CRÍTICA LITERARIA

Hacer una lectura crítica de un libro como Los nuevos paradigmas, de Jorge Fornet, es una tarea que se presenta difícil, especialmente por la definición que el autor hace de su texto al subtitularlo  Prólogo narrativo al siglo XXI, lo que coloca al lector ante la sospecha de estar asistiendo  a  una especie de acto anticipatorio no exento de cierto soplo sibilesco. Se sabe, sin embargo, desde las primeras páginas del volumen, que el crítico Fornet tuvo, para esta escritura, el apoyo de una beca posdoctoral otorgada en 2003 (tres años antes de que este libro obtuviera el Premio Alejo Carpentier de Ensayo) por el Latin American Studies Center de la Universidad de Maryland. Si a este hecho se le suma que Jorge Fornet dirige desde hace tiempo el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, ya el impacto inicial que ha sufrido el lector va tornándose en una confianza de la que el autor no desmerece en ningún momento de la lectura.

Porque aunque se comulgue o no con los planteamientos que Fornet hace a lo largo de estas páginas sobre diversos temas que competen al orbe literario cubano, es preciso reconocer su extrema lucidez en la apreciación de realidades que han sido muy enmascaradas por algunos creadores y críticos, distorsionadas por otros, exageradas hasta una cuasi demencia por otros más, pero raramente comprendidas en su verdadera esencia y, por tanto, más raramente aún bien mostradas en las obras literarias.

La primera gran interrogación con que Fornet embiste al lector es provocadora: ¿por dónde pasa el meridiano cultural de América Latina? —no de América, porque ese término es bien ambiguo y peligroso cuando se trata de cultura, y no se mencionen otros ámbitos para no agriar la controversia. Intentar una respuesta arrastraría a un número de páginas inadmisible para este espacio. Pero reflexionando sobre dicha pregunta resulta muy interesante la siguiente cita tomada del propio Fornet (pág. 10 de la edición hecha por Letras Cubanas), referida a las más recientes promociones de autores latinoamericanos:

 “No pierdo de vista el riesgo que implican los pronósticos centrados en autores cuyas obras, por lo general, apenas empiezan a sobresalir, sujetos como están a los vaivenes y ritmos de un temprano proceso de canonización asociado más con los intereses de las editoriales, academias y espacios de circulación internacionales que con la calidad literaria propiamente dicha. No sería una sorpresa que a la vuelta de diez años algunos de los nombres mencionados aquí hayan pasado a un oscuro segundo plano, desplazados (…)  por otros que hoy apenas poseen obra o la tienen en editoriales y circuitos de precaria influencia”.

 O sea, que los paradigmas literarios se asientan sobre un terreno sospechosamente movedizo. 

La cita me resulta particularmente interesante porque da entrada al tema al que Fornet dedica el capítulo Dos de Los nuevos paradigmas… Con una pequeña sustitución de palabras (que no voy a sugerir aquí), la cita anterior quedaría perfectamente adecuada a nuestra situación literaria nacional de ahora mismo y de hace un par de décadas. Especulando en conteo regresivo desde el Todo hasta la Parte, quedaríamos así: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de Cuba? O quizá, para ser más exactos —cuestión de número—, habría que reformular así la interrogante: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de La  Habana?  ¿Acaso por el realismo mágico de Carpentier, quien legó a la literatura universal una novela como El siglo de las luces, probablemente una de las obras literarias donde ha cuajado de un modo más visceral la decadencia de las revoluciones  y la decepción y la pérdida de fe, la corrupción de los ideales y la muerte del proyecto inicial de un falso e imposible paraíso igualitario sobre la Tierra? ¿Acaso por los Novísimos, ese engendro temático/generacional que nunca acaba de lograr suficiente acreditación; que no termina nunca de encarnar en un corpus reconocible más allá de su renuencia falsamente ideológica y su vocerío linguístico? ¿Acaso por Las iniciales de la tierra, primer intento de profundis de cuestionamiento en el que, sin embargo, o por lo mismo, no se levantaba demasiado la voz? ¿O tal vez por las breves páginas de  El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que no tuvo reparos en poner nombre y apellidos —¿por primera vez? ¿Y dónde queda Reynaldo Arenas? Sin mencionar Paradiso ni Oppiano Licario, novelas que no fueron escritas desde la perspectiva de la Revolución en su conflicto con el homoerotismo— a la discriminación de ciertas minorías ciudadanas, convirtiéndose en el primer abanderado literario de la temática gay cubana, con éxito en el terruño y más allá, sin abandonar, por ello, cierta ingenua nostalgia de la utopía?

Se ha hablado y escrito mucho sobre el devenir de la literatura cubana en los últimos años, en lo que podría llamarse —como una elongación más de las posibilidades adhesivas del prefijo post— algo así como el período cultural  postMuro, es decir, lo que sobrevino tras la caída del muro de Berlín y todo lo que ello implicó y continúa implicando para la narrativa nacional, pero pocas veces ha sido expresado con tanta lucidez y coherencia, con tan acertada comprensión de los entresijos menos visibles del proceso, como en este libro de Jorge Fornet, quien se adentra, hasta donde le resulta posible, en el centro mismo del asunto: el meridiano  cultural (o literario, que es el que interesa a este trabajo) de La Habana pasa por cualquier parte de Occidente si se quiere culpabilizar en abstracto, pero sobre todo pasa, sin duda, por el propio omphalos nativo: por el canon del desencanto nacional.

Fornet  va cuantificando, con esa implacabilidad de la mirada que tipifica a la conciencia despierta, lo que pudiéramos denominar mitemas de la literatura cubana en las últimas décadas, como por ejemplo, cuando llama la atención sobre el erotismo como decadencia del cuerpo humano en tanto que metáfora de la decadencia de la nación, o  la insistencia en las catástrofes naturales como comienzo o colofón de un buen número de  historias, metáforas, a su vez, de ese desencanto que tan fielmente reproducen  estas frases de Reynaldo Arenas en Otra vez el mar: “No hay un punto exacto de partida, una fecha, un acontecimiento que marque el comienzo exacto del desastre, mucho menos sus límites; no hay una catástrofe definitiva; todo se va como disolviendo, pudriendo (…)”. Desencanto que en autores como Pedro Juan Gutiérrez parece alcanzar una especie de apoteosis de la irreferencia, intento vano de despersonalización, derrotado siempre por los perfiles inconfundibles del imaginario maldito y común: La Habana.

Habría que llegar, como lo hace Fornet, a la conclusión de que el meridiano cultural de esta ciudad pasa desde hace unos cuantos años por la disolución de un mundo, y se nutre casi exclusivamente de esas aguas estancadas y pútridas, porque los escritores cubanos no tenemos mucho que ver con los vaivenes y modas del mercado internacional (al que muy pocos de nosotros tenemos acceso real); poco que ver, también, con el fenómeno de la globalización cultural (sin acceso mayoritario a Internet ni a la literatura que se publica en el mundo, y con autores que escasamente viajan fuera de Cuba), y menos aún con eso que ha dado en llamarse la posmodernidad,  que nos ha rozado solo en el aspecto formal de la literatura, sin ir hacia otros territorios como los imaginarios, por ejemplo, y que, conceptualmente, ha tocado solo a un escaso número de escritores a los cuales, sorprendentemente, Fornet no llega a referirse en su ensayo, como si no existieran o no tuvieran lugar dentro de la narrativa nacional. Y esta sería una de las pocas carencias que se le podrían señalar a  Los nuevos paradigmas: el haberse enfocado en el sector mayoritario de la ficción realista y testimonial.

Uno de los mejores momentos de este excelente libro es el análisis al que Fornet somete la obra de Pedro Juan Gutiérrez,  análisis en el que arriba a una exposición de claridad abismal que permite al lector asomarse al motivo común en todas las ucronías de La Habana, motivo que ayuda a identificar el rostro de la ciudad detrás de las múltiples máscaras y distorsiones a la que es sometida por los diferentes autores que hacen de ella el marco de sus historias. Cito a Fornet: 

Atrapada entre el mar, La Habana Vieja y el Vedado,  Centro Habana es ruta obligada entre estos dos sitos, los más emblemáticos (y turísticos) de la ciudad. A la relativa prosperidad y el indudable encanto de estos últimos, Centro Habana opone muchos de los patrones de la pobreza. Pero no se trata de una pobreza cualquiera, que a fin de cuenta puede encontrarse en tantos barrios de la urbe, sino de una imagen muy precisa de ella, es decir, la decadencia, porque Centro Habana fue en un momento de la historia un sitio donde habitaron las  grandes fortunas del país. Su atractivo para la literatura (y el cine cubano y extranjero, que lo han explotado hasta el cansancio), radica precisamente en que allí, en esos palacetes y grandes mansiones derruidas, se resume una historia de decadencia y caída. Es el sitio ideal para representar esa retórica de la demolición que se ha adueñado del imaginario nacional en los últimos años (…)… esa depauperación física se propone metaforizar otra más profunda. 

La asunción de la metáfora de la decadencia del cuerpo humano como reflectación de la decadencia del cuerpo de la nación sería, según Fornet, la puerta ancha por donde han irrumpido el erotismo y el realismo sucio en la literatura cubana. Difiero de Fornet cuando afirma, refiriéndose a la obra de Pedro Juan Gutiérrez, que las situaciones límite que muestran a los individuos en sus facetas más reveladoras son propias del posmodernismo. Lo que se llama ahora realismo sucio no es una característica que surja con la posmodernidad: ha existido siempre (recuerdo ciertas  antiquísimas crónicas catalanas sobre la ocupación de Bizancio y otros muchos textos universales); se trata en todo caso de un regreso; lo que resulta nuevo es lo peculiar de la decadencia habanera, pues ninguna realidad es enteramente igual a otra. Este realismo sucio “nuestro” no es más que la exacerbación del realismo que siempre ha caracterizado a la literatura cubana, hija desde su nacimiento de una tradición cultural, la española, de la que hasta ahora escasamente renegó. ¿No dijo Stendhal que la novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino? Pues entonces, a una realidad dura corresponde un duro reflejo literario.

Si la literatura latinoamericana sufre un proceso de balcanización, como comienza afirmando Fornet en el primer capítulo de Los nuevos paradigmas, apoyándose en estudios realizados por críticos y especialistas del continente, la literatura cubana, paradójicamente, sufre un lastimoso proceso de homogenización (¿mejor decir másdelomismización o monotonía reiterativa?), exactamente expuesto en esta cita que hace Fornet de Rafael del Águila: “…parece haberse llegado a un nivel de agotamiento en que pululan hasta el hartazgo las ya clásicas jineteras, el onanismo, el sexo homo y hetero, la alienación juvenil, el desarraigo, la marginalidad, los balseros (…) un momento en que se comienza a escribir exclusivamente para las delicias de jurados  (y) o las caricias de un premio”. Por mi parte nunca olvido (¡ciertas cosas no se olvidan!) la aseveración que me hizo una funcionaria con una vastísima experiencia como jurado de premios habaneros y de provincias: “Hay que escribir sobre temas cubanos, y realismo, porque eso es lo que les gusta a los jurados”. Yo no quiero comentar esa opinión. Pero en fin, puede que las tales mencionadas situaciones límite lo parezcan vistas desde nuestro contexto, pero no lo son, y no son lo que define a la posmodernidad ni mucho menos. La posmodernidad, en la literatura cubana, está en la obra de otros escritores que, como ya dije antes, no merecieron la mirada de Fornet. De cualquier modo este detalle/omisión no resta brillo a los incisivos análisis que hace Fornet de autores y obras. Su observación final de que ciertos escritores se están despegando del imaginario compartido de la decadencia habanera para dirigirse hacia zonas más universales de la literatura es estrictamente cierta; y no solo se están desviando abiertamente hacia esas zonas, como en los casos mencionados  por él de dos escritores inteligentes como Padura y Ena Lucía Portela (que no han sido, dicho sea de paso, los primeros en huir), sino que recientemente han aparecido novelas como Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés (también mucho antes su Fake, por ejemplo), que integra el extenuado imaginario de las ucronías habaneras en una cuerda universal e intemporal, mágica y mística, que sí se inscribe de lleno en los parámetros conceptuales de la posmodernidad. Y es muy posible que sean estos, y no otros que necesariamente se irán desvaneciendo, los nuevos paradigmas de la narrativa cubana del siglo XXI. Todo lo que se me ocurre decir es: ¡Ojalá!

Mis pequeñas diferencias de criterio con algunas tesis de Fornet no me impiden considerar  Los nuevos paradigmas, Prólogo narrativo al siglo XXI como uno de los ensayos sobre literatura cubana más brillantes, inteligentes, lúcidos y amenos que he leído, escrito con una lógica implacable e impecable, y una pluma gratísima. No tengo reparos en decir que me parece uno de los Premios Carpentier más justos y merecidos que yo haya visto hasta hoy.

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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