¿DÓNDE ESTÁ CASAL…?

¿Por qué mientras se han publicado y se siguen publicando excelentes estudios de cubanos y extranjeros sobre Julián del Casal, uno de los más importantes poetas modernistas de Hispanoamérica,  su nombre y su figura se mantienen ausentes de nuestros medios de difusión masiva, de nuestros programas escolares y del ámbito de la difusión ideológica en el que señorean nombres como el de José Martí, por solo citar un ejemplo? Si se hicieran encuestas callejeras el resultado probablemente arrojara la triste verdad de que pocos cubanos saben quién fue y muchos menos han leído algo suyo.

Es posible que este olvido espeso que los académicos no pueden salvar con sus textos, y que llevó a un documentalista a filmar un audiovisual titulado ¿Dónde está Casal? se deba a las acusaciones  de que fuera víctima el poeta desde que se dio a conocer, y que siguen flotando en el éter como esas razones que nadie pone por escrito pero se manejan en el silencio cómplice: que era un imitador, un afrancesado, un poeta muy superficial, que era homosexual, que no se interesaba en la situación política de la isla, que su estilo era cursi… Casal parece una de esas cabezas de turco sobre las que pueden amontonarse sin problemas  todas las vejaciones, incomprensiones, agravios y desdenes pensables y no pensables.

Por eso el libro Julián del Casal: modernidad y periodismo, de la camagüeyana María Antonia Borroto Trujillo, Doctora en Ciencias de la Comunicación Social, editado por la editorial Oriente, reviste tanta importancia dentro de la bibliografía general dedicada al estudio de Casal. No es el primer texto que estudia a Casal como periodista, pero entre los que  yo he manejado en los largos años que llevo estudiando a este cubano ilustrísimo y tan incomprendido dentro de la isla, es tal vez el más exhaustivo, como lo demuestran sus doce páginas de bibliografía consultada por su autora.

Estamos en presencia de una investigación académica muy seria, escrita con una soltura y una levedad que no es propia del lenguaje habitualmente empleado por los investigadores y especialistas que pertenecen a este sector de la cultura. Al estudiar a Casal inevitablemente hay que incursionar en la prensa cubana de la época, pues fue colaborador de los más importantes diarios y revistas de La Habana, y sus gacetillas y crónicas, aunque no sean numerosas son fruto de una observación sagaz y profunda. No fue un caso aislado, pues cuando se estudia la historia de nuestra prensa se descubre de inmediato que casi todos los escritores y poetas de nuestro país han ejercido el periodismo, que fue siempre el medio más seguro de ganar el sustento.

Como dijo Lezama en un ensayo que dedicó a Casal, la apropiación de una cultura foránea y su asimilación y transformación resultan un proceso doloroso, pero el producto es respetable, atendible y auténtico, por lo que el modernismo, como ya es reconocido, no fue una estética de la mera imitación, la ajenidad, el exotismo y la adoración de fruslerías, sino el primer movimiento artístico y literario surgido en América Latina. Casal, que junto con Martí y Rubén Darío, está reconocido como uno de sus iniciadores, no fue un imitador de los poetas simbolistas y decadentes franceses de fines de siglo. Fue un admirador de Baudelaire y de otros muchos artistas franceses, pero porque comulgaba con su estética, porque fue una estética hija de la época, que manteniendo aún vestigios importantes del romanticismo compartían y hasta anunciaban muchos rasgos estilísticos de la rebelión de las vanguardias artísticas que caracterizarían las primeras décadas del siglo XX.  Los modernistas fueron artistas de transición entre dos siglos, no solo por la cronología, sino por sus ideas y la sensibilidad que desarrollaron, aspectos que compartían y que los llevaron a considerarse una especie de hermandad intercontinental, como lo demuestra la profusa correspondencia que  intercambiaron Rubén Darío, Martí, Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva y otras figuras de México, Argentina, Perú y otros países latinoamericanos.

Casal no fue a pelear a la manigua como sí lo hicieron tantos otros literatos, poetas y artistas cubanos. Casal fue un hombre de entreguerras que vivió escasamente 30 años, y casi la mitad de ellos muy enfermo, al extremo de que vivía la mayor parte del tiempo enclaustrado y solo salía a las tertulias literarias y a los teatros y eventos de la sociedad habanera, a donde iba a cubrir como periodista. Sus crónicas, reunidas en una serie que tituló La sociedad de La Habana, sin hablar una palabra a favor de los mambises, critican duramente en unas  ocasiones, y sutilmente en otras, a la burguesía nacional que derrochaba su fasto  en grandes fiestas y vivía una vida superficial, y a la vida cotidiana de los cubanos sometidos a la autoridad colonial. Su crónica sobre el Capitán General Sabas Marín le valió ser expulsado del periódico El País y la malquerencia de las autoridades coloniales españolas, de las que tuvo que protegerse. No fue hombre de tomar abiertamente partido por una causa, como Martí, tal vez porque era escéptico o porque a diferencia de Martí, su compromiso primordial no era con la ideología, sino con el arte, pero fue un crítico implacable de su época y del periodismo que ella generaba:

Sí, el periodismo, tal como se entiende todavía entre nosotros, es la institución más nefasta para los que no sabiendo poner su pluma al servicio de causas pequeñas o no estimando en nada los aplausos efímeros de la muchedumbre, se sienten poseídos por el amor del arte, pero del arte por el arte, no del arte que prima en nuestra sociedad, amasijo repugnante de excrecencias locales que, como manjares infectos en platos de oro, ofrece diariamente la prensa al paladar de los lectores. Lo primero que se hace al periodista, al ocupar su puesto en la redacción, es despojarlo de la cualidad indispensable a escritor: su propia personalidad. Es una exigencia análoga a la que los directores de teatro tienen con los que abrigan la pretensión de salir a las tablas.

Y más adelante añade:

Un diario político, único género que aquí se conoce, suele ser el órgano de cierto número de hombres agrupados a la sombra de una bandera, por las mismas ideas, los mismos sentimientos y las mismas aspiraciones. Es un monasterio abierto a los cuatro vientos. Desde el instante en que el profano traspasa el dintel, tiene que someterse a las reglas de la cofradía, dejando a la puerta su individualidad.

Sobre su nunca comprobada condición homosexual, no he visto todavía una mención de nombres y apellidos de sus supuestos amantes, si los tuvo, mientras son públicamente conocidas sus inclinaciones, bastante intensas, hacia la cubana más bella de su época, María Cay,  a quien apodaban la cubana japonesa, por la que también vibró Rubén Darío, quien le escribió poemas encendidos. También se dice que Casal tuvo amores con la jovencísima Juana Borrero, a la que conoció cuando ella contaba solo doce años. Casal solo vivió tres años después de su primer encuentro y no existe ni una sola carta cruzada  entre ellos, ni de uno ni de otra, mientras sí existe un nutrido epistolario de Juana a su novio Carlos Pío Urbach. También es conocida la ferviente adoración que sentía Casal por la actriz francesa Juana Samary, a quien nunca conoció y a cuya prematura muerte escribió un poema de profundo dolor; tenía de ella una foto colgada en su  pequeña habitación, a la que sus amigos llamaban “la celda”. Cuando se alude a dos poemas que escribe a un amigo cuyo nombre no menciona, se suele omitir que con el primero de ellos le envía un libro de un poeta francés, y que es a ese texto al que invita al amigo a dirigirse cuando se sienta mal emocionalmente. Cuando se habla de su breve relación con Maceo suscita risitas apenas disimuladas el hecho de que Casal dijo y escribió que Maceo era un hombre bello, pero se olvida que los forenses, médicos y científicos como Carlos de la Torre, quienes tuvieron a su cargo la autopsia del cadáver de Maceo, dejaron redactados en su lenguaje docto elogios encendidos ante la misma belleza física del Titán de Bronce que deslumbró a Casal, al extremo de decir estos doctores que Maceo  era  físicamente tan perfecto como un hombre blanco. Y cuando se recuerda que Casal le dedicó a Maceo un retrato suyo, tampoco se acompaña el recordatorio con el comentario de que se trató, en realidad, de un intercambio de retratos, pues Maceo le dedicó también su imagen, y según Lezama, con una dedicatoria conmovedora que yo jamás he podido leer, y aún se habla de una foto que se tomaron juntos. Del encuentro de Casal con Maceo nació en el primero un entusiasmo tan exaltado que habló de irse a la manigua. Si lo pensó en serio la muerte no le dio tiempo, así que nunca sabremos si fue un propósito real o solo el fruto de una emoción momentánea.

Sería demasiado extenso continuar comentando este hermoso libro que tiene muchas aristas interesantes y dignas de la mayor atención. Y lo mismo sería interminable intentar explicar aquí cómo la estética modernista  preconizaba el dandismo, una actitud ante la vida y el arte que exaltaba la indiferencia, el hastío vital y la falta de compromiso con todo. Recomendamos su lectura no solo a quienes pertenezcan al mundo de la prensa sino a todos los cubanos, y deseamos que ayude a la mejor comprensión de uno de nuestros más grandes poetas, que aún sigue siendo entre nosotros un gran desconocido. Y por último reproducimos una cita de Cintio Vitier que, en mi opinión, revela más sobre la naturaleza de Casal que cualquier otro texto que se haya escrito sobre el poeta:

Ese escalofrío de Casal […] siempre hemos sospechado que está dando testimonio del frío interior que hay en nuestro país, que empieza con él a sentirse y que en la República ha seguido creciendo sin cesar hasta hoy. Nuestro sol brilla implacable, el cubano es ruidoso y alegre, pero un fondo de indiferencia, de intrascendencia, de nada vital, se va apoderando de su vida. Casal […] empezó a sentir, en sí mismo y en los otros, en el fenómeno de lo cubano como mundo existencial cerrado, ese fondo frío que ya desde los años 20 […] constituye el visible y escalofriante substratum de nuestra vida nacional.

 

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Gallos de pelea e indignidad de la condición humana.

He tomado esta foto de la página de algún periodista cubano que tiene su propio blog (yo lamentabemente no tengo cámara aunque también soy periodista) y vive en la isla (yo también vivo en la isla, y como ellos, no soy periodista independiente, así que jugamos en la misma liga, pero con diferente mentalidad). Como esta noche he encontrado dos blogs de periodistas galleros ya no recuerdo el nombre del autor de la foto. ¿Cómo pueden las personas dividirse en dos grupos tan totalmente opuestos como los que gustan de las peleas de animales indefensos que no tienen otro remedio que obedecer al hombre, y personas que quieren proteger a los animales de los depredadores humanos? Martí dijo: “Hay dos clases de hombres: los que aman y construyen y los que odian y destruyen”. No consigo imaginar a Martí en una riña de gallos. Los artículos de estos dos  blogueros me han llenado de indignación y de asco.

La mayoría de los cubanos, incluida quien esto escribe, hemos crecido convencidos de que las peleas de gallos son parte de la cultura nacional y han existido siempre con el beneplácito de toda la ciudadanía y los gobiernos de turno. La lucha por una ley contra el maltrato animal que llevan a cabo en la capital varios grupos protectores de animales ha puesto el tema de las peleas de gallos en el candelero de la atención popular, puesto que las gallerías, las galleras y los galleros son uno de los obstáculos más mentados a la hora de dilucidar si es posible que Cuba llegue a tener una ley que prohíba el sacrificio de animales, puesto que somos una isla que no solo tiene a las aves de corral como una de sus principales fuentes de alimentos proteicos, sino que los mata masivamente por motivos religiosos y, además, los considera sus gladiadores predilectos.

Sin embargo, la realidad demuestra que muchos cubanos detestan las lidias de gallos y a quienes las promueven, ya sea con fines de lucro o de recreación. Es un dato muy poco conocido que el Gobierno de ocupación militar que sucedió en Cuba al dominio de las autoridades coloniales españolas  consideraba que la isla tenía algunas costumbres y modos de vida propios de un estado incivilizado debido  a los vicios del coloniaje, y emitió el decreto 165 de la serie de 1899 del Cuartel General para prohibir las peleas de gallos, popularísimas entonces y con entera libertad de consumación, no como ahora, que se hacen a escondidas. Hubo muchísimas protestas por parte de los cubanos, en especial de los campesinos, puesto que en tiempo de zafra estas peleas eran uno de los modos de diversión más gustados por ellos. Como ya el Decreto existía, algunos persistentes solicitaron permiso para celebrar gallerías en el pueblo de San Juan y Martínez, y como dicha solicitud fuera denegada por las autoridades norteamericanas, los galleros y su público agarraron sus aves y se fueron a gallear a la manigua. A su regreso fueron sorprendidos por la Guardia Rural con sus ropas cubiertas de sangre y los cadáveres de las aves entre las manos, por lo que fueron enviados a prisión.

Pero las tensiones no eran solo entre cubanos y norteamericanos ocupantes, sino entre cubanos mismos, y lo que es peor, entre veteranos de la recién terminada Guerra de Independencia, pues algunos que habían alcanzado puestos prominentes en la administración pública, como por ejemplo, alcaldías, eran partidarios de las gallerías, mientras otros aún más encumbrados apoyaban la decisión de las autoridades de ocupación de suprimir de la vida de la isla las costumbres salvajes que existían en ciertos sectores de la población nativa. Sin embargo, de acuerdo con la investigadora Marial Iglesias en su libro Las metáforas del cambio en la vida cotidiana Cuba 1898-1902:

Los más apasionados adalides de la prohibición de los gallos no fueron los funcionarios norteamericanos, sino los representantes de un sector de la propia élite nacionalista cubana que, por los mismos tiempos, promovía el proyecto de hacer de las fechas patrias días festivos de alcance nacional. Para quienes no comprendan bien el sentido de la afirmación anterior, sépase que tras el fin de la Guerra, los enardecidos cubanos celebraban las fechas patrias de significación con fiestas y diversiones, entre ellas la riña de gallos.

¿Y quién era el líder de esta corriente de opinión opuesta a las gallerías? Pues nada menos que el General del Ejército Libertador José Miguel Gómez, más tarde presidente de Cuba, quien entonces era gobernador civil de Santa Clara, una de las zonas más galleras de la isla. Gómez firmó de su puño y letra una carta dirigida al Jefe del  gobierno interventor solicitando “en nombre de la mayoría de la población honrada” la prescripción de las peleas de gallos como “contrarias a la cultura del pueblo. Diego Tamayo, Secretario de Gobernación y también General del Ejército Mambí, era otro de los fervientes partidarios de la prohibición, pues opinaba que toda manifestación de barbarie debía ser erradicada de raíz por muy arraigada que estuviera en el cuerpo de la nación. Por otro lado, algunos altos oficiales del mambisado apoyaban a los campesinos para que intentaran convencer a las autoridades norteamericanas de no interferir en las costumbres cubanas.

No debe dejarse de mencionar que en la posición de los nacionalistas cubanos  con respecto al saneamiento de las costumbres nacionales había cierta tendencia a mimetizar el estilo de vida del pueblo norteamericano, que muchos cubanos consideraban entonces más avanzado material y moralmente que el propio, debido a que los Estados Unidos  se había liberado de su condición de colonia mucho antes que nosotros y en ese momento eran una nación con un sistema muy sólido de leyes que velaban por el buen comportamiento y el estado avanzado de la civilidad de la población.  Debo añadir que en este deseo de sanear las costumbres que animaba a una parte de los cubanos había, también, un claro rechazo a la cultura colonial que había imperado en la isa durante siglos.

Lo importante de este enfrentamiento entre cubanos no es que los partidarios de la prohibición hayan gozado del apoyo del Gobierno de ocupación norteamericano, ni que un número mayor de nacionales estuviera contra la misma, sino el hecho de que el principal argumento empleado por estos últimos para validar las peleas de gallos era (y sigue siendo) el considerarlas como parte de la cultura nacional, afirmación que bajo una mirada más moderna y antropológica podría extenderse a todo el Caribe hispanoparlante. No tiene suficiente peso la argumentación de que la lidia de gallos proviene de Grecia y que los romanos también fueron muy aficionados a ella, como lo demuestran los hermosos mosaicos hallados entre las ruinas de sus villas. Los romanos también fueron muy aficionados al circo, a los combates de gladiadores y a los combates de fieras contra humanos y contra otras fieras, pero aquellas costumbres fueron eliminadas por el devenir histórico, en parte gracias a la labor civilizadora de la Iglesia cristiana, que aunque haya sido capaz de inventar una institución tan monstruosa como la Inquisición, fue, en su momento y en muchas partes del planeta, portadora de un saneamiento de las costumbres que, entre otros hábitos tenebrosos, acabó, por ejemplo, con el canibalismo y los sacrificios humanos en el Nuevo Mundo, y en la vieja Irlanda logró que el sacerdocio druídico, servidor de un panteón de divinidades violentas, renunciara a los sacrificios humanos y a la práctica ancestral de entregar a los ídolos el primer nacido de cada camada, incluyendo los primogénitos humanos, para ser “devorados” por el dios.. Cito estos dos ejemplos solo  para apoyar mi razonamiento, y los cito porque son incuestionables.

Me resulta curioso por qué la lidia de toros, práctica tan común en España y que parece tener sus más lejanos antecedentes en la Creta minoica, siempre despertó muy poco entusiasmo entre los cubanos y jamás arraigó entre nosotros a pesar de haber existido en la isla plazas de toros, y sin embargo las peleas de gallos están como incrustadas en la idiosincrasia nacional. Creo que todas las actividades de cualquier índole que se basen en combates ya sea de hombres o de animales, e incluyo en esta categoría al boxeo y otros deportes,  son prácticas ancestrales basadas en la violencia, la sangre, la destrucción y la muerte. Son costumbres  atávicas que dificultan y retrasan los procesos civilizatorios que por ley de la Historia deben ocurrir en todas las culturas y civilizaciones. Estos hábitos popularizan y transmiten el culto a la violencia y a la destrucción, difunden un concepto de la heroicidad ajeno a la esencia misma del héroe, porque el héroe, es decir, el mejor, el de mejores cualidades, el triunfador,  no es un depredador, tiene virtudes entre las cuales predomina la de no contender  con adversarios más débiles que él, no dañar a quien no puede defenderse y pelear  siempre por causas justas. Es más hombre quien es capaz de vivir de acuerdo con la ética; quien disfruta matando y viendo matar no es más hombre, solo tiene mal colocada su testosterona. ¿Qué puede ser más innoble que echar a pelear perros, los más fieles compañeros  del ser humano? ¿Qué puede ser más innoble que criar un perro para que mate a otro o muera destrozado a cambio de unos billetes en el bolsillo de su dueño? ¿Qué concepto de la epicidad tiene un pueblo que disfruta las peleas entre animales?

Un gallo de pelea es, en realidad, una pobre ave de corral a quien un ser primitivo y con malas intenciones entrena para matar a otra pobre ave de corral. Una vez que estas aves indefensas son seleccionadas por el gallero, quien las maneja como a marionetas, ya no tienen escapatoria: están obligadas  a luchar por sus vidas y morir para solaz de la canalla rumbera.

Y no lo digo solo yo. Lo dicen muchas voces autorizadas en el mundo. Existen estudios que demuestran cómo la permanencia de estas costumbres atávicas entorpecen el desarrollo cívico y moral de una sociedad. Fue ese el criterio firme de hombres que pelearon con bravura por la independencia de Cuba, hombres como José Miguel Gómez, que aunque haya pasado a la historia nacional con la coletilla de “tiburón se baña, pero salpica”, fue el político a quien el pueblo cubano confió sus destinos tras la destitución del presidente  Estrada Palma, el traidor que violó los principios políticos de José Martí y disolvió el Partido Revolucionario Cubano fundado por el Apóstol y destinado a guiar la República en sus primeros pasos vacilantes hacia la formación plena de una nación. José Miguel Gómez tuvo que lidiar durante su mandato con decisiones muy difíciles y cometió muchos errores, aunque también muchos aciertos. Algunos  de estos errores fueron trágicos, pero pueden ser comprendidos a la luz de los acontecimientos históricos  aunque no puedan ser justificados por ellos, pero con respecto a las lidias de gallos y a su convicción de la necesidad de extirpar hábitos viciosos y ancestrales del cuerpo de la nación, no estaba equivocado. Las consecuencias de no haberlo hecho a tiempo son un pueblo que dos siglos después todavía no ha aprendido a amar  a sus animales, sino que abusa de ellos o mira sus sufrimientos  con indiferencia. El gran político hindú Mahatma Gandhi fue lapidario en la sentencia que emitió sobe esto:   “El grado de civilización de un pueblo se mide por la forma como trata a sus animales”.  A los cubanos Gandhi nos hubiera suspendido con un cero más grande que la bola del mundo.

 

 

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Ajenjo, La estrella de fuego verde

Para Benigno Delgado Hernández

Desde niña me llamó la atención el nombre de una estrella que se menciona en la Biblia: Ajenjo. Me imaginaba que esa estrella de fuego verde era monstruosa y muy maléfica, y le tenía tanto miedo que algunas noches en que no podía quedarme dormida me asomaba a la ventana de mi cuarto y miraba el cielo estrellado sobre la Loma del Burro, para ver si Ajenjo ya se estaba acercando a la Tierra.

Lo que mi fantasía infantil no alcanzó a avizorar fue el papel que el ajenjo tendría en mi vida adulta. No conocí que era una hierba con la que se elabora una bebida llamada absinta hasta que descubrí la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XIX, y supe que aquella generación fascinante y maldita liderada por los poetas Verlaine, Rimbaud y Baudelaire, que produjo también pintores extraordinarios como Gustave Moreau y los simbolistas belgas, y a la que se deben al menos tres de los más importantes movimientos literarios finiseculares —el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo—, bebía absinta desesperadamente en busca de una fuente de inspiración que naciera de una expansión de conciencia, ya que la planta con que se elabora el néctar tiene propiedades alucinógenas. Los principios activos del ajenjo explican, en parte, la imaginería finisecular fastuosa y exótica iluminada por el brillo rutilante de las piedras preciosas, enneblinada por el humo perfumado de legendarios pebeteros y poblada por mujeres cubiertas de pieles y joyas que practicaban un erotismo perverso y mordían corazones masculinos para arrojarlos bien mascados al río del Infierno.

También los ingleses bebían ajenjo. Lo tomaban los pintores prerrafaelitas, los poetas, los dramaturgos y también los intelectuales irlandeses que intentaban en Londres revivir la cultura ancestral de su isla mágica. Lo bebió Bram Stocker, autor de Drácula, vampiro aristocrático que tal vez debe mucho al ajenjo. En los Estados Unidos fue Edgar Allan Poe quien mantuvo la más provechosa relación con la absinta, además de con el opio, sustancia muy consumida por entonces en el planeta por gozar fama de panacea universal capaz de aliviar todos los males del cuerpo y el espíritu, y que entonces era de libre consumo, pues no fue hasta mucho después que se le consideró una droga inmoral y se proscribió su uso. El siglo XIX tuvo en algunos aspectos una mentalidad más amplia que los siglos posteriores.

En los cabarets de París que el mundo ha hecho célebres como palacios de los placeres desenfrenados y refugio de los más vigorosos espíritus creadores del momento, la absinta, bebida por excelencia de los bohemios, competía con los vinos lujosos bebidos por los aristócratas que malgastaban allí sus noches viendo bailar can-can a muchachas bellas y tísicas como el personaje interpretado por Nicole Kidman en el filme Molino Rojo. En el cabaret del mismo nombre, el más célebre y refinado de todos los de París, bebieron absinta poetas, pintores y escritores, entre ellos Henry de Toulouse-Lautrec, el pintor enano, y compuso buena parte de su música el genial Eric Satié. Rubén Darío también estuvo allí.

Pero una de las mejores aventuras del viaje de la absinta del Viejo al Nuevo Mundo es que también fue bebida por las logias artísticas de las grandes capitales latinoamericanas, y acompañó el primer nacimiento de un auténtico movimiento literario en esta orilla de los océanos, el modernismo. La absinta no era desconocida para José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera y Julián del Casal, los cuatro nombres a los que se reconoce sin discusión la creación de este movimiento que, aunque nacido de la imitación de las corrientes francesas, terminó por ser un producto netamente nuestro que se embarcó hacia Europa en la flota de Indias y colonizó a quienes antes nos habían colonizado. Dos de esos nombres son cubanos, y aunque en las clases de Literatura del preuniversitario siempre me enseñaron que Darío fue el iniciador y el supremo sacerdote, hoy, cuando mis conocimientos son mucho más vastos, doy la razón a los estudiosos que traspasan a Martí el laurel de fundador, y pienso también que si Darío fue quien más visibilidad logró en Europa y los Estados Unidos, Julián del Casal es mucho mejor poeta, con una hondura psicológica y una fuerza emocional que el nicaragüense jamás llegó a tener. La gran suerte de Darío fue, en mi opinión, que la muerte se llevó muy rápido a los dos poetas cubanos y al mexicano Nájera, mientras a él le permitió disfrutar de una larga vida y crear una extensa obra. Es de suponer que como las generaciones se pasan las antorchas, en la luz de la antorcha pasa también todo aquello que conforma la identidad de un movimiento artístico, y así fue como yo llegué a concebir una sed de ajenjo que no le deseo a nadie.

Mi primera y única botella llegó a mí a través de un amigo especialísimo, alma gemela, poeta de una sensibilidad que no abunda en Cuba, quien me descubrió el fenómeno arrollador del mundo poético lezamiano y otros muchos universos casi secretos de nuestra literatura, y digo secretos por ser poco revisitados por los mismos cubanos. Es por eso que a sus creadores y a quienes los siguen en el misterioso camino del arte se les ha llamado raros.  El mérito de este bautismo parece que hay que anotárselo a Rubén Darío, quien en un libro que tituló Los raros, habló de  los poetas y pintores franceses que en la época se revelaban contra los últimos ecos del romanticismo y se lanzaban por una senda que las moralinasde la época miraban con desconfianza y hasta acusaban de satánica.

Pero retomo la historia de mi primera botella. Mi amigo la recibió de unos amigos franceses y me la trajo para que celebráramos una espectacular velada poética. Me dejó abrirla para que fuera yo la primera en aspirar el bouquet. Bebimos y aquella noche no dormimos. Hablamos mucho de arte y  literatura, en especial de poesía. Mi amigo vigilaba que yo no cometiera excesos, pues temía la fama alucinógena de la bebida, que él también probaba por primera vez. No ocurrió nada fuera de lo común, salvo que la encontré muy de mi gusto aunque no me agradó su matiz lechoso y cierto amargor que se quedaba en la boca. Usamos dos vasitos de cristal de aquellos rusos, facetados e irrompibles que durante décadas fueron casi los únicos que se podían encontrar en nuestras anémicas ferreterías. Al amanecer mi amigo tuvo que irse a su trabajo, no sin hacerme prometer que no volvería a tocar la botella hasta su regreso. Yo prometí, pero no tenía ninguna intención de cumplir, y en cuanto él se fue preparé mi máquina de escribir (aún no teníamos computadoras) y puse a  mi lado la botella, segura de que me ocurriría lo que al autor de Xanadú: me bebería todo el ajenjo y escribiría un poema genial que dejaría chiquito a Lezama. Para mi inmensa frustración no ocurrió nada. Ni siquiera me emborraché. Aquella fue la primera y la última vez en mi vida que me entusiasmó la idea de alucinar para abrir las puertas de la creación. ¡Estaba tan desencantada!

En el año 2000 tuve mi segundo encuentro con el ajenjo cuando hice mi primera visita de novia a la mansión familiar de mi esposo actual, llena de cuadros y antigüedades. En la saleta con pórtico de columnas de aquella casa fabricada en 1924, en la pared, encima del televisor, mi ojo escrutador detectó de inmediato la presencia de una reproducción del célebre óleo La absinta, de Edgar Degás, el célebre pintor francés de bailarinas. La pintura representa a dos bebedores de ajenjo, un hombre y una mujer, en un café. Pobremente vestidos, sentados cada cual ante su copa, el rostro de la mujer expresa un gran abatimiento mezclado con cierta impotencia obtusa, mientras en el de su compañero solo se aprecia la torva indiferencia del bruto. La paleta ocre usada por Degás y los pocos elementos que aparecen en el espacio cerrado ocupado por las figuras crean una atmósfera realmente opresiva. Otros pintores pintaron cuadros con el tema del ajenjo: El bebedor de absenta, de Viktor Oliva, La mujer bebiendo absenta, de Picasso, Café de Nuit, Arles, de Paul Gauguin, y otros, y en casi todos, los personajes son claramente bohemios trasnochadores que intentan ahogar sus penas en el fondo de sus copas. Los rostros

Jean Francois Raffaelli, Los bebedores de absenta, 1881

muestran esa expresión extática, ausente, perdida en la lejanía de las ensoñaciones, a veces torva, nunca agradable, como si las visiones del ajenjo transportaran a lugares donde más que gozarse en los placeres carnales o en los espirituales que concede la Belleza, se sufre, hay angustia o ese vacío terrible que se oculta detrás de la cáscara del mundo, y que los poetas de estos movimientos literarios llegaron a considerar como una segunda piel, o en algunos casos como el de Julián del Casal, como la primera. Hace ya casi veinte años que vivo en esa casa y todavía tengo momentos, cuando me quedo sola en la saleta, en que me abismo en la contemplación de La absinta y ni yo sé qué pensamientos inasibles cruzan por mi mente.

Mi tercer encuentro con el ajenjo ocurrió en 2004, cuando empecé a escribir mi relato La ciudad de los muertos, en el que unos escritores cubanos que viajan a Londres viven una experiencia de retroceso en el tiempo y regresan a 1862, donde se encuentran en el cementerio de Highgate con Elizabeth Sidal, la musa de los prerrafaelitas, convertida en vampiro, con el conde Drácula y otras criaturas de la fauna nocturna sobrenatural. Mientras investigaba para recrear la geografía y la atmósfera londinenses de aquella época descubrí que existe un ritual de refinamiento casi perverso para beber absinta, del que hasta entonces yo no había oído nada. Parece un rito pagano y tal vez lo sea, posiblemente tenga hasta un origen satánico, ni afirmo ni niego, pero es hermosísimo y por sí solo capaz de transportar el espíritu a ciertas regiones más allá del bien y del mal. El licor debe beberse en unas copas antiguas especiales de cristal tranparente o hasta un poco verdoso, abombadas en su parte inferior. El segundo implemento del ritual es una cucharilla plana de oro o de plata, de preferencia artísticamente labrada, con una pequeña perforación en su centro. El tercer elemento es un mechero de gas que también debe ser una joya de orfebrería. El cuarto elemento es un terrón de azúcar de forma cuadrada, el quinto un vaso con agua fría o hielo, el sexto la botella de ajenjo. Se vierte una parte de la bebida en la copa, y en el vaso de tres a cinco partes de agua que se dejan caer muy lentamente sobre el terrón colocado en la cucharilla; el azúcar se va disolviendo en una delicuescencia que al mezclarse con la absinta en el interior de la copa le da a la bebida un tono lechoso, le extrae los aromas de las distintas plantas presentes en su confección y disminuye o elimina el amargor que la caracteriza. Otra forma de beber la absinta consiste en impregnar el terrón en la bebida y derretirlo al calor del mechero, lo que se conoce como método checo o bohemio. Lógicamente, el bebedor de absenta o absintheur puede alterar esta fórmula en dependencia de la intensidad que quiera darle a su bebida. Supongo que en los cafés baratos de Londres y París los bebedores no disponían de objetos tan elaborados y valiosos, así que usted, si va a beber absinta, procure que sea de una buena marca y, por lo demás, eche mano a lo que tenga en su cocina para prepararla.

Pero el ajenjo no es una invención ni un descubrimiento del siglo XIX. En todo caso un redescubrimiento. Como dije antes, la palabra ajenjo aparece en la Biblia como nombre propio de una estrella con propiedades maléficas:

Tocó la trompeta el tercer Ángel… Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las manantiales de agua. La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas (Apocalipsis 8,11).

     El contexto en que aparece esta estrella es propio de lo que se conoce como apocalíptica judía, o sea, la visión de este pueblo sobre el fin del mundo que ha de venir como castigo a los pecados de la humanidad. Este fin de mundo que precederá la venida del Mesías será muy cruel y los sufrimientos de los hombres se comparan a los dolores del parto, o sea, los dolores del fin de mundo son el parto o advenimiento de una nueva era.

En el siglo I d. C. el botánico griego Dioscórides, quien fuera médico personal del poderoso rey Mitrídates del Ponto, incluía a la hierba Artemisa absinthium, planta dedicada a la diosa griega Artemisa o Diana cazadora, en su catálogo de sustancias curativas y mencionaba algunas de sus propiedades medicinales: antihelmíntica, antibacteriana, emenagoga, vermífuga y favorecedora de las funciones digestivas.

El médico, alquimista y astrólogo Paracelso ya aseguraba en el siglo XV que el ajenjo produce insomnio y alucinaciones. El también astrólogo, físico y farmacéutico, Nicholas Culpeper, escribió en el siglo XVII que “limpia el cuerpo de ira, provoca la orina y ayuda cuando se siente el estómago lleno”. Y recetaba: “Tómense las flores de ajenjo, de romero y espino negro, todas ellas en la misma cantidad, y la mitad de azafrán. Hiérbase todo en vino, pero no añada el azafrán hasta que esté todo prácticamente hervido. Esta es la manera de mantener la salud corporal de un hombre”.

De internet he tomado la siguiente información sobre los orígenes de la bebida llamada absinta:

El mejunje nació en Couvet, en el Val-de-Travers, en la frontera entre Suiza y Francia, en un lugar desolado, cubierto de praderías y rodeado de montañas calizas, conocido en la comarca como la Siberia suiza por su clima extremo, pero precisamente debido a su altura y climatología, allí se da muy bien el ajenjo, ingrediente básico de la absenta. La fórmula original se le ocurrió a un doctor local, llamado Pierre Ordinaire. El preparado se vendía en un principio en farmacias como medicina natural y el ajenjo aún se vende en muchos herbolarios. En 1797, Henri-Louis Pernod construyó la primera destilería en Pontarlier, al otro lado de la frontera, ya en Francia, y para finales del siglo XIX ya había convertido la absenta en la bebida de moda entre los intelectuales parisinos de ‘l’art nouveaux’.

Método tradicional de eaboración del ajenjo

Ya dije antes que en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, pero sobre todo en el París de la Belle Èpoque, era la bebida de elección para bohemios y artistas. Fueron entusiastas bebedores de ajenjo no solo los poetas Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, antes mencionados, sino también los pintores Gauguin, Toulouse-Lautrec, Manet, Van Gogh (de quien se dice que cuando se cortó la oreja que regaló a una prostituta estaba bajo los efectos de un atracón de absinta), el dramaturgo inglés Oscar Wilde, y más tarde el célebre pintor Pablo Picasso y el escritor Ernst Hemingway. La lista es infinita.

La Artemisa absinthium o ajenjo es una planta vivaz y espontánea que abunda en los terrenos secos y laderas áridas de Europa Central y meridional. Florece entre Julio y agosto. Es muy aromática y el mejor momento para recolectarla es cuando van a abrirse las flores. La planta se macera y luego se destila con flores de anís e hinojo, tres hierbas conocidas como La Santísima Trinidad del ajenjo, pero también se puede añadir a la fórmula hisopo, la melisa y pequeña artemisa. Existen recetas en las que aparece la raíz de la angélica, hojas de cálamo, hojas de dictamnus, cilantro, verónica, hojas de enebro, nuez moscada, regaliz, así como diferentes hierbas de origen silvestre. El producto final posee concentraciones alcohólicas que van del 45% al 89%. Se han reconocido cinco grados de absenta, de acuerdo al menor o mayor contenido alcohólico: ordinaire, demi-fine, fine, supérieure y Suisse. La mayoría de las absentas del mercado contienen hoy en día entre 60% y 75% de alcohol. El color de la bebida depende de compuestos naturales o artificiales, consiguiéndose las bebidas denominadas la Bleue (azul), la Blanche (blanca) o la más popular, la verde, lograda al añadir clorofila de la propia Artemisa, luego de la destilación.

En Francia la absinta fue prohibida en 1915 después que un campesino confesó haber bebido unas copas antes de asesinar a tiros a su esposa e hijos. La prohibición se mantuvo en Europa hasta 1988, año en que la Unión Europea levantó la restricción sobre la producción de la polémica bebida.

La absinta se ha puesto de moda otra vez, y no solo en Europa, sino en algunos países deAmérica como Argentina y Chile, donde existen grupos selectos de bebedores que se

reúnen para hacer el ritual en casas particulares o en algunos establecimientos que están floreciendo al calor del nuevo hobby. Este fenómeno se debe, sin duda, a que en las montañas del Jura, Suiza, se ha inaugurado un tour llamado La Ruta de la Absenta, un recorrido que comienza en Pontarlier (Francia) y finaliza en Couvet (Suiza) o al revés. La ruta atraviesa bellos paisajes alfombrados de ajenjo y recorre los principales lugares relacionados con el advenimiento y elaboración de la bebida, sobre todo la Maison de l’Absinthe, en Môtiers, auténtico museo de la historia de este licor. Este lugar es un recinto mágico en el que se ha intentado recrear un salón de la Belle Èpoque, presumiblemente del Molino Rojo, ya que las paredes han sido cubiertas con paneles de este color en el que aparecen las figuras de absintheurs de ambos sexos con elegantes vestuarios de época. El mobiliario es también de época y hay vitrinas que exhiben variados juegos de los implementos usados para el ritual de beber, y también botellas de ajenjo de marcas que fueron icónicas en su tiempo.

     Hay una bellísima leyenda en torno a la absinta, según la cual en el fondo de copas y botellas habita un hada que es el espíritu del licor, y es la responsable de las visiones idílicas que se supone experimentan quienes lo beben. La llaman el Hada Verde de la Ilusión, pero también la Reina de los Bulevares. Se murmura que ofrece a los bebedores placeres tan intensos como perversos, y alucinaciones donde todos los colores del planeta bailan y estallan en raudales de luz. Quienes conozcan la pintura del francés Gustave Moreau, en particular su óleo Salomé, que inspiró un soneto magnífico a nuestro Julián del Casal, comprenderán lo que intento explicar. Supongo que la leyenda es consecuencia de la cultura animista de los primitivos habitantes de Europa, protoceltas que creían que todo objeto, ya fuera naturaleza viva o muerta, posee un espíritu que lo anima y adopta formas caprichosas generalmente humanas.

     No me resulta fácil ofrecer al lector una lista de lugares físicos o digitales donde pudiera adquirirse absinta de marca. En lugar de ello modestamente sugiero esta receta que encontré en internet:

  • 1 litro de alcohol etílico
  • 20 gramos de ajenjo (añadir más cantidad si se desea una coloración más fuerte)
  • 750 cm3 de agua destilada o mineral
  • 500 gramos de azúcar blanco
  • Algunas hojas de hierbabuena o menta

Dejar macerando el ajenjo, las semillas de anís (opcional) y las hojas de menta con el alcohol por, al menos, de 25 a 30 días en un recipiente hermético y en un lugar oscuro, sin humedad. Una vez obtenida la maceración, destilar con un filtro de papel o colador fino y reservar el alcohol. Añadirle un almíbar obtenido a partir del agua mineral y el azúcar, que se consigue hirviéndolos juntos hasta que tome la consistencia exacta. Una vez frío se mezcla con el alcohol aromatizado por las hierbas. Una vez embotellado, dejar reposar por otros 25 o 30 días en un sitio fresco y oscuro. Esta es una de las más tradicionales recetas de licores caseros y verás que bien resulta.

¡Diga que no es irresistible…!

     Si usted decide convertirse en absintheur no me culpe a mí, y para librarme de toda responsabilidad le doy mi palabra de honor de que la única vez que yo lo fui, el Hada Verde no quiso visitarme a pesar de que mi botella, ahora lo sé, era de una de las mejores y más antiguas marcas. Pero si acercarse al ajenjo y a su historia sirviera para interesar a usted en una época espléndida del arte occidental, en la que Cuba estuvo involucrada a través de dos de sus más grandes poetas y periodistas, entonces la experiencia habrá valido la pena.

 

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ARTE Y ETERNIDAD, EL LEGADO DE LOS HERMANOS CAMEJO

A mi padre Hugo Picart

 

Los hermanos Camejo

Hace algunos días estaba yo en la sala de mi apartamento acariciando a mi perrita, que responde al nombre singular de Carmelín Bebé de Arriba, y le cantaba una cancioncita que compuse para ella: “Carmelín, Carmelín de Arriba, Carmelín, Carmelín Bebé…”, cuando de repente me di cuenta de que esa musiquita no la estaba componiendo yo, sino que la había escuchado antes en algún sitio. De momento no pude identificarla, pero la sensación de familiaridad se fue haciendo más fuerte por momentos y llegó a ser incómoda. Registré con empecinamiento mis recuerdos hasta recuperar una imagen muy lejana: yo entre un grupo de niños sentados sobre honguitos de cemento coloreado en medio de un escenario natural, un parque con muchos árboles, y cerca de mí estaba mi padre con un traje claro de domingo y una de sus corbatas elegantes. En medio del escenario se movía una mujer de pelo oscuro que llevaba un títere en la mano, mientras cantaba: “Pelusín, Pelusín del Monte…”. No pude recordar el resto de la canción, pero sí el nombre de la mujer: Carucha Camejo, y yo estaba en medio de una función de guiñol en el Jardín Botánico, uno de los lugares donde mi papá me llevaba los domingos. También recordé que aquella lejana noche de mi infancia obligué a mi mamá, después de llorar muchísimo, a que cosiera un títere para mí. Mi primer títere, con ojos de botones y cabeza rellena de harina. Un domingo mi papá me dijo que ya no iríamos más al guiñol y jamás volví a ver a Carucha y su niño de trapo. O tal vez fue que yo crecí… No recuerdo su rostro ni el de Pelusín, salvo que era  un pequeño muy travieso. Solo conservo esa visión instantánea, como un flash, una fotografía donde quedó atrapado aquel instante.

Caridad Hilda Camejo González, Carucha para los niños y para muchos adultos capaces de sentir la magia del mundo de las marionetas, nació en La Habana el 18 de noviembre de 1927. Ella fue la mayor sus cuatro hermanos, quienes más tarde se entregarían al mundo del teatro. Parece que su vocación por las tablas comenzó ya en la niñez, cuando comenzó a escribir cuentos e imitar los espectáculos de muñecos que veía en algún sitio del que seguramente ya nadie se acuerda.

Junto a uno de sus hermanos, José Camejo, inició estudios en la Academia de Arte Dramático (ADAD) de la capital, donde se graduó en 1947. Trabajó como actriz dramática hasta que en 1949 ella y su hermano Pepe decidieron crear un retablo ambulante para ofrecer funciones en las escuelas públicas habaneras. Un año después, el proyecto de los Camejo fue contratado para las llamadas Misiones Culturales y los hermanos recorrieron el país brindado funciones infantiles. La agrupación lanzó un manifiesto que buscaba promover la cultura y las tradiciones cubanas a través de los títeres, así como utilizarlos como un instrumento escolar pedagógico y explotarlos como un género de infinitas posibilidades entre espectadores de cualquier edad. Poco después comenzó a aparecer en a televisión con su espectáculo de títeres dirigido a los niños. Allí nació Pelusín del Monte, probablemente el más famoso de todos sus personajes. Durante algunos años Pelusín fue un favorito de los horarios televisivos infantiles, una auténtica estrella.

En 1956 los hermanos Camejo fundaron el Teatro Nacional de Guiñol, el primero de la isla, que a partir de 1963 y bajo el auspicio del Consejo Nacional de Cultura tuvo su sede oficial en el cine FOCSA, en los bajos del edificio de igual nombre en El Vedado, una ubicación ciertamente privilegiada. Sus funciones tenían siempre una audiencia muy nutrida. Carucha era una artista muy creativa, sus actores diseñaban los títeres, las escenografías, investigaban y  escribían los libretos. El repertorio para niños incluía La Cenicienta y El Patito Feo, pero también había un repertorio para adultos, con obras como El amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, La loca de Chaillot, Ubú rey, Don Juan y La caja de los juguetes. Por la representación del Don Juan de Zorrilla los Camejo y el teatrista Carril, quien formaba parte de la compañía, recibieron una mención en el VI Festival de Teatro Latinoamericano de La Habana y elogios muy entusiastas de público y crítica en Polonia, Checoslovaquia y Rumania. En 1997 llevaron  a escena La corte de Faraón, que impactó el ambiente cultural habanero y fue elegido como uno de los mejores espectáculos del año.

En 1971, cuando la compañía se encontraba en el máximo esplendor de su creatividad artística, trabajando para llevar a escena Cecilia Valdés y El reino de este mundo, comenzó el quinquenio gris y con él el proceso de depuración del mundo artístico cubano conocido como parametración, que terminó con las carreras de muchos de los mejores intelectuales y artistas del país y casi arrasó con el movimiento teatral cubano. Otra vez mi memoria no me suministra datos precisos, pues yo era entonces demasiado joven como para entender lo que sucedía en Cuba. La palabra parametración, que escuché alguna que otra vez en el seno de mi familia, no me decía nada, y solo veía desaparecer uno tras otro rostros muy familiares en la televisión cubana. Vine a tener conciencia de lo que había sucedido varios años después, cuando empecé mis estudios de Literatura en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA). Los ecos de aquella tragedia aún sacudían la vida intelectual cubana. No sé de cuáles crímenes se acusó a Carucha Camejo, al extremo de que los muñecos de su compañía le fueron retirados y arrojados a un basurero. Poco después su hermano Pepe fue a prisión acusado de complicidad con el escritor Reinaldo Arenas, un auténtico maldito de la literatura cubana. Así recuerda el suceso el escritor, investigador y ensayista Roberto Méndez[i]:

[…] Por aquellos días, Carucha junto a su hermano Pepe Camejo y el otro Pepe, Carril y un grupo pequeñísimo de actores que eran también discípulos, habían logrado que el arte de los títeres desarrollado por ellos rebasara las fronteras nacionales y encontrara reconocimiento en varias naciones europeas, como ocurrió con el montaje del Don Juan de Zorrilla. Cuando la UNESCO publicó, en francés, un gran volumen fotográfico, titulado Marionettes du monde, junto a los antiquísimos muñecos del teatro balinés, a las marionetas sicilianas y a los títeres del Guignol parisino, estaban varias imágenes de las puestas concebidas por los Camejo […] .

[…] Su carrera vino a cerrarse a mediados de 1971, cuando el Consejo Nacional de Cultura decidió, como parte del incalificable proceso llamado “parametración”, realizar un “operativo”, para tomar la sede del Guiñol en el edificio Focsa, desaparecer sus libros y muñecos y poner en la calle a sus fundadores. La artista […] vio clausurada así una trayectoria de apenas un par de décadas, pero jalonada de importantes reconocimientos internacionales. Se refugió en su casa. Padeció serios trastornos nerviosos […]

[…] Aquel “operativo” significó, si no la desaparición del género en Cuba, una importante laguna en su desarrollo, de hecho, la isla quedó por mucho tiempo al margen del movimiento internacional de títeres y en el plano nacional parecieron instaurarse el conformismo y la rutina, como sucedió con otras manifestaciones. Sólo algunos discípulos como Ulises García y Armando Morales pudieron trasmitir parte de aquella sabiduría en su quehacer de los años siguientes. Todavía hoy, lo mejor del la labor titiritera, por ejemplo el quehacer del Teatro de las Estaciones, de Matanzas, invoca con frecuencia, como parte de sus bases estéticas, sus nexos con el mítico Guiñol de los Camejo […] .

Carucha salió de Cuba en 1984 rumbo a Venezuela y de allí pasó a Nueva York, donde trabajó como profesora de español, sin abandonar del todo su actividad como teatrera. Regresó a Cuba en dos ocasiones para visitar a su familia y recibió algunos homenajes del mundo teatral, uno de ellos tuvo lugar en el teatro Sauto de Matanzas. Murió de cáncer en noviembre de 2012.

Nunca, salvo en mi infancia, he sido amante de las marionetas, pero recuerdo con nostalgia el encanto de aquel mundo de muñecos movidos por manos invisibles, y cómo un niño podía sentirse así de embrujado haciendo hablar a un títere o viéndolo desplazarse por un escenario bajo las luces mágicas. Hace unos años pude ver un juego de fotos donde aparecía la puesta en escena de Bernarda Alba, la tragedia de Lorca, protagonizada por marionetas elaboradas por el pintor cubano Vladimir Garcías Carvajal, residente en Suiza y cuya obra se desconoce en Cuba. Vladimir concibió sus muñecos en un estilo que mezclaba el expresionismo con el realismo más crudo. Me sentí fuertemente impactada y lamenté muchísimo no haber podido estar con mi amigo en la pequeña salita-teatro de un pueblito en la Suiza italiana donde tuvo lugar la representación. Yo no sé si Vladimir, mucho más joven que yo, alcanzó a disfrutar del arte de los Camejo, pero la fuerza creadora de aquellos fundadores de alguna manera está en él, y en muchos otros teatreros que fueron sus alumnos o han recogido su legado y no lo dejan morir. Yo quiero rendir tributo a Carucha Camejo por aquellos domingos encantados que disfruté gracias a ella, pero más que recuerdos tengo sensaciones, y las sensaciones a veces huyen cuando se las quiere transformar en palabras. Por eso prefiero reproducir aquí los testimonios de dos de sus herederos en la creación artística, en la certeza de que serán mucho mejor homenaje que cualquier cosa que yo pudiera decir.

Carucha Camejo, nuestra reina titiritera
por Rubén Darío Salazar

De Carucha Camejo (La Habana,18 de noviembre de 1927-Nueva York, 10 de noviembre de 2012) solo tenía breves referencias. Conocía, mediante el Seminario de Teatro para Niños, impartido por la profesora Mayra Navarro en el Instituto Superior de Arte de La Habana, algo de su leyenda, sus características personales y su contribución artística al teatro de figuras nacional e internacional.

En 1991, durante mi participación junto a Teatro Papalote en el Festival Mundial de títeres de Charleville-Mezieres, Francia, sostuvimos un pequeño encuentro con la maestra Margareta Niculescu, destacada directora artística rumana. Ella nos preguntó por Carucha Camejo y por los dos pepes, el Camejo y Carril. Recordaba aún con buen sabor la gira del elenco del Teatro Nacional de Guiñol por Rumanía, en 1969. Sentí en mí una laguna inmensa de conocimientos sobre experiencias, memorias y legados que nos pertenecían, como caminos legítimos de la familia titiritera cubana.

La huella luminosa de Carucha, su familia y su tropa de juglares, comenzaría a ser evocada en trabajos publicados en un boletín artesanal que realizábamos en Teatro Papalote bajo el singular nombre de La Mojiganga. Sahimell Cordero, joven líder de Teatro El Trujamán, nos envió un artículo sobre el encuentro con Carucha , en 1994, en su casa de Fontanar. Alguna que otra anécdota llego hasta nosotros de esta importante visita a la Isla tras largos años de ausencia. Nos contaron con ilusión su vuelta a los predios del Guiñol Nacional para ver una función con muñecos.

De manera febril comenzamos a desempolvar ese “linaje”(1) maravilloso que ella inicia junto a los suyos en 1949. Desde Teatro de Las Estaciones nos volcamos a homenajear ese trazo mediante el estreno de títulos como Un gato con botas (1995), o incursionando en el teatro de figuras para adultos con un espectáculo nombrado El guiñol de los Matamoros (1998).

En 1999, junto a Yanisbel Martínez comenzamos una labor de investigación en grande. Hicimos una pesquisa de los posibles muñecos existentes en el país, y de los que podían existir en el extranjero. Entrevistamos a miembros, colaboradores y espectadores del Teatro Nacional de Guiñol. Esa búsqueda, con la imprescindible ayuda del titiritero villareño Allán Alfonso nos llevó hasta su casa, donde aún vive su hija Mirtha Beltrán. Comencé a escribirme con Carucha. Las cartas en papel, llegadas desde Nueva York, con caligrafía hermosísima, al estilo más antiguo, eran una fiesta para Zenén Calero y para mí. Mirtha pasó a ser nuestra hermana, Carucha, nuestra madre. De manera jocosa nos decíamos los príncipes y la Reina. Una soberana que desde lejos comenzó a enviarnos luces y una energía espiritual cosmogónica, que motivó la Exposición Un día, una vida, dedicada a Pepe Camejo, montada en la Galería El Retablo, durante la celebración del 4to Taller Internacional de Teatro de Títeres de Matanzas, en el año 2000.

La vida nos premió con una invitación para participar ese mismo año del Festival Internacional de Títeres Jim Henson, en Nueva York. Oportunidad única para conocer en vivo a Carucha Camejo, homenajearla desde nuestra representación, darle un abrazo sincero, decirle cuanto la queremos y recordamos en Cuba. La visitamos en su apartamento de la Avenida Columbus. Cocinó comida criolla para nosotros, nos regaló viejas cintas magnetofónicas con las voces jóvenes de ella, Camejo y Carril, entre otros integrantes de la mítica tropa. Fueron dos encuentros inolvidables que concluyeron con la vuelta de Carucha a su país, para la celebración de su cumpleaños 74 en Matanzas. Hubo puesta en escena (En un retablo viejo, texto de Norge Espinosa donde se recrea el estilo titeril de los años 50), exposición antológica de su obra para el retablo y fiesta por su onomástico en la UNEAC yumurina. Acudieron al homenaje, en el Teatro Sauto, algunos de sus alumnos de 1961 y 1962. Los fundadores del Guiñol de Matanzas, del Guiñol de Santa Clara y del Guiñol de Santiago de Cuba, entre otras personalidades que compartieron tiempos de trabajo con ella; pienso en Carlos Pérez Peña, Silvia de la Rosa o Armando Morales, entre otros maestros titiriteros, artistas noveles, autoridades y curiosos de nuestro arte.

Montajes de Las Estaciones como La caperucita roja, Pelusín y los pájaros, La caja de los juguetes, Pedro y el Lobo, El patico feo, Los zapaticos de rosa o La virgencita de bronce, fueron declarado tributo a ese rastro indeleble y gigante de los Camejo y Carril, y entre ellos la presencia de Carucha como única sobreviviente de ese trío de oro, con todos los recuerdos frescos y organizados, junto a consejos siempre a tiempo para los que llegamos después.

El libro Mito, verdad y retablo: El guiñol de los Camejo y Carril, firmado por Norge Espinosa y por mí, ganador del Premio de Investigación Teatral Rine Leal, en 2009, cierra momentáneamente un ciclo de indagaciones sobre la poética escénica del Teatro Nacional de Guiñol. Una etapa en la historia de nuestro teatro de muñecos que aún merece mucha más atención, justicia, respeto y promoción. Esa trayectoria  define y explica quienes somos hoy. Carucha, nombrada en mayo de 2012 como miembro de honor de UNIMA Internacional, en el 21 Congreso de la organización, celebrado en Chengdú, China, seguirá siendo nuestra Reina. Una emperatriz que no solo fue ejemplo de belleza femenina, sino de inteligencia, de creatividad, de rigor, pasión y sacrificio. Las maestras como ella no mueren nunca, han construido su palacio en zonas fértiles, en terrenos donde  crece una fronda infinita, ramajes culturales que se alzan desde la profundidad de la tierra y llegan al infinito en eterno ascenso.

Carucha y la Luna

 

por René Fernández Santana.
Premio Nacional de Teatro y Presidente de la UNIMA Cuba.

Siempre los personajes de la Luna que aparecen en mis obras tienen algo del decir de la maestra Carucha. Su versatilidad en su sonrisa la hacía ser un astro luminoso.  Siempre ha sido mi Luna y ella misma es la Luna. La del Papalote de Domingos por la mañana, la de los Cazadores de estrellas y el Circo imaginario, la laboriosa del Huerto y los tomates rojos, rojos, la de las palabras en los habladores actores, la pescadora consejera de Felipito, la cazadora del Cocodrilo verde, la de Dorotea, que se mira y se vuelve a mirar en su espejo, la de Okin eiye ayé guardando la libertad dentro de su plateado vientre, y todas las Lunas que me faltan por escribirle. Carucha: poseedora y cautiva del oficio de los retablos en el monte de sus manos.

El rio y sus crecidas no arrastraron tu presencia, encontraron su cauce y sus arenas el horizonte en el símbolo del títere cubano. Tu recuerdo de gran titiritera sigue grabado: nunca se fue, nunca nos abandonaste, nunca abandonaste esta isla. Siempre hemos estado junto a ti, hoy se ha roto el silencio. Penélope a la luz de la Luna nunca destejió tu nombre. Las estrellas en sus nocturnas conversaciones ante la patria y la partida hacia el amanecer, buscaron tu otra mirada, la segura, la encantadora, la más sutil, la de maga, la de creadora de un comienzo que no tiene fin. La Luna rezó tu arte. Carucha, nos acompaña con sus sabias palabras: “El títere es para vivirlo y hacerlo vivir”.

Siempre esperamos una justicia de la cultura. Un claro de Luna, pero fue demorado. Desfavorecedor. Se perdió la voluntad de muchos espíritus. Difíciles momentos del agresor pensamiento a la identidad cultural. Este ejército de titiriteros está obligado a trasladar tu legado-leyenda como una misión a todo lo nuevo. No hay despedida. La Luna aún silba tu canto, Carucha.

 

 

 

[i] http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/carucha-camejo-y-el-guinol-mitico/

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ADIOS, BEATRIZ MAGGI

La noticia, aunque ya la esperábamos quienes seguíamos de muy cerca su agonía, es aterradora, no solo porque la hemos perdido para siempre, sino porque la cultura cubana pierde con ella a uno de sus más dignos representantes y ya nunca volverá a pisar las aulas de nuestra enseñanza superior una figura de su valía, una descubridora de intelectos, una esculpidora de sensibilidades. Ay de Cuba.

Pero hay algo que hace aún más doloroso, más tétrico este cruce de un alma por el umbral de la muerte. He sabido por quienes estuvieron a su lado asistiéndola, que Beatriz pasó sus últimos años sufriendo no solo de Alzheimer, sino de una cardiopatía severa, una fractura de columna vertebral que la mantenía inmovilizada en su cama Fowler, infecciones urinarias a repetición, problemas respiratorios…  A pesar de la ayuda que Beatriz recibía de las instancias superiores de Cultura por estar considerada como una personalidad de nuestra Letras, sus ingresos totales no pasaban mensualmente de 40 CUC y los 300 pesos que cobraba por concepto de jubilación, magras cifras que quienes hemos cuidado por largo tiempo ancianos postrados sabemos de muy escasa utilidad. La familia no ha tenido recursos para enfrentar semejante situación. Beatriz pasó mucho tiempo con una sonda insertada en su vejiga, que se arrancaba una y otra vez. Por la imposibilidad de tener una enfermera a su lado había que esperar que la enfermera de la posta médica pudiera subir a la casa y recolocar el aditamento, que le era cambiado cada 15 días. La familia pasaba muchas dificultades para alimentarla debido al estado de inquietud permanente en que Beatriz se encontraba, aunque solía tener algunos raros momentos de lucidez. Nunca sabré si el último que disfrutó lo pasó hablando conmigo por teléfono. Creo que no llegó a entender del todo con quién estaba conversando, pero se puso muy feliz cuando le conté que su nieta y yo estábamos haciéndole una página y un blog en internet para publicar sus ensayos, los trabajos que se han escrito sobre ella, las entrevistas que se le han hecho, y para seguir peleando por su Premio Nacional de Literatura. Le dije que no permitiríamos que fuera olvidada. Beatriz me bendijo. También me preguntó cuando podría ver su página.

Pocos días más tarde, cuando ya se hizo patente que su agonía había comenzado, la familia tuvo que internarla en el Clínico Quirúrgico de 26, el hospital que se encuentra en la Fuente Luminosa, y que “toca” a quienes viven en Miramar, increíblemente, pues aunque allí radica el Instituto de Nefrología, el hospital en sí probablemente sea uno de los que peor opinión merece de la población capitalina. Yo tuve a mi padre ingresado allí hace años, y si las cosas no han cambiado, me sumo a ese criterio. Mientras permaneció en la sala de Observación Beatriz tuvo puesto oxígeno, un suero hidratante, antibióticos y otras asistencias, pero al ser trasladada para una cama en la sala de ingreso todo le fue retirado y quedó sin hidratación y sin oxígeno por más de un día, ella, que padecía una neumonía y no podía comer, hasta que fue transferida a una sala de terapia intermedia con mejores condiciones. Necesitaba un colchón antiescara, pero no se le pudo conseguir. Necesitaba ser trasfundida, pero no lo fue, quién sabe en virtud de qué criterios médicos —como le ocurrió a mi propia abuela, quien murió casi sin hemoglobina en el Miguel Henríquez a pesar de que yo, donante universal, quería acostarme a su lado y darle mi sangre, una transfusión de sangre a sangre, creo que se llama ese procedimiento—. El personal encargado de asistir a Beatriz alegaba ante la familia falta de recursos.  Beatriz tenía 93 años y su organismo estaba muy desgastado, no hubiera sobrevivido de cualquier modo, pero creo que pudo morir con un poco más de dignidad. En semejante situación de gravedad y carencias elementales, ¿qué hubieran significado los intentos de reanimación de última hora que los médicos quisieron practicarle? Para qué, si la situación material no iba a ser mejor de todos modos. Es probable que la mente de Beatriz, más ausente en su agonía de lo que hasta entonces lo había estado en su demencia, le obsequiara como un último don el no percibir su triste final. Tal vez no sintió dolor y partió en la paz. Pero eso no aminora el hecho de que las circunstancias en que abandonó este mundo fueron  patéticas y altamente censurables. Omito otros detalles por ser ofensivos para la sensibilidad de las personas normales. No le faltó el cariño de sus familiares más cercanos ni el celo de algunos de sus alumnos, quienes se esforzaron hasta el final por hacer menos malsano el círculo del Inferno en que Beatriz pasó sus últimos días terrestres.

Nunca olvidaré a mi profesora, mi Maestra, mi amiga. Ella me reveló algunas verdades de la vida que, sin su ayuda, habrían continuado siendo misterios irresolubles para mí hasta mi propio final. Ella fue quien me dio el título para mi primera novela, Malevolgia. Ella fue la única persona que observó que la eficacia de la prosa de mi noveleta Al final de la niebla se debe a que todas las palabra son llanas, “en la auténtica norma del castellano puro”, definió. ¿Quién puede hoy en Cuba hacer observaciones tan agudas, tan extremadamente sabias? ¿Quién será capaz de revelar a un autor los secretos más profundos de su propia creación? Solo Rufo Caballero, y se le adelantó en la muerte.

Ella me dio consejos para resolver problemas de mi vida privada, y en mis momentos más oscuros y dolorosos me sostuvo y me consoló. Quienes tuvieron la vida de Beatriz en sus manos en los últimos momentos no tienen ni la más remota idea de que manipulaban una joya magnífica y única en su valor,  escondida en su cuerpo viejo y arrugado, con la nariz sangrante por un levín manipulado con rudeza.

Beatriz dio de sí todo lo que poseía. Mucha gente no estará de acuerdo y tendrán otras opiniones, pero yo milito en la tropa de los agradecidos, de los que habrían sido mucho menos de lo que llegaron a ser si no la hubieran conocido a ella, si no hubieran entrado en su luz. A veces, ya mujer y escritora reconocida, me dolí de que en ciertos momentos significativos Beatriz mostrara preferencia por otras de sus alumnas en situaciones donde yo hubiera dado cualquier cosa por representarla, pero creo que el no permitirme actuar en público en su nombre era su manera de protegerme, porque ella conocía mi carácter y temía por lo que llamaba “mi carencia de instinto de conservación”. Tantas veces me advirtió sobre eso…

Yo siempre amé a mi familia, pero Beatriz me enseñó otra dimensión del amor filial que es, a la vez, tormento y ternura, herida y caricia. Intentó enseñarme el perdón y fue en la única instrucción en que falló conmigo. Yo puedo pedir a Dios que perdone a esa parte del género humano que es depredadora, que no tiene piedad ni sentimientos, ni siente necesidad de proteger a los débiles, pero yo no puedo perdonar. Me voy a morir odiando. Y en este momento todo mi odio es para quienes no vieron en ese cuerpo de vieja que moría más que otra de tantas ancianas molestas de las que conviene deshacerse lo más rápido posible.

Ella se fue sin su Premio Nacional de Literatura ni su muy merecida membresía en la Academia Cubana de la Lengua, ya que fue uno de los pocos humanistas que ha tenido esta isla. Si en alguna ocasión me hubieran dado a mí ese premio, yo lo habría rechazado. ¿Cómo recibirlo si a ella se lo negaron siempre? ¿Cómo aceptar los brillos y las fanfarrias triunfales que debieron ser para mi Maestra, alguien tan grande que a su lado somos todos enanos? Hemos vivido demasiado tiempo sin virtud y sin honor.

Dicen que era corrosiva. Yo digo que fue un alma muy atormentada y que tuvo una inmensa capacidad para amar. Es verdad que no era fuerte, se hacía la fuerte, pero sufría y  no era comprendida en su sufrimiento  Siempre quiso obligar a sus alumnos a ser mejores, aunque solo fuera un poquitico mejores. Una vez le pedí que fuera más suave con una alumna de nuestra aula que era mi amiga y a quien yo ayudaba a estudiar, pero ella me respondió que las caricias no templaban el carácter y que esa joven necesitaba rigor para sacar algo bueno de ella, y como estábamos solas en la cátedra fue más confidencial: “No tiene mucho bueno que dar, al contrario, es una hierbita mala, y tú deberías buscar una amiga más adecuada a ti”. Aquella misma noche me fijé en el aula en Gretel Alfonso, que estaba haciéndole a Beatriz una pregunta sobre el Quijote, intuí que era una mente brillante y comencé a acercarme a ella. Beatriz se dio cuenta y poco después, mientras me revisaba una comprobación de lectura, me susurró: “Menos mal que me oíste”.  Hasta de mi estética personal se ocupaba Beatriz. Un día en que iba a salir con uno de mis novios llegué al aula con el pelo rizado a la moda, y ella me espetó sin contemplaciones: “Quítate eso, que te hace cara de cuchilla”.

Cuando mi hija enfermó en la más tenebrosa de sus gravedades, yo me preguntaba todo el tiempo como una loca: “¿Por qué? ¿Por qué?”. Y siempre escuchaba la voz de Beatriz repitiendo la misma frase que dijo en el aula cuando nos dio su primera clase sobre Ugolino y Ruggero: “¡Hay cosas en la vida que nunca se llegan a saber!”. Mi esposo y yo la visitábamos en su casa de Miramar, y ella nos contaba episodios amargos sobre su vida. Sufría en particular por la muerte terrible de su hermano Horacio, asesinado por su propio hijo, y nos mostraba un cuadro pintado por él donde la precognición del crimen se apreciaba hasta en los más mínimos detalles. Tenía recuerdos muy amargos de su vida con Ezequiel Vieta y se sentía culpable de mil cosas, la culpa le devoraba el alma, pero estoy más que segura que en realidad fue una víctima. Por mucho que repitiera las historias, su dolor era cada día más profundo y nunca lográbamos consolarla. Solo pedía, como una niña, que volviéramos pronto. Y nos daba yogurt de su dieta que insistía en hacernos tomar con ademanes de reina madre. Tenía predilección por mi esposo Oscar Ferrer y en más de una ocasión me dijo muerta de risa que si ella fuera joven me lo quitaba y se casaba con él.

Tengo recuerdos fugaces: Una visita que hizo a la residencia de mi esposo llevándonos un queso espectacular en una cajita primorosa, una delicattessen, y creo que también un vino, y pasamos una tarde encantadora, porque Beatriz era de ingenio muy vivo y poseía un sentido del humor tremendo, era de lo más burlona, pero simpatiquísima. Mucho antes, cuando comenzaba nuestra amistad, me llevó en su auto a la imprenta donde yo trabajaba entonces, para que yo la ayudara a convencer a mi jefe de producción de que acelerara el proceso de impresión de un libro de su esposo Ezequiel, quien estaba muy enfermo y ella quería que él viera ese libro publicado antes de morir. Recuerdo que mi jefe nos miró a las dos como si fuéramos bichos raros, pero ella era tan majestuosa que él la trató con mucho respeto y terminó prometiéndole todo lo que ella le pedía. En otra ocasión, durante una visita a su casa nos mostró el entresuelo y nos contó que allí había vivido y escrito Ezequiel, y me explicó cómo el escritor les hacía tiradas de tarot a sus personajes y se guiaba por ellas para construir las tramas de sus obras. Me dijo que eso había hecho en la novela Pailok el prestidigitador. Le pedí, de atrevida que soy, que me diera el tarot de Ezequiel, pero no lo encontramos. Un día, en medio de una larga conversación telefónica, yo me quejé de que se me ignoraba en los medios literarios (y de otras muchas cosas me le quejé), y ella me respondió, con aquel modo suyo de hablar que parecía empujar cada sílaba de las palabras: “A ti te pasará lo mismo que me ha pasado a mí: nunca nos van a perdonar la clase, la aristocracia del espíritu, y te lo harán pagar muy caro”. Solía llamar a nuestra casa porque tenemos internet, para que le hiciéramos el favor de pasar correítos a un sobrino residente fuera de Cuba a quien ella quería mucho, y siempre sus llamadas comenzaban con estas palabras: “Viejita, esta es una llamada interesada, necesito que me le pases un correo a Ralph…”, y cuando terminaba de dictarme, olímpicamente me colgaba. Pero cuando llamaba para interesarse por la salud de mi hija podía estar horas soportando mi llanto y mi tristeza, hasta que yo lograra contenerme.

Sé que estoy escribiendo con  gran desorden en mis ideas. No pude visitarla en sus últimos días y no pude estar en su cremación, que la familia quiso fuera privada, y tengo un gran dolor por dentro porque Beatriz se ha muerto. La envidia nnca ha estado entre mis defectos, pero siempre he envidiado sanamente a las alumnas que estuvieron más cerca de ella que yo. Es una confesión que siempre quise hacerle a Beatriz.

Me siento como cuando se nos murió Rufo. Es duro.

Me dicen que ni Granma ni Juventud Rebelde han anunciado el fallecimiento de Beatriz Maggi, solo la Televisión dio una breve información. Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras.

Quiero agradecer a su nieta Tania por haberme permitido estar cerca de alguna manera. Beatriz amaba apasionadamente a sus hijas y a sus nietas y su manera de amar era preocuparse, atormentarse y tener mucho miedo por todas, una forma de amar que se parece absolutamente a la manera en que yo amo a mi hija. Su familia ocupaba todos sus pensamientos. Doy fe de eso. Ella siempre me dijo que Tania era un ser muy dulce, y en estos días en que he estado más unida a Tania he podido comprobar que Beatriz describía su naturaleza con las palabras exactas: dulzura y bondad. Gracias, Tania, por permitirme ser tu amiga. Dios te haga justicia.

Gracias también a Mario Cremata.

Beatriz, Maestra, adios.

 

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SOBRE PREMIOS DESIERTOS Y TRAMPANTOJOS LITERARIOS

Males del sistema editorial cubano: trampantojos, cenicientas, juriales y otros más graves

Por Gina Picart

Trampantojos o puertas falsas en la literaturas cubana

He visto pocos títulos tan bien concebidos y de tal plenitud conceptual como este de Rafael de Águila, El trampantojo, la literatura cubana y los premios literarios, porque metaforizar a los premios literarios como un trampantojo —un espejismo o simulacro de la realidad—, es una flecha zen justo al centro del blanco. Rafael es valiente, porque hay que serlo para escribir y publicar un texto como este, que aunque no ofende a nadie molestará a no pocos. No estoy segura de que el gremio letrado cubano merezca tanta abnegación, pero yo puedo estar equivocada. Sin embargo, la actitud de Rafael me recuerda que a pesar de todo una persona buena debería conservar algo de fe.

Siempre me han acusado de ser amarga, pero a mi edad ya no conozco otra manera de enfrentar a la vida. Soy mordaz, sarcástica, burlona y todos los adjetivos que se me quiera endilgar. Sin embargo, yo, como Rafael, tampoco pretendo exactamente molestar a personas ni instituciones en particular, porque de haberlo querido lo habría hecho en su momento y con toda la agresividad de que soy capaz. Simplemente no puedo quedarme inerte respecto de tantas cosas que Rafael menciona y que han golpeado muy duro mi carrera literaria, pero sobre todo mi bolsillo, que es donde tengo la piel más sensible. Y aún alguien como yo puede sentir cierta solidaridad al mirar hacia los lados y ver que me acompañan en esta larga y accidentada marcha en el desierto tantos otros escritores que a lo mejor pueden ser malas personas, malos autores, malos amigos y pésimos jurados, pero al final son mis colegas y padecen los mismos males que me han golpeado a mí.

Rafael (y muchos otros escritores) expresa su preocupación por la capacidad profesional de los jurados de premios literarios, la validez de sus dictámenes, la merma en el monto económico de los premios, la paulatina reducción de las editoriales, la escasez de vías de publicación, el grave estado financiero de los escritores cubanos y otros problemas.  No creo que habrá soluciones, no las que Rafael concibe, pero no quiero dejarlo solo como tantas veces me quedé yo cuando defendía mis criterios, mis verdades. Tampoco creo que el dilema de los premios sea la mejor expresión de la crisis que atenaza a la literatura cubana, sino apenas la punta del iceberg. Para empezar,  la falta de liquidez  del Instituto Cubano del Libro ha llevado al encogimiento progresivo de sus casas editoriales, lo que ha hecho que ganar un premio se convierta  para muchos escritores casi en la única manera de conseguir la publicación de un libro. Así las cosas, los concursos abren un abanico de posibilidades a intereses personales, a miserias humanas como la impudicia y la alevosía, a la bien intencionada estupidez y a un rosario larguísimo de males que no voy a citar técnicamente aquí porque ya lo ha hecho Rafael, aunque, en mi opinión, su lista no está completa.

Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias) la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado (todas las citas en negritas las he tomado del texto de Rafael).

¡Libros! parece, plátano es…

Yo no veo por qué el sistema editorial cubano tenga que ser una entelequia inmune a cuestionamientos, aunque respeto las razones que cada cual tenga para no involucrarse. No hay nada más aberrante que la ausencia de críticas. Todo lo que es obra del ser humano es perfectible, y no señalar errores es apostar por el estancamiento y constituye un sabotaje al desarrollo. Aunque la Revolución haya abierto las puertas a la cultura nacional y nuestro sistema editorial sea muchísimo más de lo que los escritores tenían a su alcance antes de 1959 —que realmente lo es y ni un ciego lo podría negar—, nuestra industria del libro está en un momento difícil, quizá no al extremo del período especial, pero bastante difícil. Nuestras editoriales parecen atrapadas en un nudo de trampas administrativas, de normativas y regulaciones que se muerden su propia cola. Se quiso que fueran capaces de autofinanciarse, pero tienen compromisos editoriales que restan posibilidades a los planes anuales de publicación y al presupuesto que les es asignado, y sin embargo, algunos de estos compromisos claramente serían —y siempre fueron— de la competencia de otras editoriales con perfiles específicos como la Editora Política, por ejemplo. Los autores solo pueden publicar cada dos años, supuestamente una directiva con intenciones democráticas de asegurar más oportunidades para los escritores y que no se repitan constantemente los mismos nombres; pero eso trae como consecuencia: 1-que autores que siempre son muy bien vendidos en nuestras librerías no pueden publicar antes de ese plazo, con lo que las editoriales pierden posibilidades de recaudar dinero. 2-que libros que tienen segundas partes, o dos tomos o más, quedan limitados en su venta inicial a la primera parte, y pasados dos años, cuando con suerte aparezca la segunda parte en el mercado, ya será difícil para los lectores sentir que están dando seguimiento a una temática, algo que también podría afectar las ganancias editoriales.  Las comisiones evaluadoras de originales, o lo que es lo mismo, los lectores especializados, que las editoriales reclutaban por contrata y trabajaban evaluando las obras entregadas para su posible publicación, desaparecieron de las redacciones de la noche a la mañana por falta de presupuesto, quedando el filtrado de textos en manos de los editores. He conocido editores cubanos como Dulce María Sotolongo y Gina Perez Palmés con un olfato increíble para detectar un buen texto y hasta sugrir cambios e ideas que lo mejoran, pero la evaluación de un libro, que no es otra cosa que crítica literaria, demanda en ciertas ocasiones una preparación teórica profunda que implica una vasta cultura, conocimientos sólidos de semántica, semiótica, historia, teoría literaria, etc.,  que no se obtienen en la universidad, sino en estudios constantes y sistemáticos que a menudo se emprenden después que nos hemos graduado y continúan a través de la vida, y que resultan imprescindibles para plantearle a un autor consagrado que ha escrito un libro no publicable. Y no estoy hablando de cursos, posgrados, maestrías ni diplomados. Estoy hablando de emulsión y procesamiento del conocimiento de acuerdo con las capacidades intelectuales de cada cual, y que si fueran habilidades simples de obtener muchas personas las tendrían y emplearían con igual eficacia, lo que queda rotundamente desmentido por el hecho de que sea tan difícil encontrar un evaluador o un crítico literario que haga honor a su profesión, aunque en Cuba los hay muy buenos, pero escasos como el buen café.  Los premios literarios más importantes, el Carpentier, el Casa de las Américas, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, tienen demasiado a menudo resultados incongruentes, y con incongruencia quiero decir que en ocasiones se otorgan a una obra que o no los merece o presenta valores más atendibles desde otros territorios como la sociología, la historia, la política, que pueden ser valores añadidos, pero un premio literario tiene por fuerza que responder, en primer lugar, a la calidad literaria. ¿Cómo es posible que tengamos Premios Nacionales de Literatura que no pertenecen al mundo literario nacional y nunca se le haya concedido este reconocimiento supremo a la Doctora Beatriz Maggi, como en más de una oportunidad llegamos a cuestionar públicamente el lamentablemente fallecido crítico de arte Rufo Caballero, el cineasta Fernando Pérez y yo misma?  Beatriz no solo formó desde las aulas universitarias a todas las generaciones de intelectuales graduados con posterioridad a 1959, sino que ella misma es la única especialista en Shakespeare que tenemos en Cuba y autora de uno de los corpus ensayísticos más profundos de nuestra liteeratura, en tal sentido comparable a la profundidad exegética de Martí ¿A quién hay que exigir responsabilidades por este absurdo pantagruélico? Una respuesta oficial quiero decir, porque las de pasillo no me sirven en un asunto tan serio.

Nuestro sistema editorial tiene otras fallas, pero dejo su análisis para quienes posean un conocimiento de causa más interno que el mío.

Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años.

En muy pocas ocasiones el gremio letrado acepta por unanimidad que un premio ha sido debidamente otorgado, y quienes achaquen esta inconformidad casi crónica a las veleidades egoicas de los escritores deberían revisar ese criterio que no siempre es acertado, pues cuando salen a la luz las obras premiadas y las menciones, y algunas obras que no alcanzaron nada en los concursos pero fueron recomendadas por el jurado para publicación, a veces se vuelve un hecho incuestionable que los premios no fueron lo mejor que concursó, y en ocasiones no solo no fueron la mejor obra, sino hasta una mala obra, que a veces no falla en su escritura misma sino en la apropiación de códigos de sistemas conceptuales, filosóficos y estéticos que el autor de dicha obra no ha “digerido” o no consigue incorporar a sus procesos creativos, y un crítico avezado percibe estos pecados que van mucho más allá de una mala redacción, un pobre diseño de personajes o una composición deficiente de la estructura narrativa; se trata de confusiones ontológicas en el nivel de las ideas, en la concepción misma de la obra (a veces hasta en su lógica interna), pero estos errores de fundamento pasan infelizmente inadvertidos para demasiados jurados. Es verdad que Cuba no es el único lugar donde eso ocurre, pero también es verdad que en los lugares donde suele suceder hay un mercado del libro que impone sus leyes, mientras que esa no es la realidad cubana, lo que libra a nuestros jurados de presiones de carácter financiero. Que los últimos sean a menudo los primeros  indica, en mi modesta opinión, temperatura de crisis en nuestro sistema editorial o, como diría un patólogo amigo, un punto necrótico. A menudo el asunto de una mala premiación o de un premio declarado desierto se torna piedra de escándalo, pero nadie descubre a los responsables que deberían sentirse avergonzados (pues al fin y al cabo las actas de premiación llevan nombres y apellidos y la identidad de los jurados nunca queda en la sombra). La vergüenza que traen consigo las premiaciones de malos libros queda flotando en el aire como un globo, no revienta sobre nadie, a nadie mancha. Increíblemente nadie se siente aludido. Lo más extraño es que quien único se siente de verdad avergonzado es el escritor digno a quien un lector desconocido asalta en plena calle y le grita: “¡¡¡Pero si usted era el Premio!!!” De repente uno quisiera volverse invisible, porque uno no sabe qué responder a ese lector, a menudo una persona del pueblo que demuestra tener más aptitudes para ser jurado que algunos de nuestros intelectuales. Esos lectores afilados son los verdaderos jueces de los malos libros, pero están demasiado lejos de las editoriales como para que se conviertan en un elemento a tomar en cuenta, y nadie les teme.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

La libertad es el mayor bien del hombre, nos lo han repetido desde el prescolar, pero hay libertades y libertades, y la peor libertad que se le puede conferir a un ser humano es la de asegurarle que no responderá  ante nadie por sus buenas o malas acciones. Es la apoteosis del crimen sin castigo. Precisamente como los jurados son plenipotenciarios y sus decisiones inapelables, si deciden mal no pasa nada,  y son, por tanto, inapelablemente impunes. Y la impunidad crea la sensación de que todo está permitido y nadie será llamado a contar por su basura, ya se trate de incapacidad o impudicia. La impunidad de los jurados cubanos les permite hacer a agunos de ellos lo que se les ocurra, y esas ocurrencias las describe muy bien Rafael en su audaz texto: las pasiones se desbordan, los bajos instintos se imponen. Si hay escritores que se toman el trabajo de escribir libros para poner en la picota a sus enemigos, ¿qué no harán cuando les cae entre las manos el todopoderoso poder de descalificar y entre las obras sometidas a su veto encuentran la de un rival o un enemigo? Y otro tanto puede decirse del jurado a quien le toca pronunciarse sobre la obra de un buen amigo al que quiere favorecer, aunque tal vez no sea por bondad de corazón, sino porque podría ser un jurado potencial en futuros concursos o aún peor: porque ya exista entre ambos una contraloría de intercambio de favores que ha rendido pingües frutos? Quiero aclarar que en el gremio letrado cubano hay muchas personas honestas, de ética intachable y muy elevada capacidad profesional y de discernimiento, quienes jamás cederían a bajezas ni se dejarían manipular por nadie, pero también hay lo contrario, porque de todo existe en la viña del Señor. Y a veces no se trata de nada de lo dicho, sino de la química entre jurados, que no siempre funciona. Y hasta de pura remolonería, pura vagancia laboral. Yo he formado parte de jurados donde he visto miembros que cuando nos reunimos para acordar el fallo, sencillamente dicen: “Bueno, yo me acojo a lo que ustedes decidan”, y ni Dios puede sacarlos de esa posición, es decir, no votan, no fallan, lo que me hace pensar que tampoco se han leído las obras. Una manera fácil de ganarse el cheque. ¿Y el prestigio de la literatura cubana? Bien, gracias.

No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto […] Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados!

No es del todo cierto que las instituciones se vean obligadas a armar jurados emergentes porque los autores se nieguen a ser jurados. Apartando la expresión autores excelsos —me produce la misma sensación que si me obligaran a coger un erizo con los dedos o a secarme con fibra de vidrio—, hay autores que jamás han sido llamados a ser jurados de un Premio Carpentier ni siquiera cuando lo han ganado el año anterior. Eso me sucedió a mí, y seguramente les habrá pasado a otros escritores. Sin embargo, con frecuencia vemos a los mismos nombres conformando los jurados de los premios más importantes del país, como si se tratara de un equipo de jurados profesionales. Y al respecto voy a contar una anécdota deliciosa: una de estas personas se dirigió a mí en una ocasión pidiéndome ayuda para escribir un discurso de entrega de un premio sumamente importante ganado por un autor que gozaba de su amistad, pero sobre cuya obra no sabía qué decir. Esta persona ejerció la presidencia del jurado que premió a su amigo. En aquella ocasión solo pude ayudar de modo muy general, pero poco después ese mismo jurado profesional en apuros formó parte de un jurado donde yo obtuve un premio importante. Más tarde se distanció de mí por razones que aún sigo sin comprender, y esta persona cometió la torpeza de gritar en medio de un evento repleto de asistentes que la obra que me habían premiado (con su voto de jurado, of course) contenía un cuento “sin pies ni cabeza”. Se refería a El nombre de la fosa. Quienes conozcan ese texto mío saben que si el lector no ha leído El nombre de la rosa de Eco, algo de Cortázar y algo de Borges, le resultará bastante difícil saborear el cuento en toda su riqueza hipertextual aunque pueda disfrutar la historia, que es una fantasía del absurdo pero para nada ininteligible. Se cae de la mata preguntar: ¿Cómo es que no entendió nada si es un/una jurado excelso? Y si no entendió, ¿cómo pudo premiar algo que no entendía? Menos mal que al resto de aquel jurado yo no lo conocía. Y con esta segunda pregunta retorno a la anécdota (que ya he contado otras veces) de una jurado que me confesó que no pudo con mi novela La casa del alibi,  porque tras unas primeras páginas que le gustaron mucho se encontró de repente con una obra de teatro (inserta en la novela) y también de repente ya no entendía nada y qué va, ahí mismo lo dejó. ¡¡¡NO SIGUIÓ LEYENDO!!!, ah, tan douce coupable que abortó mi ÚNICA posibilidad de ganar 3 000 CUC… No me nace ofender a una persona que por lo general es amable, o bueno, formalmente amable. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Vuelvo a remarcar que los/las protagonistas de estas dos anécdotas forman parte del club de jurados profesionales de la literatura cubana, son como los peloteros de Industriales, y quizá debiéramos llamarlos/las Juriales. En otra ocasión, en el primer Carpentier de cuento donde concursé, un/una jurado me aseguró con el mayor cinismo que mi libro (El reino de la noche) aunque no fue premiado era tan bueno que “rebasaba el marco de un premio nacional y yo debería enviarlo al extranjero”. En un premio UNEAC mi novela Malevolgia quedó cogida entre dos fuegos cuando uno/una de los jurados se reviró contra una importante figura de la literatura nacional que tuvo la ocurrencia de sugerirle que le prestara atención a mi obra porque tenía calidad. En aquel famoso Carpentier de novela que quedó desierto, un/una jurado me confesó después, durante una gira post-Feria en ómnibus por las provincias, que no se había leído mi novela (La casa del alibi) porque era muy gruesa y tenía la letra muy chiquita (esto último era falso). Otro/otra jurado me dijo que mi novela inédita El viaje del pez oscuro “no podía ganar premios porque “tiene problemas de lenguaje” (¡!). Juro por mi honor que todos los protagonistas de las anécdotas que acabo de contar son Juriales. Mi anecdotario sobre el equipo Juriales es casi infinito. Y mi memoria de nombres propios también. Y volviendo al enunciado rafaeliano de si los escritores quieren o no ser jurados, digamos, parafraseando la Biblia, que son muchos los anhelosos, pero pocos los elegidos. Gran paradoja: los elegidos no siempre son los más capaces profesionalmente. Qué lata, si hasta parece un trabalenguas.

No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas

Resulta muy curioso, muy significativo, muy denotante y connotante —y muy asqueroso también— que los jurados que emiten un voto contaminado de ideología, religión, racismo, sociología o cualquier otro parámetro ajeno a la literatura, tienen, tal vez, miedo de que aparezcan sus firmas en premiaciones susceptibles de atraer sobre ellos la mirada inquisitiva del Poder, pero no sienten vergüenza alguna de rubricar actas de premiación  de obras que no tienen ninguna calidad literaria.  Impudicia.

La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado […] Un miembro destacado, y a esos efectos apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto mas con todo derecho -y todo deber- a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya

En algunos de los concursos internacionales en que he participado ha existido ese cuarto miembro que eventualmente podría ejercer una moderación benéfica sobe las bestezuelas del jurado, algo así como una especie de domador sin látigo: el vocal sin voto. Lo vi en los premios del Tren, en Madrid, pero igual el poderoso editor español Chus Visor (o como se escriba), que formaba parte del jurado y a la vez tenía concursando allí a un escritor y un poeta a los que apadrinaba (les estaba fabricando un curriculum), impuso su voluntad sobre un jurado de cuatro miembros y un vocal y arrebató los premios de cuento y poesía a los dos cubanos que estaban entre los concursantes, quienes tuvieron que abandonar el salón de la premiación con dos menciones de 500 euros dejando a sus espaldas unos primeros premios de miles de euros. Como bien dice Rafael, siempre hay alguien del jurado que post mortem confiesa. Eso nos pasó a Alexis Díaz Pimienta y a mí en 2004, y quien no quiera creerme que busque la colección de los Premios del Tren de aquel año y compruebe lo que digo contra lectura. Un vocal tampoco es garantía de nada, aunque es verdad que puede matizar mucho el vandalismo de algunos jurados y la medida debería aplicarse en Cuba.

 No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo… negativo. Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de… decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese ¨juego¨ ese desmoralizante.

Comité de experticia en Premiología.

Me he divertido leyendo estas reflexiones de Rafael, y eso que no mencionó a los acosadores telefónicos de los jurados. Y sin embargo sangro por la herida, porque de todo eso he sido víctima varias veces. En una ocasión, en cierto premio, un/una jurado, días después de la premiación me dijo con gran pena: “¿Pero por qué no me llamaste con tiempo para decirme que Fulanito (mi seudónimo) eras tú? Yo quería premiar una mujer, pero tu libro me pareció escrito por un hombre. ¡Si hubiera sabido que eras tú! Y como Zutano —(otro de los tres jurados de aquel premio)— traía un único libro, el de Esperanceja, que él la quiere tanto, y Menganito (el tercer jurado) se había ido de Cuba, pues bueno, premiamos a Esperanceja”. Sí, ya lo creo que los quereres valen, y las filiaciones, las alianzas, las deudas por favores y otras muchas razones tan míseras como amargas… Las amistades cuentan, aunque sean peligrosas. Mas lo importante es que sean útiles aunque en el fondo no resulten tan amistosas. Y también hay amistades que parecen muy devotas, pero cuando  hay ciertos miedos latentes en uno de los amigos hacia el brillo del otro amigo, y el temeroso de sombra cae en el jurado y el temido luminoso concursa… En los jurados he esperado menos de mis amigos que de quienes no me conocían en el momento del concurso. Mis mejores premios me los han dado jurados que no me conocían. No siempre los amigos son sinceros ni sus manos tan francas, y en las rosas más blancas se esconden clavitos… La Premiología tiene su existencia más que justificada, porque es incuestionable que unos cuantos jurados, cuando se ponen a trabajar, en lo menos que están pensando es en el prestigio de la literatura cubana.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana.

Esta vez comento las reflexiones de Rafael como crítico y como periodista. Independientemente de mi preparación teórica no soy un crítico profesional en el sentido de que no ejerzo la crítica como profesión sino solo cuando me siento motivada (o cuando me han pagado por hacerlo, aunque esta parte de mi trabajo no sea conocida). Pero las personas que ejercemos la crítica de manera responsable no estamos de espaldas a nuestra actualidad literaria. Los críticos o quienes hacemos crítica sabemos lo que sucede en el mundo literario cubano, y sabemos también cómo son esas reuniones a las que ya muchos no vamos. Algunos de esos eventos donde se reúnen autores, críticos, a veces cineastas, ensayistas y altos funcionarios del mundo literario son un buen marco para decir lo que se tenga entre pecho y espalda, para quejarse, para denunciar situaciones y para exigir soluciones. Muchos lo hacen con sinceridad e incluso asumen el riesgo de decir públicamente lo que es sabrosa (y peligrosa) carnita extraoficial. Entre la audiencia habrá quienes aplaudan el coraje y suscriban la demanda; habrá también quienes critiquen ostensiblemente al demandante para dejar bien claro que no piensan tan a contracorriente como él, y la mayoría no dirá ni pío y optarán por pasar inadvertidos, como si no estuvieran en sus asientos, antes que señalarse siquiera por el temblor de una pestaña. Pero todo lo dicho quedará in situ. Nunca pasa nada, todo sigue igual y todos lo sabemos tan bien como sabemos otras muchas cosas.  Yo, que siempre he tenido complejo de Quijote, me he lanzado más de una vez contra los molinos de viento en eventos de gran calibre y he combatido, por lo común totalmente sola, enfrentada a funcionarios poderosos que me reclamaban desde el panel listas de responsables sabiendo que no las daría, y usaron con sutileza mi negativa para desacreditar mi denuncia. Y también sabemos que hay eventos fanfarrientos, observables de manera muy notoria en círculos de autores jóvenes con o sin asistencia de funcionarios de envergadura, donde casi puede escucharse el complaciente coro de mandolinas con alas que canta las glorias de escritores y poetas no solo noveles, sino, en no pocos casos, hasta carentes de obra publicada, por lo que creer en su grandeza o en su naturaleza promisoria se vuelve un acto de fe. ¿Qué hace un crítico serio en eventos donde se vende más la imagen pública que la obra literaria? Yo no tengo que creerme lo que un escritor diga de sí mismo. Eso no me interesa a menos que sepa que el escritor es inteligente, honesto y técnicamente capaz. Casi nunca presto atención a lo que los escritores dicen de sí mismos a menos que puedan demostrarlo. La única manera de saber quién es un buen escritor es leer las obras publicadas. Dichoso el crítico que tenga acceso al original de un buen libro, pero mientras el texto no esté publicado el crítico no podrá hacer su trabajo, pues lo que no está publicado técnicamente no existe para la crítica literaria. Pienso que, como yo, mucha gente está cansada de este inacabable más de lo mismo, y por eso prefieren no jugar el juego de asistir y comentar. Y en cuanto a la prensa, quisiera recordar aquí que la labor de promoción de las instituciones relacionadas con la literatura es bien pobre, por lo que la celebración de eventos no siempre llega a las redacciones de prensa. Otras veces las promociones llegan a las redacciones y se quedan en la gaveta de alguien; y otras, los promotores no tienen muy claras las listas de a quiénes deberían invitar dentro del mundo de la prensa. También tengo que reconocer, ya que he hablado tanto de honestidad, que algunos periodistas que atienden el sector de la cultura no están preparados para ocuparse de la literatura. Una nota de prensa puede redactarla cualquiera, pero una buena reseña… ya no tanto. Lamentablemente la falta de capacidad y discernimiento profesionales no es privativa de los jurados. Además, las promociones de los músicos y un poco también las de los pintores ofrecen refrigerios, vino y DVD. Las de los escritores solo brindan té, ron y palabras, palabras, palabras, porque ni los libros les dan a los periodistas; tenemos que comprarlos en las librerías con nuestros míseros salarios y, encima, hacerles publicidad gratis, cuando la publicidad  es uno de los trabajos mejor pagados del mundo. En otros países, cuando una editorial quiere promover su producción envía los libros a las redacciones de los periódicos y revistas y a los departamentos de la televisión que se ocupan de ello. Es solo una observación.

Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido

Es muy saludable que un premio quede desierto, ya sea de literatura, poesía, ensayo, o cualquier género.  Es mil veces preferible que un premio sea declarado desierto por un jurado competente a que un jurado inepto propicie el arribo a las imprentas de obras pésimas en ocasiones prestigiadas por premios de gran acreditación como el Carpentier o el Ítalo Calvino, por ejemplo, y hagan creer al público que esos son buenos libros y deben ser comprados y leídos, y ejerzan su mala influencia en la conformación de un falso canon de la literatura cubana. Y lo que es aún peor: hagan creer al mundo internacional del libro que esos malos libros son lo mejor de nuestra producción literaria. Puedo, incluso, entender a un jurado que prefiera premiar el menos malo de los textos concursantes siempre que sea un libro publicable. Lo que no entiendo —ni yo permitiría si tuviera algún poder dentro del mundo editorial cubano— es que se premien libros impresentables que luego crían moho en las librerías o distorsionan el posible gusto estético de los lectores vendiéndoles como literatura basofias con portada. Tampoco permitiría, si como dije tuviera yo algún poder editorial, que esos mismos malos libros sean los que presenten las instituciones a editores y críticos extranjeros que vienen a Cuba para conocer nuestra literatura sobre el terreno. Es un efecto dominó pero al revés, tan maléfico como el de Yersinia Pestis.

Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores.

Ya somos una nación que cada día se menea con más ganas y piensa con más desgano. Jamás olvido aquella escena de Suite Habana, del cineasta Fernando Pérez, donde una toma en picado de la multitud sudorosa que se menea en estado de hibrys al ritmo de alguna orquesta en La Tropical es fondeada por el Avemaría. En cuanto a lo de prósperos salseros y empobrecidos escritores, yo diría que mientras en Cuba no hay salseros pobres, lo que se llama pobres, sí hay, y en gran número, escritores menesterosos a quienes literalmente se les cae encima el techo de sus viviendas o no pueden proveer las necesidades elementales de sus hijos gravemente enfermos. Y es curioso, porque mientras en la mayor parte del planeta la literatura jamás llenó las bolsas y a ningún padre le alegró que sus hijos e hijas se casaran con músicos ni pintores, en Cuba las alianzas familiares con músicos populares y artistas de la plástica son muy bien vistas. Hemos perdido el de profundis y no se debería culpar por ello únicamente a los escritores, aunque los escritores hayamos sido históricamente la conciencia crítica de las sociedades. Los escritores cubanos somos víctimas de la pérdida general de ese sentido de profundidad, lo que se traduce en tantos malos libros que parecen todos el mismo libro escrito por la misma persona, o como bien explica Rafael, el mismo libro al que su autor versiona desde ópticas diferentes y hasta opuestas, en dependencia de a qué diana pretenda acertar con él (¿verdad que eso parece fantasía heroica o la mejor picaresca española?). No hay más que ver cuántos libros se han publicado en Cuba durante medio siglo que pretenden hacer exégesis de los códigos de la realidad cubana, y cuántos podemos citar que hayan pasado del “traje”, como llamaba Carpentier a la mera repetición de anécdotas y escenarios de color local. ¡Y como le huía Carpentier al traje, como le huyeron Dulce María Loynaz, Lezama, Virgilio, Eliseo Diego, Enrique Serpa, Montenegro (que tan pobres imitadores tiene hoy). A Martí por  respeto in extremis  ni lo nombro en relación con la evitación del traje. Lo que hay que preguntarse es por qué si en todas las épocas los escritores han tenido que alimentarse a sí mismos y mantener a sus familias, ahora todos quieren hacerse con El Dorado (yo la peor de todos, aunque no sea más que en el deseo) aún a costa de escribir thrillers refritos, transcripciones de películas manga y pornografía vulgar (no me incluyo) o diatribas contra el sistema. En todas las épocas los escritores han vendido pacotilla para sobrevivir, pero también escribían libros buenos y obras geniales. Shakespeare comió de su teatro y Balzac de La comedia humana, pero dejaron un legado a la Humanidad. ¿Qué ha pasado con algunos escritores cubanos para hacerles perder el decoro de semejante modo?

 Si bien la computadora no es parte de la necesaria ¨canasta básica¨ ni aportan la posibilidad de adquirir muy necesarios bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas, sin la PC, resulta endemoniadamente difícil escribir. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida.

¿Quién dice que la información no es parte de la canasta básica del ser humano? Carecer hoy de internet es vivir en un suburbio astral, pero vivir sin ordenador es vivir en el paleolítico. Un escritor sin ordenador es una momia, a no ser aquellos que voluntariamente se priven de usarlo, que los hay y merecen tanto respeto como quienes no queremos tener en el alma el agujero de un ordenador in absentia.

Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa.

No creo que se pueda obligar por decreto a críticos, académicos y periodistas a hacer un trabajo que no los motiva o en el que no creen. Hay solo dos razones por las cuales los seres humanos hacen lo que no desean o aquello en lo que no creen, y son Miedo y Necesidad. Por lo general no tenemos miedo del silencio (público), antes bien lo amamos, así que no criticar puede ser una bendición para la crítica, porque le ahorrará enemigos a los críticos honestos y a los deshonestos también. En cuanto a la necesidad, escribir reporta tan poca ganancia que casi ni es necesario hacerlo. Mucho menos la crítica, que  suele usar como formato artículos y ensayos, ambos tan mal pagados como toda letra impresa. Otra cosa sería, tal vez, si pudiéramos hacer nuestras críticas en forma de reguetones, y Rafael tiene razón cuando afirma que comparados con los músicos y los artistas de la plástica, los intelectuales cubanos, con escasas excepciones, vivimos borderline con la miseria. Los críticos y la prensa no estamos difuntos ni enterrados, más bien de certificado médico (falso) por falta de estímulos sustancioso. Seamos realistas: es exigir demasiado a un escritor que al mismo tiempo sea capaz de hacer crítica, que use sus dones en favor de la literatura nacional cuando sus criticados pueden aparecérsele como fantasmones integrando los jurados del Carpentier, el Casa de las Américas, los premios de la Crítica o el Nacional de Literatura. La condición humana tiene sus limitaciones. Recordar al Principito: nunca ordenar aquello que no puede ser cumplido. Aunque siempre hay kamikazes en cualquier parte y dispuestos, si no al suicidio, por lo menos a saltos de lo más  temerarios.

Hay una tercera razón para el silencio eventual de algunos críticos que al mismo tiempo son escritores, y es la convicción chamánica que domina a no pocos de ellos de que nombrar las cosas —en este caso escribir en favor  o en contra sobre la obra ajena— equivale a conferirle cierta mágica presencia, a posicionarla en escena, a hacerla visible, por lo que la mejor actitud ante las obras de otros escritores es no mencionarlas, condenarlas al ostracismo del silencio. Si yo no los conociera bien, pensaría que estos “mudos” son fanáticos bíblicos de la potencia creadora del Verbo. Mi padre solía aconsejarme que no me molestara cuando la gente hablara mal de mí, porque lo terrible sería que nadie hablara, y un buen amigo mío siempre repite: “Lo que se enfoca, crece”. Y esa es una de las razones por las que algunos escritores capaces de hacer crítica literaria lo que hacen es un voto franciscano de silencio: para que el rival se hunda en el olvido. También existe en nuestro mundo letrado la convicción no menos profunda de que si la crítica te nombra las glorias lloverán sobre tí en catarata imparable (aunque no siempre suceda), y durante décadas hemos asistido a la fabricación de escritores (y aún de grupos) por medio de críticas corales favorables que no en toda ocasión se corresponden con la realidad. La crítica literaria se concibe entre nosotros como axis mundi, de ahí que su ausencia en algunos casos no responde a ninguna ideología religiosa ni ética, sino al principio —perteneciente a la genética picaresca— de la invisibilización del Otro como estrategia de defensa.

4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden. 5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores) en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos.

Yo, autora del Manual del jurado perfecto que tan gentilmente Rafael cita en sus notas—aunque a alguien le parezca ese Manual otro más de mis sarcasmos no lo es en absoluto—, desearía con todas mis fuerzas que Rafael sea (seamos) escuchado y tomado en cuenta en las instancias donde realmente puede dárseles solución a todos los dilemas que atormentan a los escritores cubanos, pero para no extenderme más, afirmo que el problema de la falibilidad de los jurados es, valga la redundancia, solo una parte del Gran Problema, porque los jurados operan en el territorio de los premios, y en una literatura nacional sana no pueden publicar solo quienes ganan premios, porque eso no es justo ni es norma (no digo normal, digo norma) en ninguna parte del planeta. Para empezar a trabajar seriamente en soluciones, habría que comenzar por elevar muchísimo la preparación profesional de todos los trabajadores del mundo del libro que no sean autores: directores de editoriales, jefes de redacciones, editores, correctores, publicistas, mecacopistas, comerciales, expertos en Derecho de Autor, diseñadores, maquetadores, investigadores y críticos, volver a crear las comisiones evaluadoras que operaban en cada editorial,  en fin… Pero por encima de todo se necesita insuflar PRESUPUESTO, porque la industria del libro no puede subsistir sin presupuesto, en especial en el caso de Cuba, donde no están permitidas las editoriales privadas. Y no se trata solo de conceder más presupuesto a Letras Cubanas o de inyectar savia a ese papiro seco que es ahora Extramuros, sino de crear más editoriales que no tengan la consigna de Ediciones Cubanas: “Recetarios de cocina y libros de religiones”. Está bien que haya editoriales con ese perfil, pero es una ofensa a la cultura cubana que exista una como ella en una capital donde cada día se reducen más las  editoriales disponibles. Y aquí aparece el perro que se muerde la cola (Ouroboros se reserva para algo espiritualmente más elevado): ¿Cómo va a ser capaz de autofinanciarse una editorial si tiene que publicar libros que no se venden: honras fúnebres y prefúnebres, reconocimientos, premios por buenos y largos servicios, sepulcros blanqueados, etc…? Los premios literarios no son certificados de buena conducta. ¿De dónde va a salir el presupuesto necesario para insuflar vida a una industria del libro que está colapsada económicamente y amenaza con llevarse a la tumba la producción de un pensamiento nacional que no puede nutrirse solo de ideología? ¿De las ventas logradas en las Ferias del Libro? Tal posibilidad me parece cuestionable aunque entre mis especialidades no se cuentan las finanzas. Además, yo me pregunto qué parte del dinero recaudado con las ventas de esta Feria se va a dedicar a la producción y pago de nuevos libros de escritores cubanos, Y fíjense que no digo autores, porque un escritor es conceptualmente mucho más que un autor. Se ruega no confundir.

Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos.

La creencia en la Eternidad evita al hombre enfrentar la realidad de la Muerte. Eternizar los problemas es la manera óptima de no resolverlos nunca, porque las endemias son irremediables, ¿verdad? No puede hacerse nada contra ellas.

Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo.

Me he preguntado muchas veces si el fenómeno de la enorme cantidad de gente que quiere escribir en Cuba, se creen dotados para ello, empujan con todas sus fuerzas las puertas de las editoriales y se lanzan a la conquista de un Premio como bólidos profesionalmente imberbes no es, en sí mismo, señal de la peor de las crisis: la del hombre que ha perdido todo punto de referencia y no reconoce sus propios límites. Toda crisis es señal de algún tipo de desesperación que se ha desbordado a sí misma y ya no tiene contención. La crisis del mundo editorial cubano, de las instituciones literarias y editoriales, de la crítica y de los escritores no ha nacido por partenogénesis, sus raíces son muy profundas y no están en las entrañas de sí misma, sino fuera de su círculo, y esa crisis afecta a toda nuestra cultura.

Mucha más tela por donde cortar ofrece  la extensa reflexión de Rafael sobre los trampantojos de la literatura cubana, pero se me acaba el espacio.

 Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: ¨pierdes el tiempo, nada se resolverá¨. No faltó quien pusiera en duda de que Jiribilla publicara este texto.

Suscribo este párrafo como si lo hubiera escrito. ¿Publicará La Jiribilla estos textos…? No lo sé, pero yo digo lo mío.

 

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SITUACIÓN ACTUAL DE LOS ESCRITORES CUBANOS ¿se abre una polémica?

NOTA: Rafael de Águila fue, desde sus primeras publicaciones, una promesa de la literatura cubana que se ha cumplido. Publico este texto suyo, brillantemente escrito, porque refleja fielmente el gran dilema al que se enfrentan los escritores cubanos desde hace tiempo. Cada vez con menos editoriales donde publicar sus obras, con menos premios nacionales que ganar y más pobremente retribuidos, con menos crítica especializada, con menos solvencia económica, el dilema se va pareciendo al arquetípico To be or not to be shakespeariano, con más tendencia al not to be como final ineludible.  Yo no vislumbro soluciones en el horizonte, al menos inmediatas, pero considero mi deber apoyar a Rafael, quien ha ofrecido su solidaridad a otros escritores en momentos difíciles, pero también porque los problemas que él plantea aquí los he sufrido  y en reiteradas ocasiones, y han amargado mi vida y la de muchos miembros del gremio letrado cubano, que no considero compuesto en su totalidad de mirlos blancos, pero sí de colegas, y aunque pocos de nosotros sean capaces de alzar sus pendones por la coleguidad, no hay por qué tomar las malas actitudes como único modelo a seguir sin alternativas. Si hay algo que un ser humano siempre puede hacer es una elección. Y NUESTRAS ELECCIONES NOS DEFINEN.

Y para quienes saquen la apresurada conclusión de que elijo publicar el texto de Rafael porque tengo rabia de que el Premio Alejo Carpentier de cuento haya quedado vacío, declaro que no concursé, que no soy uno de los veintitantos escritores que presentaron sus obras, veintitantos perdedores potenciales de 3 000 CUC. Hace años que no envío mis obras a concursos  nacionales ni extranjeros. Adelantándome al posible futuro de los escritores cubanos, ya yo entré por mi propia voluntad en el not to be.

EL TRAMPANTOJO, LA LITERATURA CUBANA Y LOS PREMIOS LITERARIOS

Por Rafael de Aguila.

¨Ganar un premio no significa nada¨.

                                    Mo Yan.

Premio Nobel de Literatura.

       Es muy importante decir lo que se piensa. Desde la escuela se nos hace leer esa frase martiana: un hombre que no dice lo que piensa no es un hombre honrado. Dado haber comunicado, en su momento, y por los debidos canales, a la máxima dirección del Instituto Cubano del Libro mis inquietudes sobre el tema, me siento libre de expresar cuanto pienso. La literatura cubana actual y los premios literarios. Ese será el tema. Un tema explosivo al día de hoy. Un tema que motivó, durante la Feria Internacional del Libro de la Habana -y sigue motivando- los más mordaces comentarios, en no menos mordaces corrillos, intervenciones, correos electrónicos, reuniones de colegas, premiaciones o presentaciones de libros. Dejando a un lado la capacidad de mordacitud -célebre en el gremio- admitamos que muchos colegas están preocupados. Sin la menor mordacidad. No creo que lo analizable sea la fugacidad de un hecho. De Premios que determinados Jurados hayan dejado desiertos. Por eso no me referiré al hecho que -aparentemente- echó a rodar este affaire. Entre otras cosas, porque todo Jurado tiene todo el derecho a juzgar desierto el Premio que estime. De lo que se trata, lo que urge, lo que demanda el momento, lo que pide a responsables aullidos la situación, es migrar de la sana Pre/Ocupación a la todavía más sana (y sobre todo sanante) Ocupación. De la Pre/Ocupación acerca de un hecho aislado a la Ocupación acerca de hechos comunes. De lo grupal a lo gregario. Un árbol no hace al bosque y de lo que se trata es de impedir elementos que puedan dañar o dañen al bosque. La mordacidad rara vez resuelve, hace fértil o sana algo. Aporta cierta dosis de catarsis. Ahí queda. Y de lo que se trata es de sanar. Impedir que el problema se prolongue en el tiempo, crezca en el espacio, devenga -como el ya familiar y muy cubano dengue- mal endémico. Nunca comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, y todo un desmadre de cotilleo, verdadero barómetro de toda situación, ha ejercido efecto alguno en función de la resolución viable, rápida, efectiva, saludable y óptima de los problemas. Se profieren gritos con respecto a una bestezuela, mas… nadie parece escuchar. Y, menos aún, aludir a la… jaula. Y se necesita hallar ¡alguna vez! jaula. La mayoría de las veces los mordaces parlantes solo aluden al pajarraco porque, convengamos, carecen de las debidas responsabilidades en función de aportar jaulas. Y de lo que se trata es que aquellos que deban aportar jaulas la aporten. Para ello antes debe ser debidamente identificada la bestezuela. Si bien no muchos tenemos la responsabilidad de aportar jaulas sí tenemos la responsabilidad de identificar bestezuelas. Eso no solo es un derecho a ejercer sino un deber a no eludir. Todos debemos contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, nuestras responsabilidades y nuestro compromiso, que no es poco, a esos fines. De lo contrario todos somos culpables. Más allá de la mordacidad, que casi siempre es huérfana, la palabra, bien dirigida -sanamente escuchada, sin encono atendida y no infelizmente estigmatizada, soberanamente ignorada o hasta por decreto proscrita / prescrita para refutar- tiene un poder rotundamente genésico. Eso trataré de hacer con este texto. Con respeto. Con lo que creo mi verdad. Subjetiva como toda verdad. Confiar en el poder genésico de la palabra. Confiar en ser escuchado. Confiar en que quizá no todas las ideas que acá expongo vayan a engrosar el adminiculo de yute con el ya clásico orificio al fondo. Al final, todo refutador, comisionado o no, no habrá hecho sino uso del más elemental derecho a expresar la cuota de verdad subjetiva que a todos asiste. Y no está mal que ello ocurra. No está mal porque, al final, los lectores (y el tiempo, ese gran reparador) dirimirán a quienes asiste mayor cuota de la siempre subjetiva verdad. Sobre todo el tiempo suele ser fabuloso en tales componendas. Vayamos pues, por partes.

 PARTE 1: LA TEORIA. Causas (y Condiciones) de la Premiofilia.

  1. a) El Premio como vía (casi única y expedita) de publicación.

En nuestras reducidas posibilidades de publicación (crisis financiera, crisis del papel, crisis de los poligráficos, crisis editorial, crisis presupuestaria) los Premios se erigen como una de las pocas -más bien la única- posibilidades de que: 1. El libro sea publicado y 2. Lo sea de manera expedita. 3. Reciba mayor promoción. No son pocos los que han enviado textos a una Editorial para recibir el clásico mensaje: ¨este año no resulta posible incluir su obra en el Plan Editorial¨. No son pocos los que poseen un libro aguardando así, años. En lo que se refiere a Literatura, la tirada total de todos los títulos y a la cantidad de títulos (repito: ¡Literatura!), nuestras Editoriales han disminuido sus publicaciones. Eso es una verdad de Perogrullo. Los vericuetos para que un autor publique son tortuosos. Ello se hace todavía más tortuoso si se trata de alguna de nuestras Editoriales nacionales más importantes. Por fortuna Editoriales de provincias -algunas de ellas han cobrado en ese contexto cada vez más prestigio- han logrado lanzar dosis de muy alabada terapia sobre esta enfermedad. Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias) la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado. Ello resulta solo el muy lógico reflejo del grado -severo- de dificultad que enfrenta nuestra economía en el contexto actual, contexto extraordinariamente adverso, que impacta con no poca fuerza sobre disímiles esferas de la vida nacional. Regresemos, sin embargo, a lo que nos ocupa: publicar en una Editorial nacional se hace, al día de hoy, difícil. Hecho este, repito, solo aliviado por la acción -honor a quien lo merece- de Editoriales de provincias. CONCLUSION 1: Los Premios se erigen hoy como una de las únicas posibilidades, expedita además, de publicación.

1- Desde hace mucho se habla, más bien se aúlla, se berrea, acerca de la necesidad de una nueva ley de derechos de autor. Y es que los derechos de autor que se pagan hoy en Cuba… mueven a risa. A soberanas carcajadas. Más bien a… puro llanto. Ello hace que cada vez menos autores -autores con varias obras publicadas- manifiesten el deseo de entregar sus libros a publicaciones. Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años. Solo entonces, cuando se lleva varios años sin publicar, y sin ganar premios, un autor opta por publicar. Todos sabemos perfectamente que de no existir los paupérrimos derechos de autor a los que hoy acceden los escritores cubanos, esos derechos de autor que mueven al llanto, la premiofilia no sería en modo alguno -al día de hoy- una filia en Cuba. El deseo universal de todo autor, en todos los tiempos y en todos los sitios -y este sitio en tiempo alguno fue la excepción- ha sido, es, y será, siempre, urbi et orbi, escribir y publicar. Imaginen a todos los autores que han conformado la legión de la Literatura Universal, a los escritores que han conformado la legión de la Literatura cubana, escribiendo sus libros con el ánimo -expreso, declarado, anhelado y casi único- de… ¡enviarlos a Premios! Pues eso precisamente ocurre hoy en Cuba. Un derecho de autor meritorio estimularía el natural deseo que ha animado ¡siempre! a todos los escritores en la historia de la Literatura: escribir para publicar. Un derecho de autor acorde a la situación económica del país. Al valor de la moneda del país. En sintonía con los precios que todo autor debe enfrentar para vivir, sostener la vida de los suyos y… escribir. En el país. Sic semper. El hecho –innegable- es que hoy los Premios (los pocos que subsisten en CUC, muy pocos) se avizoran como la única posibilidad de optar por una suma algo más… decorosa. Nadie desea invertir dos o tres años escribiendo un libro para recibir ¡únicamente! cinco mil CUP, eso en las Editoriales más poderosas, eso si logra vencer el tortuoso y largo camino para acceder a la publicación. Se anhela una suma que aporte y facilite una dosis algo más decorosa del muy necesario y merecido pan. Pan que cada vez, dicho sea de paso, ha visto incrementar el valor mientras los derechos de autor han permanecido inamovibles, o incluso, han decrecido. Y ello se sufre no solo de la mano de nuestras Editoriales, no solo desde la exigua valoración que reciben nuestros libros. No. Se sufre también con las publicaciones periódicas. Publicaciones en las que por un texto cualquiera, ya sea ensayo, artículo, reseña, no importa su extensión o importancia, solo se devenga, tras un muyyyy largo y kafkiano proceso (¡en el que al final el autor no recuerda exactamente por qué diablos se le está pagando!), unas pocas monedas -¡al cambio oficial, puede resulten unos 4 o 5 CUC!-, al día de hoy solo capaces de garantizar un trocillo, muy reducido, apenas una escueta miga, ¡muy escueta!, del necesario y merecido pan. Ello ha hecho que muchos colegas hayan perdido ¡también! el interés de enviar sus colaboraciones a publicaciones periódicas. Y no queda solo allí. No. Puede un autor participar en alguna actividad cultural, actividad en la que interviene con un texto, actividad en la que también, digamos, participa, con igual dignidad y absoluta fraternidad, un músico, o un bailarín, o un actor. Ignoro los pantagruélicos causales pero… el escritor, con igual dignidad, recibe por su participación en la citada actividad unas muy pocas monedas. El guitarrista, o el cantante, o el bailarín, o el actor… multiplican la cifra. Admiro el arte de cada uno de esos colegas…, se les  ratifica nuestra fraternidad, pero, de seguro, ellos también admiran el nuestro. Y la dignidad es la misma. CONCLUSION 2: Los Premios al día de hoy se erigen como la única posibilidad de obtener una dosis del merecido, anhelado y muy necesario pan. 

1- Lo anterior ilustró acerca de la asunción de los Premios como vía (casi única) de publicación y vía (todavía más casi y todavía más única) de ganarse el pan. Sumemos a ello una nueva catástrofe. Desde hace algunos años el ecosistema anterior ha sufrido una calamidad cuyas consecuencias resultan muy similares a aquellas que para los pobrecitos dinosaurios tuvo la caída del tenebroso meteorito. Y es que en los últimos años los Premios han reportado una tendencia -sostenida, in cressendo y hasta hoy a todas luces irreversible- a la desaparición. Algunos Premios sobrevivientes han visto, incluso, menguar sus ya menguadas bolsas. Ciertos Premios, cuyas bolsas contenían los anhelados CUC, pasaron a vida de ultratumba o de ultrapremio. Murió -de mera mendicidad- el respetable Premio de la Gaceta de la UNEAC. Amenaza con morir, si alguna mano bienhechora extranjera no se alarga -también de mera mendicidad- el muy respetable Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Ambos se sostenían por financiamiento externo. Las condicionantes financieras / económicas / presupuestarias las conocemos -y las comprendemos- todos. Son duras. Las conoce y las comprende y las enfrenta todo nuestro pueblo en la vida diaria. En lo que a Literatura se refiere solo expongo un hecho, minúsculo, mínimo, intrascendente, si se le compara con las dificultades que se enfrenta como nación. Pero no deja de ser un hecho. Y el efecto más inmediato resulta que (cada vez) son más escritores quienes lidian en aras de obtener (cada vez) menor cantidad de (cada vez) menos dotados Premios. En mitad de ese muy enrarecido ambiente no faltan quienes llaman a la desaparición total de los dinosaurios, ¡mis disculpas!, de los pocos Premios que hoy (con raros y funéreos estertores) aún respiran, aduciendo un (supuesto) descenso en la calidad de la obra literaria, esas que a los Premios sobrevivientes se envía. Medra el síndrome del sofá, tan socorrido en nuestro medio. Huelga decir que esta tendencia -sostenida- a la desaparición de los Premios ha provocado una nueva ola migratoria. Esta vez no migran los autores. No. Han migrado autores, mas no…, esta vez no me refiero a ellos. Esta vez migran -o tratan de migrar- las obras. Y es que muchos colegas producen, cada vez con mayor brío, libros ya no para enviarlos a nuestras Editoriales o a los pocos Premios que subsisten -recemos para que subsistan al menos esos pocos, líbrenos Dios Padre de su desaparición, elevemos plegarias para que especialmente no muera, de mera mendicidad, este año el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, al borde de aplicársele la luctuosa extremaunción- sino para enviar a Editoriales extranjeras y/o premios offshore. En fenómeno sin precedentes la Editorial española Samarcanda, del Grupo Lantia, publicará este 2017 -con derechos exclusivos- en sello Editorial creado ad hoc, ¡más de un centenar de obras! a un grupo ¡de más de cien autores cubanos! Si este fenómeno fructifica, en materia de mercado, digo, que ya se sabe que para Editoriales extranjeras todo se reduce a mercado, de seguro no dejarán de asomar otras Editoriales extranjeras dispuestas a imitar a Samarcanda. ¿Quién sabe si el fenómeno Samarcanda pueda representar un posible boom para la Literatura cubana? ¿Quién sabe si algunos de esos cien autores samarcandianos pueda tornarse éxito de ventas? Viral. Trendic topic. Acontecimiento editorial. Si ello ocurriera otras Editoriales extranjeras, olfateando el bussiness, podrían seguir el ejemplo. Recemos para que, aun tratados como nativos con librea por estas Editoriales (las nuestras nos tratan como nativos pero ya sin librea), alguno de esos autores pueda tener éxito. Alguien podría imaginar cierto escenario -fantasmagórico- en el que nuestras Editoriales (esas que publican Literatura, Literatura cubana actual) cierren sus puertas y nuestros poligráficos pongan al sol sus aparejos ¡porque los autores cubanos han hecho migrar sus obras allende los mares! El fenómeno Samarcanda puede resultar el mero prólogo. Perdóneseme el pleonasmo, a manera de surrealista símil, mas… revísese la nutrida participación de autores cubanos en cualquier premio offshore, contrástese con el envío de obras a Premios del patio, incluidos los más remunerados. ¿Cuál sería el resultado? Ah, pues que cada vez menos escritores envían sus obras a Premios nacionales, la inmensa mayoría mal dotados y en franco proceso de desaparición, cada vez más escritores, en cambio, envían sus obras a Premios extranjeros. Si a la desaparición de Premios, y al fallecimiento de sus dotaciones, agregamos el descreimiento hacia Jurados o Instituciones… el panorama puede perder todavía mayor dosis de oxígeno. Los autores cubanos privilegian, cada vez más, el intento de publicación de sus obras por Editoriales extranjeras (intento, porque, en puridad, unos pocos, privilegiados, salvo aquellos incluidos en el fenómeno Samarcanda, algo sui generis y no sujeto a reglas precisamente convencionales, lo han logrado) y el envío de sus obras a premios offshore. Ese entorno de ¨migración de obras¨ puede tener, sin embargo, paralelamente, algunos elementos, digamos, no tan deseables. Algunos de esos elementos asoman ya el rostro. Si para ser bien juzgadas, premiadas o publicadas en Cuba no pocos autores someten sus obras a un ¨mecanismo de ajuste¨ de acuerdo a lo que se juzga ¨literariamente publicable / premiable¨ hoy en Cuba… pues idéntico proceso se registra en sentido inverso: para ser publicados / premiados / bien valorados en el extranjero no pocos autores someten las obras que envían offshore a idéntico ¨mecanismo de ajuste¨, acorde a lo proper, o a lo que se sabe se publica, y premia, y se persigue, también como trending topic, en el extranjero. Y esto, no solo tiene en cuenta patrones estilísticos y/o temáticos. No. Incluye toda una inmanente cohorte… extraliteraria. Ya podemos escuchar a un colega decir: ¨este libro es para enviar a un premio en Cuba, este otro para enviar a un Premio offshore¨.  En uno, el del patio, el autor es un tipo very proper, ¨correcto moral o ideológicamente¨; en el otro, lo opuesto. Parecieran… dos autores en uno. Parecieran… dos obras. ¡Lo absurdo es que se trata del mismo autor y, a menudo, de la misma obra! Todos hemos visto como se viste y desviste de tales atuendos a la misma obra según resulte la ubicación geográfica del salón de baile. Y es que comienza a imponerse una suerte de travestismo literario muy fake. Alabado sea el travestismo cuando emana (como el semen y la sangre y las lágrimas y el sudor y la saliva) del alma y del cuerpo. Este no emana precisamente de tales sitios. Algunos, en el afán de seducir a Editoriales extranjeras, han comenzado a escribir acerca de… ¡niños magos, vampiros asténicos y crípticos secretos ocultos en la Corona del Imperio ruso! CONCLUSION 3: Como tendencia los Premios cada vez son menos -y menos dotados-, los escritores se incrementan en sentido inversamente proporcional a los Premios, de tal suerte cada vez más escritores se afanan por enviar a cada vez menos (y menos dotados) Premios. Tiene lugar un proceso con arreglo al cual el autor cubano comienza a producir pensando más en publicaciones y Premios allende los mares que en el patio.

Los tres elementos anteriores explican, muy claramente, las causas de la premiofilia entre nuestros escritores. A ello agreguemos el disfrutar de los diez minutos de fama de los que hablara il signore Warhol, periodo que, en nuestro medio, se reduce, con el perdón de Warhol, en tiempo y connotación. No descubro el viento fresco: soy consciente de ello. Todo cuanto he explicado es harto conocido por todos. Ante esos acuciantes problemas (y todos aquellos que en lo adelante voy a nombrar) se echa mano a tres actitudes: 1. El síndrome del Avestruz: esconder la cabeza para no visualizar el contencioso. 2. El síndrome de Cándido: en el mejor de los mundos posibles se publica cada año cientos de miles de ejemplares, todo marcha maravillosamente y si medran algunas pocas inconsistencias se trabaja con tesón para erradicarlas, inconsistencias que en modo alguno manchan al mejor de los mundos posibles. Este síndrome puede presentar una variante: este no es el mejor de los mundos posibles pero(ibídem para el resto) 3. El síndrome de L’Étranger de Camus: como Mersault, se mira en derredor y, hombros hacia arriba, ajeno a todo, en derroche de suma impasibilidad, se bebe té verde. Frío. Con moringa. Y es que no vale inmutarse, dicen los de esta legión, alzar la voz es erigirse indeseable, caer en desgracia. ¿Para qué caer en desgracia, se preguntan estos, si cuanto ocurre carece de solución? Esas son las tres aptitudes. Ninguna de ellas,  estoy seguro, resulta digna. Ninguna de ellas conduce a la resolución de contenciosos. Mas no quedemos aquí. Si los Premios hoy concentran no reducida porción del élan vital y del agón de la Literatura cubana actual vayamos más allá -siempre plus ultra si se trata de intentar soluciones-, a cuanto acaece en relación a lo que puede ser llamado la ¨praxis y la metodología de los Premios¨.

 PARTE 2: LA PRACTICA. Praxis de los Premioauspiciantes.

  1. a) Las Instituciones y la (insoportablemente leve) elección de los Jurados.

La Institución que auspicia un Premio tiene la obligación -y la responsabilidad, no se olvide esta palabra: la responsabilidad– de elegir a los Jurados que a su cargo tendrán la difícil y muy responsable tarea -no se olvide esta frase: responsable tarea– de valorar las obras que por tal Premio opten. Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles. De ahí que la elección de todo Jurado represente una muy alta responsabilidad. De hecho se está eligiendo a una suerte de Dios. Se le está dotando -si bien no de las dotes de infalibilidad, esas no, infortunadamente esas no, la infalibilidad solo a Dios le está conferida-, de las facultades de irreversibilidad y de no recurribilidad. Todo jurista sabe de qué hablo cuando menciono la no recurribilidad: el Jurado falla y ha fallado Dios Padre. Alea jacta est. Y así debe ser. Imagínese que la decisión emanada de algún Jurado pudiera ser, una vez admitida la recurribilidad, apelada y, en consecuencia, el fallo trasladado, para su análisis, a una instancia superior. Convengamos que ello no puede suceder. De ahí que todo Jurado tenga, por fuerza, que ser plenipotenciario. Mas… la Institución que auspicia ese Premio -y selecciona a los Jurados- resulta solidariamente responsable, para continuar empleando términos jurídicos, al tiempo que resulta (co)partícipe y (co)padeciente del fallo al que ese Jurado llegue. Si el Jurado es responsable directo del fallo… la Institución que eligió a ese Jurado -y que a ese Jurado paga- es la responsable colateral. El autor intelectual. El deus ex machina. De ello se deriva que: 1. Una Institución no puede dejar en manos de las células más alejadas que la conforman la elección de los Jurados. La elección del Jurado debe ser responsabilidad -directa- de la máxima dirección de la Institución de la que se trate. 2. No puede la elección de un Jurado devenir proceso rutinario, displicente, no sujeto a profundo análisis, facilista, burocrático, de menor importancia, coyuntural. 3. Y esto resulta de importancia vital, un teorema: Toda Institución debe elegir Jurados cuya fuerza o capacidad o sapiencia o experiencia o importancia o trascendencia o valor sea idéntica o directamente proporcional a la fuerza o capacidad o sapiencia o importancia o trascendencia o valor del Premio que ese Jurado tiene la responsabilidad de fallar. Admitámoslo: hay Jurados para Premios Calendario y Jurados para Premios Alejo Carpentier o Premios Casa de las Américas. Los segundos pueden ser llamados a juzgar el primero pero los primeros… OJO: LOS PRIMEROS NO DEBEN SER LLAMADOS A FALLAR SOBRE LOS SEGUNDOS. No se trata de elitismo o de aristocracia intelectual. Se trata de respetar el necesario rigor y la preeminencia de cada Premio. Recordemos que los Jurados son plenipotenciarios, en consecuencia deben poseer toda la potencia que los haga capaces de esa plenitud. Un detalle no eludible: no toda la responsabilidad en tales casos cae a full machine sobre las Instituciones. No. A Dios lo que a Dios concierna, al César lo que al susodicho corresponda. Sucede que a muchos colegas no nos agrada la responsabilidad de ser Jurados. A) Es engorrosa. B) Resta tiempo. C) No resulta bien retribuida. D) Demanda esfuerzo. E) Puede ser aburrida. F) Puede generar enconos. En consecuencia: muchos la eluden. No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto. Y la Literatura cubana sufre esto. Y los Premios sufren esto. Y los escritores cubanos sufrimos esto. Digámoslo claro: accionar como Jurado resulta un deber elemental para con la Literatura cubana, ya no para con las Instituciones. Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados! ¡No puede ser que precisamente sean ellos quienes eludan ese deber elemental! Deber para con la Literatura cubana. Ante esas negativas las posibilidades de las Instituciones de hallar Jurados idóneos (en plenitud de la necesaria potencia) se ven seriamente comprometidas. Ergo: pueden acabar eligiendo, desesperadamente, y sin remedio, en última instancia, a Jurados no precisamente idóneos, o lo que es igual: Jurados plenipotenciarios no capaces de ejercer la debida plenipotencia. CONCLUSION 4: Toda Institución auspiciante de Premio es solidariamente responsable del Jurado que seleccione, y dado ello, de los fallos -errados o certeros- a los que ese Jurado arribe. Cada Premio, de acuerdo a su categoría, merece Jurados acordes a esa categoría.

  1. b) La (no desatendible) actuación de Jurados e Instituciones Premioauspiciantes.

Los Jurados no son entidades supra galácticas. Metafísicas. No se trata de entelequias o fríos artilugios cibernéticos. No son Dioses. No son genios poseedores de lámparas. No son ¡sálvenos el supremo! dictadores literarios. Ni siquiera entes homogéneos. Un Jurado está conformado por escritores. Casi siempre tres escritores. Se trata de un ente grupal. Con la dinámica propia de cualquier grupo. Ahora son los psicólogos quienes saben de qué hablo. Hablo de las complejidades implícitas en toda dinámica grupal. Hablo del Líder que apabulla e impone su criterio al resto. Hablo de la Eminencia Gris que nada impone y menos apabulla pero desde la sombra, imperceptible, determina. Hablo del apocado y de carácter débil que asiente y acepta y, aun en contra, o dubitativo, firma -a pie juntillas- el Acta. Los que hemos conformado alguna vez Jurados tal vez hayamos conocido esto. Hablo de conflicto y colisión y subordinación y prelación y negación y olvido e imposición de unos sobre otros. A menudo de Uno sobre Dos. O de Dos que aplastan (por certera mayoría mas no por certero juicio) a Uno. En la medida en que un Jurado sea menos congruente y menos afín en cuanto a filias y fobias, en la medida en que sea más diverso, será, a mi modo de ver, mejor Jurado. Eso si se tiene un Jurado capaz de ejercer toda su plenipotencia. No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas. Sensibilidad. Hechos de vida. Elementos, todos ellos, extraliterarios. Mas… tampoco solo eso: si de filias y fobias se habla… los Jurados, como sucede con el común de los mortales, tienen amigos y… enemigos. He sabido de Jurados que no premian una obra al colisionar estas con sus postulados ideológicos. O políticos. O morales. Cuando esto ha ocurrido, lo sabemos todos, se suele premiar una obra inferior, o en el mejor de los casos de cierta fuerza, adjudicándose, a la obra en desgracia, una (inmerecida) Mención que se cree salvadora de honrilla, eso para que, más tarde, alguno de los Jurados actuantes confiese -directamente y sotto voce, hasta quizá apenado al autor de la obra preterida el infeliz entramado. Fui testigo personal de un caso: la colisión de una obra ¡con la sensibilidad religiosa! de uno de los Jurados. Hemos conocido de casos, que reconozcámoslo, colindan con la ignominia, en los que alguno de los miembros de un Jurado, hombros hacia arriba y ética presuntamente inmaculada, confiesa ¡no haber leído alguna(s) de la(s) obra(s) concursantes! En otros casos se premia una obra -¡de ficción!- aludiendo al impacto ¡sociológico! que tal obra supone para la realidad cubana. Huelga decir que puede, desde mis postulados, una obra de ficción representar una dosis de valor no desdeñable para la Sociología: ¡que preparen en semejante caso para ella los sociólogos su más dilecto Premio! Un Premio Literario (en la categoría de ficción) juzga, especialmente, intuyo, me temo, barrunto, valores literarios. No sociológicos. Ni ideológicos. Ni morales. Ni religiosos. Ni políticos. Ni económicos. Ni astronómicos. Ni culinarios. No creo que la carpenteriana Teoría de los Contextos se extendiera a ello. En cualquier caso que cada disciplina, si lo desea, privilegie lo suyo. Cualquier parecido con la realidad, lo juro -todos hemos sido alguna vez testigos y puede que hasta victimas de esto- no resulta mera coincidencia. (1)

 FIN DE LA PRIMERA PARTE

Toda Institución que auspicie un Premio debe velar, fieramente, por salvaguardar la feliz y sana congruencia de las tres partes que conforman un Jurado. Y ello debe ser así con el objetivo, sacrosanto, de salvaguardar el objeto social de ese Jurado: premiar… lo mejor. Si el Jurado es la sumatoria de tres tal sumatoria debe facilitar la summa funcionalidad de esos tres. No entorpecerla. La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado del que se ha hecho, elección mediante, solidariamente responsable. Un miembro destacado, y a esos efectos apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto mas con todo derecho -y todo deber- a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya. Una Editorial no puede, por ejemplo, asumir la magna presentación de una obra a la que se ha adjudicado el Premio Alejo Carpentier, desde la lectura del muchas veces doblado y reducido folio que, a la vista de todos, ha extraído antes su representante de un bolsillo, reducido folio cuya lectura no toma más de tres minutos. Y no puede hacerlo porque ¡está presentando la obra que ha sido acreedora del principal Premio literario que se otorga en Cuba anualmente por parte de las Editoriales cubanas! No caben al respecto displicencias. Semejante displicencia, infortunadamente, puede dotar a no pocos maldicientes del desmoralizante combustible en función del ubicuo cotilleo, ese que a todos los vientos intentará esparcir que el magno Premio se ha tomado por las Instituciones auspiciantes muy a la ligera. Y ello, estoy seguro, no responde a la verdad ni a la voluntad manifiesta de Institución alguna.

Voy a aludir a un hecho muy conocido. En nuestra crítica actual el colega A publica una obra para que el colega B -que es su amigo- elogie esa obra. Eso, desde luego, recibe más tarde su muy sana retribución: cuando el colega B, en su momento, publique una obra, el colega A, agradecido, se dedicará a elogiarla. Si colega A y colega B resultaran -infelizmente- enemigos, ah, pues ya se sabe, las diatribas mutuas no se harán esperar. Y todos ¨disfrutaremos¨ el show que, reconozcamos, será penoso. O lo que es igual: nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos. Infortunadamente… no pocas veces… a eso se reduce nuestra crítica. En lo que respecta a los Premios siempre me ha resultado enervante que los Jurados que premian (literatura de ficción) estén conformados en un 100 % solo por escritores (de ficción): los cuentistas premian cuentistas, los novelistas premian novelistas, los ensayistas premian ensayistas, los poetas premian poetas. O lo que es igual: nosotros mismos nos premiamos unos a otros. A menudo al conocer quienes conforman un Jurado, conociendo sus más notorias filias y sus más endemoniadas fobias, sabemos, intuimos, trasmutados en modernos Nostradamus, quiénes tendrán las más altas, notorias y endemoniadas probabilidades de ganar ese Premio. No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo… negativo. Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de… decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese ¨juego¨ ese desmoralizante. ¿Quién no sabe esto? Esto lo sabe hasta Cuco, el pobre anciano afectado de Alzheimer que malvive encima de mi casa.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana. Para su salud. Para aquellos que la amamos y la ejercemos. Es decir, nos premiamos, nos criticamos (elogiamos) y nos reunimos para debate solo nosotros. Ah, demonios, ¡qué solipsismo! Analicemos: ¿un Jurado conformado por un escritor de ficción, un miembro destacado de la Academia y un crítico no resultaría mucho más saludable, mucho más plural, mucho más inclusivo, mucho más dotado, mucho más heterogéneo, mucho más versátil, mucho más profundo, menos sujeto a amigofilias y enemigofobias, a seguir tendencias estilísticas o temáticas al uso, que un Jurado conformado -únicamente- por escritores de ficción? Digo yo. Barrunto. Al menos para los Premios principales del patio. Imagínese un Jurado conformado por Mayerín Bello, Emmanuel Tornés y Emerio Medina. Semejante Jurado estaría a la altura del más categorizado de nuestros Premios. De todos. Con semejante Jurado, presumo, la mayoría (creo) descansaría en literaria y candorosa paz. Confiados en su sano juicio y preclara sapiencia. Semejante Jurado no emularía con Dios, no, eso nunca, pero puede que hasta Dios (perdóneseme la blasfemia) mostraría algo de confianza si a tal Jurado decidiera someter su manuscrito. Y con ello, muy saludablemente, se vincularían Academia y Crítica a la Literatura cubana actual, se vincularían al proceso de conformación de canon, ese proceso que desde los Premios lleva cada año a la cumbre (momentánea) de la Literatura cubana, a un grupo -muy reducido- de obras. A mi modo de ver ello deviene hoy necesidad imperiosa.

Regresemos sobre la no infalibilidad de cualquier Jurado. Que una obra OBTENGA el Premio que concede un Jurado, cualquiera sea ese Premio, cualquiera sea ese Jurado, no significa que esa obra sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que una obra NO OBTENGA ese Premio no significa que esa obra no sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido. No. Nada de eso, my God. Menos aún significa que una crisis cualitativa se haya instalado -escolásticamente y por generación espontánea- en tan solo un año o dos. No. Entre otras condicionantes, muchas, porque ¡las crisis no se instalan en un año o dos! Significa ¡SOLO! que un Jurado, o dos o tres, o los que sean, no importa el número, lo han considerado así. Y los Jurados, afortunadamente, no son Dioses. No son entes galácticos infalibles. No son entelequias supraliterarias. No son genios armados de lámparas. No son dictadores literarios. Nada de eso. Por suerte. El fallo de uno, dos, tres Jurados, los que sean, no puede certificar o vaticinar o avalar la excelencia o mediocridad de una obra. No puede certificar o avalar la (supuesta) crisis de la literatura cubana. Ni de Literatura alguna. Tampoco, desde luego, su preeminencia. Un Jurado (o dos, o tres, o todos los Jurados de la Galaxia) no hace la Literatura. Por suerte. Agradezcamos eso. La Literatura no es los Jurados. Vaya hipóstasis esa. ¡La Literatura son las obras! ¿Qué Jurado premió y encumbró y canonizó a Dante, a Shakespeare, a Goethe, a Cervantes? La Literatura son los libros que se escriben. No los Jurados que evalúan algunos, unos pocos, una mínima porción de esos libros. El Jurado / Premio es lo Subjetivo. La obra lo Objetivo. Charles Agustín de Sainte-Beuve desvarió contra Balzac, Baudelaire y Stendhal, encumbró, en cambio, a algunos otros de los que hoy no sabemos ni la mera U. Y la mayoría hoy no sabe ni la mera U del mismo Sainte-Beuve. La posteridad (no pocas veces) le ha sacado -dignamente- la lengua a los Jurados, permítaseme el pudor de no citar cuantas veces ello ha ocurrido, ¡y cuan penosas han resultado algunas de esas veces!, incluso, sonrojo mediante, para la propia Literatura cubana. ¿Cuántas veces en los últimos años se ha otorgado un Premio y alabado la obra a la que se le ha conferido, para, una vez publicada la laureada obra, la opinión generalizada en el gremio se eleve negativa, y tome cauce la más aguda mordacidad, ¡en turbión!, y emerjan -¡también en turbión!- toda una jauría de cotilleos, comentarios, e-mails, opiniones, chats, conversaciones, diagramas de flujo, burlas y malsanas elucubraciones? Ello, desde luego, no solo demerita a los Premios, o a los Jurados, o a las Instituciones auspiciantes, sino que, desde luego, ejerce su influjo ¨demeritorio¨ -he ahí lo peor, lo más terrible- sobre la Literatura cubana. Al menos lo intenta. Lo intenta porque a la Literatura cubana, ni a Literatura alguna, la demeritan los malos Premios. Ni los Jurados. Ni las Instituciones. Es trinidad que se olvida. Por fortuna. Y se olvida porque ¡Premios y Jurados se los inventamos a la realidad! ¡La realidad es la obra! ¡Y la obra, si fue valedera, quedará! Más allá de los Jurados. O a pesar de ellos. Más allá de los Premios. O a pesar de ellos. Más allá de las Instituciones. O a pesar de ellas. Y si la obra no fue valedera…, si al Premio fue aupada por el juicio errado de un Jurado, pues permanecerá un vano y banal tiempecillo ahí, mera prueba del error humano, cata del impenitente dislate de tres, tiempecillo en el que devendrá indócil pasto del no menos indócil escarnio. Errores de Jurados pueden conspirar para echar a pique a la Literatura. A la cubana y a todas. Ni siquiera un inmerecido Nobel. Conspirar. No pueden echarla a pique.. ¿Por qué no pueden echarla a pique aunque, es cierto, jueguen a intentar ladearla, momentáneamente? Porque ya lo dije: ¡la Literatura no son los Jurados! Ni los Premios. Ni las Instituciones. Son las obras. Y el juicio del Tiempo, ese gnomo que según Azorín juega a los dados, deviene gran reparador. Porque ese ente barbado, el tiempo, está a prueba de Jurados, de Premios y de Instituciones. Los escritores han escrito, escriben y escribirán con esa Trinidad, sin ella, o… a pesar de ella. Si esa Trinidad no existiera -su existencia, dicho sea de paso, es muy reciente- los escritores escribirían lo mismo. Si existieran mas no cumplieran, o cumplieran a medias o mal, su objeto social, los escritores escribirían lo mismo. Y un día, no importa cuando, se conocerían las obras. Sic Semper. El juicio del duendecillo Tiempo es, ese sí, como Dios, Jurado y Premio infalible. Al menos quien esto escribe, que descree absolutamente de Dioses y de infalibilidades, toma al Tiempo como juicio, digamos, algo más confiable. Mas convengamos…si la susodicha Trinidad existe, y de manera óptima cumple su objeto social…, la Literatura lo agradece. CONCLUSION 5: La conformación de las partes de todo Jurado resulta vital. Repensar toda la dinámica que rige al día de hoy la conformación y actuación de los Jurados y la relación Jurados / Premios / Instituciones resulta impostergable y muy necesario en función de la salvaguarda de la Literatura cubana.              

 PARTE III: NO BASTA SEÑALAR CRISIS: ¡BUSQUEMOS SOLUCIONES!

He tratado de decir lo que pienso sin ánimos de zaherir. Con respeto a colegas e Instituciones. Con el mejor de los objetivos: contribuir a la solución, al menos al debate (convengamos que no pocas soluciones pueden depender, en parte o en mucho, de elementos de corte financiero y/o presupuestario, elementos que, al día de hoy, por motivos de fuerza mayor, no se avizoran) de lo que muchos identificamos como contencioso sujeto a solución. Porque los males no se limitan solo a la premiología. Para ello debemos mirar a las Debilidades que nos lastran, a las Amenazas que desde el entorno nos llegan, a las Fortalezas de las que disfrutamos y a las Oportunidades que en ese mismo entorno existen y pueden ser debidamente aprovechadas. Desde mi personal visión unos 5 puntos se imponen, como vías impostergables, a saber: 1. Debe trabajarse en función de lograr derechos de autor dignos que reintegren el anhelo de los autores a publicar y garanticen el pan y el trabajo de esos autores. Ese pan que, por ejemplo, logran, dignamente, otros admirados artistas, léase, por ejemplo, músicos, cantantes, bailarines y artistas plásticos. Si estos se autofinancian con las ganancias que generan urge para los escritores hallar vías alternativas: becas, pasantías, apoyo de Universidades, instituciones culturales y/o literarias extranjeras y nacionales. Un salsero o un cantante generan ganancias con las actuaciones en un centro nocturno cada noche. Un pintor vendiendo un lienzo. ¿Cómo lo logra un escritor? ¿Será mejor dedicarnos a cantar o a embadurnar lienzos? Resulta en extremo dudoso que en mitad de la situación actual nuestras Editoriales alcancen a contar con mayor capital para pagar derechos de autor algo menos paupérrimos. La música salsa se cotiza. La Literatura no. Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores. Cuba es hoy trending topic en el mundo. Quizá pueda aprovecharse eso. 2. Debe multiplicarse empeños en aras de suprimir el aura mortuoria que hoy rodea, cuantitativa y cualitativamente, a nuestros Premios literarios. Urge lograr vías alternativas en función de detener el franco proceso de desaparición de Premios y la malsana desnutrición de sus bolsas. Algún Premio en su dotación solía incluir computadoras, artilugio elemental para cualquier escritor, artilugio que, dado el precio, no está al alcance del bolsillo de un escritor. Si bien la computadora no es parte de la necesaria ¨canasta básica¨ ni aportan la posibilidad de adquirir muy necesarios bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas, sin la PC, resulta endemoniadamente difícil escribir. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida. Entidades nacionales importadoras las importan, al por mayor, desde Panamá y China. Importadas así los precios son muy inferiores. Lograr que algún Premio las incluya podría ser una variante. Se trataría de unas pocas PC en el año. Muy pocas. No imagino sea ello harto difícil de lograr. En todo el mundo el sector privado actúa como patrocinador de Premios literarios, mecenas de las Artes, contribuyendo, en todo o en parte, con el aporte monetario de sus bolsas. Ello puede intentarse -institucionalmente- con algunas de las empresas mixtas y extranjeras que operan en Cuba. En España, por ejemplo, es algo común. ¿Por qué habría de rechazarse absolutamente acá? Ello no significaría privatizar la cultura. Puede hallarse la manera, por ejemplo, de que el premiado -y un acompañante- disfruten de solaz esparcimiento, digamos, tres días –free cost– en un anhelado y prohibitivo Hotel ubicado en alguno de nuestros excelentes polos turísticos. Siguiendo la óptica del sector privado como patrocinador de Premios, téngase en cuenta que poderosas Entidades extranjeras regentan hoteles en Cuba. El autor premiado, digo yo, agradecería esto. Las entidades, creo, estarían orgullosas de tener entre sus clientes, y agasajar, a un reconocido escritor cubano. Si bien salseros, cantantes y pintores, con las ganancias obtenidas -muy dignamente- a partir de su trabajo, pueden disfrutar de tales sitios los escritores lo hacemos solo en nuestros más utópicos sueños. Organismos nacionales, por demás, regentan también cadenas hoteleras. Tal vez tales Organismos se sientan orgullosos del apoyo a prestar a la Literatura cubana. El impacto que ello tendría sería mucho mayor al gasto en que se incurriría. Ni puede ser tan difícil de lograr, ni provocaría perdidas enormes a la economía nacional. ¿No se desea patrocinar cierto turismo cultural? No puede entenderse por cultura, únicamente, el son, las maracas, la música salsa o la rumba. La Literatura, vaticino, también conforma la cultura de una nación. Y no poco. Eso… en cuanto se refiere al sector empresarial. Hablemos del privado. ¿Qué podría mover al dueño de un restaurante famoso de La Habana, esos en los que cenan -celebérrimamente- Presidentes extranjeros, en función de ofrecerse como patrocinador de Premios literarios? Y…, por otra parte…,¿es esto legal hoy en Cuba? No vale pecar de ingenuos: las contribuciones deben ser a las Instituciones que organizan esos premios, jamás directamente a los premiados. Ello aseguraría colocarse a salvo del principio que reza ¨quien paga manda¨, a salvo de que aquellos que ofrezcan algún patrocinio comiencen a determinar qué se premia o a quienes se premia. Y todo eso estaría muy lejos de resultar un amago de la impensable privatización de la cultura. 3. Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa. Para algunos colegas la Academia solo habla de ¨María¨, la romántica obra de Jorge Isaacs; anti poesía; trascendentalismo, y… queda ahí, anclada, según el parecer de esos colegas, a la Academia no le interesa el panorama de la Literatura cubana actual, o centrados en el pasado desconocen los nuevos caminos por los que se mueve (la nuestra y la mundial) o está excesivamente centrada en purismos estilísticos. Me disculpan esos colegas…, puedo pecar de ingenuo, no tengo amigos en la Academia, mas… no creo eso sea cierto. No puede ser así. Y, en cuanto a los purismos estilísticos…, en mi opinión, mucho favor se haría con ello a la Literatura cubana actual, en especial, a la escrita por los jóvenes. 4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden. 5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores) en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos. En el mundo moderno esto es una exigencia vital. En nuestro entorno, no pocas veces, desconocemos siquiera si ante un hecho se reacciona… a posteriori. Nada se explica. Nada se aclara. En consecuencia, ni siquiera parecemos ser reactivos. Se ignora siquiera si se reconoce la existencia de un problema que todos o la mayoría identificamos como problema. Si se le trata como a un problema. Si se trabaja -y cómo- para impedir se repita o se prolongue en el tiempo. Las Instituciones deben actuar de manera proactiva, mancomunada, sistémica, transparente, cooperativa, en mutua consulta, algo normal entre entidades que conforman un mismo esquema ministerial. Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos. Tratar problemas de todos excluyendo a esos todos nunca redunda en interés de todos. Tratarlos aislados, de manera departamental, tampoco. Los enfoques en el mundo de hoy deben ser proactivos y holísticos. Y el cotilleo, admitámoslo, ¡por Dios!, resulta harto desmoralizante. Lo moralizante y adecuado resulta promover se debata ¡con la participación de todos!, con la debida civilidad y la justa democracia, en aras de lograr, y hacer públicas, las medidas posibles destinadas a atajar cualquier contencioso. Las Instituciones no existen para sí, ¡existen para todos! Si todos, o la mayoría, estamos felices con ellas, pues ese resulta el mejor indicador. Si todos, o la mayoría, no estamos precisamente felices con ellas, pues…van mal. Y ello es así aunque cumplan el clásico Plan. Porque el mejor Plan a cumplir debe ser actuar, de manera transparente y rápida, solucionando o minimizando cuanto problema asome… en favor de todos y rindiendo cuenta ante esos todos. Creo a esas 5 medidas vitales en aras de enfrentar el contencioso y detener sus efectos. De lo contrario…, francamente, la situación puede ir a peor. Y nadie desea eso. Nadie puede admitir eso. El cubano bulle de creatividad, y ello puede suplir, en mucho, la inexistencia de un presupuesto abultado. Eso, al menos, hemos aprendido en las últimas décadas.

PARTE FINAL

Mordaces comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, conversaciones de pasillo, debates post premiaciones o en mitad de ellas, hasta hoy, repito, no han resuelto algo. Y no creo resuelvan. Devienen barómetro de la situación, sí, tradicional y consuetudinariamente ignorado. Abandonemos el ejercicio único de la sana (e insana) catarsis y pasemos a la siempre todavía más sana terapia. Identifiquemos a la bestezuela. Facilitemos el logro de la  jaula. No tenemos derecho a ejercer alguno de los tres síndromes acá mencionados. No tenemos derecho a actuar como Cándido porque no somos nada cándidos. No tenemos derecho a actuar como el personaje de Camus porque los cubanos carecemos de esa impasibilidad a lomo de los humores de nuestra sangre. No tenemos derecho a actuar como el avestruz ¡porque no somos avestruces! Y no tenemos derecho a ejercer esa trilogía porque ¡se trata de la Literatura cubana! ¡No se trata de nosotros! Eso sería baladí. ¡Se trata de Ella! A todos nos asiste el derecho a decir lo que pensamos. Porque la Literatura cubana no pertenece a las Instituciones. No pertenece a los Jurados. No pertenece a los Premios. No pertenece siquiera a los autores. La Literatura cubana no tiene dueño. ¡Es de todos!

Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo. Y puede profundizarse. Eso es lo peor. Debe asumirse que la Literatura no es una entelequia. Está conformada por escritores. Los escritores la hacen. Es dudoso que la Literatura pueda ir bien si los escritores no van bien. (2) Algo ha de hacerse al respecto. Poco que se haga se habrá hecho algo. Porque, repito, se trata de la Literatura cubana. (3) He tratado de enumerar causas y condiciones. Incluso, de proponer  posibles soluciones. Desde mi humilde opinión. Desde mi subjetiva verdad. Puedo haber olvidado problemas. Puedo haber errado en muchos. Otros puedo no conocerlos. Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: ¨pierdes el tiempo, nada se resolverá¨. No faltó quien pusiera en duda de que Jiribilla publicara este texto. Sostener existen crisis no basta. Decir que la crisis se concentra solo en la concesión de Premios errados no basta. Nuestra responsabilidad mayor es actuar sobre las causas y condiciones que provocan esa crisis. Y suprimirlas. O minimizarlas. O intentar hacerlo. Intentar es la primera fase de lograr. Amurallarse para no ver esas crisis, empecinarse en no nombrarlas, profesar la creencia de que se resolverán por generación espontánea, sectorizarlas, ignorarlas, o autocensurarse y quedar callados para no incordiar o convertirnos en entes problemáticos solo puede llevarnos a las peores consecuencias. Y esas peores consecuencias serán ¡para la Literatura cubana!

La mordacidad es huérfana, anósmica y de vientre seco. La palabra no. Tiene padres, hijos y hasta nombre. El nombre de todos. Si no se le estigmatiza, si no se le ignora o resulta prescrita / proscrita, si no se le revierte por conminados refutadores de ocasión… confío en su poder genésico. Sanador. Revolucionario. Terapéutico. Y…aportador de jaulas. Con inteligencia, tesón, esfuerzo -y algo de novedosa innovación- debe aparecer alguna. Al menos… eso creo. Hasta hoy. Si bien la mayoría de las ideas acá expuestas puedan ser destinadas al adminiculo de yute con el clásico orificio al fondo… tal vez alguna no lo sea. Si de tal suerte ello ocurriera… poco importaría entonces porque la Literatura cubana habrá ganado. Y una mera porción que gane esa dama etérea y maravillosa lo agradecerá. Lo agradecerá ella y, muy especialmente, lo agradeceremos todos, sus abnegados sirvientes. La Literatura cubana, huelga decirlo, no se ha ido a pique en estos últimos años. Y no se irá pique jamás. Al menos no desde lo que se infiera a partir de los dictados (siempre falibles) de no importa cuantos (siempre falibles) Jurados. Y no se irá a pique porque la Literatura cubana ha sido, es, y será siempre, in sæcula sæculorum, patrimonio sagrado (y consagrado) de todos. Todo estamos orgullosos de ella. Y todos, ¡todos!, sabremos cuidarla. Siempre.

NOTAS:

  1. Les animo a leer el Manual del Perfecto Jurado, esbozado por Gina Picard, texto que, sin sorna, deberíamos hacer pender de una pared cuando ejerzamos como tales. http://decalogosliterarios.blogspot.com/search/label/Gina%20Picart.
  2. Reconozcámoslo: no pocos excelentes escritores no solo viven en condiciones en las que la cotidianidad se les hace en extremo engorrosa, a ellos y a los suyos, sino que de tal suerte apenas logran escribir. En un entorno en el que resulta normal que un salsero adquiera un lujoso automóvil y un pintor o cantante sea dueño de un restaurante de lujo, adquirido todo ello con su muy digno y respetable trabajo, un escritor puede correr el riesgo de que el precario techo de la pobre ciudadela en la que malvive -con su familia- se les abalance una noche y… He escuchado que algunos han debido recibir una modesta -pero muy necesaria- ayuda oficial. ¿Aconsejaremos a esos escritores que incurran en la música salsa, canten a dúo o deriven hacía óleos y lienzos? Muy pocos escritores, entre los que conozco, desean poseer restaurantes. Desean, eso sí, unas dos o tres veces por año, cenar en ellos. Si bien pintores, cantantes y salseros dedican todo el día a su arte, arte que les confiere el pan, los escritores deben sudar un trabajo diurno, no literario, de no menor paupérrimo salario, para intentar incurrir en la Literatura a la noche o a la madrugada. Cierto, no es nuevo: así escribió Franz Kafka sus obras. Y muchos otros.
  3. Precisamente en ese contexto el Jurado del más importante de nuestros Premios literarios, uno de los pocos que en CUC sobrevive, convocado anualmente por las Editoriales cubanas para libro de cuento, ese al que envían sus obras cada año los más connotados narradores cubanos, incurre en dejar ese Premio desierto. El cuento, al día de hoy en Cuba, presenta mayor auge que nunca. Y muy destacados narradores. Entre más de una veintena de obras no pocos de esos narradores, laboriosos, confiados y llenos de buena voluntad, insistieron en enviar sus textos a esta edición. Ha trascendido el absurdo: ¡el mencionado Jurado llegó, incluso, a contar con obras finalistas! Si bien todo Jurado tiene derecho a declarar desierto el Premio que estime…resulta bien difícil creer que alguna de esas obras, ¡al menos una!, no detentara la debida calidad. De lo anterior se infiere que… no solo nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos, nos premiamos nosotros mismos, nos reunimos nosotros mismos, sino que, ¡también! nos despojamos, nosotros mismos, con fría indiferencia, de los pocos premios que subsisten. ¿Será que nos asiste la vocación de sádicos? ¿O tal vez hemos devenido masoquistas?
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Grandes cámaras del cine: Pasqualino de Santis

Todos los aficionados al cine conocen el nombre de Pasqualino de Santis, uno de los grandes cámaras de la cinematografía mundial, porque aparece en los créditos de algunas de las películas más importantes que se hayan rodado jamás, y el cine italiano sería otra historia sin él.

A diferencia de los actores, a quienes el público ve en pantalla y cuyas vidas siguen los medios de prensa de un modo obsesivo, los camarógrafos y directores de fotografía a menudo pasan inadvertidos en las listas de créditos de los filmes, pero su trabajo es tan importante como el del director, quien sin ellos no podría rodar su película. Son los autores de la magia definitiva de un filme, pues la mejor actuación puede perder todo su brillo por causa de un mal encuadre, una mala toma o una mala iluminación, y para hacer este trabajo están los imprescindibles cameraman y directores de fotografía. Tras cada filme que conquista uno de los codiciados grandes premios cinmatográficos, salta a la fama o se vuelve un producto de culto, hay una mano maestra operando las cámaras.

Pasqualino de Santis nació en Italia en 1927, y ya en 1945 estudiaba en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma, más conocido como Cinecittá. En 1950 debutó como asistente de cámara en el filme No habrá paz entre los olivos, dirigida por su hermano José de Santis, y volvió a trabajar con él en Hombres y lobos (1056), El largo camino de un año (1958) y Piso de soltero (1960). En La hora de la verdad, del director italiano Francesco Rossi, Pasqualino tuvo que suplir al director de fotografía y desde entonces trabajó siempre con Rossi y editó los fotogrmas de todas sus películas, entre ellas las célebres El caso Mattei (1972), Lucky Luciano (1974), Cristo Se detuvo en Eboli (1979), Crónica de una muerte anunciada  (1987) basada en un cuento del  escritor colombiano Gabriel García Márquez, Diario napolitano (1992) y La tregua (1996).

De Santis trabajó con grandes directores del cine italiano como Luchino Visconti, Federico Fellini, Vittorio Gassman, Franco Zeffirelli, Dario Fo, Vittorio De Sica y Giuliano Montaldo, el polaco Joseph L. Mankiewicz y los ingleses  Joseph Losey y  Robert Bresson. Fotografió a estrellas de la talla de Sophia Loren, Gian Maria VolontéPlacido Domingo, John Turturro, Omar Sharif y otros. Fue director de fotografía de cuarenta y siete de los filmes más significativos de la historia del cine, entre los que sobresalen  El momento de la verdad (Francesco Rossi), Mascarada (Joseph L. Mankiewicz), Romeo y Julieta (Franco Zeffirelli), Amantes  (Vittorio De Sica), La caída de los dioses y La muerte en Venecia (Luchino Visconti), El asesinato de Trotsky (Joseph Losey), Lancelot y Ginebra (Robert Bresson). Como operador de cámara trabajó en dieciocho filmes, algunos de los cuales también se inscriben en la lista de las producciones que han pasado a la historia del cine: La noche y El eclipse, (Michelangelo Antonioni),  8 ½  y Giulietta de los espíritus (Federico Fellini), y Manos sobre la ciudad (Francesco Rossi). Obtuvo algunos de los más codiciados galardones del cine como director de fotografía: el Oscar por Romeo y Julieta, el Premio de la Academia Británica de Cine por Muerte en Venecia, el León de Oro de Venecia por Manos sobre la ciudad, dos veces el David de Donatello por Tres Hermanos y Carmen, cuatro veces el Cinta de Plata por Romeo y Julieta, Muerte en Venecia, Grupo familiar en un interior y Tres Hermanos, Globo de Oro para La Tregua y otros, además de varias nominaciones. También realizó trabajos de guión y publicó El resplandor en la penumbra, un libro donde recogió sus experiencias y testimonios fruto de de sus años de trabajo.

Pasqualino de Santis perdió la vida víctima de un ataque cardíaco en Ucrania, en 1996, durante la filmación de La tregua.

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Cristales de mar: ¿basura o joyas…?

Miraba con mi hija un capítulo de la extraordinaria serie Revenge, donde el protagonista entrega a su amada como regalo de boda un collar hecho con cristales de mar. He visto probablemente cientos de ellos a lo largo de mi vida, pero nunca les había prestado atención porque me parecían basura provocada por los desechos que el hombre arroja en las playas. Fue mi hija, observadora temible, quien se quedó prendada y me hizo mirar los cristales de mar con nuevos ojos. Y tenía razón, porque al hacer esta búsqueda en Internet he descubierto que son joyas, con lo que se reafirma  una frase dicha por alguien que ahora no logro identificar, pero es muy cierta: “Podemos vivir rodeados de tesoros sin saberlo”.

En efecto, cuando usted va a la playa está pisando en la arena una población de joyas de magnífica belleza. No se detenga a pensar, como hacía yo, que provienen de botellas rotas de cerveza o cualquier otro tipo de recipientes de vidrio y no son piedras preciosas de verdad, porque estaría en un craso error. Los cristales de mar son muy valiosos, porque los océanos demoran entre 10 y 30 años en pulir un trozo insignificante de vidrio, y cada día la industria produce más envases de plástico y menos de cristal, por  lo que los cristales de mar tienen el tiempo en su contra y podrían desaparecer de nuestras costas antes de lo que pensamos. Si no me cree, vea esta opinión de un buscador experimentado de tales objetos que vive en Hawai: “En los años 60 podía encontrar docenas de piezas en una sola mañana; en los 70 solía recoger con mi hijo al menos una pieza o dos. Hacia los 90 se hizo raro encontrarlos, ahora simplemente han desaparecido”. En muchas playas ya no volverán a encontrarse.

Mary Beth Beuke, presidenta de la North American Sea Glass Association, ha dicho que los vidrios que aún quedan en algunas costas están tan erosionados y son tan pequeños que ya no vale la pena recogerlos. Ahora dígame si su belleza, el tiempo que demora el mar en fabricarlos y el haberse convertido en una especie en extinción no  les hace merecer la categoría de joyas. Cuando se conviertan en collares, pulsos, aretes y otras piezas decorativas y los rayos del sol incendien sus más vivos colores importará poco si en su origen fueron  botellas, canicas, lámparas, vidrio común, faros de un auto o hasta unas gafas de sol rotas.

Collar y colgante en una gama bicromática de cristal de mar

Mesa de jardín con incrustaciones de cristales de mar multicolores. Uno de los tantos objetos en los que el cristal de mar puede irradiar su belleza y colorido.

Mural para decoración de pared confeccionado con cristales de mar .

Existen en el mundo muchos coleccionistas de cristales de mar, entre ellos hay verdaderos especialistas que poseen colecciones de miles de ejemplares fuertemente valuadas en el mercado de arte. Se han escrito libros sobre los cristales de mar y hay todo un ejército de buceadores que los buscan con el mismo afán que los pescadores de perlas rastrean las ostras. El mercado de cristales es tan jugoso que incluso se ha creado entre los buscadores un código ético que los obliga a devolver al mar cualquier cristal que encuentren aún con sus aristas sin pulir, porque solo tendrá valor cuando el mar haya perfeccionado su trabajo en él.

Los rusos, que no se caracterizan por ser perdedores fútiles del tiempo, poseen una paya a la que han llamado Playa de Cristal. Ubicada en la bahía de Ussuri, antaño era un vertedero de desperdicios en el que las personas arrojaban en grandes cantidades botellas de vodka y vino. Fueron tantos los cristales que se acumularon allí que con  el paso del tiempo cubrieron las arenas y transformaron la playa en un lugar de gran belleza natural. En invierno, los cristales de mar irradian sus colores intensos sobre la nieve, en un inigualable espectáculo de fulgores. Las autoridades del lugar han declarado la playa zona protegida y en la actualidad atrae a gran número de visitantes. Una playa semejante existe en la costa de California, Estados Unidos.

Cristales de mar brillando sobre la nieve. Playa de Cristal, Rusia.

Cristales de mar en una playa de California

Pero si la belleza y escasez de los cristales de mar aún no son argumentos suficientes para convencer sobre su valor, hay que conceder importancia al hecho de que algunos de estos cristales fueron parte de recipientes que llevan siglos en el mar, lo que les otorga como valor añadido su potencial histórico, incluso arqueológico.

Ahora ya usted lo sabe: si desea hacer un obsequio que impresione a la persona que ama o a un amigo, puede crear usted mismo un precioso collar, una pulsera o una lámpara fabulosa que al ser encendida en una habitación cree un concierto de luces tan magnífico como los lampadarios de piedras preciosas que adornaban  los palacios bizantinos.

 

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Hollywood y el sistema de estrellas

Siempre se ha dicho y escrito mucho sobre el llamado sistema de estrellas de Hollywood, la meca del cine estadounidense y más o menos también mundial.  Las autobiografías y biografías de actores nunca dejan de mencionar todos los abusos y maltratos a que fueron sometidos aún siendo estrellas consagradas de la pantalla. Los contratos que debían firmar, vistos hoy a la luz de nuestra época resultan no solo violadores de la dignidad humana y  los derechos más elementales de los actores, sino ridículos, por contener cláusulas donde se hace patente la tremenda hipocresía social no solo de esos estudios fílmicos, sino de toda la moral social norteamericana de la época.

Es posible que la Warner Bross haya sido la productora más pantagruélica en esta tarea de masticar y tragar actores. Sus contratos de trabajo para las estrellas  incluían el derecho de esos estudios a alquilar a sus actores más solicitados a otros estudios interesados en utilizarlos, les gustara a los actores  o no, y estos estaban obligados a aceptar los papeles que les fueran impuestos aún cuando se tratara de malos roles y películas sin calidad, y aunque ello dañara su imagen pública, que no estaba cimentada en el talento el actor, don que los estudios no reconocían y en el que no estaban interesados, sino en la publicidad, que implicaba, desde luego, aparecer en el mayor número posible de filmes proyectados al público. Lo más increíble es que los alquilados no percibían ni un céntimo por esos alquileres y todo el fruto se lo embolsaban los estudios.

Los actores estaban igualmente obligados a asistir a todos los eventos promocionales que los estudios consideraran relevantes y  convenientes para obtener una jugosa promoción de sus estrellas, a la hora que fuera y donde quiera que se celebrasen, aún si ello implicaba viajar a otros países.

Había, igualmente, cláusulas que comprometían al actor a no hacer nada que pudiera considerarse atentatorio contra la moral al uso, y ello incluía prohibiciones tan risibles como la de no dejarse fotografiar con un cigarro en la mano en un club nocturno. Cuando la prensa obtenía fotos que podían “comprometer” al actor pero que resultaban  buenas para publicidad, los estudios hacían que sus técnicos borraran de las fotografías aquellos elementos que resultaran inconvenientes, como por ejemplo los cigarros. Uno se pregunta qué sentido tenía esa prohibición cuando en pantalla los actores debían fumar aunque les desagradara si el guión así lo demandaba.

Este estilo de trabajo que exigía mantener al actor  constantemente en la maquinaria publicitaria obligaba a los actores a excesos de trabajo que muchos pagaron con mermas de su salud, y para mantenerse en capacidad de trabajar muchos actores y también personal de los equipos de filmación fueron obligados a consumir estimulantes entre los que se encontraban las adictivas anfetaminas. El caso de Marilyn Monroe es emblemático en este sentido.

Otro de los conflictos a que el sistema de estrellas sometía a los actores era el de la etiquetación en determinado papel. Muchos actores nunca pudieron salirse de las etiquetas de personaje que los estudios les endilgaron, como es el caso de Bette Davis, la malvada por excelencia del cine norteamericano, quien al mismo tiempo resultó ser una actriz de grandes dotes.

Los contratos de la Warner tenían como mínimo una duración de 7 años, durante los cuales el actor no tenía derecho a filmar con otra productora aunque ello significara una oferta tentadora y aunque en ese momento la Warner no lo tuviera comprometido con ninguna filmación ni proyecto de trabajo. Fue la Davis, mujer de carácter muy fuerte, quien rompió con esta situación y se fue a filmar a Londres a escondidas de sus productores. A ser descubierta os estudios la llevaron a los tribunales. Ella se defendió con bravura  denunciando todos los abusos a que el gremio era constantemente sometido, pero la Warner Bross era una empresa multimillonaria y no podía permitir que semejante juicio fuera ganado por una actriz, pues ello hubiera traído por consecuencia la rebelión de todos los actores contratados y la presentación de incalculables demandas contra contratos, o sea, un posible caos para los estudios, así que Davies perdió frente a los feroces abogados de los estudios.

Sin embargo, a partir de ese momento la situación comenzó a experimentar cambios y las condiciones de trabajo de los actores fueron hacia un mejoramiento paulatino, pues las productoras hollywoodenses se dieron cuenta de que ya no podrían mantener las mismas reglas del juego.  Hoy el sistema de estrellas continúa existiendo  y las etiquetas de personaje siguen siendo muy férreas, al extremo de que un actor como Brad Pitt no ha podido escapar a su etiqueta de sex symbol a pesar de haber demostrado en repetidas ocasiones que puede hacer papeles mucho más profundos y fuertes, pero los grandes actores norteamericanos ya no son marionetas, sino en muchos casos millonarios como Robert Redford, ex sex symbol,  que pueden imponer ciertas condiciones de trabajo a los estudios, y también escribir, actuar y dirigir sus propias películas o trabajar como productores independientes, como lo hizo Redford con la fundación de Sundance Institute. Sin embargo, no parece que el sistema de estrellas vaya a desaparecer, o en todo caso no lo hará mientras Hollywood se mantenga como meca del cine y principal mercado cinematográfico del planeta Tierra.

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