Juntos más allá de la muerte

No han de existir en este mundo muchas necropolis que puedan presumir de albergar el sueño eterno de un escritor célebre y sus personajes, pero el Cementerio de Colón habanero puede ostentar ese blasón. Cirilo Villaverde, consagrado como el primer gran novelista de Cuba y autor de nuestra novela fundacional Cecilia Valdés o la Loma del ángel, yace en un hermoso panteón de mármol adornado con un obelisco, y no muy lejos, en una tumba modestísima, los restos mortales de quien fue, quizá, la musa viviente del escritor tienen su ultimo reposo.

Panteón del escritor Cirilo Villaverde en el cementerio de Colón

La existencia real de Cecilia Valdés ha sido, desde la aparición de la novela en Nueva York, una tesis muy controvertida, pero no salió de la imaginación excitable de algún lector entusiasta o de los esfuerzos de un crítico literario prolijo e interesado en la Historia, sino de un fragmento de una carta escrita por el propio Villaverde a un conocido, donde confiesa que, para crear el personaje, se inspiró en “una mulata muy linda con quien llevó amores Cándido Rubio, mi condiscípulo y amigo, en La Habana”. Si la musa, quien sin duda se paseaba en chancleticas por los adoquines coloniales triturando corazones de todas las razas —como Villaverde la describe—, se llamaba o no Cecilia Valdés, es un enigma difícil de esclarecer después de tanto tiempo, aunque la tumba que en Colón lleva su nombre parece arrojar bastante luz sobre los hechos.

La lápida que corona la pobre sepultura fecha la muerte de su ocupante el 21 de mayo de 1893, lo que concuerda con la época en que se desarrolla la historia de la Cecilia literaria. La novela termina cuando Cecilia, enloquecida por la muerte de Leonardo que involuntariamente ha provocado, sufre las secuelas de su parto y es internada en un asilo para dementes. Es aún una mujer muy joven, no llega a los veinte años. Su destino acaba aquí para el lector, quien queda obsesionado por esta vida que se hunde en el silencio y el olvido. ¿Qué fue de Cecilia Valdés, privada del apoyo de su amante, desconocida por su padre biológico y ya sin su abuela Chepilla ni su amigo incondicional, el sastre José Dolores? La demencia borra la identidad. “No te rías de la locura, es peor que la muerte”, dice un personaje del dramaturgo norteamericano Tenessee Williams.

Pero si la locura no deja huellas del ser en el mundo, la muerte, paradójicamente, sí lo hace. En los libros de inhumaciones de la necrópolis de Colón consta que en esa fecha se dio sepultura a una mujer llamada Cecilia Valdés, natural de La Habana e hija de la Real Casa de Maternidad, tres datos que coinciden con el personaje creado por Villaverde. Un cuarto dato casi disipa ya cualquier duda residual: la fallecida era mestiza. Murió a la temprana edad de 39 años, lo que indica que sobrevivió por más de dos décadas a su final literario. Horroriza pensar que lo haya hecho en aquel asilo de dementes, donde como único Consuelo dice Villaverde que encontró a su madre Charo Alarcón. Una vida infernal sin ninguna semejanza con la existencia colmada de amor y placeres con que Cecilia soñaba. En vez del blanqueamiento que tanto anhelaba se hundió en la negrura más profunda. Su hija recién nacida tendría su mismo fatum: crecería sin su madre loca, quién sabe cómo y, para desgracia mayor, cargando sobre sus hombros el estigma de ser fruto de un incesto.

Pero hay otro lugar en La Habana donde Cirilo y Cecilia forman un dueto eterno, o al menos lo será mientras exista la ciudad. Es la iglesia del Santo Ángel Custodio, en la Loma del Ángel, en cuya plazoleta se alza una escultura en bronce del artista Eric Rebull que recrea la imagen de Cecilia. A pocos metros un busto de Cirilo Villaverde, colocado en 1946 en una hornacina de la fachada del templo, parece contemplarla sumido en meditación silenciosa que acompaña una vaga sonrisa.

Una reflexión sobre este emparejamiento que se mueve entre la ficción y la vida (o la  muerte) real, induce a un escritor a cuestionamientos un tanto metafísicos: ¿Qué lazos forja la escritura con las creaciones de nuestra imaginación? Y se puede ir aún más lejos: ¿acaso existen vasos comunicantes entre lo que escribimos los escritores y la manera en que se moldea la realidad? ¿Influye la materia literaria sobre la marcha de la existencia? ¿Somos, en verdad, demiurgos? Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes para librarse del personaje, que lo acosaba, y nunca lo logró. La historia de la literatura abunda en casos de escritores que terminaron estableciendo una relación morbosa con alguno de sus personajes o con las historias que crearon para ellos. La sospecha da miedo, y aunque los escépticos digan que es muy lógico que Villaverde y Cecilia estén enterrados en el Cementerio de Colón porque eran habaneros y esa era, entonces, la única necropolis de la ciudad, y en definitiva no existen pruebas fehacientes de que esa muerta sea la musa del escritor, a mí el connubio me sigue impresionando, como todo lo que parece sobrenatural, aunque no lo sea..

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La magia de la música más allá de las fronteras del sonido

Lev Sergueievich toca su theremín

Hace muchos años, en el Onceno Festival de la Juventud y los Estudiantes celebrado en La Habana, vi y escuché por primera vez un sintetizador en acción. Un músico checo (o polaco, después de tantas décadas ya no recuerdo) ofreció una coral donde él era la voz veintiuno en vivo. Todo el resto del coro inmenso era su propia voz replicada por aquel instrumento. Me impresionó de tal manera que durante años guardé el recorte de diario donde se le anunciaba y estuve pensando en aquello. Mucho después, ya casada con mi esposo Benigno Delgado Hernández, guía de turismo, visitamos la casa de uno de sus amigos, quien tenía un sintetizador. Era un músico aficionado, algo que yo jamás me he considerado a mí misma, pero cuando me ofreció manipular el instrumento y comenzó a enseñarme la infinita cantidad de sonidos que encerraba en su interior, me hizo pensar con mucha fuerza en aquellas extraordinarias cajas mágicas de que hablan los cuentos de hadas, donde están encerrados todos los sonidos del universo. Luego pensé el El Aleph, de Borges, pero El Aleph encierra todas las imágenes posibles, mientras que el sintetizador guarda sonidos Había cantos de pájaros, ruidos de tormenta, entrechocar de espadas y cánticos de guerra, entre otras muchas cosas. Yo estaba por entonces escribiendo el guión de mi aventura Los Celtas, y la posibilidad de ser yo misma quien trabajara el sonido de la serie, de acuerdo con mis conocimientos de esa cultura extraordinaria, me provocó tal excitación que Benigno tuvo que sacarme de la casa de nuestros amables huéspedes casi a rastras. Recuerdo, como un dato aleatorio, que aquel matrimonio amigo había comido esa noche una gran cantidad de jamón de pierna y estaban intoxicados, pero yo no sentía piedad: el egoísmo del artista que acaba de hacer un descubrimiento capital me poseía sin dejar espacio para ningún otro sentimiento.

De más está decir que el sintetizador se agregó de inmediato —junto con perros pastores y huskies, un caballo, una cabaña cerca del mar, un telescopio, una colección de música y todo lo necesario para poder pintar —a la larga lista que conformaba y aún conforma el conjunto de mis sueños imposibles. A veces uno llega a resignarse a tantísimas renuncias, hasta que un día navega en internet y descubre…

El Theremín y el Tautronio

Carolina Eyck

El theremín a veces parece un instrumento del futuro de la Tierra o de otro mundo. Su música parece evocada de la nada, notas y tonos burlados y manipulados por movimientos hipnóticos de manos y dedos a través del aire.

Así aparece descrito en internet el único instrumento musical conocido hasta la fecha que se “toca”completamente sin contacto físico directo. Fue inventado alrededor de 1920 por el físico ruso Lev Sergeyevich Termen, conocido más tarde como Leon Theremin, cuyo apellido pasó a nombrar el instrumento de su invención.

Si yo tuviera que describirlo, diría que fue una especie de caja cuadrada en sus inicios, rectangular en sus versiones modernas, de la que sobresalen dos antenas que operan con los principios del electromagnetismo. Es más o menos así, pero recuerden los lectores que siempre fui ponchada en Física.

El theremín recuerda, a quien lo ve tocar, la leyenda del aprendiz de brujo, porque el músico mueve sus manos alrededor del instrumento como si hiciera pases mágicos, y entonces se produce el milagro de una música que no parece de este mundo. ¿El secreto? Los músicos controlan los sonidos moviendo las manos y los dedos alrededor de una antena vertical para subir o bajar el tono, y hacia arriba o hacia abajo sobre una antena en bucle para controlar el volumen. En realidad, las manos del ejecutante controlan y manipulan los campos magnéticos alrededor de las antenas. ¿No parece cosa de brujos?

Lev Sergueievich nació en San Petersburgo, Rusia Zarista, en 1896. A los siete años montaba y desmontaba relojes con una precoz habilidad ingenieril, y a los quince construyó un observatorio astronómico. Al igual que muchos jóvenes de familias pudientes de su país, tomó lecciones de violín, violonchelo y otros instrumentos musicales. Como en el caso de tantos descubrimientos científicos, por ejemplo el elemento radio de los esposos Curié, el theremín es fruto de una sorpresa tangencial. En 1920, Lev inventó un ingenio que permitía usar la nueva tecnología de las ondas de radio para medir algunas propiedades del elemento gaseoso, pero descubrió que su aparato emitía “un extraño gorjeo” que él podía moldear si movía sus manos alrededor del equipo. Como era un músico entrenado, es posible que desde el primer momento reconociera el potencial artístico de su nueva creación. Según declaró en una entrevista, su conversión del aparato en instrumento musical fue muy intencional: “No estaba —dijo— satisfecho con los instrumentos mecánicos que existían, de los cuales había muchos. Todos fueron construidos usando principios elementales y no estaban bien hechos físicamente. Estaba interesado en hacer un tipo de instrumento diferente. Por lo tanto, transformé equipos electrónicos en un instrumento musical que proporcionaría mayores recursos». Si este criterio de Lev Sergueievich era válido o no y qué hubieran dicho de él Bach, Bethoven, Chopin, Lizt y otros grandes compositores y concertistas de la historia musical de Occidente es algo que no sabremos nunca, porque no conocieron el theremín.

Tras semejante triunfo pronto Lev Sergueievich viajó a Estados Unidos, donde fue muy bien recibido y se le concedió un estudio en West 54th Street, en Nueva York. Pronto allí se dieron cita compositores y científicos. A los primeros los fascinaba el instrumento y a los segundos los intrigaba. El propio Einstein llegó a alquilarle a Sergueievich una habitación desocupada en el estudio del inventor para poder estudiar el fenómeno de la música celestial del theremín.

Sergueievich ganó mucho dinero con su instrumento en Estados Unidos , y comenzó a soñar con construirlo en serie para que todo el mundo pudiera tocarlo, pero su sueño no se pudo materializar debido a lo dificultoso que resulta tocar bien un theremín.

La extraña sonoridad del instrumento hizo que fuera usado en programas y películas que requerían efectos especiales. La más conocida de ellas, filmada en 1951, fue El día que paralizaron la Tierra, pero antes ya había sido usado en la banda sonora de Miklós Rózsa para la película Spellbound, de Alfred Hitchcock, ganadora del Oscar en 1945. 

 Después de un corto período el instrumento cayó en el olvido. Sin embargo, a partir del documental Theremin: An Electronic Odyssey, realizado en 1993, el theremín de Lev Sergueievichh está viviendo un gran renacimiento. Músicos de reconocido prestigio lo han adoptado y los conciertos se suceden. La música del theremín, que ciertamente deslumbra por su increíble registro de bajos y agudos y parece música de las esferas, la misma de la que hablaba el filósofo griego Pitágoras, ha sido empleada en filmes clásicos del cine como Star Trek, la usó el celebérrimo grupo Led Zeppelin en su conocida canción Whole Lotta Love, y The

Jimmy Page, de Led Zeppelin, toca el theremín

Rolling Stones la empleó en su álbum psicodélico Her Satanic Majesty Requests, de 1967. La artista islandesa Hekla Magnúsdóttir, quien combina el theremín con su voz en sus álbumes, ha dicho:  «Creo que tiene mucho potencial inexplorado, y también es fascinante visualmente». Violonchelista como Lev Sergueievich, a ella también le parece el theremín un instrumento que produce música de planos ajenos a este mundo. Carolina Eyck es otra maestra de theremín que busca difundir este instrumento único y está ampliando su escaso repertorio con nuevas composiciones como su pieza Ocean, de 2019. Ella ha dicho: «Cuando tocas el theremín, parece algo mágico, como si pudieras lanzar hechizos”. También ha confesado que la banda sonora de Spellbound, que escuchó en su infancia, tuvo tuvo en ella un impacto particular . El actor Keanu Reeves aprendió a tocar el instrumento en Bill & Ted Face the Music, la reciente tercera entrega de la trilogía de Bill & Ted. Se ha utilizado en temas para programas de televisión como la serie de ITV Los asesinatos de Midsomer, o el tema central de la serie de vampiros de los años 60 y 70 Dark Shadows, e incluso en discos icónicos, como Oxygène de 1976, de Jean Michel Jarre. Este instrumento se oye también, especialmente al final, en la película One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Alguien voló sobre el nido del cuco) producida en 1975, que ganó numerosos premios internacionales y fue la segunda película en obtener los cinco principales premios Óscar: Película, director, actor (Nicholson), actriz (Fletcher) y guion adaptado.

¿Es realmente tan difícil de tocar el theremín?

No existe una enseñanza estructurada sobre cómo tocar un theremín, pero se requiere alguna clase de formación musical, aunque no sea imprescindible una escolarización de altos niveles. “Además de una buena percepción espacial, un músico necesita un oído brillante para tocar notas específicas. Necesita combinar movimientos corporales relajados con una concentración mental intensa”.

Los músicos de theremín emplean técnicas de expresión física y emocional, del mismo modo que procede un actor. La consecuencia de esta comunión de singularidades es que hay muy pocos virtuosos de theremín en el mundo, y cada uno tiene su propio estilo. «Cada músico aporta su propia personalidad distintiva al theremín, y estas diferencias pueden ser bastante fundamentales, casi como una firma sonora», dice Charlie Draper, un destacado músico británico de theremín que actúa tanto en solitario como con su colectivo orquestal Retrophonica. Yo diría que, además de instrumento musical, el theremín es un estado del alma.

Liev Sergueievich tuvo un triste final. Se cree que actuó en Estados Unidos como un agente doble del Kremlin. Fue llamado a la Unión Soviética, donde, víctima de las purgas stalinistas, fue enviado a una prisión para científicos, y allí fue obligado a trabajar en la creación de dispositivos electrónicos de espionaje. Su trabajo tuvo gran repercusión en el espionaje soviético en las altas esferas gubernamentales estadounidenses e inglesas. Murió a la edad de 97 años.  Su sobrina nieta, Lydia Kávina, también thereminista, creó la banda sonora del filme El maquinista, en 2004.

La indescriptible sonoridad del theremín ha hecho que se le asocie con situaciones inquietantes y con los géneros de misterio y terror,  pero sus ejecutantes también lo  emplean en la interpretación de música clásica, especialmente en música experimental y en música clásica contemporánea de los siglos XX y XXI; así como en géneros de música popular como el rock, el rock psicodélico y el art rock.

Los avances de la tecnología moderna han hecho sus aportes al theremín. Se ha llegado a producir theremines de manera más o menos artesanal con modos de interactuar muy distintos, como por ejemplo, theremines ópticos que miden la cantidad de luz que llega a un sensor. También la empresa Roland comercializa en algunos de sus módulos un sensor de infrarrojos llamado D-Beam, con el que se puede controlar, no solo el tono, sino alternativamente el parámetro que se elija. Actualmente existen incluso modelos que participan de la tecnología MIDI, lo cual posibilita que tengan, virtualmente, cualquier timbre que se desee utilizando un sampler, pero dicho efecto rara vez produce sonidos audibles, al no estar pensado el diseño original en ese sentido.

Un modelo actual de theremín

Actualmente, un gran número de thereministas buscan seguir el legado de los grandes virtuosos del instrumento, algunos de ellos son Jean Michel Jarre, Lydia Kavina, Barbara Buchholz, Carolina Eyck, Katica Illényi, Ernesto Mendoza, Peter Pringle, Robby Virus, o Pamelia Kurstin.

Trautonio

El trautoniofue inventado en 1929 por el ingeniero alemán Friederich Trautwein. El músico y compositor alemán Paul Hindemith escribió muchas piezas para él y así  los nazis tuvieron su versión del theremín ruso. El trautonio, del que Goebbels fue un apasionado admirador, parece una gran versión temprana de un sintetizador, pero no tiene un teclado, sino dos tablas que sostienen un cable de resistencia sobre una placa de metal, que puede ser presionada por los músicos y también pasar sus dedos sobre ella. Aunque el trautonio generó gran entusiasmo y la misma expectativa que el theremín de que pudiera llegar a convertirse en un instrumento de masas, durante más de siete décadas solo un joven músico, Oskar Salas, lo tocó en conciertos.

Oskar Salas

También tocaba en programas de radio especialmente concebidos para el instrumento, pero sus actuaciones terminaron cuando fue reclutado para la guerra. Cuando la contienda bélica terminó, Salas creó un estudio en Berlín donde trabajó en bandas sonoras para documentales, cortometrajes y comerciales. Desarrolló una nueva versión del instrumento, el mixturtrautonium, capaz de producir un sonido más rico y polifónico.También lanzó grabaciones de piezas de Paul Hindemith y Harald Genzmer, compuestas específicamente para el trautonio.

Es poco o nada conocido el hecho de que el director de cine de terror estadounidense Alfred Hitchcock quedó fascinado cuando escuchó el sonido del trautonio, al extremo de que lo utilizó en la banda sonora de su famosa película Los pájaros. Los chillidos de los ataques masivos de las aves fueron conseguidos con ese instrumento.

Hitchcock escuchando una partitura de theremín para la banda sonora de Los pájaros

Salas murió en 2002, pero un joven músico de Múnich, Peter Pichler, quien se había enamorado del trautonio «cuando era un estudiante de música y estaba viendo un film independiente con este sonido”, encargó un mixturtrautonium a la única compañía en Alemania que aún produce el instrumento. Pesaba 85 kilos y no había nadie que pudiera enseñarle a tocarlo. Perseveró y ya ha realizado varias presentaciones en Europa.

Yo he escuchado las sonoridades de los dos instrumentos, y pienso que el theremín es muchísimo más espiritual, verdadera música de mundos más elevados y trascendidos que el nuestro, aunque pueda llegar a ser auténticamente espeluznante en algunos momentos , mientras el trautonio puede conducir al oyente a los misterios del Inframundo, los recovecos de todos los infiernos inventados por el hombre desde el Orco etrusco al Hades griego, desde el Hell escandinavo hasta las moradas de fuego del Satán cristiano. Pero tan importante como las bellezas y misterios de estos instrumentos en sí mismos, está  su legado, porque en ellos, a pesar de su rareza o quizá por ella misma, se cumple una ley de la cultura y de la historia: nada queda sin continuidad. Ambos son los antepasados del sintetizador que me fascinó aquella lejana tarde de visitaciones, en que llegué a pensar que yo podría crear la banda sonora de una batalla en la Irlanda prehistórica entre los Thuatha de Danaan y los Fomore, entre rugidos de tempestad y alaridos de muerte. Yo, que no sé nada de música y mi única postura ante ese arte es de veneración.

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ENGAÑO: el octavo pasajero (V)

Este es el quinto de una serie de artículos que intentan advertir a las personas sobre el peligro de manipulación ideológica, cultural, religiosa, política y social que representan las noticias falsas y las teorías de la conspiración, fenómenos que han tomado al mundo por asalto desde que Donald Trump obtuvo la Presidencia de los Estados Unidos en 2016. Existen empresas que obtienen los datos que usted revela en sus redes sociales y los usan para personalizar sus estrategias de manipulación. Usted puede ser confundido y su mente manejada por narrativas que, en algunos casos, van dirigidas puntualmente a grupos vulnerables a determinados asaltos psicológicos. Usted debe ser consciente de que estas manipulaciones pueden provenir de aquellos en quienes más confía, incluso de sus líderes religiosos. Todos debemos ser objetivos e informarnos sin pasión antes de dejarnos llevar por la pasión. Si lo desea tome partido pero, primero, sepa por quién y por qué.

QAnon: el octavo pasajero

Un adepto de QAnon agita el logo del grupo en medio de un meeting de Donald Trump

Para mí todo empezó hace años, cuando algunos de mis amigos, interesados en la sanación por métodos de medicina alternativa y tradicional y en ciertos aspectos de la espiritualidad New Age, comenzaron a introducir en sus conversaciones, que hasta ese momento me habían sido muy familiares, conceptos nuevos, raros y desconcertantes unidos a nombres de gurús  de ahora mismo, algo muy común en este mundo de la alteridad en que se mueven de manera habitual aquellas personas que han perdido confianza en la ciencia y se sienten inconformes con las propuestas tradicionales de la cotidianeidad. Algunos de mis amigos seguían a ciertos gurús. Otros, solo manejaban los temas de un modo vago.

Los gurús suelen dividirse en dos categorías: los canalizadores, individuos que dicen estar en comunicación con deidades, seres extraterrestre y/o Maestros desencarnados que quieren ayudar a la evolución de la Humanidad, y son, por tanto, una mezcla de intérpretes y mensajeros de tales entidades; y los Maestros, conspicuos personajes con cierto grado de conocimiento esotérico y etiqueta de “Iniciados”, quienes irrumpen en escena portando la antorcha de “nuevas teorías” olvidadas o “reveladas”, que supuestamente arrojan luz sobre aspectos de la historia humana, la evolución del planeta y las leyes del universo.  Omito nombres porque algunos de estos “Maestros” tienen prestigio internacional, imparten conferencias en centros importantes y gozan, en ocasiones, de tolerancia y hasta de cobertura oficial por parte de los gobiernos.

Algunas de las teorías más espectaculares y excitantes expuestas por tales gurús y Maestros no son nuevas, y unas cuantas fueron expuestas en decenas de cuentos y novelas de ciencia ficción a partir de los años 30, y vistas en series como Expedientes X y Black Mirror.  Todos los aficionados al género las disfrutamos allí en sus formas más exuberantes y elaboradas. Sin embargo, detecté cierto sesgo en esas conversaciones que me llamó la atención por sus planteamientos abiertamente esperpénticos. Por ejemplo, varias veces escuché repetir que en una isla cercana a Jamaica, Hillary Clinton y un grupo de destacadas personalidades de la élite del partido Demócrata norteamericano, unidos a célebres  figuras de Hollywood y de la política internacional, tienen un templo o santuario dedicado a Satanás, en el que sacrifican niños a los cuales, previamente, han sometido a violaciones, y luego de sacrificados, devoran su carne y sus cerebros en medio de rituales tan macabros que ni pueden ser imaginados.

Algún amigo mío habla también de ciertos cuatro pilares del “sistema” que están cayendo: la economía, la religión, la ciencia y la política. El Gobierno Secreto del Mundo o Estado Profundo (que algunos identifican con los Iluminati) los ha sostenido por siglos para cegar a la Humanidad y poder dirigirla a su antojo, pero ya se acerca el momento en que nuestro planeta va a dar un salto cuántico a una zona de la galaxia donde la vibración es mucho más elevada, y quienes no hayan preparado sus cuerpos y sus mentes para este gran salto tendrán que morir. Todo el proceso está dirigido por los habitantes de la constelación de Las Pléyades (los enigmáticos pleyadianos), quienes tienen a su cargo la evolución de los terrícolas para que puedan integrarse en un anillo cósmico de gran espiritualidad, y cuando demos ese gran salto, comenzará en la Tierra una nueva Edad de Oro sin guerras, sin enfermedad. La Realidad perderá todos los afeites con que la ha invisibilizado el Estado Profundo y aparecerá ante nuestros ojos en toda su prístina y avasalladora desnudez, y entonces ¡SABREMOS!… ¿Qué? Hasta ahora nadie me ha proporcionado una idea clara de lo que sabremos..

Estos sesgos discursivos, tan parecidos a una burda emulsión de mala ciencia ficción con antiguas profecías muy distorsionadas provenientes de la Biblia, el pueblo maya y otras culturas desaparecidas, y de cierta literatura delirante cuyo género no podría precisar, pero en la que percibo ecos de un pensamiento mítico muy antiguo (la Edad de Oro es un concepto presente en los albores de civilizaciones tan antiguas y disímiles entre sí como la griega y la maya, por solo citar dos ejemplos), corren en paralelo en La Habana con un incremento de grupos religiosos de confesiones protestantes, entre los cuales no los más numerosos, pero sí los más vehementes son, sin duda, los pentecostales. Pero los protestantes y, aunque menos, también los católicos, hablan obsesivamente de Satanás, un personaje que, salvo en la teoría conspiranoica del templo pedófilo de Hillary Clinton, no aparece ostensiblemente en el imaginario de mis amigos (hasta donde sé, casi todos ateos). Creí percibir también fragmentos de narrativas de ciertas sectas foráneas, algunas ya extintas y otras no tanto, pero todo lo demás ¿de dónde está saliendo? No se trata solo de pensamiento mágico —reacción lógica en sociedades de la Posmodernidad donde han señoreado por décadas discursos muy materialistas con fuerte base tecnocientífica—. Tampoco de las típicas teorías conspiranoicas sobre naufragios extraterrestres ocultos en bases militares como Roswell, inmediatamente posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial. Hay algo más. ¿Cómo llega toda esa pseudoinformación a una isla rodeada de agua por todas partes, y tan tardía en su sintonía con el mundo que ya José Martí en el siglo XIX la llamó “la comarca demorada”?

Mis amigos solo tienen respuestas vagas. Es evidente que no conocen o no cuestionan las fuentes de este entramado de realidades alternativas en el que están hundidos hasta las cejas, al punto de que ya no son capaces de pensar en términos de la vida real. Solo he podido sacar en claro dos pistas: que ellos obtienen esos materiales en forma de audios, libros digitales y documentos de Word que otros serviciales (¿?) amigos y conocidos les pasan en flash y tablets, y que uno de mis amigos está convencido de que Hillary Clinton perdió las elecciones del 2016 frente a Donald Trump no por el voto de los colegios electorales, sino porque se descubrió su red internacional de pedófilos, en la que también están involucrados el Dalai Lama y… el Papa Francisco. Cuando le pregunté de dónde obtuvo esa información respondió muy sorprendido: “¡Todo el mundo lo sabe!”. Pero en 2016 la prensa oficial cubana solo se refirió a la imputación hecha a Hillary por el Senado y las más importantes agencias de Seguridad de los Estados Unidos por hacer uso de un servidor de correos privado para tratar asuntos oficiales, entre los cuales había varios temas de alta sensibilidad para la Seguridad Nacional. Ni entonces ni después nuestros medios de comunicación han mencionado la supuesta red de pedófilos satanistas.

La primera pista indica la fuente: la Internet de otros países o conexiones en Cuba de banda ancha capaz de descargar (¿gratis?) videos de larga duración. La segunda pista es más compleja y tiene que ver con una antigua frase latina de uso clave en la Abogacía: cui bono: ¿quién se beneficia? ¿Quién sacaría partido de lanzar al fuego en el mismo saco a Hillary Clinton, el partido Demócrata y la Iglesia Católica, uno de los monoteísmos más poderosos y numerosos de la Tierra? Mis pobres amigos cubanos, ingenuos en su aislamiento, sumidos de lleno en sus océanos de pensamiento mágico —proceloso para quienes carecen de la más mínima noción antropológica sobre la naturaleza del fenómeno—, no tienen idea de ser receptores involuntarios de una conspiración política de alcance internacional que, como ahora sí ya está claro para mucha gente en nuestro planeta, puede, por imposible que parezca, alterar la faz del mundo.

Ya me referí en posts anteriores de este seriado al fenómeno digital 4chan, el tablón de imágenes o imageboard creado en 2003 en la Internet oculta por un adolescente norteamericano que terminó convirtiéndose en gurú tecnológico de prestigio internacional. 4chan demostró ser una tierra muy fértil, una especie de Jardín del Edén donde han florecido frutos tan disímiles como el grupo Anonymous de cyberactivistas, surgido en  2008 casi junto con la plataforma Wikileaks; el rocambolesco movimiento llamado QAnon (por sus tufos sulfurosos alguien se ha referido a él como nacido en las cloacas de Internet), aparecido en 2017, y una de sus últimas plantas exóticas de cuatro hojas: los Boongaloo Boys, un grupo que defiende el derecho de portar armas en público y quiere otra Guerra de Secesión en los Estados Unidos que ponga fin al Estado Federal. Se identifican por vestir camisas hawaianas y ropa de camouflaje. No tienen estructura jerárquica ni ideología definida, hay entre ellos neonazis, supremacistas, partidarios del movimiento Black Lives Mathers, anarquistas y casi cualquier tipo de cosa. Como todo fenómeno nacido de Internet acaba por saltarse las fronteras de sus webs y salir a varias partes del planeta. Por ahora es todo lo que diré sobre él.

Pero QAnon merece más atención.

QAnon tiene su bandera, que de algún modo vago recuerda un poco a la de la Repúblilca Independiente de Texas, tal vez sean los colores…

La aparición de este grupo en 4chan recuerda a muchos analistas un juego de realidad alternativa que, como muchos saben, no es lo mismo que un juego de rol. En líneas generales, los juegos de rol tienen siempre una especie de Maestro de Ceremonias llamado Director de Juego, quien crea una trama y media entre los jugadores-personajes, los cuales, responden, en ocasiones, a estructuras arquetípicas aunque no siempre es así. Cada jugador tiene libertad para crear su personaje, lo diseña, define sus características, su personalidad, su vestuario que en algunos casos suele ser un disfraz verdadero, por ejemplo de mago, druida, guerrero o princesa en los juegos de fantasía heroica; de estadistas, reyes y héroes en los de corte histórico. Los jugadores toman apuntes, emplean dados para decidir acciones, mapas y tableros para simular situaciones, no hay un guión y todo se basa en la improvisación. Hay un consenso totalmente consciente entre los jugadores, quienes se reúnen, por lo general, en casas particulares con la única intención de pasar un rato agradable entre amigos. Todos saben que están participando en el juego de forma voluntaria, y el juego terminará en algún momento, bien porque la narrativa concluye o porque los jugadores tienen que volver a sus casas a ocuparse de sus vidas reales.

Amigos participando en un juego de rol
Dados y otros elementos empleados por los jugadores de rol. En ocasiones se usan disfraces.

Un juego de realidad alternativa es otra cosa. Aunque la imaginación humana es inagotable, este tipo de juegos suele responder casi siempre a la siguiente estructura: una persona recibe por mail, por una llamada telefónica, por una carta o por cualquier otro medio (puede ser hasta un subrayado en su periódico favorito) un mensaje anónimo que lo invita a jugar. Si acepta, recibirá otro mensaje donde se le ordena cumplir una misión. Cada mensaje contiene instrucciones para cumplir metas de la tal misión y, al mismo tiempo, instrucciones para alcanzar el próximo hito en el juego.

Jugador de realidad alternativa busca códigos encriptados y ppistas que le conduzcan a su nueva misión

Vea el lector  la definición que he tomado del sitio https://hipertextual.com/2015/06/juegos-de-realidad-alternativa:

La naturaleza de los juegos de realidad alternativa es permitir que los individuos se conecten y vayan integrando cada vez más personas a la experiencia, creando una comunidad.

La premisa más importante de los ARG ha sido acuñada en la frase “Esto no es un juego”, pues los participantes no deben ser capaces de distinguir entre el juego y la realidad. La línea que separa ambos universos debe ser muy fina, casi irreconocible. Las reglas del juego no deben ser específicas, sino que deben ser descubiertas por cada individuo. Asimismo, la historia del juego no se presenta de forma cronológica, el participante debe descubrirla juntando piezas dispersas en distintos medios, por lo que resulta imprescindible que todas las piezas tengan cierta concordancia y conexión.

Otra parte fundamental de los ARG es que se desenvuelven en múltiples espacios. Mientras que cuando juegas un videojuego estás limitado a un mundo imaginario en la consola, o bien la experiencia de un juego de rol se limita a un tablero o a un lugar y tiempo reducido en el caso del LARP; las piezas de los ARG se esconden dentro de la red, en los espacios públicos, en otros individuos; puede cobrar forma en un pasaje de la literatura universal, en las palabras de un extraño, en una llamada telefónica misteriosa y mucho más.

En los ARG, la vida real es un medio; no es necesario crear un alter ego, un avatar. Quienes participan deben ser ellos mismos dentro del juego, unas personas normales que se encuentran con un reto a superar y se verán obligados a buscar pistas en su cotidianidad. Es por esta característica que se convierten en experiencias comunitarias. A pesar de que los ARG son poco difundidos en un principio, la naturaleza del juego es permitir que los individuos se conecten y vayan integrando cada vez más personas a la experiencia, creando una comunidad.

No solo las personas mentalmente inestables, sensibles a la sugestión, solitarias o con personalidades mal estructuradas pueden llegar a confundir el juego con la realidad. Puede ocurrirle a cualquiera, porque estos juegos demandan de sus jugadores un muy elevado sentido del compromiso, de modo que si usted acepta jugar, juega y muy en serio, aunque jamás llegue a saber quién lo está dirigiendo, porque eso es parte (y muy excitante) de esta clase de juego. A mí se me parece al funcionamiento de la mente ezquizofrénica, en la que el enfermo recibe órdenes cuya fuente no siempre puede identificar, pero se siente obligado a cumplir inexorablemente. Puede darse el caso de que un jugador, sentado frente a su tele, crea descubrir un mensaje encriptado en las palabras del conductor de su programa favorito, que le envía a visitar de madrugada un cementerio, robar una tienda o caminar desnudo por su centro de trabajo. Es un encadenado de retos. La situación es tan fascinante como plástica y ha inspirado novelas, filmes, obras de teatro… Las redes sociales son mecanismos ideales para poner en marcha juegos de realidad alternativa, sobre todo si la red en cuestión es un sitio de la internet oculta que se caracteriza por tener el anonimato como su regla fundamental y una libertad de expresión casi total. Literalmente, un paraíso para troles.

En octubre de 2017, apenas un año después de que Donald Trump resultara electo Presidente, apareció en 4chan una cuenta a nombre de “Q Clearance Patriot” (Q patriota con permiso de seguridad). La letra Q, en el puesto 17 del alfabeto occidental, es la clave del más alto nivel de acceso de seguridad en el Departamento de Energía de la Casa Blanca vinculado con programas nucleares. Anon es el diminutivo de Anónimo, la firma que distinguió a 4chan y a otros muchos sitios de la internet sumergida. Q se convirtió en QAnon. ¿Quién era?  Un individuo o varios, un trol, un loco, pronto dejó de importar: en 4chan había desembarcado el Octavo Pasajero, que llegaba al mundo respondiendo algún comentario referente al Pizzagate —tan convenientemente estallado un mes antes de las elecciones presidenciales donde Hillary perdió la Presidencia—, y anunciaba:

La extradición de HRC [Hillary Rodham Clinton] ya está en marcha efectiva ayer con varios países en caso de huida por frontera. Pasaporte aprobado para ser señalado el 30/10 a las 12.01am. Esperar que ocurran disturbios masivos como respuesta y otros huyendo de EE UU. Marines dirigirán la operación mientas Guardia Nacional activada.

El tono del mensaje, calificado por el periodista Jordi Pérez Colomé de conciso, peliculero y críptico, se repitió en el segundo mensaje de QAnon:

¿Dónde está Huma [Abedin, asesora de Clinton]? Seguid a Huma. Esto no tiene nada que ver con Rusia (aún). ¿Por qué Trump se rodea de generales? ¿Qué es la inteligencia militar?.

Todo era un pastiche de gran incoherencia, pero… ¿quién dijo que el pensamiento racional suele imponerse en los asuntos humanos?

Ninguna persona en su sano juicio hubiera podido imaginar lo que sucedería a continuación. QAnon siguió comunicándose con sus cada vez más respetuosos y atentos seguidores, que se multiplicaron como amebas. A través de mensajes como los anteriores —que sus admiradores comenzaron a llamar “gotas” o “migas” que ellos debían amasar pacientemente hasta obtener un mensaje—, fue construyendo lo que podríamos llamar la trama maestra de este movimiento entonces naciente: un Gobierno Secreto o Estado Profundo, formado por una camarilla internacional poseedora de enormes riquezas, satanista, pedófila y caníbal gobierna el planeta. Los altos militares del Pentágono reclutaron a Donald Trump para enfrentarse a este grupo siniestro y maléfico y liberar al mundo de su tiranía, algo que, por supuesto, Trump no puede hacer público aún, pues en él se concilian las inconciliables condiciones de ser el Presidente de la primera potencia mundial y al mismo tiempo un luchador encubierto del Bien. Su misión es desbaratar y exponer toda esta red de miserables seres humanos y darles su justo castigo, además de “hacer grande a América otra vez” (slogan puntero de su campaña presidencial), salvando el Sueño Americano amenazado por la mezcla de razas, eliminando a los indeseables inmigrantes mediante la construcción de un muro a lo largo de los más de 3 mil kilómetros de frontera con México, y restaurando la economía hasta que de las cloacas americanas broten torrenteras de oro.

Pero QAnon fue más lejos: en 2016, la investigación sobre la posible interferencia de Rusia en las elecciones en favor de Trump, conocida como “la trama rusa” [1], llevada a cabo por Robert Muller, Fiscal Especial del Departamento de Justicia, era una tapadera, pues Muller, en realidad, trabajaba encubierto junto con Trump en esta Cruzada justiciera, y los dos contaban con el apoyo incondicional de las Fuerzas Armadas y la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. El momento inmediato a la culminación de su misión, que QAnon llama El Gran Despertar, llegará cuando el mundo descubra la maldad del Estado Profundo, y la gran batalla que Trump desencadenará entonces para llevar a los culpables a su destino final en la base de Guantánamo, es llamada por los adeptos de QAnon La Tormenta. “Somos la Tormenta”, dicen, y “A donde va uno, vamos todos”. Son sus consignas insignia. Lo de tormenta proviene de un filme de Ridley Scott, Tormenta blanca, tal vez recordado por Trump en una ocasión en que se reunió con militares en la Casa Blanca y comentó a la prensa presente: “¿Saben a qué se parece esto? A la calma antes de la tormenta”, y cuando un periodista le preguntó qué significaban sus extrañas palabras, respondió sibilino: “Ya lo veréis”. Algunos jocosos, a su modo también teóricos de la conspiración, han querido ver en El Gran Despertar un recordatorio de la famosa píldora roja que, tomada por los protagonistas La Matrix, los ayuda a despertar del sueño-vida virtual en que vivían sumidos. La apoteosis de La Bella Durmiente.

Al decir de un analista de QAnon, su semejanza con un juego de realidad alternativa está dada porque sus narrativas “combinan diferentes elementos que dan a la gente sentido y placer: es en parte análisis, en parte juego, en parte fe. Los miembros descifran pistas, se conectan unos con otros y se inspiran para ver una versión de la verdad que es épica, religiosa y sensacionalista. Se sienten atraídos por tener estas revelaciones y por entrar en la lucha por la verdad”.

Para colmo de increíbles, Trump ha dado su aval públicamente a esta teoría de la conspiración llamada QAnon, en cuyo vientre se agitan mil y una pequeñas subtramas tan conspiranoicas como la trama madre. En medio de la pandemia causada por la Covid-19 y las protestas desatadas por el asesinado del afroestadounidense George Floyd, fue interrogado por la prensa sobre QAnon, algunos de cuyos miembros ya comenzaban a aparecer en sus mítines portando distintivos con la letra Q sobre pancartas y ropas. Estas fueron las respuestas presidenciales a la entrevistadora de Democracy Now:

D.T.: Bueno, no sé mucho sobre el movimiento, aparte de que, según entiendo, soy muy de su agrado, lo cual agradezco. Estas son personas que no les gusta ver lo que está pasando en lugares como Portland y lugares como Chicago y Nueva York y otras ciudades y estados. Y he escuchado que estas son personas que aman a nuestra patria y simplemente no les gusta ver lo que está pasando. Entonces, no sé realmente nada al respecto, aparte de que, supuestamente, soy de su agrado.

REPORTERA: En el centro de la teoría radica esta creencia de que usted está secretamente salvando al mundo de un culto satánico de pedófilos y caníbales. ¿Le parece que usted puede respaldar algo así?

D. T.: Bueno, no he escuchado eso, pero, ¿se supone que es algo malo o bueno? Me refiero a que, si puedo contribuir a salvar al mundo de sus problemas, estoy dispuesto a hacerlo.

Los anónimos seguidores de Q ya no tienen que conformarse con envidiar a sus tradicionales héroes modélicos Tarzán, Superman, Dick Tracy, James Bond o Batman: ahora ellos mismos son los héroes y esas conspiraciones falsas se han convertido en los ejes de sus vidas. Sienten que dejaron de formar parte del sumiso y oprimido cuerpo de baile de la sociedad: se han convertido en primas ballerinas.

Las hipótesis sobre la verdadera identidad de QAnon siguen en el candelero y no falta quienes estén convencidos de que se trata del propio Donald Trump. El dedo identificador también señala a un tal Timothy Charles Holmseth, supuestamente periodista laureado, colaborador encubierto del FBI y autoproclamado “cabeza de la Fuerza de Tareas del Pentágono Contra la Pedofilia”, quien ha revolucionado las redes sociales y algunos sitios productores de fake news con una sensacional noticia:  la operación llevada a cabo en Nueva York por las autoridades navales del Gobierno para liberar a miles de niños a quienes la red de pedófilos demócratas mantenía cautivos en unos túneles siniestros que conectan con la residencia de Hillary Clinton. Se me ocurre que el apellido Holmseth podría ser un constructo entre el del celebérrimo detective de ficción Sherlock Holmes y el nombre Seth, dios egipcio serpentiforme de remota antigüedad a quien hoy se le tributa un culto satánico en los Estados Unidos. He buscado en vano en Internet referencias a la carrera periodística de Holmseth, su  órgano de prensa, sus lauros y, por supuesto, sus datos biográficos, pero hasta ahora no he encontrado más que unas páginas donde aparece la foto de un hombre de aspecto desagradable, desaseado y torvo, una cara que uno nunca le pondría a un periodista en un juego de rol. Ni siquiera la prensa seria que cita su información sobre el rescate de los niños ofrece detalles específicos sobre él. Hay afirmaciones de check points acerca de que La Fuerza de Tareas del Pentágono contra la Pedofilia no existe. Siento que, de existir, dicho grupo tendría poco que ver con el Pentágono. Tendría más sentido encontrarla como un Departamento del FBI o la NSA. Y si este tal Holmseth realmente trabaja encubierto en una investigación del FBI sobre pedofilia, ¿cómo es posible que haya publicado información sobre el caso con fotos incluidas, explicando el papel que juega él mismo en esa investigación? ¿Por qué casi nadie se dedica a desmontar informaciones o, cuando menos, a cuestionarlas? Hasta este momento, Holmseth tiene toda la pinta de ser un bulo, y uno burdísimo, además. Sin embargo, su “noticia” del rescate de los niños cautivos ha sido replicada en mucha prensa seria más allá de las fronteras estadounidenses.  De cualquier modo los seguidores de QAnon no quieren saber mucho sobre Holmseth, porque prefieren seguir alimentando la esperanza de que su guía misterioso tenga un único nombre: Donald Trump, el redentor.

Pero el problema no radica exactamente en la identidad de QAnon, sino en el movimiento creado a partir de su aparición en 4chan.


[1] A pesar de que Trump se ha declarado públicamente “exonerado” de la acusación de estar coludido con Rusia en este caso, Las conclusiones del Fiscal Muller nunca lo declararon inocente. Por el contrario, la investigación concluyó haber hallado evidencia de interferencia rusa en esas elecciones, aunque no pruebas de que Trump estuviera coludido con el Gobierno ruso. Trump criticó duramente la investigación de Muller y conmutó la pena impuesta a su colaborador Robert Stone, acusado de entablar algún tipo de negociación con funcionarios rusos y condenado por manipulación de testigos, obstrucción de la justicia y mentir al Congreso. Después, Trump intentó destituir a Muller. (Continuará…)

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AYÚDENME, POR FAVOR

Mi hija, Carmelín Bebé de Arriba y yo en mejores tiempos. Cena de Fin de año de 2016

Nunca he sido amiga de pedir nada a nadie. Todo traté siempre de ganarlo con mi esfuerzo personal, mi salario, mis libros, mis publicaciones vendidas y alguna que otra colaboración; nunca tuve más de lo necesario, pero mi país ha llegado a un límite en que ya no me resulta posible sobrevivir con lo poco que gano. Ni siquiera puedo soñar con jubilarme

Tengo a mi cargo una única hija con discapacidad neurológica y un 80 por ciento en la disminución de su calidad de vida, que solo devenga una pensión mínima, y yo soy paciente de  Cardiología con obstrucción del 90 por ciento en la descendente anterior y seis intervenciones de mínimo acceso por cateterismos y aneurismas.

Mi hija en 2013, cuando aún podía tocar su instrumento

Vivimos solas y soy protectora de perritos, A día de hoy tengo cinco en mi casa.

Los cortes prolongados de luz, a veces hasta de más de 50 horas, y las fallas en el bombeo de agua nos han reducido a una condición de vida muy cercana a la indigencia. Tenemos que comprar la comida en el día a precios astronómicos, y muchas veces perdemos el dinero porque se nos pudre de un día para otro. Mi hija tiene anemia y no puedo comprarle carnero porque se nos pudriría. Cuando falta la luz demasiadas horas no puedo limpiar mi casa, no podemos bañarnos, no podemos cocinar y ya hoy llegamos al estado pre mortem de no poder tomar agua, en una ciudad donde abundan los virus gástricos y la sensación térmica llega en ocasiones a los 41 grados de calor. Sin electricidad no podemos encender nuestros dos ventiladores ni espantar los mosquitos, y con demasiada frecuencia para la salud mental y física no podemos dormir.

Yo en la Feria del Libro de La Habana, en 2011, cuando todavía podía escribir literatura.

NECESITAMOS URGENTEMENTE UNA ECOFLOW PARA CONSERVAR LOS ALIMENTOS, ENCENDER EL MOTOR QUE NOS SUBE EL AGUA A NUESTRO APARTAMENTO, BAÑARNOS, TENER LA HIGIENE NECESARIA PARA SOBREVIVIR…, BEBER AGUA…

Ruego, con mucha vergüenza, ¡por favor!, a todas las personas que han encontrado placentera la lectura de este blog, y hasta quizá les haya sido de alguna utilidad el fruto de mis investigaciones, que colaboren con la única persona fuera de Cuba que ha tenido la suficiente sensibilidad para intentar ayudarnos, y cuya situación personal, MUY PRECARIA, no le permite hacerse cargo de la suma que se necesita para comprar el equipo y enviármelo.

Dejo aquí abajo el link. Lo que puedan, y con eso nos estarán salvando la subsistencia, no digo la vida porque no me gusta parecer dramática, pero en nuestro caso viene siendo lo mismo. Me da mucha vergüenza suplicar, pero tengo que hacerlo.

Disculpen si encuentran alguna errata en esta escritura o algún disparate. Estoy muy nerviosa.

https://gofund.me/af9e473de

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Los niños habaneros del pasado

En estas interminables horas en que la falta de luz eléctrica obliga al cuerpo a estar ocioso, la mente vuela hacia recuerdos de infancia que duelen por el tiempo transcurrido, por lo breve que es la vida real y lo muy larga que parece en el tiempo de la memoria, y uno siente que tiene que ser mentira -una mentira terrible- que esta anciana sentada en su sillón de recordar, sea la misma niña que se raspaba las rodillas aprendiendo a patinar en su calle del reparto La Asunción, mientras mi padre Hugo, recostado a la entrada de nuestro edificio, vigilaba por si no podía levantarme sin que las ruedas traidoras me hicieran volver a besar el suelo.

O la que iba con su abuela a visitar a la anciana parienta, un poco misteriosa, que habitaba en la azotea de una casa en La Habana Vieja, casa rarísima, en forma de U, con muchas habitaciones cerradas que daban a un gran patio central desde donde se podía contemplar la calle, pero llena de cosas fascinantes como vitrinas de bibelots y miniaturas encantadoras y casi imposibles, extraños aparatos de cocina que hoy ya no puedo comprender, vajillas finísimas de cristal irisado, costureros mágicos con muchos artefactos que nadie sabría ahora mismo para qué servían a nuestras bisabuelas, y fotos, fotos de personas muy circunspectas y rígidas, con trajes antiguos oscuros, abotonados hasta el cuello, ojos severos, moños y enormes bigotes…

Y estaba el trompo del primo Chuchín, que en aquel entonces ya me parecía viejo, el trompo que se podía mirar pero no tocar, porque era una reliquia de infancia de alguien que ya había crecido y no iba a volver nunca más a ser niño. Y lo mismo pasaba con la colección de muñecas de la parienta anciana, la madre de Chuchín, aunque a mí no me quedaba claro el parentesco. Yo las miraba con auténtico deseo, con esa intensidad desbordada y purísima que solo el alma de los niños puede sentir, porque en la adultez se transforma en codicia o en algo menos… comentable fuera de la intimidad. “No puedes jugar con ellas, porque fueron de una niña muerta, son un recuerdo”, me decía la anciana parienta misteriosa. Yo sabía que caminaban, hablaban, y se llamaban Mariquita Pérez.

Foto tomada de Nostalgia Cuba

Hablar de la infancia en La Habana de antes, es como abrir un viejo baúl de recuerdos donde todavía resuena el eco de las risas, el golpe seco de la madera contra el suelo y el chirrido metálico de las ruedas sobre el asfalto caliente. Mucho antes de que las pantallas ocuparan las miradas, los niños habaneros llenaban las calles, los parques y los solares con una energía imparable, armados con sus juguetes más preciados. No eran artefactos electrónicos ni muñecos de moda importados; eran objetos simples, a menudo hechos a mano o comprados en las quincallas del barrio, que guardaban en su interior la esencia de una época y el espíritu de un pueblo.

El trompo era, sin discusión, el rey de los juegos callejeros. Ese pequeño cono de madera, con su púa de metal en la punta, era el centro de las competencias más feroces y divertidas de la cuadra. Fabricado generalmente en madera, su diseño básico no había cambiado en generaciones, pero eso no le restaba ni un ápice de emoción. Los niños habaneros lo envolvían con una cuerda o pita, la enrollaban con precisión milimétrica y, con un movimiento seco y certero, lo lanzaban al suelo para verlo bailar. Luego creció, se volvió de metal y de colores…

Foto tomada de Nostalgia Cuba

Y no era solo cuestión de hacerlo girar. La verdadera destreza estaba en las pruebas: hacerlo bailar en la palma de la mano, lanzarlo contra el trompo del contrincante para desplazarlo, o mantenerlo girando el mayor tiempo posible. Había quienes dominaban el arte del malabar, haciendo girar el trompo sobre la mano o pasándolo de un jugador a otro sin que perdiera el ritmo. En los barrios habaneros, estos torneos improvisados eran una tradición que unía a niños de todas las edades. Como bien dice un viejo refrán cubano, en el giro breve y obstinado de un trompo sigue dando vueltas una parte de lo que fuimos y de lo que todavía somos.

Mientras los trompos bailaban en las calles, en las aceras y en los patios interiores las niñas habaneras cuidaban de sus muñecas como si fueran hijas de verdad. Las había de todos los tipos: algunas eran importadas, con vestidos de encaje y ojos que se abrían y cerraban, pero las más queridas eran a menudo las más humildes. Las quincallas, esas pequeñas tiendas de barrio donde se vendía de todo —telas, sombreros, botones y juguetes—, se surtían de los almacenes de la calle Muralla en La Habana Vieja, y en temporada de juegos no faltaban las muñecas.

Pero también había espacio para la creatividad. Muchas niñas aprendían a confeccionar sus propias muñecas con retazos de tela, henequén o incluso maíz, dándoles vida con su imaginación. Las muñecas de producción cubana competían en elegancia con las más famosas del extranjero. Eran cómplices de secretos, confidentes de travesuras y el centro de largas tardes de té imaginario y juegos de roles que preparaban a las pequeñas para la vida adulta.

Si el trompo era el rey de la destreza y la muñeca la reina de la fantasía, los patines eran los señores de la velocidad. Los patines de los años 50 eran artefactos de metal macizo, increíblemente resistentes, con ruedas equipadas con cajas de bolas o balines que los hacían deslizarse con una rapidez asombrosa. Se ajustaban al zapato con correas de piel y una llave especial, y una vez puestos, no había calle que se resistiera.

Foto tomada de Nostalgia Cuba

Patinar por las aceras de El Vedado, por el Malecón o por las calles adoquinadas de La Habana Vieja era una de las grandes aventuras de la infancia. Y cuando los patines se desgastaban o rompían, los niños habaneros demostraban su ingenio: desmontaban las ruedas y las usaban para construir carreolas o chivichanas, esaespecie de patinetas rudimentarias hechas con tablas. La creatividad no tenía límites cuando se trataba de seguir jugando.

No todo en la infancia habanera era movimiento y competencia. También había espacio para la música y la imaginación, y ahí entraban las marimbas. Aunque la marímbula era un instrumento musical tradicional cubano de origen africano, con una caja de resonancia y lengüetas de metal que se pulsaban con los dedos, el término «marimba» también evocaba en la memoria de muchos habaneros aquellos juguetes musicales que alegraban las tardes.

El artilugio de juguete que muchos recuerdan es el remedo de una marimba —el xilófono de madera con láminas de diferentes tamaños que producían melodías y acordes—, un instrumento que, en sus versiones más sencillas, se convertía en el pasatiempo favorito de los pequeños músicos en ciernes. No era raro ver a un niño sentado en el quicio de una puerta, golpeando las láminas de madera con sus pequeñas baquetas y creando sus propias canciones, mientras el sol de la tarde se filtraba entre las persianas.

Y qué decir de los soldaditos de plomo y las canicas, aquellas bolas y bolones de colores que yo le robaba subrepticiamente a Rodolfito, el niño del apartamento 3 del edificio de mi abuela, y que ella me hacía devolver a pellizcos, explicando a la mamá de Rodolfito que me los había llevado «sin querer»…Y los Mamertos, ¿quién no se acuerda de los Mamertos, aquellos muñequitos cuyos cuerpitos de plástico venían en piezas dentro de una cajita con una bola de plastilina para hacer la cabeza. Traían sombreros, pipas, espejuelos, narices, bigotes,  cada cual armaba su Sherlock Holmes, su boticario de la esquina o su tío mandamás…

Hoy, cuando la tecnología ha transformado por completo el espíritu de infancia, aquellos juguetes de madera, metal y tela siguen vivos en la memoria de quienes crecieron en la Habana de antes. Los trompos todavía giran en las plazas, las muñecas se conservan como reliquias familiares, los patines de metal descansan en viejos baúles y las marimbas resuenan en la nostalgia de quienes las escucharon.

Porque más allá de los objetos, lo que perdura es el aroma lejano de una infancia que se vivía en la calle, en comunidad, con la imaginación como único límite. Esa Cuba de juguetes sencillos pero llenos de significado, donde cada trompo, cada muñeca, cada par de patines y cada marimba contaban una historia de alegría, de creatividad y de una forma de ser que el tiempo no ha podido borrar. Y mientras haya un niño que haga bailar un trompo o una niña que abrace una muñeca de trapo, esa historia seguirá viva, girando como el trompo, imparable y eterna… tal vez…

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El vómito negro y el cólera: así sobrevivía La Habana colonial a sus epidemias

La Habana colonial fue, durante más de tres siglos, un hervidero de enfermedades. El binomio formado por el hacinamiento, la falta de saneamiento y el constante tráfico de personas y mercancías convirtió a la ciudad en un caldo de cultivo perfecto para las epidemias. La fiebre amarilla, el cólera y la viruela diezmaron a la población en repetidas ocasiones, y la medicina colonial, con más voluntad que recursos, luchó contra enemigos invisibles que no lograba comprender.

La fiebre amarilla, conocida también como «vómito negro» por las hemorragias internas que tiñen de ese color el vómito y las heces, fue la epidemia más temida y persistente de la Colonia. Durante más de dos siglos (del XVII al XIX) asoló las zonas tropicales de América. Su llegada a La Habana se remonta a mediados del siglo XVII. En 1649, una epidemia desconocida acabó con cerca de la tercera parte de la población habanera. No era otra cosa que el vómito negro. En años posteriores, los brotes se repitieron con crudeza: 1652, 1654, 1658, y a lo largo de todo el siglo XIX se convirtió en una presencia endémica que solo en La Habana llegó a causar casi 7.000 muertes en una sola oleada.

En 1833, un nuevo azote golpeó la capital: el cólera, como parte de la segunda pandemia mundial. El primer caso se identificó en José Soler, un catalán recién llegado. El médico Manuel J. de Piedra fue el primero en diagnosticarlo, pero la población, aterrada, no le creyó. Fue apedreado en las calles y estuvo al borde de ser linchado. Sus vecinos le reprochaban no poder curar a los enfermos, y para protegerlo tuvo que contar con escolta policial.

La epidemia, que duró cincuenta y cuatro días, no distinguió entre clases sociales: afectó a negros y pobres, pero también a blancos y ricos. Entre las víctimas estuvieron monseñor Valera Jiménez, el pintor francés Vermay, el presidente de la Junta de Auxilios y el propio alcalde Carlos Pedroso y Pedroso. Se estima que el diez por ciento de la población habanera falleció por su causa. El médico Piedra, que inicialmente fuera repudiado, recibió luego un homenaje de desagravio. Cuando la epidemia lo amenazó a él, fue atendido por su colega Tomás Romay, y logró recuperarse.

La infraestructura sanitaria era precaria. El primer hospital de La Habana, llamado Hospital Viejo, se construyó en 1545 cerca del actual Palacio de los Capitanes Generales. Más tarde pasó a manos de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Para los leprosos, entre 1663 y 1668 se construyó el Hospital de San Lázaro en la Caleta de San Lázaro. En 1744 se fundó el Hospital de San Ambrosio. Pero todos ellos, por falta de fondos, tenían pésimas condiciones, con charcos pestilentes, detritus por doquier y animales deambulando por los pasillos.

El Cabildo y la Iglesia administraban la salud. Los hospitales eran más centros de caridad y aislamiento que instituciones científicas. La medicina se sustentaba en autoridades clásicas como Hipócrates y Galeno, y se mezclaba con terapias aborígenes y africanas basadas en plantas. Los médicos más estables estaban asignados a las guarniciones militares, y no fue hasta bien entrado el siglo XVIII cuando la situación comenzó a cambiar.

En 1634 se fundó el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, la primera organización de salud pública no solo de Cuba, sino de toda la corona española. Este organismo, que se consolidó en 1711, controlaba el ejercicio legal de la medicina, la cirugía, la farmacia y hasta el oficio de comadronas. Examinaba y licenciaba a los profesionales. La llegada del cólera en 1833, sin embargo, evidenció la obsolescencia del Protomedicato, que fue cerrado y sustituido por nuevas juntas gubernativas de Medicina y Farmacia. Paralelamente, las Juntas de Sanidad se encargaron de las acciones epidemiológicas, y las Juntas de Beneficencia, de la atención hospitalaria.

A pesar de las carencias, la medicina cubana tuvo figuras notables. El primer médico que ejerció en Cuba fue Domingo de Arpartill en Santiago de Cuba en 1517. En La Habana, el barbero y cirujano Juan Gómez ejerció desde 1552. En el siglo XVII destacó el doctor Lázaro Flores y Serrano, autor del primer libro científico escrito en Cuba: Arte de navegar.

Pero la figura más relevante del periodo fue Tomás Romay Chacón (1764-1849). Considerado el primer higienista cubano, introdujo una visión científica de los problemas de la medicina e impulsó la campaña de vacunación antivariólica. En 1804, en plena epidemia de viruela, Romay practicó las primeras vacunaciones en La Habana.

Ya en el umbral del siglo XX, el médico cubano Carlos J. Finlay (1833-1915) dio el golpe definitivo a la fiebre amarilla. En 1881 presentó ante la Real Academia de La Habana su hipótesis: el agente transmisor era la hembra del mosquito Aedes aegypti. Sus investigaciones, inicialmente recibidas con escepticismo, condujeron a campañas de eliminación de criaderos que lograron erradicar la fiebre amarilla de La Habana entre 1902 y 1904.

La historia de las epidemias en la Habana colonial es la crónica de una ciudad que aprendió a vivir con la muerte. Durante siglos, la población convivió con el miedo al vómito negro y al cólera, con hospitales que eran más refugios de caridad que centros de curación, y con una medicina que avanzaba a trompicones entre la tradición clásica y los saberes populares. Pero también es la historia de los primeros pasos de la salud pública en América, del surgimiento de instituciones como el Protomedicato y, sobre todo, del genio de hombres como Romay y Finlay, que convirtieron a Cuba en un referente mundial en la lucha contra las enfermedades infecciosas. Un legado que, más de un siglo después, sigue siendo motivo de orgullo para la isla.

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Así se gestionaban las aguas negras en la Habana colonial y la llegada del primer inodoro

La Habana colonial, urbe de contrastes y esplendor arquitectónico, escondía tras sus fachadas barrocas un problema tan antiguo como la civilización: la gestión de las aguas residuales y los desechos humanos. Durante siglos, la ciudad careció de un sistema de alcantarillado eficiente. La infraestructura sanitaria de la capital cubana fue, en palabras de los historiadores, “desastrosa” durante el siglo XVIII, un lastre que se prolongó durante buena parte de la centuria siguiente. El olor a inmundicia y la constante amenaza de epidemias eran el precio que se pagaba por el crecimiento de una ciudad que no había resuelto su saneamiento básico.

En los primeros tiempos de la colonia, la solución para deshacerse de los desechos era tan primitiva como funcional. Los arqueólogos han recuperado en el Centro Histórico numerosos vestigios de lo que se conocía como «letrinas»: simples huecos con cubierta construidos en el suelo de los traspatios de las casas. Estos pozos negros, ubicados generalmente en la última crujía de la vivienda, se convertían en vertederos de todo tipo de residuos, desde excrementos hasta basura doméstica. Con el tiempo, estos espacios se saturaban, y la única alternativa era excavar uno nuevo o contratar a los llamados «negros de la limpieza» para que extrajeran manualmente su contenido, una tarea tan necesaria como insalubre.

El abastecimiento de agua, por su parte, era otro frente abierto. La Zanja Real, el primer acueducto construido en Cuba en 1592, fue concebido para llevar agua potable a la ciudad. Sin embargo, con el crecimiento demográfico y la falta de un sistema de alcantarillado, su uso se pervertió. Esta zanja, que funcionó durante 243 años, terminó siendo utilizada no solo para el riego, sino también para la “eliminación de desechos de algunas industrias”, convirtiéndose en un foco de contaminación. La misma zanja que traía la vida se transformaba en un canal de muerte y enfermedad.

No fue hasta mediados del siglo XIX cuando se comenzaron a gestar las primeras ideas para un sistema de alcantarillado moderno. El general Miguel Tacón, capitán general de la isla entre 1835 y 1842, fue el precursor que “dio los primeros pasos” para construir una red de cloacas. Sin embargo, sus esfuerzos iniciales no cumplieron con los resultados esperados. La ciudad seguía anegada en sus propios residuos. Los vecinos tenían prohibido arrojar aguas sucias por los caños de las casas, pero la normativa chocaba con la realidad de una urbe que carecía de infraestructura para canalizar esos desechos.

La situación era insostenible. La Habana apestaba y las enfermedades hacían estragos. No fue hasta finales de siglo cuando se dio el gran salto. En 1899, La Habana se convertía en la segunda ciudad del continente americano en poseer un sistema de alcantarillado. Obra del prestigioso ingeniero Samuel Gray, fue concluida en 1902. La joya de la corona de este sistema fue el famoso «Sifón bajo la bahía», construido a principios del siglo XX, una obra de ingeniería que, con sus 375 metros de tubería bajo el mar, lograba bombear las aguas albañales hasta la playa de El Chivo, 147 metros mar adentro. Una solución colosal para un problema que había apestado a la ciudad durante más de tres siglos.

Pero mientras la ciudad se debatía entre letrinas y proyectos fallidos, un invento revolucionario llegaba para cambiar la vida privada de los habaneros. Hablamos del inodoro. Su introducción en Cuba, sin embargo, no está exenta de debate. La versión más difundida, y ciertamente la más pintoresca, sitúa la llegada de los primeros inodoros en el año 1887. Fue en el edificio que ocupaba entonces el Muy Ilustre Centro Asturiano de La Habana. No se trataba de los artefactos de cerámica que conocemos hoy. Eran de fabricación inglesa, confeccionados en hierro fundido y con una forma de embudo. El agua se depositaba en una caja de madera forrada de zinc, situada en lo alto y separada de la taza, que se accionaba mediante una cadenilla.

La anécdota que rodea a estos primeros inodoros es inolvidable. Se cuenta que la directiva del Centro Asturiano invitó al propio Capitán General a conocer tan prodigioso invento. El alto funcionario, probablemente acostumbrado a los aromas de la ciudad, observó el artefacto estupefacto y, tras examinarlo, solo atinó a murmurar: «Magnífico, pero se extraña el olorcito». La frase, cargada de ironía, refleja la extrañeza de una época en la que el olor a desecho era parte del paisaje urbano.

Sin embargo, otros especialistas sostienen que el inodoro ya se anunciaba en la Guía de La Habana en 1884, tres años antes de la instalación en el Centro Asturiano. Estos aparatos, anunciados en dos establecimientos, ya eran de cerámica y correspondían a la última tecnología de la época, los llamados “inodoros de arrastre”, que revolucionaron el mercado incluso en países como Inglaterra. Fue también en esa época cuando comenzaron a azulejarse las cocinas y los cuartos de baño en Cuba, señal de que la modernidad, aunque con retraso, comenzaba a abrirse paso en los hogares de la isla.

La historia del saneamiento en la Habana colonial es la crónica de una lucha constante contra la suciedad y la enfermedad. Desde las primitivas letrinas en los traspatios hasta el colosal sifón bajo la bahía, pasando por la fallida iniciativa de Tacón, la ciudad buscó sin descanso una solución para sus aguas negras. Y en medio de esa búsqueda, llegó el inodoro, un invento que, como bien dijo aquel Capitán General, eliminaba lo peor del problema, pero dejaba un vacío, un «olorcito» perdido que marcaba el fin de una era y el comienzo de otra, la del saneamiento moderno, que aún hoy, más de un siglo después, sigue siendo un desafío para la capital cubana.

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«Electra» en el Patio de las Columnas: cuando Alejo Carpentier le cantó la sentencia a un dictador

Cuando  en 2008 yo escribía mi noveleta “Serata di gala”, que luego sería publicada en mi libro El reino de la noche, y trata de una supuesta relación amorosa entre Mella y Catalina Lasa del Río, me inspiraba en una de las novelas de Alejo Carpentier que más me ha impresionado: El acoso. Trabajé el texto con intertextualidad intentando fundir la prosa de Alejo con la mía de tal manera que no se viera ni la más mínima costura. Pero no era vanidad de escritora ni adoración romántica por mi escritor cubano más admirado después de Martí. Era que El acoso, desde su primera lectura, se quedó en mí como una espina enconada que a veces latía en forma de escenas que volvían una y otra vez a mis pensamientos, y me atormentaban como algo que quiere nacer y se agita… Y una de esas escenas era la representación teatral en el anfiteatro de la colina universitaria.

La acción principal de El acoso (1956) transcurre durante los cuarenta y seis minutos que dura la ejecución de la Sinfonía Heroica de Beethoven en un teatro de La Habana. Allí se ha refugiado un joven —el acosado— que huye de sus perseguidores: antiguos camaradas a los que delató bajo tortura durante la dictadura de Gerardo Machado. Pero hay otra escena, menos conocida y quizá más crucial, que ocurre fuera del teatro, en el camino del acosado hacia la Casa de la Gestión. Pasa frente a la Universidad de La Habana, y desde el Patio de las Columnas le llega una voz. Es el coro de una tragedia griega. Los estudiantes de literatura están representando Electra, de Sófocles, una de las obras más estremecedoras del teatro clásico griego.

El acosado escucha el coro declamar por un altavoz del escenario: «Las imprecaciones se cumplen; vivos están los muertos acostados bajo tierra; las víctimas de ayer toman en represalia la sangre de sus asesinos». En Sófocles, esos versos anuncian la muerte de Egisto, la consumación de la venganza de Orestes, el restablecimiento del orden. En Carpentier, anuncian algo muy distinto: una muerte sin tribunal, sin nombre, sin justicia. Porque en la dictadura de Machado —y aquí está la genialidad del escritor cubano— no hay Orestes que venga a nadie. No hay Erinias que persigan al culpable para restablecer el equilibrio. Solo hay la muerte anónima, la que se lleva al acosado sin que nadie lo llore ni lo recuerde.

La elección de Electra no es casual. Carpentier, musicólogo y conocedor profundo de la tradición clásica, sabía que esa obra habla del regreso, del reconocimiento, de la venganza justiciera. Y la coloca justo en medio del trayecto del acosado entre la casa de Estrella —la prostituta que aún conserva la capacidad de decidir, de agenciar su vida— y la Casa de la Gestión —el poder en ruinas, la institución que todo lo controla y nada resuelve (otra de mis obsesiones, que también reproduje en “Serata…”)— . El acosado camina de la agencia a la deshumanización, y en el centro, la tragedia le canta su sentencia. No habrá regreso. No habrá reconocimiento. No habrá venganza que redima nada.

El Patio de las Columnas de la Universidad de La Habana fue testigo de muchas representaciones teatrales en aquellos años turbulentos. La de Electra que Carpentier incluye en su novela es verídica, tomada de un hecho real. El escritor convirtió ese hecho en símbolo. Y justo antes de que el acosado escuche al coro, ve escrito en un edificio universitario el lema «HOC ERAT IN VOTIS» (Esto era lo deseado). Su deseo de escapar, de vivir, se cumplirá: pero cumplido en la muerte. La ironía trágica, otra vez.

El acoso es, junto con El reino de este mundo, la novela carpenteriana que más amo, junto con El reino de este mundo. En ella Alejo logró algo que muy pocos escritores podrían conseguir: fundir la música de Beethoven con el ritmo de una persecución, la tragedia griega con la dictadura machadista, la alta cultura con el barro cubano. El acosado escucha a Electra y sabe que está condenado. Nosotros leemos El acoso y sabemos que Carpentier nos está advirtiendo: las dictaduras no tienen catarsis. No hay purificación. Solo hay ruinas y muerte anónima. Por eso la novela duele. Por eso no se olvida.

Espero, de todo corazón, que Carpentier, allí donde se encuentre, en el Olimpo, el Parnaso o simplemente convertido en una conciencia molecular que flota en los espacios interestelares, me haya perdonado por haber invertido el orden de los versos de “Electra”, porque fue el hombre que escribió El siglo de las luces. Yo puse en boca del coro: “¡Las imprecaciones se cumplen; vivos están los muertos acostados bajo tierra; los asesinos de hoy toman en represalia la sangre de sus víctimas!” Luego de esta escena, El Acosado de mi noveleta desiste de su huida y se entrega a su destino con un gesto ritual: se quita el reloj que su amante acaba de regalarle y lo coloca en la muñeca de ella. Es todo. No hay despedida.

En cuanto a Sofocles, que escribió para Atenas, la ciudad cuyo espíritu creó el concepto de la armonía a través del equilibrio… sé que nunca me perdonará esa invocación al Caos.

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MEMORIAS DEL ATENEO DE LA HABANA

No siempre tiene el periodista la oportunidad privilegiada de poder entrevistar a testigos presenciales vivos de épocas ya lejanas. En este caso, el investigador e historiador Oscar Ferrer Carbonell ha tenido la deferencia de contarme sobre una institución muy importante en el panorama cultural cubano de la república: el Ateneo de La Habana, fundado en 1902, fecha simbólica que marca el momento en que Cuba dejó de ser provincia española para convertirse en nación independiente.

Ferrer, hoy de 81 años de edad, conserva frescos muchos recuerdos que, con el paso del tiempo y el avance de la desmemoria, adquieren un valor inmenso.

Tendría yo apenas menos de diez años, cuando mi padre me decía que lo acompañara a un lugar donde se reunían personas inteligentes y cultas para, entre otras cosas, escuchar conferencias muy interesantes. De más está decir que me agradaba mucho hacer ese viaje desde Santos Suárez al bello Vedado, pues allí encontraba un mundo atractivo y diferente. 

El sitio en cuestión, ubicado en una inmensa casona de techos de vigas de madera y puntales muy altos, muy bien ventilada y conservada entonces a pesar de ser bastante añosa, era la sede del Ateneo de La Habana, en la calle 9 entre E y F, institución en la cual mi padre tenía como puesto adicional al de empleado público en el Ministerio de Hacienda, una plaza de Oficial de Secretaría, encargado de la organización de las oficinas de aquel silencioso y solemne templo cultural, donde devengaba un ingreso de sesenta pesos mensuales, que era una suma no despreciable en aquellos tiempos remotos, y que mi progenitor defendía con firmeza y disciplina para favorecer el presupuesto familiar.

Muchas veces, en años sucesivos, acompañé a mi padre a aquel gigantesco local, donde lo que más me llamó la atención en las primeras visitas fue el timbre de campana del Ateneo, algo realmente excepcional y que nunca he vuelto a ver en lugar alguno. Cual órgano de catedral, aquel timbre agrupaba detrás del portón principal de la entidad cultural, una cantidad no despreciable de tubos sonoros niquelados, que al ser accionado el botón del portal, emitían un sonido casi celestial. Solamente por escuchar aquello, valía la pena visitar el Ateneo de La Habana. 

Allí había también un amplio salón de actos  y conferencias, con cien lunetas de caoba, preciosas, barnizadas y cómodas, una mesa presidencial con varias butacas señoriales, dos bustos, uno de ellos de Enrique José Varona, y varios cuadros. Antecedían a este amplio local el zaguán y la sala de espera, con un piano de cola, varios sillones y un busto de Gertrudis Gómez de Avellaneda y otros cuadros. Después del salón de actos había cinco grandes habitaciones, algunas con libreros, estantes y más cuadros, bustos y estatuillas. En la quinta se encontraba el despacho del presidente del Ateneo, con varios sillones y un amplio escritorio, tras el cual pude ver varias veces a José María Chacón y Calvo, quien, en aquellos tiempos, era también vicepresidente de la Academia Nacional de Artes y Letras, de la cual era presidente entonces mi abuelo Miguel Ángel Carbonell Rivero. Ambos fueron grandes amigos durante largos años. 

Chacón, abogado y doctor en Filosofía y Letras, y también sexto conde de Casa Bayona,  hombre algo pasado de peso, era, además de casi un sabio, afable, de voz agradable y muy educado, y cargaba con estoicismo una difícil dolencia: padecía de la molesta gota. En una de mis visitas, él me habló con mucho afecto de algo que ya me habían contado mis padres, pero que me agradó que él también me lo comentara. Me dijo en aquella oportunidad que había sido un hermano de mi abuelo Miguel Ángel, mi tío abuelo José Manuel Carbonell, quien había concebido, a principios de 1902,  la idea de fundar el Ateneo, que tuvo las primeras reuniones fundacionales en la casa de mi bisabuelo Néstor Leonelo Carbonell, en Amistad 81, entre San José y Barcelona. Contados los hechos por Chacón y Calvo, reconozco que todo me pareció más importante. Tendría yo entonces diez o doce años. 

El Ateneo inauguró sus labores el 16 de mayo de 1902, en acto celebrado en el Centro de Veteranos, en Prado. Tuvo una larga existencia, pues dejó  de funcionar en febrero de 1972. Muchos años después pasé por la vieja casona sede de la entidad, sin que ese fuera el objetivo de mi andar por el lugar. Comprobé que allí ya no residía Jesús, el conserje que trabajó en el Ateneo y quedó viviendo con su familia en aquel gigantesco local después de desaparecer la entidad cultural. Sorprendido al ver que la casa era objeto en ese momento de un arreglo integral, pregunté a un obrero, quien me dijo que alguien había comprado el inmueble y lo estaba reparando para residir allí. Nunca más supe de ese sitio, del cual guardo gratos recuerdos de niñez.”

El Ateneo fue un foro de alta cultura republicana, donde se cruzaban las voces más influyentes del pensamiento cubano. Su prestigio se cimentó en la presencia de estas figuras, que lo convirtieron en un verdadero laboratorio de ideas y en un espacio de legitimación cultural. Pero no fue solo un centro dedicado a la promoción de las artes y las letras, también abrió su espacio a las ciencias naturales, la Historia, la Música y la Medicina. Fue un organismo difusor del conocimiento, que nucleó a las más importantes figuras de la cultura de la época, entre ellas Renée Méndez Capote, don Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Antonio González Lanuza, Jorge Mañach…,  y fue un espacio que, debido a la nutrida presencia de muy destacadas intelectuales femeninas de la época, dio voz a la mujer cubana como ningún otro centro cultural había hecho hasta el momento en la isla.

José María Chacón y Calvo, VI conde de Casa Bayona, promer Director del Ateneo y Vice Director de la Academia Nacional de Artes y Letras
Don Fernando Ortiz, etnólogo, el primer erudito que dedicó su vida a investigar la influencia de las culturas africanas en Cuba
José Lezama Lima, poeta, ensayista, novelista
Alejo Carpentier, novelista, musicólogo, periodista, autor de algunas de las novelas más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX
Jorge Mañach, filósofo, ensayista y periodista
Renée Méndez Capote, escritora y periodista

Tras el triunfo de la Revolución, otros proyectos y concepciones sobre la funcionalidad de los centros culturales se impusieron sobre los que habían regido durante el medio siglo de vida de la república, y otras generaciones de artistas y científicos estaban dando ya muestras de sus frutos.  No tardó en desaparecer el Ateneo. La resolución 621 del 5 de febrero de 1972, firmada por Antonio Núñez Jiménez, en calidad de presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, puso fin de forma oficial a más de medio siglo de labor.

Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, rescató el inmueble de sus ruinas en las calles Refugio y Prado, en La Habana Vieja. El escritor Antón Arruffat fue director de la renovada institución hasta su muerte. En 2018, en entrevista a IPS, declaró:

Quise marcar la diferencia del tiempo, lo que podemos llamar el tiempo histórico. Aquel era casi siempre verbal, de conferencias. Las actividades de hoy descansan en la proyección de conferencias, pues pido a quienes las ofrecen que sean un poco ilustradas, usando Power Point. Además, se usa el lenguaje que quiera utilizar el ponente, pues vienen personas jóvenes, graduados universitarios, extranjeros.

El Ateneo anterior no tenía cine ni teatro. Este tiene un mezzanine donde se proyectan películas. Recientemente hicimos una muestra de cine polaco… y sirve un poco de exposición de las nuevas tecnologías, aunque sin exagerar.

Pretendemos darle cabida a una serie de jóvenes que no están interesados en otras instituciones y buscan este tipo de espacios autónomos.

Hemos tenido aquí exposiciones de pintores de renombre, pero que no les interesa exponer en otros lugares. Somos una entidad autónoma, porque no hay una orientación estatal. A mí la Oficina del Historiador nunca me ha dicho qué hacer. Hasta ahora, he tenido esa libertad.

Enviamos invitación a las personas por correo o de manera personal, tanto si yo las conozco o algún amigo me las recomiendan porque no hacemos publicidad en la prensa.

Podría pensarse que el Ateneo es para personas del ámbito artístico-literario, pero muchos de los asistentes no pertenecen a ninguno de estos círculos. Digamos que es para un público heterogéneo, invitados y un grupo de personas que sienten curiosidad y solicitan venir.

La frecuencia de las actividades es de Una a la semana más o menos, a la cual asisten alrededor de 30 personas, a veces menos; otras más.

Hemos recibido apoyo no económico y colaboración de las embajadas polaca y noruega, así como de la universidad de Princeton, en Estados Unidos, que ha pagado el viaje y la estancia aquí a muchos de sus profesores. También tenemos contactos con jóvenes escritores mexicanos quienes han impartido conferencias.

Antón Arruffat falleció el 21 de mayo del 2023. Hay poca información sobre las actividades del Ateneo desde entonces, y es, sobre todo, gráfica, pero aún esta información, basada principalmente en fotos de actividades y en una cartelística que recrea el estilo de ilustración de las revistas y carteles republicanos, data de julio del 2025, y refleja la actividad no de un centro cultural abierto para todos, sino un centro de culto para un círculo cerrado, una especie de cenáculo secreto de difícil y muy selecto acceso. No encontré información posterior a esa fecha.

Quizá ello se deba al sesgo que Arruffat imprimió al local. Para dar una idea a los lectores de en qué consistió ese cambio tan transgresor, que pudiera conceptuarse como una aventura disruptora del espíritu cultural casi sagrado de aquella institución, muestro una serie de carteles que anuncian actividades festivas nocturnas, y parecen aludir a la presentación de una actriz y cantante de estilo drag queen llamada Salma de Armas, quien, aunque no puedo afirmarlo rotundamente, parece ser una estrella del mundo travesti.

Para quienes no conozcan el significado del término, Una drag queen es una persona —generalmente un hombre, aunque también puede ser alguien de otro género— que se viste y actúa de manera exagerada y teatral con ropa, maquillaje y gestos asociados culturalmente a lo femenino.

No es simplemente “travestirse”: el drag es un arte escénico que mezcla performance, sátira, música, baile y humor. Se juega con la exageración de estereotipos de género para crear un personaje llamativo, muchas veces con un nombre artístico propio.

En contextos como los carteles del Ateneo, una drag queen como Salma de Armas no solo canta, sino que encarna un personaje que convierte la noche en espectáculo por su vestuario llamativo (vestidos, pelucas, accesorios brillantes), su interpretación teatral (parodias, dramatización de canciones), y su interacción con el público (humor, improvisación, energía festiva).

Salma de Armas

En resumen, el drag es una forma de arte performático y culturalmente transgresor, que celebra la diversidad y la libertad de expresión. Quizá ello explique la forma en que Arruffat diseñó el acceso, solo por medio de invitaciones personales que él mismo enviaba, y que podía hacer extensivas a personas recomendadas por miembros conocidos y habituales del lugar.

Pero ese era el mundo nocturno del Ateneo de La Habana. Antes que anochezca –como diría el novelista cubano Reinaldo Arenas- tenían lugar allí actividades tales como conferencias, teatro y actividades con niños y jóvenes, aunque las imágenes que he encontrado no ofrecen mucha comprensión sobre estos últimos proyectos.

Los tiempos cambian, y con ellos el nivel de la cultura de un pueblo. A veces se eleva apuntando hacia las alturas, y a veces hace un movimiento a la inversa, pero estos cambios necesitan distancia histórica para ser debidamente evaluados, sin dolor por el pasado perdido, sin ira por el presente, sin prejuicios hasta donde el sentido común haga posible semejante objetividad. No pude reconocer ni un solo rostro entre las muchas fotos de grupo que fueron tomadas -a juzgar por las bebidas que sostienen en sus manos- durante las alegres actividades nocturnas del Ateneo, pero eso pone de manifiesto que las generaciones sustituyen siempre a las que les precedieron, porque esa es la inexorable dirección en que se mueve la flecha del tiempo. ¿Para mejor, para peor…?

El mañana dirá…

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El Malecón y la pesca artesanal: un puerto popular desde la colonia hasta la República*

La Habana, urbe costera, ya nació como puerto de mar. Desde los primeros tiempos de la colonia, el mar no solo fue frontera y defensa, sino también la principal autopista comercial, fuente de alimentos y un espacio de trabajo vital. Los permisos otorgados por la Corona española para faenar en el Golfo de México, incluso en régimen compartido con pescadores de la Nueva España (entonces Virreinato de México), muestran que la pesca era reconocida como actividad económica sustancial, regulada por la Casa de Contratación y los cabildos, pero indispensable para la subsistencia de la población capitalina. Esa tradición se prolongó y transformó en la República, en especial entre las décadas de 1920 y 1950, cuando el Malecón se convirtió en un puerto menor, paralelo al gran puerto comercial de La Habana y la Bahía, donde cientos de botecitos artesanales daban vida a la ciudad y teñían de sal y color su fachada marítima.

En las décadas de 1930 a 1970, el Malecón habanero amanecía lleno de pequeñas embarcaciones. Algunas, como el precioso y verde Bernabela —quizás un yate de pesca algo más grande o un bote bien mantenido—, que encantaba a mi hijita de dos años, estaban en buen estado, cuidadas con esmero y a menudo pintadas de vivos colores; otras eran frágiles, destartaladas, construidas con maderas recuperadas y calafateadas con brea, pero igual se hacían a la mar desafiando las corrientes del Golfo. Sus dueños eran pescadores artesanales, hombres de barrios costeros como Regla, Guanabacoa, Casablanca, Centro Habana y el Vedado. No eran empresarios ni compañías: eran familias que heredaban el oficio, vecinos que dependían de la venta directa de pescado fresco para alimentar a sus hijos con la ganancia y el pescado mismo.

No sé de qué año es esta foto ni quiénes las personas que aparecen en ella, pero más o menos, con más botes, se veía el Malecón allá por 1988, cuando mi hijita se enamoró del botecito Bernabela. Seguro que así mismo nos veíamos ella y yo en aquel entonces, aunque ella era de solo dos o tres años

La rutina era clara y exigente: salir de madrugada, entre las tres y las cinco de la mañana, cuando el mar estaba más tranquilo y los peces se acercaban a la superficie para alimentarse. El regreso, al amanecer, era un espectáculo social. No solo traían  cherna, pargo y emperador —especies abundantes en nuestras costas y en la plataforma insular, a pocas millas de la costa—, sino también historias de la mar, de encuentros con careyes o de la mar picada. El espectáculo era cotidiano: hombres descargando canastas de mimbre o cajas de madera, mujeres negociando precios con voz firme, niños correteando entre las tarimas improvisadas y las embarcaciones varadas en la arena o amarradas a las mismas rocas del Malecón.

Los pescadores usaban herramientas simples pero eficaces, heredadas de los indígenas taínos —como ciertas técnicas de pesca con nasas— y adaptadas por los colonizadores andaluces y canarios: Redes de enmalle (trasmallos) para capturar pargos y chernas, colocándolas estratégicamente cerca de los arrecifes coralinos. Nasas para peces de fondo y crustáceos como las langostas, cangrejos y camarones, construidas con varas de guayaba o alambre, que se dejaban reposar en zonas rocosas. Cordeles y palangres con múltiples anzuelos, que permitían capturas mayores en poco tiempo, calados al amanecer o al atardecer. Atarrayas lanzadas a mano, ideales para sardinas y especies pequeñas que servirían de carnada viva.

Los pescadores,por tradición, tejían sus propias redes
Esta técnica, el palangre, me parece más abominable que las demás, porque pone de manifiesto la terrible inocencia de los peces y la maldad de los pescadores.

Cada arte respondía a una estrategia: la atarraya para proveer la carnada, el trasmallo para peces de arrecife, el palangre para especies de fondo como el mero o el cherna. Era un conocimiento transmitido de generación en generación, un saber práctico que vinculaba al hombre con el mar, sus ciclos, sus lunas y sus corrientes. No existían manuales; el aprendizaje se daba en la propia embarcación, desde niño, observando al padre o al abuelo.

La faena no terminaba en el Malecón. Desde allí, el pescado fresco iniciaba un periplo que terminaba en la mesa habanera. Parte de la captura se subastaba o vendía directamente en la misma orilla a marchantes y vecinos madrugadores. Sin embargo, el grueso llegaba a las plazas principales: la Plaza del Vapor (un mercado emblemático en la intersección de las calles Monte y Egido, destruido en 1940 para construir el Paseo de Martí), la Plaza de la Catedral —que en aquella época no era el enclave turístico de hoy, sino un activo mercado—, y otros mercados como el de la Plaza de Colón o la Plaza de la Zanja, donde se levantaban tarimas de madera y mesas de mármol.

Vista dela Plaza del Vapor en tiempos de la colonia
Botes de pesca en la Plaza del Vapor

Algunos pescadores vendían directamente, pregonando su mercancía; otros la entregaban a intermediarios que distribuían en bodegas, fondas y restaurantes de la ciudad. La escritora Évora Tamayo, viuda del escritor Oscar Hurtado, me contó que su suegro vendía pescado desde el amanecer en una plaza céntrica, probablemente El Vapor, muy concurrida en la época y punto de encuentro de amas de casa, cocineros y curiosos, mientras el adolescente Oscar descamaba los peces con un cepillo de cerdas de alambre.

De Oscar Hurtado, muerto en 1977, dijo otro escritor, Manuel Díaz Martínez: «“Hijo de pescador, nieto de vampiro, biógrafo de Sherlock Holmes, fantasma lunar, historiador de Marte, tripulante de Cobadonga, fabulador del Prado y cosmonauta en tierra (…) Tuvo un ídolo: Martí; un símbolo: La seiba; un propósito: saber.” Hurtado se convirtió en el padre de la ciencia ficción cubana. Sus conocimientos eran tan vastos, que no puedo menos que pensar que se los trasmitieron los peces.

En los barrios periféricos, como Santos Suárez, El Cerro o La Víbora, los vendedores ambulantes —muchos de origen canario, conocidos popularmente como «guanches» por su procedencia de las Islas Canarias— recorrían las calles con grandes canastas [de mimbre forradas con hojas de plátano para mantener el fresco]. Tres veces por semana aparecía el “guanche apuesto” con su canasta sobre la cabeza y su pregón característico. Cargado de cherna, pargo y emperador, ofrecía lo mejor del mar a familias que lo esperaban como parte de la rutina doméstica. Mi abuela era una de esas amas de casa amables y sonrientes que lo esperaba, clienta fiel, mientras él le traía las mejores piezas que, sabía, le gustaban a la niña de la casa, que era yo. Era un vínculo humano y directo: el mar llegaba a la mesa sin intermediarios lejanos, envuelto en la confianza y la palabra del vendedor que conocía a sus clientes por el nombre. Mi abuela, gallega agradecida, le pagaba no solo con dinero, sino con una humeante y olorosa taza de café siempre lista para él.

Desde los tiempos de la colonia, figuras como los «pescadores de la costa» eran comunes en los registros parroquiales y notariales de la Habana del siglo XVIII y XIX. Esa continuidad histórica muestra que la pesca artesanal no era un accidente de la República, sino una tradición arraigada, parte de la identidad habanera y de su economía popular, que sobrevivió siglos a guerras y cambios de gobierno.

El Malecón, vitrina de modernidad y símbolo urbano de la creciente clase media y el turismo, era también un espacio de marcada fragilidad social. Los botecitos reflejaban la precariedad de la economía popular, y la venta directa mostraba la dependencia inmediata de la población de los ciclos del mar.

Pero si fascinante era la pesca en nuestra costa norte habanera, aún más interesante me pareció cuando, de muy niña, mis padres me llevaron a una casa amiga en Batabanó -antes parte de La Habana y hoy de Mayabeque- donde esa noche, con muchas estrellas en el cielo limpio, en un barco pesquero de verdad, sucísimo en cubierta y también dentro y oloroso a restos pútridos, sobre una mesa de roble basto y bajo una bombilla negra de moscas, tuve la inolvidable experiencia de comer pargo asado al carbón, mientras el capitán, tocado con su manchada gorra blanca y de pie junto a mis padres, me preguntaba si me gustaba su pescado. Confieso que, casi  setenta años después, aún lo recuerdo como el más sabroso que comí en mi vida.

Esa otra Habana, la del sur profundo y el Golfo de Batabanó, completaba el círculo. Mientras el Malecón norte era la vitrina, Batabanó era la despensa, el puerto de enlace con la Isla de Pinos y los bancos de esponjas que pescaban los inmigrantes mallorquines. Una misma cultura del mar, con dos orillas.

Vista del surgidero de Batabanó, La Habana, Cuba in August, 1962. (Photo by Alan Oxley/Getty Images)

Uno de tantos domingos en que llevaba a mi hija al Malecón y a los pueblitos habaneros de Regla y Casablanca, Bernabela ya no flotaba  sobre  las aguas, y con el bote que ella tanto amaba, desaparecieron todos, los lindos y los rotosos, y nunca volvieron. Bandada inmensa de gaviotas, volaron tan lejos que perdieron el camino de regreso al nido. Se esfumaron la tradición de los botecitos del Malecón, la venta directa del pescado en plazas, el pregón callejero del vendedor ambulante que llegaba con su canasta a las casas. Y El Malecón, como espacio de trabajo vivo, se desvaneció para siempre. Los botes y sus pobres navegantes fueron sustituidos por gente sentada que miraba el mar abrazada a sus rodillas, o se daba largos besos de amor bajo el sol inclemente o la luna artificial de las farolas.

La historia republicana, con sus luces y sombras, es una triste canción que nos recuerda cómo la vitalidad de la pesca artesanal era parte del tejido urbano y humano de La Habana. Esa vitalidad, aún sigue resonando en la memoria de quienes la vivimos y en las imágenes que nos legaron los fotógrafos de la época, como fantasmas que regalaba el complaciente mar a la ciudad más consentida de El Caribe.


*Como siempre, por elemental ética periodística, me gusta recordar a los lectores que no tengo cámara profesional, por lo que necesito tomar imágenes de Internet. A veces puedo hacer alguna foto con mi móvil, pero en este post todas las imágenes son tomadas del mundo digital. Además, veo que en el post publicado el espacio entre párrafos es desigual, pero no está así en la edición de la página en mi blog. Lo siento, porque afea el resultado.

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El alma metálica del café habanero: la manga, el armazón y la llegada de las cafeteras a La Habana

Tengo entre los recuerdos más vivos de mi infancia el de mi abuela paterna, la gallega Hilda, colando café en la diminuta cocinita de su apartamento en Luyanó para beberlo en familia u ofrecerlo a alguna visita, ya fuera alguien importante o el canario vendedor de pescado que pasaba tres veces a la semana, mientras yo miraba como hipnotizada  el agua hirviendo que ella vertía en un cono de tela, y salía por la punta transformada en un líquido espeso, de olor riquísimo, que los niños no podían tomar.

Me pregunté qué se bebía en La Habana colonial antes de que apareciera el café y cómo llegó a la isla.

Antes de su irrupción, los habaneros bebían sobre todo chocolate espeso, preparado con cacao local, azúcar y especias. El chocolate era considerado un alimento energético y elegante, símbolo de prestigio en las grandes casas coloniales. En las mañanas, sectores populares recurrían al aguardiente o al ron ligero como revulsivo para iniciar la jornada. También se consumían infusiones de hierbas locales, como yerba buena, tilo y manzanilla, usadas tanto como remedio como bebida cotidiana, lo mismo que hoy. En los hogares humildes, los atoles de maíz o leche eran parte del desayuno, nutritivos y accesibles. El mate y el té llegaron por influencia sudamericana y europea, pero nunca alcanzaron gran popularidad en La Habana. Así, el chocolate reinaba como bebida caliente por excelencia en la capital antes de la llegada del café.

Pero antes de que las cafeteras espresso y las moka italianas brillaran como bellas entre las bellas, existió ese ritual más pausado, más doméstico y profundamente arraigado en la cubanía: el del café colado. Este método, que para muchos es la esencia misma del sabor de la tarde, no podría entenderse sin un protagonista de metal que sostenía la tradición: el armazón metálico de la manga de café.

La preparación del café era un acto casi artesanal que comenzaba con el grano tostado y molido en casa, muchas veces en un pilón. El rito continuaba con una pieza icónica: la manga. Esta no era más que un cono de tela, generalmente de algodón o lino, que hacía las veces de filtro. Sin embargo, este frágil tejido necesitaba un soporte, un esqueleto que le diera forma y permitiera verter el agua caliente sobre el polvo sin contratiempos. Ahí es donde entraba el armazón metálico.

En La Habana, este soporte era una pieza de ingeniería doméstica sencilla pero eficaz. Se trataba de una estructura, generalmente de alambre grueso o metal enlozado, compuesta por una argolla superior —del tamaño justo para sujetar el borde de la manga— y un soporte lateral que la unía a una base circular o de tres patas, diseñada para descansar sobre la taza o la jarra . En muchos hogares habaneros, estas argollas no venían solas, sino que formaban parte de un soporte más complejo que incluía un mango de madera o una base de metal con espacio para colocar la taza, evitando así que el usuario tuviera que sostener el peso del agua caliente. El metal, muchas veces aluminio o hierro, otorgaba la estabilidad necesaria y era un elemento recurrente en las cocinas de los barrios de Centro Habana, El Cerro o La Víbora durante buena parte del siglo XX.

Pero, ¿cuándo apareció este método en la capital y quién lo introdujo? La costumbre de filtrar el café con un paño no es un invento cubano, sino un legado de la historia global del café que llegó a la isla con los flujos migratorios y comerciales. Se cree que el proceso de colar el café utilizando un filtro de tela se popularizó en Europa, específicamente en Italia, desde donde se difundió a toda Europa y luego llegó a América con los conquistadores y, posteriormente, con las oleadas de inmigrantes, y en el caso de Cuba, en especial los franceses que huían de la revolución de Haití. La llegada masiva de colonos españoles e italianos a finales del siglo XIX y principios del XX consolidó la cultura cafetera. Las familias habaneras adoptaron rápidamente la manga y su armazón metálico como el método estándar para hacer café, un utensilio tan valioso que, según testimonios de la época, en casa de cualquier cubano, cuando llegaba una visita, » se montaba rápidamente esta coladera» para ofrecer un cafecito.

El armazón metálico no era un mero soporte; era un mueble más de la cocina. En muchos casos, estos armazones se fabricaban de manera artesanal por hojalateros o herreros locales, lo que explica la diversidad de diseños que podían encontrarse en La Habana. Algunos eran simples aros de alambre que colgaban de un clavo, mientras que otros eran estructuras más elaboradas, con bases de madera torneada o metal esmaltado, reflejando el estatus y el gusto de la familia. El sonido del chorro de agua caliente cayendo sobre el café molido dentro de la manga, y el aroma que impregnaba la casa, eran el despertador natural de muchas generaciones de habaneros .

Sin embargo, el reinado indiscutible de la manga comenzó a tambalearse con la aparición de un nuevo artefacto en las tiendas de la capital: la cafetera. Las primeras cafeteras en llegar a La Habana no fueron las de filtro de papel, sino las que hoy conocemos como «greca» o cafetera italiana. La más famosa de todas, la Moka Express, fue inventada por el ingeniero italiano Alfonso Bialetti en 1933. Este ingenioso sistema de aluminio, que utilizaba la presión del vapor para hacer pasar el agua a través del café, supuso una revolución. Aunque no fue concebida en Cuba, la Moka llegó temprano a las cocinas de la isla, integrándose de manera tan profunda en la tradición que muchos llegaron a creer que era un invento cubano.

La introducción de estas primeras cafeteras en La Habana se aceleró en las décadas de 1940 y 1950, coincidiendo con el auge económico y la modernización de los hogares habaneros. Marcas como «Cafeteras Nacional», una industria cubana que nació en los primeros años del siglo XX, ya fabricaban modelos locales, compitiendo con las importaciones italianas y demostrando que la capital era un mercado ávido de innovación para el ritual cafetero. A pesar de la novedad, la transición no fue inmediata ni total. Durante muchos años, la manga y la cafetera convivieron en las cocinas: la cafetera italiana para el día a día, por su rapidez, y la manga para los fines de semana o para aquellos que defendían que el verdadero sabor del café cubano solo se lograba con el viejo método de tela.

El colador de tela y su resistente armazón metálico no desaparecieron por completo. Incluso en la década de 1990, era posible encontrar en casas de La Habana mangas con décadas de antigüedad, testigos mudos de la historia familiar, que aún se utilizaban para preparar un café que muchos recordaban como delicioso e inigualable. Hoy, aunque la cafetera moka —llamada genéricamente «cafetera» por todos— es la reina indiscutible de la cocina cubana, la memoria de la manga de tela con su armazón de metal perdura como el símbolo de una época donde el café se hacía con más pausa, con más arte y con un objeto que, en su sencillez metálica, contenía el alma de la hospitalidad habanera.

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QUEMA DE BASUREROS EN LA HABANA. NECESIDAD Y CONSECUENCIAS

por Gina Picart

NOTA: He dicho en repetidas ocasiones que no tengo cámara. Las imágenes que reposteo en mis artículos no son mías en su inmensa mayoría, sino tomadas de internet, de donde las encuentro, y no me atribuyo jamás la autoría de ninguna. Hay fotos tomadas de Cubadebate, OnCuba, Tribuna de La Habana y otros sitios debidamente verificados. Quede claro.

Puede que yo, una periodista con largos años de experiencia profesional, y tan mortificada como cualquier capitalino por la proliferación de basureros en La Habana, nunca haya escrito sobre el tema. Mi territorio editorial asignado es la historia cultural en La Habana colonial y republicana, (aunque antes fuera la cultura universal y el arte en todas sus manifestaciones).

Pero llegó el momento en que algunas cosas tienen que ser dichas, y llega con fuego.

Porque, además de la proliferación de vectores transmisores de plagas -en ocasiones incapacitantes y hasta letales-, ha surgido otra situación tanto o más peligrosa, con consecuencias graves a corto, mediano y largo plazo: la quema indiscriminada de basurales en la capital cubana.

En mi criterio, el hecho de si la iniciativa proviene de una población contra las cuerdas o se ha tratado de una autorización oficial, pasa a segundo plano ante las consecuencias catastróficas de los resultados del procedimiento. Aunque…

El problema se agrava cuando la quema de basura no es solo una acción individual, sino una práctica que, según denuncian, ocurre incluso en instalaciones estatales. Un ciudadano que reside en la zona de Palatino y Vía Blanca relata: “No solo es la gente dándole candela a los basureros de las esquinas, la propia dirección de comunales aquí en Palatino y Vía Blanca está quemando la basura de los camiones ahí mismo. Ayer incluso se les salió de control y hasta los bomberos vinieron”. (Tomado de Cubadebate, 20 de febrero de 2026)

Plenamente consciente de la situación crítica por la que atraviesa el país, y la urgentísima necesidad de suprimir los vertederos, removiéndolos a lugares de colectación para facilitar su eliminación, hay, sin embargo, que considerar ciertos aspectos que, posiblemente, no hayan sido tomados en cuenta o ya escaparon de las manos de quienes  inicialmente implementaron esa solución, emergente y necesaria no solo para proteger la salud de la población, sino para cuidar un poco la imagen de una capital declarada, pocos años ha, Ciudad Maravilla, lo cual funciona como un efecto llamada muy poderoso para el turismo, del cual la basura es un gran enemigo.

Primer aspecto.

Todo basurero con carácter permanente, aliado o no con los inmortales salideros -con los que convive la ciudadanía- desde hace décadas, termina generando aguas negras por la descomposición de sus desechos o el derrame de fosas, aceleradas por las lluvias, el calor y la humedad ambiente, entre otros factores climatológicos. Las aguas negras son criaderos de bacterias y de algunas especies de mosquitos, aunque aún se discute si lo son del Aedes Aegipty. Y dado el mal estado del asfalto y el alcantarillado en muchas partes de la ciudad, esas aguas, infectas y pútridas, pueden infiltrar el manto freático y contaminar las aguas potables, a través de las cuales se difunden epidemias como la hepatitis A y otras bacterias perniciosas para la salud.

Uno de tantos salideros cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos…
Así, con pasaje en primera clase, viaja la hepatitis A
Y así…
Y así…
Y así…

Los basureros son fuente de catástrofes, de acuerdo, pero analicemos: en los basureros… ¿qué se vierte? De todo: restos de alimentos, animales muertos, escombros entre los que la madera suele estar bastante presente, partes de equipos…La lista es enorme.

Los restos de alimentos y cadáveres animales en descomposición, sumados a buena cantidad de excrementos y otras materias, atraen moscas, mosquitos y cucarachas. Durante la quema, el calor y las humaredas ponen en fuga a los vectores sobrevivientes, que huyen frenéticamente hacia… las viviendas, comercios, hospitales cercanos, centros de elaboración de alimentos, guarderías infantiles, etc., donde encuentran refugio seguro y cómodo, y  pueden disparar, sin mayores obstáculos, sus siempre actualizadas baterías de gérmenes.

No puedo explicar esto porque no lo entiendo
¿A dónde van esos cuerpos sin vida de callejeritos infelices o de quienes alguna vez fueron familia en un hogar que ya no existe?
Y estos…
Y cuando el padrino le haya quitado la sal de encima a algún ahijado, cuál será el final de este cuerpo desplumado…?

Segundo aspecto

Y bastante tenebroso de la quema de basureros, es el humo, que daña a quienes padecen enfermedades pulmonares obstructivas crónicas (EPOC), como asma, enfisema, bronquitis crónica, e insuficiencias respiratorias a la que se suman las muy severas cardiopatías, pues la ciencia demostró desde hace mucho que corazón y pulmones trabajan siempre en equipo, para decirlo de una manera sencilla. La situación de estos enfermos se torna aún más comprometida porque no siempre hay acceso en farmacias a los sprays de Salbutamol, y en los policlínicos, en ocasiones, no hay boquillas o falta el aerosol, y no todos los pacientes resisten otros medicamentos broncodilatadores intravenosos como la Aminofilina y los esteroides, en caso de haber disponibilidad de estos. Las crisis se repiten cada vez con mayor frecuencia y severidad, empeorando la condición de organismos ya dañados.

La quema sustituye el basurero por un montículo de cenizas, pero propaga a sus peligrosísimos moradores entre una ciudadanía que no puede, en su totalidad, protegerse con mosquiteros, porque no se encuentran a la venta a precios asequibles para todos los bolsillos, ni con ventiladores, que por largas horas no funcionan debido a los cortes de electricidad. Tenemos una ciudadanía indefensa ante esos ataques casi invisibles, pero con efectos devastadores.

La quema de basura en Puentes Grandes

Tosen. Hay trapos para cubrir las ventanas y la salida al patio. Tosen. El aire quema en la garganta y tose la madre y tose el padre y tosen ambas hijas de Yenisleidy. Todos tienen afecciones respiratorias desde que comenzó el humo.

Fausto está a punto de echar abajo el techo de guano del vara en tierra donde guarda la comida de sus animales. Tiene miedo cuando las explosiones del fuego lo despiertan de madrugada, la basura se quema a menos de cinco metros de su casa.

Maria del Carmen lleva un blíster de loratadina en la cartera y sin él ya no puede salir a la calle, es alérgica y dice que desde hace muchos años no le ardían tanto los ojos.

Lo mismo sucede con Miguel y su esposa Hilda, él tiene un enfisema pulmonar y ella una bronquiectasia. Sus ojos permanecen irritados, piden salud.

A Osmar lo despierta el mal olor mientras hace guardia nocturna en uno de los locales del Sistema de Atención a la Familia. Alfredo pone frazadas tras la puerta de su balcón para que no entre el humo. A Luis unas moscas negras más grandes de lo normal le han invadido la casa.

Todos viven cerca del nuevo vertedero del barrio de Puentes Grandes en el que desde hace 3 días arde la basura. En este instante ninguno de ellos puede respirar, el humo continua. Se ahogan. Tosen. (TOMADO TEXTUALMENTE DEL SITIO NATURALEZA SECRETA)

Tercer aspecto

Invisible por causa de la ignorancia, pero no por eso menos presente y letal, está en los metales pesados y materiales altamente tóxicos e inflamables que se acumulan en los basureros.

La quema de maderas, corcho y plásticos que liberan dioxinas, furanos, plomo, mercurio y monóxido de carbono, provoca la aparición de mareos, náuseas, dolores de cabeza y dificultad para respirar. En inhalación prolongada puede causar cáncer, problemas cardíacos y daños neurológicos. Esos gases tóxicos permanecen en la atmósfera, las lluvias arrastran las cenizas y residuos químicos y los deposita en los terrenos, donde pueden filtrarse a fuentes de agua, afectar el ecosistema y alterar cadenas alimentarias.

Los peligros de la madera son harto conocidos en la Historia por incendios que arrasaron ciudades enteras, no dedico espacio a comentarlos.

¿Los metales pesados? ¡Sí!, están entre la basura en forma de desechos de pinturas que, por lo general, contienen plomo, y esta periodista, muchos años operaria en una imprenta entre chivaletes, linotipos y tintas con alto contenido de plomo, conoce muy bien, por desgracia, las consecuencias inmediatas y secuelas de por vida que deja ese metal en seres vivos, en cualquiera de sus formas.

Se botan lámparas fluorescentes en desuso, residuos médicos, pilas y baterías gastadas, pesticidas, químicos de uso doméstico, residuos industriales, cartón, papeles, alcoholes y mucho más. Todo eso contiene plomo, mercurio, cadmio, arsénico, cromo y otros metales pesados, más sustancias altamente inflamables, cuyas consecuencias para la salud, inhaladas, tópicas o consumidas en aguas y alimentos, causan daños neurológicos, retraso infantil, daño renal, fragilidad ósea, cánceres de piel, pulmón, vejiga, tipos de bocio y otras patologías muy específicas, como se ha comprobado en áreas cercanas a minas, donde la población padece ciertas patologías endémicas por estar en contacto con metales pesados. Ejemplos nacionales tenemos en Moa y Holguín.  No podemos hacer que no los vemos.   

Vertimiento de escombros. Basureros. Foto: Otmaro Rodríguez

Se ha afirmado en medios de prensa oficiales que la basura es llevada a vertederos comunitarios para ser eliminada, y es más fácil recogerla ya incinerada, pero ¿se ha estudiado con la debida atención el enclave de estos vertederos? Vecinos del Cínico de 26 se quejan de que una quema se efectúa a pocos metros del hospital. Vecinos de otras zonas advierten que el fuego ocurre peligrosamente cerca de cables del tendido eléctrico que están pelados…

En puntos específicos de la ciudad, como la ciclovía entre el Hospital Clínico de 26 y el Camino a La Polar, se ha formado un vertedero improvisado donde queman desechos durante la noche, justo en medio del bosque de La Habana.

La sequía imperante aumenta el riesgo de que el fuego se propague, mientras el humo invade las viviendas cercanas durante horas. “Espero que esa no sea la solución creativa para este problema”, cuestiona otro lector. (Tomado de Cubadebate, 20 de febrero de 2026)

También se ha afirmado que funcionarios y especialistas supervisan estas quemas, pero los vecinos del área súper poblada de Calzada de Luyanó niegan estas presencias, aunque hablan de mujeres con pulóveres blancos que ostentan letreros de instituciones municipales, quienes llegan cuando la quema terminó, y toman fotos.  ¿Verdad o fantasía? No las he visto, pero muchos ciudadanos aseguran que la gente quema lo que quiere, cuándo, dónde y cómo quiere, poniendo incluso en riesgo la caseta de venta de periódicos que queda a pocos pasos del basurero de Calzada y Teresa Blanco, y las carretillas que proveen de viandas y vegetales a la población aledaña.

En caso de que haya sido habilitado un basurero municipal en Diez de Octubre, ¿por qué esta periodista ve casi todos los días arder basura a lo largo de la mencionada Calzada sin supervisión alguna, incendiada por la voluntariedad irresponsable de vecinos desconocedores, pero necesitados desesperadamente de deshacerse de su basura personal, como también lo hacen pequeñas industrias, tiendas y mipymes de la zona?

¿Soluciones? Sería inmoral exigirlas al periodista, cuyo deber, en este caso concreto, es señalar todos los peligros presentes en la quema indiscriminada de basura en condiciones inapropiadas, y sin el debido control y conocimiento de daños y consecuencias, pero no tiene poder para ir más lejos.

También le corresponde al periodista recordar, a quienes sí tienen medios para implementar soluciones mejor planificadas, que de ninguna manera se puede proceder a la quema de basureros en áreas urbanas de una ciudad que ya no es La Habana colonial, sino una urbe comercial y turística con más de dos millones   de habitantes, porque es una solución emergente contra las plagas, sí, pero al hacerlo se desata un infierno contra la salud humana y animal, contra los vulnerables, contra la agricultura, contra el medio ambiente.

La solución no está en manos de las víctimas, sino en las de aquellas instituciones sobre las que recae la enorme responsabilidad de encontrar una solución para eliminarla que no dañe más de lo que salva. Del mal, el menor, como aconseja, en su inmensa sabiduría, nuestro invicto refranero español.

EL FIN… JUSTIFICA.. LOS…FUEDIOS..?

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