Volver sobre mis pasos, Memorias de Tomás Gutiérrez-Alea

Acabo de terminar la lectura de Volver sobre mis pasos, selección epistolar realizada por la actriz cubana Mirtha Ibarra sobre la correspondencia del más grande de los cineastas cubanos, Tomás Gutiérrez-Alea, quien fuera su esposo y director de filmes tan inolvidables e imprescindibles en la cinematografía latinoamericana como Memorias del subdesarrollo, Fresa y chocolate, Los sobrevivientes, Una pelea cubana contra los demonios y otras de una lista de diez, curiosamente filmadas en un largo período de tiempo que abarcó más de tres décadas. Y digo curiosamente porque fue un trabajador obsesivo e incansable que vivió para el cine.

Busqué este libro sin éxito desde 2008, fecha en que se publicó la primera edición cubana. En todas las librerías a las que llegaba se había agotado, y luego pasó el tiempo. Conseguí otros libros sobre Titón, traté de conseguir también todas sus películas o de volver a verlas. Es uno de los intelectuales cubanos que me ha obsesionado, porque yo quise ser directora de cine, y si lo hubiera logrado habría hecho películas como Memorias…, La bella del Alhambra de Barnet o  la Suite Habana de Fernando Pérez, entre otras cosas. Fue uno más entre mis sueños rotos que pasaron por la Pintura, la Arqueología, la Historia, la Antropología, la Medicina… Solo haciéndome escritora pude, de alguna manera, realizar todas esas ambiciones, de las que el cine ha sido una de las más fuertes, y esa, para mí, tiene el rostro de Tomás Gutiérrez-Alea.

El libro me ha sorprendido en más de un aspecto. Hubiera preferido correspondencia cruzada, para evitar vaguedades, pero cualquier cosa que yo pueda poseer de/o sobre Titón tiene  un inmenso valor para mí. Para comenzar, mi impresión general ha sido la de un libro patético en el mejor y más elevado sentido de la palabra. Nunca me hubiera imaginado que mientras yo era una jovencísima estudiante en San Alejandro y luego una becada todavía adolescente en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), y junto con mis compañeros robaba libros en las bibliotecas para poder estar al día en lo que se escribía fuera de Cuba, uno de los más grandes directores de cine de América Latina enviaba conmovedoras cartas de súplica a grandes personalidades de la cultura en Occidente, con una dignidad propia del vagabundo Charlot, pidiéndoles que le enviaran libros y revistas sobre cine y cultura en general, y así poder conocer lo que se hacía en el séptimo arte y la literatura fuera de nuestro país. Muchas de estas cartas no obtenían respuesta y Titón, meses después, volvía a la carga con una insistencia elegante y conmovedora que en más de una ocasión me hizo esconder la cara entre mis almohadas. Titón, uno de los dos cubanos y miembros del ICAIC  que había cursado estudios en Cinecittá. Uno de los fundadores de la primera Cinemateca cubana junto con Germán Puig, Ricardo Vigón, Néstor Almendros y Cabrera Infante, y director de algunas de las mejores películas que ha producido el cine continental. Yo recuerdo esa época difícil en que aquellos que tenían la enorme suerte de que les llegara una novela del nouveau roman, un texto de teoría y crítica de las escuelas entonces de moda, o artículos de revistas, ensayos sueltos, cualquier cosa, hacían cadenas de préstamos para que otras personas también pudieran leerlos. ¿No es un estado de cosas que recuerda el hambre de información padecida por Julián del Casal y sus compañeros de La Habana Elegante, y el revuelo que armó entre la joven intelectualidad cubana de finales de siglo el célebre baúl del conde Kostia, recién llegado de su viaje a París? Muy acertado estuvo Martí cuando llamó a la isla la comarca demorada. Mientras iba leyendo estas cartas de Titón, sublímemente mendicantes,  me agobiaba eso que llaman vergüenza ajena. Siempre hubo una autoridad colonial asfixiando muestro acceso a la cultura, y entre nosotros gigantes que braceaban desesperadamente para romper cadenas. Un gigante encadenado es siempre humillante para la dignidad de un pueblo.

Otro descubrimiento que me llenó de una mezcla entre la indignación, el desconcierto y la más profunda tristeza fue la cantidad de proyectos que Titón concibió y jamás pudo realizar, a veces por falta de recursos, a veces por falta de apoyo. Fue una de esas mentes que no dejan de pensar ni cuando duermen y un trabajador infatigable. Entre sus proyectos abortados estuvo llevar al cine el epistolario de la viajera sueca Fredrika Bremer  sobre su estancia en Cuba. Proyectos asombrosos que hubieran enriquecido muchísimo la cinematografía nacional y sobre algunos de los cuales nunca recibió respuesta de Alfredo Guevara. Titón le escribió cartas intensas y extensas en las que se quejaba de muchas cosas, renunciaba a ciertos cargos prominentes que desempeñó en el ICAIC, protestaba, declaraba sus principios y su inconformidad con procedimientos y decisiones de la institución, o lo que es lo mismo, de Alfredo Guevara, el hombre que durante décadas gobernó con mano de hierro el cine cubano hecho en la isla, y  si no se supiera que Volver sobre mis pasos es una selección de la correspondencia de Titón — obligatoriamente expurgada aunque no se diga en ninguna página, pues toda selección lo es por su propia naturaleza—, se podría pensar que Guevara nunca o pocas veces le respondía, empleando el silencio como un arma contra uno de los pocos subordinados suyos que nunca se le plegó enteramente. De acuerdo con lo que he leído en estas páginas yo no diría que Titón fue un contestatario, sino un hombre que defendió con firmeza sus criterios, pero siempre dentro de la órbita del sistema. Su fe en el proceso revolucionario era sincera, o al menos fue monolítica y eufórica durante bastante tiempo. Pero aunque muchísimos testimonios de gente del ICAIC que compartió con él aquella época lo muestran como uno de los dos funcionarios (el otro era Julio García Espinosa, su condiscípulo en Cinecittá) admitidos en las reuniones con Guevara donde se tomaban las más altas decisiones, Titón se quejaba continuamente en sus largas cartas a Guevara de que sus películas eran exhibidas fuera de Cuba y nadie se lo informaba, y de otros varios tratamientos reveladores de que, en realidad, ni por asomo tuvo dentro del ICAIC el poder que sus detractores han querido atribuirle. La manera en que era ninguneado con harta frecuencia parecía herirlo profundamente.

Habría mucho que comentar en torno a Volver sobre mis pasos, como por ejemplo la verdadera actitud de Titón ante la confiscación y prohibición del documental PM, de Sabá Cabrera, decisiones que trajeron como consecuencia un período de gran agitación y turbulencia entre las filas de los cineastas cubanos y terminaron en las tres famosas reuniones con Fidel selladas con la célebre frase “Dentro de la Revolución, todo. Fuera de la Revolución, nada”. Pero este comentario se extendería demasiado.

Solo vuelvo a preguntarme una vez más cómo valorarán las generaciones futuras en la distancia histórica el liderazgo autocrático y dictatorial de Alfredo Guevara sobre el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Yo, por mi parte, y hablando en mi único nombre, reconozco los grandes beneficios que no pueden negarse a su gestión, pero deploro, como dicen los diplomáticos de carrera en su lenguaje festinado y cauto, muchas de las consecuencias nefastas que tuvo para esa institución que siempre declaró su nacimiento por partenogénesis, es decir, engendrada por sí misma, sin reconocer jamás la existencia de precedentes como la Cinemateca original o el cine-club de la Sociedad Nuestro Tiempo. Se me ocurre citar un solo ejemplo, mencionado por Marta Araújo, conductora del Espacio Arte 7, minutos antes de la proyección del filme Kramer contra Kramer, cuando se refirió a la participación en esta película de Néstor Almendros como director de fotografía e hizo un breve recuento de su obra.

Hijo del reconocido pedagogo Herminio Almendros, republicano que buscó refugio en Cuba huyendo de las masacres cometidas por los franquistas durante y después de la Guerra Civil Española, Néstor nació en Barcelona en 1930 y en 1948 se reunió con su padre en La Habana, donde se doctoró en Filosofía y Letras y realizó sus primeros materiales fílmicos de aficionados con Germán Puig. Estudió cine en Nueva York y en Roma. En 1959 regresó a Cuba y rodó algunos documentales para el ICAIC, pero en 1962 se fue a Francia, donde tras unos comienzos difíciles llegó a filmar con directores de la talla de Francois Truffaut y Eric Rohmer. La lista de los filmes en que intervino como director de fotografía en Francia, Estados Unidos y España es realmente impresionante: El pequeño salvaje (1969) y  La historia de Adéle (1975) de François Truffaut; La coleccionista, Mi noche con Maud, y todas las realizadas por Rohmer entre 1966 y 1976; Días del cielo, de Terrence Malick, por la que obtuvo un premio Oscar de fotografía en 1978; Kramer contra Kramer (1979), Bajo sospecha (1982) y Billy Bathgate (1991), las tres de Robert Benton; la siempre recordada Laguna azul, de Randal Kleiser, debut de la bellísima adolescente Brooke Shields; La decisión de Sophie (1982), de Alan Pakula, y otros títulos. Tuvo cuatro nominaciones al Oscar de fotografía, que obtuvo con Días del cielo. Murió de SIDA en Nueva York en 1992. En reconocimiento a su labor, la asociación Human Rights Watch y la Film Society del Lincoln Center (Nueva York), crearon el Nestor Almendros Prize para premiar el coraje y el compromiso con los derechos humanos en la realización de una película. El Istituto Cinematográfico dell’Aquila italiano y la AIC (Asociación Italiana de Directores de Fotografía) crearon el Nestor Almendros Award para directores de fotografía jóvenes, y en la localidad española de Tomares (Sevilla) existe un centro de Formación Profesional Especifica de Imagen y Sonido que también lleva su nombre. Homosexual declarado, en 1983 Néstor Almendros codirigió con Orlando Jiménez Leal el documental Conducta impropia, sobre la represión sufrida por los homosexuales en los primeros años de la Revolución. Pero tres años antes, en 1980, cuando se exhibió en Cuba La laguna azul, al parecer su crédito como director de fotografía fue olvidado, lo que indica que el interdicto en su contra era muy anterior. Es difícil aceptar que la pérdida para la cinematografía cubana del genio de Néstor Almendros, reconocido a nivel internacional como uno de los mejores directores de fotografía de la historia del cine, no haya tenido relación con el liderazgo de Alfredo Guevara en el ICAIC. El extenso número de testimonios sobre su salida del Instituto, despedido por Guevara o por voluntad propia, vuelve casi imposible pronunciarse en una de las dos direcciones sin antes realizar una investigación exhaustiva muy difícil luego de tantos años, tanta gente de entonces fallecida y tantas cosas que hoy pertenecen únicamente a la memoria oral.

Pero mi pregunta más dolorosa es esta: ¿cuál sería hoy la historia del cine cubano y del ICAIC si Néstor Almendros hubiera trabajado en Cuba y Titón hubiera podido filmar todas las películas que su espíritu creador concibió y en algunos de cuyos guiones llegó a trabajar? ¡Cuán fructífera hubiera sido la amistad entre ambos nacida en su juventud y convertida en colaboración fecunda! Cuántos talentos sin tiempo para darse a conocer se habrán perdido en esa agitación febril que devoró a tantos posibles realizadores, guionistas, fotógrafos, actores, sacrificados en los altares de una exaltación ideológica cuyos errores de entonces son hoy reconocidos?

Volver sobre mis pasos muestra aristas íntimas de la personalidad de Tomás Gutiérrez-Alea, un hombre y un creador muy singular, que sin este libro nunca hubieran llegado a conocimiento de los lectores, y ese es su objetivo, que se agradece desde la más profunda admiración de quienes amamos su obra. Pero lejos de arrojar luz sobre aquellas famosas polémicas de los sesenta que tanta literatura han generado, y sobre el papel jugado en ellas por titón y ciertas individualidades rectoras que mantuvieron bien aferrado su cetro por muchos, muchos años, crea una mayor oscuridad con respecto a algunos momentos y acontecimientos de la historia del cine cubano posterior a 1959, algo que suele suceder cuando se publica un epistolario personal (en este caso una selección), y que por lo general no ocurre cuando se publican cartas cruzadas. De todos modos resulta un libro imprescindible para la historia del cine cubano.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Memorias del Reparto La Asunción

He escuchado a unos vecinos recién instalados en mi edificio asegurar a sus invitados que el reparto La Asunción, ubicado entre la Calzada de Porvenir y la célebre Loma del Burro, fue un reparto “de ricos”. Estoy al tanto desde hace décadas de la increíble capacidad del cubano para perder la memoria histórica, confundir cosas, fabular o juzgarlo todo desde una óptica tan superficial que hiela la sangre, como le gustaba decir a mi madre, pero semejante afirmación me causó un malestar que casi no puedo explicar, supongo que porque es mentira, y las mentiras siempre me han molestado muchísimo.

Yo nací en La Asunción, en los altos de la única farmacia del reparto, conocida como “la farmacia del doctor Martín”, pues así se llamaba el farmacéutico que la heredó de su verdadero dueño, el doctor Boves, cuando este y su familia emigraron a Miami antes de 1959. Enfrente estaban los laboratorios —o una filial de los laboratorios— Charcot. En la esquina de Teresa Blanco y la Calzada de Luyanó había una modesta colchonería-mueblería que se quemó en un incendio provocado por un coctel Molotov que lanzaron desde un auto en marcha unos jóvenes luchadores clandestinos. En las Cuatro Esquinas de Luyanó —que no deben confundirse con las famosas Cuatro Esquinas de Toyo— hubo una cafetería  donde se ubicó después del 59 la pizzería del reparto y hoy es algo que carece de definición. Enfrente recuerdo una chocolatería-licorera en cuya entrada se encontraba un pequeño mostrador de madera y cristal donde un viejo señor vendía, entre toda clase de cosas, juegos de yakis, de soldaditos, de dados, yoyos y otros pequeños juguetes. En ese mismo portal, a pocos metros, otro señor igual de viejo estaba siempre con una carretilla repleta de toda clase de frutas tropicales, pero también de uvas, peras, manzanas, melocotones, avellanas, nueces; nunca he olvidado sus mameyes espectaculares, los mejores que he comido. Ahora, en ese local cercano al banco, hay algo llamado El Expreso, y lamento no poder tampoco definir qué es, porque no se entiende bien y la mayor parte del tiempo es solo un local vacío. Le siguen las ruinas del cine Norma, muy tristes.

La cafetería tenía un enorme mostrador de brillante formica que doblaba la esquina, sobre el que enloquecían a los niños del reparto unos grandes y coloridos recipientes con todo tipo de golosinas y unos caramelos que escondían “premios” en sus envolturas. Al lado estaba la ferretería “Del Gordo”, que seguro tenía otro nombre, pero todo el reparto la llamaba así porque su propietario ostentaba un vientre que siempre me hizo pensar en la ballena bíblica que se tragó a Jonás. Hoy es la shoping del reparto. Enfrente de El Expreso estaba el Tropi-Cream, donde ahora se encuentra la panadería; ahí servían deliciosos helados en copas de metal sudadas por el frío, como fue costumbre hacer en el mundo hasta que se impusieron las copas de cristal, unas increíbles tostadas de pan con mantequilla y otras muchas ricuras. No puedo recordar qué había en la cuarta acera, frente a la cafetería,  donde hoy funciona un comedor para pensionados: ¿una lavandería tal vez…?. En las tiendas comisionista y Caracol que están en la misma calzada hubo después de 1959 una tienda llamada Serenata, y es probable que antes hubiera también una tienda allí. En la esquina formada por la calle Jardín y la Calzada de Porvenir había un Piking-Chicking, y pido perdón por si esa ortografía no es correcta, pero entonces yo aún no sabía leer. El surtido era increíblemente variado, mi abuela y yo íbamos cada tarde a las seis a comprar una media noche para mi abuelito, y a veces un excelente picadillo para la cena familiar. Hacia el interior del reparto no recuerdo que hubiera más negocios particulares, solo la bodega muy bien surtida del gallego Francisco, y junto a ella la carnicería del viejo Eliseo.

Menciono esta larga lista de comercios varios porque sus propietarios vivían todos en La Asunción, en casas que hasta bien entrado el reparto son ejemplos modestos de la arquitectura urbana de los años treinta y cuarenta, separadas entre sí por estrechos pasillos laterales y sin jardines, con algunos vitrales e imitaciones ridículas de blasones heráldicos en ventanas y puertas. Ya en las últimas calles, las más cercanas al parque, había chalets de los años 50, muy lindos, con pequeños jardines, que existen todavía hoy, y casas de hasta tres plantas y gran confort, supongo que las últimas en construirse antes de la Revolución. Una de las familias más adineradas del reparto eran los Hurtado, que vivían en Teresa Blanco entre Jardín y Tres Palacios, en un inmueble de tres plantas que ellos mismos hicieron construir. Curiosamente, aunque poseían tres autos el inmueble carecía de garaje. No recuerdo de qué clase de negocios provenía su dinero, pero sí que solían dar muy buenas fiestas en su azotea, a las que iban mis padres entre otras muchas personas. Entre los habitantes del residencial había pequeños comerciantes y profesionales, gente que no formaba parte de la membrecía de los selectos clubes de la alta burguesía habanera, donde sí había ricos de verdad, multimillonarios y grandes propietarios.  En ninguno de los tres tomos del libro titulado Las empresas de Cuba ni en Los propietarios de Cuba aparece un solo apellido de un vecino de La Asunción.

El inmueble más singular del reparto sigue siendo el llamado “Castillito”, donde siempre oí decir que había vivido un Jefe de Policía, aunque parece que en realidad lo fabricó un arquitecto para que fuera su vivienda, y es un edificio de piedra oscura muy hermoso y con  amplios jardines. Probablemente sea la única casa del residencial que posea una habitación-vestidor concebida y construida con esa única función. En la esquina inmediata tuvo su casa el doctor Pedro Borrás, quien poseía una consulta particular en la Calzada, cerca del hospital Hijas de Galicia. No recuerdo ni creo haber visto jamás una piscina en mi reparto, como no fueran  esas grandes piletas inflables de colores que aún hoy se colocan en patios y jardines para diversión veraniega de los niños.

No hubo nunca “ricos” en La Asunción, al menos en el sentido que suele dársele a esa palabra en todas partes, solo personas dueñas de pequeños negocios, acomodadas, con autos y que podían pagar colegios particulares para sus hijos, yo creo que en muchos casos con cierto sacrificio, pues la colegiatura de Baldor, por ejemplo, no creo fuera barata ni mucho menos. Pero mis padres, simples contables en empresas inglesas y norteamericanas, tenían en proyecto pagármela a mí, y suponer que éramos ricos es algo que me haría reír. Nunca pasamos de vivir en un buen apartamento y disfrutar en familia los domingos en una finquita que tenían mis tíos en El Cotorro y en una casa en la playa que poseía mi padrino en Varadero. En los años 20 tuvimos negocios, pero cuando yo nací ya éramos una familia venida a menos. Mis padres pagaban a una señora que hacía los quehaceres domésticos y otra que cargaba conmigo. A veces eran la misma persona, a veces no. Mi padre nunca tuvo auto. Tal vez hubiera podido, no lo sé, pues cuando comencé en mi primer trabajo, en la Empresa Eléctrica, conocí ingenieros a punto ya de jubilación que aún mantenían un salario histórico de 700 pesos, y con eso habían comprado antes de 1959 casas y apartamentos en El Vedado, y todos los fines de semana iban a Miami de compras y a pasear con sus familias y tenían, por supuesto, autos. Los domingos por la mañana mi padre se iba con otros vecinos a jugar pelota en el Ferroviario —tenían equipos rivales, uniformes y hasta spikes—, y por la tarde se reunía con su grupo del dominó en el portal del concejal Fonseca, frente por frente a nuestro edificio. La casa del concejal Fonseca no tenía más lujos que televisores, refrigeradores, alfombras y equipos de aire acondicionado. La de los Hurtado tenía más o menos lo mismo, y muchos libros, pues Tony, su hijo menor, era arquitecto y gran aficionado a la lectura. Eran casas con confort, pero nada más. El doctor Martín era un caso raro, pues siendo dueño de una farmacia y un farmacéutico capaz de preparar fórmulas para curar dolencias, vivía modestísimamente en un cuartito pequeño al fondo del edificio, con solo una cama, una mesa, una silla, un refrigerador, un teléfono que prestaba generoso a todo el mundo y un estantico con libros de química. Nunca lo vi con otra ropa que no fuera un pantalón negro raído, una camisa blanca y su bata del mismo color. Era el hombre más fino y gentil que recuerdo, traslúcido como un espectro, con manos largas y aristocráticas.

Pero en La Asunción también vivían personas de muy pocos recursos económicos. Recuerdo a mi amigo Jesusito, su mamá y sus hermanos, quienes habitaban en pobreza extrema una casita tan minúscula que parecía una madriguera. A Isabelita y sus hermanos (Chaca, todavía me debes un bofetón misterioso), niños casi mendigos, quienes vivían con  sus padres en un apartamento pequeñísimo y prácticamente sin muebles. A Lily y el Chino, matrimonio que se mudó con su única hija síndrome de Down al apartamento encima del nuestro. A las tres hermanas  Fela, Teresa y María, ancianas propietarias de una casa en mi cuadra donde aún viven sus descendientes. Fela enseñaba el Catecismo a los niños del reparto y María era maestra normalista. Junto a ellas estaba la casa de una familia española cuyo hijo, don Pepe, estaba relacionado con la lotería o la bolita. Esa casa, que visité muchas veces para jugar con los niños de allí, me fascinaba porque había un despacho refrigerado con muebles de caoba y un enorme escritorio. El dormitorio principal tenía una cama imperial con doseles, y en la cocina había un barómetro con un letrero que rezaba “El Baturro”, y me encantaba vigilarlo para saber cuándo iba a llover. Entre esa casa y mi edificio estaba la casa de las hijas del General polaco Carlos Roloff, combatiente internacionalista que peleó en nuestras Guerras de Independencia, Anita y Guillermina, muy pálidas y de cabelleras negrísimas, siempre vestidas con largas batas  de tira bordada y entrelazados, en el más puro estilo colonial; una de ellas era inválida;  la otra poseía una colección de muñecas de porcelana con las que me dejaba jugar, dos damas de otra época. Una anciana española, llamada Oliva, atendía a la inválida y hacía los quehaceres de la casa. En un cuarto que tenían al final de su vivienda vivía una familia que les pagaba alquiler. En Tres Palacios vivía un republicano aragonés de la Guerra Civil Española llamado Matías, que mantenía a su familia haciendo trabajos de plomería en todas las casas del reparto. Mis propios abuelos paternos tenían como única entrada económica una pensión de 120 pesos que recibía mi abuelo, jubilado del periodismo. Y aún pudiera citar muchos otros ejemplos.

Y si hubo algunas, muy escasas familias que no se relacionaban fácilmente con quienes no estaban a su altura, puedo decir sin temor a equivocarme que esa no era la conducta predominante en mi reparto. Nunca lo fue, al contrario que ahora, donde los recientes y orgullosos propietarios se cuidan mucho de interactuar con las familias de más bajo estatus económico, y solo se relacionan con quienes tienen autos y otros bienes materiales que puedan ser exhibidos en público o, en su defecto, ostenten cargos de relevancia social. Estatus por sobre todas las cosas. Donde mejor se veía la ausencia de barreras sociales en La Asunción de antaño era antes de comer, cuando los niños se reunían para jugar en sus cuadras, sin distinción alguna, todos juntos  y compartiendo los juguetes y los disfraces.

No hubo, ¡NUNCA! hubo ricos en La Asunción, y el hecho de que quienes están comprando casas y apartamentos en mi reparto fantaseen con un pasado de fortunas que nunca existió me lleva a preguntarme por qué lo hacen.  ¿Necesitan, quizá de un modo subconsciente, inventarse un linaje indirecto donde los valores de mostración den lustre a esta “riqueza” de nuevo tipo que está invadiendo hoy un residencial donde siempre convivieron todas las clases sociales en el mayor respeto, al punto de que se puede hablar de un estilo de vida La Asunción? Qué pena que en nuestras calles “de ricos”, donde jamás se dejó oír una voz más alta que otra y las familias escuchaban música en sus radios y tocadiscos sin que los vecinos de al lado se enteraran, berree ahora el estruendoso reguetón con sus frases obscenas y sus conceptos sexistas y estúpidos. Qué pena que en nuestro parque, donde siempre jugaron seguros y tranquilos los niños y mascotas del reparto, haya ahora una wi-fi que repleta el lugar de desconocidos de mala catadura, que nos han costado la mitad de los árboles y los arbustos de picuala y mar pacífico, y nuestros niños y nuestros perros sean lo menos visto allí. Qué pena que estos advenedizos que están colonizando La Asunción hayan cortado todas las flores de Pascua de sus jardincitos para inventarse garajes donde guardar sus motos relucientes y sus autos con chapas estatales. Qué pena que en los atardeceres y en las noches ya nadie toca un piano en La Asunción. Qué pena que en el invierno ya no se puede aspirar aquel aroma a polvo frío de estrellas porque los basureros y los cadáveres mutilados de animales podridos lo han desterrado del viento. Qué pena que nuestras calles están llenas ahora de gente fea y con modales pésimos que enseñan sus billetes sin pudor o comercian con desfachatez en portales y esquinas. Qué pena que en un reparto donde la gente iba a la iglesia, ponía Nacimientos y hermosos árboles de Navidad  y el 31 de diciembre se abrazaba y se felicitaba, hoy algunos vecinos que se creen imbuidos de poderes mágicos utilicen la religión para intentar intimidar a otros vecinos.

¿Y por qué a estos vecinos nuevos les resulta tan atractiva la idea de ser ahora propietarios en un reparto que fue “de ricos”? ¿Habrá sido reabierta la carrera de Sociología en nuestras Universidades? Porque de ser así, este fenómeno que estoy viendo en La Asunción donde nací merece un estudio profundo, pues detrás de esta vulgar fabulación se esconde algo peor que una simple vanidad. Estamos asistiendo, creo, a la temible consolidación de una clase social deforme y degradada, obtusa, codiciosa y sin valores morales ni normas de convivencia social, una clase caricaturesca, sí, pero de la que no debemos reírnos, porque reírse de ellos sería una actitud cívicamente irresponsable. Pienso que deberíamos llorar. No se me ocurre qué otra cosa pudiéramos hacer más allá de padecer su presencia, porque han llegado para quedarse.

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Buenos consejos para malos críticos literarios

En varias ocasiones he encontrado en textos cubanos de crítica literaria —o que pretenden serlo— valoraciones despectivas sobre algunas novelas, relatos y poemas a los que se tilda de incomprensibles o incoherentes “por exceso de referencias culturales”. Curiosamente son muchos menos los artículos y ensayos especializados criticados por abuso de un metalenguaje con pretensiones científicas y un interminable catálogo de tecnicismos que, según afirman sus defensores, pertenecen a la Teoría Literaria, cuando en realidad la mayor parte corresponde a la Retórica griega clásica. Esta confusión no deja de ser simpática.

Entre los textos nacionales acusaados de “exceso de referencias culturales” —qué interesante: cuando se trata de Carpentier o de Lezama se le llama estilo barroco— se encuentran mi novela Malevolgia, la noveleta Onoloria, de Miguel Collazo, autor cubano ya fallecido, y Cibersade, del también escritor cubano Alberto Garrandés. Hasta donde sé, Collazo mientras vivió nunca publicó ni una frase sobre todo lo bueno y lo malo que se escribía sobre Onoloria, y después de su muerte obviamente los ataques y defensas quedaron a cargo de sus fans y detractores. En cuanto a Garrandés, nunca ha mostrado interés en responder o refutar a quienes atacan su trabajo. Pero es el caso que además de ser Malevolgia un libro mío, fui desde mi primera lectura de Onoloria una defensora apasionada de ese texto que considero una joya de la literatura cubana. Y admiro mucho la literatura de Garrandés, al menos hasta su novela Fake, pues lo que ha escrito después no lo conozco bien. Son, pues, creaciones que me motivan  a reflexionar sobre el trabajo de los críticos literarios profesionales y de otro tipo, y con modestia no tan suma ofrecer un par de consejos a quienes los necesiten e incluso a quienes no sepan que los necesitan.

En primer lugar, siempre que una persona que está escribiendo crítica literaria —sea un profesional, un aficionado o un improvisado, que hay muchísimos— afirma que cierto texto padece un  exceso de referencias culturales, lo primero que yo hago, con independencia de la nacionalidad del crítico y del criticado, es investigar si el criticado pertenece a esa minoría segregada presente en la literatura de todos los países a la cual, por falta de una definición mejor (y por influencia de Darío), se ha dado en llamar raros, porque los escritores raros ciertamente suelen posicionarse entre los detentadores de las culturas más vastas. Sospecho que esa visión panorámica en extensión y profundidad es precisamente la que los convierte en seres diferentes dentro del mundo letrado.

Mi segundo paso consiste en examinar cuidadosamente la formación cultural del crítico en cuestión. En Cuba la mayoría de los críticos literarios  suelen tener una preparación teórica sólida y hasta impresionante, pero lamentablemente —con honrosas excepciones—la vida es breve y les ha faltado tiempo para hacerse con una cultura tan sólida e impresionante como su arsenal teórico. Y además, se  puede acceder a las mejores bibliotecas del mundo, las mejores universidades, los mejores profesores, los más ilustres archivos, pero… otra cosa muy diferente es el partido que este alumno brillante y futuro crítico sea capaz de sacarle a semejante aprendizaje, porque la capacidad intelectual está dictada por factores biológicos y genéticos que sobrepasan la voluntad individual. Dicho de un modo más simple: se puede ser el mejor estudiante de una facultad, Diploma de Oro de una Universidad prestigiosa, estar literalmente cubierto de premios, ser conferencista internacional, etc. y a la hora en que el individuo se queda a solas con sus neuronas, no poder hacer mucho con las que Natura le dio. En justicia, si un intelectual de las letras no está muy dotado en su inteligencia, sensibilidad, capacidad de observación, capacidad para relacionar  y discriminar, etc., no debería llegar muy lejos, pero en la cotidianeidad suele ocurrir lo contrario. No hay que creer demasiado en la justicia poética ni esperar que ella ponga siempre las cosas en su verdadero lugar.

La mentalidad del crítico es otro factor a tomar en cuenta en los malos juicios literarios. No hay que olvidar que una de las más importantes personalidades de la cultura cubana, Enrique José Varona, fue incapaz de apreciar la creación poética de Julián del Casal y despreció el modernismo en su conjunto. Siempre he recordado a Lucy, subdirectora de la ENIA cuando fui becada allí, por esta sola pero genial observación: “La inteligencia y la mentalidad no tienen nada que ver”.

Antes de continuar debo confesar que siempre me he preguntado qué habría sido de Lezama, Carpentier y Eliseo Diego (y otros integrantes del grupo Orígenes) si en vez de haber llegado a 1959 con nombres ya sólidamente establecidos en la literatura nacional y coronados de laureles, hubieran tenido que salir a la arena del circo bajo la mirada adusta y soberbia de nuestros actuales críticos literarios, tan gustosos de bajar los pulgares cuando no deben y subirlos cuando deben aún menos. Dulce María no habría sido tan mascabada en ese sentido porque, aunque era cultísima, a la hora de escribir le interesaba más explorar su mundo interior y sus recuerdos que bracear en las aguas procelosas de la cultura universal. Su Carta de amor a Tutankamón fue, me parece, una excepción en tal sentido dentro de su obra. Una bellísima excepción.  Aún así, yo podría reflexionar un poco sobre algunas de las exégesis que la crítica nacional ha hecho a su novela Jardín, pero ese es un tema bastante farragoso.  Para esgrimir un ejemplo de cómo medir el potencial intelectual de un crítico no pienso en los casos de Lezama, Señor Oscuro por excelencia, ni en Carpentier, que no es tan incomprensible como tanta gente suele creer, pero sí en Eliseo, un poeta que aun habiendo escrito gran parte de su obra dentro de la más pura tradición de la cultura castellana clásica,  solo cuenta hasta hoy entre nosotros con un estudio realmente serio, documentado, reflexivo, cultísimo, analítico e inspirado de su pobra poética, ese libro tocado por la gracia que es Eliseo Diego el juego de DiEz.  Salvo por esta proeza, el universo de las profusas referencias culturales de Eliseo Diego continúa estando fuera del alcance de nuestra crítica literaria, por muy académica que esta sea.

Ejemplos más cercanos a mí son Miguel Collazo, culpable por haber escrito Onoloria, y Garrandés, culpable por casi toda la ficción que ha escrito. ¿Por qué, pero por qué a pesar de ser Onoloria un texto de incuestionable majestuosidad y belleza en el ritmo de su prosa, en sus metáforas, sus atmósferas, su ekphrasis y hasta en sus signos de puntuación, ha sido catalogado, también por alguien con un nombre rutilante dentro de las letras cubanas, como “un buen escritor de segunda fila”? Conste que la cita es textual, y aunque estoy citando de memoria la recuerdo perfectamente por el escándalo y la indignación que provocó en mí esa frase. Y todavía sigo indignada.

Yo me sentí en la obligación perentoria de escribir un breve ensayo sobre Cibersade y una monografía de hermenéutica simbólica sobre Isabeau  —dos obras de Garrandés— porque estaba casi segura, por no decir totalmente segura de que salvo para un pequeño cenáculo culturoso, entre quienes se encontraba el único e irrepetible Rufo Caballero,  el enigma encerrado en los laberintos vertiginosos de Cibersade y la enorme, infinita belleza de Isabeau pasarían inadvertidos, ignorados o peor, vilipendiados por la ceguera de los críticos. ¡Cuánto pierden, por solo citar un ejemplo, aquellos lectores —y críticos— de Cibersade que no alcancen a comprender que su estructura conceptual está concebida como un —y pertenece al arquetipo de— Ouroboros.

No quiero ser agresiva, quiero entender a los críticos y a sus errores y pifias cuando se trata de errores y pifias demasiado evidentes como para tener una explicación plausible. Por eso, antes de continuar buscando la respuesta que tanto quiero encontrar, le daré voz a alguien que no es cubano, por lo que no compite con otros críticos dentro de los predios nacionales. Alguien a quienes los críticos cubanos respetan enormemente. Alguien que tiene un renombre internacional muy bien ganado, y a una obra suya consultada por varias generaciones de escritores, críticos y teóricos de la literatura. En el capítulo “Crítica ética: teoría de los símbolos”, de su celebérrimo libro Anatomía de la crítica, dice Northrop Frye:

Parece inevitable la conclusión de que una obra de arte literaria contiene una diversidad o secuencia de significados […] Hoy en día existe una mayor tendencia a considerar el problema del significado literario como subsidiario de los problemas de la lógica simbólica y la semántica. En lo que sigue trato de operar lo más independientemente posible de estos últimos tópicos, sobre la base de que el sitio más apropiado para comenzar a hacer indagaciones acerca de una teoría del significado literario está en la literatura.  El principio del significado múltiple o  “polisemo”, como lo llama Dante, ya no es una teoría, mucho menos una gastada superstición, sino un hecho establecido. Lo que lo ha establecido es la evolución simultánea de varias escuelas diferentes de crítica moderna, cada una de las cuales ha hecho una elección discriminativa de símbolos para su análisis. El estudioso moderno de teoría y crítica se enfrenta con un cuerpo de retóricos que hablan de textura y asalto frontal; con especialistas en historia que tratan de tradiciones y fuentes; con críticos que tratan con materiales tomados de la psicología y la antropología; con partidarios de Aristóteles, de Coleridge, de Santo Tomás, de Freud, de Jung y de Marx; con especialistas en mitos, ritos, arquetipos,  metáforas, ambigüedades y formas signi- ficativas. El estudioso debe, o bien admitir el principio del significado polisemo, o escoger uno de estos grupos y tratar luego de demostrar que todos los demás son menos legítimos. El primero es el camino del saber y conduce al progreso del conocimiento. El segundo es el camino de la pedantería y nos ofrece una amplia selección de fines, siendo los más notables la erudición fantástica o crítica del mito; la erudición contenciosa o ´crítica histórica; y la erudición “delicada” o nueva crítica.

Como este libro está fechado en 1997, Frye probablemente no tuvo tiempo de conocer estilos  y escuelas aún más nuevos de teoría y crítica literarias, en especial los que se expresan en un metalenguaje tecnicista que compite en ininteligibilidad con los metalenguajes de las más avanzadas disciplinas de la ciencia actual. En Cuba y en nuestros exilii mundi tenemos muchos representantes de ello. Suplico perdón de rodillas  por mis malos latines, que no pudieron salir indemnes de los quince minutos por clase que el profesor Chavarría dedicaba a los alumnos del Curso por Encuentros de la Facultad de Filología de la UH, pero no se trata aquí de mis malos latines, sino de la piedra filosofal que ofrece Frye tan desinteresadamente como todo buen teórico de la crítica debiera hacer: nada más y nada menos  que la multiplicidad de significados que pudiera encerrar una obra literaria y que, me atrevo a sospechar, podría ser uno de los indicadores que decidieran si se trata de un simple libro o de una auténtica obra literaria, lo cual, por supuesto, dista mucho de ser lo mismo. Frye no ha sido el único en advertir sobre la polisemia de los textos, pero es muy conocido entre los críticos cubanos, por eso lo cito y no a Dante, que parece haber sido el primero en darse cuenta, según Frye.

Nadie puede saberlo todo. De hecho, grandes críticos como Frye, Bachelard, Durand (mis preferidos) saben casi todo, pero no todo, por la sencilla razón de que el tiempo de la vida humana útil para desarrollar, cultivar y hacer florecer el intelecto es brevísimo y no alcanza para apropiarse de todo el saber y la memoria acumulados por las civilizaciones durante milenios. Pero un crítico tiene la obligación de saber de qué habla. Entonces, aunque no sea pecado no saber de alquimia,  para mí es una tremenda impropiedad que un crítico cubano desbarre sobre Onoloria sin tener nociones de alquimia. Si el blasfemo fuera un crítico praguense —¡Praga, ciudad europea de magos y alquimistas!—, entonces convendría desintegrarlo por incompetente. Se comprende que un crítico cubano de nuestro tiempo no posea nociones de alquimia, puesto que ella no forma parte del complejo cultural caribeño, y en Cuba, salvo el pinareño Wash, los escritores Lezama, Oscar Hurtado, Miguel Collazo  y  “algunos otros cabellos del la Virgen”, como reza el refrán medieval, la alquimia es algo tan inimaginable como el Tratado de Ifá para un alquimista de Praga. Cuestión de contextos. Yo condeno a los críticos nuestros no por desconocer el opus nigrum, sino por pretender que se trata de un saber innecesario para su profesión. Hay que leer las novelas de la judía praguense Daniela Hodrová para ver lo que un escritor de hoy puede hacer con la alquimia. Para quienes no conozcan de alquimia esas novelas magníficas serán incomprensibles o les ofrecerán un muy pobre nivel de lectura. Esos lectores jamás serán naturalezas trascendidas, que es lo que persiguen la alquimia y la verdadera literatura. Por supuesto, leer a Hodrová es solo una sugerencia, y para quienes lo merezcan, una muy sentida invitación que les hago.

Pero ¿qué pasa cuando un crítico que no sabe nada de alquimia quiere opinar sobre Onoloria? ¿O cuando se enfrenta como lector a una novela de Hodrová? Para decirlo en buen criollo como lo enunciaría Rufo si estuviera vivo: al crítico se le cae la trusa. La multiplicidad de significados, la polisemia de la creación, la intención o el entramado de intenciones del autor, toda la enjundia de lo que quiso decir al mundo se convierten para ese crítico en nada. Ni siquiera equivalen a la Tierra Prometida que Moisés vio de lejos pero no pudo alcanzar, porque ese crítico no sospecha que la Tierra Prometida existe, así que no la está buscando. Los juegos de la cultura, riquísimos, pletóricos de significados, de intenciones, de relaciones, derivaciones, sugerencias, nexos, opacidad neblinosa que sugiere sin evidenciar, que define sin cenizar, la cuarta dimensión donde todo sucede, como diría un escritor de ciencia ficción para enrutar el fenómeno sin demasiadas complicaciones conceptuales, todo eso queda fuera de la percepción de este crítico miope por falta de cultura que, como se le advierte a todo estudiante cuando pisa por primera vez en una Universidad, no le será dada en la Universidad; allí solo le darán el método para sistematizar el conocimiento. La Doctora Beatriz Maggi, una de las mentes más poderosas de la cultura cubana y profesora de Literatura de la UH, me dijo en más de una ocasión que al 5 de los buenos estudiantes ella prefería el 3 de un alumno que intentara comprender el mundo.

Pasemos ahora a Isabeau, el relato de Garrandés,  y expurguemos solo algunos momentos de este texto refinado y suntuoso. ¿Qué puede significar para un crítico miope el cirio malva sobre cuya superficie están grabados los versos de Bilitis, y esa cera derritiéndose lentamente al calor de la llama en la alcoba vacía de Isabeau? Esta imagen totalmente simbólica y cinematográfica deviene solo un adorno si este crítico no conoce a Pierre Loüys, el poeta francés que se inventó un heterónimo llamado Bilitis, joven poetisa griega autora de himnos eróticos y amante de Safo. O bueno, supongamos que el crítico sí lo sabe, pero no es capaz de encontrar los vasos comunicantes que le permitirían desentrañar el simbolismo de la imagen, magnífica metáfora del eros moribundo de un amor que Isabeau ya no siente por su esposo. Un cirio consumiéndose que se convierte en una señal del inminente abandono. También se ha dicho que Garrandés no manejó bien en Isabeau la caracterización de los personajes, porque no tienen pasado. El hábito de los escritores realistas de crearles a sus personajes un pasado en el que no quede ni un espacio vacío pudiera ser algo ya técnicamente trascendido por la narrativa posmoderna —¿y qué pasado tiene Bárbara en Jardín?—. Una magia extraña emana de la osadía con que los personajes  irrumpen en la historia como salidos de la nada: una única referencia del ayer remite a la luna de miel de la pareja protagónica en un fuerte del desierto donde han conocido a un joven nómada, cuyo discurso inocente y sencillo plantea el gran problema literario —el conflicto conceptual— del relato: ¿qué es más poderoso, ¿el símbolo o el signo, la imagen o la palabra, el hemisferio derecho del cerebro o el izquierdo, la mente dionisíaca o la apolínea?  ¿Podría nuestro crítico miope comprender que el planteamiento arquetípico de esta díada ontológica es resuelto dentro del mismo relato, cuando el esposo humillado contempla impotente con su mente apolínea el alborozo erótico pleno de gozo de Isabeau y su amante Zac, el hechicero, representantes de lo dionisíaco, y es esto lo que ve: “Eran como dos ángeles inmensos”?. Esta frase final del relato vale por todo un tratado sobre la vida, el arte y la muerte. Isabeau no es la mera historia de un adulterio decadente, ese sería su nivel de lectura más elemental. Isabeau es un polisemo, como también lo es Onoloria, alegoría medieval de la incognoscibilidad de Dios entendido como metáfora de la perfección inalcanzable. Entre otras cosas.

.¿Cómo puede un crítico tildar de incoherente a Malevolgia, cuya historia se desarrolla en uno de los muchos escondites donde los nazis ocultaron los tesoros que robaban de los países que invadieron y saquearon, si no conoce la historia oculta del nazismo, las creencias esotéricas que animaban a la cúpula germana, su mística, su mitología, sus vínculos con algunas corrientes religiosas de la India (que fueron también vínculos políticos), si ni siquiera conoce bien la saga del Santo Grial, que para los cubanos no resulta del todo ajena porque aquí se han publicado novelas sobre el tema y se han visto algunas películas? ¿Cómo puede el crítico hablar de incoherencia por exceso de referentes culturales si no sabe que los nazis fueron los más grandes brujos de su época, solo igualados por los ingleses, y tenían, además, una obsesión patológica por su validación com  grupo a través del arte, que robaban como urracas, lo mismo que objetos valiosos cargados de simbología y significados relacionados con el poder? Eso es historia, es antropología, es el pasado relativamente reciente del hemisferio occidental, al cual pertenecemos. ¿Acaso se puede dudar del papel que ciertos monstruos humanos jugaron en el nazismo cuando se ha visto en Cuba una muestra de la cinematografía catalana como Insensibles? ¿Acaso el crítico sabrá que el padre de Majisasura no es un ente de ficción, sino uno de los hombres más misteriosos del III Reich y muy estimado por Hitler, Otto von Rahn, a quien el Fürer realmente envió al Languedoc, antiguo país cátaro, a buscar el Santo Grial? Von Rahn no solo llevó a cabo esta tarea, sino que publicó sus memorias tituladas La corte de Lucifer, se pueden descargar de Internet.  Un crítico que escriba sobre Malevolgia sin conocer la historia oculta del nazismo nunca podrá encontrar dentro de esa novela las pistas que le ayuden a organizar el discurso metatextual. Su desconocimiento solo le permitirá ver caos donde hay todo un sistema simbólico organizado, pero para él inaccesible. Un crítico insuficientemente culto no puede ver los nexos, por lo que no ve más que partes dispersas de un todo, fichas de un rompecabezas que no puede armar. Por supuesto, la impresión que le deje la lectura será de incoherencia, se sentirá abrumado por tantas referencias culturales…, pero no es más que manquedad perceptiva por defecto.

Hace años escribí Decálogos del crítico y del jurado perfectos, y hoy vuelvo sobre el tema. ¿Qué le aconsejaría yo a un crítico o a un jurado que se encuentren en la difícil situación de tener que evaluar algo que no están capacitados para comprender? En primer lugar sugiero recurrir al muy conocido y probadamente eficaz recurso de evitar emitir juicios de valor sobre lo que no se domina o no se entiende; debe preferirse siempre pisar sobre terreno seguro escogiendo para hacer nuestra crítica una obra que no deje al desnudo nuestras flaquezas en el oficio. Es lo más sensato. Pero si estamos muy interesados en dirigir nuestro foco rojo sobre un material que nos supera, entonces no queda más remedio que investigar, investigar e investigar, como lo hizo el escritor. Llegar a saber, como el escritor sabe, que en Malevolgia no se ha escogido por gusto a Parsifal como el héroe personal de Majisasura el Jiboso; que ver al caballero con su armadura de plata acercarse en su blanco corcel a las murallas de Montsegur, castillo que guarda el Grial, no es por gusto la última imagen que Majisasura recuerda de su infancia: Majisasura ha hecho de Parsifal su ídolo personal porque Parsifal es puro y Majisasura cree en la pureza, la ansía, la necesita para salvar la parte de su alma que los hombres de la cruz (los nazis, la swástica) no han conseguido mancillar aunque hayan hecho de él un monstruo más que genético. Wagner quiso representar en su ópera Parsifal al hombre puro, el ario superior que encarnaría Nietsche en Zaratustra. Majisasur, acuya ópera predilecta es Parsifal, quiere ser redimido por la pureza de Marita, ella es su Grial y quiere merecerla. Pero no puede triunfar porque él no vive en el mundo de Marita, aunque ambos compartan el mismo espacio cruel y casi infernal: ella habita una realidad pedestre y sucia, sin pizca de grandeza, y ese encenagamiento la separa de la majestad heroica con que sueña Majisasura. Este crítico a quien hago sugerencias debería también investigar sobre las antiguas ferias de diversiones; si lo hubiera hecho antes de hablar sabría que lo que parece exceso de referentes culturales no es más que una parte de lo que se podía encontrar en una feria de atracciones de la primera mitad del siglo XX. Y véase que digo feria de atracciones y no de diversiones, pues no es lo mismo. Y si nuestro crítico creyera que un ser como Majisasura no puede existir, debería investigar sobre los Freak Circus…  Malevolgia es el mito del Minotauro en el Laberinto, es La Bella y la Bestia y muchas otras cosas… Un bosque sagrado que solo deja entrar a quien cabalgue un unicornio, como habría dicho Lezama; un mundo de símbolos que solo el dominio de la cultura permite descifrar y vertebrar. Su polisemia es tan densa que el crítico se extravió en el umbral.

Y el tan controvertido tema de las deficiencias culturales de los críticos literarios cubanos me lleva a otro territorio: el de la confusión de géneros. Los críticos tienen tendencia a valerse de sacos, gavetas o cualquier clase de compartimentos que sirvan para mantener separados grupos de cosas, lo que los lleva a etiquetar compulsivamente cada novela, cada relato, cada ensayo bajo la etiqueta de algún género. Ese mecanismo tan cómodo y con tan nobles fines docentes funciona solo si la obra etiquetada se atiene a los parámetros o características del género en cuestión, pero ¿y cuando la obra desborda el molde, cuando es indócil y se parece a una representación de la Kaosfera? Donde más compulsivos se vuelven los críticos etiquetando, marbetando y ensacando es en el género fantástico. Todo lo que no es realismo ni ciencia ficción ¿qué será, será / whatever will be, will be / the future’s not ours to see/ Que será, será? Pues fantástico, claro, ¿acaso queda otro saco…?

Y yo me pregunto cómo podrían ser fantásticos  mis relatos El druida y Caín en las entrañas de la noche o mi noveleta Serata di gala, donde todo lo que ocurre está narrado desde la perspectiva de individuos sumidos en estados alterados de conciencia y, por consiguiente, con una percepción distorsionada de cuanto les rodea. Cada uno de los tres protagonistas tiene su detonante personal para caer en ello: el druida Ainnle sus creencias y angustias religiosas, el capitán Adán B. la misteriosa muerte de su hijo y su psicosis de guerra como secuela de su estancia en Viet Nam y, y la dama Catalina el estado de exaltación provocado por la ópera Tosca actuando sobre su vacío existencial y su hambre de amor romántico. Lo que le sucede a nuestro crítico hipotético es que la convención le ha tapado la objetividad crítica. Aquí lo que cabe es hablar de realismo subjetivo. Si comparo estos textos míos con, digamos,  El color que cayó del cielo, de Lovecraft, donde todo lo narrado por el granjero que cuenta y por su amigo, el también granjero Nahum Gardner, pertenece a la perspectiva de lo real por muy fantástico que parezca (el meteorito que envenena los campos en realidad cae del cielo y envenena los campos, la familia Gardner en verdad se extingue, el suelo envenenado en realidad contamina los campos cultivados, etc…), y es, sin embargo, un cuento de horror sobrenatural, saltan a la vista las diferencias de género que, sin embargo, los críticos son incapaces de ver. Un relato fantástico es Pedro Páramo: ¿quién quebraría una lanza para sostener la subjetividad de los muertos de Comala?

Los géneros, tanto dentro de la literatura como dentro del periodismo, están pasando por obra y gracia de la posmodernidad a la categoría de antigualla histórica, si no a algo peor. No tengo nada que objetar si a los estudiantes de periodismo se les sigue exigiendo en sus exámenes que hagan una noticia, un comentario, un reportaje, un artículo de fondo, etc. Pero me parecería todavía mejor que dieran fe de su dominio de la profesión haciendo un segundo examen donde demostraran ser capaces de mezclar todos los géneros periodísticos. La posmodernidad no es un tiempo de moldes ni etiquetas, sino de mezcla, en lo que se parece bastante a la Edad  Media. Quién hubiera dicho a los teóricos del periodismo de los años 40, portadores del estandarte de la objetividad impersonal, que en nuestros días cobraría cada vez un auge mayor el periodismo en primera persona. Pero está ocurriendo, y en las librerías del mundo aparecen cada vez más novelas donde confluyen mundos reales y fantásticos en un maridaje imposible de etiquetar.

¿Qué sería entonces lo más aconsejable y seguro para nuestro crítico, y en general para todos los críticos? Abstenerse de clasificar por géneros. La crítica seria no debe mantener la definición del género  de una obra literaria como un propósito importante, sino más bien desentrañar los elementos de cada género que aparezcan mezclados en las obras literarias. Tal novela tiene tales elementos de novela negra, tales de realismo, tales de fantástico, tales de viajes, etc. Términos como novela de aprendizaje, novela de tesis, etc., parecen peligrosamente amenazados de devoración por conceptos más abarcadores como novela mundo y otros. Es mejor analizar la diversidad que empeñarse en unificar aquello que no es reducible a una fórmula prestablecida. Rectificar es de sabios, pero detenerse antes de cometer un error que luego debamos rectificar es doblemente sabio.

Cultura, objetividad y prudencia son las tres claves que, si usted quiere hacer crítica literaria, le evitarán un artículo como este. Háganme caso, mi intención es buena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DE CAROTAS A CARITAS, DIEZ MILENIOS DE BELLEZA

Tal vez muchas personas que tienen montadas o torcidas algunas de sus piezas dentales se pregunten a qué se debe este molesto problema llamado apiñamiento, que obliga a usar esos feos aparatos correctores de metal, los impopulares “alambritos”. Habrá quien piense que es un mal hereditario pues alguno de sus abuelos o abuelas también lo padecieron, pero la inmensa mayoría tendrá que conformarse con cualquier explicación que les ofrezca el odontólogo, y nunca les pasaría por la mente la verdadera causa: la cabeza de la especie humana lleva milenios reduciendo su tamaño, y hoy es bastante más pequeña que hace 10 000 años, por lo que las piezas de nuestra dentadura disponen ahora de mucho menos espacio para posicionarse que en fecha tan remota.

Reconstrucción del cráneo de un hombre neandertal

Quién diría que la reducción de cabezas, que aún hoy practican algunas tribus en muy atrasados estadios de desarrollo y dura semanas o meses para poder considerarlo un procedimiento terminado, la Naturaleza ha demorado tantísimo para conseguirlo. Y sin embargo, así es. Ha triunfado la tendencia milenaria a producir cráneos humanos cada vez más redondeados y con mandíbulas más pequeñas. ¿Por qué? Pues al parecer esta interesante mutación tiene por causa fundamental el cambio de dieta ocurrido cuando la humanidad pasó de ser nómada cazadora a agrícola sedentaria. Al no necesitar la trituración de huesos de animales para poder alimentarse, los huesos, músculos y dientes del hombre tampoco necesitaron ser tan grandes y robustos. Sin duda existe una enorme diferencia entre tener que descarnar a dentelladas el muslo de un buey y masticar tubérculos y vegetales.

Justamente este cambio dietario y la posibilidad de cocción de los alimentos comenzó hace 10 milenios aproximadamente. En la misteriosa Göbekli Tepe, ciudad de Turquía considerada hasta hoy la más antigua del mundo (12 mil años), los arqueólogos han encontrado restos humanos que muestran que los cráneos de sus habitantes habían empezado ya a encogerse comparados con los de sus contemporáneos de zonas cercanas, que no habían adoptado hábitos sedentarios.

Cráneo neolítico reconstruido perteneciente a una joven griega de 18 años hallada en Tesalia.

Perfil del mismo rostro donde puede apreciarse el gran tamaño del mentón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camila, duquesa de Cornualles

Según Clark Spencer Larsen, profesor de antropología en la Universidadde Ohio, EEUU.,  “muchos hombres de esa época tendrían cráneo de Arnold Schwarzenegger, mientras la cara de las mujeres recordaría a Camilla, Duquesa de Cornualles. Por el contrario, Tony Blair y George Bush hijo, son buenos ejemplos de formas más delicadas y modernas”.

Mediciones realizadas por antropólogos de la Universidad de Emory en Atlanta (EEUU), en habitantes de Nubia, en Egipto y Sudán, confirman que la parte alta del cráneo ha crecido más y de manera más redondeada, tendencia similar encontrada en restos humanos de otras partes del mundo, mientras la mandíbula se ha acortado.

Al parecer, el rostro de la especie humana se ha estado encogiendo entre un uno y un dos por ciento cada 1.000 años, También nuestros dientes son cada vez más pequeños y disminuyen en número. Hace diez milenios a todo el mundo le crecían las muelas del juicio o cordales, pero hoy la mitad de la población mundial carece de ellos. También los incisivos laterales se hacen cada vez más pequeños.

 Sin embargo, el cambio dietario podría ser la primera causa, pero no la única, pues aún pudiera existir otra de carácter estético: los seres humanos cambiaron sus patrones de belleza y lentamente comenzaron a preferir parejas con rostros más pequeños. La explicación podría consistir en un motivo simple: las caras grandes tienen un mayor espacio entre sus rasgos, es decir, poseen una mayor distancia entre el mentón, la boca, la nariz, los ojos etc., lo que las hace más irregulares, mientras que en las caras más pequeñas estos espacios disminuyen favoreciendo la armonía entre los rasgos al dar lugar a un fenómeno conocido como la proporción áurea o divina proporción, un canon de medidas en el cual los griegos del período clásico afirmaron que se basa el secreto de la Belleza. El número de oro, el número dorado o número áureo, número fi, sección áurea, razón áurea, razón dorada, medida áurea o divina proporción, pues bajo todos estos nombres se le conoce, está representado por la letra griega Phi = 1,618034 en honor al escultor griego Fidias. Posee muchas propiedades interesantes, fue descubierto en la antigüedad y concebido no como una “unidad” sino como una relación o proporción. Es un número irracional que vincula dos segmentos pertenecientes a una misma recta. Dicha proporción puede hallarse en la naturaleza en las flores, las caracolas y muchos otros productos de ella, como también en figuras geométricas, y se le otorga una condición estética: aquello cuyas formas respetan la proporción áurea es considerado bello. Está presente, por solo mencionar un ejemplo, en la arquitectura del célebre Partenón griego.

El Partenón griego y Mona Lisa, óleo Leonardo da Vinci

Los rostros que cumplen con las medidas de la proporción áurea son considerados los más bellos por los seres humanos, y preferidos a la hora de dar rienda suelta al gusto y a la selección de parejas.

El siguiente fragmento, tomado del post La medida de la belleza (http://instintologico.com/la-medida-de-la-belleza/ explica bastante bien el fenómeno:

El investigador de la Universidad de California en San Diego Stephen Marquardt,  ha probado que los rostros que resultan más atractivos son aquellos que sus partes determinan longitudes que se ajustan a la razón áurea. Y que esa razón no dependía ni del lugar, ni de la cultura, ni de las razas. Para realizar el estudio utilizó fotografías de rostros de mujeres en los cuales había variaciones en las proporciones faciales y  pidieron  a personas de diferentes partes del mundo, que ordenaran varias  fotografías de rostros, en un orden del más bello al más feo según su criterio. El resultado fue que el 97 % de las personas encuestadas, ordenó los rostros en el mismo orden, por lo tanto Marquardt concluyó  que la población mundial compartía el mismo concepto de belleza.

Aunque se desconoce por qué los rostros con estas proporciones se consideran más hermosos, los investigadores indican la teoría de que los seres humanos tienen un prototipo mental que representa un promedio de todos los rostros y los que están más cercanos a él son considerados los más atractivos.

Marquardt utilizó la razón áurea para fijar la distancia entre los elementos faciales (ojos, nariz, boca, pómulos, barbilla y creó el concepto de máscara de la belleza, aproximando relaciones medias con el número áureo. Pronto las máscaras alcanzaron fama por comprobarse que las máscaras resultaban  muy útiles para realizar operaciones de cirugía estética y reconstrucción facial.

La máscara Marquardt permite aplicarse sobrepuesta al rostro humano y detectar las diferencias que existen entre la cara de la persona y la máscara. Resulta que la máscara se ajusta perfectamente a los rostros bellos.

Máscara de Marquardt

Lógicamente, mientras más individuos seleccionen como parejas sexuales a otros individuos con rostros pequeños, se incrementará el número de nacimientos de otros individuos con rostros pequeños, lo que llevado a una proporción exponencial durante milenios da como resultado que en la actualidad sean estos los más numerosos, en especial, en países poseedores de patrones culturales estéticos refinados, como los de Occidente, heredero de la cultura grecolatina, y Oriente, con culturas de tan antigua evolución como la china, la japonesa y las de países como la propia Turquía y la India.

Estudios realizados por cirujanos estéticos londinenses aplicando la proporción áurea a los rostros de famosas estrellas de cine y modelos de moda han dado como resultado que los tres rostros más perfectos serían, en primer lugar, el de la actriz Amber Heard, seguido en segundo lugar por el de Kim Kardashian y en tercero por el de la modelo británica Kate Moss.

Amber Heard

Kim Kardashian

Kate Moss

Otros rostros célebres por haber pertenecido a mujeres consideradas como las más bellas de sus épocas son el de Nefertiti, esposa del faraón Amenophis IV, quien protagonizara la mayor revolución religiosa en el Egipto antiguo destinada a introducir el monoteísmo. Nefertiti no era de raza egipcia, sino, posiblemente, hitita, y su famoso busto, conservado en el Museo Egipcio de Berlín, muestra una mujer de belleza absoluta y enigmática a la que sobrecoge mirar.

Nefertiti. Nótese cierta semejanza con el rostro de Kim Kardashian

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y la actriz de origen francés Angelina Jolie, símbolos sexuales cuya belleza se ha convertido en icónica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero no le aconsejo a nadie, ni mujer ni hombre, pues también hay hombres cuyo rostro presenta la proporción áurea, que se apliquen  la máscara de Marquardt para saber qué tan cerca están del ideal de la belleza perfecta. Será mejor que quienes lo necesiten hagan una visita al dentista para mejorar la apariencia de sus dentaduras y, en el peor de los casos, que aprendan a amarse a sí mismos tal como la naturaleza y la genética los han hecho. La Belleza abre muchas puertas, es verdad, pero no protege de la infelicidad, mientras que una sabia conformidad con lo que no puede ser cambiado ofrece más probabilidades de una vida con bienestar espiritual, que quién sabe si sea un don más importante que la Belleza para tener una vida plena.

Y surge, sin duda una pregunta: ¿Cómo sería nuestra cara en el futuro? Responde explica Paul Palmqvist, catedrático de Paleontología del Departamento de Ecología y Geología, de la Universidad de Málaga.

Si nuestro cráneo continúa evolucionando, lo previsible sería que continuase con esa juvenilización en las proporciones craneales, lo que llevaría a una cara más reducida, con órbitas oculares proporcionalmente mayores, un mentón de menores dimensiones y una bóveda craneal más globular y desarrollada. Eso sería lo esperable si continúa un proceso que se conoce como neotenia, que quiere decir alcanzar el estado adulto reteniendo características juveniles.

De izquierda a derecha ejemplos progresivos de la evolución del rostro humano. El penúltimo sería el rostro actual, mientras que el último correspodería al rostro humano del futuro, aanque ya se pueden ver muchísimos como ese. ¿No nos recuerda un poco el semblante de José Martí?

De cualquier modo, hay un detalle que posiblemente resulte muy interesante conocer: los neandertales no desaparecieron ni fueron exterminados, sino que se fusionaron con los homo sapiens, es decir, con nosotros, a través de apareamientos sexuales, e incluso hallazgos arqueológicos permiten suponer que las dos especies hasta llegaron a convivir en armonía. Según las estadísticas,  los humanos actuales podríamos tener hasta un dos por ciento de ADN neandertal. En un pueblo de España se realizó pocos años atrás una investigación genética a partir de una muestra de ADN tomada de los restos arqueológicos de un hombre neandertal y se hizo un descubrimiento casi fantástico: aún seguía teniendo descendientes en el pueblo, uno de ellos el maestro de la escuela. Qué sorprendente, ¿verdad? Pues luego de haber visto aquí varios rostros neandertales, les muestro uno conocidísimo en nuestros días, y se darán cuenta de que los podemos encontrar con bastante frecuencia en cualquier parte:

El actor español Javier Bardem. Según estudios antropológicos y antropométricos, España sería una de las regiones del planeta con mayor presencia actual de rostros de características neandertalenses. Bardem estaría entre ellos. Se explica que las hembras homo sapiens no fueran reacias a aparearse con machos neandertales.

 

 

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¿Grimorios..? La magia tiene su tiempo

Hace poco varios jóvenes sostenían en un parque de El Vedado una muy curiosa perorata sobre grimorios, un tema que jamás esperé oír en Cuba, no porque sea tabú ni tenga en su contra sambenitos ideológicos, sino simplemente porque esta isla no conoció la Antigüedad ni la Edad Media, épocas en que surgieron y se desarrollaron estos compendios mitad literatura, mitad imaginería y superstición y una pizca de ciencia, y tampoco somos como Praga, capital checa, un emporio de sabiduría oculta y prácticas esotéricas reconocido en Occidente  por ser uno de los mayores y más importantes repositorios del saber oculto de esta mitad del mundo.

Los grimorios son compendios de fórmulas mágicas mezcladas con astrología, herbolaria, invocaciones, rituales, “ciencia” de los talismanes, los cuadrados mágicos de Pitágoras, tablas de correspondencias, lapidarios y códigos cifrados de escritura, basados casi siempre en un latín corrupto que viene de los últimos tiempos del imperio romano y, probablemente, de sus colonias castrenses en provincias tan alejadas como Siria, donde los soldados romanos se mezclaron con poblaciones locales portadoras de culturas diferentes.

Considerado el mayor tratado de demonología de todos los tiempos

Esta edición se encuentra en venta en la librería frente al hotel Colina, a un costado del Habana Libre, Vedado.

Los grimorios más conocidos que han llegado hasta nosotros son el del Papa Honorio, el de Armadel*, las Clavículas de Salomón, el San Cipriano y, en mi opinión, el más raro de todos, el Picatrix, firmado por Seudo Maslama el madrileño, probablemente un árabe o judío converso discípulo del árabe Ben Arabi. Pero los grimorios son mucho más antiguos, los libros sibilinos de los etruscos eran grimorios, aunque a diferencia de los medievales incorporaban profecías y sistemas adivinatorios. Los romanos sentían tal respeto y reconocimiento por los augures etruscos que aún cuando ya Etruria se había integrado a Roma sus sacerdotes seguían siendo consultados por los Generales y el Senado romanos. La más famosa de estas profecías es, tal vez, la referida al tiempo de existencia del pueblo etrusco como nación: diez siglos, según sus augures. Poco antes del plazo fijado la liga de naciones que conformaba la poderosa Etruria dejó de existir.

Es casi seguro que el poderosísimo sacerdocio del dios Amón en Egipto poseyó grimorios, y en algún momento, durante el reinado de los cinco príncipes de la dinastía de los llamados faraones negros, príncipes de Kush que de vasallos pasaron a señores del País de los Dos Ríos, como era llamado Egipto, aquellos libros secretos cayeron en poder de los sacerdotes de los conquistadores, y entonces se produjo una fusión de conocimientos de donde es probable que provenga el Libro de Ifá, y muchos otros elementos de las religiones de los pueblos africanos más cercanos a la frontera sur del vasto imperio egipcio. Y ese era, precisamente, uno de los temas más candentes de la discusión que escuché sin querer en ese parque de El Vedado.

Pero quizá lo más interesante sobre el largo viaje de los grimorios hasta nuestros días sea el hecho de que muchos sobrevivieron gracias a la diligente e incansable labor de los monjes cristianos que trabajaban como copistas en los scriptoria de los monasterios,

Carlomagno, rey de los francos, emperador del Sacro Imperio Romano y creador de los condados catalanes.

donde traducían y copiaban con prolijidad manuscritos antiguos. No es cierto, como suele creerse, que los monjes destruyeron el saber de la Antigüedad. En realidad lo salvaron y citaré solo dos ejemplos: Carlomagno, emperador de los francos, conservó y desarrolló la antigua caligrafía de unciales romanas cuando los últimos vestigios de Roma no eran más que ruinas cubiertas por la maleza donde se ocultaban alimañas de la noche, y sus monjes copiaron un incontable número de libros procedentes de todas partes del mundo conocido y aún de regiones ignotas. En Irlanda, San Patricio ordenaba a sus monjes constructores de los primeros monasterios salvar mediante la escritura del griego y un latín rebosante de erratas todo el riquísimo acervo de mitos, leyendas y costumbres que había constituido la cultura celta y el saber de sus sacerdotes, los druidas.

Silvestre II

Y algo más, un detalle no precisamente pequeño que los católicos jamás mencionan: algunos autores de los  grimorios más célebres fueron Papas, jefes de la Iglesia Católica, entre los cuales abundaron los alquimistas como Alberto Magno, cuyo nombre llevan dos de los más célebres grimorios que hoy se conservan; Gran Alberto y Pequeño Alberto. Y también hubo practicantes de las ciencias esotéricas, como Gebert D′ Aurillac, el Papa Silvestre II, también llamado el Papa Brujo, de quien se dice poseía una cabeza de bronce parlante capaz de responder cualquier pregunta que se le formulase, siempre y cuando la respuesta pudiera ser ofrecida de acuerdo al sistema binario más simple conocido: SÍ y NO. No hay que especular teorías tremendas sobre esto: los autómatas existen desde tiempos remotos, los ingenieros del Egipto faraónico eran expertos en la construcción de autómatas que empleaban en sus templos en escenificaciones destinadas a aterrar a los fieles y aumentar su docilidad, y más tarde los árabes del Medioevo, poseedores de una cultura refinadísima  y muy superior en aquel momento a la europea, fueron diestros constructores de autómatas destinados las más de las veces a los placeres de la vida, tales como servir vino en las fuentes de sus célebres jardines o ser ofrecidos como juguetes para entretener a la nobleza y sus poderosos señores, embajadores extranjeros y cortesanas de lujo. El Papado siempre tuvo tratos secretos con el mundo musulmán, anteriores quizá a las Cruzadas. Es sabido que en los castillos de la Orden monástico-militar de El Temple trabajaban alquimistas árabes; que también se les albergaba y protegía en las cortes católicas más recalcitrantes de Europa como médicos de la realeza; y llegaron en gran número a la Provenza, el Languedoc y la Aquitania del país cátaro bajo el amparo de grandes señores feudales como el conde Raimundo de Toulouse y el conde de Foix. La verdad es que los hombres de conocimiento de Oriente y Occidente jamás se dejaron cegar por las políticas al uso y mantuvieron un constante flujo de comunicación e intercambio de sabiduría: en el Egipto romano cuando en el siglo VI el general Arm destruía por orden de su Califa los últimos restos de la Biblioteca de Alejandría; en la Palestina de las Cruzadas donde a diario se enfrentaban a muerte cristianos y musulmanes; en Castilla, cuando los Reyes Católicos peleaban contra los moros de Al Ándaluz y de noche, ocultándose entre las sombras de las fronteras de ambos reinos, iban y venían los sabios de los bandos en pugna cargados de manuscritos, y se reunían en las ciudades en subterráneos clandestinos junto con los rabinos judíos para preservar, más allá de guerras, religiones y coronas, el saber de la Humanidad.

Y hay un extraño libro conocido como el misterioso manuscrito Voinich, que se ha resistido a todos los intentos de hallar las claves del lenguaje cifrado en que está escrito, pero las muchas láminas que lo ilustran —dibujadas con una maestría y un naturalismo que hablan de la mano de un artista— y muestran especímenes de plantas, animales y seres que no existen en  nuestro planeta, sugieren la posibilidad de que se trate de algún tipo de grimorio.

El manuscrito Voynich. Según noticias recientes podría haber sido descifrado por inteligencias artificiales, pero hasta ahora todo lo que se ha conseguido es descubrir que está escrito en hebreo original, y solo expertos en esa lengua podrían desentrañar su significado, pero al parecer, no están tan a la mano como todos los entusiastas del Voynich desearíamos.

También se sigue especulando en los círculos que sienten atracción por estos temas sobre la existencia real del Necronomicón o Libro de los muertos, ese grimorio tantas veces mencionado por el gran escritor norteamericano de ciencia ficción Howard Philipp Lovecraft, cuya autoría él atribuyó modestamente “al árabe loco Abdul Alhazred”. No soy autoridad en materia de grimorios, pero en mi opinión, es un producto más del imaginario desbordado de Lovecraft, que sus lectores conocemos sobradamente, y el resto es manipulación del mercado del libro y las revistas esotéricas. Sin embargo, un amigo a quien respeto muchísimo, el argentino Sebastián Beringheli (lord Aelfwine), propietario de El espejo gótico, uno de los mejores  y más documentados blogs que he visto en internet sobre literatura y arte góticos (su catálogo de temas traspasa el horizonte) piensa diferente de mí, y en la nota que sigue a este asterisco reproduzco su post sobre el tema.*

Imagen tomada del blog El espejo gótico. No sé si pertenece al Necronomicon de Dee o si es apócrifa.

Algunos de estos grimorios se encuentran a la venta en librerías habaneras en divisa, y a veces los he visto en los estantes de las Ferias del Libro en La Cabaña. No puedo garantizar que estén completos, y una única vez encontré en nuestra capital los tres tomos de uno de los grimorios de magia ceremonial más interesantes que he leído, el Manual de Magia Ceremonial de la Aurora Dorada, Orden esotérica secreta inglesa que desempeñó un papel muy importante durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cierto escritor habanero me permitió fotocopiar el más deslumbrante de todos los grimorios que han pasado por mis manos, el Picatrix.

Páginas tomadas de alguna edición antigua del Picatrix, tratado árabe de magia astrológica que enseña cómo obtener energía del Universo. Está firmado por Maslama Ibn Ahmad Almayriti.

Para aquellos muchachos tan interesados como despistados del parque de El Vedado reproduzco aquí una cita de este libro como botón de muestra:

Ten en cuenta que este medio se expresa en la magia y que la verdad de la magia esabsolutamente todo lo que hechiza la razón y a que se sujeta el alma, sean palabras u obras, en el sentido del pasmo, la sujeción, el embeleso y el dominio. Es de lo que la razón difícilmente capta y que oculta sus causas al necio, porque es una fuerza divina con causas determinantes que dificultan su comprensión, así que es una ciencia de difícil comprensión, aunque también la hay práctica, porque su materia es un espíritu que hay en un espíritu, y éste es el filtro y la sugestión, como la materia del talismán es un espíritu que hay en un cuerpo y el objeto de la alquimia también un cuerpo que hay en un cuerpo. En total, es magia aquello cuya causa está mayormente oculta a la razón y difícil de aclarar, mientras la verdad del talismán es la vibración de su nombre que es poderoso; porque es de la sustancia de la violencia y el dominio produce en lo que tiene encabalgamiento con él un efecto de superioridad y victoria por afinidad numérica y secretos astronómicos situados en cuerpos especiales en momentos favorables y sahumerios poderosos que atraen espiritualidad al talismán. Su condición, es como la del otro medio concretado en la piedra filosofal que con su intensidad convierte los cuerpos en ella misma; entonces es un fermento que actúa variando el principio de las cosas y can fuerte como el veneno, incorpora en su especie a los cuerpos y les convierte en sí mismo volviendo una persona en otra con una fuerza ínsita en él; y has de saber, amigo mío, que la verdad del enzima es que es un elixir compuesto de terraqueidad, etereidad, acuosidad e igneidad que lleva en conjunto el germen que convierte cuanto toca a su esencia y lo vuelve de su forma; así va suavizándolo y vaciándolo y así facilita la digestión al convertirlo rápidamente en alimento. Igual actúa el elixir de la alquimia que convierte el cuerpo a él rápidamente, lo cambia de naturaleza a naturaleza superior, revistiéndolo de espíritu, alma y firmeza y lo quita la transitoriedad y la corruptibilidad. Así es el secreto de sus principios.

Mentiría si dijera que he escogido este párrafo porque resulte especialmente significativo. Solo he querido dar a los interesados una idea del tono del lenguaje y la materia del Picatrix. Quiero recordarles además, que es significativo mantener este tipo de conversaciones junto a la estatua de Lennon, porque John Lennon se interesó siempre en esta clase de saberes esotéricos, así que a lo mejor estos muchachos tuvieron aquella tarde un oyente atento y dedicado de sus lucubraciones.

El Beatle John Lennon, uno de los músicos más importantes y renovadores del siglo XX, fue un estudioso de los grimorios y otras ramas del esoterismo

Entonces ¿es  el Libro de Ifá un grimorio y el más completo de todos cuantos existen? Lo es y al mismo tiempo es más y es menos que todo eso. Ifá, por su estructura, es un tratado de magia práctica y ritual que contiene invocaciones, recetas basadas en la ciencia herbolaria, guías para la fabricación de talismanes (los resguardos), rituales de purificaciones (limpiezas, ebbos y oparaldos), un sistema muy completo de predicciones (aunque no el más completo) y también historias conocidas como patakines, una forma de enseñanza oral para transmitir moralejas, pero que es también un germen de teatro ontológico. Pero trabaja muy poco con las tablas de correspondencias y entre ellas con el reino mineral, aunque considera las piedras como asiento de orishas, y no contiene ni una sola noción de astrología, lo que me dice a mí, según mi humilde opinión, que independientemente de la transculturación que le haya venido de Egipto, se originó en un pueblo que no conocía la observación del firmamento más allá de lo necesario para llevar adelante labores agrícolas y de pastoreo. Ifá está más cerca de un compendio de chamanismo que de un grimorio occidental. Es lo que creo.

Debo advertir a quienes lean este post que no todos los grimorios son obras originales ni han llegado a nosotros directamente desde la Antigüedad o la Edad Media. A finales del siglo XIX algunos de estos textos, como el de Abramelin el Mago, el grimorio de Armadel y las Clavículas de Salomón fueron recompuestos y reescritos —conservando quién sabe cuánto de los textos originales— por altos Iniciados de Órdenes herméticas  inglesas  de magia ceremonial afiliadas a la masonería y el rosacrucismo, como la Aurora Dorada o Golden Dawn que ya mencioné, o la Abadía de Thelema, por lo que aparecen firmados por miembros fundadores de esas organizaciones, como el escocés MacGregor Mathers y el célebre mago inglés Alesteir Crowley, y se han convertido en textos básicos para movimientos espirituales de la Nueva Era como  la Wicca, el neo-satanismo, el neopaganismo y la magia del Caos.

Me gustaría sugerir a los jóvenes del parque que lean los grimorios con interés de puro conocimiento (pueden encontrar muchos en http://libroesoterico.com/biblioteca/grimorios/index.php) , pero que se deshagan de la intención de utilizarlos, porque los grimorios en sí mismos no son saberes completos; los antiguos y los medievales los empleaban junto con tratados de adivinación y otras materias que no vale la pena mencionar aquí, además de que todo ese acervo estaba muy limitado y bien resguardado en manos de hombres entrenados desde la infancia para usarlo, y consagrados a ello en cuerpo y alma, lo que implica un trabajo constante de purificación de cuerpo, mente y espíritu, imposible para cubanos comedores de cerdo, fumadores de cualquier cosa y bebedores de ron y otras sustancias. El conocimiento es siempre, por su propia naturaleza, digno de ser conservado, pero tiene su momento histórico que cuando pasa, pasa, y dejar de llevar un enfermo a un hospital para intentar curarlo llamando en su auxilio a los genios del Picatrix o a las fuerzas del Libro de las Sombras de las brujas wicca es insensatez. Y a esos jóvenes del parque les pido, también, que tengan muy presente que el hombre de metal sentado en aquel banco mirando el mundo desde sus lentes redondos llegó a la cumbre del arte armado únicamente con su guitarra y unos amigos tan geniales como él. Talento más esfuerzo es una buena receta, mejor que cualquier grimorio.

Sin embargo creo sinceramente que la lectura de grimorios es un camino tan bueno como otros para acercarse a la cultura verdadera, a la herencia que Occidente ha legado a sus hijos, entre los cuales nos contamos nosotros, los cubanos de todas las razas. Mejor que aquellos jóvenes del parque lean grimorios escritos por sabios de otras épocas o, en el peor de los casos, por monjes cultos, a que escuchen todos los días las letras abstrusas del reguetón, escritas por personas incultas, misóginas, violentas, vulgarísimas y con una visión distorsionada y marginal de la vida, que solo pueden —y pretenden— ofrecer modelos conductuales aberrantes que conducen a la pérdida de valores sociales y morales y a una peligrosa involución de la sociedad.

 

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* El verdadero «Necronomicón» de John Dee.

El Necronomicón es uno de los libros prohibidos más interesantes que existen. Su verdadero creador, H.P. Lovecraft, lo utilizó como una herramienta para validar las criaturas imposibles que pueblan los Mitos de Cthulhu. Sin embargo, hay muchos que sostienen que el Necronomicón no es un libro apócrifo, es decir, falso, sino que podría estar inspirado en un antiguo grimorio real.
De acuerdo a la cronología establecida por H.P. Lovecraft, el Necronomicón fue escrito por Abdul Alhazred, el árabe loco, en el siglo VIII. A lo largo del tiempo, fue traducido al griego, al latín; hasta que finalmente cayó en manos de John Dee, el gran nigromante isabelino, quien lo tradujo al inglés.
Esta es la versión que más nos interesa, precisamente porque es la única referencia real, o mejor dicho, rastreable, que ofrece H.P. Lovecraft.
Si bien la opinión oficial afirma que el Necronomicón es una invención de H.P. Lovecraft; otros aseguran que el autor de Providence falseó el nombre y el origen del libro, pero que éste es, de hecho, un libro real perteneciente al mago y astrólogo árabe Al-Kindi (801-873 d.C).
Según los propulsores de esta teoría, el libro maldito de Al-Kindi, perdido durante siglos, cayó en manos de John Dee, quien habría cifrado sus misterios en las tenebrosas páginas del Liber Logaeth.
Ahora bien, ¿cómo pudo haber llegado esta versión del Necronomicón a manos de H.P. Lovecraft?
Al respecto, existen dos hipótesis: una de ellas apunta al abuelo materno de H.P. Lovecraft, un reconocido bibliófilo y miembro de la masonería egipcia, quien pudo haber conseguido una copia, o al menos referencias concretas, de la traducción de John Dee.
Posible, aunque improbable.
La otra teoría, mucho más sustentable, señala a la esposa de H.P. Lovecraft, Sonia Greene, quien mantenía un estrecho vínculo con el ocultista Aleister Crowley. Esta hipótesis es conocida como el Necronomicón astral o la conexión Lovecraft-Crowley, la cual ha sido ampliamente estudiada.
John Dee fue un apasionado coleccionista de libros malditos, y dueño de una de las bibliotecas más grandes de su tiempo, repleta de obras raras, incluso perdidas, acerca del esoterismo y el ocultismo. Por otro lado, también tenía fuertes vínculos con la realeza; de hecho, trabajaba como espía para la reina de Inglaterra, Elizabeth I, además de ser uno de los eruditos más impresionantes en el arte del cifrado de textos. Esto lo coloca en una posición privilegiada para obtener libros desde cualquier rincón del mundo.
Los tres pilares en los que se apoya la posibilidad de que el Necronomicón sea verdadero son, en definitiva, H.P. Lovecraft, Aleister Crowley, y John Dee.
Claro que, para que esta teoría resulte verosímil, primero debemos olvidarnos del Necronomicón en términos de libro físico, sino más bien una obra etérea, que se reescribe constantemente a través de sus intérpretes.
Así como H.P. Lovecraft creó al Necronomicón basándose en sus sueños —véase el Ciclo Onírico—, Aleister Crowley afirmó que su libro fundamental, El libro de la ley (Liber AL vel Legis), le fue dictado por una entidad llamada Aiwass. Del mismo modo, John Dee sostuvo que El libro de Enoc le fue sugerido por potencias angélicas, quienes de hecho le enseñaron el enoquiano o lenguaje de los ángeles.
Ahora bien, si mezclamos estas tres visiones observamos que cada una de ellas nos ofrece testimonios similares sobre criaturas anteriores a la humanidad, notablemente voraces, que fueron expulsadas de la realidad que conocemos.
H.P. Lovecraft menciona a Cthulhu, Dagón, Nyarlathothep; Aleister Crowley hace lo propio con Babalon y Hoor-Paar-Kraat. John Dee, finalmente, nos habla de Choronzon y los Nephilim. Todos estos seres gobernaron a los hombres pero fueron vencidos en el pasado; aunque todos aguardan pacientemente el retorno de sus respectivos reinados.
Aquellos que avalan la teoría del Necronomicón real afirman que en la obra combinada de estos tres hombres, en definitiva, visiones particulares y subjetivas de una verdad inconcebible, se encuentra la matriz del original.
Desde luego que la supuesta realidad del Necronomicón no valida la posibilidad de que exista como un libro físico que cualquiera de nosotros pueda consultar. Se trata, en última instancia, de un libro fantástico, y decididamente apasionante.
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El amor platónico, tan sublimizado, deseado y, bajo sus máscaras, mal conocido

En estos tiempos en que el más grosero materialismo es como la lengua de un gigantesco oso hormiguero que se va lamiendo todo, en alguna que otra ocasión oímos hablar del amor platónico, y siempre entendido como un amor imposible donde por añadidura no hay sexo. Hermosa, pero lamentable equivocación.

Platón pertenecía a la nobleza, recibió la educación de un miembro de la clase alta ateniense y era un hombre de gran belleza física.

Como su nombre indica, el amor platónico surge de una especie de teorización del filósofo griego Platón, nacido en Atenas en 427, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, dos de las mentes más brillantes que ha dado la cultura occidental. Aristóteles fue, a su vez, mentor de Alejandro de Macedonia, llamado El Grande, amante fervoroso de las artes y de la belleza. En uno de sus célebres Diálogos, El banquete, Platón define el amor como el sentimiento que el hombre experimenta ante la belleza pura en todas sus manifestaciones. La belleza era un tema que había obsesionado a la cultura griega desde sus tiempos pre clásicos, y tanto su arte como su literatura, su arquitectura, su poesía y todas sus ciencias perseguían un ideal de perfección indisolublemente ligado al concepto de armonía. Para un griego nunca algo habría sido bello de no haber sido armonioso, y nada podía serlo si no era perfecto. La perfección, para la mentalidad griega, se basaba en cánones muy definidos que a su vez se basaban en medidas inalterables cuya máxima expresión era para ellos el cuerpo humano. De ahí que el amor, según Platón, comenzara por la admiración ante la belleza del cuerpo, pero se extendía a todo aquello que estuviera comprendido en ciertos cánones cuya condición primera consistía en evitar los excesos.  Por eso una de las formas del amor platónico tenía como objeto a las leyes justas y buenas para el bienestar y la seguridad de los pueblos y los individuos. La perfección espiritual era otro objeto de amor, la armonía  elevación del carácter. El concepto, si lo analizamos hoy con nuestra mente pragmática, nos conduciría a creer que Platón estaba convencido de que se podía sentir amor por un edificio. Usted podría, por ejemplo, estar profundamente enamorado del Capitolio de La Habana, uno de los seis palacios más relevantes y arquitectónicamente perfectos del mundo.

Por supuesto que es posible sentir sed de belleza, ansias de armonía, que cuando se ponen al alcance de las personas las pueden hacer mejores, elevar el espíritu, crear éxtasis. Platón entendía que la materialización más inmediata de la perfección era el cuerpo, pero no era el objetivo del amor. El cuerpo como objeto erótico se limitaba al deseo y consumación sexual entre un hombre y una mujer , pero en la sociedad griega anterior y posterior a Platón la mujer apenas si era considerada un ser humano, carecía de derechos, de personalidad jurídica, y era una más entre las propiedades de su padre, hermanos y esposo, tanto como una espada, un caballo, un buey o un escudo, y solo un poco más valiosa que un esclavo, por lo que estaba totalmente excluida de las reflexiones de Platón sobre el amor, que era únicamente un sentimiento entre hombres. Sin carnalidad tangible, porque no era ese su objetivo. La mujer estaba para saciar los deseos de la carne; el hombre, los del conocimiento y el espíritu.  Esta concepción platónica del amor, contrariamente a lo que se pueda inferir de la anterior explicación, no predicaba la homosexualidad, sino la bisexualidad que tanto distinguió a la cultura griega: la mujer para penetrarla y experimentar la hybris del orgasmo carnal, y el efebo para elevar el espíritu y alcanzar el éxtasis  provocado por las formas superiores de la armonía y la perfección.

Pero el ansia de ascensión espiritual está en la condición humana, Platón creía que era consecuencia de la chispa divina que vive en cada uno de nosotros y anhela unirse con los dioses (las mujeres carecían de ella, según el filósofo), y se negó a morir bajo la bota del pragmatismo romano para reaparecer nada menos que durante los primeros tiempos del cristianismo, cuando el apóstol Pablo predicaba a los primitivos cristianos en contra de la unión carnal y exhortaba a los matrimonios que ya estuvieran casados a convivir en casta hermandad, y a los solteros y solteras a no casarse, en franca distorsión de las prédicas de Cristo sobre el tema. No es ningún secreto que Pablo es el responsable de muchas de las peores tergiversaciones de las ideas de Cristo, a quien nunca conoció, pues no fue uno de los doce discípulos que le siguieron a través de Galilea y escucharon de boca del maestro sus sermones.   Si Pablo era gago, calvo, tullido y misógino es algo que hoy no podemos saber con certeza, pero lo que sí sabemos es que Cristo solo dijo que era mejor vivir en celibato, pero quienes no pudieran hacerlo debían casarse. Fueron muchos los primeros cristianos que dejaron de yacer con sus esposas, las vírgenes que se negaron a contraer matrimonio, las jóvenes parejas que intercambiaron suspiros en la lobreguez de las catacumbas y muchos hombres y mujeres los que marcharon al desierto para llevar una vida de soledad, castidad y austeridad absolutas, que luego derivaría en el monacato y la reclusión en monasterios y conventos.

Pero las ideas nunca mueren aunque los siglos les pasen por encima, y tras la hecatombe moral que se enseñoreó del imperio romano en sus últimos siglos llegó la Edad Media, y la idea del amor platónico volvió a florecer, y alcanzó su más alta cumbre bajo el nombre de amor cortés. Ocurrió en La Provenza, Aquitania y el Languedoc, territorios que hoy pertenecen a Francia pero en aquella época eran reinos vasallos de los reyes de Aragón, los duques de Aquitania y los condes de Barcelona, su lengua no era el francés sino el occitano, y poseían una cultura muy peculiar fuertemente influida por los árabes de los califatos de Al Andaluz y el intercambio cultural que se había producido en Palestina entre moros y cristianos durante las Cruzadas. El culto a la Virgen María o culto mariano, tan importante en la Edad Media, y la presencia en la región del catarismo, una religión que se oponía a la iglesia de Roma y al Papado y aspiraba a la perfección moral y espiritual, crearon un caldo de cultivo para que el amor platónico volviera a aparecer en toda su pujanza, pero esta vez aureolado y arropado por la poesía.

Para tener una idea de cómo era aquella sociedad que floreció al sur del río Sena y se extendió hasta los califatos de España (a la inversa para algunos historiadores) hay que saber que se trataba de una sociedad feudal, con poderosos condes y duques al mando de grandes y prósperas ciudades, como el conde Raimundo de Toulouse o el joven conde Gastón de Foix, pero había otros muchos poderosos señores feudales que se habían construido castillos fortificados en lo alto de las rocosas montañas de la región, de tan difícil acceso que se les llamaba nidos de águila. Estos feudales mantenían cada cual su propia corte, integrada por caballeros vasallos, sirvientes, guerreros, maestros de armas, artesanos, campesinos, damas y trovadores. Los trovadores no eran figuras populares como los juglares, sino hombres cultos muy conocedores de música y poesía, que viajaban de un castillo a otro, de una corte a otra, ofreciendo sus servicios por dinero, pero no hay que equivocarse: eran poetas de tanto mérito que muchos de ellos han pasado a la posteridad por la belleza de sus composiciones. Algunos de ellos eran nobles y también feudales poderosos, como Guillermo IX duque de Aquitania y considerado el primer trovador, abuelo de la célebre duquesa y reina Leonor de Aquitania, ella misma protectora e inspiradora de trovadores y una de las bellezas más grandes de su tiempo.

Leonor, duquesa de Aquitania, reina de Francia y de Inglaterra y madre de tres reyes, entre quienes se cuenta Ricardo Corazón de León, considerado en su época el más grande príncipe de la Cristiandad. Por su decidida protección y mecenazgo a los trovadores y al amor cortés, Leonor fue llamada Reina de corazones

Leonor de Aquitania armando a un caballero. Óleo del pintor inglés Edmund Leighton. (La imagen ha sido tomada del blog Mujerícolas, como lo indica la marca de agua en el traje de la figura femenina)

Monumento funerario de Leonor de Aquitania en la abadía donde fue sepultada. El destino final de la belleza.

La corte de Raimundo de Toulouse, llena de refinamiento y de riquezas y esplendor no era lo mismo que las pequeñas cortes de los señores de los castillos, en las que la castellana, dueña del castillo por herencia o viudez, o esposa del señor, vivía rodeada de sus damas en una especie de gineceo dentro de la Torre del Homenaje, área del castillo donde habitaban el señor, su familia y sus caballeros y servidores más allegados.

Hubo damas tan poderosas como los feudales, quienes otorgaron su mecenazgo a los más grandes trovadores de la época. Entre ellas se cuenta, además de la ya mencionada Leonor, la muy ilustre María de Francia, protectora nada menos que del trovador Chretien de Troyes, poeta de la corte de Champaña y considerado por algunos estudiosos como el primer novelista de Occidente, pues fue el creador del ciclo Artúrico o del Santo Grial, para el que se inspiró en la llamada Materia de Bretaña, conjunto de leyendas sobre un legendario rey de los britanos que habría derrotado a los sajones y sucumbido bajo los oscuros poderes de la magia negra.

Estas damas nobles, cuyos esposos estuvieron durante largo tiempo ausentes por encontrarse combatiendo en Tierra Santa, permanecían en una soledad relativa, y el hombre que tenían más cerca, además de sus jóvenes pajes, era el trovador, quien podía ser de noble cuna aunque casis siempre de posición social inferior a la dama. Podía ser, incluso, un caballero de poco rango que hubiera combatido en las Cruzadas o bajo el mando de algún rey y conociera bien el código de caballería, rígido compendio de conducta justa, sobriedad, compasión y sobre todo honor. Un buen caballero es en primer lugar un hombre virtuoso que protege a los débiles. Los paladines de Arturo y Carlomagno son la encarnación del código de caballería en toda su pureza y plenitud. Pero un caballero es también alguien que venera a la Virgen, y que identifica con ella a la dama que ha elegido para consagrarle su vida, su honor y sus servicios. Esta proximidad entre damas y trovadores en una sociedad que se rige por códigos morales cristianos y en la cual la pureza de la Madre de Jesús es un paradigma, engendra entre la mujer necesitada de cortejo y el poeta  cuya sensibilidad exaltada lo induce a la idealización, a una relación de adoración que cumple cabalmente con las relaciones de vasallaje entre amo y vasallo.

Guillermo IX duque de Aquitania, considerado el primer trovador

No debe creerse, sin embargo, que la sexualidad estuvo desterrada de aquella sociedad. Las damas tenían intercambios sexuales con sus esposos, y en ausencia de ellos con otros caballeros de igual rango que las conquistaban con recursos más humanos y materiales que la poesía, es decir, con obsequios valiosos que iban desde joyas hasta piezas de cetrería, ricos tejidos, muebles costosos y hasta animales exóticos, como por ejemplo un armiño, tal y como aparece retratado este gracioso animalito en tantas miniaturas de la época, siempre en brazos de la dama. Cuando no había a mano caballeros, eran llamados a filas los pajes, donceles muy jóvenes, a menudo imberbes, quienes por lo general adoraban en silencio a sus señoras mucho antes de ser requeridos para manifestar tal veneración en formas más ardorosas.

Sin embargo, el caso de los trovadores era otro. Debe entenderse que el amor cortés fue en primera instancia una construcción cultural, más obra del espíritu y dirigida a exaltarlo que a obtener placeres más bastos y vulgares y también más efímeros. Se pretendía cultivar un sentimiento perdurable que no perdiera intensidad, para lo cual se llegaba a refinamientos parecidos a torturas. Las reglas del amor cortés eran severas y no podían ser violadas, y en caso de que lo fueran las damas establecían las llamadas Cortes de Amor, donde además de torneos de poesía podían ser enjuiciados quienes hubieran faltado de algún modo a lo establecido, recibiendo de las damas castigos de acuerdo con la falta cometida. He aquí las reglas principales del amor cortés, fijadas por escrito en el siglo XII por el francés Andreas Capellanus:

  • El matrimonio no es una excusa real para no amar
  • El que no tiene celos, no puede amar
  • Nadie puede ser obligado por un doble amor
  • Es bien sabido que el amor es siempre creciente o decreciente
  • Los niños no aman hasta que llegan a la edad de la madurez
  • Cuando un amante muere, se requiere una viudedad de dos años, por parte del superviviente.
  • Nadie debe ser privado de amor sin la mejor de las razones
  • Nadie puede amar si no es impulsado por la persuasión del amor
  • El amor es siempre un extraño en la casa de la avaricia
  • Un verdadero amante no desea abrazar en el amor a nadie, excepto a su amada
  • Cuando se hace público el amor, rara vez perdura
  • La fácil obtención del amor hace que sea de poco valor, la dificultad de consecución lo hace preciado
  • Cada amante vuelve regularmente pálido en presencia de su amada
  • Cuando un amante de repente alcanza a ver a su amada, su corazón palpita
  • Un nuevo amor pone en fuga a un viejo
  • Solo un buen carácter hace que cualquier hombre sea digno de amor
  • Si el amor disminuye, se produce un error de forma rápida y rara vez se restablece
  • Un hombre enamorado está siempre preocupado
  • Los celos reales siempre aumentan el sentimiento de amor
  • Los celos, y por lo tanto el amor, se incrementan cuando se sospecha de su amada
  • Aquel a quien disgusta la idea del amor, come y duerme muy poco
  • Cada acto de un amante termina en el pensamiento de su amada
  • El amor no puede negar nada al amor
  • Un amante nunca puede tener suficiente de los consuelos de su amada
  • Una presunción provoca a un amante sospechar de su amada
  • Un hombre que está atormentada por un exceso de pasión por lo general no le gusta
  • Un verdadero amante es constante y sin interrupción poseído por el recuerdo de su amada
  • Nada impide a una mujer ser amada por dos hombres o  un hombre por dos mujeres

Ahora bien, el término amante no tenía en aquel tiempo la misma connotación que en nuestros días. En realidad era como una especie de carrera hacia la meta que pasaba por cuatro niveles que el amador debía ir alcanzando sin cometer ningún error so pena de perder cuanto hubiera alcanzado hasta ese momento. En el siglo XIII así quedaban fijados los cuatro pasos en el progreso del caballero enamorado hacia su dama:

  • fenhedor (no ha declarado aún sus sentimientos)
  • pregador (ya los ha manifestado a su amada)
  • entendedor (la dama le ha sonreído o dado prendas)
  • drutz (ha culminado la relación con un contacto íntimo)

El contacto íntimo o coito completamente realizado, si bien podía llegar a ocurrir entre la dama y su amador cuando este la igualaba o superaba en rango social, difícilmente tenía un final tan feliz para el simple trovador, pero por lo general la intención, lo ideal, pudiéramos decir, en esta clase de amor era experimenta situaciones de voluptuosidad tan extremas y refinadas que podían resultar exquisitamente torturantes, tales como pasar la noche yaciendo juntos en el mismo lecho sin tocarse o separados por una espada, como cuenta la leyenda de Tristán e Isolda y la de Lancelot y la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, quien pasó una noche con su amador en el bosque, pero con la espada de él separando sus cuerpos que, sin duda, ardieron de deseo durante toda la madrugada.

La espada guarda el honor. El armiño la pureza.

O podían llegar a contactos intermedios como caricias y besos, y detenerse cuando el frenesí alcanzaba su punto más candente. ¿Por qué? Pues porque la dama elegida y cantada era, según el amador, la más perfecta de todas en hermosura, inteligencia, gracia y virtud, y estaba tan por encima de su pretendiente que cualquier intento suyo por tocarla hubiera mancillado tanta excelsitud. En aquellas comarcas que se encontraban bajo la influencia de los cátaros, cuyos guías espirituales, quienes rehusaban ser llamados sacerdotes, eran conocidos como los buenos hombres o los puros, estos predicaban sin cesar la virtud en todas sus formas y sus prédicas eran muy bien acogidas en las cortes feudales, incluso en las más poderosas, por lo que el amor cortés permitía a las vanidosas damas y a sus amadores de febricitante imaginación poética no incurrir en el pecado de la carne, al menos no con la cópula de sus mutuos genitales.

Recluidas en castillos inaccesibles como este de Queribus, en el país de los cátaros, rodeadas de una pequeña corte de guerreros rudos y con el esposo ausente la mayor parte del tiempo, es comprensible que las damas ansiaranla compañía y el cortejo de los trovadores

Un modo tremendo en que los amadores, cuando eran caballeros, manifestaban su sumisión a su dama, era llevar sobre sus armaduras las cintas con los colores que la identificaban o alguna joya o pañuelo que ella les hubiera entregado para lucirlas durante los torneos, antes de cuyo comienzo era habitual que el amador se acercara a las gradas donde se encontraba su amada presenciando la justa y le hiciera una reverencia a la vista pública.

Dama despidiendo a su caballero que va a la justa o torneo

El marido de la dama solía estar presente y en ocasiones se trataba del mismísimo rey, duque o conde, quien toleraba estas muestras de adoración a su esposa con la mayor naturalidad, pues era la costumbre de la época y probablemente él era, a la vez, el caballero de alguna otra dama, lo que no significa que posiblemente hubiera muchas y violentas escenas de celos en la intimidad, pero habría sido de pésimo gusto que trascendieran. La idealización del amor cortés era tan absurda que cuando los caballeros justaban lo hacían en nombre de su dama y para demostrar que era superior a las damas de los otros. No fueron pocos los que abandonaron este mundo en tan singular y descabellado intento.

El amor cortés no sobrevivió a la unificación de Francia en un solo reino y su entrada en el Renacimiento, y la idea de Platón no volvió a dar señales de vida hasta el siglo XIX, cuando reapareció en la escena del romanticismo, aunque aquí no puede hablarse de esplendor, porque fue una entrada en escena bien tétrica, puesto que los amantes románticos muy a menudo estuvieron marcados por la muerte.

El Romanticismo fue un movimiento artístico que surgió en Alemania con el llamado Sturm un Drang (Fuerza y empuje), una reacción a la frialdad del neoclasicismo, y sus características principales fueron la identificación del paisaje con las emociones, la vuelta a las culturas autóctonas y los folclores, el interés por la antigüedad pero sobre todo por la Edad Media y la cultura caballeresca, la reivindicación de las historias nacionales y una clase de amor inspirado en las ideas de Platón pero generalmente signado por ser imposible, y como consecuencia de esta imposibilidad derivada de disímiles obstáculos deviene en tragedia y muerte de uno o los dos amantes.

El amor romántico nace de la atracción sexual, pero la posesión carnal de la amada o el amado no es el objetivo, sino la comunión de las almas. Los amantes románticos no están regidos por un código severo que les impida la cópula como meta, pero la exaltación de la sensibilidad les lleva por otros caminos. La idealización de la amada, que la convierte en casi una imagen mística, la gran valoración que se confiere a su integridad sexual como trasunto de la espiritual, hace que su pureza física y espiritual sean bienes que el amante desea conservar y proteger hasta que el matrimonio santifique la unión. La amada del Romanticismo suele ser una joven frágil, de salud precaria, ingenua y desconocedora del mundo, dulce, tierna, recatada y púdica, y la imposibilidad del amador de unirse a ella aún cuando sea correspondido se debe a obstáculos de diversas clases que lo separan de su elegida: pertenece ella a una clase social superior o inferior a la de él, hay antiguos e intensos odios de familia que se interponen y hacen imposible pensar en una boda, ella es prisionera de un padre, tío, hermano o tutor que la mantiene recluida o está prometida a o casada con otro hombre. En el peor de los casos padece una enfermedad mortal, preferiblemente tisis, pero también locura. El sufrimiento llega a ser tan insoportable para estos amantes que no pueden juntarse que terminan suicidándose, o al menos uno de ellos se marcha de la vida dejando a su paso un rosario de penas y lágrimas y, de paso, de imitadores, como sucedió cuando Goethe publicó en Alemania su celebérrima novela Las desventuras del joven Werther, que desató en toda Europa una ola de suicidios compulsivos.

Debo dejar en claro que Don Quijote y Dulcinea no forman una pareja romántica y es esta una discusión que he tenido muchas veces, en primer lugar porque pertenecen a la literatura de caballería y no al siglo XIX, pero sobre todo porque si Alonso Quijano es un amador que por cumplir a cabalidad con todos los postulados del código de la caballería deviene un perfecto amador romántico, en realidad no tiene amada, pues Dulcinea es una creación de su fantasía y la mujer real en que se basa es una aldeana ruda e ignorante que no está enterada de la existencia del caballero, y de haberlo sabido se hubiera revolcado en los pastos riendo a carcajada limpia por su fealdad y su locura, y es bien probable que hubiera terminado por lanzarle pelladas de estiércol o una pedrada

Tuve un profesor de literatura allá por el año 197 y pico, cuando yo era una simple estudiante en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), que nos auguraba el regreso del espíritu del romanticismo, pues según él cada tres décadas los movimientos artísticos y los estados espirituales de la humanidad tendían a repetirse. Creo que era un hombre muy inteligente, pero mal observador y peor antropólogo y  sociólogo. Se equivocó totalmente, pues lo que ha ocurrido es todo lo contrario: un empobrecimiento cada día peor de la sensibilidad humana, un encanallamiento de los instintos y una chatura total de lo que alguna vez llamamos espiritualidad. Al menos en Cuba. No quiero decir que ya no queden parejas aisladas capaces de sentir un amor profundo, romántico aunque se resuelva al final en una sexualidad plena, pero el concepto, o mejor dicho la idea que se tiene del amor, al menos hoy en nuestro país, es la de un deporte en que la competición se basa en el número de penetraciones y orgasmos, y suele tener una vida aún más espúrea que la de una mariposa. El amor, como cualquier sentimiento, es una cultura, y las culturas que no se cultivan terminan en la más cruda y repulsiva disolución, puesto que dan lugar a nuevas formas que por lo regular son productos más que degenerados, sobre todo si una ideología machista y humilladora de la mujer, como el reguetón, se adueña de la mentalidad de miles de individuos y les dicta códigos de conducta que ya no tienen nada que ver con la caballería y ni siquiera con los caballos. Lamentable, se me ocurren muchos otros calificativos para esta pérdida atroz, pero la elegancia del idioma me obliga a quedarme con ese.

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Peaky Blinders, gitanos en Cuba y… una niña paya

Acabo de ver la extraordinaria serie inglesa Picky Blinders, donde una familia gitana de principios del siglo XX conforma un grupo al margen de la ley en el barrio obrero de Birmingham; una especie de mafia gitana que mantiene al espectador frente a la pantalla como aprisionado por una invisible malla de imanes. Pero ¿qué sabe un cubano sobre gitanos?

Quienes sepan algo será porque han visto, seguro, El amor brujo, filme español protagonizado por el bailaor gitano Antonio Gades, gran amigo de Cuba, y no puedo imaginar cuántos de mis compatriotas habrán leído Nuestra Señora de París, una de las dos obras cumbres del gran escritor francés decimonónico Víctor Hugo, con su inolvidable personaje de la gitana Esmeralda, y acaso visto la película. Mi generación tuvo también la oportunidad de comprar en los estanquillos callejeros los números de la espectacular revista El Correo de la UNESCO, antes que el simurg de la Perestroika y el período especial la desterraran  de la isla junto con Sputnik y otras publicaciones. Correo… dedicó un número entero a los gitanos, que yo leí con fruición, pues son un pueblo misterioso, exótico y bravo que siempre me ha interesado. Y por supuesto, ¿a qué cubano no le gusta el flamenco? Supongo que a los que les gusta el reguetón, pero el caso es que la música española, de la que los cubanos somos tan deudores aunque se nos esté olvidando, tiene un por ciento muy elevado de influencia gitana. ¿Y quién no ha visto alguna vez el celebérrimo óleo Gitana tropical, del pintor vanguardista cubano Víctor Manuel, impreso hasta en las cortinas de las bañeras?

Pero ¿qué sabe de primera mano un habanero sobre los gitanos? Nada si no nació antes de 1959 o 1960. Yo sí los conocí. Cuando era muy niña mi abuela me llevaba con ella a diario a hacer los mandados por el reparto La Asunción, un pequeño y bonito residencial  situado justo en el límite antiguo entre Luyanó y Lawton, lo que equivale a decir que colinda con la Calzada de Porvenir, aunque desde hace algunos años la veleidad de alguien en la Reforma Urbana haya decidido hacerlo formar parte de Lawton. El caso es que una de las calles internas de La Asunción sale a Porvenir, y en esa esquina hubo siempre una especie de furnia no muy profunda, o tal vez era solo un terreno algo más bajo que las calles asfaltadas. No recuerdo si ya entonces estaba cercado, pero era un campamento gitano. Había fogatas, carromatos y caballos. Ellos, que yo recuerde, salían poco  a recorrer el reparto y todas las mañanas se veía a las mujeres, con sus larguísimas trenzas negras, sus profusos ornamentos de abalorios y sus sayas estampadas de muchos vuelos, ocupadas en lavar en bateas y cocinar en pailas. Los niños correteaban y los hombres fumaban y conversaban. Mi abuela, gallega campechana, conversadora y muy noble, se detenía cada día a saludar a una de las gitanas, quien al vernos llegar se acercaba muy seria. Ellas intercambiaban un saludo, mi abuela con una sonrisa, la gitana siempre ceremoniosa, y le decíacon un acento raro: “Buen día tenga usted, mi señora”. Luego se inclinaba hacia mí y me preguntaba: “¿Cómo está hoy la linda señorita?”. A mí me daban miedo sus ojos profundos y negrísimos. Mi abuela solía llevarle ropa que se me había quedado, zapatos y juguetes que la gitana agradecía con una inclinación de cabeza y enseguida volvía junto a los suyos. Nunca las oí conversar. Mi abuela era una de las pocas personas del reparto que tenía algún trato con ellos. La gente decía que eran sucios y que las gitanas se levantaban sus muchas sayas y orinaban a la vista de todos. Yo jamás presencié algo así. También debo decir que aunque mi abuela tenía amigas en todos los estratos sociales que habitaban La Asunción, jamás escuché de alguna vecina que hubiera ido a tirarse las cartas con las gitanas, pero sí recuerdo que las gitanas tenían mazos de naipes muy manoseados y los llevaban en faltriqueras pendientes de sus cinturas. Una mañana, cuando mi abuela y yo llegamos con el bultico acostumbrado, el lugar estaba completamente vacío. Los gitanos se habían ido de madrugada y nadie sabía a ciencia cierta hacia dónde. Se comentó que habían huido porque los asustó la libreta de abastecimiento y la posibilidad de tener que asentarse definitivamente, sensarse… Eran —y muchos de ellos siguen siendo— un pueblo errante que ama la libertad, vagar por los caminos, el movimiento perpetuo.

No es menos cierto que los trabajos que suelen desempeñar los gitanos necesitan mercados constantemente renovados. Son excelentes metalúrgicos, fundidores de metales, herreros, soldadores, y van de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. También son magníficos cirqueros, llegan con sus carpas a cualquier lugar y en un dos por tres ofrecen una función. Excelentes músicos, no he conocido mejores violinistas que ellos, verdaderos magos del arco y las cuerdas capaces de proezas que difícilmente resultarían creíbles para quienes no los hayan visto ejecutarlas.

Siempre han sido un pueblo sometido a fuerte discriminación, acusado de toda clase de delitos, algunos reales como el robo de caballos y otros pequeños latrocinios, pero la mayoría fruto de la imaginería popular, como la acusación de que raptan niños para devorarlos. Las tribus gitanas son comunidades cerradas estrechamente emparentadas entre sí, con un muy acendrado sentido de la lealtad familiar y del honor, vale decir, del suyo, sobre el que tienen códigos inviolables. Por ejemplo, no aceptan los matrimonios mixtos, lo que ha dado lugar a no pocas historias de huídas que a veces terminan en bodas pero otras en muerte, porque los parientes de la novia toman venganza por la transgresión de sus leyes.

Pero el pueblo gitano, despreciado, discriminado, perseguido incluso en Cuba, donde llegó a prohibírseles la entrada en 1936 cuando huían del exterminio a que fueron sometidos en la España franquista, y más tarde en los campos de muerte de los nazis, es, como cualquier otro pueblo del planeta, pródigo en dones, y cuando no se les hostiga muchos de sus miembros acuden a las universidades, se integran al trabajo y se convierten en ciudadanos cabales y grandes artistas. Charles Chaplin era gitano. El famoso actor inglés creador del inolvidable personaje de  Charlot, era hijo de una cantante de cabaret gitana y de un actor de la misma etnia. Otra gitana que revolucionó el cine fue la bellísima actriz norteamericana Rita Hayworth, ¿quién que la haya visto en su tremendo personaje de Gilda pudo olvidarla?

¿Se sentiría usted muy sorprendido si supiera que Bill Clinton, el tan controvertido y carismático ex presidente de los Estados Unidos, tiene ascendencia gitana? Y también el teólogo brasileño Frei Betto. E infinita es la lista de importantes personalidades mundiales que llevan esos genes en su sangre. Tampoco se sorprenda al saber que en las dos Guerras Mundiales los gitanos pelearon con bravura formando batallones a menudo integrados por parientes del mismo apellido. Fueron soldados feroces y muy eficaces en labores de reconocimiento y construcción de fortificaciones, además de temibles artilleros.

Existen varias teorías, hasta la fecha especulativas, sobre el origen de este misterioso pueblo itinerante que está presente en todas partes desde que el mundo es mundo. Hay gitanos rusos, búlgaros, rumanos, armenios, franceses, italianos, ingleses, irlandeses (conocí un gitano irlandés prodigioso violinista), alemanes, turcos… Pero la teoría más aceptada es que el pueblo romaní, como se llaman a sí mismos los gitanos, se originó en Egipto o en la India, donde serían restos de una población anterior a los indoeuropeos. De allí habrían emigrado durante siglos a través de Persia y Bizancio hasta llegar al norte de Europa  en el siglo XI. En India actual el grueso de su población gitana se encuentra en el Punjab, de donde habrían emigrado al norte de Europa huyendo de los musulmanes.

Se calcula que en el mundo de hoy hay unos treinta y cuatro millones de gitanos, aunque esta cifra no es oficial. Se estima que unos diez y siete millones viven en la India, y otros cinco millones en Europa Oriental, mayormente en los Balcanes.

He leído en algunos artículos cubanos sobre este tema que el dialecto caló hablado por los gitanos hispanoparlantes (la lengua oficial gitana es el romaní con dialectos según el país) ha hecho algunos aportes al habla marginal cubana con términos tales como jamar (comer), curda (borracho), chivato (soplón) y puro/a (padre/madre), andoba, chusma,- furnia, jarana, jiribilla y sandunga, entre otros muchos. Yo pienso más bien que si el habla marginal cubana tiene aportaciones del caló, llegaron a esta isla en boca no de los gitanos, sino de los negros curros traídos de Andalucía durante la colonia, aunque los primeros gitanos vinieron a Cuba en la tripulación de las carabelas de Colón, o sea, un poco antes que los primeros africanos y también antes que los curros. Pero tratándose de gitanos, la cuestión fecha resulta siempre bastante imprecisa. De cualquier manera, Andalucía fue el punto de partida de todas las empresas de conquista del Nuevo Mundo, y los gitanos que guardaban prisión en sus cárceles fueron enrolados, por órdenes reales, en las tripulaciones de cuanto barco se hacía a la mar en aquella empresa desmesurada y de puro albur que fue el Descubrimiento de América. Algunos de estos términos sospecho que provienen más bien de dialectos africanos introducidos por los esclavos de nación, y de vocabularios hablados por sectas como los abakuá.

También debo disentir de la afirmación que he hallado en esos textos criollos sobre la belleza de las gitanas que había en Cuba. Las que yo conocí en Lawton eran muy altas, de magras y membrudas  carnes y tez bastante oscura, y feas. Los hombres solían ser más apuestos, esbeltos y de talles finos, o al menos eso solían decir las amigas de mi abuela. Pero en otros países he visto gitanas que dejan chiquitas a las bellezas locales más ensalzadas.

En Cuba, según historiadores, mostraron preferencia por la región villareña, y en La Habana por Lawton.  Yo pienso en ellos a menudo como en uno de los grandes misterios de mi infancia, y cuando pruebo un  brazo gitano bien hecho —uno de mis dulces preferidos—, voy a una sesión espírita donde alguien me da un mensaje del ectoplasma gitano que me protege, o leo mi Tarot a la luz de las velas en una noche de luna, pero sobre todo cuando me agita una casi insoportable ansia de viajar, siento una nostalgia de lo más extraña, puesto que hasta dónde me han contado mis mayores, entre las muchas sangres que llevo dentro no hay una sola gota romaní. Y digo yo: ¿cómo se puede estar tan seguro…?

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¿Hacia dónde van la Ciudad Maravilla y sus habitantes?

 

“El pronóstico es malo. Estamos a punto de cruzar una línea tras la cual se va a invertir todo: lo incorrecto estará bien y lo correcto estará mal. Eso es lo que está predominando, y si las cosas siguen así, la ciudad entonces será otra”.

Miguel Coyula

 arquitecto planificador

Aquí hay tres factores que han influido en que la marginalidad ya no sea marginal: en primer lugar, la existencia desde antes de un núcleo de marginalidad en las ciudadelas, los barrios insalubres, que eran gente que vivía  en la marginalidad. El segundo grupo de problemas fueron los emigrantes de zonas que venían aquí y querían cultivar, y criar gallinas o sembrar plátanos en la ciudad. Los marginales, los campesinos que vinieron para la ciudad y los parientes copian el estilo de los que se fueron. Creo que de ahí fue saliendo el estilo ridículo ese, que son unos balaustres con unas mujercitas, delfines, leoncitos, tejitas, cuando esos balaustres no van con el estilo de esta época. Estoy hablando de 1920 cuando se usaba eso.

Mario Coyula

arquitecto

 

Dos textos de gran calidad, como suelen ser los publicados en la revista  La Jiribilla,  me han hecho reflexionar una vez más sobre un problema que no me preocupa únicamente a mí: ¿Hacia dónde  van La Habana y sus habitantes?  Si como ha dicho alguien, el hombre es su casa y la arquitectura refleja a quienes la viven, ¿qué le espera a nuestra Ciudad Maravilla en un futuro no muy lejano? Su rostro está cambiando y no para más belleza.

Renacer La Habana, entrevistas realizadas por un colectivo de autores a arquitectos, inversionistas, abogados y otros profesionales relacionados con el tema—, y La Habana: una ciudad cubana o una ciudad en Cuba, del prestigioso arquitecto Miguel Coyula, analizan los cambios dramáticos que está sufriendo la arquitectura citadina, pero a la vez dejan al descubierto la presencia de un conjunto de males que están devorando nuestra capital: el individualismo feroz, el vandalismo, la improvisación, la impunidad frente a la ley, la especulación, el oportunismo, la paupérrima formación cultural de una significativa mayoría de la población capitalina, y la inercia de las instituciones ante conductas salvajes y erráticas que socavan no solo los valores arquitectónicos, sino también los valores morales y sociales  de la ciudadanía.

Sería engañoso atribuir este estado de cosas a la implantación siempre creciente en la capital de ciudadanos de otras provincias que suelen traer consigo valores (o no valores) culturales y conductuales diferentes a los que han caracterizado históricamente a esta urbe. Y también lo sería culpabilizar a los trabajadores por cuenta propia o a cualquier individuo que posea ingresos económicos superiores a la media, porque  construyen sus  viviendas y locales destinados a todo tipo de comercio sin el debido asesoramiento de especialistas. Estos son solo efectos secundarios de un mal mayor cuya raíz se encuentra en otra parte. Pero antes de llegar a ello vale la pena reflexionar un poco sobre algunos aspectos del problema.

¿De dónde salen el mal gusto y las “excentricidades” que alarman a los arquitectos en tantas nuevas construcciones habaneras, con su eclecticismo de pastiche, sus colores chillones y todo un catálogo de ornamentos ridículos y anacrónicos? El sello de la arquitectura habanera ha sido precisamente el eclecticismo, la mezcla de estilos que ha hecho de La Habana una ciudad con personalidad propia en el mundo globalizado, pero esa mezcla fue el producto del trabajo de firmas de arquitectos altamente profesionales, muchas de ellas de prestigio internacional como Govantes y Cabarroca, quienes diseñaron, entre otras obras, el Capitolio de La Habana, de estilo neoclásico y considerado uno de los seis palacios de mayor relevancia a nivel mundial, y el célebre  palacete de Catalina Lasa, ubicado en 17 y Paseo, donde el art deco se entrelaza con un estilo florentino renacentista. Eran diseños basados en una cultura humanística,  un gran sentido estético, armoniosos, elegantes, bellos. Pero ¿quiénes decoran hoy sus nuevas casas con balaustradas de muñecos hieráticos que imitan de manera burdísima  las cariátides del majestuoso Malecón 17? Las cariátides[1] pertenecen a la cultura griega pre-clásica y formaron parte de nuestra arquitectura neoclásica republicana. ¿Por qué regresan ahora, incluso para coronar una esperpéntica torre de cuatro pisos levantada en el santosuareño solar de La Margarita?

¿Y esos medallones con cabezas de leones, águilas y otros símbolos “raros” que ostentan cada vez con más frecuencia las fachadas de casas particulares recién construidas o remodeladas? Son patéticas copias de los mismos medallones que todavía pueden verse en los frontones de inmuebles construidos durante el machadato, y que fueron en su época un penoso intento de aquella burguesía republicana emergente  por apropiarse las marcas de linaje codificadas en los escudos de armas y otros símbolos heráldicos que ostentaban las mansiones de la aristocracia colonial.

¿Y esas paredes revestidas con distintas clases de piedras que fueron gala de la arquitectura de Miramar en los años cuarenta y cincuenta, y hoy resultan en otras partes de la capital un triste monumento a la vulgaridad y la chapucería constructiva?  Estas imitaciones de modelos y códigos provenientes de  las barriadas de los ricos de ayer, reaparecen ahora como banderas  y  marcas de estatus económico, reclamos de lustre y validación social, soberbia de una clase que despunta y que, para mal de la ciudad y su gente, acaban convirtiéndose en modas chabacanas y absurdas. Los colores chillones, que al decir de los arquitectos en ocasiones recuerdan más a la repostería que a la arquitectura, hacen que uno se pregunte qué tienen en sus cabezas esas personas que no tienen claro si quieren vivir dentro de una casa o si su sueño es habitar en el interior de un kake. Sin comentarios.

Pero no todos los delirios son autóctonos y no hay que desestimar las influencias provenientes del extranjero, de las que no siempre se toma lo mejor,  y como botón de muestra va la siguiente anécdota, conmovedora en su ingenuidad: Una familia visita a su hijo muy bien instalado en Miami. Cuando regresan a La Habana quieren tener en su casa una chimenea igual a la que posee el hijo en su mansión, pero aquella es una chimenea hindú, flanqueada por dos estilizados budas de bronce a tamaño natural ataviados con tocados donde relucen incrustaciones de piedras semipreciosas; son kitsh sí, pero de excelente factura, y el cuerpo de la chimenea es de un raro mármol verde con marco de oro. La primera cuestión a resolver por los inocentes imitadores habaneros es la identidad de las figuras, que por  ignorancia de ellos mismos y de los tallistas acaban convertidas en dos enormes orishas de cemento,  mientras el cuerpo de la chimenea es de cerámica.  La familia muestra a todos con orgullo su “flamante” chimenea.

¿Qué ha hecho posible esa distorsión de la arquitectura habanera, con sus ruinas y bodrios que devienen expresión del deterioro conductual y estético de sus habitantes? La falta de atención y de control estatal y su temible hija Impunidad, como apunta el arquitecto Coyula en su excelente artículo, y vienen señalando desde hace tiempo especialistas en otras materias, entre los cuales abundan las llamadas de advertencia de la prensa nacional.

Cuba, como cualquier Estado de Derecho, posee un sistema de Leyes, Códigos Penal y Civil, Tribunales, Fiscalías municipales, provinciales y General de la República, Instituciones de Planificación Física y de Vivienda en los mismos tres niveles, y muchas, muchas normas y regulaciones para la arquitectura y para el comportamiento humano. Pero la población viola con alarmante frecuencia las regulaciones constructivas y las que norman la dinámica social, sin otro resultado que la impunidad más absoluta. Existen, además, instituciones de muy alto nivel como el Consejo de Estado y Atención a la Ciudadanía, a donde los ciudadanos pueden remitir sus quejas cuando no son debidamente atendidos en otras instancias. Por todo el país hay fiscales, abogados, notarios y un casi infinito catálogo de documentos oficiales para todo tipo de procedimientos. Y hay una Policía Nacional Revolucionaria encargada de reprimir el delito. En cuanto a estructura no nos falta casi nada de lo que caracteriza al sistema legal de cualquier país civilizado. Pero sobre la eficacia de esas estructuras no puede decirse lo mismo.

Nuestras leyes necesitan ser enriquecidas, perfiladas y actualizadas, pues todo es perfectible. Por ejemplo, debería ampliarse el concepto de Acoso, una figura que hasta hoy solo refiere en nuestro país al acoso sexual, cuando ya en otros países de Occidente se reconocen, además, el acoso escolar, el laboral, el moral y el vecinal como figuras de delito punible. Cinco formas de acoso de las cuales la ley cubana solo reconoce una, mientras quienes practican las otras cuatro quedan siempre impunes. Y además, muchos psiquiatras de diferentes países, especializados en el tema del acoso, demandan que las víctimas sean consideradas como víctimas de guerra por la gravedad de sus afectaciones psicológicas y emocionales. Vale la pena recordar que la figura de Intimidación, bajo la cual hasta hoy tipifican en nuestras leyes las varias formas de acoso, no se ajusta a la naturaleza de ese delito, porque el acoso puede existir con o sin intimidación, con o sin amenaza.

Urge otorgar poderes más amplios a nuestra Policía, de manera que pueda intervenir, con la rapidez que únicamente a ella le es factible, en casos de infracciones, violaciones de normas y formas nuevas del delito de las que hoy solo se ocupan  instancias tan burocratizadas que la respuesta  a una denuncia o la obtención de un simple permiso para desglosar una vivienda pueden demorar años, si es que llegan a materializarse algún día. Sí, tenemos muchas leyes, pero… ¿se cumplen…?

Revisemos dos casos donde resulta evidente la relación vinculante entre el deterioro moral y social y la violación de normas de Arquitectura y Planificación Física, y cuyo resultado, la impunidad, está dañando a las personas afectadas en su derecho al tranquilo usufructo de sus propiedades, en su moral, en su ética y hasta, peligrosamente, en su salud:

CASO 1-. Enrique, anciano propietario de un apartamento en un edificio múltiple ubicado en la barriada de Santos Suárez, se queja de que una joven casada con un ciudadano italiano compró un apartamento en ese inmueble, y luego ha continuado comprando allí otros apartamentos que, a su vez, ha subdividido en cuartos para alquilar por horas a parejas, y para facilitar un acceso más íntimo a sus “clientes” ha agregado al edificio un par de escaleras y unas cuantas puertas, ventanas y aires acondicionados, ignorando olímpicamente la norma que prohíbe colocar puertas y ventanas frente a las ya existentes. Como consecuencia de esta arbitraria apropiación de los espacios colectivos del edificio, cada vez que Enrique abre  la puerta de su apartamento su intimidad queda expuesta  a las miradas impertinentes de los clientes ilegales — y con frecuencia de muy mala catadura— que hacen uso de la escalera ilegal. Nadie en el edificio está de acuerdo con que el inmueble se haya convertido en un motel (para darle a esa acción constructiva un nombre elegante), ni con las transformaciones desordenadas y arbitrarias que ha sufrido la estructura y perturban la privacidad y la seguridad de todos. Alguno ha reclamado ante las instancias pertinentes, pero… no pasa nada. La osada joven continúa ampliando su negocio.

La falta de un mínimo ordenamiento de la vida dentro del edificio hace que florezca el individualismo y no el colectivismo en estos inmuebles. Muchas de las indisciplinas sociales tienen su germen en estos edificios sin ley ni orden visible en su gradual degradación[2].

¿Y por qué en los edificios múltiples no hay ley ni orden visible, por qué falta en ellos un mínimo ordenamiento? Antes de 1959 los edificios múltiples tenían caseros o dueños que hacían firmar a los inquilinos contratos donde quedaban claramente estipulados los deberes de quienes arrendaban un apartamento o un cuarto en el inmueble. Yo conservo en mi poder el contrato firmado por mis padres ante la dueña del edificio donde vivimos hasta hoy, documento que después de tantos años ya tiene carácter de antigualla histórica, y en cuyos incisos se advierte claramente:

SEXTO: —El arrendatario se compromete a entregar la casa objeto de este contrato en el mismo estado de conservación en que la recibe […]

SÉPTIMO:—Queda especialmente convenido que el arrendatario no podrá sub-arrendar en todo ni en parte la casa o departamento arrendado, ni destinarlo a otro uso que no sea al de su propia y exclusiva vivienda […]

OCTAVO:— Al arrendatario le está prohibido tener animales en el edificio,  hacer ruidos innecesarios, formar reuniones en los pasillos, arrojar por puertas y ventanas basuras o cualquier otro objeto, usar aparatos de radio con demasiado volumen, o causar molestias a los inquilinos de las casas o apartamentos contiguos

—El arrendatario no podrá cambiar las pinturas de la casa sin el consentimiento de la propietaria por escrito, y solamente con la marca de pintura que esta indique.

A quienes no se mostraban capaces de cumplir con esas normas de convivencia, el dueño les rescindía el contrato y se veían obligados a abandonar la vivienda. Es verdad que este régimen de casatenientes  permitía a los dueños de inmuebles abolir el contrato a una familia si deseaban alquilar a otras personas. Era un régimen que hacía lugar para injusticias varias, y sin embargo garantizaba el orden necesario para la convivencia vecinal.

Tras el triunfo de la Revolución llegó para los arrendatarios la posibilidad de convertirse en propietarios mediante el pago al Estado del importe de sus viviendas. Apareció entonces el Consejo de Vecinos, integrado por todos los núcleos familiares que habitaban el edificio múltiple. El Consejo de Vecinos nombraba un Presidente o un Encargado, y las diferencias entre vecinos o las decisiones a tomar sobre problemas materiales del inmueble se dirimían o se tomaban en forma colegiada. El Encargado debía velar por el buen funcionamiento de la plomería, los motores de agua, la limpieza de las áreas comunes, y cobraba una pequeña cuota mensual a cada núcleo de habitantes para hacer un fondo que permitiera costear cualquier arreglo necesario en la edificación. El Consejo de Vecinos podía reunirse y requerir a algún vecino, fuera o no propietario de su apartamento, si estaba causando molestias a otro u otros vecinos o daño a la edificación. Debo decir que personalmente jamás presencié que alguien se negara a pagar las cuotas mensuales o que un vecino sometiera a otro a molestias o abusos por más de unas horas. Una queja al Consejo de Vecinos bastaba para terminar el problema. Pero

[…] los edificios de apartamentos […] constituyen un 56% del fondo total de las viviendas. La falta de claridad sobre la propiedad del edificio y su posterior gestión ha conducido a un papel pasivo o nulo de los llamados Consejos de Vecinos ―en los casos donde existan―, que carecen de instrumentos y personalidad jurídica tanto para ordenar y regular la vida en estos inmuebles, como para enfrentar su mantenimiento. Los vecinos no se sienten responsables por su mantenimiento y cuidado al considerarlo una responsabilidad del Estado. Por esta razón, los inquilinos no se ven obligados a pagar una mensualidad para sufragar trabajos de mantenimiento o reparaciones e incluso se niegan hacerlo. En los edificios de apartamentos no existe siquiera un reglamento público que permita conocer los derechos y deberes de los inquilinos y evitar así disputas o apropiaciones indebidas de sus espacios comunes, que son modificados en detrimento de la integridad del inmueble[3].

Sin embargo, cualquiera puede encontrar en Google, en el sitio www.eumed.net/rev/cccss/04/oghp.htm y con fecha de junio de 2009, EL RÉGIMEN DE EDIFICIOS MÚLTIFAMILIARES Y SU FORMULACIÓN ADMINISTRATIVA DE LAS RELACIONES VECINALES, firmado por el Lic. Erick Ortega García y la MsC. Misalys Hernández Pérez, con una extensión de ocho páginas, donde queda claramente definida la existencia de un derecho privado que regula las condiciones de convivencia en edificios múltiples o multifamiliares, y un derecho administrativo que regula los deberes de los vecinos para con el inmueble, y los procedimientos a seguir en caso de cualquier tipo de infracción de estas normas. Entonces ¿por qué no hay ley ni orden en los edificios multifamiliares y los vecinos pueden modificarlos y hasta vandalizarlos a su antojo, llegando a afectar severamente a otras personas en aspectos varios de la vida? ¿Por qué los Consejos de Vecinos no cumplen con sus funciones? ¿Estará entre las posibles causas la aparición de la condición de propietario…?

La posibilidad de poseer la propiedad sobre una vivienda ha creado una grave confusión en la mentalidad de muchos ciudadanos, lo mismo si se trata de la propiedad sobre una casa independiente que sobre un apartamento en un edificio múltiple, porque tal condición hace nacer en la mente del propietario la certeza de que puede hacer lo que se le venga en gana en el interior y en el exterior de su propiedad y no será de su incumbencia cualquier efecto negativo que su accionar tenga sobre otros vecinos o sobre la comunidad. Por ejemplo, abundan los casos donde el propietario, en su afán por ganar espacio para su casa se “apropia”, también, de un área de la acera o de unos cuantos metricos del patio del vecino o del parqueo estatal que  colinda con su vivienda. O casos penosísimos de inmuebles con una casa en la planta baja y otra o un apartamento encima, donde el propietario de los bajos le quita al de los altos el acceso al agua porque decide que la toma, la cisterna  o el motor le pertenece solo a él. Y tampoco pasa nada. Las variantes son infinitas.

Cuando se trata de edificios múltiples la situación puede resultar aún más conflictiva debido a la propiedad común sobre motores y tanques de agua, instalaciones eléctricas, espacios  exteriores y paredes compartidos, etc. Son legión  los casos de enfrentamientos generados por ruidos de diferentes clases, ya sea por uso y abuso de equipos electrodomésticos, en especial de música, equipos de aire acondicionado mal instalados o en mal estado,  arrastre de muebles, claveteos continuos, uso de sierras eléctricas, festividades atronadoras, febricitantes juegos de dominó y otras muchas acciones abusivas cuyos cometedores no son requeridos por instancia legal alguna aunque exista la demanda contra ellos.

CASO 2- Al edificio de Marta, discapacitada físico-motora con daños neurológicos severos y lesiones cerebrales, peritada y miembro de la ACLIFIM,  llega un nuevo núcleo familiar que instala aires acondicionados defectuosos o mal montados. El apartamento de Marta comienza a sufrir fortísimas vibraciones que se extienden a los muebles y la cama de Marta, y durante una madrugada de vibraciones especialmente intensas estas  hacen  estallar los cristales de las ventanas de su habitación. Las dolencias de Marta se agravan y su calidad de vida disminuye notablemente, está estresada, necesita aumentar la medicación para sus dolores crónicos, y como ante las protestas de su familia los nuevos vecinos agreden su domicilio Marta tiene miedo y comienza a padecer insomnio. Hay que poner una reja en su puerta para que se sienta segura. Ningún organismo municipal responde a sus demandas, o inician amagos de procedimientos que nunca llevan a término. La policía interviene en su favor requiriendo a los vecinos, hasta que la Fiscalía municipal desestima inexplicablemente la denuncia de la víctima por daños a su propiedad. Los familiares de Marta acuden a varias instituciones estatales en demanda de un dictamen pericial que pruebe la existencia de las vibraciones, para poder demostrar sus efectos nocivos sobre la salud de Marta e iniciar un proceso civil ante Tribunales que  la libere de su dramática situación. Un especialista del CITMA municipal acude a la vivienda de Marta, comprueba la existencia de vibraciones, las certifica por escrito  y… nunca regresa. Por diversas razones, entre las que pesa mucho la ignorancia/incredulidad de las autoridades con respecto a los elementos del conflicto relacionados con la pura Física, la queja de Marta no va a ninguna parte y los vecinos continúan torturándola impunemente. Durante dos años la familia lucha buscando solución al sufrimiento de esta discapacitada, pero descubren anonadados que parecen no existir leyes en el país que obliguen a los vecinos a arreglar sus equipos o montarlos adecuadamente. Según los expertos de Planificación Física consultados, Cuba no tiene legislado nada sobre aires acondicionados. Los culpables no se presentan a la Junta de Prevención convocada por el Consejo y el Sector de la PNR y no les pasa nada, ni a la citación de la Fiscalía Provincial… y tampoco les pasa nada… Parece  increíble, ¿verdad?, pero la historia de Marta es un hecho real. Y no tiene suerte, pues recientemente se ha mudado al edificio otro vecino que en pocos días demuestra una asombrosa capacidad para producir ruidos intensos en su piso, que es el techo de Marta. La familia intenta de nuevo sensibilizar al recién llegado explicándole el estado de Marta, pero la respuesta los deja anonadados: “Yo he comprado este apartamento, ¡YO SOY EL PROPIETARIO! y ustedes tienen que acostumbrarse a vivir en un edificio múltiple”. La familia de Marta ocupa esa vivienda desde hace sesenta años. El cinismo aquí deviene  absoluta falta de moral.

Cabe preguntarse si en ese edificio existe un Consejo de Vecinos y qué ha hecho para ayudar a Marta. Existe, pero no puede hacer nada porque no tiene personalidad jurídica, como bien señala Coyula y, además, su Presidente no está obligado a ejercer sus funciones porque el Estado no le paga salario alguno por ese cargo, así que… no pasa nada. El caso de Marta pertenece a Edificios Múltiples, una dependencia de la Dirección Municipal de la Vivienda, que envía uno de sus técnicos a inspeccionar, pero… tampoco pasa nada, porque según explicaciones ofrecidas por los funcionarios de esa entidad, la misma no tiene poder para aplicar y hacer cumplir su propio Reglamento, y su función se limita únicamente a persuadir. Las Subdirecciones municipales de Vivienda tienen un Departamento de Diagnóstico donde la persona afectada puede solicitar, previo pago de una tarifa establecida, la visita a su morada de un inspector. La familia de Marta abonó el precio  y recibió un comprobante de pago, pero nunca fue visitada. Ni siquiera la Fiscalía Provincial parece capaz de poner fin a esta situación tan indignante. ¿A dónde podrían dirigirse Marta y su familia para encontrar soluciones? ¿Por qué estos vecinos abusivos y, en este caso específico, crueles, continúan impunes?

El ciudadano común puede descubrir, en su doloroso y angustiante peregrinaje por las instituciones estatales, que todos sus esfuerzos resultan vanos. Escribe cartas, acude a entrevistas, hace interminables y agotadoras antesalas, aguarda pacientemente los sesenta días que cada institución demora para conceder respuestas, y  yendo de institución en institución van pasando los meses y hasta los años. El expediente del demandante va creciendo como un bosque frondoso, se llena de resúmenes de historias clínicas, de fotos de los daños, de certificados, de documentos de notaría, de cartas que explican los fracasos de gestiones anteriores, recibe promesas que no se cumplen, papeles y firmas que no le conducen a ninguna parte: en suma, cada expediente es la historia de un fracaso que suma arrugas no solo a la arquitectura, sino también al alma de la ciudad. El Delegado de la Circunscripción  solo tramita; el trabajador social verifica la situación y en ocasiones, cuando el caso presenta un carácter harto sensible como el de Marta, intenta persuadir a los malos para que se vuelvan buenos, pero no es extraño que los malos le  nieguen el acceso a sus viviendas; los funcionarios municipales no actúan; la policía, si no está avalada por la autorización de alguna Fiscalía, no tiene suficiente poder para intervenir en situaciones que, aunque no tipifiquen como la clase de delito que ella suele atender, por su urgencia y peligrosidad resultan impostergables; los documentos se extravían; las inspecciones no conllevan al codiciado dictamen pericial… No hay multa, no hay castigo para quienes se burlan de las leyes y se niegan cínicamente a cumplirlas. No hay  alivio para los ciudadanos que han sido vulnerados en sus derechos y cada día pierden un poco más la fe en la capacidad del Estado para respaldarlos.

El llamado Periodo Especial ha magnificado estos problemas que ya venían de antes. A la falta de control interno por parte de los inquilinos se ha sumado la falta de control por parte de las autoridades. Las regulaciones urbanísticas son hoy como semáforos apagados que están ahí, pero no ordenan ni regulan. El control urbano es hoy crítico debido a la falta de personal calificado para realizarlo. En el Centro Histórico de la Habana Vieja, con una población de 60 mil habitantes, trabajan 35 profesionales en su oficina del Plan Maestro, mientras la ciudad cuenta con unos 70 para una población de 2,2 millones, de modo que es más crítica esta situación en número y calificación en sus otros municipios [4].

No sé si las cifras que menciona  Coyula se mantienen hoy, pero la falta de personal calificado no justifica la inoperancia de las instituciones estatales, porque cuando es necesario el personal se busca y se califica debidamente. Ese no puede ser jamás un pretexto y menos una explicación para justificar la bochornosa inercia de tantas instituciones para hacer cumplir las leyes de nuestra República.

¿Por qué no hacen cumplir las leyes quienes reciben un salario del Estado para aplicarlas? ¿Por qué no se imponen multas a los burladores de la Ley? ¿Por qué reina la impunidad entre la ciudadanía y ondea por doquier el impúdico lema: “No pasa nada”? ¿Qué puede hacer un ciudadano particular contra una institución del Estado que no atiende sus demandas? ¿Acaso demandar a la institución indiferente ante otra institución estatal de mayor rango? Así se instaura un circo de demandas cuya función nunca termina. Y la opinión generalizada entre la población es que aún así tampoco pasa nada.

¿Hizo mal la Revolución en conceder a todos los ciudadanos de la isla la posibilidad de ser propietarios de sus viviendas? En modo alguno. ¿No debería el Estado permitir  a los propietarios cubanos construirse inmuebles de acuerdo con sus gustos? En modo alguno, pero hay regulaciones destinadas a preservar el estilo arquitectónico de algunos municipios que tienen que ser respetadas. El Estado cubano tiene la obligación de impedir la destrucción de la identidad de su capital, que es Patrimonio de la Humanidad, y en cuanto a las dinámicas de convivencia resulta imperioso educar a la población en la conocida máxima del presidente mexicano Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La libertad nunca es perjudicial en sí misma, pero la ausencia de la noción del límite puede resultar tremendamente peligrosa, y para marcar los límites de la libertad son necesarias las leyes y es necesario que el Estado las haga cumplir.

La conciencia social de los cubanos necesita ser despertada de su actual letargo. Tenemos que enfrentar la realidad y admitir que no estamos a punto de, sino que YA se han cruzado los  límites y muchos postulados del orden social se encuentran subvertidos o abiertamente abolidos, y no es posible seguir esperando para señalar y castigar a los culpables, que no son únicamente los individuos, sino —y sobre todo—  quienes  alimentan con su inercia la plaga de la impunidad. La siguiente cita de Coyula aplica tanto para la inacción de instituciones relacionadas con la arquitectura y el urbanismo, como para aquellos individuos que necesitan instaurar el caos como sistema de vida para favorecer  sus intereses egoístas y mezquinos:

 […] La arrogancia de algunos, además de la falta de un accionar preventivo sobre estas entidades y las limitadas capacidades de las instituciones encargadas del control urbano, ha alimentado la insana mentalidad de que el fin justifica los medios. La escala del desorden es tal que en algunos casos como en Alamar se han invertido los términos: lo que está mal es ahora lo normal y lo que estaba bien es ahora lo anormal [5].

La Ley no es solo para reprimir, es también para educar. Cuba, ejemplo para el mundo en la defensa de su soberanía mantenida por más de seis décadas frente al imperio más poderoso de nuestra época; dueña de un sistema de salud capaz de beneficiar a tantos países; creadora de una de las organizaciones más eficaces del planeta para la prevención y enfrentamiento de catástrofes; una nación que siempre ha dado muestras de su gran potencial en tantos frentes de batalla, ¿cómo no va a poder restablecer los valores más sanos dentro de su propio orden social? La civilización es el resultado de milenios de aprendizaje, y su legado no pervive por arte de magia, hay que luchar y trabajar  para mantenerlo cada día, solo ese esfuerzo constante puede salvar  a la especie humana del  regreso a la barbarie. Hay para todo un punto de no retorno, y nosotros ya estamos peligrosamente cerca del abismo. Vengan o no cambios para el porvenir, sea cual sea su envergadura y quede ese futuro cerca o lejos, tenemos que preparar a Cuba para los tiempos que se avecinan si queremos preservar nuestra auténtica cultura, nuestra verdadera identidad, nuestra vital y necesaria cohesión como nación libre y soberana, y algo sumamente importante para conseguir todo lo demás: el orden interior. Si queremos que nuestra Ciudad Maravilla sobreviva y nosotros con ella y haya Cuba por los siglos de los siglos.

 

 

[1] Las cariátides aparecen en la Grecia del siglo V a.C, y representan a las damas nobles de Caria, una ciudad del Peloponeso que se alió al imperio persa contra la liga de las ciudades griegas durante las Guerras Médicas. Los griegos tomaron Caria, y como castigo por la traición de la ciudad asesinaron a sus hombres y a sus mujeres las redujeron a la más ignominiosa esclavitud, por eso se las representa soportando sobre sus cabezas el peso de muros y frontispicios.

[2] Miguel Coyula, Op. Cit.

[3] Coyula, Op. Cit.

[4] Coyula, Op. Cit.

[5] Coyula, Op. Cit.

 

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Cuatro vigías de piedra guardan las costas de San Cristóbal de La Habana (VI)

Torreón de La Chorrera

La desembocadura del río Almendares, el mayor de La Habana, está ubicada en un lugar conocido como La Chorrera. En tiempos en que El Vedado primitivo poseía una vegetación tan exuberante que resultaba intransitable, hubo allí  dos pueblitos de pescadores, presumiblemente indígenas, llamados Gavilán y Bongó. Esta área tenía una muy grande y doble importancia estratégica para la defensa de la villa de San Cristóbal contra los ataques de corsarios y piratas. Por una parte, su densa frondosidad dificultaba, si no impedía por completo el acceso desde la entrada del río hasta la villa, obstáculo natural que reforzaron las autoridades coloniales prohibiendo todo tránsito por la zona de personas,  animales y vehículos, de donde le vino a esta su nombre actual de El Vedado.

Por otra parte, la importancia vital de La Chorrera se debía a sus aguas, que un canal o una amplia acequia, atravesando huertos y labranzas, llevaba hasta la plazuela de La Ciénaga, más tarde plaza de La Catedral. Allí, en lo que fue llamado Callejón del Chorro, se abastecían los vecinos de San Cristóbal. El consumo del líquido estaba bajo gravamen impuesto por las autoridades, cuyo fruto era destinado a la construcción de las fortalezas y a otras obras de carácter público y necesario para la vida de los habaneros.

Este curso de agua tuvo también un papel fundamental en el surgimiento de los primeros campos de caña en los alrededores de la villa, y además irrigaba las huertas que alimentaban a sus habitantes con una fértil producción de cocos, ciruelas, piñas, limones, guanábanas, caimitos y toda clase de hortalizas y legumbres, y puede decirse sin temor a errar que de él dependía la alimentación de la ciudad.

En caso de ataque y asedio a la villa, quien ocupara La Chorrera podía dejar a La Habana sin agua y si comida por el tiempo que durase su presencia en la zona.

Fueron varios los Gobernadores que advirtieron la importancia de La Chorrera y la necesidad de fortificarla, entre ellos Lorenzo de Cabrera y Corbera, bajo cuyo mandato se terminaron las obras del castillo de San Salvador de La Punta. Pero sería don Álvaro de Luna, quien gobernó la isla entre 1639 y 1666, el encargado  de erigir dos pequeños fuertes  allí y en Cojímar, para lo cual hizo venir de Santiago de Cuba a  Juan Bautista Antonelli, hijo de arquitecto de El Morro y La Punta y apodado El Mozo, para que se ocupara de estas obras. Juan Bautista decidió que cada fortín tuviera ochenta pies en cuadro por cuarenta de altura. Sus baterías contarían cada una cinco cañones a una altura de veinte pies y serían colocados otros seis en la cubierta. Ambas construcciones tendrían escaleras fijas y no escalas de cuerda, como se había hecho en España en los fuertes destinados a combatir a los moros, pero en el caso de los fortines habaneros estas escaleras estarían separadas de las torres y unidas a ellas por puentes levadizos, una solución arquitectónica muy prudente. También construyó aljibes, almacenes y barracas que podían alojar una dotación de hasta cincuenta hombres. Las construcciones serían de dos plantas, en la baja se alojaría la soldadesca y estarían las cuadras de los caballos, además del polvorín, la cocina y los almacenes, y en la alta estarían las áreas destinadas a la defensa, además de los aposentos de la oficialidad y algunas dependencias de carácter administrativo. En la azotea, una pequeña torrecita circular albergaría la posta de los vigías, mientras que el fortín de Cojímar tendría cuatro torres, ubicada cada una sobre un baluarte.

El hermoso torreón de Cojímar

En 1643, según Joaquín Weiss, y en 1646 según Alejandro González, quedó terminado el fortín de La Chorrera, que recibió el nombre de Santa Dorotea de la Luna[1], con once piezas de artillería instaladas y dispuestas para la defensa.  En lo alto del edificio  el Gobernador hizo labrar un escudo con las armas heráldicas de los reinos de Castilla y León y Aragón. El precio de las obras alcanzó veinte mil ducados, que si en un principio se consideró posible proveyera el virreinato de México, terminó siendo pagado en su totalidad con dineros de los impuestos cobrados a los vecinos de la villa.

Los fortines de La Chorrea y Cojímar estaban ubicados en los dos puntos más extremos  del territorio ocupado por San Cristóbal de La Habana, que tenía su punto central en la caleta de San Lázaro, donde fue construido un torreón. Aunque el fortín de La Chorrera nunca tuvo que enfrentarse a los piratas,  intentó resistir un ataque durante la toma de La Habana por los ingleses, pero al verse su guarnición superada en número por el atacante, sin municiones y en peligro mortal, se le ordenó capitular. Pero a pesar de que los ingleses tomaron el fortín, no tuvieron allí una estancia apacible, pues se vieron muy mortificados por la enorme cantidad de cangrejos que había entonces en el lugar, y sobre todo porque entre la tupida maraña de manglares que rodeaba la desembocadura del río solían desaparecer con bastante frecuencia  los casacas rojas que se alejaban del edificio por cualquier razón, víctimas de las guerrillas de habaneros resistentes que pululaban por esa zona, por lo que los oficiales británicos ordenaron a sus hombres que se recogieran en el fuerte desde horas muy tempranas.

El torreón de San Lázaro, ubicado en la caleta del mismo nombre a media legua de la villa, fue construido por el ingeniero español Marcos Lucio, aunque Weiss da pero  no confirma este dato. Es pequeño y de forma cilíndrica, también de dos plantas, pero su finalidad nunca fue defensiva. Solo servía de atalaya y albergue permanente a un funcionario muy bien pagado por los vecinos de la villa, cuyo papel se reducía a vigilar el movimiento de los buques enemigos y a salir a las calles haciendo gran estruendo armado de un tambor que golpeaba con vigor mientras vociferaba para advertir a los vecinos de la posible amenaza de un ataque pirata.

Torreón de San Lázaro

Un cuarto torreón fue erigido en la desembocadura del río Bacuranao por el ingeniero Juan Herrera Sotomayor, durante el mandato del capitán general Severino Manzaneda Salinas (1689-1695). Según lo describe el sitio cubano EcuRed, era  “un torreón de mampuesto de pequeñas dimensiones, dividido en dos cuerpos, con su parte superior rematada por un sencillo pretil, troneras para seis piezas de artillería y un largo parapeto que ampliaba la defensa a lo largo del río”.  Se construyó para proteger la villa de Guanabacoa de ataques de corsarios y piratas e impedir el acceso de estos a la propia Guanabacoa y de allí a San Cristóbal, además de para impedir el contrabando, propósito que dudamos pudiera cumplir en algún momento. No sobrevivió a la toma de La Habana por los ingleses, pues fue arrasado por la artillería de las fragatas británicas Mercury y Bonetta como preparación de fuego del desembarco de las tropas británicas, el 7 de junio de 1762.

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[1] Algunos historiadores de  vena poética también le llaman el castillo de la espuma.

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San Salvador de La Punta o el castillo que nació con mala sombra (IV)

Suele encontrarse en los libros de historia de Cuba la afirmación de que los castillos de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro y San Salvador de la Punta fueron construidos “al unísono” por el arquitecto Bautista Antonelli, pero lo cierto es que las obras comenzaron primero en El Morro en 1589, y un año después, en 1590, se dio curso a las de La Cabaña. ¿A qué se debió esa demora? ¿Tal vez, como se ha sugerido, a que Antonelli no consideraba de gran valía defensiva el castillo proyectado en La Punta?

Esta fortaleza debe su nombre a su ubicación, pues se encuentra situada en la última avanzada de la entonces villa colonial y al borde mismo del mar, que en otros tiempos inundaba sus fosos. A pesar de encontrarse más expuesta a la violencia de los elementos, paradójicamente tuvo una construcción más endeble que sus antecesoras, al extremo de que en 1595 una tormenta que duró una noche y un día destruyó la mitad de la construcción  “sin dejar más señal de muralla ni terraplén que si jamás lo hubiera habido”, según informó en carta al rey el entonces Gobernador Maldonado, quien de inmediato dispuso su reconstrucción.

La tarea no fue, quizá, bien planteada. Consistió en recoger la fortaleza “un poco más adentro, sin duda para alejarla algo del mar: “[…] se levantaron trescientos doce pies de traveses y murallas de muy buena obra… por algunas partes de doce pies de grueso y la cortina de seis, con la altura de los demás baluartes y cortinas…”[1]. Maldonado aseguró al rey que estas obras se habían llevado a cabo en solo veinte y tres días, hecho del que hoy se duda porque ni siquiera con el empleo de la más moderna tecnología hubiera podido hacerse tanto en tan breve plazo. Un informe posterior enviado Su Majestad por uno de sus inspectores, quien visitó la fortaleza en 1596, aseguraba que “no había allí ni parapetos ni cestones ni ninguna otra defensa para guarecer a la gente de guerra”[2]. En opinión de este experto, la fortaleza se encontraba poco menos que a medio terminar, y para llevarla a su fin había que realizar el doble del trabajo que en ese momento estaba hecho.

Podría decirse, empleando la jerga popular, que La Punta “nació con mala sombra”, porque en 1601 las autoridades barajaron la posibilidad de desmantelarla y dejarla reducida a una torre-plataforma capaz de albergar allí seis u ocho piezas de artillería y una guarnición de quince hombres, cifra bastante escuálida si se considera que La Punta defendía el camino que iba hacia La Chorrera por el camino del mar. Pero al final prevalecieron  los criterios que validaban su utilidad y solo se procedió a la demolición de uno de sus baluartes. En 1607 se ordenó su restauración definitiva, que terminó en 1609, un poco después de concluidas las obras en El Morro.

Solo cabría especular sobre las verdaderas razones por las cuales la incipiente construcción de San Salvador de La punta podría calificarse como una obra deficiente, al extremo de que mientras El Morro capeaba temporales y tempestades La Punta casi desapareció bajo la embestida de un ciclón. Se sabe que Antonelli, quien comenzó los trabajos de El Morro con entusiasmo de recién llegado, ya no estaba tan bien dispuesto luego de haber pasado un año lidiando con la alevosía de los funcionarios de San Cristóbal, y además había perdido la salud. El Gobernador Maldonado, al parecer un hombre codicioso e inmoral que pretendía tapar con sus hipócritas excesos de celo la forma impúdica en que hacía uso de los fondos reales destinados a la construcción de las dos fortalezas, utilizó a Antonelli como cabeza de turco acusándole ante el rey de impericia profesional, y amparándose en su autoproclamada experiencia en construcciones hallaba constantes defectos a los trabajos del italiano, con los que justificaba nuevas solicitudes de recursos al monarca. Llegó a pedir un presupuesto extra de doce mil ducados y doscientos negros por encima de los que ya trabajaban en las obras, y luego escribió a Su Majestad que el dinero había sido gastado en apenas doce meses, por supuesto culpando de ello a Antonelli.

Por su parte, el arquitecto italiano, obligado a defenderse, se quejaba en sus cartas al monarca de que el Gobernador y los oficiales reales no acataban sus órdenes ni las de Su Majestad, y en su desesperación se atrevió a sugerir a la Corona dos opciones: o se le permitía regresar a España o se ordenaba a dichos funcionarios que le dejaran hacer en paz su trabajo sin entrometerse en sus decisiones. Envió al rey los planos de los trabajos y este los hizo revisar por el jefe de los ingenieros reales, quien encontró que eran buenos y acorde con lo concebido, por lo que de inmediato Su Majestad envió a La Habana una orden real dirigida a Maldonado donde se le intimaba a no molestar más a Antonelli. Es fácil suponer que trabajar en semejantes condiciones fue para el italiano, ya enfermo, una situación desestabilizadora. Es probable que el Gobernador intentara a achacar al arquitecto males únicamente debidos a sus propios latrocinios y a los de sus subordinados, y la sola necesidad de defenderse de intrigas tan bien urdidas habría sido más que suficiente para conspirar contra la calidad y terminación de la fortaleza. Además, Maldonado, haciendo uso de un decreto real que permitía a los Gobernadores de la villa en caso de necesidad tomar dineros de la Flota de Indias para las construcciones militares, robó, sin duda, bastante.

Para algunos historiadores, de Antonelli fue la idea de tender la gruesa cadena de la que ya hemos hablado antes, y que iba del Morro a La Punta para cerrar el puerto e impedir la entrada de buques enemigos, por lo que gran señal de reconocimiento a sus trabajos habría sido el gesto del rey de colocar esta cadena rodeando los tres castillos en el escudo que concedió a la villa. Según otros historiadores, entre quienes se cuenta el  arquitecto Weiss, la idea de la cadena fue de don Lorenzo de Cabrera y Corbera, caballero de la Orden de Santiago y Gobernador de Cuba de  1626 a 1630. Cabrera aumentó la guarnición de la villa, construyó trincheras, abasteció las fortalezas preparándolas para un posible largo asedio y recomendó construir los fuertes de La Chorrera y Cojímar.

Galería abovedada en La Punta

Hay algunas anécdotas simpáticas sobre el castillo de San Salvador de La Punta. De una de ellas fue protagonista el Gobernador Cabrera, a quien  tocó en suerte levantar la altura de los baluartes en unos ochenta centímetros. Poseído quizá de un ataque de megalomanía se adjudicó la totalidad de la obra, y para colmo hizo colocar una tarja en la línea donde comenzaba su alzadura, en la que rezaba: “De aquí para arriba, de Cabrera”. Debió tener un ego inmenso, porque no le bastó con la modesta tarja e hizo labrar una piedra conmemorativa con la siguiente inscripción: “Este castillo se hizo gobernando Don Lorenzo de Cabrera, año de 1630”.

Otra de las anécdotas (que no es tal, sino gran verdad), cuenta sobre la presencia en La Punta de un enorme cañón que nunca fue disparado. Al respecto escribe Alejandro Gonzáles Acosta en su breve libro La ciudad de los castillos:

Este poco común caso de frustración balística se debe a que en cierta oportunidad, los bisoños artilleros que manipulaban dicha pieza, donativo reciente del conde de Santa Cruz, y ante el toque de alerta por la presencia de piratas en la costa, cargaron de forma tal la panza del susodicho cañón con un celo tan extremado que lo atoraron, y ahí ha quedado, como pieza de curiosidad, con su interior repleto de cascotes, piedras —criollos “seborucos”— y su buen par de arrobas de pólvora. Todo un coloso dormido del cual se ha evitado su peligrosa proximidad durante muchos años. Este curioso cañón se encuentra ubicado en el mismo baluarte que se apresurara a abandonar el comandante Briseño, en1762, ante el empuje de los “casacas rojas”[3] británicos. Entre el verdín que la intemperie ha dejado en la superficie y el desgaste de los años, aún puede apreciarse en la culata del cañón la inscripción siguiente: “Número 1.1319. -Sevilla 2 de abril de 1784-. APARADOR”.

No he podido conocer si en este mismo momento el cañón enmudecido continúa teniendo en su vientre la carga letal anteriormente descrita, pero si así fuera y llegara a explotar por obra del inclemente calor del verano habanero o del influjo de algún fenómeno atmosférico, quién sabe si escucharíamos de nuevo  las voces  espectrales de los vigías del pasado gritando hacia la villa: “¡A las armas, a las armas, los piratas, los piratas…”.

Sin embargo, si algún hecho viniere a confirmar sin dejar duda la mala sombra que se cernía sobre La Punta desde que fue colocada su primera piedra, es la muerte de los ocho estudiantes de medicina, uno de los sucesos más crueles y de más triste memoria ocurridos en la historia de Cuba. Ocho estudiantes de la Escuela de Medicina de La Habana fueron acusados en 1871 de rayar el mármol de la tumba del periodista español  Gonzalo de Castañón, conocido por su antipatía hacia los criollos.

Imagen del filme cubano Inocencia, de Alejandro Gil. Los estudiantes son conducidos por sus carceleros, a través de una galería abovedada de La Punta, al escenario del fusilamiento. Admirable reconstrucción de época.

Juzgados por un Consejo de Guerra en juicio sumarísimo instigado por el cuerpo de Voluntarios, el 27 de noviembre, a las 4.30 de la tarde, fueron conducidos con las manos esposadas a la explanada del castillo y colocados de dos  en dos, de espaldas y de rodillas, algunos con los ojos vendados,  frente a los paños de pared formados por las ventanas del edificio usado como depósito del cuerpo de ingenieros, y fusilados sin piedad por un piquete de Voluntarios. Hoy se yergue un memorial en el lugar del crimen, porque la Patria no olvida.

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[1]  Tomado de un documento de la época. Joaquín Weiss, La arquitectura colonial cubana

[2] 0p.cit.

[3] Los soldados ingleses llevaban uniformes con casaca roja.

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