Memorias de mis cangrejos moros

Este es el dulce culpable del montón de muelazos que se ha llevado tanto bañista distraído.

La primera vez que mis padres me llevaron a pasar unas vacaciones en la playa cubana de Arroyo Bermejo*, los cangrejos moros me persiguieron desde que íbamos por la carretera hasta el último día de nuestra estancia en la cabaña. Inundaban el asfalto y crujían cuando las ruedas del auto aplastaban sus caparazones. Ninguno se quitó, se inmolaron en masa como los Trescientos de Leónidas el Espartano. Dejamos atrás una pasta color berenjena que revolvía el estómago, y un reguero de muelas que daba grima.

Dentro de la cabaña nos acechaban por todas partes, como si nos consideraran okupas de un espacio que les pertenecía. Los encontrábamos en los closets escondidos entre los zapatos, dentro de las chancletas de mi papá, en los potes de cold cream de mi mamá, en los cacharros de la cocina y en las toallas que se nos quedaban en las tumbonas del portal. Y si tirábamos en el suelo las colchonetas para que pudieran dormir más amigos visitantes, de madrugada siempre había gritos de espanto, porque los cangrejos caminaban sobre los durmientes y los mordían.

Sin embargo, los cangrejos moros tenían su poesía: de noche, en la costa oscura, se veían unas lucecitas como pequeños fuegos fatuos que se movían al borde del agua. Me dijeron que eran los cazadores de cangrejos, que se alumbraban con sus fanales. Muchos años después volví a ver el mismo espectáculo semejante a una lluvia de estrellas fugaces que bajaran a beber entre las olas, mientras paseaba de noche por Playa Baracoa, esta vez llevando a mi hija en unas breves vacaciones que pasamos allí en familia.

Este ranchón de Arroyo Bermejo se conserva igual a como lo vieron mis ojos de niña, y recuerdo que por esto caminitos blancos se podían ver a cualquier hora del día cangrejos moros en fila, yendo disciplinadamente para quién sabe dónde…

E n esta costa de Playa Baracoa vi de niña a los pescadores de camgrejos llenar la noche de pequeñas llamitas luminosas

Una hermosa vista de Playa Baracoa, aunque las hay mucho más bellas

E n este mismo lugar mi hija, mi esposo Benigno y yo estuvimos contemplando a los cazadores de cangrejos una noche de 1994

Nada, que los cangrejos moros son para mí un símbolo que asocio a la salvaje belleza del mar y al encanto de las vacaciones, la familia y el amor.

El cangrejo moro, también llamado cangrejo de piedra Menippe mercenaria, es un crustáceo del Orden Decápoda que habita en fondos duros, con solapas, rodeado de seibadal ó substratos de sedimentos de fango arenoso. Al cangrejo moro se le asocia en Cuba con Caibarién e Isabela de Sagua, allí se pescaba mucho antes de la Revolución y de esos pueblos venían a las cocinas de los restaurantes habaneros, donde eran servidos como platos de lujo.

Según escribe Palmiro Cantaclaro Oliva, “en Caibarién existían unos 25 empresarios de pesca principales, que controlaban alrededor de 500 barcos de distintos tipos y unos 1000 pescadores. La mayor parte de estas embarcaciones tenían menos de 21 pies de eslora, eran propulsadas a vela y carecían de lo más elemental para asegurar la vida en el mar y brindar condiciones adecuadas de trabajo y descanso a los pescadores, por lo que tenían muy baja productividad y realizaban salidas diarias al mar. Otros podían permanecer en sus faenas durante meses, viviendo precariamente en la cayería, o regresar a puerto con sus capturas al cabo de unos pocos días. Solo 8 embarcaciones de mayor porte se dedicaban a la pesca con chinchorro y 3 realizaban la pesca en el alto, llegando a cruzar el Canal Viejo de Bahamas para pescar en aguas internacionales”

Los cangrejos moros suelen ser grandes, pero hay ejemplares gigantes, como el encontrado en aguas cubanas por una turista alemana,. Sebastián, como fue bautizado, pesa casi siete kilos y mide 38 centímetros de ancho. ¿Cuántos sabrosos platos podrían prepararse con uno de estos ejemplares?

Sebastián es raro, pero no único. Diviértete, busca tu gigantón,llévate un Sebastián pa tu caldero.

Aquí dejo algunas recetas que harán las delicias de quienes gusten de este bicho. Yo no, a mí no me gusta.

Variante 1
INGREDIENTES: Cangrejo moro, jaibas, salsa criolla, picante, sal.
PROCEDIMIENTO:
Se sacan las masas, se hierve, se monta una salsa criolla con picante y se le adiciona a gusto.
Variante 2
Enchilado de cangrejos. (Chupa chupa)

INGREDIENTES: cangrejo, ajo, ají, cebollas, salsa de tomate.
PROCEDIMIENTO: El cangrejo se lava y se toman las masas del pecho y se cocinan en un sofrito con ajo, ají cebolla y abundante salsa de tomate

Cangrejos Rellenos

“Se toman 4 cangrejos moros y se cocinan en agua hirviente a la cual se le ha añadido 1 cucharadita de vinagre y 1/2 cucharadita de sal. Tenga cuidado de no romper los caparachones.

“Relleno:

“Sauté en un sartén 2 cucharadas (tablespoons) de mantequilla, un diente de ajo y perejil (parsley) picado. Añada la carne del cangrejo bien desmenuzada, 1 taza de migas de pan, 1/2 cucharadita de sal, 2 cucharadas de agua. Cuézalo todo diez minutos revolviéndolo todo constantemente. Sáquelo del fuego y rellene los caparachones con esta mezcla, espolvoréelo con galleta molida y trocitos de mantequilla, y póngalos al horno hasta que se doren. Para 4 raciones.”

No sé a qué receta corresponde este plato, pero ¿verdad que da muy bien la idea de lo rico que es el cangrejo moro cuando somos nosotros quienes le mordemos a él?

Idem...

Pero no se piense que el cangrejo moro solo entusiasma al estómago. También la poesía se ha visto más o menos invadida por ellos, miren si no algunos ejemplos. El poeta asturiano Alfonso Camín tiene unos versos muy cubanos que dicen:

Mulata, tú sabes bien
que yo te amé como un toro
olías a cangrejo moro
de Sagua y de Caibarién.

Y también he oído una guaracha con el siguiente estribillo:

El cangrejo moro no tiene ná
hueso, hueso namá.

Contrariamente a la creencia popular de que al cangrejo hay que matarlo para quitarle las muelas, lo cierto es que existen técnicas para el desmuele que dejan vivo al animal y en condiciones de regresar al mar. Las muelas vuelven a crecer.

*Una aclaración necesaria: Los recuerdos de los niños pueden ser muy exactos en los detalles y vagos en la generalidades. Arroyo Bermejo se encuentra al este de la provincia de La Habana, y parece que muy cerca de Jibacoa, que también visité bastante en mi adolescencia. Me parece que Arroyo Bermejo aún hoy conserva un ambiente más natural, mientras que Jibacoa está como más trabajada para el turismo. Viendo fotos de Arroyo Bermejo me ha parecido identificar rincones que se conservan como mismo los vi cuando era una niña, y esto me parece maravilloso. Una vez más ofrezco excusas por usar fotos de otras personas, pero a veces hablo de tiempos en los que no existían los celulares ni las cámaras digitales, sino cámaras rusas en blanco y negro, y tampoco tuve de esas.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Ecos de Ciudad Gótica en La Habana

Recientemente, mientras buscaba en Internet fotografías para graficar un trabajo sobre la nominación de La Habana como Ciudad Maravilla, encontré muchas imágenes que llamaron poderosamente mi atención, pero ninguna tanto como esta, oscura, sombría pudiera decirse, y totalmente incoherente:

061-783433Una pasadita por Photoshop me la aclaró bastante, pero no lo suficiente como para distinguir con propiedad los últimos planos de la imagen:

estudioSe trata, como puede verse aún con dificultad, de un interior en el que se puede suponer, al fondo, la presencia de una ventana de doble hoja y persianas de postigos, tal vez protegidos por cristales opacos. La resolución no es óptima, pero la forma rectangular de la estructura y un tenue resplandor que penetra a través de ella permite creer que se trata de luz exterior. Hasta donde alcanzo a ver no se aprecia una puerta. El local mismo es una habitación dividida por arcadas cuadradas, con arquitrabes y vigas gruesas. Un tubo fluorescente colocado en el techo ilumina escasamente el lugar y deja ver los cables que cuelgan de las vigas sin más destino que flotar en el vacío a distintas alturas. Hacia la izquierda cuelga también del techo una bandera cubana. No entiendo qué hace ahí, pero está y es una de las incógnitas que me ofrece este lugar tan extraño.

Al pie de lo que yo he supuesto una ventana se ven una escuálida escalera de mano y otras estructuras sobre el suelo que no puedo distinguir, no sé que son, pero hay un viejo ventilador fijo de careta cuadrada, matusalénico. Siguiendo por la pared de la derecha (la del observador de la foto, que se supone está ubicado frente a la pantalla), hay como especie de varios carteles apilados de canto sobre el suelo de cemento gris, junto a una estructura que pudiera ser alguna especie de librero o algún tipo de soporte para objetos. Sigue una endeble mesita muy deteriorada con una escoba delante que parece sacada del féretro de una bruja antigua, pero debe entenderse que sería no demasiado antigua, porque es plástica. Rectifico: se trata de una escoba muy gastada por el uso. Sobre esta mesita sucia hay una botella volcada, parece de cristal pero está tan cubierta de polvo como todo aquí dentro. Sigue una estructura en la pared, de madera, en forma de L, sobre la que parece haber cosas pintadas, y enseguida un grupo de viejas máquinas de escribir de diferentes modelos que han sido colgadas de la pared del techo al suelo con cierto orden. Alguna son modelos soviéticos. Inmediatamente después se ve una especie de nicho en la pared en el que alguien empotró repisas de madera. Hay tres: la primera de arriba soporta varias tallas en madera que no parecen terminadas; en la repisa que le sigue se ven unas figuras que parecen casitas de barro de cerámica coloreada, aunque podrían ser cualesquiera de los objetos de fantasía que aparecen en Ciudad Animada en el filme Quién engañó a Roger Rabbit. Y en la tercera y última repisa, casi pegada al suelo, duermen el sueño de Blanca Nieves seis teléfonos viejísimos blancos, rojos y negros, colocados de modo que los colores se alternen y nunca se vean juntos dos iguales. Frente a estos estantes improvisados, y ya en franco primer plano, aparece una talla en madera abstracta que solo se aprecia hasta su mitad, ya que la foto está cortada.

En la pared de la izquierda y delante de la bandera cubana, lo primero que atrae la mirada es un retrato sin marco en la pared, una cabeza monócroma en grises sobre fondo oscuro, negro, no podría asegurarlo. ¿Un óleo? Pudiera ser, o un trabajo con alguna otra técnica. Una vez más la baja resolución de la fotografía impide apreciar los detalles, pero se ve que es una cabeza calva. Bajo el cuadro hay un librero tosco, de tubos metálicos, con rollos de cartulina y libros o carátulas de discos, muchos, apretujados. Frente a este mueble hay una especie de pupitre de hierro con espaldar de cabillas artísticamente curvadas, pintadas de blanco como en los muebles de jardín, pero la paleta es de madera, parece bagazo. Luego, en primer plano, uno de esos conjuntos de mesa y sillas de plástico unidos entre sí mediante tubos de metal. La mesa es una plancha de mármol sobre una estructura de hierro, y las sillas tienen asientos plásticos blancos, pero espaldares también de tubos de hierro pintados de negro. Esos jueguitos son muebles de jardín o merendero, o de café o pizzería al aire libre, estuvieron de moda en La Habana hace décadas. Y no hay uno, sino dos o más, quizá tres, pero la imagen cortada no me deja descubrir su número. El que se ve más completo tiene sobre el mármol un pepino verde de refresco vacío, puede que de limón, una lata de refresco o cerveza y alguna clase de recipiente de cerámica vidriada para beber.

Es todo lo que alcanzo a visualizar.

Siento que en ese sitio huele a moho y a humedad y reina un calor sofocante, como suele ocurrir con viejos inmuebles de La Habana Vieja en parte ruinosos. No hay en la imagen nada que sirva como indicio para presuponer en qué parte de la ciudad se encuentra esa estancia. ¿Qué es, en realidad: el estudio de un escultor o un pintor o alguien con los dos oficios? ¿O se trata de una especie de almacén de trastos, de cuarto de desahogo? ¿Fue un local del Estado donde trabajaban artesanos…? ¿Qué habrá en el espacio que la cortadura de la imagen no nos deja ver, pero que existe, sin duda, en el mundo real? ¿Vive acaso alguien en este lugar? Todo son preguntas inquietantes. ¿Quién ha amontonado allí esa cantidad de objetos sin ninguna relación entre sí? ¿Vive todavía quien llevó todas esas piezas a esa especie de escondite? Si es un estudio, ¿qué artista es el dueño y por qué todo parece sugerir que desde hace mucho tiempo nadie entra allí? Me recuerda esas escenografías que la gente se vio en la necesidad de abandonar de repente un día, y después nadie volvió. ¿De quién era este lugar? ¿Dónde está el dueño, por qué no regresa, qué actividad de hacía aquí?

Solo he escrito estas reflexiones para mostrar cómo algo tan simple como una fotografía es capaz de despertar la imaginación y de agitar la sensibilidad y la curiosidad de otros individuos que nada saben del asunto. Es así como opera la magia del arte: abriendo el espíritu y estimulando la fantasía hasta un punto en que se despierta el proceso creativo o el estado inspirado receptivo. Uno se acerca por casualidad a una fotografía donde el lente capturó más que un momento de la vida, y queda atrapado por la magia de lo incomprensible, de lo abierto a toda posibilidad, al potencial infinito de la fabulación creadora.

Estos lugares fantasmales que no siempre están a la vista, conservan un aura de misterio que aporta a la ciudad un encanto que difícilmente se podría explicar. El lugar es viejo, quién sabe desde cuándo se encuentra deshabitado, pero tiene un alma que ha permanecido en lucha contra el tiempo, y nos habla en un lenguaje secreto del que la mayoría de nosotros no somos conscientes. ¿Estamos en presencia de un espacio perteneciente a la Ciudad Gótica del subdesarrollo…? No pases de largo, solo mira a tu alrededor y se te revelarán mundos.

.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

UNA MUY INTERESANTE ENTREVISTA A EUSEBIO LEAL SPENGLER, HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA*

*Soy una admiradora fidelísima de la obra de salvamento y rescate del patrimonio arquitectónico que el Dr. Eusebio Leal ha llevado a cabo durante décadas en la Ciudad Vieja y otras zonas de La Habana. También respeto infinitamente su trabajo como promotor cultural y la importante labor humanitaria que ha involucrado desde el principio a sus esfuerzos, y de la cual se benefician desde hace años muchos habaneros.  Solo tengo una queja en su contra: nunca me ha dejado terminar las entrevistas que me ha concedido, sino que cuando le ha parecido ha dicho: “¡YA!”, y ha salido de la habitación dejándome solo la imagen de su espalda en fuga y unas cuantas preguntas sin ocasión de ser formuladas. Mario Cremata Ferrán ha tenido más suerte, o tal vez abusó menos de la paciencia de Eusebio, quién sabe. El caso es que ha obtenido una entrevista muy buena, y como mismo Opus Habana la tomó de Juventud Rebelde, yo la he tomado de Opus habana sin cargos de conciencia. Eusebio no será perfecto, pero ha llevado a cabo una labor de titanes y merece, por ello, todos los reconocimientos y homenajes.

1842-fotografia-g

           La voluntad de prevalecer

He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, revela Eusebio Leal, para quien La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán

Por: Mario Cremata Ferrán

Pocos como él han batallado desde el corazón por conquistar el alma de los nuestros. Pocos con similar perseverancia han advertido que la cotidianidad del cubano está signada por su realidad insular. Nadie lo supera cuando se trata de convertir en credo la «habaneridad». Nadie, al menos con la devoción y el poder de convencimiento de los que él puede presumir, ha hecho notar lo urgidos que estamos de dejar espacio a la poesía.

Como su predecesor, no cambia ningún título por el de Historiador de la Ciudad. Obsesivo con su trabajo, confía más en el hacer que en el decir. Apelar a los valores de nuestra tradición ética ha sido, para él, voto a perpetuidad. Sabe que la raíz, el punto de partida de los sentimientos cubanos, es de carácter cultural, de ahí que esa sea la clave del éxito de su proyecto social.

Es un hombre de desafíos que ansía trascender en el tiempo, y que se ha empeñado en ser singular sin renunciar a ser leal. Cuando pasen los años, los habaneros y, más que eso, los cubanos, podrán susurrarle con orgullo a sus hijos lo que él mismo a los suyos cuando les hablaba de Martí: este hombre trató de dar solución a grandes enigmas y complejidades de su época, del futuro; de todos los tiempos…

Fina García Marruz le ha confesado en una carta, lapidaria: «…En su sacrificio humilde, en la entrega tenaz de sus horas, en la vehemencia prometeica con que ama a La Habana, Eusebio Leal, como en tantas otras cosas, es donde está su huella. Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras».

—Invocar aquel adagio de que la Historia es la crónica de los acontecimientos tal como fueron, mientras la Poesía nos devuelve el cómo debieron ser, supone reivindicar el imperio de la subjetividad. ¿Qué es para usted la Historia?

—Hay que desterrar los espejismos. Trasciende de la historia lo esencial. Los documentos son fuente del conocimiento, pero también una aproximación a la realidad. De un mismo acontecimiento existen numerosas versiones, y queda al historiador y al lector, beber en las fuentes de la memoria popular. La Historia es siempre una construcción que armamos con los testimonios o los documentos que tenemos a mano, muchas veces sin privilegiar una visión abarcadora, potenciando la cuestión episódica en vez del alcance global.

«Cintio Vitier me refería que Martí, enfrascado en la formulación de su proyecto nacional, se había esforzado por unir los cabos sueltos, para lo cual requirió, también, papeles. Pero el yacimiento documental no lo revela todo. No puedo permitirme optar por lo que otros desbrozaron y quedarme ahí. Las limitaciones existen. Todo es acumulación, nunca capítulo cerrado.

«Es preciso equilibrar lo escrito con lo no escrito. Sin restar mérito a aquello que es propio de las emociones, de la condición humana de los protagonistas o testigos, hay que entender la Historia como sistema donde hay claves que todavía aguardan, a la espera de ser exhumadas. Y algunas han de ser clarificadoras».

—Con apenas un sexto grado de escolaridad y los arrestos propios de los 25 años, usted se hizo cargo de la restauración del Palacio de los Capitanes Generales, al tiempo que rescató la Oficina del Historiador de la Ciudad. Con hálito retrospectivo, ¿qué considera fue lo más difícil?

—Figúrate…, creo que lo más arduo fue la lucha por hacer prender una conciencia. Recuerdo cuando todo comenzó, los años en que éramos tenidos por dementes. «Está loco, pero es trabajador», decían, como consuelo piadoso, mientras yo comprendía que ese apelativo, ¡loco!, encarnaba un atributo para bautizar lo que poco a poco pudimos ir acumulando. Y desde esa época acepté como parte mía tan noble dictado.
«Porque no pierdas de vista que el sentimiento de aproximación a estos valores que hoy emergen con claridad es contemporáneo a nosotros. Por mucho que algunos precursores batallaron para crear una conciencia acerca de lo que poseíamos, se afirmaba que era pasión romántica atribuirles amplios méritos a nuestras pequeñas ciudades del ámbito caribeño. La eterna comparación con los grandes enclaves de la cultura universal, frente a los cuales lo nuestro era pírrica fantasía.

«Ese fue el punto de partida, hasta que logramos abrir las primeras salas del Museo de la Ciudad. De entonces a acá, la historia es infinita».

—¿Dónde reside ese sortilegio tan propio de La Habana?

—Con frecuencia se elogia el diseño de una ciudad suavemente reclinada junto al mar. O se pondera su dimensión patrimonial. Ciertamente La Habana goza de una singular monumentalidad y de marcados contrastes; es un mosaico que nos permite acercarnos a una interpretación del mundo.

«Desde el punto de vista arquitectónico aquí están sintetizados los estilos imperantes en la que fuera metrópoli: el renacimiento y hasta el “remordimiento” español, la pincelada morisca, el gótico… Las pinturas murales, que todavía emergen debajo de las sucesivas capas con que fueron cubiertas algunas paredes añosas, son un resplandor de Pompeya y Herculano en La Habana.

«Como gustaba decir a Carpentier, cuando evocaba el fabuloso barroquismo, la sustancia ecléctica: “es un estilo sin estilo”. Quiere decir que esta es tierra de convergencia, de apertura, de multiculturalidad.

«Esa riqueza me llevó a comprender que no podíamos limitarnos a un período histórico determinado; que no solo lo pretérito, sino también lo moderno ha dejado una marca, una huella indeleble. Y por supuesto, está la gente, que da sentido a la urbe y permite refrendar la naturaleza inacabada de cualquier empeño cultural».

—A propósito, hay quien cuestiona determinadas decisiones, sobre todo las que tributan a la pincelada moderna, porque supuestamente atentan contra la armonía del paisaje urbano. ¿Qué les respondería?

—Que no me espantan tales cuestionamientos. Siempre me mostré opuesto a la momificación de la ciudad. No sería sensato presentar una vitrina del pasado. Imagina qué hubiese sido de nosotros de habernos conformado con ser una especie de sucursal de escuela de embalsamadores egipcia.

«Defendí y defiendo, en los casos que considero válidos, emprender intervenciones con soplo moderno dentro del núcleo viejo. Pero es muy peligroso si se asume como aventura, ya que puede modificarse de manera irresponsable un trazado urbanístico que permaneció inalterado. Hay procedimientos que son irreversibles, y ante los cuales, aún a riesgo de contradecir lo que de antemano previmos, no es posible transigir. Incomprensiones existirán, mientras no se agote la capacidad de soñar».

—Incluso para quienes no lo conocen personalmente, usted proyecta la imagen de un batallador incansable, de alguien que jamás se da por vencido…

—No creas que en toda hora me complace esa apreciación, pero es cierto que no me rindo ante lo que parece imposible. Mis vestiduras han sido diana de incontables agresiones, de las cuales me defendí como pude. Sin embargo, poniendo a un lado esas grisuras, en tiempos de desvergonzado belicismo prefiero enaltecer la resistencia pacífica.

«Cuando nos acercábamos a la recta final en la reconstrucción del inmueble que sería la Casa Víctor Hugo, inicié los trámites para traer una piedra de la Catedral de Notre Dame. Hubo quien se apresuró y catalogó la idea de inadmisible. Yo, en vez de aflojar, repliqué: “Y si me pueden certificar que la tocaron Esmeralda y Quasimodo, mejor”.

«Hasta una autorización se pidió al Cardenal Arzobispo de París, pero ahí está la piedra, como un tributo a los lazos culturales entre Francia y Cuba; como un símbolo de la francofonía y también de la persistencia».
—Y en cuanto a lo cubano, ¿por qué ese afán de rescatar todo aquello que remita a los albores, a la idea de nación?

—He sido partidario de restituir los símbolos, porque creo firmemente en ellos; en su valor exclusivo y en cuánto puedan allanar el camino para una menos imperfecta comprensión de la verdad: esa que reside en la conciencia de cada individuo. Y todavía soy capaz de poner mi mano sobre tales vibraciones…

—Transcurrido medio siglo, ¿cómo evalúa la gestión de la Oficina del Historiador?

—La Oficina del Historiador de la Ciudad no es más que un seudónimo de la nación y expresión de una voluntad política. Nos enorgullecemos de su nombre y declaramos que no ha sido autónomo capricho: fue preciso conjugar la capacidad con la voluntad del Estado.
«Gracias a mi tiempo, pude realizar eso que algunos llaman mi obra, apenas un destello de la obra mayor, que es la Revolución. Por encima de todo, tengo la satisfacción de haber podido ser leal a los postulados del doctor Emilio Roig de Leuchsenring, mi predecesor de feliz memoria.

«Hay que ver el asunto de la restauración no solo desde los valores que ella implica, que son intrínsecos. Hablamos de ciudad habitada. Atendamos a lo que ha generado, a los reconocimientos que a nivel mundial han encomiado nuestro modelo de sustentabilidad. Ejercitemos la memoria. Más que constructivo, el nuestro ha sido un empeño cultural. La agonía mayor es lo que resta por hacer».

—Al pensar en todos esos méritos que acumula, se me ocurre tomarlos como emblemas de su voluntad de prevalecer. ¿Cómo los recibe?

—Con ardiente y momentáneo alborozo. Muchos años atrás, cuando en el camposanto camagüeyano descubrí la losa sepulcral de la ilustre familia Cisneros Betancourt, lo comprendí de modo inmejorable: «Mortal, ningún título os asombre. Polvo, y solo polvo cualquier hombre». Desde ese día entendí que las veleidades son cosa efímera, por cómodo que sea sucumbir al elogio. Al final, los honores son, si acaso, pergaminos que quemará la viuda.

—Usted rememoraba la proyección institucional durante los últimos 50 años. ¿Cuál es el saldo en el orden personal?

—He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, la que ha consumido mis mayores energías.
«Hay que entender el ocaso como un proceso biológico, de declinación natural. Pero como Manrique, exclamo: ¡de qué callada manera el tiempo se fue! Sin embargo, la obra de la Oficina del Historiador ha de trascenderme a mí, a ti y a todos. Tiene que perdurar más allá de nosotros».

—La ceiba que recientemente se alza en El Templete, ¿acaso marca una nueva etapa?

—Yo creo que sí, que podríamos tomarla como una metáfora tentadora. Hago votos por su salud y a su sombra confío mi propia suerte, cuando faltan pocos años para celebrar el medio milenio de la fundación de la villa.

«El árbol que se retiró había sido plantado en los primeros meses de 1960, cuando el anterior fenecía con el viejo régimen. Ahora el país se actualiza, asume nuevos derroteros. Por eso es indispensable seguir dando la vuelta a la ceiba, con el anhelo de que en esa espiral el tiempo nos abrace. Pero cuidado con las falsas apariencias: lo que consigamos en lo adelante, por más que tenga su raíz en la fe, no podrá caer como regalo divino, sino como resultado del tesón humano».

—El Centro Histórico se abre a la pluralidad de culturas, visiones e incluso religiones. ¿Cómo ampara semejante concordia sin menoscabo de su propia fe?

—Soy cristiano, pero la madurez que sólo conceden los años me proveyó de una visión ecuménica, no solo en lo tocante a la fe, sino a que no es posible renunciar a una concepción humanista. Hoy por hoy uno de mis grandes orgullos es saber al Centro Histórico poliedro de confesiones religiosas donde conviven el Cardenal, las iglesias ortodoxas rusa y griega, un templo protestante evangélico, una sinagoga, las hermandades masónicas, fraternidades de origen africano…

—Historiador, ¿con qué ojos deberían mirar esta ciudad quienes la habitan, independientemente de que sean o no habaneros?

—Con los del amor. ¡Cómo no admirar, con ojos deslumbrados, aquello que por derecho nos pertenece, que es sagrado y ha de permanecer intocable!

—¿Cómo piensa y cómo ve La Habana del futuro alguien que apuesta por el diálogo permanente entre pasado y presente?

—Tendrá que ser mejor que esta. Es legítimo que así sea. El deterioro es evidente; lo ha sido y lo es. Pero me aferro a la utopía, que es la máxima aspiración de aquel que no deja de soñar, porque significaría dejar de existir. Como sabes, la utopía no es, en mi caso, una tendencia a lo fantástico, lo vacío… Aprecio los fundamentos. Cuando te digo utopía me estoy refiriendo a la concreción de un ideal, a la realización de un proyecto.

«Hay que seguir cultivando el don de la imaginación. La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán».

—¿Y cómo quisiera ser recordado mañana por sus conciudadanos, principalmente aquellos que no vivirán «su» tiempo?

—Como un hombre que tuvo una iluminación personal que le indicó no cruzarse de brazos cuando otros fueron proclives al olvido. Un hombre que defendió con denuedo la unidad de la nación, como una perla de nuestra cultura. Alguien que ni siquiera en tiempos apocalípticos renegó del componente utópico, de ese sentido tan propio del espíritu romántico, absolutamente consciente de que, como suelo decir, la mano ejecuta lo que el corazón manda.

«Un hombre que no fue ajeno a las tribulaciones más tremendas, pero que supo remontar sus debilidades y hasta extravíos. En definitiva, un cubano que fue fiel a su sueño, ese que en gran medida pudo realizar, a expensas de laceraciones y vilezas, y sacrificando su vida privada. A fuerza de voluntad, porque fundar es fácil; lo difícil es perseverar».

—A estas alturas, ¿teme al juicio futuro sobre su obra y su persona?

—«¡Tanto esfuerzo —se dolía Martí—, para dejar a lo sumo, como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o para que lo que fueron montes de dolor parezcan granilla de arena, en los libros de un historiador!»… Pero consecuente con otra aspiración del Apóstol digo que no será mi nombre, miserable pavesa, lo que pretenda salvar, sino mi patria.

«Así que con la frente alta asumo el veredicto favorable y desfavorable, tanto de mis contemporáneos como de los que por lógica natural no vivirán mi tiempo. Aunque presumo que los cubanos del futuro habrán de juzgarnos sobre todo por lo que no hicimos».
—Con obstinada recurrencia, ante sus colaboradores —nuevos y viejos—, usted apela a la continuidad del proyecto. Pero a falta de cabeza visible muchos se preguntan: ¿y quién sustituirá a Eusebio Leal Spengler?

—Eso no lo sé, ni creo que alguien lo sepa. No me creo un elegido ni pienso que todo pueda reducirse a un liderazgo, ni a un modo de pensar y obrar. Gravita, desde luego, un principio de autoridad, pero ese hay que ganárselo en el bregar cotidiano. Más importantes son las convicciones.

«Lo sensato es continuar ese apostolado; no dejar que languidezca, no permitir que se eclipse. Por ello abrigo el anhelo de que, sin abrazar dogmas, otros sabrán proseguir la obra, inaugurarán nuevas sendas, imprimirán su carácter y levantarán su propio legado.

«Yo apenas me considero el mascarón de proa, por lo que más que individualizar el fenómeno, de identificar un sustituto, prefiero verlo en términos de continuadores, así, en plural. Los niños constituyen el germen de esa continuidad, si bien depende de los adultos que esta se anuncie promisoria. Tengo la certeza de que esos andan por ahí, deambulando por las calles, a la vuelta de la esquina».

(Entrevista tomada del periódico Juventud Rebelde, domingo 29 de mayo de 2016)

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , | Deja un comentario

¿LA HABANA CIUDAD-MARAVILLA? CON ORGULLO DE SER HABANERA Y…MARAVILLOSA*

¿QUE NO ES UNA CIUDAD-MARAVILLA?

¡¡¡PUES CLARO QUE LO ES…

…A PESAR…

… DE TODO!!!

La Habana es una ciudad sin deudas: no debe a nada ni a nadie su intensa magia, como no sea a Dios, al Caribe y, por supuesto, a los habaneros que pobres, dolientes y tristes, o ricos, satisfechos y alegres, todos mezclados, han sido y serán siempre el alma y la poesía de su ciudad.

Cuando La Habana fue seleccionada Ciudad Maravilla la noticia me desconcertó profundamente, porque ¿cómo puede ser una maravillosa una urbe con tantas zonas en un estado tal de ruina que parece haber sido bombardeada con ensañamiento y alevosía, donde los basureros colectivos florecen con más fertilidad que los frutos de la tierra, donde existen niveles de miseria que abruman el espíritu, donde el tiempo parece haberse detenido, pero no en un año cualquiera del pasado, sino en una especie de limbo maloliente en el que la violenta grosería de muchos de sus pobladores es una de las formas de agresión no bélica que más desmoraliza al ciudadano decente…? Pero leo que La Habana obtuvo esa nominación por millones de votos en el mundo entero. Entonces pienso que debo tratar de analizar el tema no con la sensibilidad desolada de un habanero de a pie que sufre cada día su ciudad, sino con los ojos de la especialista que soy en La Habana Colonial y Republicana.

La Habana es una de las ciudades más antiguas del Nuevo Mundo, aunque no la más antigua, como se suele repetir. Las urbes con tanto pasado tienen también mucha historia, y el tiempo les ha dado la oportunidad de reinventarse varias veces. Como resultado de estas reinvenciones, siempre dictadas, en el caso de La Habana, por el desplazamiento de un sector social pudiente que busca alejarse de la infiltración de los márgenes hacia el centro —y anhela, además, la elegante soledad de los paisajes bellos y exclusivos, sinónimo de vacíos—, tenemos lo que pudiéramos describir como varias ciudades dentro del área geográfica que, por convención, se llama La Habana. Cada una de estas Habanas lleva el sello de la moda arquitectónica del momento en que fue proyectada y edificada. Así, La Habana Vieja y Centro Habana muestran en sus imponentes palacios y mansiones coloniales la impronta de los estilos del sur de España, donde la escasa lluvia hace innecesario el crecimiento de los aleros en las ventanas, el sol a plomo exige los soportales y los patios interiores con árboles y fuentes salvan al hombre de los calores tórridos.

El Cerro, con sus boscosas quintas que abrigaron en su profunda intimidad a los linajes más prominentes de su tiempo, muestra un eclecticismo que va desde amalgamas arcaicas con enormes soportales acintados de columnas y habitaciones resguardadas por mamparas preciosas, hasta viviendas en las que aún puede reconocerse la impronta de la arquitectura descomplicada norteamericana, concebidas para profesionales que no permanecerían mucho tiempo en el país y para quienes era vital conseguir brisa y sombra donde sentarse a beber limonada o wisqui, según se tratara de señoras o caballeros. Y en medio de estos edificios suntuosos (o modernos para la época) proliferaban las casuchas humildes, los garitos y lupanares que terminaron por desbordar el espacio permisible y obligaron a emprender nueva fuga a los afortunados socales, esta vez hacia El Vedado.

El Vedado fue diseñado según los principios arquitectónicos de la Ciudad Jardín, un concepto proveniente de Barcelona, afirman algunos especialistas que solo miran la abundancia de verdor, y por un diseño proveniente de los Estados Unidos, aseguran otros especialistas que prestan más atención a procedimientos normativos como aceras anchas, parterres y muros altos, concebidos para alejar las fachadas de las calles y resguardar la intimidad de la vida familiar. Fue en sus orígenes una zona boscosísima cuyo acceso las autoridades coloniales debieron restringir, para impedir que los piratas recibieran ayuda de los pícaros habaneros en sus frecuentes incursiones costeras y pudieran llegar al corazón de la urbe para contrabandear y… otras desvergüenzas. A finales del siglo XIX hacía las veces de paseo extracitadino veraniego para los habaneros, quienes iban en coche y a caballo las tardes de domingo y bajaban hasta los pueblos costeros de pescadores a comer ostras y mojarse los pies en las limpias aguas del Caribe. Al término de la última Guerra de Independencia, El Vedado albergó a soldados y oficiales provenientes del licenciado Ejército Mambí, quienes construyeron, los unos, ranchos con techos de tejas que aún pueden verse hoy, y los otros, moradas grandes capaces de albergar a la tradicional familia cubana compuesta por varias generaciones, y cuyos muros cubiertos de verdín impiden, aún en nuestros días, atisbar lo que sucede más allá de sus piedras viejas. Pero pronto fue descubierto como lugar delicioso por una alta burguesía que estrenaba el automóvil, surgió el refinado hotel Trotcha y la zona no tardó en cubrirse de suntuosos palacios y palacetes, como los de los marqueses de Revilla de Camargo y los Baró Lasa. Aquella fue la época de oro del nacimiento de la República hasta los felices años veinte. Políticos de alto rango edificaron en El Vedado sus villas de estilos arcaicos europeos, como el Ministro y prominente académico Dr. Orestes Ferrara, alto oficial del mambisado, y su Dolce Dimora, un palacio florentino con todas las de la ley erigido en las cercanías de la Universidad. Por esa fecha florece en El Vedado y sus alrededores el Art Deco, no al extremo de la mexicana Avenida de Mazatlán en el Distrito Federal, considerada el mayor emporio de ese estilo en el Nuevo Mundo, pero tenemos un Art Deco interesante y eso es indiscutible. Sin embargo, cuando la cultura norteamericana impuso los rascacielos y los edificios de apartamentos dúplex y propiedades horizontales con alquileres elevados, destinados a profesionales y propietarios, como el Focsa, por solo citar un ejemplo, una vez más la alta burguesía emprendió la fuga, esta vez hacia Miramar.

Para muchos Miramar comienza en la famosa Casa Verde, cuya historia ha dado lugar a tantas leyendas que valdría la pena escribir algún día una novela sobre ella. La Quinta Avenida con su reloj espectacular es el emblema por excelencia de esta nueva urbanización, en la que los estilos arquitectónicos más modernos de su tiempo se conjugaron con todo el esplendor que la muy grande riqueza de Cuba permitía entonces. Chalets de lujo con piscinas y bares interiores y salones de juego; fachadas decoradas con esculturas abstractas, jardines de ensueño y cristalerías que permiten ver por sobre los tejados bajos los atardeceres cayendo sobre el mar, los carposh con autos de marcas lujosas, los clubes selectos con fondeaderos para los yates de los miembros más ilustres y poderosos… Miramar es La Habana de los potentados, de los dueños de Cuba, de los que cuentan, los socios comerciales del “amigo americano”. Una joya que se conserva casi indemne y contiene en su seno la Escuela Nacional de Arte, ese tesoro arquitectónico erigido después de 1959 y que es uno de los mayores de Cuba. Pero la alta sociedad, que pareciera perseguida por el mimetismo de la clase que le sigue inmediatamente debajo en la pujante pirámide social habanera, tiene que huir nuevamente amenazada por la invasión de quienes vienen de El Vedado, que ya no es el marco de moda adecuado para las nuevas fortunas. Y se construyen así repartos como el Biltmore y Siboney, cada vez más lujosos, cada vez más inaccesibles. La Habana no para de expandir su vientre henchido, como una mujer preñada que no cesa de parir nuevos retoños. O como un pulpo, según otros observadores y estudiosos, porque no solo se expande hacia delante, sino hacia los costados. Un ejemplo es el precioso reparto Lutgardita, construido por el Presidente Gerardo Machado, de macabra memoria, para albergar a su madre y a su amante. Ubicado en los alrededores del aeropuerto José Martí posee los eucaliptos más fragantes que he visto en la ciudad, y en sus calles techadas por árboles cuyas frondosas copas se entrelazan de una acera a la otra, la luz del sol forma extrañas figuras que hacen sentir al paseante inmerso en un mundo de hadas y otras extrañas, pero siempre poéticas apariciones.

En fin, que La Habana es ella sola un libro de arquitectura más completo e ilustrativo que la mejor multimedia concebida para las altas universidades del Primer Mundo, y en este sentido es realmente una ciudad inabarcable e infinita, a la que en nada desluce que la catedral mexicana de El Zócalo, con sus apabullantes toneladas de oro, deje a la nuestra reducida a un templo casi de aldea. Además, La Habana tiene su luz, más bien su fulguración, aunque también se habla de la luz de Atenas, la de París…, en fin. Pero la nuestra es también muy hermosa, quién lo duda, y es una luz mágica. Siempre he creído que la vehemencia de los amores y la sexualidad de los habaneros son la consecuencia de esa luz que todo lo transforma en plata fúlgida. Bésese con alguien en La Habana, será una experiencia inolvidable.

Pero ya que los votantes que consideran La Habana como una Ciudad Maravilla precisan que su mejor caudal es el humano, hablemos un poco de los habaneros, lo cual es muy difícil, porque el habanero como categoría epistemológica dejó de existir hace décadas, y tal vez nunca existió, porque no se debe olvidar que La Habana es un puerto de mar con todas las características de los puertos de mar del mundo entero, o sea, con una población de tránsito que viene y va dejando su huella genética en todas partes.

Si abrimos el catálogo de la población “habanera”, encontraremos enseguida que no hay individuos más diferentes tanto física como conductualmente que el típico habitante de La Habana Vieja y Centro Habana, mestizo de español, africano y chino con toques hebreos y árabes por aquí y por allá, especulador, comerciante y pícaro redomado; el vedadense intelectualoide que siempre viste a la moda y el nativo de Guanabacoa, cuya población actual desciende de nuestros aborígenes concentrados en esa villa por las autoridades coloniales, y cuyos rasgos somáticos se conservan hoy con una fidelidad asombrosa. Por otra parte, para el ojo entrenado no es imposible distinguir entre los “habaneros” a los pinareños educados, amabilísimos y modestos; los matanceros finos y ensimismados (con los ojos más soñadores de la isla); los villaclareños refinados, cultos y elegantísimos; los camagüeyanos disciplinados y eficientes, siempre orgullosos de sí mismos y con motivos reales para estarlo; los cienfuegueros arrogantes y soberbios, convencidos de que su ascendencia francesa los coloca en un lugar prominente entre los cubanos de la isla; y varias categorías de orientales, que van desde los holguineros — muchos de ellos muy blancos, pelirrojos y ojiverdes— quienes pretenden erigirse en capital de Cuba, hasta los santiagueros despiertos y habilísimos (con una acentuada vocación de mando que les viene, seguramente, de que sus montañas fueron la cuna de nuestras Guerras de Independencia), pasando por ese biotipo característico que algunos llaman montuno, representado por individuos de poca estatura y piel muy trigueña, complexión robusta y musculosa y cráneos chatos, a quienes los demás “habaneros” llaman palestinos, y que poseen increíbles capacidades de adaptación y sobrevivencia aún en las circunstancias más hostiles. Y por supuesto, La Habana tiene la más nutrida y variada población afrodescendiente del país, en la que los tipos están muy mezclados, pero aún se pueden distinguir —más o menos— los cuerpos majestuosos y magníficos de las naciones mina y mandinga de los pequeños y robustos de los congos, junto a los tipos muy delgados y de poca estatura del negro criollo, mestizo de todos los negros que en el Caribe han sido.

El habanero, en fin, es infinito. Pero tiene en común esa alegría superficial que lo mantiene riendo aún en medio de los peores conflictos; la vocación por el comercio en absolutamente todas su manifestaciones, desde las tiendas lujosas de la calle del Obispo, pasando por complejos comerciales como el de Carlos III, las mesitas de portal que venden cositas risibles y útiles, y los buhoneros callejeros hasta el pintoresco (y peligroso) emporio llamado La Cuevita, en las afueras de San Miguel del Padrón, donde, como dice el dicho popular, usted podrá encontrar quien le venda hasta un muerto ya seco pero todavía con espejuelos. Y la astucia.

El habanero no es desinteresadamente rumboso y hospitalario como el oriental, pero algo le queda de un pasado donde se vivía en las casas de familia con mesa abierta aunque se fuera pobre. Mas si puede hacer de su vivienda un lugar que produzca algún tipo de ganancia lo hará sin vacilar, ya sea instalando en ella una paladar, un centro de videojuegos o un lugar a donde invitar al amigo turista a tomarse una cerveza. Lo que mejor sabe hacer el habanero es producir riqueza y… almendrones.

El habanero es creyente, pero no católico, como ya dijo en su momento el muy esclarecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y en su casa es posible encontrar un altar donde se mezclan ídolos afrocubanos con cruces y cálices de la iglesia católica y estampas de Buda y Sai Baba, junto con símbolos del reiki y el Dragón Rojo chino sobre una estera con el símbolo pintado del yin y el yang, sin que falte, por supuesto, la bóveda espiritual con sus siete vasos de agua, presidida por la foto del muerto familiar servido por una copa de agua pura en la que nada un crucifijo, para que la bóveda no sea “judía”. En La Habana, como en cualquiera de las grandes urbes del mundo civilizado, el visitante foráneo no echará de menos un templo de la confesión a que pertenezca, cualquiera que esta sea: hasta tenemos un templo Bajai. En ese sentido somos como los antiguos griegos, y solo nos falta erigir en el Paseo del Prado una estatua al Dios Desconocido, que tal como va el mundo, pudiera ser Alien, el octavo pasajero.

El habanero —estadísticamente, que conste—, no es muy bien educado que digamos (matará por colarse en una cola de cualquier cosa, por ejemplo, o por quitarle a usted su asiento en un ómnibus, y gesticula y grita más que nadie, además de tender sábanas en los balcones), pero entre el choteo —del que es maestro— y la simpatía natural que le rezuma por los poros (se muere de ganas de agradar porque es el cubano que tiene más interiorizado aquello de que es preferible estar muerto que caer pesao), resulta un tipo tan simpático que el resto de sus muchos defectos se torna invisible para el visitante. Y desde luego, como sucede con el resto de los cubanos, el habanero —puede que más que los cubanos de otras provincias y menos que los cienfuegueros y los holguineros— se las sabe todas, habla de todo, opina sobre todo con tremenda autoridad y le importa un bledo lo que piense su interlocutor: es él y solo él quien tiene la razón, el dueño de la verdad, el poseedor de “la bola”. El habanero tiene teorías estrictamente personales sobre todo. Eso lo hace un ser tremendamente divertido, qué duda cabe, solo hay que dejarlo hablar y se monta un circo que el Cirque du Soleil se queda chiquito a su lado. Y si se encuentra con un interlocutor que tiene potencial para vencerlo, simplemente lo chotea y ya. Lo cubre de ridículo. Victoria. Nunca olvido un vuelo desde Cancún a La Habana en que yo tuve cierta diferencia con las aeromozas mexicanas, y aún teniendo ellas la razón los integrantes del Ballet de la Televisión, quienes viajaban en el mismo vuelo, se solidarizaron conmigo y empezaron a gritarles a coro a las aeromozas: “¡Dale, cállate ya y ve a ponerte un poco de maquillaje en esa cara, que pareces una rata pálida!”. Ni que decir tiene que las mexicanas se batieron en retirada rumbo a la cabina del piloto y no me fastidiaron más. Antológico.

En fin, que he intentado escribir sobre La Habana con un poco de humor, pero yo soy una habanera que ama su ciudad con todos sus defectos, sus basureros, sus pesaos y la superficialidad indolente del trópico. Cuando se les pregunta a los españoles a que les huele La Habana, responden sin dudar que huele a gas. A los franceses nunca les he preguntado porque están habituados a las rotundas fetideces del Sena. A los canadienses no se les pregunta, porque siempre andan tan risueños y constelados con todo lo que ven que da pena sacarlos de ese estado de euforia natural en el que caen en cuanto salen de su país. Los italianos están familiarizados con la basura napolitana, las putrideces del Tíber y los canales venecianos, así que no encuentran grandes diferencias en La Habana y siempre dicen que todo está como debe estar, lo cual es una respuesta muy sabia digna de un pueblo que tiene detrás dos mil años de cultura, como dijo en cierta ocasión Federico Fellini. Ahora ya podré preguntarles a los norteamericanos, pero como son tan educados no sé si creerles lo que me respondan. No importa: a mí La Habana me huele a mar, y el viento salobre del Malecón es para mi nariz el perfume más entrañable que existe. Una tarde en el jardín de Madre Teresa de Calcuta, donde Eusebio Leal ha instalado su cementerio particular de personalidades ilustres tal y como se acostumbraba en la Colonia, tan cerca de la Iglesia Ortodoxa Griega y de esa impresionante escultura que es La Mesa del Silencio, no la cambio yo por ninguno de los lugares que he visitado en el mundo, aunque le haga competencia muy de cerca la isla de Madeira, sembrada en mi corazón como un árbol del Paraíso Perdido.

Aunque a tantos habaneros nos resulte incomprensible que La Habana haya merecido ser nombrada Ciudad Maravilla, hay que reconocer que La Habana lo merece. ¿No está acaso repleta de los contrastes más violentos y absurdos? ¿No es la propietaria indiscutida de un tiempo que se congeló desde hace mucho y es ahora un bucle estático donde solo giran los vientos y los insectos, pero tiene, sin embargo, una de las vidas culturales más movidas de Latinoamérica? ¿No somos la capital del Cine Latinoamericano y del mejor Ballet del Nuevo Mundo? Enumerar contrastes resultaría una lista que se me escaparía de las manos por su riqueza. Pero dejemos de estar sorprendidos por la nominación y busquemos en un Diccionario lo más actualizado posible la definición de Maravilla. Ofrezco aquí un extracto del concepto, del que eliminé los significados referentes a la botánica:

Suceso o cosa extraordinaria que causa admiración. Acción o efecto de maravillar o maravillarse. […] Ser muy extraordinario o admirable. Ser singular y excelente.

Desde luego que La Habana y los habaneros tenemos que causar admiración al resto del mundo, si somos más difíciles de matar que las cucarachas. Desde luego que la ciudad y sus pobladores somos extraordinarios, en el sentido de que no hay nadie como nosotros en el planeta, locos y diestros al mismo tiempo, tan por completo más allá del Bien y del Mal. Por eso somos admirables, singulares y… ¿por qué no también excelentes…? ¿Acaso no estamos aquí todavía, contra viento y marea? Según las leyes de cierta lógica ya deberíamos ser un espejismo en el desierto. Pero somos una Ciudad Maravilla. ¿No es un milagro que merece cualquier nominación?

……………………………………………………………………

*Pido perdón a los autores de las fotografías que he usado para ilustrar este trabajo, pero busqué tanto en Internet y tan febrilmente que ya no recuerdo dónde las fui encontrando. De todos modos, debo decirles lo mucho que me gustaron, aún cuando la resolución de alguna no es óptima. De verdad, las escogí por puro amor. Perdón, perdón, perdón…

 

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

LO QUE DIJO RUFO CABALLERO CUANDO OBTUVO MENCIÓN EN EL CONCURSO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO

Rufo Caballero, mención en el Premio Julio Cortázar de cuento 2009

Páginas embestidas por otros delirios

Mabel Machado • La Habana

Para debatir sobre cine o literatura sería interesante y divertido sostener una correspondencia cruzada con Rufo Caballero. Lo digo porque así fue como me topé con él, a través de esquelas viajeras en el espacio virtual. A pesar de sus recelos hacia la “promiscuidad” del universo cibernético, respondió pródigamente a mi “acoso textual”, como llama el ecuatoriano Raúl Vallejo al bombardeo de e-mails. Pero conversar solo entre cartas es como hablar bajito, y casi estoy segura de que él disfruta más —permítaseme la leve metáfora— hablar alto luego de haber escuchado, porque, aunque le parezca demasiado recto decirlo, tiene mensajes para compartir. Rufo (se) divierte mientras comunica, dejándose arrastrar por los impulsos que lo llevan a pronunciar en un mismo discurso, la palabra del sesudo y la del transeúnte del vivir más cotidiano. Recuerdo alguna que otra crítica hilada en tono muy popular con alusiones a “tembas” y “pepillos”, en la cual se despierta de súbito Thomas Mann. En medio de tal alternancia, que no niega de facto ninguna de las formas terrenales de cultura, el crítico “atrapa” a opuestos y seguidores. Sorprende como lo hizo al obtener Mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar este año con su relato “Los que fueron al bosque de avellanos”.
Controvertido por llevar a punta de voz y pluma tanto el látigo, como la balanza, Caballero se ha destacado como profesional no solo en los medios de comunicación, sino como docente en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Arte. Es autor, entre otros, de los títulos Un pez que huye. Cine latinoamericano, 1991-2003. Análisis estético de la producción (su libro más premiado), Lágrimas en la lluvia. Dos décadas de un pensamiento sobre cine, Rumores del cómplice, cinco maneras de ser crítico de cine; Sedición en la pasarela, cómo narra el cine posmoderno; y Un hombre solo y una calle oscura. Los roles de género en el cine negro. Entre los premios recibidos destacan el de Ensayo Hispanoamericano Lya Kostakowski (México, 1999), el Premio Nacional de la Crítica Cinematográfica y el Premio de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe (2004).

Luego de varios libros publicados, el programa televisivo La columna y la aparición de su rúbrica en otros espacios de los medios de prensa cubanos, a Rufo Caballero se le conoce más como ensayista, como crítico vinculado al audiovisual, que como narrador.

¿Qué motivaciones lo acercaron al concurso por el Premio Cortázar?

“Mis primeros libros se publican en los años 90. En mis críticas y ensayos siempre hubo una cierta narratividad, como una historia pugnando, tratando de salir a la superficie, de hacerse espacio. Dice Senel Paz que le tiene pánico a mis anécdotas y fabulaciones. Por suerte para él, todavía no ha aparecido en ninguna. Y siempre hubo emotividad, lejos del cartesianismo frío y la metatranca sin lubricante que al menor asomo de la emoción aduce el fantasma del kitsch. Como si el sentimiento fuera un problema o hubiera que escamotearlo en virtud del “sentido recto”. Las emociones tienen su rigor y su limpieza. Por ahí viene la apuesta. Amaury Pérez me dice que no sabe si soy el mejor o el peor —cosa pueril por demás— pero que soy el que más mete el cuerpo, el que más se involucra en lo que escribe. Eso me lo comenta a menudo también José Luis Estrada, el jefe de la página cultural de Juventud Rebelde. Nunca dejamos de saber qué piensa Rufo sobre las cosas: soy frontal. No me gusta la oblicuidad.

“Tal vez me dije: está bueno ya de que narración y emoción permanezcan en un segundo plano. Démosles el protagonismo que me piden hace años.

“Esa asunción me decidió a confrontar, a participar. Detesto los concursos; pienso que les van sobre todo al atletismo. Siento una culpa enorme, hace años, por no poder acompañar al director de Lucas en su entusiasmo por la competencia de videos que el programa auspicia. Es un ejemplo. Nada de eso me importa mucho. Me gustan las obras y las reflexiones, pero los concursos me parecen algo infantil. Los concursos sirven más para conocer a los jurados que a las obras mismas. Por eso, si ganas, celébralo; si pierdes, olvídalo. Tienen, a lo sumo, el encanto de un juego de azar. Participar en el prestigioso Cortázar fue siempre para mí como un juego.”

¿Considera que el certamen del cual participó recientemente, nos devuelve de alguna manera al Cortázar que dijo adiós en 1984?

“Ni idea, querida. No he leído un solo cuento fuera del mío. Presiento que me gustarán todos. Soy muy poco competitivo y siempre veo en los demás razones poderosas. El jurado era serio, exigente. Los cuentos deben ser magníficos. Alguien me comentó que el mío había interesado por su carácter “aventurado”. No me gusta la palabra experimental; me parece adolescente. Pero el riesgo sí. Y si todos nos arriesgamos un poquito, Cortázar anda entre nosotros; al menos su espíritu, su andadura siempre presta a los abismos y los hallazgos menos presumibles. Ojalá, querida; ojalá que hayamos sido, al menos, decorosos seguidores del maestrazo. Discípulos aplicados, cuando mucho.”

“Tras esta respuesta pudiera comenzar a dibujarse la caricatura del autor que se descubre mientras responde a la próxima interrogante. Rufo parece ser un escritor de los que se dejan arrastrar por cierta suerte de feeling intenso, mezclado con la urgencia del desahogo personal sobre lo que comparte y lo que ve. Paro de especular. Retomando la cita que hizo una vez él mismo de un personaje de la novela Fake: “hablar ‘por’ el otro no es lo mismo que hablar ‘desde’ el otro”, prefiero su confesión a mis supuestos.

¿Cómo define su “manera de hacer” dentro de la narrativa corta? ¿Cuáles son sus referentes literarios inmediatos a la hora de escribir cuentos?

“Hace años debí presentar la novela Fake, de Alberto Garrandés, y me cautivó el juego de dimensiones de lo real, lo que pudiéramos llamar la “imaginación cultural” de Alberto. Más tarde leí Oil on Canvas, el libro de Gina Picart (mi querida Piquina) que ganó el Carpentier, y me pareció otro ejercicio de reescritura muy interesante. Nada de esto es “original”, desde luego. Creo que Alberto, Gina y yo mismo, respecto a la originalidad, decimos más bien: “Padrino, quítame esa sal de encima”. Nos sumergimos en un infinito tejido textual; eso es todo. Yo también me siento cómodo en la reescritura, pero no para clonar la estirpe del crítico, sino para encauzar un tipo de literatura donde el centro se relaciona con el valor y la posible limpieza de la emoción. Es curioso: Garrandés y Gina escriben enamorados del poder de la cultura. A Garrandés lo excita, es claro, el refinamiento y la cuna de la literatura. Gina se deja seducir por los misterios del mundo, de la cognición, de la pintura o la literatura. Pero yo, que los aprecio sobremanera, tengo ambiciones mucho más modestas: lo mío son las pequeñas emociones, las vibraciones mínimas de la gente de todos los días. Soy un escritor microscópico, para adentro; nunca total. Me siento un enano, cómodo en la cámara, en el pequeño formato, y me importa un pepino que eso parezca a algunos, poco digno del anterior Rufo. Rufo siempre fue consciente de que los demás resultan mucho más interesantes. Y ha decidido observar, callar y luego escribir frente a su ordenador. “

¿Qué nos cuenta “Los que fueron al bosque de avellanos”? ¿Cuál es el mensaje que desliza Rufo entre las líneas de la obra?

“Los que fueron al bosque de avellanos” narra ciertos acontecimientos pequeños, diríase que menores, sucedidos en la Iowa de 1965. Esos acontecimientos fueron fabulados años atrás por una novela y más tarde alimentaron una popular película. De forma que el relato viene a ser una tercera “intervención” sobre los hechos; más bien una segunda, si consideramos el trato de ficción del primer intento. Sé que “intervención” es un término que proviene del mundo de las artes visuales, pero es justo esa la estrategia que sigo en mi reinterpretación de “los hechos”. Intervengo una subjetividad anterior, por así decirlo.”

“Ahora, cuando me hablas, estimada, de “mensaje”, me asusto un poco. “Mensaje” es una noción dura, cortante. Te propondría algo más “blando”. Ni siquiera sé, a derechas, qué palabra emplear. No me gusta lo de mensaje porque hace pensar en inducción, y lo maravilloso del arte y la literatura reside en que todo el mundo los interioriza —o no— como dé lugar.

“Aunque no tengo ningún problema en precisarte al menos cuáles fueron los espectros que animaron este relato. Pareciera, de inicio, un cuento sobre la consecuencia del amor, tema que me ha interesado siempre. El amor demanda esfuerzo, sacrificio, rupturas, cuerdas al cuello. Pero no. Ese es, en realidad, el pretexto. Yo mismo no tengo demasiado claro si Francesca Johnson actuó bien o mal. Comenzar a envejecer te enseña que vivir es ir perdiendo cosas y que el mundo resulta bastante más complejo que actuar bien o mal. Creo que “Los que fueron al bosque de avellanos” es un relato sobre el coraje de dimitir de uno mismo; sobre la valentía que asiste a alguna gente para decir: “Joder, esto que he pensado hasta hoy con una contundencia tremenda se me aparece de pronto como falible, y en la acera de enfrente hay razones más poderosas que las mías”. Amo al personaje de Joe Kincaid, porque tiene el arrojo de echar por tierra su elaborada filosofía, que lo había llevado antes a la obsesión, a la neurosis; posiblemente, lo había hecho rozar la locura. Hacia el final del relato, Joe tiene la honestidad de replantearse su odio y de ensanchar su filosofía sobre el amor. El día que sea grande quisiera ser como Joe, francamente.

“Por cierto, como Joe desgrana, de paso, algunas consideraciones sobre el cine y la literatura, se ha pensado que es, directamente, un alter ego, o incluso, que el ensayista prima sobre el narrador. Con independencia del legítimo componente ensayístico de la narrativa desde tiempos inmemoriales, Joe no es un crítico ni mucho menos. Hay un momento en que confiesa algo así como esto: No había publicado antes mis confesiones porque no soy exactamente un escritor… Lo de “exactamente” fue mi coartada, te lo confieso. Joe es un hombre culto, pasea algunas referencias; puede que sea un historiador, un filósofo: en todo caso, eso sí, un humanista. Cuando escribo “pasea” soy impreciso. Joe no pasea las referencias; Joe las llama siempre que les sirven a su filosofía en contra de Francesca Johnson: siempre que alimentan su obsesión. En tal sentido, la referencia cultural tiene, en cada caso, una puntual utilidad en el mundo posible de la ficción. No es este un cuento objetivo. Es el relato de una fiebre, de una psicología, de un debate interior que un día decide compartirse con unos interlocutores muy singulares…

“Pero te cuento que el relato ha suscitado lecturas encontradas. Algunas personas no consiguen la distancia y responsabilizan al relato de las opiniones de Joe. Te comento que una gran amiga, una actriz que vive en Miami, me escribió horrores porque yo era incapaz de comprender a Francesca Johnson. Luego me di cuenta de que, de alguna manera, ella era Francesca Johnson. Pero juro que al único que entiendo es a Joe; sobre la actitud de Francesca no tengo respuestas en forma de conclusiones. Tengo, a lo más, conjeturas. Mi amiga es una mujer culta, y ni siquiera ella pudo distanciarse; eso te quiere decir que probablemente sí, la gente tome el cuento como otra especulación sobre la consecuencia del amor. En todo caso, tendrían derecho, y yo me sentiría igualmente honrado.

“No quisiera dejar de decir que la idea surgió en una tarde de charla animada con Francisco López Sacha. Es muy difícil que Sacha, whisky por medio, no termine convenciéndote de algo. Sacha defendió aquella tarde la idea de que en la historia de Los puentes de Madison todo el mundo, de alguna manera, tenía la razón. Decía Sacha que en toda obra hay brotes conservadores y revolucionarios, los cuales se montan de una forma difusa y convulsa. Aquella tarde me fui con la idea dándome vueltas en la cabeza, y el resultado final es “Los que fueron al bosque de avellanos”. Dedico entonces al maestro Sacha este primer impacto del relato. De algún modo le pertenece.

“Hay un Rufo que aboga por que el ejercicio de la crítica esté avalado por la autoridad y la transparencia. Es el mismo que siempre ha querido contar historias. Puede uno imaginarse un combate reñido entre dos púgiles que se saludan con reticencia y sospecha al final del combate. El Rufo manager de los dos bandos se ha decidido, final y resueltamente, por el oficio de la creación en lugar de acceder al del enmudecimiento.

Desde su condición de crítico, ¿cómo enfrenta el reto de escribir y superar a la vez el riesgo de una posible “autocrítica” en extremo rigurosa?

“Hubo un tiempo en que el crítico conseguía frenar la fuerza del narrador. Por eso no he terminado mi novela En el umbral del camerino, que varios lectores esperan, a partir de un segmento que publicó La Gaceta de Cuba. Hoy logro avanzar, no obstante los resabios del crítico, porque la emoción está por encima de mí; ya no la contengo, no la reparto, no la reviso, no la dicto, no la examino a cada minuto. Un estado de posesión, y no de racionalidad, llegó a resolverlo todo.”

¿Piensa que, tras haber experimentado en los terrenos de la literatura, el periodismo y la realización audiovisual, debe establecerse definitivamente en alguno de ellos?

“Lo que sí tengo claro es que la realización audiovisual constituye para mí un hobby. No porque no la haya disfrutado enormemente. Dirigir Soy lo que ves fue una de las experiencias más excitantes de mi vida. Dirigir a Viengsay Valdés o trabajar con un fotógrafo como Alejandro Pérez representó para mí un privilegio que me encantaría repetir (de hecho, Viengsay y yo no sabemos qué pretexto buscar para volver a trabajar juntos). Pero no tengo tiempo que invertir en asuntos de producción en verdad engorrosos y que en nada dependen de mí. Eso me atormenta y huyo. No te niego, al mismo tiempo, que por ahí anda un proyecto para dirigir un largo, en clave minimalista. Un proyecto precioso. Veremos qué sucede el año próximo.”

“En cuanto al ensayo crítico, reflexivo, y la narrativa, siento que alternaré esos géneros por el resto de mis días. Nunca dejaré de ser un crítico; me fascina mi primera profesión, y su ejercicio me cautiva como el primer día. Pero luego de que he tomado el gusto a la narrativa, no hay vuelta atrás. Claro, te lo confieso: con mucho cuidado, con cautela, con extensos períodos de quietud entre un relato y otro. “Los que fueron al bosque de avellanos” hace parte de todo un libro, Tanda de reposiciones, sobre fenómenos de la reescritura, que terminaré en diciembre o enero. Me faltan al menos cinco o seis relatos, pero siento a veces que tengo que parar, o me volvería loco. Tuve que cumplir 40 años para definitivamente escribir narrativa. Antes escribí el libro Cartas a nadie, que me negué a publicar. No me sentía seguro. Más que por razones literarias, por razones vitales. Sentía que tenía que vivir más, que observar más, que razonar más. Con 42 años, me descubro como un observador que empieza a poseer razones, nunca cerradas, para compartir; un observador ya capaz de compartir sus advertencias, sus anotaciones, sus detenimientos en la complejidad del mundo, de las emociones, de la conducta. No puedo escribir sobre “lo objetivo”. Eso escapa a mis posibilidades. Todo cuanto me importa tiene que ver con el intento de comprender la naturaleza de las emociones y de los comportamientos humanos, lo frondoso de la subjetividad. Pero eso mismo me lleva a escribir en un estado de trance muy peligroso. Podría enfermar muy seriamente. Puedo escribir muchas horas sin detenerme y cuando termino me siento a pasos de la locura. He cogido miedo. Estoy asustado. Pero, al tiempo, noto que no tengo regreso posible. Si quisiera volver atrás, ya no tendría fuerzas, no podría. Apenas puedo prestar mis dedos para que un grupo de cuentos “energéticos” se escriban solos. Nunca me había sentido tan cerca de la locura y de la felicidad como ahora, con estos relatos.

“Tras leer este final vuelvo a conectarme con Raúl Vallejo y su novela de encuentros cibernéticos. Uno de sus personajes tiene, como mi entrevistado, una inevitable adicción. Rufo no puede renunciar a los textos que le brotan, como <banano> tampoco podía apartarse de sus interlocutores en la Web. “Cada uno de ustedes ha alimentado mi espíritu —confiesa <banano>— que engordó con enorme dosis de cotidianidad adentro (…)”.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , | Deja un comentario

LUGARES MUERTOS: ¿UNA OPCIÓN PARA RECOMENZAR…?

Recientemente hacía yo mis reflexiones sobre las micronaciones y las cybernaciones, y aunque no lo escribí entonces, no ceso de preguntarme por qué los fundadores de estos Estados en miniatura pasan tanto trabajo para encontrar sus locaciones cuando en el mundo existen tantísimos lugares vacíos, o tal vez sería más exacto decir abandonados. Y por esa ley de sincronicidad que creyó descubrir el célebre psicólogo alemán Kart Gustav Jung, hoy acabo de recibir un envío de Taringa donde menciona algunos sitios abandonados que muy bien pudieran convertirse en micronaciones contantes y sonantes, salvo dos de ellos por razones a las que me referiré más adelante.

Estos sitios son ciudades. Así como usted lo está leyendo. Ciudades y pueblos más o menos importantes. El primero al que se hace referencia es a una población fundada en la bahía de los Balleneros, situada en la isla Decepción, en la Antártida. En 1906 una compañía ballenera comenzó a usar la bahía como base para sus barcos, y llegó a haber fondeadas allí hasta trece embarcaciones. En la estación se hervían las carcasas de las ballenas para extraer aceite. Tras la Gran Depresión la estación fue abandonada, y desde entonces se ha convertido en una ciudad olvidada. Incluso fue utilizada como set de rodaje en la película Alien vs. Predator. Ningún paisaje de los Polos es acogedor ni lindo, pero la huella de la presencia del hombre en ellos les confiere un aura de extrañamiento que acentúa su natural desolación. Los restos de esas construcciones elementales de madera cruda, abandonadas, recortándose contra el horizonte, dan ganas de salir corriendo, uno siente que algo horroroso puede pasar ahí en cualquier momento, y no me parece raro que el lugar haya servido como escenario para un Alien. Me parece completamente lógico.

bahía de los ballenerosFrancia y España están llenas de pequeños pueblos abandonados. Supe de ello hace muchos años por un número de una revista francesa dedicado al tema. Al parecer, siempre fueron pueblitos poco importantes, con escasa población y prácticamente sin medios de vida, muchos de ellos dependientes de una exangüe agricultura de subsistencia, cuya población joven emigró a las ciudades en los primeros años de la década de los sesenta, y los ancianos, únicos que se quedaron, fueron muriendo. Orador-Sur-Glane es un pequeño pueblito francés, pero no está deshabitado por una simple emigración a las ciudades. Su historia es trágica: durante la Segunda Guerra Mundial los nazis masacraron allí a 642 personas, casi la totalidad de sus pobladores. Solo dejaron 7 sobrevivientes. La matanza de Orador-Sur-Glane está considerada como una de las peores cometidas por los alemanes durante esa contienda bélica. En la foto se aprecia un hermoso pueblo en ruinas. No tiene un aspecto especialmente tétrico, sino que evoca la belleza de los pequeños pueblos típicos de Francia, que suelen ser preciosos. Pero tiene esa atmósfera difícil de describir que uno siente en todos los lugares donde la presencia humana ha cesado hace tiempo. Es como si quedara algo todavía, algo que no puede ser explicado con palabras, una sensación que es a un tiempo muy triste y opresiva, como una congoja…, no sé. Los franceses conservan el pueblo en ese estado como una especie de museo natural que guarda la memoria de la guerra más cruel de cuantas ha conocido la humanidad hasta la fecha.

orador sur glaneOtro lugar muerto con un pasado mucho menos trágico es el distrito de Sanzhi, en Taiwán, donde se construyó una pequeña ciudad destinada a lugar de vacaciones para los militares estadounidenses destacados en Taipei. Es un sitio hermoso, con casas redondas de colores vivos y paredes encristaladas construidas unas sobre las otras, como colmenas, y en medio un embalse rodeado de escalinatas de piedra que se hunden en el agua y mucha vegetación de un verdor esmeraldino. Sin embargo, durante su construcción extraños accidentes fueron provocando la muerte de unos veinte obreros. Las investigaciones llevadas a cabo revelaron que la ciudad había sido edificada en territorio de un antiguo cementerio holandés. Las muertes fueron atribuidas a fenómenos paranormales y todos se marcharon dejando el lugar desierto. Hasta ahora nadie ha vuelto a vivir allí. Y es una lástima, porque es muy bonito y las casas seguramente son muy confortables. Sería una micronación muy agradable donde no habría que construir prácticamente nada.

distrito e sanzhi taiwanSiniestra y con un parecido fantasmal al castillo de If, donde languideció en prisión el famoso conde de Montecristo, es Hashima, una de las islas Nagasaki, en territorio japonés. La compañía Mitsubichi construyó allí una ciudad alrededor de unos depósitos de carbón. Se levantaron edificios de gran altura y nació una próspera ciudad de más de 5 000 habitantes, casi todos trabajadores con sus familias. Con el tiempo los depósitos de carbón dejaron de interesar a Mitsubichi y los pobladores del lugar fueron marchándose. Hashima no tiene un pasado siniestro de tragedia y sangre, así que podría volver a ser hogar para humanos. Solo que está en ruinas y el autor del post califica su aspecto de “post apocalíptico”. La verdad es que hasta donde la foto permite apreciar, el lugar es muy feo y tiene un aspecto más que ruinoso, a mí me recuerda una fortaleza agreste y amurallada donde pasan cosas malas. Podría haber sido el refugio de Gilles de Rais. Yo no viviría allí, a pesar de que siempre he soñado con mudarme a una isla desierta. Pero ¿a Hashima..? Definitivamente NO.

isl de hashima japónSobre el pueblo de Belchite, en España, dice el post de Taringa:

El pueblo de Belchite era una joya arquitectónica hasta que, durante la Guerra Civil española, fue objeto de un bombardeo en el que murieron más de 6.000 personas. Belchite nunca fue reconstruido, y es que después de la guerra, Franco decidió levantar un pueblo nuevo al lado («Belchite nuevo» para todos), dejando intactas las ruinas como recuerdo. El Pueblo Viejo de Belchite sigue inamovible, cerrado al paso, y es uno de los lugares favoritos de los investigadores de lo paranormal: dicen que en las psicofonías se oyen los gritos, la caída de la bomba, las campanas de aviso que convirtieron a Belchite en un infierno y, más tarde, en un pueblo fantasma.

Dejando aparte la mención de las psicofonías, que nunca faltan cuando hay un lugar abandonado o un sitio o edificio donde ha ocurrido un suceso sangriento, Belchite sobrecoge el alma, y es lo más parecido que he visto al estado en que quedó Varsovia tras los bombardeos nazis de la segunda Guerra Mundial. Dios tiene que perdonar los incontables pecados de la Humanidad, pero no sé si la Humanidad conseguirá perdonar a Dios por haber puesto en ella a seres como Francisco Franco y Adolf Hitler.

belchiteOtro lugar abandonado es la Penitenciaria Estatal del Distrito Este en Filadelfia (Pensilvania), inaugurada en 1829. Tras sus muros solidísimos guardaron prisión criminales famosos, entre ellos el celebre capo mafioso Al Capone. La cárcel fue inhabilitada en 1969, y hoy es un museo que recibe turistas. Es una construcción ciclópea, mezcla de edificios cuadrados como los castros romanos y torres de estilo románico. Las paredes son de ladrillos, oscuras, y el bloque de edificios está rodeado de muros cubiertos de vegetación verdísima, pero su aspecto es sombrío, siniestro y maléfico. No creo que sirva para albergar una micronación, pues a la media hora todos sus pobladores habrían enloquecido o muerto de depresión profunda. Pero para gustos se han hecho colores…

penitenciaria estatal distrito este filadelfia pensilvaniaLa ciudad de Pripyat es familiar para los cubanos, pues nosotros acogimos en nuestro país a los niños víctimas del accidente ocurrido en la central nuclear ucraniana de Chernobil. Dicen que era una ciudad hermosa y muy moderna, con cines, restaurantes, tiendas bien provistas y una vida animadísima. Fue construida para que habitara allí el personal de Chernobil. Los sobrevivientes fueron evacuados y en lo que fueron sus casas, escuelas, hospitales y otras edificaciones habitan hoy los lobos y otros animales salvajes. Pripyat no quedó destruida tras el accidente, y la mayoría de sus edificaciones se conserva en buen estado, al menos los exteriores. Los interiores, además de servir coo madriguera para la fauna del lugar, han sido invadidos por la vegetación, que se ha mezclado de un modo escalofriante con los objetos de uso humano. He visto imágenes que hielan el alma, donde los pupitres de una escuela primaria, las mochilas, los juguetes se entremezclan con la maleza de un modo que recuerda el palacio de la Bella Durmiente invadido por el bosque perverso. Nadie puede vivir allí, los efectos de la radiación no desaparecerán hasta pasados varios siglos.

Los-fenomenos-paranormales-de-Pripyat

Un preescolar de Pripyat

En el post de Taringa hay una ausencia inexcusable, pero hasta cierto punto comprensible porque muchos evitan hablar de ese tema: se trata del distrito costero de Varosha, ubicado en el norte de la isla de Chipre, ocupado desde hace décadas por Turquía, cuyo Gobierno pretende declarar allí la República Turca del Norte de Chipre, en lo que constituye uno de las más flagrantes, inmorales e indignantes violaciones del derecho de soberanía de las naciones. Varosha, uno de los más prósperos balnearios del Mediterráneo, fue invadida por las tropas turcas una tarde de 1974. Muchos de sus habitantes fueron asesinados de inmediato, y el resto tuvo que huir abandonando sus casas, en las que todavía pueden verse mesas servidas, comida en los hornos y camas destendidas. Varosha es una verdadera ciudad fantasma en la que todo sigue estando como aquel día: las tiendas repletas de mercancías y hasta botellas de cerveza a medio consumir sobre los mostradores de los bares, los aparcamientos con los carros de entonces, las vitrinas de los comercios con maniquíes que exhiben las ropas de moda en aquellos años…, y la arena y el salitre que lo invaden todo. Los habitantes desalojados llegan a veces hasta la línea que demarca la zona ocupada, y por encima de las vallas y alambradas contemplan con inmensa tristeza sus hogares y los lugares donde una vez fueron felices o vivieron vidas truncas de las que fueron expulsados. Pero no pueden acercarse demasiado, porque los soldados turcos disparan a matar. La Unión Europea, nunca conciliada con la idea de admitir a Turquía en sus filas, había esgrimido entre sus condiciones la retirada turca de Varosha y la renuncia del Gobierno de ese país a sus pretensiones territoriales sobre el norte de Chipre, pero la crisis de los refugiados sirios ha hecho cambiar el panorama, y Turquía sería admitida ahora en la UE a cambio de prestar su colaboración para aminorar los efectos de la enorme población árabe desplazada a Europa por causa de la guerra promovida por el Estado Islámico. Chipre ya no sería un elemento importante en esta ecuación política. Varosha jamás podría convertirse en una micronación: primero, porque tiene dueños naturales, los chipriotas desplazados; y segundo, porque una micronación fundada allí sería inmediatamente anexada a la nación turca, que jamás renunciará a su nefasta vocación imperial.

Valla turca que cierra el distrito de Varosha. Obsérvese el soldado armado. Una clara amenaza a los griegos chipriotas.

Cervezas refrecos a medio consumir quedaron sobre el mostrador de un bar luego de la precipitada huída de los griegosAutos abandonados en un aparcamientovarosha-26Un griego contempla Varosha, el paraíso robado, tras la alambrada turcaOtro lugar abandonado que no es muy conocido resulta el antiguo hospital psiquiátrico de la isla veneciana de Poveglia. El médico que fundó y dirigió aquel lugar aplicaba a sus pacientes tratamientos de una crueldad rayana en la tortura, y muchos murieron a consecuencia de ellos o de desesperación, y el propio doctor terminó lanzándose al vacío desde la torre del campanario. Si a este pasado espeluznante se suma el hecho de que la isla fue usada como reclusorio y cementerio para las víctimas de la peste durante la Edad Media, y que muchos de los que fueron enviados allí aún vivían cuando los deembarcaron, no puede parecer exagerado el terror que muchos turistas sienten durante sus visitas a Poveglia, hoy propiedad de una familia que cultiva viñedos en esas tierras abonadas con sangre infecta.

Poveglia-muertos

Nunca he estado en un lugar muerto. No creo que tengamos alguno en Cuba, afortunadamente. Pero sé que todos tienen en común un silencio que no es normal, que se mete en las venas y enfría la sangre, y ese flotar de emociones sin cuerpo, de dolores sin carne, de presencias invisibles que sobrevuelan en el viento, gritan, hablan, susurran y cuentan… Debe de ser torturante permanecer una hora siquiera en esos lugares. Pero en el mundo hay mucha gente que quiere huir de sus semejantes, de sus gobiernos, de la sociedad y sus leyes, y mientras no puedan irse a Marte o a otro sitio fuera de esta Tierra, no tendrán muchas opciones. Y algunos de estos lugares muertos no son de las peores, porque vamos a ver: puesto usted a escoger, ¿no preferiría vivir, llegado el caso, en el distrito de Sanzhi que en la plataforma petrolífera abandonada donde se asienta ahora mismo la micronación autoproclamada República de Seealand…?

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

JÓVENES MALOS

jovenes malos 1jpegCuando yo era una adolescente estaban de moda el cabello largo en los varones, las minifaldas entre las muchachas, los pantalones campana y los guaraches sin medias para todo el mundo, los maquillajes muy exagerados, el peinado “cebolla” y el “arlequín”, las cocalecas y el amor libre. Los adultos lo encontraban todo mal, no importa si criticaban a una jovencita que, como yo, gustaba de ir a la Cinemateca y leerse unos libros gordísimos o si se trataba de otra que era demasiado aficionada a las fiestas. Todo era malo: que saliéramos solos, que fumáramos, ser hippie, no serlo. Los adultos nos acusaban de estar destruyendo las bases de la sociedad, y se preguntaban horrorizados llevándose las manos a la cabeza cómo nos saldrían nuestros hijos, educados por padres tan mal educados. Conste que La Habana de los años sesenta y setenta era una ciudad mágica donde se podía andar de madrugada por cualquier lugar y nadie te molestaba, solo la policía en ciertas ocasiones para pedir identificación o llevarse a alguien con una facha excesivamente… extravagante.

Hoy yo le cuento a mi hija lo maravilloso y seguro que era ser joven en aquellas décadas prodigiosas, lo decentes que éramos todos que a pesar de andar en grupos, sin adultos, nunca hacíamos nada reprobable, y le explico que no me gusta que salga sola porque ahora la calle no es lo que era en mis tiempos. Y cuando la ronda algún posible pretendiente le pongo cara de Gorgona, porque esas crestas de cabello envarado con gel, esas bermudas que exhiben tibias peludas como las de los Neandertales, esos tatuajes y, sobre todo, esos ojos torvos por los que parece asomar un alma más inclinada a la turbiedad que a la luz, me espantan. También me parecen horrorosos los malos modales de los niños y la facilidad y enjundia con que insultan a cualquiera por cualquier cosa. Y digo, como mismo decían mis mayores: “El mundo está perdido, se han perdido los buenos valores sociales, espirituales y morales, no hay respeto, el país está en una crisis sociológica, etc…”

Por eso me ha puesto a pensar un blog que encontré en Internet con un post sobre el retroceso moral de los jóvenes como queja principal de los adultos en todas las épocas de la Historia. Aparecen ahí quejas de quienes menos uno se podría imaginar, y me han hecho reír muchísimo:

Aristóteles decía: “Los jóvenes de hoy no tienen control y están siempre de mal humor. Han perdido el respeto a los mayores, no saben lo que es la educación y carecen de toda moral.”

Platón abundaba en ello: “¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?”

El poeta Horacio publicó un libro titulado Sobre la estupidez en el que se queja de las ofensas que sufren los maestros debido a la indiferencia de los padres.
Hasta hubo críticas o protocríticas a lo que hoy se dice de la tablet. Quintiliano, en Instituciones oratorias, las defiende así: “Es muy bueno escribir en tablas enceradas, en las cuales se puede muy fácilmente borrar lo que se escribe”. A diferencia de escribir en pergamino, que el constante movimiento del cálamo al tintero frena la mano e interrumpe el proceso mental.

Juvenal también se lamenta del programa educativo, considerándolo falto de imaginación y repetitivo, en Sátiras: “Esa col tan manida asesina a los míseros maestros”.

El autor del post asegura que estos lamentos, que se extienden a todos los ámbitos de la vida personal y nacional, son cíclicos y aparecen cada cierto tiempo, asombrosamente sin variaciones, y cita:

Como ya dijo Adam Smith: «Rara vez pasan cinco años sin que se publique un libro o panfleto que pretenda demostrar que la riqueza de la nación está decayendo rápidamente, que el número de habitantes del país está disminuyendo, la agricultura está siendo abandonada, la manufactura va en decadencia y el comercio está deshecho».

Ya se sabe que la Roma imperial fue una ciudad tan moderna como cualquiera de las nuestras, salvando las distancias de la tecnología y la ciencia, pero en espíritu nosotros seguimos siendo los romanos de entonces, y los romanos de entonces ya eran como nosotros somos hoy. ¿Ciencia ficción con máquinas del tiempo, viajes al pasado y al presente, universos paralelos…? En todo caso los Vedas ya concibieron el tiempo como no lineal, sino cíclico, y concuerdan con ellos las últimas teorías de la física cuántica. Leer libros como El Tao de la Física, estudiarse la teoría del caos, la teoría de las cuerdas, la teoría del arco, nos pondrá los pelos de punta, entre otras cosas porque podremos visualizar en una casa o en una cueva del año 5000 —depende de cómo le haya ido a la Humanidad—, a nuestros descendientes peleando con los suyos y gritándoles que están perdiendo valores y exterminando la civilización. ¿Qué arrojarán los adultos de entonces a la cabezas de sus no muy honorables engendrados: un hueso de mamut o una bolsa repleta de aparatejos nanotecnológicos? Depende, depende de cuantos valores hayamos perdido para esa fecha.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Guanábana contra cáncer o el peligro de lo incierto

Cada cierto tiempo se desata una campaña informativa en torno a algún producto-panacea que cura muchas enfermedades, entre ellas el cáncer, y es recibido con entusiasmo no solo por quienes padecen algún mal, sino hasta por miembros del mundo médico. Aún muchos de nosotros podremos recordar el furor que incendió Cuba hace unos años con la noticia de las múltiples propiedades del noni. Y luego viene la segunda parte de la fiesta, que por lo general es de llanto: la panacea es falsa, no cura nada y además, causa desórdenes en la salud, en ocasiones muy graves.

Por estos días la guanábana protagoniza la fiesta de turno. ¿A quién no le gusta la guanábana, la champola bien fría, la horchata, el yogurt de guanábana…? Los cubanos gustan de la guanábana y siempre la han comido con placer aunque no estuvieran al tanto de todo lo que ahora se cuenta sobre ella. Miles de sitios en Internet y la siempre activa y eficaz transmisión boca-oreja, más conocida como rumor, bulo o bola, publicitan las propiedades maravillosas de todas las partes de la guanábana, y muchas personas en todo el mundo comienzan a consumir la fruta, sus hojas, sus semillas, el té de guanábana se vende en el mercado en grande cantidades, etc. ¿Qué hay de cierto en todo esto? Veamos un botón de muestra:

Esta planta prodigiosa tiene propiedades curativas. Las acetogeninas de las hojas son anticancerígenos mientras que sus frutos, aromáticos y deliciosos, tienen enzimas, minerales y vitaminas que la convierten en ideales para el tratamiento de la diabetes, úlceras, hipertensión, parasitosis intestinal, etc.

Contribuye a la adecuada regeneración celular y mantiene el organismo libre de lesiones; ayuda a mejorar y fortalecer las defensas del organismo; previene el deterioro de la salud de las personas con enfermedades o problemas degenerativos; estimula una correcta digestión de los alimentos y favorece la asimilación de nutrientes.

La mejor forma de consumir la guanábana es en extracto para obtener una rápida y mayor absorción de todos sus principios activos, lo que redunda en un organismo saludable.

A la guanábana se le atribuyen los siguientes componentes:

Humedad 80,6 % Fibra 1,63 % Cenizas 0,73 % Grasa 0,31 % Proteína 1,22 % Almidón 1,62 % Vitamina C 0,021 % Azúcares ( Gluc., Fruct.) 15,63 % Potasio 45,8 mg Sodio 23 mg Magnesio 23,9 mg Fósforo 26,0 mg Hierro 0,47 mg Asimismo citrulina (proteína) (10) , arginina (aminoácido) (10), ácido caproico (lípido) (10). anonaine (isoquinolina) (10), anoniine (isoquinolina) (10) y asimilobine (isoquinolina) (10)

Los componentes de las hojas son: lactosas, Annohexocina , Annomuricina A, B, C y E , Annomutacina , Annopentocinas A, B y C , Muricoreacina , Gigantetronemina , Murihexocina A y C , Javoricina, Isoquinolinas, Anonaine, Anoniine, Atherospermine y Coreximine.

Lípidos, Acido gentísico, Acido lignocérico , Acido linoleico y Acido esteárico

Las semillas y las hojas contienen acetogeninas, de gran valor anticancerígeno, como: Lactosas, Annomonicina, Annomontacina, Annonacina, Annomuricatina, Annonacinona y Javoricina

Contiene además annomuricatina (proteína), y ácido linoleico (lípido), entre otros elementos.

Pero lo que convierte a la guanábana en una auténtica promesa de salud son sus supuestas propiedades anticancerígenas:

Su mayor virtud radica en las acetogeninas, sustancias cerosas resultantes de la combinación de ácidos grasos de cadena larga que, de acuerdo a un estudio en la Universidad de Pardue en California, pueden inhibir selectivamente el crecimiento de células cancerígenas y también inhibir el crecimiento de las células del tumor, resistentes al adriamycin (droga quimioterapéutica).

En otro estudio realizado por científicos de la misma Universidad, se demostró que las acetogeninas son extremadamente potentes teniendo una ED50 (dosis letal 50) de hasta 10 – 9 microgramos por mililitro, resultando tener unas 10,000 veces la potencia del adriamycin.

La acetogeninas, también inhiben la enzima (ubiquinona-ubiquinona oxidasa ) que es peculiar en la membrana plasmática de la célula cancerosa.

Por esta razón la propiedad antitumoral de la guanábana o graviola ha sido patentada por lo menos por 9 Compañías extranjeras.

Las anteriores citas las he tomado de uno de los tantos sitios de Internet que promueven los usos medicinales de la guanábana. Ahora veamos la información ofrecida en un trabajo firmado por Francisco J. Morón Rodríguez,I Déborah Morón Pinedo,II Mario Nodarse RodríguezIII, especialistas cubanos:

[…]en Cuba, el uso tradicional de la decocción de las hojas para “los catarros y la tos” y aplicada como fomentos “contra las inflamaciones y lavar los pies hinchados”. Reporta que el refresco del fruto “corrige la hematuria, facilita la secreción de orina y alivia la uretritis”. Además, se señala que la decocción de hojas es “diaforética” (aumenta la sudoración), tiene “propiedades antiespasmódicas y estomáquicas” (tonifican el estómago), “muy útil contra las indigestiones” y “facilitan las digestiones difíciles”.

Los autores citados mencionan que incluso en el Diario de Campaña de José Martí aparece una referencia a las propiedades medicinales de esta fruta tropical: “A César le dan agua de hojas de guanábana, que es pectoral bueno, y cocimiento grato”. A continuación dichos autores acotan:

[…] hay diversos estudios sobre anonacina, el compuesto de la guanábana que tendría efectos anticancerosos, y que esos estudios fueron realizados in vitro o in vivo en animales, pero que no existe aún ningún estudio clínico, en humanos. El motivo citado para la falta de estudios clínicos en humanos es que no se puede patentar una planta, lo que lleva a los laboratorios a concentrar las investigaciones en los principios activos, acetogeninas anonáceas, en vez de la planta.

Aunque hasta el momento no existen estudios que demuestres una posible neurotoxicidad de esta planta, alguna investigaciones realizadas apuntan a una conexión entre el consumo de esta fruta y formas atípicas de la enfermedad de Parkinson en el Caribe, atribuida a la alta concentración de annonacina en la fruta (15 mg/fruta) o en el néctar comercial (36 mg/lata), que resulta 100 veces mayor que en el té elaborado a partir de sus hojas (140 mg/taza). Los autores terminan su trabajo con la siguente reflexión:

La información científica disponible permite concluir que no existen resultados experimentales que respalden la supuesta milagrosa acción anticancerígena, ni la seguridad, de los extractos de A. muricata y sus derivados que circula en Internet. Las investigaciones publicadas sobre la actividad anticancerígena han sido realizadas en cultivos celulares (in vitro) y con principios activos extraídos de partes de la planta, principalmente semillas y hojas, lo que limita más la posibilidad de que partes frescas, como el fruto, o sus extractos puedan tener el efecto que se le atribuye. Además, debe tenerse precaución en el consumo de esta especie, sobretodo las partes que contienen mayor concentración de acetogeninas y alcaloides isoquinolínicos (semillas y hojas) como alimento o como recurso medicinal tradicional por los reportes de posible neurotoxicidad.

Agrego, como dato curioso, que la investigación citada por mí en este artículo viene seguida de un foro donde muchos participantes agraden a los investigadores, afirman tener experiencias personales de los maravillosos efectos del consumo medicinal de la guanábana, y no pocos los acusan de pertenecer a las poderosas transnacionales farmacéuticas, y aquí viene lo más interesante: “ […] que como ya se sabe nunca respaldan descubrimientos sencillos de productos naturales que favorecen la salud y hasta curan terribles enfermedades, para impedir que su divulgación haga caer las ventas de los medicamentos sofisticados que ellas venden”. Ni que decir tiene que los investigadores cubanos no tienen vínculos con las grandes transnacionales y mucho menos intentan mantener ocultas posibles fuentes naturales de sanación capaces de beneficiar al ser humano, y que de hecho tenemos en nuestro país los laboratorios Labiofam, que no son los únicos, productores de medicamentos naturales que comercializan en la isla y en más de cincuenta países con magníficos y comprobados resultados. Los científicos cubanos devengan salarios bajísimos, así que en realidad trabajan por puro amor a la Humanidad, y atribuírles propósitos malsanos como los que he citado, además de ser altamente ofensivo e irreal, demuestra una ignorancia supina sobre la vida en Cuba.

Pero no es menos cierto que existe en el mundo, al menos en ciertos círculos de ciudadanos y quizás hasta en los medios científicos, la convicción de que las transnacionales de la medicina impiden la elaboración y comercialización de productos naturales beneficiosos para la salud y capaces de curar pandemias como el SIDA, la diabetes, el cáncer y otros males letales que atenazan a la Humanidad, y con tal de mantener sus fabulosas ganancias obligan a las personas a seguir consumiendo las drogas y medicamentos de compleja elaboración con muchas repercusiones negativas sobre la salud. No faltan quienes hablan de científicos asesinados por la mano negra de estas transnacionales solo por haber descubierto o desarrollado remedios que, de llegar al mercado, arruinarían en pocos días el jugosísimo negocio de los más importantes y poderosos laboratorios productores de medicamentos del planeta. No suscribo ni niego estas creencias porque mi humildísima persona no tiene modo de saber si son ciertas o no, y no poseo información fidedigna al respecto, sino solo conocimiento undergrownd por el cual no puedo responder. Es posible que se trate de una leyenda urbana, como también es posible que existan casos en los que haya muerto alguien por causa de un descubrimiento poco conveniente para los magnates de la medicina internacional.

Lo que sí puedo asegurar, como estudiosa que he sido y sigo siendo de la medicina natural y tradicional, es que la tan arraigada creencia popular de que los remedios naturales nunca producen malos efectos en la salud es totalmente falsa y se debe al desconocimiento y al fanatismo. No existe una sola planta en el reino vegetal de la que pueda afirmarse con seguridad que carece de efectos tóxicos sobre el organismo de humanos y animales. La misma Hierba de San Juan, tan socorrido remedio contra artritis y reumatismos, es hepatotóxica en alto grado. La medicina natural NO es inocua, por lo que no debe consumirse sin la asesoría de un especialista respaldado por alguna acreditación de carácter oficial. También es necesario recordar que todas las personas no tienen organismos iguales, y que lo que a unos no daña provoca en otros alergias severísimas que pueden causar la muerte. Considero necesario mencionar un ejemplo singularísimo, no sin antes recordar que siempre he sido y seguiré siendo respetuosa de todas las religiones que existen en el planeta y de sus tradiciones y rituales: la chamba, licor ritual y sagrado que se prepara en la nganga del Palo Monte, contiene sangre de todos los ahijados del taita nganga, y aunque se le atribuyen virtudes sanadoras, no hay que olvidar que la sangre alberga infinidad de agentes patógenos que se transmiten a través de ella, entre los que se encuentran los temibles virus oncógenos, por solo mencionar uno de los peligros que conlleva beber este fluido vital.

En cuanto a la guanábana, yo misma he recibido como obsequio de un amigo una caja de té de esta fruta, de la marca SOURSOP, distribuida por Beauty & Health Corporation, Miami Florida, en cuyo dorso se indica que el producto no ha sido evaluado por la Administración de Drogas y Alimentos, y que no intenta diagnosticar, tratar, curar o prevenir enfermedad alguna. Inmediatamente se advierte que este té de hojas de guanábana contiene una sustancia llamaba Ammonaceous Acetognins, y para más información sobre la misma remite al sitio http://www.lizalexandra.com. Como colofón advierte que este té no debe ser consumido por el usuario por más de dos meses, y limitándose a dos tazas diarias. Estamos en presencia de un fabricante con ética. Yo he probado este té y debo dar la razón a Martí: frío y endulzado con miel es muy sabroso.

De todos modos hay una aplicación de la guanábana que no parece ser peligrosa, y es como champú. Aquí les dejo la receta que encontré en Internet:

INGREDIENTES

– 5 tazas de agua
– 2 clavos de olor
– 2 ramas de canela
– 1 taza de cáscara de piña en trozos
– 1 membrillo sin piel ni semillas
– 1 manzana de agua sin piel ni semillas
– 1 rodaja de piña
– 1 kilo de azúcar
– 100 gramos de maíz mote cocido
– 1 taza de harina de maíz
– 1 taza de guanábana en tajadas sin semillas
– jugo de limón
– 1 cucharadita de canela en polvo

Me gustaría ofrecer el modo de preparación, pero… en la web de donde tomé esta receta el modo de preparación que le sigue no corresponde a un champú para el cabello, sino… a la preparación de una bebida que se sirve caliente en copas y con trozos de diferentes frutas. Francamente, no sé qué decirles, así que prefiero no hacer comentarios.

No creo que beber un té de guanábana sea más peligroso que beberse un té negro o uno de champagne y fresas. Únicamente quiero recordarles aquella sabia máxima de los griegos antiguos, que a ellos les dio gran resultado: “Nada en demasía”. Y consulte, consulte siempre con los expertos, que en Cuba, aunque la medicina natural ya no se encuentre en su época de oro, seguimos teniendo especialistas respetables y excelentemente preparados que le ayudarán a no ser víctima de publicidades irresponsables o al revés: a auxiliarse de las plantas para evitar los efectos indeseables de los medicamentos de laboratorio.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Juana Borrero, poeta consagrada y pintora desconocida

Juana Borrero, niña prodigio de la historia cultural cubana, vino al mundo el 17 de mayo de 1877 en Santos Suárez no. 15, en la que Casal llamó la casona de Puentes Grandes, hogar del clan Borrero. El mundo la conoce, si es que la conoce, como una de las pocas mujeres involucradas en el movimiento modernista. Murió el 9 de marzo de 1896, en Cayo Hueso, Estados Unidos, a donde había emigrado con su familia por razones políticas. Hija del científico, investigador, médico y escritor Esteban Borrero, Juana despuntó desde niña como poseedora de múltiples talentos. Aunque su obra poética y sus cartas de amor a su novio Carlos Pío Urbach, recopiladas en dos tomos por Cintio Vitier y Fina García Marruz, es lo que mejor se conoce de ella, fue también una pintora dotadísima y una retratista magnífica, y si esta parte de su talento casi es desconocida, se debe a que por su condición de mujer no se le concedió la importancia que tenía, y a que muchos de sus cuadros están hoy perdidos o en colecciones privadas de quienes en vida fueron sus amigas. Hay que tener en cuenta que cuando su padre la llevó al taller del reputado pintor Menocal, ya Juana pintaba y dibujaba como un artista completamente maduro.

En el 119 aniversario de su nacimiento, se impone la rememoración de la faceta menos conocida de su obra, para apoyar la labor de justicia poética que todavía se adeuda a la figura de Juana Borrero en las letras hispanoamericanas. Dos poetas cubanos que la conocieron y tuvieron el privilegio de ser amados por ella le dedicaron páginas que la inmortalizan. Julián del Casal, uno de los más grandes poetas latinoamericanos de todos los tiempos, y Carlos Pío Urbach vieron en Juana, como a través de un cristal, el fulgor diamantino de su espíritu. He aquí fragmentos de sus testimonios donde comentan las altas dotes pictóricas de la muerta precoz:

Para comprender el valor de sus cuadros, es preciso contemplar algunos de ellos. Corta serie de lecciones, recibida de distintos maestros, han bastado para que, iluminada por su genio, se lanzase a la conquista de todos los secretos del arte pictórico. Puede decirse, sin hipérbole alguna, que está en posesión de todos ellos. «No me explique teorías, porque son inútiles para mí – le decía recientemente a Menocal -, pinte un poco en esa tela y así lo entenderé mejor.» Y, en efecto, al segundo día, la discípula sorprendió al maestro con un boceto incomparable. Muchas personas lo han admirado

Juana pìntando en su taller de la casona de Puentes Grandes

Juana pìntando en su taller de la casona de Puentes Grandes

más tarde en el Salón Pola. Era una cabeza de viejo, preparada en rojo, donde se encontraban trozos soberbios. Aquella calva amarfilada, cubierta de grueso pañuelo, bajo cuyos bordes surgían mechones de cabellos grises; aquella frente rugosa, deprimida hondamente en las sienes, donde la piel parecía acabada de pegar a los huesos; párpados abotagados, próximos a cerrarse sobre las pupilas lánguidas, húmedas vidriosas; labios absorbidos que moldeaban una boca desdentada aquellas bolsas de carne, colgadas alrededor de la barba, y sobre todo aquella expresión de cansancio, de sufrimiento y de mansedumbre senil sorprendían al más indiferente de los espectadores. Después de ese retrato, ha hecho otros muchos, abordando de seguida el paisaje y el cuadro de fantasía. Merece especial mención entre los primeros, el que representa la salida de su hogar. Es el fondo de vetusta casa, tras cuya altura se dilata el firmamento azul. Se ve una puerta solferina, de madera agrietada y de goznes oxidados, encuadrada en ancho murallón, jaspeado por las placas verdinegras de la humedad y enguirnaldado por los encajes de verde enredadera cuajada de flores. Frente al murallón, serpentea un trozo del camino, sembrado de guijarros que chispean a la luz del sol. Tallos de plantas silvestres se siguen a trechos. Hacia la izquierda se extiende el río entre la yerba de sus orillas, como una banda de tela plateada que ciñera una túnica de terciopelo verde. Así tiene otros paisajes, lo mismo que cuadros de fantasía, que producen la impresión de lo sublime en lo incompleto, pues al lado de trozos magistrales se ven algunos que sólo su inexperiencia ha dejado sin retocar.

Dentro de poco tiempo, toda vez que una artista de tan brillantes facultades no puede permanecer en la sombra, ya porque una mano poderosa la arrastre a la arena del combate, ya porque se lance ella misma a cumplir fatalmente su destino, su obra será sancionada por la muchedumbre y su nombre recibirá la marca candente de la celebridad. Entonces llegarán para ella los días de prueba, los días en que se cicatrizan las viejas heridas o se abren las que ningún bálsamo ha de cerrar, los días en que el alma se estrella de ilusiones o las esperanzas naufragan en el mar de las lágrimas, los días en que uno se siente más acompañado o tal vez más solo que nunca, los días en que fuerzas generosas nos encumbran a las nubes o manos enemigas nos empujan a los abismos de la desolación. ¡Ay de ella si no sabe, al llegar esa época, encastillarse con su ideal, nutrir con su sangre sus ensueños, dar rienda suelta a su temperamento, agigantarse ante los ataques, desoír consejos ridículos, aplastar las babosas de la envidia y mostrar el más absoluto desprecio, al par que la más profunda indiferencia, por las opiniones de los burgueses de las letras!
Julián del Casal
Sus pinceles supieron conquistarle lauros. Cada cuadro era un triunfo, cada rasgo el signo de una inspiración. Yo soy un indocto. Yo no puedo juzgarla. Casal ya expresó su valía. Yo no he sabido más que amarla, como ya no sabré más que recordarla llorando.
Recuerdo que sus predilectos eran, por rara coincidencia, también los míos. Christian Chalón y el gran Boticelli la encantaban! Una ocasión me describía la gran tela El Destino del simbolista italiano, y su semblante se animaba, traduciendo sus sensaciones de modo tan asombroso que sus ideas iban a clavarse en mi cerebro conmoviendo toda mi red nerviosa. Sus pupilas fosforecían radiosas como agrandándose en dilataciones elásticas para abarcar el conjunto de la pintura sugestiva y acabada que ponía ante ellas el poder irreductible del recuerdo… y terminaba por dejarme profundamente impresionado, pálido, anheloso, como si hubiera puesto ante mí el cuadro y prestado su sensibilidad dolorosa por lo sutil, para apreciarlo… Después serenábase su rostro adquiriendo la expresión inteligente que le era habitual, como si aquel soplo tormentoso que cruzó por su alma, llegando de las regiones de la Belleza, no hubiese alterado su espíritu!
Carlos Pío Urbach

Paréceme que no estaría completo este trabajo, intento de memorabilia, si no incluyera una extensa cita tomada de la revista Opus Habana y firmado por Hortenia Páramo Cabrera, donde se ofrecen al lector datos enjundiosos sobre la Juana artista plástica:

Más conocida como poeta que como pintora, Juana Borrero (1877-1896) fue y continúa siendo un caso excepcional de extraordinario y precoz talento para ambas manifestaciones artísticas, aunque según una voz tan autorizada como la de la poetisa Fina García Marruz, su obra pictórica fue «tanto o más importante que la poética», opinión que parece ya advertirse en la reseña que de ella hace el poeta decimonónico ubano Julián del Casal cuando alude a «su genio pictórico, a la vez que poético», observación en la que enfatiza Rigol.

Quizás el hecho de que una buena parte de sus pinturas y dibujos se dispersaran entre los hogares de familiares o de sus amistades de Cuba o de Nueva York, por donde Juana transitó en dos ocasiones, o que hayan sido destruidos por las autoridades españolas cuando con su padre, comprometido en la lucha por la independencia de Cuba, tuvo que emigrar a Cayo Hueso, haya contribuido a una menor difusión, consideración y estudio, a pesar de que lo conservado resulta suficiente para dar muestras de su talento. Pudiera también estimarse que tampoco deben haber sido muchos estos trabajos dada su muerte prematura a los 19 años de edad, aunque su precocidad la sitúa ya a los 12 años de edad realizando sus primeras y destacadas pinturas, u ornamentando artísticamente su correspondencia.

Juana fue estudiante de la Academia de San Alejandro, a la cual ingresó en el curso 1887-1888, tal como consta en el folio 178 del Libro de Actas correspondientes a los cursos del 1863-64 al 1891-92. La asignatura matriculada fue Dibujo Elemental, y obtuvo calificación de Bueno. No hubo otra matrícula; no fue una de nuestras retendidas «graduadas». Podríamos por ello decir que su obra fue hecha predominantemente a base de talento, lo cual es cierto en buena medida, pero no podemos establecer que fue autodidacta. Tuvo maestros que la enseñaron y guiaron, a pesar de que se intenta presentar lo contrario, sobre todo a partir de la repetida anécdota en la que Casal relata el primer encuentro de la niña con el excelente artista académico y profesor Armando Menocal, recién regresado de Europa en 1889, y a quien el padre de Juana le encomienda hacerse cargo de sus estudios en la materia.

Casal narra que cuando el maestro procede a explicarle a la niña, de apenas 12 años de edad, algunos que otros principios o leyes de la pintura, ella le pidió que no le explicara teorías: «pinte un poco en esa tela y así lo entenderé mejor». Cierto es que a esa edad los niños suelen aprender más imitando que asimilando teorías, las cuales, la mayoría de las veces, les resultan tediosas e incomprensibles; también podríamos considerar que en Juana se da esa premura de quien intuye que tiene poco tiempo en la vida para hacer su obra. Pero el colofón de la anécdota quizás sea lo más revelador de la precocidad de aquel talento, y es que al segundo día «la discípula sorprende al maestro con un boceto incomparable».

Hasta aquí el relato del poeta. Pero hay otros relatos alrededor de esta historia que añaden que Menocal, ante el boceto, respondió: «no tengo nada esencial que enseñarte». Nos puede parecer exagerada esta parte, sobre todo porque posterior a este encuentro, el artista continuó siendo el maestro de Juana, y según otros testimonios, bajo la dirección de Menocal ella además organizó su cultura, tuvo acceso a los clásicos españoles e italianos, y fue ampliando sus conocimientos formales.18

Continúa narrando Casal, que aquella primera muestra de su talento era «una cabeza de viejo, preparada en rojo, donde se encontraban trazos soberbios », la cual varios años más tarde fue exhibida públicamente, junto a otras obras de la artista, por lo que se pudiera pensar que Juana gozó, a pesar de que se trataba todavía de un trabajo de principiante, de un temprano reconocimiento. Pero no fue exactamente así, a juzgar por lo que el propio Casal comenta y de lo que se lamenta: «Los periódicos no se han ocupado de sus producciones, más que en el folletín o en la sección de gacetillas, sitios destinados a decir lo que no compromete, lo que no tiene importancia, lo que dura un solo día, lo que sirve para llenar renglones».

Sin embargo, Fina García Marruz opina que por esta época Juana «ya ha sido saludada por la crítica de su tiempo. Su retrato aparece en El Fígaro, pincel en mano, ante un cuadro enorme, con su aire de mariposa pequeña de grandes alas oscuras». Y si esta mención no deja de ser importante, tratándose de una muchacha desconocida e inexperta en estas artes, tampoco podemos colegir que estaba ante su consagración.

La historia de la formación de Juana Borrero es una síntesis de lo que fue la historia de la itinerante y oscilante formación de la mujer como artista de la plástica en el siglo XIX cubano. Primero estuvo bajo la orientación de una maestra particular, Dolores Desvernine, vecina de Puentes Grandes, con la que calculamos que en 1882, es decir, a los cinco años, debió haber recibido «clases seguramente ingenuas», tal como lo recoge Fina a partir del relato que le hace Dulce María Borrero, hermana de la pintora. Después fue cuando Juana ingresa en la Academia de San Alejandro, donde fue alumna de los maestros Luis Mendoza y Antonio Herrera. Sólo quedó registrado un curso, el de 1887 al 1888. Al año siguiente fue su encuentro con Armando Menocal, por entonces profesor de San Alejandro, con el que da continuación a sus estudios por la misma vía no formal, aunque, en cierto modo, y por ser discípula de Menocal, era como una extensión de la Academia.

Fue este maestro quien le transmitió las reglas de la técnica, el empleo del claroscuro; la adiestró en el color, a apreciar su significación e importancia a través de las obras de arte, según nos refiere Loló de la Torriente, quien también figura entre sus «descubridores». Esta suerte de biógrafos de Juana apuntan otras influencias importantes, como fue la del pintor Valentín Sanz-Carta, uno de los iniciadores de la corriente romántica en nuestro país y que de manera particular trabajó la intensidad y los efectos de la luz en nuestro paisaje tropical, aun cuando no pueda calificarse de impresionista.

Y valga esta observación a propósito de una tendencia observada en las pinturas de paisaje de Juana, donde la luminosidad tiende a asumir o desempeñar un papel protagónico o expresivo por encima de lo representado, lo que ha conducido a considerar que la artista se anticipó, entre nosotros, al impresionismo.
Aunque no podemos olvidar el magistral dominio académico de la luz por Menocal, como quiera que el trabajo con este recurso fue una de las virtudes y aportes de Sanz-Carta a nuestra pintura, y la biografía de Juana recoge su contacto como discípula con este último pintor de «pincelada rápida y flotante y fiel anatomía del paisaje barnizado por la luz», al decir de su hermana Dulce María, podemos estimar que a partir de sus enseñanzas desarrolló aquella «cegadora luz» que encontró Casal en uno de sus paisajes, y se convirtiera en ese rasgo que en cierto modo la hizo peculiar y la diferenció respecto a la academia que dominaba nuestra plástica.

A esta tendencia contribuyó, sin dudas, su conocimiento posterior de réplicas, y al vez algunos originales, de artistas europeos, como el español Fortuny, del cual se dice que fue su pintor predilecto, cuando viajó a los Estados Unidos en 1891 y 1893. Nuevamente veremos a Juana dando continuidad a sus estudios en Washington, ahora durante seis meses, mediante clases no formales guiadas, hasta donde se sabe, por James W.A. McDonald, pintor y escultor impresionista.

Fue por aquellos años en que aprendía técnicas, más no necesariamente estilos, en que Casal, admirando su genuino talento, le dedica la hermosa pero igualmente justa crónica a propósito de la exhibición de sus trabajos en el Salón Pola, en 1893. Después de esto, no disponemos de otras noticias acerca de su formación como artista, aunque sí de su labor pictórica. A pesar de que es mucho lo perdido, tal como expresa Fina cuando tuvo acceso a varios trabajos desconocidos de la pintora proporcionados por Mercedes, una de sus hermanas, y que todavía se lamentaba porque no había visto uno sólo de sus paisajes, tenemos la posibilidad hoy día de admirar dos obras, diferentes pero igualmente tocadas por su fina sensibilidad y su honda perceptibilidad. Se trata del óleo Niñas, para el cual posó esta hermana, lleno de frescura y de belleza a lo Botticelli, uno de sus pintores predilectos, y la más trascendente de sus obras conocidas, Los pilluelos, también conocida por Los negritos, pintada en la playa de San Pablo, en Cayo Hueso, Estados Unidos, en 1896, el mismo año de su muerte.

Si sólo se hubiera conservado este cuadro de Juana Borrero, esta «instantánea de tres sonrisas indescifrables que eternamente nos interrogan desde su pícara, patética, arrasada pobreza»,19 bastaría para afirmarla como pintora y para derrumbar sin discusión el mito sobre el talento disminuido de la mujer dentro de las grandes artes.

En el libro a cargo de Esteban Valderrama, director de la Academia de San Alejandro en 1954, destinado a recoger la historia de la pintura y la escultura en Cuba, se registran algunos nombres de estudiantes mujeres que luego fueron profesoras de esa institución o que desarrollaron una destacada obra como artistas; lamentablemente a Juana Borrero no se la menciona […]

Las imágenes que aparecen a continuación no son, al parecer, más que una muy pequeña muestra de lo que Juana llegó a pintar en vida, pero hablan por sí mismas de unos dones naturales envidiables para cualquier artista del pincel, sobre todo si ha pintado todo eso antes de los 19 años y prácticamente sin salir de los muros de su morada-prisión. Hago la observación de que las ilustraciones de Juana que se muestran a continuación tienen influencias del estilo del poeta e ilustrador inglés William Blake y también de los prerrafaelitas, en especial de los manuscritos iluminados e ilustrados que estos produjeron en los talleres del movimiento Art and Craft bajo la iniciativa del pintor William Morris. El grupo de poetas, pintores y artistas que se agrupó bajo este rubro quiso resucitar el espíritu y el obrar de los gremios medievales, se inspiraron en mitos y leyendas de la Edad Media celta, y con frecuencia en el ciclo artúrico. Es posible que conociera y hubiera asimilado algo del estilo del artista, pintor e ilustrador británico Audrey Beardsley, aunque el alma romántica de Juana no tenúa mucho en común con las inclinaciones satíricas de este último.

Retrato de Ana María Borrero

Retrato de su hermana Ana María

Cabeza. Dibujo

Cabeza. Dibujo

El clavel y la rosa. dibujo

El clavel y la rosa. dibujo

Dibujo de mujer

Dibujo de mujer

El nacimiento de Venus. Boceto

El nacimiento de Venus. Boceto

Carta ilustrada

Carta ilustrada

Copia de Juana del óleo Juana la Loca, de Pradilla, en el Museo del Prado

Copia de Juana del óleo Juana la Loca, de Pradilla, en el Museo del Prado

Fantasía de primavera

Fantasía de primavera

Niñas

Niñas

Retrato de Crucecita

Retrato de Crucecita

Los `pilluelos. último cuadro pintado por Juana en los Estados Unidos y antes de su muerte.

Los pilluelos. último cuadro pintado por Juana en los Estados Unidos y antes de su muerte.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , | Deja un comentario

ADELANTE: ¡CONSTRÚYASE UN PAÍS! ¿QUIÉN SE LO IMPIDE…?

1302891776_850215_0000000000_sumario_normal

Micronación fundada sobre un proyecto cultural. No es broma.

Construir un país no está entre los pasatiempos más extravagantes ni más modernos que el ser humano ha inventado. De hecho, los artistas han competido siempre con los políticos en la construcción de países, pues cada novela, cada cuento, cada cuadro es un imaginario construido por su creador, y hasta una pieza musical constituye en sí misma un universo sonoro. ¿Acaso el mundo creado por Walt Disney no cumple todos los requisitos de un país, con su población de pájaros locos transgresores, urracas ladronas, familias de avispadísimos patos, perros tontos, ratones delincuentes, gatos represores, ardillas astutas, conejos impredecibles, hadas, gnomos, enanitos, brujas y toda una superpoblación de objetos cotidianos con vida propia…? Las obras de arte pueden pertenecer a una escuela como los países a una comunidad de naciones, o ser autotélicas y aisladas, como algunos países o intentos de países que han preferido mantenerse al margen de la civilización en diferentes épocas de la Historia. Las micronaciones lo mismo: pueden ser coordenadas de fuga para sus habitantes o un intento de dialogar con el resto del mudo bajo sus propias reglas.

images4El caso es que las micronaciones están de moda. Algunas como El Vaticano y Mónaco han logrado el reconocimiento internacional y son Estados con todas las de la Ley, aunque con territorios minúsculos y poca población, pero por lo demás, nada, países como otro cualquiera. Pero hay varias micronaciones fundadas en condiciones realmente increíbles, absurdas, y uno pensaría que está siendo víctima de una broma si no hubiera pruebas de la existencia de estas… osadas aventuras. Mencionaré solo dos de ellas: Seealand, fundada sobre una plataforma petrolífera abandonada en medio del mar y que, para colmo del absurdo, posee su propia selección de fútbol.

Esta es la República Independiente de Seealand, fundada sobre una plataforma petrolífera abandonada en medio del océano.

Esta es la República Independiente de Seealand, fundada sobre una plataforma petrolífera abandonada en medio del océano.

Selección de futbol de la República Independiente de Seealand

Selección de futbol de la República Independiente de Seealand

Y la República de Minerva, fundada por un millonario norteamericano amontonando arena sobre un pequeño islote pedregoso. Esta “república”, que tenía detrás un capital

Vean e tamaño de la malvada e imperialista isla de Tonga, que se anexó a la recién nacida y arenosa Minerva. Minerva no aparece en el mapa, ¿cómo podría...?

Vean el tamaño de la malvada e imperialista isla de Tonga, que se anexó a la recién nacida y arenosa Minerva. Minerva no aparece en el mapa, ¿cómo podría…?

capaz de hacerla funcionar, nunca consiguió reconocimiento internacional y terminó siendo invadida y anexada por el gobierno de la vecina isla de Tonga, que llevó a cabo la operación con respaldo de la comunidad de naciones. Está permitido reírse.

Citaré un tercer ejemplo, pero esta vez se trata de una micronación delincuente: la República de Christianía, fundada en territorio noruego, que si bien al principio no fue molestada por las autoridades de su “metrópoli”, no disfrutó mucho tiempo de su independencia, pues como decidió sustentar su economía en el contrabando de haschís el gobierno noruego terminó por tomar cartas en el asunto.

Antes de continuar conviene aclarar que la fundación de una micronación puede tener varias motivaciones que van desde la creación de un espacio religioso hasta una acción de protesta política, pasando por un proyecto cultural y cualquier cosa que se le pueda ocurrir al cerebro humano, incluido, por supuesto, el nacimiento de un paraíso fiscal. Sé que este tema colinda con la ciencia ficción y el absurdo, pero vean los incrédulos: hay fundadores de micronaciones que actualmente viven del turismo. Sí, reciben visitantes en “su territorio”, todos los que deseen ir y… paguen, desde luego.

Dicho esto, ya podemos pasar a hablar de las cybernaciones, que no son otra cosa que Estados virtuales creados en Internet, pero no hay que llamarse a engaño y creerse que se trata de algo como un juego de simulación virtual: las cybernaciones sirven para un montón de cosas, entre ellas para llevar cabo operaciones financieras de lo más variadas, y algunas gozan de cierto estatus legal. Sorprendente pero cierto. Todas tienen su página web, su bandera, su himno, su pasaporte, su moneda y hasta pobladores, si acaso no más de 30, quienes se han repartido entre ellos todos los cargos gubernamentales que demanda el ejercicio del poder.

¿Pasatiempo divertidísimo? Sí, pero no solo eso. Vaya a un sitio wi-fi, siéntese con su tabletimages o con cualquier otro dispositivo digital que pueda agenciarse y acceda a Internet para que descubra el fabuloso mundo de posibilidades que ofrece la creación de una micro o una cybernación, y también encontrará muchos manuales que le asesorarán sobre los pasos necesarios para enfrascarse en esta delirante aventura. Y luego cuénteme si en el secreto de sus pensamientos no ha comenzado ya a dar forma a su propio proyecto de fundar un país a su medida. Sobre todas, recomiendo la variante de fundar su nación en su propia casa, como ha hecho cierto joven periodista inglés que hasta ha adoptado un uniforme de lo másperiodistaimages marcial y vistoso, como de opereta. A usted le encantará saber que en muchos de estos territorios esperpénticos se puede hacer un mundo de cosas. Hasta comprarse un título nobiliario, pero hay que pagar en dinero de verdad o en bit coin, usted sabe: soñar no cuesta nada, pero jugar no siempre es gratis. Adelante, le deseo suerte. En cuanto a mí, pueden visitarme en el Reino Independiente del Electrón Libre, situado en una zona de La Habana, concretamente en la barriada de Luyanó. Aún no aparece en los mapas, pero vendemos té y tenemos una biblioteca circulante. Pago por adelantado. Nos da mucha pena imponer este requisito, pero dado que nuestro reino está recién fundado, andamos un poco pobres de capital…

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , | Deja un comentario