LOS YATES MÁS FAMOSOS DE LA HISTORIA DE CUBA

 MIRAMAR YATH CLUBAlguien me preguntaba cuáles han sido los yates más famosos de Cuba, y resulta curioso que la pregunta fuera hecha en pasado. Después de reflexionar un poco sobre el tema, decidí que lo más correcto sería proceder a la enumeración atendiendo a un orden cronológico. Aclaro que elegí cuatro yates célebres porque son los que mejor conozco. Puede que haya otros, pero no tengo información que ofrecer, así que me limito a lo que sé.

 EL MIRAMAR

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El más antiguo de estos yates es el Miramar, propiedad del Doctor Carlos Miguel de Céspedes, descendiente de su ilustre antepasado, el Libertador Carlos Manuel de Céspedes. Carlos Miguel pagó por el velero la crecida suma de 10 000 pesos, que equivalía en aquella época a una fortuna. He aquí una pequeña biografía de este propietario, tomada del sitio http://bvs.sld.cu/revistas/his/his_99/his0999.htm:

 Graduado en 1904 en Derecho Civil por la Universidad de La Habana. Poco después funda un bufete con el doctor José Manuel Cortina García, más tarde famoso político, jurisconsulto, orador y escritor, a quienes se les unirá pocos años después el doctor Carlos Manuel de la Cruz Ugarte, conocido político y jurista. A dicho bufete, por razón de la letra inicial de los apellidos de sus socios se le llamará “de las tres C” y será de los más importantes de Cuba en todo el período republicano liberal burgués.

Como obras realizadas por la empresa patrocinada por dicho bufete se cuentan, entre otras: el gran Boulevard de la Quinta Avenida, el Hipódromo de Marianao y el embellecimiento y urbanización de la playa de Marianao. Céspedes fue Jefe de la Sección de Registros y Notariado de la Secretaría de Justicia (1910); letrado consultor de la Secretaría de Obras Públicas (1911); administrador de la Compañía de Dragado de los Puertos de Cuba (1912), este cargo fue de capital importancia para su futuro; Secretario de Obras Públicas (1925-1929); Secretario de Justicia (1929-1930); Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (1930-1932); Senador de la República por Camagüey (1932-1933); candidato a la Alcaldía de La Habana en 1946 y Senador de la República por Matanzas en dos ocasiones (1948-1952 y 1954-1955).

 Cuando fue Secretario de Obras Públicas (1925-1929) en el gobierno del general Gerardo Machado Morales, a pesar de que este gobierno devino una sangrienta dictadura, la actividad constructiva del doctor Céspedes hizo que se le llamara “El Dinámico” y lo convirtió en uno de los políticos más populares de su época, popularidad que conservó durante toda su vida. A sus iniciativas se debieron las construcciones de la Carretera Central; el Capitolio Nacional, con su famoso brillante como señal del inicio de la Carretera Central; la Avenida del Puerto; la transformación del Viejo Campo de Marte en Plaza de la Fraternidad; el Boulevard y Paseo del Prado; el Hotel Nacional; la gran Escalinata, la estatua del Alma Mater y los edificios de la Biblioteca Central, Aula Magna, Rectorado, Derecho, Ingeniería y Arquitectura y Física en la Universidad de La Habana, por todas estas obras dentro de su recinto, el alto centro de estudios le concedió el título de Ingeniero Civil Honoris Causa; en el Aula Magna, el 21 de junio de 1929; el Hospital de Maternidad “Dr. Enrique Núñez” de La Habana; casi todos los grandes pabellones del Hospital “General Calixto García”; el “Presidio Modelo” de Isla de Pinos; el trazado urbanístico y algunos edificios públicos de Rancho Boyeros, entonces llamado General Machado; la Avenida de las Misiones; el Palacio de Justicia de Santa Clara; el Palacio Provincial de Santiago de Cuba; el grandioso parque a la entrada de Matanzas; hospitales, edificios escolares y muchos más.

A pesar de todas estas obras, a la caída del gobierno del general Machado el 12 de agosto de 1933, su casa en el exclusivo reparto Country Club fue asaltada, saqueada y destruida por la multitud. Esta residencia, construida en estilo arquitectónico normando, era de una gran belleza. Otra de sus residencias, la nombrada Villa Miramar, entre las calles Calzada y 20, junto al Torreón de La Chorrera, en la desembocadura del río Almendares, donde vivía su señora madre, también fue saqueada y destruida. Esta, sin embargo, reconstruida por él a su regreso a Cuba en 1937, fue su residencia hasta el momento de su fallecimiento.

Villa Miramar era famosa por su belleza y por el buen gusto de todas sus construcciones. En sus terrenos aledaños o patios se levanta “La Mezquita”, hecha con azulejos traídos de “La Cartuja” de Sevilla, la que con su isla artificial “Koisima”, que en idioma japonés quiere decir “isla de amor”, constituyen lugares verdaderamente de ensueño. Allí tenía también su yate “Miramar” y su lancha de regatas “Cuba”, ganadora en varias competencias.

Era sin lugar a dudas el doctor Céspedes una de las personalidades más representativas de la alta sociedad burguesa cubana: presidió el Union Club y después ocupó su presidencia de honor, fue miembro destacado del Havana Yatch Club, del Vedado Tennis Club, del Club Miramar, del Country Club y otros. Miembro fundador del Colegio de Abogados de La Habana, ocupó su decanato en dos oportunidades (1927 y 1930) y se le declaró Colegiado de Honor.

En el libro Sociabilidad y cultura del ocio, las élites habaneras y sus clubes de recreo (1902-1930), su autor, Maikel Fariñas, toma una cita textual de la revista Cuba y América, dirigida por Raimundo Cabrera, amigo muy cercano de Céspedes, cuyo yate Miramar aparece en esa publicación descrito de la siguiente forma:

 …fue construido en Glasgow en el año 1919 y tiene 6 pies de calado, 1 200 toneladas de desplazamiento. Lleva dos palos; tiene motor de gasolina extrafino, alumbrado eléctrico; navega lo mismo a vela que a máquina […] Dentro del barco en la cámara caben cinco o seis pasajeros y otros tantos tripulantes en la que sigue. El comedor cubierto, se convierte de noche en un amplio espacio para las camas; seguido a este salón hay un camarote en forma, en el que caben tres literas, dos de ellas superpuestas. No faltan, desde luego, lavamanos, el baño y dos water closets con agua abundante que se inyecta por medio de una bomba de manos.

 EL CRIOLLO

Como Céspedes, también fue miembro destacado de los clubes yatísticos el comodoro Doctor Luis Humberto Vidaña, miembro del club Casino Español, fundado en 1869, y cuya casa social fue fabricada en los terrenos de Marianao en 1937. Vidaña se hizo construir un yate, El Criollo, que muy pronto ganó celebridad, y en el que conquistó para Cuba y el Casino muy importantes victorias. Anteriormente Vidaña fue propietario de otro gran yate, El Ciclón, con el que comenzó su carrera de veleros grandes. Con esta nave obtuvo buenos resultados en las regatas del Circuito Sur. En 1954 compró otro yate grande, El Criollo, que había sido fabricado con maderas preciosas, materiales y obreros cubanos. Con esta nueva nave ganó en 1956 la regata Miami-Nassau, estableciendo un triple record. Un año más tarde, en la misma serie, Vidaña ganó la Copa del Gobernador de La Florida. El Ciclón conquistó esta misma Copa en 1947, y diez años después otro cubano volvió a ganar, por tercera vez, ese gran triunfo.

El 5 de julio de 1957 El Criollo, capitaneado por Luis Humberto Vidaña, arribó primero triunfalmente a Santander en la regata transoceánica Newport-España. La nave y su tripulación ganaron los seis mejores trofeos de la regata, y en entrevista hecha a su capitán, este expresó: “El mayor honor deportivo de mi vida fue competir, con los cinco mejores yates del mundo. Estoy muy satisfecho de levantar muy alto el nombre de mi patria, y del Casino Español”.

Vidaña fue propietario de una radiodifusora, un cine, una mina, un servicio de autos y varios inmuebles. Fue abogado y Senador de la República. Era accionista principal de varias compañías, algunas vinculadas al sector de las comunicaciones. Era descendiente de un Capitán del Ejército Español que vino a Cuba con las tropas enviadas a combatir en la Última Guerra de Independencia.

 EL PILAR

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Bien conocida es la vida del escritor y periodista norteamericano Ernst Hemingway, quien vivió en Cuba los veintidós años más prolíficos de su quehacer intelectual, en su finca La Vigía, ubicada en el poblado habanero de San Francisco de Paula. Hemingway está considerado uno de los más grandes escritores en lengua inglesa de todos los tiempos. En Finca Vigía escribió El viejo y el mar, estimada por la crítica como su mejor novela. Fue amigo de gente de pueblo, en especial de los pescadores de Cojímar, con quienes solía pasar la mayor parte de su tiempo, y han quedado para la Historia sus cacerías en África y las espléndidas fiestas que celebró en su finca con las más rutilantes estrellas de Hollywood. Pero hay una faceta no menos importante de su biografía: su papel como dueño del yate El Pilar, bautizado así por el escritor en honor a la Pilarica española, y algunos biógrafos sostienen que el nombre le gustaba tanto que durante su noviazgo con Pauline Pfeiffer, su promera esposa, la llamaba así en la intimidad.

Hemingway peleó en la I Guerra Mundial, y más tarde tomó parte como periodista y combatiente en la Guerra Civil Española, y fue siempre un antifascista indoblegable. Cuando durante la II Guerra Mundial los submarinos alemanes comenzaron a aventurarse en aguas cubanas para reabastecerse subrepticiamente de combustible y azúcar, Hemingway acometió lo que muchos han considerado un acto de locura o de aventurerismo: con su yate de pesca El Pilar, al mando de su patrono cubano Gregorio Fuentes y con una tripulación de nueve miembros, algunos de ellos integrantes de los Servicios Secretos estadounidenses, se dedicó a patrullar las aguas de la Corriente del Golfo, al norte de las costas cubanas. Su yate llevaba abordo algún armamento, pero nada que pudiera hacer frente al potencial militar de los submarinos que pretendía combatir. Hay opiniones contrapuestas sobre los verdaderos propósitos del escritor norteamericano: si su intención era atacar a los submarinos o solo detectarlos. Hoy se sabe que no se lanzó a la tarea por su cuenta, sino que trabajaba de acuerdo con los servicios de inteligencia de su país, que poco le tuvieron en cuenta su colaboración, pues no vacilaron en acusarlo de comunista.

Hemingway llegó a Cuba por primera vez a bordo de El Pilar, y en esta primera estancia lo dejó anclado en un muelle cercano al hotel Ambos Mundos, donde se alojó con su primera esposa. Había comprado la embarcación a la compañía norteamericana Wheeler Shipyard, de New York, en 1934. El Pilar fue construido de acuerdo con el modelo Wheeler Playmate de 38 pies de eslora, perteneciente a la línea de las embarcaciones fabricadas por estos famosos astilleros, al que más tarde Hemingway introdujo algunas modificaciones. El yate fue enviado por ferrocarril a Miami, donde fue botado al agua y posteriormente entregado a su nuevo dueño, que lo esperaba en Key West. Tomados de Internet, cito los siguientes datos:

El yate posee una escotilla para la recogida de las anclas y la ventilación del camarote anterior, una cabina con doble litera. En la popa está el puente de mando con dos literas. En el interior conserva el baño, la cocina con nevera y el comedor, que también podía convertirse en camarote con dos literas. 

La popa, fue acortada en un pie por orden de Hemingway, para reducir así la distancia entre el nivel del mar y la altura hasta la cual debían ser izados los peces. Y para facilitar esta acción fue instalado un rodillo, de más de 6 pies de ancho, para facilitar la entrada de ejemplares de gran tamaño. 

El potente motor de gasolina, marca Chrysler Crown, permitía alcanzar la velocidad necesaria para poder atrapar un buen banco de peces. Los tanques de combustible tenían capacidad para 300 galones y los de agua para 100, ambos tan necesarios en los cruceros que realizara el escritor por las aguas de la Corriente del Golfo. Posteriormente le añadiría el puente volante desde donde, patrón y pescador, podrían llevar una labor conjunta para la captura de las indomables agujas. (La Jiribilla)

Con posterioridad a la muerte de Hemingway, Finca Vigía fue convertida en museo por el Gobierno Revolucionario. El escritor dejó en su testamento El Pilar a su amigo y patrón Gregorio Ortega. Durante los años siguientes el yate sufrió deterioros causados por el clima. Se solicitó la colaboración norteamericana para proceder a su rescate y reparación, pero las leyes del embargo permitieron al entonces Presidente George Busch negarse a la petición de fondos para el financiamiento de la obra. Cuba decidió asumir entonces el monto total de la restauración, que costó al Consejo Nacional de Patrimonio Cultural cubano aproximadamente unos $38 200.00 en moneda nacional y $14 500.00 en CUC. Cuando los trabajos finalizaron, el legendario Pilar navegó desde los astilleros de Chullima, capitaneado por Gregorio Fuentes, en su viaje postrero hasta el muelle de Finca Vigía, donde encontró su lugar definitivo en el museo que atesora las huellas de la estancia cubana de su dueño.

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Como dato curioso debo añadir que El Pilar tiene un doble, una réplica casi exacta que se encuentra en Islamorada, un cayo de La Florida, en “una gran tienda para pescadores con una bella vista al mar, al fondo del establecimiento”. Allí se encuentra la reproducción de la célebre embarcación, rodeada de fotos de Hemingway.

Este gemelo misterioso fue construido en Brooklyn en 1933, un año antes que el legendario Pilar de Cojímar, y hay algunos estimonios de que el gran escritor pescó en ese barco en ese mismo año, ante de poseer el suyo. Debió quedar enamorado de la embarcación, al punto de hacerse construir una idéntia para pescar en el Gran Río Azul, como él llamó a la Corriente del Golfo.

Sin embargo, las dos embarcaciones “gemelas” no son homocigóticas, pues existen diferencias entre sus medidas y ajustes. Sin embargo, la coincidencia entre ambas es tan grande que llega hasta una participación de la primera, durante la Segunda Guerra Mundial, en el cumplimiento de importantes misiones, al igual que El Pilar, pero al servicio de la Marina en Cayo Hueso.

Tras pertenecer sucesivamente a diferentes dueños, la gemela de El Pilar pasó a ser propiedad de Bass Pro Shops, quien la adquirió en 1993 para exponerla como pieza emblemática en su emporio comercial. En 1997 fue rebautizado por Mina Hemingway, nieta del escritor.

EL GRANMA

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Los mambises tuvieron una modestísima marina, integrada por solo tres buques que no alcanzaron a ver el fin de las Guerras de Independencia, y fue en un yate de proporciones también modestas que comenzó la historia de una de las más temerarias gestas libertadoras de todos los tiempos, cuando 82 jóvenes cubanos exiliados en México lo abordaron para poner proa a la isla dispuestos a terminar con la tiranía de Fulgencio Batista.

El yate Granma fue construido en 1943 por la empresa norteamericana Schuylkill Products Company Inc., que empleó madera y motor de aceite. La embarcación tenía una sola cubierta, sin mástil, con proa inclinada y popa recta. Su nombre original era Granma, palabra que probablemente significaba Abuelita, y estaba matriculada en el puerto mexicano de Tuxpan, destinada a realizar navegación de altura y emplearse como tráfico de recreo o viajes para pasar fines se semanas en el mar. Su señal directiva era X.C.G.E , el casco estaba construido de madera, su eslora de 13.25 metros, una manga de 4.76 metros, un puntal de 2.40 metros, tonelaje bruto de 54.88, tonelaje neto de 39.23, dos motores marca Gray GM y una potencia 225 c/c.

El Granma fue vendido por su empresa constructora al mexicano Antonio Conde, apodado El Cuate, por el precio de 50 000 pesos mexicanos y desde el momento en que el negocio fue cerrado, el 10 de octubre de 1953, la empresa dejó muy en claro que no se responsabilizaba con el destino de la nave a partir de esa hora.

El yate llegó a las costas orientales de Cuba el 2 de diciembre de 1956 cerca de la playa Las Coloradas. En una punta de mangle nombrada Los Cayuelos, a dos kilómetros de Las Coloradas —punto inicialmente señalado para el desembarco—, encayó el Granma, lo cual obligó a bajar a tierra a sus ochenta y dos tripulantes, entre los cuales se encontraban las principales figuras de Movimiento 26 de Julio en Oriente, quienes serían, igualmente, los dirigentes del nuevo movimiento económico-social que muy pronto sentaría plaza en la isla.

Tras el desembarco y posterior separación y captura de la mayoría de su tripulación, el yate Granma fue ocupado por las unidades navales de la dictadura y conducido a la bahía de La Habana, donde permaneció hasta el final de la Guerra de Liberación.

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El 6 de febrero de 1959, a poco más de un mes del triunfo de la Revolución, la Asociación del Comercio y la Industria de la Bahía de La Habana propuso que el yate fuese restaurado y conservado en un museo. El día 24, durante una revista naval y aérea en homenaje al reinicio de las Guerras de Independencia de Cuba, el Primer Ministro Fidel Castro entró al puerto de La Habana a bordo del Granma. (Wikipedia, EcuRed, Cubadebate).

En la actualidad el yate original se exhibe en el Memorial del mismo nombre, ubicado frente a la puerta sur del Museo de la Revolución, en la ciudad de La Habana.

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YATISMO EN LA CUBA REPUBLICANA

La Habana nau 4El yatismo ha sido siempre y en todas partes un deporte exclusivo de las clases económicamente poderosas, ya que construir o comprar un velero, equiparlo debidamente, darle mantenimiento y además, contratar una tripulación, resulta sumamente costoso. Son pocos los casos en que los dueños de yates los tripulan por sí mismos, ya que estar de pie frente al timón y controlar la cabina de mando pueden resultar actividades agotadoras, y lo que buscan los propietarios de estas embarcaciones particulares es, precisamente, una escapada del mundo cotidiano de sus actividades para descansar y desestresarse. ¿Cuántas veces no hemos visto en las películas y hasta en las telenovelas brasileñas a estos ejecutivos millonarios salir en sus yates con un grupo de amigos, todo el mundo bronceándose bajo el sol de cubierta y con un Cosmo en la mano? En el muy interesante libro Sociabilidad y cultura del ocio, las hélites habaneras y sus clubes de recreo, de Maikel Fariñas, hay un capítulo, “Ventajas del tiempo dedicado al ocio”, que comienza con un capitulillo, “El reducido universo de los yatistas”, donde el autor hace un análisis de esta actividad y quienes la desarrollaban en los clubes de la alta burguesía cubana de la República. Supuestamente, el fomento del yatismo entre las altas clases de la isla se debería al contacto con la cultura norteamericana, que sentó plaza entre nosotros con mayor fuerza al término de las Guerras de Independencia y con posterioridad a las intervenciones del vecino del Norte en la política nacional.

El hecho de que el yatismo fuera uno de los deportes que confería mayor lustre social no solo a quienes lo practicaran, sino a las instituciones a las que estuvieran adscriptos, contrasta en Cuba con el reducido número de propietarios de yates que aparece registrado en los libros de los clubes sociales más distinguidos del país. Eso resulta raro para quien se enfrenta por primera vez con la noticia, pero Fariñas hace un comentario muy ingenioso acerca de que en Cuba, aunque había fortunas más que capaces de costear la compra de un velero de los más caros, en muchas de ellas, gobernadas por pater familias chapados a la antigua, o lo que es lo mismo, con una mentalidad financiera muy española que aún no había tenido tiempo de americanizarse, no se concebía ganar los dineros para invertirlos en el fomento de la cultura del ocio. Y cita Fariñas a Hernández Blanco en “HYC Editorial”, la revista del Habana Yatch Club:

La psicología de nuestros ricos es, salvo raras y honrosas excepciones, parecida a la de un pobre judío que, queriendo gozar por siempre de su inmensa fortuna, hizo testamento instituyéndose a sí mismo como heredero… Así la adquisición de un barco de placer es “una mala inversión”; la compra de un caballo de pura sangre, la locura de “un incapacitado”.

Seguramente en el fondo de esta mentalidad que se asocia entre nosotros con España, subyace la concepción del pecado propia de la cultura judeocristiana medieval, donde todo lo que diera placer al cuerpo y sus sentidos era una ofensa a los ojos de Dios. Si en aquella concepción hasta el baño corporal era pecaminoso, cómo no lo sería el placer de navegar y hacer francachelas a bordo de un yate que, por demás, desfalcaba el tesoro familiar tan concienzuda y sacrificadamente creado por esos padres y abuelos españoles que protagonizan en la imaginería popular la primera parte del conocido refrán: “Padre bodeguero, hijo millonario, nieto pordiosero”, nacido al calor de la propensión al despilfarro de los hacendados criollos, quienes derrochaban sus pesos oro ante los ojos despavoridos de los comerciantes peninsulares, tan ahorradores.

Pero cualquiera fuera la razón sociológica o monetaria, lo cierto es que los clubes sociales más distinguidos de Cuba se quejaban de la poca membresía yatista con que contaban en sus plantillas de asociados, lo que hacía de esta prestigiosísima actividad una especialidad anémica dentro de los deportes a los que se entregaba con placer la clase alta cubana. Pero no se piense que quien se permitía la posesión de un yate lo hacía únicamente por obtener prestigio y capital social, provenientes de la participación en regatas internacionales y la obtención de premios, terrenos en que los cubanos se mostraron muy activos y capaces. Había otras razones más poderosas, como puede apreciarse en un fragmento epistolar perteneciente a la correspondencia del conocido político republicano Carlos Miguel de Céspedes, de ilustrísima prosapia, a quien cita Fariñas:

Ven: yo también necesito un descanso. Quiero pasar tres o cuatro días durmiendo lejos de la ciudad, en el mar, hasta donde no llegue el ruido de los contratistas, los políticos, de las máquinas de picar piedras y combinar concreto; donde no haya humo, polvo, llamadas telefónicas, visitas, quejas, informes, intrigas, sorpresas, acechanzas, ni mentiras. ¡Si no vienes a las buenas te sacaré de tu casa a las malas con la policía de Obras Públicas!

Este fragmento epistolar fue extraído por Fariñas del libro Navegando con Céspedes, de Ramiro Cabrera. No conozco esta obra, pero concuerdo con Fariñas en su apreciación sobre el tono de este párrafo: es conminatorio. Yo diría más, se nota cierta urgencia cercana a la hartura desesperada por sustraerse a un ambiente que acorrala y sofoca. Este Céspedes, descendiente del Padre de la Patria, poseía una gran fortuna (su yate le costó 10 000 pesos de la época), pertenecía a una poderosísima firma de abogados y poseía muchas propiedades a través de las cuales promovió la industria recreativa. Baste decir que fue el propietario del balneario La Concha y del célebre parque de diversiones Coney Island. Fue abogado consultante de la Secretaría de Obras Públicas y poseía una firma inmobiliaria propietaria de numerosos terrenos en El Vedado y Miramar. Tenía muchas inversiones en el sector del turismo y fue una prominente figura política hasta los tiempos del batistato. Era casado y con tres hijos. Se comprende que esta variedad de actividades le costara el alto precio de una vida personal sumamente agitada. No es de extrañar que aspirara a su hortus deliciarum particular bajo la forma de un yate. ¿Quién de nosotros no ha soñado alguna vez, aún sin tener un peso en el bolsillo, con ese fin de semana en la playa “para despejar”, o esa cabañita en el bosque, o simplemente con una cabaña en un campismo, o hasta con retirarse a una azotea aunque no más sea por unas pocas horas, para huir del “mundanal ruido”, como dijera Fray Luis de León…?

Esta motivación tan claramente expresada por Céspedes también pudo ser, y seguramente lo fue, la de otros propietarios de yates, movidos por el deseo de alejarse de un mundo –o de un estado de cosas- que en ocasiones rebasaba sus posibilidades personales de tolerancia y control. Tener un yate se convierte, entonces, en la materialización de la posibilidad de realizar el arquetipo de la huída, uno de los más arraigados en el inconciente colectivo desde tiempos remotos, el mismo que provocó la migración de los grupos humanos y aún hoy vierte su discurso asordinado en el oído de cada emigrante.

Pero que este sueño tan comprensible no era de fácil realización, se hace evidente cuando se lee esta nota del Miramar Yath Club citada por Fariñas: “Nuestro club cuenta con cerca de mil socios, y solo existe un número reducido, que no llega a veinte, que se dedican de lleno al sport náutico, lo que no deja de ser lamentable”. Incluso el resplandeciente y exclusivísimo Habana Yatch Club ni en sus mejores momentos contó con una cifra de propietarios de yates que rebasara el 11 por ciento de su membresía, según Fariñas. Y eso en una isla rodeada de agua por todas partes, o como la describió Virgilio Piñera: “La maldición del agua por todas partes”. Nada, que hasta para los más poderosos entre los humanos se cumple esta oscura máxima que reza: “Cuando no se puede, no se puede”.

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Misteriosos trampantojos

SchwetzingenSchlossgartenLa primera vez que escuché la palabra trampantojo, fue, creo, en el título de un óleo de la pintora irlandesa Leonora Carrington, o tal vez de su contemporánea, amiga y colega surrealista la española Remedios Varo. El término se me quedó grabado, y desde entonces ha ejercido sobre mí un efecto extraño, como de oscura fascinación, un misterio, algo que se escapa entre la niebla…

 Pero ¿qué significa esta palabra? Según Wikipedia, Trampantojo:

[…] (en francés –trompe-l’œil, «engaña el ojo») es una técnica pictórica que intenta engañar la vista jugando con el entorno arquitectónico (real o simulado), la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos y de fingimiento, consiguiendo una “realidad intensificada” o “substitución de la realidad”.[] También se utiliza el término “ilusionismo”, que no debe aquí ser confundido con la técnica del mismo nombre que se emplea en la magia […] Los trampantojos suelen ser pinturas murales de acentuado realismo diseñadas con una perspectiva tal que, contempladas desde un determinado punto de vista, hacen creer al espectador que el fondo se proyecta más allá del muro o del techo, o que las figuras sobresalen de él. Pueden ser interiores (que representan muebles, ventanas, puertas o otras escenas más complejas) o exteriores (aprovechando la gran superficie de una pared medianera, o los espacios de muro entre vanos reales). También son abundantes los trampantojos de menor tamaño, algunos pintados o taraceados en muebles o simulándolos (trampantojos llamados “de gabinete”, “de alacena” o “de armero”), especialmente en los tableros de mesa (aparentando todo tipo de objetos, como naipes dispuestos para una partida, láminas de esquinas recurvadas sujetas a un fingido tablero con puntas o alfileres -con lo que se incluyen en el género “cuadro dentro del cuadro[].[] Las naturalezas muertas o bodegones (en holandés betriegerje -pequeño engaño-) [ ]fueron en los siglos XVII y XVIII un género en el que los pintores recurrieron particularmente a la utilización del trampantojo. Obras esenciales del Renacimiento recurren a este efecto, como la de Andrea Mantegna, las grisallas flamencas, los cenacoli florentinos o la pala di San Zaccaria de Giovanni Bellini. Lo mismo ocurre con muchas obras del Barroco; Las Meninas de Velázquez se exhibió durante muchos años en el Museo del Prado de forma que se hacía al espectador “entrar” en el cuadro, con ayuda de un espejo y de la iluminación real de la sala a través de un ventanal dispuesto de manera idéntica a los del Alcázar representados en el lado derecho del cuadro. []En la pintura contemporánea, los surrealistas (especialmente Dalí y Magritte, []y los hiperrealistas utilizan el trampantojo con frecuencia.

También el arquitectura se ha empleado el trampantojo, y son famosos los «engaños» practicados en el Teatro Olímpico de Andrea Palladio, la Scala Regia de Gianlorenzo Bernini (en el Vaticano), la Galería Spada de Francesco Borromini (en el Palazzo Spada) o la escalera Potemkin en Odessa. En cada caso el propósito fue contrarrestar ciertas impresiones o modificar la percepción del espacio mediante la falsificación de efectos arquitectónicos tales como variar la altura de las columnas o la longitud de los escalones para conseguir, en el caso de las escaleras, que parezcan mucho más largas.

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Fresco de Andrea Pozzo en la Iglesia Jesuíta de Viena. La falsa cúpula es un trampantojo

Nosotros los habaneros tenemos un trampantojo de gran trascendencia histórica y estética, aunque, como suele ocurrir cuando algo ha estado demasiado tiempo ante nuestra vista, acabamos por no verlo, si es que alguna vez nos percatamos de su presencia. Se trata del área de conciertos de la sala de la basílica menor del Convento de San Francisco de Asís. En la zona donde se ubican los músicos, los restauradores del inmueble –provenientes en su mayoría de la Escuela Taller “Gaspar Melchor de Jovellanos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad- utilizaron esta técnica pictórica para crear la ilusión de profundidad y la existencia de una cúpula que hoy acoge en su seno un gran óleo de San Cristóbal, patrono de la ciudad. g-basilica-menor-de-san-francisco-de-asis-4-2783También el cine se ha beneficiado por décadas de la técnica del trampantojo, que utilizó con profusión en la creación de decorados, en especial paisajes, hasta que la aparición de los efectos especiales digitales relegaron al trampantojo al baúl de los recuerdos. En el cine –explica Wikipedia- se empleaban técnicas especiales para sacar provecho del trampantojos. Por ejemplo, se pintaba

el “gran” exterior (ciudades, cielo, etc.) en una tabla de madera de pocos metros que se situaba relativamente cerca de la cámara pero ocupando solo una parte del encuadre, mientras que la escena real tenía lugar más lejos y ocupando el resto del encuadre de la cámara; así, haciendo coincidir el borde del trampantojo pintado con la escena real, el efecto es que todo se desarrolla en un gran escenario, cuyo coste de construcción hubiera sido prohibitivo. Incluso se podía llegar a tener todo el decorado como trampantojo, ocupando todo el encuadre, y solo a través de un hueco en él tenía lugar la escena real. Podríamos decir que en el cine, para conseguir este efecto de ilusión óptica, se juega con elementos como la escala (de los distintos elementos que conforman la perspectiva) así como la distancia de la cámara al objeto filmado, y la profundidad de campo.

También se benefició el teatro de este recurso que construye realidad a partir de una ilusión, pues por siglos fueron pintados con técnica de trampantojo los telones de fondo de las puestas en escena, representando paisajes de tierra y de mar, y hasta del inframundo o la bóveda celeste, los cuales, mediante un inteligente manejo de las luces en escena creaban la sensación de que el escenario se prolongaba hasta el infinito.

Los ingleses de la época de la reina Victoria, tan aficionados a matar el tiempo con trucos de salón, parecen haber sido especialmente aficioados al trampantojo. ¿Qué otra cosa, si no, es Alicia en el país del espejo, segundo libro que el profesor de matemáticas Lewis Carroll escribió para Alicia, la más pequeña de las hijas de la familia Liddell…?

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 El trampantojo está hoy más vivo que nunca en el arte moderno, en el arte de las calles, donde se ha convertido en una herramienta que con frecuencia representa las obsesiones más oscuras del hombre actual, las mismas que viven empozadas en su ánimo desde los tiempos más remotos de la especie:

La tierra que se abre bajo nuestros pies y nos precipitamos en sus entrañas de fuego...

La tierra que se abre bajo nuestros pies y nos succiona hacia sus entrañas de fuego…

...o esta otra imagen, donde una calle cualquiera se abre y el Inframunco comienza a vomitar sus habitantes, como en un círculo del Inferno de Dante

…o esta otra imagen, donde una calle cualquiera se abre y el Inframundo comienza a vomitar sus habitantes, como en un círculo del Inferno de Dante

Es tan sencillo que usted mismo puede usar un espejo para crear la ilusión de que su pequeña sala es el doble de amplia o de iluminada que en la vida real. Hasta en el mundo del erotismo se emplea el trampantojo para replicar el número de participantes en una ceremonia. Incluso acabamos de ver en Internet una página que promueve camisetas decoradas con esa técnica. ¿El nombre de la página? Trampantojos. El trampantojo es, pues, una herramienta mágica que puede parir mundos, y como tal, resulta inagotable e insondable, como todo territorio del país de Fantasia.

 

 

 

 

 

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El parque de Madre Teresa de Calcuta en La Habana

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Un sitio de obligada visita en el Casco Histórico de La Habana Vieja es el jardín dedicado a la Madre Teresa de Calcuta, símbolo del amor incondicional a pobres, enfermos y oprimidos que ha constituido siempre la piedra de toque en la prédica del cristianismo. Inaugurado en 1999 en un área aledaña al Convento de San Francisco de Asís, el jardín es amplio, arbolado, con zonas umbrías, y decorado con esculturas de gran valor artístico, entre las cuales ocupa lugar muy principal la de la propia religiosa, realizada en bronce por el escultor cubano José Villa Soberón, también autor de piezas como John Lennon, Hemingway, Benny Moré y El Caballero de París, cuyo estilo realista causa tan gran impacto en quienes las contemplan.

Madre Teresa de Calcuta, cuyo nombre verdadero era Agnes Gonxha Bojaxhiu, nació en 1910 en el seno de una familia católica, en la actual Macedonia, aunque se le reconoce como de nacionalidad albanesa. Siendo aún una niña ingresó en la Congregación Mariana de las Hijas de María, donde inició su actividad de asistencia a los necesitados. Conmovida por las crónicas de un misionero cristiano en Bengala, a los dieciocho años abandonó para siempre su ciudad natal y viajó hasta Dublín para profesar en la Congregación de Nuestra Señora de Loreto. Como quería ser misionera en la India, embarcó hacia Bengala, donde cursó estudios de magisterio y eligió el nombre de Teresa para profesar.

Durante casi veinte años ejerció como maestra en la St. Mary’s High School de Calcuta. Sin embargo, la profunda impresión que le causó la miseria que observaba en las calles de la ciudad la movió a solicitar a Pío XII la licencia para abandonar la orden y entregarse por completo a la causa de los menesterosos.

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En 1948, poco después de proclamada la independencia de la India, obtuvo la autorización de Roma para dedicarse al apostolado en favor de los pobres. Mientras estudiaba enfermería con las Hermanas Misioneras Médicas de Patna, Teresa de Calcuta abrió su primer centro de acogida de niños. En 1950, año en que adoptó también la nacionalidad india, fundó la congregación de las Misioneras de la Caridad, cuyo pleno reconocimiento encontraría numerosos obstáculos antes de que Pablo VI lo hiciera efectivo en 1965. Sus profesas no tardaron en ser reconocidas por su sari blanco ribeteado en azul moviéndose entre los seres más enfermos y desposeídos de la Tierra en la ciudad de Calcuta, que al decir de muchos, parece olvidada de Dios, pero también en el mundo entero pues el ecumenismo de Madre Teresa quedó plasmado en estas palabras suyas:

  “Para nosotras no tiene la menor importancia la fe que profesan las personas a las que prestamos asistencia. Nuestro criterio de ayuda no son las creencias, sino la necesidad. Jamás permitimos que alguien se aleje de nosotras sin sentirse mejor y más feliz, pues hay en el mundo otra pobreza peor que la material: el desprecio que los marginados reciben de la sociedad, que es la más insoportable de las pobrezas.”

Madre Teresa creó una leprosería en Bengala y convenció al Papa Juan Pablo II de abrir un albergue para indigentes en el mismo Vaticano. Fue comisionada por el Papa para mediar en el conflicto de El Líbano, lo que habla muy alto del prestigio que ella gozaba en el mundo entero. Ya muy anciana, aquejada por dolencias cardíacas y respiratorias, Madre Teresa contrajo la malaria, lo que la obligó a delegar como superiora de su Orden en Sor Nirmala, una hindú convertida al cristianismo. Recibió por su labor de compasión y piedad el Premio Nóbel de la Paz, entre otros muchos reconocimientos. Falleció a los 87 años de edad. La llamaban la Santa de las Cloacas.

Escultura_Madre_Teresa_de_CalcutaLo primero que llama la atención de quienes se enfrentan por primera vez al bronce que representa a Teresa de Calcuta en su jardín habanero es su encorvada pequeñez. Cuando uno se para frente a ella tiene la impresión de estar viendo el cuerpo de una niña de ocho años prematuramente envejecido. El escultor Soberón, expresó que él quería integrar al jardín el cuerpo de Madre Teresa de Calcuta en toda su pequeña y, a la vez, enorme humanidad. El destacado intelectual cubano Abel Prieto dejó escritas sus reflexiones sobre la estatua:

“Me impresionó tremendamente aquella mujercita increíble que reza o medita doblada sobre sí misma, como un mínimo bulto irradiante de humanidad, apoyada apenas en el quicio de un bloque muy bajo de mármol, humildísima pero llena de misterio y dignidad, oscura, sí, pero también extrañamente iluminada. Es una pieza extraordinaria, muy lograda, concebida con la mayor mesura y parquedad de recursos”.

 La conservación de la escultura está a cargo de los expertos del antiguo Convento y, a pesar de permanecer al aire libre, solo requiere ser limpiada con una pátina especial cada cierto tiempo, cual si la pureza del alma de Teresa protegiera su alter ego de cualquier suciedad que pudiera mancillarla. Siempre, a cualquier hora, en cualquier momento del año, la anciana de bronce tiene en su regazo o a sus pies flores que depositan en señal de amor y de respeto quienes visitan su parque.

Madre Teresa podría ser canonizada en el próximo Jubileo de la Misericordia, el 4 de septiembre de 2016, aunque el Vaticano no ha confirmado ninguna fecha. La noticia no causará ninguna extrañeza en aquellas personas que se hayan sentado unos instantes en compañía de la Santa y compartido con ella la nube de silencio en que parece estar envuelto su diálogo interior.

En el ambiente recoleto de lugar hay otras esculturas, entre las que sobresale la llamada Mesa del Silencio, realizada por el ceramista Carlos Alberto Rodríguez Pérez, a quien califican de Maestro por el alto nivel de destreza que ha alcanzado en su arte. Considerada una instalación, la Mesa… está hecha en esmalte mate sobre barro. “Se supone –ha dicho su autor- que la familia se reúne alrededor de la mesa no sólo para compartir la comida sino los problemas de la vida cotidiana. Y si falla la comunicación entre sus miembros, esta crisis se puede extender hacia la sociedad”. Muy en concordia con la tesis expuesta por el artista, ceramista y dibujante, las figuras humanas de La Mesa… son de color blanco, para acentuar su inexpresividad, y están sentadas en posiciones que no guardan relación entre sí. “En contraste –explica su creador- los objetos (la mesa y las sillas) son verdes, tienen vida”. Lo cierto es que esta obra conmociona de inmediato a quien la contempla por primera vez, porque produce la impresión de hallarnos ante aquellas figuras humanas desenterradas entre las ruinas y el magma de Pompeya, que al principio parecieron estatuas a sus descubridores, pero que el mundo no tardó en reconocer, horrorizado, como cuerpos humanos vitrificados por el calor del volcán en medio de las más espontáneas poses de la vida. Aunque de un modo mucho más amable, La Mesa… también remite a aquella espantosa colección de ajusticiados mediante los métodos más crueles, que el rey Ferrante de Nápoles hacía trabajar a su taxidermista hasta convertirlos en momias dotadas con la apariencia de la vida, y luego las sentaba ante una mesa bien servida, como remedo de convite, y él en medio de ellas, para refocilarse contemplado las últimas expresiones de terror de quienes en vida fueran sus enemigos. Un conjunto escultórico realmente inquietante esa Mesa del silencio, y sin embargo, hipnótico.

la mesa del silencio

Por toda el área del parque pueden verse esparcidas unas cerámicas en forma de grandes huevos moteados que introducen una nota de color en el follaje, y también podemos contemplar la estatua de una beata con los brazos en cruz, de diseño muy estilizado, en contraste absoluto con el gran realismo que distingue la imagen de Madre Teresa, doblada sobre sí misma en un acto de introspección suprema. No sé por qué, esta escultura siempre me recuerda El grito de Munch, y no me agrada mirarla. Lo que me trasmite es el desgarramiento de un alarido mortal.

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Aunque su presencia en el parque no responda a ningún fin decorativo, las losas fúnebres que flanquean a ambos lados el sendero que cruza el área, se integran al conjunto de un modo sobrecogedor pero muy orgánico, ya que aportan al lugar la quietud de un camposanto. El primer fallecido cuyas cenizas fueron sepultadas allí para su descanso eterno fue la secretaria personal, por más de veinticinco años, del Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana y Director de la Oficina del Historiador de La Ciudad. Con el tiempo, estas reducidas moradas de la muerte han ido aumentando su número, y entre los nombres grabados sobre el mármol pueden reconocerse los de algunas de las más destacadas personalidades de la cultura cubana, tales como Marta Arjona, Lisandro Otero, Liborio Noval y otros. Nunca he entendido por qué ha florecido allí el pequeño cementerio, pues aunque el parque de Madre Teresa es un lugar recoleto y yacer en la Eternidad bajo la protección de la Santa se torna un destino final envidiable, no es menos cierto que la constante presencia de los fieles que acuden a la Iglesia Ortodoxa Griega, ubicada al fondo de la zona, y de los visitantes del lugar perturba la necesaria paz de los difuntos y no les garantiza el reposo a sus almas. De continuar esta proliferación lapidaria, pronto todo el espacio que todavía ocupan las àreas verdes que tanta belleza confieren al parque, desaparecerá, cubierto por esa red de tarjas de bronce y mármol que conmemora memorias idas.

Sin embargo, no son esos los únicos huéspedes incorpóreos que rondan por allí bajo los árboles, pues el Convento de San Francisco de Asís, además del cementerio exterior, cuenta con una cripta donde reposan, desde 1999, los restos del Caballero de París procedentes de Santiago de las Vegas. También muestra la casa religiosa en su museo parte de la mortaja del conquistador de América,  Hernán Cortés, traída desde México para La Habana en 2003 por el investigador y etnólogo Manuel Moreno Fraginals.

También fueron sepultados allí muchos habaneros de todas las razas que lucharon durante la toma de La Habana por los ingleses, entre ellos, el Comandante de la Real Armada Española, Luis de Velasco. Después de 1842 la mayoría de esos cuerpos fueron exhumados y trasladados a sus ciudades natales.

Al fondo del parque se yergue la pequeña edificación de la Iglesia Ortodoxa Griega, sobria, dorada bajo la luz del atardecer, umbral a un estado de beatitud interior que muchos paseantes de La Habana encuentran si querer en sus andares por la urbe que besa el mar, y al que algunos regresamos de vez en cuando para revivir momentos de quietud siempre gratos al espíritu..

 

 

 

 

 

 

 

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IGLESIA ORTODOXA GRIEGA DE CUBA

260px-IglesiaOtodoxaGriegaLos paseantes de ese ámbito mágico que es el Casco Histórico de La Habana Vieja encontrarán en sus calles varios templos, casi todos de confesión católica, desde la propia Catedral de La Habana hasta otras iglesias más pequeñas, pero no menos hermosas. A este conjunto se han sumado dos nuevas construcciones que, aunque también pertenecen a la Iglesia fundada por Cristo, provienen del rito de Oriente. Una de ellas, la Iglesia Ortodoxa Griega, está situada al fondo de uno de los más bellos y recoletos jardines de la ciudad, dedicado a la Madre Teresa de Calcuta, en la parte trasera del Convento de San Francisco de Asís. Su nombre completo es Catedral Ortodoxa de San Nicolás de Mira, y fue consagrada el domingo 25 de enero de 2004 por Su Toda Santidad Bartolomeo, Patriarca Ecuménico.

Según la revista Opus Habana, órgano de prensa de la Oficina del Historiador de la Ciudad, “la iglesia ortodoxa es una de las tres grandes comunidades o iglesias vinculadas al cristianismo (las otras dos son la iglesia católica y las iglesias protestantes surgidas tras la Reforma). Desde una perspectiva histórica, al haber surgido en el seno del imperio bizantino y haberse propagado por la zona oriental de Europa, la ortodoxia es —por tanto— la iglesia cristiana del Oriente, mientras que el catolicismo y el protestantismo lo son del Occidente”.

El arte y arquitectura religiosos del cristianismo ortodoxo tuvieron su origen en la antigua y poderosa ciudad de Bizancio, capital del Imperio Romano de Oriente, que más tarde, bajo la dominación turca iniciada en 1453, fue llamada Constantinopla. El cisma que llevó a la separación de Roma de las iglesias ortodoxas de Oriente fue un proceso demasiado complejo como para intentar exponerlo en este artículo, pero la diferencia teológica mayor entre la ortodoxia oriental y la Iglesia Católica Romana, cuya sede es hoy El Vaticano, consiste en que, mientras la Iglesia romana considera al Espíritu Santo como una emanación del Padre y del Hijo, en lo que conforma el dogma de La Santísima Trinidad, las iglesias ortodoxas solo admiten que el Espíritu emana del Padre.

Afirma Opus Habana que antes de 1959 “existió en Cuba una Comunidad Ortodoxa Griega, compuesta por emigrantes griegos y marineros de esa nacionalidad que ocasionalmente arribaban al país. Junto a ellos participaban en los servicios religiosos emigrados rusos y ucranianos blancos llegados a Cuba después de la Revolución Socialista de Octubre. Con el Triunfo de la Revolución Cubana, la mayoría de los fieles emigraron o fueron falleciendo. En la década del 60 se fundó la congregación ortodoxa cristiana cubana, la que en 1978 se autodisolvió”.

El templo actual debe su nombre al santificado sacerdote Nikolaus, cuyo nombre significa «Protector y defensor de los pueblos». Cuenta Opus Habana que este santo era invocado en casos de peligros, naufragios, e incendios, y se le representaba siempre acompañado de niños, ya que —según los antiguos— curó con sus rezos a unos infantes que habían sido heridos de gravedad por un criminal. En Oriente lo llaman Nicolás de Mira, por ser esta ciudad turca donde fue elegido obispo y realizó numerosos milagros; pero en Occidente se le llama Nicolás de Bari, porque cuando los mahometanos invadieron Turquía, un grupo de católicos sacó de allí en secreto las reliquias del santo y las llevaron a la ciudad de Bari, en Italia. San Nicolás es patrono de los marineros en Rusia, Grecia y Turquía. Los cubanos le hemos conocido desde hace al menos un siglo, cuando llegó a esta isla con el ejército interventor norteamericano, pues el santo se sincretiza en el pensamiento religioso que heredamos del mundo anglosajón nada menos que con Santi Cló, el mismo Santa Klaus barbudo y barrigón de chamarra roja, venados, trineo y saco repleto de regalos que anima las Navidades en los países del frío Norte. Es lógico que en La Habana, puerto de mar, la joven Iglesia Ortodoxa Griega haya querido ponerse bajo la advocación de un santo patrono de marineros. Existen en el mundo más de dos mil templos cristianos dedicados a ese santo tan popular en la antigüedad.

Andando por un sendero flanqueado de lápidas de conmemoran a muertos ilustres, y de esculturas como la llamada Mesa del Silencio, que convoca al recogimiento interior, hallaremos al final, rodeada por la vegetación y brillando al sol con una suave luz dorada, la fachada de esta iglesia habanera donde se combinan la piedra conchífera con los tejares rojos de la techumbre. El templo es de estilo bizantino clásico con planta en cruz, cubiertas abovedadas y una cúpula en el centro.Su exterior, que recuerda levemente una arqueta bizantina, está casi desprovisto de decoración, y ofrece a la mirada una apariencia de austeridad. Su frontón luce un tímpano románico proveniente de una derruida iglesia española del siglo XV, donado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de la Habana, donde aparece Jesús, rodeado de ángeles y apóstoles.

El interior de una iglesia ortodoxa tiene sus características propias, que la diferencian de lo que pudiéramos llamar la escenografía de las iglesias católicas. No encontraremos en su recinto las familiares estatuas policromadas de santos con que estamos tan familiarizados los cubanos desde los tiempos de la Colonia, sino los maravillosos íconos bizantinos, pinturas que representan patriarcas y mártires de la fe consagrados como santos, además de Jesucristo y la Virgen María, llamada por los griegos Teotokos. Los lampadarios son de estilo oriental, de labrado bellísimo. La Iglesia Ortodoxa Griega de La Habana cuenta entre sus piezas más valiosas unos íconos muy especiales en relieves de plata, rescatados de incendios provocados durante la cruenta ocupación turca de Chipre. Se les considera especialmente sagrados porque fueron salvados de las llamas casi intactos. Durante las misas celebradas en el recinto se elevan los portentosos cantos gregorianos, monodias majestuosas que imponen al espíritu la concentración y la paz. El iconostasio, una suerte de tabique decorado con iconos, separa a los fieles del sagrario y el altar, obra en mármol del el escultor cubano Quintanilla.  En medio de la nave, un sitial labrado en maderas preciosas cubanas y cubierto con dosel acoge a altos dignatarios religiosos que visitan el templo en ocasiones especiales. Los Evangelistas están representados en las pechinas de la cúpula central. La luz dentro del templo tiene un suave matiz dorado proveniente de las velas y de los tonos rosáceos de las paredes. A diferencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa, donde no existen asientos y los fieles están obligados a asistir de pie a la larga liturgia, en el templo griego hay 100 sillas de gran belleza torneadas y tapizadas por artesanos capitalinos.

La Iglesia Ortodoxa Griega es la primera iglesia construida en Cuba después de 1959. Los profesionales cubanos de la Oficina del Historiador de la Ciudad elaboraron el proyecto de la Catedral ortodoxa habanera a partir de un croquis y fotos de iglesias bizantinas, y el arquitecto Jaime Rodríguez Cunill y el ingeniero de estructura Pedro Rodríguez Sánchez estuvieron al frente de las obras, ejecutadas íntegramente por los alumnos de la Escuela-Taller de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Interesantes datos sobre la construcción del inmueble aparecen en el artículo de Opus Habana dedicado a la Iglesia Ortodoxa Griega de Cuba, según los cuales

…este inmueble se erige sobre los terrenos que ocupan la parte trasera del Convento de San Francisco de Asís, muy pegados al litoral y —por ende— de difíciles condiciones de cimentación. Y es que junto a la roca caliza de los arrecifes (diente de perro), de gran resistencia, coexisten zonas pantanosas con más de siete metros de profundidad. Fue ésa la causa —comprobada hoy por los especialistas— de que la cúpula y demás estructuras del templo franciscano se derruyeran en el siglo XIX. Para neutralizar esas diferencias del subsuelo y lograr cimentar la iglesia, se tuvo que acudir —entonces— a la solución de fundir en el lugar 52 pilotes de 15 a 17 metros (no podían hincarse a golpes debido a la cercanía de la antigua construcción), con lo cual ya se aseguró la estabilidad de la nueva fábrica. Otro problema que hubo de tenerse en cuenta fue la cercanía del manto freático, pues la humedad sube por capilaridad a los muros si no se toman las medidas adecuadas, lo cual había que evitar ya que el interior del templo ortodoxo está profusamente decorado. Para ello se aplicó una que el interior del templo ortodoxo está profusamente decorado. Para ello se aplicó una impermeabilización total entre la cimentación del edificio y el comienzo de sus paredes.

 Quien desee conocer la Ciudad Vieja, pero, además, encontrar un rincón que invite al recogimiento, la introspección y la elevación del espíritu en medio de una urbe bulliciosa y eruptiva, encamine sus pasos al jardín de la Madre Teresa de Calcuta, siéntese en un banco unos minutos, perciba la brisa que llega de las lápidas olorosa a nardos y azucenas; luego cruce la gran puerta del templo y encienda una pequeña vela en los arenarios del lumbral; déjese envolver por la humareda del incienso y permita a su mente unos instantes de calma. Será, seguramente, una experiencia inolvidable que no exige de ninguno de nosotros una creencia o confesión religiosa, sino, únicamente, el deseo de comulgar con el mundo a través de nosotros mismos, en un ambiente hecho para ayudarnos a lograrlo.

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Gran por ciento de la población no sabe pensar, según científico

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Con este título tan sugestivo publicó Prensa Latina el 26 de junio una breve nota sobre la atrofia de la capacidad de pensar que sufre gran parte de la población mundial, y cito: 

El doctor Schwartz, director del Centro Nacional para Enseñar a Pensar, de Estados Unidos, aseguró que la mayoría no sabe hacerlo porque en la escuela se les ha enseñado a pensar de una manera muy limitada, utilizando únicamente la memoria.

Según Schwartz, Doctor en Ciencias de la Universidad de Harvard, pocas personas en el mundo han aprendido a pensar de forma más amplia y creativa de lo que les enseñaron en la escuela, y el progreso de la humanidad depende de ese tipo de pensamiento.

 Sin embargo, no hay que ser graduado de Harvard para darse cuenta de que las técnicas de aprendizaje basadas en la memorización, que datan de los tiempos de la Escolástica medieval, no son las únicas responsables de que los individuos no desarrollen al máximo de sus posibilidades la capacidad de pensar.

Hay que tomar en cuenta que la capacidad de acceder a la enseñanza implica una posibilidad de desarrollar el pensamiento abstracto, posibilidad que se multiplica para aquellos que pueden acceder a los niveles superiores de la enseñanza, que en ninguna parte del planeta constituyen mayoría, ni siquiera en países como Cuba, cuyo sistema de educación es completamente gratuito y está garantizado para todos los ciudadanos hasta el nivel secundario, pero donde el acceso a los preuniversitarios y las universidades está lastrado por conceptos obsoletos que limitan la entrada de muchos estudiantes con talento para la especialidad que han elegido, pero tal vez con pocas dotes para alguna de las tres asignaturas generales con pruebas de ingreso obligatorias (en especial Matemáticas) que exige nuestro Ministerio de Educación Superior, criba que, más que beneficiar al país, lo perjudica, pues elimina un gran número de jóvenes que tienen que derivar hacia el aprendizaje de oficios cuando hubieran podido convertirse en profesionales universitarios de primera magnitud, tan necesarios para una nación en desarrollo como la nuestra.

Pero las escuelas, cualquiera sea su nivel, no son el único camino para aprender a pensar o para no aprender a hacerlo jamás. Hay otras muchas razones que deberían ser atendidas, como por ejemplo, que vivimos en un mundo donde la comunicación se basa fundamentalmente en consignas. Las consignas, por el contrario de lo que muchos creen, no son únicamente de carácter ideológico. Las consignas son también esas cápsulas publicitarias que alimentan el mercado y promueven un consumismo insaciable donde las personas compran aquel producto que se le dice que es bueno. También han invadido las consignas el terreno de las religiones, pues consigna es, y no otra cosa, esta frase y otras muchas que se le parecen aunque traten asuntos diferentes: “El mundo bajo la Sharia”. Esta consigna, lanzada por el grupo terrorista ISIS, que se hace llamar Estado Islámico, está liderando en el Medio Oriente un movimiento que recluta miles de seguidores en todo el mundo, quienes actúan como los ratones tras el flautista de Hamelin. El poder de las consignas es tan grande y su capacidad movilizatoria tan inmensa precisamente porque inhiben la disposición de los individuos para pensar por sí mismos, apagan la necesidad de ejercer el criterio, puesto que implantan en las personas una percepción del mundo que ya viene en paquete y resulta mucho mas cómoda que aquella que tendríamos que elaborar a partir de nuestras propias vivencias y experiencias.

Influyen también las siglas, aunque parezca cosa de risa, porque las siglas, compuestas por caracteres de escritura, no pertenecen, sin embargo, al territorio de esta, instalado en el hemisferio izquierdo, que es también la sede del pensamiento abstracto, sino se basan en los principios del pictograma, perteneciente al reino de las imágenes, instalado en el hemisferio derecho, sede de los procesos de la intuición y la emocionalidad, regidos a su vez por el cerebro primitivo del hombre, estructura de nuestra masa encefálica que se formó en fases tempranas de la evolución de los primates. Todo aquello que movilice nuestros instintos y emociones tendrá siempre un efecto más rápido y anterior que el razonamiento y, por tanto, un más intenso poder de convocación.

 Conspiran también contra la capacidad de pensar del hombre moderno las nuevas formas del arte, tales como la literatura y el cine basura, y ni hablar de la aparición de formas “musicales” como el reguetón, basadas en esquemas rítmicos remotos, cuya función consistía en movilizar los instintos básicos de la reproducción para facilitar el número de nacimientos en la tribu, siempre amenazada de extinción por los fenómenos naturales y la depredación de otras especies animales.

 En realidad, para comenzar a pensar el primer paso consiste en descubrir que no pensamos, y que algo o alguien lo está haciendo por nosotros, implantando en nuestra mente fórmulas “precocinadas” que son comodísimas, pero dirigen nuestros actos y decisiones sin que seamos conscientes de ello. Tal vez el segundo paso para aprender a pensar sería comenzar a dudar de todo, cuestionárnoslo todo, perder la confianza ciega en todas las doxas que nos han enseñado y que adormecen los instintos y el estado de alerta de la conciencia. Esto es lo que algunas religiones y escuelas de pensamiento, sobre todo las orientales, como el budismo, por citar solo un ejemplo, llaman el estado de sueño, del que es preciso despertar al discípulo para que comience a percibir la realidad por sí mismo, lo cual exige un entrenamiento sistemático y largo que pocos occidentales tendrían tiempo y paciencia para acometer. ¿Cómo despertar entonces al hombre dormido de estos días convulsos que vive la Humanidad? ¿Cómo comenzará a ser capaz de pensar con independencia y se liberará de las redes que le tienden la publicidad, los medios de comunicación, el arte distorsionado, las ideologías, las religiones, las sectas, la cultura, en fin, de la globalización…?

 Pero sospecho que antes de formular estas preguntas habría que comenzar por la primera interrogante en un orden lógico de prioridades: ¿Quiere realmente el hombre actual aprender a pensar por sí mismo…? Y entonces, de algún abismo oscuro e insondable sube una extraña voz que presenta otra pregunta: “¿Quién quiere una Humanidad capaz de pensar por sí misma…?

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CAFÉ, ¡CAFÉ CUBANO TAN RICO! ¿QUO VADIS…?

cafe cubanoRegil, Monte Rouge, Turquino, Caracolillo, Serrano, Cubita, Indiana, ¡ah, qué cafés tan sabrosos…! Caros, sí, poco accesibles para quienes vivimos de salarios en moneda nacional, pero no del todo imposibles… cuando estaban en los estantes de las shopings. Ahora sí la imposibilidad va siendo un hecho consumado, pues en esos mismos estantes el lugar del café cubano ha sido ocupado por cafés que llegan de la Madre Patria o de Viet Nam, con envases muy bonitos, pero el producto es desvaído, sin cuerpo, clarucho, incapaz de satisfacer el exigente paladar de los nativos de esta isla, porque demandamos sabores fuertes y algo picantes, acostumbrados como estamos desde hace siglos a degustar granos que compiten entre los mejores del mundo.

Quienes hemos tenido la suerte de probar cafés de otras tierras –y digo suerte porque siempre lo será la posibilidad de establecer diferencias mediante el conocimiento-, sabemos que, por más que duela a nuestra eterna propensión chovinista a considerar todo lo cubano como lo mejor del mundo, el café cubano no es el mejor del planeta, pero haber catado cafés foráneos nos da la posibilidad de comprobar que el nuestro se encuentra entre los cafés de mas cuerpo y mejor aroma entre todas las variedades existentes. El café de Santo Domingo, por ejemplo, es excelente, y lo mismo el fuerte y amargo café turco, el brasileño, el colombiano…, pero el café cubano sienta plaza entre los mejores, solo que ¿dónde está? ¿Por qué desde hace tiempo su ausencia tristísima ha tenido que ser compensada con la venta en el mercado cubano de cafés importados de otros lugares? Si la población de Cuba no crece, como es noticia lamentada a coro por instituciones, autoridades, órganos de prensa y todo lo que tiene voz en la isla, ¿será, entonces, que está afectada la cosecha? ¿Han muerto en masa los cafetos nacionales?

No, no parece que esta última especulación sea la respuesta, porque de vez en cuando tenemos la enorme alegría de descubrir en los mercados en divisa, semiocultos entre latas de conservas, cajitas de té y botellitas de miel, pequeños sobres de marcas nacionales al discreto precio de 1.75 cuc, lo que significa que todavía germinan cafetos en el suelo patrio. Y si vamos al café El Escorial en la Plaza Vieja, y hacemos una cola que demora casi tanto como recibir una herencia de España, podremos comprar la cantidad de café que seamos capaces de pagar, café marca El Escorial, compuesto por cuatro variedades cubanas, con un aroma tan fuerte que aunque quisiéramos esconderlo de los vecinos no podríamos, café delicioso cuando lo bebemos allí mismo salido de la máquina de colar expreso, pero que a la semana ya pierde aroma y se le debilita notablemente el sabor. Se bebe aún, luego existe, solo que, como escribió Saint Exupery en ese libro imprescindible que es El principito, por ser esencial, el café cubano se nos ha vuelto invisible a los ojos.

 Pero en Internet hay 270 000 sitios dedicados al café cubano; semejante cifra prueba que el café cubano existe, como diría Descartes, y es un hecho imposible de negar.

 Una breve y rápida inmersión en la red nos aporta datos de gran interés. Las variedades de café que se cultivan en nuestro país son Typica, Bourbon, Caturra amarillo y rojo, Catuai amarillo y rojo, San Ramón y Villalobos (ya sabemos que en toda enumeración siempre escapa algo). Sus características organolépticas son la excelente fragancia, el aroma muy fino y delicado, el buen cuerpo balanceado, buena acidez con algunas notas cítricas, limpieza y sabor delicado y dulce. Dentro de nuestras marcas se reconoce la Turquino como la mejor:El Turkino o Turquino Extra, apreciado como el mejor café cubano, se designa por su clasificación y categoría. Esa variedad se desarrolla a menor altitud y posee inferior acidez y bastante cuerpo. Diferenciada por tener gran suavidad, buen aroma y sobre todo, menor concentración de cafeína, la variedad arábica es la que domina el el café de Cuba, destacando así, unos granos de elaboración selecta y fama mundial”.

En el sitio http://www.opciones.cu/turismo/2010-07-26/cafe-cubano-aromatico-y-competitivo/, perteneciente a la revista Opciones, semanario económico y financiero de Cuba, encontramos el artículo Café cubano, aromático y competitivo, firmado por Armando de la Rosa Labrada, sobre el desempeño de la empresa Cuba Café, del que tomamos algunas citas:

Esta agrupación oferta diversos tipos de café para la exportación y la venta en el mercado interno de divisas. Su ubicación en plazas tan rigurosas como las europeas y japonesas se debe a que está considerado entre los de categorías de suaves de alta calidad. A Japón se destina una variedad que se cosecha en la serranía del Escambray y a la cual expertos del país nipón pusieron la marca de Crystal Mountain; sobresale por su aroma, acidez y cuerpo; puede competir -según especialistas- con el Blue Mountain[1], de Jamaica, y es tasado entre los de mejor cotización en el área. En Europa un cuarto de kilogramo de este rubro se vende a unos 20 dólares.

Miguel Pérez Mateo, especialista de CubaCafé, significó que “hemos desarrollado además las marcas Cohíba Atmosphere y el Montecristo Deleggend, asociadas al tabaco -otro de nuestros productos elite-; tienen denominaciones de origen y ya se comercializan”. Se crearon con la autorización de la firma Habanos S.A., distribuidora mundial de los famosos puros cubanos.

“[Cohíba Atmosphere y el Montecristo Deleggend] se nutren con los granos de dos exóticos lugares de las montañas del centro de la Isla, donde el cultivo está matizado con un ambiente único en el que se conjugan suelo y clima”, precisó Pérez Mateo y agregó que con el uso de los nombres de dos famosos tabacos se pretende que los consumidores de estos dos cafés los asocien con Cuba.

Por supuesto, este es uno de los ganchos promocionales de CubaCafé […] La relación con el tabaco de la Isla se mantiene también en la estrategia de distribución, porque se ha planificado que estas marcas se encuentren en las más de 120 Casa del Habano existentes en el mundo y se vendan en los sitios más elitistas.

[…] Con sus excelentes galas y caracteres de sabor y aroma que lo definen como indiscutible gourmet, para este rubro se avizora un amplio camino, por lo pronto CubaCafé ya se ha introducido y gana espacio en mercados internacionales. Sus directivos esperan en los próximos años contar con grandes volúmenes de este aromático producto para la exportación, que generará mayores ingresos a la economía nacional y prestigio a esta producción.

En el sitio de la emisora Radio Habana Cuba, de un artículo firmado por Pedro Martínez Pírez, tomamos estas citas:

Cuba, país que transita por importantes cambios en su economía, está muy necesitada de al menos duplicar su actual producción de café, producto que consume cerca de 90 por ciento de la población de la Mayor de las Antillas.

Decenas de millones de dólares debe invertir Cuba cada año en compras de café, cuyo precio se ha duplicado en el mercado internacional.

En los últimos cuatro años se han incrementado las siembras en las zonas montañosas del país y se ha trabajado en la introducción de un cambio tecnológico y en la modernización de la industria cafetalera, pero la producción está lejos de alcanzar las 24 mil toneladas que se necesitan para satisfacer el consumo nacional y disponer de excedentes para la exportación, especialmente del café tipo Arábico, de reconocida calidad a nivel mundial.

En este Congreso se esperan aportes en cuanto a nuevas técnicas de siembra, cultivo, recolección y procesamiento industrial del café y el cacao, este último rubro muy prometedor para Cuba, aunque tampoco se satisface la demanda y el precio se ha triplicado en los últimos años.

Algunos expertos indican que el incremento de la producción de ambos cultivos podría proporcionar a Cuba un ahorro millonario, por cuanto también el chocolate es de amplio consumo nacional.

¿Qué ciudadano de cualquier parte del mundo no querría asistir al desarrollo económico floreciente de su país natal? ¿Qué buen cubano no querría ver a Cuba rica y poderosa? ¿Qué buen cubano, bebedor o no de café, no querría que regresara la isla a aquellos tiempos en que fue principal productora de café del Nuevo Mundo, antes que la Corona española nos diera la mala con sus leyes cohercitivas sobre nuestro comercio criollo? Como cubana, además de apreciar las ventajas económicas de que el mundo tenga en alta estima nuestros rones y tabacos, y que se haya puesto de moda a nivel internacional nuestro Festival del Habano con sus maridajes entre estos productos y el café, me enorgullece que tantos habitantes del planeta quieran comprar nuestro coffea arabiga.

Solo tengo un problema: sin afectar esos logros, sucede que yo también quiero degustar nuestro café tan sabroso. Yo quiero probar esas variedades de nombres tan exóticos que han sido creadas por CubaCafé, o por lo menos poder comprarme mi Turquino  o mi Caracolillo cada vez que me lo permita mi bolsillo en cuc. Yo, más allá de querer, necesito beber café para mantener mi rendimiento laboral y mi presión arterial en rangos compatibles con la vida, y soy la primera en lamentar que el café proveniente de España y Viet Nam no me cumpla esos objetivos tan modestos como viscerales. Si tengo que apoyar la donación para exportación de la mitad de las hipotéticas 24 mil toneladas de café necesarias para cubrir la demanda interna de la isla (y que según Martínez Pírez no alcanzan para ello) en aras del desarrollo económico de mi suelo patrio, pues adelante…, pero, por favor, ¿podría beberme el resto, aunque no sea en ninguna de esas recetas sofisticadas como el Irish Cofee, por ejemplo, o en las variantes menos pretenciosas de un Capuchino o un express? ¿Aunque solo sea en forma de una mínima tacita de café colado en mi cafetera vieja? Y si este humildísimo deseo tampoco resultara posible, al menos ¿alguien podría explicarme por qué…?

 

 

 

 

[1] Considerado el mejor café del mundo. La aclaración es mía.

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¿Pan ácimo… o ácido? Dilemas del pan en La Habana

 En días recientes ya había notado que, en ocasiones, el pan comprado en el Sylvain de Toyo tenía un ligero sabor ácido y un no tan ligero olor a pasado. Ayer volví, pedí un paquete y la empleada me ofreció uno sin la pequeña etiqueta reglamentaria donde se consigna la fecha de fabricación y la de vencimiento, que ocurre dos días después. Le dije a la empleada que me gustaría llevar un paquete con la etiqueta y ella me ofreció otro que cumplía el requisito, solo que el pan había sido fabricado el día 28 y vencía para consumo el día 30, y estábamos a primero de mes. Ella me señaló con su dedo la etiquetita, para que yo viera la fecha. Pagué mi compra y regresé poco después pidiendo hablar con el Comercial o el Gerente. Me hicieron pasar a una oficina donde me atendió una joven que se presentó como la segunda, quien escuchó mi queja y me acompañó gentilmente al mostrador, donde requirió a la empleada que me había despachad antes. Se me ofreció un segundo paquete de pan del grupo de los que estaban apilados a la izquierda del mostrador, el mismo de donde la empleada había sacado el primer paquete que yo rechacé por falta de la susodicha etiqueta, y la segunda me explicó que esos paquetes sí eran del día, pero la máquina de etiquetar estaba rota, y que los paquetes de pan apilados a la izquierda del mostrador estaban vencidos, pero alguien había olvidado retirarlos.

 En ese momento, la empleada que me había despachado el paquete de pan vencido me confrontó, recordándome con cierta acritud que ella me había señalado la fecha en la etiqueta y yo había estado conforme, puesto que había comprado la mercancía sin protestar. Yo respondí que llevaba espejuelos para ver de lejos y había confiado en ella, y ella, a su vez, me contestó que ella tampoco llevaba sus espejuelos. No vi a nadie retirar los paquetes de pan vencidos apilados a la derecha del mostrador.

 Sin insinuar que existan en esta unidad de ventas prácticas poco ortodoxas que involucren al pan, porque no tengo pruebas para exponer una afirmación de esa envergadura, sí llama la atención que tal cantidad de paquetes de pan vencidos estuvieran sin retirar en la mitad derecha del mostrador 24 horas después de caducar la fecha en que estaban aptos para ser consumidos por la población. Estamos en verano, nuestro clima caliente y húmedo favorece en esta estación del año las enfermedades diarreicas, y trabajadores y estudiantes pronto estarán de vacaciones, por lo que el consumo de un alimento básico como el pan aumentará considerablemente, y con él el riesgo que supone para la salud consumir harina fermentada. No hablemos entonces de sospechas que requerirían una investigación para ser confirmadas; hablemos de negligencia por parte de quien tiene a su cargo la vigilancia de los alimentos vencidos que deben pasar a la categoría de merma y ser inmediatamente retirados de la venta.

 Sin embargo, ¿qué pensar de esta empleada, cuyo primer movimiento fue ofrecerme el pan apto para consumo pero sin etiquetar, y que probablemente ya sabía que la máquina de pegar etiquetas estaba rota y los panes del día estaban saliendo sin marcas y no me lo dijo, y cuyo segundo movimiento fue ofrecerme pan etiquetado pero ya vencido…? ¿Y qué pensar sobre el hecho de que minutos después del incidente, minutos que transcurrieron mientras tenía lugar mi queja, el cambio de paquetes de pan y la defensa de la empleada, los paquetes del producto vencido continuaron en el mostrador…?

 Parece casi un sonsonete repetir, por enésima vez, que en toda época del año los consumidores tienen derecho a recibir en buen estado la mercancía que pagan, pero en el verano hay que tomar medidas extremas para garantizar que los alimentos lleguen al comprador totalmente aptos para ser consumidos sin peligro para la salud. La negligencia, siempre que tenga consecuencias sobre la vida humana, es tan culposa como un delito, si no es aún más criminal.

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EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO

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El juramento hipocrático

Recientemente, mientras leía Fe de vida, las memorias de Dulce María Loynaz, encontré una frase suya que me dejó pensando: “Los médicos son una masonería”. Si no recuerdo mal, el comentario de la gran escritora cubana era mordaz y se refería a un célebre radiólogo de la República, quien, por un error de interpretación en unos Rayos X, mandó al quirófano a un joven de familia importante, el cual fue abierto en canal sin que apareciera por parte alguna el tumor anunciado por aquella insigne celebridad médica, en cuyo gabinete particular se retrataban las vísceras los apellidos más ilustres de la capital.

 Es una verdad de Perogrullo que los médicos se equivocan en sus diagnósticos y tratamientos con mucha más frecuencia de lo que sería deseable, pero errare humanum est, y aunque jamás habrá una disculpa ni un perdón capaces de devolver la vida o la salud a esos “errores” de dos pies imputables a los médicos, hay en este gremio otros comportamientos tan censurables como vergonzosos desde el punto de vista no solo de la ética, sino, fundamentalmente, de la condición humana, y yo me pregunto si en vez de llevar un obsequio costoso a un doctor que nos atiende, no le haríamos mayor favor a la Humanidad recordaándoles a todos los médicos que padecen memoria flaca cómo deben comportarse frente a los pacientes en ciertas situaciones.

 Para empezar, me pregunto cómo es posible que haya instituciones médicas que exigen a los pacientes ingresados firmar un documento donde se comprometen a aceptar cualquier investigación, procedimiento y tratamiento que los doctores decidan aplicar sobre su persona (y no me estoy refiriendo al Consentimiento Informado, que es diferente). En los documentos que publico al final de este artículo queda demostrado que esa exigencia es una práctica absolutamente ilegal, pues si bien algún principio de la Bioética admite que para un médico lo principal es salvar a un paciente, se entiende y queda claramente estipulado que solo en casos en que el paciente se encuentre mentalmente incapacitado (muerte clínica, shock o demencia), se puede proceder a consultar a la persona o personas que estén legalmente a su cargo, o en su defecto, a la institución de donde proviene (asilos, otros hospitales, etc), y solo en caso de los llamados John Nadie, pacientes sin origen conocido, puede el médico actuar sin autorización y sin rendir cuenta a familiares o instituciones, puesto que no los hay.

 Otro caso que en su momento me provocó un shock emocional muy fuerte fue la negativa de un doctor a brindar acceso a su hospital a una paciente que ya había sido internada una vez en la institución y dada de alta con un diagnóstico de fibromialgia que, en el mejor de los casos, no alcanzaba a cubrir todos sus síntomas. La familia de la paciente ni siquiera pedía al doctor que la atendiera personalmente por segunda vez, sino solo que diera acceso a la joven discapacitada a ciertos recursos de ese hospital, de los cuales carecen otras instituciones médicas, y que la remitiera a especialidades más puntuales. El médico se negó tajantemente, alegando que él siempre lograba ayudar al 98 por ciento de los enfermos que acudían a solicitar sus tratamientos, pero que esa enferma era un caso muy difícil y lo mejor sería llevarla a otro hospital. Ante las súplicas desesperadas de la madre de la joven, quien le recordaba a este doctor que el hospital propuesto por él era de muy difícil acceso, este respondió que le tocaba a la familia “resolver” esa situación.

 De menor envergadura, pero de muy duras consecuencias, son las situaciones de maltrato a pacientes y familiares, y que a menudo quedan totalmente impunes, porque como dijo Dulce María, los médicos son una masonería. Los afectados se dividen en dos bandos: los que toleran el maltrato en silencio y al día siguiente le llevan un “regalito” al maltratador para congraciarse con él, y los que defienden sus derechos y su dignidad humana elevando una queja a la Dirección de la institución donde han sido maltratados. Pero ¡oh, sorpresa!, aunque la queja siempre es atendida, los resultados pueden hacer enrojecer las mejillas y la paciencia de los reclamantes. En las respuestas, ya sean verbales o por carta, suelen encontrarse distorsiones, manipulaciones, mentiras descaradas, conclusiones cínicas y todo recurso que sirva para poner a salvo al trabajador de la Medicina que ha incurrido en el delito de maltratar a un paciente, Las comisiones de ética con frecuencia no sancionan al trabajador, sino que justifican su mal comportamiento y condenan al demandante, en un acto de cinismo  que espanta, por provenir precisamente de un sector que se ha comprometido a defender al paciente, su vida y su dignidad por encima de todo, y a hacerle siempre justicia y nunca daño. En el afán de defender a un trabajador de la Medicina que ha maltratado a un paciente, las instituciones son capaces de recurrir a un grupo de técnicas que pueden calificarse, cuando menos, de vandálicas, pues consisten en diferentes tácticas de descalificación, que pueden llegar, incluso, hasta el intento burdísimo de hacerle creer al paciente y a otras personas del entorno que el paciente en cuestión está “psiquiático”, una de las peores acusaciones que se le pueden hacer a una persona en ciertos contextos y culturas, porque la convierte al instante en objeto de burla y arruina en un segundo su credibilidad y su fuerza moral. Más que un diagnóstico nacido de la fabulación y la mala voluntad, es un escupitajo lanzado en pleno rostro de la víctima para humillarla y avergonzarla, para neutralizarla y que se calle.

 Otras estrategias más sutiles consisten en que la Dirección de la institución médica acepta la queja y promete investigar para que no vuelva a suceder. El paciente maltratado y sus familiares esperan, esperan y nunca llegan a saber si en realidad se puso en práctica alguna investigación ni los resultados de la misma, pero los compañeros de trabajo del maltratador comienzan un cerco en cuyo centro el paciente es cazado, hostigado, constantemente provocado, y se le somete a situaciones perversas creadas artificialmente para hacerlo parecer culpable de cualquier cosa. No todos los enfermos, no todas las familias son capaces de soportar ese clima enrarecido de presiones psicológicas, culpabilizaciones y hostilidad enmascarada, pero permanente, que en realidad es una forma de acoso moral, figura delictiva reconocida en los cuerpos de leyes de muchos países hasta la fecha. Las personas de mayor fragilidad emocional se afectan considerablemente, y todo aquel que haya sido objeto de algún tipo de cacería de brujas entenderá de qué hablo. El malestar en el ambiente se acumula, crece la tensión silenciosa, y el enfermo, quien debería disfrutar en paz el tratamiento que ha ido a buscar en esos médicos, enfermeras y técnicos para mejorar su calidad de vida, está constantemente nervioso, expectante, sabiendo que se le observa y se le acecha. Mientras, los familiares asisten impotentes a esta tortura, sabiendo que si insisten en quejarse, el cerco se estrechará en torno a su ser querido. Hay pacientes que abandonan las terapias. Otros sufren diversas alteraciones como hipertensión, insomnio, ansiedad, pero no se van del servicio porque necesitan alivio, por lo que siguen constantemente expuestos a las técnicas mafiosas de la “masonería” de blanco.

 ¿Y aquellos médicos que habiendo indicado a un paciente un tratamiento que causa estragos en su salud, se niegan a retirarlo ni a cambiarlo por otro, desatendiendo y desacreditando las quejas y argumentos del paciente y su familia, y si el enfermo se niega a seguir sufriendo los efectos nocivos, lo amenazan con abandonarlo a su suerte?

 ¿Y los médicos de una sala que ante el error de diagnóstico del jefe del team optan por callar para no provocar la hostilidad del superior, y permiten con su silencio cómplice que el enfermo sea dañado, y además, engañado con un diagnóstico inservible que en lugar de darle alivio empeorará su dolencia?

 Sé que hay médicos muy dignos que jamás incurrirían en las máculas que he enumerado en este artículo (ni en otras que no menciono); médicos  conscientes del dolor infinito que pueden provocar en enfermos y familiares, y muestran compasión y dan apoyo emocional; que nunca olvidan que un enfermo y quienes cuidan de él son un grupo de seres frágiles, inmersos a veces en verdaderas tragedias, en tristezas y penas que minan el bienestar y el equilibrio de los seres humanos obligados a soportarlas; médicos que saben que la enfermedad es una desgracia y tratan de llevar a los desgraciados alivio y comprensión; médicos nobles, capaces, prudentes, solícitos. Esos médicos cuya prioridad es ayudar, respetar y salvar a quienes sufren, existen en cualquier parte del mundo, porque la abnegación no es atributo exclusivo de ningún país, pero muy lamentablemente en todas partes hay médicos, enfermeras, técnicos y otros especialistas de la Salud que actúan de forma sádica, o muestran una indiferencia de mármoles ante lo que constituye el objeto único de la profesión que eligieron: los otros seres humanos.

 Para estas personas fallidas, sin conciencia, sin ética, que son la vergüenza de la Medicina universal y se benefician, con profundo dolor e indignación de quienes somos testigos, de la más absoluta y hermosa impunidad, y también para sus víctimas, los enfermos en primer lugar, y los familiares angustiados, reblogueo a continuación el juramento hipocrático que presta el personal de la Salud en muchísimos países de este planeta, algunas versiones modernizadas del mismo, el juramento personal del célebre médico judío Maimónides, y los cuatro principios fundamentales de la Bioética. No espero que este post remueva conciencias turbias, porque para que la conciencia sea susceptible de cualquier reacción primero tiene que existir y no estar en tinieblas. Pero sí espero poder ayudar a quienes han sido, son y serán en la Tierra las víctimas de elección de estos “masones” que pervierten los más sagrados y puros principios de la profesión de salvar, aliviar y dignificar a los que sufren.

 Muchas veces en la vida somos impotentes y no podemos defendernos de la violencia que se nos hace; tenemos que sufrir y soportar, o abandonar las instituciones con el consiguiente riesgo para nuestra salud; tenemos que vivir en la rabia y la humillación, pero tenemos al menos la libertad, y el derecho, de decir a la cara de quien nos agrede y nos daña que sabemos quién es y cómo obra, y que no pueden confundirnos ni engañarnos. Tenemos el derecho de decirles que son personas despreciables y siniestras, y lo sabemos.

 EL JURAMENTO HIPPOCRÁTICO

El juramento hipocrático es un juramento público que hacen las personas que van a empezar sus prácticas con pacientes o se gradúan en medicina, farmacia, veterinaria, psicología, tecnología médica, fisioterapia, logopedia, odontología y enfermería, lo hacen igualmente otras personas del área de la salud. Se hace ante los otros médicos, doctores y ante la comunidad. Su contenido es de carácter ético, para orientar la práctica de su oficio, es también el juramento que se basa a partir de la responsabilidad del ser humano y conciencia de ella. Índice [ocultar] 1 Historia 2 Texto del juramento hipocrático clásico 3 Versión del juramento hipocrático de la Convención de Ginebra 4 Versión del Juramento Hipocrático de Louis Lasagna 5 Véase también 6 Enlaces externos Historia[editar] Busto de Hipócrates hecho por RubensDurante casi dos mil años la medicina occidental y árabe estuvo dominada teóricamente por una tradición que, remontándose al médico griego Hipócrates (siglo V a. C.), adoptó su forma definitiva de la mano de Galeno, un griego que ejerció la medicina en la Roma imperial en el siglo II. Según la tradición, fue redactado por Hipócrates o un discípulo suyo. Lo cierto es que forma parte del corpus hipocráticum, y se piensa que pudo ser obra de los pitagóricos. Según Galeno, Hipócrates creó el juramento cuando empezó a instruir, apartándose de la tradición de los médicos de oficio, a aprendices que no eran de su propia familia. Los escritos de Galeno han sido el fundamento de la instrucción médica y de la práctica del oficio hasta casi el siglo XX.

A partir del Renacimiento, época caracterizada por la veneración de la cultura grecolatina, el juramento empezó a usarse en algunas escuelas médicas, y esa costumbre se ha ido ampliando, desde el siglo XIX, en algunos países, y desde la Segunda Guerra Mundial en otros, aunque es completamente ignorada en muchos. Aun cuando sólo tenga en la actualidad un valor histórico y tradicional, allí donde se pronuncia, el tomarlo es considerado como un rito de pasaje o iniciación después de la graduación, y previo al ingreso a la práctica profesional de la medicina.

En el período clásico de la civilización griega sobresalió el arte de curar. Aunque seguía contemplando principios religiosos, la curación ya no estaba orientada por la magia, sino por lo clínico. En esa época se escribió el primer escrito ético relacionado con el compromiso que asumía la persona que decidía curar al prójimo; el compromiso del médico era actuar siempre en beneficio del ser humano, y no perjudicarlo.

El contenido del juramento se ha adaptado a menudo a las circunstancias y conceptos éticos dominantes de cada sociedad. El Juramento hipocrático ha sido actualizado por la Declaración de Ginebra de 1948. También existe una versión, muy utilizada actualmente en facultades de Medicina de países anglosajones, redactada en 1964 por el doctor Louis Lasagna.

Texto del juramento hipocrático clásico

Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.

Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos.

Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Texto original en español:

Juro por Apolo médico, por Esculapio, Higía y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, tomándolos como testigos, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento y compromiso:

Venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte, compartir con él mis bienes y asistirles en sus necesidades; considerar a sus hijos como hermanos míos, enseñarles este arte gratuitamente si quieren aprenderlo; comunicar los preceptos vulgares y las enseñanzas secretas y todo lo demás de la doctrina a mis hijos y a los hijos de mis maestros, y a todos los alumnos comprometidos y que han prestado juramento, según costumbre, pero a nadie más.

En cuanto pueda y sepa, usaré las reglas dietéticas en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño e injusticia.

Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura.

No tallaré cálculos sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas.

En cualquier casa que entre, lo haré para bien de los enfermos, apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, principalmente de toda relación vergonzosa con mujeres y muchachos, ya sean libres o esclavos.

Todo lo que vea y oiga en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no debe ser divulgada, lo callaré y lo guardaré con secreto inviolable.

Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario.

Versión del juramento hipocrático de la Convención de Ginebra

Ha habido varios intentos de adaptación del juramento hipocrático a lo largo de la historia. En 1948, se redactó un juramento hipocrático en la convención de Ginebra, con el texto siguiente:

En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad.

Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores.

Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones.

Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí.

Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos.

No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase.

Tendré absoluto respeto por la vida humana.

Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad.

Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor.

Versión del Juramento Hipocrático de Louis Lasagna

Una versión del juramento muy utilizada actualmente, sobre todo en países anglosajones, es la versión redactada en 1964 por el Doctor Louis Lasagna, Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tufts. El texto, en su traducción al castellano, dice así:

Prometo cumplir, en la medida de mis capacidades y de mi juicio, este pacto.

Respetaré los logros científicos que con tanto esfuerzo han conseguido los médicos sobre cuyos pasos camino, y compartiré gustoso ese conocimiento con aquellos que vengan detrás.

Aplicaré todas las medidas necesarias para el beneficio del enfermo, buscando el equilibrio entre las trampas del sobretratamiento y del nihilismo terapéutico.

Recordaré que la medicina no sólo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano o el medicamento del químico.

No me avergonzaré de decir «no lo sé», ni dudaré en consultar a mis colegas de profesión cuando sean necesarias las habilidades de otro para la recuperación del paciente.

Respetaré la privacidad de mis pacientes, pues no me confían sus problemas para que yo los desvele. Debo tener especial cuidado en los asuntos sobre la vida y la muerte. Si tengo la oportunidad de salvar una vida, me sentiré agradecido. Pero es también posible que esté en mi mano asistir a una vida que termina; debo enfrentarme a esta enorme responsabilidad con gran humildad y conciencia de mi propia fragilidad. Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios.

Recordaré que no trato una gráfica de fiebre o un crecimiento canceroso, sino a un ser humano enfermo cuya enfermedad puede afectar a su familia y a su estabilidad económica. Si voy a cuidar de manera adecuada a los enfermos, mi responsabilidad incluye estos problemas relacionados.

Intentaré prevenir la enfermedad siempre que pueda, pues la prevención es preferible a la curación.

Recordaré que soy un miembro de la sociedad con obligaciones especiales hacia mis congéneres, los sanos de cuerpo y mente así como los enfermos.

Si no violo este juramento, pueda yo disfrutar de la vida y del arte, ser respetado mientras viva y recordado con afecto después. Actúe yo siempre para conservar las mejores tradiciones de mi profesión, y ojalá pueda experimentar la dicha de curar a aquellos que busquen mi ayuda

Muchos siglos después el médico judío cordobés, Maimónides, sobre la dura experiencia de su vida, formuló en líneas más breves la guía moral del médico. Maimónides nació en 1135, y se vió obligado a emigrar por la intransigencia mahometana. Pasó al Africa del Norte, se estableció en Fez, y más tarde se trasladó a Palestina y a Egipto. Fue en Acre durante las cruzadas médico de Ricardo Corazón de León; luego éste ofreció a Maimónides el puesto permanente, que fue rehusado por el médico.

Sus escritos cuentan entre los mejores documentos de medicina medieval. Este es el Juramento de Maimónides:

“La Providencia Eterna me ha encargado la misión de cuidar vida y salud de sus creaturas. A ella ruego que el amor por mi arte me fortalezca en todas las ocasiones; que nunca desvíen mis propósitos la avaricia ni la mezquindad, el afán de gloria o de gran reputación; que los enemigos de la verdad y la filantropía no puedan impedir mi ánimo de servir a sus hijos; que siempre vea en el enfermo una creatura adolorida. Dame fuerza, tiempo y oportunidad para aumentar mis conocimientos y abjurar de mis errores, porque la ciencia es inmensa y el espíritu del hombre puede enriquecerse siempre con nuevas enseñanzas. Que en el día de hoy descubra mis desaciertos de ayer, y en el de mañana vea con nuevas luces lo que hoy me parece seguro. Dios mío: me has señalado la labor de vigilar la vida y la muerte de tus criaturas; aquí estoy, atento a mi vocación hasta que quieras llamarme a tu seno”.

JURAMENTO MÉDICO DE MAIMÓNIDES *

Que yo sea moderado en todo, excepto en el conocimiento del arte; que con respecto a él sólo sea yo insaciable; que siempre quede alejada de mí la idea de saberlo todo y de conocerlo todo; concédeme fuerzas, tiempo, oportunidad y ocasión para rectificar siempre los conocimientos adquiridos, para extender su dominio; porque el arte es grandioso, y el espíritu del hombre puede igualmente extenderse indefinidamente, enriquecerse cada día con nuevos conocimientos; puede descubrir hoy muchos errores, y su saber de ayer y la jornada de mañana pueden traerle luces que no ha sospechado hoy.

BIOÉTICA

La bioética es la rama de la ética que se dedica a proveer los principios para la conducta correcta del humano respecto a la vida, tanto de la vida humana como de la vida no humana (animal y vegetal), así como al ambiente en el que pueden darse condiciones aceptables para la vida.

Se trata de una disciplina relativamente nueva, y el origen del término corresponde al pastor protestante, teólogo, filósofo y educador alemán Fritz Jahr, quien en 1927 usó el término Bio-Ethik en un artículo sobre la relación ética del ser humano con las plantas y los animales.[1] Más adelante, en 1970, el bioquímico estadounidense dedicado a la oncología Van Rensselaer Potter utilizó el término bio-ethics en un artículo sobre “la ciencia de la supervivencia”[2] [3] [4] y posteriormente en 1971 en su libro Bioetica un puente hacia el futuro.

En su sentido más amplio, la bioética, a diferencia de la ética médica, no se limita al ámbito médico, sino que incluye todos los problemas éticos que tienen que ver con la vida en general, extendiendo de esta manera su campo a cuestiones relacionadas con el medio ambiente y al trato debido a los animales. Se han formulado una serie de definiciones respecto a la disciplina de la Bioética, siendo una de ellas la adoptada por la Unidad Regional de Bioética de la OPS, con sede en Santiago de Chile y que, modificada por el S.J. Alfonso Llano Escobar en una revista de la especialidad, define a la Bioética como “el uso creativo del diálogo inter y transdisciplinar entre ciencias de la vida y valores humanos para formular, articular y, en la medida de lo posible, resolver algunos de los problemas planteados por la investigación y la intervención sobre la vida, el medio ambiente y el planeta Tierra”.[5] Sin embargo, cabe destacar, que ya en 1978, el Kennedy Institute de la Universidad jesuita de Georgetown en Estados Unidos, había publicado la primera Enciclopedia de Bioética en cuatro volúmenes, dirigida por Warren Reich, un teólogo católico, donde se define a la Bioética como el “estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y la salud, examinado a la luz de los valores y principios morales”.[6]

Principios fundamentales de la bioética

En 1979, los bioeticistas Tom L. Beauchamp y James F. Childress,[9] [10] definieron los cuatro principios de la bioética: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia. En un primer momento definieron que estos principios son prima facie, esto es, que vinculan siempre que no colisionen entre ellos, en cuyo caso habrá que dar prioridad a uno u otro, dependiendo del caso. Sin embargo, en 2003 Beauchamp[11] considera que los principios deben ser especificados para aplicarlos a los análisis de los casos concretos, o sea, deben ser discutidos y determinados por el caso concreto a nivel casuístico.

Los cuatro principios definidos por Beauchamp y Childress son:

Principio de autonomía

La autonomía expresa la capacidad para darse normas o reglas a uno mismo sin influencia de presiones externas o internas. El principio de autonomía tiene un carácter imperativo y debe respetarse como norma, excepto cuando se dan situaciones en que las personas puedan no ser autónomas o presenten una autonomía disminuida (personas en estado vegetativo o con daño cerebral, etc.), en cuyo caso será necesario justificar por qué no existe autonomía o por qué ésta se encuentra disminuida. En el ámbito médico, el consentimiento informado es la máxima expresión de este principio de autonomía, constituyendo un derecho del paciente y un deber del médico, pues las preferencias y los valores del enfermo son primordiales desde el punto de vista ético y suponen que el objetivo del médico es respetar esta autonomía porque se trata de la salud del paciente.

Principio de beneficencia 

Obligación de actuar en beneficio de otros, promoviendo sus legítimos intereses y suprimiendo prejuicios. En medicina, promueve el mejor interés del paciente pero sin tener en cuenta la opinión de éste. Supone que el médico posee una formación y conocimientos de los que el paciente carece, por lo que aquél sabe (y por tanto, decide) lo más conveniente para éste. Es decir “todo para el paciente pero sin contar con él”.

Un primer obstáculo al analizar este principio es que desestima la opinión del paciente, primer involucrado y afectado por la situación, prescindiendo de su opinión debido a su falta de conocimientos médicos. Sin embargo, las preferencias individuales de médicos y de pacientes pueden discrepar respecto a qué es perjuicio y qué es beneficio. Por ello, es difícil defender la primacía de este principio, pues si se toman decisiones médicas desde éste, se dejan de lado otros principios válidos como la autonomía o la justicia.

Principio de no maleficencia (primum non nocere) 

Abstenerse intencionadamente de realizar acciones que puedan causar daño o perjudicar a otros. Es un imperativo ético válido para todos, no sólo en el ámbito biomédico sino en todos los sectores de la vida humana. En medicina, sin embargo, este principio debe encontrar una interpretación adecuada pues a veces las actuaciones médicas dañan para obtener un bien. Entonces, de lo que se trata es de no perjudicar innecesariamente a otros. El análisis de este principio va de la mano con el de beneficencia, para que prevalezca el beneficio sobre el perjuicio.

Las implicaciones médicas del principio de no maleficencia son varias: tener una formación teórica y práctica rigurosa y actualizada permanentemente para dedicarse al ejercicio profesional, investigar sobre tratamientos, procedimientos o terapias nuevas, para mejorar los ya existentes con objeto de que sean menos dolorosos y lesivos para los pacientes; avanzar en el tratamiento del dolor; evitar la medicina defensiva y, con ello, la multiplicación de procedimientos y/o tratamientos innecesarios.

Aparece por primera vez en el Informe Belmont (1978).

Principio de justicia 

Tratar a cada uno como corresponda, con la finalidad de disminuir las situaciones de desigualdad (ideológica, social, cultural, económica, etc.). En nuestra sociedad, aunque en el ámbito sanitario la igualdad entre todos los hombres es sólo una aspiración, se pretende que todos sean menos desiguales, por lo que se impone la obligación de tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales para disminuir las situaciones de desigualdad.

El principio de justicia puede desdoblarse en dos: un principio formal (tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales) y un principio material (determinar las características relevantes para la distribución de los recursos sanitarios: necesidades personales, mérito, capacidad económica, esfuerzo personal, etc.).

Las políticas públicas se diseñan de acuerdo con ciertos principios materiales de justicia. En España, por ejemplo, la asistencia sanitaria es teóricamente universal y gratuita y está, por tanto, basada en el principio de la necesidad. En cambio, en Estados Unidos la mayor parte de la asistencia sanitaria de la población está basada en los seguros individuales contratados con compañías privadas de asistencia médica.

Para excluir cualquier tipo de arbitrariedad, es necesario determinar qué igualdades o desigualdades se van a tener en cuenta para determinar el tratamiento que se va a dar a cada uno. El enfermo espera que el médico haga todo lo posible en beneficio de su salud. Pero también debe saber que las actuaciones médicas están limitadas por una situación impuesta al médico, como intereses legítimos de terceros.

La relación médico-paciente se basa fundamentalmente en los principios de beneficencia y de autonomía, pero cuando estos principios entran en conflicto, a menudo por la escasez de recursos, es el principio de justicia el que entra en juego para mediar entre ellos. En cambio, la política sanitaria se basa en el principio de justicia, y será tanto más justa en cuanto que consiga una mayor igualdad de oportunidades para compensar las desigualdades.

¡Dios de la bondad! Me has elegido para velar sobre la vida y la muerte de las criaturas; héme aquí que me dispongo a mi vocación”.

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CUBA EN SUS PARQUES

En 1958, cuando yo era niña, mi padre solía llevarme por las tardes al parque de La Asunción, en el reparto del mismo nombre donde vivíamos. Allí me encontraba con la gente menuda de los alrededores y con sus padres y abuelitos. La actividad central, casi la única, consistía en que los mayores ayudaran a los niños a deslizarse por la canal, girar en el tiovivo, impulsarles en las hamacas. Algunos niños prefrían hacer castillos con la arena que cubría el piso del parque. Había algunos perritos de vecinos, bien bañados y cepillados, que daban vueltas con andares lentos y oliscaban las patas de los bancos y los macizos de flores. Había un guardaparques uniformado y un señor con sombrero y guayabera que vendía juguetes baratísimos colgados de una tabla.

En 1968, cuando fui adolescente, iba al parque de La Asunción con mis novios. No éramos la única pareja, pero tampoco había muchas, porque los niños con sus familias seguían siendo los principales usuarios del parque, y los enamorados teníamos que escondernos muy bien para besarnos. Y desde luego, estaban los perritos… Por las tardes, mi padre me castigaba porque las señoras amigas suyas que vivían en las bellas mansiones alrededor del parque le habían contado escandalizadas mis “fechorías” eróticas.

En 1981, cuando matriculé en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, iba sola a mi parque a leer o a estudiar. Llegaba cargada de libros, escogía un banco debajo de un árbol, un banco de hierro con listones de madera pintados de un verde que relucía bajo la luz del atardecer. Entre página y página, miraba jugar a los niños y corretear a los perritos…

En 1986, cuando mi hija nació, enseguida comencé a llevarla a mi parque, y pronto se convirtió en uno de aquellos niños que desde hacía décadas jugaban en el parque de La Asunción, montaban en sus aparatos, hacían castillos de arena y arrastraban juguetes soviéticos entre los macizos de flores. Teníamos dos amigos de cuatro patas que carecían de dueño, pero alguna vecina piadosa les llevaba comida cada día. Yo conocía a todos los habitantes del reparto. Las personas se saludaban al pasar y en las calles había un silencio lleno de placidez.

Hoy, en 2015, vivo en Santos Suárez, a solo dieciocho cuadras de La Asunción, y en la esquina de mi casa está el parque del mismo nombre, donde estuvo una de las dos bibliotecas públicas al aire libre que alguna vez tuvo La Habana. Hoy es la biblioteca de una escuela primaria y nadie ajeno a ella puede pasar a tomar un libro para leer en la floresta. El parque suele estar repleto de adolescentes flacos  en uniforme de secundaria que arman un ruido insoportable, y tienen allí sus clases de educación física. Todos los días y a toda hora, un montón de “peloteros” de cualquier edad convierten los senderos del parque en auténticos “pasos de la muerte”, donde un pelotazo puede dejar a cualquiera contando ovejas en el aire para el resto de la vida. Hay un par de bancos ocupados a perpetuidad por los alcohólicos del barrio, quienes duermen, comen y hacen allí vida social; al amanecer se les puede ver dormidos, envueltos en andrajos, con las botellas vacías bajo los bancos de piedra como guardianes de un sueño que se parece al no-ser. En otros bancos se ven parejas maduras en poses grotescas y faltas de gracia. En un área cercana al fondo de la secundaria aparecen los fines de semana dos o tres payasos patéticos, rodeados por algunos niños que, solos o con sus padres, matan el tiempo mirando de soslayo esos cuerpos disfrazados y esas narices rotas que no arrancan a nadie una sonrisa, mientras una música absurda y machacona, casi siempre un reguetón, brota de un altavoz oculto entre el follaje. Algunos niños cultivan su sensibilidad golpeando perros y gatos, apedreando pajaritos, abriendo en canal lagartos y otros insectos previamente cazados con tal propósito. Donde hubo rosales y marpacíficos ahora florecen manos de platanitos atados con cintas, gallinas decapitadas, calabazas hundidas por el ícor de la podredumbre. Los bancos de piedra están mellados, como si una bestia misteriosa les hubiera atacado a dentelladas. En un banco disimulado tras un muro se reúnen algunos jóvenes de mala catadura y hacen apuestas extrañas, pero uno sabe que de algún modo se relacionan con los mundiales de fútbol o de pelota. No hay un banco para leer, o simplemente para sentarse a mirar los árboles y tomar el fresco en silencio, para meditar. Las familias, compuestas casi siempre únicamente por madres encolerizadas y mal vestidas, apenas prestan atención a sus criaturas, quienes corren destrozándolo todo a su paso. En una esquina del parque, un círculo de abuelos se menea al ritmo de unas claves tocadas por el instructor.

 En mi parque de La Asunción ya no hay aparatos para diversión de los niños, y el área enrejada que antes ocuparon parece ahora la arena desolada de un circo de gladiadores en desuso. De los bancos solo quedan fragmentos de la armazón de hierro, los listones verdes desaparecieron hace mucho tiempo. Las plantas, mustias, terminaron por ceder su lugar a montones de hojarasca y basura vecinal. A los perritos se los llevó Zoonosis.

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