberas antes de la llegada de los romanos.  De aquellos tiempos se conoce lo que narraron los historiadores romanos y los testimonios arqueológicos que han llegado a nuestros días, pero no puede decirse que sea mucho. Probablemente conocemos mejor a los egipcios. Eso no quita ningún valor al hecho de que la muy numerosa inmigración gallega que recibió Cuba desde los tiempos de la Colonia hasta 1959 supera en número a la inmigración forzosa que provocó la esclavitud.  Las cifras de población que existen hoy en Cuba nunca fueron, en lo que a número se refiere, lo que son hoy, porque las autoridades coloniales y más tarde republicanas siempre procuraron mantener la superioridad del lado de la población blanca. Los cubanos tenemos muy fuertes genes celtas, y es algo que no deberíamos olvidar con tanta ligereza como solemos hacer.

 

 

 

 

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EL FÓSFORO Y EL ¿MITO? DE LOS SUPERCEREBROS

Hace muchos años, cuando yo era una adolescente que exploraba con frecuencia la célebre y hoy un poco olvidada librería Canelo, en la calzada de Reina, encontré un pequeño libro cuyo tema no logro recordar, pero nunca he olvidado que entre sus páginas hallé una fórmula para suministrar fósforo al cerebro, con  la muy incitante explicación de que era usada por los antiguos faraones egipcios para potenciar los poderes cognitivos de la mente. No logré conservarla en la memoria.

Siendo ya una joven madre un día alguien me obsequió un pescado, una albacora enorme. Corté la rueda del medio para probarla antes de cocinarla para mi niña, y me fijé que en la parte superior, correspondiente a la espalda del pez, la carne era oscura y muy aceitosa. Comí aquella rueda y aproximadamente un cuarto de hora después sufrí un golpe de calor. Corrí a mirarme al espejo y descubrí que mi rostro se había vuelto de un tono rojizo con un leve tinte morado que me asustó, pero enseguida sufrí lo que yo llamo una expansión de conciencia: vinieron a mí en tropel recuerdos muy lejanos de mi vida, recordé lecturas que había  hecho, música que había escuchado, lugares que había visitado, fragmentos de conversaciones olvidadas, y entré en un estado alterado de conciencia en el que de repente me pareció que entendía muchas cosas, algunas de una profundidad que se hubiera requerido gran sabiduría de años de estudio para llegar a comprender. Tal vez aquel estado fuera semejante o el mismo que los practicantes de disciplinas orientales como el yoga o el budismo llaman Iluminación, pero solo me duró unos 45 minutos, y después se fue disipando hasta que volví a ser la misma persona medianamente inteligente que siempre había sido. Para mí en aquel mismo momento el suceso estuvo muy claro: yo había tenido una fosforación, es decir, un golpe de fósforo. El mineral sencillamente estaba contenido en el aceite de la carne negruzca de la albacora. No por gusto nuestras abuelas nos insistían tanto en que comiéramos sopa de cabeza de cherna y otros pescados. Ellas sabían que en las cabezas de los peces se concentra una buena cantidad de fósforo. No hubo nada místico en mi “iluminación”, como probablemente tampoco les ocurrió a los faraones.

¿Cuál es la verdad en este mito del poder del fósforo para crear supercerebros? ¿Basta con comer fósforo para ser como Leonardo Da Vinci?

Algunos científicos no creen que haya relación entre la ingesta de fósforo y la buena memoria, pero admiten que el fósforo, entre otros numerosos nutrientes, es muy importante para la formación del cerebro del feto durante el embarazo, y que mientras más observe la futura madre una dieta adecuada durante su gestación, más probabilidades Habrá de que su hijo nazca con buenas capacidades cognitivas. Si el niño las desarrolla o no durante su vida, eso dependerá de muchos factores tanto sociales como ambientales y, en última instancia, hay personas muy inteligentes que deciden no emplear su inteligencia en nada útil para ellos mismos ni para la sociedad y llevan vidas insignificantes. Es una elección.

Los peces son una fuente nutritiva muy rica en ácidos grasos, fundamentales para el desarrollo de la parte funcional de las neuronas: su membrana. También son ricos en yodo, otro mineral esencial para el buen desarrollo del sistema nervioso del bebé. El cerebro del feto tiene ya a los seis meses la mitad de su tamaño definitivo. Como los nenes se alimentan de leche materna, es fundamental que también durante la lactancia la madre consuma pescado como una parte muy importante de su dieta.

Pero no solo el fósforo y el yodo son importantes para tener bebés inteligentes. También el ácido fólico y el pantoténico y las vitaminas del complejo B juegan un papel decisivo, junto con el calcio, el cobre, el manganeso, el potasio, el hierro, el zinc y otros. Una embarazada debe consumirlas todas no solo a través de la alimentación, sino empleando, si fuera necesario, suplementos vitamínicos.

Pero ¿y después que ya hemos crecido y lo que coman nuestras madres no tendrá nada que ver con nuestras notas escolares ni con las manifestaciones de cualquier tipo de inteligencia que queramos poseer, aplicar y disfrutar…? Pues nuestro cerebro sigue necesitando lo mismo: una buena nutrición capaz de suministrarle todos los elementos que le permitan un funcionamiento óptimo dentro de la capacidad de cada individuo.

El cerebro necesita para funcionar bien ciertas grasas que ayudan a una buena circulación de la sangre, que conduce oxigeno a nuestras neuronas, energía en forma de glucosa, antioxidantes, fibra, y la sinapsis de las neuronas se lleva a cabo a través de proteínas de calidad.

Reproduzco a continuación una lista de alimentos  que ayudan a mantener el buen funcionamiento del cerebro y un alto rendimiento de nuestras capacidades cognitivas:

Nutrientes que ayudan al cerebro

Manzana

Especialmente por su riqueza en pectina, que es un tipo de fibra soluble, que tiene la virtud de proteger al cerebro del exceso de colesterol y de metales neurotóxicos como el mercurio, el plomo o el cadmio. Esta misma fibra favorece el equilibrio de la flora intestinal, el lugar donde se gesta la salud general de todo nuestro organismo, incluido nuestro órgano pensante.

Quinoa
Por su riqueza en ciertos ácidos grasos, pero sobre todo por su alto contenido en aminoácidos esenciales, que son vitales para la producción de los neurotransmisores. Este alimento también contiene minerales que son importantes para el cerebro como el hierro, el magnesio o el fósforo. Por otra parte, la quinoa tiene un bajo índice glucémico, lo que significa que aporta glucosa de manera lenta y progresiva, una virtud positiva de cara a un buen rendimiento mental.

Sésamo

Este alimento es interesante para el cerebro por su contenido en ácidos grasos, que se encuentran en una relación que facilita el control del colesterol y los triglicéridos. También es una de las mejores fuentes de lecitina que mejora la circulación sanguínea y forma parte de la estructura neuronal del cerebro. Además, estas semillas son una auténtica mina de minerales, especialmente de magnesio y fósforo, pero también de selenio, que protege a las células nerviosas de los daños oxidativas provocados por los radicales libres. Aporta vitamina E en cantidades importantes.

Granada

La granada es un gran neuroprotector, pues se trata de uno de los alimentos con mayor poder antioxidante que se conocen. Su gran riqueza en pigmentos naturales es una de las razones de esta propiedad, pero también por su contenido en otros polifenoles, que además, fortalecen los pequeños capilares que riegan el cerebro. También contiene pectina y vitamina C en cantidades importantes.

Nueces

Es interesante por sus ácidos grasos esenciales, como el omega, que entre otras muchas propiedades, contribuyen a asegurar un buen flujo sanguíneo en el cerebro. Las nueces estimulan la producción de neurotransmisores, y aportan lecitina y micronutrientes importantes para las  funciones cognitivas como el fósforo, el hierro, el magnesio.

Huevo

El huevo es una fuente de proteínas de primerísima calidad, y esto es bueno para facilitar la sinapsis de nuestras neuronas cerebrales. Es rico en lecitina y aporta vitamina B12, una vitamina muy escasa en el reino vegetal, pero necesaria para el buen mantenimiento del sistema nervioso y la formación de los glóbulos rojos, necesarios para la oxigenación del cerebro.

Té verde

El té verde es interesante en una dieta neuroprotectora por su contenido en polifenoles, pero sobre todo gracias a un flavonoide (galato de epigalocatequina). El té verde nos puede ayudar a dejar el café, una bebida que en exceso puede llegar a ser neurotóxica, porque es un estimulante intelectual que nos mantiene alerta, pero no excita. Parece ser que bajo sus efectos nos concentramos mejor y es más fácil recordar datos. Ayuda a evitar los picos de glucemia.

Aguacate

Este alimento es muy rico en grasas insaturadas, sobre todo del omega 9 que es necesario para el crecimiento y la buena comunicación entre las neuronas. La función que cumple este ácido graso es especialmente importante durante el periodo en el que hay un mayor desarrollo del cerebro, en la fase prenatal, por lo que es importante que las mujeres embarazadas incluyan el aguacate en su dieta. También es rico en vitaminas A y C.

Algas

Las algas en general son alimentos extraordinarios porque concentran muchos nutrientes, como proteínas de alto valor biológico, y todos los minerales que necesitamos en unas proporciones óptimas para ser asimilados. Algunas algas aportan mucho hierro, que facilita la oxigenación del cerebro, junto con la vitamina C, que ayuda a integrarlo en el cuerpo. El ácido algínico de algunas algas es muy eficaz para eliminar sustancias potencialmente peligrosas para nuestro cerebro.

Pescado

El pescado, además de ser una buena fuente de proteínas y aminoácidos de calidad, aporta hierro del tipo hemo que es muy asimilable. Pero sobre todo, porque nos suministran ácidos grasos de la serie omega 3, ya transformados en sus formas más activas (EPA y DHA), que cumplen funciones muy importantes para el corazón, pero también para el cerebro, como regular la tensión arterial, mejorar la circulación y producir vasodilatación.

Debo hacer un comentarios sobre la Vitamina C. Hace años una amiga bioquímica me dijo que el gran científico y Premio Nóbel de Química y de la Paz Linus Pauling tomaba diariamente cuatro gramos de esa vitamina, porque afirmaba que unida al neurotrasmisor  noradrenalina era la madre de las ideas geniales. No sé si la anécdota es verídica. Ojalá.

A esta lista yo podría añadir la mía propia, pues también son buenas fuentes de ingesta de fósforo al organismo el azúcar moreno, que en Cuba llamamos prieta, el hígado de cerdo y en general las vísceras, el pavo, el pollo, los huevos, la carne de res, los pescados azules, calamares, merluza, sardinas, yogurt, zumo de limón, té y leche de vaca; en los cereales, los albaricoques, las almendras, las aceitunas, el apio, las castañas, las coles, las espinacas, las peras, los plátanos y las uvas.

Se dice que la dieta mediterránea, basada fundamentalmente en mariscos, aceitunas, quesos y aceite de oliva, sin olvidar los ajos y las cebollas (¡y los vinos!), es la más beneficiosa y completa para el organismo y ayuda, incluso a prevenir y hasta curar enfermedades. No soy especialista en nutrición, sé que es una dieta muy sana pero seguramente no es la única que puede satisfacer las altas expectativas que todo ser humano tiene con respecto a su salud.

Debo advertir que aunque el fósforo  no sea la panacea mental que creían los faraones, interviene en funciones orgánicas tales como el metabolismo de los espermatozoides, el mecanismo de contracción-relajación de los músculos, la salud del sistema nervioso central, tiene un papel muy importante en la formación de los huesos y la dentadura, en el funcionamiento de los riñones, la estabilidad del pulso cardíaco, etc.

El fósforo se encuentra en la corteza terrestre, almacenado en rocas fosfatadas que, al sufrir los efectos de la erosión natural, libera compuestos fosfatados hacia el suelo y las aguas; estos son absorbidos por las plantas y los animales, y una vez que estos mueren se libera el fósforo contenido en su materia orgánica. Si el lector desea comprobar esto solo tiene que visitar de noche un cementerio, y pronto divisará las famosas candelitas  azules que bailan en la oscuridad, más conocidas como fuegos fatuos, que antaño se creía eran las almas de los difuntos. El fenómeno se debe a que el fósforo es muy reactivo y se oxida espontáneamente al contacto con el oxígeno, y entonces emite luz.

Fuegos fatuos en la noche sobre las aguas de un pantano

El fósforo en su estado natural es sólido, de color blanco, despide un olor desagradable característico de él, y emite luz por fosforescencia, como ya dije antes. Ya procesado de forma industrial hay dos variedades: el fósforo rojo y el blanco, que es extremadamente tóxico, y muy inflamable, por lo que se debe almacenar sumergido en aceite o agua para evitar su contacto con el oxígeno, ya que haría una combustión inmediata y violenta que provoca quemaduras en la piel. La exposición continua al fósforo causa necrosis o muerte de los tejidos mandibulares.

Las carencias de fósforo en el organismo pueden tener graves consecuencias para la salud, como afectación de la función renal, trastornos hormonales como el hiperparatiroidismo, síndrome de mala absorción de los alimentos, diabetes con cetoasidosis, alcalosis respiratoria y otras.

¿Y cómo sabría usted si está sufriendo una carencia de fósforo? Los siguientes síntomas le advertirían que se encuentra en esa condición:

Debilidad muscular

Alteraciones hematológicas con anemia hemolítica

Alteración de la función trombocítica y leucocitaria

Entumecimiento de las extremidades

Incoordinación al hablar, tartamudeo

Piorrea dentaria

Mala memoria y falta de concentración para los estudios

Atrofia en el crecimiento por alteración del metabolismo del calcio

Respiración irregular

Irritabilidad, neurastenia

Pero aún existe otra forma de ingerir fósforo para beneficiar la salud: la homeopatía, que cuenta con preparados que contienen fósforo, pero aconsejo con mucha seriedad que quien tenga a su alcance esta posibilidad se asegure antes de ponerse en manos de un homeópata profesional que pueda acreditarse como tal, pues si se diera el caso de que llegáramos a ingerir una cantidad de fósforo mayor de la que realmente necesitamos, las consecuencias podrían ser fatales.

Y en fin, recuerde que no todos podemos ser geniales, ni siquiera sobrepasar el cociente de inteligencia normal: 33  1/3. No todos los faraones fueron Tutmosis IV ni Ramsés III. La mayoría fueron hombres normales y hasta algo carentes de inteligencia, elevados por obra y gracia de un nacimiento que, si bien no siempre pudieron honrar con sus propios méritos, los mantuvo todo el tiempo fuera del alcance de las miradas del pueblo, y por tanto de cualquier juicio sensato y realista sobre sus capacidades intelectuales. Además, muy pocos de ellos murieron en sus camas, porque los faraones de Egipto se encuentran entre las personas más asesinadas de la Historia. No es una suerte envidiable. Confórmese con ser usted mismo y estar sano, que esos son los dos pilares esenciales para sostener la felicidad.

 

 

 

 

 

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