¿Hacia dónde van la Ciudad Maravilla y sus habitantes?

 

“El pronóstico es malo. Estamos a punto de cruzar una línea tras la cual se va a invertir todo: lo incorrecto estará bien y lo correcto estará mal. Eso es lo que está predominando, y si las cosas siguen así, la ciudad entonces será otra”.

Miguel Coyula

 arquitecto planificador

Aquí hay tres factores que han influido en que la marginalidad ya no sea marginal: en primer lugar, la existencia desde antes de un núcleo de marginalidad en las ciudadelas, los barrios insalubres, que eran gente que vivía  en la marginalidad. El segundo grupo de problemas fueron los emigrantes de zonas que venían aquí y querían cultivar, y criar gallinas o sembrar plátanos en la ciudad. Los marginales, los campesinos que vinieron para la ciudad y los parientes copian el estilo de los que se fueron. Creo que de ahí fue saliendo el estilo ridículo ese, que son unos balaustres con unas mujercitas, delfines, leoncitos, tejitas, cuando esos balaustres no van con el estilo de esta época. Estoy hablando de 1920 cuando se usaba eso.

Mario Coyula

arquitecto

 

Dos textos de gran calidad, como suelen ser los publicados en la revista  La Jiribilla,  me han hecho reflexionar una vez más sobre un problema que no me preocupa únicamente a mí: ¿Hacia dónde  van La Habana y sus habitantes?  Si como ha dicho alguien, el hombre es su casa y la arquitectura refleja a quienes la viven, ¿qué le espera a nuestra Ciudad Maravilla en un futuro no muy lejano? Su rostro está cambiando y no para más belleza.

Renacer La Habana, entrevistas realizadas por un colectivo de autores a arquitectos, inversionistas, abogados y otros profesionales relacionados con el tema—, y La Habana: una ciudad cubana o una ciudad en Cuba, del prestigioso arquitecto Miguel Coyula, analizan los cambios dramáticos que está sufriendo la arquitectura citadina, pero a la vez dejan al descubierto la presencia de un conjunto de males que están devorando nuestra capital: el individualismo feroz, el vandalismo, la improvisación, la impunidad frente a la ley, la especulación, el oportunismo, la paupérrima formación cultural de una significativa mayoría de la población capitalina, y la inercia de las instituciones ante conductas salvajes y erráticas que socavan no solo los valores arquitectónicos, sino también los valores morales y sociales  de la ciudadanía.

Sería engañoso atribuir este estado de cosas a la implantación siempre creciente en la capital de ciudadanos de otras provincias que suelen traer consigo valores (o no valores) culturales y conductuales diferentes a los que han caracterizado históricamente a esta urbe. Y también lo sería culpabilizar a los trabajadores por cuenta propia o a cualquier individuo que posea ingresos económicos superiores a la media, porque  construyen sus  viviendas y locales destinados a todo tipo de comercio sin el debido asesoramiento de especialistas. Estos son solo efectos secundarios de un mal mayor cuya raíz se encuentra en otra parte. Pero antes de llegar a ello vale la pena reflexionar un poco sobre algunos aspectos del problema.

¿De dónde salen el mal gusto y las “excentricidades” que alarman a los arquitectos en tantas nuevas construcciones habaneras, con su eclecticismo de pastiche, sus colores chillones y todo un catálogo de ornamentos ridículos y anacrónicos? El sello de la arquitectura habanera ha sido precisamente el eclecticismo, la mezcla de estilos que ha hecho de La Habana una ciudad con personalidad propia en el mundo globalizado, pero esa mezcla fue el producto del trabajo de firmas de arquitectos altamente profesionales, muchas de ellas de prestigio internacional como Govantes y Cabarroca, quienes diseñaron, entre otras obras, el Capitolio de La Habana, de estilo neoclásico y considerado uno de los seis palacios de mayor relevancia a nivel mundial, y el célebre  palacete de Catalina Lasa, ubicado en 17 y Paseo, donde el art deco se entrelaza con un estilo florentino renacentista. Eran diseños basados en una cultura humanística,  un gran sentido estético, armoniosos, elegantes, bellos. Pero ¿quiénes decoran hoy sus nuevas casas con balaustradas de muñecos hieráticos que imitan de manera burdísima  las cariátides del majestuoso Malecón 17? Las cariátides[1] pertenecen a la cultura griega pre-clásica y formaron parte de nuestra arquitectura neoclásica republicana. ¿Por qué regresan ahora, incluso para coronar una esperpéntica torre de cuatro pisos levantada en el santosuareño solar de La Margarita?

¿Y esos medallones con cabezas de leones, águilas y otros símbolos “raros” que ostentan cada vez con más frecuencia las fachadas de casas particulares recién construidas o remodeladas? Son patéticas copias de los mismos medallones que todavía pueden verse en los frontones de inmuebles construidos durante el machadato, y que fueron en su época un penoso intento de aquella burguesía republicana emergente  por apropiarse las marcas de linaje codificadas en los escudos de armas y otros símbolos heráldicos que ostentaban las mansiones de la aristocracia colonial.

¿Y esas paredes revestidas con distintas clases de piedras que fueron gala de la arquitectura de Miramar en los años cuarenta y cincuenta, y hoy resultan en otras partes de la capital un triste monumento a la vulgaridad y la chapucería constructiva?  Estas imitaciones de modelos y códigos provenientes de  las barriadas de los ricos de ayer, reaparecen ahora como banderas  y  marcas de estatus económico, reclamos de lustre y validación social, soberbia de una clase que despunta y que, para mal de la ciudad y su gente, acaban convirtiéndose en modas chabacanas y absurdas. Los colores chillones, que al decir de los arquitectos en ocasiones recuerdan más a la repostería que a la arquitectura, hacen que uno se pregunte qué tienen en sus cabezas esas personas que no tienen claro si quieren vivir dentro de una casa o si su sueño es habitar en el interior de un kake. Sin comentarios.

Pero no todos los delirios son autóctonos y no hay que desestimar las influencias provenientes del extranjero, de las que no siempre se toma lo mejor,  y como botón de muestra va la siguiente anécdota, conmovedora en su ingenuidad: Una familia visita a su hijo muy bien instalado en Miami. Cuando regresan a La Habana quieren tener en su casa una chimenea igual a la que posee el hijo en su mansión, pero aquella es una chimenea hindú, flanqueada por dos estilizados budas de bronce a tamaño natural ataviados con tocados donde relucen incrustaciones de piedras semipreciosas; son kitsh sí, pero de excelente factura, y el cuerpo de la chimenea es de un raro mármol verde con marco de oro. La primera cuestión a resolver por los inocentes imitadores habaneros es la identidad de las figuras, que por  ignorancia de ellos mismos y de los tallistas acaban convertidas en dos enormes orishas de cemento,  mientras el cuerpo de la chimenea es de cerámica.  La familia muestra a todos con orgullo su “flamante” chimenea.

¿Qué ha hecho posible esa distorsión de la arquitectura habanera, con sus ruinas y bodrios que devienen expresión del deterioro conductual y estético de sus habitantes? La falta de atención y de control estatal y su temible hija Impunidad, como apunta el arquitecto Coyula en su excelente artículo, y vienen señalando desde hace tiempo especialistas en otras materias, entre los cuales abundan las llamadas de advertencia de la prensa nacional.

Cuba, como cualquier Estado de Derecho, posee un sistema de Leyes, Códigos Penal y Civil, Tribunales, Fiscalías municipales, provinciales y General de la República, Instituciones de Planificación Física y de Vivienda en los mismos tres niveles, y muchas, muchas normas y regulaciones para la arquitectura y para el comportamiento humano. Pero la población viola con alarmante frecuencia las regulaciones constructivas y las que norman la dinámica social, sin otro resultado que la impunidad más absoluta. Existen, además, instituciones de muy alto nivel como el Consejo de Estado y Atención a la Ciudadanía, a donde los ciudadanos pueden remitir sus quejas cuando no son debidamente atendidos en otras instancias. Por todo el país hay fiscales, abogados, notarios y un casi infinito catálogo de documentos oficiales para todo tipo de procedimientos. Y hay una Policía Nacional Revolucionaria encargada de reprimir el delito. En cuanto a estructura no nos falta casi nada de lo que caracteriza al sistema legal de cualquier país civilizado. Pero sobre la eficacia de esas estructuras no puede decirse lo mismo.

Nuestras leyes necesitan ser enriquecidas, perfiladas y actualizadas, pues todo es perfectible. Por ejemplo, debería ampliarse el concepto de Acoso, una figura que hasta hoy solo refiere en nuestro país al acoso sexual, cuando ya en otros países de Occidente se reconocen, además, el acoso escolar, el laboral, el moral y el vecinal como figuras de delito punible. Cinco formas de acoso de las cuales la ley cubana solo reconoce una, mientras quienes practican las otras cuatro quedan siempre impunes. Y además, muchos psiquiatras de diferentes países, especializados en el tema del acoso, demandan que las víctimas sean consideradas como víctimas de guerra por la gravedad de sus afectaciones psicológicas y emocionales. Vale la pena recordar que la figura de Intimidación, bajo la cual hasta hoy tipifican en nuestras leyes las varias formas de acoso, no se ajusta a la naturaleza de ese delito, porque el acoso puede existir con o sin intimidación, con o sin amenaza.

Urge otorgar poderes más amplios a nuestra Policía, de manera que pueda intervenir, con la rapidez que únicamente a ella le es factible, en casos de infracciones, violaciones de normas y formas nuevas del delito de las que hoy solo se ocupan  instancias tan burocratizadas que la respuesta  a una denuncia o la obtención de un simple permiso para desglosar una vivienda pueden demorar años, si es que llegan a materializarse algún día. Sí, tenemos muchas leyes, pero… ¿se cumplen…?

Revisemos dos casos donde resulta evidente la relación vinculante entre el deterioro moral y social y la violación de normas de Arquitectura y Planificación Física, y cuyo resultado, la impunidad, está dañando a las personas afectadas en su derecho al tranquilo usufructo de sus propiedades, en su moral, en su ética y hasta, peligrosamente, en su salud:

CASO 1-. Enrique, anciano propietario de un apartamento en un edificio múltiple ubicado en la barriada de Santos Suárez, se queja de que una joven casada con un ciudadano italiano compró un apartamento en ese inmueble, y luego ha continuado comprando allí otros apartamentos que, a su vez, ha subdividido en cuartos para alquilar por horas a parejas, y para facilitar un acceso más íntimo a sus “clientes” ha agregado al edificio un par de escaleras y unas cuantas puertas, ventanas y aires acondicionados, ignorando olímpicamente la norma que prohíbe colocar puertas y ventanas frente a las ya existentes. Como consecuencia de esta arbitraria apropiación de los espacios colectivos del edificio, cada vez que Enrique abre  la puerta de su apartamento su intimidad queda expuesta  a las miradas impertinentes de los clientes ilegales — y con frecuencia de muy mala catadura— que hacen uso de la escalera ilegal. Nadie en el edificio está de acuerdo con que el inmueble se haya convertido en un motel (para darle a esa acción constructiva un nombre elegante), ni con las transformaciones desordenadas y arbitrarias que ha sufrido la estructura y perturban la privacidad y la seguridad de todos. Alguno ha reclamado ante las instancias pertinentes, pero… no pasa nada. La osada joven continúa ampliando su negocio.

La falta de un mínimo ordenamiento de la vida dentro del edificio hace que florezca el individualismo y no el colectivismo en estos inmuebles. Muchas de las indisciplinas sociales tienen su germen en estos edificios sin ley ni orden visible en su gradual degradación[2].

¿Y por qué en los edificios múltiples no hay ley ni orden visible, por qué falta en ellos un mínimo ordenamiento? Antes de 1959 los edificios múltiples tenían caseros o dueños que hacían firmar a los inquilinos contratos donde quedaban claramente estipulados los deberes de quienes arrendaban un apartamento o un cuarto en el inmueble. Yo conservo en mi poder el contrato firmado por mis padres ante la dueña del edificio donde vivimos hasta hoy, documento que después de tantos años ya tiene carácter de antigualla histórica, y en cuyos incisos se advierte claramente:

SEXTO: —El arrendatario se compromete a entregar la casa objeto de este contrato en el mismo estado de conservación en que la recibe […]

SÉPTIMO:—Queda especialmente convenido que el arrendatario no podrá sub-arrendar en todo ni en parte la casa o departamento arrendado, ni destinarlo a otro uso que no sea al de su propia y exclusiva vivienda […]

OCTAVO:— Al arrendatario le está prohibido tener animales en el edificio,  hacer ruidos innecesarios, formar reuniones en los pasillos, arrojar por puertas y ventanas basuras o cualquier otro objeto, usar aparatos de radio con demasiado volumen, o causar molestias a los inquilinos de las casas o apartamentos contiguos

—El arrendatario no podrá cambiar las pinturas de la casa sin el consentimiento de la propietaria por escrito, y solamente con la marca de pintura que esta indique.

A quienes no se mostraban capaces de cumplir con esas normas de convivencia, el dueño les rescindía el contrato y se veían obligados a abandonar la vivienda. Es verdad que este régimen de casatenientes  permitía a los dueños de inmuebles abolir el contrato a una familia si deseaban alquilar a otras personas. Era un régimen que hacía lugar para injusticias varias, y sin embargo garantizaba el orden necesario para la convivencia vecinal.

Tras el triunfo de la Revolución llegó para los arrendatarios la posibilidad de convertirse en propietarios mediante el pago al Estado del importe de sus viviendas. Apareció entonces el Consejo de Vecinos, integrado por todos los núcleos familiares que habitaban el edificio múltiple. El Consejo de Vecinos nombraba un Presidente o un Encargado, y las diferencias entre vecinos o las decisiones a tomar sobre problemas materiales del inmueble se dirimían o se tomaban en forma colegiada. El Encargado debía velar por el buen funcionamiento de la plomería, los motores de agua, la limpieza de las áreas comunes, y cobraba una pequeña cuota mensual a cada núcleo de habitantes para hacer un fondo que permitiera costear cualquier arreglo necesario en la edificación. El Consejo de Vecinos podía reunirse y requerir a algún vecino, fuera o no propietario de su apartamento, si estaba causando molestias a otro u otros vecinos o daño a la edificación. Debo decir que personalmente jamás presencié que alguien se negara a pagar las cuotas mensuales o que un vecino sometiera a otro a molestias o abusos por más de unas horas. Una queja al Consejo de Vecinos bastaba para terminar el problema. Pero

[…] los edificios de apartamentos […] constituyen un 56% del fondo total de las viviendas. La falta de claridad sobre la propiedad del edificio y su posterior gestión ha conducido a un papel pasivo o nulo de los llamados Consejos de Vecinos ―en los casos donde existan―, que carecen de instrumentos y personalidad jurídica tanto para ordenar y regular la vida en estos inmuebles, como para enfrentar su mantenimiento. Los vecinos no se sienten responsables por su mantenimiento y cuidado al considerarlo una responsabilidad del Estado. Por esta razón, los inquilinos no se ven obligados a pagar una mensualidad para sufragar trabajos de mantenimiento o reparaciones e incluso se niegan hacerlo. En los edificios de apartamentos no existe siquiera un reglamento público que permita conocer los derechos y deberes de los inquilinos y evitar así disputas o apropiaciones indebidas de sus espacios comunes, que son modificados en detrimento de la integridad del inmueble[3].

Sin embargo, cualquiera puede encontrar en Google, en el sitio www.eumed.net/rev/cccss/04/oghp.htm y con fecha de junio de 2009, EL RÉGIMEN DE EDIFICIOS MÚLTIFAMILIARES Y SU FORMULACIÓN ADMINISTRATIVA DE LAS RELACIONES VECINALES, firmado por el Lic. Erick Ortega García y la MsC. Misalys Hernández Pérez, con una extensión de ocho páginas, donde queda claramente definida la existencia de un derecho privado que regula las condiciones de convivencia en edificios múltiples o multifamiliares, y un derecho administrativo que regula los deberes de los vecinos para con el inmueble, y los procedimientos a seguir en caso de cualquier tipo de infracción de estas normas. Entonces ¿por qué no hay ley ni orden en los edificios multifamiliares y los vecinos pueden modificarlos y hasta vandalizarlos a su antojo, llegando a afectar severamente a otras personas en aspectos varios de la vida? ¿Por qué los Consejos de Vecinos no cumplen con sus funciones? ¿Estará entre las posibles causas la aparición de la condición de propietario…?

La posibilidad de poseer la propiedad sobre una vivienda ha creado una grave confusión en la mentalidad de muchos ciudadanos, lo mismo si se trata de la propiedad sobre una casa independiente que sobre un apartamento en un edificio múltiple, porque tal condición hace nacer en la mente del propietario la certeza de que puede hacer lo que se le venga en gana en el interior y en el exterior de su propiedad y no será de su incumbencia cualquier efecto negativo que su accionar tenga sobre otros vecinos o sobre la comunidad. Por ejemplo, abundan los casos donde el propietario, en su afán por ganar espacio para su casa se “apropia”, también, de un área de la acera o de unos cuantos metricos del patio del vecino o del parqueo estatal que  colinda con su vivienda. O casos penosísimos de inmuebles con una casa en la planta baja y otra o un apartamento encima, donde el propietario de los bajos le quita al de los altos el acceso al agua porque decide que la toma, la cisterna  o el motor le pertenece solo a él. Y tampoco pasa nada. Las variantes son infinitas.

Cuando se trata de edificios múltiples la situación puede resultar aún más conflictiva debido a la propiedad común sobre motores y tanques de agua, instalaciones eléctricas, espacios  exteriores y paredes compartidos, etc. Son legión  los casos de enfrentamientos generados por ruidos de diferentes clases, ya sea por uso y abuso de equipos electrodomésticos, en especial de música, equipos de aire acondicionado mal instalados o en mal estado,  arrastre de muebles, claveteos continuos, uso de sierras eléctricas, festividades atronadoras, febricitantes juegos de dominó y otras muchas acciones abusivas cuyos cometedores no son requeridos por instancia legal alguna aunque exista la demanda contra ellos.

CASO 2- Al edificio de Marta, discapacitada físico-motora con daños neurológicos severos y lesiones cerebrales, peritada y miembro de la ACLIFIM,  llega un nuevo núcleo familiar que instala aires acondicionados defectuosos o mal montados. El apartamento de Marta comienza a sufrir fortísimas vibraciones que se extienden a los muebles y la cama de Marta, y durante una madrugada de vibraciones especialmente intensas estas  hacen  estallar los cristales de las ventanas de su habitación. Las dolencias de Marta se agravan y su calidad de vida disminuye notablemente, está estresada, necesita aumentar la medicación para sus dolores crónicos, y como ante las protestas de su familia los nuevos vecinos agreden su domicilio Marta tiene miedo y comienza a padecer insomnio. Hay que poner una reja en su puerta para que se sienta segura. Ningún organismo municipal responde a sus demandas, o inician amagos de procedimientos que nunca llevan a término. La policía interviene en su favor requiriendo a los vecinos, hasta que la Fiscalía municipal desestima inexplicablemente la denuncia de la víctima por daños a su propiedad. Los familiares de Marta acuden a varias instituciones estatales en demanda de un dictamen pericial que pruebe la existencia de las vibraciones, para poder demostrar sus efectos nocivos sobre la salud de Marta e iniciar un proceso civil ante Tribunales que  la libere de su dramática situación. Un especialista del CITMA municipal acude a la vivienda de Marta, comprueba la existencia de vibraciones, las certifica por escrito  y… nunca regresa. Por diversas razones, entre las que pesa mucho la ignorancia/incredulidad de las autoridades con respecto a los elementos del conflicto relacionados con la pura Física, la queja de Marta no va a ninguna parte y los vecinos continúan torturándola impunemente. Durante dos años la familia lucha buscando solución al sufrimiento de esta discapacitada, pero descubren anonadados que parecen no existir leyes en el país que obliguen a los vecinos a arreglar sus equipos o montarlos adecuadamente. Según los expertos de Planificación Física consultados, Cuba no tiene legislado nada sobre aires acondicionados. Los culpables no se presentan a la Junta de Prevención convocada por el Consejo y el Sector de la PNR y no les pasa nada, ni a la citación de la Fiscalía Provincial… y tampoco les pasa nada… Parece  increíble, ¿verdad?, pero la historia de Marta es un hecho real. Y no tiene suerte, pues recientemente se ha mudado al edificio otro vecino que en pocos días demuestra una asombrosa capacidad para producir ruidos intensos en su piso, que es el techo de Marta. La familia intenta de nuevo sensibilizar al recién llegado explicándole el estado de Marta, pero la respuesta los deja anonadados: “Yo he comprado este apartamento, ¡YO SOY EL PROPIETARIO! y ustedes tienen que acostumbrarse a vivir en un edificio múltiple”. La familia de Marta ocupa esa vivienda desde hace sesenta años. El cinismo aquí deviene  absoluta falta de moral.

Cabe preguntarse si en ese edificio existe un Consejo de Vecinos y qué ha hecho para ayudar a Marta. Existe, pero no puede hacer nada porque no tiene personalidad jurídica, como bien señala Coyula y, además, su Presidente no está obligado a ejercer sus funciones porque el Estado no le paga salario alguno por ese cargo, así que… no pasa nada. El caso de Marta pertenece a Edificios Múltiples, una dependencia de la Dirección Municipal de la Vivienda, que envía uno de sus técnicos a inspeccionar, pero… tampoco pasa nada, porque según explicaciones ofrecidas por los funcionarios de esa entidad, la misma no tiene poder para aplicar y hacer cumplir su propio Reglamento, y su función se limita únicamente a persuadir. Las Subdirecciones municipales de Vivienda tienen un Departamento de Diagnóstico donde la persona afectada puede solicitar, previo pago de una tarifa establecida, la visita a su morada de un inspector. La familia de Marta abonó el precio  y recibió un comprobante de pago, pero nunca fue visitada. Ni siquiera la Fiscalía Provincial parece capaz de poner fin a esta situación tan indignante. ¿A dónde podrían dirigirse Marta y su familia para encontrar soluciones? ¿Por qué estos vecinos abusivos y, en este caso específico, crueles, continúan impunes?

El ciudadano común puede descubrir, en su doloroso y angustiante peregrinaje por las instituciones estatales, que todos sus esfuerzos resultan vanos. Escribe cartas, acude a entrevistas, hace interminables y agotadoras antesalas, aguarda pacientemente los sesenta días que cada institución demora para conceder respuestas, y  yendo de institución en institución van pasando los meses y hasta los años. El expediente del demandante va creciendo como un bosque frondoso, se llena de resúmenes de historias clínicas, de fotos de los daños, de certificados, de documentos de notaría, de cartas que explican los fracasos de gestiones anteriores, recibe promesas que no se cumplen, papeles y firmas que no le conducen a ninguna parte: en suma, cada expediente es la historia de un fracaso que suma arrugas no solo a la arquitectura, sino también al alma de la ciudad. El Delegado de la Circunscripción  solo tramita; el trabajador social verifica la situación y en ocasiones, cuando el caso presenta un carácter harto sensible como el de Marta, intenta persuadir a los malos para que se vuelvan buenos, pero no es extraño que los malos le  nieguen el acceso a sus viviendas; los funcionarios municipales no actúan; la policía, si no está avalada por la autorización de alguna Fiscalía, no tiene suficiente poder para intervenir en situaciones que, aunque no tipifiquen como la clase de delito que ella suele atender, por su urgencia y peligrosidad resultan impostergables; los documentos se extravían; las inspecciones no conllevan al codiciado dictamen pericial… No hay multa, no hay castigo para quienes se burlan de las leyes y se niegan cínicamente a cumplirlas. No hay  alivio para los ciudadanos que han sido vulnerados en sus derechos y cada día pierden un poco más la fe en la capacidad del Estado para respaldarlos.

El llamado Periodo Especial ha magnificado estos problemas que ya venían de antes. A la falta de control interno por parte de los inquilinos se ha sumado la falta de control por parte de las autoridades. Las regulaciones urbanísticas son hoy como semáforos apagados que están ahí, pero no ordenan ni regulan. El control urbano es hoy crítico debido a la falta de personal calificado para realizarlo. En el Centro Histórico de la Habana Vieja, con una población de 60 mil habitantes, trabajan 35 profesionales en su oficina del Plan Maestro, mientras la ciudad cuenta con unos 70 para una población de 2,2 millones, de modo que es más crítica esta situación en número y calificación en sus otros municipios [4].

No sé si las cifras que menciona  Coyula se mantienen hoy, pero la falta de personal calificado no justifica la inoperancia de las instituciones estatales, porque cuando es necesario el personal se busca y se califica debidamente. Ese no puede ser jamás un pretexto y menos una explicación para justificar la bochornosa inercia de tantas instituciones para hacer cumplir las leyes de nuestra República.

¿Por qué no hacen cumplir las leyes quienes reciben un salario del Estado para aplicarlas? ¿Por qué no se imponen multas a los burladores de la Ley? ¿Por qué reina la impunidad entre la ciudadanía y ondea por doquier el impúdico lema: “No pasa nada”? ¿Qué puede hacer un ciudadano particular contra una institución del Estado que no atiende sus demandas? ¿Acaso demandar a la institución indiferente ante otra institución estatal de mayor rango? Así se instaura un circo de demandas cuya función nunca termina. Y la opinión generalizada entre la población es que aún así tampoco pasa nada.

¿Hizo mal la Revolución en conceder a todos los ciudadanos de la isla la posibilidad de ser propietarios de sus viviendas? En modo alguno. ¿No debería el Estado permitir  a los propietarios cubanos construirse inmuebles de acuerdo con sus gustos? En modo alguno, pero hay regulaciones destinadas a preservar el estilo arquitectónico de algunos municipios que tienen que ser respetadas. El Estado cubano tiene la obligación de impedir la destrucción de la identidad de su capital, que es Patrimonio de la Humanidad, y en cuanto a las dinámicas de convivencia resulta imperioso educar a la población en la conocida máxima del presidente mexicano Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La libertad nunca es perjudicial en sí misma, pero la ausencia de la noción del límite puede resultar tremendamente peligrosa, y para marcar los límites de la libertad son necesarias las leyes y es necesario que el Estado las haga cumplir.

La conciencia social de los cubanos necesita ser despertada de su actual letargo. Tenemos que enfrentar la realidad y admitir que no estamos a punto de, sino que YA se han cruzado los  límites y muchos postulados del orden social se encuentran subvertidos o abiertamente abolidos, y no es posible seguir esperando para señalar y castigar a los culpables, que no son únicamente los individuos, sino —y sobre todo—  quienes  alimentan con su inercia la plaga de la impunidad. La siguiente cita de Coyula aplica tanto para la inacción de instituciones relacionadas con la arquitectura y el urbanismo, como para aquellos individuos que necesitan instaurar el caos como sistema de vida para favorecer  sus intereses egoístas y mezquinos:

 […] La arrogancia de algunos, además de la falta de un accionar preventivo sobre estas entidades y las limitadas capacidades de las instituciones encargadas del control urbano, ha alimentado la insana mentalidad de que el fin justifica los medios. La escala del desorden es tal que en algunos casos como en Alamar se han invertido los términos: lo que está mal es ahora lo normal y lo que estaba bien es ahora lo anormal [5].

La Ley no es solo para reprimir, es también para educar. Cuba, ejemplo para el mundo en la defensa de su soberanía mantenida por más de seis décadas frente al imperio más poderoso de nuestra época; dueña de un sistema de salud capaz de beneficiar a tantos países; creadora de una de las organizaciones más eficaces del planeta para la prevención y enfrentamiento de catástrofes; una nación que siempre ha dado muestras de su gran potencial en tantos frentes de batalla, ¿cómo no va a poder restablecer los valores más sanos dentro de su propio orden social? La civilización es el resultado de milenios de aprendizaje, y su legado no pervive por arte de magia, hay que luchar y trabajar  para mantenerlo cada día, solo ese esfuerzo constante puede salvar  a la especie humana del  regreso a la barbarie. Hay para todo un punto de no retorno, y nosotros ya estamos peligrosamente cerca del abismo. Vengan o no cambios para el porvenir, sea cual sea su envergadura y quede ese futuro cerca o lejos, tenemos que preparar a Cuba para los tiempos que se avecinan si queremos preservar nuestra auténtica cultura, nuestra verdadera identidad, nuestra vital y necesaria cohesión como nación libre y soberana, y algo sumamente importante para conseguir todo lo demás: el orden interior. Si queremos que nuestra Ciudad Maravilla sobreviva y nosotros con ella y haya Cuba por los siglos de los siglos.

 

 

[1] Las cariátides aparecen en la Grecia del siglo V a.C, y representan a las damas nobles de Caria, una ciudad del Peloponeso que se alió al imperio persa contra la liga de las ciudades griegas durante las Guerras Médicas. Los griegos tomaron Caria, y como castigo por la traición de la ciudad asesinaron a sus hombres y a sus mujeres las redujeron a la más ignominiosa esclavitud, por eso se las representa soportando sobre sus cabezas el peso de muros y frontispicios.

[2] Miguel Coyula, Op. Cit.

[3] Coyula, Op. Cit.

[4] Coyula, Op. Cit.

[5] Coyula, Op. Cit.

 

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Cuatro vigías de piedra guardan las costas de San Cristóbal de La Habana (VI)

Torreón de La Chorrera

La desembocadura del río Almendares, el mayor de La Habana, está ubicada en un lugar conocido como La Chorrera. En tiempos en que El Vedado primitivo poseía una vegetación tan exuberante que resultaba intransitable, hubo allí  dos pueblitos de pescadores, presumiblemente indígenas, llamados Gavilán y Bongó. Esta área tenía una muy grande y doble importancia estratégica para la defensa de la villa de San Cristóbal contra los ataques de corsarios y piratas. Por una parte, su densa frondosidad dificultaba, si no impedía por completo el acceso desde la entrada del río hasta la villa, obstáculo natural que reforzaron las autoridades coloniales prohibiendo todo tránsito por la zona de personas,  animales y vehículos, de donde le vino a esta su nombre actual de El Vedado.

Por otra parte, la importancia vital de La Chorrera se debía a sus aguas, que un canal o una amplia acequia, atravesando huertos y labranzas, llevaba hasta la plazuela de La Ciénaga, más tarde plaza de La Catedral. Allí, en lo que fue llamado Callejón del Chorro, se abastecían los vecinos de San Cristóbal. El consumo del líquido estaba bajo gravamen impuesto por las autoridades, cuyo fruto era destinado a la construcción de las fortalezas y a otras obras de carácter público y necesario para la vida de los habaneros.

Este curso de agua tuvo también un papel fundamental en el surgimiento de los primeros campos de caña en los alrededores de la villa, y además irrigaba las huertas que alimentaban a sus habitantes con una fértil producción de cocos, ciruelas, piñas, limones, guanábanas, caimitos y toda clase de hortalizas y legumbres, y puede decirse sin temor a errar que de él dependía la alimentación de la ciudad.

En caso de ataque y asedio a la villa, quien ocupara La Chorrera podía dejar a La Habana sin agua y si comida por el tiempo que durase su presencia en la zona.

Fueron varios los Gobernadores que advirtieron la importancia de La Chorrera y la necesidad de fortificarla, entre ellos Lorenzo de Cabrera y Corbera, bajo cuyo mandato se terminaron las obras del castillo de San Salvador de La Punta. Pero sería don Álvaro de Luna, quien gobernó la isla entre 1639 y 1666, el encargado  de erigir dos pequeños fuertes  allí y en Cojímar, para lo cual hizo venir de Santiago de Cuba a  Juan Bautista Antonelli, hijo de arquitecto de El Morro y La Punta y apodado El Mozo, para que se ocupara de estas obras. Juan Bautista decidió que cada fortín tuviera ochenta pies en cuadro por cuarenta de altura. Sus baterías contarían cada una cinco cañones a una altura de veinte pies y serían colocados otros seis en la cubierta. Ambas construcciones tendrían escaleras fijas y no escalas de cuerda, como se había hecho en España en los fuertes destinados a combatir a los moros, pero en el caso de los fortines habaneros estas escaleras estarían separadas de las torres y unidas a ellas por puentes levadizos, una solución arquitectónica muy prudente. También construyó aljibes, almacenes y barracas que podían alojar una dotación de hasta cincuenta hombres. Las construcciones serían de dos plantas, en la baja se alojaría la soldadesca y estarían las cuadras de los caballos, además del polvorín, la cocina y los almacenes, y en la alta estarían las áreas destinadas a la defensa, además de los aposentos de la oficialidad y algunas dependencias de carácter administrativo. En la azotea, una pequeña torrecita circular albergaría la posta de los vigías, mientras que el fortín de Cojímar tendría cuatro torres, ubicada cada una sobre un baluarte.

El hermoso torreón de Cojímar

En 1643, según Joaquín Weiss, y en 1646 según Alejandro González, quedó terminado el fortín de La Chorrera, que recibió el nombre de Santa Dorotea de la Luna[1], con once piezas de artillería instaladas y dispuestas para la defensa.  En lo alto del edificio  el Gobernador hizo labrar un escudo con las armas heráldicas de los reinos de Castilla y León y Aragón. El precio de las obras alcanzó veinte mil ducados, que si en un principio se consideró posible proveyera el virreinato de México, terminó siendo pagado en su totalidad con dineros de los impuestos cobrados a los vecinos de la villa.

Los fortines de La Chorrea y Cojímar estaban ubicados en los dos puntos más extremos  del territorio ocupado por San Cristóbal de La Habana, que tenía su punto central en la caleta de San Lázaro, donde fue construido un torreón. Aunque el fortín de La Chorrera nunca tuvo que enfrentarse a los piratas,  intentó resistir un ataque durante la toma de La Habana por los ingleses, pero al verse su guarnición superada en número por el atacante, sin municiones y en peligro mortal, se le ordenó capitular. Pero a pesar de que los ingleses tomaron el fortín, no tuvieron allí una estancia apacible, pues se vieron muy mortificados por la enorme cantidad de cangrejos que había entonces en el lugar, y sobre todo porque entre la tupida maraña de manglares que rodeaba la desembocadura del río solían desaparecer con bastante frecuencia  los casacas rojas que se alejaban del edificio por cualquier razón, víctimas de las guerrillas de habaneros resistentes que pululaban por esa zona, por lo que los oficiales británicos ordenaron a sus hombres que se recogieran en el fuerte desde horas muy tempranas.

El torreón de San Lázaro, ubicado en la caleta del mismo nombre a media legua de la villa, fue construido por el ingeniero español Marcos Lucio, aunque Weiss da pero  no confirma este dato. Es pequeño y de forma cilíndrica, también de dos plantas, pero su finalidad nunca fue defensiva. Solo servía de atalaya y albergue permanente a un funcionario muy bien pagado por los vecinos de la villa, cuyo papel se reducía a vigilar el movimiento de los buques enemigos y a salir a las calles haciendo gran estruendo armado de un tambor que golpeaba con vigor mientras vociferaba para advertir a los vecinos de la posible amenaza de un ataque pirata.

Torreón de San Lázaro

Un cuarto torreón fue erigido en la desembocadura del río Bacuranao por el ingeniero Juan Herrera Sotomayor, durante el mandato del capitán general Severino Manzaneda Salinas (1689-1695). Según lo describe el sitio cubano EcuRed, era  “un torreón de mampuesto de pequeñas dimensiones, dividido en dos cuerpos, con su parte superior rematada por un sencillo pretil, troneras para seis piezas de artillería y un largo parapeto que ampliaba la defensa a lo largo del río”.  Se construyó para proteger la villa de Guanabacoa de ataques de corsarios y piratas e impedir el acceso de estos a la propia Guanabacoa y de allí a San Cristóbal, además de para impedir el contrabando, propósito que dudamos pudiera cumplir en algún momento. No sobrevivió a la toma de La Habana por los ingleses, pues fue arrasado por la artillería de las fragatas británicas Mercury y Bonetta como preparación de fuego del desembarco de las tropas británicas, el 7 de junio de 1762.

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[1] Algunos historiadores de  vena poética también le llaman el castillo de la espuma.

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San Salvador de La Punta o el castillo que nació con mala sombra (IV)

Suele encontrarse en los libros de historia de Cuba la afirmación de que los castillos de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro y San Salvador de la Punta fueron construidos “al unísono” por el arquitecto Bautista Antonelli, pero lo cierto es que las obras comenzaron primero en El Morro en 1589, y un año después, en 1590, se dio curso a las de La Cabaña. ¿A qué se debió esa demora? ¿Tal vez, como se ha sugerido, a que Antonelli no consideraba de gran valía defensiva el castillo proyectado en La Punta?

Esta fortaleza debe su nombre a su ubicación, pues se encuentra situada en la última avanzada de la entonces villa colonial y al borde mismo del mar, que en otros tiempos inundaba sus fosos. A pesar de encontrarse más expuesta a la violencia de los elementos, paradójicamente tuvo una construcción más endeble que sus antecesoras, al extremo de que en 1595 una tormenta que duró una noche y un día destruyó la mitad de la construcción  “sin dejar más señal de muralla ni terraplén que si jamás lo hubiera habido”, según informó en carta al rey el entonces Gobernador Maldonado, quien de inmediato dispuso su reconstrucción.

La tarea no fue, quizá, bien planteada. Consistió en recoger la fortaleza “un poco más adentro, sin duda para alejarla algo del mar: “[…] se levantaron trescientos doce pies de traveses y murallas de muy buena obra… por algunas partes de doce pies de grueso y la cortina de seis, con la altura de los demás baluartes y cortinas…”[1]. Maldonado aseguró al rey que estas obras se habían llevado a cabo en solo veinte y tres días, hecho del que hoy se duda porque ni siquiera con el empleo de la más moderna tecnología hubiera podido hacerse tanto en tan breve plazo. Un informe posterior enviado Su Majestad por uno de sus inspectores, quien visitó la fortaleza en 1596, aseguraba que “no había allí ni parapetos ni cestones ni ninguna otra defensa para guarecer a la gente de guerra”[2]. En opinión de este experto, la fortaleza se encontraba poco menos que a medio terminar, y para llevarla a su fin había que realizar el doble del trabajo que en ese momento estaba hecho.

Podría decirse, empleando la jerga popular, que La Punta “nació con mala sombra”, porque en 1601 las autoridades barajaron la posibilidad de desmantelarla y dejarla reducida a una torre-plataforma capaz de albergar allí seis u ocho piezas de artillería y una guarnición de quince hombres, cifra bastante escuálida si se considera que La Punta defendía el camino que iba hacia La Chorrera por el camino del mar. Pero al final prevalecieron  los criterios que validaban su utilidad y solo se procedió a la demolición de uno de sus baluartes. En 1607 se ordenó su restauración definitiva, que terminó en 1609, un poco después de concluidas las obras en El Morro.

Solo cabría especular sobre las verdaderas razones por las cuales la incipiente construcción de San Salvador de La punta podría calificarse como una obra deficiente, al extremo de que mientras El Morro capeaba temporales y tempestades La Punta casi desapareció bajo la embestida de un ciclón. Se sabe que Antonelli, quien comenzó los trabajos de El Morro con entusiasmo de recién llegado, ya no estaba tan bien dispuesto luego de haber pasado un año lidiando con la alevosía de los funcionarios de San Cristóbal, y además había perdido la salud. El Gobernador Maldonado, al parecer un hombre codicioso e inmoral que pretendía tapar con sus hipócritas excesos de celo la forma impúdica en que hacía uso de los fondos reales destinados a la construcción de las dos fortalezas, utilizó a Antonelli como cabeza de turco acusándole ante el rey de impericia profesional, y amparándose en su autoproclamada experiencia en construcciones hallaba constantes defectos a los trabajos del italiano, con los que justificaba nuevas solicitudes de recursos al monarca. Llegó a pedir un presupuesto extra de doce mil ducados y doscientos negros por encima de los que ya trabajaban en las obras, y luego escribió a Su Majestad que el dinero había sido gastado en apenas doce meses, por supuesto culpando de ello a Antonelli.

Por su parte, el arquitecto italiano, obligado a defenderse, se quejaba en sus cartas al monarca de que el Gobernador y los oficiales reales no acataban sus órdenes ni las de Su Majestad, y en su desesperación se atrevió a sugerir a la Corona dos opciones: o se le permitía regresar a España o se ordenaba a dichos funcionarios que le dejaran hacer en paz su trabajo sin entrometerse en sus decisiones. Envió al rey los planos de los trabajos y este los hizo revisar por el jefe de los ingenieros reales, quien encontró que eran buenos y acorde con lo concebido, por lo que de inmediato Su Majestad envió a La Habana una orden real dirigida a Maldonado donde se le intimaba a no molestar más a Antonelli. Es fácil suponer que trabajar en semejantes condiciones fue para el italiano, ya enfermo, una situación desestabilizadora. Es probable que el Gobernador intentara a achacar al arquitecto males únicamente debidos a sus propios latrocinios y a los de sus subordinados, y la sola necesidad de defenderse de intrigas tan bien urdidas habría sido más que suficiente para conspirar contra la calidad y terminación de la fortaleza. Además, Maldonado, haciendo uso de un decreto real que permitía a los Gobernadores de la villa en caso de necesidad tomar dineros de la Flota de Indias para las construcciones militares, robó, sin duda, bastante.

Para algunos historiadores, de Antonelli fue la idea de tender la gruesa cadena de la que ya hemos hablado antes, y que iba del Morro a La Punta para cerrar el puerto e impedir la entrada de buques enemigos, por lo que gran señal de reconocimiento a sus trabajos habría sido el gesto del rey de colocar esta cadena rodeando los tres castillos en el escudo que concedió a la villa. Según otros historiadores, entre quienes se cuenta el  arquitecto Weiss, la idea de la cadena fue de don Lorenzo de Cabrera y Corbera, caballero de la Orden de Santiago y Gobernador de Cuba de  1626 a 1630. Cabrera aumentó la guarnición de la villa, construyó trincheras, abasteció las fortalezas preparándolas para un posible largo asedio y recomendó construir los fuertes de La Chorrera y Cojímar.

Galería abovedada en La Punta

Hay algunas anécdotas simpáticas sobre el castillo de San Salvador de La Punta. De una de ellas fue protagonista el Gobernador Cabrera, a quien  tocó en suerte levantar la altura de los baluartes en unos ochenta centímetros. Poseído quizá de un ataque de megalomanía se adjudicó la totalidad de la obra, y para colmo hizo colocar una tarja en la línea donde comenzaba su alzadura, en la que rezaba: “De aquí para arriba, de Cabrera”. Debió tener un ego inmenso, porque no le bastó con la modesta tarja e hizo labrar una piedra conmemorativa con la siguiente inscripción: “Este castillo se hizo gobernando Don Lorenzo de Cabrera, año de 1630”.

Otra de las anécdotas (que no es tal, sino gran verdad), cuenta sobre la presencia en La Punta de un enorme cañón que nunca fue disparado. Al respecto escribe Alejandro Gonzáles Acosta en su breve libro La ciudad de los castillos:

Este poco común caso de frustración balística se debe a que en cierta oportunidad, los bisoños artilleros que manipulaban dicha pieza, donativo reciente del conde de Santa Cruz, y ante el toque de alerta por la presencia de piratas en la costa, cargaron de forma tal la panza del susodicho cañón con un celo tan extremado que lo atoraron, y ahí ha quedado, como pieza de curiosidad, con su interior repleto de cascotes, piedras —criollos “seborucos”— y su buen par de arrobas de pólvora. Todo un coloso dormido del cual se ha evitado su peligrosa proximidad durante muchos años. Este curioso cañón se encuentra ubicado en el mismo baluarte que se apresurara a abandonar el comandante Briseño, en1762, ante el empuje de los “casacas rojas”[3] británicos. Entre el verdín que la intemperie ha dejado en la superficie y el desgaste de los años, aún puede apreciarse en la culata del cañón la inscripción siguiente: “Número 1.1319. -Sevilla 2 de abril de 1784-. APARADOR”.

No he podido conocer si en este mismo momento el cañón enmudecido continúa teniendo en su vientre la carga letal anteriormente descrita, pero si así fuera y llegara a explotar por obra del inclemente calor del verano habanero o del influjo de algún fenómeno atmosférico, quién sabe si escucharíamos de nuevo  las voces  espectrales de los vigías del pasado gritando hacia la villa: “¡A las armas, a las armas, los piratas, los piratas…”.

Sin embargo, si algún hecho viniere a confirmar sin dejar duda la mala sombra que se cernía sobre La Punta desde que fue colocada su primera piedra, es la muerte de los ocho estudiantes de medicina, uno de los sucesos más crueles y de más triste memoria ocurridos en la historia de Cuba. Ocho estudiantes de la Escuela de Medicina de La Habana fueron acusados en 1871 de rayar el mármol de la tumba del periodista español  Gonzalo de Castañón, conocido por su antipatía hacia los criollos.

Imagen del filme cubano Inocencia, de Alejandro Gil. Los estudiantes son conducidos por sus carceleros, a través de una galería abovedada de La Punta, al escenario del fusilamiento. Admirable reconstrucción de época.

Juzgados por un Consejo de Guerra en juicio sumarísimo instigado por el cuerpo de Voluntarios, el 27 de noviembre, a las 4.30 de la tarde, fueron conducidos con las manos esposadas a la explanada del castillo y colocados de dos  en dos, de espaldas y de rodillas, algunos con los ojos vendados,  frente a los paños de pared formados por las ventanas del edificio usado como depósito del cuerpo de ingenieros, y fusilados sin piedad por un piquete de Voluntarios. Hoy se yergue un memorial en el lugar del crimen, porque la Patria no olvida.

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[1]  Tomado de un documento de la época. Joaquín Weiss, La arquitectura colonial cubana

[2] 0p.cit.

[3] Los soldados ingleses llevaban uniformes con casaca roja.

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El castillo de Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro o el titán de las tormentas (III)

Cuando en 1538 la reina Juana de Castilla ordenó a Hernando de Soto, Gobernador de Cuba y Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza que protegiera a la villa de San Cristóbal de las incursiones de piratas y corsarios, le sugirió que aquel primer conjunto defensivo fuera erigido en la loma de El Morro. Sería difícil intentar comprender desde nuestra perspectiva histórica por qué De Soto no la obedeció, pues no dejó ningún testimonio escrito de las razones por las cuales contradijo a su soberana, aunque tal vez haya influido en tal decisión su anhelo por partir cuanto antes en la expedición que preparaba para la conquista de La Florida, y que se hizo a la mar apenas un año después de su nombramiento y dos de su matrimonio con doña Inés de Bobadilla. Era un hombre impaciente, en verdad.

Luego de la catástrofe que supuso para la villa de San Cristóbal el ataque pirata perpetrado en1555 por el corsario francés Jacques de Sores, donde tan triste papel hizo el entonces Gobernador Pérez de Angulo[1], la Corona decidió que Cuba no tuviera nunca más Gobernadores civiles, y envió en sustitución del fallecido Angulo al capitán don Diego de Mazariegos con órdenes de construir una nueva fortaleza mejor situada y equipada para defensa de la villa. No por gusto era Mazariegos avezado militar, pues retomó con urgencia la sugerencia hecha por la reina Juana a De Soto y, además de ocuparse de llevar adelante la edificación del castillo de la Real Fuerza, hizo construir sobre el peñón de El Morro una torre vigía de 12 metros de altura, de cantería blanca que refulgía bajo la luz del trópico y podía ser vista en ocho leguas a la redonda. Dicha torre, además de alojar centinelas que mantenían una constante vigilancia sobre el litoral, servía de orientación a las embarcaciones que se acercaban a San Cristóbal. Sin saberlo, creó la edificación destinada a convertirse tiempo después en el faro de El Morro, célebre en el mundo entero por ser la imagen icónica de La Habana.

Ingeniero real Bautista Antonelli, constructor de los castillos San Salvador de La Punta y Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro.

Antes de hablar de este castillo hay que dedicar espacio a una breve biografía de su arquitecto jefe, quien también lo fue de la fortaleza de San Salvador de La Punta. El maestro Bautista Antonelli[2] era  miembro de una familia italiana donde siete de sus integrantes fueron arquitectos civiles, hidráulicos y militares de gran prestigio, quienes sirvieron a cuatro monarcas españoles durante noventa años, y dejaron importantes obras en la propia España, Portugal, norte de África y las colonias españolas del Caribe. El Consejo de Indias lo escogió junto al maese de campo Juan de Texeda para elaborar un plan de fortificaciones que garantizara la seguridad de los puertos españoles del Caribe. Ambos llegaron a La Habana en 1539 para comenzar las obras en El Morro y La Punta y terminar los trabajos de la Zanja Real, encargada de llevar el agua a la villa. No más llegar, Antonelli tuvo dos ideas que dejan en claro su lucidez como arquitecto militar. La primera fue comprender la importancia suprema de la loma de La Punta, de la que dijo que quien fuera dueño de ella lo sería del castillo de El Morro, y quien fuera dueño de la loma de La Cabaña lo sería de la villa. La segunda fue cerrar la boca del puerto con una cadena de gruesos maderos unidos por peines de hierro, la misma que aparece entre los símbolos del escudo original concedido por la Corona a la villa de San Cristóbal.

A pesar de su prestigio y de ser uno de los arquitectos favoritos de Felipe II, la estancia de Antonelli en La Habana distó mucho de ser placentera, pues, como otros antes de él, también fue víctima de intrigas y componendas por parte de los altos funcionarios de la villa. Adquirió, además, en el rostro una enfermedad de la piel, supuestamente por exposición al sol. Por ambas situaciones pidió al rey que le permitiera regresar a España, o de lo contrario se obligara a los funcionarios  que le dejaran trabajar en paz sin interferir en sus decisiones. Lo primero no le fue concedido, pero la orden de respetar sus designios sí fue dada al Gobernador que lo importunaba y vino acompañada, además, por un significativo aumento de salario para el solicitante. Trabajó con Antonelli su sobrino Cristóbal de Roda en calidad de ingeniero ayudante. No solo proyectaron y construyeron las dos fortalezas, sino que trabajaron también en los planos para la nueva iglesia parroquial, en un trazado de la San Cristóbal como ciudad y en la formación técnica del personal que convirtió la villa fundacional, sembrada de bohíos del siglo XVI, en la ciudad de obras de fábrica del siglo siguiente. Murió en España.

Las primeras obras comenzaron en El Morro en 1589, y tropezaron con las mismas dificultades que habían pesado sobre la construcción de la Fuerza Vieja y el castillo de La Real Fuerza: escasez de dineros, de materiales, de mano de obra y malversación de recursos por parte de los altos funcionarios coloniales. Solo bajo el mandato del Gobernador don Pedro Valdéz (1600-1607), el que más colaboró con Antonelli, se cerraron las bóvedas y se concluyó la plataforma sobre la cual se emplazó una batería de doce cañones, llamados los doce apóstoles. Bajo el siguiente Gobernador fueron terminados los alojamientos de las tropas, los almacenes de municiones, los aljibes y las caballerizas. La fecha oficial de  la terminación de este castillo quedó fijada en 1630.

La fortaleza fue concebida con forma de polígono irregular, con muros de 3 metros de grosor y fosos profundos, elementos todos ellos que la confirman como un ejemplo de arquitectura militar renacentista. Las partes de su estructura son inaccesibles hasta sesenta pies de altura. El castillo se adentra en el mar en ángulo agudo, en el que tenía un medio baluarte sobre el cual se alzaba una torre-fanal de diez metros de altura. A partir de ella una estructura de terrazas de ciento cincuenta metros de profundidad se iba desplegando hasta unir la fortaleza con la tierra, donde esta se encuentra protegida de asaltantes potenciales por  dos poderosos baluartes. Formaban parte de la defensa exterior que acompañaba el frente el foso, concebido sin agua y bien hondo para impedir el paso del enemigo, la contraescarpa, pared opuesta al muro escarpado del castillo, que tiene como intermediario al foso; un camino cubierto, el terreno natural inmediato a la contraescarpa, que se extiende en paralelo a la línea del frente de tierra y estuvo delimitado y protegido por una estancada y después por un parapeto, para la alineación de la tropa y la fusilería; el glasis, terreno continuo en declive que aumentaba la fuerza de atrincheramiento, dificultaba la bajada al foso y cubría la obra a los ojos del agresor. Junto con la fortaleza de San Salvador de La Punta, la de El Morro costó al tesoro de la Corona española 700 000 ducados, el doble de lo calculada sobre los proyectos originales realizados en Madrid.

Hasta la construcción de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, El Morro cargó sobre sí la responsabilidad de ser la mayor y más importante defensa de la villa contra sus asaltantes, y a lo largo de siglos sus muros han soportado los embates de una mar embravecida durante las muchas tormentas y ciclones que azotaron la ciudad.

También resistió con éxito los ataques de corsarios holandeses, franceses e ingleses por más de cien años. Sobre su desempeño durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, ha escrito el célebre arquitecto cubano Joaquín Weiss en su imprescindible tratado La arquitectura colonial cubana:

Resistió durante cuarenta y cuatro días el asedio de la armada del almirante Pocok —la más formidable que actuara en las Indias en la época colonial—, y para ser tomado fue necesario que los ingleses, después de una larga y cruenta labor de zapa, dinamitaran el baluarte exterior y penetraran en él por vía de La Cabaña.

Los ingleses, quienes habían desembarcado por Cojímar, enviaron una parte de sus tropas a Guanabacoa, donde enfrentaron la feroz resistencia  del célebre Pepe Antonio al mando de los vecinos, y otra a la loma de La Cabaña, aún sin fortificar, y desde allí cavaron túneles hasta llegar a El Morro, colocaron explosivos en la brecha y dinamitaron una parte de los muros, por donde accedieron a la fortaleza, que de otro modo nunca habrían podido tomar, pues para las posibilidades bélicas de la época resultaba prácticamente inexpugnable.

En 1763 y tras ser devuelta La Habana a España a cambio de entregar a Inglaterra La Florida, ingenieros militares de la Corona comenzaron la reconstrucción de la fortaleza, dañada por el ataque inglés. En los próximos tres años y más tarde, entre 1766 y 1771, fue transformado el cuerpo del edificio con la creación de un nuevo sistema táctico defensivo, que condicionó los aspectos formales y funcionales del mismo a los nuevos requerimientos impuestos por la industria armamentista y los métodos establecidos por las normas de defensa de fortalezas propias del siglo XVIII. Se crearon nuevos espacios funcionales que permitían conseguir una mayor capacidad para situar plataformas, baterías, bóvedas para almacenes, etc., todo lo cual daba a la fortaleza la posibilidad de resistir un largo asedio y mantener una guarnición de centenares de hombres. Se aumentaron los volúmenes de la construcción dando mayor altura y espesor a las superficies de los baluartes, plataformas y parapetos, con sus respectivas troneras, merlones y banquetas, a fin de garantizar mejor protección a la soldadesca. Las garitas se colocaron nuevamente en los ángulos de los baluartes; el foso se profundizó  aún más y se amplió ofreciéndole mayor altura a la cortina de tierra, se mejoró la contraescarpa, se levantó el parapeto del camino cubierto y en su plaza de armas se construyó un pequeño alojamiento para el cuerpo de guardia. En el interior del recinto, donde el bombardeo inglés había destruido las edificaciones destinadas a vivienda, se construyó un enorme bloque de cantería  monolítica a prueba de explosivos, rodeado de estrechos caminos de ronda con piso empedrado y acanalado para el desagüe de las fuertes lluvias. Al sur, y frente a la entrada principal de la fortaleza, se construyó un espacio que sería utilizado para fines militares, eclesiales y domésticos. Fueron añadidos dos baluartes, otro camino cubierto, aljibes, cuarteles, calabozos y más almacenes, asimilando siempre las irregulares características del terreno. Se perfilaron nuevos accesos hacia el este, con caminos cubiertos que comunican con la Cabaña, la batería de la Pastora y el Fuerte de San Diego[3]. Esta línea defensiva estaba colocada a lo largo de la única parte del terreno de El Morro que el enemigo podía atacar.

La torre original de diez metros de altura, inicialmente conocida como El Morrillo, albergó el primer fanal alimentado con leña hasta el siglo XVII. A principios del XIX era encendido con gas, y más adelante con aceite. Finalmente esta estructura fue demolida, y en 1845 el Real Cuerpo de Ingenieros levantó en su lugar el faro actual, “con fuerte material de sillares”, al que se dio el nombre del Gobernador O’ Donnell. Sus gruesos muros tienen 7, 5 pies en su base y cuatro ventanas que dispensan la ventilación y la luz. Tiene forma circular y su diámetro disminuye gradualmente desde la base hasta arriba a una altura de ciento ocho pies; Se divide en dos cuerpos, el primero de setenta y seis pies de alto, y el resto rematado por una cornisa donde se apoyan sobre una balaustrada de hierro la linterna y la cúpula. En 1945 el faro fue electrificado. Su luz alcanza unas diez y ocho millas de distancia, y aún en nuestros días continúa guiando a las embarcaciones que navegan en las cercanías del primitivo puerto de Carenas.

Hoy, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro, la más emblemática de las construcciones militares cubanas, forma un conjunto arquitectónico con la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. Luego de iniciarse su restauración en 1986, el Castillo pasó a integrar, junto con La Cabaña, el Parque o Complejo Histórico Militar Morro-Cabaña. En la actualidad constituye un gran museo histórico con una valiosa colección de objetos y documentos que datan desde los “Los Grandes Viajes”, comenzando por las principales expediciones marítimas que España y Portugal realizaron en los siglos XV y XVI y el período posterior durante la época de la colonia.

 

 

 

 

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[1] Sin embargo, Pérez de Angulo hizo cosas buenas durante su mandato. Fue él quien validó la ordenanza real de disolución de las encomiendas, que ponía fin a la esclavitud de los aborígenes cubanos. En cuanto a su huida de la villa ante la presencia de Jacques de Sores, si fue por cobardía, como le achaca la historia, habría que preguntarse por qué reunió una partida de defensores entre los habitantes del poblado de Guanabacoa y regresó al frente de ellos para enfrentarse a los piratas. De cualquier modo San Cristóbal no tenía, ni con Angulo ni sin él, recursos reales para vencer a los vándalos de Sores.

[2] El constructor de nuestras dos fortalezas no se llamaba Juan Bautista, confusión a la que ha dado lugar la repetición de los mismos nombres en tres generaciones de la mismafamilia, en la que era el menor de dos hermanos. Otra aclaración importante es que a parecer quien proyectó las fortalezas o sus planos originales fue el jefe de los arquitectos reales y lo hizo en Madrid bajo la mirada del rey Felipe II Antonelli pudo haber participado, tal vez se limitó atraer los planos a La Habana y trabajar ajustándose a ellos en lo posible. Lo que sí es seguro es que fue él quien dirigió las obras

[3]  Ambas construcciones forman parte del segundo sistema defensivo de La Habana.

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El castillo de La Real Fuerza (II)

Escorzo de La Real Fuerza, la fortaleza militar más antigua de todas las que aún se conservan en Latinoamérica. En ella pueden apreciarse el estilo renacentista de la arquitectura, el foso, el puente levadizo de la segunda planta con la casa vivienda de los Gobernadores, y la torre en cuya cima se yergue La Giraldilla

Desde que la Corona supo que en 1553 las obras de la Fuerza Vieja aún presentaban serias dificultades para la defensa de San Cristóbal de La Habana, ordenó construir una segunda fortaleza capaz de enfrentar con éxito los ataques de corsarios y piratas que continuaban acosando a la villa, pero la construcción del Castillo de la Real Fuerza no comenzó hasta el 1ero de diciembre de 1558, tres años después del devastador ataque del corsario francés Jacques de Sores.

El nuevo enclave distaba 300 metros de donde había estado su antecesora, y se encontraba dentro de los límites de la primitiva plaza de la villa, frente al canal de entrada de la bahía, donde se alzaban las casas del Cabildo, del Gobernador y de los principales vecinos, entre ellos la familia fundadora de los Rojas, quienes, como ya habían hecho antes para la construcción de La Fuerza Vieja, volvieron a donar su residencia para la defensa de la villa, más necesaria ahora que nunca, porque aproximadamente en 1561 San Cristóbal de La Habana se había convertido oficialmente en el punto central de encuentro de la Flota de Indias, hoy llamada por los historiadores Carrera de Indias, red de comunicaciones navales conformada por navíos mercantes y otros de carácter militar que custodiaban a los primeros durante su travesía de España al Nuevo Mundo y de regreso a la Metrópoli, cargados con las riquezas extraídas de las colonias de la Corona.

La imponente Flota de Indias en altamar bajo cielos de tormenta

En San Cristóbal de La Habana las naves se abastecían de productos necesarios para continuar la travesía. Las flotas llevaban a bordo unas 2.250 personas, entre gentes de mar y guerra, y su importancia era tal que se convirtieron en el principal objetivo de la piratería internacional, en especial de los corsarios franceses, ingleses y holandeses, cuyas naves estaban perfectamente equipadas para el ataque gracias al respaldo de sus países. El Doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, ha descrito así los tesoros que transportaba la Flota entre dos mundos:

El oro y la plata fundidos y labrados; el palo del tinte obtenido en las costas de Campeche y Honduras, la lana de Alpaca y los tejidos deslumbrantes del mundo andino; las esmeraldas que siglos después acrecentarían la fama de las minas de Colombia; las plumas de aves, entonces inimaginadas, aplicadas en incomparables bordados en dalmáticas y mitras para los pontífices y príncipes de la Iglesia, ejemplo de lo cual es la mitra de San Carlos Borromeo, tesoro de la capital de Milán, obras de artistas de México que quedarían para siempre en los tesoros de las basílicas y catedrales europeas; las maderas, que como el ébano negro, la caoba ropa y el violáceo palisandro, permitirían creaciones enteramente nuevas en el mobiliario occidental. Los cueros de Cuba, que tenían como destino final los talleres de Córdoba, la ciudad que había dado nombre y fama al califato árabe en la España musulmana. Pieles repujadas e iluminadas guardan hasta hoy, recubriendo las arcas y las fundas de las armas, su remoto origen en la isla del Caribe. Otras especies y frutos como el maíz, la papa, el camote, la mandioca, el cacao… conquistaban o adquirían para sí la condición de rarezas entre los comestibles novedosos mientras el tabaco inundaba con su humo azul los más legítimos salones del Viejo Mundo. […] De esta forma, entre marzo y agosto de cada año, anclaban los galeones, y volcaba  sobre la ciudad a miles de marinos y pasajeros, para los cuales debían prepararse hostales y tabernas, y a quienes se les ofrecía además, las posibilidades de participar en las últimas contrataciones a que la convergencia de tantas y tan diversas mercaderías daba lugar. No ha de omitirse que, de entre ellas, resultaban de interés excepcional las del Lejano Oriente, que tomaban tierra en las playas de Acapulco luego de costear la Baja California, y tenían como punto de partida la ciudad de Manila, en Filipinas, desde la cual, a partir de 1565, se expandían las porcelanas de China, los bordados en seda, las perlas y perfumes, los marfiles, las lacas y las piedras duras, los cuales una vez en tierra firme eran llevados del Pacífico al Caribe, y desde el puerto de Veracruz eran embarcados con destino a La Habana, donde escalaban para luego continuar hacia la ciudad de Sevilla. […] La Habana se había convertido en la escala más importante de las Indias, lugar de paso ayer, base de aprovisionamiento, ruta de aventuras y descubrimientos portentosos, la ciudad se transforma aceleradamente en la más próspera urbe de entre aquellas que preside la audiencia primada de Santo Domingo.[1]

Las labores de construcción, iniciadas bajo la dirección del ingeniero militar Bartolomé Sánchez, avanzaban con mucha lentitud unas veces por falta de dinero y otras de de mano de obra, sin contar las pequeñas conspiraciones internas entre los diferentes funcionarios coloniales, que entorpecían la buena marcha de los trabajos. En 1562 y tras muchas vicisitudes, el maestro de cantería Francisco Calona sustituyó a Sánchez al frente de las obras y se reanudó la construcción del edificio, aún  en los cimientos. Calona fue víctima de las mismas dificultades e intrigas que había enfrentado su antecesor, y solo veinte años más tarde, en 1582, consiguió terminar la fortaleza.

El castillo de La Real Fuerza fue construido con la dura piedra del litoral habanero, en estilo renacentista con algunos rasgos medievales, y siguiendo las reglas de la arquitectura militar de la época. Lo separaba de las casas vecinas una explanada rodeada por un ancho foso con puente levadizo que dificultaba el acceso del enemigo, y la cercaban muros de sillería de más de 6 metros de espesor y 10 de altura. El edificio tiene planta estrellada que contiene un cuartel con cuatro baluartes, orientados en diferentes direcciones para potenciar la efectividad de la artillería consistente en bombardas, culebrinas y cañones de variado diseño y capacidad. En el centro está el patio de maniobras. Las dependencias se comunican por anchas galerías abovedadas. La cubierta terraplenada se alza sobre las primeras bóvedas de cañón construidas en Cuba. En una esquina  de la edificación se alza la Torre del Homenaje, elemento arquitectónico propio de los castillos medievales, que en esta ocasión servía como albergue del vigía y también como campanario, pues se colocó allí una campana cuyo repique debía avisar a los vecinos la presencia de naves piratas en la cercanía de la villa. También era en esta torre donde se izaba el pendón real durante las festividades.

batería de artillería y casa vivienda del castillo de La Real Fuerza

Sin embargo, un grupo de especialistas en construcciones militares enviado por el Rey para inspeccionar el resultado final informó a Su Majestad que “el patio es muy pequeño,  le faltan escaleras, parecen sus puertas más de ciudad que de fortaleza; carece de agua y tiene la fosa tan alta que si no se baja conforme a la marea no podrá tener agua ni aunque se le eche a mano”, pero también dio seguridad de que armándola debidamente “se podía muy bien defender”. Se trajeron de México soldados, pólvora, plomo, artillería y municiones para su defensa. Otra anécdota singular tiene como protagonista al Gobernador Carreño, quien después de conspirar ardientemente contra el ingeniero militar y el maestro de cantería a cargo de las obras, dio muestras de un orgullo tan vivaz (y tan español) que hizo colocar una tarja en los muros a la altura donde estos habían sido levantados durante su gobierno. La tarja en cuestión decía: “De aquí para arriba, de Carreño”. El voluntarioso funcionario de la Corona fue aún más lejos y concentró en la nueva Fuerza a toda la guarnición de la ciudad, y llevado por su exceso de celo encerraba cada noche a la soldadesca entre los muros de la fortaleza guardándose las llaves bajo su almohada.

Aunque la fortaleza tenía un serio defecto estratégico en su ubicación geográfica, pues se encontraba situada muy adentro del canal de entrada de la bahía de La Habana y no cumplía con el objetivo para el que fue construida, y  a pesar de los desmanes y ciertos latrocinios cometidos por los Gobernadores de turno, el Rey estaba satisfecho y mandó grabar sobre el portón el escudo con las armas de la casa real de España (la suya),  obra que ha quedado como la talla en piedra más antigua y mejor de la isla en su época. Por si fuera poco, ordenó que los navíos que llegaran o salieran del puerto saludaran a la nueva fortaleza con salvas de artillería.

Los siguientes Gobernadores hicieron construir una segunda planta con una casa de vivienda de “75 pies de cumplido y 16 de ancho”, con un terrado encima y cuatro ventanas por lado que podían servir como troneras, contra la opinión de sus oficiales, quienes alegaban que en caso de ataque resultaría muy difícil defenderla. Hacia 1630 se agregó un piso a la torre sobre el ángulo del baluarte suroeste.

Ese mismo año fue nombrado  Gobernador General de la Isla de Cuba el Almirante de Galeones Juan de Bitrián y Viamonte, quien deseó dotar a La Habana de una veleta como la que corona la torre-campanario de La Giralda en la catedral de Sevilla, con el fin de que los navegantes pudieran reconocer desde el puerto la dirección de los vientos, para lo cual contrató al canario Gerónimo Martín Pinzón, maestro fundidor, quien esculpió la figura de una mujer en pose airosa y  llena de gracia, y se dice que retrató en ella los rasgos delicados de Inés de Bobadilla como tributo a la fidelidad de la dama por su esposo Hernando de Soto. La figulina sostiene en su brazo derecho una rama de palma y en el izquierdo porta la cruz de Calatrava, insignia de la Orden de Calatrava de la que Bitrián era Caballero. La figura tiene una altura de 1.05 metros y consumió 81 libras de cobre,  4 libras de plomo, 3 libras de oro, 3 arrobas y 2 libras de cera de Campeche, 3 libras de hilo de hierro,  4 cañones de mosquete y la leña y el carbón necesarios para fundir los metales. Su costo total fue de 350 pesos y quedó terminada en 1632. Es la primera estatua que se fundió en Cuba. El artista le esculpió en el pecho un medallón con la siguiente inscripción en latín: Ihieronimus martin /s pinzo  arteex. ac  fvsoream  scvpsit, que en español significa: “Gerónimo Martín Pinzón artífice y fundidor la esculpió”. Fue colocada en lo alto de la Torre del Homenaje. Por su destino de orientadora del rumbo de las embarcaciones nuestra Giraldilla es considerada como el primer instrumento meteorológico construido en Cuba.

Además de residencia de los Capitanes Generales y Gobernadores de Cuba, la Real Fuerza de La Habana sirvió para guardar el oro, la plata y otras mercancías de valor que llegaban a San Cristóbal en tránsito hacia España. Gracias a la solidez de sus muros el castillo resistió el bombardeo de la artillería inglesa durante la toma de La Habana en 1762, y tras heroicos combates solo la falta de pólvora forzó a los defensores a rendirse. Cuando La Habana fue devuelta a España a cambio de la Florida la fortaleza, debido a su limitado poder defensivo causado por su defectuosa ubicación, fue destinada a cuartel. Durante la Guerra de los Diez Años se convirtió en sede del Cuerpo de Voluntarios de La Habana. En 1899, el gobierno interventor ordenó trasladar al Castillo el Archivo Nacional, donde estuvo hasta 1906. A partir de entonces fue utilizado como Cuartel de la Guardia Rural, y desde 1909 lo ocupó la jefatura de ese cuerpo. El Estado Mayor del Ejército también estuvo instalado en el edificio hasta 1934 y, al siguiente año se instaló allí el Batallón Número Uno de Artillería del Regimiento Siete, Máximo Gómez. Entre 1938 y 1957, la fortaleza albergó la Biblioteca Nacional.

Después de 1959 la planta alta del Castillo dio cabida a la Comisión Nacional de Monumentos y luego al Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), mientras en la planta baja se ubicó el Museo de Armas. Bajo su techo aguarda al visitante una sorpresa mayor: allí, entre una colección de modelos navales de la época en pequeña escala, reducido a una maqueta de dos metros de eslora se yergue el buque Santísima Trinidad, el más fabuloso de todos los navíos de la Armada Española y en su época el barco de línea más grande del mundo, con 53 metros de quilla, 60 de eslora, cuatro puentes, más de 140 cañones y casi 1,000 marinos. Le llamaban El Escorial de los Mares, y puede decirse sin temor a exagerar que junto al castillo madrileño del mismo nombre conforma el binomio insignia de la gloria imperial de la España de Felipe II.

Pero también la fortaleza alberga en sus salas valiosas colecciones antiguas, entre ellas una muestra de objetos aborígenes hallados en sitios arqueológicos de la Isla, como restos de hachas de piedra, conchas talladas y una canoa de los nativos antillanos, entre otras piezas. También se muestran  las réplicas de La Niña, La Pinta y La Santa María, las tres embarcaciones en las que Cristóbal Colón y sus hombres llegaron al “Nuevo Mundo” en busca de otra ruta hacia las Indias. También se exhibe una maqueta del Castillo de la Real Fuerza, ejemplo de la arquitectura renacentista de la época, con su planta cuadrada en perfecta simetría, dividida en nueve partes iguales. Además, presenta detalles de su construcción y los diferentes momentos históricos por los que ha atravesado. Se exponen muestras de las riquezas extraídas de las colonias y enviadas a España, entre las que pueden ser apreciados hermosos discos comprimidos de oro y plata de diferentes tamaños y calidades, y baúles abiertos y ambientados que permiten comprender el  modo en que eran transportados estos bienes en las naos. Otra muy interesante muestra es la de hallazgos realizados en los fondos marinos de la plataforma circundante, pecios resultantes del naufragio de naves que realizaban el recorrido desde o hasta la Isla: una amplia colección de monedas, cadenas del Potosí, aretes, sortijas y diversos objetos de oro, plata y piedras preciosas que durante siglos yacieron en el lecho marino y hoy regresan como testigos mudos  de la trágica suerte corrida por aquellas embarcaciones y sus tripulantes.

De todas las fortalezas habaneras que he visitado, es el castillo de La Real Fuerza el que más me ha impresionado desde que era niña.  Y no es solo por su belleza y acabado perfectos, sino porque es allí donde, además del espíritu bélico que impulsó su construcción, se siente con más fuerza un ambiente acogedor, como de casa para habitar, sobre todo en la segunda planta, que fue edificada para residencia de los Gobernadores Generales de la isla.

Obsérvese la elegante factura de esta casa vivienda y el raudal de luz en el interior de las estancias

Con sus puertas y ventanas de exquisita y refinada marquetería y bellísima vista del océano, su extraordinaria luminosidad y agradable ventilación impregnada del olor salitroso de las brisas que suben de la costa, invita de inmediato a la imaginación a ver, como en un sueño, todo el mobiliario que hubo de tener, pero en mi caso, no sé por qué, lo que siempre visualizo es una larga mesa de comedor con sillas de respaldo labrado, y encima, sobre la oscura madera preciosa, una vajilla en la que destacan dos altos candelabros de bronce y cristal. No sé de dónde he sacado esas visiones, pero pienso que nacen de la magia que impregna el lugar, en el que aún se dejan percibir, como un aroma sutil, los antiguos afectos y el ambiente doméstico que rodeó a quienes la habitaron hace ya tantos siglos. Es, sin duda, una habitación encantada en la que siguen merodeando las sombras del ayer.

El Castillo, devenido centro de cultura, ha acogido exposiciones transitorias de arte cubano contemporáneo y conjuntos internacionales de alto nivel. Hoy La Real Fuerza, junto al sistema de fortificaciones de la ciudad y el casco histórico, es uno de los sitios declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

 

 

 

 

 

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[1]  Eusebio Leal, La Habana ciudad antigua

 

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Primeros ataques piratas a la villa de San Cristóbal de La Habana

NOTA:

LOS TEXTOS QUE SIGUEN CONFORMAN LA SERIE FORTALEZAS DE LA HABANA SOBRE EL PRIMER SISTEMA DE FORTIFICACIONES MILITARES DE LA HABANA COLONIAL, Y ME HAN SIDO ENCARGADOS POR MI ÓRGANO DE PRENSA, RADIO CIUDAD DE LA HABANA, COMO PARTE DE LAS CONMEMORACIONES POR EL  ANIVERSARIO 5OO  DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CAPITAL

 

PRÓLOGO

La Habana no es Roma con sus siete colinas que ciñen la Ciudad Eterna como un anillo mágico, pero en 1508, cuando el marino español Sebastián de Ocampo bojeaba la isla, su vista experimentada reparó en la forma del puerto con su estrecho canal de entrada a una amplia bahía de bolsa, y en uno de los extremos del canal un alto peñón rocoso que se adentraba en el mar y recordaba un morro de bestia. Vio arroyos que desaguaban en pequeñas ensenadas interiores y, a lo lejos, un grupo de colinas no muy elevadas, pero que en caso de ataque podrían servir como defensa del puerto. Sobre los arrecifes coralinos  de la costa encontró mineral asfáltico ideal para calafatear sus  naos, y vio que era un sitio magnífico para fondear y reparar naves, por lo que  bautizó el lugar como puerto de Carenas, término de la jerga marinera con ese significado. Hasta donde abarcaba la mirada se extendían bosques de cedros y caobas, y canteras de donde podía extraerse muy buena piedra para construcciones.

Aunque en ese momento probablemente Ocampo no lo supiera, estaba en el territorio gobernado por el cacique cubano Habaguanex, que se entendía desde la entrada de la actual provincia de Pinar del Río hasta Matanzas, con algunas dispersas comunidades aborígenes agrupadas en pequeños poblados, dos de ellos ubicados en la desembocadura del río Almendares. En 1519 la villa de San Cristóbal de La Habana se había asentado allí tras un largo peregrinar que la llevó del sur al norte de la isla. Rodeada de pequeñas haciendas y huertas, en 1538 tenía una iglesia y un hospital de mampostería reconocido como el mejor de la isla, y unos cincuenta vecinos blancos que vivían en bohíos muy semejantes a los de los aborígenes, y más o menos unos doscientos esclavos entre negros, mulatos e indios. Era cualquier cosa menos  una ciudad, y no lo fue hasta que en 1592 el rey de España le concedió ese estatus. Para entonces ya La Habana contaba con su primer sistema de fortificaciones, construidas en la costa norte a lo largo del Camino de la Playa, uno de los dos que conectaban la villa con el resto de la isla. El rey también le concedió el derecho a ostentar un escudo en el que lucen tres torres de plata y una llave de oro sobre campo de azur, rodeado por una gruesa cadena semicircular. Hacia la izquierda de los torreones puede verse la representación de un cañaveral, y hacia la derecha la de un bosque. Tal fue el escudo original de la villa de San Cristóbal.

En Heráldica, ciencia que estudia las genealogías y los blasones y narra, en lengua de imágenes, los orígenes y hazañas de lugares y hombres, el color azul alude a las virtudes, la justicia y la lealtad de la isla, a la que España siempre consideró la perla de su corona.  La plata de los torreones simboliza el agua, las virtudes, la fe, la pureza, la integridad, la palmera, la azucena y la paloma. Las ciudades o familias que ostenten plata en sus escudos de armas están obligadas a servir a su rey en la náutica o ciencia de la navegación, a defender a las doncellas y a servir a los huérfanos. El oro simboliza el sol, el león, la nobleza, la germinación lo mismo de la naturaleza que de la riqueza material, y quienes llevan este metal en sus escudos están obligados a servir a su soberano cultivando las bellas letras, o sea, fomentando la cultura. Cuando el rey de España entregó este escudo a La Habana y le concedió la categoría de ciudad, escribió: “Tú eres la llave del Golfo y antemural de las Indias”. Con la expresión Llave del Golfo se ha explicado en la ya muy nutrida bibliografía sobre nuestra capital que se hace referencia a la posición geográfica de Cuba a la entrada del Golfo de México, donde se encontraban los más ricos virreinatos de la Corona en América. Los tres torreones, que en heráldica representan a los castillos, aluden a las tres primeras fortalezas de la ciudad: el castillo de La Real Fuerza, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro y el castillo de San Salvador de La Punta, que no solo defendían La Habana de los ataques piratas, sino a la Flota de Indias, que desde 1560 por Orden real se concentraba en su puerto durante varios meses al año en su viaje de la Península al Nuevo Mundo y en su retorno de este a la Madre Patria, acarreando en los vientres de sus galeones la mayor concentración de tesoros que el mundo ha visto. Es fácil comprender entonces que el escudo de La Habana fue muy bien pensado por la Corona española.

En la primera época de la villa de San Cristóbal imperaba la pobreza y hubo que recurrir a la ayuda en dinero, mano de obra, materiales de construcción y armamento a los virreinatos continentales. A la espera, a veces larga, de estos dones, se unían la mala intención que solía emponzoñar las relaciones entre los funcionarios de la villa y los maestros constructores al frente de las obras, y la no menos vergonzosa malversación, a manos de Gobernadores y alcaldes, de los recursos destinados por la Corona para tales trabajos. Como consecuencia, cada cierto tiempo la construcción de las fortalezas quedaba librada a los míseros recursos de los pocos vecinos de la villa, quienes solían colaborar con sus dineros, sus esclavos y hasta su propia fuerza de trabajo. El resultado de todas estas circunstancias fue que las fortalezas marcharon siempre a la zaga de las necesidades de la villa, y alguna jamás fue probada en combate por haber pasado de largo el momento en que hubiera podido desempeñar su función defensiva.

Existe una abundante bibliografía sobre el acoso al que la piratería internacional sometió a  La Habana desde 1519, pero bastaría citar un solo párrafo de ella para dar una idea del estado de constante alerta y angustia en que vivían los habitantes de la villa:

Ya desde 1551 se había pregonado la obligación de que todos los vecinos de La Habana tenías que “llevar espada día y noche”. . En 1554 se dispuso que “todos los vecinos de esta villa, así los de a pie como los de a caballo, cuando oyeren tiro de la fortaleza, es señal de que aparece navío, acudan todos a sus puestos. Los de a caballo a la casa del Gobernador, los de a pie al baluarte, y los demás a la fortaleza, como está mandado[i]

Pero nuestro primer sistema de fortificaciones tiene una historia muy hermosa de abnegación, heroísmo, tesón y lealtad, además de contar con la más antigua de las fortalezas que todavía se conservan en pie en América, el castillo de La Real Fuerza, ejemplo de la más perfecta arquitectura militar renacentista desarrollada por España en sus colonias.  Nuestra arquitectura militar colonial cuenta, además, con la mayor de todas las fortalezas que han existido en el Nuevo Mundo, el castillo de San Carlos de La Cabaña. Nuestro primer sistema  de fortificaciones comprende también sus cuatro torreones de apoyo: La Chorrera y San Lázaro en el oeste y Bacuranao y Cojímar hacia el este, protagonistas de hechos de armas dignos de ser recordados y de otros que siguen clavados como una espina dolorosa en el corazón de la ciudad y han dejado una huella indeleble en su pasado.

En la Sexta Reunión del Comité Intergubernamental de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural celebrada en diciembre de 1982 en la sede de la UNESCO en París, su Director, señor Amadou-Mahtar M’̀̀Bow, declaró el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana patrimonio de la humanidad. El área protegida declarada incluyó “las fortificaciones de la bahía y el espacio edificado luego de la demolición de la murallas […]”. Esta acción confiere a la villa de San Cristóbal un aura tan eterna como la de Roma.

Por todo esto Radio Ciudad de La Habana dedica la siguiente serie de trabajos a nuestro primer sistema de fortificaciones, en homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana, incluida desde 2014 entre las Ciudades Maravillas de la Tierra.

 

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[i] Francisco Mota, Piratas y corsarios en las costas de Cuba. Editorial Gente Nueva, 1984.

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LA FUERZA VIEJA O LA PRIMERA CONSTRUCCIÓN MILITAR DEL PRIMER SISTEMA DEFENSIVO DE LA VILLA DE SAN CRISTÓBAL

(I)

En las primeras décadas del siglo XVI Cuba era una isla paupérrima, totalmente eclipsada por el fasto de los virreinatos del Nuevo Mundo y prácticamente desierta, pues sus pobladores la utilizaban como trampolín para emigrar hacia las tierras continentales en busca de mejor fortuna. Solo existían en Cuba ocho pueblos de blancos y únicamente San Cristóbal de La Habana y Santiago de Cuba mantenían una población estable. En 1515 la población blanca no alcanzaba el millar de individuos, la mitad de ellos ubicados en la villa de San Cristóbal, cuyo último y definitivo asentamiento tras un largo peregrinar no ocurrió hasta 1519. Había en la isla menos de tres millares de esclavos negros, mulatos y mestizos. Los indígenas no sobrepasaban los dos millares. En aquel tiempo la ciudad más importante era Santiago y allí tenía su residencia del Gobernador.

España y Francia se encontraban en guerra, y el rey francés Francisco I estaba resentido con el Papa Borgia por la división que este había hecho del Nuevo Mundo, en la que las tierras descubiertas en esa parte del globo terráqueo quedaban bajo el dominio de España y Portugal, y como represalia comenzó a expedir patentes de corso a todos los marinos que estuvieran dispuestos a hostigar a las nuevas colonias españolas. Desde finales de la década de 1530 piratas y corsarios merodeaban en las aguas del Caribe y se habían adueñado del litoral antillano, liderados por los franceses Hallebarde y Roberval. Un posible primer ataque a Cuba habría ocurrido en 1537, y en 1543 el filibustero Roberval llevó a cabo un ataque conjunto a Santiago y San Cristóbal, a la que llegó tras desembarcar por la caleta de San Lázaro. En 1550 La Corona dispuso que los gobernadores de la isla trasladaran su residencia a San Cristóbal, y en 1555 se produjo el más sangriento ataque a ella, de nuevo protagonizado por un francés, el corsario Jacques de Sores, normando y hugonote, apodado por su extrema crueldad El Ángel Exterminador.

Sores no era un pirata cualquiera, descendía de vikingos (históricamente los depredadores más sanguinarios del mar) y era  un militar experimentado que había combatido en la campaña de La Rochelle, donde se destacó por su valor, tras lo cual se puso a las órdenes del rey de Francia, quien en reconocimiento a sus servicios le expidió una patente de corso. Durante un tiempo Sores fue lugarteniente de Francois Leclerc, el primero de una larga serie de piratas conocidos por el célebre mote de Pata de Palo, y juntos asolaron varias plazas españolas en el Caribe.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuántas naves trajo Sores para su  aventura cubana, pero parece cierto que, tras un ataque particularmente cruento a Puerto Príncipe —donde cometió terribles desmanes entre los cuales estuvo la violación de las mujeres de la localidad, a quienes después abandonó a su suerte en Cayo Coco—, se dirigió a San Cristóbal al mando de 200 arcabuceros y otros piratas bien armados, desembarcó en la costa habanera y sin hacer uso del Camino de la Playa donde estaba enclavada La Fuerza Vieja, única construcción defensiva que existía entonces en la villa,  entró por el monte y llegó a la población atravesando las haciendas que la rodeaban. Tampoco se sabe con certeza si venía buscando unas supuestas y fabulosas reservas de oro o si su intención era secuestrar a las personas más importantes  de la localidad y pedir rescate por ellas. Probablemente abrigaba los dos propósitos.

Gobernaba entonces la villa Pérez de Angulo, y Juan de Lobera fungía como Regidor del Cabildo.  Las condiciones defensivas de San Cristóbal eran prácticamente inexistentes, pues La Fuerza Vieja era una  construcción inútil. En 1538 la reina doña Juana de Castilla había ordenado al Gobernador Hernando de Soto, Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza en San Cristóbal, sugiriendo que se alzara sobre el peñón del Morro. Pero De Soto se marchó al año siguiente, no en busca de la Fuente de la Juventud como muchos creen, sino a la conquista de La Florida, donde esperaba descubrir las Siete Ciudades de Cibola, mencionadas por el conquistador español Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su libro Naufragios, cuyo autor las describió como todavía más ricas y deslumbrantes que las capitales aztecas e incas encontradas por los españoles a su llegada al Nuevo Mundo. No hay que olvidar que De Soto era un explorador y había participado en las conquistas de Perú, Panamá, Nicaragua y Honduras, y sin duda la idea de emular las primeras y titánicas hazañas de España en América enardecía su vanidad y su ardor bélico. Murió en el intento, y es conocida la romántica leyenda según la cual su esposa, la bella dama doña Inés de Bobadilla, pasó mucho tiempo aguardando su regreso en un parapeto desde entonces conocido como el  Balcón de la Espera[1].

Antes de partir, De Soto dejó la tarea encomendada por la reina en manos de Juan de Aceituno, un especialista en construcciones militares de la ciudad de Santiago. Las primeras defensas de aquel tiempo eran simples fuertes de tierra armados con unas pocas culebrinas y cañones, y aquella plaza habanera contaba con un único cañón al que llamaban El Salvaje. Aceituno anunció de manera oficial la terminación de los trabajos en 1540, unos siete meses después de la partida de De Soto, pero en 1553 todavía las autoridades de la villa no consideraban la obra finalizada. Según actas del Cabildo de la época la edificación, de planta cuadrada con 48 metros por lado, tenía tapias gruesas con algunos pilares de cantería intercalados en sus murallas, almenas adecuadas para 6 pedreros y en una esquina de la construcción se erguía una pequeña torre de 10 metros de alto, pero se le señaló a Aceituno que los cimientos de la plaza eran malos y su ubicación estratégica pésima, pues estaba dominada por la loma de La Cabaña y el cerro de Peña Pobre, lo que la hacía muy vulnerable a ataques enemigos, y además quedaba lejos del puerto. Por otra parte, los efectivos de que disponía Lobera para defender el fuerte eran 16 hombres de a caballo y 65 de a pie, armados con espadas y arcabuces.

Primitivo poblado de La Habana y ubicación de la Fuerza Vieja

En ese mismo año Sores había tomado la villa de Santiago de Cuba y hecho allí gran saqueo, lo que le dejó muy envalentonado y codicioso de mayor botín, por lo que se dispuso a atacar San Cristóbal.  Apenas los centinelas apostados en la loma del Morro avistaron la presencia de naves piratas, el Gobernador Angulo escapó con su familia a Guanabacoa, pero el Regidor Lobeira se refugió en el fuerte y se dispuso a resistir. Tras cruentos combates Sores preguntó a un traidor de la guarnición si el defensor del fuerte estaba loco por empeñarse en una resistencia que solo lo conduciría a la muerte, y le envió amenaza de matarlo junto con todos los habitantes de la villa si no se rendía. Lobera aceptó, pero pidió que fuera respetado el honor de unas pocas mujeres que se habían refugiado bajo su protección y no corriera peligro la vida suya y de sus hombres, con lo que Sores estuvo de acuerdo, mas tomó a todos como rehenes y pidió un elevado rescate por ellos. Lobera y los vecinos regatearon durante casi un mes para dar tiempo a ver si Angulo regresaba con refuerzos, lo que este finalmente hizo, pero la minúscula tropa que logró reclutar estaba integrada en su mayoría por esclavos e indígenas, quienes al iniciar el ataque contra la casa del vecino Juan de Rojas, donde se había refugiado Sores, lo hicieron con gran gritería, por lo que los franceses se pusieron en guardia y se parapetaron, y el ataque por sorpresa fracasó. El jefe corsario, exasperado por la trampa en que había estado a punto de caer y porque no había encontrado las esperadas riquezas en tan mísera villa la saqueó, incendió casa por casa con brea y alquitrán sin perdonar la iglesia ni el hospital, robó los objetos sagrados de oro y plata que encontró en el templo, acuchilló las imágenes de los santos y él y sus hombres se hicieron vestidos con los ropajes sacros, para terminar quemando las naves ancladas en el puerto. Pasó a cuchillo a todos los rehenes que tenía en su poder, y solo perdonó a Lobera en reconocimiento a su valentía. En su retirada hacia el mar asoló las haciendas cercanas y ahorcó a todos los españoles y esclavos que encontró a su paso, llevándose consigo algunas negras esclavas cuyo destino entre aquellos hombres bestiales y violentos es mejor no imaginar. La fortaleza quedó tan destruida que durante los próximos diez años fue utilizada por los vecinos para guardar entre sus ruinas el ganado destinado al sacrificio.

Lobera viajó a España y presentó al Rey una narración de los hechos hecha por el Cabildo de San Cristóbal. Angulo fue apresado y juzgado “por cobardía y falta de probidad”, pero no cumplió condena, pues falleció poco después ese mismo año. En cuanto a Sores, tras continuar con sus masacres durante algunos años, terminó por desaparecer de la historia de modo incierto, destino común entre los piratas y corsarios de todos los tiempos.

 

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[1]  Al mismo tiempo que se construía la fortaleza, fue edificada para doña Inés una casa en la que aún residía en marzo de 1544, un año y nueve meses después de fallecido su marido. Cuando De Soto viajó a La Florida dejó su cargo de administrador del archipiélago a su mujer, quien lo administró como Gobernadora y Capitán General entre 1539 y 1544, convirtiéndose así en la primera y única mujer que ostentó la máxima autoridad de la isla durante el largo período colonial de cuatro siglos. Nunca pudo haber esperado a su esposo en el supuesto Balcón que le atribuye la leyenda porque ella regresó a España en 1544, y dicho Balcón se encuentra en el castillo de La Real Fuerza, edificado después de 1555.

(Continuará)

 

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Hermosa edición de la correspondencia de Rubén Martínez Villena

He recibido un inesperado regalo de cumpleaños: los tres tomos de El útil Anhelo, la hasta hoy más completa compilación —hecha por Carlos Reig Romero— del epistolario de Rubén Martínez Villena, quien ha sido reconocido como  “una de las cabezas políticas mejor organizadas de la juventud cubana”, y el obsequio me ha emocionado, porque Villena es una de las personalidades de la historia de Cuba con que más he simpatizado siempre.

Jamás me he permitido hacer una reseña o un comentario de un libro sin antes haberlo leído en su totalidad y pensado en su totalidad también. Lo contrario, esas reseñas que lamentablemente hacen algunos periodistas donde comentan brevemente el tema, el diseño de portada, enumeran los capítulos y copian algunos datos sobre el autor tomados de la nota de contracubierta me parecen un atentado a nuestra profesión, que tengo en muy alta estima y por la que siento un respeto religioso. Pero en este caso no puedo esperar a leer los tres voluminosos tomos, porque probablemente esa lectura me llevaría meses, y siento impaciencia por avisar a los lectores de que esta maravilla bibliográfica existe ya, pues aunque la fecha de publicación por Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau  es el año 2015, yo jamás había visto este libro en ninguna de mis incursiones por las librerías de La Habana, y no quisiera que mi ignorancia fuera por más tiempo la de quién sabe si muchos otros cubanos.

La correspondencia de Villena abarca el período  de 1912 a 1933, y contiene desde cartas íntimas a su novia y luego esposa hasta correspondencia política, muy reveladora por haber sido Villena protagonista de tres de los eventos políticos más importantes de nuestra historia: la Protesta de los Trece, el Movimiento de Veteranos y Patriotas y el primer Partido Comunista de Cuba. No solo estas cartas son esenciales para trazar el mapa de la vida de Villena, sino de su época en nuestro país y en las relaciones de aquel primer Partido nuestro con Stalin, a quien Villena se enfrentó con la limpidez y coraje de una independencia de acción a la que pocos se hubieran atrevido en tiempos en que Stalin dominaba todos los partidos comunistas del mundo, y tenía un brazo lo suficientemente largo capaz de ordenar a distancia ejecuciones masivas como la de los anarquistas catalanes en medio de la Guerra Civil Española, por citar solo un ejemplo de su extraordinario poder.

Mi admiración por Villena data de mi época de estudiante de secundaria, cuando conocí su poesía, y me ha acompañado siempre, tanto que en mi noveleta Serata di gala aparece junto a Mella, Alejo Carpentier, Zacarías Tallet y otras figuras importantes de la cultura cubana, entonces todos jóvenes, en un apartamento de la calle San Lázaro donde se reunían con artistas de otros países, se tocaba jazz, se leía prosa y poesía, se hablaba de arte. Es historia real. No es muy sabido el hecho de que Villena fue el abogado de Mella, además de amigo leal. Muchos otros eventos, sucesos y aspectos de su vida son también muy poco conocidos, pero este epistolario va a arrojar mucha luz sobre esa vida precozmente truncada por la tuberculosis, y contribuirá a humanizar a Villena que, como todos los personajes de la política y la historia, queda etiquetado en el estrecho traje de los estereotipos, cuando la realidad es que fue un hombre lleno de vida y, a pesar de su enfermedad, intenso y un hombre de acción que además de su vertiginosa y agitada labor comprometida, amó profundamente y se divirtió como cualquier otro joven de su edad y condición.

Cuando pienso en cómo la mayor parte del tiempo que dedicó a sus tareas febriles por el bien de Cuba lo hizo ya herido por la tisis, inevitablemente recuerdo a Martí, tan enfermo desde su adolescencia y que, a pesar de la gravedad de sus males que  con frecuencia lo postraban, llevó a cabo un trabajo incansable y vino a pelear a su isla sabiendo, estoy segura, que apenas le quedaba un año de vida.

Nada puedo decir de las cartas de Villena, apenas comienzo ahora a leerlas, pero reproduzco aquí, con gusto, unos hermosos pasajes del prólogo de Enrique López Mesa:

Poeta, narrador, periodista y ensayista, el hecho mismo de haber saltado al marxismo desde “el cielo de la poesía” y de haber muerto joven, víctima de la tisis, hacen de Rubén Martínez Villena la figura más romántica del movimiento comunista cubano, sumamente atractiva para los cultores de la “historia lírica”. […]Es una de las figuras más limpias y admirables de nuestra historia republicana […] En su vida no hubo nada objetable. Escogió el camino del  rigor intelectual y del idealismo político, con la ineludible carga de sinsabores que tal opción entraña. Se entregó por entero a la defensa de una clase social que no era la suya […] todo ello sin perseguir ni obtener una sola ventaja material. Al contrario —como antes Máximo Gómez—, recibió esa misma “ingratitud de los hombres” que Martí ofreciera al viejo general como única probable recompensa  por su sacrificio. Ha devenido así uno de los paradigmas éticos de la nación cubana.

Se me escapa por completo el motivo de entrecomillar la categoría “historia lírica”. ¿Y por qué no puede ser lírica la historia, por qué tiene que ser, por lo general, abordada como una materia árida a la que el historiador debe acercarse con la frialdad de la objetividad y manteniendo siempre una impecable falta de pasión? ¿Acaso podría escribirse de semejante modo del hombre que tiene los ojos más impresionantes que he observado en mi país? Inmensos, transparentes, líquidos y abismales, como de muerto anticipado que contempla el mundo desde la lejanía de una sabiduría más bien secreta… Ojos de héroe, de santo y de poeta, como el título de aquella hermosísima novela del español Ramón Sender.

Por ahora y mientras no termine de leer las cartas de uno de mis ídolos cubanos, solo me queda invitar de corazón a quienes se interesan por el alma de Cuba que busquen este libro y se acerquen a Rubén. Nunca serán decepcionados. Yo lo sé.

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Los puentes de Madison: arquetipos, literatura y cine

 ¿Cómo evitar que la voluntad de saber ahogue los poderes vitales del arte? ¿Cómo recuperar la frescura de la vida sin someterla al tribunal de la conciencia?

Jesús Adrián Escudero

 Los puentes de Madison, esa magnífica película que dirigió y actuó Clint Eatswood junto a Merryl Streep, fue retransmitida una vez más por la televisión cubana, esta vez en su espacio dominical Arte 7, y me consta que muchos telespectadores se avisaron unos a otros por teléfonos y móviles sobre el acontecimiento. Ya he contado en otras ocasiones cómo este filme, incluido entre las varias intervenciones ficcionales de obras cinematográficas que realizó el crítico de arte y Doctor en Ciencias del Arte Rufo Caballero en Seduciendo a un extraño[1], su libro póstumo, que tuve el honor de presentar, dio lugar a una nutrida correspondencia entre  él  y yo en la que analizábamos el filme desde todos los ángulos posibles, porque Rufo deseaba que yo escribiera sobre su relato. He contado cómo discutíamos con ardor porque teníamos puntos de vista no convergentes sobre los personajes y sus motivaciones. No volveré ahora sobre esta historia. Pero por supuesto que mientras disfrutaba una vez más de esta maravilla del cine en la sala de mi casa, sentía a Rufo a mi lado. Son cosas de la imaginación sensorial espoleada por el deseo, desde luego, porque Rufo está muerto, pero estuvo en mi sala y tuvimos otro  intercambio sobre el filme, nos exaltamos, nos señalamos detalles, alabamos las actuaciones e hicimos todo aquello que es normal entre dos buenos amigos que disfrutan juntos una obra de arte de su común preferencia. Hasta que todo acabó y volví a quedarme sola.

Debo decir que la muerte de Rufo es una de las que más me han dolido en mi ya larga vida, no solo por haber perdido demasiado pronto a un amigo tan especial a quien admiraba más que a nadie y comprendió mi trabajo como ninguna otra persona lo ha hecho, o porque lo perdiera la cultura cubana, que tan necesitada está de intelectuales como él y no los tiene, sino por una circunstancia especial: aunque teníamos amigos y conocidos comunes nadie me avisó que Rufo agonizaba en el hospital. Sé que en sus últimos días no quiso dejarse ver y se negó a recibir a las muchas personas que seguramente fueron a visitarlo en su lecho de enfermo, y que hubo un amigo particularmente fiel que empujó a quienes quisieron impedirle pasar y entró a la habitación. No digo su nombre porque lo conozco y sé que es una persona discreta. Yo habría hecho lo mismo, pero el silencio ajeno me quitó la oportunidad de despedirme de Rufo, que tal vez  me llegara a creer amiga desleal. A veces creo que aquel silencio fue parte de una venganza de esas ¡tan retorcidas! muy comunes entre intelectuales y artistas, pero lo único cierto es que me ha quedado ese dolor para siempre. Me extrañó que nuestros mails sobre Los puentes de Madison se interrumpieran de repente, pero yo misma estaba entonces viviendo un momento muy difícil de mi vida y no percibí que pasaba más tiempo del normal sin que él volviera a comunicarse conmigo. Lo cierto es que hubo un tópico sobre el cual, aunque lo mencionamos una vez, nunca pudimos volver a debatir: teníamos que definir por qué Los puentes de Madison County, la novela, y luego  su versión cinematográfica, tuvieron un éxito tan arrollador y continúan teniéndolo, y por qué quienes han conocido una de las dos obras o las dos no pueden olvidar la historia. Eso se nos quedó pendiente.

Este domingo me propuse profundizar esa indagación. Para ello renuncié a disfrutar del filme como una espectadora común, y armada con mi teléfono móvil me convertí en una mala imitación de Robert Kinkaid. Lamentablemente solo pude comenzar a fotografiar la pantalla casi a mitad del filme, pero pude captar algunas de las frases más significativas del guión, que no por gusto están entre las más icónicas y recordadas por cinéfilos, lectores y espectadores. Algunas encierran las claves más relevantes de la historia. Tuve que desechar muchas de las fotos por no ser yo lo suficiente veloz en un oficio en el que no estoy muy entrenada, pero algo pude hacer, y con la ayuda de recursos ajenos al filme podré esbozar mi teoría personal sobre por qué Los puentes de Madison  (y la novela, que pude leer una única vez) narran una historia que nadie olvida.

En su libro Lágrimas en la lluvia (Rufo poseía el arte de la buena titulación), en el capítulo “El discurso profundo, Las llaves de acceso a la enunciación y el placer de la crítica”, hay un acápite titulado “Nodo, o nudo” en el que Rufo escribe sobre Los puentes de Madison (Pp.155-158), e intenta dilucidar el metatexto de la historia, que también podría llamarse el problema artístico del filme o, en lengua vulgar, el mensaje, y escribe:

El desnudamiento de la enunciación, con frecuencia un viaje cultural apasionante, resulta crucial a la hora de colegir “de qué va una película”. La enunciación, debida al quién y al qué de ese significado profundo que puede estar más o menos sumergido en la textualidad de la historia, suele revelarnos el discurso, el enunciado de la voz que habla con o por encima de los personajes. Para acceder a esa mina, es  preciso identificar antes los llamados “dispositivos de enunciación”; o sea, desde cuáles recursos y lugares ese quién profundo me habla desde los sentidos menos axiomáticos.

Uno de los dispositivos más usuales se localiza en el “momento privilegiado”. El intérprete de un filme debe poseer la sagacidad de advertir en qué momento del discurso este realiza una especie de contracción sobre su sentido primordial. No se trata aquí de un sumario ni de un resumen, sino de una suerte de epítome dramático y conceptual,  donde el punto de vista condensa una situación que alcanza a transparentar la ideología de toda la película.

Aquí debo introducir un fragmento de la nota no. 64 al pie de página , donde Rufo —citando  el libro La imagen, de Jacques Aumont— amplía un poco más el concepto de “momento privilegiado” equiparándolo a la noción de “instante esencial”:

[… ] El instante esencial aludía a la esencia de lo acontecido, de lo “narrado” […] Habría que ver qué se entiende por “esencia”: ¿el lugar del instante en la “cadena visual de acciones físicas”, o el alcance del instante en términos de significación?

El texto  del ensayo continúa:

La película Los puentes de Madison versa quizá sobre el precio y las consecuencias del conservadurismo en la vida […] la complejidad de las decisiones humanas, que lamentablemente no dependen solo de la pasión o de la intensidad del amor […] Para algunos Los puentes de Madison viene a ser una película sobre el conservadurismo […] que al mostrar las frustrantes consecuencias sentimentales del conservadurismo invita a pasar de él. Para otros se trata de un filme que ratifica la opción del conservadurismo: lo entiende, lo explica y lo justifica: Vale no ser feliz, si a cambio preservamos la unidad de la familia […] Aún para otros, entre los cuales me encuentro, se trata de una película conservadora ella misma, que se solaza con, y fundamenta demasiado, la opción del conservadurismo. (El subrayado es mío).

Exacto: Siempre me ha parecido que Francesca, en su segundo diálogo crucial con Robert en la cocina de la granja (el instante esencial del filme y de la historia está dividido en dos momentos, ambos en la cocina), da demasiadas razones para no irse con él aún cuando acaba de bajar las escaleras desde su alcoba con las maletas preparadas para la huída. Ella le dice que le preocupa el ejemplo que dejará a sus hijos, sobre todo a su hija, que está a punto de entrar en edad casadera y de formar su propia familia. Dice que sabe que su buen esposo norteamericano, ese granjero simple, honesto y estable, no soportaría el abandono, pero la primera razón que esgrime por delante de estas dos no es su responsabilidad filial, ni los remordimientos ni la culpabilización ética, sino… la casa, la granja. Francesca asegura que en cuanto se alejen de la granja, aún si viajaran a todos esos lugares mágicos que Robert conoce y le ha descrito, ella llevará consigo la imagen de la casa y esa imagen la atormentará. Ni siquiera los celos que siente de las mujeres que Robert ha dejado a su paso por el mundo como migas arrojadas a los pájaros devienen una razón tan extremadamente fuerte que él no pueda vencer con sus argumentos de amor y de pasión y de aventuras. Si en vida de Rufo di vueltas en torno al nodo temático de esta película sin demasiado tiempo para intercambiar impresiones con él, ahora ya tengo una idea más perfilada, algo que no osaría llamar una teoría, sino solo una especulación nacida de mi inclinación por la Antropología en general y, de modo muy particular, por la Antropología simbólica.

Hace ya más de una década, en una gira por nuestras provincias a raíz de haber ganado yo el Premio Carpentier de Cuento 2007 con mi libro Oil on canvas, conocí a un escritor chileno, Manuel Peña Muñoz, Doctor en Filología Castellana por la Universidad Complutense de Madrid, quien me obsequió gentilmente su libro Ayer soñé con Valparaíso, un ejemplo perfecto a caballo entre la crónica literaria y las memorias, y un monumento a la sensibilidad  más delicada y exquisita fecundada por una ciudad. Yo no sé si Manuel tendría idea de lo que su libro iba a significar para mí como persona, como escritora, como periodista. Muchísimo, lo puedo asegurar, y nunca le habré agradecido lo suficiente aquel regalo. Pero lo que me interesa destacar a en este momento es un capítulo  en el libro de Manuel titulado “María Luisa Bombal: tres cartas inéditas, un prólogo y un posavasos”, que resultó definitivo para mí  porque me reafirmó algo que yo sospechaba desde hacía tiempo, aunque se trate de un descubrimiento del agua tibia[2], que seguramente lo es: la presencia de símbolos, mitos  y  arquetipos  raigales en las obras que han alcanzado la categoría de clásicas en la historia de la literatura y el arte de Occidente.  Manuel fue lo que se ha dado en llamar el discípulo amado de la gran escritora chilena, una figura que siempre me ha interesado sobremanera no solo por la excelencia de su obra literaria, sino por ser ella misma un arquetipo y un mito para mí tan inasibles como inagotables. De ese capítulo cito el siguiente párrafo:

En ese tiempo, [María Luisa] leía a los clásicos. “Siempre hay que leer a los clásicos —me decía—. Sobre todo la  mitología griega, que es la base de la literatura. Allí están los argumentos de peso, los verdaderamente interesantes, que son los dramáticos. Tienes que escribir cuentos basados en los mitos: mitología moderna, esa es la clave. Ya ves, todas mis heroínas se inspiran el mito de la Medusa. Yolanda, de Las islas nuevas, no es más que una Medusa moderna”.

Poco después, mientras yo estudiaba la obra de Bachelard, Las estructuras antropológicas de lo imaginario, de Gilbert Durand, y Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulezco-Quaranta (con Nietzsche, Jung y Eliade estaba familiarizada desde mi adolescencia), sentí cuán lúcido era el juicio de la Bombal. Los símbolos, mitos y arquetipos  son la base y la clave de todo, están en todas partes y en todas las dimensiones de las ideas; están por debajo (como corrientes subterráneas) y por encima (como los luminares celestes) de cualquier teorización estética y literaria, de los modelos actanciales y toda la parafernalia narratológica que deslumbra a los críticos de academia,  y de cuanto edificio racionalista ha construido el pensamiento académico occidental. Son la carne y la sangre mismas de la creación artística y literaria. Y siguiendo esta línea especulativa es posible afirmar que también subyacen en Los puentes de Madison, que de acuerdo con estas concepciones deviene campo de batalla donde se enfrentan dos categorías filosóficas pero también simbólicas: lo apolíneo y lo dionisíaco, establecidas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en torno a dos figuras divinas de la mitología griega, Apolo y Dionisos, quienes encarnan a su vez los arquetipos emanados de una estructura binaria de opuestos: el  Orden y el Caos. Se dice que los griegos no construyeron sus mitos con esa intención y  fue  Nietzsche quien elaboró la interrelación dinámica entre ambos dioses. Nietzsche influyó sobre  otros artistas y pensadores de su época, entre ellos Thomas Mann, cuya novela La muerte en Venecia tiene como problema artístico fundamental la oposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Curiosamente el filme homónimo de Visconti, basado en la novela de Mann, era una de las películas preferidas de Rufo y otra de las que intervino como narrador en Seduciendo a un extraño.

En este artículo periodístico  —no tiene otras pretenciones— no hay espacio para disquisiciones pormenorizadas sobre estos dioses en tanto arquetipos, por lo que solo puedo esbozar lo esencial de cada uno para que se comprenda mejor lo que sigue, sin adentrarme en toda su complejidad, pero antes me gustaría llamar la atención sobre el aserto ya mencionado de que los griegos no dieron a la relación entre ambas deidades la significación que nosotros le damos hoy, la cual se debe a la interpretación de Nietzsche. Pienso que deberíamos advertir sobre la debilidad de ese enfoque, pues Nietzsche solo pudo partir de significados que ya se encontraban consustancialmente en la  riqueza extraordinaria de la mitología griega. De lo contrario se trataría enteramente de creaciones de Nietzsche. Lamento el bizantinismo del razonamiento, pero es así.

Los estudios antropológicos tienen algunos puntos en común con ciertos modelos esenciales de la Cábala hebrea. En este caso me interesa que ambos campos del conocimiento (con perdón de los Iluministas y de la concepción materialista del mundo) agrupan a los dioses de todas las culturas según sus funciones. Apolo pertenece al grupo de los dioses de la belleza, la juventud y las artes. Es de muy hermosa apariencia, y por poseer proporciones físicas perfectas es el dios de la medida, lo contrario del exceso y la demasía en cualquiera de sus manifestaciones, una de las mayores prerocupaciones filosóficas y estéticas de la Grecia clásica. Es un dios de eterna juventud, como el Angus de los irlandeses, el Balder escandinavo y el Krishna de los hindúes, entre otros. Es una deidad solar, un dios de la Luz, y como tal de la mente consciente y racional. También hace germinar los campos y separa la buena simiente de la mala hierba, atribución que tiene más de una lectura, puesto que en ella va implícita la capacidad de discriminar. Es el dios de la medicina y la profecía. No es una divinidad guerrera como Ares, pero como todo héroe solar porta armas, en su caso flechas de plata que simbolizan los rayos del Sol, y es un sauróctono o matador de dragones, o sea, un exterminador de monstruos, lo que constituye solo uno de los aspectos de su virilidad (que no le impide ser bisexual, muy de acuerdo con los postulados de la cultura que le creó). Si partimos de la simbología del monstruo como criatura y representación de las tinieblas y de la parte oscura de la personalidad humana, identificada por los psicoanalistas con el inconsciente, Apolo es un purificador, un restaurador de la seguridad y el orden. Tiene, además, el don de la música y la poesía, por lo que lleva una lira con la que acompaña su canto divino. Su cortejo está integrado por nueve musas representantes de las artes: la flauta,  la comedia,  la poesía lírica y la danza, la poesía erótica, la poesía épica y la elocuencia, el arte mímico, la tragedia, la historia, y la  astronomía. Son todas doncellas de armoniosa apariencia y porte digno y majestuoso.

Apolo representa la belleza serena del mundo, el resguardo de paz donde el individuo encuentra un espacio liberador del caótico universo y de los problemas existenciales. Lo apolíneo intenta transmitir tranquilidad, belleza apaciguada, la racionalidad del orden matemático que compone el mundo y que libera al ser humano del desasosiego que produce la duda[3].

En cuanto a Dionisos, no hay que caer en posiciones reduccionistas y falsamente simplificadoras que conducirían a concebirle como una antítesis  absoluta de Apolo, pues de tal ecuación resultaría, por ejemplo, que si Apolo es bello y luminoso Dionisos sería un dios feo y oscuro, lo cual es una falacia.  Dionisos, aunque la mitología griega lo hace hijo de Zeus al igual que Apolo, es una deidad más antigua que todo el panteón de los dioses griegos, por lo que encarna un sistema de creencias también más antiguo, más cercano a las fuerzas elementales de la Naturaleza y por tanto a formas más primitivas del pensamiento mágico. El mito asegura que nació en Tracia, región del sureste de Europa ubicada en la península de los Balcanes, al norte del mar Egeo, enclavada entre Bulgaria, Grecia y la Turquía europea[4]. Se le considera el dios del vino, pero es mucho más que eso. Físicamente era un efebo de gran belleza aunque de aspecto andrógino; tenía una larga cabellera rubia y cuando no iba vestido como una mujer envolvía su cuerpo en una piel de pantera. Durante sus fiestas, en especial las famosas Dionisíacas, le acompañaba un nutrido cortejo que él presidía coronado de pámpanos y conduciendo un carro tirado por una pantera y un tigre. Le seguían las ménades, ninfas de naturaleza divina que estuvieron a cargo de su crianza y a quienes después él poseyó e inspiró una forma de locura mística. Detrás iban las bacantes, mujeres mortales que emulaban a las ménades y se dedicaban al culto orgiástico del dios ataviadas con pieles de panteras. Ménades y bacantes eran seres violentos y crueles que en la exaltación del ritual desmembraban animales y comían sus carnes aún palpitantes, llevaban a cabo sacrificios humanos (como el del poeta Orfeo y el rey tebano Penteo), se embriagaban y consumían plantas alucinógenas, sobre todo el hongo Amanita muscaria, que impregna los músculos de una fuerza sobrehumana y bajo cuya influencia daban saltos descomunales y danzaban frenéticamente hasta el amanecer, en que caían rendidas, desnudas y desmelenadas, cubiertas de baba y vómitos; durante su estado extático tenían sexo entre ellas o con campesinos que encontraban al azar en las laderas de las montañas y a quienes perseguían con fiereza para hacerse poseer. Las seguían  los sátiros, espíritus elementales de los bosques que aterrorizaban a los pastores y cuyo cuerpo estaba compuesto por una mitad superior humana y otra inferior de macho cabrío, orejas puntiagudas, cuernos en la cabeza y grandes falos en erección perenne, y eran lascivos y sensuales, por lo que las ninfas y otros seres femeninos de la naturaleza huían de ellos y a menudo eran sus víctimas. Sileno, espíritu elemental de fuentes y ríos y de toda el agua que corre a borbotones (agua impetuosa), era un anciano obeso y siempre borracho, poseedor de una inmensa sabiduría que le permitía conocer el pasado y el porvenir. También formaban parte de la hueste dionisíaca Pan y Príapo. El primero era un dios fálico de los bosques y las grutas, mitad hombre y mitad cabrío, que inspiraba en los mortales el terror panicum, y se le considera padre de los sátiros. Cerraban el cortejo los centauros, una tribu de seres mitad humanos y mitad caballos. Como puede verse, el cortejo de Dionisos era un auténtico bestiario, en tanto el  de Apolo estaba compuesto por señoritas educadas, apacibles y de una profunda espiritualidad.  Aunque solo fuera por este detalle se podría llegar a la conclusión de que mientras Apolo era el dios de la Belleza serena y el pensamiento racional, Dionisos lo fue del aspecto terrible de esa misma Belleza y del conocimiento nacido de la intuición y lo irracional. Para cerrar este breve análisis comparativo entre Apolo y Dionisos, he tomado los siguientes pasajes del sitio http://reflexionesmarginales.com/3.0/23-lo-apolineo-y-lo-dionisiaco-de-principios-esteticos-a-poderes-de-la-vida/ donde se reflexiona sobre el análisis nietzschiano del tema:

Una parte importante del pensamiento de Nietzsche gira en torno a la cuestión del ser humano. ¿Qué significa ser humano? De entrada, traspasar las barreras establecidas y buscar el placer. El ser humano es un animal que huye del aburrimiento a través del juego y el estímulo de los sentidos. El ser humano es principalmente vida. La vida no busca refugio en la religión, no se consuela con la ciencia. La vida sólo se siente satisfecha con un incremento de vida, con un aumento de su voluntad, con la afirmación de cada instante. […] La temprana lectura de Schopenhauer resulta aquí decisiva. En el año 1865 Nietzsche descubría en un anticuario de Leipzig los dos tomos de El mundo como voluntad y representación. Los leyó inmediatamente y, tal como cuenta en su autobiografía, durante cierto tiempo anduvo sumido en un estado de embriaguez. La idea de que el mundo labrado por la razón y gobernado por la moral no es el mundo genuino le fascinó desde el primer momento. Por debajo de todo convencionalismo –sea éste de tipo religioso, moral y político – ruge la vida real: la voluntad. La esencia del mundo, su sustancia, no es algo racional, lógico, sino un impulso oscuro, vital […].

En pocas palabras queda aquí definida la dualidad apolíneo/dionisíaco como lo  convencional vs. lo espontáneo. Una simplificación conceptual que voy a usar con fines meramente operativos.

El conflicto que separa a Francesca de Robert tiene, en un primer nivel de lectura, una relación básica con los roles femenino y masculino, según los cuales la mujer es la guardiana del hogar, la criadora y nutridora de los hijos y el pilar de la familia, mientras el hombre sale de cacería, va a la guerra, explora el mundo y no está atado a nada que no sean sus armas y su gloria. No por gusto cuando Francesca le dice a Robert que seguramente a él le aburre conversar con un ama de casa en el fin del mundo, él le responde: “Esta granja no es el fin del mundo, Francesca, es tu casa”, o sea,  el espacio sagrado donde ella reina. Y el parlamento donde Francesca pregunta a Robert en qué lugar del mundo se ha sentido más feliz y él le responde que en África tampoco es fortuito. África es el símbolo del espacio salvaje y libre, el reino de las bestias donde no hay más ley que la fuerza y no existen restricciones a los excesos. Imposible imaginar un mundo más dionisíaco. En esta historia los roles se solapan con las categorías filosóficas de lo apolíneo y lo dionisíaco, y ello confiere al conflicto de los amantes una dimensión mucho más profunda que la de una mera oposición de géneros o las mezquindades y miserias propias de la egoísta condición humana.Como ya dije en otro momento de este artículo, la primera razón que Francesca, casi sentada sobre sus maletas dispuestas ya para la fuga con su amante, da a este para renunciar a una vida juntos en el reino dionisíaco de él es que en cuanto se alejen de la granja el recuerdo de la casa la poseerá implacable y se alzará entre ellos como un valladar, y solo después menciona a sus hijos y a su esposo y a todas sus otras obligaciones sentimentales y sociales. Este orden  en que ella jerarquiza sus razones tiene un sentido muy interesante: ¿Por qué la casa, si ella le ha confesado antes a Robert que cuando abandonó Italia para seguir a su esposo rumbo a América, la realidad que encontró en Iowa, en el pueblo, en la granja —ese basto tejido rutinario que ella llama su vida de pequeños detalles—  no tiene nada en común con sus sueños  de muchacha joven y culta, y es lo menos parecido a conseguir las manzanas plateadas de la luna y las manzanas doradas del sol  a que aluden los versos finales de La canción de Angus el errante, el poema de Yeats que ellos comparten la noche de su primer encuentro, y que son una espléndida metáfora de la plenitud y acaso también del erotismo más refinado? Hay que indagar en la simbología de la casa para encontrar respuestas conducentes.

En el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, la casa es el centro del mundo, significado que comparte con la ciudad y el templo. Es un símbolo de carácter cósmico donde el pilar central que sostiene la construcción representa el árbol chamánico que conecta los tres mundos (celeste, humano y ctónico o  subterráneo), por lo que la casa es una estructura que transustancia la arquitectura del universo. En la concepción irlandesa de la habitación (y tal vez convenga recordar que el poeta que colma las ansias vitales de Francesca es irlandés) la casa simboliza la actitud y la posición de los humanos frente a las potencias del Otro Mundo. La casa es el refugio, el seno materno, el summun de la protección. Curiosamente, entre las partes de la casa la cocina, donde se desarrolla la mayor parte del romance entre los amantes, simboliza el lugar de las transformaciones alquímicas o las transformaciones psíquicas, un momento de la evolución interior, que es precisamente lo que le ocurre a Francesca, pues es en su cocina donde ella se enfrenta de un modo inapelable a la verdad que la llegada de Robert  ya no le permite continuar relegando al desván de los sueños truncos y las realidades que preferimos ignorar: más allá de la granja está el Afuera con mil vidas y todas pueden ser exploradas y vividas. Robert es el camino de la liberación que la conducirá hacia alguna de esas vidas maravillosas que la esperan lejos del huerto de zanahorias. ¿No han sido acaso, como en un rito de pasaje, los puentes cubiertos de Madison los que le han traído a Robert y, transitados en sentido contrario, o sea, al revés, le permitirían unirse de su brazo al alegre cortejo de Dionisos, el dios de la emancipación, de la supresión de las prohibiciones y de los tabúes, de los desfogues y de la exuberancia, el cortejo donde por fin ella podría cumplir sus sueños de plenitud, de amor y de eros? Robert es la posibilidad de convertir en permanente a esa momentánea Francesca que aprovechando la ausencia de su familia se abre la bata y entrega su voluptuosa desnudez a la caricia de la noche. “Los desbordamientos sensuales y la liberación de lo irracional —dice Chevalier— no son más que torpes búsquedas de algo sobrehumano”, ese espacio que no pertenece a nuestra especie sino a la dimensión de lo divino, por lo que atreverse a entrar en él supone una transgresión que viola el orden divino. Y Robert es un transgresor, lo está diciendo desde que aparece con su vestimenta rara que hace que los habitantes del pueblo le confundan con un hippie. Quiere incautarse a la mujer de otro, quiere violentar una estructura basada en el Orden (la familia) y que protege del Caos a quienes se refugian bajo ella. Robert pretende violar un espacio sagrado y robarse a la vestal que lo custodia. Si Francesca lo siguiera, ¿habría para ella una verdadera recompensa, se cumpliría su esperanza de ser transfigurada, convertida en feliz propietaria de las manzanas de oro y plata de la felicidad? ¿Y si al final el milagro no fuera más que una ilusión, y bajo la máscara orgiástica de Dionisos el dios le mostrara su faz oscura, como deidad que es del Inframundo, la que hace danzar a los muertos para conducirlos al infierno, en este caso un infierno de decepción con sus inseparables ingredientes: la eterna insatisfacción y el torturante arrepentimiento? ¿Y si llegado ese momento Francesca descubriera que los puentes de Madison solo pueden ser cruzados en una única dirección, porque del otro lado acecha un punto de no retorno? Si huye y no encuentra sus sueños, puede que tampoco le sea concedido recuperar jamás la confortable granja , sus hijos entrañables y su marido insignificante pero plácido y… muy limpio. Puede que solo encuentre un enorme espacio vacío que la arrojaría al abismo más temido por el alma humana: el de la disolución. Solo que la disolución también puede aguardarnos tras la prudente decisión de no actuar.Y al final, ¿de qué sirvió la renuncia de Francesca a la felicidad y la manera en que sacrificó a Robert obligándolo a saltar de la cumbre dionisíaca a la sima de la Nada…? ¿Aprendió algo, dejó un legado útil para alguien…?

Los Diarios que dejó a sus hijos confesándoles la historia de su adulterio, lograron que ellos reconocieran en sus propias vidas la pobreza emocional, la rutina y la falta de pulsiones vitales, pero tanto Michael como Rosalind optan por regresar a sus rediles cotidianos y tratar de salvar sus resecos matrimonios. Rosalind no tenía un Robert Kinkaid, y Michael no tenía una Francesca. ¿Qué otra cosa podían hacer? Al menos Francesca los liberó de sus hábitos mentales apolíneos y ellos, al acceder a arrojar sus cenizas en el mismo puente cubierto donde fueron esparcidas las de Robert permitiendo así la unión definitiva de los amantes, reivindicaron el derecho de su madre a la pasión y con ese acto simbólico se unieron al alegre cortejo de Dionisos. Si Los puentes de Madison tiene encriptado algún mensaje tangencial, es la certeza de que no hay cárcel más dura que la prisión interior del hombre, sobre todo cuando es voluntaria, pero tanto escapar como seguir en las cadenas deja siempre al final idénticas cenizas.En fin, Rufo, y para terminar esta, una más entre nuestras inacabables conversaciones fantasmales: que no siento en Francesca vestigios de egoísmo material ni pequeñez de espíritu, ni siquiera un movimiento instintivo del rol femenino que induce a las mujeres a conservar las quietas armonías del equilibrio, incluso al precio de renunciar a sus sueños más íntimos y hermosos. En un modo del que no es consciente, Francesca siente un miedo atroz a la desintegración de su sustancia, que solo la permanencia dentro de su pequeño y ordenado reino  mantiene cohesionada en una forma. Los grandes maestros rosacruces han advertido siempre a quienes se adentran en el estudio de la Cábala sobre el peligro tremendo de aventurarse en los senderos que conectan los sefirot del Árbol de la Vida, sin conocer la bandera y la palabra de pase que aseguran el regreso a nuestro plano de existencia en total integridad de la materia y el espíritu, porque del otro lado están los monstruos de la devoración y la pesadilla, un horror que puede ser interminable y en el que se puede quedar atrapado por toda la Eternidad. Y quienes no han trascendido los mediocres límites de la condición humana temen perderse en los senderos, Rufo. Solo algunos seres como Robert y tú están dispuestos a darlo todo por un instante de la divina transgresión. Yo daría cualquier cosa por ser de esos osados, contarme entre esos elegidos y gritar: “¡Mi reino por Dionisos!”, pero me faltó el coraje. Puede que latan en mí algunos ecos dionisíacos, pero mi apuesta siempre ha sido apolínea y mi lugar está en la granja. Me voy al huerto de zanahorias.

NOTA

Acabo de leer un trabajo muy interesante. Los puentes de Madison una mirada de género, de Sonia Herrera*, con un enfoque sociológico del conflicto de Francesca: Iowa es un Estado rural del centro del país y uno de los más conservadores, con más del noventa por ciento de población blanca y protestante, y sus votos son decisores en las elecciones presidenciales. La incidencia de todos estos elementos sobre el sometimiento de las mujeres al rol de esposas, madres y guardianas del hogar pesaba mucho más en 1965, época en que transcurre la historia, que ahora mismo. Nada de esto puede desdeñarse, por supuesto, pero en ese mismo pueblo, en aquellos mismos días otra mujer, la Renfield, pagaba el precio del anatema y el ostracismo por llevar relaciones extramatrimoniales con un vecino del pueblo. Su osadía le costó muchas lágrimas y la expulsión de su comunidad , pero terminó casándose con el hombre que amaba. A ella no le importó sacrificar la aprobación de un pueblo de gente obesa y vestida con ropas asexuadas y sin gracia, y sostuvo su posición “feminista” hasta que pudo alcanzar sus sueños; es más, mientras Francesca hubiera podido escapar, Renfield llevó a cabo su difícil maniobra de salvamento de sus amores dentro del marco asfixiante del mismo pueblo pequeño y provinciano, infierno grande con muchos diablos. Me parece que aún manteniendo el tema dentro de este enfoque sociológico, Iowa y la comunidad rural cerrada, blanca y protestante a la que pertenecía Francesca se asimilan al arquetipo de la casa con toda su simbólica de espacio cerrado, de reclusión y evitación del peligro. La fuerza de Robert, su libertad total radica, precisamente, en que es un nómada y los nómadas no se asimilan al arquetipo de la casa, sino al del viaje, pero esa es otra historia. Al final todo queda en el terreno de la elección personal: se queda inmóvil quien tiene más miedo.

∗ Este trabajo puede ser consultado en https://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:7YsgawOrQEYJ:https://www.academia.edu/6305498/LOS_PUENTES_DE_MADISON_UNA_MIRADA_DE_G%25C3%2589NERO_THE_BRIDGES_OF_MADISON_COUNTY_A_GENDER_PERSPECTIVE+&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=cu&client=firefox-b

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[1] Rufo tituló ese relato Los que fueron al bosque de avellanos, y obtuvo con él la primera mención en una edición del concurso de cuento Julio Cortázar. Nunca entendí por qué no lo premiaron, pero los designios del Cortázar me han parecido siempre muy misteriosos.
[2] En Cuba, tan isla en lo geográfico como en lo cultural y tan magra en bibliografías pasivas de la modernidad, los descubrimientos del agua tibia, siempre reiterados, no deberían avergonzar a nadie.
[3] Tomado de http://webs.ucm.es/BUCM/revcul//e-learning-innova/124/art1786.pdf
[4] Los tracios fueron un pueblo indoeuropeo cuyos miembros compartían un conjunto de creencias y un modo de vida, y hablaban la misma lengua con variaciones y dialectos. Su cultura, oral, hecha de leyendas y mitos, se diferencia de la de otros pueblos de su época por su creencia en la resurrección después de la muerte y en la inmortalidad. Eran hábiles orfebres y expertos en crear una joyería de inspiración fantástica. Poseían una organización tribal y eran guerreros temidos. También fueron expertos en la ciencia de la viticultura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Diccionario del Diablo o el hombre que conoció al hombre y también lo encontró malo

La librería Fayad Jamís es la que más frecuento en La Habana, porque queda justamente en Obispo, la que más recorro, por no decir la única de la ciudad por la que aún siento placer en transitar, y en esos estantes encuentro en ocasiones libros realmente sorprendentes, como El Diccionario del Diablo, del escritor norteamericano Ambroce Bierce, un raro, aunque esta categoría literaria es difícil de aplicar en un país de casi 300 millones de habitantes y con una de las literaturas más ricas del planeta, en la que abundan los escritores que se desmarcan de los cánones realistas para incursionar en toda clase de territorios de la literatura, con un regusto especial por el horror, lo extraño, lo fantástico.

La primera vez que encontré este Diccionario fue en una búsqueda en los tarjeteros de la Biblioteca Nacional, y lo pedí por creer que trataba sobre lo que su título indica, el Ángel Caído, a quien yo andaba investigando por entonces, antes de cumplir, creo, 20 años de edad. En cuanto lo abrí me dejó de interesar, pues no había en él nada sobre Satán, y sí la proyección de su perversa sombra sobre la naturaleza humana, que en aquella época no me interesaba mucho como material de estudio. En otras palabras: no había en aquellas páginas nada sobre satanismo y sí un aplastante cinismo que, cuando uno es tan jovencito como yo lo era en aquel momento, no significa nada, porque en la adolescencia todavía no se tienen las vivencias que más adelante nos hacen disfrutar del cinismo y hasta adoptarlo como actitud ante la vida. Lo devolví en el mostrador con una mueca de fastidio.

Pero hace unos días, en una brevísima visita que hice a la Fayad, un señor  muy educado con quien entablé conversación y que se definió a sí mismo como “un pedagogo”, expresión ya casi imposible de escuchar en La Habana debido al tenebroso empobrecimiento lexical que venimos padeciendo desde hace décadas, me señaló el libro perdido en un anaquel, y me preguntó con expresión sibilina: “¿Y usted se va a ir sin eso…?”. Volví a retomar el libro, ahora en una edición de Argos, colección de ensayo de la editorial Arte y Literatura, y en cuanto hube leído la definición dada por Bierce al término Aborígenes: “Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces fertilizan”, me vino a la memoria aquella frase de José Martí que tanto me guió cuando me atreví con una interpretación muy personal de sus Versos Libres: “Conozco al hombre y lo he encontrado malo”. En el prólogo se afirma que este Diccionario es la obra maestra de Bierce, con lo que no estoy de acuerdo porque he leído algunos de sus cuentos (excelentes,  considero el mejor Un suceso en el puente del riachuelo del Bhúo), pero es una obra deslumbrante y muy afín con mi propia visión del género humano, así que me lo llevé en mi bolso con gran entusiasmo.

Ambrose Gwinett Bierce (Ohio, Estados Unidos, (24 de junio de 1842 – ¿1914?) fue un escritor, periodista y editorialista estadounidense. Era hijo de granjeros calvinistas, y este resulta un dato bastante curioso, al menos para mí, porque su segundo nombre es abiertamente galés, y los galeses, quienes nunca fueron cristianos demasiado convencidos, fueron menos aún convencidos calvinistas. Si Bierce tenía sangre galesa eso explicaría su desbordada imaginación orientada hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Sin embargo, aunque sus temas se movieran mayormente en esa cuerda, su estilo narrativo es más bien directo y con una gran economía de medios, como suele ocurrir en los escritores norteamericanos, por lo general tan relacionados siempre con el periodismo. Como periodista Bierce empleaba un tono cáustico que le valió el apodo de “El Amargo”. Fue soldado y peleó en los ejércitos confederados del Sur en la Guerra de Secesión, donde alcanzó el rango de Comandante Mayor en Campaña y, más tarde, participó en incursiones militares en los territorios indios. Sufrió varias heridas de guerra y siempre estuvo atormentado por el asma. Su único matrimonio se disolvió cuando descubrió una presunta infidelidad de su esposa.

Los diccionarios no se consideran obras de carácter literario, pero El Diccionario del Diablo sí lo es, porque Bierce, en algunas de sus acepciones rebosantes de ingenio y llenas de una mezcla de rabia y dolor por lo que él consideraba todo un catálogo de miserias humanas, incluyó pequeñas viñetas a manera de anécdotas, inventó personajes apócrifos, utilizó el retruécano y perpetró otras travesuras pertenecientes al arte de la escritura. Es un volumen de solo 138 páginas, pero no hay una sola en la que el lector no resulte sorprendido, divertido o comparta la mueca de resentimiento y los sarcasmos del autor, que llegan, incluso, a trasuntarse en el dedo acusador del periodista contra el Gobierno de su propio país, al que critica con valor y sin circunloquios que atenúen la acidez de sus señalamientos. Algunas de estas acepciones provocan la más franca hilaridad, pues Bierce es un gran burlón que maneja con suma destreza el ridículo, y otras —en mi caso por identidad con mis propios sentimientos—, un rictus de frustración que cala hondo y hace que uno llegue a considerarse alma gemela del autor. Estas son algunas de sus perlas:

Administración: En política, ingeniosa abstracción destinada a recibir las bofetadas o puntapiés que merecen el primer ministro o el presidente. Hombre de paja a prueba de huevos podridos y rechiflas.

Africano: Negro que vota por nuestro partido.

Antiamericano: Perverso, intolerable, pagano.

Admonición: Reproche suave o advertencia amistosa que suele acompañarse blandiendo un hacha de carnicero.

Cobarde: Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

Confort: Estado de ánimo producido por la contemplación de la desgracia ajena.

Congratulaciones: Cortesía de la envidia.

Elogio: Tributo que pagamos a realizaciones que se parecen a las nuestras sin igualarlas

Convencido: Equivocado a voz en cuello.

Costumbre: Cadena de los libres.

Distancia: Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Egoísta: Persona de mal gusto que se interesa más en sí mismo que en mí. Sin consideración por el egoísmo de los demás.

Idiota: Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota n o se limita a ningún campo especial del pensamiento o la acción, sino que “satura y regula el todo”. Siempre tiene la última palabra, su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje y fija las normas de la conducta.

Residente: El que no puede irse.

Realidad: Sueño de un filósofo loco. Lo que queda en el filtro cuando se filtra un fantasma. El núcleo de un vacío.

Referendum: Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Trabar amistad: Fabricar un ingrato.

Loco: Afectado por algún grado de independencia intelectual; disconforme con las normas convencionales que rigen el pensamiento, el lenguaje y la acción, normas éstas que los “cuerdos” o “conformes” produjeron tomándose como medida a sí mismos. Que discrepa con la mayoría; en resumen, extraordinario.

No conozco su trabajo periodístico, pero tuvo que ser un periodista estelar, ya que hizo toda su carrera en el medio trabajando para el gran magnate de la prensa norteamericana William Randolp Heart. En la antología Cuentos norteamericanos, publicada en Cuba en la década del 60, aparece el relato que he mencionado antes, donde cuenta la historia de un plantador sureño quien, engañado por un espía de la Unión, intenta dinamitar el puente del riachuelo del Búho para impedir el paso de las tropas enemigas, pero es apresado por los militares norteños y ejecutado en el mismo puente. Cuando cae al vacío la soga que ciñe su cuello se rompe y el hombre escapa a nado; logra llegar a su hacienda, donde le espera su esposa sonriente y feliz, pero al ir a tocarla todo se desvanece y el cuerpo muerto se balancea al final de la cuerda  con macabra lentitud. Bierce trató en este cuento un tema del que hoy se ocupa la medicina con sumo interés: la experiencia de vida después de la muerte, o lo que es lo mismo, la actividad del cerebro durante el breve lapso de tiempo que sobrevive a la muerte del cuerpo, y que algunos científicos han llegado a estimar en hasta 10 minutos. En este sentido fue precursor de una idea que no era propia de su época. Los críticos le atribuyen influencia de algunos grandes escritores norteamericanos como Edgar Allan Poe, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne.  Lovecraft tomó algunos elementos de los cuentos de horror de Bierce para incorporarlos a sus inquietantes y aterrorizadores Mitos de Cthulu. Se le considera uno de los mayores representantes del cuento norteamericano.

Sin duda Bierce fue un hombre marcado por sus vivencias de la guerra y sus fracasos personales, pero tengo la convicción de que perteneció, para su desgracia, a esa tribu humana pequeña pero imponente cuya naturaleza esencial no es afín con las crudas vibraciones de este mundo. Fue un hombre lastimado, probablemente muy herido en su sensibilidad y profundamente desencantado, y al final de su vida buscó con desesperación unirse a alguna causa que le salvara de perder el alma por desertar de la esperanza. Ese afán fue, tal vez, lo que lo llevó a enrolarse con más de 60 años en una empresa tan pintoresca como peligrosa: la revolución mexicana, a la que se unió como observador en las tropas del General Pancho Villa. Antes de abandonar los Estados Unidos escribió a un pariente con su sarcástica ferocidad habitual:

Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!

¿Premonición o una deducción basada en la lógica de la guerra, que Bierce tan bien conocía?  Cualquiera sea la respuesta el escritor y periodista desapareció de forma misteriosa en territorio mexicano. Su rastro se perdió en Chihuahua, y aunque la Enciclopedia Británica aventura que pudo ser asesinado en el sitio de Ojinaga en enero de 1914, el sacerdote Jaime Lienert recogió la tradición oral de los habitantes del pueblo de Sierra Mojada, en Coahuila, según la cual el escritor fue fusilado y enterrado en el cementerio de esa villa. Su desaparición es considerada una de las más misteriosas de la historia de la literatura universal.

Un suceso en el puente del riachuelo del Búho ha sido llevada  al cine en tres versiones diferentes: la norteamericana Owl Creek: una muda de 1920, la francesa La Rivière du Hibou, de 1962, y una tercera versión en 2005. La segunda de ellas fue utilizada para un episodio de la serie de televisión Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), y una adaptación suya se incluyó en la serie Alfred Hitchcock presenta. El escritor mexicano Carlos Fuentes escribió una novela titulada Gringo viejo, que fue llevada al cine como Old Gringo, interpretada por Gregory Peck. Bierce también aparece como personaje en la película From Dusk Till Dawn 3, y en The Hangman’s Daughter,  protosecuela de Del crepúsculo al amanecer, donde lo encarna el actor Michael Parks.

Yo diría, otra vez pensando en la posibilidad de que corriera por sus venas sangre galesa, que Bierce eligió para sí la misma suerte que los héroes de los antiguos ciclos épicos celtas: la guerra como escenario final de una vida. O quizá buscaba entregarse a algún proyecto que contuviera cierta dosis de pureza para sellar su existencia atormentada. No sé por qué lo hizo ni creo que sus razones lleguen a ser conocidas algún día, pero encuentro cierta similitud entre su gesto de lanzarse a una empresa que él sabía no podía conducirlo más que una muerte violenta, y la inmolación de José Martí en Dos Ríos, donde el Apóstol se hizo matar a sabiendas de que sería ya completamente inútil su presencia en la gesta de independencia, porque además de no ser reconocido en sus altísimos méritos, la enfermedad terminal que le aquejaba acaso  no le hubiera concedido ni otro año de vida. No debe resultarnos extraño el hecho de que los hombres dignos prefieran despedirse de la vida de una manera digna antes que morir en sus camas exhalando fluidos innobles y reducidos a meras sombras de lo que fueron.

 

 

 

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La Habana en mí o un himno a la nostalgia

Los libros de entrevistas siempre resultan muy atractivos para quienes gustan de la lectura y también para estudiosos, especialistas, historiadores, antropólogos e investigadores en general, por lo que son siempre bienvenidos en una Feria del Libro de cualquier parte del planeta. La Habana en mí (editorial Extramuros, 2019), presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana en su ya tradicional ámbito de La Cabaña, ha sido para mí una sorpresa al par que una confirmación de cosas que “me tengo muy sabidas”, como diría Sancho Panza. Estas entrevistas a personalidades relevantes de diferentes ámbitos de la cultura, realizadas  por los periodistas Margarita Urquiola, Norge Espinosa y Orlando Luis Pardo, con cuestionario único y publicadas en la revista Extramuros hasta 2015, fecha en que esa publicación dejó de existir, muestran un catálogo de impresiones, sensaciones, vivencias y criterios  extrañamente similares: todos los entrevistados hacen énfasis especial en los lugares de la ciudad en que han vivido y los recuerdos que guardan de sus estancias, con lo que las entrevistas están recorridas por una especie de respiración muy nostálgica de infancias, esa etapa de la vida de la que alguien dijo que es la verdadera patria del hombre. Pero no solo eso tienen en común.

También sorprende cómo en estos monólogos —porque al final eso es lo que son todas las entrevistas que en el mundo han sido—, aparecen lugares icónicos de la vida cultural de la ciudad, como el Rincón del Feeling, el cine Yara, Coppelia, el Malecón, y en especial uno de cuya existencia probablemente no tendríamos hoy conocimiento a no ser por referencias muy aisladas: la Ciudad Celeste, finca en Mantilla de la familia del prócer Juan Gualberto Gómez, periodista, amigo y colaborador de José Martí que tan importante labor desempeñó en la liberación  de Cuba y en la posterior conformación de la República. Ya había encontrado algunas anécdotas sobre el tema en un libro de Arruffat sobre Virgilio Piñera, en Yo, Publio, autobiografía del pintor Raúl Martínez, y en alguna que otra mención entresacada de aquí y de allá, y sabía que era esa la familia que Virgilio hizo suya y esa la casa donde acudía puntualmente a jugar canasta, pero no fue hasta que leí la entrevista a Yoni Ibáñez, publicada en este mismo libro, que comprendí con exactitud la significación de  la Ciudad Celeste: ella fue probablemente la tertulia de mayor importancia e influencia en la cultura de La Habana, puesto que allí se dieron cita durante años intelectuales de todas las ramas y generaciones del arte y la literatura. También el escritor Abilio Estévez se refiere en su entrevista a  aquel lugar. Abilio, quien estudió conmigo en la Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, de la que hoy ya nadie se acuerda salvo quienes tuvimos la suerte magnífica de pasar allí los mejores años de nuestra adolescencia, así que hasta mi generación llegó el influjo de la Ciudad Celeste, desaparecida en la vorágine de los decretos, parametraciones y otros fervores de nuestra entonces debutante política cultural. Es una historia bastante nebulosa para mí  y sobre la que me falta información, pero de todos modos siento que fue una pérdida  irreparable que solo daño pudo hacer a toda la cultura de nuestro país y de nuestro tiempo.

Me parece curioso cómo Laidi Fernández de Juan y yo fuimos llevadas por nuestras respectivas familias  en paseos recurrentes al pueblo de Casablanca, y jugamos en el mismo parquecito blanco, montamos los mismos columpios; cómo algunos de los entrevistados que nacieron o han vivido en Santos Suárez lo recuerdan como un lugar distinguido pero entrando cada día en una decadencia más lastimosa, la misma impresión que tengo yo luego de vivir allí los últimos  19 años; cómo quienes estuvieron becados se reunían con sus compañeros de becas en la misma heladería Coppelia donde yo quedaba con los míos de San Alejandro, a pesar de separarnos décadas en edad; cómo todo el mundo ha ido a la Cinemateca como se va a un templo o a un culto muy sagrado; cómo todos los entrevistados hablan de su nostalgia por el Malecón, que también yo he sentido cuando he estado lejos de Cuba y esa franja de mar me hala de regreso como un imán gigante.

Pero lo más interesante para mí ha sido encontrar en estas entrevistas el común sentimiento de un amor por La Habana transido de dolor, tristeza y amargura por todo lo que la ciudad ha perdido. A la pregunta final de los entrevistadores sobre qué le devolvería cada entrevistado a la capital, las respuestas han sido de lo más variadas y asombrosas: el fantasma de Virgilio Piñera, el hotel Trotcha, los cines, la música, las suculentas pizzerías, las tiendas elegantes  o, como Gerardo Alfonso, simplemente la decencia (respuesta  que merece una ovación),  y una añoranza tremenda por  los años 60, salvo alguna excepción que no los vivió o solo alcanzó a balbucear en su entrevista menciones a las muchas mudadas de casas ocurridas  en su vida. Una elegía colectiva hacia la muerte de la universalidad,  el glamour, la belleza y el relumbre perdidos por una urbe que se ha vuelto críticamente ruinosa, perversamente maloliente, plagada de inmundicias y tomada en muchas de sus áreas por la estulticia con guadaña y gente zafia, dos frases de las que lamento no poder adjudicarme la propiedad intelectual, pues la primera pertenece al actor Luis Alberto García y no aparece en este libro, sino en su post Sima funk, publicado en el blog de Silvio Rodríguez Segunda cita, y la otra a Abilio Estévez, quien la dice en este libro cuando se refiere a la calle San Rafael y a su conversión en un boulevard cuya chatura y vulgaridad lo desesperan. Ambas me recuerdan aquella definición genial de Rufo Caballero: el margen que se volvió centro.

Algunos entrevistados mencionan los caballitos, el Parque Lenin, la Universidad… y alguien asegura que solo en La Habana se siente en paz. A mí, que hubiera querido ser incluida en ese abanico de excelentes entrevistas porque La Habana es uno de mis grandes amores, me gustaría añadir aquí mis propios lugares especiales: EL Zoológico, del que no puedo separar la imagen de mi padre llevándome cada domingo a montar el ponny Ligero con su estrella blanca en la frente, a comer algodón de azúcar y a extasiarme frente al estanque de los patos y la jaula del águila.  Los paseos de la mano de mis padres  y mis abuelos por las grandes tiendas vestidas de Navidad, Flogar, El Encanto, con sus preciosas vidrieras iluminadas y aquella donde Santa Klaus en su trineo nevado y  tirado por renos saludaba a los niños con su mano enguantada. San Alejandro, sobre todo cuando llegaba temprano y las aulas estaban vacías, y la figura estilizada y como del Greco de mi profesor de Historia del Arte, Antonio Alejo (una entrevista a él se incluye en este libro), andaba calmosamente por los pasillos como quien va en un ensueño. La Cinemateca, por supuesto, pues yo también fui una ardorosa cinéfila peregrinante en ella.  La escalinata de la Universidad y una habitación pequeña en su Biblioteca Central, donde cada vez que me sentaba a estudiar sufría una especie de alucinación o viaje en el tiempo donde me veía transportada a la biblioteca de Marcilio Ficino o a la de Hipatia de Alejandría.  La Casa de las Infusiones del Parque Lenin, de la que guardo un recuerdo como se guarda una joya en el cofre más íntimo de la memoria. Varias iglesias: San Francisco, donde asistí  a los primeros conciertos de Ars Longa cuando el ensemble era todavía un ramillete de músicos con la frescura de la juventud y aquel estilo de teatro antiguo que supieron imprimir a sus espectáculos de música medieval en un tiempo que  ahora se me antoja mítico, en el que solo ellos exploraban ese riquísimo territorio de la cultura en nuestra ciudad hoy corroída por el reguetón;  una iglesia de La Habana Vieja en la que, al entrar, de inmediato me siento transportada a un templo de la Alejandría pagana del siglo II. La tumba de Catalina Lasa en el cementerio de Colón. La vista de una Habana atardecida  desde los muros  de La Cabaña, que compartí con mi esposo cuando aún no éramos novios pero ya teníamos la intención inconfesada. La Mesa del Silencio en el jardín de Madre Teresa de Calcuta y el interior de la Iglesia Ortodoxa griega con sus íconos, sus lampadarios majestuosos y su ebanistería de suntuosidad mediterránea. Y  en música mi obsesión patológica con Los Zafiros, a quienes considero la voz de La Habana y un trasunto de su destino. Cuando afirmo esto en público muchas personas  me rectifican y me dicen que es el Benny,  mas no, para mí Benny es la voz de Cuba, pero La Habana, el glamour de La Habana en la que yo crecí, solo lo han poseído Los Zafiros y nadie hasta hoy ha podido igualarlos. En cuanto a mi calle preferida, tengo dos: la que divide a la mitad como a una fruta mi reparto La Asunción, en cuyo final está el parque infantil donde tantos pequeños asuncionenses raspamos el metal de las canales e hicimos chirriar las cadenas de los columpios en desenfrenadas competencias de vuelo de altura. Y una calle del reparto Monterrey de mi niñez, con su belleza tranquila, arbolada y olorosa a almuerzos familiares de domingo, a niños felices en sus piscinitas inflables y a adultos elegantes tomando el fresco en portales modernos bañados por un velo rosa y naranja que arrastraba despacio entre sus pliegues el último destello de los atardeceres.

Al contrario de algunos entrevistados, el único lugar donde yo nunca he tenido paz es en La Habana. La alcancé por instantes en una casa de la avenida Mazatlán en cuya fuente, repleta de rosas,  se reflejaba la Virgen de Guadalupe en los mil colores de su vitral. En  la isla de Madeira,  en su bosque de Laurisilva por la entrada de Queimada, donde me envolvió el silencio más absoluto y total que puedo recordar, porque para mí el silencio, y solo el silencio es la auténtica  Quietud.  Y un momento  mágico en una autopista donde el horizonte parecía tan lejano que se me reveló la Inmensidad, algo imposible en una isla estrecha como la nuestra, y me invadió de pronto la euforia indescriptible de carecer de identidad. Después de hacer estas declaraciones supongo que a cualquiera le resulte comprensible por qué siempre me he sentido tan infeliz en La Habana, a la que sin embargo amo y a la que siempre regreso.  No es para mí el sitio donde tan bien se está, pero aquí he construido mi vida, esta ciudad es mi fatum, mi destino fatal, como se diría en un bolero trasegado o en un corrido de mariachis.

Me resulta difícil decidir qué le devolvería yo a La Habana, pero creo que quisiera de regreso a los habaneros tal y como yo los conocí y desde hace mucho se han tornado en ausencias y en sombras. Ellos eran la galanura de mi ciudad.

La lectura de La Habana en mí  como canto coral deja un regusto amarguísimo y un profundo dolor, porque es como si llevaras toda una vida tratando de convencerte de tu radiante hermosura, y un día tropezaras con un espejo muy poco piadoso y vieras definitivamente reflejada en él la decadencia de tu vida, te vieras viejo, repulsivo, repudiado, y descubrieras que lo único que puedes aceptar de ti mismo es tu pasado. Este libro grita, parodiando un dicho muy popular, que La Habana YA NO ES La Habana, sino una especie de Obra alquímica donde en lugar de comenzar por la nigredo  que luego pasa por las fases de rubedo y albedo y finalmente se trasmuta en oro, el Diablo obligó a un alquimista torpe a ejecutar el procedimiento al revés, y  hoy del oro inicial solo queda  en el matraz el opus nigrum, la materia en su estado final de irreversible descomposición, mientras  el alma intenta huir de la disolución bebiéndose el ayer como un fluido hermoso  y vivificante, una ambrosía que solo puede paladearse en la memoria. Si aún así La Habana puede ser vista como una Ciudad Maravilla, no será solo porque es una madre muy, pero muy amada por sus hijos a pesar de sus temibles defectos y sus virtudes perdidas, sino, y sobre todo, porque es una bruja poderosa y letal capaz de los hechizos más alucinantes.

 

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