MAYOR PELIGRO DE CAMBIO PARA CUBA LA SOBREELEVACIÓN DEL MAR

La Habana, 7 julio(RHC)-  La sobreelevación del nivel del mar debido a los huracanes intensos y otros eventos meteorológicos extremos, sigue representando hoy el principal peligro del cambio climático para Cuba por las sensibles afectaciones que supone, expuso Elba Rosa Montoya, ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, durante una intervención ante el Parlamento.

De acuerdo con el informe presentado por la titular en la Asamblea Nacional del Poder Popular, las inundaciones costeras y la destrucción del patrimonio natural y construido cercano a la costa serán consecuencias directas de ese fenómeno, el clima en la nación antillana es ahora más cálido y extremo, con una temperatura promedio anual que aumentó 0,9 grados centígrados desde mediados del siglo pasado.

Al mismo tiempo, las mediciones en varios puntos del país muestran un incremento del nivel del mar estimado actualmente en 19 centímetros, y las proyecciones indican la disminución lenta de la superficie emergida y la salinización paulatina de los acuíferos subterráneos.

Según Montoya, los estudios apuntan la posibilidad de que queden sumergidas porciones de las zonas más bajas de la superficie terrestre para 2050, con potenciales afectaciones a los asentamientos humanos costeros.

Asimismo, se ha observado variabilidad en la actividad ciclónica y en la actualidad se está en una etapa activa. Desde 2001 hasta la fecha, ocho huracanes intensos afectaron a Cuba, hecho sin precedentes en la historia.

El régimen de lluvias está cambiando, pues en las últimas décadas aumentaron las precipitaciones en el periodo seco, mientras que la frecuencia y extensión de las sequías se incrementaron significativamente desde 1960, con daños mayores en la región oriental del país, señaló el texto.

También se observan variaciones en la disponibilidad de agua y se estima una disminución del potencial hídrico, al tiempo que se miden otras afectaciones en la agricultura, la salud humana y la biodiversidad.

El material debatido por los parlamentarios advirtió que los impactos del cambio climático ya se hacen sentir e implican una carga económica de grandes dimensiones, pues las pérdidas provocadas por 16 huracanes de 1998 a 2008 fueron de 20 mil 564 millones de dólares.

Para hacer frente a esos problemas, indicó la ministra, la ciencia desarrolla estudios que demuestran las variaciones del clima en Cuba, sus impactos y vulnerabilidades, y se implementan proyectos relacionados con la evaluación de ese fenómeno a nivel global, nacional y local.

Editado por Maria Calvo
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Deuda temporal, mujeres en la ciencia ficción cubana

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Para mis amigas, con nostalgia

Ha sido recientemente presentada la antología Deuda temporal, que recoge muestras de la narrativa de ciencia ficción de las escritoras cubanas. No tengo ningún ejemplar en mi poder y no puedo hacer una reseña, pero puedo, en cambio, hablar sobre algunas de las mujeres cuyas imágenes aparecen en la portada, que me ha parecido muy inteligente y es, sin duda, un reconocimiento muy merecido a estas autoras que han debido desenvolverse en un escenario tradicionalmente dominado por hombres y no solo en Cuba, sino en todas partes, pues la ciencia ficción es un subgénero literario tradicionalmente masculino, y ni siquiera los personajes femeninos tienen peso dentro de las tramas. Las mujeres deben hablar no solo de lo que hacen, sino también de sí mismas. Nos lo debemos por todos los siglos de silencio y sumisión a que hemos estado condenadas. Así, yo no escribiré sobre las obras, sino sobre aquellas autoras a quienes he tenido el privilegio de conocer.

Mientras la literatura fantástica ha tenido representantes femeninas en etapas tempranas de la literatura nacional, la ciencia ficción comienza a ver la entrada de las damas con Daína Chaviano, quien no solo fue —probablemente— la primera mujer en hablar sobreDaína extraterrestres en el terruño, sino que los hizo descender de una nave espacial en el techo de su casa en uno de los relatos de su libro Amoroso planeta, siguiendo el camino iniciado por Oscar Hurtado con Los papeles de Valencia el Mudo , saga en torno a personajes caribeños cuya acción transcurre en los campos de Cuba, compilada y editada por la propia Daína. Es suficientemente conocido que ella obtuvo en 1979 (yo siempre creí que fue en 1980) el primer premio David de Ciencia Ficción, y no voy a referirme ahora a su también conocida —y muy reconocida— labor como promotora y creadora del taller Oscar Hurtado, posiblemente el primero que existió en la isla dedicado totalmente a la ciencia ficción. Ella tradujo a nuestro idioma textos de autores anglosajones que de otro modo nunca hubiéramos conocido, al menos en español. Ella hizo antologías e impulsó la edición cubana de El Señor de los Anillos, pues también le interesaba mucho la fantasía heroica. Ella tuvo un espacio en televisión donde dio a conocer muchos filmes de ciencia ficción y fue coautora de la primera serie del género en el espacio Aventuras, la inolvidable Chiralad, tan incomprendida como venerada hasta nuestros días. Daína trabajó con tesón durante años con los autores cubanos para dejar establecida una escuela literaria genuinamente nuestra que, si bien ella no fundó, sí mantuvo mientras vivió en La Habana y con el listón bien en alto. Yo la conocí a través de Chely Lima y Alberto Serret cuando ella fue jurado, junto con Ángel Arango y Antonio Orlando Rodríguez, del último premio David de Ciencia Ficción, otorgado en 1990 a mi libro de cuentos La poza del ángel. Nunca tuve con ella una amistad profunda, nos veíamos en el Oscar Hurtado y creo que un par de veces nos encontramos, una de ellas en su casa, a donde fui a agradecerle por mi premio. En esa ocasión hablamos largamente y me dio muy buenos consejos para escribir. La recuerdo como una muchacha delgada, con un rostro bellísimo y extraño, triangular como el de una serpiente, y unos enormes ojos verdes bastante misteriosos, de esos que lanzan de vez en cuando fulguraciones como de joya tocada por la luz. Me pareció muy centrada, segura de sí y tranquila, aunque se percibía que tenía un mundo interior reverberante. Creo que es una trabajadora incansable, además de alguien con una mentalidad tan plurifacética que le ha permitido, además de crear, manejarse con mucha sagacidad en el mundo editorial fuera de la isla. No sé si es una mujer apasionada, como acuariana que es yo diría que predomina en ella la vida del intelecto. De cualquier modo, tiene una personalidad muy fuerte y es de esos seres que uno no olvida jamás. Su magnetismo le abrió muchas puertas y la suerte la acompañó en sus empresas. Era como alguien tocada por la Gracia, todo le salía bien. Es, además, una persona amable y una mujer elegante.

Con Chely tuve la suerte de la cercanía geográfica. Ella y su esposo, el poeta y narrador Alberto Serret, eran mis vecinos en el reparto La Asunción, donde tenían un apartamento pequeñísimo con una decoración muy interesante, como una casita de muñecas exótica, y una gata negra a la que adoraban y me hacía pensar en esos espíritus llamados familiares, CHELY5quienes, según la Inquisición, solían acompañar siempre a los brujos. Me gustaba mucho visitar a Alberto y Chely, me sentía literalmente fascinada por ellos, y supongo que como trabajaban la mayor parte del tiempo, es seguro que en ocasiones mi aparición les ocasionó dificultades, por no decir molestias, pero siempre fueron impecables en su educación y en su trato, y desde luego, en su paciencia para con mi… ¿adicción? En fin, yo adoraba estar allí. Me encantaba ver a Chely, con su piel de marfil, desplegar sus grandes habilidades como decoradora y restauradora. Una vez llegó a sus manos un canastillero antiguo, uno de esos cofres de junquillo donde las abuelas de antaño guardaban sus útiles de costura; estaba desvencijado, pero las manos de Chely, que eran como de hada, le devolvieron toda su belleza, y luego lo llenó con ovillos, agujas, aritos de canevá, dedalitos preciosos… Un día me mostró un bolsito donde solía guardar miniaturas; había varios frasquitos de perfumes raros, inverosímilmente diminutos. Era una criatura muy apegada a sus cosas, pero tratándose de ellos hay que despojar a la palabra cosa de la categoría de materialidad, porque en ese sentido lo material les importaba poco o nada. Para ellos el apego estaba invariablemente impregnado de afectividad, de significados íntimos, secretos. Recuerdo que una tarde me dediqué a buscar con disimulo el lugar donde guardaban sus ropas, porque en aquel apartamento no se veía nada parecido a una cómoda o un escaparate y aquello era para mí un misterio que desembocó en obsesión, así de loco se pone uno a veces. Creo recordar que había un closet en el baño, pero tan pequeño que si aquel era el lugar, tenían que ser, por fuerza, poquísimas. Sin embargo, cuando defendí mi tesis para graduarme en la carrera de Periodismo, me presenté ante el Tribunal con un maravilloso vestido tejido por indios latinoamericanos que Chely me prestó. Estar con ellos era algo mágico. Aprendí más de lo que conversábamos que en todos mis años de Universidad, y no estoy exagerando. Fue husmeando en sus máquinas de escribir, colocadas en mesas enfrentadas, donde vi por primera vez la estructura de un guión de televisión, presumiblemente una cuartilla de Chiralad. Curiosamente, hablábamos mucho sobre literatura, pero aún más de magia. Ellos fueron mis primeros maestros en el camino del Iniciado. No puedo pensar en uno de los dos sin ver su imagen indisolublemente unida a la del otro. Nunca he visto una pareja tan profundamente cómplice, pero no estaban fusionados para perjudicar a otras personas, como algunos duetos casi criminales que conocí después, sino para bucear juntos en todos los pecios del conocimiento, en todos los pecios del sexo, en todos los pecios del arte. Por sus inteligencias tan profundas, sus sensibilidades tan intensas y volcadas en la exaltación de la Belleza, y por esa condición de identificación e incondicionalidad total que existía entre ambos, están entre las personas que he admirado más. El misterio que envolvía sus vidas, esa aura de inasibilidad, de coto cerrado, atraía a alguna gente con la misma fuerza que a mí. Me asombraba también la amistad que los unía a Daína, Antonio Orlando y Sergio Andricaín. Solo quienes han sido bendecidos con la posibilidad de conocer la amistad pueden imaginar lo que es un grupo de amigos trabajando en un proyecto conjunto. Ellos me enseñaron eso y me prepararon con su ejemplo para construir lo mismo después en mi vida personal. Sin embargo, no eran “suertudos” como Daína. Tropezaban con muchos obstáculos y aunque nunca he entendido por qué, tuvieron y aún tienen detractores encarnizados. Desde la salud hasta la vida social, parecía como si todo tuvieran que conquistarlo con esfuerzos que les exigían tensiones descomunales. Chely era, como Daína, una mujer de personalidad muy fuerte, pero no se parecían. Chely tuvo siempre una voluntad indetenible de explorarlo todo, una sed de conocer, de descubrir, pero sobre todo de sentir, que no provenía de un intelecto estudioso y apolíneo como el de Daína, sino de un espíritu esencialmente místico, dionisíaco y transgresor, a falta de una expresión que defina mejor su esencia. Su sensibilidad era tan perentoria como vasta y no le alcanzaba el ejercicio de la escritura para lograr la expresión total de su mundo interior. Ella y Alberto pintaban, ilustraban, escribían teatro y sobre todo poesía, por lo que era de esperar la posterior incursión de Chely en la fotografía, pues los dos compartían una sensibilidad muy visual. La literatura cubana, que suele ser extraordinariamente injusta en la distribución de sus reconocimientos y sus mudeces, ha destinado la obra poética de ellos a esa zona de silencio tan vergonzosa donde suele meter todo aquello que escapa a su comprensión o resulta políticamente incorrecto. En el tiempo en que aún ellos vivían en Cuba también iba a esa zona tristísima lo sexualmente impropio. La publicación en años recientes de dos poemarios suyos por la editorial Letras Cubanas se debe al esfuerzo personal del poeta Manzano, a quien le toca sin duda por ese empeño la capa de justiciero y el haz de varas con la doble hacha en medio. Haberlo ayudado a contactar con Chely no es por mi parte ni siquiera el principio de una retribución por todo lo que ellos me dieron. Nunca encontraré el modo de agradecer a Chely algunas de las páginas más vibrantes y hermosas de mi novela La casa del alibi, que ella escribió para mí y yo escribí como un homenaje a ellos. Hay deudas que resultan eternas.

La tercera mujer escritora de ciencia ficción que conocí fue Anabel Enríquez, quien con su esposo Javier convirtió el taller Espiral no solo en un referente imprescindible en la historia felizañonuevo16-adel género en Cuba, sino en un semillero de donde han salido los mejores autores de sucesivas generaciones. Uno de sus relatos da título a esta antología. Ya no recuerdo cómo entramos en contacto, pero también con ella me favoreció la geografía, porque éramos vecinas en Santos Suárez. Nos visitábamos con frecuencia y entablamos una de esas relaciones de amistad familiares que son tan cálidas. Ellos venían a mi casa con su pequeña hija Melian y pasábamos horas conversando de todo. Anabel y Javier tienen en común una mente analítica sumamente potente, unida a la cultura que da el ejercicio permanente de la investigación en el mundo del arte, en este caso de la literatura, y creo que ellos han sido los críticos y analistas más serios e importantes del género en este país. Físicamente Anabel es la viva imagen de una dama: pelirroja, pálida, pequeña de estatura y bellísima, con un gusto exquisito para su arreglo personal y unos modales villaclareños de patricia, tiene la gracia frágil de un biscuit o una Tanagra y una reserva tan fina, tan delicada, que la convierte en una especie de producto quintaesenciado de boutique de alto lujo. Cuando estás con ella el aire se hace como más leve, y todo parece cobrar sus exactas dimensiones. Sin embargo, ella tan calma, tan serena, lleva por dentro una fragua de emociones. Fue una amiga incondicional, con quien pude contar en los momentos más difíciles y amargos de mi vida. Es esa clase de personas, escasísimas como los diamantes grandes o los cometas, de la que siempre se puede estar seguro, en la que siempre se encuentra apoyo, la que siempre consuela. De todas las llamas interiores, la que más arde en ella es la de la Piedad. Pero esto es solo en cuanto a su condición humana, porque su mente analítica no es nada piadosa y Anabel puede, con su sonrisa de Hildegard von Bingen y las manos sobre el regazo, sin pestañear, hacer la disección de un texto arrancándole la piel a tiras, la carne viva, tendones y músculos, y finalmente tritura los huesos, y en todo el proceso no le habrás escuchado ni una sola palabra fuerte, un insulto, un cotilleo de mal gusto… pero el objeto de su crítica termina convertido en ese polvo al que ni siquiera es posible volver. Ella es, también, uno de los seres humanos con mayor sentido de la ética que he encontrado en mi viaje por la vida. La extraño y me hace falta esta gran amiga. Todavía nos debemos las dos familias un juego de rol que nunca tuvimos oportunidad de realizar, aunque lo planeamos muchas veces. Creo que ya no ocurrirá, porque el tiempo es como una cuenta de banco de donde puedes sacar pero no reponer, y yo ya he consumido casi todo el capital que me fue asignado. Sospecho que Anabel no sabe lo mucho que significa para mí.

Para hablar de Duchi Man Valderá hace falta un lenguaje tan especial como ella misma, o si no el retrato quedará pálido. La vi por primera vez en la inauguración de una exposición conjunta de artistas plásticos en el Centro Dulce María Loynaz. Pintora, ilustradora y escritora, estaba allí en calidad de invitada y amiga personal de José Adrián Vitier. Causabaduchi una impresión inmediata aquella voluptuosa joven china de gran estatura, como una muñeca enorme de ojos negros y con las manos más bellas que he visto en una mujer, manos aladas, y quienes me acusen de cursi por la comparación recuerden que toda metáfora fue un hallazgo genial de quien primero la creó. Era entonces, todavía, una muchacha que a pesar de haber vivido una vida ciertamente intensa conservaba una cierta ingenuidad que me desconcertó. Siempre me ha llamado muchísimo la atención el proceso de desarrollo de la personalidad humana, tan fascinante para un escritor. Ver cómo una persona se va transformando, cómo adquiere en el tiempo los rasgos que la definirán, es algo ciertamente apasionante, pero con Duchi pude asistir a ese desprendimiento de crisálida en un período de tiempo tan breve que hoy siento que pasó como un suspiro. Se convirtió en una mujer madura en prácticamente unos meses. Su sangre china marca fuertemente su personalidad, aunque puede decirse de ella que es una “japonesa psicológica”, por la gran identificación que siente con esa cultura. Practicante de artes marciales, había que verla con su kimono y sus armas de ataque arremeter con bravura contra su adversario como una auténtica guerrera, o disfrazada con máscaras del carnaval veneciano en las más increíbles y sutiles poses de la seducción. Porque Duchi es una femme fatale en toda la extensión de la palabra, y ser una diosa de la seducción oscura es algo que ella disfruta muchísimo. Caminar sobre corazones literalmente hechos trizas es consustancial con su naturaleza de domina… trix, de fabulosa Emperatriz Amarilla. Alguien que la amó con pasión total la definió como una vampira, y yo diría que no se equivocaba. Yo la bauticé como Gran Geisha Muy Principal (a veces, de una forma más sencilla la llamaba China Malvada) y, por otras cualidades de su carácter, como Albañil del Futuro, pues pocas personas muestran como ella un sentido tan temprano y definido de lo que quieren alcanzar en la vida y se conducen de un modo tan consecuente con sus metas. Pero esta mujer hermosa y llena de gracia y con una sonrisa que desarma a quien la mira, que transita por diferentes personalidades como una bailarina que recorre un escenario y gusta con delirio esta especie de transformismo del espíritu, esta amante de la Belleza y rendida al alma decimonónica como a pocas personas he visto realizar ese misterio que es trasvasarse en el tiempo, es también uno de los intelectos más poderosos que he conocido hasta el día de hoy. Tiene una mente matemática capaz de calcular a distancias intergalácticas para obtener frutos a millones de años luz. Con ella no valen conceptos como lo apolíneo y lo dionisíaco, porque escapa a toda categorización. Es una libélula letal. Nosotras hablábamos muchísimo, lo mismo juntas que por teléfono, horas y horas, hasta madrugadas enteras. Elaborábamos teorías sobre personas y cosas, creábamos mundos, inventábamos conceptos. Duchi tiene una cultura casi humanística y, como Rufo Caballero, es capaz de ver lo que nadie ve, nada escapa a su mirada terriblemente escrutadora ni a su lógica implacable, porque ella posee una capacidad fractal de análisis, algo para nada común y menos en las mujeres, que suelen tener una percepción holística del mundo. En ese sentido ella es una mente solar, tanto como por su poder de seducción es una mujer totalmente lunar. A nadie he conocido tan refinado como Duchi, exquisita hasta lo febricitante. Se me ocurre compararla con el guibli, ese viento oscuro del desierto que desata tormentas de arena de tanta magnitud que cuando terminan el paisaje que queda ya no tiene nada que ver con el que había antes. Nada ni nadie permanece igual después de haber hecho contacto con Duchi, porque todo lo agita su voluntad en perpetua efervescencia. A veces he pensado que tiene una naturaleza espiritual andrógina y es eso lo que la hace tan peligrosa. Y en esa naturaleza hay también algo de espejo: cuando la gente se le acerca demasiado recibe, como un disparo en medio del pecho, una imagen refleja de ellos mismos que los puede matar, porque muestra la verdadera naturaleza de las cosas; una especie de espejo mágico que ni embellece ni afea a quien se mira en él, sino solo le muestra como realmente es. Otra de sus características, tal vez la ontológica, es la enorme contradicción que representa poseer una estructura emocional apasionada y vehemente, huracanada casi, y al mismo tiempo una mente fría como un bloque de hielo que no se deja dominar por ninguna emoción. Cuando se fue dejó en mí un vacío imposible de llenar, porque nadie es como ella. Nadie tan dulcemente cruel, tan sincera y tan honesta: un auténtico caballero, condición tan abrumadoramente ausente en los “caballeros” varones que pululan en este mundo enfermo de falacias. Vive en Duchi una sabiduría tan vieja, tan antigua, que la mentira se deshace cuando entra en su Luz.

He dejado para el final a mi pequeña Hijita-Sol Elaine Vilar Madruga, porque fue la última de las escritoras de ciencia ficción que conocí. Nuestro primer encuentro ocurrió en La Cabaña, en una Feria del Libro. Coincidimos en una bóveda repleta de visitantes. Elaine resaltaba entre la multitud por su extraordinaria blancura y sus rizos relumbrantes como Elaineoro del Rin, todo el conjunto enfundado en un vestido negro muy elegante pero poco habitual para una adolescente. Ella y su pareja cargaban montones de libros. Les hice una pregunta y me respondieron con mucha gentileza, me mostraron sus compras, me sugirieron títulos. Ella merece más que nadie el adjetivo de blonda, ella es como un rayito de sol que brilla hasta en la habitación más iluminada. Tiene la magia y la simpatía de un duendecito. Y una rapidez para asimilar conocimientos que me dejó sorprendida una vez cuando, en el encuentro Behíque de ciencia ficción, figuramos juntas en el programa para ofrecer una conferencia sobre la Diosa Madre en las culturas pre-indoeuropeas. Yo le facilité materiales, pero tenía poco tiempo para prepararse y eso me preocupaba, mas cuando nos sentamos las dos en el panel y a Elaine le tocó su turno de hablar, ya sabía más que yo del tema, y no mostró nerviosismo, sino un perfecto dominio de sí misma que me llenó de orgullo. Tiene un temperamento sanguíneo que la hace una trabajadora incansable, y es una comunicadora nata. Está tan dotada para la prosa como para la poesía, y aunque pienso que con ella se ha ido demasiado rápido en el reconocimiento oficial de sus dones, eso es más porque soy conservadora con respecto a la dinámica natural de los procesos de crecimiento en un artista, y pienso que nunca se deben acelerar desde fuera de modo artificial; me asusta que se obtengan demasiados lauros en edades demasiado tempranas, porque por esa causa ya he visto malograrse talentos promisorios. Pero en definitiva, más pronto o mas tarde la carrera de Elaine como mujer de letras es un hecho, por muy vertiginosa que haya sido, y hasta es posible que, en su caso personal, un comienzo precoz le conceda a la larga la ventaja de un caudal de tiempo mayor para acumular conocimientos del que disfrutamos todas nosotras. La fama temprana puede crear también un temprano sentido del compromiso, y Elaine se compromete a fondo en todas sus empresas. Espero aún mucho más de mi Hijita-Sol, esta joven que escribe poesía con emociones telúricas. Ella tiene una enorme reserva de fuerza y está dispuesta a luchar en un terreno dominado por los hombres como es la ciencia ficción. Ya ha triunfado, y va a seguir haciéndolo, no tengo duda.

Mis amigas escritoras poseen todas personalidades fuertes y muy orgánicas, intelectos brillantes, conocimientos muy sólidos del género que han elegido, imaginarios de una gran riqueza visual y un concepto muy alto del estilo y de la ética escritural. Nunca he leído un texto tramposo firmado por ellas, ni nunca encontré en sus obras aplicado el penoso procedimiento de la “levadura”, que consiste en alargar una historia intencionalmente más allá de sus propios límites naturales babardeando a diestra y siniestra, y que se me perdone el uso de un término francés donde resultaría mucho más ilustrativa una definición criolla de este pecado que tantos autores cometen, pero que no puedo escribir en un artículo periodístico por ser un palabra algo inconveniente del lenguaje popular. No creo que pueda hablarse de un enfoque femenino de la ciencia ficción por el hecho de que las escritoras cubanas aborden sus historias desde ángulos que poco asumen sus colegas varones del patio. Creo simplemente que, al menos en estos casos de escritoras que conozco, de lo que se trata en realidad es de que son mejores artistas, tienen mucha más sensibilidad y van en serio, mientras que en la mayoría de los escritores jóvenes del sexo opuesto la ciencia ficción parece como la prolongación inmadura de juegos infantiles con soldaditos intergalácticos y consolas japonesas, además de que martillan —no todos— el lenguaje con ímpetus de fogonero. Ellas no solo son más analíticas en lo que a procesamiento de códigos del género se refiere, sino que tienen una mirada mucho más abarcadora y más profunda y son infinitamente más atrevidas a la hora de ensanchar fronteras entre géneros literarios, pues no limitan su espacio creativo a cuestiones tecnocientíficas que desde sus inicios han caracterizado esta literatura. Ellas están mucho más cerca de la fuerza emocional y conceptual de grandes obras literarias de ciencia ficción como El país de los bondadosos, una de las parábolas más conmovedoras que se hayan escrito sobre la exclusión, por solo citar un ejemplo, porque en la ciencia ficción también hay arte, pero el género es más susceptible de perder el equilibrio por excesos y defectos que otros tipos de literatura. La ciencia ficción no es un juego de máquinas, sino la inmensa e insondable aventura de los efectos y las causas, por lo que la sensibilidad es justamente lo que marca la diferencia entre Blade runner y una historia común sobre robots.

No quiero terminar esta evocación de mis amigas tan queridas sin dejar testimonio de que a diferencia de mí, que fui una disidente de la ciencia ficción después de ganar aquel David y publicar mi primer libro, aunque tantas veces he aconsejado a varias de estas talentosas escritoras dedicarse a otro tipo de literatura ninguna lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que pueden escribir sobre cualquier cosa y todas lo han demostrado. Se han mantenido fieles a la apuesta y permanecen en sus puestos, sin que les puedan —como dicen los niños— todas las razones que le han valido a la ciencia ficción la calificación de subgénero y su fama de superficialidad y mala calidad literaria.

Raúl Aguiar, compilador de esta antología, ha comprendido sin duda todo eso. Nadie invierte nueve años en un proyecto si no está seguro de su validez. Una década es menos que la décima parte de una vida. Su prólogo tan serio, pieza impecable, no solo resume de manera muy eficaz una gran cantidad de información, sino que pone de manifiesto un pensamiento inteligente y un desarrollo de ideas que el tiempo ha enriquecido. Aguiar ha tributado con esta antología un reconocimiento merecidísimo a un sector de la literatura cubana completamente abandonado por la crítica, con lo que ha llevado a cabo un acto de justicia poética que vuelca su mérito sobre él mismo, pues por ser hombre, por ser un crítico, un investigador y un escritor de ciencia ficción ya consagrado pudo haber asumido las mismas posturas de indiferencia y menosprecio que exhiben otros, pero eligió seguir un camino propio que le ha llevado a este hermoso resultado. Que el libro haya sido publicado por la editorial Oriente es casi una conclusión inevitable, pues esta editorial se comprometió desde su fundación con la literatura escrita por mujeres, y porque hasta donde sé, Oriente nunca rechazó un proyecto que fuera brillante y osado. En ese sentido le corresponde el lábaro entre las editoriales cubanas, muchas de las cuales han sido lastradas durante demasiado tiempo por vanos prejuicios y ceguera artística, dos males que han dañado tremendamente a la literatura nacional.

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¿Cuán seria es la amenaza del cambio climático para las costas de Cuba?

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

Puede que la pesadilla recurrente donde La Habana desaparece tragada por el mar, que me persigue desde mis primeros años, se deba a la historia que me contaba mi madre cuando yo era niña sobre la tragedia de Santa Cruz del Sur, un pueblo cubano del Camagüey que desapareció devorado por las aguas durante el ciclón de 1932. Hoy, cuando el planeta está amenazado de muerte por los efectos del cambio climático, muchos cubanos nos preguntamos qué destino aguarda a nuestra isla y cuánto tiempo nos queda antes que ocurra lo que, al parecer, ya es inevitable. Otros, la mayoría, se ríen y rechazan dedicar ni siquiera un minuto a pensar en semejante cosa, porque primero están cuestiones más vitales del ahora mismo como el sexo, la comida, la cerveza, la playa, la pelota… No sé cómo explicar ese sentimiento nacional de invulnerabilidad que caracteriza al cubano junto con su apego ontológico al choteo y a hacer burla de todo cuanto huela a seriedad o tragedia. Pero existe, qué duda cabe, y es letal.

¿Cuál es la verdadera situación de Cuba, una isla rodeada de agua, cuando los Polos se deshielan recalentados por los elevados niveles de gases que perturban la atmósfera terrestre? ¿Desapareceremos como tantas tierras bajas? ¿Seguiremos a la deriva salvados por una mano mágica que mantendrá la isla a flote mientras el resto de las tierras se va a dormir el sueño eterno en las profundidades marinas?

Una revisión en Internet a las páginas de las instituciones oficiales cubanas vinculadas con el cambio climático nos entera enseguida de que aunque el tema no ha sido aún estudiado en profundidad, ya se ha comenzado un programa preventivo de evacuaciones de poblados ubicados en zonas costeras potencialmente en peligro de ser invadidas por el mar.

Lo primero que todos los cubanos necesitamos conocer muy bien es que las líneas costeras del norte y el sur de Cuba son muy irregulares y presentan relieves variados muy diferentes entre sí. Hay bahías, terrazas, penínsulas, ciénagas, playas y otros muchos accidentes geográficos. En estas líneas costeras hay extensas zonas de tierras bajas como la que se extiende en la costa norte desde el cabo San Antonio hasta Punta Gobernadora, con 528 km de largo, formada principalmente por litorales bajos generalmente cenagosos, o sea, pantanos. Luego, desde Punta Gobernadora hasta Punta Hicacos, en Matanzas, en litorales más bien altos que se extienden poco más de 400 km predominan las terrazas de seboruco. De punta Hicacos a punta Maternillos, en la provincia de Camagüey, vuelve a sucederse una costa baja y pantanosa de 944 km de largo. Entre punta Maternillos y punta Quemado en la zona de Maisí, provincia de Guantánamo, se extiende una costa abrupta en las que reaparecen el seboruco y los farallones a lo largo de 1 329 km.

En la línea de la costa sur que va desde punta Quemado en Maisí, a cabo Cruz en la provincia de Granma, a lo largo de 680 km —que constituyen el flanco meridional de los grupos orográficos de Sagua-Baracoa y de la Sierra Maestra— se originan las más importantes terrazas marinas emergidas de Cuba, bordeadas a veces por el seboruco costero o por extensísimas playas de cantos rodados. Entre cabo Cruz y punta María Aguilar, en la provincia de Sancti Spíritus, hay una costa baja y pantanosa, bastante deshabitada, de 741 km de largo. De María Aguilar a punta Potrero, en la bahía de Cochinos, provincia de Matanzas, hay un tramo de costa de 252 km de largo, formada principalmente por el seboruco erizado de diente de perro y ahuecado por numerosas casimbas. Entre Punta Potrero y cabo Francés, en la provincia de Pinar del Río, en otro tramo de 732 km de largo, la línea de costa es muy baja y cenagosa. Entre cabo Francés y el cabo San Antonio tiene lugar el tramo final de 131 km de largo, que forma el litoral de la península de Guanahacabibes, orlado por altos acantilados y acogedoras playas, y vastos tramos de seboruco.

Aclaro que soy periodista y no climatóloga, meteoróloga, geóloga marina ni semejantes, pero tras atentas consultas a bibliografía especializada, entiendo que más o menos este es el panorama de las costas cubanas, bastante inquietante como se puede ver, debido a las grandes extensiones de zonas bajas que posee nuestro país. La costa más comprometida, como ya lo han demostrado los desastres provocados por varios fenómenos atmosféricos a través del tiempo, es la sur, en la que se encuentran numerosos tramos bajos y cenagosos con extensos manglares, entre los que cabe mencionar los situados al sur de Pinar del Río, La Habana, Matanzas (Ciénaga de Zapata), Ciego de Ávila y Camagüey, aunque también en la franja costera septentrional se localizan numerosos manglares, como los ubicados al norte de Pinar del Río, Villa Clara y Ciego de Ávila, y también los asociados a los grupos insulares que rodean a Cuba.

El mundo está amenazado por el cambio climático y los expertos internacionales en dicha materia aseguran que solo quedan unos veinte años de gracia para nuestro planeta antes que los efectos del mismo sean irreversibles y letales. Para 2050 los pronósticos son abrumadores. El nivel del mar en las costas de Cuba se ha elevado 6,77 centímetros entre 1966 y 2015. La Agencia de Medio Ambiente de la Isla ha advertido que el ascenso del nivel del mar es uno de los mayores peligros provocados por el cambio climático, pues según previsiones de los últimos años se espera para el año 2050 un aumento de 27 centímetros del nivel del mar en nuestras costas, y la pérdida del 2,31% de superficie terrestre en el litoral. A este paso, reflejan los datos oficiales que el nivel medio del mar subirá en 0,27 metros para el 2050 y 0,85 para el 2100. Por ahora, en este archipiélago hay localidades costeras que pierden tres metros de tierra firme por año, y de las 414 playas cubanas registradas, 122 asentamientos costeros son afectables por cambios climáticos y 21 desaparecerán totalmente entre 2050 y 2100.

Los modelos proyectan que los niveles del mar se elevarán otros 9 a 88 cm para el año 2.100, lo cual ocurrirá debido a la expansión térmica del agua oceánica en proceso de calentamiento y una afluencia de agua dulce de los glaciales y hielos en proceso de fusión. La velocidad, magnitud y orientación del cambio en el nivel del mar ha de variar según el lugar y la región, en respuesta a las características de la línea de costa, los cambios en las corrientes oceánicas, las diferencias en las pautas de mareas y la densidad del agua del mar, así como los movimientos verticales de la propia Tierra. Se prevé que el nivel del mar siga aumentando durante cientos de años después de que las temperaturas atmosféricas se estabilicen.

Además los datos muestran la desaparición de ecosistemas costeros, la pérdida de humedales y manglares, un creciente deterioro del litoral por inundaciones y la intrusión de la cuña salina en deltas. Uno de los impactos más destructivos es la llegada de ciclones y huracanes a las costas. En Estados Unidos llegaron en 2008 por primera vez en la historia seis ciclones tropicales de forma consecutiva, y también por primera vez, tres huracanes de gran intensidad llegaron a Cuba, según los datos de la Organización Meteorológica Mundial.

Los cálculos arrojan que el mar aumenta el nivel en el mundo de uno a dos milímetros anuales. A simple vista parece poco, pero no es así. Cuba no escapa a este fenómeno. Según datos de la estación mareográfica de Siboney en Ciudad de La Habana, en los últimos 40 años el nivel del mar en el litoral capitalino ha ascendido 2,14 milímetros por año. Tan solo este dato basta para calcular que, de seguir esta tendencia, en unos cien años el nivel del mar al borde de la capital habría ascendido uno o dos metros.

No solo Cuba perderá asentamientos humanos enteros y zonas agrícolas de máxima importancia, sino enclaves capitales para la economía nacional como son las bahías y puertos, entre los que se encuentran los de La Habana, Santiago de Cuba, Nipe, Cabañas, Mariel, Guantánamo, Cienfuegos y Nuevitas. Muchas de nuestras playas desaparecerán, entre ellas probablemente Varadero, y cayerías enteras, con lo que las afectaciones a la industria turística resultarán incalculables. Otros datos alarmantísimos anuncian que en general el nivel medio del mar mundial se ha elevado de 10 a 20 cm en los últimos 100 años. El ritmo del aumento ha sido de 1-2 mm por año, es decir como unas 10 veces más rápidamente que el ritmo observado en los últimos 3.000 años.

El 18 de enero fuertes olas en el malecón de La Habana provocan inundaciones en sus alrededores.

El mar desenfrenado infunde al hombre un horror arquetípico

Dice el refrán que cuando veas las barbas de tu vecino arder pon las tuyas en remojo. Kiribati es un archipiélago de 33 atolones situado en el Pacífico Sur, que cuenta con una población de más de 110.000 personas cuya principal actividad económica se concentra en el sector servicios y en la pesca. El presidente de Kiribati ha pedido a la comunidad internacional que le ayude a reubicar a sus ciudadanos ante la amenaza de desaparición de esta nación del Pacífico Sur debido al aumento del nivel del mar. Ha señalado que comunidades enteras ya han sido desplazadas y muchas cosechas se han perdido por la subida de las aguas. Explicó que en poco tiempo las islas que forman el archipiélago estarán sumergidas, y ya no se tratará de una cuestión de crecimiento económico, sino de supervivencia humana. Además, reiteró la necesidad de reubicar a la población de Kiribati a mediano plazo, pues muchas familias ya tienen las casas sumergidas y serán engullidas por el mar antes del final del siglo XXI, y todos los habitantes tendrán que desplazarse a otros países. Hasta el momento Nueva Zelanda ha sido la única nación del mundo que ha respondido afirmativamente a la petición.

Cuba sufre doble amenaza: la que se encarna en los huracanes, principal fenómeno atmosférico que azota a nuestro país, y que en muchas ocasiones traen consigo penetraciones del mar e inundaciones de envergadura; y la que representa el cambio climático para su condición insular y sus abundantes tierras bajas. No quiero elaborar una lista especulativa sobre las posibles zonas que desaparecerían bajo el mar en un futuro no muy lejano, pero hay una en especial, que me causa gran dolor: playa Baracoa, al norte de La Habana. Tengo una foto de ese lugar como fondo de mi escritorio. Allí pasé unas vacaciones inolvidables hace ya varios años. Una noche mi esposo, mi hijita y yo salimos a conocer el pueblo, y vimos áreas enteras del mismo todavía sumergidas bajo las aguas que un reciente ciclón arrojó contra el poblado. Nunca he podido desterrar de mi mente las casuchas sepultadas por masas lodosas que rielaban bajo una luna indiferente a la desgracia de aquellas gentes humildes, quienes estoicamente intentaban rescatar sus viviendas pobrísimas de aquel monstruo que la naturaleza les había enviado.

3595-fotografia-gA continuación reproduzco una cita tomada de una página cubana especializada en cambio climático y sus posibles afectaciones a la isla:

El apilamiento por arrastre del viento, conocido como “wind set up”, se produce por la acción de vientos tormentosos que empujan grandes masas de agua hacia la costa. A este fenómeno lo favorecen las zonas bajas, con suaves pendientes de fondo. En la superficie, la velocidad del movimiento es mayor. El oleaje producido es relativamente débil con respecto al viento que lo genera y no es capaz de hacer retornar la masa acuosa acumulada en la orilla En el territorio nacional existen condiciones muy favorables para este fenómeno en el Golfo de Batabanó, el Golfo de Ana María y el Golfo de Guacanayabo, sobre todo cuando se presentan vientos de región sur, Los “sures” anteceden a los frentes fríos. Al girar los vientos hacia el norte, mientras pasa el frente frío, el peligro de inundación por predominio del “wind set up” se traslada a las playas de la costa norte, en particular a las que reciben su azote con mayor fuerza que son las situadas en la región noroccidental.

El apilamiento por rompiente del oleaje, conocido como “wave set up”, ocurre cuando la ola rompe y se vuelca sobre la costa. Bajo la influencia de olas bien desarrolladas, generadas por vientos de gran intensidad, el flujo superficial hacia la costa tiene mayor velocidad que el flujo inverso del fondo y parte de la masa acuosa no logra regresar al mar, acumulándose en la orilla. Este fenómeno se favorece con el fondo marino de pendiente abrupta. Es la forma típica de las inundaciones en el Malecón Habanero al paso de los sistemas frontales. De aumentar el nivel del mar en el orden de los centímetros, el “wave set up” se intensificaría, al acercarse a la costa la rompiente de olas más altas, que en la actualidad se destruyen a mayor distancia de la costa.
Marea de tormenta” o “surgencia” (Storm surges) es la onda solitaria que acompaña en su trayectoria a los ciclones tropicales. En ella intervienen la acción unificada de las bajas presiones, los intensos vientos y la circulación convergente que caracteriza a estos eventos. Al actuar la presión atmosférica sobre la superficie líquida se produce el efecto de “barómetro invertido”, esto es, la disminución de la presión central con respecto a la periferia en un hectopascál en correspondencia con el aumento del nivel del mar en un centímetro. A esto se suma el oleaje y el arrastre de los vientos intensos y convergentes. En mar abierto, donde la profundidad es significativa, el efecto es prácticamente imperceptible. Los conflictos se presentan al acercarse el ciclón a la costa, por la influencia de la fricción de fondo.

La “surgencia” se comporta como una onda larga, deformándose por el “efecto de shoaling”. Como la longitud de la onda es directamente proporcional a su velocidad de traslación; para cumplimentar la ley de conservación de energía, la disminución de la velocidad y de la longitud de onda por la fricción del fondo, se compensan con un gran aumento de su altura. La velocidad de las partículas en la superficie es mucho mayor que en las corrientes de retorno del fondo, por lo que la altura de la marea de tormenta crece varios metros, produciendo grandes penetraciones del mar en áreas poco profundas. A este tipo de zona corresponden el Golfo de Batabanó, el Golfo de Ana María y el de Guacanayabo, en la costa sur

santa cruzEn Cuba, el ejemplo más catastrófico conocido es el caso de las penetraciones del mar en Santa Cruz del Sur, en 1932. Se estima que el nivel de las aguas sobrepasó los seis metros de altura. Otro ejemplo, mucho más reciente, es la inundación de la Bahía de Cárdenas al paso del huracán “Kate”, el 19 de noviembre de 1985. Se registró un aumento en el nivel del mar en el orden de los centímetros. Hagamos el ejercicio mental de imaginar lo que podría significar en áreas del Malecón habanero un aumento de unos diez metros del nivel del mar. Los siguientes fragmentos del testimonio de varios sobrevivientes de la tragedia de Santa Cruz del Sur pueden dar una idea a los cubanos de hoy de lo que podría sobrevenir en un futuro no muy lejano en algunas zonas bajas de la isla:

“Todos dormían con tranquilidad esa noche. La tarde había concluido de una forma rara y un sol intenso rojizo se apreció en el oeste. La marea subía lentamente. Un mensaje recibido por el telegrafista indicaba que no eran necesarias preocupaciones. Pero unas horas más tarde de que el sol se disipara en el horizonte, el destino del poblado de Santa Cruz del Sur comenzó a cambiar.

[…] “Comenté con mi cuñado que no me agradaba el tiempo. Escuchaba un sonido muy extraño que procedía del mar. Yo percibía una ardentía. Él no prestó mucha atención a mis presentimientos y me dijo que el problema mío era de los nervios y que por ese motivo había venido para no dejarme sólo. Entonces comprendí lo de la inesperada presencia de Sángara en mi casa. Días antes había expresado un presentimiento a mi familia. Me atormentaba la idea de que el pueblo había sido destruido por una ola gigante. Pensaba, como pregonan muchos por aquí, que el mal año entra nadando. Era un presentimiento que no me dejaba ni siquiera dormir. […] Pero lo que experimentaba ahora no eran presentimientos era la realidad”.

[…] “El día ocho, por la mañana, el mar llegó hasta la puerta de entrada. La casa estaba pegada a la costa.

“Por la tarde tuvimos que quitarnos los zapatos y andar en short. Esa noche no pudimos dormir. Ya mi cuñado se notaba preocupado y se lamentaba de no encontrarse en su casa con los suyos. Pero ya tenía que permanecer aquí porque todo se comenzaba a inundar. Quedamos atrapados entre el agua de mar y el río Najasa que lo teníamos detrás. Cuando amaneció el agua del mar nos daba a la cintura. Teníamos las puertas y las ventanas completamente abiertas.

[…] “Al momento vino una ola inmensa que estremeció la casa. Le siguió otra mayor cargada de escombros, fango, sargazo y mangles. La ola parecía un león gigante…
“El huracán arrastraba todo tipo de objeto: las casas, los árboles, las empalizadas, las personas… El día 10 levamos el ancla y llevé la lancha hasta la costa.

[…] “Para caminar por la orilla de la playa tuvimos que apartar los cadáveres y los escombros. En una empalizada escuché los quejidos de personas vivas. Eran mujeres, niños… […] No pudimos hacer nada por aquella pobre gente. […] el jefe de sanidad ordenó quemar todas las palizadas con la gente dentro. “Para evitar una epidemia”. Así justificaba aquella barbarie.

“[…] el chofer del carro de bomberos, detuvo el vehículo frente a una ranchería. Venía a auxiliar a algunas familias. Cuando se bajó del camión fue alcanzado por una pancha de zinc que le cortó la cabeza. El cuerpo brincaba y el agua se tornó roja. Una joven, de unos 15 años de edad, trató de atravesar la calle, otra plancha de zinc la trozó por la cintura. Un gran escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Nos aproximábamos al almacén de Avalo. La edificación había perdido el techo. Dentro del local se encontraban varias familias, entre ellas los hijos de Manuel Cañete, con Rita de Quesada y también los Díaz. Una de las muchachitas, que era entretenida, se incorporó y caminó tres pasos. La hermana la agarró por un brazo para que regresara. Una vigueta elevada por los vientos se les echó encima y les golpeó la cabeza. Al instante quedaron muertas las dos jovencitas.

[…] “En el muelle había quedado una casilla del ferrocarril. Como a las 5:00 a.m. de la mañana la gente se refugió en la casilla. Como 42 personas se reunieron allí, entre ellas las familias de Salvador Furiach, Eliécer Betancourt y otras más. Una ola gigantesca entró a la casilla pero Eliécer había dado la orden de que se abriera la otra puerta para no hacerle resistencia al mar y el agua pudiera entrar y salir libremente. En el Way había 40 casillas más que no pudieron resistir la furia del viento y del mar. Escuchaba los gritos aterradores de las mujeres, los niños y los hombres hasta que fueron apagados por el agua. Vimos pasar encima de un piano a una mujer completamente desnuda y aterrada.

“[…] A las mismas personas que había conocido las vi morir con gran desesperación en sus rostros. Mi suerte fue distinta. Sólo la casilla en que yo me encontraba, en espera del tren de auxilio, no fue arrastrada por las fuerzas del mar y el viento.

[…] “Aquellas personas con las que había compartido mis sueños y alegrías se habían transformado en pocas horas en seres andantes en la desesperación, con las manos sobre la cabeza, los ojos inyectados en sangre, la voz apagada, con los cuerpos semidesnudos y la piel blancuzca. Parecíamos cadáveres vivientes que nos movíamos como sonámbulos de un lugar a otro sin rumbo determinado buscando a los familiares y ahogados en llantos.

[…] “Se observaban personas vivas encima de los árboles y techados, cuerpos decapitados por planchas de zinc y tejas de barro que se desprendían de las viviendas como hojas de papel y, cadáveres enredados en las palizadas o arrastrados por la furia del viento, el mar y las lluvias. Muchas familias quedaron atrapadas y ahogadas dentro de sus viviendas. El mar en su retirada se llevó con él decenas de personas vivas y cadáveres, algunos seres humanos desaparecieron y otros fueron encontrados putrefactos enredados en los mangles de las cayerías más cercanas.

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[…] “Ese día dejó para siempre una página de lagrimas en nuestra historia. Encontraba a mi paso mujeres, hombres, niños y ancianos semidesnudos y temblorosos. El pueblo amaneció borrado del mapa el día 10 de noviembre. Los cadáveres flotaban junto a todo lo que era de madera. Durante muchos días ardieron en fogatas gigantescas los cuerpos putrefactos de seres humanos y animales. Más tres mil personas, el 70 por ciento de los habitantes, quedaron sepultadas en mi pueblo.

[…] Durante el resto de sus días, América de la Cruz del Risco Muñoz recordará aquel espantoso suceso que a veces no le deja conciliar el sueño. “Aparecían en mis pesadillas personas aún vivas dentro de los escombros y varios hombres con latas de gasolina o de petróleo dándole candela a las piras. Escuchaba los lamentos de aquellos cuerpos inertes debajo de las palizadas. Veía una columna de humo negro que cubría todo el pueblo. Por las madrugadas a veces me despertaba sobrecogida con imágenes dantescas: una madre con el cuerpo de su hija muerta entre sus manos y apretada al pecho como cuidando su sueño definitivo”.

Siempre que mi madre me contaba esta tragedia espantosa de Santa Cruz del Sur ella decía que al pueblo y sus 3 000 habitantes se lo tragó un ras de mar, pues eso fue lo que entonces se afirmó, pero en realidad se trató de un proceso ciclónico gradual que fue intensificándose a medida que el huracán se acercaba. Entre las 4 y 5 de la madrugada del día 9, el agua del mar comenzó a entrar en el pueblo y a subir su nivel como sube la marea, paulatinamente. Alrededor de la 9 de la mañana las aguas alcanzaban más de 3 m de altura. Ya a las 11 de la mañana aproximadamente, incluyendo el oleaje provocado por el viento huracanado, el nivel del mar ascendió hasta 30 pies de altura, o sea, a casi 9 m de altura. Según la crónica del meteorólogo Evidio Linares las aguas del mar penetraron en tierra hasta casi 20 km. en algunas localidades. Las más afectadas fueron: Santa Cruz del Sur, Guayabal, Camagüey, Júcaro, Morón, Nuevitas, Ciego de Ávila, Florida, Puerto Tarafa, Pastelillo, Camajuaní, Caibarién y Jatibonico.

No cabe duda de que la naturaleza se ensañó con Santa Cruz del Sur, pero también hubo otros responsables: malos partes del tiempo, predicciones de meteorólogos que en esa ocasión se mostraron incapaces, y sobre todo una pésima actuación de las autoridades, las cuales no solo no protegieron al pueblo sino que no desplegaron labores de rescate y salvamento y solo se hicieron presentes en el lugar cuando las aguas habían bajado y apenas quedaban sobrevivientes. De haber ocurrido semejante tragedia después de 1959, muy otro hubiera sido el destino de los habitantes de Santa Cruz del Sur, pues el mundo entero reconoce hoy la competencia y autoridad de Cuba en labores de rescatismo en todo tipo de eventos. A pesar de que las dramáticas profecías de la ciencia no están ahora mismo a punto de suceder, ya se toman medidas preventivas para proteger a la población, como la evacuación paulatina de asentamientos costeros. A las personas corresponde el cumplimiento estricto de las medidas implementadas por la Defensa Civil y mantener la ecuanimidad y la disciplina por muy desesperada que se presente una situación.

De cualquier modo yo, que tengo mi casita en la barriada habanera de Luyanó y cuando subo al segundo piso de mi edificio puedo ver claramente las aguas de la bahía, me pregunto si entre ellas y mi casa habrá 5 km de distancia, y si estoy a salvo. La verdad es que mi casa no tiene nueve metros de altura…

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El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar

El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar, título publicado en 2013 por la colección Diálogo de la Editorial Oriente, lo encontré en una de mis lamentablemente esporádicas elcinelcritico2visitas a las librerías capitalinas, y es un texto que forma parte de la ya nutrida literatura sobre cine que desde hace al menos una década se viene publicando en Cuba, de la que cualquiera de sus ofertas es una incitación casi imposible de ignorar para quienes se interesan en la pantalla grande.

El título mismo es una tentación por su polisemia casi perversa. Es una especie de parodia del filme homónimo rodado en Hollywood en 1942, basado, a su vez, en una obra de teatro de igual nombre. Estamos, pues, ante un título no solo con rancio abolengo cinematográfico, sino portador de una semiosis que parece impresionar el subconsciente (tal vez no de un modo tan inconciente) de quienes reparan en él. Hay títulos así de misteriosos, que se pegan a uno como esos fragmentos de canciones que nos sorprendemos tarareando durante días como un disco rayado. La historia es simple: un director de teatro que viaja a un próspero pueblo para ofrecer conferencias a un público perteneciente a la burguesía, se accidenta no más llegar a la casa de sus anfitriones y debe permanecer con ellos durante su convalecencia, produciéndose entonces un fenómeno que recuerda, de cierta manera, la monstruosa distorsión social que muestra otro filme, El sirviente, donde el recién llegado se hace con el control de la familia y gobierna la casa con mano de hierro, dirigiendo y alterando las vidas de todos a su alrededor. Valga esta definición que he tomado de un blog sobre cine de Internet:

Lejos de tratarse de un invitado tranquilo y agradecido, y más lejos todavía del obligado reposo que debe guardar para su dolencia, Whiteside se convierte en un tirano que desde el primer momento mediatiza, dirige y controla todo lo que ocurre dentro de la casa, incluso imponiéndose a sus propietarios ante los empleados del servicio. La vida de los Stanley da un giro, hasta el punto de sentirse extraños en su propia casa, cuando, bajo las directrices de Whiteside, que toma la casa como base de operaciones para el desempeño de sus abundantes tareas burocráticas y personales, todo va sumiéndose en el caos, crecen los malos ententidos y los equívocos, y ya nada parece ser lo que es. No faltan los personajes que, aprovechando la cercanía de una celebridad, insisten en que lea borradores de obras de teatro y novelas para intentar así ser “descubiertos” por el gran crítico, aunque él hace bien poco aprecio de ellas.

Si se piensa que El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar es el título de la memoria del XVIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica que tradicionalmente se celebra en Camagüey, y en esta edición recoge ponencias y mesas redondas sobre temas como “Los grises años setenta y las trampas del realismo (socialista)”, “El cine cubano en tiempos de definiciones”, “Varias peleas de Titón contra el demonio”, “Los siete contra Héctor” , “El caso nada extraño de Oscar Valdéz” y otros que remiten a sombras del pasado aún no conjuradas —y mucho menos expiadas—, de inmediato uno comienza a preguntarse quién será ese espectador que ha venido a cenar al Taller de Crítica Cinematográfica, o quién es ese espectador que tomó el control del cine cubano y asumió un mando que no le correspondía trastocándolo todo… Y entonces, sin poder resistirse, uno compra el libro y se va corriendo a leerlo, porque quién no sospecha que la historia del cine cubano, aunque relativamente breve, guarda innumerables sorpresas que esperan ser develadas.

Una de estas sorpresas es la tesis firmemente sostenida sobre el ICAICentrismo, donde se echa por tierra la ilusión de que la cinematografía cubana nació con la fundación de esta Institución y solo ha existido dentro de su radio de acción. Esta tesis, sostenida por críticos del prestigio de Luciano Castillo, hoy Director de la Cinemateca de Cuba, Mario Naíto, Gustavo Arcos, Joel del Río, Frank Padrón y otros de nueva generación como Justo Planas y Juan Antonio García Borrero, es desplegada con el apoyo de argumentos de carácter histórico cuya contundencia resulta irrebatible, pero es, a su vez, matizada por juicios de valor muy objetivos, de los cuales no escapan los desaciertos del ICAIC, pero tampoco los aciertos de la cinematografía cubana en los setenta, a la que está dedicada, fundamentalmente, esta edición del mencionado Taller.

Entre los contenidos del volumen resulta de gran interés la intervención de Carlos Ruiz de la Tejera en un panel dedicado al filme Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, de cuyo elenco de brillantes actores cubanos de la época Tejera, hoy ya fallecido, era entonces uno de los pocos sobrevivientes. Sus anécdotas sobre el rodaje de esta película en la quinta Santa Bárbara, propiedad de Flor Loynaz del Castillo, son de una extraordinaria riqueza. Durante esta mesa redonda se le rindió homenaje a Vicente Revuelta, uno de los más grandes dramaturgos del teatro cubano, osado, innovador, insatisfecho siempre, quien interpretó en este filme el complejo personaje de Julio, el burgués que reniega de los artificios de su clase social y pone en solfa constantemente a su parentela, pero que no es un proletario, sino, precisamente, un artista, y a mi juicio uno de los personajes portadores de las claves seióticas más profundas de la película, que algún día, cuando sean debidamente interpretadas, harán evidente que Los sobrevivientes es, dentro de la cinematografía de Alea, un filme tan trascendente y eterno como Memorias del subdesarrollo.

También es singularmente ilustrativa la amplia ponencia destinada a hacer luz sobre la verdadera historia de la cinematografía en Cuba, en la que testimonios de cineastas, actores y personal de cine, quienes fueron protagonistas y testigos directos de la misma, trajeron a colación algunas estremecedoras injusticias cometidas contra hombres que quisieron hacer un cine de calidad, pero rechazaron plegarse a los parámetros reduccionistas establecidos por la política cultural que entonces dominaba el Consejo Nacional de Cultura. Los nombres de los ya hoy sombríos fantasmas de Nicolasito Guillén de Landrián, brillante documentalista que ahora está siendo reivindicado, Héctor Veitía y Oscar Valdéz volvieron a hacerse presentes, y sobre otros cineastas como Manuel Octavio Gómez se revelaron heridas equivalentes a espacios vacíos en la cinematografía de esa década, o lo que es lo mismo, a excelentes guiones cinematográficos que nunca llegaron a convertirse en películas por falta de presupuesto o por causa de arbitrarias decisiones de la Dirección del ICAIC, no pocas veces basadas únicamente en diferencias de índole personal. Críticas revelaciones del cineasta Sergio Giral sobre las luchas individuales de algunos cineastas junto a los cuales trabajó, dejan al descubierto una amenazante galería de sombras por la que nadie en su sano juicio querría transitar, y que si fuera llevada al cine resularía una especie de remake de Trescientos, en tanto aniquilamiento total de un pequeño grupo de cineastas que combatieron por el cine cubano con denuedo, enfrentándose a una aplastante estructura de poder que los venció sin suerte y con consecuencias trágicas en más de un caso.

En una de las ponencias recogidas en este libro he visto por primera vez definir la política cultural oficial de los sesenta, y en especial de los setenta con su quinquenio/decenio gris, como coloniaje cultural, en referencia a los parámetros establecidos de manera oficial que redujeron de manera dramática las posibilidades siempre infinitas de la creación artística, limitándolas a casi una copia textual si no de los filmes soviéticos de aquel momento, sí de los imaginarios impuestos por el dogma stalinista del realismo socialista en torno al obrerismo, el estudio, el trabajo y, en general, al conjunto de intereses que se supone son correspondientes al proletariado, en una auténtica visión de túnel de la condición humana que en ninguna época de la Historia de la Humanidad ha dejado de ser contradictoria, profunda e infinita.

Por último, una interesantísima ponencia del crítico Justo Planas despliega un análisis brillante del mito cinematográfico nacional que es Elpidio Valdéz. Con envidiable objetividad pasea Planas su aguda mirada a través de las diferentes etapas de creación del personaje y su filmografía, en lo que deviene una lección de historiografía crítica que llena al lector de gozo estético al par que satisface las más severas demandas de seriedad y rigor en el ejercicio de la crítica.

No quiero terminar esta reseña sin advertir que este libro no resulta un hecho aislado dentro de la literatura cinematográfica o relacionada con el cine que se viene publicando en Cuba en los últimos años, porque se inserta de un modo muy orgánico en un proceso de recuperación, reevaluación, reivindicación y rescate de la historia del arte, la intelectualidad y el cine cubanos posteriores a 1959 y sus protagonistas, paralela a un proceso similar que está teniendo como consecuencia a la reescritura de la Historia nacional, y  comienza por una reevaluación de los Diarios de nuestras Guerras de Independencia. Este proceso inició, tal vez, con la publicación de Yo Publio, un libro curiosamente no sobre cine, sino sobre la vida de Raúl Martínez, uno de los más significativos exponentes de la pintura cubana de todos los tiempo, quien fue un excelente cartelista cuyas obras estuvieron muy presentes en la historia del ICAIC y enteramente a su servicio, quien fuera una de las principales víctimas de una política cultural tomada de modelos foráneos que nunca se avinieron con nuestra identidad de nación, nuestra condición humana ni nuestra condición caribeña e insular. También forman parte de este universo revisitacional otros libros como Buscando a Caín y Tras los pasos del cronista, sobre la vida y obra del escritor y crítico de cine Guillermo Cabrera Infante, Polémicas culturales de los sesenta, de la Dra. Graziella Pogolotti, Volver sobre mis pasos, selección de la correspondencia privada de Tomás Gutiérrez Alea, Titón, considerado el más grande cineasta cubano de todos los tiempos, algún que otro Premio Casa de las Américas y la nutrida bibliografía del brillante crítico de arte Rufo Caballero, amén de otros títulos que ahora mismo no vienen a mi memoria pero he leído con suma atención. En mi humilde opinión este proceso, en marcha armónica con la tónica de los tiempos de rectificación y cambio que vive nuestro país, no se detendrá, y podemos esperar todavía muchas obras que conducirán, inevitablemente a un replanteamiento desde nueva óptica de la historia social del arte cubano; una óptica enteramente nuestra, raigalmente cubana, resultado de una cultura nacional que cuenta con una evolución de más de cinco siglos y tiene a sus espaldas una herencia hispánica de milenios —amén de su inserción en un contexto sociocultural latinoamericano con el que, si bien no nos une el mismo grado de pertenencia que a las repúblicas continentales entre sí, nos hermanan lazos muy fuertes de otra naturaleza—, que no necesitó jamás un trasplante violento y ajeno, sin el cual igualmente hubiéramos podido ser lo que hemos sido y continuamos siendo, sin pagar precios tan duros y dolorosos.

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Entre cubanos…

Enfermarse y guardar cama tiene, en ocasiones, sus ventajas, entre las que se encuentra la

La Dra. Graziella Pogolotti en la presentación de su libro Polémicas culturales de los sesenta. A su lado el crítico Ambrosio Fornet

La Dra. Graziella Pogolotti en la presentación de su libro Polémicas culturales de los sesenta. A su lado el crítico Ambrosio Fornet

posibilidad de dedicarse a leer y releer, y hasta cruzar lecturas, pues hay lectores voraces que pasan su enfermedad leyendo varios libros a la vez, de donde resultan, a veces, tremendas sorpresas. Acaba de sucederme con los títulos Entre cubanos, del gran etnólogo don Fernando Ortiz, y la segunda edición de Polémicas culturales de los sesenta, de la Dra.Graziella Pogolotti.

No soy una estudiosa profunda de la obra de Ortiz, y lo reconozco como una insuficiencia muy grande en mi autoformación cultural, por ser él el más grande antropólogo cubano y yo, desde mi adolescencia, alguien tan fuertemente inclinada a los estudios antropológicos. Apenas había leído Los negros brujos, Los negros esclavos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y algunos artículos y conferencias.

Ortiz

Don Fernando Ortiz

Comparto ahora con mis lectores un breve repaso a la biografía de don Fernando Ortiz, quien nació en La Habana en 1881, pero a los dos años de edad fue llevado por su familia materna a la isla española de Menorca, y allí permaneció hasta su adolescencia. Comenzó la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, se licenció en la Universidad de Barcelona y obtuvo su Doctorado en Madrid. De regreso a La Habana trabajó como profesor en la Universidad capitalina durante nueve años, en las asignaturas de Derecho Constitucional y Economía Política. Durante una larga estancia en Italia fue discípulo de Cesare Lombroso, considerado el padre de la Criminología. Desde muy joven ejerció cargos diplomáticos en representación de Cuba en España, Italia y Francia. Fue miembro del Grupo Minorista, de tan grande importancia en la cultura republicana y líder en la resistencia antimachadista. Amigo de las figuras más representativas de la cultura hispanoamericana de su tiempo, fue etnólogo, antropólogo, jurista, arqueólogo, periodista, criminólogo, lingüista, musicólogo, folklorista, economista, historiador y geógrafo, lo que le valió el calificativo de polígrafo. Creó el concepto de transculturación, considerado como uno de los mayores aportes a la antropología cultural. Fundó, dirigió y colaboró en varias revistas científicas cubanas y extranjeras cuya enumeración haría demasiado extenso este artículo. Fue miembro y llegó a presidir la Sociedad Económica de Amigos del País; con don José María Chacón y Calvo de la Puerta, aristócrata y reconocido académico cubano, fundó la Sociedad del Folklore Cubano; estuvo entre los fundadores del Instituto Panamericano de Geografía; fue miembro y Presidente de la Academia de la Historia de Cuba; fundó y dirigió la Sociedad Hispanoamericana de Cultura, la Sociedad de Estudios Afrocubanos y el Instituto Cubano-Soviético. Su labor periodística se desarrolló en relevantes órganos de la prensa cubana como El Diario de La Marina, El Fígaro, El Cubano Libre, Bohemia, Heraldo de Cuba, La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas y otros, y en publicaciones internacionales. Recibió el título de Doctor Honoris Causa por las Universidades de Columbia, Cuzco y Santa Clara. Entre su vasta obra investigativa se encuentran los títulos  ya citados y otros como Las rebeliones de los afrocubanos, La reconquista de América, Entre cubanos, Hampa afrocubana, La santería y la brujería de los blancos, Los negros curros, Los cabildos afrocubanos, La crisis política cubana: sus causas y remedios, Catauro de cubanismos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Los factores humanos de la cubanidad, El engaño de las razas, Historia de una pelea cubana contra los demonios y varios tratados sobre la presencia de elementos afrocubanos en la música de Cuba. Fue el precursor de los estudios de la cultura afrocubana y uno de los pilares fundamentales de la cultura cubana no solo en la República, sino de toda nuestra historia. Murió en La Habana en 1969.

Polémicas culturales de los sesenta (editorial Letras Cubanas), con un ilustrativo aunque —en mi humilde opinión— muy intencionalmente incompleto prólogo de Graziella Pogolotti, es una selección de textos publicados en la década mencionada en la revista Cine Cubano, la sección “Aclaraciones” del periódico Hoy, La Gaceta de Cuba y otros órganos de prensa habaneros. Estas polémicas comenzaron a raíz de Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos, un documento hecho público por un grupo de artistas del ICAIC (varios de ellos habían realizado estudios de cine en Europa), quienes se habían reunido con intención de debatir y, en lo posible, unificar criterios en torno a algunos temas cruciales relacionados con la nueva ideología aportada por el advenimiento al poder de la Revolución triunfante de 1959. Ya habían tenido lugar el famoso discurso de Fidel conocido como Palabras a los intelectuales, la tan comentada censura del documental PM y el cierre de Lunes de Revolución. El grupo del ICAIC, liderado por Alfredo Guevara, Presidente de esa

Alfredo Guevara

Alfredo Guevara

Institución, contaba entre sus nombres a los más importantes cineastas del momento y que hoy son los clásicos indiscutidos del cine nacional y latinoamericano. El punto principal, manzana de discordia: el rechazo de los intelectuales cubanos a que el Consejo Nacional de Cultura, cuya Dirección estaba integrada por militantes del Partido Socialista Popular (PSP), donde se nucleaban los comunistas isleños, implantara por decreto la radicalización del arte y el realismo socialista como único estilo formal acreditado y posible para los creadores de la isla, como ya había sucedido en la Unión Soviética de Stalin. Intervinieron en estas esgrimas tremendas del intelecto y la pasión figuras destacadas de la cultura cubana, entre quienes combatieron, de un lado, Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Jorge Fraga, el crítico Ambrosio Fornet y otros entonces jóvenes artistas, y de otro Blas Roca Calderío, prominente figura de la lucha

Blas Roca

Blas Roca

antiimperialista y comunista en Cuba, con una larga carrera política dentro del movimiento obrero que lo llevó a ser durante la República Secretario General del PSP(1) , y luego del triunfo revolucionario Director del periódico Hoy, Presidente de la primera Asamblea Nacional del Poder Popular y Jefe del Departamento de Órganos Jurídicos del Comité Central. Desde la constitución del Primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba integró su Dirección. Otros influyentes miembros del PSP y también del CNC como Edith García Buchaca y la Dra. Mirta Aguirre, junto a profesores de la Escuela de Filosofía de la Universidad de La Habana y algunos personajes francamente oportunistas participaron a su lado en este enfrentamiento que, como pueden comprobar quienes lean el libro, fue cruento a la vez que, visto a la distancia de décadas, muestra hoy costuras de una gran ingenuidad (2), y donde ambas partes se atacaron con un ardor in crescendo que tuvo por consecuencia que la última réplica de Guevara a Blas Roca nunca fuera publicada, quedando cerrado este durísimo match conceptual por la última respuesta de Blas a Guevara. Creo que no debió ser así, pero así fue.

Edith García Buchaca (a su lado Joaquín Ordoqui)

Edith García Buchaca (a su lado Joaquín Ordoqui)

No es mi intención analizar aquellas polémicas ni los múltiples temas que en ellas fueron abordados por uno y otro bando, salvo este: ¿La cultura es una sola, como planteaban los cineastas, o existen tantas culturas como naciones y estas pueden ser excluyentes entre sí en atención a postulados ideológicos, políticos, históricos, religiosos, económicos, etc, como planteaban sus oponentes, los viejos comunistas de orientación estalinista provenientes de las filas del PSP?

Mirta Aguirre

Mirta Aguirre

De la respuesta que se diera por buena a esta cuestión nacía automáticamente una disyuntiva medular: ¿Debía el proletariado renunciar a la herencia cultural de la Humanidad, léase la herencia cultural de todas las anteriores formaciones sociales que habían existido desde el Paleolítico Inferior y antes de que la Revolución de Octubre llevara a los proletarios al poder, o esta herencia debía ser asumida y asimilada y la nueva cultura proletaria proclamarse sucontinuadora? ¿Debían imponerse como política cultural las deformaciones sufridas en la Unión Soviética por la filosofía marxista o había algo más allá igualmente digno de respeto, de atención, de confianza?

Y es aquí, justamente donde encuentro un nexo entre estas polémicas sesenteras y don Fernando Ortiz. Un doble nexo, para ser más precisa. Por una parte, Ortiz es la encarnación misma del intelectual republicano de familia burguesa formado en Europa, de pensamiento nacionalista, no marxista, que en líneas generales constituía la representación de lo que, según interpretaciones más que literales del marxismo, NO debía ser un intelectual consagrado a servir a la causa del proletariado. Durante todas estas polémicas se debatió sin cesar en torno a qué es la cultura y cuántas culturas hay, pero quienes afirmaban que no existe una sola cultura, sino muchas y que la herencia cultural de la Humanidad está viciada y debería ser rechazada por el proletariado por entrar en contradicción con sus intereses de clase, nunca presentaron un concepto, una categoría, una idea tomada de la antropología cultural, en la que Cuba tuvo en Ortiz uno de los más grandes precursores del mundo hispanoamericano. Crearon una imagen del hombre proletario sin contradicciones internas, el tan llevado y traído “héroe positivo”, y exigían obras de arte con finales felices y moralejas ideológicas que respaldaran los postulados teóricos del marxismo-leninismo. El pueblo, sostenían, no debía ser intoxicado con filmes como Accatone, del realizador comunista italiano Pier Paolo Passolini, El ángel exterminador de Buñuel, La dulce Vida de Antonioni, etc., todas críticas acerbas a la decandencia de la burguesía como clase, sino educado con filmes y libros soviéticos como Los hombres de Panfilov, La joven guardia, etc. Era como si todos los estudios, las investigaciones rigurosísimas, vidas enteras consagradas por Ortiz y otros brillantes intelectuales del patio a estudiar el carácter del cubano, la cultura cubana, nunca hubieran ocurrido.

Mi pregunta es: ¿Cómo fue posible el intento de implementar en Cuba una política cultural copiada de una Unión Soviética que en nada se nos asemejaba sin atender a todo el arsenal de conocimientos, herramientas y posibilidades que las disciplinas de la antropología cultural ya en esa fecha habían puesto a disposición del género humano, y de los cubanos también? Estaban intentando nada menos que una transculturación absoluta y sin fisuras de un modelo foráneo que esperaban ver cumplida a escasos cinco años del triunfo revolucionario, cuando en la Historia procesos como la transculturación y la aculturación demoran siglos si se conducen de acuerdo con su ritmo natural. ¿Cómo coexistió Ortiz hasta 1969 con ese dogmatismo a ultranza que operaba desde esferas del Poder? No lo sé, no tengo información sobre ello, pero ahí está la Fundación Fernando Ortiz, así que se las arregló de algún modo. Imagino que su enorme prestigio internacional, unido a su ejecutoria de luchador antimachadista fervoroso y patriota más que probado, y la inignorable importancia de su obra científica para la cultura cubana crearon un equilibrio con la mácula de que nunca se llegara a identificar con el marxismo. ¡Ortiz, quien en varios momentos de Entre cubanos defiende con firmeza la ascendencia cultural europea de la cultura cubana (ascendencia francesa, llega a decir textualmente); que era un antimilitarista declarado y con ácida mordacidad llegó a poner en solfa hasta los residuos oportunistas de un mambisado de machete y guapería; que celebraba como un gran y necesario acontecimiento cultural el hecho de que se ofreciera en La Habana una exposición de arte francés…! Hay que agradecer a la lucidez de la Dirección de la Revolución que el realismo socialista haya pasado junto a nosotros y seguido de largo en otra dirección, pero aún así, su paso fugaz dejó secuelas negativas para nuestra cultura que aún planean en los vericuetos de algunas mentes retorcidas y proyectan sobre nosotros su sombra amenazante. Aún hoy se discute si lo que debe primar para el artista es su ideología revolucionaria o su sensibilidad personal, y todavía se concede primacía a obras reflectoras pero sin una estética siquiera discretamente mediocre.

El otro nexo que percibo entre Ortiz y los protagonistas de las polémicas culturales de los sesenta es que Tomás Gutiérrez Alea, uno de los más ardientes defensores del derecho a la

Tomás Gutiérrez Alea, Titón, fundador del Nuevo Cine Latinoamericano

Tomás Gutiérrez Alea, Titón, fundador del Nuevo Cine Latinoamericano

libertad de juicio, creación y pensamiento y uno de los más activos participantes en este cruzamiento de espadas, creó una de sus películas más significativas, Una pelea cubana contra los demonios, sobre la obra homónima de Ortiz, lo que supone no solo una afinidad, sino una continuidad de ideas entre estos dos hombres a quienes tanto debe la identidad cultural de Cuba. Alea, como Ortiz, estaba profundamente convencido de que el pueblo, cualquier pueblo, crece intelectual y espiritualmente al libre contacto con la cultura. Hay textos de Entre cubanos donde Ortiz proclama con una pasión casi desaforada la absoluta necesidad de nutrir al pueblo con lo mejor de la cultura internacional. En las posiciones de los cineastas del ICAIC pueden advertirse ecos muy claros y muy precisos de esta convicción, de esta confianza en la capacidad del hombre de pueblo para crecer y superar  limitaciones.

Se me ocurre una última (aunque no única) observación. Pese a todas las profecías implícitas en las advertencias de las principales voces del Consejo Nacional de Cultura, fue un filme, Los sobrevivientes, realizado en 1978 por Gutiérrez Alea con mínimo presupuesto y la colaboración decisiva de una representante de la alta burguesía decadente cubana, Flor Loynaz(3) , hija del General del Ejército Libertador Enrique Loynaz de Castillo y hermana de la poetisa Dulce María Loynaz, el que anticipó, en el mejor lenguaje de los símbolos, el futuro de Cuba. Hoy, cubanos de todas las edades han tenido acceso a lo mejor del cine internacional, nuestras editoriales publican libros de todos los géneros y estilos artísticos, la cultura cubana se ha impuesto en el mundo entero y la Revolución tiene casi sesenta años de vida. Lo único que expiró fue la idea de que la libertad de pensamiento no es buena y el juicio crítico esclarecido no es patrimonio de masas. Idea y profecía quedaron enterradas en la mansión de Flor Loynaz. Esto me hace recordar unas palabras de Rubén Martínez Villena también proféticas, como suelen ser las palabras de un poeta:

Mañana, cuando triunfen los buenos (los buenos son los que ganan a la larga), cuando se aclare el horizonte lóbrego y se aviente el polvo de los ídolos falsos; cuando rueden al olvido piadoso los hombres que usaron máscara intelectual o patriótica y eran por dentro lodo y serrín, la figura de Fernando Ortiz, con toda la solidez de su talento y su carácter, quedará en pie sobre los viejos escombros y será escogida por la juventud reconstructora para servir como uno de los pilares sobre los que se asiente la Nueva República

NOTAS

(1) El PSP jugó un importantísimo papel en la difusión masiva de la cultura en Cuba a través de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, donde brindaron su concurso, junto a militantes comunistas reconocidos, destacadísimas figuras de la intelectualidad cubana que, aunque no militaban en el Partido, profesaban ideologías de izquierda. Pero especialistas y estudiosos de nuestra etapa republicana afirman que con respecto a algunas manifestaciones artísticas, la cultura foránea que interesaba divulgar a la Asociación era la cultura anterior al siglo XX en sus aspectos más clásicos, fundamentalmente, y ponían énfasis en ella en detrimento de las vanguardias artísticas, que consideraban devaneos pequeño burgueses en franca contradicción con la ideología e intereses de la clase proletaria.

(2) Por ejemplo, Blas nunca intentó ocultar el hecho de que no tenía información de primera mano en algunos temas sobre los que pontificaba. Por ejemplo, no había visto las películas que declaraba dañinas para el pueblo y el proletariado cubanos. En una rarísima postura de honestidad, transparencia, sinceridad (¿?), reconoció desde el principio que lo que sabía sobre esos filmes se lo habían comentado algunos trabajadores que los habían visto y en quienes él creía. No sé si yo habría sido capaz de actuar así.

(3) Los sobrevivientes fue rodado por Alea en la quinta Santa Bárbara, propiedad de Flor Loynaz, donde hoy tiene su sede la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

 

 

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Memorias de mis cangrejos moros

Este es el dulce culpable del montón de muelazos que se ha llevado tanto bañista distraído.

La primera vez que mis padres me llevaron a pasar unas vacaciones en la playa cubana de Arroyo Bermejo*, los cangrejos moros me persiguieron desde que íbamos por la carretera hasta el último día de nuestra estancia en la cabaña. Inundaban el asfalto y crujían cuando las ruedas del auto aplastaban sus caparazones. Ninguno se quitó, se inmolaron en masa como los Trescientos de Leónidas el Espartano. Dejamos atrás una pasta color berenjena que revolvía el estómago, y un reguero de muelas que daba grima.

Dentro de la cabaña nos acechaban por todas partes, como si nos consideraran okupas de un espacio que les pertenecía. Los encontrábamos en los closets escondidos entre los zapatos, dentro de las chancletas de mi papá, en los potes de cold cream de mi mamá, en los cacharros de la cocina y en las toallas que se nos quedaban en las tumbonas del portal. Y si tirábamos en el suelo las colchonetas para que pudieran dormir más amigos visitantes, de madrugada siempre había gritos de espanto, porque los cangrejos caminaban sobre los durmientes y los mordían.

Sin embargo, los cangrejos moros tenían su poesía: de noche, en la costa oscura, se veían unas lucecitas como pequeños fuegos fatuos que se movían al borde del agua. Me dijeron que eran los cazadores de cangrejos, que se alumbraban con sus fanales. Muchos años después volví a ver el mismo espectáculo semejante a una lluvia de estrellas fugaces que bajaran a beber entre las olas, mientras paseaba de noche por Playa Baracoa, esta vez llevando a mi hija en unas breves vacaciones que pasamos allí en familia.

Este ranchón de Arroyo Bermejo se conserva igual a como lo vieron mis ojos de niña, y recuerdo que por esto caminitos blancos se podían ver a cualquier hora del día cangrejos moros en fila, yendo disciplinadamente para quién sabe dónde…

E n esta costa de Playa Baracoa vi de niña a los pescadores de camgrejos llenar la noche de pequeñas llamitas luminosas

Una hermosa vista de Playa Baracoa, aunque las hay mucho más bellas

E n este mismo lugar mi hija, mi esposo Benigno y yo estuvimos contemplando a los cazadores de cangrejos una noche de 1994

Nada, que los cangrejos moros son para mí un símbolo que asocio a la salvaje belleza del mar y al encanto de las vacaciones, la familia y el amor.

El cangrejo moro, también llamado cangrejo de piedra Menippe mercenaria, es un crustáceo del Orden Decápoda que habita en fondos duros, con solapas, rodeado de seibadal ó substratos de sedimentos de fango arenoso. Al cangrejo moro se le asocia en Cuba con Caibarién e Isabela de Sagua, allí se pescaba mucho antes de la Revolución y de esos pueblos venían a las cocinas de los restaurantes habaneros, donde eran servidos como platos de lujo.

Según escribe Palmiro Cantaclaro Oliva, “en Caibarién existían unos 25 empresarios de pesca principales, que controlaban alrededor de 500 barcos de distintos tipos y unos 1000 pescadores. La mayor parte de estas embarcaciones tenían menos de 21 pies de eslora, eran propulsadas a vela y carecían de lo más elemental para asegurar la vida en el mar y brindar condiciones adecuadas de trabajo y descanso a los pescadores, por lo que tenían muy baja productividad y realizaban salidas diarias al mar. Otros podían permanecer en sus faenas durante meses, viviendo precariamente en la cayería, o regresar a puerto con sus capturas al cabo de unos pocos días. Solo 8 embarcaciones de mayor porte se dedicaban a la pesca con chinchorro y 3 realizaban la pesca en el alto, llegando a cruzar el Canal Viejo de Bahamas para pescar en aguas internacionales”

Los cangrejos moros suelen ser grandes, pero hay ejemplares gigantes, como el encontrado en aguas cubanas por una turista alemana,. Sebastián, como fue bautizado, pesa casi siete kilos y mide 38 centímetros de ancho. ¿Cuántos sabrosos platos podrían prepararse con uno de estos ejemplares?

Sebastián es raro, pero no único. Diviértete, busca tu gigantón,llévate un Sebastián pa tu caldero.

Aquí dejo algunas recetas que harán las delicias de quienes gusten de este bicho. Yo no, a mí no me gusta.

Variante 1
INGREDIENTES: Cangrejo moro, jaibas, salsa criolla, picante, sal.
PROCEDIMIENTO:
Se sacan las masas, se hierve, se monta una salsa criolla con picante y se le adiciona a gusto.
Variante 2
Enchilado de cangrejos. (Chupa chupa)

INGREDIENTES: cangrejo, ajo, ají, cebollas, salsa de tomate.
PROCEDIMIENTO: El cangrejo se lava y se toman las masas del pecho y se cocinan en un sofrito con ajo, ají cebolla y abundante salsa de tomate

Cangrejos Rellenos

“Se toman 4 cangrejos moros y se cocinan en agua hirviente a la cual se le ha añadido 1 cucharadita de vinagre y 1/2 cucharadita de sal. Tenga cuidado de no romper los caparachones.

“Relleno:

“Sauté en un sartén 2 cucharadas (tablespoons) de mantequilla, un diente de ajo y perejil (parsley) picado. Añada la carne del cangrejo bien desmenuzada, 1 taza de migas de pan, 1/2 cucharadita de sal, 2 cucharadas de agua. Cuézalo todo diez minutos revolviéndolo todo constantemente. Sáquelo del fuego y rellene los caparachones con esta mezcla, espolvoréelo con galleta molida y trocitos de mantequilla, y póngalos al horno hasta que se doren. Para 4 raciones.”

No sé a qué receta corresponde este plato, pero ¿verdad que da muy bien la idea de lo rico que es el cangrejo moro cuando somos nosotros quienes le mordemos a él?

Idem...

Pero no se piense que el cangrejo moro solo entusiasma al estómago. También la poesía se ha visto más o menos invadida por ellos, miren si no algunos ejemplos. El poeta asturiano Alfonso Camín tiene unos versos muy cubanos que dicen:

Mulata, tú sabes bien
que yo te amé como un toro
olías a cangrejo moro
de Sagua y de Caibarién.

Y también he oído una guaracha con el siguiente estribillo:

El cangrejo moro no tiene ná
hueso, hueso namá.

Contrariamente a la creencia popular de que al cangrejo hay que matarlo para quitarle las muelas, lo cierto es que existen técnicas para el desmuele que dejan vivo al animal y en condiciones de regresar al mar. Las muelas vuelven a crecer.

*Una aclaración necesaria: Los recuerdos de los niños pueden ser muy exactos en los detalles y vagos en la generalidades. Arroyo Bermejo se encuentra al este de la provincia de La Habana, y parece que muy cerca de Jibacoa, que también visité bastante en mi adolescencia. Me parece que Arroyo Bermejo aún hoy conserva un ambiente más natural, mientras que Jibacoa está como más trabajada para el turismo. Viendo fotos de Arroyo Bermejo me ha parecido identificar rincones que se conservan como mismo los vi cuando era una niña, y esto me parece maravilloso. Una vez más ofrezco excusas por usar fotos de otras personas, pero a veces hablo de tiempos en los que no existían los celulares ni las cámaras digitales, sino cámaras rusas en blanco y negro, y tampoco tuve de esas.

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Ecos de Ciudad Gótica en La Habana

Recientemente, mientras buscaba en Internet fotografías para graficar un trabajo sobre la nominación de La Habana como Ciudad Maravilla, encontré muchas imágenes que llamaron poderosamente mi atención, pero ninguna tanto como esta, oscura, sombría pudiera decirse, y totalmente incoherente:

061-783433Una pasadita por Photoshop me la aclaró bastante, pero no lo suficiente como para distinguir con propiedad los últimos planos de la imagen:

estudioSe trata, como puede verse aún con dificultad, de un interior en el que se puede suponer, al fondo, la presencia de una ventana de doble hoja y persianas de postigos, tal vez protegidos por cristales opacos. La resolución no es óptima, pero la forma rectangular de la estructura y un tenue resplandor que penetra a través de ella permite creer que se trata de luz exterior. Hasta donde alcanzo a ver no se aprecia una puerta. El local mismo es una habitación dividida por arcadas cuadradas, con arquitrabes y vigas gruesas. Un tubo fluorescente colocado en el techo ilumina escasamente el lugar y deja ver los cables que cuelgan de las vigas sin más destino que flotar en el vacío a distintas alturas. Hacia la izquierda cuelga también del techo una bandera cubana. No entiendo qué hace ahí, pero está y es una de las incógnitas que me ofrece este lugar tan extraño.

Al pie de lo que yo he supuesto una ventana se ven una escuálida escalera de mano y otras estructuras sobre el suelo que no puedo distinguir, no sé que son, pero hay un viejo ventilador fijo de careta cuadrada, matusalénico. Siguiendo por la pared de la derecha (la del observador de la foto, que se supone está ubicado frente a la pantalla), hay como especie de varios carteles apilados de canto sobre el suelo de cemento gris, junto a una estructura que pudiera ser alguna especie de librero o algún tipo de soporte para objetos. Sigue una endeble mesita muy deteriorada con una escoba delante que parece sacada del féretro de una bruja antigua, pero debe entenderse que sería no demasiado antigua, porque es plástica. Rectifico: se trata de una escoba muy gastada por el uso. Sobre esta mesita sucia hay una botella volcada, parece de cristal pero está tan cubierta de polvo como todo aquí dentro. Sigue una estructura en la pared, de madera, en forma de L, sobre la que parece haber cosas pintadas, y enseguida un grupo de viejas máquinas de escribir de diferentes modelos que han sido colgadas de la pared del techo al suelo con cierto orden. Alguna son modelos soviéticos. Inmediatamente después se ve una especie de nicho en la pared en el que alguien empotró repisas de madera. Hay tres: la primera de arriba soporta varias tallas en madera que no parecen terminadas; en la repisa que le sigue se ven unas figuras que parecen casitas de barro de cerámica coloreada, aunque podrían ser cualesquiera de los objetos de fantasía que aparecen en Ciudad Animada en el filme Quién engañó a Roger Rabbit. Y en la tercera y última repisa, casi pegada al suelo, duermen el sueño de Blanca Nieves seis teléfonos viejísimos blancos, rojos y negros, colocados de modo que los colores se alternen y nunca se vean juntos dos iguales. Frente a estos estantes improvisados, y ya en franco primer plano, aparece una talla en madera abstracta que solo se aprecia hasta su mitad, ya que la foto está cortada.

En la pared de la izquierda y delante de la bandera cubana, lo primero que atrae la mirada es un retrato sin marco en la pared, una cabeza monócroma en grises sobre fondo oscuro, negro, no podría asegurarlo. ¿Un óleo? Pudiera ser, o un trabajo con alguna otra técnica. Una vez más la baja resolución de la fotografía impide apreciar los detalles, pero se ve que es una cabeza calva. Bajo el cuadro hay un librero tosco, de tubos metálicos, con rollos de cartulina y libros o carátulas de discos, muchos, apretujados. Frente a este mueble hay una especie de pupitre de hierro con espaldar de cabillas artísticamente curvadas, pintadas de blanco como en los muebles de jardín, pero la paleta es de madera, parece bagazo. Luego, en primer plano, uno de esos conjuntos de mesa y sillas de plástico unidos entre sí mediante tubos de metal. La mesa es una plancha de mármol sobre una estructura de hierro, y las sillas tienen asientos plásticos blancos, pero espaldares también de tubos de hierro pintados de negro. Esos jueguitos son muebles de jardín o merendero, o de café o pizzería al aire libre, estuvieron de moda en La Habana hace décadas. Y no hay uno, sino dos o más, quizá tres, pero la imagen cortada no me deja descubrir su número. El que se ve más completo tiene sobre el mármol un pepino verde de refresco vacío, puede que de limón, una lata de refresco o cerveza y alguna clase de recipiente de cerámica vidriada para beber.

Es todo lo que alcanzo a visualizar.

Siento que en ese sitio huele a moho y a humedad y reina un calor sofocante, como suele ocurrir con viejos inmuebles de La Habana Vieja en parte ruinosos. No hay en la imagen nada que sirva como indicio para presuponer en qué parte de la ciudad se encuentra esa estancia. ¿Qué es, en realidad: el estudio de un escultor o un pintor o alguien con los dos oficios? ¿O se trata de una especie de almacén de trastos, de cuarto de desahogo? ¿Fue un local del Estado donde trabajaban artesanos…? ¿Qué habrá en el espacio que la cortadura de la imagen no nos deja ver, pero que existe, sin duda, en el mundo real? ¿Vive acaso alguien en este lugar? Todo son preguntas inquietantes. ¿Quién ha amontonado allí esa cantidad de objetos sin ninguna relación entre sí? ¿Vive todavía quien llevó todas esas piezas a esa especie de escondite? Si es un estudio, ¿qué artista es el dueño y por qué todo parece sugerir que desde hace mucho tiempo nadie entra allí? Me recuerda esas escenografías que la gente se vio en la necesidad de abandonar de repente un día, y después nadie volvió. ¿De quién era este lugar? ¿Dónde está el dueño, por qué no regresa, qué actividad de hacía aquí?

Solo he escrito estas reflexiones para mostrar cómo algo tan simple como una fotografía es capaz de despertar la imaginación y de agitar la sensibilidad y la curiosidad de otros individuos que nada saben del asunto. Es así como opera la magia del arte: abriendo el espíritu y estimulando la fantasía hasta un punto en que se despierta el proceso creativo o el estado inspirado receptivo. Uno se acerca por casualidad a una fotografía donde el lente capturó más que un momento de la vida, y queda atrapado por la magia de lo incomprensible, de lo abierto a toda posibilidad, al potencial infinito de la fabulación creadora.

Estos lugares fantasmales que no siempre están a la vista, conservan un aura de misterio que aporta a la ciudad un encanto que difícilmente se podría explicar. El lugar es viejo, quién sabe desde cuándo se encuentra deshabitado, pero tiene un alma que ha permanecido en lucha contra el tiempo, y nos habla en un lenguaje secreto del que la mayoría de nosotros no somos conscientes. ¿Estamos en presencia de un espacio perteneciente a la Ciudad Gótica del subdesarrollo…? No pases de largo, solo mira a tu alrededor y se te revelarán mundos.

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UNA MUY INTERESANTE ENTREVISTA A EUSEBIO LEAL SPENGLER, HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA*

*Soy una admiradora fidelísima de la obra de salvamento y rescate del patrimonio arquitectónico que el Dr. Eusebio Leal ha llevado a cabo durante décadas en la Ciudad Vieja y otras zonas de La Habana. También respeto infinitamente su trabajo como promotor cultural y la importante labor humanitaria que ha involucrado desde el principio a sus esfuerzos, y de la cual se benefician desde hace años muchos habaneros.  Solo tengo una queja en su contra: nunca me ha dejado terminar las entrevistas que me ha concedido, sino que cuando le ha parecido ha dicho: “¡YA!”, y ha salido de la habitación dejándome solo la imagen de su espalda en fuga y unas cuantas preguntas sin ocasión de ser formuladas. Mario Cremata Ferrán ha tenido más suerte, o tal vez abusó menos de la paciencia de Eusebio, quién sabe. El caso es que ha obtenido una entrevista muy buena, y como mismo Opus Habana la tomó de Juventud Rebelde, yo la he tomado de Opus habana sin cargos de conciencia. Eusebio no será perfecto, pero ha llevado a cabo una labor de titanes y merece, por ello, todos los reconocimientos y homenajes.

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           La voluntad de prevalecer

He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, revela Eusebio Leal, para quien La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán

Por: Mario Cremata Ferrán

Pocos como él han batallado desde el corazón por conquistar el alma de los nuestros. Pocos con similar perseverancia han advertido que la cotidianidad del cubano está signada por su realidad insular. Nadie lo supera cuando se trata de convertir en credo la «habaneridad». Nadie, al menos con la devoción y el poder de convencimiento de los que él puede presumir, ha hecho notar lo urgidos que estamos de dejar espacio a la poesía.

Como su predecesor, no cambia ningún título por el de Historiador de la Ciudad. Obsesivo con su trabajo, confía más en el hacer que en el decir. Apelar a los valores de nuestra tradición ética ha sido, para él, voto a perpetuidad. Sabe que la raíz, el punto de partida de los sentimientos cubanos, es de carácter cultural, de ahí que esa sea la clave del éxito de su proyecto social.

Es un hombre de desafíos que ansía trascender en el tiempo, y que se ha empeñado en ser singular sin renunciar a ser leal. Cuando pasen los años, los habaneros y, más que eso, los cubanos, podrán susurrarle con orgullo a sus hijos lo que él mismo a los suyos cuando les hablaba de Martí: este hombre trató de dar solución a grandes enigmas y complejidades de su época, del futuro; de todos los tiempos…

Fina García Marruz le ha confesado en una carta, lapidaria: «…En su sacrificio humilde, en la entrega tenaz de sus horas, en la vehemencia prometeica con que ama a La Habana, Eusebio Leal, como en tantas otras cosas, es donde está su huella. Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras».

—Invocar aquel adagio de que la Historia es la crónica de los acontecimientos tal como fueron, mientras la Poesía nos devuelve el cómo debieron ser, supone reivindicar el imperio de la subjetividad. ¿Qué es para usted la Historia?

—Hay que desterrar los espejismos. Trasciende de la historia lo esencial. Los documentos son fuente del conocimiento, pero también una aproximación a la realidad. De un mismo acontecimiento existen numerosas versiones, y queda al historiador y al lector, beber en las fuentes de la memoria popular. La Historia es siempre una construcción que armamos con los testimonios o los documentos que tenemos a mano, muchas veces sin privilegiar una visión abarcadora, potenciando la cuestión episódica en vez del alcance global.

«Cintio Vitier me refería que Martí, enfrascado en la formulación de su proyecto nacional, se había esforzado por unir los cabos sueltos, para lo cual requirió, también, papeles. Pero el yacimiento documental no lo revela todo. No puedo permitirme optar por lo que otros desbrozaron y quedarme ahí. Las limitaciones existen. Todo es acumulación, nunca capítulo cerrado.

«Es preciso equilibrar lo escrito con lo no escrito. Sin restar mérito a aquello que es propio de las emociones, de la condición humana de los protagonistas o testigos, hay que entender la Historia como sistema donde hay claves que todavía aguardan, a la espera de ser exhumadas. Y algunas han de ser clarificadoras».

—Con apenas un sexto grado de escolaridad y los arrestos propios de los 25 años, usted se hizo cargo de la restauración del Palacio de los Capitanes Generales, al tiempo que rescató la Oficina del Historiador de la Ciudad. Con hálito retrospectivo, ¿qué considera fue lo más difícil?

—Figúrate…, creo que lo más arduo fue la lucha por hacer prender una conciencia. Recuerdo cuando todo comenzó, los años en que éramos tenidos por dementes. «Está loco, pero es trabajador», decían, como consuelo piadoso, mientras yo comprendía que ese apelativo, ¡loco!, encarnaba un atributo para bautizar lo que poco a poco pudimos ir acumulando. Y desde esa época acepté como parte mía tan noble dictado.
«Porque no pierdas de vista que el sentimiento de aproximación a estos valores que hoy emergen con claridad es contemporáneo a nosotros. Por mucho que algunos precursores batallaron para crear una conciencia acerca de lo que poseíamos, se afirmaba que era pasión romántica atribuirles amplios méritos a nuestras pequeñas ciudades del ámbito caribeño. La eterna comparación con los grandes enclaves de la cultura universal, frente a los cuales lo nuestro era pírrica fantasía.

«Ese fue el punto de partida, hasta que logramos abrir las primeras salas del Museo de la Ciudad. De entonces a acá, la historia es infinita».

—¿Dónde reside ese sortilegio tan propio de La Habana?

—Con frecuencia se elogia el diseño de una ciudad suavemente reclinada junto al mar. O se pondera su dimensión patrimonial. Ciertamente La Habana goza de una singular monumentalidad y de marcados contrastes; es un mosaico que nos permite acercarnos a una interpretación del mundo.

«Desde el punto de vista arquitectónico aquí están sintetizados los estilos imperantes en la que fuera metrópoli: el renacimiento y hasta el “remordimiento” español, la pincelada morisca, el gótico… Las pinturas murales, que todavía emergen debajo de las sucesivas capas con que fueron cubiertas algunas paredes añosas, son un resplandor de Pompeya y Herculano en La Habana.

«Como gustaba decir a Carpentier, cuando evocaba el fabuloso barroquismo, la sustancia ecléctica: “es un estilo sin estilo”. Quiere decir que esta es tierra de convergencia, de apertura, de multiculturalidad.

«Esa riqueza me llevó a comprender que no podíamos limitarnos a un período histórico determinado; que no solo lo pretérito, sino también lo moderno ha dejado una marca, una huella indeleble. Y por supuesto, está la gente, que da sentido a la urbe y permite refrendar la naturaleza inacabada de cualquier empeño cultural».

—A propósito, hay quien cuestiona determinadas decisiones, sobre todo las que tributan a la pincelada moderna, porque supuestamente atentan contra la armonía del paisaje urbano. ¿Qué les respondería?

—Que no me espantan tales cuestionamientos. Siempre me mostré opuesto a la momificación de la ciudad. No sería sensato presentar una vitrina del pasado. Imagina qué hubiese sido de nosotros de habernos conformado con ser una especie de sucursal de escuela de embalsamadores egipcia.

«Defendí y defiendo, en los casos que considero válidos, emprender intervenciones con soplo moderno dentro del núcleo viejo. Pero es muy peligroso si se asume como aventura, ya que puede modificarse de manera irresponsable un trazado urbanístico que permaneció inalterado. Hay procedimientos que son irreversibles, y ante los cuales, aún a riesgo de contradecir lo que de antemano previmos, no es posible transigir. Incomprensiones existirán, mientras no se agote la capacidad de soñar».

—Incluso para quienes no lo conocen personalmente, usted proyecta la imagen de un batallador incansable, de alguien que jamás se da por vencido…

—No creas que en toda hora me complace esa apreciación, pero es cierto que no me rindo ante lo que parece imposible. Mis vestiduras han sido diana de incontables agresiones, de las cuales me defendí como pude. Sin embargo, poniendo a un lado esas grisuras, en tiempos de desvergonzado belicismo prefiero enaltecer la resistencia pacífica.

«Cuando nos acercábamos a la recta final en la reconstrucción del inmueble que sería la Casa Víctor Hugo, inicié los trámites para traer una piedra de la Catedral de Notre Dame. Hubo quien se apresuró y catalogó la idea de inadmisible. Yo, en vez de aflojar, repliqué: “Y si me pueden certificar que la tocaron Esmeralda y Quasimodo, mejor”.

«Hasta una autorización se pidió al Cardenal Arzobispo de París, pero ahí está la piedra, como un tributo a los lazos culturales entre Francia y Cuba; como un símbolo de la francofonía y también de la persistencia».
—Y en cuanto a lo cubano, ¿por qué ese afán de rescatar todo aquello que remita a los albores, a la idea de nación?

—He sido partidario de restituir los símbolos, porque creo firmemente en ellos; en su valor exclusivo y en cuánto puedan allanar el camino para una menos imperfecta comprensión de la verdad: esa que reside en la conciencia de cada individuo. Y todavía soy capaz de poner mi mano sobre tales vibraciones…

—Transcurrido medio siglo, ¿cómo evalúa la gestión de la Oficina del Historiador?

—La Oficina del Historiador de la Ciudad no es más que un seudónimo de la nación y expresión de una voluntad política. Nos enorgullecemos de su nombre y declaramos que no ha sido autónomo capricho: fue preciso conjugar la capacidad con la voluntad del Estado.
«Gracias a mi tiempo, pude realizar eso que algunos llaman mi obra, apenas un destello de la obra mayor, que es la Revolución. Por encima de todo, tengo la satisfacción de haber podido ser leal a los postulados del doctor Emilio Roig de Leuchsenring, mi predecesor de feliz memoria.

«Hay que ver el asunto de la restauración no solo desde los valores que ella implica, que son intrínsecos. Hablamos de ciudad habitada. Atendamos a lo que ha generado, a los reconocimientos que a nivel mundial han encomiado nuestro modelo de sustentabilidad. Ejercitemos la memoria. Más que constructivo, el nuestro ha sido un empeño cultural. La agonía mayor es lo que resta por hacer».

—Al pensar en todos esos méritos que acumula, se me ocurre tomarlos como emblemas de su voluntad de prevalecer. ¿Cómo los recibe?

—Con ardiente y momentáneo alborozo. Muchos años atrás, cuando en el camposanto camagüeyano descubrí la losa sepulcral de la ilustre familia Cisneros Betancourt, lo comprendí de modo inmejorable: «Mortal, ningún título os asombre. Polvo, y solo polvo cualquier hombre». Desde ese día entendí que las veleidades son cosa efímera, por cómodo que sea sucumbir al elogio. Al final, los honores son, si acaso, pergaminos que quemará la viuda.

—Usted rememoraba la proyección institucional durante los últimos 50 años. ¿Cuál es el saldo en el orden personal?

—He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, la que ha consumido mis mayores energías.
«Hay que entender el ocaso como un proceso biológico, de declinación natural. Pero como Manrique, exclamo: ¡de qué callada manera el tiempo se fue! Sin embargo, la obra de la Oficina del Historiador ha de trascenderme a mí, a ti y a todos. Tiene que perdurar más allá de nosotros».

—La ceiba que recientemente se alza en El Templete, ¿acaso marca una nueva etapa?

—Yo creo que sí, que podríamos tomarla como una metáfora tentadora. Hago votos por su salud y a su sombra confío mi propia suerte, cuando faltan pocos años para celebrar el medio milenio de la fundación de la villa.

«El árbol que se retiró había sido plantado en los primeros meses de 1960, cuando el anterior fenecía con el viejo régimen. Ahora el país se actualiza, asume nuevos derroteros. Por eso es indispensable seguir dando la vuelta a la ceiba, con el anhelo de que en esa espiral el tiempo nos abrace. Pero cuidado con las falsas apariencias: lo que consigamos en lo adelante, por más que tenga su raíz en la fe, no podrá caer como regalo divino, sino como resultado del tesón humano».

—El Centro Histórico se abre a la pluralidad de culturas, visiones e incluso religiones. ¿Cómo ampara semejante concordia sin menoscabo de su propia fe?

—Soy cristiano, pero la madurez que sólo conceden los años me proveyó de una visión ecuménica, no solo en lo tocante a la fe, sino a que no es posible renunciar a una concepción humanista. Hoy por hoy uno de mis grandes orgullos es saber al Centro Histórico poliedro de confesiones religiosas donde conviven el Cardenal, las iglesias ortodoxas rusa y griega, un templo protestante evangélico, una sinagoga, las hermandades masónicas, fraternidades de origen africano…

—Historiador, ¿con qué ojos deberían mirar esta ciudad quienes la habitan, independientemente de que sean o no habaneros?

—Con los del amor. ¡Cómo no admirar, con ojos deslumbrados, aquello que por derecho nos pertenece, que es sagrado y ha de permanecer intocable!

—¿Cómo piensa y cómo ve La Habana del futuro alguien que apuesta por el diálogo permanente entre pasado y presente?

—Tendrá que ser mejor que esta. Es legítimo que así sea. El deterioro es evidente; lo ha sido y lo es. Pero me aferro a la utopía, que es la máxima aspiración de aquel que no deja de soñar, porque significaría dejar de existir. Como sabes, la utopía no es, en mi caso, una tendencia a lo fantástico, lo vacío… Aprecio los fundamentos. Cuando te digo utopía me estoy refiriendo a la concreción de un ideal, a la realización de un proyecto.

«Hay que seguir cultivando el don de la imaginación. La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán».

—¿Y cómo quisiera ser recordado mañana por sus conciudadanos, principalmente aquellos que no vivirán «su» tiempo?

—Como un hombre que tuvo una iluminación personal que le indicó no cruzarse de brazos cuando otros fueron proclives al olvido. Un hombre que defendió con denuedo la unidad de la nación, como una perla de nuestra cultura. Alguien que ni siquiera en tiempos apocalípticos renegó del componente utópico, de ese sentido tan propio del espíritu romántico, absolutamente consciente de que, como suelo decir, la mano ejecuta lo que el corazón manda.

«Un hombre que no fue ajeno a las tribulaciones más tremendas, pero que supo remontar sus debilidades y hasta extravíos. En definitiva, un cubano que fue fiel a su sueño, ese que en gran medida pudo realizar, a expensas de laceraciones y vilezas, y sacrificando su vida privada. A fuerza de voluntad, porque fundar es fácil; lo difícil es perseverar».

—A estas alturas, ¿teme al juicio futuro sobre su obra y su persona?

—«¡Tanto esfuerzo —se dolía Martí—, para dejar a lo sumo, como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o para que lo que fueron montes de dolor parezcan granilla de arena, en los libros de un historiador!»… Pero consecuente con otra aspiración del Apóstol digo que no será mi nombre, miserable pavesa, lo que pretenda salvar, sino mi patria.

«Así que con la frente alta asumo el veredicto favorable y desfavorable, tanto de mis contemporáneos como de los que por lógica natural no vivirán mi tiempo. Aunque presumo que los cubanos del futuro habrán de juzgarnos sobre todo por lo que no hicimos».
—Con obstinada recurrencia, ante sus colaboradores —nuevos y viejos—, usted apela a la continuidad del proyecto. Pero a falta de cabeza visible muchos se preguntan: ¿y quién sustituirá a Eusebio Leal Spengler?

—Eso no lo sé, ni creo que alguien lo sepa. No me creo un elegido ni pienso que todo pueda reducirse a un liderazgo, ni a un modo de pensar y obrar. Gravita, desde luego, un principio de autoridad, pero ese hay que ganárselo en el bregar cotidiano. Más importantes son las convicciones.

«Lo sensato es continuar ese apostolado; no dejar que languidezca, no permitir que se eclipse. Por ello abrigo el anhelo de que, sin abrazar dogmas, otros sabrán proseguir la obra, inaugurarán nuevas sendas, imprimirán su carácter y levantarán su propio legado.

«Yo apenas me considero el mascarón de proa, por lo que más que individualizar el fenómeno, de identificar un sustituto, prefiero verlo en términos de continuadores, así, en plural. Los niños constituyen el germen de esa continuidad, si bien depende de los adultos que esta se anuncie promisoria. Tengo la certeza de que esos andan por ahí, deambulando por las calles, a la vuelta de la esquina».

(Entrevista tomada del periódico Juventud Rebelde, domingo 29 de mayo de 2016)

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¿LA HABANA CIUDAD-MARAVILLA? CON ORGULLO DE SER HABANERA Y…MARAVILLOSA*

¿QUE NO ES UNA CIUDAD-MARAVILLA?

¡¡¡PUES CLARO QUE LO ES…

…A PESAR…

… DE TODO!!!

La Habana es una ciudad sin deudas: no debe a nada ni a nadie su intensa magia, como no sea a Dios, al Caribe y, por supuesto, a los habaneros que pobres, dolientes y tristes, o ricos, satisfechos y alegres, todos mezclados, han sido y serán siempre el alma y la poesía de su ciudad.

Cuando La Habana fue seleccionada Ciudad Maravilla la noticia me desconcertó profundamente, porque ¿cómo puede ser una maravillosa una urbe con tantas zonas en un estado tal de ruina que parece haber sido bombardeada con ensañamiento y alevosía, donde los basureros colectivos florecen con más fertilidad que los frutos de la tierra, donde existen niveles de miseria que abruman el espíritu, donde el tiempo parece haberse detenido, pero no en un año cualquiera del pasado, sino en una especie de limbo maloliente en el que la violenta grosería de muchos de sus pobladores es una de las formas de agresión no bélica que más desmoraliza al ciudadano decente…? Pero leo que La Habana obtuvo esa nominación por millones de votos en el mundo entero. Entonces pienso que debo tratar de analizar el tema no con la sensibilidad desolada de un habanero de a pie que sufre cada día su ciudad, sino con los ojos de la especialista que soy en La Habana Colonial y Republicana.

La Habana es una de las ciudades más antiguas del Nuevo Mundo, aunque no la más antigua, como se suele repetir. Las urbes con tanto pasado tienen también mucha historia, y el tiempo les ha dado la oportunidad de reinventarse varias veces. Como resultado de estas reinvenciones, siempre dictadas, en el caso de La Habana, por el desplazamiento de un sector social pudiente que busca alejarse de la infiltración de los márgenes hacia el centro —y anhela, además, la elegante soledad de los paisajes bellos y exclusivos, sinónimo de vacíos—, tenemos lo que pudiéramos describir como varias ciudades dentro del área geográfica que, por convención, se llama La Habana. Cada una de estas Habanas lleva el sello de la moda arquitectónica del momento en que fue proyectada y edificada. Así, La Habana Vieja y Centro Habana muestran en sus imponentes palacios y mansiones coloniales la impronta de los estilos del sur de España, donde la escasa lluvia hace innecesario el crecimiento de los aleros en las ventanas, el sol a plomo exige los soportales y los patios interiores con árboles y fuentes salvan al hombre de los calores tórridos.

El Cerro, con sus boscosas quintas que abrigaron en su profunda intimidad a los linajes más prominentes de su tiempo, muestra un eclecticismo que va desde amalgamas arcaicas con enormes soportales acintados de columnas y habitaciones resguardadas por mamparas preciosas, hasta viviendas en las que aún puede reconocerse la impronta de la arquitectura descomplicada norteamericana, concebidas para profesionales que no permanecerían mucho tiempo en el país y para quienes era vital conseguir brisa y sombra donde sentarse a beber limonada o wisqui, según se tratara de señoras o caballeros. Y en medio de estos edificios suntuosos (o modernos para la época) proliferaban las casuchas humildes, los garitos y lupanares que terminaron por desbordar el espacio permisible y obligaron a emprender nueva fuga a los afortunados socales, esta vez hacia El Vedado.

El Vedado fue diseñado según los principios arquitectónicos de la Ciudad Jardín, un concepto proveniente de Barcelona, afirman algunos especialistas que solo miran la abundancia de verdor, y por un diseño proveniente de los Estados Unidos, aseguran otros especialistas que prestan más atención a procedimientos normativos como aceras anchas, parterres y muros altos, concebidos para alejar las fachadas de las calles y resguardar la intimidad de la vida familiar. Fue en sus orígenes una zona boscosísima cuyo acceso las autoridades coloniales debieron restringir, para impedir que los piratas recibieran ayuda de los pícaros habaneros en sus frecuentes incursiones costeras y pudieran llegar al corazón de la urbe para contrabandear y… otras desvergüenzas. A finales del siglo XIX hacía las veces de paseo extracitadino veraniego para los habaneros, quienes iban en coche y a caballo las tardes de domingo y bajaban hasta los pueblos costeros de pescadores a comer ostras y mojarse los pies en las limpias aguas del Caribe. Al término de la última Guerra de Independencia, El Vedado albergó a soldados y oficiales provenientes del licenciado Ejército Mambí, quienes construyeron, los unos, ranchos con techos de tejas que aún pueden verse hoy, y los otros, moradas grandes capaces de albergar a la tradicional familia cubana compuesta por varias generaciones, y cuyos muros cubiertos de verdín impiden, aún en nuestros días, atisbar lo que sucede más allá de sus piedras viejas. Pero pronto fue descubierto como lugar delicioso por una alta burguesía que estrenaba el automóvil, surgió el refinado hotel Trotcha y la zona no tardó en cubrirse de suntuosos palacios y palacetes, como los de los marqueses de Revilla de Camargo y los Baró Lasa. Aquella fue la época de oro del nacimiento de la República hasta los felices años veinte. Políticos de alto rango edificaron en El Vedado sus villas de estilos arcaicos europeos, como el Ministro y prominente académico Dr. Orestes Ferrara, alto oficial del mambisado, y su Dolce Dimora, un palacio florentino con todas las de la ley erigido en las cercanías de la Universidad. Por esa fecha florece en El Vedado y sus alrededores el Art Deco, no al extremo de la mexicana Avenida de Mazatlán en el Distrito Federal, considerada el mayor emporio de ese estilo en el Nuevo Mundo, pero tenemos un Art Deco interesante y eso es indiscutible. Sin embargo, cuando la cultura norteamericana impuso los rascacielos y los edificios de apartamentos dúplex y propiedades horizontales con alquileres elevados, destinados a profesionales y propietarios, como el Focsa, por solo citar un ejemplo, una vez más la alta burguesía emprendió la fuga, esta vez hacia Miramar.

Para muchos Miramar comienza en la famosa Casa Verde, cuya historia ha dado lugar a tantas leyendas que valdría la pena escribir algún día una novela sobre ella. La Quinta Avenida con su reloj espectacular es el emblema por excelencia de esta nueva urbanización, en la que los estilos arquitectónicos más modernos de su tiempo se conjugaron con todo el esplendor que la muy grande riqueza de Cuba permitía entonces. Chalets de lujo con piscinas y bares interiores y salones de juego; fachadas decoradas con esculturas abstractas, jardines de ensueño y cristalerías que permiten ver por sobre los tejados bajos los atardeceres cayendo sobre el mar, los carposh con autos de marcas lujosas, los clubes selectos con fondeaderos para los yates de los miembros más ilustres y poderosos… Miramar es La Habana de los potentados, de los dueños de Cuba, de los que cuentan, los socios comerciales del “amigo americano”. Una joya que se conserva casi indemne y contiene en su seno la Escuela Nacional de Arte, ese tesoro arquitectónico erigido después de 1959 y que es uno de los mayores de Cuba. Pero la alta sociedad, que pareciera perseguida por el mimetismo de la clase que le sigue inmediatamente debajo en la pujante pirámide social habanera, tiene que huir nuevamente amenazada por la invasión de quienes vienen de El Vedado, que ya no es el marco de moda adecuado para las nuevas fortunas. Y se construyen así repartos como el Biltmore y Siboney, cada vez más lujosos, cada vez más inaccesibles. La Habana no para de expandir su vientre henchido, como una mujer preñada que no cesa de parir nuevos retoños. O como un pulpo, según otros observadores y estudiosos, porque no solo se expande hacia delante, sino hacia los costados. Un ejemplo es el precioso reparto Lutgardita, construido por el Presidente Gerardo Machado, de macabra memoria, para albergar a su madre y a su amante. Ubicado en los alrededores del aeropuerto José Martí posee los eucaliptos más fragantes que he visto en la ciudad, y en sus calles techadas por árboles cuyas frondosas copas se entrelazan de una acera a la otra, la luz del sol forma extrañas figuras que hacen sentir al paseante inmerso en un mundo de hadas y otras extrañas, pero siempre poéticas apariciones.

En fin, que La Habana es ella sola un libro de arquitectura más completo e ilustrativo que la mejor multimedia concebida para las altas universidades del Primer Mundo, y en este sentido es realmente una ciudad inabarcable e infinita, a la que en nada desluce que la catedral mexicana de El Zócalo, con sus apabullantes toneladas de oro, deje a la nuestra reducida a un templo casi de aldea. Además, La Habana tiene su luz, más bien su fulguración, aunque también se habla de la luz de Atenas, la de París…, en fin. Pero la nuestra es también muy hermosa, quién lo duda, y es una luz mágica. Siempre he creído que la vehemencia de los amores y la sexualidad de los habaneros son la consecuencia de esa luz que todo lo transforma en plata fúlgida. Bésese con alguien en La Habana, será una experiencia inolvidable.

Pero ya que los votantes que consideran La Habana como una Ciudad Maravilla precisan que su mejor caudal es el humano, hablemos un poco de los habaneros, lo cual es muy difícil, porque el habanero como categoría epistemológica dejó de existir hace décadas, y tal vez nunca existió, porque no se debe olvidar que La Habana es un puerto de mar con todas las características de los puertos de mar del mundo entero, o sea, con una población de tránsito que viene y va dejando su huella genética en todas partes.

Si abrimos el catálogo de la población “habanera”, encontraremos enseguida que no hay individuos más diferentes tanto física como conductualmente que el típico habitante de La Habana Vieja y Centro Habana, mestizo de español, africano y chino con toques hebreos y árabes por aquí y por allá, especulador, comerciante y pícaro redomado; el vedadense intelectualoide que siempre viste a la moda y el nativo de Guanabacoa, cuya población actual desciende de nuestros aborígenes concentrados en esa villa por las autoridades coloniales, y cuyos rasgos somáticos se conservan hoy con una fidelidad asombrosa. Por otra parte, para el ojo entrenado no es imposible distinguir entre los “habaneros” a los pinareños educados, amabilísimos y modestos; los matanceros finos y ensimismados (con los ojos más soñadores de la isla); los villaclareños refinados, cultos y elegantísimos; los camagüeyanos disciplinados y eficientes, siempre orgullosos de sí mismos y con motivos reales para estarlo; los cienfuegueros arrogantes y soberbios, convencidos de que su ascendencia francesa los coloca en un lugar prominente entre los cubanos de la isla; y varias categorías de orientales, que van desde los holguineros — muchos de ellos muy blancos, pelirrojos y ojiverdes— quienes pretenden erigirse en capital de Cuba, hasta los santiagueros despiertos y habilísimos (con una acentuada vocación de mando que les viene, seguramente, de que sus montañas fueron la cuna de nuestras Guerras de Independencia), pasando por ese biotipo característico que algunos llaman montuno, representado por individuos de poca estatura y piel muy trigueña, complexión robusta y musculosa y cráneos chatos, a quienes los demás “habaneros” llaman palestinos, y que poseen increíbles capacidades de adaptación y sobrevivencia aún en las circunstancias más hostiles. Y por supuesto, La Habana tiene la más nutrida y variada población afrodescendiente del país, en la que los tipos están muy mezclados, pero aún se pueden distinguir —más o menos— los cuerpos majestuosos y magníficos de las naciones mina y mandinga de los pequeños y robustos de los congos, junto a los tipos muy delgados y de poca estatura del negro criollo, mestizo de todos los negros que en el Caribe han sido.

El habanero, en fin, es infinito. Pero tiene en común esa alegría superficial que lo mantiene riendo aún en medio de los peores conflictos; la vocación por el comercio en absolutamente todas su manifestaciones, desde las tiendas lujosas de la calle del Obispo, pasando por complejos comerciales como el de Carlos III, las mesitas de portal que venden cositas risibles y útiles, y los buhoneros callejeros hasta el pintoresco (y peligroso) emporio llamado La Cuevita, en las afueras de San Miguel del Padrón, donde, como dice el dicho popular, usted podrá encontrar quien le venda hasta un muerto ya seco pero todavía con espejuelos. Y la astucia.

El habanero no es desinteresadamente rumboso y hospitalario como el oriental, pero algo le queda de un pasado donde se vivía en las casas de familia con mesa abierta aunque se fuera pobre. Mas si puede hacer de su vivienda un lugar que produzca algún tipo de ganancia lo hará sin vacilar, ya sea instalando en ella una paladar, un centro de videojuegos o un lugar a donde invitar al amigo turista a tomarse una cerveza. Lo que mejor sabe hacer el habanero es producir riqueza y… almendrones.

El habanero es creyente, pero no católico, como ya dijo en su momento el muy esclarecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y en su casa es posible encontrar un altar donde se mezclan ídolos afrocubanos con cruces y cálices de la iglesia católica y estampas de Buda y Sai Baba, junto con símbolos del reiki y el Dragón Rojo chino sobre una estera con el símbolo pintado del yin y el yang, sin que falte, por supuesto, la bóveda espiritual con sus siete vasos de agua, presidida por la foto del muerto familiar servido por una copa de agua pura en la que nada un crucifijo, para que la bóveda no sea “judía”. En La Habana, como en cualquiera de las grandes urbes del mundo civilizado, el visitante foráneo no echará de menos un templo de la confesión a que pertenezca, cualquiera que esta sea: hasta tenemos un templo Bajai. En ese sentido somos como los antiguos griegos, y solo nos falta erigir en el Paseo del Prado una estatua al Dios Desconocido, que tal como va el mundo, pudiera ser Alien, el octavo pasajero.

El habanero —estadísticamente, que conste—, no es muy bien educado que digamos (matará por colarse en una cola de cualquier cosa, por ejemplo, o por quitarle a usted su asiento en un ómnibus, y gesticula y grita más que nadie, además de tender sábanas en los balcones), pero entre el choteo —del que es maestro— y la simpatía natural que le rezuma por los poros (se muere de ganas de agradar porque es el cubano que tiene más interiorizado aquello de que es preferible estar muerto que caer pesao), resulta un tipo tan simpático que el resto de sus muchos defectos se torna invisible para el visitante. Y desde luego, como sucede con el resto de los cubanos, el habanero —puede que más que los cubanos de otras provincias y menos que los cienfuegueros y los holguineros— se las sabe todas, habla de todo, opina sobre todo con tremenda autoridad y le importa un bledo lo que piense su interlocutor: es él y solo él quien tiene la razón, el dueño de la verdad, el poseedor de “la bola”. El habanero tiene teorías estrictamente personales sobre todo. Eso lo hace un ser tremendamente divertido, qué duda cabe, solo hay que dejarlo hablar y se monta un circo que el Cirque du Soleil se queda chiquito a su lado. Y si se encuentra con un interlocutor que tiene potencial para vencerlo, simplemente lo chotea y ya. Lo cubre de ridículo. Victoria. Nunca olvido un vuelo desde Cancún a La Habana en que yo tuve cierta diferencia con las aeromozas mexicanas, y aún teniendo ellas la razón los integrantes del Ballet de la Televisión, quienes viajaban en el mismo vuelo, se solidarizaron conmigo y empezaron a gritarles a coro a las aeromozas: “¡Dale, cállate ya y ve a ponerte un poco de maquillaje en esa cara, que pareces una rata pálida!”. Ni que decir tiene que las mexicanas se batieron en retirada rumbo a la cabina del piloto y no me fastidiaron más. Antológico.

En fin, que he intentado escribir sobre La Habana con un poco de humor, pero yo soy una habanera que ama su ciudad con todos sus defectos, sus basureros, sus pesaos y la superficialidad indolente del trópico. Cuando se les pregunta a los españoles a que les huele La Habana, responden sin dudar que huele a gas. A los franceses nunca les he preguntado porque están habituados a las rotundas fetideces del Sena. A los canadienses no se les pregunta, porque siempre andan tan risueños y constelados con todo lo que ven que da pena sacarlos de ese estado de euforia natural en el que caen en cuanto salen de su país. Los italianos están familiarizados con la basura napolitana, las putrideces del Tíber y los canales venecianos, así que no encuentran grandes diferencias en La Habana y siempre dicen que todo está como debe estar, lo cual es una respuesta muy sabia digna de un pueblo que tiene detrás dos mil años de cultura, como dijo en cierta ocasión Federico Fellini. Ahora ya podré preguntarles a los norteamericanos, pero como son tan educados no sé si creerles lo que me respondan. No importa: a mí La Habana me huele a mar, y el viento salobre del Malecón es para mi nariz el perfume más entrañable que existe. Una tarde en el jardín de Madre Teresa de Calcuta, donde Eusebio Leal ha instalado su cementerio particular de personalidades ilustres tal y como se acostumbraba en la Colonia, tan cerca de la Iglesia Ortodoxa Griega y de esa impresionante escultura que es La Mesa del Silencio, no la cambio yo por ninguno de los lugares que he visitado en el mundo, aunque le haga competencia muy de cerca la isla de Madeira, sembrada en mi corazón como un árbol del Paraíso Perdido.

Aunque a tantos habaneros nos resulte incomprensible que La Habana haya merecido ser nombrada Ciudad Maravilla, hay que reconocer que La Habana lo merece. ¿No está acaso repleta de los contrastes más violentos y absurdos? ¿No es la propietaria indiscutida de un tiempo que se congeló desde hace mucho y es ahora un bucle estático donde solo giran los vientos y los insectos, pero tiene, sin embargo, una de las vidas culturales más movidas de Latinoamérica? ¿No somos la capital del Cine Latinoamericano y del mejor Ballet del Nuevo Mundo? Enumerar contrastes resultaría una lista que se me escaparía de las manos por su riqueza. Pero dejemos de estar sorprendidos por la nominación y busquemos en un Diccionario lo más actualizado posible la definición de Maravilla. Ofrezco aquí un extracto del concepto, del que eliminé los significados referentes a la botánica:

Suceso o cosa extraordinaria que causa admiración. Acción o efecto de maravillar o maravillarse. […] Ser muy extraordinario o admirable. Ser singular y excelente.

Desde luego que La Habana y los habaneros tenemos que causar admiración al resto del mundo, si somos más difíciles de matar que las cucarachas. Desde luego que la ciudad y sus pobladores somos extraordinarios, en el sentido de que no hay nadie como nosotros en el planeta, locos y diestros al mismo tiempo, tan por completo más allá del Bien y del Mal. Por eso somos admirables, singulares y… ¿por qué no también excelentes…? ¿Acaso no estamos aquí todavía, contra viento y marea? Según las leyes de cierta lógica ya deberíamos ser un espejismo en el desierto. Pero somos una Ciudad Maravilla. ¿No es un milagro que merece cualquier nominación?

……………………………………………………………………

*Pido perdón a los autores de las fotografías que he usado para ilustrar este trabajo, pero busqué tanto en Internet y tan febrilmente que ya no recuerdo dónde las fui encontrando. De todos modos, debo decirles lo mucho que me gustaron, aún cuando la resolución de alguna no es óptima. De verdad, las escogí por puro amor. Perdón, perdón, perdón…

 

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LO QUE DIJO RUFO CABALLERO CUANDO OBTUVO MENCIÓN EN EL CONCURSO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO

Rufo Caballero, mención en el Premio Julio Cortázar de cuento 2009

Páginas embestidas por otros delirios

Mabel Machado • La Habana

Para debatir sobre cine o literatura sería interesante y divertido sostener una correspondencia cruzada con Rufo Caballero. Lo digo porque así fue como me topé con él, a través de esquelas viajeras en el espacio virtual. A pesar de sus recelos hacia la “promiscuidad” del universo cibernético, respondió pródigamente a mi “acoso textual”, como llama el ecuatoriano Raúl Vallejo al bombardeo de e-mails. Pero conversar solo entre cartas es como hablar bajito, y casi estoy segura de que él disfruta más —permítaseme la leve metáfora— hablar alto luego de haber escuchado, porque, aunque le parezca demasiado recto decirlo, tiene mensajes para compartir. Rufo (se) divierte mientras comunica, dejándose arrastrar por los impulsos que lo llevan a pronunciar en un mismo discurso, la palabra del sesudo y la del transeúnte del vivir más cotidiano. Recuerdo alguna que otra crítica hilada en tono muy popular con alusiones a “tembas” y “pepillos”, en la cual se despierta de súbito Thomas Mann. En medio de tal alternancia, que no niega de facto ninguna de las formas terrenales de cultura, el crítico “atrapa” a opuestos y seguidores. Sorprende como lo hizo al obtener Mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar este año con su relato “Los que fueron al bosque de avellanos”.
Controvertido por llevar a punta de voz y pluma tanto el látigo, como la balanza, Caballero se ha destacado como profesional no solo en los medios de comunicación, sino como docente en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Arte. Es autor, entre otros, de los títulos Un pez que huye. Cine latinoamericano, 1991-2003. Análisis estético de la producción (su libro más premiado), Lágrimas en la lluvia. Dos décadas de un pensamiento sobre cine, Rumores del cómplice, cinco maneras de ser crítico de cine; Sedición en la pasarela, cómo narra el cine posmoderno; y Un hombre solo y una calle oscura. Los roles de género en el cine negro. Entre los premios recibidos destacan el de Ensayo Hispanoamericano Lya Kostakowski (México, 1999), el Premio Nacional de la Crítica Cinematográfica y el Premio de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe (2004).

Luego de varios libros publicados, el programa televisivo La columna y la aparición de su rúbrica en otros espacios de los medios de prensa cubanos, a Rufo Caballero se le conoce más como ensayista, como crítico vinculado al audiovisual, que como narrador.

¿Qué motivaciones lo acercaron al concurso por el Premio Cortázar?

“Mis primeros libros se publican en los años 90. En mis críticas y ensayos siempre hubo una cierta narratividad, como una historia pugnando, tratando de salir a la superficie, de hacerse espacio. Dice Senel Paz que le tiene pánico a mis anécdotas y fabulaciones. Por suerte para él, todavía no ha aparecido en ninguna. Y siempre hubo emotividad, lejos del cartesianismo frío y la metatranca sin lubricante que al menor asomo de la emoción aduce el fantasma del kitsch. Como si el sentimiento fuera un problema o hubiera que escamotearlo en virtud del “sentido recto”. Las emociones tienen su rigor y su limpieza. Por ahí viene la apuesta. Amaury Pérez me dice que no sabe si soy el mejor o el peor —cosa pueril por demás— pero que soy el que más mete el cuerpo, el que más se involucra en lo que escribe. Eso me lo comenta a menudo también José Luis Estrada, el jefe de la página cultural de Juventud Rebelde. Nunca dejamos de saber qué piensa Rufo sobre las cosas: soy frontal. No me gusta la oblicuidad.

“Tal vez me dije: está bueno ya de que narración y emoción permanezcan en un segundo plano. Démosles el protagonismo que me piden hace años.

“Esa asunción me decidió a confrontar, a participar. Detesto los concursos; pienso que les van sobre todo al atletismo. Siento una culpa enorme, hace años, por no poder acompañar al director de Lucas en su entusiasmo por la competencia de videos que el programa auspicia. Es un ejemplo. Nada de eso me importa mucho. Me gustan las obras y las reflexiones, pero los concursos me parecen algo infantil. Los concursos sirven más para conocer a los jurados que a las obras mismas. Por eso, si ganas, celébralo; si pierdes, olvídalo. Tienen, a lo sumo, el encanto de un juego de azar. Participar en el prestigioso Cortázar fue siempre para mí como un juego.”

¿Considera que el certamen del cual participó recientemente, nos devuelve de alguna manera al Cortázar que dijo adiós en 1984?

“Ni idea, querida. No he leído un solo cuento fuera del mío. Presiento que me gustarán todos. Soy muy poco competitivo y siempre veo en los demás razones poderosas. El jurado era serio, exigente. Los cuentos deben ser magníficos. Alguien me comentó que el mío había interesado por su carácter “aventurado”. No me gusta la palabra experimental; me parece adolescente. Pero el riesgo sí. Y si todos nos arriesgamos un poquito, Cortázar anda entre nosotros; al menos su espíritu, su andadura siempre presta a los abismos y los hallazgos menos presumibles. Ojalá, querida; ojalá que hayamos sido, al menos, decorosos seguidores del maestrazo. Discípulos aplicados, cuando mucho.”

“Tras esta respuesta pudiera comenzar a dibujarse la caricatura del autor que se descubre mientras responde a la próxima interrogante. Rufo parece ser un escritor de los que se dejan arrastrar por cierta suerte de feeling intenso, mezclado con la urgencia del desahogo personal sobre lo que comparte y lo que ve. Paro de especular. Retomando la cita que hizo una vez él mismo de un personaje de la novela Fake: “hablar ‘por’ el otro no es lo mismo que hablar ‘desde’ el otro”, prefiero su confesión a mis supuestos.

¿Cómo define su “manera de hacer” dentro de la narrativa corta? ¿Cuáles son sus referentes literarios inmediatos a la hora de escribir cuentos?

“Hace años debí presentar la novela Fake, de Alberto Garrandés, y me cautivó el juego de dimensiones de lo real, lo que pudiéramos llamar la “imaginación cultural” de Alberto. Más tarde leí Oil on Canvas, el libro de Gina Picart (mi querida Piquina) que ganó el Carpentier, y me pareció otro ejercicio de reescritura muy interesante. Nada de esto es “original”, desde luego. Creo que Alberto, Gina y yo mismo, respecto a la originalidad, decimos más bien: “Padrino, quítame esa sal de encima”. Nos sumergimos en un infinito tejido textual; eso es todo. Yo también me siento cómodo en la reescritura, pero no para clonar la estirpe del crítico, sino para encauzar un tipo de literatura donde el centro se relaciona con el valor y la posible limpieza de la emoción. Es curioso: Garrandés y Gina escriben enamorados del poder de la cultura. A Garrandés lo excita, es claro, el refinamiento y la cuna de la literatura. Gina se deja seducir por los misterios del mundo, de la cognición, de la pintura o la literatura. Pero yo, que los aprecio sobremanera, tengo ambiciones mucho más modestas: lo mío son las pequeñas emociones, las vibraciones mínimas de la gente de todos los días. Soy un escritor microscópico, para adentro; nunca total. Me siento un enano, cómodo en la cámara, en el pequeño formato, y me importa un pepino que eso parezca a algunos, poco digno del anterior Rufo. Rufo siempre fue consciente de que los demás resultan mucho más interesantes. Y ha decidido observar, callar y luego escribir frente a su ordenador. “

¿Qué nos cuenta “Los que fueron al bosque de avellanos”? ¿Cuál es el mensaje que desliza Rufo entre las líneas de la obra?

“Los que fueron al bosque de avellanos” narra ciertos acontecimientos pequeños, diríase que menores, sucedidos en la Iowa de 1965. Esos acontecimientos fueron fabulados años atrás por una novela y más tarde alimentaron una popular película. De forma que el relato viene a ser una tercera “intervención” sobre los hechos; más bien una segunda, si consideramos el trato de ficción del primer intento. Sé que “intervención” es un término que proviene del mundo de las artes visuales, pero es justo esa la estrategia que sigo en mi reinterpretación de “los hechos”. Intervengo una subjetividad anterior, por así decirlo.”

“Ahora, cuando me hablas, estimada, de “mensaje”, me asusto un poco. “Mensaje” es una noción dura, cortante. Te propondría algo más “blando”. Ni siquiera sé, a derechas, qué palabra emplear. No me gusta lo de mensaje porque hace pensar en inducción, y lo maravilloso del arte y la literatura reside en que todo el mundo los interioriza —o no— como dé lugar.

“Aunque no tengo ningún problema en precisarte al menos cuáles fueron los espectros que animaron este relato. Pareciera, de inicio, un cuento sobre la consecuencia del amor, tema que me ha interesado siempre. El amor demanda esfuerzo, sacrificio, rupturas, cuerdas al cuello. Pero no. Ese es, en realidad, el pretexto. Yo mismo no tengo demasiado claro si Francesca Johnson actuó bien o mal. Comenzar a envejecer te enseña que vivir es ir perdiendo cosas y que el mundo resulta bastante más complejo que actuar bien o mal. Creo que “Los que fueron al bosque de avellanos” es un relato sobre el coraje de dimitir de uno mismo; sobre la valentía que asiste a alguna gente para decir: “Joder, esto que he pensado hasta hoy con una contundencia tremenda se me aparece de pronto como falible, y en la acera de enfrente hay razones más poderosas que las mías”. Amo al personaje de Joe Kincaid, porque tiene el arrojo de echar por tierra su elaborada filosofía, que lo había llevado antes a la obsesión, a la neurosis; posiblemente, lo había hecho rozar la locura. Hacia el final del relato, Joe tiene la honestidad de replantearse su odio y de ensanchar su filosofía sobre el amor. El día que sea grande quisiera ser como Joe, francamente.

“Por cierto, como Joe desgrana, de paso, algunas consideraciones sobre el cine y la literatura, se ha pensado que es, directamente, un alter ego, o incluso, que el ensayista prima sobre el narrador. Con independencia del legítimo componente ensayístico de la narrativa desde tiempos inmemoriales, Joe no es un crítico ni mucho menos. Hay un momento en que confiesa algo así como esto: No había publicado antes mis confesiones porque no soy exactamente un escritor… Lo de “exactamente” fue mi coartada, te lo confieso. Joe es un hombre culto, pasea algunas referencias; puede que sea un historiador, un filósofo: en todo caso, eso sí, un humanista. Cuando escribo “pasea” soy impreciso. Joe no pasea las referencias; Joe las llama siempre que les sirven a su filosofía en contra de Francesca Johnson: siempre que alimentan su obsesión. En tal sentido, la referencia cultural tiene, en cada caso, una puntual utilidad en el mundo posible de la ficción. No es este un cuento objetivo. Es el relato de una fiebre, de una psicología, de un debate interior que un día decide compartirse con unos interlocutores muy singulares…

“Pero te cuento que el relato ha suscitado lecturas encontradas. Algunas personas no consiguen la distancia y responsabilizan al relato de las opiniones de Joe. Te comento que una gran amiga, una actriz que vive en Miami, me escribió horrores porque yo era incapaz de comprender a Francesca Johnson. Luego me di cuenta de que, de alguna manera, ella era Francesca Johnson. Pero juro que al único que entiendo es a Joe; sobre la actitud de Francesca no tengo respuestas en forma de conclusiones. Tengo, a lo más, conjeturas. Mi amiga es una mujer culta, y ni siquiera ella pudo distanciarse; eso te quiere decir que probablemente sí, la gente tome el cuento como otra especulación sobre la consecuencia del amor. En todo caso, tendrían derecho, y yo me sentiría igualmente honrado.

“No quisiera dejar de decir que la idea surgió en una tarde de charla animada con Francisco López Sacha. Es muy difícil que Sacha, whisky por medio, no termine convenciéndote de algo. Sacha defendió aquella tarde la idea de que en la historia de Los puentes de Madison todo el mundo, de alguna manera, tenía la razón. Decía Sacha que en toda obra hay brotes conservadores y revolucionarios, los cuales se montan de una forma difusa y convulsa. Aquella tarde me fui con la idea dándome vueltas en la cabeza, y el resultado final es “Los que fueron al bosque de avellanos”. Dedico entonces al maestro Sacha este primer impacto del relato. De algún modo le pertenece.

“Hay un Rufo que aboga por que el ejercicio de la crítica esté avalado por la autoridad y la transparencia. Es el mismo que siempre ha querido contar historias. Puede uno imaginarse un combate reñido entre dos púgiles que se saludan con reticencia y sospecha al final del combate. El Rufo manager de los dos bandos se ha decidido, final y resueltamente, por el oficio de la creación en lugar de acceder al del enmudecimiento.

Desde su condición de crítico, ¿cómo enfrenta el reto de escribir y superar a la vez el riesgo de una posible “autocrítica” en extremo rigurosa?

“Hubo un tiempo en que el crítico conseguía frenar la fuerza del narrador. Por eso no he terminado mi novela En el umbral del camerino, que varios lectores esperan, a partir de un segmento que publicó La Gaceta de Cuba. Hoy logro avanzar, no obstante los resabios del crítico, porque la emoción está por encima de mí; ya no la contengo, no la reparto, no la reviso, no la dicto, no la examino a cada minuto. Un estado de posesión, y no de racionalidad, llegó a resolverlo todo.”

¿Piensa que, tras haber experimentado en los terrenos de la literatura, el periodismo y la realización audiovisual, debe establecerse definitivamente en alguno de ellos?

“Lo que sí tengo claro es que la realización audiovisual constituye para mí un hobby. No porque no la haya disfrutado enormemente. Dirigir Soy lo que ves fue una de las experiencias más excitantes de mi vida. Dirigir a Viengsay Valdés o trabajar con un fotógrafo como Alejandro Pérez representó para mí un privilegio que me encantaría repetir (de hecho, Viengsay y yo no sabemos qué pretexto buscar para volver a trabajar juntos). Pero no tengo tiempo que invertir en asuntos de producción en verdad engorrosos y que en nada dependen de mí. Eso me atormenta y huyo. No te niego, al mismo tiempo, que por ahí anda un proyecto para dirigir un largo, en clave minimalista. Un proyecto precioso. Veremos qué sucede el año próximo.”

“En cuanto al ensayo crítico, reflexivo, y la narrativa, siento que alternaré esos géneros por el resto de mis días. Nunca dejaré de ser un crítico; me fascina mi primera profesión, y su ejercicio me cautiva como el primer día. Pero luego de que he tomado el gusto a la narrativa, no hay vuelta atrás. Claro, te lo confieso: con mucho cuidado, con cautela, con extensos períodos de quietud entre un relato y otro. “Los que fueron al bosque de avellanos” hace parte de todo un libro, Tanda de reposiciones, sobre fenómenos de la reescritura, que terminaré en diciembre o enero. Me faltan al menos cinco o seis relatos, pero siento a veces que tengo que parar, o me volvería loco. Tuve que cumplir 40 años para definitivamente escribir narrativa. Antes escribí el libro Cartas a nadie, que me negué a publicar. No me sentía seguro. Más que por razones literarias, por razones vitales. Sentía que tenía que vivir más, que observar más, que razonar más. Con 42 años, me descubro como un observador que empieza a poseer razones, nunca cerradas, para compartir; un observador ya capaz de compartir sus advertencias, sus anotaciones, sus detenimientos en la complejidad del mundo, de las emociones, de la conducta. No puedo escribir sobre “lo objetivo”. Eso escapa a mis posibilidades. Todo cuanto me importa tiene que ver con el intento de comprender la naturaleza de las emociones y de los comportamientos humanos, lo frondoso de la subjetividad. Pero eso mismo me lleva a escribir en un estado de trance muy peligroso. Podría enfermar muy seriamente. Puedo escribir muchas horas sin detenerme y cuando termino me siento a pasos de la locura. He cogido miedo. Estoy asustado. Pero, al tiempo, noto que no tengo regreso posible. Si quisiera volver atrás, ya no tendría fuerzas, no podría. Apenas puedo prestar mis dedos para que un grupo de cuentos “energéticos” se escriban solos. Nunca me había sentido tan cerca de la locura y de la felicidad como ahora, con estos relatos.

“Tras leer este final vuelvo a conectarme con Raúl Vallejo y su novela de encuentros cibernéticos. Uno de sus personajes tiene, como mi entrevistado, una inevitable adicción. Rufo no puede renunciar a los textos que le brotan, como <banano> tampoco podía apartarse de sus interlocutores en la Web. “Cada uno de ustedes ha alimentado mi espíritu —confiesa <banano>— que engordó con enorme dosis de cotidianidad adentro (…)”.

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