La pesadilla del “sueño habanero”

La Habana, con sus 500 gloriosos años de fundada y su condición de Ciudad Maravilla, guarda muchos tesoros de todo tipo: históricos, culturales, arquitectónicos, sociales, pero para nadie es un secreto que también contiene muchos basureros, muchos escombros, muchos hierbazales, aguas pútridas corren por sus calles y, en general, su situación epidemiológica se encuentra desde hace décadas muy comprometida. La remodelación del Casco Histórico, los nuevos esplendores del Capitolio, la magnificencia de sus hoteles y la belleza de algunas partes de El Vedado, Miramar, Siboney, Kholy y otros residenciales no alcanzan para velar la cara fea de la urbe.

Nunca estuvo la villa de San Cristóbal concebida para albergar dos millones de habitantes y una población flotante que resulta cada vez más difícil precisar. Ni sus vías fluviales, ni sus redes viales, ni sus hospitales, ni su fondo habitacional ni sus servicios ni nada en ella está en condiciones de hacer frente a una inmigración de provincias que no cesa de crecer, atraída por lo que podríamos llamar “el sueño habanero”, idea arraigada de que en la capital se hace dinero fácil y se consiguen casas para quedarse definitivamente. El terruño se piensa con nostalgia, pero para vivir, ¡ah!, para vivir… La Habana.

Esta aglomeración crece sin cesar y pone en peligro la salud de quienes viven hoy en la capital de Cuba. A la isla, como a otras partes del mundo, la azotan epidemias cíclicas de dengue, zika, chikingunya, y nuevos virus impulsados o creados por el cambio climático y transmitidos por vectores cuya proliferación se beneficia de la falta de higiene. También cambia nuestra fauna con la introducción ilegal de especies foráneas como el caracol gigante, con su amenaza de complicaciones letales para quienes entren en contacto con estos especímenes de procedencia africana, por cuya aparición en nuestro país aún no responde nadie, hasta donde tenemos noticia. Hasta una epidemia de gripe se propaga con mayor rapidez y peores consecuencias en una urbe superpoblada en comparación con sus posibilidades reales.

Esta situación de inmundicia reinante se agrava no solo por la falta de recursos estatales para recoger basura, eliminar vertederos, solucionar salideros, chapear hierbazales que, como en el reparto La Asunción, un residencial limítrofe entre Luyanó y Lawton, están sepultando el parque que antaño hacía las delicias de los niños del barrio y hoy alberga una wifi bastante concurrida. Quien camine por las calles y aceras de este bonito y relativamente apacible lugar, verá a la luz del sol los senderos brillantes que los caracoles trazan sobre el asfalto. Por el ancho de la huella podría muy bien tratarse de caracoles africanos. ¿Qué otro factor está incidiendo en el deterioro veloz de las condiciones epidemiológicas del reparto La Asunción, solo un ejemplo citado y que no se cuenta entre los peores lugares de la ciudad? La desidia social.

Fotos del parque infantil del residencial La Asunción, municipio 10 de Octubre, con yerbazales sin chapear

No se trata de quitar responsabilidad al Estado, ni al Gobierno Municipal de Diez de Octubre, ni a su departamento de Comunales. Solo el Estado puede proveer camiones recolectores de basura, contenedores, personal para recoger desperdicios, cortar las hierbas y otros menesteres. Pero gran parte de la responsabilidad por el pésimo estado de la higiene habanera corresponde a sus habitantes. ¿Están los pobladores del reparto La Asunción, tomado como muestra para este análisis, dispuestos a cortar ellos mismos las hierbas del parque y dar a este el mantenimiento necesario? Son sus propios hijos quienes juegan todavía con los escasos y destrozados aparatos que existen allí, pero si los vecinos lo hicieran, sería un movimiento espontáneo de conciencia comunitaria y nunca una obligación, puesto que no existe ninguna ley que los obligue a ello. Tampoco se obtiene la respuesta necesaria convocando al vecindario a trabajos voluntarios a los que solo asisten unos pocos sin capacidad para eliminar los problemas. Pero los vecinos y visitantes podrían no arrojar desperdicios sobre el césped, no destruir los bancos y farolas, no lanzar en el área del parque restos de animales sacrificados con fines religiosos, que a día de hoy se ven en todas las esquinas, parterres y calles de La Asunción ensangrentados y cubiertos de moscas. Claro que los vecinos podrían hacer todas estas buenas obras de conciencia social, pero… optan por todo lo contrario y no pasa nada. Son completamente impunes.

La misma desidia se aprecia en muchas zonas de nuestra Ciudad Maravilla, y también la misma indiferencia y la misma impunidad. Urge encontrar soluciones antes que la inmundicia y sus temibles consecuencias terminen por ahogar La Habana. Est{a demostrado que los espots de radio y televisión y los programas dirigidos a crear conciencia social no funcionan con la velocidad y eficacia que demanda la capital. ¿Podría estar la solución en el sector cuentapropista? ¿Podría ponerse en manos de cooperativas de saneamiento una parte de la limpieza necesaria? Si el Estado no dispone de suficientes recursos materiales y a tantos pobladores de la urbe no les preocupa la situación, alguien tiene que hacerse cargo.

La gran pregunta sería quién pagaría a esas cooperativas. La respuesta es: pago de servicios o impuesto. Si pagamos la electricidad, el gas, el teléfono, Internet, también podemos, y seguramente querremos pagar por el saneamiento de nuestro entorno. Cuesta menos al Estado crear una oficina con este fin en cada municipio que sufragar campañas anti vectores o cubrir el coste hospitalario de epidemias masivas de dengue o de zika.

También resulta impostergable una legislación que obligue a las personas a obedecer normas comunitarias de preservación de la higiene medioambiental, o dicho de un modo más explícito: a convivir civilizadamente. Moscas y mosquitos, pestilencia, cadáveres descompuestos, contenedores volcados, vertederos inmensos, escombreros que obstruyen aceras y calles, ríos de sangre y aguas negras, hierbazales que ocultan sorpresas desagradables, y prácticas religiosas sin regulación nos afectan a todos, amenazan nuestra salud y nuestra vida, y convierten “el sueño habanero” en pesadilla.

 

 

 

 

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Negligencia y responsabilidad en la propagación del caracol gigante africano en Cuba

Puntos rojos que alarman…

Acabo de visitar el foro de CUBADEBATE sobre el caracol gigante africano. Este foro corresponde a un artículo sobre el tema publicado en ese sitio digital con posterioridad al programa emitido por el Canal Habana para instruir a la población sobre los daños y las medidas de captura de esta especie clasificada entre las cien más tóxicas del planeta. Es muy alarmante lo que el caracol gigante africano puede hacer a la salud de personas y animales y a la sobrevivencia de más de 250 cultivos agrícolas en nuestro país, entre los cuales ya ha sido detectada su presencia en 17 de ellos.

También es alarmante el hecho, comentado en el foro pero del cual no tengo pruebas personales que ofrecer, de que algunas personas aseguran que lo dan de comer a sus cerdos. Un acto notorio de estupidez, condición humana que, como es muy sabido, no tiene límites.

Hay, sin embargo, dos puntos sobre los cuales los foristas de CUBADEBATE regresan con vehemencia una y otra vez y resultan sumamente interesantes. Son ellos la inacción de las autoridades sanitarias de provincias y municipios ante la aparición de esta plaga en la isla, detectada desde el 2014 pero que, como apuntan algunos de ellos, pudo estar presente también desde antes y pasar inadvertida por su semejanza con una especie de caracoles existente en nuestro territorio nacional.  Son tantas las quejas de los foristas, entre quienes se incluye hasta una Delegada de Circunscripción, que aseguran haber avisado a sus policlínicos, a instancias municipales, al CITMA y a otras instituciones encargadas de velar por la protección fitosanitaria cubana, que tengo que sumarme a la pregunta que brota de todas las bocas: ¿por qué no se hizo nada durante cinco años?  Si bien hubo casos de lugares donde aparecieron brigadas de control y se llevaron a cabo algunas acciones de recolección y exterminio de esta plaga foránea, no es menos cierto que en un gran número de dichos casos estas labores de inspección y exterminio solo se realizaron una vez y el personal a cargo nunca regresó.

El otro punto sobre el que insisten con vehemencia muchos foristas es el de la determinación de la responsabilidad por la introducción en nuestro país de esta especie animal que se desarrolla muy favorablemente en climas húmedos, devora desde animales hasta cultivos, papel y cartón y es portadora de una bacteria letal que habita en los pulmones de las ratas y causa a los humanos un tipo de meningoencefalitis potencialmente mortal, además de los daños que puede infligir a nuestro ecosistema, y todo ello en muy poco tiempo, pues ya se ha difundido por doce provincias y puede poner al año miles de huevos. ¿No es verdad que parece un “bichito” diseñado por Natura a la medida para florecer en esta isla y causarnos muchos, pero muchos problemas y muy serios? Y debe de ser el caracol más veloz del mundo, porque viaja por las provincias con una rapidez que todas las babosas del planeta seguramente le envidian. Sí, en verdad el caracol gigante africano, que además parece un excelente nadador ya que más de un océano nos separa de África, es un fenómeno interesantísimo merecedor de algunas reflexiones al margen del foro y aún de otras que no haré públicas.

Como ciudadana cubana, como residente en La Habana, provincia más afectada del país, y como periodista me pregunto qué va a suceder con todos los funcionarios que desde el comienzo fueron avisados por la ciudadanía de la presencia del caracol y durante cinco años no accionaron o no lo hicieron con el rigor que demanda la situación. Todos los foristas señalan como principales culpables a las autoridades del reparto Poey, puesto que allí fueron hechos los primeros avistamientos del caracol. Ninguno de esos funcionarios que tanto daño han causado y causarán todavía a Cuba con su desidia debería quedar impune. Tampoco los cuadros de ninguna institución nacional. No me refiero solo a las autoridades sanitarias del reparto Poey. Hablo de todos en toda la isla. Tienen responsabilidad penal. En realidad han cometido un crimen muy grave, por omisión, pero crimen al fin.

También vi en el foro muchas acusaciones contra la Aduana y sus controles fitosanitarios. Recuerdo que cuando volví de Madrid en 2004, los funcionarios de la institución que me había invitado como escritora me avisaron que me enviarían a La Habana por avión un paquete con libros y otras cosas, y yo les pedí que incluyeran un poco de tierra de una pequeña iglesia cercana a mi hotel y que yo había visitado. Me complacieron, pero cuando recibí el paquete venía adjunto un documento donde se me notificaba que los controles fitosanitarios de la Aduana habían detectado la tierra y la habían quemado por ser posible portadora de bacterias o microorganismos peligrosos para la sanidad nacional. Más o menos en esos términos estaba redactado el informe. Yo me niego a creer que los aduaneros no hayan detectado la presencia del caracol gigante africano en el momento en que pasó por sus controles. Me parece más lógico pensar que entró a Cuba por otras vías, posiblemente por valija diplomática. Otras teorías, como su entrada en forma de huevos, también son admisibles aunque ostensiblemente más fabulosas.

Pero si es cierto que fueron religiosos practicantes de cultos afrocubanos —o de un culto “puramente africano que está llegando a Cuba”, como asegura uno de los foristas en un intento por exonerar de responsabilidad a los babalawos nacionales—, entonces se impone una investigación para encontrar al culpable o culpables. Me niego a creer que la identidad de esta persona o personas no pueda ser investigada y descubierta por nuestras autoridades competentes. Y quien quiera que haya sido debe responder por su delito de forma pública, pues introducir en Cuba especies animales peligrosas está penado por nuestras Leyes desde los tiempos de la Colonia. La libertad de cultos religiosos reconocida por la Constitución no debe servir de manto protector para cometer delitos contra el bienestar de la población ni contra los recursos naturales de nuestra isla. En especial cuando las prácticas propias de los cultos afrocubanos son responsables en cierta medida del insoportable nivel de contaminación ambiental y putrefacción que reina en los basureros y hasta en las calles de La Habana, debido a la acumulación de frutas y otras ofrendas (manjares para el caracol gigante) que se pudren en los vertederos, al pie de los árboles, en las esquinas, y a la alarmante proliferación de sacrificios animales, que en el caso de la carne de carnero, tan necesaria para ayudar en el alivio o curación de diversas enfermedades en especial de niños, ancianos y pacientes oncológicos que reciben quimio y radioterapia, amenaza con afectar el suministro a la población de este alimento tan necesario.

No es de mi interés, ni creo deba serlo de nadie sensato, privilegiar o satanizar cualquier religión por sobre otras que existen en el mundo y en nuestro país. Debemos ser respetuosos de la libertad de cultos, como debe serlo todo ciudadano en una sociedad civilizada. Pero eso no significa que ningún religioso  del credo que sea goce de impunidad total y una ausencia de límites que llegue a afectar la convivencia comunitaria, la salud y la higiene medioambiental. No significa que puedan hacer uso y abuso de los espacios públicos y/o colectivos para arrojar animales sacrificados, sus vísceras, su sangre donde les acomode mejor, en especial en basureros y “maniguas” que el vertimiento de otras clases de desechos ya convirtió desde hace mucho en focos altamente sépticos que comprometen el estado epidemiológico de la isla y sobre todo de La Habana, su capital. No significa que puedan introducir el caracol africano que, dicho sea de paso, no solo pudiera servir como ofrenda a las deidades correspondientes, sino como un arma biológica usada con fines intimidatorios o que incluso pudieran ir más allá del mero intento de asustar a alguien.  Ya que a estas alturas y para vergüenza nuestra la nación cubana no ha sido capaz de crear una Ley de Protección Animal, legislemos, al menos, regulaciones que limiten el sacrificio de animales y aseguren el saneamiento de la ciudad. Los religiosos afrocubanos también son ciudadanos y no están, en ningún caso, por encima de la Ley. Ya es hora, y no se trata solo de mi posición personal, sino de la de un gran número de ciudadanos, incluidos practicantes de estos mismos cultos. Religión no es mercado, no es negocio, es por encima de todo espiritualidad, y ¿qué espiritualidad daña consciente y constantemente a multitudes a las que ni siquiera conoce? ¿Qué espiritualidad convierte una ciudad en muladar?

Para terminar estas reflexiones quisiera desmontar una idea que considero errada por parte no solo de algunos funcionarios, sino también de otras personas que han escrito en sus publicaciones confundiendo y derivando la responsabilidad humana en la introducción del caracol africano en Cuba, que nadie pone en discusión, con la obligación individual de tomar a cargo el exterminio de esta plaga:

Puesto que se ha comprobado que el accionar humano ha sido la principal causa de expansión de esta especie en nuestro país, el actuar ciudadano es fundamental en la lucha en contra de su invasión.

Omito deliberadamente consignar aquí la fuente de esta cita para no herir sensibilidades o que alguien en particular se sienta aludido. No podemos decirle a un ciudadano que porque se le haya inundado el jardín de caracoles él tiene la culpa o lo ha propiciado de algún modo. Eso es completamente absurdo. El hecho de que al caracol le resulten más atractivas las áreas urbanas como hábitat de su especie no significa en modo alguno que la población sea culpable de ello y tenga que tomar sobre sus hombros la responsabilidad de librarse del azote. Está muy bien pensado que dada la envergadura y extensión del peligro colaboremos en su eliminación,  pero, como apuntan varios foristas de CUBADEBATE, la sal está racionada y la cal “¿dónde la conseguimos?”. Ni todos los puntos de venta de la capital pueden suministrar la cal suficiente para matar los más de 70 000 caracoles encontrados en un terreno.

Es estrictamente necesario que funcionen los grupos de trabajo creados al amparo de la Resolución 5 de 2018, integrados por los ministerios de Salud Pública, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Educación y Sanidad Vegetal. Que funcionen “la prioridad y la responsabilidad de los Organismos de la Administración Central del Estado para la reducción del riesgo de desastre sanitario”. Y si el necesario y eficaz desempeño de estos grupos se viera obstaculizado por alguna gestión personal deficiente que no esté a la altura de las circunstancias, que sean aplicadas medidas legales de acuerdo con el error cometido, la inacción, la negligencia, la desidia. El pueblo lo necesita, y aunque puede hacer una gran parte del trabajo, por sí mismo no puede hacerlo todo.

 

 

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El acto de creación en Dulce María Loynaz y su novela Jardín

He dicho en las primeras entrevistas que como escritora concedí a la prensa, que Alejo Carpentier era mi modelo de narrador y el depositario de mi mayor admiración dada a un escritor cubano. No deja de ser cierto, pero luego comencé a decir que me obsesionaba Dulce María Loynaz. También es cierto. Veneré tanto a Carpentier que llegué al increíble y censurable atrevimiento de intentar imitar su prosa y fundirla con la mía sin que quedaran fisuras que permitieran identificar los estilos. Un acto de soberbia muy grande, quien lo duda, pero también de reconocimiento, de respeto, de homenaje. Y escribí mi noveleta Serata di gala, que siempre me hace recordar la observación apuntada por un sabio —a quien conocí desdichadamente muy poco—, sobre cómo todo el espíritu de la soberbia luciferina viene simbolizado en la polisemia de un mismo verbo: Yo creo y creo, consecuencia de idéntica conjugación en las primeras personas del singular de los verbos Creer y Crear.

Pero mi primera lectura de Jardín, la novela de Dulce María Loynaz, fue un parteaguas para mi trabajo como escritora. Me cambió toda mi perspectiva sobre el camino (que era el mío) para expresar mi yo interior, mi espiritualidad, mi sensibilidad. Me di cuenta de que para escribir como Carpentier hay que poseer o desarrollar una mente apolínea, que opera en línea recta como el hemisferio izquierdo del cerebro, donde está su asiento, una mente secuencial donde todo es causa y consecuencia, derivación, una mente absolutamente necesaria para construir dramaturgias sólidas dentro de la narrativa. Pero sucesivas lecturas de Jardín me hicieron sentir que esa novela no estaba escrita de ese modo, y ahora, leyendo el pequeño volumen Confesiones de Dulce María Loynaz, de Aldo Martínez Malo, descubrí la respuesta de Dulce a la pregunta de su entrevistador sobre cómo había escrito Jardín:

 Los libros no se escriben empezando por la primera página y acabando en la última. Un libro se hace como se hacen las cintas cinematográficas, tomando escenas sueltas, quiero decir, sin un ordenamiento premeditado, y uniéndolas luego, sin prejuicio o desechar las que una vez armada la narración, nos parece que sobran o que dentro salieron mal. […]  Cuando empecé a escribir Jardín comencé por la descripción de Bárbara en el baño.  […]   En esto no hay regla fija, solo digo que si hubiera tenido que escribir a la medida de las agujas del reloj, no hubiera escrito nunca.Para colmo de mi desesperación y mi desconcierto, Dulce asegura en ese mismo libro que demoró cinco años en terminar Jardín porque dejaba pasar tiempo entre capítulo y capítulo para que ninguno se pareciera a otro. ¿Escribir capítulos separados en el tiempo!

¡Cómo puede un escritor venerar a otro al punto de considerarlo modélico y al mismo tiempo estar poseído por otro escritor cuyos métodos de trabajo son radicalmente diferentes del primero? Porque yo me confieso poseída por Jardín como no lo he estado jamás por otra novela, y ni hablar de las semejanzas que me descubro con Dulce María, como, por poner un solo ejemplo, mi manía obsesiva de confinamiento y reclusión. Si Dulce dijo que en Jardín quemó su alma,  la mía se quemó dos veces: primero mientras leía las cartas y los tres capítulos de la novela dedicados al pabellón semi oculto entre el follaje del jardín, y después cuando en mi propia novela La casa del alibi, una fuerza venida de algún estado del espíritu que no soy capaz de identificar, me hizo colocar en medio de mis cuatrocientas páginas el mismo pabellón, y dentro de él a uno de mis personajes principales, que a diferencia de la novela de Dulce no ha entrado allí por un descubrimiento, sino que asiste cada noche a celebrar un rito erótico con un amante que no está  vivo ni muerto. Fue, en verdad, lo más cercano a una posesión que he experimentado, o lo que yo imagino que sea un estado de posesión, que creo se caracterice por una anulación total de la voluntad de quien lo experimenta para que otra voluntad ajena obre en lugar de la suya. Mi capítulo del pabellón se escribió solo, literalmente algo tecleaba a través de mis dedos y reescribía esas escenas de Jardín…

Y sin embargo, yo escribí mi novela con el método más opuesto al de Dulce, del modo más apolíneo que existe, una escena derivada estrictamente de otra, como la socorrida imagen del rezo de un rosario, y la escribí en solo tres meses, de una sentada, pues solo me detenía para dormir y no me levantaba más que para lo más esencial de la naturaleza. Creo sinceramente que si me hubieran propuesto parar para conseguir un distanciamiento temporal entre un capítulo y otro, habría echado de mi casa al proponente con furia y sin remordimientos.

Reflexionar en todo esto me hace recordar una conversación que tuve con un amigo hoy demasiado lejano como para considerarlo así. Esta persona escribió una novela que considero muy lograda, muy interesante tanto en el plano narrativo como en las técnicas que empleó para construirla. Me dijo que había escrito las escenas separadas entre si aunque respetando un orden cronológico, pero después se había sentado en el suelo, había extendido cada capítulo frente a sus ojos como un abanico, y había experimentado cambiándolos de ubicación una y otra vez hasta conseguir la composición que le pareció mejor.

Supongo que intentar proclamar un método de creación válido por encima de otros métodos es un ejercicio absolutamente estéril que se convertiría en algo así como el cuento de la buena pipa, y a nadie recomiendo que lo haga. No obstante, es imposible alejar pensamientos y reflexiones que vuelven una y otra vez como las pleamares, y para un escritor se convierten en interrogantes inevitables.

Lo que resulta realmente importante es que, empleando el método de creación que desee, por más disparatado que pueda parecer, o exótico o caprichoso, el escritor sea capaz de dar al canon literario de su país obras que expandan siempre el horizonte de las posibilidades creativas, y todo será tan válido como un diamante si también consigue crear una obra que enriquezca la cultura dentro y fuera de las fronteras de su tierra. Recordemos que creadores tan disímiles como Alejo Carpentier, Dulce María Loynaz y Guillermo Cabrera Infante han dado a Cuba tres Premios Cervantes de Literatura. Vale todo.

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Viajes de novela: la mariposa Monarca

Las migraciones animales son conocidas por el hombre desde el principio de los tiempos, y se basaba en ellas por igual para ayudarse en la caza de manadas migrantes y para funciones chamánicas tales como la predicción. Un ejemplo de esto último es el vuelo de los pájaros, solos o en bandadas migrantes, observado atentamente por los druidas celtas y los augures etruscos para predecir sucesos o cambios importantes de toda índole. Pero dentro del reino animal uno de los más deslumbrantes records de viajes migratorios lo ostenta una hermosa y pequeña voladora: la mariposa Monarca norteamericana, capaz de volar más de cinco mil kilómetros para trasladarse hasta México y California. Cada año, cuando llega el otoño, las mariposas Monarcas se apresuran a emprender su largo viaje para evitar que el invierno las sorprenda en su tierra nativa, ya que el frío de esas latitudes puede exterminarlas por millones.

Uno podría pensar que en peregrinajes tan demorados muchos depredadores se interpondrán en su camino, pero las Monarcas tienen en su favor un arma infalible: sus colores negro, naranja y blanco son una señal inconfundible para sus posibles devoradores de que ellas tienen muy mal sabor y, por encima de todo, son venenosas, ya que sus larvas se alimentan de la savia de la planta llamada algodoncillo. Este semáforo tricolor detiene a sus enemigos y les permite alcanzar su destino en paz.

La mariposa monarca es un lepidóptero de la familia Nymphalidae, su tamaño puede alcanzar hasta diez centímetros y su peso no excede el medio gramo. Los machos son más grandes que las hembras y con una mancha en las alas que ellas no poseen. Las marcas negras son más pronunciadas en las hembras. Su especie habita en gran parte de Norteamérica, pero únicamente los grupos que viven al este de las Montañas Rocosas realizan la migración a los bosques de México. Las colonias de la costa del Pacífico residen en el mismo lugar todo el año o emigran al sur de California en invierno.

No solo en su potencia de vuelo se destaca la mariposa Monarca dentro del reino animal. También sus hábitos sexuales la hacen diferente de otras especies, pues puede mantener su apareamiento entre veinte minutos y varias horas. Cada hembra pondrá después un promedio de cuatrocientos huevos, de los que solo sobrevivirá un pequeño por ciento, pues las arañas, las hormigas, las avispas y algunas especies de aves devorarán la mayor parte. Cuando ya ha depositado los huevos la madre Monarca muere, y una semana más tarde nacerán las orugas. Su fase de crisálida puede extenderse hasta dos semanas, durante las cuales permanece colgando de la rama de un árbol o arbusto. Como la membrana de la crisálida es completamente transparente puede verse con nitidez la mariposa en su interior, y sus brillantes colores recuerdan una bola de navidad. Si la nueva Monarca pertenece a la parte de su especie que no migra, podrá vivir de tres a seis semanas, pero si es de las osadas viajeras, logrará alcanzar hasta los nueve meses de vida, por lo que se les ha dado el nombre de variedad Matusalén. El éxito, al igual que entre otras especies del mundo animal, es de los valientes.

En los bosques de oyameles del centro de México, a más de tres mil metros de altura, las monarcas se concentran por millones y

Tronco de un oyamel del sur de México cubierto de mariposas monarca en hibrnación

comienzan su etapa de hibernación. Pueden soportar temperaturas de hasta menos de catorce grados centígrados sin congelarse y siempre que no se mojen, pero para ello deben agruparse en apretados racimos que las ayudan a mantener el calor, y también deben acudir a la estrategia de sobrevivencia clave en los procesos de hibernación: reducir al máximo su actividad vital. Los racimos pueden contar de hasta mil ejemplares cada uno. Cuelgan de los oyameles cubriendo troncos y ramas. El bosque puede protegerlas de nevadas, heladas y tormentas, pero una helada particularmente fuerte, la lluvia o el viento puede deshacer los racimos, y como las mariposas que están en estado de hibernación son incapaces de moverse y no pueden levantar vuelo se mojan y mueren. Los inviernos crudos las matan por millones. Durante un invierno especialmente cruel murieron cuarenta millones de monarcas que hibernaban en México, un record de mortalidad por catástrofe natural jamás registrado en ninguna especie animal.

El peligro termina para las mariposas con la llegada de febrero, cuando un sol débil pero seguro anuncia la llegada de la estación primaveral. Bajo sus tibios rayos las monarcas van restableciendo sus funciones vitales, despiertan y salen en busca del desayuno: agua y néctares florales. Entrado el mes, cuando ya brilla el sol, los bosques de oyameles se llenan de nubes anaranjadas de mariposas que revolotean alegres por haber logrado sobrevivir. Cuando llegue marzo partirán de regreso a su lejana tierra nativa, donde se aparearán. Tras el coito el macho muere, pero la hembra llegará a su destino dispuesta a desovar, tras lo cual también sucumbirá. Un nuevo ciclo de vida ha comenzado.

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Breve historia del Alma Mater de la Universidad de La Habana

Desde mi niñez estuve rodeada en mi familia del culto a la Universidad de La Habana, donde mi madre había estudiado Derecho Diplomático, y crecí con la ambición de cursar estudios en ese para mí sacrosanto recinto del Saber que se me había enseñado a venerar. Siempre que pasaba frente a la Universidad y veía la imponente estatua del Alma Mater, me renovaba el juramento hecho a mí misma de poner algún día mi propio título en su regazo. Yo no tenía idea de qué representaba el Alma Mater, aunque sabía que era una figura de inspiración latina y su nombre significa Alma Madre o Nutricia, y así llamaban los poetas latinos a la Patria.

Pasaron muchos años y luego de un largo peregrinaje por escuelas de arte lo que deposité en el regazo de la estatua fue mi título de periodista, y le recité una oración compuesta por mí en los malos latines aprendidos en la facultad de Filología. Fueron momentos de sentimientos intensos, como suelen serlo cuando se está cumpliendo un ansiado sueño. Pero todavía no sabía con exactitud qué es el Alma Mater.

No fue hasta que el investigador Gerardo Chávez Spínola me dedicó su grueso Catauro de seres míticos y mitológicos de Cuba, un tesoro de su autoría con Manuel Rivero Glean, que tuve una idea completa de la significación de esa escultura que guió mi vida como la quilla de un drakar conquistador de mundos. Para quienes hoy son, como yo fuí en mi juventud, estudiantes que veneran el Alma Mater pero con solo una vaga idea de su simbolismo, reproduzco aquí la entrada correspondiente a esa escultura en el Catauro:

Para todos aquellos que están a punto de culminar la cima de la anchurosa escalinata que da entrada, desde la calle San Lázaro, a la bicentenaria Universidad de La Habana constituye momento de emoción la regia estatua, que, con gesto maternal, con las manos abiertas y extendidas, invita a traspasar el umbral del recinto universitario. El perfil, de evidente estirpe helénica, y las mórbidas formas de la matrona, sugieren ciertas combinaciones de la creatividad del artista. Las antiguas universidades europeas, surgidas en plena Edad Media, buscaban afanosas lo que hoy llamaríamos una imagen corporativa moderna. Instintivamente rehuían la dominadora mitología de la Cristiandad, decidieron buscar un símbolo apropiado para la sabiduría que se enseñaba. Así, adoptaron a Palas Atenea, deidad griega que había ayudado a los helenos y sus aliados en la guerra de Troya para Diosa Protectora de la Cultura y las Universidades. Se acuñó en la jerga latinista la expresión universal, genérica y a la vez específica, de Alma Mater, para designar a las universidades, refugios del saber. Así tenemos, por ejemplo: Alma Mater Bolonensis[i], y en el caso cubano: Alma Mater Havanensis. La Universidad encargó al escultor checoslovaco Mario Korbel el modelado de este símbolo habanero. La leyenda recrea que como modelo fue empleada una mujer criolla. Al parecer, para la cabeza y el rostro de la futura estatua, el artista adoptó como modelo a Feliciana Villalón y Wilson, hija del profesor de Análisis Matemático de la Escuela de Ciencias del alto centro docente capitalino, a la sazón también secretario de Obras Públicas, ingeniero José Ramón Villalón y Sánchez. La joven tenía dieciséis años. Para la figura del cuerpo seleccionó una mujer criolla, mestiza, de más edad. Otra versión asegura que la mencionada mestiza fue empleada para modelo de toda la estatua, pero que los prejuicios raciales determinaron que se escogiera la cabeza de la señorita Villalón. La obra culminó en 1919. Un año después fue fundida en bronce por la Compañía Roman Bronze Works, Inc. De New York, y colocada en el primer semestre de 1920, frente al Rectorado universitario, que prestaba su frontispicio grecolatino como marco histórico de referencia. Aún no se había construido la escalinata universitaria, pues esto se hizo en 1927.

En cuanto a por qué el nombre genérico de esta clase de estatuas está en latín y no en los idiomas vernáculos de cada Universidad, debemos recordar que el latín, idioma del Imperio romano, fue la lengua adoptada por la Iglesia Católica desde que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio, y fueron los monjes cristianos los profesores de las primeras universidades, surgidas de los scriptorium de los monasterios, donde se copiaban y traducían manuscritos provenientes de todas partes del planeta. Fueron los monjes quienes recopilaron, conservaron y custodiaron la Sabiduría o, al menos, lo que quedaba del conocimiento antiguo. En consecuencia, la enseñanza impartida por ellos en las universidades era en latín, y así se mantuvo durante la Edad Media y el Renacimiento.

Pensar en el Alma Mater trae a mi memoria a Hipatia de Alejandría, quien vivió en el siglo IV y fue la primera mujer y el último director de la celebérrima Biblioteca de Alejandría[ii], donde se atesoraba todo el conocimiento de la Antigüedad. Hipatia fue una mujer hermosa y mayestática hija de un noble griego profesor de la Biblioteca, quien la educó según los preceptos de los filósofos griegos más renombrados. Ella ocupó ese alto cargo y fue matemática, astrónoma, física, geógrafa y filósofa, y siguiendo la tradición grecolatina enseñaba a sus alumnos impartiendo conferencias en las aulas o en los jardines de su propia mansión de muros de mármol. Sus discípulos eran jóvenes aristócratas de todas las religiones. Murió de modo brutal y trágico asesinada por los monjes del desierto de Nitria, llamados por el Obispo cristiano de Alejandría para combatir a los judíos, los romanos y los paganos egipcios y griegos en una guerra que asolaba desde hacía dos siglos la segunda ciudad más próspera el mundo antiguo después de Roma. Fue sacada por aquellos fanáticos del carro en que se dirigía a sus clases, sus ropas salvajemente arrancadas, golpeada con furor y arrastrada por las calles sin piedad hasta un edificio llamado Caesarium, donde los monjes la tendieron sobre un altar de piedra y comenzaron a descarnar su cuerpo todavía vivo valiéndose de conchas y, según otra versión, de escombros filosos provenientes de un derrumbe. Luego llevaron sus restos sangrantes y aún palpitantes hasta un vertedero donde se quemaban desperdicios y los arrojaron al fuego. Hipatia fue una mujer que vivió para el conocimiento, para el estudio, y para hacer crecer las mentes de los hombres. Se mantuvo virgen para que nada la distrajera de sus altos estudios, y murió por ser guardiana del espíritu pagano, que reverenciaba la sabiduría por encima del Dios cristiano.

Si algún día se hiciera de verdad justicia a los grandes muertos de la historia que dieron su vida por las causas más puras, quizá las Universidades del futuro tendrían a Hipatia como modelo de sus Almas Mater, aunque al reflexionar una vez más sobre esto, me doy cuenta de que como no se conservan retratos ni bustos de Hipatia, los escultores tendrían que volver a inspirarse en figuras nativas. Señoritas de sociedad, reinas, ministras, presidentas, mujeres del pueblo, prostitutas, virtuosas, rubias, morenas, negras, asiáticas, indias mestizas[iii],… qué más da. La Sabiduría no tiene un rostro específico, es patrimonio de la Humanidad

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[i] Bolonensis, de Bolonia, primera Universidad surgida en el mundo Occidental, en la ciudad de Bolonia, Italia. Esta Universidad se especializaba en Derecho y lo hace todavía.

[ii] En realidad la Biblioteca de Alejandría, recopilada por la dinastía griego-macedonia de los Ptolomeos, cuya última descendiente fue la famosa reina Cleopatra, sufrió su primer desastre cuando las llamas de una batalla naval que libraba Julio César en el puerto mayor de la ciudad alcanzaron el recinto y destruyeron miles de rollos y manuscritos. A partir de entonces siguió siendo víctima de las constantes pugnas entre griegos, egipcios y judíos, los tres grandes grupos que se disputaban el control del comercio alejandrino, y más tarde fue objeto de constantes y villanos asaltos por parte de los cristianos. Los sabios que trabajaban en ella y los gobernantes romanos de la ciudad tuvieron que trasladarla varias veces a edificios más pequeños. Hipatia no enseñó propiamente en la Biblioteca original, sino en el Museión, un pequeño templo dedicado a las Musas. Ha llegado a nosotros la leyenda de que los últimos profesores lograron ocultar en cuevas algunos manuscritos para salvarlos de la depredación.

[iii] Han corrido rumores sobre la identidad de esta supuesta mestiza desconocida, según los cuales pudo haber sido la Longina de la célebre canción de la trova cubana o la famosa Macorina de los automóviles, pero hasta hoy nada se sabe de cierto.

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Porque es mi río, mi país, mi sangre

Durante un viaje no precisamente de placer, el auto en que regresaba a mi casa recorrió largamente la avenida 51, un siglo atrás terreno virgen que orillaba el río Almendares. Todos los habaneros y otros habitantes de la ciudad hemos pasado alguna vez por “la Papelera”, y me imagino que habrá muchos como yo que no sepamos para nada cómo se llama esta fábrica, ni quizá tampoco otras muchas instalaciones que hoy se alzan sobre esas antiguas márgenes cubiertas por ruinas de viejas mansiones y selva impenetrable, pero el Almendares sí lo conocemos todos, yo en particular porque pasa por lugares a los que mi padre me llevaba de niña: el Jardín Botánico, el Parque Forestal… El Almendares es para mí un paisaje y un recuerdo indisolublemente unido a mi vida, una vida pequeña si se compara con la de algunos cubanos ilustres que habitaron en esas márgenes misteriosas, cubiertas por una humedad vegetal vertiginosa y asfixiante.

Húmedo y selvático, el Almendares nutrió el jardín donde Bárbara enterró la luna

Siempre que viajo por esa avenida voy buscando con la mirada anhelante la casona de los Borrero, familia ilustre cuyo patriarca, don Esteban, fue un alto oficial del Ejército Libertador, médico de profesión y escritor y poeta no sé si por vocación o por afición. Aunque tengo algunas fotos de la célebre mansión de Puentes Grandes, nunca he podido encontrarla, y siempre sigo viaje con un sentimiento de frustración bastante estresante, que no disminuye ni siquiera ante la realidad de que es bien difícil localizar una casa totalmente deteriorada que ya no se parece a ella desde un auto en marcha.  No me resigno a no poder ver, aunque sea de lejos, esa casa bendecida por la Poesía, donde nació y vivió Juana Borrero, una de las pocas poetas modernistas que florecieron en Latinoamérica y una pintora genial, faceta en la que por desgracia se le conoce muy poco. Julián del Casal, otro de los grandes poetas modernistas de América, la conoció en medio del agreste verdor del lugar cuando ella solo tenía doce años y estaba de pie frente a un caballete pintando uno de sus magníficos óleos. Casal fue un visitante asiduo de los Borrero, como también lo fueron los

casa de los Borrero en Puentes Grandes

hermanos poetas Urbach, uno de ellos, Carlos Pío, novio de Juana, y el otro de su hermana Dulce María. Una juventud tocada por las musas, poseída por la voz de los versos, bella, delicada y gentil… Siempre ha sido para mí un ejercicio voraz de mi fantasía tratar de imaginar aquellas veladas donde cada cual leía sus estrofas, reunidos todos en torno a Casal, de quien se consideraban discípulos. Aquel fue un mundo romántico y también heroico, pues Juana y Casal murieron de tisis, y uno de los Urbach peleando en la manigua por la independencia de Cuba.

Pero en este viaje de marras se me ocurrió pensar que también Dulce María Loynaz habitó dos casas en esas márgenes. La primera la famosa casa encantada de la calle Línea, como la bautizó el gran poeta andaluz  Fedrico García Lorca, y que en verdad debió ser una morada muy especial a juzgar por el modo com deslumbró a cuantos fueron recibidos en ella. Ese magnífico conjunto de edificios que  se encuentran en ruinas desde hace décadas es el escenario donde Dulce colocó a Bárbara, protagonista de su novela Jardín, para la que se inspiró en la mansión y en los frondosos jardines selváticos que la rodeaban, regados por el Almendares y tan vastos que llegaban hasta el mar. ¿Quien no ha visto al caminar por Líena o al paso fugaz de un ómnibus o un auto la célebre Casa del Alemán, ese chalet de madera que estaba en el terreno que la abuela de la escritora compró en 40 000 pesos solo para salvar un flamboyán que su nieta adoraba?

Casa del Alemán

Algunos especulan que también a orillas del Almendares pudo estar la mítica  finca La Belinda, en la que transcurrió su primer matrimonio de siete años con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, a quien ella dedicó su poema San Miguel Arcángel por la belleza viril que poseía, a la que la poeta fue muy sensible. Dulce siempre se refirió a aquellos años vividos en La Belinda como a una etapa de paz bucólica, una especie de ensueño en un paraíso que perdió debido a su divorcio, y en el cual, mientras duró, se sintió feliz. En algunas ocasiones Dulce declaró que aquella casa le inspiró su poema Últimos  días de una casa, que ella reconoce como la obra que marcó, junto con La novia de Lázaro, un punto de giro en su poesía, una expansión hacia nuevos horizontes, y a la vez un final, puesto que después de ellos ya no pudo volver a escribir.  No me siento lo suficientemente segura para afirmar que La Belinda, construida en 1793 y rodeada de galerías de columnas como las antiguas mansiones de El Cerro, haya estado, o acaso estén sus ruinas todavía, en medio de esa selva apretada y llena de sombras inquietantes que irrigaba el río, porque Dulce era inclinada a cambiar informaciones sobre su vida personal y artística, no solo su verdadera edad, sino cualquier acontecimiento al que le conviniera presentar de un modo diferente a la realidad del sucedido, o simplemente porque ello la divertía, como ella misma llegó a confesar. No hay referencias claras a la ubicación de La Belinda ni en el capítulo del mismo título incluido en Fe de vida ni en sus Confesiones, entrevista qeue concedió al piñareño Aldo Martínez Malo. Dulce fue experta en veladuras.

Pero antes que la poesía habitara en esos predios lo hicieron los demonios. Extrañamente estos cedieron su espacio a la Belleza, pero antes lo poseyeron y bien poseído, y quizá aún anden por allí, entreverados con los altísimos tallos de las palmas o enredados en matorrales de un verde sombrío. En esa misma zona tuvo una mansión campestre nada menos que el conde Barreto, uno de los personajes más temibles de la historia de La Habana, quien vivió hace siglos y fue el líder oficial de las persecuciones de esclavos fugitivos en la ciudad. Barreto tenía manías extrañas: todos sus matrimonios acabaron en viudeces inexplicables, ya que las esposas fallecidas eran muy jóvenes, apenas salidas de la pubertad. Se dice que en su casa de La Habana Vieja tenía un crucifijo enorme de maderas preciosas al que gustaba azotar en medio de sus terribles ataques de ira. Siempre he pensado que en esa patológica costumbre del conde se encuentra el núcleo del relato de Casal El amante de las torturas. Otra de las “singularidades” de Barreto era invitar mendigos y otros desechos sociales a un almuerzo en el patio interior de su mansión habanera, y una vez dentro mandaba cerrar las puertas y soltaba una jauría de mastines furiosos a los que había hecho sacar los colmillos. Los míseros invitados confundían aquella camada inocua con la bestial jauría bien dentada que empleaba el conde en sus cacerías humanas, y atrapados entre aquellas paredes eran presas de la desesperación, y se aplastaban entre sí intentando trepar por los muros mientras Barreto se moría de risa desde una galería de la casa. Luego el conde entregaba unas monedas a aquellas piltrafas aterrorizadas, en una cantidad siempre acorde con los daños que se hubieran infligido o recibido durante la espantosa escena. En su mansión del Almendares murió Barreto, solo, velado únicamente por sus esclavos, quienes huyeron al irrumpir en la casa las aguas del río, desbordadas por un ciclón, q-ue se llevaron el ataúd del conde en un rapto macabro, para devolverlo días después sin cadáver y relleno de piedras negras. Todavía se habla en La Habana del temporal de Barreto, como se conoce aquel desmadre de la naturaleza, poco frecuente en tierras habaneras.

Todas estas historias de poesía, amores y perversiones desfilaron por mi mente en una curiosa sucesión arremolinada de imágenes, fragmentos leídos y repentinas visiones. Supongo que porque, aunque yo nunca logre vislumbrar nada de aquel pasado rutilante del lugar, el espíritu dionisíaco de todo aquel mundo hoy desaparecido sigue vivo allí, demonios desatados, versos que vuelan entre el viento de los atardeceres. Qué pintoresca alta sociedad tuvo La Habana, sin duda…

*Verso del poema Oda al Almendares, de Dulce María Loynaz

 

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Lingua franca: ¿qué es…?

Se me ocurrió esta pregunta mientras veía la serie Vikingos, coproducción irlandocanadiense de History Channel, al escuchar el extraño idioma hablado por los actores que encarnan a los vikingos, y el no menos extraño francés hablado en París por los súbditos y nobles francos del emperador Carlos el Calvo, descendiente del gran Carlomagno. Había escuchado el término en otras ocasiones, pero la curiosidad me llevó a indagar si era en verdad lo que yo pensaba: una corrupción del latín ya muy corrupto o bajo latín hablado por las legiones y colonos romanos en sus asentamientos en las Galias.

Pero me equivocaba. Lo que hablan los personajes noruegos, suecos y daneses de la serie es una forma del nórdico antiguo, mientras que los francos hablan una forma antigua y ruda del francés actual, probablemente la conocida como lengua de Oil, hablada en el norte de Francia y muy diferente del fluido y elegante provenzal o lengua de Oc, hablada en el sur de ese país.

En realidad lo que conocemos como lengua o lingua franca es cualquier lengua o idioma, generalmente impuesto por un grupo o nación poderosos sobre conquistados o grupos más débiles para salvar las diferencias existentes entre idiomas diferentes. Un recurso para establecer la comunicación entre diferentes grupos parlantes, con fines generalmente económicos, sociales y de dominación.

Las lenguas francas han existido siempre. En Occidente la primera conocida es el griego, aunque antes pudo haber otras que no han llegado a nosotros, y más tarde el latín, que se extendió por todo el territorio del imperio romano, hasta que la dialéctica de la historia hizo de él una lengua muerta. Luego fue nuestro castellano la lengua franca en la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Las lenguas francas, según se desprende del análisis de los estudiosos, son coyunturales y tienden a desaparecer o a debilitarse hasta volver a su primitivo estadio local.

Contrariamente a lo que pueda suponerse, una lengua franca no parece estar determinada por la cantidad de personas que la hablen, sino ser resultado del quehacer de grupos de élite que ostentan algún tipo de poder. El caso del inglés es particularmente interesante, ya que es la lengua de las dos últimas potencias imperiales de la historia: Inglaterra y Estados Unidos, sin embargo no es la lengua materna de la mayoría del planeta.

La globalización, con sus tendencias fuertemente estandarizantes, ha tenido en el terreno de la cultura, y también en el de la política, una respuesta exacerbada de los nacionalismos, lo que ha traído por consecuencia que a pesar de la enorme difusión del inglés provocada por el mundo digital, en el que es la lengua más empleada y en la que por excelencia se escribe la mayor parte de la documentación científica y cultural que circula en la red de redes, ha comenzado a sufrir un rechazo de lo más curioso, del cual se suele citar como ejemplo la negativa de los daneses a aceptarlo como la lengua de su enseñanza universitaria. En las antiguas colonias inglesas tiene que compartir hablantes con las lenguas nativas, como en el caso de India y Paquistán. Si además se tienen en cuenta los miles de millones de individuos que en el planeta carecen de todo acceso a internet y que quienes lo disfrutan residen mayoritariamente en Occidente, resulta que el inglés viene siendo algo así como una lengua de élites económicas y culturales. Por número de hablantes ni siquiera tiene el primer lugar entre los idiomas hablados hoy en el mundo.

Pero aun así, se piensa que el inglés seguirá siendo por mucho tiempo la lengua franca en la Tierra, aunque los chinos le “muevan el piso” con el mandarín, cuyo estudio abarca hoy una cifra estimada en más de cien millones de personas en todo el planeta, aparte, por supuesto, de los mil trescientos millones de chinos que lo tienen, a su vez, como lengua franca dentro de las fronteras de ese enorme país asiático que promueve su idioma nacional con fuerte apoyo gubernamental, con el fin de secundar su tremenda eclosión en el mercado internacional. Los chinos son muy nacionalistas y se niegan a aprender otros idiomas, mucho menos el inglés, y quienes deseen comerciar con ellos deberán hacerlo en la lengua franca del Celeste Imperio. Ni más ni menos.

Espero que esta aclaración impida que muchas personas caigan o continúen en el error en que yo estuve hasta hoy. Y sobre todo sepan que las lenguas francas, por asombroso que parezca, están llamadas a desaparecer reemplazadas por el regreso de la Babel lingüística que cuenta la Biblia en el principio de los tiempos, porque en ese futuro que parece de ciencia ficción ya no serán necesarios idiomas intermediarios: el traductor de Google asegurará la comunicación entre la especie humana. ¿No le suena eso, lector, un poco escalofriante? ¿Y si se va la luz? Francamente…

 

 

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El bosque de los suicidios o contra la soledad del corredor de fondo

Hace unas horas, mientras leía un artículo muy triste sobre el Bosque de los Suicidas, en Japón, y las altas cifras de personas, sobre todo jóvenes de ambos sexos, que se dan muerte en ese lugar (las estadísticas señalan aproximadamente unos 70 suicidios anuales), tropecé con las siguientes líneas: “La condición llamada “Hikikomori”, un tipo de aislamiento social agudo, en la que los jóvenes no quieren salir de sus casas, ha aumentado más con las nuevas tecnologías”.

Japón, país asiático de cultura milenaria, es tierra de arraigadas tradiciones, entre las que existen varias relacionadas con el suicidio, como el harakiri, y otras propias del Bushido, código de honor de los guerreros samurái. Al ser un país donde el cristianismo jamás echó raíces, la concepción del suicidio como pecado no existe allí. El suicidio es ara los japoneses un acto completamente honorable.
Pero ese no es el caso de Cuba, isla en que no tanto por ser una sociedad donde el cristianismo sí floreció y se mantuvo siempre como religión oficial, como por el carácter superficial, alegre e indolente del cubano, es una tierra donde, sin decir que no existe el suicidio, hay que reconocer que para nada es entre nosotros un problema social de envergadura. Pero… ¿no tendremos Hikikomori…?

Desde hace tiempo observo en La Habana, ciudad donde vivo, una tendencia creciente entre numerosos jóvenes nuestros parecida al Hikikomori. Deprimidos o no, cada vez son más los muchachos y muchachas que conozco que me dicen que no quieren salir de sus casas. Es posible que el mundo digital, que permite las relaciones sociales sin necesidad de encuentros físicos, tenga mucho que ver con este fenómeno. Los juegos digitales, que llegan a crear verdaderos estados adictivos llamados ludopatía, son también muy atractivos para los adolescentes y jóvenes. Pero ellos tienen también otras razones.

Los jóvenes con quienes he conversado sobre su desagrado a salir a la calle exponen razones varias: el clima, la escasez de transporte, la falta de dinero para costearse diversiones en CUC como las discotecas, los clubes y los bares de los hoteles, la falta de lugares seguros donde ir a bailes públicos, la inseguridad de poder regresar a sus casas si permanecen lejos del domicilio después de las ocho de la noche, el temor a vestir ropas, relojes u otros artículos que llamen la atención de delincuentes, la dificultad de encontrar parejas de acuerdo con sus expectativas, el aspecto feo y sucio de antas zonas de la ciudad…, en fin, rechazo al medio circundante y miedo a abandonar lo que los psicólogos llaman zona de seguridad, para ellos la casa familiar. La programación de la televisión nacional la encuentran aburrida, pero ven telenovelas, series, escuchan música, chatean a través de ordenadores y móviles, forman parte de redes sociales donde conocer gente no tiene (aparentemente) los mismos riesgos que en la vida real. Los que tienen un mayor desarrollo cultural disponen de otras posibilidades para ocupar su tiempo: leen, dibujan o pintan, crean proyectos, componen música con programas digitales…

He hablado con padres que se sienten contentos de que sus hijos eviten hacer vida social, porque así  “están menos expuestos a buscarse problemas”. Entiendo esta forma de pensar y hasta la comparto, debo confesarlo. Sin embargo, la adolescencia y la primera juventud son los períodos formativos de la personalidad del individuo, y si en esas etapas no se tiene contacto con el prójimo se dejan de adquirir habilidades sociales que luego resultarán de suma importancia para el adecuado desempeño en la vida. Por otra parte, por muy buena comunicación que exista entre los jóvenes y su familia más allegada, la diferencia generacional puede llevar al aislamiento emocional e intelectual, pues al igual que nos sentiríamos mal los adultos si solo pudiéramos hablar con personas de mucha menos edad, los jóvenes, por más maduros que sean, tienen inquietudes, intereses y sentimientos que los adultos ya hemos vivido y dejado atrás. La comunicación entre individuos de una misma generación es necesaria como aprendizaje y nada puede sustituirla.

Y hay un tercer factor que, al menos a mí, me parece preocupante. Cuando éramos jóvenes nuestros padres sabían con quiénes nos reuníamos, conocían a nuestros amigos, que solían ser compañeros de escuela o hijos de vecinos, el ambiente que rodeaba a los hijos era entonces bastante predecible. Pero estos muchachos y muchachas de ahora mismo que no quieren salir de casa, pero se pasan horas ante los chats de las redes sociales o con sus móviles pegados a la cara ¿con quién están hablando? La situación se asemeja a la del “amigo imaginario” con quien conversan tantos niños para desesperación de sus padres, y que a veces es un Luisito o un Juanito que solo ellos ven, otras un canguro o un conejo con sombrero, Spiderman o cualquier otra cosa (lo que no deja de ser alarmante pero no tiene implicaciones reales de riesgo social para esos niños y niñas tan imaginativos); quiero decir, que el conejo del sombrero y Spiderman no pueden inducir a nuestros hijos a drogarse ni a tener comportamientos verdaderamente antisociales a menos que sean la creación de mente patológica, mientras que estos desconocidos con quienes nuestros hijos mantienen relaciones son personas muy reales a las que ni ellos ni nosotros conocemos. ¿Qué pasa si una adolescente recibe una invitación de uno de estos seres virtuales para un encuentro? Hay mucho psicópata suelto por ahí, y las redes sociales son un mundo ilusorio donde nadie puede estar seguro de la verdadera identidad de un interlocutor desconocido. No es paranoia aunque suene como tal, es realidad pura y dura.

No hay en Cuba un Bosque de los Suicidas, gracias a nuestro espíritu tan livianamente tropical y a que, a pesar de todas nuestras carencias e incomodidades, vivimos en una sociedad que en comparación con muchas otras aún mantiene equilibrio en muchos aspectos. Pero el deseo de aislamiento social puede llevar a la depresión a las personas jóvenes, que son emocionalmente muy vulnerables. Y en algunos casos la depresión puede llevar al suicidio.
No puedo ofrecer soluciones que yo misma no he encontrado. No estoy convencida de que todas las personas que no quieren salir de sus casas necesiten ayuda profesional, y tampoco puedo ofrecer a las familias que estén confrontando casos así herramientas reales para desmantelar los también muy válidos argumentos que esgrimen estos jóvenes solitarios de nuevo tipo. Yo no sé qué hacer ante este fenómeno. Me limito a llamar la atención sobre él.

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Outlander, historia y cultura: una serie que debe ser vista

Para ciertos lectores no tan bien intencionados de mi blog, que los hay, como pude comprobar cuando apoyé los intentos desesperados de Catalunya por separarse de España, parecerá que soy una fanática compulsiva de las independencias si confieso que en los días en que se debatía la separación de Escocia de Inglaterra, yo esperaba con ansias la noticia del SÍ de los escoceses. Lamento profundamente que no haya ocurrido, aunque comprendo que este momento de la historia del mundo no es el más indicado para separaciones de dejan vulnerable a alguna de las partes o a ambas. Pero sucede que ciertas profesiones, aunque no hayan quedado más que en vocaciones alimentadas de modo autodidacta, marcan la personalidad de un modo extraño, y cuando se ha estudiado la Historia de la Humanidad se tiene una conciencia demasiado clara de esos matrimonios impuestos por los imperios y los reinos fuertes a naciones más débiles, con culturas muy disímiles, pueblos muy disímiles, ansias muy diferentes. El espíritu inglés es poderoso, siempre lo ha sido desde los tiempos en que la reina Boudica combatía a los romanos, y yo lo amo, pero también amo el espíritu celta de Irlanda y Escocia, tan brillante, desbordante de vida, y cuando miro la nómina del arte inglés en todas sus manifestaciones salta a la vista que casi todo lo que vale en ese territorio de la condición humana tiene sangre irlandesa y escocesa, me digo que mi amor por el espíritu celta es legítimo, es bueno y es fuerte, y yo tengo derecho a sentirlo. Por eso me gusta Outlander, esa serie que recurre una vez más, cuando ya pareciera que no queda tela por donde cortar, a la temática de los viajes en el tiempo, para llevarnos desde 1945 a una Escocia que en pleno siglo XVIII se debate frenética en un intento por sacudirse las cadenas con que la ha embridado el Imperio Británico.

Cuando se ha ejercido la crítica de arte se vuelve casi imposible ser un espectador ingenuo. Uno desarrolla lo que se podría llamar, con licencia de Martí, el ojo fétido, de manera que muchos detalles, errores, pifias, técnicas mal usadas, fotografía pobre, malas escenografías, guiones fallidos, actuaciones pobres y fallos de dirección saltan a la vista y le roban al espectador no ingenuo una buena parte de su goce estético. Outlander, tiene clichés, ¿qué se ganaría con negarlo?, y para mí el primero fue el modo en que se llevó a cabo en el primer capítulo el cambio de tiempos de la protagonista, la actriz y modelo irlandesa Caitriona Balfe, quien impersona a la sargento-enfermera del ejército inglés Claire Randall. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, ella viaja

con su esposo a la ciudad escocesa de Inverness para tener una segunda luna de miel que les permita reconectar su relación truncada por la guerra, pero es llevada a través de un círculo mágico de piedras a la Escocia del siglo XVIII, unos pocos años antes de la batalla de Culloden, donde los clanes escoceses cargaron prácticamente desarmados contra el ejército inglés equipado con cañones y fueron masacrados. Los escoceses perdieron más de 2 000 hombres en menos de una hora y, como se repite siempre en la serie, allí murió la cultura tribal de las Highlands o tierras altas de Escocia, la tierra montañosa donde el pasado celta conservaba todavía su pureza. Como dije, ese cambio de tiempos no está bien trabajado, pudo ser mucho mejor.

Tobias Menzies en el papel de Frank Randall, oficial de la contrainteligencia británica en la Segunda Guerra Mundial y primer esposo de Claire

Y ese no es el único cliché que me ha parecido detectar en los capítulos que he visto hasta ahora, pero… ¡Cuántas compensaciones! Solo tener la oportunidad de disfrutar tan largamente la vista de los maravillosos paisajes escoceses es ya un premio, pues para los cubanos Escocia es algo casi desconocido, una tierra de más allá, podría decirse. En verdad es como un país de hadas, esas banshees de la mitología celta que danzan envueltas en crisálidas de luz junto a los círculos de piedras sagradas y cambian de forma para engañar a los humanos. El casting de la serie es excelente, no hay un solo personaje fuera de lugar, y algunos me han sorprendido muchísimo, como el inglés Tobias Menzies, a quien conocimos en Cuba por su personaje del simplón lord Edmure, hermano menor de Catelyn Stark en Juego de tronos. En Outlander Menzies interpreta dos personajes: Frank Randall, militar experto en espionaje del M-16 y elegante esposo de Claire, académico, historiador aficionado, hombre firme pero amante de su esposa, lúcido, comprensivo y tierno a la manera inglesa, que no se parece nada a la idea de ternura que existe entre otros pueblos de sangre más ardorosa; y el capitán Jonathan Randall, su antepasado, también llamado Jack el Negro por su crueldad extrema con los escoceses, un ser siniestro, sádico, perverso y brutal.

El capitán Randall azota a Jaimie, joven guerrero del clan Frazer

 

 

 

 

Jaimie mata a Randall en la (reconstrucción de la) tristemente célebre batalla de Culloden Moor, donde Escocia perdió definitivamente su independencia

Caitriona Balfe no me sorprende: es la típica heroína casi etérea de una serie como esta, una actriz de muchos recursos expresivos que le han valido varios premios por su papel en la serie.

Su partenaire, el escocés Sam Heugham, encarna, en mi opinión con absoluta magnificencia, el personaje de Jaimie Frazer, joven jefe del clan Frazer, guerrero a quien obligan a casarse con Claire poco después que esta ha hecho su misteriosa aparición entre los escoceses del pasado. Los dos son auténticos exponentes étnicos de sus pueblos: traslúcida en su levedad la irlandesa Balfe y fuerte y monumental el escocés, hombre de una belleza como diríamos en La Habana: “¡fuera de liga!”.

Debo señalar que Outlander derrocha erotismo de gran calibre. Todas las escenas de sexo enre Jaimie y Claire están trabajadas con un gusto exquisito y una maestría fotográfica envidiable.

Obsérvese la composición lograda con la luz sobre los volúmenes corporales de los actores. Sobre el tratamiento de la sexualidad en la serie recomiendo leer Outlander nos muestra un nuevo tipo de hombre (desnudo)  en https://cadenaser.com/ser/2018/09/10/television/1536580056_448826.html

Los escoceses de la serie son todos por igual ejemplares auténticos de su raza, y entre ellos destaca la tremenda personalidad del actor escocés Graham McTavish (Dougal, jefe de guerra del clan McKenzie y tío de Jaimie), con una más que imponente presencia escénica, y la excelente caracterización de Duncan Lacroix (Murtagh Fraser, padrino de Jaimie, quien por cierto es inglés ¿con algunos genes escoceses…?). En el casting se cuidó, yo diría que con exquisitez, la fisiología de los distintos grupos raciales que intervienen en la historia, incluidos los franceses.Piens que se pudo  explotar más la figura del conde de Saint-Germain, un célebre mago de su época. Es un hilo temático pobremente explotado.

Lotte como Giulia Farnese

Llevan a la hoguera a la bruja confesa Geillis Duncan

Me sorprendió agradablemente la presencia en la serie de la holandesa Lotte Verbeek, una de mis actrices fetiche, a quien ya conocemos en Cuba por su actuación impactante en ese filme extraño y enigmático que es Nada personal, y su brillante desmpeño como Giulia Farnese, amante del Papa en la serie Los Borgia. En Outlander hace el papel de Geillis Duncan, mujer entendida en hierbas y amiga de Claire, a quien termina revelándole que también es una viajera del tiempo y viene de 1968, y esa fecha no es casual, porque aquel año estuvo marcado en casi todo el mundo por luchas independentistas y reivindicaciones de derechos humanos. Geillis es una militante del moderno nacionalismo escocés que ha viajado al pasado para intentar cambiar el curso de la historia ayudando a liberar Escocia de Inglaterra. Hay que señalar que la secuencia del proceso por brujería a que son sometidas las dos mujeres está entre las más impactantes de la serie, y en cada escena Lotte brilla por encima de Balfe con un resplandor de magna actriz que deja al espectador sin aliento. Una actriz muy hábil que sabe explotar su belleza y sus dotes de bailarina, y gracias a ellas tiene sus más espectaculares escenas en Outlander,  desnuda y yaciendo en una tina de sangre.

Me he preguntado más de una vez por qué no le dieron el papel de Claire, pero la respuesta la descubrí en la misma serie: Todos los personajes dicen que Claire es “dulce”, mientras que Jaimie dice de Geillis que es “un alma malvada”. Bueno, ciertamente… hay que reconocer que es la gran malvada de la serie, la contraparte del capitán Randall, ni más ni menos.

Quienes hayan visto la serie Reinado, sobre la vida de la hermosa y desdichada reina escocesa María Estuardo, desposeída de su trono y encerrada en La Torre de Londres por orden de su prima la reina Isabel de Inglaterra,  y decapitada  tras diecinueve años de cautiverio, comprenderán que Outlander no es únicamente una serie televisiva de carácter histórico, sino también político y religioso, lo que la hace muy polémica, tanto que se estrenó en Inglaterra mucho después que en otros países, porque su lanzamiento hubiera coincidido con la agitación del referendo escocés y los ánimos estaban muy caldeados, pues los pueblos no olvidan la memoria de sus humillaciones. El entonces Primer Ministro del Reino Unido, Tony Blair, solicitó personalmente a las televisoras que no lanzasen Outlander en aquel momento, y desde luego, dando muestra de un sprit de corps muy inglés, ninguna lo hizo. Blair fue lúcido, porque yo no dudo que Outlander habría inclinado abiertamente la votación en favor del SÍ. Se puede no estar de acuerdo conmigo, pero yo creo en el poder del arte como catalizador social.

Los highlanders liderados por Jaimie. Al frente el príncipe escocés Carlos Estuardo, hijo de Jacobo, legítimo rey de Escocia, vistiendo el kilt con los colores de su clan. Outlander es una bomba política que ha desatado furor en Escocia.

Todavía en nuestros días a Inglaterra no le agrada pensar que Escocia sigue siendo una tierra que no renuncia a su independencia ni a su identidad. Uno se da cuenta de que los elementos de la antigua cultura tribal y religiosa siguen vivos en las Highlands, y no resulta insensato especular que el día después de una hecatombe nuclear comenzaría su gran renacimiento.

Como uno de los principales valores de esta serie hay que señalar la dramaturgia que, pese a seguir una pauta incómoda para el espectador por el cruce constante los dos tiempos involucrados en la historia, mantiene una dinámica y un suspenso impecables, al tiempo que permite al guión hacer cambios en la perspectiva de las voces narrativas, lo que confiere gran flexibilidad a la acción, en dependencia del punto de vista necesario a cada fase de la trama.

Las reconstrucciones de época, tanto la de Inverness en 1945 como las de Escocia y Francia (esta última tal vez menos) en el siglo XVIII son muy fieles y resultan de una enorme riqueza visual. La época está muy bien representada y el espectador puede conocer con poco margen de diferencia cómo eran los castillos escoceses de los jefes de clanes, un estilo de vida que vio su final en la batalla de Culloden, por lo que nunca más ha podido ser vista en su prístino esplendor. Es posible que a París le falte la tremenda suciedad que la caracterizaba en aquella época y no se hayan logrado “disfrazar” convenientemente las áreas urbanas donde se filmó. Las tomas interiores de Versalles, o al menos algunas de ellas, fueron hechas en la famosa Biblioteca de Praga, pero como París no es de mi interés esos detalles no mermaron mi goce estético.

Todos los interiores filmados en Escocia tienen el aura de óleos antiguos, la semipenumbra de las estancias rota de pronto por un brote radiante de luz que penetra por una ventana,

Obsérvese que esta escena ha sido compuesta como un óleo, y además, la disposición de los personajes recuerda la colocación de los actores en un escenario teatral

la lentitud del movimiento grave que ejecutan los personajes como en una danza ceremonial, el gaélico escocés áspero como pedriscos que hablan los personajes con apasionada intensidad en algunas ocasiones, las costumbres cuidadosamente reproducidas, la danza de las druidesas y la música, compuesta por el compositor estadounidense Bear McCreary —graduado de la prestigiosa USC Thornton School of Music de California— para instrumentos antiguos típicos de Escocia y las naciones celtas, como la flauta penny wissel y las gaitas, violines, acordeón y bodhrán (un tipo de tambor propio de la  sonoridad celta), e interpretadas por Raya Yarbrough, su esposa y también compositora. Quien haya escuchado música celta, en especial irlandesa, sabe cuán profundamente puede conmover la sensibilidad con su misteriosa melancolía, su lamento, su misticismo. El tema que fondea los créditos se titula Skye boat song, una canción folk escocesa, y la banda sonora contiene otros temas también tradicionales como An fhideag airgido los cánticos que entonan unas mujeres mientras trabajan la lana. Pero sin pretender que no importa la calidad de voz de quien cante estas canciones, me atrevo a afirmar que cualquiera fuere su intérprete, mientras siga el modo de cantar de las naciones celtas nos conmoverá de igual modo, porque es la combinación de los instrumentos con la melodía y las extrañas modulaciones de la voz lo que hace de esa música un universo sonoro estremecedor y único. Sobre Skve boat song ha dicho McCreary:

Siempre he adorado esta pieza, y sentí que la conexión de su letra con el levantamiento jacobita podía hacerla perfecta para esta serie. Me esforcé en usar la letra de Sir H. Boulton. Afortunadamente, la vocalista Raya Yarbrough recordó otra letra, escrita por Robert Louis Stevenson. Esta resultó mucho más adecuada para la historia de Claire, y más aún tras alterar algunas palabras para que cuadrase con el género femenino de quien representaba.

Ron Moore y yo originalmente teníamos previsto usar una canción instrumental para la apertura de la serie. En realidad nunca antes he compuesto un tema principal que tuviera letra, así que no se me había ocurrido. Después de experimentar un poco en mi estudio, decidí llevar a Raya para ver cómo sonaría con letra. Inmediatamente, me di cuenta que su calidad vocal, única y atemporal, aportaría algo especial a Outlander, y Ron Moore y los demás productores estuvieron de inmediato de acuerdo.

Para dar una idea al lector de la seriedad y el rigor histórico con que está hecha esta serie, reproduzco otras interesantísimas reflexiones de McCreary, esta vez sobre una de las escenas más fascinantes y hermosas de la serie: la danza de las druidesas en el cairn o círculo de piedras:

No tenía ni idea de qué tipo de música podría haber sobrevivido desde los tiempos de los druidas, así que llamé a mi historiador musical permanente, Adam Knight Gilbert. Adam es increíblemente experto, y sabía que podía contar con él para ayudarme a hacer el mundo musical de Outlander lo más auténtico posible.

Él me informó lo que yo ya sospechaba: la música de los druidas no ha sobrevivido, y gran parte de la música que la gente asocia con ellos actualmente, se basa en la mitología construida por la cultura pop, sin ningún tipo de exactitud, por tanto. Sin ningún material que aprovechar, decidí entonces adaptar la lírica más antigua que pudiera encontrar perteneciente a la región. Adam encontró unas cuantas piezas y elegí la que yo sentí casaba mejor con la escena, la primera estrofa de un poema llamado Duan Na Muthairn, o Runa de la Muthairn. Los versos fueron extraídos de una colección de Alexander Carmichael llamada Carmina Galedica, publicada en 1900, que estuvo a la vanguardia del movimiento de renacimiento gaélico durante esos años:

Rey de la luna,
Rey de sol,
Rey de los planetas,
Rey de las estrellas,
Rey del mundo,
Oh Rey del cielo,
Oh! precioso tu rostro,
Tu haz bello.

Para la música, he compuesto un tema original, en base a este texto. Lo escribí en modo dórico, escala que empleo con frecuencia para esta serie por su sabor a “viejo mundo”, y sus elegantes armonías implícitas. Debajo de la melodía, compuse una progresión armónica claramente moderna para dar al tema una calidad de otro mundo. Así fui llegando poco a poco al tema de las piedras.

Raya Yarbrough

La secuencia comienza con un ostinato simple en el arpa celta, sobre un lecho de cuerdas orquestales inquietante. Luego, dos voces femeninas entran, cantando el tema en armonía (todas las voces para esta secuencia cuentan con la voz de Raya Yarbrough por encima). A medida que la escena avanza, he añadido nuevas capas de la voz de Raya, expandiendo la instrumentación en la percusión, junto al violín escocés y una exuberante orquesta de cuerda. La escena es el sueño de cualquier compositor, pues cuenta con magníficos efectos visuales, grandes emociones y ningún tipo de diálogo que compita con la música. Componer esta escena ha sido uno de los mejores momentos de la serie hasta el momento, y me permitió escribir un tema que dará sus frutos en el futuro de una manera interesante.

Danza de las druidesas en el círculo de piedras

Toca mencionar la tremenda secuencia de tortura y sodomización de Jaimie cautivo del capitán Randall, psicópata sadomasoquista. Son escenas muy fuertes, pero no para nosotros los cubanos, que ya hemos visto Verde verde, de Enrique Pineda Barnet, y el sadomasoquismo criminal en una relación homoerótica no tiene, creo, mucho más que revelarnos. No sé si en las temporadas que aún no he visto haya más de lo mismo. No es agradable, pero me atrevo a decir que tampoco es una realización burda, pues se han cuidado mucho los matices, las interpretaciones, la fotografía y la composición de escenas, y el resultado es arte, aunque muchos seguramente se pronuncien por considerarlo pornografía.

Como ocurre con la serie Juego de tronos, también Outlander es una adaptación de varios libros, en esta ocasión de la escritora estadounidense de origen mexicano Diana Gabaldón, amiga del autor de Juego… Gabaldón desarrolla tramas donde mezcla la ficción histórica, la novela romántica, el misterio, la aventura y la fantasía. Outlander es la adaptación de su saga Forastera, que cuenta con las siguientes novelas: Forastera (1991).(La saga de Claire Randall,1); Atrapada en el Tiempo (1992). (La saga de Claire Randall, 2); Viajera (1994).(La saga de Claire Randall,3); Tambores de Otoño (1997) .(La saga de Claire Randall,4); The Outlandish Companion (1999), una guía para la serie de libros que complementa la historia con una mejor descripción de los personajes, mapas, sinopsis y demás; La Cruz Ardiente (2001).(La saga de Claire Randall,5); Viento y Ceniza (2005).(La saga de Claire Randall,6); Ecos del Pasado (2009).(La saga de Claire Randall,7), y The Exile –An Outlander Graphic Novel (2010). Tiene otra saga, Lord John, que no ha sido adaptada.

Diana Gabaldón aparece fugazmente en Outlander caracterizada como una dama escocesa de la época

Outlander, como Los Borgia, La reina blanca, La princesa Blanca, Los Tudor, La corona, Isabel, Espartaco y Britannia, entre otras series históricas que no me vienen a la mente ahora mismo, son ejemplos maravillosos de cuán necesaria resulta la cultura en un escritor, un cineasta, y en general para cualquier manifestación artística. En el mundo de la creación no se puede improvisar, y el escritor que no domina sus imaginarios no pasará de componer un bodrio lamentable. Habrá quien saque a colación el caso de William Faulkner y alegue que fue un escritor sin cultura, y yo respondo: Faulkner escribió sobre el Sur de los Estados Unidos, un universo económico, social y cultural absolutamente propio y separado del resto de Norteamérica, porque era el suyo, ¿y quién lo retrató mejor? También hay que desechar de una vez por todas la idea, tan clavada en las mentalidades de mucha gente, de que la televisión no es arte, porque las series están demostrando que el arte está donde es voluntad que esté. Es cosa de intención, pero sobre todo de sensibilidad y, lo repetimos, de cultura. En última instancia, de recursos.

Una última aclaración: los viajes en el tiempo son un tema común a la ciencia ficción y al género fantástico, y su pertenencia a uno u otro género depende de cómo se le maneje. En el caso de Outlander, la mera referencia a la ubicación de un umbral espaciotemporal en un círculo de piedras neolítico donde danzan druidesas decide el tema por el lado de la fantasía. Lo contrario sería el tratamiento que se le da en la insuperable serie alemana Dark, donde las constantes menciones a paradojas de la física cuántica y teórica, a mutaciones causadas por las radiaciones de una planta nuclear y la cita constante de todo un catálogo de datos científicos define la serie como nítidamente de ciencia ficción. Y ya solo me resta despedirme hasta la próxima temporada, que saldrá en 2020 y probablemente no será la última. ¡Suerte, highlanders!

 

 

 

 

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Aquellas frutas de más allá, ¿se puede o no se puede?

Cafetal La Isabelica. En sitios como este, en el suroriente de Cuba, y en otros como Angerona, en Pinar del Río, los franceses hicieron la magia

Cuando era niña mis abuelos me compraban casi todos los días una cestica de frutas en las famosas Cuatro Esquinas de Luyanó. A cualquier hora siempre estaba allí un señor entrado en años de pie junto a una tarima surtida con frutas cubanas y de otras latitudes. Junto a las piñas, los mangos, las guayabas, los platanitos manzanos y otras muchas delicias nuestras, lucían sus pieles relucientes las jugosas peras, manzanas, albaricoques, duraznos, melocotones, uvas, damascos, y también higos y dátiles.

Melocotones, mis preferidos. Ojalá llovieran del cielo 440 melocotones en mi boca…

Una vez pregunté de dónde venían las frutas de climas fríos y desérticos, pues yo sabía que no eran de Cuba, y alguien en mi casa me contestó que venían en el ferry. Solo tuve idea de lo que es un ferry cuando en mi adolescencia, siendo ya alumna de la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), nos llevaron en esa embarcación por primera vez a hacer la escuela al campo en Isla de Pinos. Entonces descubrí el agua tibia: el ferry de mi infancia venía de los Estados Unidos varias veces por semana al puerto de La Habana, y allí recogían su carga los comerciantes mayoristas y quizá también los humildes vendedores callejeros.

Ella, la del Pecado…

Hace algunos años, mientras visitaba a un señor que cultivaba tulipanes en la terraza de un apartamento en el corazón de El Vedado, me pregunté si se podría hacer lo mismo con aquellas maravillosas frutas “extranjeras” que tanto seguía deseando saborear en vano.

Sé que en Cuba se cultivan uvas, un poco ácidas, pero sabrosas, y alguna variedad produce un vino cuya altísima calidad ha merecido reconocimiento internacional. No lo conozco, pero sé que existe.

Oh, dame, dame esas uvas, / no tengo más en mi casa

y algo llamado pera china, roja y desabrida, durísima, pero nada comparable con los recuerdos que yo guardo en mi paladar.

La diosa Pera

Y de repente, mientras leía el libro Franceses en el suroriente de Cuba, de Carlos Padrón (Ediciones UNIÓN, 1997), encontré una descripción de los cafetales fundados por los franceses venidos de Haití en las cumbres cercanas a La Gran Piedra, en la que el autor cita al investigador Jorge Berenguer: “…se dedicaban a la producción de frutas europeas: peras, membrillos, flor de altea […]. Propiciaron la aclimatación del melocotón y el durazno […]. Santiago Danger introdujo el cultivo de la pimienta y la canela”. A continuación cita Padrón un fragmento de un texto del viajero francés Hippolyte Piron en el que alaba a sus compatriotas:

Producen el mejor café de la isla. Los naranjos son enormes y dan unas frutas exquisitas […]Se halla el durazno junto a la chirimoya, la pera cerca de la guayaba, la uva a algunos pasos del mango, las fresas por encima del anón y del zapotillo. Esta mezcolanza nos encanta y nos prueba que nos encontramos en la tierra prometida. El clima es tan fresco que por las noches nos vemos obligados a cubrirnos con frazadas. Un jardín cercano a la casa reúne gran número de flores europeas.

Según El Bosco, las fresas simbolizan la lujuria, y por eso llenó de ellas su tríptico El jardín de las delicias

No solo frutas, también flores, además de la extraordinaria calidad de los cultivos de azúcar, café, tabaco, algodón y otros. ¿Dónde estaba la magia de los franceses? ¿En su industriosidad, osadía e ingenio? ¿En el clima de montaña, con temperaturas más bajas que los agostadores calores de nuestras sabanas…? ¿En su experiencia como plantadores adquirida en Haití o en la de sus esclavos, a muchos de los cuales trajeron consigo?

Uvas, fresas, arándanos, moras, las dulces culpables de las deliciosas compotas rusas de los años 80…

De las posibles respuestas a estas preguntas la única verdaderamente importante es la relacionada con el clima. Hay en Cuba zonas donde pueden producirse cultivos muy diversificados,

¿Sería posible aclimatar arándanos en Cuba? Miren qué frutica más linda. En helados y yogures no tiene rival

los franceses lo demostraron hace ya dos siglos, y lo que ellos hicieron con tecnologías agrícolas decimonónicas, ¿no podríamos hacerlo hoy los cubanos con posibilidades productivas mucho más avanzadas? Pensemos por un momento en el mercado de Cuatro Caminos, próximo a reabrir sus puertas tras un largo proceso de remodelación, e imaginemos sus tarimas llenas con nuestras jugosas frutas nacionales junto a esas otras no menos deliciosas y nutritivas que, aparentemente, solo pueden “venir en el ferry”.

Ningún ferry. Los huertos del Edén pueden estar en Cuba

Sería una forma más de derrotar al bloqueo económico que padece nuestro país desde hace más de sesenta años. Y ojo: no habría que importarlas. ¿Por qué no pensamos en eso?

 

 

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