¿SE DEPRIMÍAN LOS HUMANOS EN LA ANTIGÜEDAD…?

arqueologia-vasijasUn reciente hallazgo arqueológico sorprende al mundo: en la antigua ciudad romana de Bathonea, localizada en el distrito de Avcilar a la orilla del lago Kücükcekmece, hoy Turquía, han sido desenterradas más de 700 botellas de vidrio y cerámica con restos de antidepresivos y medicamentos para el corazón. Además de ser la primera vez que se encuentra en un único sitio tal número de vasijas antiguas, parece que el hallazgo también aporta datos sobre el asedio de Constantinopla, antigua Bizancio, por una fuerza conjunta ávaro-sasánida, que tuvo lugar en el año 626.

Desde su aparición sobre la Tierra los monos antropoides han tenido sobrados motivos para estar estresados: terribles fenómenos naturales, ataques de bestias feroces, oscuridad total tras la puesta del sol, lo que creaba un mundo misterioso e impenetrable en cuyas espesas tinieblas tenían que aventurarse los desvalidos primeros homínidos, guerras territoriales, canibalismo, hambrunas, y el tremendo misterio de la muerte. Es de suponer que, al igual que sucede al hombre moderno, tras períodos de estrés largamente sostenido sobrevinieran reacciones depresivas. La emocionalidad del hombre primitivo y el hombre antiguo estaba sometida a un constante desequilibrio.

Sin embargo, me parece sumamente interesante que este hallazgo se haya producido en territorios de la Turquía moderna, porque casualmente en esos lugares los arqueólogos han descubierto en la región de Capadocia las mayores ciudades subterráneas, vale decir, trogloditas, que se conocen hasta hoy, como la célebre y ciclópea Derinkuyu, en la provincia de Nevşehir, Anatolia central y, también, al sur de ese país, el ejemplo más antiguo de arquitectura monumental encontrado hasta la fecha, el templo de Gobekli Tepe, erigido hace unos 11 600 años, siete milenios antes que la Gran Pirámide de Gizeh y Stonehenge. Y digo que me parece interesante porque además del número de botellas encontrado por los arqueólogos, estos hallaron muy cerca de ellas restos de plantas medicinales, morteros de varios tamaños y una estufa. Eso indica que existía en el sitio un centro de producción de estos medicamentos, que al ser analizados arrojaron altos contenidos de metanona y fenantreno, sustancias que aún hoy son utilizadas contra la depresión por tener un efecto calmante.

¿Podemos especular que esta farmacia rudimentaria no fue la única, y que los primitivos habitantes de aquellas tierras tenían ciertas nociones de psiquiatría? Sin duda es algo que podemos suponer sin caer en el feo pecado de la divagación. Entenderemos lo muy necesarios que resultaban estos medicamentos si pensamos que en muchas ciudades trogloditas de Turquía, entre las cuales Derinkuyu (de 5 000 años de antigüedad), es la de mayor extensión, la población se recluía durante meses, y a veces hasta años, para escapar del asedio de ejércitos enemigos. Así aparece descrita Derinkuyu en Wikipedia:

[…] las personas que vivían en Anatolia habían excavado sus casas bajo tierra y vivían en alojamientos lo suficientemente grandes como para albergar una familia, sus animales domésticos y los suministros de alimentos que éstos almacenaban.
La facilidad de excavar el suelo volcánico de la zona, llevó a los moradores de Derinkuyu a crear una ciudad de varios niveles subterráneos, que fue utilizada como refugio de las frecuentes invasiones a Capadocia, en las diversas épocas de su ocupación.

Las excavaciones arqueológicas modernas comenzaron en 1963, y han llegado a los cuarenta metros de profundidad, revelando la existencia de entre 18 a 20 niveles subterráneos, aunque solamente es posible visitar los ocho niveles superiores. El resto está parcialmente obstruido, o reservado para la investigación arqueológica y antropológica. Fue abierta a los visitantes en 1969 y hasta la fecha sólo el diez por ciento de la ciudad subterránea es accesible para los turistas.

En el interior de la ciudad, pueden observarse establos, comedores, salas para el culto, cocinas (aún ennegrecidas por el hollín de los hogares), prensas para el vino, bodegas, cisternas de agua y áreas habitacionales. La ciudad cuenta con pozos de agua y galerías de comunicación.

En total, se han detectado 52 pozos de ventilación. Se calcula que estas instalaciones eran suficientes para dar refugio a diez mil personas. El laberinto de corredores cuenta además con tres puntos estratégicamente seleccionados, cuyo acceso podía ser bloqueado, desplazando las rocas adyacentes; impidiendo así la entrada de visitantes indeseados. Además, la ciudad tiene un túnel de casi 8 km de largo, que se cree la conectaba con la vecina ciudad subterránea de Kaymakli.

Sabemos por consultas realizadas a otras fuentes, que en Derinkuyu y otros de estos asentamientos había hasta áreas para taberna, de donde se deduce que aquellos sepultados en vida daban mucha importancia a la recreación.

0012030961Pero a pesar del complejo y hasta moderno planeamiento urbanístico de estas ciudades trogloditas, lo cierto es que la luz solar no llegaba a ellas, y la luz solar es la principal inductora de la producción de serotonina, también llamada la hormona de la felicidad (en realidad es un neurotransmisor) uno de los principales neuroquímicos que intervienen en el buen estado anímico del ser humano y que también afecta al funcionamiento vascular así como a la frecuencia del latido cardiaco. Si el cerebro no puede contar con las necesarias cantidades de serotonina sobrevienen estados de anhedonia o displacer, que devienen estados depresivos. En Derinkuyo y otras ciudades trogloditas turcas se han encontrado pasadizos con habitaciones que se cerraban desde dentro con mecanismos que accionaban enormes ruedas de piedra, y numerosa familias permanecían así enclaustradas para impedir que el enemigo pudiese llegar hasta ellas. Demasiado tiempo sin luz y en confinamiento: necesitaban antidepresivos, sin duda. Se calcula que en algún momento llegaron a habitar en esta ciudad unas 20 000 personas. ¿Podemos imaginar a toda esa gente encerrada en 17 kilómetros de túneles subterráneos distribuidos en más de 11 niveles hacia el centro de la Tierra, sabiendo que afuera los aguardaba una muerte violenta y segura…?

Las excavaciones en la antigua ciudad romana de Bathonea revelaron los rastros de actividades agrícolas más antiguas de Europa, que datan del 7.000 a.C. Es posible que hubiera allí un centro de medicina herbolaria que tributara su producción a otras zonas del territorio, algo así como un primitivísimo LABIOFAM.

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SORPRESA EN LA VIEJA PRENSA CUBANA

indice4Alguien a quien le gusta sorprenderme con cosas buenas puso en mis manos un rotograbado del periódico Revolución con fecha de junio 17 de 1963, en el que aparecen varios materiales muy interesantes. Los misterios de la Luna, firmado por Oscar Hurtado (La Habana 1919-1977), es uno de ellos. Los iniciados en una literatura tan polémica y undergrownd como es la ciencia ficción cubana, sabemos que Hurtado es el padre del género en la isla y durante las primeras décadas de la Revolución fue una figura muy visible en el mundo literario habanero, pero hoy no podría decirse que la memoria colectiva popular tenga en él un ícono ni mucho menos. Todo lo lavan las arenas del desierto, reza un antiguo refrán árabe.

Cuando digo que Hurtado fue una figura bien visible en los jardines de la UNEAC, las salas de ajedrez, los cines, teatros y otros lugares recoletos de la cultura de nuestro país, no me refiero solo a su tremenda corpulencia física, que rebasaba los 6,3 metros de estatura montados sobre unas tal vez 200 y más libras de peso corporal, sino a su físico que podría calificarse de raro (él se decía vampiro extraterrestre), a su enorme cultura y a su capacidad sobrehumana para hablar durante tantas horas que quién sabe si habría ganado un record Guinnes, pero sobre todo, a un extraño magnetismo que emanaba de su peculiar manera de ser y ejercía una fuerte atracción sobre quienes le trataban.

La escritora cubana Daína Chaviano, quien con todo derecho puede ser considerada su discípula y principal continuadora de su trabajo divulgativo sobre la ciencia ficción internacional en Cuba, hizo hace muchos años una recopilación de textos de Hurtado cuando ya él no se encontraba en este mundo. Usó la papelería conservada por Évora Tamayo, segunda esposa del escritor, en su elegante apartamento de El Vedado abierto a los aires del Caribe y los rumores difusos de los atardeceres habaneros, a once pisos de altura sobre el nivel del mar. Hizo también largas entrevistas a la viuda y a otras personalidades de la cultura que habían sido muy cercanas a Hurtado, y toda la información que recopiló aparece en su prólogo a esa selección de textos, que tituló Los papeles de Valencia el Mudo.

Como ya he contado alguna vez, tuve el privilegio de ser la correctora de las pruebas de galera de este libro, y en su tinta aún fresca, rezumante del olor a plomo que flotaba en el aire del taller 11 de la calle Reina, choqué de este modo tan inesperado con uno de los libros cubanos que más influencia ha ejercido en mí. Creo que ya había leído Los mundos que amo, el volumen con el que Daína obtuvo en 1979 el primer Premio David de Ciencia Ficción, y yo misma era entonces muy aficionada al género, pero de Hurtado jamás había oído hablar. No obstante, tras la lectura de aquellos primeros párrafos fui presa de una fascinación por él que nunca me ha abandonado, y de repente la ciencia ficción se me mostró bajo una nueva perspectiva. El estilo de Hurtado estaba traspasado por una sensibilidad que en ocasiones me recordaba a Bradbury, pero todo el tiempo era muy hurtadiana, con un pensamiento muy propio y muy elaborado sobre los misterios del Universo y los Orígenes de todo. Debo confesar que cuando corregí la portada y contraportada de libro sufrí un impacto tremendo, porque Hurtado tenía un parecido muy grande con mi abuelo don José Manuel, el hombre que abrió mi alma infantil a los misterios y maravillas de todo cuanto existe. Los dos murieron en 1977. Como si fuera poco, Hurtado había vivido toda su vida bajo la sombra monumental de su abuelo Valencia el Mudo, que no sé si fue real o él se lo inventó. Mi abuelo, catalán, era geográficamente vecino del suyo, un valenciano. Para una mente impresionable como era la mía en aquellos tiempos, esta serie de coincidencias podía infundir pavor.

No tengo ahora mismo a mano mi ejemplar manoseadísimo de Los papeles de Valencia el Mudo, así que hablaré de memoria y contaré algunas cosas que pude averiguar cuando seguí los pasos de Daína y fui yo también a entrevistar a Évora Tamayo y a otras personas.
Al parecer, los orígenes familiares de Hurtado fueron sumamente humildes. Su padre tenía en las calles cercanas a la Catedral de La Habana, o acaso por el Templete, una tarima para vender pescado, comenzaba su comercio a las cuatro de la madrugada —hora en que los pescadores descargan de sus pequeños botes la pesca habida en el litoral—, y su hijo lo acompañaba; tal vez trabajara a la par del padre desviscerando peces o lanzando baldes de agua para limpiar la sangre salada que se acumulaba sobre los adoquines. Leía mucho, y con toda probabilidad fue de sus lecturas voraces de donde obtuvo sus conocimientos, porque se sabe que nunca pasó de los primeros grados escolares, a pesar de lo cual llegó a ejercer como profesor de Ciencias y Matemáticas. Hurtado fue autodidacta, pero tiene que haber poseído un coeficiente de inteligencia bastante elevado, pues tras una corta estancia en los Estados Unidos aprendió el idioma y se aventuró a comenzar una traducción de la obra Romeo y Julieta, de Shakespeare, porque las traducciones que había leído no le satisfacían. Esto me lo contó Évora Tamayo durante una de las visitas que le hice.

Oscar estaba fascinado por los vampiros y los extraterrestres, pero su hambre de conocimiento y reflexión trascendía esos tópicos para adentrarse francamente en la antropología de las civilizaciones antiguas. Cuando Evora me permitió llevarme para mi casa los cajones donde guardaba la misma papelería que había puesto a disposición de Daína, descubrí muchos blogs de notas y papeles sueltos cubiertos con una cantidad impresionante de notas sobre toda clase de temas, incluidos los científicos. Matemáticas, física, química, astonomía, medicina, antropología, historia, arquitectura, y una obsesión con la figura del héroe asirio Gilgamesh sobresalían entre quel maremagnum de letra caligafiada. Meses más tarde el escritor Eduardo del Llano hijo, entonces estudiante de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, pasó un madrugada en mi casa copiando todo aquello con una voracidad que me hizo pensar en Hurtado mismo).

No puedo hacer un inventario fiel de la enorme lista de los temas que atraían a este homagno de la curiosidad intelectual. El actor Miguel Gutiérrez y el poeta Luis Marré me contaron que era un apasionado del ajedrez y un jugador casi inderrotable, y en los jardines de la UNEAC muy a menudo la mesa en que movía sus trebejos era rodeada por mucha gente que disfrutaba verlo jugar. Lo mismo ocurría con su tremendo don para la conversación. Como suele suceder con casi todas las personas nacidas bajo el signo horoscópico chino del Dragón, Oscar era un orador que magnetizaba a quienes le escuchaban, y siempre estaba rodeado de un auditorio que lo atendía como si paladearan un vino delicioso e irrepetible. Évora me comentó con pesar que ella estaba convencida de que Hurtado pudo haber escrito más y hecho mucho más en el mundo de la cultura, pero “había desperdiciado la mayor parte de sus energías hablando”. Amaba la música, en especial la ópera, y poseía un notable registro de tenor que le permitió cantar en escenarios. Daína recuerda en su prólogo que también era capaz de actuar y encarnó el personaje del sacerdote endemoniado en el filme Una pelea cubana contra los demonios, de Tomás Gutiérrez Alea. Hurtado poseía, sin duda, una de esas inteligencias naturales privilegiadísimas y muy escasas, que se asemejan a la buena tierra fértil donde cae una semilla y nace un frondoso jardín. ¿Era un genio? Por lo menos era una mente proteica y ecuménica. Lamentablemente murió relativamente joven, de una esclerosis múltiple que mostró su primera manifestación cuando una mañana, a la salida de la UNEAC, intentó mover la moto que parqueaba frente a la institución y su gran cuerpo perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Évora pensaba que la enfermedad avanzó a un ritmo muy veloz. Oscar creía que fuerzas misteriosas y poderosísimas habían decidido silenciarlo definitivamente.
Y después de esta breve presentación de Oscar Hurtado, quien si no fue un poeta brillante , sí fue, contra la opinión de muchos, un excelente prosista, llego al tema que me obsesiona desde que este rotograbado cayó en mis manos: la realidad o irrealidad de la existencia de su abuelo Valencia el Mudo.

En Los papeles de Valencia el Mudo —que si la memoria no me traiciona se divide en la noveleta homónima y en un dossier de hechos interesantes y misteriosos titulado Rocío del dragón (muy influido por la evidente lectura de El retorno de los brujos, de los franceses André Bergier y Louis Pauwels)— Hurtado cuenta la historia de su abuelo Valencia, a quien también llamaban el celta Perlé, dueño de esclavos y de una importante plantación de azúcar en las afueras de La Habana, y estaba casado con la bellísima mulata haitiana Eva Marie Duvalier, experta en el viejo arte de los hounganes haitianos de hacer zombies, y vampira ella misma que había vampirizado a su marido, quien desde su juventud era aficionado a las ciencias ocultas y oscuras y había perdido la lengua durante un ritual de misa negra. Hurtado cuenta que él pasó gran parte de su infancia en la plantación de su abuelo y fue criado por la mulata Eva Marie, a quien amaba en secreto con amor de niño. En Los papeles… Hurtado hace referencia a que su abuelo poseía en una torre de aquella propiedad un observatorio desde donde él y su esposa estudiaban atentamente el curso de los astros. Hurtado asegura haberse colado a escondidas en la torre y haber divisado desde su telescopio a dos de los personajes fantásticos más interesantes y terroríficos del folklore campesino cubano y de la literatura fantástica de nuestro país: la cucaracha gigante y la bola de candela.

Pero lo que me interesa es que en el texto de Hurtado que aparece en el ya mencionado rotograbado, el escritor habla de su abuelo como de alguien con existencia real, menciona una vez más la pérdida de su lengua y hace la salvedad de que Valencia fue la primera persona en Cuba que poseyó un observatorio particular, y de inmediato pasa a reproducir textualmente varias supuestas anotaciones hechas por el aludido sobre fenómenos que él y eminentes científicos de otros países y épocas habían observado en la superficie lunar. No tengo manera de saber, pues requeriría una investigación de dimensiones imposibles para mí, si el supuesto abuelo valenciano de Hurtado fue o no un ente real, aunque, desde luego, abuelos tuvo como cualquier ser humano. Tampoco me resulta posible investigar todas y cada una de las numerosas referencias a astrónomos, descubrimientos, sucesos y observaciones que aparecen citados a lo largo del texto, en apariencia anotados por Valencia, y reproduzco solo una de ellas para que el lector pueda hacerse una idea de lo que digo:

[…] Estas observaciones, y algunas más extraordinarias que algunos calificarían de alucinantes, se registran en cualquier región de la Luna así como del espacio cósmico, según lo encuentro en los papeles de mi abuelo. En Popular Science, 34-158, el astrónomo Serviss nos dice que una sombra que Schroeter vio en Los Alpes Lunares. Primeramente vio una luz. Pero cuando esa región fue iluminada por el sol en el lugar donde la luz estaba había una sombra redonda. Casos como este estaban relacionados con otros como este entre los papeles de Valencia el Mudo. Popular Astronomy, 20-398. En el comienzo de la noche del 27 de enero de 1912, el doctor F.B. Harris vio sobre la luna “un enorme objeto negro” que estimó ser de algo más de los 400 kilómetros de largo y de 80 de ancho. “El objeto se parecía a un gran cuervo posado. No puedo sino pensar que contemplé un interesante e inusual fenómeno Entonces las nubes cortaron la visión”

A las 5 de la mañana del día 20 de octubre de 1824 una luz fue vista sobre la parte oscura de la Luna por Gruithuisen. Al poco tiempo desapareció. Seis minutos más tarde apareció de nuevo y desapareció otra vez; después brilló intermitente hasta las 5:30 a.m hasta que la luz del alba dio fin a la observación (Scientific. American, Sup., 7-2712). La luz en Aristarco brilló de nuevo en 1825, según J.B. Emmett (Annals of Philosopy, 28-238

EL CRATER LINNE

Ninguna historia de desapariciones en la Luna está completa sin el famoso “cuadrado de Madler”. Al borde del Mare Frigorias, no lejos del cráter Platón, hay una extensa “bahía que Madler describió, completamente cuadrada, dentro del cual había una formación en cruz con los bordes blancos. H.P. Wilkins, usando el mayor telescopio de Europa, reporta recientemente que uno de los lados del cuadrado ya no existe y que la cruz desapareció.

Después de leer estos párrafos citados, que supuestamente son anotaciones de Valencia el Mudo, el lector habrá llegado junto conmigo a la conclusión de que resulta empresa titánica corroborar todos los datos ofrecidos, entre otras cosas porque sería una ensoñación creer que podemos tener acceso al fondo del archivo necesario para semejante tarea, y no hay que creer para nada que ni siquiera la mitad de esas publicaciones se encuentren todavía en nuestras bibliotecas después de tantos años. Lo que resulta evidente es que Hurtado sí las manejaba, o eso podemos suponer por el momento. Como se aprecia, todas eran publicaciones en inglés, probablemente revistas.

Yo estoy casi segura — solo por dejar el consabido margen de duda—, de que Valencia el Mudo nunca existió tal como nos lo ha descrito Hurtado; que no hubo abuelo hacendado, ni telescopio, ni mulata haitiana, ni vampiros ni zombies ni anotaciones astronómicas de ningún tipo, sino que se trata de un personaje de ficción extraordinariamente construido hasta en sus más perfilados entresijos. Un apócrifo, aunque el término se le quede pequeño. Es posible que le venga mejor la clasificación de alter ego del escritor (no de eterónimo), o mejor aún las dos cosas en una, o en otras palabras: Valencia sería el propio Hurtado despojado de las amarras de la realidad y liberado para vivir en la construcción egoica de un mundo uraniano que permitió al escritor realizarse en la extraordinaria creatividad de su imaginación. Este tipo de mixtificació en la que personajes literarios viven vidas reales no se encuentra con frecuencia en la historia de la literatura, y un caso que siempre se cita es el de los múltiples alter ego del escritor portugués Fernando Pessoa, quien si no hubiera sido un genio de la escritura, habría encarnado un caso severo de personalidad múltiple, ya que los personajes literarios en que se desdoblaba pasaban de 40. Para decirlo de una manera más sencilla: Valencia el Mudo era la identidad que Oscar Hurtado hubiera querido impersonar, si acaso fuera posible el milagro de que uno pudiera escoger identidades como se escoge un traje.

Creo, en fin, que Los misterios de la Luna es un texto de ficción de principio a fin. Hay entre los escritores cubanos algunos ejemplos de autores que crearon personajes, o grupos de personajes, que rebasaban el marco de las obras para las que fueron concebidos. El poeta Luis Rogelio Nogueras creó sus apócrifos de Las quince mil vidas del caminante. Ezequiel Vieta tiraba el Tarot a algunos de sus personajes para descubrir qué caminos les trazaba el destino, en abierta confusión —¿voluntaria o involuntaria?— de la literatura con la vida. El poeta José Manuel Poveda escribió Poemetos, ese precioso poemario  que atribuyó a una supuesta doncella llamada Alma Rubens, su eterónimo. Tal vez el caso más sonado de parto literario después de Pessoa haya sido el del francés Pierre Louÿs con su Bilitis, joven discípula de Safo y poeta ella también, con la que dio a la literatura una de las más hermosas colecciones de cantos eróticos, Les Chansons de Bilitis. Esta mixtificación literaria, que algunos consideran broma culturosa pero es, en realidad, hazaña del intelecto de la que pocos escritores son capaces, habla siempre de la presencia de un creador de raros dones y una cultura universal muy asimilada, consustancializada y hundida ya en el tuétano mismo de sus huesos. Hurtado tenía todo eso y tenía, además, una magia en su manera de narrar que modelaba imagos y les infundía vida al solo aliento de su pluma. Hurtado perteneció a la estirpe de los artistas de una gran honestidad intelectual, pues creía firmemente en todo aquello sobre lo que escribía. Nunca hubo farsa en él.

Para Gerardo Chávez, investigador, historiador y autor de ciencia ficción cubano

Hurtado fue el creador del primer taller de Ciencia-ficción en Cuba. De donde surgieron los fundadores. Principal generación de gladiadores literarios que se lanzó a las arenas, armados de sus fantasías para conquistar imprentas. Fundó las colecciones Fénix y Cuadernos, dedicadas a la poesía y a la prosa respectivamente. Dejó la más profunda huella en la historia del género en nuestro país, al fundar la colección Dragón, de la editorial Arte y Literatura, donde se publicaron con la instantánea aprobación de los lectores cubanos, muchas de las mejores obras de esta gustada corriente literaria.

Publicó de su mano los poemarios La Seiba (1961), La ciudad muerta de Korad (1964) y Paseo del Malecón (1965); el libro de cuentos Carta de un juez (1963) y un ensayo sobre pintura cubana. Fue coautor de Cuba: cien años de humor político, en colaboración con Évora Tamayo. Escribió varios artículos en periódicos y revistas sobre temas tan variados como artes plásticas, cosmonáutica, ajedrez, Ciencia-ficción, misterios arqueológicos y otros.

Hizo los prefacios de la primera edición en nuestro patio, de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells y Las aventuras de Sherlock Holmes, de A. Conan Doyle. Así como también, en 1969, la recopilación y prólogo de Cuentos de Ciencia-ficción, considerada en su momento, la mejor selección de cuentos del género publicada en Cuba. Después… dejó de publicar. Y como si le faltara ese estado interior que alcanza, realiza y mantiene al que escribe, unos años más tarde, en 1977, luego de una imprevista y rápida enfermedad, es llamado a abandonar nuestro espacio-tiempo.

Daína Chaviano tuvo el buen tino de honrar y reconocer a Hurtado como a un padre fundador, cuando dio su nombre al primer taller de Ciencia Ficción, que funcionó en la Casa de la Cultura de El Vedado, por cuyos asientos pasamos muchos de nosotros, entre los cuales estaban quienes hoy son reconocidos a su vez como maestros del género en Cuba.

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Educación y escolaridad en la Cuba colonial

En días recientes escribí sobre lo que significó para la educación escolar en Cuba el final de la última Guerra de Independencia, y conté cómo los funcionarios norteamericanos que estuvieron al frente de la ocupación de la isla juzgaron necesario cambiar los patrones pedagógicos que durante siglos había impuesto España en Cuba, para sustituirlos por otros modernos, capaces de garantizar la formación de una intelectualidad nacional que pudiera seguir el desarrollo tecnológico que traía consigo la instauración de la República, con los Estados Unidos como primer y más importante socio comercial.

Sin embargo, después de haber puesto el punto final a aquel artículo comencé a pensar que, si bien la enseñanza en Cuba colonial se basaba en esquemas decimonónicos y en ocasiones hasta medievales, como es el caso de la escolástica, no es menos cierto y es innegable que la Colonia vio siempre florecer en nuestra tierra una intelectualidad de primer orden, con formación universal, una alta cultura políglota al tanto de cuanto ocurría en el mundo, con cerebros tan potentes como el padre Félix Varela, Arango y Parreño, José Antonio Saco, Carlos J. Finlay, Carlos de la Torre, Rafael María de Mendive, José de la Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Julián del Casal, y el propio José Martí, por no incluir más nombres que harían demasiado extensa esta enumeración de titanes del pensamiento que tuvimos los cubanos a través de toda nuestra historia. Si la escuela española era tan deficiente, atrasada y obsoleta, de dónde salió esta pléyade de figuras intelectuales? ¿Solo de los viajes a Europa que algunos de ellos podían permitirse al amparo de los caudales de sus poderosas familias y sus haciendas?

La respuesta la he encontrado en un viejo recorte del Diario de la Marina, y contiene un interesante y muy lúcido artículo del intelectual cubano Juan J. Remos, fechado el 15 de marzo de 1952, en el cual Remos afirma que “más atención y buen éxito alcanzó la enseñanza superior que la primaria”. Y continúa:

La escuela primaria estuvo en manos del clero en los siglos primeros. Después se sumó la misión de las congregaciones religiosas, en especial franciscanos, dominicos y jesuitas, la de algunas personas de color entre las cuales no pocas demostraron cualidades y preparación en lo que cabía, pero la mayoría de las cuales carecía de dotes y cultura, predominando el tipo de la llamadas “cuidadoras”, que, más que otra cosa, lo que hacían era entretener a los niños, y la “amigas”, que fueron muy características durante el siglo en la escuela privada, y entre las que es justo reconocer que hubo en considerable proporción muchas intuitivas cuya labor fue eficiente. Los maestros, desde luego, carecían de titulación y de obligatoria prueba de capacidad. A la Sociedad Patriótica de Amigos del País se debe el comienzo de una preocupación documentada y de una acción persistente y útil en la enseñanza primaria. Gracias a los esfuerzos de los eminentes miembros de la Sección de Educación de esta institución, que al final se llamaría Sociedad Económica de Amigos del País, se logró mucho y sobre todo interesar a la metrópoli en la comprensión del problema. Es la Sociedad la que con su sentido de responsabilidad colectiva imprime el impulso inicial. Funda escuelas, moviliza a sus hombres para informar sobre las necesidades en el método y en las atenciones materiales. Aquellos primeros trabajos fueron dando su fruto, aunque lentamente, y hasta encontraron la oposición oficial, debido a las luchas políticas. Vino por fi un plan oficial para sistematizar y centralizar a enseñanza en todos los grados, hasta la universitaria. En lo teórico se hizo mucho, en lo práctico poco. Baste saber que en 1836 solo el 4,75 % de la población escolar recibía educación.

Había un 70 por ciento de analfabetismo entre los blancos, y 87 por ciento entre los negros. Hay, sin embargo, un dato atendible, y es que después de la última guerra la inmigración la cifra de inmigrantes peninsulares se duplicó, y ellos traían la educación española de la primera enseñanza. Continúa Remos explicando:

El método memorizador, que era el escolástico, imperó. El lectivo, que era del de Varela y Luz, ejerció su influencia en zonas y momentos. En la metodología se impusieron ideas nuevas en instantes diversos. En los planes se adelantó, pero como dijo Manuel Valdés Rodríguez en su brillante estudio sobre la educación popular, esta no existía en 1891, se había retrocedido. Universidades, Seminarios, Escuela Normal, Institutos de Segunda Enseñanza, Escuela de Pintura y Escultura, Escuela de Náutica dieron saldo bueno entre las clases pudientes. Los colegios privados (como el de Mendive al que asistió Martí) realizaron una gran función. Faltaba en todo el interés oficial a partir de Yara, y antes lo hubo a medias.

Lamentablemente, el artículo de Remos se interrumpe aquí, y aunque anuncia una segunda parte sobre la significación de los centros de docencia y cultura nacional para la enseñanza en Cuba, temo que si no encuentro esa continuación entre la vieja papelería de mis ancestros no podré ofrecerla a mis lectores. Pero el tema es arduo y con mil aristas, más propio para ser analizado en una exhaustiva investigación que para intentar hacerlo en un artículo, por más brillante y documentado que este pudiera ser.

Me queda claro que las clases pudientes cubanas, desde los hacendados hasta los comerciantes y todo aquel que tuviera medios económicos, enviaban a sus hijos a estudiar fuera de Cuba. Recordemos el extenso viaje a través de varios países de Europa que la familia de Céspedes le obsequió a Carlos Manuel cuando este se graduó de Abogacía. A menudo estos jóvenes vástagos de importantes linajes comenzaban en Cuba sus estudios de nivel superior pero se graduaban en universidades españolas, francesas e italianas, y más tarde en universidades e institutos tecnológicos norteamericanos.

Estos jóvenes intelectuales y científicos, incluidos los de la burguesía media, que también se beneficiaron de la enseñanza en órdenes religiosas de tanto prestigio en el magisterio como La Salle, por solo citar un ejemplo, hacían número suficiente para crear en conjunto una intelectualidad que incluso superó a la de los Virreinatos, pero eran demasiado pocos en comparación con la masa popular que solo disponía de pequeñas y atrasadas escuelas y quedaba, en su mayoría, condenada al analfabetismo.

Mi propia abuela paterna, una gallega dulce y con grandes dotes para disciplinar y educar, tuvo en su juventud una vocación muy fuerte por el magisterio. Ella pertenecía a una familia de escasísimos recursos económicos, por  lo que no pudo cumplir u sueño de ser maestra normalista. Tuvo que conformarse con obtener por un precio muy módico (y alguna mirada zalamera de sus glaucos ojos celtas) que el carpintero del barrio le confeccionara unos tabureticos de madera, pidió prestada a su madre la sala de la humilde vivienda familiar y la mesa del comedor, y con unas pocas libretas compradas por ella misma convocó a los niños y niñas del barrio que pudieran pagar unos centavos mensuales por asistir a aquella humildísima escuelita improvisada, y allí mi abuelita les enseñaba a leer y escribir a través de las cartillas, a sumar, restar, dividir y multiplicar, y a las hembras las puntadas básicas de la costura. El resto del programa educativo de mi abuela quedaba forzosamente reducido, por falta de recursos materiales, a enseñar a sus educandos fundamentos de educación formal tales como las normas correctas de conducirse a la hora de comer, cómo vestir en las diferentes horas y ocasiones de la vida social y algo del catecismo… ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer la bella Hilda, que la mayoría de los días ni tizas tenía para escribir las vocales en la pequeñísima y desconchada pizarrita de su escuelita de barrio? Pero fue en estas escuelitas modestas de muchas angelicales Hildas de Centro Habana y Habana Vieja donde numerosos cubanos tuvieron acceso a la única enseñanza que conocerían a lo largo de sus vidas antes de 1959.

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CARTEROS Y CARTAS EN CUBA: LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO TIENEN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA

indice2Hay muchas cosas de nuestra vida cotidiana en las que, de tan vistas, nunca pensamos, como, por ejemplo, los carteros. ¿Desde cuándo la función principal de los carteros, llevar cartas a sus destinos, ha quedado reducida casi enteramente a la entrega del periódico, de paquetería pequeña y de algunos documentos oficiales? Muchos culpan a la aparición del correo electrónico, pero lo cierto es que el género epistolar comenzó a anemizarse desde mucho antes, probablemente desde que la aviación fue capaz de ofrecer transportación a cualquier punto del globo en solo unas horas. Es posible que también esté involucrada en la decadencia de la carta la quiebra de los sueños, ilusiones y esperanzas de mucha gente sobre la Tierra, y no hay que descartar que los medios audiovisuales y la evolución de las comunicaciones tengan también su parte de responsabilidad en esa agonía que ya es casi una muerte total.

Por paradójico que parezca, hoy, cuando hasta los nenes de primaria tienen en su mochila un celular y las tablets y androids son objetos tan cotidianos como el cepillo de dientes, es cuando la gente escribe menos cada día. Porque no hay que engañarse pensando que los interminables intercambios de pequeños bocadillos que constantemente llevan a cabo millones de personas en este planeta puedan calificarse como escritura. Si usted entra a un aula universitaria y se inclina sobre cualquier estudiante que esté tecleando frenéticamente en su teléfono móvil, podrá leer algo más o menos como esto:

Él. —Anoche no kontestaste mis llamadas
RESPUESTA. —Durmiendo
Él. —¿Vas kumple Julita?
RESPUESTA. —No, koncierto
Él. —¿Mañana?
RESPUESTA. —Yo te llamo
Él. —¿Me kieres?
RESPUESTA. —Te kiero

O este otro ejemplo inefable de diálogo celular entre un padre y su hijo:

PADRE. —Chama sin cambolo en gao temprano
HIJO. —Puro toy kon jeva hoy na ma viejo
PADRE. —Temprano chama no joda

El caso es que es muy posible que ya nunca vuelvan a escribirse cartas como las que aparecen en el epistolario amoroso de la novela Jardín, de Dulce María Loynaz, de las que he tomado dos ejemplos, el primero de los cuales, de apenas dos líneas, es antológico:
“Bárbara, la de los ojos de agua, la de los ojos de agua honda de estanque… Bárbara, serena y majestuosa como una nave antigua en un mar latino.”

Y este otro, de estremecedora belleza:

¿Recuerdas la otra tarde, Bárbara, cuando con la punta de marfil de tu sombrilla escarbabas la tierra del jardín? […]Te pregunté la gracia de aquel juego, y tú alzaste los ojos y me miraste un momento, […] y me contestaste sonriendo, porque tú sonríes siempre:

—[…]Pruebo a ver si encuentro tu corazón, que se me ha perdido.

Y seguiste escarbando con la punta de marfil de tu sombrilla…

[…] Sin embargo, yo te digo ahora a mi vez: Tú, que amas la pureza y me hablas de lirio que mereció ser comparado al Maestro; tú, obsesionada de blancura, enferma de blancura, cuando tocas las corolas blancas y te recreas aspirando su perfume… ¿has pensado alguna vez que todo viene de un nudo negro que se clava en la tierra, que se come la misma comida que los gusanos? No, yo sé que tú no piensas en eso, pero te ocupas en recoger las flores que te son bellas y gratas y que responden a tu ideal de Belleza, aún viniendo de donde hayan venido…
La otra tarde buscaste mi corazón entre la tierra, y yo te digo, Bárbara, y te lo digo tal vez demasiado emocionado, que en la tierra o en el cielo, en tu mano o en el fango, mi corazón ha sido siempre para ti…

Claro, se me podría objetar que esos fragmentos no forman parte de cartas reales, sino que fueron escritas por un Premio Cervantes de Literatura para una novela sin ningún anclaje en la vida real. Pero las dos cartas que reproduzco a continuación no solo son verdaderas, sino que la segunda ni siquiera sabemos si llegó a ser corregida para su redacción definitiva, pues fue halladas entre la papelería póstuma de José Martí bajo la forma de apuntes, que probablemente tomó en breves momentos que le dejaron libres las numerosas actividades de su intensa vida.

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Usted. Yo sin cesar pienso en Usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Usted con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su
J. Martí
PD: Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

A Carmen Zayas Bazán, su esposa, dirigió esta otra misiva donde ya no le resulta posible ocultar el frío de una decepción que lo había llevado al desamor. En carta anterior Carmen le instaba a regresar a Cuba a pesar de que las autoridades españolas lo habían prohibido y amenazado de muerte al desterrado, y él le responde:

[…] Pues siendo mayor, o siendo igual, o siendo simplemente alguna la posibilidad de que suceda, yo no debo exponerme a males que no tienen remedio, contra la posibilidad de que no suceda, dejando una situación cuyos males son todos remediables. —No hay en mí una duda, un solo instante de vacilación. Amo a mi tierra inmensamente. Si fuera dueño de mi fortuna, lo intentaría todo por su beneficio: lo intentaría todo. Mas no soy dueño, y apago todo sol, y quiebro el ala a toda águila. Cuando te miro y me miro, y veo qué terribles penas ahogo, y qué vivas penas sufres, me das tristeza. Hoy, sobre el dolor de ver perdida para siempre la almohada en que pensé que podría reclinar mi cabeza, tengo el dolor inmenso de amar con locura a una tierra a la que no puedo ya volver. Me dices que vaya; ¡Si por morir al llegar, daría alegre la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir, sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no ¿qué he de hacer yo? —Que no lo estimas, ya lo sé. —Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva.

Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria cubana, era un letrado, pero no un novelista ni un poeta aunque hubiera escrito letras de canciones. Profundamente herido por las miserias humanas que afligían y dividían a los cubanos en su guerra contra España y por los agravios incalificables a que le sometieron los propios jefes cubanos del mambisado, Céspedes muestra al rojo vivo las sangrantes nervaduras de su alma en estas líneas redactadas en un estilo simple y personal, en carta dirigida a su esposa Ana de Quesada, quien le aguardaba en el exilio:

[…] En cuanto a mí, tengo mi conciencia tranquila y desprecio esas calumnias. He cumplido con mi deber. Mi conducta está a la expectación pública. No juego, no me embriago, no enamoro, ni siquiera paseo. Trabajo sin descansar por Cuba: no puedo asegurar que lo haga con acierto, pero es con buena fe. No robo, no mato, no violo, no hago intencionales agravios a nadie. Procuro proceder imparcialmente en mis resoluciones, y que haya orden y justicia. Jamás transigiré con los españoles sino bajo la base de nuestra independencia. Más no puedo hacer: no soy santo. Si no están conformes tomen su Presidencia el día que quieran. ¡Ojalá fuera mañana! ¡Cuidado un día no la dejen caer por tierra. Para nada la apetezco. Yo quiero ser el primer independiente, y a donde quiera que vaya tendré qué comer, porque yo sé trabajar. No le tengo miedo ni a nadie ni a nada. Por ser Presidente no voy a sacrificar mis sentimientos ni mis otros deberes.

Miles de cartas perfectas y antológicas han sido escritas desde que el alfabeto fue inventado por el hombre. No sé por qué recuerdo ahora, en especial, una enviada por la princesa egipcia Ankesnamón al rey de los hititas en la que le rogaba le enviara a uno de sus hijos para convertirlo en su esposo y faraón; una carta breve, femenina, suplicante y al mismo tiempo digna, pero traspasada por una tremenda desesperación. Ankesnamón, viuda reciente del joven faraón Tut Ank Amón, estaba amenazada de ser obligada a contraer nupcias con un pretendiente rudo que no era de sangre real, el asesino de su esposo. Curiosamente Dulce María Loynaz es autora de la célebre Carta de amor a Tut Ank Amón, una de las piezas epistolares más perfectas escritas en lengua española.

No, ya los carteros no traen cartas largas y hermosas, tal vez porque ya no haya almas largas y hermosas ni plumas sabias, y ahora encomendamos a las caritas de yahoo transmitir los sentimientos que no tenemos palabra para expresar. Estamos regresando al reino de la onomatopeya gutural del gu gu da da y el unga tunga, por no hablar del gustringo molongo, que es una clase de onomayopeya un poco más elaborada pero más gutural todavía. Los carteros y las cartas se han convertido, como diría García Márquez, en una estirpe condenada a cien años de soledad que no tendrá una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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Carlos Sobrino Rivero, un pintor olvidado

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La mayoría de los pintores de la República son hoy mal conocidos o están totalmente olvidados. Solo quienes integraron entonces la vanguardia de nuestras artes plásticas, como Ponce, Lam, Portocarrero, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Amelia Peláez y otros, han sobrevivido en la memoria de la cultura actual, y el reconocimiento que ya disfrutaron en vida se ha ido acrecentando al extremo de constituir un núcleo de artistas plásticos que goza hoy de reconocimiento internacional.

Sin embargo, San Alejandro dio muchos pintores que, si bien se mantuvieron siempre dentro de los límites estéticos de la academia, fueron artistas de calidad capaces de pintar con excelente factura cuadros realmente inspirados que honrarían las artes plásticas de cualquier país. Otros transitaron por distintas etapas que supusieron búsquedas estilísticas y estuvieron más cerca de la vanguardia que de la pintura academicista, aunque no hayan alcanzado la excelencia imprescindible para ser considerados como pintores de primera fila. Entre ellos estuvo Carlos Sobrino Rivero.

Nacido en La Habana el 31 de marzo de 1909, Sobrino fue discípulo del gran pintor cubano Leopoldo Romañach, y de los reconocidos escultores Sicre y Betancourt. Estudió en la escuela Villate y en la Academia San Alejandro, donde más tarde se desempeñó como profesor de Dibujo, Pintura y Modelado. Trabajó diversas técnicas como el óleo, la acuarela y la xilografía, y además hizo numerosas tallas en madera. Fue escultor, pintor, diseñador gráfico, grabador , dibujante y ceramista.

En el que probablemente sea el catálogo –fechado en 1960– de su última exposición personal realizada en Cuba, se dice que hizo un total de 10 muestras personales y participó en 80 colectivas. Entre los pocos catálogos de sus obras que he podido consultar hay uno en especial que ha llamado fuertemente mi atención: Mujeres Isabelinas (1954). Mujeres isabelinas de la Inglaterra decimonónica, súbditas de la reina Victoria, lánguidas, envueltas siempre en un aura donde se mezclan ensueño y spleen…, un tema bastante alejado de los intereses estéticos de los pintores cubanos. No, en verdad no eran así las hembras rotundas que captaban la atención de los vanguardistas criollos, como las mulatas desnudas de Carlos Henríques con sus senos y caderas de inquietante voluptuosidad, o las gitanas de rostros enigmáticos pero inconfundiblemente pueblerinos que respiran a través de los óleos de Víctor Manuel, o las mujeres espectrales de Ponce.

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Sin embargo, al revisar el índice de las obras expuestas en aquella ocasión aparecen títulos como Adolescentes, Mi hija, Eloísa Carbonell de Sobrino (esposa del pintor), Novicia, Ballet, Grupo familiar, y varios estudios de cabezas. Pero aunque el retrato que se muestra en la portada de este catálogo así, en una primera ojeada pudiera recordar por la levedad del dibujo, los ojos inmensos y la melancolía de la mirada a modelos del Londres de l860 como Elizabeth Siddal y Jane Burden, las más célebres musas de los pintores prerrafaelitas ingleses, una atenta reflexión sobre los títulos de las obras descubre de inmediato que, en realidad, Sobrino pintaba a damas de su propio entorno social, criollas refinadas pertenecientes a la alta burguesía y a la aristocracia del intelecto republicano, de la que él mismo formaba parte. Adolescentes es una pintura de grupo donde retrató a varias jovencitas miembros de algún Patronato institucional de la cultura. Su propia esposa formaba parte de la familia Carbonell, una de las que mayor lustre dio a la vida cultural cubana, no solo por el importantísimo papel que jugó su patriarca Néstor Leonelo en la fundación del Partido Revolucionario Cubano a través de su amistad personal con José Martí, sino por la significación de los Carbonell en la fundación y el trabajo de la Academia Nacional de Artes y Letras, institución desaparecida desde los primeros años de la década del 60 y de la que Carlos Sobrino fue, curiosamente, el último miembro admitido antes de su clausura.

Pero a pesar de sus orígenes de clase, Sobrino no fue únicamente un pintor de élite. Los sucesos de la vida diaria y social del país le interesaban como temas de su pintura, y así lo demuestran cuadros suyos como Concentración campesina, Fogoneros, Hombres de mar, La novia del guajiro, Recogiendo la siembra, Fuego en el cañaveral, Familia campesina, Guajiritos, Trío campesino, Obreros, Pescadores, Arando la tierra, Baile en el trópico y otras muchas. Particularmente impresionante resulta su óleo Hombres de mar, en el que un trío viril de musculosos torsos desnudos transporta sobre sus cabezas una barca para echarla al mar. Esta obra muestra un equilibrio composicional que admira, si se tiene en cuenta la fragmentación geométrica con que Sobrino estructuraba su pintura de innumerables planos.

También me parece relevante su obra Concentración campesina, donde un mar de sombreros de yarey ocupa todos los planos visuales, composición que más tarde repetirían artistas de la plástica como, por ejemplo, Raúl Martínez, y que inspiró a no pocos fotógrafos en los primeros años de la Revolución. Fue, también, pintor interesado en la paisajística. El periodista y crítico de arte Antonio Martínez Bello escribió en el catálogo de una muestra retrospectiva de pintura y escultura de Sobrino, fechada en 1954, unas palabras que grafican muy bien la proyección del pintor:

“… si bien en sus pinturas y esculturas primeras en el tiempo se advierte la insistencia casi obsesiva del entorno social, de la objetividad en los hechos expresados, del realismo figurativo en suma; en cambio, en sus producciones presentes se contempla una especie de vuelta hacia sí mismo, hacia la subjetividad cada vez más pura, y a veces no objetiva, todo lo cual no excluye el logro feliz de algunas creaciones actuales transidas de exterioridad telúrica, como si tratase de equilibrar las diversas proyecciones de su sensibilidad. Aunque sus pinturas y esculturas de nuestros días tiene, respecto a las de años anteriores, la novedad de la faceta introspectiva, subjetivista, ajena al contorno riguroso de las cosas en varios aspectos; de todos modos el artista no ha renunciado radicalmente al mundo, sino que mantiene con su entorno el contacto de un puente vital, es decir, la referencia más o menos frecuente al objeto, ese “objeto perdido” o renunciado irremediablemente por otros productores de belleza. En consecuencia, Sobrino trata lúcidamente de obtener y afirmar el máximo equilibrio posible […] entre el Yo más íntimo y el mundo.

Se ha dicho que Sobrino empleaba en su pintura una técnica “mosaiquista, propensa en algunos planos al vitral, y apuntando en otros a la decoración o la ilustración en oro de buena ley”. Hay obras suyas de pequeño y gran formato que recuerdan la facetación de los arlequines de Picasso. Detrás del vigoroso modelado de la musculatura de sus figuras, tanto como de los volúmenes en general de sus cuadros, creo ver no solo la percepción de masas y juegos de luz y sombra de un escultor, sino, posiblemente, cierta influencia de las misma concepciones estéticas que respiraban en la poesía social de un Maiakovsky y los primeros vanguardistas rusos, quienes influyeron mucho en el arte de su tiempo, que fue también el tiempo creativo de Sobrino al menos en las primeras décadas de su vida, como se evidencia también el eco cubista de Picasso y Braque. En cuanto al color, la paleta de Sobrino solía ser violenta y rica, con predominio de los verdes, violetas, rojos y azules, una paleta casi primaria, pero en cambio, algunas de sus obras llegan a ser casi monocromías de una variada gama de tierras.

Hay mucho en su concepción de la pintura que lo acerca al espíritu común de las artes pláticas caribeñas, y ello tuvo que ver, sin duda, en el hecho de que Sobrino haya sido un pintor cubano reconocido en países del ámbito caribeño como Venezuela, Haití, Brasil y Ecuador. Expuso también en Francia y España, donde fue recibido como miembro de la Academia San Fernando, en la época meca del mundo hispanoamericano de la plástica. En 1954 ganó Medalla de Oro en la II Bienal Hispanoamericana de Arte, que se celebró en La Habana.

Como para otros muchos artistas cubanos que vivieron su época de esplendor en las últimas décadas republicanas, en 1961 comienza para Sobrino posiblemente la época más difícil de su vida como creador. Enclaustrado en su mundo artístico personal, no fue de los artistas que se integraron al naciente movimiento revolucionario, lo que le condenó a ser ignorado y finalmente olvidado. Se mantuvo un tiempo trabajando como profesor de artes plásticas en Matanzas, pero la contracción que se adueña de la economía cubana desde el inicio del nuevo proceso político que tenía lugar en la isla limita también la posibilidad de conseguir materiales para pintar. Sin lienzo, a partir de 1962 Sobrino comienza a pintar sobre tablas de bagazo de caña y sacos de yute. En 1963, en carpetas de cartulina y utilizando técnica mixta pinta unas dos docenas de obras sumamente interesantes y hasta hace dibujos sobre simple papel. A partir de 1964 la carencia de óleo le obliga a pintar en blanco y negro. Su demonio creador produce el pigmento blanco mezclando el blanco España –utilizado por los pintores para sellar los lienzos y aumentar la adhesividad del óleo—con otros productos; el pigmento negro lo logra con algún elemento de ese color que pulveriza y combina con otros. A falta de puntillas cose la tela al bastidor a través de perforaciones que previamente ha practicado en la madera con su taladro. En 1965 pinta unos pocos cuadros sobre lienzo y yute. Y ese es, probablemente, el último año que pintó en Cuba. Era capaz de construir muebles bellos y perfectos y había hecho con sus propias manos toda la mueblería de su propia casa, e intentó iniciar un pequeño negocio que no tuvo éxito. Para sobrevivir tuvo que recurrir, incluso, a la venta de algunas de sus herramientas de escultor. Llevó junto con su familia una vida económicamente muy precaria hasta que en 1970 abandona el país. Hasta ese momento nunca había ido más allá de las fronteras naturales de la isla.

Carlos Sobrino era un hombre alto y fornido, como muchos escultores, y en su adolescencia sintió gran inclinación por los deportes, en particular por el boxeo, la esgrima y el yatismo. Es posible que en la rudeza y excesiva musculación de muchas de sus figuras haya influido su propia constitución física, pero detrás de casi todas sus obras se percibe algo diferente, como una respiración melancólica, y algunos de sus retratos expresan una fuerte sensación de angustia, como si en aquel cuerpo vigoroso se ocultara una sensibilidad torturada y torturante, al extremo de que algunos de sus óleos, pero sobre todo sus acuarelas, trasmiten como un eco de enajenación. Su obra de pequeño formato Muchacha con paloma emana, por contraste, una suavísima ternura.

Después de una estancia en Buenos Aires, vivió y trabajó en Madrid hasta su muerte, ocurrida en un accidente de tránsito en esa ciudad. Tenía 72 años.

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MI EXPERIENCIA CON EL ZIKA

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló "Mamá de alta en casa".

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló “Mamá de alta en casa”.

Cansancio alarmante, micciones excesivas, sed inaciable, frecuencia cardíaca acelerada, molesta falta de aire, desequilibrio postural, me cimbra el cuerpo, no puedo sacarme el anillo del dedo. Algo anda mal. El lunes mucho decaimiento, el martes garganta enrojecida y un fuerte dolor en la amígdala derecha que me lleva a descubrir adenopatías en mi cráneo, mi cuello, mi garganta y mi hombro derecho. El miércoles algunas petequias en el abdomen. El jueves por la tarde voy al policlínico, donde me diagnostican una amigdalitis, y luego al hospital municipal, porque en menos de una hora me ha brotado un rash petequial que me cubre todo el cuerpo y el rostro. Me hacen análisis de sangre pero todo está bien, solo demasiados polimorfos y muy pocos linfocitos. ¿Tiene fiebre? No. ¿Dolor de cabeza, de ojos? No. Tal vez una infección bacteriana. O una virosis, pero no es dengue ni zika, vaya para su casa, tome mucha agua y repose. Regreso el viernes por la tarde y me repiten los análisis. Mis leucocitos han bajado, pero aún se mantienen en parámetros normales. Usted tiene un virus, regrese a su casa, tome mucha agua y repose. Al amanecer del sábado mi hija recoge algunas cosas en una bolsa y le pido a un vecino que me lleve en su auto al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Es más que evidente que estoy enferma, pero no sé de qué. No más llegar me ingresan en aislamiento bajo sospecha de zika. No puede ser, protesto, en mi barrio no hay zika, y aunque hubiera yo solo salgo a comprar los víveres de la semana, no visito a nadie y en mi casa no hay mosquitos. Cuando me llenan el formulario de admisión y digo la dirección de mi casa, alguien sonríe y me advierte que en la sala a la que me llevan para ingresarme me espera una sorpresa.

La sala E es muy parecida a un hotel, salvo por la ausencia de decoración y porque las habitaciones, amplísimas, tienen tres camas cada una. El enfermero que me recibe es casi un niño, pero es muy profesional y muy gentil. Él logra que yo me calme un poco. Todo reluce de pulcritud. Me siento en mi cama. Tengo dos compañeras de cuarto, Victoria de Lawton, 71 años, y Sheila de Luyanó, una joven madre. Y sí que me llevo una sorpresa. En la sala la mayoría de los ingresados son de Lawton, mi barrio. No entiendo cómo yo, periodista de larga experiencia, no sabía nada de esto. Mis compañeras de cuarto me cuentan sus síntomas y me muestran sus cuerpos cubiertos de rash. Pronto sé que debo esperar inflamaciones y dolores en algunas partes de mi cuerpo, a ellas se les han inflamado los pies, los tobillos, las manos, tienen la boca amarga y su orina expele un olor que no les resulta familiar. La comida es inusualmente nutritiva y  variada.  Por la tarde regresan mi hija y mi esposo y me hacen pasar una bolsa con galletas, jugos y un poco de ropa de dormir. Se me permite verlos a través de una puerta de cristal. Mi hija llora y sonríe a la vez. Hemos leído sobre el zika en Internet y ella tiene mucho miedo. Padezco una neuropatía periférica desde el Período Especial. Esto me convierte en parte de un grupo de riesgo. Ella también es paciente neurológica y quedó muy discapacitada por causa de un dengue. Mi esposo es paciente oncológico y ya ha perdido un riñón. Ellos también pertenecen a grupos de alto riesgo para zika. El miedo me paraliza.

Al otro día, a las seis de la mañana, llegan a la sala los técnicos de laboratorio y me toman muestras de sangre y orina para el test de zika. Son expertos y no tienen dificultad en pinchar mis venas difíciles. Poco a poco se van hinchando mis manos, no las puedo cerrar y me duelen mucho. Luego se hinchan las plantas de mis pies. Quisiera no verlas. Tres días sin poder caminar. Me duelen horrores las pantorrillas y los muslos. No puedo dormir y estoy cada vez más asustada. Pienso en la secuela del Guillain Barré. Conozco esa enfermedad y sé que acecha detrás del zika, sobre todo a los que ya tenemos dañado el sistema nervioso. El médico jefe de la sala viene a vernos varias veces cada día. El personal de enfermería es solícito, solidario y muy diestro. Me dicen que todo lo que me pasa es parte del virus pero que es una cepa suave, pasará y podré volver a mi casa seguramente sin complicaciones.

Sigo encontrando vecinos de Lawton, Unos se van de alta, entre ellos Victoria, que me ayudó tanto cuando yo no podía caminar, y llegan otros. Mis nuevas compañeras de cuarto son Suzel de Miramar y Olguita de Puentes Grandes. El protocolo son ocho días de ingreso, al cabo de los cuales se le da al paciente el alta epidemiológica, lo que significa que ya no puede contagiar a otras personas. Pasamos el tiempo viendo películas en el televisor de la habitación, hablando por teléfono con nuestros familiares y comparando nuestros síntomas: a Suzel le han bajado los leucos y las plaquetas, Olguita solo tiene rash pero se siente bien, y yo tengo todo bien en mi sangre, pero mal en mi cuerpo. Lo de Suzel parece un dengue, porque los médicos me explican que el zika no baja las plaquetas. Hay un detalle que me sobrecoge y me conmueve: todos los casos nuevos llegan aterrados.

Octavo día: me voy de alta. El médico me advierte que los resultados del test para zika pueden demorar unos días, irán a mi policlínico y de ahí a mi posta médica. No es posible agilizarlo, hay acúmulo en los laboratorios.

Llevo ya ocho días en mi casa junto a mi familia. He estado tan débil que he tenido que inyectarme vitaminas del complejo B de alta dosis. De noche se me inflaman las manos. Ahora mismo mientras escribo las tengo hinchadas y doloridas. El rash ha desaparecido, pero la piel me escuece como si me hubieran untado veneno y no puedo usar jabón para bañarme, hasta el agua me produce sensaciones insoportables, como si me estuviera quemando. Duermo muy mal y tengo malestares gástricos. Este virus parece haber consumido mis reservas de energía sigilosamente. Estoy aún en reposo y no valgo un centavo. ¿Qué he tenido? Yo creo que zika y los médicos también, pero sea lo que sea, lo que me preocupa es lo que pasará de ahora en adelante: con mi familia si se contagia, conmigo y las secuelas, con todos…

Quiero expresar mi más vivo agradecimiento al personal que me atendió en el IPK: al doctor Alberto Herrera, jefe de la sala, que nos consolaba y nos tranquilizaba constantemente y no tenía escrúpulos en revisarnos los cuerpos; a la jefa de enfermeras Cristina Pérez, tan humana y capaz de hacer empatía con nosotras; al enfermero Chini por su inmensa sensibilidad y delicadeza, tan poco habitual en una persona tan joven, y a la seño Mirta, quien tuvo la mala suerte de estar a cargo cuando llegué a la sala y recibió de mí un chorro de amargura tremendo, pero me devolvió paciencia y comprensión. También a las pantristas, siempre dulces, sonrientes y consiguiéndonos cafecito a las que no podemos pasar sin él, con absoluto desinterés. Además de ser un team extraordinariamente calificado, quiero resaltar que se trata de personas a quienes el ejercicio de la medicina no ha endurecido y son capaces de compasión, esa cualidad que tanto necesita encontrar el paciente  en aquellos en cuyas manos pone su salud y su vida, y que desgraciadamente escasea como el oro. En todo el tiempo que pasé en la sala E del IPK los vi tratar a todos los pacientes con el mismo respeto por la dignidad humana, la misma atención a las necesidades de todos, la misma compasión. Ese trato maravilloso que nos dieron nos ayudó a sobrellevar un trance que de otro modo habría sido mucho más sombrío. Me gustaría enterarme alguna vez de que esta calidad humana les ha merecido reconocimientos oficiales. Los mejores hospitales del primer mundo se sentirían honrados  de tener este personal en sus plantillas.

También quiero agradecer a nuestros amigos y familiares que desde Miami, Galicia y Bruselas se mantuvieron siempre al tanto de nosotros y nos han dado todo su apoyo, y a nuestro amigo Frank de Punta Brava, quien desafió todas las posibilidades reales de contagio para llevarme al IPK un pomito de café. La lealtad hace que la vida tenga sentido y sea hermosa aún en los peores momentos.

Y todo mi corazón para mi hija y mi esposo, quienes mientras estuve ingresada batallaron hasta el agotamiento buscando las vitaminas del complejo B de 10 000 unidades que les pedí, y preparando la casa para mi regreso. Sufrieron mucho mi ausencia.

Yo estoy segura de haber tenido zika y seguiré pensándolo aún cuando los resultados del test no dieran positivo para el virus. Espero que este artículo ayude aunque sea un mínimo a los médicos de cualquier parte a identificar rápidamente a los pacientes que pudieran ser portadores de zika. Cuba tiene una población virgen, sin inmunidad contra este arbovirus, y muchos de nuestros médicos aún no reconocen el cuadro sospechoso cuando lo tienen delante, como me ocurrió a mí en mi hospital municipal, el primero al que acudí. También espero ayudar a quienes pudieran estar contagiados para que reconozcan desde el inicio los síntomas, aunque el zika presenta manifestaciones muy floridas que no son las mismas en todos los enfermos.

Quiero también —porque como periodista siento la responsabilidad social insoslayable de alertar— dar este testimonio personal para advertir a la población sobre la importancia capital de realizar en nuestros hogares el autofocal todos los días y abrir la puerta a las fumigaciones aunque resulten molestas, pero al mismo tiempo quiero crear conciencia de que ello por sí solo no debe infundirnos una sensación de inmunidad que sería falsa. PUEDE QUE EN NUESTRAS CASAS SEAMOS MUY CUIDADOSOS Y NO TENGAMOS MOSQUITOS, PERO ESO NO SIGNIFICA QUE NO LOS HAYA ALREDEDOR. Hay que chapear los yerbazales, limpiar los basureros, alertar a las autoridades sobre salideros y aguas estancadas y cualquier posible foco de vectores. Nosotros, la población, tenemos que hacerlo, porque esa es la parte que nos toca en esta lucha contra el aspecto maléfico de la naturaleza. La higiene comunal es esencial para cortar la cadena de transmisión de cualquier epidemia, y en lo que dependa modestamente de cada ciudadano debemos intentar mantenerla a toda costa. No nos engañemos porque los síntomas del zika parezcan menos peligrosos que los del dengue. Las secuelas pueden ser mortales.

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MAYOR PELIGRO DE CAMBIO PARA CUBA LA SOBREELEVACIÓN DEL MAR

La Habana, 7 julio(RHC)-  La sobreelevación del nivel del mar debido a los huracanes intensos y otros eventos meteorológicos extremos, sigue representando hoy el principal peligro del cambio climático para Cuba por las sensibles afectaciones que supone, expuso Elba Rosa Montoya, ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, durante una intervención ante el Parlamento.

De acuerdo con el informe presentado por la titular en la Asamblea Nacional del Poder Popular, las inundaciones costeras y la destrucción del patrimonio natural y construido cercano a la costa serán consecuencias directas de ese fenómeno, el clima en la nación antillana es ahora más cálido y extremo, con una temperatura promedio anual que aumentó 0,9 grados centígrados desde mediados del siglo pasado.

Al mismo tiempo, las mediciones en varios puntos del país muestran un incremento del nivel del mar estimado actualmente en 19 centímetros, y las proyecciones indican la disminución lenta de la superficie emergida y la salinización paulatina de los acuíferos subterráneos.

Según Montoya, los estudios apuntan la posibilidad de que queden sumergidas porciones de las zonas más bajas de la superficie terrestre para 2050, con potenciales afectaciones a los asentamientos humanos costeros.

Asimismo, se ha observado variabilidad en la actividad ciclónica y en la actualidad se está en una etapa activa. Desde 2001 hasta la fecha, ocho huracanes intensos afectaron a Cuba, hecho sin precedentes en la historia.

El régimen de lluvias está cambiando, pues en las últimas décadas aumentaron las precipitaciones en el periodo seco, mientras que la frecuencia y extensión de las sequías se incrementaron significativamente desde 1960, con daños mayores en la región oriental del país, señaló el texto.

También se observan variaciones en la disponibilidad de agua y se estima una disminución del potencial hídrico, al tiempo que se miden otras afectaciones en la agricultura, la salud humana y la biodiversidad.

El material debatido por los parlamentarios advirtió que los impactos del cambio climático ya se hacen sentir e implican una carga económica de grandes dimensiones, pues las pérdidas provocadas por 16 huracanes de 1998 a 2008 fueron de 20 mil 564 millones de dólares.

Para hacer frente a esos problemas, indicó la ministra, la ciencia desarrolla estudios que demuestran las variaciones del clima en Cuba, sus impactos y vulnerabilidades, y se implementan proyectos relacionados con la evaluación de ese fenómeno a nivel global, nacional y local.

Editado por Maria Calvo
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Deuda temporal, mujeres en la ciencia ficción cubana

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Para mis amigas, con nostalgia

Ha sido recientemente presentada la antología Deuda temporal, que recoge muestras de la narrativa de ciencia ficción de las escritoras cubanas. No tengo ningún ejemplar en mi poder y no puedo hacer una reseña, pero puedo, en cambio, hablar sobre algunas de las mujeres cuyas imágenes aparecen en la portada, que me ha parecido muy inteligente y es, sin duda, un reconocimiento muy merecido a estas autoras que han debido desenvolverse en un escenario tradicionalmente dominado por hombres y no solo en Cuba, sino en todas partes, pues la ciencia ficción es un subgénero literario tradicionalmente masculino, y ni siquiera los personajes femeninos tienen peso dentro de las tramas. Las mujeres deben hablar no solo de lo que hacen, sino también de sí mismas. Nos lo debemos por todos los siglos de silencio y sumisión a que hemos estado condenadas. Así, yo no escribiré sobre las obras, sino sobre aquellas autoras a quienes he tenido el privilegio de conocer.

Mientras la literatura fantástica ha tenido representantes femeninas en etapas tempranas de la literatura nacional, la ciencia ficción comienza a ver la entrada de las damas con Daína Chaviano, quien no solo fue —probablemente— la primera mujer en hablar sobreDaína extraterrestres en el terruño, sino que los hizo descender de una nave espacial en el techo de su casa en uno de los relatos de su libro Amoroso planeta, siguiendo el camino iniciado por Oscar Hurtado con Los papeles de Valencia el Mudo , saga en torno a personajes caribeños cuya acción transcurre en los campos de Cuba, compilada y editada por la propia Daína. Es suficientemente conocido que ella obtuvo en 1979 (yo siempre creí que fue en 1980) el primer premio David de Ciencia Ficción, y no voy a referirme ahora a su también conocida —y muy reconocida— labor como promotora y creadora del taller Oscar Hurtado, posiblemente el primero que existió en la isla dedicado totalmente a la ciencia ficción. Ella tradujo a nuestro idioma textos de autores anglosajones que de otro modo nunca hubiéramos conocido, al menos en español. Ella hizo antologías e impulsó la edición cubana de El Señor de los Anillos, pues también le interesaba mucho la fantasía heroica. Ella tuvo un espacio en televisión donde dio a conocer muchos filmes de ciencia ficción y fue coautora de la primera serie del género en el espacio Aventuras, la inolvidable Chiralad, tan incomprendida como venerada hasta nuestros días. Daína trabajó con tesón durante años con los autores cubanos para dejar establecida una escuela literaria genuinamente nuestra que, si bien ella no fundó, sí mantuvo mientras vivió en La Habana y con el listón bien en alto. Yo la conocí a través de Chely Lima y Alberto Serret cuando ella fue jurado, junto con Ángel Arango y Antonio Orlando Rodríguez, del último premio David de Ciencia Ficción, otorgado en 1990 a mi libro de cuentos La poza del ángel. Nunca tuve con ella una amistad profunda, nos veíamos en el Oscar Hurtado y creo que un par de veces nos encontramos, una de ellas en su casa, a donde fui a agradecerle por mi premio. En esa ocasión hablamos largamente y me dio muy buenos consejos para escribir. La recuerdo como una muchacha delgada, con un rostro bellísimo y extraño, triangular como el de una serpiente, y unos enormes ojos verdes bastante misteriosos, de esos que lanzan de vez en cuando fulguraciones como de joya tocada por la luz. Me pareció muy centrada, segura de sí y tranquila, aunque se percibía que tenía un mundo interior reverberante. Creo que es una trabajadora incansable, además de alguien con una mentalidad tan plurifacética que le ha permitido, además de crear, manejarse con mucha sagacidad en el mundo editorial fuera de la isla. No sé si es una mujer apasionada, como acuariana que es yo diría que predomina en ella la vida del intelecto. De cualquier modo, tiene una personalidad muy fuerte y es de esos seres que uno no olvida jamás. Su magnetismo le abrió muchas puertas y la suerte la acompañó en sus empresas. Era como alguien tocada por la Gracia, todo le salía bien. Es, además, una persona amable y una mujer elegante.

Con Chely tuve la suerte de la cercanía geográfica. Ella y su esposo, el poeta y narrador Alberto Serret, eran mis vecinos en el reparto La Asunción, donde tenían un apartamento pequeñísimo con una decoración muy interesante, como una casita de muñecas exótica, y una gata negra a la que adoraban y me hacía pensar en esos espíritus llamados familiares, CHELY5quienes, según la Inquisición, solían acompañar siempre a los brujos. Me gustaba mucho visitar a Alberto y Chely, me sentía literalmente fascinada por ellos, y supongo que como trabajaban la mayor parte del tiempo, es seguro que en ocasiones mi aparición les ocasionó dificultades, por no decir molestias, pero siempre fueron impecables en su educación y en su trato, y desde luego, en su paciencia para con mi… ¿adicción? En fin, yo adoraba estar allí. Me encantaba ver a Chely, con su piel de marfil, desplegar sus grandes habilidades como decoradora y restauradora. Una vez llegó a sus manos un canastillero antiguo, uno de esos cofres de junquillo donde las abuelas de antaño guardaban sus útiles de costura; estaba desvencijado, pero las manos de Chely, que eran como de hada, le devolvieron toda su belleza, y luego lo llenó con ovillos, agujas, aritos de canevá, dedalitos preciosos… Un día me mostró un bolsito donde solía guardar miniaturas; había varios frasquitos de perfumes raros, inverosímilmente diminutos. Era una criatura muy apegada a sus cosas, pero tratándose de ellos hay que despojar a la palabra cosa de la categoría de materialidad, porque en ese sentido lo material les importaba poco o nada. Para ellos el apego estaba invariablemente impregnado de afectividad, de significados íntimos, secretos. Recuerdo que una tarde me dediqué a buscar con disimulo el lugar donde guardaban sus ropas, porque en aquel apartamento no se veía nada parecido a una cómoda o un escaparate y aquello era para mí un misterio que desembocó en obsesión, así de loco se pone uno a veces. Creo recordar que había un closet en el baño, pero tan pequeño que si aquel era el lugar, tenían que ser, por fuerza, poquísimas. Sin embargo, cuando defendí mi tesis para graduarme en la carrera de Periodismo, me presenté ante el Tribunal con un maravilloso vestido tejido por indios latinoamericanos que Chely me prestó. Estar con ellos era algo mágico. Aprendí más de lo que conversábamos que en todos mis años de Universidad, y no estoy exagerando. Fue husmeando en sus máquinas de escribir, colocadas en mesas enfrentadas, donde vi por primera vez la estructura de un guión de televisión, presumiblemente una cuartilla de Chiralad. Curiosamente, hablábamos mucho sobre literatura, pero aún más de magia. Ellos fueron mis primeros maestros en el camino del Iniciado. No puedo pensar en uno de los dos sin ver su imagen indisolublemente unida a la del otro. Nunca he visto una pareja tan profundamente cómplice, pero no estaban fusionados para perjudicar a otras personas, como algunos duetos casi criminales que conocí después, sino para bucear juntos en todos los pecios del conocimiento, en todos los pecios del sexo, en todos los pecios del arte. Por sus inteligencias tan profundas, sus sensibilidades tan intensas y volcadas en la exaltación de la Belleza, y por esa condición de identificación e incondicionalidad total que existía entre ambos, están entre las personas que he admirado más. El misterio que envolvía sus vidas, esa aura de inasibilidad, de coto cerrado, atraía a alguna gente con la misma fuerza que a mí. Me asombraba también la amistad que los unía a Daína, Antonio Orlando y Sergio Andricaín. Solo quienes han sido bendecidos con la posibilidad de conocer la amistad pueden imaginar lo que es un grupo de amigos trabajando en un proyecto conjunto. Ellos me enseñaron eso y me prepararon con su ejemplo para construir lo mismo después en mi vida personal. Sin embargo, no eran “suertudos” como Daína. Tropezaban con muchos obstáculos y aunque nunca he entendido por qué, tuvieron y aún tienen detractores encarnizados. Desde la salud hasta la vida social, parecía como si todo tuvieran que conquistarlo con esfuerzos que les exigían tensiones descomunales. Chely era, como Daína, una mujer de personalidad muy fuerte, pero no se parecían. Chely tuvo siempre una voluntad indetenible de explorarlo todo, una sed de conocer, de descubrir, pero sobre todo de sentir, que no provenía de un intelecto estudioso y apolíneo como el de Daína, sino de un espíritu esencialmente místico, dionisíaco y transgresor, a falta de una expresión que defina mejor su esencia. Su sensibilidad era tan perentoria como vasta y no le alcanzaba el ejercicio de la escritura para lograr la expresión total de su mundo interior. Ella y Alberto pintaban, ilustraban, escribían teatro y sobre todo poesía, por lo que era de esperar la posterior incursión de Chely en la fotografía, pues los dos compartían una sensibilidad muy visual. La literatura cubana, que suele ser extraordinariamente injusta en la distribución de sus reconocimientos y sus mudeces, ha destinado la obra poética de ellos a esa zona de silencio tan vergonzosa donde suele meter todo aquello que escapa a su comprensión o resulta políticamente incorrecto. En el tiempo en que aún ellos vivían en Cuba también iba a esa zona tristísima lo sexualmente impropio. La publicación en años recientes de dos poemarios suyos por la editorial Letras Cubanas se debe al esfuerzo personal del poeta Manzano, a quien le toca sin duda por ese empeño la capa de justiciero y el haz de varas con la doble hacha en medio. Haberlo ayudado a contactar con Chely no es por mi parte ni siquiera el principio de una retribución por todo lo que ellos me dieron. Nunca encontraré el modo de agradecer a Chely algunas de las páginas más vibrantes y hermosas de mi novela La casa del alibi, que ella escribió para mí y yo escribí como un homenaje a ellos. Hay deudas que resultan eternas.

La tercera mujer escritora de ciencia ficción que conocí fue Anabel Enríquez, quien con su esposo Javier convirtió el taller Espiral no solo en un referente imprescindible en la historia felizañonuevo16-adel género en Cuba, sino en un semillero de donde han salido los mejores autores de sucesivas generaciones. Uno de sus relatos da título a esta antología. Ya no recuerdo cómo entramos en contacto, pero también con ella me favoreció la geografía, porque éramos vecinas en Santos Suárez. Nos visitábamos con frecuencia y entablamos una de esas relaciones de amistad familiares que son tan cálidas. Ellos venían a mi casa con su pequeña hija Melian y pasábamos horas conversando de todo. Anabel y Javier tienen en común una mente analítica sumamente potente, unida a la cultura que da el ejercicio permanente de la investigación en el mundo del arte, en este caso de la literatura, y creo que ellos han sido los críticos y analistas más serios e importantes del género en este país. Físicamente Anabel es la viva imagen de una dama: pelirroja, pálida, pequeña de estatura y bellísima, con un gusto exquisito para su arreglo personal y unos modales villaclareños de patricia, tiene la gracia frágil de un biscuit o una Tanagra y una reserva tan fina, tan delicada, que la convierte en una especie de producto quintaesenciado de boutique de alto lujo. Cuando estás con ella el aire se hace como más leve, y todo parece cobrar sus exactas dimensiones. Sin embargo, ella tan calma, tan serena, lleva por dentro una fragua de emociones. Fue una amiga incondicional, con quien pude contar en los momentos más difíciles y amargos de mi vida. Es esa clase de personas, escasísimas como los diamantes grandes o los cometas, de la que siempre se puede estar seguro, en la que siempre se encuentra apoyo, la que siempre consuela. De todas las llamas interiores, la que más arde en ella es la de la Piedad. Pero esto es solo en cuanto a su condición humana, porque su mente analítica no es nada piadosa y Anabel puede, con su sonrisa de Hildegard von Bingen y las manos sobre el regazo, sin pestañear, hacer la disección de un texto arrancándole la piel a tiras, la carne viva, tendones y músculos, y finalmente tritura los huesos, y en todo el proceso no le habrás escuchado ni una sola palabra fuerte, un insulto, un cotilleo de mal gusto… pero el objeto de su crítica termina convertido en ese polvo al que ni siquiera es posible volver. Ella es, también, uno de los seres humanos con mayor sentido de la ética que he encontrado en mi viaje por la vida. La extraño y me hace falta esta gran amiga. Todavía nos debemos las dos familias un juego de rol que nunca tuvimos oportunidad de realizar, aunque lo planeamos muchas veces. Creo que ya no ocurrirá, porque el tiempo es como una cuenta de banco de donde puedes sacar pero no reponer, y yo ya he consumido casi todo el capital que me fue asignado. Sospecho que Anabel no sabe lo mucho que significa para mí.

Para hablar de Duchi Man Valderá hace falta un lenguaje tan especial como ella misma, o si no el retrato quedará pálido. La vi por primera vez en la inauguración de una exposición conjunta de artistas plásticos en el Centro Dulce María Loynaz. Pintora, ilustradora y escritora, estaba allí en calidad de invitada y amiga personal de José Adrián Vitier. Causabaduchi una impresión inmediata aquella voluptuosa joven china de gran estatura, como una muñeca enorme de ojos negros y con las manos más bellas que he visto en una mujer, manos aladas, y quienes me acusen de cursi por la comparación recuerden que toda metáfora fue un hallazgo genial de quien primero la creó. Era entonces, todavía, una muchacha que a pesar de haber vivido una vida ciertamente intensa conservaba una cierta ingenuidad que me desconcertó. Siempre me ha llamado muchísimo la atención el proceso de desarrollo de la personalidad humana, tan fascinante para un escritor. Ver cómo una persona se va transformando, cómo adquiere en el tiempo los rasgos que la definirán, es algo ciertamente apasionante, pero con Duchi pude asistir a ese desprendimiento de crisálida en un período de tiempo tan breve que hoy siento que pasó como un suspiro. Se convirtió en una mujer madura en prácticamente unos meses. Su sangre china marca fuertemente su personalidad, aunque puede decirse de ella que es una “japonesa psicológica”, por la gran identificación que siente con esa cultura. Practicante de artes marciales, había que verla con su kimono y sus armas de ataque arremeter con bravura contra su adversario como una auténtica guerrera, o disfrazada con máscaras del carnaval veneciano en las más increíbles y sutiles poses de la seducción. Porque Duchi es una femme fatale en toda la extensión de la palabra, y ser una diosa de la seducción oscura es algo que ella disfruta muchísimo. Caminar sobre corazones literalmente hechos trizas es consustancial con su naturaleza de domina… trix, de fabulosa Emperatriz Amarilla. Alguien que la amó con pasión total la definió como una vampira, y yo diría que no se equivocaba. Yo la bauticé como Gran Geisha Muy Principal (a veces, de una forma más sencilla la llamaba China Malvada) y, por otras cualidades de su carácter, como Albañil del Futuro, pues pocas personas muestran como ella un sentido tan temprano y definido de lo que quieren alcanzar en la vida y se conducen de un modo tan consecuente con sus metas. Pero esta mujer hermosa y llena de gracia y con una sonrisa que desarma a quien la mira, que transita por diferentes personalidades como una bailarina que recorre un escenario y gusta con delirio esta especie de transformismo del espíritu, esta amante de la Belleza y rendida al alma decimonónica como a pocas personas he visto realizar ese misterio que es trasvasarse en el tiempo, es también uno de los intelectos más poderosos que he conocido hasta el día de hoy. Tiene una mente matemática capaz de calcular a distancias intergalácticas para obtener frutos a millones de años luz. Con ella no valen conceptos como lo apolíneo y lo dionisíaco, porque escapa a toda categorización. Es una libélula letal. Nosotras hablábamos muchísimo, lo mismo juntas que por teléfono, horas y horas, hasta madrugadas enteras. Elaborábamos teorías sobre personas y cosas, creábamos mundos, inventábamos conceptos. Duchi tiene una cultura casi humanística y, como Rufo Caballero, es capaz de ver lo que nadie ve, nada escapa a su mirada terriblemente escrutadora ni a su lógica implacable, porque ella posee una capacidad fractal de análisis, algo para nada común y menos en las mujeres, que suelen tener una percepción holística del mundo. En ese sentido ella es una mente solar, tanto como por su poder de seducción es una mujer totalmente lunar. A nadie he conocido tan refinado como Duchi, exquisita hasta lo febricitante. Se me ocurre compararla con el guibli, ese viento oscuro del desierto que desata tormentas de arena de tanta magnitud que cuando terminan el paisaje que queda ya no tiene nada que ver con el que había antes. Nada ni nadie permanece igual después de haber hecho contacto con Duchi, porque todo lo agita su voluntad en perpetua efervescencia. A veces he pensado que tiene una naturaleza espiritual andrógina y es eso lo que la hace tan peligrosa. Y en esa naturaleza hay también algo de espejo: cuando la gente se le acerca demasiado recibe, como un disparo en medio del pecho, una imagen refleja de ellos mismos que los puede matar, porque muestra la verdadera naturaleza de las cosas; una especie de espejo mágico que ni embellece ni afea a quien se mira en él, sino solo le muestra como realmente es. Otra de sus características, tal vez la ontológica, es la enorme contradicción que representa poseer una estructura emocional apasionada y vehemente, huracanada casi, y al mismo tiempo una mente fría como un bloque de hielo que no se deja dominar por ninguna emoción. Cuando se fue dejó en mí un vacío imposible de llenar, porque nadie es como ella. Nadie tan dulcemente cruel, tan sincera y tan honesta: un auténtico caballero, condición tan abrumadoramente ausente en los “caballeros” varones que pululan en este mundo enfermo de falacias. Vive en Duchi una sabiduría tan vieja, tan antigua, que la mentira se deshace cuando entra en su Luz.

He dejado para el final a mi pequeña Hijita-Sol Elaine Vilar Madruga, porque fue la última de las escritoras de ciencia ficción que conocí. Nuestro primer encuentro ocurrió en La Cabaña, en una Feria del Libro. Coincidimos en una bóveda repleta de visitantes. Elaine resaltaba entre la multitud por su extraordinaria blancura y sus rizos relumbrantes como Elaineoro del Rin, todo el conjunto enfundado en un vestido negro muy elegante pero poco habitual para una adolescente. Ella y su pareja cargaban montones de libros. Les hice una pregunta y me respondieron con mucha gentileza, me mostraron sus compras, me sugirieron títulos. Ella merece más que nadie el adjetivo de blonda, ella es como un rayito de sol que brilla hasta en la habitación más iluminada. Tiene la magia y la simpatía de un duendecito. Y una rapidez para asimilar conocimientos que me dejó sorprendida una vez cuando, en el encuentro Behíque de ciencia ficción, figuramos juntas en el programa para ofrecer una conferencia sobre la Diosa Madre en las culturas pre-indoeuropeas. Yo le facilité materiales, pero tenía poco tiempo para prepararse y eso me preocupaba, mas cuando nos sentamos las dos en el panel y a Elaine le tocó su turno de hablar, ya sabía más que yo del tema, y no mostró nerviosismo, sino un perfecto dominio de sí misma que me llenó de orgullo. Tiene un temperamento sanguíneo que la hace una trabajadora incansable, y es una comunicadora nata. Está tan dotada para la prosa como para la poesía, y aunque pienso que con ella se ha ido demasiado rápido en el reconocimiento oficial de sus dones, eso es más porque soy conservadora con respecto a la dinámica natural de los procesos de crecimiento en un artista, y pienso que nunca se deben acelerar desde fuera de modo artificial; me asusta que se obtengan demasiados lauros en edades demasiado tempranas, porque por esa causa ya he visto malograrse talentos promisorios. Pero en definitiva, más pronto o mas tarde la carrera de Elaine como mujer de letras es un hecho, por muy vertiginosa que haya sido, y hasta es posible que, en su caso personal, un comienzo precoz le conceda a la larga la ventaja de un caudal de tiempo mayor para acumular conocimientos del que disfrutamos todas nosotras. La fama temprana puede crear también un temprano sentido del compromiso, y Elaine se compromete a fondo en todas sus empresas. Espero aún mucho más de mi Hijita-Sol, esta joven que escribe poesía con emociones telúricas. Ella tiene una enorme reserva de fuerza y está dispuesta a luchar en un terreno dominado por los hombres como es la ciencia ficción. Ya ha triunfado, y va a seguir haciéndolo, no tengo duda.

Mis amigas escritoras poseen todas personalidades fuertes y muy orgánicas, intelectos brillantes, conocimientos muy sólidos del género que han elegido, imaginarios de una gran riqueza visual y un concepto muy alto del estilo y de la ética escritural. Nunca he leído un texto tramposo firmado por ellas, ni nunca encontré en sus obras aplicado el penoso procedimiento de la “levadura”, que consiste en alargar una historia intencionalmente más allá de sus propios límites naturales babardeando a diestra y siniestra, y que se me perdone el uso de un término francés donde resultaría mucho más ilustrativa una definición criolla de este pecado que tantos autores cometen, pero que no puedo escribir en un artículo periodístico por ser un palabra algo inconveniente del lenguaje popular. No creo que pueda hablarse de un enfoque femenino de la ciencia ficción por el hecho de que las escritoras cubanas aborden sus historias desde ángulos que poco asumen sus colegas varones del patio. Creo simplemente que, al menos en estos casos de escritoras que conozco, de lo que se trata en realidad es de que son mejores artistas, tienen mucha más sensibilidad y van en serio, mientras que en la mayoría de los escritores jóvenes del sexo opuesto la ciencia ficción parece como la prolongación inmadura de juegos infantiles con soldaditos intergalácticos y consolas japonesas, además de que martillan —no todos— el lenguaje con ímpetus de fogonero. Ellas no solo son más analíticas en lo que a procesamiento de códigos del género se refiere, sino que tienen una mirada mucho más abarcadora y más profunda y son infinitamente más atrevidas a la hora de ensanchar fronteras entre géneros literarios, pues no limitan su espacio creativo a cuestiones tecnocientíficas que desde sus inicios han caracterizado esta literatura. Ellas están mucho más cerca de la fuerza emocional y conceptual de grandes obras literarias de ciencia ficción como El país de los bondadosos, una de las parábolas más conmovedoras que se hayan escrito sobre la exclusión, por solo citar un ejemplo, porque en la ciencia ficción también hay arte, pero el género es más susceptible de perder el equilibrio por excesos y defectos que otros tipos de literatura. La ciencia ficción no es un juego de máquinas, sino la inmensa e insondable aventura de los efectos y las causas, por lo que la sensibilidad es justamente lo que marca la diferencia entre Blade runner y una historia común sobre robots.

No quiero terminar esta evocación de mis amigas tan queridas sin dejar testimonio de que a diferencia de mí, que fui una disidente de la ciencia ficción después de ganar aquel David y publicar mi primer libro, aunque tantas veces he aconsejado a varias de estas talentosas escritoras dedicarse a otro tipo de literatura ninguna lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que pueden escribir sobre cualquier cosa y todas lo han demostrado. Se han mantenido fieles a la apuesta y permanecen en sus puestos, sin que les puedan —como dicen los niños— todas las razones que le han valido a la ciencia ficción la calificación de subgénero y su fama de superficialidad y mala calidad literaria.

Raúl Aguiar, compilador de esta antología, ha comprendido sin duda todo eso. Nadie invierte nueve años en un proyecto si no está seguro de su validez. Una década es menos que la décima parte de una vida. Su prólogo tan serio, pieza impecable, no solo resume de manera muy eficaz una gran cantidad de información, sino que pone de manifiesto un pensamiento inteligente y un desarrollo de ideas que el tiempo ha enriquecido. Aguiar ha tributado con esta antología un reconocimiento merecidísimo a un sector de la literatura cubana completamente abandonado por la crítica, con lo que ha llevado a cabo un acto de justicia poética que vuelca su mérito sobre él mismo, pues por ser hombre, por ser un crítico, un investigador y un escritor de ciencia ficción ya consagrado pudo haber asumido las mismas posturas de indiferencia y menosprecio que exhiben otros, pero eligió seguir un camino propio que le ha llevado a este hermoso resultado. Que el libro haya sido publicado por la editorial Oriente es casi una conclusión inevitable, pues esta editorial se comprometió desde su fundación con la literatura escrita por mujeres, y porque hasta donde sé, Oriente nunca rechazó un proyecto que fuera brillante y osado. En ese sentido le corresponde el lábaro entre las editoriales cubanas, muchas de las cuales han sido lastradas durante demasiado tiempo por vanos prejuicios y ceguera artística, dos males que han dañado tremendamente a la literatura nacional.

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¿Cuán seria es la amenaza del cambio climático para las costas de Cuba?

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

Puede que la pesadilla recurrente donde La Habana desaparece tragada por el mar, que me persigue desde mis primeros años, se deba a la historia que me contaba mi madre cuando yo era niña sobre la tragedia de Santa Cruz del Sur, un pueblo cubano del Camagüey que desapareció devorado por las aguas durante el ciclón de 1932. Hoy, cuando el planeta está amenazado de muerte por los efectos del cambio climático, muchos cubanos nos preguntamos qué destino aguarda a nuestra isla y cuánto tiempo nos queda antes que ocurra lo que, al parecer, ya es inevitable. Otros, la mayoría, se ríen y rechazan dedicar ni siquiera un minuto a pensar en semejante cosa, porque primero están cuestiones más vitales del ahora mismo como el sexo, la comida, la cerveza, la playa, la pelota… No sé cómo explicar ese sentimiento nacional de invulnerabilidad que caracteriza al cubano junto con su apego ontológico al choteo y a hacer burla de todo cuanto huela a seriedad o tragedia. Pero existe, qué duda cabe, y es letal.

¿Cuál es la verdadera situación de Cuba, una isla rodeada de agua, cuando los Polos se deshielan recalentados por los elevados niveles de gases que perturban la atmósfera terrestre? ¿Desapareceremos como tantas tierras bajas? ¿Seguiremos a la deriva salvados por una mano mágica que mantendrá la isla a flote mientras el resto de las tierras se va a dormir el sueño eterno en las profundidades marinas?

Una revisión en Internet a las páginas de las instituciones oficiales cubanas vinculadas con el cambio climático nos entera enseguida de que aunque el tema no ha sido aún estudiado en profundidad, ya se ha comenzado un programa preventivo de evacuaciones de poblados ubicados en zonas costeras potencialmente en peligro de ser invadidas por el mar.

Lo primero que todos los cubanos necesitamos conocer muy bien es que las líneas costeras del norte y el sur de Cuba son muy irregulares y presentan relieves variados muy diferentes entre sí. Hay bahías, terrazas, penínsulas, ciénagas, playas y otros muchos accidentes geográficos. En estas líneas costeras hay extensas zonas de tierras bajas como la que se extiende en la costa norte desde el cabo San Antonio hasta Punta Gobernadora, con 528 km de largo, formada principalmente por litorales bajos generalmente cenagosos, o sea, pantanos. Luego, desde Punta Gobernadora hasta Punta Hicacos, en Matanzas, en litorales más bien altos que se extienden poco más de 400 km predominan las terrazas de seboruco. De punta Hicacos a punta Maternillos, en la provincia de Camagüey, vuelve a sucederse una costa baja y pantanosa de 944 km de largo. Entre punta Maternillos y punta Quemado en la zona de Maisí, provincia de Guantánamo, se extiende una costa abrupta en las que reaparecen el seboruco y los farallones a lo largo de 1 329 km.

En la línea de la costa sur que va desde punta Quemado en Maisí, a cabo Cruz en la provincia de Granma, a lo largo de 680 km —que constituyen el flanco meridional de los grupos orográficos de Sagua-Baracoa y de la Sierra Maestra— se originan las más importantes terrazas marinas emergidas de Cuba, bordeadas a veces por el seboruco costero o por extensísimas playas de cantos rodados. Entre cabo Cruz y punta María Aguilar, en la provincia de Sancti Spíritus, hay una costa baja y pantanosa, bastante deshabitada, de 741 km de largo. De María Aguilar a punta Potrero, en la bahía de Cochinos, provincia de Matanzas, hay un tramo de costa de 252 km de largo, formada principalmente por el seboruco erizado de diente de perro y ahuecado por numerosas casimbas. Entre Punta Potrero y cabo Francés, en la provincia de Pinar del Río, en otro tramo de 732 km de largo, la línea de costa es muy baja y cenagosa. Entre cabo Francés y el cabo San Antonio tiene lugar el tramo final de 131 km de largo, que forma el litoral de la península de Guanahacabibes, orlado por altos acantilados y acogedoras playas, y vastos tramos de seboruco.

Aclaro que soy periodista y no climatóloga, meteoróloga, geóloga marina ni semejantes, pero tras atentas consultas a bibliografía especializada, entiendo que más o menos este es el panorama de las costas cubanas, bastante inquietante como se puede ver, debido a las grandes extensiones de zonas bajas que posee nuestro país. La costa más comprometida, como ya lo han demostrado los desastres provocados por varios fenómenos atmosféricos a través del tiempo, es la sur, en la que se encuentran numerosos tramos bajos y cenagosos con extensos manglares, entre los que cabe mencionar los situados al sur de Pinar del Río, La Habana, Matanzas (Ciénaga de Zapata), Ciego de Ávila y Camagüey, aunque también en la franja costera septentrional se localizan numerosos manglares, como los ubicados al norte de Pinar del Río, Villa Clara y Ciego de Ávila, y también los asociados a los grupos insulares que rodean a Cuba.

El mundo está amenazado por el cambio climático y los expertos internacionales en dicha materia aseguran que solo quedan unos veinte años de gracia para nuestro planeta antes que los efectos del mismo sean irreversibles y letales. Para 2050 los pronósticos son abrumadores. El nivel del mar en las costas de Cuba se ha elevado 6,77 centímetros entre 1966 y 2015. La Agencia de Medio Ambiente de la Isla ha advertido que el ascenso del nivel del mar es uno de los mayores peligros provocados por el cambio climático, pues según previsiones de los últimos años se espera para el año 2050 un aumento de 27 centímetros del nivel del mar en nuestras costas, y la pérdida del 2,31% de superficie terrestre en el litoral. A este paso, reflejan los datos oficiales que el nivel medio del mar subirá en 0,27 metros para el 2050 y 0,85 para el 2100. Por ahora, en este archipiélago hay localidades costeras que pierden tres metros de tierra firme por año, y de las 414 playas cubanas registradas, 122 asentamientos costeros son afectables por cambios climáticos y 21 desaparecerán totalmente entre 2050 y 2100.

Los modelos proyectan que los niveles del mar se elevarán otros 9 a 88 cm para el año 2.100, lo cual ocurrirá debido a la expansión térmica del agua oceánica en proceso de calentamiento y una afluencia de agua dulce de los glaciales y hielos en proceso de fusión. La velocidad, magnitud y orientación del cambio en el nivel del mar ha de variar según el lugar y la región, en respuesta a las características de la línea de costa, los cambios en las corrientes oceánicas, las diferencias en las pautas de mareas y la densidad del agua del mar, así como los movimientos verticales de la propia Tierra. Se prevé que el nivel del mar siga aumentando durante cientos de años después de que las temperaturas atmosféricas se estabilicen.

Además los datos muestran la desaparición de ecosistemas costeros, la pérdida de humedales y manglares, un creciente deterioro del litoral por inundaciones y la intrusión de la cuña salina en deltas. Uno de los impactos más destructivos es la llegada de ciclones y huracanes a las costas. En Estados Unidos llegaron en 2008 por primera vez en la historia seis ciclones tropicales de forma consecutiva, y también por primera vez, tres huracanes de gran intensidad llegaron a Cuba, según los datos de la Organización Meteorológica Mundial.

Los cálculos arrojan que el mar aumenta el nivel en el mundo de uno a dos milímetros anuales. A simple vista parece poco, pero no es así. Cuba no escapa a este fenómeno. Según datos de la estación mareográfica de Siboney en Ciudad de La Habana, en los últimos 40 años el nivel del mar en el litoral capitalino ha ascendido 2,14 milímetros por año. Tan solo este dato basta para calcular que, de seguir esta tendencia, en unos cien años el nivel del mar al borde de la capital habría ascendido uno o dos metros.

No solo Cuba perderá asentamientos humanos enteros y zonas agrícolas de máxima importancia, sino enclaves capitales para la economía nacional como son las bahías y puertos, entre los que se encuentran los de La Habana, Santiago de Cuba, Nipe, Cabañas, Mariel, Guantánamo, Cienfuegos y Nuevitas. Muchas de nuestras playas desaparecerán, entre ellas probablemente Varadero, y cayerías enteras, con lo que las afectaciones a la industria turística resultarán incalculables. Otros datos alarmantísimos anuncian que en general el nivel medio del mar mundial se ha elevado de 10 a 20 cm en los últimos 100 años. El ritmo del aumento ha sido de 1-2 mm por año, es decir como unas 10 veces más rápidamente que el ritmo observado en los últimos 3.000 años.

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

El mar desenfrenado infunde al hombre un horror arquetípico

Dice el refrán que cuando veas las barbas de tu vecino arder pon las tuyas en remojo. Kiribati es un archipiélago de 33 atolones situado en el Pacífico Sur, que cuenta con una población de más de 110.000 personas cuya principal actividad económica se concentra en el sector servicios y en la pesca. El presidente de Kiribati ha pedido a la comunidad internacional que le ayude a reubicar a sus ciudadanos ante la amenaza de desaparición de esta nación del Pacífico Sur debido al aumento del nivel del mar. Ha señalado que comunidades enteras ya han sido desplazadas y muchas cosechas se han perdido por la subida de las aguas. Explicó que en poco tiempo las islas que forman el archipiélago estarán sumergidas, y ya no se tratará de una cuestión de crecimiento económico, sino de supervivencia humana. Además, reiteró la necesidad de reubicar a la población de Kiribati a mediano plazo, pues muchas familias ya tienen las casas sumergidas y serán engullidas por el mar antes del final del siglo XXI, y todos los habitantes tendrán que desplazarse a otros países. Hasta el momento Nueva Zelanda ha sido la única nación del mundo que ha respondido afirmativamente a la petición.

Cuba sufre doble amenaza: la que se encarna en los huracanes, principal fenómeno atmosférico que azota a nuestro país, y que en muchas ocasiones traen consigo penetraciones del mar e inundaciones de envergadura; y la que representa el cambio climático para su condición insular y sus abundantes tierras bajas. No quiero elaborar una lista especulativa sobre las posibles zonas que desaparecerían bajo el mar en un futuro no muy lejano, pero hay una en especial, que me causa gran dolor: playa Baracoa, al norte de La Habana. Tengo una foto de ese lugar como fondo de mi escritorio. Allí pasé unas vacaciones inolvidables hace ya varios años. Una noche mi esposo, mi hijita y yo salimos a conocer el pueblo, y vimos áreas enteras del mismo todavía sumergidas bajo las aguas que un reciente ciclón arrojó contra el poblado. Nunca he podido desterrar de mi mente las casuchas sepultadas por masas lodosas que rielaban bajo una luna indiferente a la desgracia de aquellas gentes humildes, quienes estoicamente intentaban rescatar sus viviendas pobrísimas de aquel monstruo que la naturaleza les había enviado.

3595-fotografia-gA continuación reproduzco una cita tomada de una página cubana especializada en cambio climático y sus posibles afectaciones a la isla:

El apilamiento por arrastre del viento, conocido como “wind set up”, se produce por la acción de vientos tormentosos que empujan grandes masas de agua hacia la costa. A este fenómeno lo favorecen las zonas bajas, con suaves pendientes de fondo. En la superficie, la velocidad del movimiento es mayor. El oleaje producido es relativamente débil con respecto al viento que lo genera y no es capaz de hacer retornar la masa acuosa acumulada en la orilla En el territorio nacional existen condiciones muy favorables para este fenómeno en el Golfo de Batabanó, el Golfo de Ana María y el Golfo de Guacanayabo, sobre todo cuando se presentan vientos de región sur, Los “sures” anteceden a los frentes fríos. Al girar los vientos hacia el norte, mientras pasa el frente frío, el peligro de inundación por predominio del “wind set up” se traslada a las playas de la costa norte, en particular a las que reciben su azote con mayor fuerza que son las situadas en la región noroccidental.

El apilamiento por rompiente del oleaje, conocido como “wave set up”, ocurre cuando la ola rompe y se vuelca sobre la costa. Bajo la influencia de olas bien desarrolladas, generadas por vientos de gran intensidad, el flujo superficial hacia la costa tiene mayor velocidad que el flujo inverso del fondo y parte de la masa acuosa no logra regresar al mar, acumulándose en la orilla. Este fenómeno se favorece con el fondo marino de pendiente abrupta. Es la forma típica de las inundaciones en el Malecón Habanero al paso de los sistemas frontales. De aumentar el nivel del mar en el orden de los centímetros, el “wave set up” se intensificaría, al acercarse a la costa la rompiente de olas más altas, que en la actualidad se destruyen a mayor distancia de la costa.
Marea de tormenta” o “surgencia” (Storm surges) es la onda solitaria que acompaña en su trayectoria a los ciclones tropicales. En ella intervienen la acción unificada de las bajas presiones, los intensos vientos y la circulación convergente que caracteriza a estos eventos. Al actuar la presión atmosférica sobre la superficie líquida se produce el efecto de “barómetro invertido”, esto es, la disminución de la presión central con respecto a la periferia en un hectopascál en correspondencia con el aumento del nivel del mar en un centímetro. A esto se suma el oleaje y el arrastre de los vientos intensos y convergentes. En mar abierto, donde la profundidad es significativa, el efecto es prácticamente imperceptible. Los conflictos se presentan al acercarse el ciclón a la costa, por la influencia de la fricción de fondo.

La “surgencia” se comporta como una onda larga, deformándose por el “efecto de shoaling”. Como la longitud de la onda es directamente proporcional a su velocidad de traslación; para cumplimentar la ley de conservación de energía, la disminución de la velocidad y de la longitud de onda por la fricción del fondo, se compensan con un gran aumento de su altura. La velocidad de las partículas en la superficie es mucho mayor que en las corrientes de retorno del fondo, por lo que la altura de la marea de tormenta crece varios metros, produciendo grandes penetraciones del mar en áreas poco profundas. A este tipo de zona corresponden el Golfo de Batabanó, el Golfo de Ana María y el de Guacanayabo, en la costa sur

santa cruzEn Cuba, el ejemplo más catastrófico conocido es el caso de las penetraciones del mar en Santa Cruz del Sur, en 1932. Se estima que el nivel de las aguas sobrepasó los seis metros de altura. Otro ejemplo, mucho más reciente, es la inundación de la Bahía de Cárdenas al paso del huracán “Kate”, el 19 de noviembre de 1985. Se registró un aumento en el nivel del mar en el orden de los centímetros. Hagamos el ejercicio mental de imaginar lo que podría significar en áreas del Malecón habanero un aumento de unos diez metros del nivel del mar. Los siguientes fragmentos del testimonio de varios sobrevivientes de la tragedia de Santa Cruz del Sur pueden dar una idea a los cubanos de hoy de lo que podría sobrevenir en un futuro no muy lejano en algunas zonas bajas de la isla:

“Todos dormían con tranquilidad esa noche. La tarde había concluido de una forma rara y un sol intenso rojizo se apreció en el oeste. La marea subía lentamente. Un mensaje recibido por el telegrafista indicaba que no eran necesarias preocupaciones. Pero unas horas más tarde de que el sol se disipara en el horizonte, el destino del poblado de Santa Cruz del Sur comenzó a cambiar.

[…] “Comenté con mi cuñado que no me agradaba el tiempo. Escuchaba un sonido muy extraño que procedía del mar. Yo percibía una ardentía. Él no prestó mucha atención a mis presentimientos y me dijo que el problema mío era de los nervios y que por ese motivo había venido para no dejarme sólo. Entonces comprendí lo de la inesperada presencia de Sángara en mi casa. Días antes había expresado un presentimiento a mi familia. Me atormentaba la idea de que el pueblo había sido destruido por una ola gigante. Pensaba, como pregonan muchos por aquí, que el mal año entra nadando. Era un presentimiento que no me dejaba ni siquiera dormir. […] Pero lo que experimentaba ahora no eran presentimientos era la realidad”.

[…] “El día ocho, por la mañana, el mar llegó hasta la puerta de entrada. La casa estaba pegada a la costa.

“Por la tarde tuvimos que quitarnos los zapatos y andar en short. Esa noche no pudimos dormir. Ya mi cuñado se notaba preocupado y se lamentaba de no encontrarse en su casa con los suyos. Pero ya tenía que permanecer aquí porque todo se comenzaba a inundar. Quedamos atrapados entre el agua de mar y el río Najasa que lo teníamos detrás. Cuando amaneció el agua del mar nos daba a la cintura. Teníamos las puertas y las ventanas completamente abiertas.

[…] “Al momento vino una ola inmensa que estremeció la casa. Le siguió otra mayor cargada de escombros, fango, sargazo y mangles. La ola parecía un león gigante…
“El huracán arrastraba todo tipo de objeto: las casas, los árboles, las empalizadas, las personas… El día 10 levamos el ancla y llevé la lancha hasta la costa.

[…] “Para caminar por la orilla de la playa tuvimos que apartar los cadáveres y los escombros. En una empalizada escuché los quejidos de personas vivas. Eran mujeres, niños… […] No pudimos hacer nada por aquella pobre gente. […] el jefe de sanidad ordenó quemar todas las palizadas con la gente dentro. “Para evitar una epidemia”. Así justificaba aquella barbarie.

“[…] el chofer del carro de bomberos, detuvo el vehículo frente a una ranchería. Venía a auxiliar a algunas familias. Cuando se bajó del camión fue alcanzado por una pancha de zinc que le cortó la cabeza. El cuerpo brincaba y el agua se tornó roja. Una joven, de unos 15 años de edad, trató de atravesar la calle, otra plancha de zinc la trozó por la cintura. Un gran escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Nos aproximábamos al almacén de Avalo. La edificación había perdido el techo. Dentro del local se encontraban varias familias, entre ellas los hijos de Manuel Cañete, con Rita de Quesada y también los Díaz. Una de las muchachitas, que era entretenida, se incorporó y caminó tres pasos. La hermana la agarró por un brazo para que regresara. Una vigueta elevada por los vientos se les echó encima y les golpeó la cabeza. Al instante quedaron muertas las dos jovencitas.

[…] “En el muelle había quedado una casilla del ferrocarril. Como a las 5:00 a.m. de la mañana la gente se refugió en la casilla. Como 42 personas se reunieron allí, entre ellas las familias de Salvador Furiach, Eliécer Betancourt y otras más. Una ola gigantesca entró a la casilla pero Eliécer había dado la orden de que se abriera la otra puerta para no hacerle resistencia al mar y el agua pudiera entrar y salir libremente. En el Way había 40 casillas más que no pudieron resistir la furia del viento y del mar. Escuchaba los gritos aterradores de las mujeres, los niños y los hombres hasta que fueron apagados por el agua. Vimos pasar encima de un piano a una mujer completamente desnuda y aterrada.

“[…] A las mismas personas que había conocido las vi morir con gran desesperación en sus rostros. Mi suerte fue distinta. Sólo la casilla en que yo me encontraba, en espera del tren de auxilio, no fue arrastrada por las fuerzas del mar y el viento.

[…] “Aquellas personas con las que había compartido mis sueños y alegrías se habían transformado en pocas horas en seres andantes en la desesperación, con las manos sobre la cabeza, los ojos inyectados en sangre, la voz apagada, con los cuerpos semidesnudos y la piel blancuzca. Parecíamos cadáveres vivientes que nos movíamos como sonámbulos de un lugar a otro sin rumbo determinado buscando a los familiares y ahogados en llantos.

[…] “Se observaban personas vivas encima de los árboles y techados, cuerpos decapitados por planchas de zinc y tejas de barro que se desprendían de las viviendas como hojas de papel y, cadáveres enredados en las palizadas o arrastrados por la furia del viento, el mar y las lluvias. Muchas familias quedaron atrapadas y ahogadas dentro de sus viviendas. El mar en su retirada se llevó con él decenas de personas vivas y cadáveres, algunos seres humanos desaparecieron y otros fueron encontrados putrefactos enredados en los mangles de las cayerías más cercanas.

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[…] “Ese día dejó para siempre una página de lagrimas en nuestra historia. Encontraba a mi paso mujeres, hombres, niños y ancianos semidesnudos y temblorosos. El pueblo amaneció borrado del mapa el día 10 de noviembre. Los cadáveres flotaban junto a todo lo que era de madera. Durante muchos días ardieron en fogatas gigantescas los cuerpos putrefactos de seres humanos y animales. Más tres mil personas, el 70 por ciento de los habitantes, quedaron sepultadas en mi pueblo.

[…] Durante el resto de sus días, América de la Cruz del Risco Muñoz recordará aquel espantoso suceso que a veces no le deja conciliar el sueño. “Aparecían en mis pesadillas personas aún vivas dentro de los escombros y varios hombres con latas de gasolina o de petróleo dándole candela a las piras. Escuchaba los lamentos de aquellos cuerpos inertes debajo de las palizadas. Veía una columna de humo negro que cubría todo el pueblo. Por las madrugadas a veces me despertaba sobrecogida con imágenes dantescas: una madre con el cuerpo de su hija muerta entre sus manos y apretada al pecho como cuidando su sueño definitivo”.

Siempre que mi madre me contaba esta tragedia espantosa de Santa Cruz del Sur ella decía que al pueblo y sus 3 000 habitantes se lo tragó un ras de mar, pues eso fue lo que entonces se afirmó, pero en realidad se trató de un proceso ciclónico gradual que fue intensificándose a medida que el huracán se acercaba. Entre las 4 y 5 de la madrugada del día 9, el agua del mar comenzó a entrar en el pueblo y a subir su nivel como sube la marea, paulatinamente. Alrededor de la 9 de la mañana las aguas alcanzaban más de 3 m de altura. Ya a las 11 de la mañana aproximadamente, incluyendo el oleaje provocado por el viento huracanado, el nivel del mar ascendió hasta 30 pies de altura, o sea, a casi 9 m de altura. Según la crónica del meteorólogo Evidio Linares las aguas del mar penetraron en tierra hasta casi 20 km. en algunas localidades. Las más afectadas fueron: Santa Cruz del Sur, Guayabal, Camagüey, Júcaro, Morón, Nuevitas, Ciego de Ávila, Florida, Puerto Tarafa, Pastelillo, Camajuaní, Caibarién y Jatibonico.

No cabe duda de que la naturaleza se ensañó con Santa Cruz del Sur, pero también hubo otros responsables: malos partes del tiempo, predicciones de meteorólogos que en esa ocasión se mostraron incapaces, y sobre todo una pésima actuación de las autoridades, las cuales no solo no protegieron al pueblo sino que no desplegaron labores de rescate y salvamento y solo se hicieron presentes en el lugar cuando las aguas habían bajado y apenas quedaban sobrevivientes. De haber ocurrido semejante tragedia después de 1959, muy otro hubiera sido el destino de los habitantes de Santa Cruz del Sur, pues el mundo entero reconoce hoy la competencia y autoridad de Cuba en labores de rescatismo en todo tipo de eventos. A pesar de que las dramáticas profecías de la ciencia no están ahora mismo a punto de suceder, ya se toman medidas preventivas para proteger a la población, como la evacuación paulatina de asentamientos costeros. A las personas corresponde el cumplimiento estricto de las medidas implementadas por la Defensa Civil y mantener la ecuanimidad y la disciplina por muy desesperada que se presente una situación.

De cualquier modo yo, que tengo mi casita en la barriada habanera de Luyanó y cuando subo al segundo piso de mi edificio puedo ver claramente las aguas de la bahía, me pregunto si entre ellas y mi casa habrá 5 km de distancia, y si estoy a salvo. La verdad es que mi casa no tiene nueve metros de altura…

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El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar

El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar, título publicado en 2013 por la colección Diálogo de la Editorial Oriente, lo encontré en una de mis lamentablemente esporádicas elcinelcritico2visitas a las librerías capitalinas, y es un texto que forma parte de la ya nutrida literatura sobre cine que desde hace al menos una década se viene publicando en Cuba, de la que cualquiera de sus ofertas es una incitación casi imposible de ignorar para quienes se interesan en la pantalla grande.

El título mismo es una tentación por su polisemia casi perversa. Es una especie de parodia del filme homónimo rodado en Hollywood en 1942, basado, a su vez, en una obra de teatro de igual nombre. Estamos, pues, ante un título no solo con rancio abolengo cinematográfico, sino portador de una semiosis que parece impresionar el subconsciente (tal vez no de un modo tan inconciente) de quienes reparan en él. Hay títulos así de misteriosos, que se pegan a uno como esos fragmentos de canciones que nos sorprendemos tarareando durante días como un disco rayado. La historia es simple: un director de teatro que viaja a un próspero pueblo para ofrecer conferencias a un público perteneciente a la burguesía, se accidenta no más llegar a la casa de sus anfitriones y debe permanecer con ellos durante su convalecencia, produciéndose entonces un fenómeno que recuerda, de cierta manera, la monstruosa distorsión social que muestra otro filme, El sirviente, donde el recién llegado se hace con el control de la familia y gobierna la casa con mano de hierro, dirigiendo y alterando las vidas de todos a su alrededor. Valga esta definición que he tomado de un blog sobre cine de Internet:

Lejos de tratarse de un invitado tranquilo y agradecido, y más lejos todavía del obligado reposo que debe guardar para su dolencia, Whiteside se convierte en un tirano que desde el primer momento mediatiza, dirige y controla todo lo que ocurre dentro de la casa, incluso imponiéndose a sus propietarios ante los empleados del servicio. La vida de los Stanley da un giro, hasta el punto de sentirse extraños en su propia casa, cuando, bajo las directrices de Whiteside, que toma la casa como base de operaciones para el desempeño de sus abundantes tareas burocráticas y personales, todo va sumiéndose en el caos, crecen los malos ententidos y los equívocos, y ya nada parece ser lo que es. No faltan los personajes que, aprovechando la cercanía de una celebridad, insisten en que lea borradores de obras de teatro y novelas para intentar así ser “descubiertos” por el gran crítico, aunque él hace bien poco aprecio de ellas.

Si se piensa que El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar es el título de la memoria del XVIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica que tradicionalmente se celebra en Camagüey, y en esta edición recoge ponencias y mesas redondas sobre temas como “Los grises años setenta y las trampas del realismo (socialista)”, “El cine cubano en tiempos de definiciones”, “Varias peleas de Titón contra el demonio”, “Los siete contra Héctor” , “El caso nada extraño de Oscar Valdéz” y otros que remiten a sombras del pasado aún no conjuradas —y mucho menos expiadas—, de inmediato uno comienza a preguntarse quién será ese espectador que ha venido a cenar al Taller de Crítica Cinematográfica, o quién es ese espectador que tomó el control del cine cubano y asumió un mando que no le correspondía trastocándolo todo… Y entonces, sin poder resistirse, uno compra el libro y se va corriendo a leerlo, porque quién no sospecha que la historia del cine cubano, aunque relativamente breve, guarda innumerables sorpresas que esperan ser develadas.

Una de estas sorpresas es la tesis firmemente sostenida sobre el ICAICentrismo, donde se echa por tierra la ilusión de que la cinematografía cubana nació con la fundación de esta Institución y solo ha existido dentro de su radio de acción. Esta tesis, sostenida por críticos del prestigio de Luciano Castillo, hoy Director de la Cinemateca de Cuba, Mario Naíto, Gustavo Arcos, Joel del Río, Frank Padrón y otros de nueva generación como Justo Planas y Juan Antonio García Borrero, es desplegada con el apoyo de argumentos de carácter histórico cuya contundencia resulta irrebatible, pero es, a su vez, matizada por juicios de valor muy objetivos, de los cuales no escapan los desaciertos del ICAIC, pero tampoco los aciertos de la cinematografía cubana en los setenta, a la que está dedicada, fundamentalmente, esta edición del mencionado Taller.

Entre los contenidos del volumen resulta de gran interés la intervención de Carlos Ruiz de la Tejera en un panel dedicado al filme Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, de cuyo elenco de brillantes actores cubanos de la época Tejera, hoy ya fallecido, era entonces uno de los pocos sobrevivientes. Sus anécdotas sobre el rodaje de esta película en la quinta Santa Bárbara, propiedad de Flor Loynaz del Castillo, son de una extraordinaria riqueza. Durante esta mesa redonda se le rindió homenaje a Vicente Revuelta, uno de los más grandes dramaturgos del teatro cubano, osado, innovador, insatisfecho siempre, quien interpretó en este filme el complejo personaje de Julio, el burgués que reniega de los artificios de su clase social y pone en solfa constantemente a su parentela, pero que no es un proletario, sino, precisamente, un artista, y a mi juicio uno de los personajes portadores de las claves seióticas más profundas de la película, que algún día, cuando sean debidamente interpretadas, harán evidente que Los sobrevivientes es, dentro de la cinematografía de Alea, un filme tan trascendente y eterno como Memorias del subdesarrollo.

También es singularmente ilustrativa la amplia ponencia destinada a hacer luz sobre la verdadera historia de la cinematografía en Cuba, en la que testimonios de cineastas, actores y personal de cine, quienes fueron protagonistas y testigos directos de la misma, trajeron a colación algunas estremecedoras injusticias cometidas contra hombres que quisieron hacer un cine de calidad, pero rechazaron plegarse a los parámetros reduccionistas establecidos por la política cultural que entonces dominaba el Consejo Nacional de Cultura. Los nombres de los ya hoy sombríos fantasmas de Nicolasito Guillén de Landrián, brillante documentalista que ahora está siendo reivindicado, Héctor Veitía y Oscar Valdéz volvieron a hacerse presentes, y sobre otros cineastas como Manuel Octavio Gómez se revelaron heridas equivalentes a espacios vacíos en la cinematografía de esa década, o lo que es lo mismo, a excelentes guiones cinematográficos que nunca llegaron a convertirse en películas por falta de presupuesto o por causa de arbitrarias decisiones de la Dirección del ICAIC, no pocas veces basadas únicamente en diferencias de índole personal. Críticas revelaciones del cineasta Sergio Giral sobre las luchas individuales de algunos cineastas junto a los cuales trabajó, dejan al descubierto una amenazante galería de sombras por la que nadie en su sano juicio querría transitar, y que si fuera llevada al cine resularía una especie de remake de Trescientos, en tanto aniquilamiento total de un pequeño grupo de cineastas que combatieron por el cine cubano con denuedo, enfrentándose a una aplastante estructura de poder que los venció sin suerte y con consecuencias trágicas en más de un caso.

En una de las ponencias recogidas en este libro he visto por primera vez definir la política cultural oficial de los sesenta, y en especial de los setenta con su quinquenio/decenio gris, como coloniaje cultural, en referencia a los parámetros establecidos de manera oficial que redujeron de manera dramática las posibilidades siempre infinitas de la creación artística, limitándolas a casi una copia textual si no de los filmes soviéticos de aquel momento, sí de los imaginarios impuestos por el dogma stalinista del realismo socialista en torno al obrerismo, el estudio, el trabajo y, en general, al conjunto de intereses que se supone son correspondientes al proletariado, en una auténtica visión de túnel de la condición humana que en ninguna época de la Historia de la Humanidad ha dejado de ser contradictoria, profunda e infinita.

Por último, una interesantísima ponencia del crítico Justo Planas despliega un análisis brillante del mito cinematográfico nacional que es Elpidio Valdéz. Con envidiable objetividad pasea Planas su aguda mirada a través de las diferentes etapas de creación del personaje y su filmografía, en lo que deviene una lección de historiografía crítica que llena al lector de gozo estético al par que satisface las más severas demandas de seriedad y rigor en el ejercicio de la crítica.

No quiero terminar esta reseña sin advertir que este libro no resulta un hecho aislado dentro de la literatura cinematográfica o relacionada con el cine que se viene publicando en Cuba en los últimos años, porque se inserta de un modo muy orgánico en un proceso de recuperación, reevaluación, reivindicación y rescate de la historia del arte, la intelectualidad y el cine cubanos posteriores a 1959 y sus protagonistas, paralela a un proceso similar que está teniendo como consecuencia a la reescritura de la Historia nacional, y  comienza por una reevaluación de los Diarios de nuestras Guerras de Independencia. Este proceso inició, tal vez, con la publicación de Yo Publio, un libro curiosamente no sobre cine, sino sobre la vida de Raúl Martínez, uno de los más significativos exponentes de la pintura cubana de todos los tiempo, quien fue un excelente cartelista cuyas obras estuvieron muy presentes en la historia del ICAIC y enteramente a su servicio, quien fuera una de las principales víctimas de una política cultural tomada de modelos foráneos que nunca se avinieron con nuestra identidad de nación, nuestra condición humana ni nuestra condición caribeña e insular. También forman parte de este universo revisitacional otros libros como Buscando a Caín y Tras los pasos del cronista, sobre la vida y obra del escritor y crítico de cine Guillermo Cabrera Infante, Polémicas culturales de los sesenta, de la Dra. Graziella Pogolotti, Volver sobre mis pasos, selección de la correspondencia privada de Tomás Gutiérrez Alea, Titón, considerado el más grande cineasta cubano de todos los tiempos, algún que otro Premio Casa de las Américas y la nutrida bibliografía del brillante crítico de arte Rufo Caballero, amén de otros títulos que ahora mismo no vienen a mi memoria pero he leído con suma atención. En mi humilde opinión este proceso, en marcha armónica con la tónica de los tiempos de rectificación y cambio que vive nuestro país, no se detendrá, y podemos esperar todavía muchas obras que conducirán, inevitablemente a un replanteamiento desde nueva óptica de la historia social del arte cubano; una óptica enteramente nuestra, raigalmente cubana, resultado de una cultura nacional que cuenta con una evolución de más de cinco siglos y tiene a sus espaldas una herencia hispánica de milenios —amén de su inserción en un contexto sociocultural latinoamericano con el que, si bien no nos une el mismo grado de pertenencia que a las repúblicas continentales entre sí, nos hermanan lazos muy fuertes de otra naturaleza—, que no necesitó jamás un trasplante violento y ajeno, sin el cual igualmente hubiéramos podido ser lo que hemos sido y continuamos siendo, sin pagar precios tan duros y dolorosos.

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