La carta más amenazante y vejatoria

Óleo del pintor ruso Ilya Repin

Acabo de leer en el sitio de Cubadebate una convocatoria para premiar a quien mejor respondiera un discurso del presidente norteamericano Donald Trump contra nuestro país. Miré el foro y encontré respuestas simpáticas y otras muy serias, pero alguien invitaba a los foristas a consultar en el sitio https://historiasdelahistoria.com/2012/06/18/la-carta-mas-amenazante-y-vejatoria, un post del mismo título firmado por Javier Sanz  y publicado el 18 junio 2012, donde, decía, podríamos ver la respuesta de unos cosacos rusos a la intimidante misiva de un sultán turco. Mis conocimientos sobre los desmanes del imperio turco en la Rus son poco profundos, así que decidí aceptar la invitación a pesar de las advertencias de otro forista, quien asegura que sobre el hecho solo existe un cuadro del famoso pintor ruso Ilyá Repin*, donde el artista recrea el momento en que los cosacos dictan a un escribano su contestación al tirano, pero que la carta jamás ha sido hallada y todo se trata, al parecer, de un bulo.

Yo no sé si es un bulo o una verdad como un templo, pero lo que escriben los cosacos es tan increíblemente simpático, demuestra tanta osadía, tanto valor, tanta hibrys guerrera, que no puedo resistirme a la tentación de reproducir aquí ese post. En realidad, me pican los dedos por hacerlo. Además, quiero dejar bien claro que si yo decidiera participar en ese concurso de Cubadebate (detesto los concursos y no lo haré), mi respuesta a Donald Trump —a quien no creo loco, sino el psicópata más siniestro y el político más nefasto de nuestros días— lo haría reescribiendo la carta de los cosacos al sultán turco, pero sustituyendo un par de nombres. Aquí va, y espero que arranque carcajadas a muchos lectores, como me ocurrió a mí, lo que sería muy bueno en momentos como los que vive el planeta, en que tanta gente llora y tanta gente (yo entre ellos) está en pánico.

Durante los siglos XVI y XVII los cosacos de Zaporozhia, establecidos en la zona centro y sur de la actual Ucrania, se vieron acorralados por tres poderosos imperios: el Otomano, el Ruso y la Mancomunidad de Polonia y Lituania. Sólo con una estudiada política de alianzas con unos u otros, dependiendo de la situación, y su poderío militar apoyado en expertos jinetes, maestros en el manejo del sable y mosquete y una perfecta organización, consiguieron mantener su independencia.

En 1676, y tras sufrir varias derrotas a manos de los cosacos, Mehmed IV, sultán del imperio Otomano, decidió enviarles una carta conminándolos a someterse:

Como Sultán, hijo de Mahoma; hermano del Sol y de la Luna; nieto y virrey de Dios, gobernante de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén, Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, rey de reyes, extraordinario caballero, nunca derrotado; guardián de la tumba de Jesucristo, delegado del poder divino, esperanza de los musulmanes, gran defensor de los cristianos. Os ordeno, cosacos zaporogos, someterse a mí, voluntariamente sin resistencia alguna, y cesar en vuestros ataques.

La respuesta de los cosacos no se hizo esperar y contestaron frase por frase mofándose de todos sus títulos y virtudes:

¡Cosacos zaporogos al Sultán turco!
Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo? El demonio caga y tu ejército lo come. Jamás podrás, hijo de perra, hacer presos a hijos cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete.
¡Despojo babilónico, loco macedónico, cervecero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del Alto y Bajo Egipto, cerdo armenio, ladrón de Podolia, catamita tártaro, verdugo de Kamyanets, tonto de todo el mundo y el submundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, folla a tu propia madre!
¡Por esto los zaporogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de cristianos. Concluimos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, así que bésanos el culo!

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*Iliá Yefímovich Repin (1844-1930), fue un destacado pintor y escultor ruso de origen ucraniano del movimiento artístico de los Itinerantes. Sus obras, enmarcadas en el realismo, contienen a menudo una gran profundidad psicológica y exhiben las tensiones del orden social existente. Una de las pinturas más complejas de Repin, Cosacos zaporogos escribiendo una carta al Sultán (Mehmed IV) ocupó al artista durante muchos años y, en gran medida, es fruto de una concienzuda investigación llevada a cabo conjuntamente con el historiador Dmytró Yavornitski, que incluyó numerosos viajes a la región que habitaban los cosacos de Zaporozhia. Repin concibió esta obra como un estudio en clave de humor, pero también pensaba que recogía el ideal de libertad, igualdad y fraternidad; en pocas palabras, el republicanismo de los cosacos ucranianos. Comenzó este cuadro en 1880 y no lo completó hasta 1891. Irónicamente fue adquirido de forma inmediata por el zar, quien pagó por él treinta y cinco mil rublos (una cantidad desorbitada en aquella época). Otra versión de este cuadro realizada entre los años 1889 y 1896 se conserva en el Museo de Bellas Artes de Járkov. Además, Repin pintó dos esbozos al óleo para este cuadro: uno se encuentra en la Galería Tretiakov y el otro, en el Museo Nacional de Arte de Bielorrusia, en Minsk. (Tomado de Wikipedia)

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PENSANDO SIEMPRE A CASAL

El lanzamiento del Epistolario de Julián del Casal, compilado por Leonardo Sarría, es un acontecimiento “joyoso”, como diría Martí, en el panorama cultural cubano e hispanoamericano. No solo están en las 450 páginas del libro las cartas del poeta a sus amigos, parientes y grandes escritores extranjeros a quienes admiró, sino también las de sus afecciones más íntimas, y testimonios sobre su vida y sobre su muerte que para el estudioso resultan invaluables y llegan, ahora, de un modo poco doloroso a manos de los interesados, y digo poco doloroso porque yo misma he suspirado durante tantos años de pensar a Casal por no tener acceso a estos materiales. Me ha dolido mucho no tenerlos.

No veo sentido a repetir lo que en artículos excelentes ya se ha dicho en estos días con motivo del lanzamiento del libro. Dos, en especial, me han parecido magníficos:  Fe de cartas, de Norberto Codina, publicado en la revista cultural habanera La Jiribilla, y Una “sombra terrible”: enfermedad y muerte o lo no dicho en la correspondencia de Julián del Casal, de Adriana Kanzepolsky, Universidad de São Paulo, Brasil. Otros, como el de Cira Romero publicado en el diario Juventud Rebelde, no pasan de ser desangeladas reseñas de una pobreza que entristece.

Yo, que aún no poseo ese ansiado libro, tengo que agradecer a estos dos artículos un cúmulo de información que no tenía, como por ejemplo los detalles del entierro de Casal. Un príncipe de los poetas como él no merecía menos, pero es casi un sarcasmo el contraste de este sepelio tan lujoso con la vida estrechita y pobrísima que padeció el enfermo en su azotea, rodeado de sus fetiches incomprensibles, incluso, para sus íntimos, ganando calderilla por la publicación de sus libros y teniendo que acudir con su tuberculosis, a veces de noche y bajo la inclemente lluvia tropical, a cubrir algún evento social o cultural para cumplir con sus empleos de cronista que no le daban ni para comer.

Por mi parte hoy quiero hacer algo diferente: quiero pensar a Casal una vez más desde él y desde mí. Ya escribí dos ensayos breves sobre él, pero ahora quiero enfocarme en otra cosa: el perpetuo estado de anhedonia en que lo tenía sumergido el medio social donde le tocó vivir, por su falta de espiritualidad y de capacidad para apreciar las sublimidades de la Belleza. ¿Existe una aristocracia del espíritu, con su correspondiente aristocracia del estilo…? La sola proposición del tema suscita, lo he comprobado por mí misma, el enojo masivo y brutal de lo que Darío llamara en carta a Casal “las medianías”. No dudo que la expansión del mundo editorial cubano posterior a 1959 le habría asegurado los editores que tanto deseó y apenas tuvo, presentaciones de libros, acaso ventas masivas y pronto agotamiento de ejemplares, tal vez hasta premios y reconocimientos, quién sabe, pero ¿habría aliviado su alma solitaria toda esa parafernalia que no es más que la cáscara de cebolla que recubre con más o menos capas una vocación apasionada como la suya fue?

Yo creo que entiendo muy bien a Casal, y cuando lo pienso veo en el espejo lo que percibe un rebis mientras contempla su reflejo sobre el pulimento del mercurio. Yo, que he tenido más suerte que él por haber nacido en este tiempo y gozar las benevolencias de las editoriales y el mercado cubanos, he salido de una presentación de un libro mío donde hubo personas sin asiento y los ejemplares sacados a la venta se agotaron, mil veces más sola que cuando entré, porque he tenido la certeza de que ese libro, que no ha durado ni media hora en su estante, no encontrará camino alguno hacia el espíritu de nadie. ¿Existe el exilio espiritual? Convencida estoy de su existencia, y existen también pruebas irrecusables de ello, y no hablo del pruritoso deseo de emigrar en busca de mejor vida que se apodera de tanta gente, sino de las señales insidiosas, continuas e inignorables que un individuo percibe cada día de haber nacido con un fatal desfasamiento en el tiempo y el espacio; la sensación horrenda —puedo asegurarlo con cada latido de mis arterias— de no estar en el momento ni el lugar al que en realidad pertenecemos. Esa sensación se vuelve calcinante cuando el espacio que identificamos como verdaderamente nuestro no podríamos ocuparlo ni aunque nos fueran concedidas graciosamente todas las facilidades para hacerlo, por la única, aplastante y demoledora razón de que ya no existe. Alguien podría pedirme la palabra y alegar que no fue ese el caso de Julián del Casal, puesto que el París de sus sueños tenía la misma existencia tangible que La Habana del poeta, y el gremio de artistas a los que allí aspiraba a unirse estaba tan vivo como lo estaba él. Y yo respondería a esta hipotética observación que si las cosas fueran tan simples Casal se hubiera ido a París y encontrado lo que buscaba. Pero no lo hizo, porque el fenómeno de los exilios espirituales es muchísimo más complejo de lo que parece visto desde fuera: el lugar que se añora no es un lugar, ni el tiempo es un tiempo definido, sino un estado, una dimensión, construidos por la imaginación que, como tal, solo existe en la mente de quien lo descubre o lo ha creado. Hace tiempo escribí un artículo sobre esto que titulé La dimensión ensoñada, y eso es precisamente el exilio espiritual. Si quien padece esta enfermedad pudiera ir a donde añora, muy pronto vería convertirse en lodo sus más preciadas ilusiones, y en su lugar encontraría una realidad de la que probablemente llegaría a hartarse tanto como lo está de la que huye. Para que un sueño mantenga el encanto de sus colores brillantes e intacto su perfume, preciso es que no se cumpla. Casal lo sabía, y por eso no fue a París.

Mucho he pensado en Casal, pero ha habido tres momentos muy específicos en que este pensamiento ha llegado a metamorfosearse casi en materia tangible. La primera vez fue cuando estaba escribiendo mi relato Apocalipsis paloma sobre nieve, sobre el personaje real de la primera monja que iluminó manuscritos. Hay en esas páginas dos escenas que me hacían evocar a Casal constantemente mientras las escribía, por el tema de la nieve y el de la pintura, consustanciales con el poeta. En la primera de aquellas escenas los monjes iluminadores, un hombre y una mujer, han escapado de la abadía y están en un bosque donde hay un antiguo altar de piedra. Ella se tumba sobre el altar y se desnuda el pecho, y él la pinta mientras la nieve cae sobre el lugar, pero no se atreve a mirar de frente a su modelo por temor de que la poesía del momento se esfume. La otra escena ocurre allí mismo, pero en esta ocasión en que también está nevando es la monja quien traza con su pincel sobre la piel desnuda de un novicio un mensaje para el monje prisionero en su celda. Cuando ya solo queda espacio entre los muslos del adolescente y la monja tiene que escribir las palabras finales, cree ver una extraña formación de nubes en el cielo, entre las cuales vuelan demonios que se retuercen en poses lúbricas. Me importaba mucho escribir esas escenas de un modo tal que sedujeran a Casal, que sintiera la belleza como yo la estaba sintiendo mientras creaba las imágenes. Tiempo después escribí un extraño cuento, Hortus cocnclusus concierto para blanco y final, en el que un hombre, sometido a una reclusión que no comprende revive, o cree revivir, fragmentos de vidas diferentes que ha vivido, en algunas de las cuales ha sido una mujer, una niña y hasta dos personas al mismo tiempo, siempre en ambientes exquisitos, refinados, misteriosos y profundamente bellos. Exilios múltiples trasuntos de los míos imaginados en las entretelas del solitario, pero donde yace agazapada la pequeña semilla de la que brota la planta fatal de todos los exilios interiores.

Al final, mi última aventura como escritora fue un extenso relato donde quise construir la posibilidad de un encuentro entre Casal y yo, cada uno en su dimensión, pero confluyendo en el jardín de la Iglesia Ortodoxa Griega, mi rincón preferido, y sospecho lo habría sido también de Casal, porque si las puertas entre los mundos existieran, sin duda sería ese uno de los pocos lugares de esta ciudad donde un umbral podría abrirse como en la noche celta de Samhain. El resultado de esta especie de exploración esotérica, que nunca debí hacer, fue terrible, porque el encuentro, que técnicamente solo existió en mi imaginación creadora, y eso lo sé, fue para mí muy real, y los encuentros con los muertos son siempre peligrosos, porque los vivos pagamos un  precio alto, aun cuando nosotros mismos hayamos invocado la reunión. La aventura me sirvió, entre otras cosas, para que se ahondara en mí la convicción anterior de que en esta Habana de ahora Julián del Casal se habría sentido tan infeliz como en la suya, tan solitario, tan miserable y tan ajeno, comido por el deseo vehemente de vivir en el París de sus ensoñaciones, como yo lo he estado siempre de pasar mis días iluminando el Apocalipsis de Juan en una abadía del siglo IX. Y es que la felicidad solo puede construirse en el imaginario de las ensoñaciones. Si se nos materializara por obra y gracia del hada de los deseos, de inmediato nuestra carroza regresaría a su estado vulgar de calabaza, y Julián del Casal sería otro de tantos poetas pobladores de enciclopedias de poesía cubana de las que ya nadie se acuerda. Y yo, ¿qué sería…?

¿Hasta dónde carece de sentido la paradoja de que aunque Casal haya tenido el entierro de príncipe equivalente al reconocimiento que merecía como artista y nunca consiguió, y ahora vuelva a la luz el libro que lo desnuda en cuerpo y espíritu, sus restos, sin embargo, sigan yaciendo en un lugar desconocido, como si quisieran mantenerse ocultos, evitando asomarse a una luz demasiado basta para el tejido tan leve de la que estaba hecha su sensibilidad? La respuesta pudiera ser demoledora.

Estoy segura de que la aparición de este libro despertará en algunas instituciones, artistas, funcionarios, lectores devotos y habaneros de a pie la idea de que Casal debe tener un monumento a su memoria y a su gigantesca significación para la poesía latinoamericana como precursor que fue, junto a Martí y Darío, del movimiento modernista en tierras del Nuevo Mundo. Pero a pesar de su obra, de sus cartas y de todo lo que ahora queda expuesto sobre su breve existencia, Casal sigue siendo el misterio que siempre fue, ¿y quién podrá desentrañarlo lo suficiente como para atrapar su esencia en un molde de bronce?

 

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JOKER vs. Trump

Aunque desde los tiempos del imperio romano la caricatura política ha jugado un muy importante papel en las campañas por y contra el poder, y hay caricaturas de esta clase que son verdaderas obras de arte, en mi humilde opinión cualquier paralelo entre la imagen del Joker de Joaquín Phoenix y el presidente Donald Trump es un lamentable error, pues ni siquiera tienen en común la tipología del payaso.

Aunque los fotógrafos de todo el mundo (principalmente los norteamericanos) han difundido imágenes del Presidente en gestos, poses y expresiones del rostro y las manos que mueven a risa por lo ridículas y absurdas que resultan, siempre me he opuesto a que se identifique a este hombre con los payasos. No hay nada en él de la tristeza, el desvalimiento y la desolación que caracterizan la condición y, en no pocos casos, la vida de un payaso verdadero. El payaso es un ser que tiene que renunciar a la dignidad humana para poner de relieve lo minúscula que es nuestra especie, lo ridícula y digna de burla y desprecio, para que la gente haga catarsis y prorrumpa en humillantes carcajadas, que son al mismo tiempo liberadoras. Pero aunque los más acerbos detractores de Trump digan que esa descripción le encaja bien, él no tiene nada de la indefensión de un payaso, sino toda la ferocidad y la crueldad de un depredador gigante. Trump es Mordor disfrazado de Shrek.

Mientras el Joker es un hombre al que el sistema ha despojado de hasta sus mínimas oportunidades y sus más elementales derechos, Trump tiene en sus manos la vara mágica del Poder que despoja a los hombres de su dignidad y sus más elementales derechos. Joker es la víctima, el sistema que Trump encarna, el victimario.

Trump podrá ser el megalómano que se revela en el modo en que estampa su firma desmesurada al pie de los documentos oficiales y la muestra después, uno por uno, a quienes le rodean en su despacho, y el gesto puede hacernos reír por anormal y despreciable, pero no olvidemos que esa es la firma que valida los cientos de sanciones con que el Presidente de los Estados Unidos yugula a tantos países y obliga al mundo a obedecerlo de rodillas. Esa firma es el logotipo de su lenguaje agresivo, irrespetuoso y humillador. Y ese no es el lenguaje de un payaso. El lenguaje de un payaso es el de Garrick[i].

Quienes miran a Trump como el Salvador, el lider que hará de nuevo grande a América, y votarán por él en las próximas elecciones, ven en él al  comandante que ha hecho crecer la economía norteamericana, ha fortalecido el dólar, ha traído de vuelta al país los miles de empleos que comenzaron a fugarse hacia el tercer mundo bajo la presidencia de Clinton y, sobre todo, es el jefe que expulsa a los inmigrantes malos y hace realidad que “América” sea para los estadounidenses. Y todo eso es verdad, pero ¿qué pasa fuera de los Estados Unidos, en el resto del planeta?: Trump es el hacedor de grandes males más allá de las fronteras del Gran País del Norte, el que está detrás de las peores guerras, golpes de Estado, deposiciones de Presidentes, asesinatos políticos, injerencias de toda clase en territorios ajenos y hasta terrorismo de Estado, el hombre que está convirtiendo al mundo en un lugar mucho más inestable y peligroso de lo que siempre ha sido. ¿Y si resultara cierta la presunción —que ya va cobrando tanta fuerza en la opinión pública— de que el Coronavirus que ha segado tantas vidas en China, Viet Nam y Japón es la consecuencia de una manipulación de ingeniería biológica con fines de desestabilización y boicot económico? Entonces habría que decir que mientras el personaje del Joker mata porque antes el sistema le ha matado, Trump mata porque puede. La risa que Joker se pinta en su cara con la sangre de sus heridas, de su dolor y de su angustia, al ser superpuesta en las caricaturas sobre la cara de Trump se convierte en sangre ajena bebida por el vampiro chupador. Joker quiere hacer saltar el sistema. Trump es el sistema, el devorador de almas y de mundos.

La engañosa fórmula Trump es Joker es una tremenda y peligrosa confusión, y nadie lo explica mejor que el cineasta norteamericano Michael Moore, por lo que reproduzco a continuación fragmentos de un artículo con sus reflexiones sobre el tema, que recomiendo mucho leer:

Calificada por muchos como problemática por la violencia que muestra y por otros como una película necesaria, todo el mundo parece tener una opinión sobre “Joker”. Y el cineasta estadounidense Michael Moore ha decidido dar la suya.

Con un mensaje en las redes sociales, el director de “Fahrenheit 9/11”, ha calificado el filme como una “obra maestra”.

“Joker” relata la vida traumática de un aspirante a comediante y las circunstancias que lo llevan a convertirse en el Guasón, el villano que luego se convertiría en el archienemigo de Batman.

La cinta ha sido duramente atacada por algunos. Stephanie Zacharek, de la revista Time, criticó la “idiotez agresiva y posiblemente irresponsable” de la película, mientras que el crítico de Variety, Owen Gleiberman, afirmó que se trata de “un producto que coquetea con el peligro: le da al mal una máscara dpayaso”.

Nos han dicho que es violenta, enferma y moralmente corrupta. Una incitación y celebración del asesinato. Nos han dicho que la policía estará afuera de cada función este fin de semana en caso de que haya ‘problemas’. Nuestro país está profundamente desesperado, nuestra Constitución está hecha pedazos, un maníaco deshonesto del barrio de Queens (en referencia a Donald Trump) tiene acceso alos códigos nucleares, pero por alguna razón, es una película de la que deberíamos tener miedo”, escribió Moore en un extenso post en Facebook.

De hecho. el cineasta se burla del presunto “peligro” que representa la película.

“El mayor peligro para la sociedad puede ser que NO vayas a ver esta película. La historia que cuenta y los problemas que plantea son tan profundos y tan necesarios que si apartas la mirada del ingenio de esta obra de arte, perderás el regalo del espejo que nos ofrece”.

“Sí, en ese espejo hay un payaso perturbado, pero no está solo, nosotros estamos justo al lado de él”.

“Joker”, un espejo de la realidad estadounidense

En su publicación, Moore evoca las semejanzas entre Gotham City y la ciudad de Nueva York e insinúa que la película es un espejo de la realidad que está viviendo la sociedad estadounidense en la actualidad.

“La película está ambientada en los años 70 u 80 en Gotham City, y los cineastas no se esfuerzan en ocultar lo que en realidad es: la ciudad de Nueva York, la sede de todo mal, de los ricos que nos gobiernan, los bancos y las corporaciones para las que servimos, los medios de comunicación que nos alimentan con una dieta diaria de ‘noticias’ que creen que debemos consumir”.

El ganador del Oscar a Mejor documental por Bowling for Columbine, también comparó al Guasón con Donald Trump.

“La semana pasada, una semana en la que el presidente gobernante se acusó a sí mismo y, al más verdadero estilo de Joker, se burló de la incapacidad de Mueller y los demócratas de detenerlo (…) Pero incluso así, diez días después de alardear de su culpabilidad, seguía sentado en la Oficina Oval, con sus códigos nucleares manchados por la grasa de un KFC”.

Sin embargo, Moore resalta que esta película no es sobre Trump, sino sobre “el Estados Unidos que Trump nos ha dejado”.

“Un Estados Unidos donde los inmundamente ricos se vuelven más ricos e inmundos”.

Moore terminó su mensaje agradeciéndole a Joaquin Phoenix, Todd Phillips, Warner Bros y a todos los que trabajaron en la película. De igual forma, el cineasta elogió los “múltiples homenajes” en la cinta a producciones como Taxi Driver, Network, The French Connection y Dog Day Afternoon.

Por muchos años, Michael Moore ha sido un gran crítico de Donald Trump.

En 2016 el cineasta predijo que Trump triunfaría en las elecciones presidenciales, en un post en el que explicaba cómo el magnate estaba utilizando el descontento de los estadounidenses.

Nunca he militado en ningún partido ni organización políticos, no escribo contra Trump bajo la presión de ninguna ideología. Soy capaz de pensar por mí misma, y cuando miro el modo en que manipula la opinión pública de sus partidarios y hasta —con la más absoluta desverguenza e impunidad— los mecanismos internos de las más altas instancias gubernamentales de su propio país, viene a mi memoria la imagen de Hitler apoderándose de las mentes del pueblo alemán y arrastrándolo con su demagogia asesina a la peor catástrofe de la Historia. Me duele ver cómo personas buenas, honradas, generosas, capaces de compartir lo que tienen con quienes ni conocen, creyentes en Dios, ciudadanos cabales y amantes de su país, personas admirables por su extraordinaria calidad humana, sucumben al circo mediático que Trump despliega magistralmente en torno a su persona y sus políticas de Gobierno. Es verdad que hay muchas zonas de conflicto en este mundo, y seres horripilantes como los líderes de ISIS, por citar solo un ejemplo, que han vertido tantísima sangre y desatado las formas de violencia más tenebrosas presenciadas por el mundo moderno, pero más allá de sueños de dominio mundial no han podido pasar, y hoy se encuentran en franca decadencia. Trump, sin embargo, al frente del país más poderoso del planeta, goza de un poder muy cercano a convertirse en absoluto por la vulneración de las instituciones democráticas de su país, y siendo como es un hombre de personalidad desequilibrada y con inteligencia para el Mal, puede empujar al mundo más allá del último límite seguro, a la destrucción final que el Papa Francisco, con absoluta lucidez, ya percibió donde tantos siguen ciegos, cuando anunció al mundo: “La Tercera Guerra Mundial ha comenzado”. Será una gran desgracia para la Humanidad si Trump triunfa en noviembre en las urnas electorales y tiene la posibilidad de ejercer un nuevo período presidencial de cuatro años, porque es tiempo más que suficiente para que haga realidad aquella siniestra profesía de Nostradamus que  anuncia el fin de la humanidad con esta frase que paraliza el alma: “Y sobre el pecho de los hombres nacerán flores”.

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[i] David Garrick (Hereford, 19 de febrero de 1717Londres, 20 de enero de 1779) fue un actor y dramaturgo británico. Está considerado como una de las principales figuras del teatro inglés del siglo XVIII. Garrick empezó estudiando derecho y literatura junto a Samuel Johnson antes de decidir probar suerte en Londres en 1737. Se volcó en el teatro y debutó en 1741 en la obra Ricardo III de William Shakespeare, que fue su éxito más resonante. Fue un gran amigo de Denis Diderot y otros hombres de letras de su época y se especializó en interpretar personajes de Shakespeare, a cuya recuperación dedicó la mayor parte de su actividad. Trabajó inicialmente en el Teatro Covent Garden construido en 1731 y se convirtió en director del teatro de Drury Lane en 1747, cargo que ocupó hasta 1776 junto a James Lary y que alternó con sus interpretaciones de comedias, tragedias y farsas del repertorio teatral británico. Como reformador del teatro inglés prohibió la presencia de público sobre el escenario, reemplazó la ampulosidad interpretativa por la naturalidad e introdujo en el Drury Lane un nuevo sistema de iluminación intensificando la luz de bastidores por medio de reflectores empotrados. Es también autor de una cuarentena de obras de teatro, entre las que se encuentra su farsa mitológica Lethe. Está enterrado en la abadía de Westminster. Fue caracterizado en la película de 1937 The Great Garrick del director James Whale y protagonizada por Brian Aherne. El poema “Reír Llorando” del escritor mexicano Juan de Dios Peza está inspirado en él. (Tomado de Wikipedia)

Reir Llorando- Juan de Dios Peza

Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra-
el pueblo al aplaudirlo le decía:
“Eres el más gracioso de la tierra,
y el más feliz…” y el cómico reía.

Víctimas del spleen(1), los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
sufro -le dijo-, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única pasión la de la muerte.

-Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado!

-Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído!
-Que os ame una mujer. -¡Si soy amado!
-Un título adquirid. -¡Noble he nacido!

-¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.

-¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
-¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas.
-¿Vais a los cementerios? -Mucho… mucho.

-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?

-Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos, mis verdugos.

Me deja -agrega el médico- perplejo

vuestro mal, y no debe acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo
“Sólo viendo a Garrick podréis curaros”.

-¿A Garrik? -Sí, a Garrick… La más remisa

y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!

-¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; más… ¿qué os inquieta?
-Así -dijo el enfermo-, no me curo:
¡Yo soy Garrick!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,

hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!

¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,

que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.

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ADIOS A NILDA COLLADO, ARTISTA VERDADERA

Justo cuando Nilda Collado, nacida en La Habana en 1940, comenzaba en 1957 su carrera en la televisión cubana, en ese mismo año mis padres y yo hacíamos nuestra entrada como arrendatarios en el apartamento que hasta hoy ocupo. Yo era fan del payaso Trompoloco, y además de algún que otro viaje al circo donde actuaba, cada domingo me sentaba en el suelo frente a nuestro televisor para verle hacer aquellos números que me deslumbraban. Fue a través de Edwin Fernández que me fijé en Nilda, su esposa, y porque recuerdo que un domingo por la noche, en horario de la televisión para adultos, mi papá, mirándola en la pantalla dijo una frase que nunca he olvidado: “Esa es la mujer más bella de Cuba”.  El día en que se dio a conocer la noticia de su muerte, mi esposo repitió la misma frase con una nostalgia que me impresionó.

Cursó estudios de piano, canto y ballet en el Conservatorio Municipal de Música, actualmente Amadeo Roldán. Fue discípula de dos grandes maestros de la danza en Cuba, Fernando y Alberto Alonso. Durante su carrera profesional como bailarina, integró los conjuntos de Alberto Alonso, Sandor y Luis Trápaga. Fue bailarina principal en el internacionalmente célebre cabaret Tropicana, lo que de por sí es todo un curriculum y un homenaje a lo escultural de la Belleza con mayúscula. Bailó también en cabarets elegantes de la capital como Sans Souci y en los shows de hoteles entonces muy exclusivos como El Capri y el Habana Riviera.

Yo la recuerdo como modelo de la tienda Fin de Siglo, a donde me llevaba mucho mi mamá. También como modelo principal de Regalías El Cuño, una de las marcas más conocidas de cigarros nacionales, en el programa CMQ TV, donde lucía su espléndida figura. En 1958 fue declarada Miss Perfección en merecido homenaje no solo a su precioso rostro, que además de bellos rasgos exhibía una mirada inteligente (y penetrante), algo que, por desgracia, no suele acompañar a la lindura, pero Nilda la tenía, ya lo creo, sino también a la gracia y elegancia de su cuerpo impecablemente modelado.

Se reveló como actriz en 1960. Trabajó en el teatro, la radio, el cine y la televisión, donde encarnó personajes inolvidables en telenovelas como Rosas a crédito, Ilusiones perdidas, El Tábano y El rojo y el negro, por solo citar algunas de las producciones increíblemente buenísimas que el ICRT hacía en aquellos tiempos y que hoy, para desgracia de los espectadores cubanos, han sido suplantadas por productos de mucha menos calidad. Compartió escena con monstruos de la actuación como Enrique Almirante, Enrique Santiesteban, Raquel Revuelta, Gina Cabrera, Marta del Río, Consuelito Vidal, Odalys Fuentes, Ana Lasalle y otras muchas grandes figuras de nuestra pantalla que no han tenido herederos ni continuadores. Leo que también hizo el papel de La Madre en la obra Yerma, del poeta y dramaturgo español, Federico García Lorca, cuando existía aquel espacio magnífico llamado Teatro ICR; curiosamente Yerma es uno de los Teatros ICR que jamás he olvidado (Lorca es uno de mis autores preferidos), pero no la recuerdo a ella, solo a Edwin Fernández y Consuelito Vidal en el papel de la mujer estéril. También actuó en programas humorísticos de la talla de Detrás de la fachada y Casos y cosas de casa; en el inefable y oprobiosamente barrido del mundo Amigo y sus amiguitos y en Variedades infantiles; en el espacio Aventuras, con El Jaguar, El Águila, Espartaco, Indio, El vizconde de Braguelón, Los mambises, Ulises y, ya más recientemente en la telenovela Cuando el amor no alcanza.

Pocos recordarán que también cantó zarzuelas y operetas en el teatro Martí, y su repertorio incluía  Cecilia Valdéz y María La O.

¿Quién podía haberse imaginado que aquella mujer espléndida, actriz tan completa y con aquellos comienzos de estrellato por todo lo alto, terminaría entregándose al arte circense como compañera de su esposo, quien consideraba que el trabajo que ellos hacían era, en realidad, el de clowns, categoría diferente y más abarcadora que la de payaso? El amor es así. Nilda acompañó a Edwin en su magistral labor hasta que él murió en 1997, y discrepo totalmente de quien escribió que ella fue su “ayudante”. Fue su igual. También en las carpas su trabajo fue inolvidable y perfecto, como todo lo que ella hacía.

Fue mujer de inquietudes intelectuales, y en 1979 se licenció en la carrera de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Su elevada preparación profesional le permitió obtener en más de cinco décadas de trabajo alrededor de cincuenta premios, entre ellos el Premio Nacional de Televisión (2009), el Título honorífico en la 1ra. edición del Premio Enrique Almirante (2015), y el Premio actuar 2016 por la Obra de la Vida, otorgado por la Agencia Artística de Artes Escénicas actuar.

Yo tuve el privilegio de hablar con ella algunas veces por teléfono, pues me unían relaciones de trabajo y amistad con su hijo Eduardo, quien heredó de sus padres la inteligencia, la honestidad y la integridad. Entre sus muchas virtudes, creo que Nilda era, también, una mujer muy amable. No sé de mi amigo Eduardo desde hace tiempo, y quisiera que estas pocas líneas, si llegan hasta él, más que un pésame muy sentido le hagan saber lo que sus padres significan para mí: dos modelos de conducta a imitar en el mundo del arte y en la vida, seres inspiradores que estarán siempre en mis recuerdos de aquellos tiempos en que teníamos artistas de excelencia y una televisión elegante, culta, refinada y sumamente agradable, porque personas como ellos la hacían para nosotros, su público devoto.

 

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CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES Y SU PENSAMIENTO ACERCA DEL ANEXIONISMO (IV)

Mucho se ha escrito sobre la posición del primer Presidente de Cuba Libre, Carlos Manuel de Céspedes —el héroe que desató la Guerra de los Diez Años desde su ingenio La Demajagua—, acerca del anexionismo. Preciso es decir que fue una corriente del pensamiento político cubano del que muy pocas figuras de nuestra historia escaparon en aquella época. No a todos los que aspiraron a convertir a Cuba en una estrella más de la bandera de los Estados Unidos los movía el deslumbramiento ante la posibilidad del desarrollo tecnológico de que disfrutaría la isla si tal cosa llegara a suceder, ni el ansia de blanqueamiento que animaba a patriotas como el camagüeyano Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, quien al final de su vida vio con claridad su error político. Hay que dejar en claro que en aquellos tiempos anexionista no era sinónimo ni de traidor ni de antipatriota, sino todo lo contrario: la única vía concebible para librarse de España. Animaba a la inmensa mayoría de los anexionistas cubanos la admiración ante la Guerra de Secesión librada por el ejército norteño de la Unión contra los Estados Confederados del Sur, terminada en 1865, y aún en las ricas provincias occidentales azucareras la posibilidad de la abolición.

Pero Céspedes fue una excepción. Aunque en su condición de Presidente de la República en Armas representaba el rostro visible de la revolución y, como tal, sostuvo correspondencia con sus homólogos de otras naciones, siempre apostó en su corazón por la independencia cubana sin condiciones de ningún tipo. Ciertas expresiones presentes en su intercambio epistolar con el Presidente norteamericano Ulyses Grant han servido a algunos historiadores e investigadores como argumento engañoso sobre la actitud de Céspedes, y les han hecho tomar esas expresiones por inclinaciones e, incluso, promesas anexionistas hechas a dicho mandatario por el nuestro, cuando no eran más que sutilezas y argucias de hombre cultivado y político sagaz, que insinuaba sin ofrecer para asegurar a Cuba el apoyo de la recientemente creada y poderosa nación americana, apoyo que en ese momento se concentraba en obtener el reconocimiento de la beligerancia de los cubanos de la vecina república del Norte.

Pero en 1872 Céspedes escribió en su Diario páginas muy interesantes, que denotan cuál fue desde el principio su verdadera posición y cuánto resentimiento sentía hacia los Estados Unidos, no solo por negarse a reconocer la beligerancia a los cubanos, sino por practicar una especie de alianza con España que llegó tan lejos como prohibir la preparación y envío de expediciones a los insurrectos de la isla desde las costas americanas, e incluso a facilitar a España embarcaciones rápidas para patrullar las costas de Cuba en lo que puede ser considerado como un bloqueo total, el primero que históricamente hemos sufrido los cubanos.

Con motivo de la actitud que los Estados Unidos tomaron con España, corrieron aquí muchas mentiras y algunos volvieron a creer ciegamente en que esa república nos favorecería: tanta es la simpatía de que entre nosotros goza y tan lógico el que favorezca a un pueblo americano que trata de darse instituciones iguales a las suyas, libertándose del yugo de una monarquía europea y facilitando así cada vez más el que la América sea para los americanos. Yo no he participado mucho de esas lisonjeras esperanzas y he estado temiendo que se siga de nuevo la política observada hasta aquí con España en la cuestión de Cuba, bajo el pretexto de alguna otra mentida promesa de esa nación que, corrompida y débil, sigue hoy la senda para sostener sus malvadas pretensiones, que Maquiavelo trazó a las de su jaez. Ignoramos todavía las últimas noticias; pero demasiado recelo que toda la alharaca que se ha armado solo sirva para proporcionar a nuestra feroz enemiga en la exageración del sentimiento nacional, nuevos medios para prolongar la guerra y derramar más y mejor la sangre cubana. Empero, nosotros, suceda lo que suceda, para todo tenemos preparados nuestros corazones y no desmayaremos en la resolución de vencer o morir en la lucha.

Otro fragmento tomado del Diario de Céspedes sigue a continuación:

Bien pronto habrá transcurrido un año desde la hecatombe jurídica de los estudiantes de medicina de La Habana. ¿Qué les ha resultado a los españoles por ese acto feroz de barbarie? ¡Nada! ¿Quién les ha exigido la reparación debida a los fueros de la humanidad ultrajada? ¡¡Nadie!! Del grito de horror universal, de las imprecaciones, de las amenazas, solo queda la memoria. Entre tanto los españoles siguen en su carrera de crímenes atroces, que superan al que suscitó tanta indignación. Y para la filantrópica Inglaterra, para la civilizada Alemania, para la republicana Francia y hasta para la América independiente, la España es una nación constituida con quien no deshonra alternar, por más infamias que cometa, y los cubanos que pelean por la reivindicación de los derechos del hombre son unos bandidos cuyo contacto mancilla, son unos rebeldes a quienes es lícito exterminar por cualquier medio. Para la primera los honores y los auxilios; para los segundos los desdenes y las persecuciones. ¿Qué importan esos inválidos, esos moribundos, esas mujeres, esos niños degollados a sangre fría? ¿Quién los mandó que aspirasen a ser libres?  ¿No sabían que de todos modos es preciso respetar el derecho de la fuerza? ¡Sufran, pues, y mueran, o sepan vencer, que la victoria todo lo santifica!

Tanto en su Diario como en sus Escritos presidenciales y su epistolario abundan los momentos en que se manifiesta como un decidido opositor del anexionismo y un incondicional defensor de la independencia de Cuba. Sirvan estos dos fragmentos de botón de muestra dar un rotundo mentís a quienes pretenden distorsionar la Historia y manchar la figura de uno de los hombres más puros, si no del más puro y grande que ha dado Cuba a la posteridad. (Continuará…)

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E.U. NO RECONOCE BELIGERANCIA DE CUBA: EL CASO DEL ALABAMA (III)

¿Cuántos cubanos de a pie conocen hoy algo sobre el caso del crucero Alabama, una de las principales razones por las cuales el Gobierno de los Estados Unidos presidido por el general Ulyses Grant no reconoció jamás la beligerancia a los insurrectos cubanos que luchaban bravamente contra España? Las estadísticas solo ofrecen posibilidades, pero yo diría que nadie. Por eso la historia de Cuba hay que volver a contarla, aunque en muchos casos el resultado difiera de la idealización edulcorada a que estamos acostumbrados.

A pesar de que el presidente Céspedes cruzó correspondencia con representantes de varios Gobiernos europeos y con el propio Presidente de E.U., explicándoles la situación terrible que vivía Cuba en su guerra de liberación contra España; a pesar de que sus Enviados y Agentes Especiales que trabajaban directamente en los Estados Unidos, como es el caso de Morales Lemus, Mestre y otros hacendados miembros de la Junta Revolucionaria de La Habana, quienes gracias a sus excelentes relaciones en las altas esferas del Gobierno de Grant llegaron a tener acceso personal al Presidente norteamericano, un obstáculo insuperable se interpuso entre los clamores cubanos y la voluntad presidencial de Grant, y fue el caso del crucero Alabama. Dice al respecto Ramiro Guerra en el tomo primero de su Historia de la Guerra de los Diez Años en Cuba:

Estallada la Guerra de Secesión, el Norte y el Sur pusieron la vista en la Gran Bretaña, madre patria de ambos. El Norte buscaba apoyo moral con respecto a la doctrina de la unidad nacional y todo lo que a su juicio significaba para la civilización, así como en cuanto a la política, de la cual la protagonista era la Gran Bretaña de la abolición de la esclavitud. El Sur, a su vez, procuraba obtener el apoyo británico fiado en las dificultades económicas, y en los desastres causados por la interrupción de los suministros de algodón a los manufactureros de los condados septentrionales del Reino Unido. La división de la opinión inglesa tomó, sin embargo, líneas inesperadas. Los fabricantes de tejidos, cuyos intereses parecían ser los de un Sur triunfante, repudiaron a los Estados esclavistas y dieron su apoyo moral al Norte. Disraeli compartió esta opinión, no prestó apoyo al Sur. En contraste, Gladstone estaba muy impresionado con la doctrina de la autodeterminación en la forma proclamada en el otoño de 1862 por Jefferson Davis. No vaciló en afirmar que este había creado un Ejército, una Marina y, lo que era mucho más importante, una nación. La preservación de la Unión era, imposible, sostenía.

El problema, para los estadistas británicos, era cuestión de política naval. En el comienzo de la guerra secesionista el puerto de Liverpool se vio lleno de poco escrupulosos agentes de los Estados Confederados, provistos de dinero en abundancia, afluyeron a Liverpool Muy pronto el lado naval de la guerra se desarrolló intensamente en Estados Unidos. Marinos y aventureros de todas clases, ingleses y americanos, la mayor parte del viejo tipo pirata y el puerto se llenó de rumores de aventuras.

Los confederados habían obtenido varias victorias y el presidente Lincoln trató de contrarrestarlas llamando a las milicias a prestar servicios militares. La reacción de Jefferson Davis fue lanzar una proclama que invitaba a los marinos sureños a solicitar patentes de corso y a tomar represalias contra el Norte. Lincoln replicó proclamando el bloqueo de los Estados secesionistas.

En este estado de cosas Liverpool vino a ser vórtice tormentoso de la política británica. El interés de los comerciantes de algodón estaba en lograr que el bloqueo delos puertos sureños fuera inefectivo. El objetivo de las fuerzas bloqueadoras era, al contrario, asegurarle la máxima efectividad. A mediados de 1862 hízose patente que Liverpool  estaba resuelto, no solo transportando carga de contrabando para el Sur, sino fortaleciéndola flota guerrera de los Confederados.  Las protestas del Norte llegaron pronto.

El Ministro de los Estados Unidos en Londres le notificó al Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra que un nuevo y muy poderoso buque estaba pronto a ser terminado de nueve a diez días. Estaba siendo construido en los astilleros de Birkenhead.

Nadie desconocía que se trataba de un buque de guerra. Completo y armado, sería un formidable y peligroso crucero. Si no se le impedía salir al mar podría causar enormes daños al. Los constructores que estaban terminándolo aseguraban que nunca se había lanzado al agua un buque de su clase. comercio de la Unión.

La construcción y botadura del potente crucero que llevaría por nombre Alabama contradecía, incluso, las leyes marítimas de la propia Inglaterra y sus lineamientos de política exterior sobre injerencia en asuntos dela política interna de otros Estados. El 20 de agosto, en las islas Azores, el Alabama recogió tripulación y se unió a la goleta inglesa Bahama, cargada de armamento y pertrechos de guerra.

Bajo la insignia de los Estados Confederados el Alabama dio comienzo a una devastadora cacería de buques de guerra y barcos mercantes de la Unión. Prolongóse durante 22 meses, hasta que tuvo término al ser hundido el célebre crucero frente a las costas francesas en 1864 por el buque de guerra de la Unión Kearsage.

El presidente Lincoln demandó de inmediato a Inglaterra una fortísima suma por concepto de indemnización por los daños causados por el Alabama a la Unión y al pueblo norteamericano. Inglaterra negó toda responsabilidad en el suceso, de modo que al llegar a su fin la Guerra de Secesión en 1865 con la victoria del Norte abolicionista, la opinión pública norteamericana era ferozmente hostil a la madre patria. Las reclamaciones por los daños del Alabama llegaron hasta una comisión internacional de arbitraje. El daño indirecto al comercio norteamericano fue valorado en 110 millones de dólares, cifra fabulosa para la época. Suprimir la rebelión había costado al Norte 4 000 millones de dólares. “El primer deber del pueblo delos Estados Unidos era cobrarle a Inglaterra el daño que había hecho”, pues “Gran Bretaña era culpable de haber reconocido la beligerancia del Sur sin justificación para ello”. La Unión aceptaría a cambio de tan gran suma la cesión de las tierras del Canadá por parte de Gran Bretaña. Para definir esto se organizó una votación en el Senado de los Estados Unidos, cuya votación aplastante y la publicación de la misma y de un discurso que la acompañaba tuvieron lugar la víspera exacta de la proclamación en Guáimaro del Gobierno de Cuba Libre. Como

El Gobierno de Washington condenaba el reconocimiento dela beligerancia del Sur por el Gobierno inglés como un acto en abierta contradicción con el derecho de gentes, érales imposible a Grant y su Primer Ministro Fish invalidar sus propios argumentos reconociéndoles a los insurrectos cubanos la beligerancia en condiciones inferiores a las que habían servido de fundamento a Inglaterra para reconocérsela a los Estados Confederados del Sur.

Y esta es la breve historia de una de las circunstancias que más perjudicó el buen desarrollo de la revolución cubana contra España, pues los revolucionarios cubanos pasaron meses y a veces hasta años sin recibir una sola expedición con armas, pertrechos de guerra y combatientes provenientes de los puertos norteamericanos.

Aunque el no reconocimiento de la beligerancia a los cubanos por parte de los Estados Unidos no fue la única causa del fracaso de la Guerra de los Diez Años, perjudicó enormemente la marcha de la contienda, y el tristísimo fin de esta puede atribuírsele en gran parte. La responsabilidad por el resto de las causas hay que atribuirlas, lamentable y únicamente a los propios cubanos. (Continuará)

 

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El Gobierno del General Ulyses Grant no concede la beligerancia a los insurrectos cubanos en armas contra España (II)

Otro motivo por el cual afirmo que la historia de Cuba hay que volver a escribirla (aunque hay muchísimos), o simplemente a repasarla en toda su verídica y no siempre complaciente realidad, es la negativa del Gobierno de los Estados Unidos y su Presidente el General Ulyses Grant a reconocerles el estado de beligerancia a los insurrectos cubanos que se batían heroicamente contra los españoles en los campos de Cuba.

Los libros de Historia, tanto norteamericanos como cubanos, coinciden en afirmar que el presidente Grant, protagonista de la célebre rendición de  Appomatox, en la que el General Lee, al frente de las tropas vencidas de los Confederados del Sur esclavista rindió su espada ante el ejército victorioso de la UNIÓN capitaneado por Grant, era por encima de todo un soldado, y no un político, de talante más bien ingenuo y poco propenso a las intrigas, y estaba rodeado por Ministros y Consejeros que no veían con buenos ojos una posible independencia de Cuba.

Se ha dicho innumerables veces que desde los tiempos del presidente Polk, expansionista que robó a México la mayor parte de su territorio, los Estados Unidos concibieron la idea de apoderarse de Cuba y sujetar a su arbitrio y poderío a las nacientes repúblicas latinoamericanas, que acababan de obtener su independencia de España. Es rigurosamente cierto. Personalmente no creo en la pureza de intenciones del presidente Grant, aunque de todos aquellos que ocuparon la Presidencia de los Estados Unidos durante las guerras de liberación cubanas, fue, probablemente el menos mal intencionado respecto de prestar concurso a los insurrectos cubanos y el que parecía más a hacerlo, sin que eso signifique que estuviera dispuesto a poner los intereses políticos de la isla por encima de los de su propio país.

Pero más allá de las posibles oscuras intenciones de la Administración Grant para no reconocer la ansiada beligerancia a la  revolución de Céspedes, existieron situaciones en la parte cubana que, si no justificaban la negativa, al menos proveían pretextos a los norteamericanos para que sustentaran su nefasta posición, que tanto daño hizo al desarrollo de la guerra de Cuba, cuyo éxito dependía en gran manera de las expediciones armadas que venían del Norte y de Jamaica en navíos cargados de pertrechos y combatientes, y que Grant prohibió salir de los puertos de la Unión. Y también hubo circunstancias a las que fuimos ajenos y en las que no estuvimos involucrados en modo alguno, pero que no por eso nos perjudicaron menos, como el célebre caso del Alabama.

La situación cubana a la que me he referido es la existencia de un doble Gobierno en Cuba Libre tras el alzamiento de La Demajagua. Céspedes, primero en alzarse en armas contra España con treinta y siete de sus compañeros, fue reconocido como Presidente de Cuba Libre en toda la isla, con apoyo incondicional de los ricos hacendados que integraban la Junta Revolucionaria de La Habana, quienes trabajaban dentro de las altas esferas del Presidente Grant para conseguir el reconocimiento estadounidense de la beligerancia de los insurrectos cubanos, y sabían que para llevar adelante tal negociación era necesario que la Revolución en Cuba presentase ante el mundo un mando único, una personalidad fuerte que pudiera intercambiar en igualdad de condiciones con sus homólogos de Europa, Estados Unidos y las recién fundadas repúblicas latinoamericanas. Céspedes estaba plenamente consciente de esta necesidad política y por eso, en los primeros momentos de su Presidencia no cambió la estructura colonial que España tenía implementada en Cuba. De ahí actos suyos tan censurados por las más jóvenes generaciones, como su entrada bajo palio en la catedral de Bayamo para escuchar el Te Deum, la misma ceremonia observada por los Capitanes Generales de la Isla, lo que equivalía a conferirle (autoconferirse, le acusaban sus oponentes) igual rango que esta odiada autoridad colonial.

Pero si Oriente reconocía a Céspedes tan incondicionalmente como La Habana, no ocurría lo mismo en el Departamento Central, integrado por Camagüey y más tarde por Las Villas, mucho más moderadas en sus posiciones políticas. Estas últimas no tuvieron demasiado peso en aquellos primeros meses que siguieron al alzamiento, pero el Camagüey, debido a que  su población se concentraba en la casi única ciudad de Puerto Príncipe, no tenía un mando fragmentado como Las Villas y Oriente, sino que desde los tiempos del levantamiento de Joaquín Agüero y las invasiones de Narciso López habían contado con una Junta, que llegó a estar liderada por Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, el joven abogado Ignacio Agramonte y su primo el cirujano Eduardo Agramonte y Piña, también compositor y músico. Agramonte había pasado breve tiempo en el colegio del Salvador, dirigido por José de la Luz y Caballero, formador de toda una generación de revolucionarios y pensadores; luego había estudiado por dos años en Barcelona, donde había asistido a las luchas independentistas de aquel condado sujeto a la corona de España, y desde niño fue educado en la más completa admiración por la Revolución Francesa. También lo había sido la generación anterior, a la que Céspedes pertenecía, pero la de Agramonte practicaba una ortodoxia republicana que muy pronto entró en contradicción con el estilo de gobierno de Céspedes, quien, entre otras cosa, deseaba conservar la integridad de la Iglesia  católica y su unión con el Gobierno, y no era partidario de cambios radicales hasta que la Revolución no se hubiese consolidado.

Agramonte era un líder de su generación, de sus compañeros de la Universidad y de la juventud camagüeyana, y tenía una personalidad que los libros describen tan fuerte y enérgica como la de Céspedes, pero las pasiones que en el Presidente atemperaban sus cincuenta años de vida, en la juventud de Agramonte estaban exacerbadas, y para empeorar las cosas el camagüeyano carecía de la madurez política del bayamés y padecía lo que pudiera calificarse como idealismo político. Todo ello creó desde el primer momento un fuerte antagonismo entre ellos. Eduardo Agramonte tenía tan arraigados como su primo Ignacio los ideales republicanos de la Revolución Francesa. Así, la Junta Revolucionaria del Camaguey, que se erigió en Cámara de Representantes del poder Legislativo de la Revolución, quedó completamente controlada por los camagüeyanos, vale decir, por Agramonte, la figura más influyente de las tres que la integraban.  Cuando más tarde la Cámara  pasó de tres a cinco miembros, uno de los cuales era el joven universitario habanero Antonio Zambrana, fiel seguidor de Agramonte, la confrontación con Céspedes se ahondó mucho más. En la asamblea de Guáimaro quedó definitivamente establecido que el poder ejecutivo representado por el Presidente, quien solo tenía un poder moral y simbólico y ninguna tropa bajo su mando más que su pequeña escolta, estaba totalmente subordinado a la Cámara de Representantes.

Semejante estado de cosas tuvo por consecuencia lo obvio: de facto existían en Cuba dos gobiernos: el Presidente y la Cámara, que estaban en desacuerdo en casi todo: en los nombramientos de las jefaturas militares hechos por Céspedes, en la Ley de Ordenamiento Militar creada por la Cámara, etc. Se llegó a extremos que hoy nos parecen imposibles, tales como que Céspedes y su escolta, en la que no pocos hombres iban descalzos , llegaran a una de las prefecturas organizadas por Agramonte en Camagüey, y al visitar un taller que fabricaba artículos de cuero para el ejército Céspedes pidiera una montura y zapatos para sus soldados, y le fueran negados porque Agramonte había dado órdenes estrictas de no hacer uso de aquellos artículos sin autorización suya, por lo que Céspedes, realmente necesitado, tuvo que tomarlos haciendo valer su autoridad presidencial.

Otra situación completamente absurda que se dio en los primeros meses de la guerra y perjudicó gravemente la marcha de la Revolución, fue el hecho de que la Junta Revolucionaria de La Habana, consciente de la importancia de mantener una eficaz comunicación entre el poder ejecutivo, representado por el Presidente, y el resto del país, trató de organizar un sistema de correo postal que garantizara la circulación de las órdenes y directivas, así como la coordinación de acciones entre los jefes de guerra, y al mismo tiempo evitaba que Céspedes estuviera aislado en Oriente, lo que equivalía a que su papel rector al frente de la insurrección fuera prácticamente inexistente. Pero Camagüey tardó un mes en responder los requerimientos de La Habana, y cuando lo hizo, fue para declararse sumamente dolido en su susceptibilidad por el hecho de que los habaneros pensaran que los camagüeyanos dependían de los orientales. De más está decir que la organización de un correo postal se disolvió en la nada.

Otra gran contradicción entre Céspedes y los camagüeyanos tuvo como motivo la disparidad de criterios entre declarar la guerra a muerte a los españoles, en respuesta a la guerra de exterminio que desde el primer momento las autoridades militares coloniales simultanearon con cierta actitud conciliatoria hacia los insurrectos que abandonaran las filas del Ejército Libertador, con el deseo de Céspedes de no imitar la conducta cruel y sanguinaria del enemigo que macheteaba a inocentes, heridos y familias enteras formadas por mujeres, niños y ancianos, y daba garrote vil o fusilaba a los jefes capturados.

Esta existencia de dos Gobiernos virtuales en Cuba Libre fue uno de los pretextos que permitió al Gobierno de los Estados Unidos negar el reconocimiento de la beligerancia a los insurrectos cubanos. Sin el apoyo del Gobierno de Grant para el avituallamiento de expediciones con armas, pertrechos, municiones y combatientes que arribaran a las costas de Cuba  para fortalecer al Ejército Libertador, la marcha de la guerra no podía menos que resentirse, pues dentro de la isla los mambises tenían poquísimas posibilidades de abastecerse de todo lo necesario para luchar, como lo demuestra el caso de Las Villas, donde muchos sublevados tuvieron que presentarse a las autoridades españolas por falta de armamento para combatirlas. También ha pasado a la historia un combate en el que los insurrectos, a mitad del mismo quedaron sin municiones y continuaron la pelea lanzando andanadas de piedras contra los españoles, ¡y ganaron! (Continuará…)

 

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RAMIRO GUERRA, HISTORIADOR MAGNO, Y LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS (I)

No me avergüenza declarar que aunque siempre destaqué en las asignaturas de Letras en la escuela primaria, detestaba en secreto la Historia de Cuba, y solo conseguía mis buenas notas gracia a mi facilidad memoriosa. En aquella época, y dudo que hoy sea diferente, la Historia de Cuba no era más que una lista interminable de fechas, nombres de patriotas o de enemigos y lugares donde habían ocurrido eventos capitales. También había unas categorías incomprensibles para un niño y hasta para un adolescente, tales como caudillismo, regionalismo, anexionismo, términos completamente huecos porque no iban acompañados más que, a lo sumo, de un par de frases caracterizadoras que no pasaban de ser meros clichés mentales a los que ni siquiera se podía llamar conceptos. Lo poco que yo realmente sabía de la Historia de mi país era que los españoles habían fusilado a los Ocho estudiantes de Medicina, que Martí había muerto en Dos Ríos y que el Mayor General Calixto García había entrado en Matanzas llevando consigo en un caballo blanco a su ayudante de campo, capitán Picart, entonces mi futuro bisabuelo, y que tras el licenciamiento del Ejército Libertador, el impago de las pensiones de los veteranos fue la causa de que murieran, con apenas meses de nacidos, dos gemelos potenciales tíos abuelos míos, los últimos retoños de mi ancestro mambí con la poeta matancera Clara Ruíz-Lavín. Cinco siglos de historia heroica quedaban reducidos a eso para mí, y a una serie de cuadritos de Verdadero o Falso, método muy estúpido de examinar, por cierto, a que se resumían los finales de curso en esa asignatura.

Ahora que ya estoy tan lejos de la infancia como de otro planeta, la historia de Cuba, a pesar de ser breve comparada con la de otras naciones, me parece tan hermosa que en ocasiones me quedo sin aliento. Pero debo decir que aunque he devorado miles de páginas de muy variados autores, en mi humilde opinión doy la palma de los historiadores cubanos a Ramiro Guerra, de vastísima obra, cuya Historia de la Guerra de los Diez Años no ha vuelto a ser reeditada en Cuba con posterioridad a la edición de dos tomos de 1950 que tengo en mi poder.

Al revisar la entrada de EcuRed correspondiente a Guerra he comprobado que su última publicación en Cuba fue el Discurso conmemorativo de la muerte del lugarteniente del Ejército Libertador Mayor General Antonio Maceo y Grajales y de su ayudante Francisco Gómez Toro, a cargo de la habanera Editorial Lex en 1960, aunque es posible que tal dato no sea exacto. Parecería increíble que ninguno de los libros de Ramiro Guerra tenga siquiera una redición posterior a 1959, pero EcuRed permite entender esa omisión fantasmática cuando consigna que Guerra fue Secretario de la Presidencia durante el gobierno de Gerardo Machado, el “asno con garras”, como bautizara Mella a uno de los más funestos gobernantes de esta isla, aunque le debamos el Capitolio y la Carretera Central. Y todavía se comprende mejor el silencio de la obra de Guerra cuando EcuRed aclara que cesó en su cargo cuando aquel Gobierno cayó, y nunca fue posible encontrar en su expediente una sola mácula, o sea, fue un excelente secretario presidencial. Para colmo, Guerra fue director del Diario de La Marina, y aunque lo que sigue ya no sea tan grave, fue miembro de la Academia de Historia, cerrada, junto con la de Artes y Letras, por el mismo procedimiento voluntarioso y expeditivo en la década de los 60. Guerra moriría 10 años después, a los noventa de edad, pero hasta entonces, EcuRed asegura que siguió colaborando con el sistema de enseñanza nacional*.

Sus dos tomos de la Historia de la Guerra de los Diez Años han sido uno de los episodios más hermosos de mi vida intelectual y uno de mis mejores descubrimientos. Más que un libro de historia parece una inmensa novela trágica, así de bella y tersa es su prosa aun cuando en sus páginas más duras. En ningún otro historiador, y los tenemos magníficos, he encontrado tanta cantidad de información manejada con un sistema tan apolíneo de estructuración del pensamiento, acompañado todo de la más absoluta objetividad y la más asombrosa profundidad de análisis y juicios. También he confirmado, leyendo a Guerra, que la historia de Cuba hay que volver a escribirla, pues resulta desconcertante la cantidad de información que desconocemos sobre nuestro propio pasado. Me gustaría poner solo dos ejemplos. El primero sería la supuesta morosidad de Occidente para sumarse a la gesta libertadora del Ejército Mambí.

Siempre se dice que el Departamento Occidental, es decir, Matanzas —la más rica región azucarera y esclavista de Cuba en tiempos de la Colonia—, La Habana y Pinar del Río no quisieron tomar parte en la Guerra Grande porque amaban sus riquezas y temían a la tea incendiaria, que asolaba el país como un gigantesco infierno volante a lomos de la caballería mambisa. Es una de esas mentiras que de tanto repetirse se convierten en “verdades”, como postuló Goebbels, el principal ideólogo del nazismo. La Junta Revolucionaria de La Habana, integrada por Miguel Aldama, Miguel de Embil, José Morales Lemus y otros hacendados millonarios, apoyó desde un inicio a Carlos Manuel de Céspedes como Presidente de Cuba Libre, y aun cuando por tener España la mayor parte de sus tropas concentradas en Oriente y Camagüey la defensa de La Habana fue asumida por los tristemente célebres batallones de voluntarios, que cometieron masacres terribles en la ciudadanía capitalina, estos hacendados fueron capaces, luchando desde la clandestinidad, de armar expediciones para auxiliar a la Revolución con hombres, armas y pertrechos que llegaban desde el sur de los Estados Unidos y Jamaica. Y siguieron apoyando la guerra cuando tuvieron que emigrar en masa al país del Norte, amenazados de muerte. Desde la emigración no solo continuaron enviando expediciones, sino que terminaron costeándolas de sus propios bolsillos cuando las recaudaciones mermaron hasta casi desaparecer, lo que sumió a varios de ellos en la más absoluta miseria. Uno de sus miembros, José Morales Lemus, fue quien más trabajó en los Estados Unidos desde dentro de las más altas esferas gubernamentales del Presidente, general Ulyses Grant, para conseguir de los norteamericanos el reconocimiento de la beligerancia a los cubanos que, de haberse logrado, habría significado la obtención del apoyo del Gobierno de Grant a la Guerra por la independencia que se libraba en Cuba.

La feroz actividad de los voluntarios, nutridos en su mayor parte por la clase media española residente en Cuba, resentida por su modo de vida inferior al de los cubanos pobres, estuvo respaldada por un poder tan grande que les permitió deponer al Capitán General Domingo Dulce, quien tuvo que huir de su palacio perseguido por estos que a sí mismos se llamaban “los buenos españoles”, quienes, además, manipularon a su antojo a Ginoves Espinar, nombrado por Madrid Capitán General interino, y a Caballero de Rodas, su sucesor oficial en el cargo. Organizados en el Casino Español con filiales en todas las provincias, los voluntarios, en número de más de 10 mil solo en La Habana y conformando 11 batallones, constituían un verdadero gobierno paramilitar que era, en verdad, el verdadero dueño de la isla, ya que el poder de la Corona no tenía en Cuba ningún valor. Los voluntarios no solo fueron los promotores de los sangrientos sucesos del Teatro Villanueva y el asalto y saqueo de la casa de Domingo del Monte, anexa al Palacio de Aldama, sino que exigieron y consiguieron, con oscuras e ilegales maniobras, el fusilamiento de los Ocho Estudiantes, en venganza por la muerte en Cayo Hueso de uno de sus coroneles, el fatídico periodista Gonzalo Castañón, quien en el periódico que dirigía — el más exacerbado entre todas las publicaciones españolas en la isla—, manchó el honor de las cubanas de la emigración llamándolas “putas”, y como fuera respondido por el director de un periódico cubano en el Cayo, retó a este a duelo y al Cayo se fue, con una vocinglera compaña de amigos, a batirse con el periodista cubano llevando una cota de malla bajo la camisa, incuestionable señal de cobardía, pero el falsificado duelo nunca llegó a celebrarse, porque Castañón fue muerto por el panadero cubano Mateo Orozco en una balacera que los cubanos comenzaron frente al hotel donde se alojaba Castañón y terminaron dentro del edificio, hiriendo Orozco a Castañón en el cuello y la ingle, dos disparos que terminaron con la vida del odioso agitador. Para colmo, Orozco y sus compañeros fueron declarados inocentes por las autoridades norteamericanas, lo que enfureció al límite a los voluntarios, quienes decidieron tomar revancha por su propia mano del modo que ya conocemos, y lo hicieron, pues no solo anularon el primer juicio que se celebró a los estudiantes, en cuyo Jurado estaban representados, en número de 6, en igualdad con los militares del Ejército, sino que obligaron a las autoridades a conformar un nuevo Jurado integrado por los mismos seis militares y nueve voluntarios, uno por cada batallón en activo en la capital, con lo que los estudiantes no tenían la menor oportunidad de evadir la sentencia mortal. No contentos con ello, formaron el pelotón de fusilamiento y quitaron la vida a los inocentes estudiantes de medicina, adolescentes, quienes enfrentaron su final con un valor que hasta los mismos españoles se vieron obligados a reconocer. Muchos otros desmanes cometieron los voluntarios en las tres provincias que formaban entonces el Departamento Occidental, donde se encontraba la mayor riqueza azucarera de Cuba. Los levantamientos en armas que fueron posibles en Oriente, Camagüey y eventualmente Las Villas, jamás hubieran podido producirse en La Habana.

Qué diferencia tan grande con lo que se impartía en las clases de Historia de Cuba en la primera enseñanza cuando yo era niña. Pero he preguntado a los adolescentes de hoy sobre este y otros muchos temas relacionados con dicha asignatura y no saben más de lo que yo sabía entonces. (Continuará)

*En realidad hubo reediciones de alguno de sus libros posteriores a 1959

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JOKER, LA RISA DE SANGRE O EL PLACER DE PISOTEAR UN SUEÑO

Joker es una de las películas que más me han impresionado en mi larga vida cinéfila, pero este mismo comentario ya habrá sido escuchado muchas veces en multitud de bocas en medio planeta. Como cada espectador, tengo mis momentos preferidos y mis “temas” más gustados en el filme, y de eso quiero hablar.

Joaquín Phoenix ha gozado de mi más entusiasta admiración en todas las interpretaciones que he visto de él, en especial en el papel del joven emperador romano Cómodo, que encarnó en Gladiador. Phoenix parece tener una singular afinidad con personajes tocados por la locura. Hasta hoy, que he comenzado a leer sobre la película, no sabía que es un actor puertorriqueño ni hermano del tempranamente desaparecido River Phoenix, actor muy prometedor que murió a los 23 años por sobredosis de drogas, curiosamente en una discoteca propiedad de ese ser oscuro y un poco siniestro que es Johny Deep.

La técnica actoral desplegada por Phoenix en Joker es impecable. Es un enfermo mental, sí, pero con una prestancia y una elegancia tan imponentes que se filtran en cada uno de sus movimientos, a pesar de las 54 libras de peso que tuvo que perder en cuatro meses para poder encarnar a Arthur Fleck. La disociación entre los verdaderos estados de ánimo del personaje y los ataques de risa que sufre como consecuencia de su enfermedad neurológica son un alarde de maestría que pocos actores hubieran podido lograr, y al verlo se comprende por qué no le dieron el papel a Leonardo Di Caprio, como se había pensado en un principio. Phoenix posee una versatilidad, una infinitud de expresiones  faciales y corporales, que hace reflexionar con cierta desolación en la total ausencia de matices del Gatsby del remake interpretado por Di Caprio, que convierte al mejor personaje escrito por Scott Fizgerald en una figurita de recortería coloreada.

Phoenix despliega ante los ojos del espectador infinitos matices. En la relación con su madre no se muestra afectivo, pero sí delicado al prodigarle los cuidados que demanda su condición. En sus ensoñaciones amorosas con su vecina es tímido, romántico, necesitado de afecto y por momentos deja asomar una sexualidad muy convincente. Entre la gente funciona con una ingenuidad y una indefensión que derrotan al espectador desde el primer instante, en esas escenas tristísimas del comienzo del filme donde es asaltado por una banda, despojado de su cartel promocional y golpeado en un callejón donde queda entre montañas de basura, balanceándose aferrado a sus rodillas en una pose que es un monumento a la impotencia más sufrida. Pero de pronto se transforma en un cínico temible, un “guasón” desolado, como él mismo se autonombra, y de repente en asesino crudelísimo capaz de la más refinada y rápida violencia. Está lleno de amor que no puede dar, de resentimientos contra el sistema que le rebosan por los poros, de soledad y de locura. Uno de los momentos más espantosos del filme —al menos para mí— es aquel donde afirma que lo peor de estar loco es que “la gente espera que te comportes como si no lo estuvieras”. Son palabras que denuncian de un modo descarnado la insensibilidad de las personas para con quienes tienen la inconmensurable desgracia de padecer una enfermedad mental, porque de alguien con un cáncer todos se compadecen, pero un enfermo mental suscita un abanico de reacciones que van desde el rechazo y el miedo hasta la burla, y cosas mucho peores. Un loco es aquel a quien se le puede hacer cualquier cosa con total impunidad: divertirse con él, humillarlo, robarlo, violarlo, torturarlo, matarlo… Total, nada pierde el mundo si muere, y el loco ni cuenta se va a dar de su suplicio.

De la denuncia social sin disfraz que hay en la película hablan todos: la crítica, la gente de a pie, los aficionados al cine. Es evidente que sin los recortes presupuestarios impuestos por el sistema capitalista a los servicios sociales de salud, Arthur no hubiera perdido el acceso gratuito a sus medicamentos y tal vez no hubiera llegado al desequilibrio que lo empuja a matar. Pero también la desesperación lo empuja a matar: pierde sus medicinas, su trabajo; su novia ilusoria es, en realidad, una vecina distante que le teme; su madre no solo le ha engañado (doblemente) sobre sus orígenes, sino que permitió que él fuera un niño abusado. El presentador de programas, figura modélica dela que se alimenta la vocación humorista de Arthur, lo invita a su programa y lo escarnece frente a todo un teatro y todas las pantallas de Ciudad Gótica. Para colmo, su psiquiatra no lo escucha y lo somete a interrogatorios protocolares que despiertan su ira y lo impulsan a matarla, de lo que nos enteramos por una magnífica metáfora visual: las huellas de sangre que los zapatos de Arthur van dejando en el corredor tras su salida de la consulta donde ha tenido cita con esta mujer.

Lo terrible es que no existe una conspiración personalizada contra el individuo Arthur Fleck, sino algo peor: los millones de Arthur Fleck, perdedores natos que habitan este planeta, existen y están entre nosotros precisamente para que podamos canalizar en su martirio la frustración de nuestras propias almas, la necesidad inconfesada de autoafirmación que todos padecemos en esta sociedad del siglo XXI, disolutoria de la identidad. Son los espantajos a los que arrojamos piedras y a cuyo alrededor bailamos frenéticos para olvidar por un momento la Nada que, también, somos. En realidad, la distancia que separa a tanta gente de ser un payaso atormentado como Arthur Fleck es bien poca: un buen empleo, un auto del año, ropa de marca, una casa con piscina en un barrio elegante, un reloj caro… Por eso los torturamos: para hacer la diferencia. Para eso  andan entre nosotros aunque no son de los nuestros*: para que nos divirtamos pisoteando sus sueños.

Me encantan las danzas de Arthur en la película. ¿Ha sido Joaquín Phoenix alguna vez un bailarín? No lo sé, pero él confiesa que copió el estilo de baile de un cantante y bailarín norteamericano del siglo pasado, Ray Bolger. Lamentablemente no tengo información sobre el trabajo de Bolger, pero mi hija y sus amigos, muy conocedores de la cultura medieval, han creído percibir en las suaves volutas formadas por los movimientos de brazos y manos de Phoenix gestos propios de antiguas danzas de corte. Puede ser casualidad o una mera ilusión de estos jóvenes, pero no olvidemos que Phoenix fue un emperador romano en Gladiador, papel para el que se preparó con minucioso rigor, seguramente. Pero no encuentro ninguna foto de esos movimientos en Google.

En resumen, que Jocker es uno de los trabajos actorales más profundos y logrados que he visto en la historia del cine. Tengo dos escenas favoritas: en una, cuando sale a escena para presentar su número humorístico, Arthur es atacado por su mal riente, intenta contenerse y el esfuerzo físico que realiza Phoenix hace brotar abundante moco de su nariz. Otra: cuando camina en medio de la multitud con heridas sangrantes en su rostro, fiel a su misión de mostrar una cara feliz, toma con sus dedos su propia sangre y se pinta una enorme boca riente de payaso, mientras contempla la locura que ha desatado en la ciudad contra Wayne, el representante del sistema que a tantos ha quitado algo o, como a Arthur, todo. Esa risa de sangre es una metáfora genial que encierra toda la conceptualidad del filme: hay que pagar con sangre para iniciar el Cambio  que podría hacer del mundo un lugar menos repulsivo y más justo. Curiosamente he visto Joker en los días en que trabajaba en una versión para televisión de Bartleby el escribiente, uno de mis cuentos preferidos. Bartleby, al contrario de Arthur, elige no el camino de la rebelión, sino el de la disolución. Estos dos personajes encarnan modos diferentes de enfrentar la sociedad capitalista, su deshumanización, su desesperante capacidad para atomizar las almas. No por gusto el autor de Bartleby, el escritor norteamericano Herman Melville, termina su relato con estas palabras: “¡Oh, Bartleby, Oh, Humanidad!”.

Para los interesados en esta película tanto como en el mundo que nos ha tocado vivir, o que nos vive y nos destruye, recomiendo lean la defensa que ha hecho el cineasta norteamericano Michael Moore de esta película, y también llamo la atención sobre el hecho, muy interesante, de que la chelista islandesa Hildur Guðnadóttir, compositora de la bellísima banda sonora de Joker, que tan bien armoniza con la risa diabólica de Phoenix, es además la autora de la música de Chernobil. El que tenga ojos, que vea, y el que tenga oídos, que oiga*.

*Cita bíblica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Grandes documentos de la historia de Cuba

 He estado releyendo el Diario perdido de Céspedes y Carlos Manuel de Céspedes Escritos, compilado por Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. No voy a hablar aquí de mi veneración por Céspedes ni de lo que pienso sobre su destitución del cargo de Presidente de la República en Armas por la Junta de Representantes del Centro, porque tendría que adentrarme en el que creo fue el más fatídico error que cometieron los revolucionarios cubanos en la Guerra de los Diez Años, y en cuyo error tuvieron parte principalísima otros próceres insignes sobre los cuales ningún historiador quiere arrojar sombras. Creo que mejor que ofrecer mi opinión, será publicar un documento crucial de nuestra historia nacional: el Manifiesto que abrió las compuertas de la rebelión contra España. Me refiero al documento redactado por Céspedes la noche antes de anunciar el alzamiento en La Demajagua, el que, aunque no puedo explicarme por qué, jamás he encontrado en ninguno de los planes de estudio de todos los numerosos centros de enseñanza por los que he pasado. Todo cubano debería leer este Manifiesto tanto como aprende los símbolos patrios y muchas consignas que caducan con el paso del tiempo hasta convertirse en letra muerta.

Recuerden, cubanos, a Carlos Manuel de Céspedes, que amó a Cuba por encima de todas las cosas, le ofrendó la sangre de su hijo, renunció a todo el placer que ofrece la vida a un hombre de su elevada condición social, y murió sacrificado y solo, abandonado por los suyos y acusado de ambicionar una tiranía con la que nunca soñó.  Recordemos siempre que todo cuanto hizo desde la Presidencia casi sin poderes que le fue conferida, lo hizo en aras de conseguir de poderosos gobiernos extranjeros la beligerancia de la Revolución en Cuba.

He respetado la ortografía de la época tanto como respeto la memoria del único y verdadero Padre de nuestra nación, como reconoció Martí.

Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba,
dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones.

Al levantarnos armados contra la opresión del tiránico gobierno español, siguiendo la costumbre establecida en todos los paises civilizados, manifestamos al mundo las causas que nos han obligado a dar este paso, que en demanda de mayores bienes, siempre produce trastornos inevitables, y los principios que queremos cimentar sobre las ruinas de lo presente para felicidad del porvenir.

Nadie ignora que España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado; no sólo no la deja seguridad en sus propiedades, arrogándose la facultad de imponerla tributos y contribuciones a su antojo, sino que teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso, por comisiones militares establecidas en plena paz, con mengua del poder civil. La tiene privada del derecho de reunión, como no sea bajo la presidencia de un jefe militar; no puede pedir el remedio a sus males, sin que se le trate como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer.

La plaga infinita de empleados hambrientos que de España nos inunda, nos devora el producto de nuestros bienes y de nuestro trabajo; al amparo de la despótica autoridad que el gobierno español pone en sus manos y priva a nuestros mejores compatriotas de los empleos públicos, que requiere un buen gobierno, el arte de conocer cómo se dirigen los destinos de una nación; porque auxiliada del sistema restrictivo de enseñanza que adopta, desea España que seamos tan ignorantes que no conozcamos nuestros sagrados derechos, y que si los conocemos no podemos reclamar su observancia en ningún terreno.

Amada y considerada esta isla por todas las naciónes que la rodean, que ninguna es enemiga suya, no necesita de un ejército ni de una marina permanente, que agotan con sus enormes gastos hasta las fuentes de la riqueza pública y privada; y sin embargo, España nos impone en nuestro territorio una fuerza armada que no lleva otro objeto que hacernos doblar el cuello al yugo férreo que nos degrada.

Nuestros valiosos productos, mirados con ojeriza por las repúblicas de los pueblos mercantiles extranjeros que provoca el sistema aduanero de España para coartarles su comercio, si bien se venden a grandes precios con los puertos de otras naciónes, aquí, -para el infeliz productor, no alcanzan siquiera para cubrir sus gastos: de modo que sin la feracidad de nuestros terrenos, pereceriamos en la miseria.

En suma, la Isla de Cuba no puede prosperar, porque la inmigración blanca, única que en la actualidad nos conviene, se ve alejada de nuestras playas por las innumerables trabas con que se la enreda y la prevención y ojeriza con que se la mira.

Así pues, los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden siquiera pensar y recibir con agasajo a los huéspedes que sus hermanos de otros puntos les envían. Innumerables han sido las veces que España ha ofrecido respetarle sus derechos; pero hasta ahora no ha visto el cumplimiento de su palabra, a menos que por tal no se tenga la mof a de asomarle un vestigio de representación, para disimular el impuesto único en el nombre y tan crecido que arruina nuestras propiedades al abrigo de todas las demás cargas que le acompañan.

Viéndonos expuestos a perder nuestras haciendas, nuestras vidas y hasta nuestras honras, me obliga a exponer esas misma adoradas prendas, para reconquistar nuestros derechos de hombres, ya que no podamos con la fuerza de la palabra en la discusión, con la fuerza de nuestros brazos en los campos de batalla.

Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciónes autoriza ese último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir, A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso. A e1los apelamos y al Dios de nuestra conciencia, con la mano puesta sobre el corazón. No nos extravian rencores, no nos halagan ambiciones, sólo queremos ser libres e iguales, como hizo el Creador a todos los hombres.

Nosotros consagramos estos dos venerables principios: nosotros creemos que todos los hombres somos iguales, amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias; respetamos las vidas y propiedades de todos los ciudadanos pacíficos, aunque sean los mismos españoles, residentes en este territorio; admiramos el sufragio universal que asegura la soberania del pueblo; deseamos la emancipación gradual y bajo indemnización, de la esclavitud, el libre cambio con las naciónes amigas que usen de reciprocidad, la representación nacional para decretar las leyes e impuestos, y, en general, demandamos la religiosa observancia de los derechos imprescriptibles del hombre, constituyéndonos en nación independiente, porque así cumple a la grandeza de nuestros futuros destinos, y porque estamos seguros de que bajo el cetro de España nunca gozaremos del franco ejercicio de nuestros derechos.

En vista de nuestra moderación, de nuestra miseria y de la razón que nos asiste, ¿qué pecho noble habrá que no lata con el deseo de que obtengamos el objeto sacrosanto que nos proponemos? ¿Qué pueblo civilizado no reprobará la conducta de España que se horrorizará a la simple consideración de que para pisotear estos dos derechos de Cuba, a cada momento tiene que derramar la sangre de sus más valientes hijo? No, ya Cuba no puede pertenecer más a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos. Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos, y si la misma España consiente en dejarla libre y tranquila, la estrechará en su seno como una hija amante de una buena madre; pero si persiste en su sistema de dominación y exterminio segará todos nuestros cuellos, y los cuellos de los que en pos de nosotros vengan, antes de conseguir hacer de Cuba para siempre un vil rebaño de esclavos.

En consecuencia, hemos acordado unánimemente nombrar un jefe único que dirija las operaciones con plenitud de facultades, y bajo su responsabilidad, autorizado especialmente para nombrar un segundo y los demás subalternos que necesite en todos los ramos de administración mientras dure el estado de guerra, que conocido como lo está el carácter de los gobernantes españoles, forzosamente ha de seguirse a la proclamación de la libertad de Cuba. También hemos nombrado una Comisión gubernativa de cinco miembros para auxiliar al General en Jefe en la parte política, civil y demás ramos de que se ocupa un país bien reglamentado. Asimismo decretamos que desde este momento quedan abolidos todos los derechos, impuestos, contribuciones y otras exacciones que hasta ahora ha cobrado el gobierno de España, cualquiera que sea la forma y el pretexto conque lo ha hecho, y que sólo se pague con el nombre de ofrenda patriótica, para los gastos que ocurran durante la guerra, el 5 por 100 de la renta conocida en la actualidad, calculada desde este trimestre, con reserva de que si no fuese suficiente pueda aumentarse en lo sucesivo o adoptarse alguna operación de crédito, según lo estimen conveniente las juntas de ciudadanos que al efecto deben celebrarse.

Declaramos que todos los servicios prestados a la patria serán debidamente remunerados; que en los negocios, en general, se observe la legislación vigente interpretada en sentido liberal, hasta que otra cosa se determine, y por último, que todas las disposiciones adoptadas sean puramente transitorias, mientras que la nación ya libre de sus enemigos y más ampliamente representada, se constituya en el modo y forma que juzgue más acertado.

Manzanillo, 10 de octubre de 1868.

El general en jefe, Carlos Manuel de Céspedes.

 

 

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