A TODAS LAS PERSONAS BUENAS QUE LEEN ESTEBLOG

Por favor, hay una perrita abandonada en el Parque de la Fraternidad, que está recién parida y ha sido maltratada por humanos que le han dañado un ojito y le han quitado sus bebecitos. Yo he salido ayer de un ingreso hospitalario  y no puedo ni caminar, por eso, porque no puedo ayudarla, ruego a quien pueda hacerlo, que recoja a Amiga aunque sea por unos días, hasta que PAC le encuentre otro hogar de tránsito o uno de adopción.Quien pued ayudar, contacte a Natalia en los teléfonos 7862-6241 Y 786-35496 y en el  correo nataliaruizgaliano@gmail.comAMIGA ABANDONADA

 

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Dulce María Loynaz y Pablo Álvarez de Cañas: Fe de vida

Una segunda edición de Fe de vida, hermoso libro que Dulce María Loynaz escribió sobre su esposo Pablo Álvarez de Cañas, y donde reveló una parte de sus secretos íntimos celosamente guardados durante décadas, fue publicado por la editorial Hermanos Loynaz, de Pinar del Río, para llenar un vacío y un reclamo aumentados por tantos años de ausencia de la obra de la inigualable escritora en nuestras librerías.

A pesar de haber merecido un Premio Cervantes, el más alto galardón conferido a escritores de lengua española, y que en Cuba, además de ella solo han obtenido Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante (quien a mi juicio nunca lo mereció), Dulce María Loynaz, tras un breve período de reconocimiento público a su obra debido, precisamente, a la obtención del Cervates, volvió a pasar al territorio de las sombras sagradas de las que se habla poco o no se habla. Las arrogantes nuevas generaciones de escritores cubanos no han leído Jardín, se burlan, acaso, de la prosa densa de Un verano en Tenerife y en su mayoría desconocen la existencia de Fe de vida. Muchos de ellos tampoco saben que Dulce dirigió durante décadas la Academia Cubana de la Lengua, que antes de tener su sede actual en el Colegio San Jerónimo, la tuvo en la bella casa de la escritora en El Vedado, allí donde hoy está el centro cultural que lleva su nombre. Menos conocido es que fue admitida como miembro de la Real Academia Española de la Lengua, honor que muy pocas mujeres han disfrutado.

La ignorancia de los cubanos sobre una de sus más grandes escritores no se debe solamente a un silenciamiento oficial posterior al triunfo revolucionario, causado por la pertenencia de la escritora a la misma clase social que el proceso renovador combatía como enemiga del proletariado, sino, y sobre todo, al hermetismo con que la familia Loynaz rodeó siempre todos los actos de su vida. Los Loyaz fueron un clan de silencio y secreto, tal vez porque fueron una familia marcada con el fatídico sello de lo trágico, o tal vez porque su modo de estar en el mundo, ya raro en el tiempo que les tocó vivir en plenitud, se volvió totalmente incomprensible después de 1959, como si fueran fósiles majestuosos de tiranosaurius rex en medio de manadas de tigres diente de sable.

Dulce María se casó en primeras nupcias con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, de la sangre de Ignacio Agramonte, pues las dos familias estaban emparentadas. Ella misma lo describe como un hombre de bella presencia, pero espíritu mínimo, más bien básico. Hay páginas sentidas y de gran belleza sobre él en este libro, que no se sienten del todo sinceras, pero ya se sabe que las autobiografías nunca lo son. Divorciada, tomó por esposo a Pablo Álvarez de Cañas, un inmigrante canario que llegó a Cuba paupérrimo y se labró una fortuna personal como cronista social, género en el que llegó a ser considerado como el mejor periodista de Cuba, y que había sido su novio de adolescencia en un idilio truncado por la poderosa voluntad familiar, que cerró filas ante quien supusieron advenedizo cazador de acaudaladas herederas.

Pablo tuvo una vida pública frenética, como exigía su profesión, a pesar de lo cual es una figura totalmente olvidada en nuestros días, y cuando se le recuerda es para despreciarlo como máximo representante de un género considerado como manifestación suprema de la trivialidad y superficialidad de la burguesía cubana, aunque ha sido practicado entre nosotros por las más grandes personalidades de nuestra cultura nacional, entre ellas José Martí, cuyas crónicas sociales podrían compararse con bordados primorosos. Como bien apunta Dulce María, aunque la crónica social carece de valor en sí misma juzgándola desde la propia época que la produce, deviene documento de testimonio histórico de inestimable valor, y así lo pudo comprobar quien esto escribe cuando logró importantes datos a través de crónicas sociales del tiempo de Marta Abreu y Catalina Lasa, donde algunos aspectos y acontecimientos de las vidas de estas dos célebres cubanas quedaron plasmados con verosimilitud y exhaustividad.

La malevolencia consustancial al ethos de la cubanidad, o para decirlo de un modo más directo, nuestra natural inclinación al paladeo de la murmuración, herencia de nuestra sangre española, han consagrado solo dos anécdotas de las muchas que sin duda podrían hallarse en una vida tan intensa y rica como la de Álvarez de Cañas. Una se refiere a la ambigüedad de su sexualidad, y la otra, al abandono de su ilustre esposa para partir al exilio. Dulce María declara expresamente en Fe de vida que su intención al aceptar la sugerencia de escribirlo -que le vino de su amigo y albacea Aldo Martínez Malo-, fue vindicar la memoria de su esposo, ya fallecido tras una larga y penosa enfermedad cuando ella procedió a la redacción de esta especie de memorias.

Sin embargo, aunque Fe de vida tiene el enorme valor humano de descorrer el velo sobre la vida sentimental de una de las más grandes poetas y escritoras en lengua española de todos los tiempos, tiene un valor aún más trascendente, porque ofrece una mirada sobre la vida proveniente de una clase social extinta hoy en Cuba, que no es solo la de la burguesía, sino la de las poderosas familias criollas de la alta cúpula del mambisado: los Generales del Ejército Libertador como el padre de Dulce, el General Loynaz del Castillo, quienes pasaron después a ser protagonistas en la vida política de la isla. Esas familias, formadas en su mayor parte por matrimonios entre criollos y españoles, tenían, sin embargo, una cultura colonial de orientación afrancesada, y fueron una clase refinada y exquisita, culta, que nada tuvo que envidiar a sus homólogos de Europa, y ante quienes brillaban con pálida luz las más ilustres familias de la alta sociedad norteamericana de su época.

A través de la pluma de Dulce María, joyante, como diría Martí utilizando uno de sus adjetivos predilectos, el lector de Fe de vida podrá asomarse a la imagen de una Habana tan lejana y desaparecida en el tiempo que cuesta creerle existencia real. Carruajes, mansiones, vestuario, comidas, bebidas, costumbres, instituciones, apellidos y personajes, pero en especial, un estilo de vida que retrata de cuerpo entero a una clase social que hoy nos resulta totalmente desconocida y ajena, y cuya magnificencia y extraordinaria distinción no dejan de provocar una mezcla de admiración estupefacta. ¿Qué Cuba era aquella…?

Lamentablemente, cuando concurren en la lectura al mismo tiempo Fe de vida con otros libros como El barco de esclavos y La rebelión de Aponte, debidos a investigadores norteamericanos y cubanos respectivamente, queda al desnudo el insalvable abismo de clases que existía en la sociedad colonial cubana, y que se mantuvo en la República apenas matizado por una falsa apertura de accesos entre estratos sociales. Solo en las crónicas (sociales, por cierto) de Julián del Casal y Renée Méndez Capote puede encontrarse un complemento de la imagen integral de una Cuba que ha sido y sigue siendo, como la Diosa Blanca, la Virgen, la Madre y la Bruja.

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Últimos días de la madre de José Martí

Hay un episodio en la vida de Leonor Pérez Cabrera, madre de Martí, que resulta desconocido para un gran número de cubanos, aunque algunos historiadores le han dedicado atención: tres años después de la muerte de su hijo, Leonor estaba residiendo en Tampa gracias a la ayuda de la última compañera de Martí, Carmen Millares de Mantilla.

Leonor ya había vivido en España, México y los Estados Unidos, siguiendo siempre a su hijo consagrado a la causa de la liberación de Cuba, pero en esta ocasión ya Martí había muerto, y la salida de La Habana de su familia obedeció a la situación inestable y peligrosa en que se encontraba en aquel momento la ciudad, pues tras el misterioso asesinato político del Ministro de la Guerra español Cánovas del Castillo, fue nombrado el general Ramón Blanco para sustituir en Cuba al odioso Valeriano Weyler, autor de la Reconcentración, y con este nombramiento se implementaron, conjuntamente, otras medidas en apoyo de un régimen de autonomía, lo cual provocó una erupción a lo largo de la isla, que en La Habana se manifestó a través de varios acontecimientos, entre los cuales estuvieron los asaltos a los periódicos de tendencia españolista Diario de la Marina y la Discusión, separados por días escasos de la voladura del Maine. Los motines militares que rodearon estos sucesos impulsaron un éxodo masivo de familias hacia el vecino país del Norte.

A fines de febrero de 1988 Carmen Miyares viuda de Mantilla, vivía en el 322 Oeste de la calle 32 en Nueva York, donde la visitó un hijo de doña Serafina Junco para informarle de parte de su madre, que Leonor estaba enferma y casi ciega en La Habana. Carmen le escribió a la madre de Martí, y pocos días más tarde Leonor le respondió, contándole sobre su penosa situación. La carta finaliza con estas amargas frases: “Le hago a usted esta confesión por si puede hablarle a alguna persona que quiera y pueda remediar mi triste situación, pues no sé para que Dios no me llevó a mí primero que a él…”.

De inmediato Carmen envió la misiva de Leonor a Tomás Estrada Palma, Delegado del Partido Revolucionario Cubano y futuro primer Presidente de Cuba. La respuesta no tardó. Carmen recibió a vuelta de correo una letra por la cantidad de cincuenta pesos oro estadounidenses, emitida por Lawrence & Turner, para cobrar en la poderosa casa bancaria habanera N. Gelats y Cia, y el 25 de marzo Leonor pudo cobrarese dinero, que le permitió zarpar rumbo a Tampa el 9 de abril, a bordo del vapor Olivette.

Primeramente se radicó en la casa de Fernando Figueredo Representante del Partido Revolucionario Cubano en esa ciudad, pero a finales de abril se trasladó a Cayo Hueso, donde pasó a residir, junto con los familiares que la acompañaban, en una modesta casa de la calle Chestnut. Allí permaneció desde el 11 de abril hasta el 27 de septiembre. El sábado 29 de octubre Doña Leonor y sus acompañantes regresaron a La Habana, donde la madre de Martí se instaló en la calle Lagunas con su hija apodada la Chata y su yerno Manuel García Alvarez.

Como homenaje a la memoria de José Martí se fundó, en 1900, la asociación de Señoras y Caballeros por Martí, con el objeto de adquirir la casa natal del Apóstol, ubicada en la actual calle Leonor Pérez No. 314 entre Egido y Picota, en el municipio Habana Vieja. Leonor Pérez pasó sus últimos años en dicha residencia, en compañía de su hija Amelia y en la pobreza.

 

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Amado, odiado, olvidado Vargas Vila

Hoy ya es difícil decir quién fue el escritor más leído y más odiado de la lengua española durante los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX, pero cualquier persona de más de 60 años contestará de inmediato: José Vargas Vila (Colombia, 1860-Barcelona, 1933), autor, entre numerosos títulos, de las célebres novelas eróticas Ibis, Flor de fango, Lirio rojo, Lirio blanco, María Magdalena y un experimento llamado Salomé, que él definió como novela-poema. Por las características de su poética se inscribe dentro de la corriente modernista latinoamericana, pero en realidad fue un decadente como Julián del Casal, que exaltó la falta de fe, la decepción de la vida, el vacío del sexo y el gusto por temas y atmósferas exóticos y refinados. Todo el mundo leyó a Vargas Vila, desde los intelectuales hasta quienes se sientan en los quicios de las calles pobres sin más ocupación que ver pasar las horas en compañía de una botella de ron barato. No es muy conocido que este fenómeno de mercado de formación autodidacta fue, también, un activo periodista que fundó y dirigió revistas y diarios en América y España, alcanzó notoriedad como autor de acerados panfletos, y destacó como hombre político que defendió ideales independentistas latinoamericanos; se declaró enemigo jurado de los Estados Unidos y un anticlerical fervoroso, al extremo de que mientras desempeñaba una misión diplomática en el Vaticano como enviado de Ecuador, se negó a prosternarse ante el Papa, quien más tarde lo excomulgó. Por sus ideas políticas sufrió prisión y en varias ocasiones tuvo que huir al exilio para salvar su vida. Acusado por sus detractores de todos los vicios y depravaciones, escribió con amargura en su Diario: “Yo no fumo, no bebo licores, no me he acercado nunca a ninguna mesa de juego, y, sin embargo, se habla de mis orgías.” Vargas Vila visitó Cuba en más de una ocasión y celebró con entusiasmo sus paisajes. Conoció a Martí en Nueva York y ambos trabaron una cálida amistad basada en la identidad de ideales, la afinidad estética y la mutua admiración y respeto. Martí escribió páginas hermosas sobre Vargas Vila y sostuvo con él una correspondencia en la que llegó a comunicarle sus planes sobre la Guerra del 95, planes que Vargas Vila jamás reveló. A su vez, el colombiano se entusiasmó con el Apóstol y lo retrató con emotivos trazos: Voz suave, grave, extrañamente musical. Frente espaciosa. La boca oculta tras los mostachos lacios, caídos sobre los labios elocuentes, para ocultarlos como el álveo de un gran río entre los jarales ocultos. Bajo ella los ojos tristes. […]: “El brazo derecho llevado atrás, colocado sobre los riñones, como si ocultara el carcaj repleto de sus flechas, la izquierda levantada, como si fuera a clavar en tierra una bandera; o como si trazara el itinerario al vuelo de sus metáforas, que eran como un vuelo de alciones sobre el mar. La extendía luego hacia adelante, como si marcase el Camino de la Victoria a las Huestes Invisibles […] Cuando llegaba el momento del Apóstrofe vibrador, el brazo oculto aparecía enhiesto, como un asta, en la cual flotara la bandera de Cuba Libre amparando la tumba de los muertos y llevando al combate las legiones de los vivos, la voz se hacía tronitante, y flotaba en el aire la metáfora final. […] Martí aparecía en la tribuna como Atlante, pequeño, encorvado bajo el peso del Mundo de Ilusiones que llevaba sobre su alma soñadora, pálido, taciturno, sin ninguno de los atributos físicos que tuvieron los atletas de la palabra. La tribuna transfiguraba a Martí, al poner los pies en ella se agigantaba […] Se erguía recto como una flecha, la sonrisa desaparecía en sus labios, la expresión de su boca no se hacía mala, pero adquiría un rictus de severidad. El venezolano Ramón Palacio Viso, ayudante personal de Vargas Vila durante 35 años, falleció en La Habana, en el asilo de Santovenia, en el Cerro. Tenía en su poder la papelería de Vargas Vila, entre la que se encontraban su Diario secreto y numerosas epístolas. El Diario fue donado a la Fragua Martiana y con posterioridad Cuba lo donó a Colombia.

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Ciruelón y prú, bebidas tradicionales en Cuba

Mientras leía un artículo sobre el prú oriental en una recién estrenada revista habanera, recordé la ocasión en que lo bebí por primera vez, mediodía infernal de un verano ya perdido en el tiempo. Regresábamos a casa mi pequeña hija y tres amiguitos suyos a quienes yo había llevado de paseo por el Malecón, estábamos sofocados, hambriento y cansados. Al pasar por una calle cerca de los Elevados, vimos una señora asomada a la ventana de una casa en cuya puerta un letrero hecho a mano anunciaba una venta de prú oriental. Compramos unas botellas, y en cuanto comenzamos a beberlo revivimos, como si se tratara del brebaje mágico del druida Panorámix., Asombrada, pregunté a la señora qué contenía aquella bebida, y me respondió que su prú estaba hecho con 23 hierbas, entre las cuales nombró el jaboncillo y la raíz de China. Me dijo que no podía decírmelas todas porque era una receta de familia y al mismo tiempo un secreto celosamente guardado.

Ahora este artículo periodístico me revela que el prú tradicional, bebida típica de la provincia de Oriente, traída a esas tierras por los colonos franceses huidos de la Revolución de Haití y sus esclavos, se prepara, fundamentalmente, con las dos mencionadas hierbas y, además, jengibre, bejuco ubí, hojas de pimienta en rama, canela y azúcar. Primero se rayan la raíz de China y el bejuco ubí, se desmenuzan las hojas de pimienta y el jengibre, y se agrega la canela. Después se hierve todo junto en agua y al final se procede a colar la cocción. El detalle que no puede faltar es agregar al brebaje resultante una “madre” obtenida de la colada anterior, que debe añadirse según la cantidad de prú que se desee preparar. ¿Las porciones que deben usarse de cada elemento…? Cada casa fabricante de prú tiene su propia fórmula. La mezcla se deja reposar un día y solo entonces se le adiciona el azúcar. Se guarda un litro para que se convierta en la “madre” de la próxima colada, y el resto se embotella y se sirve frío.

Como todas las bebidas confeccionadas con productos naturales, el prú tiene propiedades medicinales: es hipotensor, diurético, digestivo, revigorizante y, según algunos, y afrodisíaco.

La lectura del artículo referido me hizo recordar otra bebida, también procedente de la región oriental de Cuba, deliciosa y muy gustada, aunque ya casi caída en el olvido: el ciruelón. Lo bebíamos mucho en mi casa, traído por nuestra familia de Santiago de Cuba. Recuerdo que nos contaban cómo enterraban las botellas en la tierra por varios días antes de considerarlo listo para el consumo. Lamentablemente, siendo entonces yo solo una niña nunca conocí el modo de elaboración del ciruelón, pero según una receta del Chef Internacional Jorge Méndes Rodríguez Arencibia que encontré buceando en Internet, el ciruelón o aliñao, como también se le llama, es una bebida del oeste de la provincia de Oriente que

…se elabora por maceración en aguardientes y licores de frutas diversas, frescas, secas o previamente cocinadas en almíbar, tales como grosellas, carambolas o ciruela china, ciruelas y uvas pasas, así como trocitos de piña, fruta bomba y alguna que otra fruta foránea, como higos, manzanas y peras, en conservas. No deben emplearse frutas cítricas, como los cascos de naranja, toronja y limón. En Venezuela se nombra así a un aguardiente especiado, con igual denominación y modo de preparación que como lo hacían los mambises en tiempos de las gestas independentistas..

Dice la tradición que el ciruelón se prepara en cuanto una mujer anuncia su embarazo. Hay que enterrarlo durante todo el tiempo de la preñez, y solo se saca las botellas para celebrar el nacimiento. Una parte de las botellas continúa bajo tierra para cuando haya en la familia alguna quinceañera, y otra ocasión para beberlo son las bodas de las mujeres de la casa.

Si uno fuera a dejar volar la fantasía, podríamos especular que el ciruelón forma parte de ritos ancestrales relacionados con la germinación y la sexualidad, que vinculan a las hembras con los frutos de la tierra, lazo antiguamente representado por aquella diosa a quienes los griegos llamaron Ceres, y por todas las diosas que en todas las culturas presidieron el matriarcado y fueron, ellas mismas, personificaciones de la Tierra.

 

 

 

 

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Maya Plisétskaya, la Muerte del Cisne

 Para los hombres y mujeres de mi generación se torna extraño un mundo donde ya no existe Maya Plisétskaya, una de las más geniales bailarinas de ballet clásico de todos los tiempos y, en opinión de numerosos críticos, la más grande bailarina rusa después de Ana Pavlova. No es que los cubanos la hayamos visto bailar mucho, pero una sola vez basta para no olvidar nunca aquella figura pequeña, etérea, que parecía volar sobre el escenario con sus brazos inolvidables, hechos de la misma sustancia que las alas de un ave…

La singularidad de Maya Plisétskaya no se reveló solo en el mundo de la danza, sino, con idéntica fuerza, en el ámbito de su vida personal. Esta mujer que durante casi un siglo fue protagonista de los más famosos ballets de todos los tiempos, incluso de algunos creados exclusivamente para ella por los coreógrafos más afamados de Occidente, era de ascendencia hebrea por parte de madre y de padre. Nacida en Moscú en 1925, se inició en la danza a los tres años de edad. En 1934 ingresó en la Escuela de Danza de Moscú, donde estudió con Elizabeta Gerdt y Agrippina Vagánova, y en 1941 entró a formar parte del Teatro Bolshoi. En 1938 su padre, Mijail Plisetsky, fue fusilado por Stalin, luego de lo cual su madre, Rachel Messerer, actriz dramática y estrella del cine mudo, fue deportada a Siberia, donde pasó años prisionera junto con su hijo menor. Maya era, pues, lo que en la Unión Soviética de la época se catalogaba como hijo de un “enemigo del pueblo”, situación nada envidiable y sumamente peligrosa. No abundan en la historia del arte los casos en que el brillo de un talento haya salvado de una triste suerte a un artista, y en la misma Rusia de aquellos años, por solo mencionar un ejemplo, malvivía pobre, enfermo y acosado el genial escritor Mijail Bulgacov, autor de la célebre novela El Maestro y Margarita.

Pero Plisétskaya tenía otro destino. Ayudada por sus tíos Asaf y Sulamith Messerer, bailarines del Gran Teratro Bolshoi, se graduó a los 18 años en la Escuela Coreográfica de esa institución, y meses más tarde pasó a formar parte de la prestigiosa compañía dancística, donde debutó profesionalmente en 1944. Un año después ya actuó como solista, y en 1948 pasó a ser bailarina titular tras sustituir a Galina Ulanova en “El lago de los cisnes”. Desde esta interpretación inicial fue llamada “la reina del aire” por su personalísimo estilo de salto y de brazos, que llegaría a caracterizarla. Este ballet lo interpretó unas 500 veces a lo largo de su vida. Algunos críticos y biógrafos sostienen que fueron 800 sus interpretaciones de esta famosa pieza romántica. En el Bolshoi llegaría a alcanzar el rango de primera bailarina, y fue una de las pocas bailarinas de su tiempo con el título de prima ballerina absoluta.

Tras años de veto estatal, Plisétskaya emprendió giras internacionales durante las cuales visitó los Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia (donde fue directora del Ballet de la Ópera de Roma), Argentina ( donde actuó con gran éxito en el Teatro Colón de Buenos Aires) y adonde regresó en varias oportunidades), y España, donde dirigió la Compañía Nacional de Danza. En aquellos viajes conoció y colaboró con grandes personalidades y obtuvo reconocimiento internacional en los más importantes teatros.

Maya Plisétskaya pertenece a un grupo generacional de grandes bailarinas entre quienes se destacan Margot Fonteyn, Alicia Alonso e Yvette Chauviré, y en el que también cuentan bailarinas de la India, China y otros países, aunque sean menos conocidas por los cubanos. Quienes hayan participado alguna vez en corrillos de balletómanos habrán escuchado la perpetua discusión sobre quién es la mejor bailarina del mundo, trabada siempre entre Plisétskaya y Alonso, y que al final suele acabar en una cuestión de gustos personales. Maya era dueña de un estilo lírico y emotivo, un inconfundible port-des-bras, un salto especialísimo y una gracia en mi opinión inigualables. Su interpretación del doble rol de Odette–Odile[] en El lago de los cisnes y su momento cumbre, de la Muerte del cisne, son vistas por algunos especialistas como «definitivas», y tampoco ha podido ser igualada en sus interpretaciones de Kitri en Don Quijote, La noche de Walpurgis y Raymonda. En cambio, pocas veces bailó Giselle, que parece ser un pecio particular de la cubana Alicia Alonso, y la Aurora de La bella durmiente. Logró fama mundial con sus interpretaciones de “El cisne”, con música de Saint-Saëns y coreografía de Mijail Fokin, y El lago de los cisnes de Chaikovski. Una de sus intervenciones más notables fue Carmen, con música de Bizet-Shchedrin, estrenada en 1967 y presentada con éxito en España en 1983.

En 1972 estrenó Ana Karenina, con una partitura de su esposo, el compositor y pianista Rodion Shchedrin. En este montaje Plisétskaya asumió las tareas de directora escénica y coreógrafa de su propio personaje, Anna Karenina, tomado de la novela homónima de León Tolstoi. Más tarde, junto con Shchedrin, puso en escena obras de la talla de La gaviota y La dama del perrito.

En 1973, Roland Petit compuso para ella La rose malade. 1977 marcó el centenario del nacimiento de la bailarina estadounidense Isadora Duncan, autodidacta, innovadora y creadora de la danza moderna. En su honor el coreógrafo francés Maurice Béjart compuso el ballet Isadora en el Teatro Bolshói de Moscú. Para ese entonces, el nombre y la obra de la Gran Descalza (así llamaban a Duncan sus contemporáneos) se habían constituido en mito. Maya Plisétskaya recreó el estilo y el espíritu de la danza libre que Isadora había concebido, lo que debió resultar muy difícil para una profesional como Plisétskaya, formada en el espíritu del ballet clásico. El estreno de Isadora fue un gran éxito que restauró la fama de Duncan. Es posible que su trabajo en Isadora influyera en su decisión de abandonar el ballet clásico y dedicarse a la coreografía moderna.

Plisétskaya reformó la estética del ballet durante la segunda mitad del siglo XX mediante una nueva interpretación de la belleza y de las formas de movimiento. Es común escuchar que se inventó a sí misma como creadora de un estilo propio en la danza denominado gráfico por la precisión y belleza de los movimientos.Algunos de los mejores coreógrafos del siglo XX comoBejart, quien también hizo para ella El bolero de Ravel, Kasian Goleizovsky, Roland Petit y Alberto Alonso, quien le compuso Carmen Suite, crearon obras inspirados en la perfección de su arte

Plisétskaya fue Directora del Ballet de la Ópera de Roma y del Ballet Lírico Nacional de España. Fue galardonada y homenajeada en repetidas ocasiones. Obtuvo entre numerosas distinciones y reconocimientos premio Anna Pavlova de París (1962), la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España (1991), la Medalla al Servicio de Rusia, máxima condecoración de este país, recibida en dos ocasiones (1995 y 2000), y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2005). Fue también Doctora Honoris Causa por la Universidad de Lomonosov de Moscú y La Sorbona de París. La editorial Nerea publicó su autobiografía en español bajo el título de Yo, Maya  Plisétskaya (2006), traducida a catorce idiomas, donde da testimonio de la odisea personal y profesional de una artista soviética sobre el trasfondo histórico de los años 1930-1993,y relata con inteligencia y pasión la historia del ballet soviético del pasado siglo, la represión política y cultural vivida en carne propia, su lucha, sus sueños y sus decepciones, una vida marcada por el éxito, pero también por la tragedia y la pérdida.

Durante la larga etapa comunista de Rusia, fue una de las pocas estrellas a las que las autoridades de la Unión Soviética permitían actuar en el extranjero para hacer “propaganda del arte soviético”. Bailó ante grandes personalidades políticas de rango internacional, entre las que se encontraban Mao Zedong, Nikita Jruschov y John F. Kennedy.

Plisétskaya dirigió el Ballet de la Ópera de Roma y entre 1987 y 1990 se hizo cargo del Ballet Lírico Nacional de España. En 1994 fundó el Ballet Imperial Ruso. En 2000 fundó con su marido la Fundación Maya Plisétskaya y Rodion Shchedrin, ubicada en la localidad alemana de Mainz, con el objetivo de preservar, documentar y facilitar el acceso libre a la obra artística de ambos. Entre las distinciones que ha recibido destacan el Premio del Pueblo de la URSS (1959), el Ana Pavlova de París (1962), el Premio Lenin (1964), la distinción de Héroe del Trabajo Socialista (1985), la Legión de Honor de Francia (1986), la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España (1991) y la más alta condecoración de su país, la Medalla al Servicio de Rusia, que ha recibido en dos ocasiones (1995 y 2000). Fue honrada con el Doctorado Honoris Causa por las universidades Lomonosov de Moscú y la Sorbona de París. 

Desde 1993 tenía la nacionalidad española y falleció en Múnich, el 2 de mayo de 2015.

 

 

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Bienal

La intensa cobertura de prensa en torno a la Duodécima Bienal de La Habana confirma que se trata de un evento de proporciones trascendentes. El precedente de las anteriores, la extensa lista de invitados extranjeros y nacionales que expondrán sus obras durante un mes, y otros muchos detalles dan fe de que esta Bienal es la más grande e importante de todas las que se han celebrado en Cuba.

 Pero algunas situaciones ya despiertan reacciones contradictorias entre la población. El sábado 23, por ejemplo, en la Plaza Vieja se hacía notar de un modo harto desagradable la presencia de algunos jóvenes vestidos con pulóveres y gorras que hacían referencia a la Bienal, y armados con cazuelas, cucharas y otros implementos, quienes ejecutaban en la Plaza patrimonial semidesierta una fanfarria ensordecedora, un auténtico “cacerolazo”, como bautizaran los chilenos del tiempo de Allende aquellas procesiones de señoras burguesas que se lanzaban a las calles a protestar golpeando cacerolas vacías. Por momentos los jóvenes gritaban cosas ininteligibles mientras se desplazaban por el lugar, observados desde los soportales por los famosos zanqueros de la Oficina del Historiador, por unos pocos turistas soñolientos y por algunos habaneros incómodos. Alguien comentó que si la Bienal fuera en Viena, las cacerolas sería una orquesta de valses; si fuera en Moscú, a lo mejor pasaría una troika con bellas muchachas envueltas en acordes de balalaika; si fuera en Budapest habría unos violines gitanos, y si fuera en Irlanda probablemente veríamos un desfile de jóvenes con trajes medievales, gaitas y arpas, mientras otro de los presentes añadía que si estuviéramos en Pekín dragones de papel tomarían las avenidas. En el aire quedaron flotando cuestionamientos inquietantes: ¿Por qué nosotros promovemos proyectos de la Bienal con un cacerolazo, ruido insoportable totalmente ajeno al entorno colonial de palacios, fuentes, esculturas y comercios, a la histórica majestuosidad de la Plaza? En realidad, resultaba una acción vergonzosamente fuera de contexto. ¿Por qué tan mal gusto, tanta falta de imaginación, de creatividad, tanta vulgaridad y bastedad? ¿Se trataría, tal vez, de un performance con connotaciones ideológicas…? ¿Es eso arte moderno…?Unas cuadras más lejos, encerrado en una caseta ligera, un hombre enfundado en ropas blancas de mujer y sentado en el suelo pintaba paisajes coloniales sobre un gran lienzo blanco. Unos dependientes de la Casa de la Natilla ofrecían algunas explicaciones a quienes preguntaban, pero ellos solo sabían que se trata de un hindú que está en La Habana con su familia, que debe permanecer sesenta horas encerrado en la caseta sin pronunciar palabra, que tiene relación con la Bienal y…nada más. Los libreros hacían gala de las típicas habilidades nacionales para el choteo y se burlaban. Algunas personas, entre ellas niños, se detenían, miraban un momento y seguían de largo con semblantes inexpresivos. Los niños preguntaban, pero los adultos no tenían nada que decir. En el Prado, una esfera de material sintético transparente semejante a una burbuja yacía en medio de los parterres. Nadie le prestaban atención.

Es casi un cliché obligado afirmar que el arte posmoderno demanda un espectador interactivo, y abundan conceptualizaciones sobre el diálogo entre la obra de arte y sus destinatarios, pero la población no está mayoritariamente compuesta por entendidos en arte. Si los supuestos destinatarios mayoritarios del arte de la Bienal no pueden establecer ni siquiera un diálogo básico con ciertas propuestas que les son ofrecidas y tampoco se les proporciona un mínimo de información puntual, ¿se cumplen los objetivos de llevar el arte a las calles y trasmitir mensajes al hombre común? Las personas que escapaban del cacerolazo en la Plaza Vieja, y quienes no podían comprender lo que veían, sentían repulsa, disgusto y displacer. Lo peor es que no podrán analizar lo visto y llegar a conclusiones que enriquezcan su espíritu y desarrollen su sensibilidad, porque carecen de referencias elementales para comprender y procesar, por lo que el intento de promocionar la Bienal a cazuela limpia no pasó de ser un ruido molestísimo, y el tan buscado diálogo entre espectadores y artistas, al menos en los casos mencionados fue diálogo de sordos.

 

 

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En algunas zonas de Cuba aún se encuentran comunidades y núcleos familiares que a través de generaciones han mantenido vivas las tradiciones de la antigua cocina cubana, entre ellas la elaboración del casabe o pan de yuca, parte muy importante de la dieta de nuestros aborígenes, en especial los taínos.

En una meritoria labor de rescate cultural se han creado proyectos que reconocen y estimulan a quienes se dedican a esta labor, aunque para ser exactos, los cubanos no tenemos potestad única sobre la elaboración y consumo de productos hechos a base de yuca, tubérculo consumido desde tiempos remotos en muchas partes del mundo.

Aunque algunos estudiosos afirman que el casabe dejó de consumirse en Cuba a finales del siglo XVI, debido a que en esa época se comenzó a fabricar pan de harina de trigo importada desde España y México, parece ser que entre las capas de menor desenvolvimiento económico de la población el casabe se mantuvo como plato solicitado durante mucho más tiempo, en especial en comunidades rurales y puertos de mar.

En investigaciones de campo realizadas por equipos especializados del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, se encontraron en la zona correspondiente al poblado de Guanabacoa, piezas arqueológicas que prueban que los habitantes de esta localidad se especializaban en dos industrias artesanales: la fabricación de vajilla de cerámica basta destinada a las flotas que se reabastecían en el puerto de La Habana, ya fuera en tránsito hacia los Virreinatos o de regreso de ellos, y la elaboración y venta de casabe, destinada a la alimentación de las tripulaciones marineras.

Resulta muy interesante el hecho de que las autoridades españolas, en los primeros tiempos de la Colonia, concentraron a toda la población indígena de La Habana de entonces y sus alrededores en el poblado de Guanabacoa, lo que explica la especialización de sus habitantes en dos artes en las que nuestros aborígenes eran diestros.

Durante nuestras Guerras de Independencia, el Ejército Libertador siempre estuvo acosado por la dificultad de abastecerse de alimentos. Junto con el boniato, cocinado en muchas formas diferentes y con el que los mambises llegaron a elaborar hasta un raro “café”, el casabe estuvo presente en la dieta de soldados y oficiales, y en la manigua salvó muchas veces a los cubanos de la inanición. En realidad, boniato, casabe y canchánchara formaban una trilogía inseparable y omnipresente en las mesas del mambisado.

Entre los fragmentos de cerámica encontrados en excavaciones realizadas en Guanabacoa y sus alrededores, se encuentran todos los instrumentos tradicionales utilizados en la elaboración del casabe: raspadores con los que se pelaba la yuca, guayos donde se rallaba el tubérculo hasta obtener un polvo luego secado al sol, y los burenes, platos grandes y llanos sobre los cuales se extendía la masa deshidratada, llamada catibía, luego remojada y posteriormente colocada sobre el fuego par cocerla en forma de tortas. Existen evidencias arqueológicas que demuestran que en los conucos y barracones de los ingenios los esclavos africanos también fabricaron casabe.

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El barco de esclavos

Desde que la Historia dejó de ser para mí una tortura escolar para convertirse en una pasión desbocada, muchos libros han pasado por mis manos; algunos tenían la virtud de reunir el rigor del investigador con la prosa fluida y amena del buen narrador. Entre estos se encuentra El barco de esclavos, de Markus Rediker, con una primera edición norteamericana en 2007, y publicado en Cuba en 2011 por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, que tantos y tan valiosos títulos ha entregado a los lectores cubanos desde su fundación.

 El barco de esclavos es una fascinante, documentadísima historia de un aspecto de la Trata negrera, llamada en los medios académicos la Trata Atlántica, de la que nacieron las más grandes fortunas cubanas y la prosperidad general de la Isla. Rediker ofrece al lector un escrutinio prolijo y minucioso de todos y cada uno de los territorios de información relacionados con uno de los fenómenos más significativos de la Historia del mundo: la esclavitud africana, uno de los pilares más importantes del desarrollo del capitalismo y uno de los episodios más reprobables de los tiempos modernos.

 Cómo se construye y equipa un barco negrero, cómo se arma su tripulación, la travesía, la estancia en África, los modos de esclavizar a los africanos, la historia de la esclavitud en ese continente, los métodos de resistencia creados por los esclavos, las torturas, el viaje al Nuevo mundo, la enfermedad, la muerte, la venta de la mercancía humana, todo documentado a través de Diarios, bitácoras y cartas de capitanes, comerciantes, oficiales de barcos, marineros y esclavos, y otras piezas de archivo tales como facsímiles de Leyes, croquis de estructuras navieras, mapas, etc. y mucho más encontrará en este libro quien se interese por la historia de la esclavitud, a la que nuevos enfoques vienen a enriquecer en las últimas décadas del siglo pasado y los comienzos de este. La vasta máquina, como llamaron en su tiempo al barco negrero los hombres que con mayores y menores ventajas le entregaron sus vidas a la nave que hizo posible la creación de imperios y, realmente, de un Nuevo Mundo con todo lo que esta expresión implica.

 Además de toda la información contenida en este libro, su autor aborda un enfoque de la Trata poco manejado entre los cubanos: el hecho de que la esclavitud como institución social siempre existió en África; que los cazadores y vendedores de esclavos fueron los propios africanos, quienes cazaban y vendían no solo a los prisioneros de guerra de otras tribus, reinos y etnias, sino que tenían organizado un comercio de seres humanos en toda regla, que comenzó a desarrollarse a través de los árabes mucho antes de la llegada de los europeos. Rediker también deja claro el hecho de que los europeos no se desplazaban tierra adentro para cazar hombres, mujeres y niños, sino que compraban los esclavos en las factorías, fortalezas y casas de canoas de la costa. Para dar una idea de ello cito un breve párrafo tomado de un ensayo titulado Las Tratas poco tratadas.Breve vistazo comparativo a la esclavitud y comercio de africanos, asiáticos y europeos en África, el Nuevo Continente y el mundo islámico y asiático, de Alejandro del Valle:

La Trata por el Atlántico alcanzó su marca más alta en el siglo XVIII. Las extensas y enormes capturas de africanos en lo profundo del continente fueron llevadas a cabo por los mismos reinos africanos, como el Imperio Oyo (Yoruba), el Imperio Kong, los reinos de Fouta Djallon, Fouta Tooro, Koya, Kaabu, Dahomey y las Confederaciones Fante, Ashanti y Aro, pues los europeos raramente penetraban en África por temor a las enfermedades y a moverse en un terreno desconocido, sujetos a la fiera resistencia de los nativos.

 Marcus Rediker es Profesor de Historia Atlántica de la Universidad de Pittsburg, y uno de los más destacados investigadores del proyecto internacional La Ruta del Esclavo.

 

 

 

 

 

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Cuba tiene urgencia de que se apruebe Ley contra el maltrato animal

 

¿Debía morir una madre mientras amamanta a sus criaturas? ¿Por qué?

¿Debía morir una madre mientras amamanta a sus criaturas? ¿Por qué?

Durante mis contactos esporádicos con el personal que trabaja en La Habana en la protección a los animales de la ciudad he vivido algunas experiencias muy amargas, aunque también he sido testigo del ejercicio de las mejores virtudes humanas: la solidaridad y la compasión hacia otras especies del reino animal, aunque estas últimas virtudes se presenten lamentablemente en escasa cuantía, y siempre ampliamente superadas por la tendencia al maltrato y la crueldad.

El gran político y pensador hindú Mahatma Gandhi, considerado como un maestro del género humano, decía que la condición de un pueblo se mide por el modo como trata a sus animales. La cita no es textual, pero es fiel al espíritu de la idea de Gandhi, quien provenía de un país que desde tiempo inmemorial venera y protege a los animales y, contrariamente a lo que muchos creen, no solo por razones religiosas, sino porque el pueblo hindú posee una antigua y profunda sensibilidad hacia la naturaleza y todo aquello a través de lo cual ella se manifiesta. Este modo de sentir está ya en Los Vedas, conjunto de textos sagrados, filosóficos, poéticos y legislativos que constituye el libro inaugural que sirve de fundamento a una de las civilizaciones más antiguas de este planeta, tan deshonrosamente habitado y humillado por la especie humana.

Mientras en Cuba no existe ley alguna que proteja a los animales —con jubilosa excepción del ganado vacuno y caballar—, y sí algunos decretos pretendidamente epidemiológicos que amparan y regulan hasta la forma más cruel del exterminio de perros y gatos, por ejemplo, en otros países a quienes deberíamos imitar no solo existen tales leyes protectoras, sino hasta cuerpos de policía muy bien organizados cuya misión consiste en defender a los animales de la depredación del ser humano e imponer sanciones a quienes atenten contra ellos.

Los grupos de protectores de animales, están reunidos en Cuba fundamentalmente en dos organizaciones, la conocida Sociedad Protectora de Plantas y Animales, y el de más reciente creación, el Grupo de Protección a Animales de la Ciudad. Juntos luchan desde hace años para conseguir que el Estado instituya una Ley de Protección Contra el Maltrato Animal. Hasta ahora sus esfuerzos denodados no han rendido fruto, ni tan siquiera uno mínimo, y la petición se atasca una y otra vez, si es que en algún momento ha logrado transitar de un buró a otro, de un Departamento a otro. Me parece evidente que no se considera en Cuba una prioridad amparar a los animales de la brutalidad y el salvajismo humanos, del abandono, el desamparo y las muertes más dolorosas. Reina la más absoluta impunidad y cada día cualquiera puede ser testigo en las calles habaneras de actos vandálicos perpetrados por individuos contra animales enfermos, indefensos, pequeños, quienes no pueden defenderse en modo alguno. Muchos de estos cuadros espantosos los protagonizan los propios empleados de Zoonosis, quienes salen con sus carros a las calles a cazar perros abandonados y hambrientos, a los cuales agarran por las patas traseras y revuelcan dos o tres veces antes de lanzarlos al interior del odioso carro-jaula, donde se golpean al caer y de inmediato son agredidos por los otros perros que ya están dentro, pues habiendo sido objeto del mismo tratamiento perverso, están muy nerviosos y reaccionan con ferocidad. Algunos perros ya están muertos cuando el carro descarga su triste contenido en el inmueble de la calle Infanta, donde tiene su sede esta detestable institución.

Algunas mentes sesudas alegan con suma seriedad que en un país como el nuestro, donde los cultos religiosos afrocubanos gozan de tantos seguidores, resultaría muy difícil el obligado cumplimiento de una Ley de Maltrato Animal, pues sería imposible supervisar el sacrificio diario de miles de aves de corral, carneros, chivos, jicoteas, etc.

Desde luego, este argumento, sesudo y todo, es válido.

Pero los gallos, gallinas y demás ejemplares de la fauna nacional que sucumben cada día bajo el cuchillo del sacerdote matarife de nuestros cultos sincréticos —y los más numerosos aún que contribuyen a la alimentación de la población— no son un argumento de peso suficiente como para que sigamos ignorando atrocidades de tal envergadura que un país que se quiera llamar civilizado de ninguna manera puede darse el lujo de permitir en su territorio.

No existen adjetivos capaces de calificar la monstruosidad que encarnan las peleas de perros y otros animales a los que el hombre, sediento de goces primitivos y salvajes, obliga a contender para su diversión personal, y para que el dinero fluya por los bolsillos de las personas viles que crean las condiciones necesarias para que estos espectáculos puedan suceder. NADA justifica la existencia de las perreras, insalubres, con celdas minúsculas donde los perros (y hasta algunas especie de aves), destrozados y cubiertos de heridas después de las batallas, se hacinan encogidos, yaciendo sobre la sangre que mana de sus heridas; y cuando ya no sirven más por haber combatido mucho, o tras una pelea especialmente feroz en la cual han quedado invalidados para continuar su carrera “profesional”, son arrojados en los basureros, bajo los puentes o en cualquier rincón, muchas veces todavía vivos y lanzando lastimeros alaridos de dolor mientras agonizan entre los desperdicios y las ratas, que los muerden sin esperar a que mueran. El filme Conducta es un retrato tan fidelísimo como bochornoso e indignante de esta faceta de los “entretenimientos” criminales de un sector de la población capitalina No hay argumento capaz de justificar a los fatuos y abusadores dueños de perros de razas de pelea que salen a las calles con sus ejemplares encadenados, para soltarlos y azuzarlos a la vista de infelices perritos vagabundos que deambulan confiados por los parques y las calles de la ciudad, para organizar in situ una carnicería que nadie detiene, pues aunque algunos espectadores quisieran intervenir, todos temen a esos perros entrenados para matar por amos sin conciencia y sin escrúpulos. Algunos de estos perros han mordido a personas, incluso a niños. Desconozco si ya estas parejas asesinas han causado la muerte de algún ciudadano, pero si no ha pasado, puede ocurrir en cualquier momento, en especial si se tiene en cuenta que muchos parques de La Habana están contiguos a escuelas primarias y secundarias, a círculos infantiles y a policlínicos.

Hasta los turistas se espantan de las perreras habaneras, y muchos de ellos han tomado fotos y las han enviado a los grupos de protección animal acompañándolas te textos donde expresan su fuerte e intenso repudio a estas prácticas. Las imágenes, a la que he tenido acceso, son de una crudeza, de una brutalidad espeluznantes, son sádicas, sañudas. Para el delito de entrenar animales para el combate, promocionar peleas y mantener a las víctimas en condiciones de hábitat horrorosas, tendría que existir en Cuba un repertorio de castigos duros y ejemplarizantes. Pero el negocio es muy jugoso, corre dinero “gordo”, y pejes con influencia social —que en muchas ocasiones (pero no siempre) son marginales sin ubicación laboral ni estudiantil— participan en estas masacres para su solaz y esparcimiento. Y en este punto saltan los que preguntan con sorna a los protectores de animales: “Y entonces qué… ¿Te vas a meter con las peleas de gallos?”, y a esta retadora interrogante sigue invariablemente la carcajada de escarnio. Porque quién no sabe que en el Caribe las peleas de gallos y las galleras con ruedos como coliseos, son tradición fundadora de la cultura autóctona, desgraciadamente.

He visto dos niños de escuela primaria pelearse en un parque por la posesión de un gatico recién nacido, con párpados aún cerrados, y partirlo en dos mitades como consecuencia del forcejeo. He conocido hombres y mujeres que tienen perros en sus casas y por el modo como los tratan, podría pensarse que los mantienen bajo su techo solo para tener la posibilidad de maltratarlos y hacerlos víctimas de auténticos suplicios de los cuales los animales no tienen cómo defenderse ni modo de escapar. Invariablemente, cuando alguien intercede por un perro o un gato que están siendo maltratados por sus dueños, estos responden gritando bestialmente que el animal les pertenece y pueden matarlo si les viene en gana, y hasta comérselo después. Esta respuesta, aunque resulte muy penoso admitirlo, retrata de cuerpo completo a un nutrido número de capitalinos, y cuando digo nutrido, debe entenderse que los maltratadores superan en casi absoluta proporción a quienes intentamos ayudar a las víctimas. Quisiéramos que fuera de otra manera, pero no lo es. La impunidad para quienes gustan de maltratar a los animales saca a la luz uno de los peores rostros de la población habanera: el sadismo visceral de hombres y mujeres que, en muchas ocasiones, resultan ser ciudadanos perfectamente integrados a la sociedad y a su comunidad, lo que hace de esta manifestación de crueldad algo realmente incomprensible y digno de estudios profundos.

Pudiera citar muchos otros casos de maltrato que he presenciado personalmente, y otros aún de los que he tenido noticia a través de protectores de animales, pero la lista sería infinita. Algunas personas piensan, de un modo que no puedo menos que calificar de idílico, que bastaría con desarrollar una campaña educativa, es decir, apelar al buenismo de la población apoyándose en una labor concientizadora y educativa. En mi opinión esto es muy necesario, pero… ¿quiénes llevarán a cabo tal campaña, y apoyados por cuáles instituciones y organismos oficiales…? Hasta ahora los escasos y esporádicos acercamientos al tema que he visto en nuestros medios de prensa han pasado como un eco que no deja huella, cuando no han devenido circo vergonzoso, por constituirse el panel conductor sin que hubiera en él presencia de un solo miembro de los grupos de protección animal. En cierta ocasión la población pudo presenciar por televisión una entrevista a un funcionario de Zoonosis, donde este trató de justificar y defender los métodos de captura de los perros callejeros llevados a cabo por el personal bajo su mando, con argumentos absolutamente fuera de lugar, además de muy cuestionables.

No habrá jamás, en ningún terreno de la vida humana, campaña educativa capaz, por sí sola, de obtener resultados alentadores, si no está apoyada por un cuerpo de leyes que confieran carácter de obligatoriedad al cumplimiento de las recomendaciones hechas por los educadores, porque está en la condición humana desoír toda restricción a la impunidad. Para decirlo de forma explícita: la condición humana rechaza todo aquello que ponga límites a su expansión, y cuando digo expansión, digo libre manifestación de sus instintos básicos. Y la crueldad que suele acompañar al instinto de atropellar a los más débiles forma parte de la naturaleza de nuestra especie, tal vez porque es un rezago de la constitución de los Neanderthales, o porque es una condición inherente a los grandes simios de los que descendemos, como es el caso de los chimpancés, o porque las especies más fuertes cazan para sobrevivir a las que les siguen por debajo en el esquema evolutivo. Para colmo, somos la única especie del reino animal que no mata solo para comer, sino también por disfrute y por sadismo, como es el caso de los cazadores y los torturadores.

El respeto a la naturaleza y a la biodiversidad, concepto tan apelado en nuestros días —y fundamental en el pensamiento moderno como uno de los modos de revertir las depredaciones a que hemos sometido nuestro planeta y defender lo que queda de él—, es un respeto que hay que construir en los cubanos, porque no es consustancial con nuestro ethos de nación; es un respeto que hay que educar, sí, pero también hay que obligar a practicar, imponiendo los castigos más severos para quienes se nieguen a la observancia de sus prescripciones. Y no con el único fin de preservar lo que queda de nuestra Tierra, sino porque esa educación, que va dirigida directamente al espíritu, ese respeto a la Naturaleza que nos creó, enriquece espiritualmente a las personas, y el crecimiento espiritual generalmente se traduce en un mejoramiento de la condición humana y en evolución del alma de la especie. El respeto a la biodiversidad hace al Hombre mejor de lo que es. Así lo comprendió Martí cuando dijo que los hombres se dividen entre los que odian y destruyen y los que aman y construyen. Martí no solo pensaba en la política y en la Patria cuando concibió esta idea, como bien entienden todos los que saben que el pensamiento martiano fue siempre ecuménico, humanista y trascendente.

¿Tenemos o no tenemos necesidad de una Ley Contra el Maltrato Animal nosotros los cubanos? La tenemos, porque tenemos la necesidad, la obligación y hasta la urgencia de evolucionar como espíritu colectivo. Pero las características de la cultura cubana nos obligan a ser sensatos en nuestras pretensiones: ya que no somos hindúes que veneran a sus animales, ni canadienses y norteamericanos que poseen cuerpos policíacos y leyes severísimas para defensa de la biodiversidad; ya que necesitamos seguir comiendo gallinas y cerdos y sacrificando pollos, chivos y carneros por motivos religiosos, limitemos entonces de momento nuestra petición —no por claudicaciones, sino por estrategia— a las mascotas no productivas (desde el punto de vista del interés material humano), es decir, a los gatos y los perros, los más castigados por la insensibilidad y la crueldad de las personas, aunque también podría penalizarse la acción de matar aves con tirapiedras, que tanto gustan practicar los niñitos en los parques bajo la mirada indiferente de los padres, o el hábito de apedrear palomas, o el de golpear hasta la muerte a los conejos, solo por el gusto de verlos convertidos en papilla sangrante.

Está muy bien, y es un logro importantísimo, que el ciudadano cubano posea una sólida conciencia política, un altísimo concepto de la Patria, un orgullo nacional incuestionable y una solidaridad siempre presta a practicar el internacionalismo, entre otras cualidades que nos caracterizan, pero no podremos considerarnos ciudadanos integrales, más aún, seres humanos integrales, mientras no hallamos alcanzado un mayor desarrollo en el camino de la evolución moral propia de los pueblos altamente civilizados, y ese camino pasa, nos guste o no, por el respeto a la Naturaleza en todas sus manifestaciones, un respeto que ha dirigido hasta hoy la gestión de grandes personalidades políticas de nuestra América, como el presidente Evo Morales, tal vez el ejemplo más vibrante de esta convicción. La educación moral de los cubanos ha de pasar, además de por la concientización política e ideológica, también por otros territorios de la vida social, de la vida comunitaria, de la Vida, en fin, que debe ser siempre el más alto proyecto del Hombre; pero no hablo solo de la vida humana, sino de la Vida en todas sus formas.

¿Cuánto más habrá que seguir esperando para que las autoridades cubanas promulguen la tan ansiada Ley Contra el Maltrato Animal? No estamos reclamando un favor, no estamos solicitando un regalo, no es una concesión lo que pedimos quienes amamos a los animales. Es una exigencia ciudadana que los protegerá no solo a ellos, sino que hará de nosotros mejores hombres, mujeres y niños de lo que ahora somos; nos hará más espontáneamente solidarios, sensibles, respetuosos, compasivos y, sobre todo, más conscientes de la necesidad de cuidar y preservar, hábitos de los que tristemente carecemos, y que forman tanta parte de la conciencia social de un pueblo como la noción de Patria. La evolución de los conglomerados humanos no radica solo en los avances de la ciencia y la tecnología, sino también en el desarrollo pleno de la conciencia moral y cívica. Ya dijo alguien muy sabio que ciencia sin conciencia es la muerte del alma.

 

 

 

 

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