Artículos para R. Ciudad de La Habana

Erik Satie

Erik Satie

Siempre sentí por Alejo Carpentier una veneración tan apasionada e incondicional, que ni siquiera flaqueó cuando lecturas y relecturas de los dos tomos de sus Cartas a Toutouche, publicados por la casa editorial Letras cubanas, me confirmaron mis peores temores con respecto a la verdadera naturaleza de Alejo, y me demostraron que las acusaciones de oportunista, arrivista, et al, que siempre le han hecho amigos y enemigos no carecen de fundamento, lamentablemente. Pero acabo de encontrarme un artículo suyo que hace que ya, definitivamente, no le pueda perdonar: El misterio de Satie, publicado, también por Letras Cubanas, en la colección Letra y Solfa, en uno de dos volúmenes titulado Alejo Carpentier Música (1956-1959), donde se recogen las colaboraciones del insigne escritor cubano para el diario venezolano El Nacional. No puedo perdonar a Alejo que “perdone la vida” a Satie con tantísima tibieza. A mi Satie, MI Satie. No. Eso, definitivamente, no se lo perdono a Alejo Carpentier, que en demasiadas ocasiones solía ostentar una arrogancia bien desagradable, capaz de opacar su erudición de humanista que nadie pone en duda, y menos que nadie yo.

Una de las mejores cosas que han ocurrido en mi vida es que una tarde, mientras paseaba por la Calle del Obispo, haya descubierto en las vitrinas de La Moderna Poesía una colección de DVDs de música clásica, entre cuyas bellísimas portadas había una desde donde unos peces rojos de Henri Matisse contemplaban el mundo dentro y fuera de una esfera de cristal, bajo el nombre Satie grabado en letras blancas. No conocía a ese compositor, jamás había escuchado sobre él, pero el apellido me causó un efecto raro y compré el disco, como si tuviera un imán invisible. Eran piezas para piano interpretadas por Patrick Cohen. Cuando llegué a mi casa y empecé a escuchar las primeras notas de Gnosienne no. 1, quedé flechada para siempre. Reconozco que mis gustos musicales son bastante peculiares. Solo los cantos gregorianos de los monjes de Silos y la música de Geoffrey Oriema, el africano, me habían estremecido tanto. Y comencé a investigar sobre Satie.

Erik Satie fue un normando nacido en Honfleur en 1866. A los veinte años compuso sus primeras piezas para piano. Poseía un espíritu bohemio y, más que por músicos, se sentía atraído hacia el mundo de los pintores como compañeros de la noche parisina en el barrio de Montmartre, donde él era una figura infaltable en el cabaret Le Chat Noir, antro sobre el que escribí hace unos días en este blog, y donde Satie formaba parte de la troupe de pintores, literatos y músicos bohemios de juerga perenne en aquel local. Era un hombre del music hall, al tiempo que un místico gnóstico y medievalista que militaba en las filas de la Orden de la Rosa Cruz, liderada por el tan célebre como bufonesco Zar Josephine Péladan,  figura que mueve a risa como maestro espiritual, pero que ejerció notable influencia entre los artistas de su época. Diez años más tarde Satie se mueve en el ámbito de los cabarets de Montparnasse, donde toca el piano cada noche y compone cancioncillas picarescas y canallas, como de apache. Pero Satie es todo menos un apache. El hombre viste de negro, con perilla y sombrero, muy compuesto. Usa un bastón y podría pasar por un rentista respetable.

A los cuarenta años, presionado al parecer por las acusaciones que le hacían otros músicos sobre su carencia de una sólida formación técnica, Satie matriculó en la Schola Cantorum, y durante los años que permaneció allí compuso muy poco y con muy poca seriedad, como si estuviera apurando un trago amargo con una sonrisita medio malvada. Vivía ya en Arcueil, en una pequeña casa donde no permitía entrar a ninguno de sus amigos y ni siquiera tenía a alguien para ser la limpieza. Es su santuario personal, su guarida secreta, su caverna de Platón inviolable, como su propia alma, y donde tras su muerte fueron halladas infinidad de tarjetas con frases de Satie, greguerías que han pasado a la Historia, y también las cartas que había intercambiado con Susanne Valadon. Satie fue amigo de los pintores catalanes Utrillo y Rusiñol, y de Susanne Valadón, su gran amor, y a falta de otro conocido, el único que se asocia a su vida hermética y gobernada por la pobreza. Su afición por el ocultismo le valió el nombre de Esoterik Satie, en una especie de anagrama ingenioso que se le ocurrió a alguno de los pillos que frecuentaba.

Los tiempos de Montparnasse son los que le inspiran sus obras de carácter medieval, como las Ogives, melodías casi en canto llano, las Sarabandes, las Gymnopédies (danzas de los efebos griegos en celebraciones rituales), monodias sobre acompañamiento llano, delicadamente modales, y las Gnossiennes, que tienen ornamentaciones de sabor oriental. Se dice que compuso estas obras antes de los veintidós años. Es difícil de creer que a esa edad pueda tenerse ya una sensibilidad tan profunda, delicada y exquisita.

Satie fue maestro de Ravel y Debussy, quienes ganaron la fama que pasó junto a aquel sin guiñarle el ojo. Carpentier asegura que no fue un gran músico. Y no está solo en tal aseveración:

¿Fue un gran compositor? Absurdo sería afirmarlo. No dejó obras mayores. Jamás trató de escribir una sinfonía, un concierto, una sonata, una ópera. Sus piezas para piano no son tocadas por los concertistas, a causa de su extrema facilidad, que les veda todo lucimiento. No fue Satie lo que puede llamarse un gran compositor, ciertamente.

¿Creía Carpentier, como permite deducir el párrafo anterior, que los grandes compositores son, por definición, aquellos que escriben obras complejas y llenas de filigranas que permiten el lucimiento de los intérpretes? ¿No es este un criterio pequeñísimo, muy vano y casi tonto? Sin embargo, arrollado por la fuerza de los hechos, Carpentier termina su artículo admitiendo: 

…existe un embrujo Satie, una atmósfera Satie; un colorido orquestal que podría emparentar la música de Satie con la pintura de Braque y Juan Gris […] Eric Satie era ante todo una sensibilidad, una sensibilidad al estado puro, nunca mellada por el afán de ciencia ni por ambiciones desmedidas. Nunca pudo ser imitado, a pesar de su frecuente utilización de los procedimientos ingenuos. En medio de los gigantes que fueron sus contemporáneos, Satie alzó una voz modesta y menuda, que se sigue escuchando veintisiete años después de su muerte.

¡Voz modesta y menuda! En el arte, como en la vida,  hay tales para cuales, cierto público para ciertas obras, y cuando un creador gusta a todos con la misma intensidad me causa desconfianza, pues no es posible en arte poseer una sensibilidad estandar que llega por igual a todos los seres. Me temo que Satie no era un artista para la sensibilidad un poco fría y siempre intelectualizante, elitista y tal vez pretenciosa de Alejo Carpentier, melómano, musicólogo, pero nunca un hombre de pasiones profundas, aunque fue capaz de crear personajes de de intensidades que estremecen al lector, pero vistos como a través de una lupa, desde la perspectiva de un observador que, más que intentar comprender, pretende viviseccionar neurona por neurona los recovecos psicológicos de sus personajes.

Carpentier se admira de que a los cincuenta Satie fuera considerado un viejo por sus contemporáneos, y de que le llamaran “viejo ángel de Arcueil” cuando, según él, los cincuenta son la edad de la juventud de un artista (idea de la que discrepo auque vaya en contra de mí misma). Creo que Eric Satie fue, ante todo, un espíritu ansioso de vivir según una ética personal, fenómeno rarísimo de encontrar en el género humano, donde la mayoría quiere vivir para su goce o su enriquecimiento. Satie era austero, era él mismo como una bellísima, pero misteriosa monodia que solo se torna inteligible para quienes vibren en su misma cuerda. Espíritu estructurado absolutamente en las coordenadas opuestas a las de la ambición, pudo haber aspirado a la trascendencia, pero le importaba más ser él mismo, y en su sentido mordaz del humor me parece sentir las pulsiones de la amargura más profunda y lacerante. En una de sus célebres frases: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”, donde muchos quieren ver un chiste yo percibo un sarcasmo contra sí mismo, contra la disolución en la nada cotidiana que parece haberle sido un karma imposible de quemar. Satie padeció, sin duda, la falta de reconocimiento con que le aplastó su época, pero dudo que hubiera deseado ser reconocido para insuflar alimento a un ego que demandara nutrición; más bien lo acicateaba el temible deseo de justicia de aquellos a quienes ganan por la mano los mediocres, de aquellos dueños del talento que se pudre por falta de comprensión, de los adelantados a su tiempo; pues fue humilde, porque quiso, por encima de todo, la pureza genuina de la acción artística, que no guarda más tesoro que la satisfacción que emana del acto mismo de crear.

Quienes le defienden dicen que fue un amante de la miniatura. Yo digo que a pesar del secreto y la reticencia con que rodeó su vida, tuvo el alma diáfana, y que le sufría el alma por ser un pájaro frágil obligado a cantar en una coral de rugidos. Esa sufriente amargura, ese intenso y hurticante sentimiento de injusticia que nunca se permitió expresar con la claridad de Litle Richard cuando declaró: “Creo que no he tenido el reconocimiento que merezco”, envenenó su alma como un tósigo secador, y le anticipó una vejez artificial, sobrevenida por causa de penas no solo infligidas por el arte, sino también por el desamor, la incomprensión y la miseria. He escuchado a Ravel, a Debussy, a Stravinsky y a muchos grandes compositores de todos los tiempos, me he deleitado con sus audacias, sus exquisiteces y sus alardes de virtuosismo, pero de casi ninguno puedo decir que, terminado el disco, me haya dejado meditando  sobre la vida (pensando, sobre todo, en las vidas que hubiera querido vivir), como siempre me deja la música “pequeña”, “simple”, “infantil” de Erik Satie —que en su desnudez recuerda el adelgazamiento perseguido por Virgilio Piñera en su intento frenético por crearse un estilo alejado del barroquismo de Lezama—. El camino de la música va mucho más allá de las líneas del pentagrama. El camino de la música llega hasta las puertas del espíritu, hasta las puertas mismas del cielo y las empuja, penetra sin permiso y eleva el alma a los territorios del misterio, el éxtasis y el silencio; territorios de esa maravillosa, mágica suspensión del tiempo, donde se fusionan emociones antiguas que siguen vivas en el interior de los hombres. Pero solo algunos artistas elegidos consiguen eso. Y tal fue, y sigue siendo ad aeternum, el efecto Satie: una energía ancestral. Por eso, aunque con mi mentalidad de esteta soy capaz de repetir de memoria párrafos enteros de las novelas de Alejo Carpentier y no sé qué diera por tener su prosa, lo que retumba siempre en mi corazón es el susurro de Dulce María Loynaz, las voces oscuras de su Jardín y de sus versos, y ni siquiera se me ocurre ambicionar imitarla, porque sé que es imposible. Quiero tener una prosa carpenteriana en su perfección y precisión, en su frondosidad, en su plasticidad, pero quiero que musite en cada cuartilla mía la dulcedumbre de esa fiebre ctónica que recorre a Dulce como un mal viento, esas honduras del sentimiento, su extraño palpitar en el mensaje que quiero dar a los hombres y mujeres del mundo. Esa es la diferencia entre las sensibilidades de Carpentier y Erik Satie. Nunca un temperamento solar logrará comprender a una sensibilidad lunar. Es diálogo de sordos.

Pero todo tiene su parte positiva, y en este caso, la parte positiva es que el resto del mundo escucha.

ALBERTO SERRET, EL GRAN OLVIDADO

 Por Gina Picart

Alberto Serret Yéndez

Alberto Serret Yéndez

Siempre me ha parecido tristísima la costumbre de recordar a los que ya no están solo en aniversarios y conmemoraciones. No recuerdo la fecha exacta en que murió mi amigo Alberto Serret, pero tampoco me importa que no coincida con los días que corren, y no necesito ese pretexto para rendirle homenaje una vez más. No me basta con haberle dedicado mi novela La casa del alibi, que él me inspiró. Los sentimientos de admiración, respeto y cariño que siempre  le tuve no se me acaban, son de esas emociones que viven y mueren con las personas.

 Fui a conocerlos a él y a su esposa Chely Lima, porque había leído textos suyos y supe que se habían mudado a dos cuadras de mi casa, en el reparto La Asunción. Eran poetas, dramaturgos, escritores de fantasía y ciencia ficción, guionistas exitosos que había escrito para la televisión y realizado el libreto para Violente, la primera y hasta ahora creo que única ópera rock escrita y puesta en escena en Cuba, y formaban parte del memorable grupo de cuatro autores, junto con Daína Chaviano y Antonio Orlando Rodríguez, que constituyeron la segunda generación de autores de ciencia ficción en la isla y formaron la escuela del género, de la que descienden todos los escritores que hasta hoy escriben sobre el futuro en este país. La mejor Aventura que se ha visto en la TV nacional fue Shiralad, y seguiré afirmando eso a pesar de todas las opiniones negativas de quienes no tienen un juicio estético sólido ni una sensibilidad cultivada.

 Nosotros tres tuvimos una amistad extraña, hecha muchas veces de silencio y reticencias. Ellos no se prodigaban y no formaban parte de esa farándula que tan fácilmente se deja deslumbrar por la fama, que la tuvieron, y mucha, mientras vivieron en Cuba. Se habían refugiado en un mundo interior donde muy pocos elegidos conseguían acceso, y vivían trabajando cada día largas jornadas, siempre dedicados a la creación, siempre desarrollando nuevos proyectos, ajenos al mundanal ruido, desapegados, serios, introspectivos. Yo los visitaba en su apartamento, que Chelo sabía decorar con gracia y elegancia, conversábamos, pero curiosamente, nuestras pláticas no solían ser de literatura sino de magia, de cine y de cosas de la vida. De literatura hablábamos poco, en realidad.

Alberto murió en Quito, Ecuador, a la salida de una emisora de radio, donde tenía un espacio. Cayó fulminado por un infarto masivo, él, que siempre fue tan robusto y vigoroso, a quien llamaban El León, por su melena de cabello rizado y áspero, su perfil aguileño de moro, como él mismo se calificaba, y aquellos ojos de fuego, con aquella mirada fortísima que hacía difícil que el interlocutor pudiera devolvérsela fijamente. Para mí fue un maestro, un amigo y un gran consejero que me enseño a comprender mejor el mundo, y nunca fui la misma después de haber conocido a esta pareja singularísima.

 He sostenido discusiones muy enconadas con personas que quieren borrar a Alberto Serret de un plumazo de la historia de la literatura cubana, con el falaz y muy malintencionado argumento de que no fue un creador de calidad. En esta ocasión no quiero ser yo quien le defienda. Voy a reproducir aquí fragmentos del prólogo que el poeta Roberto Manzano escribió para el poemario de Alberto titulado El mediodía y la sombra, que el mismo Alberto dejó preparado antes de su muerte y su esposa Chelo hizo llegar a Manzano a través de mí. La casa editorial habanera Letras Cubanas lo publicó en su colección Poesía, acto que agradecemos todos los que podemos comprender el valor de Serret, pero que no dejo de considerar un reconocimiento extremadamente tardío a uno de los mejores poetas  que ha habido en Cuba en los últimos cincuenta años, y del que la crítica  nuestra, como siempre, no se ha ocupado, mientras gasta ríos de tinta y pixeles en promover figuras sin más valor que el de haber sabido crearse buenos “socios”.

 […] ya tenía el extraordinario oído y la vigorosa capacidad asociativa de que su obra hace gala, y añadía muchas de las audacias  de actitud lírica que se convertirían en su rostro definitivo […] Conocía al dedillo las figuras cimeras del siglo XIX cubano, y Heredia, Milanés y Martí le atraían sobremanera por sus apasionadas maestrías discursivas […] Y tenía muy bien asimilado el vanguardismo europeo y latinoamericano, que es en gran parte responsable de esos violentos escorzos asociativos que pueden saltar a la recepción sensible de sus versos. Y de la poesía finisecular francesa así como de la beat generation, en particular, a través de Allen Ginsberg, así como de su propia ancestralidad libanesa, poseía el amor por los límites, la fascinación del abismo que tantas áreas de inquietud y desasosiego psicológico pueden generar en muchas de sus líneas o piezas. Pero era un don suyo, inalienable, que lo caracterizaba […] el dominio que ejercía sobre el verso pautado, más bien en los sonetos que en las décimas, aunque dentro de esta última estructura creó series inolvidables […] Su práctica con el habla, desde sus primeras asunciones coloquialistas,  su oído absolutamente métrico y su riqueza léxica le proporcionaban la suficiente capacidad elocutiva para representar con fluida plasticidad su universo interior.[…] fue un espíritu inquieto y creador permanente, y en muchas direcciones. Además de la poesía, que fue su gran avenida estética, también desplegó con éxito una amplia labor narrativa […] aún por estudiar y valorar adecuadamente., y en la ciencia ficción, en la que penetró con limpidez compositiva en ángulos sorprendentes de la condición humana, creó ambientes de transparencia y credibilidad, con mucha joya poética dispersa. Sus piezas de ciencia ficción, o sus relatos parapsicológicos entroncan magníficamente con el sustrato de nuestra tradición narrativa general […] También incursionó, con notables éxitos, en las sagas imaginativas que tanto gustan a los adolescentes, dentro de los espacios televisivos más asediados. Y construyó mundos de una coherencia imaginal espléndida, y una secreta poesía ofrecida a través de la intelección de los sucesos y personajes […] Su versatilidad nunca implicó renuncias al gran camino de su sensibilidad y su talento, la poesía, sino que se acercó desde esta a múltiples avatares expresivos […] En ocasiones, observo con dolor cómo trayectorias poéticas que merecen ser recordadas, o al menos valoradas para saber qué incorporaron definitivamente al caudal de la creación nacional, se marchan en la sombra del descuido que los ha rodeado, o de los prejuicios que no permiten mirarles la virtud que poseyeron, o de los intereses estéticos en pugna que los deslegitiman sin poseer ni un ápice de las facultades que ellos gozaron y dejaron manifiesto para el encentro con la autenticidad humana desde el arte […] Alberto Serret sigue siendo […] uno e los poetas más significativos de una década que hay todavía que descubrir como aventura de la imaginación cubana.

 Yo no puedo proclamar con mejores palabras y pensamientos que Roberto Manzano la grandeza poética de Alberto Serret. Por eso dejo a los lectores estas declaraciones de un hombre, Manzano, a quienes todos reconocen su brillante inteligencia, al mismo tiempo que su humildad, su desinterés y su límpida condición humana.

PELLO EL AFROKÁN ¿UN FANTASMA DE LA MÚSICA CUBANA?

Por Gina Picart

Pello el Afrokán

Pello el Afrokán

Conversando con algunos jóvenes menores de 30 años, escuché con sorpresa como sostenían que en Cuba nunca había existido un ritmo musical creado en la isla que tuviera un nombre africano. En mi ya larga lucha contra la desmemoria me he acostumbrado a fenómenos de olvido que dejan a uno con la boca abierta, pero en este caso no existe la excusa de un siglo o dos de distancia temporal. Estos jóvenes no habían nacido cuando La Habana bailaba desenfrenadamente al ritmo del Mozambique, pero sus padres, contemporáneos míos, si no lo bailaron porque tal vez preferían (como yo misma) los Beatles, el rock u otros géneros internacionales, sí que tuvieron que verlo, y mucho, en la televisión y escucharlo constantemente en la radio.¿Cómo es posible que apenas transcurridas unas décadas tantos cubanos no recuerden a Pello el Afokán…?

 Pedro Izquierdo nació en La Habana, en 1933. Primo de Mongo Santamaría, célebre jazzista, Pello entró en la música a través de su familia. Su primer trabajo parece haber sido como compositor de jingles comerciales. Luego trabajó como percusionista de variedades en el show Senseribó de Tropicana. En ese show colocó cinco tumbadoras y diecinueve bailarinas. Corría el año 1959 y ya comenzaba a sonar el nombre de Pello el Afrokán. Poco después, en respuesta al llamado de la Revolución para reclutar profesores destinados a la Escuela Nacional de Instructores de Arte (la magnífica y hoy muy injustamente olvidada ENIA), Pello ofreció sus servicios como maestro de percusión.

 Pello crea su primer conjunto en años en los que Cuba aún se encuentra bajo la influencia de la música norteamericana. En esa misma época comienza un cambio general al nivel de todo el planeta. Muchos países del Tercer Mundo inician y terminan guerras de liberación, caen uno tras otro los enclaves coloniales de Asia y África, y surge un fuerte movimiento de reivindicación de las culturas tradicionales, pero también en esos años el despertar de una nueva mentalidad, que comienza con el nacimiento del movimiento hippie, pone sobre el tapete en Occidente nuevos géneros, compositores e intérpretes que en unos años dominan el panorama musical internacional. Cuba, inmersa en pleno proceso de transformación social, concede gran importancia a la recuperación de sus raíces africanas, pero al mismo tiempo, la juventud, siempre expansiva y ávida de lo nuevo, quiere bailar las nuevas modas musicales. Es un momento difícil, de fuertes enfrentamientos en el terreno de la cultura, que se hacen más visibles en el sector de la música porque el baile es una práctica de grandes masas.

 Es en este contexto, en 1963, que Pello crea su ritmo, al que tituló Mozambique, palabra que, por acostumbrados que estemos a ver en las clases de geografía de la escuela, es no solo el nombre de un país, sino el de una región de riquísima cultura, como hay muchas en África, y de esa tierra fueron traídos por los negreros a nuestras costas gran  cantidad de esclavos, que llegaron con sus tradiciones, sus ritmos, sus instrumentos y su peculiar modo religioso. En julio de ese año Pello tocó por primera vez su nueva música en el programa televisivo Ritmos de Juventud. Un año más tarde había enriquecido su creación con ritmos y pasos del pa ca, el degue y la cancionística.

 En 1965 Pello y su conjunto de músicos y bailarinas fogosas que hacían menearse hasta a los muertos, viajaron con el Music Hall de Cuba y se presentaron en el Olimpia de París, donde obtuvieron un éxito arrollador, y continuaron gira por los países socialistas. En 1979 se presentaron en el Carnegie Hall de los Estados Unidos y en Japón. Estrellas como Eddie Palimieri y Carlos Santana incluyeron en sus repertorios el inolvidable número María Caracoles, con su ritmo trepidante y pegajoso. En La Habana se bailaba Mozambique en las fiestas, en los cabarets, los carnavales, las celebraciones laborales, las reuniones del CDR y hasta en los cumpleaños de niños en el Zoológico. ¡Los niños bailaban Mozambique! Aquello era un verdadero fenómeno musical, surgido en un contexto sonoro que en nada le colaboraba, una verdadera aventura cultural a contracorriente, pero con un triunfo rotundo que nada hubiera hecho predecir que sería tan pronto borrado de la memoria de los cubanos.

 Pello, tamborero de tradición —asegura el musicólogo Rafael Lam en su libro Los reyes de la salsa—, fue uno de los precursores de la timba. En 1990, en el Salón Rojo del Capri, organizó una peña de orquestas salseras donde presentaba al público algunos de los intérpretes y grupos que se iniciaban por aquella fecha. Todavía queda memoria de aquella carroza del Ministerio de la Construcción  que desfiló en los carnavales habaneros con Pello y sus afrokanes encima, y aquellas rumberas despampanantes, y media capital arrollando detrás y bailando Mozambique como poseídos.

 Pello, tras una larga etapa de olvido que han sufrido muchas personalidades de la música en Cuba, murió en 2000, y su final fue más bien oscuro. Algún evento solo conocido por las gentes del gremio pareció haberle amargado el alma, y en sus últimos años, aunque daba clases a estudiantes extranjeros, se negaba a dar entrevistas y no quería conceder información, muy valiosa, sin duda, proviniendo de un músico como él, que además de ser grande, era uno de los poseedores de los secretos de la música afrocubana de tradición.

 Sus descendientes han intentado revitalizar el Mozambique, pero aunque existen músicos, hermosas bailarinas y mucha voluntad, concuerdo con Lam en que la música tiene su momento, y fijo, por demás. Otros ritmos africanos se han impuesto en otras partes del mundo que poseen importantes disqueras y mercados de la música, entre los que Cuba no se inscribe precisamente. El tiempo, además de la mala memoria, parece haber disuelto las huellas del Mozambique y de su creador, y hoy solo los especialistas recuerdan su aporte. La historia de Cuba está llena de esos hundimientos de la Gloria que nadie puede explicar de un modo satisfactorio, pero consuela pensar que ese fenómeno sucede en todas partes, y cabe a las nuevas generaciones rescatar lo mas valioso del ayer, pero si muchos jóvenes ni siquiera son capaces de conocer el pasado, ¿cómo podrán hacerlo? Semejante labor de recuperación sigue estando en manos de “los viejos”, en este caso, de musicólogos como Rafael Lam, y su valioso libro Los reyes de la salsa, y de humildes periodistas que, aunque no bailaron Mozambique, rinden culto a la memoria de nación.

EL PALACIO DE LAS CARIÁTIDES, MONUMENTO ARQUITECTÓNICO E IMPORTANTE CENTRO MULTICULTURAL EN LA HABANA

 Por Gina Picart

 g-centro-hispano-americano-de-cultura-1006¿Qué habanero no ha contemplado más de una vez el Palacio de las Cariátides, célebre edificación que resalta entre las muchas que se yerguen a lo largo de todo el Malecón de La Habana? Justo es una de las primeras edificaciones que, con el número 17, da comienzo a la avenida más famosa de nuestra capital.

 Un majestoso palacio colonial, toma su nombre de las figuras femeninas en el estilo de la estatuaria griega antigua, llamadas cariátides, que hacen las veces de columnas en el balcón frontal del piso superior, en vez de los tradicionales órdenes jónico, dórico y corintio. Por este detalle el inmueble se singulariza dentro de la arquitectura de la ciudad, a la que Alejo Carpentier llamara en uno de sus grandes ensayos la ciudad de las columnas.

Restaurado en principio con el apoyo de España, como parte del Plan Malecón acometido por la Oficina del Historiador de la Ciudad y el Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos (CENCREM), el Palacio de las Cariátides, inaugurado en 1997, fue primeramente la sede del Centro Cultural de España, adscrito a la Embajada de ese país en nuestra capital, y un importante núcleo de animación cultural, donde había salas para muestras fotográficas y exposiciones de artes plásticas, una sala teatro que acogió a importantes conferencistas de habla hispana, como Luis Racionero, por citar solo un ejemplo, y una mediateca muy bien provista que podía satisfacer los intereses culturales más disímiles, y fue muy visitada mientras la institución se mantuvo en activo. El Centro financió interesantes proyectos de investigación y dio apoyo a jóvenes artistas que se presentaron allí por primera vez, aunque también tuvo muy en cuenta las figuras consagradas de la cultura cubana, y recuerdo de un modo muy especial el homenaje que se ofreció a las Hermanas Lago, famoso conjunto musical que dio a Cuba honor y gloria con su arte.

El 10 de mayo del 2004, tras una segunda remodelación de su estructura, el inmueble se convirtió en la sede del Centro Hispanoamericano de Cultura, adscrito a la Oficina del Historiador de la Ciudad. Su línea central de actividades está dirigida a fomentar y promover la cultura nacional, y se inspira en una casa de estudios republicana de gran prestigio, la Institución Hispano Cubana de Cultura, fundada por el polígrafo don Fernando Ortiz en 1926, en cuyos salones se dieron cita los nombres más relevantes de la intelectualidad progresista cubana e hispanoamericana de su tiempo.

 Uno siempre tiene un lazo de afecto con los edificios, y en mi caso, me gusta el Palacio de las Cariátides no solo por la belleza de la edificación, sino porque allí se mantuvo uno de los más curiosos espectáculos de la vida cultural capitalina, la Peña Celta Baya de Oro, concebida por dos jóvenes universitarios, Abel Durand y Ernesto Domínguez, que con su esfuerzo personal lograban armar, una o dos veces al año, un lugar de encuentro donde se daban cita los amantes de la cultura celta, el rock y otras manifestaciones que no eran solo musicales, sino también teatrales, danzarias y de la plástica. En la Peña Celta tocaron, cantaron y bailaron jóvenes que con el tiempo han llegado a convertirse en importantes figuras de la cultura cubana. Allí se presentaron el ensemble de música antigua El Gremio; Wilbert Calver, primer discípulo del viejo gaitero gallego Eduardo Lorenzo, cuyo nombre es hoy el de una banda de gaitas de la Asociación Artística Gallega; el muy talentoso dúo Pilgrim de música celta; integrantes del grupo de rock Ánima Mundi, y muchos otros nombres. Allí se han celebrado eventos muy importantes, como el Behíque de ciencia ficción, y se han impartido conferencias que no se suelen escuchar en ningún otro lugar de La Habana. Cómo olvidar aquellos días…

 Otro evento cultural que recuerdo también como algo realmente muy especial fue la ceremonia del Té, organizada por la Embajada de Japón, a la que asistió un célebre maestro nipón de este arte,  ayudado por discípulos suyos de diferentes nacionalidades, y los habaneros pudimos ver por primera vez y con ferviente entusiasmo este ritual tan hermoso, con un ceremonial complejo y su vestuario e instrumentos tradicionales, y finalmente, beber el té preparado allí mismo, y que al paladar del cubano tenía un sabor tan extraordinariamente delicado que desconcertó a casi toda la concurrencia.

 Muchas cosas siguen sucediendo cada día en el Centro Hispanoamericano de Cultura, que además, es una entidad interactiva que ofrece múltiples servicios, tales como una biblioteca especializada en temas hispanoamericanos, muy bien provista, con préstamo interno y externo de documentos, monitoreo de información y préstamo interbibliotecario; una sala de navegación dotada de equipos de alta tecnología con servicio de correo e Internet, fotocopia e impresión de documentos, digitalización de imagen y quemado de discos.

El Palacio cuenta, además, con dos salas de exposición permanente, la Cernuda y la Dulce María Loynaz. La primera es una amplia galería para exposiciones transitorias que alterna su espacio con una pequeña sala de cine. La segunda, una confortable sala-teatro con capacidad para 200 personas. Cuenta con tabloncillo para espectáculos teatrales, danzarios, conciertos de música de pequeño y mediano formato, y un moderno sistema de luces y audio. Sirve además de  espacio para proyecciones, conferencias, tertulias y eventos de carácter académico.

 Es una suerte para La Habana contar con este multicentro donde se puede elegir entre una gran variedad de actividades culturales del mejor gusto, dirigidas a un amplio espectro de intereses, y desde cuya terraza del piso alto puede disfrutarse, a través del cuerpo de piedra de las emblemáticas cariátides, una bellísima vista del Malecón habanero.

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