El memorando del censo es otro truco de Trump. No muerdas el anzuelo

Opinión

Comentario

El memorando del censo es otro truco de Trump. No muerdas el anzuelo

Los latinos no deben dejar que el presidente de Estados Unidos los intimide.

Por Janet Murguía

Es presidenta de UnidosUS.

  • 6 de agosto de 2020

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El mes pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le ordenó por medio de un memorando al Departamento del Comercio hacer todo lo legalmente posible para excluir a los inmigrantes indocumentados del conteo del censo de 2020, que se usa para definir los distritos del Congreso estadounidense. Y, este lunes, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, anunció que el censo, ordenado constitucionalmente, terminaría un mes antes de lo previsto.

La intención evidente de las dos estrategias, y de esfuerzos anteriores del gobierno de Trump para trastocar el censo, es desalentar la participación de las minorías que se inclinan por el Partido Demócrata y sesgar los conteos para redirigir de manera maliciosa el presupuesto federal y la representación en el Congreso hacia los estados que favorecen a su partido, el Republicano.

El presidente no tiene el poder de cambiar la decimocuarta enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que exige contar a todos, independientemente de su estatus migratorio. Sí, hay excepciones, pero son muy específicas: los turistas y empresarios no se consideran habitantes de largo plazo en el país, y, por lo tanto, no se cuentan.

Pero esta excepción no se aplica a los inmigrantes, indocumentados o no, que han echado raíces, emprendido negocios, criado familias y se han convertido en miembros legítimos de sus comunidades; muchos de ellos han sido los trabajadores esenciales que mantuvieron la economía estadounidense funcionando incluso mientras el coronavirus se expandía por el país y quienes han muerto de manera desproporcionada.

Además, hay algunas cuestiones pragmáticas que se tendrían que definir: ¿Cómo se pretende certificar quién es y quién no es indocumentado? ¿El gobierno de Trump tiene la intención de “estimar” el porcentaje de personas que deberían ser descontadas del censo? Eso sería ilegal: una decisión de la Corte Suprema de 1999 prohíbe el uso de muestreo estadístico con el propósito de distribuir escaños en el Congreso.

Trump está deformando una directiva constitucional para obtener beneficios partidistas. Pero ¿qué hay de nuevo? Según las encuestas más recientes sobre las elecciones presidenciales de 2020, Trump se está quedando atrás. Así que está tratando de animar a su base de votantes. Hablar con dureza sobre los inmigrantes indocumentados y pretender que este memorando tiene el peso de una orden ejecutiva podría parecerle impresionante a sus partidarios si no la examinan con atención. Si lo hicieran, podrían ver que es un gesto vacío imposible de poner en práctica.

Incluso si este último truco depende de la decisión de los tribunales y al final es revocado, podría causar un daño real a los estados con comunidades inmigrantes numerosas. El temor provocado por esta acción del gobierno de Trump podría resultar en que los estados que están a favor de los inmigrantes pierdan fondos federales y representación del Congreso, que es, en última instancia, el objetivo de esta gestión.

Si un inmigrante —indocumentado o no— o alguien casado con un inmigrante indocumentado no llena el formulario del censo por temor, no será contado. Esto significaría que niños y adultos que son ciudadanos estadounidenses en ese hogar podrían no ser registrados tampoco. Y, como con los votos, en el censo cada persona cuenta.

Adelantar un mes antes de lo anunciado los esfuerzos para contar a la población de Estados Unidos es una manera más de excluir a las minorías, ya que tienen más probabilidades de ser contadas en persona por los trabajadores del censo. Sin mencionar las consecuencias de largo plazo que provoca tener menos escaños en el Congreso a la hora de distribuir representantes, lo que significa menos poder.

También está la cuestión de los fondos federales. En 2017, según el Instituto de Políticas Públicas de la Universidad George Washington, 316 agencias federales distribuyeron 1504 billones de dólares a gobiernos locales y estatales, al igual que a organizaciones sin fines de lucro, pequeños negocios y hogares, a partir de las cifras del censo de 2010. Una persona disuadida de participar en el censo se traduce en dinero que no va a las escuelas, hospitales y programas de salud infantil de su comunidad.

Sería un error subestimar los efectos nocivos de los alardes de Trump. La llamada regla de la “carga pública”, impulsada por Stephen Miller, hizo más difícil que los inmigrantes con documentos que reciben cupones de alimentos, vivienda pública y otros beneficios gubernamentales a los que tienen derecho sean elegibles para obtener residencia permanente.

Según el Urban Institute, muchos inmigrantes con derecho legal a recibir beneficios públicos pagados por sus impuestos no accedieron a estos programas por miedo, incluso pese a que, como la mayoría de los beneficiarios, solo necesitaban un poco de ayuda para superar una mala racha.

Pero hay una solución: simplemente no caigas en el truco. Los partidarios de Trump deben darse cuenta de que esta será otra promesa vacía del presidente que se sumará a tantas otras, como la de que México pagaría por el muro fronterizo, que sería fácil alcanzar un crecimiento económico del 6 por ciento, que los recortes de impuestos de 2017 se pagarían por sí solos y que el coronavirus “desaparecería” en el verano.

En cuanto a los inmigrantes, ¡no tengan miedo! Completen el formulario del censo, y háganlo pronto. No le permitan al presidente de Estados Unidos que les impida ser contados y contribuir a sus comunidades. No es que Trump quiera que los latinos dejen de participar en el censo porque no cuentan, al contrario, por que sí cuentan.

Janet Murguía es la presidenta y directora ejecutiva de UnidosUS (anteriormente el Consejo Nacional de La Raza), la organización de derechos civiles de los hispanos más grande de Estados Unidos. @JMurguia_Unidos

 

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Ofreciendo disculpas a quienes las merezcan

Estoy recibiendo  desde hace tiempo muchos mensajes en inglés, que me apena no poder contestar cumplidamente porque no hablo ese idioma, apenas si puedo leer un poquito. Se me puede escribir en francés, portugués, italiano, catalán, valenciano y gallego. No escribo en ninguno de ellos pero los puedo leer todos. Siempre tendré que responder en castellano, que es mi lengua materna. Así pues, ofrezco disculpas a quienes me escriben en otros idiomas. A quienes lo hacen con buenas intenciones, les agradezco de todo corazón, y a quienes tienen otras no tan buenas, bueno…, les deberé por siempre la respuesta, porque a mis años, cuanto más me dedicaría a perfeccionar las lenguas y dialectos que puedo traducir casi como el español, pero aprender una lengua no romance…., me parece que ya no podré.

Quiero aclarar, para tranquilidad de algunos visitantes de mi blog, tres cosas:

1-En cualquier texto del mundo podremos encontrar ecos de otros textos. Eso ya lo advertía Cervantes, que mucho tomó de las novelas de caballería que precedieron a su Quijote, y no lo ocultó Shakespeare, quien no tiene ni un solo argumento original suyo en su obra teatral. Parafraseando a Descartes, diré que investigo, luego existo, por lo que es muy normal que cualquiera pueda encontrar, reconocer o creer encontrar y reconocer en mis posts algo que otros escribieron antes. Si alguien cree que debo disculparme por eso, lo lamento pero no lo haré. Solo navego en el río de la vida. Por cierto, y antes que salten los wendigos: esta frase tan hermosa no es mía, es hebrea.

2-Deploro recibir amenazas por supuestos robos míos de fotos  hechas por otras personas. En muchas, pero muchas ocasiones, desde que este blog estaba alojado en un servidor español, ya hace más de 20 años, vengo diciendo que a pesar de ser periodista nunca he tenido una cámara propia para hacer mis fotos yo misma, que, por otra parte, habrían sido siempre hechas en el territorio nacional, puesto que he viajado poco al extranjero y, sinceramente, cuando me bajo de los aviones en otros países no me posee el afán de perpetuar en imágenes todo lo que se ofrece a mis ojos. Yo me limito a mirar, observar, disfrutar…, en fin, a ver, y me lo llevo todo en mi memoria. Explico todo esto para repetir por enésima vez que la inmensa mayoría de las imágenes con que grafico mis artículos las tomo de otros sitios de internet, los cuales consigno según como yo esté de tiempo en ese momento, porque como periodista, casi siempre estoy apurada y, además, soy bastante desordenada y distraída. Lo que no he hecho ni haré jamás es tomar una foto de otro sitio y firmarla como mía. Nadie puede acusarme de eso. Pero, por favor, que alguien me diga cómo puedo tomar una foto a Donald Trump…

3-Repetiré, también por enésima vez, que los periodistas no estamos obligados a citar fuentes, salvo cuando tomamos un cable textual de una agencia o reproducimos textualmente en un órgano de prensa un material que ya fue publicado antes en otro órgano de prensa. Los ensayistas son quienes citan fuentes, y eso se ve sobre todo en el campo de la investigación literaria, la historia, la antropología, la medicina, ect.

Después de haber explicado estas cosas, ruego, desde el fondo del más profundo de los cansancios, que me dejen en paz los acusadores compulsivos. No robo, no plagio y no… todo lo que se les ocurre de vez en cuando. SOY PERIODISTA. Es todo, y no hay más.

Gracias por la atención prestada,

Gina

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El ‘pinochetazo’ de Donald Trump en Portland

El presidente usa tácticas autoritarias para crear el caos en ciudades demócratas por interés electoral, dicen los expertos

Francesc Peirón | Nueva York, Nueva York. Corresponsal

26/07/2020 02:30 | Actualizado a 26/07/2020 11:06

Al periodista Charles Pierce, autor de cuatro libros, entre estos el titulado Idiot America , se le atribuye un nuevo verbo, inventado a partir de un dictador cruel.

En la revista Esquire publicó hace unos días un artículo sobre el despliegue en Portland de agentes federales, también descritos por diversos analistas como “paramilitares del gobierno” o “escuadrón de matones”.

Según Pierce, “una gran ciudad de Estados Unidos está siendo Pinochet’ed a plena luz”. Esa es la comparación entre el Chile de Pinochet y el país de Trump: Pinochetazo .

Las manifestaciones en la metrópolis de Oregón se repetían a diario desde la muerte del afroamericano George Floyd, el pasado 25 de mayo en Minneapolis. Aunque iban a la baja, los agentes destinados a la vigilancia fronteriza irrumpieron –con la excusa de salvaguardar el inmueble del tribunal federal– y la tensión ha recobrado vigor, mientras la cadena Fox emite sin cesar esos vídeos de caos. Como reconocen muchos lugareños, el radio de afectación es pequeño, la vida sigue igual, pero las imágenes provocan una sensación de revuelta y de miedo generalizado.

“El significado de ese despliegue es que el ejecutivo federal está usando técnicas autoritarias para provocar deliberadamente a sus ciudadanos”, afirma Timothy Snyder, catedrático de Historia en la Universidad de Yale y autor de Sobre la Tiranía: Veinte lecciones que aprender del siglo XX .

Un nuevo verbo

“Una gran ciudad de Estados Unidos está siendo ‘Pinochet’ed’”, señala Charles Pierce

“En Portland se están quebrando las leyes cuando se ataca a los manifestantes con gas pimienta o son arrestados por agentes sin identificar”, indica Snyder. “Las autoridades federales no parecen creer que han de respetar las leyes y todo se fundamenta en una teoría de la conspiración que el presidente, el jefe interino del Departamento de Seguridad Nacional (Chad Wolf) y el fiscal general (William Barr) repiten sobre un complot de la izquierda o los anarquistas. No tienen ninguna base para actuar”, añade.

“Hay cosas que son inquietantes. Echar gases lacrimógenos a manifestantes pacíficos, incluso al alcalde de Portland, y meter a gente en vehículos sin distintivos y sin leerles los derechos es un paso hacia el autoritarismo. Trump da la impresión de admirar a los líderes autoritarios”, tercia el profesor Larry Sabato, director del Centro de Política de la Universidad de Virginia.

“Es un alejamiento de las prácticas del pasado y una negación de los derechos constitucionales”, recalca. “Trump ha explotado muchas de las normas y tradiciones de nuestro sistema democrático. Piensa que dispone de un poder que no tiene y es arbitrario al ejercerlo o imprudente. ¿Es de extrañar que tantos estén preocupados de que si pierde las elecciones, puede no dejar el cargo?”, se cuestiona Sabato.

El Departamento de Seguridad Nacional ( Homeland Security ) se creó tras los atentados del 11-S de 2001 y su misión consistía en prevenir a EE.UU. contra las amenazas exteriores. Trump, en cambio, se ha servido de este departamento para ejecutar su orden de protección de edificios federales y monumentos, en una época en que las protestas antirracistas han derribado símbolos que representan esclavitud y opresión.

“Una de las cosas más aterradoras es que la orden de Trump de seguridad nacional no se refiere a la vida de los americanos o a sus derechos, sino que es para proteger estatuas”, recalca Snyder. “Es una política muy extraña –prosigue–, en el que los humanos no importan y los objetos sí. También es una rara visión de la historia, en la que es relevante lo que unos hicieron hace décadas pero no lo que sucede ahora, no importa que los estadounidenses estén muriendo en gran número por el coronavirus. No importa si existe un problema de racismo”.

La visión de Timothy Snyder

“El Gobierno usa técnicas autoritarias para provocar a sus ciudadanos”

La Casa Blanca anunció esta semana una ampliación del despliegue, pese a que tratará de coordinarse con las policías locales. Agentes federales han sido destinados a Chicago, Kansas City o Alburquerque para “colaborar” en la lucha contra el crimen.

“Hemos de acabar con este baño de sangre”, sostiene Trump.

No es la primera vez se produce una situación así. Fuerzas federales fueron desplegadas en Los Ángeles en 1984 por los altercados del caso Rodney King, o en Washington, Chicago y Baltimore en 1968 a raíz de los disturbios tras el asesinato de Martin Luther King.

Nunca, sin embargo, se había llegado a este nivel, en el que se buscan excusas que, según los expertos, traspasan los principios constitucionales y que se centran en territorios demócratas.

A 100 días de la cita con las urnas, con unas encuestas y una aprobación a la deriva, Trump juega su carta de proyectar el desastre en esos feudos liberales.

La cuestión de Larry sabato

“¿Es de extrañar que tantos se preocupen por que no deje el cargo si pierde?”

“Le consta que Joe Biden ganará en esas ciudades. Pero los que viven en los suburbios y áreas rurales están asustados y enfadados con las protestas. Trump proyecta una imagen de fuerza y juega a la ley y el orden”, matiza Sabato.

“Realmente no le preocupa la ley y el orden”, replica Snyder a la vista de Portland. “Sabe que pierde en noviembre –subraya– y necesita que algo ocurra. Piensa que si hace que todo sea peor, habrá gente que volverá a su lado. Está bastante desesperado”.

A la caza de las amas de casa suburbanas

Le llaman “el espectáculo de terror suburbano”. La campaña de Donald Trump difunde imágenes de violencia en ciudades del país. A veces con tanto celo que les lleva al error. En uno de esos anuncios, con el texto de “seguridad pública contra caos y violencia”, se exponían imágenes de una protesta prodemocracia del 2014 en Ucrania. Esta sombría publicidad recoge lo que sucede en el país de Trump –no en el del rival Joe Biden– y busca alertar a los residentes en los suburbios, en especial a las mujeres –claves en el 2016 y ahora alejadas de Trump– de que si votan al demócrata, EE.UU. será un infierno. El presidente tuiteó el jueves un artículo del New York Post en contra de un programa de la era Obama para combatir la discriminación racial, que su gobierno acababa de anular. “Las amas de casa suburbanas deben leer este artículo”, tuiteó Trump. “Biden destruirá vuestro vecindario y vuestro sueño americano”, apostilló.

 

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Leonora Carrington: en el reino de la oniria

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Cuando era niña encontré, si no recuerdo mal en un número de la revista cubana Pen­samiento Crítico, un fotorreportaje dedicado a una pintora surrealis­ta inglesa, Leonora Carrington, quien vivía y trabajaba en México. Las imá­genes ejercieron sobre mí una atracción instantánea y tan profunda que jamás pude olvidarlas. Años después, su novela La trompetilla acústica me deslumbró como ya lo había hecho su pintura. Había algo en las ideas, en la intención, que constituía un reclamo muy fuerte para mi sensibilidad, aunque la naturaleza de todo aquello no al­canzaba a revelárseme todavía. Pero la luz se hizo con su óleo Los Sidhes y descubrí que compartimos la genética de una de las culturas más antiguas y maravillosas del planeta: el mundo celtoirlandés.

Mientras avanzaba mi investigación para escribir estas páginas, una sospecha sobre los varones surrealistas fue crecien­do: como artistas y como individuos fue­ron menos auténticos que las principales mujeres de ese movimiento: la mexicana Frida Khalo, la española Remedios Varo y la propia Leonora.

Hubo otras, como la norteamericana Dorothea Tanning o la argentina Leonor Fini, pero no pueden compararse con esta trinidad genial, en ningún sentido. Sin embargo, la más poderosa de las tres maestras es la Carrington, porque posee una mayor riqueza referencial, ya que, al contrario de Frida, quien hizo de sí mis­ma el centro de su imaginario, y de Re­medios Varo, que tuvo por placenta ideas profundas, pero fragmentadas, Leonora se nutría de un inmenso complejo cultu­ral, intrincado, ancestral, un imaginario de densidad mineral, emparentado vis­ceralmente con el pensamiento mágico de los albores de una civilización; todo un mundo de equivalencias simbólicas y diálogos relacionales perfectamente estructurados. Es la única en quien la fuente de creación brota fundamental­mente de un sistema orgánico no individual y muy anterior al pensamiento racional de la modernidad, impecablemen­te emulsionado con el caudaloso torrente de conocimien­tos tomados de la Edad Media y el Renacimiento hasta el siglo XIX, favorecido, sin duda, por su pertenencia a la alta aristocracia británica, que le dio acceso a una exce­lente educación. Tal completud la coloca por encima de su condición femenina, europea, surrealista, y más allá de cualquier adjetivo al que se quiera recurrir para etiquetar­la. Su transustanciación con el mundo mítico de la Irlanda celta le dio una fuerza ctónica y universal que hizo de ella un caso único en la pintura de su época. El peso que tuvo su desequilibrio mental en todo ello es, posiblemente, inferior al de los mitos y leyendas que le fueron contados en su in­fancia por su abuela y su nana irlandesas. El tema promete una interesantísima aventura para quien se atreva con él.

Más allá de los vasos comunicantes que conectaron la producción del grupo surrealista en lo referente a técnicas y conceptos teóricos —como es habitual en las arribadas generacionales—, sus integrantes formaban un conglome­rado tan compacto que la frase carne de mi carne resume muy bien la naturaleza de sus relaciones interpersonales. No sólo aprendieron unos de otros procedimientos como el frottage y el collage, sino que compartieron influencias, entre las que pueden rastrearse el Bosco y Bruegel el Vie­jo —y en el caso especialísimo de Leonora, también los prerrafaelitas—, y un fondo común de conocimientos, estudios y corrientes filosóficas y seudocientíficas como la cábala, el budismo, la astrología, el tarot, el esoterismo, la magia, la escritura automática, el cuarto camino… En esas búsquedas espirituales fueron verdaderos precursores del New Age. El grupo funcionaba como un clan endógamo: sus miembros no tenían amigos íntimos fuera de su círcu­lo, compartían lugares, parejas y promotores comerciales, y se hacían retratar amontonados cuerpo sobre cuerpo, cual adolescentes que han hecho pacto de lealtad eterna.

Muchos de ellos vivieron hasta el final de sus vidas en una caleidoscópica locura juvenil, de donde la maduración del carácter pareciera definitivamente proscrita. Su inter­dependencia era tal que literalmente se fagocitaban. Pero si en este terreno destaca bajo una luz especial la amistad entre Remedios Varo y Leonora Carrington, quienes se declararon almas gemelas, me ha parecido notar un fe­nómeno aún más curioso: Leonora, amante del pintor su­rrealista Max Ernst, fue más tarde impersonada por otra pintora surrealista, la norteamericana Dorothea Tanning, cuarta esposa de Ernst. No hablo de usurpación de iden­tidad en términos legales, sino del proceso por el cual un actor se introduce en la piel de un personaje. Una espe­cie de mimesis. Como esta afirmación difícilmente puede ser demostrada, me limitaré a sugerir algunas coinciden­cias sorprendentes.

Leonora y Dorothea

Leonora nació en Lancashire, Inglaterra, en 1917. Do­rothea, en Galesburg, Illinois, en 1912, y se convirtió en amante de Ernst poco después que Leonora y él termina­ran su breve relación. Ernst era considerablemente mayor que las dos, intelectualmente inquieto y brillante, física­mente bello, excéntrico, ególatra, egoísta, y un mentor y galán muy codiciado, con pinta de erotómano, según pare­ce desprenderse de su interés en la figura de Sade y de los collages de perversiones sexuales, inspirados en las obras del Divino Marqués, que publicó bajo el título Una sema­na de bonanza, con el consabido escándalo de la hipócrita sociedad parisiense y el aplauso incondicional de los su­rrealistas. Leonora fue su discípula, pero aunque asimiló sus enseñanzas en cuanto a procedimientos técnicos, su obra le debe poco o nada. Una observación rápida reduce el tema de las deudas a unos cuantos símbolos que Ernst usaba y ella incorporó a su imaginario, por ejemplo, los pe­ces azules. Ella tenía su propio, inconfundible estilo, y tenía una voz, un mundo pictórico en movimiento continuo que se reproducía por generación espontánea, mientras la pin­tura de Ernst se inscribe en el estrecho marco conceptual del surrealismo y en territorios de experimentación arte­sanal.

Sorprende encontrar en Dorothea más semejanzas con Leonora que con el propio Ernst, pero no del tipo que se­ría de esperar entre maestra y discípula. Dorothea estaba fascinada con Ernst como lo estuvo Leonora, pero no tenía una personalidad tan fuerte como su predecesora, así que su fascinación era más bien una fusión, que pasaba, entre otras cosas, por la acción de impersonar a la mujer a quien tal vez considerara la más eficaz o la más peligrosa entre todas las que decoraron la vida del pintor.

Si se comparan las obras de ambas, salta a la vista que Dorothea también acudió al imaginario mítico celtoirlan­dés, de un modo tan evidente como lo muestra su retra­to Deirdre, donde pintó a la protagonista de uno de los tres ciclos legendarios del Úlster (El cantar de los hijos de Usnech), con la cabellera coronada de muérdago. Leonora rendía culto a Lewis Carroll. Dorothea pintó cuadros que recuerdan las ilustraciones que adornaron las primeras ediciones inglesas de Alicia en el país de las maravillas, pero aunque no cuestiono su destreza como artista plástica (tenía una particular habilidad compositiva, un gran sen­tido del color y muy buen dibujo), su pintura es fría, me­ramente figurativa y muy impostada, e impresiona como si tuviera poco que decir, y a pesar de su notable dominio del oficio, no creó un estilo personal identi­ficable.

Hay dos retratos, uno de Leonora sentada contra una pared, brazos rodeando las rodillas y el rostro mirando a la cámara, con una blusa blanca de encaje sobre­bordado; y otro, muy semejante, que muestra a Dorothea de perfil contra una pared, contemplando algo a través de una ventana, y luciendo una blusa también blanca y de textura similar a la prenda de Leonora. Las dos artistas hicieron diseños para joyería, escenografías teatrales, ves­tuario para ballets; las dos hicieron esculturas y escribieron poesía, teatro y narrativa, aunque de la escritura de Do­rothea poco o nada ha trascendido. Y aquí hay otro detalle que llama la atención: mientras todas las fotos tomadas a Leonora en sus estudios la muestran de espaldas o en una frontalidad hierática y ensimismada, pero siempre de ele­gancia contenida y natural, existe una foto de Dorothea en su estudio, descalza, en una pose de lánguido abandono, absorta ante su máquina de escribir, cubierto el piso por una enorme cantidad de cuartillas dispuestas en un des­orden tan extremo que deviene artificial, y es imposible no percibir el tufo teatral que emana de esa escenografía, que parece reclamar a toda costa la atención del especta­dor sobre la superior condición intelectual de la retratada. Demasía es el término adecuado para esta misa en escena.

Las surrealistas no escondían su vocación feminista, que en Leonora no era tal, sino independencia nacida de la fuerza del carácter. Ella, aunque podía amar con inten­sidad, nunca perteneció a nadie más que a sí misma. Do­rothea tampoco en este punto quiso ser menos, y pintó su Retrato de familia, donde la figura masculina (esposo o pa­dre), armada con un monóculo de frío cristal como severo ojo de cíclope, supera considerablemente en proporciones a todas las figuras femeninas del cuadro. Creeríase denun­cia apasionada de la supremacía viril, pero ella también realizó un fotomontaje donde un Max inmenso y desafiante se abre paso en medio del desierto mien­tras sujeta por los cabellos, cual mario­neta, a una liliputiense Dorothea que lo contempla sumisa desde un revelador contrapicado venerante. Muy celebrado ha sido un óleo suyo, La truite au bleau, en el que una mujer se sienta solitaria a la cabece­ra de una mesa bajo la que nadan peces azules, y ante ella, un pez del mismo color la observa desde el fondo de un plato. Los peces del acuario de Max Ernst. Franca contradicción.

Mientras las fotografías tomadas a Leonora tienen una atmósfera intimista, de fragilidad, de aislamiento, las fotos de Dorothea siempre recuerdan un set concebido para que ella ocupe un centro gracioso y dignificante. Su gestualidad de diva recuerda la personalidad histriónica de Salvador Dalí. Incluso sus imágenes ancianas difieren de modo no­table de las de la Carrington: gris y magra la inglesa, cabello inculto, envuelta en suéteres y rebozos desangelados que le confieren un aire franciscano, mientras una Dorothea muy atildada posa con su enorme sonrisa (siempre la misma), una atrevida flor roja tras la oreja, impropia de sus años, y una juvenil melena de granjera. Coqueta, picarilla. Y cuan­do enviuda y ya no es necesario seguir siendo Leonora, cambia su estilo y sus motivos, se transforma en Georgia O’keeffe y comienza a pintar flores. Antes, o después, se vuelve abstraccionista, pero su sustancia creadora ha sido amasada con cierta puerilidad que jamás la abandona.  Y así se congeló, atrapada en un pistilo, la que quiso ser dio­sa, banshee, sidhe, pero quedó en reflejo. Se la tragó un pez azul.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

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MUERE LA DEMOCRACIA EN ESTADOS UNIDOS Y NACE EL FASCISMO

El sepulturero de la democracia norteamericana

Esta imagen, tomada de Internet, está reducida, pero todavía puede apreciarse que los efectivos no llevan calzado militar de reglamento, y ni siquiera dos de ellos llevan el mismo tipo de calzado. Tampoco se aprecia que lleven relojes militares de reglamento.

¿Quiénes son… todos ellos?

La tarde del sábado transcurrió para mí en medio de una conversación que aún me estoy sorprendiendo de haber tenido, porque parecía venida a través del tiempo de unos días lejanos en mi beca de Literatura cuando, una tarde, un grupo de amigos, muy jóvenes entonces, especulábamos sobre la posibilidad de que algún día hubiera fascismo en los Estados Unidos. Nos habíamos quedado sin pase aquel fin de semana y, simplemente, estábamos sentados en un aula vacía de la escuela, matando el tiempo enfrascados en uno de esos juegos del intelecto que se dan tan bien cuando llueve. No había entonces ningún motivo para hablar sobre el tema. Solo estábamos ociosos.

Pero tantas décadas después, el tema vuelve sobre el tapete, y los motivos, entonces inconcebibles, son hoy muy reales. Ya dije en un artículo anterior que Donald Trump podría fraccionar el país si pierde las elecciones, y luego he encontrado muchos artículos de periodistas muy serios de otras partes del mundo, incluidos norteamericanos, hablando de lo mismo. Ayer yo le decía a mi interlocutor que ha llegado la muerte de la democracia y la hora del fascismo para los Estados Unidos. Mi interlocutor, que es Politólogo y experto en América del Norte, y siempre se muestra al principio un poco escéptico ante la rotundidad de algunas de mis afirmaciones, también esta vez insistía en que ese fenómeno no puede darse en el país del Norte. Mientras hablábamos, yo, de forma mecánica,  miraba en Google las últimas noticias sobre el Presidente, y me encontré unos materiales que quiero compartir ahora en forma de dossier. ¿Por qué lo hago? No obedezco ninguna orden del órgano de prensa para el que trabajo desde hace muchos años como especialista cultural, ni ninguna orden partidista, ya que nunca he tenido militancia política. Lo hago porque aunque cada individuo, aislado de un conjunto es menos que un grano de arena en el mar, siento que cada ser humano que tenga conciencia del inmenso peligro que representa Donald Trump para el mundo y para su país, debe denunciarlo de algún modo. Sé que muchísimas personas no se dan cuenta de esto, no lo aceptarán jamás y no las culpo ni las juzgo, pero yo entiendo que debo hacerlo, porque el mundo estará mucho mejor sin este hombre que no siente ningún respeto por el país que le legaron los Padres Fundadores (y es la primera potencia nuclear del planeta), que no es ningún país santo (no los hay), pero al menos era un país donde los norteamericanos tenían el respaldo de la Ley y de una Constitución que consideraban inviolable. No voy a detenerme aquí a analizar lo buena o mala, acertada o injusta que ha sido históricamente su política exterior. Solo digo que era un país donde era bueno vivir, aunque nunca lo haya sido para los nativos, los afronorteamericanos ni muchos hispanos. Pero si Donald Trump consigue cuatro años más en la Presidencia, los resultados de ese error histórico serán fatales y harán de los Estados Unidos un país mucho peor, o en su defecto, varios países en extremo peligrosos para el equilibrio del planeta, siempre tan precario. No sé, y no puedo saber qué tan buen país sería si ganara Biden, pero si gana Trump, estaremos a un paso del Fin del Mundo. De hecho no ha ganado y ya lo estamos, aunque mucha gente no se haya dado cuenta todavía o no quiera ver la realidad.

Es difícil imaginar un mundo sin los Estados Unidos. Para bien y para mal.

Quiero, antes de continuar, dejar en claro que no comparto la opinión de que Trump vaya contra la clase obrera estadounidense. Ese criterio me parece, con todo respeto, simplista, dado que una gran mayoría de los seguidores más fanáticos de Trump pertenecen precisamente a ese sector poblacional (hombres blancos, anglosajones, protestantes, mayores de cincuenta años y sin formación universitaria, y el club floridano de “los sospechosos de siempre”, como escribieron los hermanos Cohen en el guión del filme Casablanca). Creo que Trump va contra todo lo que se interponga entre él y su telúrica hambre de poder. ¿Defenderá el sistema? Yo creo que lo está desmontando, aunque al final propicie el liderazgo de las clases que siempre han ejercido el poder, pero  únicamente mientras se le subordinen y sean muy sumisos. Exactamente como Hitler.

No soy una marxista ortodoxa, pero recuerdo la frase antológica de Marx: “La Historia se repite una vez como tragedia y otra vez como farsa”.

Sin embargo, ¿hay algo más trágico que un payaso bandido?

DOSSIER

La ocupación de Trump de las ciudades estadounidenses ha comenzado

https://www.nytimes.com/es/2020/07/22/espanol/opinion/portland-protestas-trump.html

Por Michelle Goldberg

Manifestantes en Portland fueron detenidos en las calles sin orden judicial por agentes no identificados. Y se anunció que en Chicago podría suceder lo mismo. ¿Ya podemos llamarlo fascismo?

Un mes después de la toma de posesión de Donald Trump, un historiador de la Universidad de Yale, Timothy Snyder, publicó el libro superventas Sobre la tiranía: Veinte lecciones que aprender del siglo XX. Fue parte de una pequeña cascada de títulos que tenían la intención de ayudar a los estadounidenses a encontrar su rumbo a medida que el nuevo presidente atacaba la democracia liberal.

Una de las lecciones de Snyder fue: “Desconfía de las fuerzas paramilitares”. Escribió: “Cuando las fuerzas paramilitares partidarias de un líder se entremezclan con la policía y las fuerzas oficiales, ha llegado el final”. En 2017, la idea de agentes no identificados vestidos con camuflaje que se llevaran a personas de izquierda en plena calle sin órdenes de aprehensión podría haber parecido como una fantasía febril de resistencia. Ahora está ocurriendo.

Según una demanda legal presentada el viernes por la fiscala general de Oregón, Ellen Rosenblum, agentes federales “han usado vehículos particulares para manejar por el centro de Portland, detener a manifestantes y subirlos a los vehículos sin identificación de los agentes” desde al menos el martes pasado. Los manifestantes no son arrestados ni se les dice por qué están siendo retenidos.

No hay manera de conocer la afiliación de todos los agentes —han usado uniformes militares con parches que solo dicen “Policía”—, pero The New York Times reportó que algunos de ellos son parte de un grupo de la Patrulla Fronteriza “que normalmente se encarga de investigar a organizaciones de contrabando de droga”.

El gobierno de Trump ha anunciado que tiene la intención de enviar una fuerza similar a otras ciudades; el lunes 20 de julio, el Chicago Tribune reportó planes de desplegar a alrededor de 150 agentes federales en Chicago. “No necesito una invitación del estado”, dijo en Fox News el lunes Chad Wolf, secretario interino del Departamento de Seguridad Nacional, y agregó: “Vamos a hacer eso, les guste que estemos ahí o no”.

En Portland, vemos cómo luce una ocupación como esa. Oregon Public Broadcasting reportó el caso de Mark Pettibone, de 29 años, que el miércoles pasado fue detenido en la calle por hombres no identificados, subido de manera apresurada a una miniván sin distintivos de ninguna agencia de seguridad y llevado a una celda en la corte federal. Finalmente, fue liberado sin saber quién lo secuestró.

Un agente federal le disparó en la cabeza a Donavan La Bella, de 26 años, con munición de impacto —un tipo no letal para control de multitudes—; La Bella fue hospitalizado y requirió cirugía reconstructiva. En un video ampliamente difundido, un veterano de la Marina de 53 años fue rociado con gas pimienta y golpeado después de acercarse a agentes federales para preguntarles sobre sus juramentos de defender la Constitución, lo que lo dejó con dos huesos rotos.

Existe algo particularmente aterrador en el uso de los agentes de la Patrulla Fronteriza en contra de los disidentes estadounidenses. Después del ataque contra los manifestantes cerca de la Casa Blanca el mes pasado, los militares rechazaron los intentos de Trump de usarlos en contra de los ciudadanos. Los policías de muchas ciudades están dispuestos a violentar a los inconformes, pero ellos están bajo el control de las autoridades locales. Por el contrario, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por su sigla en inglés) de Estados Unidos está bajo el control de la autoridad federal, tiene líderes que son devotos fanáticos de Trump y está saturada de políticos de extrema derecha.

“No me sorprende que Donald Trump eligió a la CBP para que fuera a Portland e hiciera esto”, me dijo Joaquin Castro, representante demócrata de Texas. “Ha sido una agencia muy problemática en términos de respetar los derechos humanos y la ley”.

Es verdad que la CBP no es una milicia extragubernamental y por ello podría no encajar de manera precisa en el esquema que Snyder presenta en Sobre la tiranía. Sin embargo, cuando hablé con Snyder el lunes, sugirió que la distinción no es tan significativa. “El Estado tiene permiso de usar la fuerza, pero el Estado tiene permiso de usar la fuerza conforme a las reglas”, dijo. Estos agentes, al operar fuera de los papeles que normalmente desempeñan, se comportan, de manera evidente, sin ley.

Snyder señaló que la historia de la autocracia ofrece varios ejemplos de agentes fronterizos usados en contra de enemigos del régimen.

“Esta es una forma clásica en que la violencia ocurre en regímenes autoritarios, ya sea en la España de Franco o en el imperio ruso”, dijo Snyder. “Las personas que están acostumbradas a cometer violencia en la frontera luego son traídas para cometer violencia contra personas en el interior”.

A Castro le preocupa que debido a que los agentes no se identifican a sí mismos, grupos de extrema derecha podrían fácilmente hacerse pasar por ellos para ir en contra de sus enemigos de izquierda. “Se vuelve más probable entre más se use esta táctica”, dijo.

El viernes, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, tuiteó sobre lo que pasa en Portland: “Trump y sus ‘stormtroopers’ [tropas de asalto] deben ser detenidos” (en una posible referencia a las Camisas Pardas que ayudaron al ascenso al poder de Adolf Hitler). No mencionó qué planea hacer el Congreso para detenerlos, pero la Cámara de Representantes pronto votará en torno a un proyecto de ley de asignaciones de seguridad nacional. Las personas indignadas por las tácticas de Estado policiaco del gobierno deberían exigir, como mínimo, que el Congreso retenga el financiamiento del departamento hasta que esas tácticas sean detenidas.

Durante el gobierno de Trump, ha habido un debate sobre si el autoritarismo del presidente es detenido por su incompetencia. Aquellos que piensan que la preocupación sobre el fascismo es exagerada pueden citar varias instancias en las que el gobierno ha sido criticado después de exceder sus límites. Sin embargo, con demasiada frecuencia, la Casa Blanca ha perseverado, al deformar la vida estadounidense hasta que lo que antes parecía ser la peor situación posible se convierte en el “statu quo”.

Trump ha establecido que sus aliados, como Michael Flynn y Roger Stone, están por encima de la ley. Lo que ocurra ahora nos dirá cuántos de nosotros estamos por debajo de ella.

Michelle Goldberg ha sido columnista de Opinión desde 2017. Es autora de varios libros sobre política, religión y derechos de las mujeres, y fue parte de un equipo que en 2018 ganó el Premio Pulitzer por servicio público, por reportar sobre asuntos relacionados con acoso sexual en el lugar de trabajo. @michelleinbklyn

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Donald Trump: la semana en que todo cambió para el presidente de Estados Unidos

Jon Sopel Editor de Norteamérica, BBC

Es como si al asumir la presidencia de EE.UU., en enero de 2017, Donald Trump hubiera recibido un auto nuevo y brillante, el mejor y más hermoso que se haya visto. Y que solo en julio de 2020 se hubiera dado cuenta de algo importante: tiene reversa.

Una función del vehículo que nunca pensó que necesitaría y que ciertamente nunca tuvo la intención de usar.

Pero el pasado lunes, echó marcha atrás y se enredó con la palanca de cambios y el embrague… y ahora no puede evitar que retroceda.

Solo para recapitular: las mascarillas, que el presidente solía ridiculizar como algo de “corrección política”, ahora son un acto de patriotismo y siempre deben usarse cuando el distanciamiento social es imposible.

El coronavirus, que hasta hace poco lo describía como un mal caso de resfriado para la mayoría, ahora es algo más gravey empeorará antes de mejorar.

Hace dos semanas, el presidente insistía en la reapertura de las escuelas, o de lo contario les quitaría su financiación. Ahora dice que, para algunas de las ciudades más afectadas, eso no sería apropiado.

Y la gran reversa fue la Convención Republicana en Jacksonville, Florida, donde aceptaría la nominación para la reelección.

El presidente ama las multitudes. Las estridentes y aduladoras. El plan original había sido celebrar el evento en Charlotte, Carolina del Norte.

Pero cuando el gobernador de ese estado dijo que tendría que haber distanciamiento social, el presidente se puso furioso, atacó al gobernador y anunció que los republicanos irían a otro lado. Jacksonville sería el lugar con miles de republicanos vitoreando y vitoreando.

Pero ya no será. Fue un revés sorprendente ydoloroso, uno que le pesó mucho al presidente.

Otro Trump ante el micrófono

Los cambios de parecer se han dado en tres tardes consecutivas de conferencias de prensa sobre coronavirus en la Casa Blanca.

En estas comparecencias el presidente ha aparecido en solitario, ya no flanqueado por sus asesores médicos.

Pero también ha sido mucho más disciplinado que cuando pasaba un par de horas en el atril, reflexionando sobre cualquier cosa como la vez que abordó si inyectarse desinfectante o el efecto de luz solar serían buen tratamiento para el coronavirus.

En una rueda de prensa el miércoles, el presidente entró y salió en menos de media hora, se atuvo a los mensajes que quería transmitir y respondió un puñado de preguntas.

No se enfadó. No se metió en disputas. Hizo lo que iba a hacer. Y luego se marchó.

Cuesta arriba

Me senté a discutir esta semana con alguien estrechamente involucrado en las actividades del gobierno. Pasamos un tiempo discutiendo la psicología del presidente (un tema común).

Y esta persona decía que Trump tiene la mentalidad de un macho que nunca debe parecer débil. Aunque sepa que sería inteligente ceder terreno algunas veces, eso es impensable.

Para él hay una cosa peor que ser débil: ser un perdedor.

Y aunque en público, por temor a parecer débil, el presidente insiste en que su campaña está ganando y que el pueblo estadounidense lo ama, o que las encuestas que lo ponen bajo el agua son noticias falsas, la realidad es más incómoda.

Florida, donde Trump debió haber pronunciado su discurso de nominación presidencial, es el epicentro del terrible aumento en los casos de coronavirus.

Con una población de 21 millones, la semana pasada tenía más casos nuevos por día que toda la Unión Europea (con una población 460 millones).

Un estado que Trump ganó cómodamente en 2016. Un estado que el mandatario pensó que tendría en la bolsa en noviembre. Pero la última encuesta de la Universidad de Quinnipiac tiene al candidato demócrata Joe Biden 13 puntos por delante. 13. Eso es enorme.

Y hay un montón de otros estados clave que muestran que el presidente Trump está rezagado.

¿Nueva estrategia?

Lo que no ha cambiado en la última semana es la ciencia.

Los sufridos consejeros de salud pública del presidente han estado insistiendo en las mismas cosas como un gramófono roto: mascarillas, distanciamiento, evitar multitudes.

Puede ser que el presidente haya escuchado a sus médicos. Es posible, pero tengo que decir que improbable.

Si estamos buscando una “cosa” significativa es esta: la semana pasada, Trump despidió a su director de campaña, Brad Parscale, y seleccionó uno nuevo, Bill Stepien.

Parece que ha sentado al presidente y le ha dado con el balde de agua helada. Que las encuestas son lamentables y van en la dirección equivocada; que no todo está perdido, pero que rápidamente podría salirse de control. Que se necesita con urgencia un cambio de dirección y tono. Particularmente cuando se trata de cualquier cosa sobre la covid-19.

Vale la pena poner una duda aquí.

Por brillante que pueda ser Stepien, hay una especie de patrón: el presidente llega a un nuevo acuerdo y durante las siguientes dos o tres semanas hace lo que le dicen. Pero luego vuelve a seguir su instinto.

Durante tres años y medio, el presidente ha sido capaz de definir su propia realidad; doblar y confeccionar hechos para que se adapten a su propia narrativa.

El coronavirus ha sido un enemigo como ninguno al que Donald Trump se haya enfrentado. Y él ha tenido que doblegarse a su voluntad. No al revés.

Lo que sucedió esta semana es que lo que muestran las encuestas y lo que sus científicos han estado pidiendo repetidamente están totalmente alineados. Y él realmente no quiere ser un perdedor en noviembre.

El espectro de estos giros de 180° ha provocado muchas carcajadas de los analistas liberales. El hombre que solo sabe doblegar, ahora se doblegó por el dolor de estos reveses públicos.

Pero deberían ser más cautelosos. La conversión puede ser poco sincera; bien puede deberse a la necesidad de las encuestas y los estadounidenses verán que su presidente se comporta de manera racional.

¿Ya se olvidaron de todas esas cosas que dijo el presidente en marzo y abril cuando minimizó la pandemia e instó a la reapertura rápida de la economía estadounidense?, podrán preguntarse algunos.

Bueno, todo lo que diría es que el circo avanza rápidamente; todos parecen tener una memoria increíblemente corta.

¿Quién habla más del caso Mueller? ¿O Rusia? ¿O el impeachment?

Con nuestra impaciencia por lo nuevo, por las historias novedosas, por los giros de la trama, parece que sufrimos colectivamente un trastorno por déficit de atención.

Y este presidente lo entiende mejor que nadie.

Sin duda, algunos escribirán que esta ha sido la peor semana del presidente. Si gana en noviembre, será vista como la mejor.

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Oregón demanda a la Administración Trump por detenciones ilegales en Portland

Al cuerpo de agentes que se dedica de forma rutinaria a la protección de propiedad federal se unieron hace dos semanas un contingente de las otras agencias para contener las protestas

Javier Ansorena SEGUIR Corresponsal en Nueva York Actualizado:20/07/2020 02:39h

El fervor de las protestas tras la muerte de George Floyd a finales de mayo -el último episodio de abusos policiales contra la minoría negra- ha decaído en la mayor parte de EE.UU. Han pasado casi dos meses de la noche en la que un agente de Mineápolis asfixió a Floyd, el calor de julio aprieta y buena parte del país dedica su preocupación al repunte de la pandemia de Covid-19. En Portland, sin embargo, las manifestaciones se han mantenido con devoción. La principal ciudad de Oregón es una de las capitales del progresismo de EE.UU. y tiene una amplia tradición en movimientos de izquierda radical y anarquistas.

Las protestas por la muerte de Floyd se han filtrado hasta convertirse en un movimiento a favor de los recortes y de la abolición de la policía. En Portland, los choques han sido no solo contra los agentes locales sino también contra fuerzas de seguridad federales, que dependen del Gobierno de EE.UU., y que se encargan de proteger propiedad federal, como las instalaciones de los juzgados federales.

En medio las manifestaciones que se producen cada noche, muchas veces acompañadas de vandalismo, ataques a edificios policiales y enfrentamientos con la policía, las autoridades locales han lanzado la voz de alarma después de que agentes federales, desplazados en vehículos no identificados como policía, realizaran detenciones de manifestantes. Buena parte de la clase política de Portland y Oregón -aquí perdió Donald Trump frente a Hillary Clinton con claridad en 2016 y se espera el mismo resultado para el próximo noviembre- han calificado a las detenciones de «ilegales».

En uno de los vídeos que han corrido como la pólvora en redes sociales, dos agentes con uniforme de camuflaje, sin distintivo policial más allá de un parche que dice ‘Policía’ detienen a un manifestante, vestido de negro y con casco.

Los agentes federales, que pertenecen a diferentes agencias del Gobierno central -Departamento de Interior, US Marshals, policía fronteriza o los agentes de protección de servicios federales-, también efectuaron labores de antidisturbios, con lanzamiento de gas lacrimógeno o munición no letal.

Protección de monumentos y estatuas

Al cuerpo de agentes que se dedica de forma rutinaria a la protección de propiedad federal se unieron hace dos semanas un contingente de las otras agencias, enviado por la Administración Trump para contener las protestas. Ocurrió después de que Trump firmara una orden ejecutiva en la que instruía a las agencias federales a mandar efectivos para proteger monumentos, estatuas y propiedad federal bajo ataque durante las manifestaciones. Las protestas han supuesto la quema, destrozo y pintarrajeo de estos lugares en ciudades de todo el país, y Trump reforzó las penas para los infractores.

«Es un abuso de poder descarado», aseguró esta semana la gobernadora del estado, Kate Brown sobre los arrestos. Su fiscal general, Ellen Rosenbaum, presentó este sábado por la noche una demanda a la Administración Trump para que los agentes federales dejen de realizar detenciones en Portland.

«Estas tácticas deben parar», dijo Rosenbaum en un comunicado. «No solo hacen imposible que la gente utilice los derechos de la Primera Enmienda [la que recoge la libertad de expresión y de manifestación] para protestar de forma pacífica, también crean una situación más volátil en nuestras calles».

«La Administración federal ha elegido Portland para usar sus tácticas de miedo para que nuestros residentes no protesten contra la brutalidad policial y a favor de Black Lives Matter», añadió. «Todo estadounidense debería estar horrorizado de que esto ocurra». La demanda también asegura que la actuación de los agentes viola las enmiendas cuarta y quinta porque son detenciones sin requerimiento judicial y sin el proceso legal establecido.

«Lo que está ocurriendo en Portland debería preocupar a todo el mundo en EE.UU.», criticó la ACLU, una de las principales organizaciones de derechos civiles del país. «Normalmente, cuando vemos a gente en vehículos no identificados que agarran a alguien por la fuerza en las calles, lo llamamos secuestro».

La turba violenta

Los incidentes violentos en Portland continuaron en la noche del sábado. Entre otros disturbios, un grupo de manifestaciones trataron de desmantelaron un vallado alrededor de los juzgados federales que habían puesto las autoridades locales para «desescalar las tensiones». Con más gravedad, otro grupo se presentó en la sede de la Asociación de Policía de Portland y lo prendió en llamas.

La reacción a estos episodios muestra la brecha entre los políticos locales y la Administración Trump. El secretario de Interior interino, Chad Wolf, visitó Portland durante la semana y denunció que la pasividad y la defensa de las autoridades locales frente a los disturbios habían «fortalecido a la turba violenta, mientras los incidentes violentos crecen cada día».

«Cada noche, estos anarquistas violenta destruyen y vandalizan propiedades, incluidos los juzgados federales, y atacan a los violentes agentes que las protegen», añadió Wolf, que detalló que los agentes federales han sufrido ataques con lásers y botellas de agua congeladas y que, solo en la noche del jueves, hubo dos de ellos heridos.

Trump justificó al principio de la semana el envío de fuerzas porque «Portland estaba totalmente fuera de control». Ayer, desde su cuenta de Twitter, aseguró que su Gobierno: «está tratando de ayudar a Portland, no de hacerle daño. Sus autoridades han perdido durante meses el control de anarquistas y agitadores. Están perdidos el combate. Debemos proteger a las propiedades federales y a nuestro pueblo».

La visión del alcalde Portland, Tom Wheeler, era muy diferente a la del presidente de EE.UU., del que dijo que no comprende «la relación causa y efecto» en el caso: aseguró que la presencia de agentes federales «está provocando más violencia y más vandalismo. No ayuda. No los queremos aquí. No los hemos pedido. De hecho, queremos que se vayan».

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Trump incendia las protestas en Portland al enviar agentes federales

 

Oregón califica de “ataque a la democracia” la iniciativa contra Black Lives Matter/ AP)

Francesc Peirón | Nueva York, Nueva York. Corresponsal

21/07/2020 01:39| Actualizado a 21/07/2020 11:46

Quería una respuesta en primera persona y la obtuvo.

Christopher David, de 53 años y veterano de la Armada estadounidense, asistió el pasado sábado por primera vez a una manifestación. Lo hizo en su ciudad, en Portland (Oregón), donde llevan más de 50 días de protestas organizadas por el movimiento Black Lives Matter (BLM) tras la muerte del ciudadano negro George Floyd a manos de policías blancos, el 25 de mayo, en Minneapolis.

El presidente amenaza también con enviar tropas a Nueva York o Chicago contra las manifestaciones

David se decidió a dar ese paso ante la aparición de violentas imágenes protagonizadas por agentes federales –muchos de ellos camuflados, en vehículos sin identificación–, enviados por el presidente Donald Trump para restaurar la ley y el orden.

Ante la visión de ciudadanos gaseados, heridos por los golpes de porra y detenidos por estar en la calle, el veterano militar quería plantearles a esos agentes por qué violaban su juramento a la Constitución y atacaban a sus propios compatriotas.

No logró mantener una conversación con ellos, sino todo lo contrario, como se constata en un vídeo viral. Se marchó con una dosis de gas pimienta y apaleado, con un par de huesos rotos.

Las autoridades de Oregón han reprobado a Trump por el envío de los federales en medio de las protestas precisamente contra la brutalidad policial y el racismo. El alcalde de la ciudad, Ted Wheeler, había lamentado que, a lo largo de estos casi dos meses de protestas, un reducido grupo de vándalos empañaban a la mayoría. Pero también indicó que las manifestaciones se iban disipando, hasta que irrumpieron las fuerzas federales. El número de asistentes se ha multiplicado desde entonces. “Su presencia está llevando a más violencia y vandalismo”, remarcó el alcalde.

“Si miras lo que está sucediendo en Portland, esos son anarquistas y hemos tomado una posición muy dura”, argumentó el presidente en la cadena Fox. En su Twitter reiteró que las autoridades locales “perdieron el control de los agitadores” y que su iniciativa pretendía “ayudar a Portland y no herirla”.

Este lunes insistió en la Casa Blanca: “Portland es un desastre. Esos son anarquistas, odian a nuestro país, es peor que Afganistán”, aseguró. Incluso amenazó con tomar medidas similares en otras lugares, como Nueva York, Chicago, Filadelfia o Detroit.

Washington se ampara en la orden ejecutiva de protección de monumentos para desplegar policías sin necesidad de disponer de autorización territorial. “Es el último recurso de un presidente fallido, hundido en los sondeos, que busca parecer fuerte ante sus bases”, replicó Wheeler.

Según la gobernadora de Oregón, la demócrata Kate Brown, “la administración Trump ha de dejar de jugar a hacer política con la vida de las personas”. Brown sostuvo que el envío de federales era equivalente a echar gasolina al fuego. “En este país no tenemos una policía secreta, esto no es una dictadura”, añadió.

La fiscal general del Estado, Ellen Rosenplum, presentó una demanda contra el despliegue. Argumenta que esta táctica atenta contra la primera enmienda de la Constitución (derecho a la libertad de expresión y de asamblea). Congresistas demócratas también pidieron una investigación por posible abuso de poder.

Christopher David no está solo. El domingo se organizó el “muro de madres”. Corearon el lema “las madres estamos aquí, los federales han de irse”. Ellas también recibieron un baño de gas en nombre de la ley y el orden.

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¡Aquí mando yo!: Trump, los agentes federales y su desprecio por la democracia

Luego de reprimir protestas con agentes federales en Portland, Trump amenaza repetirlo en otras ciudades gobernadas por demócratas. A meses de las elecciones y atrás en las encuestas, parece dispuesto a todo para quedarse con el poder, hasta desconocer los resultados. ¿Lo hará

Portland sirvió de escenario perfecto para que Donald Trump lanzara una nueva carta. El magnate ya había coqueteado con la idea de utilizar agentes federales para contrarrestar las manifestaciones contra el racismo y la brutalidad, cuando dispersó un plantón al frente de la Casa Blanca para sacarse una foto frente a una iglesia. Poco le importó lo que pudieran pensar los demócratas de su abuso del poder, y en la pequeña ciudad de Oregon puso nuevamente a prueba su plan, que defiende bajo el pretexto de mantener ‘la ley y el orden’.

Ordenó al Departamento de Seguridad desplegar agentes federales de fronteras para dispersar las movilizaciones, hirieron a 15 personas e incluso se llevaron a varios manifestantes en carros sin marcas. Trump, convencido de que la polarización es la mejor estrategia para ganar adeptos a pocos meses de las elecciones, no tiene el más mínimo temor en hacerlo, aunque suponga un daño irreparable para la democracia más importante del planeta.

Con la amenaza de militarizar los estados liderados por demócratas si no controlan las protestas, Trump se acerca peligrosamente a los procedimientos propios de regímenes autoritarios o dictatoriales. Desestimando las recomendaciones de los consejeros de la Casa Blanca, busca a como dé lugar desafiar la autonomía de los gobiernos estatales.

Los demócratas han decidido hacerle frente, y los alcaldes de Atlanta, Washington, Seattle, Chicago, Portland y Kansas City dijeron en una carta al fiscal general, William Barr, que el despliegue de tropas federales no solicitadas viola la Constitución. Pero al magnate le interesa poco o nada pasar por encima de la carta política para provocar y atacar a los demócratas.

En Portland, el alcalde Ted Wheeler sufrió en carne propia los abusos del presidente. Tras los primeros incidentes con los agentes federales, que actuaron uniformados pero sin insignias que los distinguieran, las protestas se intensificaron en la ciudad. El alcalde demócrata decidió participar en las movilizaciones, pero quedó en medio de una protesta reprimida con gas lacrimógeno. “No voy a mentir, me duele. Es difícil respirar, y puedo decirles con toda honestidad que no vi nada que justifique el uso de la fuerza”, le dijo Wheeler a The New York Times y no dudó en calificar la presencia de los agentes federales como el posible detonante de una “guerra urbana”.

Al parecer, Portland es solo el principio. Con los incidentes en la ciudad del noroeste de Estados Unidos aún frescos, Trump no tuvo reparo en desafiar a los demás estados gobernados por demócratas, incluso Nueva York, mientras los acusaba de ser incapaces de controlar la criminalidad. Felicitó a los agentes por los incidentes en Portland por hacer “un trabajo fantástico” al detener a “anarquistas”. A pesar de que la mayor parte del sector político estadounidense ha mostrado su apoyo a las movilizaciones contra el racismo, Trump ha llamado terroristas y enemigos de la nación a los manifestantes.

Jeffrey Meiser, docente del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Portland, piensa que es inminente la intervención de agentes federales en otras ciudades. Como dijo a SEMANA, “a menos que haya una orden de restricción emitida por un juez federal, es probable que Trump expanda su despliegue de oficiales federales a otras ciudades. Creo que Washington D. C. fue un caso de prueba, y a Trump le debe haber gustado lo que vio porque luego expandió la política a Portland”.

Por ahora, el alcalde de Nueva York, el demócrata Andrew Cuomo, no cree que “haya justificación alguna para enviar tropas federales o agentes federales a la ciudad de Nueva York”. La alcaldesa de Chicago, la también demócrata Lori Lightfoot, aseguró que “no permitiré la llegada de agentes federales para aterrorizar” a los ciudadanos. Barr aseguró que hay alrededor de 200 agentes preparados para desplegarse en las calles de Chicago.

 

 

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Zelda Sayre y Scott Fitzgerald: la vida real tras El Gran Gatsby

La historia del arte está llena de parejas amorosas cuya intensidad las condenó desde sus inicios a una oscilación perpetua entre el cielo y el infierno. La miniserie norteamericana Zelda ha vuelto a poner sobre el tapete la formada por el gran escritor norteamericano Scott Fitzgerald, considerado el icono representativo de la llamada Generación Perdida, consagrada por Hemingway en su novela Fiesta, y Zelda Sayre, una belleza sureña de Alabama que se destacó en su tiempo por el extraordinario fuego de su carácter y su ruptura con los estereotipos sexistas que dominaban en la década de los 20 la vida social de los Estados Unidos. La relación de ambos fue extraordinariamente intensa desde el momento mismo en que se conocieron, y su matrimonio, siempre al borde de todos los límites, si bien resultó durante un tiempo la bandera de la juventud y el éxito y la consumación del Sueño Americano, llevó a Hemingway, amigo íntimo de los esposos, a calificarlo como la ruina de Scott.

Los amantes se conocieron en 1918 en una estación de trenes, mientras Fitzgerald escribía su novela Al este del Paraíso. Entonces era un joven a quien la familia rica de Zelda consideraba un pretendiente muy poco prometedor. El novel escritor se sintió tan impresionado por la muchacha que reescribió enteramente su personaje protagónico para que se pareciera a Zelda. Scott, quien por entonces pasaba su servicio militar en una base cerca de Montgomery, el pueblo donde vivía su adorada, la llamaba a diario y cuando fue destinado a Long Islan se escribieron con frecuencia.

Los Sayre, además de tener contra Scott el prejuicio de su pobreza, pertenecían a la religión episcopal, mientras que el pretendiente era católico y de origen irlandés, pero sobre todo les preocupaba que en plena juventud el joven fuera ya un alcohólico. Zelda era la muchacha más popular de su entorno. Adoraba el baile, las fiestas, los novios y la natación, fumaba y bebía y era ya toda una experta en escandalizar a su pequeña localidad con sus extravagancias, entre las cuales se contaba un ceñido traje de baño de color carne con el que hacía creer a la gente que se bañaba desnuda. Tenía un temperamento bohemio y ciertas inclinaciones artísticas que se manifestaban en sus sueños de convertirse en ballerina. Poseía una gran energía física y mental y era incansable cuando de placeres se trataba. No le faltaban enamorados con mejores perspectivas que aquel militar apasionado y bebedor, y parece que la idea del matrimonio no la entusiasmaba tanto como a él. El 20 de marzo de 1920, una importante casa editorial aceptó publicar Al este del paraíso. Fitzgerald notificó a Zelda de inmediato y ella aceptó viajar a Nueva York para casarse.

Poco después de celebrado el matrimonio la pareja marchó a París, donde vivían una vida nocturna y bohemia los miembros de la Generación Perdida, capitaneada por la célebre escritora y promotora cultural Gertrude Stein. Allí conocieron a Hemingway y Scott comenzó a escribir sus relatos cortos. La pareja fue aclamada por el éxito literario de él y comenzó a socializar con grandes figuras del arte y de la sociedad parisina.

Según cuentan quienes los conocieron en la intimidad y se desprende de las obras escritas por los esposos con fuerte carácter autobiográfico, aunque en público representaran el triunfo y la felicidad, su vida privada era convulsa, atormentada por el alcoholismo y los celos mutuos. Se peleaban, bebían cada vez más y la inestabilidad de Zelda fue en aumento hasta que en 1921 vino al mundo la única hija de ambos, Scottie. Ese día, mientras volvía de la anestesia, Zelda pronunció ciertas palabras sobre el futuro de la niña que Scott reprodujo textualmente en su novela El Gran Gatsby. Zelda-Daysi dijo que deseaba que su hija fuera “una hermosa idiotica”. Aunque fue una madre amorosa demostró, en cambio, ser una pésima ama de casa y nada adicta a los quehaceres domésticos, de lo que llegó a presumir, incluso, en entrevistas que concedió a la prensa neoyorquina. Era totalmente desenfadada y desinhibida, lo suficiente como para acusar públicamente a Scott de tener un pene pequeño y no hacerle el amor. Vivían rodeados por la riqueza que la literatura de Scott les reportaba, con criados y manejadoras para la pequeña Scottie. En ocasión en que una revista le encargara una reseña sobre la última novela de su marido, ella escribió:

Para empezar, todos deberían comprar este libro por la siguiente razón estética: Primero, porque sé dónde encontrar la tela dorada más bonita por tan solo $300 en una tienda de la calle 42, y también, si suficientes personas la compran, dónde hallar un anillo de platino con un círculo entero, y también si muchas personas la compran mi esposo necesita un nuevo abrigo de invierno, a pesar de que el que tiene ha durado muy bien durante los pasados tres años… Me parece que en una página reconocí un fragmento de un diario viejo mío, el cual misteriosamente desapareció poco después de mi boda y, también fragmentos de una carta, la cual, aunque considerablemente editada, me resultó familiar. De hecho el señor Fitzgerald — me parece que así es como escribe su nombre— cree que el plagio comienza en el hogar.

Y era cierto: la obsesión de Fitzgerald por su mujer había hecho que robara el Diario íntimo de ella y reprodujera literalmente partes del mismo en sus relatos y novelas, atribuyéndolos siempre a personajes en los que era imposible no reconocer la imagen fulgurante de Zelda Sayre, lo que, al parecer, creó entre ellos un permanente resentimiento, que se acentuó tras el nacimiento de la niña, cuando Zelda sintió revivir en su interior sus antigua inclinaciones artísticas y comenzó ella misma a escribir, reproduciendo en sus obras toda la desventura de su matrimonio.

En París la familia Fitzgerald se radicó en Antibes. Scott comenzó a escribir El Gran Gatsby y Zelda inició una aventura con un joven piloto francés del que, al parecer, se enamoró lo bastante como para pedir el divorcio a su marido. Ella no había sido discreta, pues nadaba de día en la playa con su amante y bailaba con él de noche en los casinos a la vista de todos mientras su esposo trabajaba, así que este la encerró en su casa. Hasta que, bajo tanta presión, logró que ella renunciara a sus intenciones. El piloto, quien no sabía lo que estaba ocurriendo, se marchó de Antibes sin siquiera despedirse de la bella americana, porque para él aquella aventura no había sido más que una mera erupción pasional y consideraba a Zelda poco menos que una demente. Ella hizo un intento de suicidio y para tratar heroicamente de volver a la normalidad la pareja inició un viaje por Roma y Capri, pero eran profundamente infelices juntos.

Zelda detestaba a Hemingway, lo acusaba de ser falso como un cheque de goma e insistía en que tenía un amorío homosexual con su marido. Como respuesta Scott se acostó con una prostituta, lo que provocó una volcánica erupción de ira y celos entre los esposos. Poco después, durante una velada artística, Zelda se arrojó por una escalinata de mármol en protesta porque su marido estaba conversando con la gran bailarina Isadora Duncan y no le prestaba ninguna atención a ella.

Sin duda el éxito y la fama de Scott habían echado una especie de sombra sobre las dotes naturales de Zelda, de las que ella diera muestras en su infancia. En esa etapa difícil, y probablemente intentando procurarse una carrera personal que no pudiera ser opacada por su marido, retornó a su sueño de ser ballerina, y comenzó a practicar obsesivamente hasta 8 horas diarias, pero ya tenía 27 años, y aunque recibió ofertas de importantes compañías de ballet, las declinó. Sus amigos y conocidos han dejado opiniones encontradas acerca de si era verdaderamente talentosa. Parece que sí lo fue, y no solo en el ballet, sino también como escritora, pero ya por entonces su razón estaba en franco declive y no tardó en ser internada en un sanatorio suizo, del que salió poco después para viajar con su marido a Alabama, donde su padre agonizaba. Tras la muerte del mismo Zelda fue nuevamente internada, esta vez en una clínica de los Estados Uidos, donde comenzó a pintar. Escribió una novela en la que utilizaba mucho material autobiográfico que Scott deseaba introducir en la novela que escribía por entonces, así que se desató de nuevo el infierno entre los dos. Él escribió a sus amigos:

Zelda asegura estar en contacto directo con Cristo, Guillermo el Conquistador, María Estuardo, Apolo y toda la parafernalia y las bromas del asilo de locos… Por todo lo que ella ha sufrido realmente, no hay ninguna noche en la que yo no pague un gran homenaje en la oscuridad. En una manera curiosa, tal vez increíble para ustedes, ella siempre fue mi niña (esto no era recíproco como lo es frecuentemente en el matrimonio). Yo era su única realidad, frecuentemente el único enlace que podía hacer el mundo tangible para ella.

Fue diagnosticada como esquizofrénica. La crítica no fue benévola ni con su obra literaria ni con su obra pictórica, el único valor que concedían a su trabajo era el de haber sido hecho por una celebridad femenina de la Era del Jazz.

Fitzgerald recibió ofertas de Hollywood para trabajar como guionista e inició una relación amorosa con la columnista fílmica Sheilah Graham, una personalidad muy influyente en el medio. Hubo una especie de reconciliación entre los esposos durante la cual decidieron hacer un viaje a Cuba, que fue un desastre, porque desconociendo las peculiaridades culturales de la isla, el escritor intentó detener una pelea de gallos, por lo que fue duramente golpeado y tuvo que ser recluido en un hospital. Ese fue el fin de la pareja. Scott odiaba a Zelda y la acusaba por todos sus fracasos y por la conducta rebelde de su hija. Su mayor acusación era la de “haber sido engañado por el sueño de Zelda”. Murió de un infarto cardiaco a los 44 años en el apartamento de su amante neoyorquina. Zelda lo hizo algunos años después durante un incendio que se inició en las bodegas del hospital psiquiátrico donde entonces se encontraba internada.

¿Por qué robaba Scott ideas de Zelda? El hombre que escribió El Gran Gatsby y Al este del Paraíso estaba muy cerca de la genialidad literaria y no necesitaba apropiarse de la creatividad de nadie. ¿Por qué Dante Gabriel Rosetti, el gran pintor prerrafaelita, robaba los lienzos de su esposa, musa y modelo Elizabeth Siddal y repintaba encima sus propias obras? ¿Por qué Max Jacob, icono del surrealismo, hizo otro tanto con los lienzos de Leonora Carrington, pintora y escritora reconocida como una de las tres estrellas femeninas del surrealismo en Europa e Hispanoamérica? Leonora era más talentosa que Max, pero Elizabeth no lo era más que Rosetti, y en cuanto a Zelda, como su obra o no fue nunca terminada o es desconocida, no es posible afirmar algo en uno u otro sentido. Pero las tres parejas tienen algo en común: pasiones destructivas, obsesiones de esos artistas por sus mujeres. En el caso de Scott, su obsesión por Zelda se dibuja como la más morbosa de las tres. Puede que alguien opine que lo fue la pasión de Rosetti por Siddal, que llegó al extremo de desenterrarla siete años después de su muerte para retirar del sarcófago el manuscrito de La casa de la vida, libro de sonetos que él había compuesto para ella y que, con su propia mano, colocó junto a su mejilla cadavérica para que permanecieran con su amada hasta la eternidad. No lo creo. Rossetti estaba robando a la esposa muerta no una obra de ella, sino una creación de él mismo. Nunca se atribuyó nada que ella pintara en vida, simplemente borraba sus lienzos y los reutilizaba. Creo que Scott enfermó de un tipo de obsesión que no es poco común: la de creer que la posesión de determinada persona que tiene todo aquello de lo que carecemos, y me refiero meramente a capital social, no estrictamente a talento, añade acreditación social a la imagen del poseedor. Zelda era un símbolo, un icono, y cuando Scott la conoció él no era nadie. Zelda le funcionaba como un fetiche social.

Hay unas imágenes del incendio del hospital psiquiátrico en que murió Zelda, pero me impactaron tanto que he preferido no ponerlas en este post. Soy fan de Scott Fitzgerald, a quien prefiero a Hemingway, pero creo que para una mujer como Zelda vivir junto a un neurótico obsesionado con ella y con retenerla aún al coste de anularla como ser humano, debió ser una tarea cuya dificultad superó sus posibilidades reales, que no parecen haber sido muchas en cuanto a equilibrio emocional, aunque tampoco creo que hayan sido menos que las de cualquier persona sensible. ¿Cuánto de amor había en Scott por su esposa y cuánto de psicopatía? Voto por un mayor puntaje de lo segundo.

 

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Robert Redford contra Donald Trump

Nota del editor: Robert Redford es actor, director, productor y miembro del Consejo para la Defensa de Recursos Naturales. Las opiniones expresadas en este comentario son del autor. Ver más artículos de opinión sobre CNNe.com/opinion.

(CNN) — Tengo muchos recuerdos de haber crecido en Los Ángeles en la década de 1940, pero hay uno en particular que vuelve a mí en estos tiempos difíciles. Recuerdo estar sentado con mis padres. En realidad, mis padres estaban sentados y yo estaba acostado en el suelo, como hacen los niños, escuchando al presidente Franklin D. Roosevelt en la radio.

Por supuesto que estaba hablándole a la nación, no solo a nosotros. Pero se sentía como si así fuera. Era personal e informal, como si estuviera en nuestra sala de estar.

Era demasiado joven para seguir mucho de lo que decía: algo sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que sí entendí fue que se trataba de un hombre que se preocupaba por nuestro bienestar. Sentí calma al escuchar su voz.

Era una voz de autoridad y, al mismo tiempo, de empatía. Los estadounidenses se enfrentaban a un enemigo común, el fascismo, y Roosevelt nos dio la sensación de que estábamos todos juntos en esto. Incluso los niños como yo tenían un papel que desempeñar: repartir periódicos, recolectar chatarra, hacer lo que pudiéramos hacer.

Así era tener un presidente con una sólida brújula moral que le sirvió de guía, le dio dirección y lo ayudó a dirigir a la nación hacia un futuro mejor.

Quizás esto les parezca algo nostálgico, simplemente. Hay algo de eso, claro (¿quién no lo está, en este momento?). Pero estoy demasiado centrado en el futuro para sentarme a suspirar por los viejos tiempos. Para mí, el poder del ejemplo de Roosevelt es lo que dice sobre el tipo de liderazgo que Estados Unidos necesita y puede tener, nuevamente, si lo elegimos.

Pero una cosa está clara: en lugar de una brújula moral en la Oficina Oval, hay un vacío moral.

En lugar de un presidente que dice que estamos todos juntos, tenemos un presidente que actúa por sí mismo.

En lugar de palabras que elevan y unen, escuchamos palabras que exacerban y dividen.

Cuando alguien retuitea, y luego elimina, un video de un partidario que grita “poder blanco” o llama a los periodistas “enemigos del estado”, cuando convierte una mascarilla que salva vidas en un arma de guerra cultural, cuando ordena a la policía y a los militares que lancen gases lacrimógenos a los manifestantes pacíficos para mostrarse con una Biblia frente a las cámaras, sacrifica, una y otra vez, cualquier pretensión de autoridad moral.

Otros cuatro años de esto degradarían nuestro país sin posibilidad de reparación.

El costo que está cobrando es casi bíblico: incendios e inundaciones, una pandemia literal sobre la tierra, una erupción de odio que está siendo convocada y dominada por un líder sin conciencia ni vergüenza.

Cuatro años más acelerarían nuestra caída hacia la autocracia. Se tomaría como una licencia gratuita para castigar a los llamados “traidores” y hacer pequeñas venganzas, con todo el peso del Departamento de Justicia detrás de ellos.

Cuatro años más significaría un tiempo perdido para nuestras leyes ambientales. El asalto ha estado en curso: comenzó con el abandono del acuerdo histórico que hizo el mundo en París para combatir el cambio climático, y continuó, el mes pasado, con el uso de la pandemia como cobertura para permitir que las industrias contaminen como mejor les parezca.

Cuatro años más causarían daños incalculables a nuestro planeta, nuestro hogar.

Estados Unidos sigue siendo una potencia mundial. Pero en los últimos cuatro años, ha perdido su lugar como líder mundial. Un segundo mandato envalentonaría a los enemigos y debilitaría aún más nuestra posición con nuestros amigos.

¿Cuándo y cómo Estados Unidos se convirtió en “estados divididos”? La polarización, por supuesto, tiene raíces profundas y muchas fuentes. El presidente Donald Trump no creó todas nuestras divisiones como estadounidenses. Pero encontró todas las fallas en Estados Unidos y las abrió de par en par.

Sin una brújula moral en la Oficina Oval, nuestro país está peligrosamente a la deriva.

Pero este noviembre podemos elegir otra dirección.

Este noviembre, la unidad y la empatía están en la boleta electoral. La experiencia y la inteligencia están en la boleta electoral.

Joe Biden está en la boleta electoral, y estoy seguro de que traerá estas cualidades a la Casa Blanca.

No suelo anunciar públicamente mi voto. Pero este año electoral es diferente.

Y creo que Biden está hecho para este momento. Biden lidera con su corazón. No me refiero a eso de una manera suave y sentimental. Estoy hablando de una feroz compasión, del tipo que lo alimenta, que lo impulsa a luchar contra la injusticia racial y económica, que no lo dejará descansar mientras la gente está luchando.

Como mostró Roosevelt, la empatía y la ética no son signos de debilidad. Son signos de fuerza.

Creo que los estadounidenses están volviendo a esa opinión. A pesar de Trump, a pesar de sus esfuerzos diarios para dividirnos, veo que gran parte del país comienza a reunirse nuevamente, como lo hizo cuando era un niño.

Podemos verlo en las protestas pacíficas de las últimas semanas: estadounidenses de todas las razas y clases se unen para luchar contra el racismo. Podemos ver las formas en que las comunidades se están uniendo ante la pandemia, incluso si la Casa Blanca los deja valerse por sí mismos.

Estos actos de compasión y amabilidad fortalecen a nuestro país. Este noviembre tenemos la oportunidad de fortalecerlo aún más: al elegir un presidente que sea coherente con nuestros valores y cuya brújula moral apunte hacia la justicia

 

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NO HAY MUERTO QUE HABLE

Las guerras de liberación de la isla de Cuba fueron sangrientas y trágicas, pero no faltaron en ellas innumerables momentos para la risa, el choteo criollo y los sucesos incalificables, como este ocurrido durante la Guerra Grande, que nos encontramos revolviendo archivos ya casi convertidos en encaje de telarañas.

Resulta que el Mayor General del Ejército Libertador Francisco Carrillo Morales tenía un asistente, el negro Macurijes, quien había alcanzado fama por poseer ciertas características físicas nada comunes, entre las cuales se contaba un cráneo más duro que las piedras de amolar, hecho que se hizo más que manifiesto cuando, durante la captura del fuerte Tetuán, en la jurisdicción de Remedios, y tras varios y vanos intentos de los mambises atacantes para forzar la puerta del edificio,  Macurijes, ya enojado, le propinó tan fuerte cabezazo que consiguió moverla, lo que le valió, por parte de José Martí, el apodo de “el negro de la cabeza milagrosa”. Además del valor que posee como anécdota, ofrece una imagen poco habitual del Apóstol endilgando en un momento de travesura un nombrete a un compañero de lucha. Sin duda que el hombre del traje negro, el Presidente taciturno y triste, también, como cualquier ser humano, sabía reír.

Pero no paran aquí los sucesos esperpénticos protagonizados por Macurijes, quien también era célebre entre la tropa por tener un oído tan extremadamente sensible que era capaz de escuchar la llamada de su jefe por muy gran distancia que los separase y por muy quedo que este la hiciera. Semejante facultad intrigaba sobremanera a Carrillo, y habiendo interrogado cierto día a su subalterno con más insistencia que de costumbre, Macurijes le respondió sosegadamente:

—“Mi General, yo siempre le contestaré a usted aunque esté muerto, y mucho le agradeceré que si me matan, me llame por mi nombre tres veces seguidas, en la seguridad de que yo le contestaré al punto”.

Esto se lo repitió Macurijes a Carrillo varias veces, siempre con la mayor seriedad. Y a Carrillo se le quedó grabado. Quién sabe cuántas veces recordaría esas palabras…

Al poco tiempo un balazo enemigo en plena frente derribó a Macurijes y le dio su pasaporte para el Más Allá. La escaramuza se había tornado particularmente dura y Carrillo y sus hombres tuvieron que retirarse sin poder llevar consigo el cuerpo sin vida del fiel asistente. Este abandono de los caídos en combate no era costumbre entre las tropas mambisas, que solían arriesgarse sobremanera para no dejar atrás los despojos de sus miembros. Carrillo, pues, esperó la caída de la noche y sigilosamente, aunque no sin riesgo,  regresó junto al cuerpo yerto de su fiel servidor. Cuenta el propio Carrillo que se agachó junto al negro muerto, tocó con sus propios dedos el orificio cubierto de sangre coagulada que la bala había abierto en el hueso frontal de aquella cabeza reputada  como más dura que el pedernal. Y entonces recordó las frases de Macurijes, y ese espíritu de siniestra tentación que suele arrebatar a los hombres en las más extrañas circunstancias se apoderó de él:

—Macurijes… —susurró, y viendo que no pasaba nada espectacular se animó y repitió el nombre dos veces más, la última elevando bastante la voz: —¡Oye, Macurijes, ¿tú no me dijiste que te llamara tres veces, que me ibas a contestar  aunque estuvieras muerto…?!

Y se quedó observando atentamente el cadáver. Como nada sucediera, Carrillo movió la cabeza en ese gesto cansino de quien ya sabía que no resultaría y se dirigió a los dos mambises que lo habían acompañado:

—Qué va, no me contesta —dijo filosófico—, convénzanse, señores:  no hay muerto que hable. ¡Ni Macurijes…!

 

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DONALD TRUMP ROBA EL CAPITAL SIMBÓLICO DE LOS ESTADOS UNIDOS

Foto tomada de Democracy Now

Donald Trump está robando para su uso personal el capital simbólico de los Estados Unidos. Su intención es revitalizar sus posibilidades de conseguir su segundo mandato presidencial en las próximas elecciones de noviembre. No es una acusación infundada ni malintencionada: es la verdad desnuda. También es una conducta que se inscribe entre las más inmorales maniobras del populismo demagógico, que Trump no es, por supuesto, el primero en emplear en el largo prontuario de la Historia. También lo hicieron los nazis en Alemania para someter a secuestro emocional a un pueblo herido en su orgullo nacional por su derrota en la Primera Guerra Mundial. Las tiranías, en sus inicios, suelen acudir a este procedimiento, y  algunas nunca lo abandonan.

Trump tiene, y sería tonto negarlo, inteligencia emocional para conectar vivamente con las grandes medianías, no en balde posee adiestramiento como showman, y para ser showman hay que ser buen comunicador. Esa es, en política, la función de los símbolos como herramientas: su enorme poder de convocatoria y movilización de masas. Los símbolos despiertan, enardecen y disparan el sentimiento de pertenencia, el espíritu de manada.

Trump ha elegido con mucha “maldad de la calle”, como decimos en Cuba, las locaciones de dos de sus últimos grandes mítines de su campaña electoral: Tulsa y el monte Rushmore, en Dakota del Sur. Como ya se ha dicho sobradamente, Tulsa fue el escenario de la abolición de la esclavitud y también de la peor matanza de afronorteamericanos ocurrida hasta hoy en ese país, lo que convierte a esa ciudad en un símbolo de doble cara. Incluso intentó programar su show para el mismo día en que se conmemoraba la abolición. Aunque en apariencia este designio apareciera como un intento por conectar con la muerte del afronorteamericano George Floyd, que ha conmovido al mundo, fue, en realidad, un guiño hecho a los partidarios del “poder blanco”, que constituyen la mayoría de la base electoral del Presidente. Sobre eso se ha escrito ya bastante.

La aparición y gran show montado por Donald Trump en el monte Rushmore, sin embargo, debe ser analizada más allá de lo que la prensa ha vislumbrado en el evento. Como ya recordaron los medios, las tierras del monte Rushmore pertenecían a la tribu nativa Sioux, que las consideraba un lugar sagrado, y su propiedad le fue asegurada por un Tratado ratificado por el Gobierno de los Estados Unidos en 1868. Entre 1927 y 1941 el Gobierno federal convirtió ese mismo Tratado en letra muerta al hacer del lugar un parque nacional y esculpir en el la ladera de la montaña un monumento de granito que representa las cabezas de los cuatro Presidentes icónicos de la nación del Norte: George Washington  y Thomas Jefferson, Padres Fundadores que combatieron el colonialismo inglés, pero eran propietarios de esclavos; Abraham Lincoln, quien abolió la esclavitud pero ordenó la ejecución de treinta y ocho indios sioux -la mayor de la historia del país- durante la guerra de Dakota (1862), y Theodore Roosevelt, quien filosofó en una ocasión: “No voy a ir tan lejos como para decir que los únicos indios buenos son los indios muertos, pero nueve de cada diez lo son, y no se debería investigar demasiado sobre el décimo.”

Para los pueblos de tradición, entre los cuales se cuentan las tribus nativas de los Estados Unidos, los lugares sagrados son lugares de poder. Quienes tengan alguna noción sobre religiones saben qué significa un lugar de poder: son centros donde se concentran energías telúricas, además de las energías espirituales de las razas que los han elegido. Jerusalén y el monte de los Olivos  son buenos ejemplos cristianos para ilustrar esto. La Cúpula de la Roca y  La Meca son otro buen par de ejemplos para el Islam. Los grandes templos ceremoniales como el del dios Huitzchilopoztli en el México precolombino lo eran para los aztecas. Por eso, los españoles construyeron sus catedrales en el Nuevo Mundo preferiblemente sobre estos lugares de poder que habían sido el alma de los vencidos. Apropiarse de los símbolos de los vencidos es una maniobra muy antigua, un gesto que equivale a plantar la bota del vencedor sobre su víctima mientras le dice: “Te he quebrado”. Las cabezas de los cuatro Presidentes que despojaron a los nativos americanos de sus tierras, su cultura y su vida, esculpidas sobre un monte sagrado, sigue siendo un gesto de dominación insoportable para los Soiux, una ofensa terrible a sus tradiciones y creencias. Pero al mismo tiempo, para los supremacistas seguidores del Supremacista en Jefe Donald Trump, equivale a plantar su bandera empapada en sangre nativa en el corazón  de la nación Soiux, y constituye un acto de suplantación ritual digno de la mentalidad de los Neanderthales. O lo que es lo mismo, de una mentalidad muy básica, la que caracteriza a los seguidores de Trump, su base electoral de hombres blancos mayores de 40 años sin formación universitaria, como él mismo.

No podemos dejar a un lado, como si no significara nada, el hecho de que la familia paterna de Trump emigró a los Estados Unidos desde la provincia alemana de Renania-Palatinado, uno de los primeros territorios alemanes militarizados por los nazis, donde se encuentra el bosque de Teotoburgo, centro mágico y corazón de la raza germánica, que esculpió allí la imagen del árbol Ygdrasil, símbolo de la creación del mundo según la mitología de los antiguos germanos. Hitler y su oscura creación, la Anhenerbe, un instituto en que se cocinaban recetas esotéricas junto con experimentos de biología genética para favorecer el surgimiento de una raza superior, celebraban ceremonias de carácter mágico en Teotoburgo. Hitler aprovechó todos los símbolos de la antigua cultura germánica, empezando por la swástiva, siguiendo por el martillo de Thor y terminando por el alfabeto rúnico. Todo fue emulsionado en el caldero de brujas  de la doctrina nazi para despertar el inconsciente colectivo de los alemanes, yacente bajo una gruesa capa de siglos de civilización occidental. Todo con la etiqueta de una vuelta a las raíces de la raza. Y la familia de Trump no solo emigró, sino que aún mantiene relaciones estrechas con sus miembros residentes en Alemania. ¿Significa eso que todos los inmigrantes alemanes en Estados Unidos que aún confraternicen con parientes residentes en Alemania son nazis? Rotundamente NO. Pero ¿y aquellos que, además, insisten en reproducir conductas de las cuales la Humanidad guarda  horrenda memoria? Yo digo que sí lo son. Son nazis genéticos o nazis por adopción de códigos mentales. No hay diferencia.

No sé si alguien habrá reparado en que el pabellón que aguardaba a la pareja presidencial en Rushmore  ostentaba los colores rojo, negro y blanco, los mismos que usaban los SS y la Gestapo en sus rituales, propaganda y banderas , y que se vieron muchas veces en la decoración de los lugares donde acontecieron los más importantes discursos de Hitler al pueblo alemán.

Por otra parte, y entrado ya en el terreno de la megalomanía de Trump, un fotógrafo cuyo nombre no he retenido, tuvo un rapto de iluminación cuando tomó esa foto para la Historia que muestra al Presidente de pie ante las cuatro cabezas de sus ilustres antecesores. La cabeza de Trump, con su pelambre azafranada, queda justo delante de la colina que no tiene ninguna cabeza tallada en su superficie, lo que expresa muy bien en lenguaje metafórico el ansia, declarada por Trump, de que su extraña cabezota figure algún día como la quinta Gran Cabeza entre quienes hicieron “Grande a América”.

Arropándose en dos de los más significativos símbolos imperialistas de los Estados Unidos como en manto de realeza, Donald Trump se presenta ante su base electoral como “el Presidente de la ley y el orden”, e inunda a sus votantes con su discurso hipócrita y supremacista, implantando en millones de esas mentes sus peligrosas ideas impregnadas del veneno divisionista, como cuando acusa a la “extrema Izquierda estadounidense” de haberse convertido en un “nuevo fascismo” que “trata de acabar con la libertad y los valores de Estados Unidos”, en una maniobra propia de un psicópata de libro, que consiste en culpar a otros de lo mismo que el psicópata hace o pretende hacer. Pero resulta que en la semántica trumpista la extrema izquierda estadounidense ya no es solo el micropartido comunista del país como en tiempos de Hoover, sino todos  aquellos norteamericanos con un pensamiento que oscila hacia el centro o la izquierda pero no son comunistas ni se plantean serlo, y también todos aquellos que reclaman el cese del racismo sistémico sean del color que sean, pero sobre todo, ¡oh, sorpresa!, nada más y nada menos que el partido demócrata y todos los demócratas sinceros cuyas mentes no ha podido secuestrar el Gran Acusador. Es tan mixtificador que aunque no hay noticias de que los Sioux ni ninguna otra tribu nativa hayan amenazado con dañar las cuatro cabezas pétreas, él mete las protestas Sioux por su presencia en el monte Rushmore en el mismo saco junto con los ataques sufridos por las estatuas de Cristóbal Colón y algunos líderes de la Confederación sureña, y anuncia con su lengua tonante de embaucador de feria: “¡Este monumento nunca será profanado. Estos héroes nunca serán desfigurados. Su legado nunca, nunca será destruido!”. Quien tenga ojos, que vea, y quien tenga oídos, que oiga. Nunca está de más recordar a los desmemoriados que eso no lo digo yo. Lo dijo Jesucristo.

Manifestantes Sioux contra presencia de Trump en el monte Rushmore

Sin mascarillas ni distanciamiento social en medio de una crisis de salud que supera a la de cualquier otro país del mundo y ya mató millones de estadounidenses, los seguidores de Donald Trump corearon frenéticos hombro con hombro en Rushmore, como las ovejas

Partidarios de Trump se enfrentan a manifestantes Sioux

de Orwell, “¡USA, USA, USA!”. Quienes tengan aunque sea una mínima noción de lo que son las sectas y cómo funcionan, digan si esto no les recuerda el comportamiento irracional, aberrante y fanático de una secta. Posiblemente estemos viendo la secta de Donaldo Zanahorias, Gran Gurú.  Muy pocos asistentes al show de Rushmore se acordaron del Coronavirus, ya que su Presidente amado apenas mencionó el tema. ¿Y por qué habría de inquietar a sus votantes agitando ese tabú, si, total, “va a desaparecer como por milagro en cualquier momento?”. Esta aseveración, que Trump lleva repitiendo como un mantra desde el principio de la pandemia (él, que acusa de mantrosos a los “nuevos fascistas de la extrema izquierda”), a pesar de que los hechos reales lo contradicen absolutamente, muestra cuán cercano al pensamiento mágico del hombre primitivo está el cerebro del individuo que tiene en sus manos torpísimas el destino del planeta. Los norteamericanos que quieren a Donald Trump para Presidente por otros cuatro (y quizá más años), no se dan cuenta de que han caído en la trampa de las trampas de los grandes estafadores de pueblos: identificar al personaje con el país, la patria, la tradición y el pasado de gloria… Asombra cómo semejante truco no pierde eficacia a pesar de haber sido tan usado.

Y para coronar su show en Rushmore, al final del espectáculo recompensó a los asistentes con unos fuegos artificiales que había anunciado así: “Van a ser una velada inolvidable, fuegos artificiales que pocas personas han visto. Va a ser muy emocionante”. La entusiasta afirmación fue hecha por Trump, a quien no importó ni por un segundo que el área esté considerada por los expertos como muy propensa a incendios forestales. ¿Cómo debe leerse este convite según la hermenéutica?  Pues así: “¡Gracias, mis infantiles seguidores, mis criaturas, por haber venido a mí, y ahora, como premio por tanta lealtad les daré ¡fiesta, fueguitos, colores, emoción!”. Ni siquiera faltó el payaso para reproducir en grande una fiesta de cumpleaños dominical en un patio de suburbio blanco, con tarta de merengue rosa y fragante resina de pinos.

El señor Presidente jugando a las casitas

La primera vez que Donald Trump jugó a las casitas tenía 34 años, pero ya lucía en su rostro ese rictus de obstinada soberbia que lo caracteriza. Fue cuando compró el edificio que convertiría en la famosa Torre Trump, remodelada con materiales costosísimos en los que abundan el oro y los mármoles exóticos, además de una arquitectura ciclópea a la que ha demostrado ser muy aficionado, rasgo que caracteriza a los grandes megalómanos, pero que es, también, capital simbólico importantísimo en el metatexto político de la grandeza y la gloria imperiales de todos los tiempos.

Trump ante los seis pisos del vestíbulo de la Torre Trump. El lucernario sobre su cabeza ¿no recuerda la mitra real de un emperador asirio¿

Ahora de nuevo el Presidente juega a las casitas sometiendo a la aprobación del Senado un decreto que llama a “hacer lindos otra vez los edificios y monumentos federales”. ¿Y qué es para Donald Trump hacerlos lindos? Pues hacerlos o remodelarlos en estilo neoclásico, porque los demás estilos arquitectónicos “son feos”, según sus propias palabras. También los faraones egipcios y el conquistador macedonio Alejandro Magno gustaron de lo ciclópeo, y Napoleón recurrió al neoclasisismo, y Adolh Hitler y José Stalin… En la escultura ha reinado siempre una norma: las representaciones divinas, ya sean tridimensionales, en altos y bajos relieves o en pinturas, deben tener un tamaño superior al de los seres humanos, y de ser posible deben ser enormes. Ya lo demostraron los templos del antiguo Egipto y la estatuaria griega, y hoy podríamos disfrutar de  esta concepción en toda su variedad si el Coloso de Rodas, la Estatua de Júpiter Olímpico y la de Atenea Pártenos no hubieran desaparecido junto con casi todas las Siete Maravillas del Mundo.

Pero no es puramente una tendencia megalómana lo que hace creer a Donald Trump que el neoclasicismo es lo máximo. Es su certeza —heredada del linaje de tiranos históricos del que proviene— de que tamaño es sinónimo de poderío. La Casa Blanca y el Capitolio son los dos ejemplos por excelencia del neoclacisismo estadounidense, al que también fueron adictos los Padres Fundadores. El neoclasicismo es símbolo de la grandeza norteamericana, e impone respeto por aplastamiento al resto del mundo. Esa convicción lleva al Presidente a desestimar los grandes logros arquitectónicos modernos que ostenta su país, y lo acerca al espíritu del nazismo y otros totalitarismos, cuyos grandes monumentos se inscriben, todos, en este estilo. En el caso de los Estados Unidos, los edificios neoclásicos son un símbolo no solo imperial, sino también del poder blanco con su Ku Klux Klan, sus horcas, sus incineraciones y otros mecanismos supliciantes, y entre sus múltiples responsabilidades se encuentra recordar a los nativos, negros, hispanos y cuanta minoría respire en ese país que son NADA.

Pero, por encima de todo, el neoclasicismo es para Trump otra magnífica posibilidad de manipular en favor de su campaña electoral el capital simbólico del pueblo norteamericano. Porque volver a este estilo arquitectónico es regresar al pasado esclavista de la nación, cuando el Sur era rico e independiente gracias a la

Stanton Hall, Mississippi, ejemplo c’asico de la arquitectura antebellum

explotación del trabajo forzado de decenas de miles de esclavos. Quienes crean que fantaseo, tengan la curiosidad de buscar el significado del concepto arquitectónico ante bellum, del latín ante (antes) y bello (guerra), nombre que recibió la mezcla de estilos neoclásico y renacentista en que fueron construidas las grandes mansiones de la economía de plantación propia del Sur. Podrán hacerse una idea al respecto quienes vean el filme icónico Lo que el viento se llevó. Volver a una arquitectura que representa el pasado cultural de una parte tan importante de la nación es otro de los guiños del Presidente al poder blanco, al supremacismo que impera entre su base electoral, ubicada fundamentalmente en el Sur y los Estados del Cinturón de la Biblia. Y un recordatorio a los pueblos nativo y negro de los Estados Unidos de que siguen siendo los vencidos.

El magnate Donald Trump, hoy Presidente de los Estados Unidos, es un vulgar ladrón de símbolos. Él no es la patria, no encarna los valores tradicionales del pueblo norteamericano, no es el Presidente de la ley y el orden ni  el defensor de “su” pueblo y no me refiero a todo el pueblo norteamericano, ni siquiera es el defensor de sus suprematistas entusiastas, a quienes convoca a congregarse sin mascarillas aunque se contagien porque, al final, ¡morir por Donald Trum es vivir! Los norteamericanos que siguen a Donald Trump y quién sabe si logren mantenerlo en la Casa Blanca y por cuánto tiempo, no estarán votando por su país, sus valores, sus tradiciones, su cultura ni por el blanqueamiento racial. Votarán por mantener en el poder a un hombre cuya única aspiración es su propia grandeza, su ambición personal y su megalomanía patológica. Un hombre que ha retomado la célebre afirmación del rey francés Luis XIV, “El Estado soy yo”, con una pequeña variación: “Los Estados Unidos soy yo”. Y aún hay más: ha retomado otra de las célebres frases de aquel monarca, “Después de mí, el Diluvio”, transformándola así: “Después de mí, el Coronavirus, la Secesión y todos los males”.

He encontrado unos fragmentos del libro Anatomía de la crítica, de Nortroph Frye, que, aunque nada tienen que ver con el tema que nos ocupa, si fueran leídos como se consultan las “Suertes” en la Biblia y otros libros sagrados, tendrían resonancias proféticas siniestras:

El mundo demoníaco humano es una sociedad constituida por una especie de tensión molecular de los egos, una lealtad al grupo o al jefe que menoscaba al individuo. […] Semejante sociedad es fuente inagotable de dilemas trágicos como los de Hamlet y Antígona. En el mundo humano siniestro un polo individual es el jefe tirano, inescrutable, despiadado, melancólico, y de una voluntad insaciable, quien se gana las lealtades solo si es lo bastante egocéntrico como para representar el ego colectivo de sus seguidores. El otro polo está representado por el pharmakós o víctima sacrificada, quien debe morir para fortalecer a los demás. En la forma más concentrada de la parodia demoníaca, los dos se hacen uno. […] La relación social es la de la turba, que es esencialmente la sociedad humana en forma de un pharmakós, y la turba se identifica entonces con alguna siniestra imagen animal, como la hidra, la Fama de Virgilio o la Bestia Vocinglera de Spencer. […]  Las ciudades de la destrucción y de la noche pavorosa tienen aquí cabida, igual que las grandes ruinas del orgullo, desde la torre de Babel hasta las ruinas potentes de Ozymandias. […] El mundo del fuego es un mundo de demonios malévolos como el fuego fatuo o los espíritus que escapan del infierno, y hace su aparición en este mundo en forma de auto de fe o de ciudades ardiendo, como Sodoma […] También es este el lugar de las imágenes del trabajo pervertido, instrumentos de tortura, armas de guerra, armaduras e imágenes de un mecanismo muerto que, al no humanizar a la naturaleza resulta tan deshumanizado como inhumano.

 

 

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Una encrucijada con signo electoral

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

La Joven Cuba

El año 2020 no escampa. Ha sido verdaderamente cataclísmico. Sin embargo, todavía falta una de las mejores entregas: la elección prevista para noviembre por la presidencia de los Estados Unidos de América. Se trata de un acontecimiento que pega con este año, sobre todo porque se deciden muchas cosas a nivel fenoménico en el modo en que se comportará la política mundial durante los próximos años.

 El fenómeno Trump será estudiado por mucho tiempo por el lugar interesante que cumple en el devenir de la sociedad y el establishment norteamericano del siglo XXI. Desde que empezó el siglo, han pasado por la Casa Blanca tres modos diferentes de concebir la hegemonía del Imperio estadounidense. Primero, el hegemonismo maximalista neoconservador de Bush Junior, que pretendía barrer sesenta oscuros rincones del mundo. Pero el empantanamiento en el Medio Oriente y el ascenso de las potencias emergentes hicieron fracasar ese sueño trasnochado. Entonces llegó la era Obama, que pretendió llevar a su máxima expresión el soft power y salvar la hegemonía económica, política y cultural norteamericana.

 La proyección de la administración Obama hacia el mundo puede definirse como el intento de salvar un modelo de globalización con EEUU al frente. Esto tuvo una expresión en lo económico, mediante las fuertes negociaciones, casi exitosas, para lograr un Tratado Transpacífico de libre comercio, así como el intento por llegar a un Tratado Transatlántico. En lo político, son especialmente reveladores de los fundamentos de esa proyección el discurso de Obama en la Universidad del Cairo en 2009 y su otro discurso en el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” en 2016. De lo que se trataba, era de poner el énfasis en los aspectos positivos de la globalización: la colaboración económica, el multilateralismo, la institucionalidad internacional, el cosmopolitismo cultural, etc., repudiando además los métodos y formas agresivas de anteriores administraciones, pero con el objetivo de sostener la posición privilegiada de EEUU en ese andamiaje.

 No obstante, en esto se ve que la doctrina Obama era presa de contradicciones internas. En primer lugar, el objetivo de sostener la arquitectura noratlántica de la globalización la llevó a implicarse en varias guerras de cuarta generación, incluidas Siria, Libia, Ucrania y en un nivel más discreto Venezuela, casos en los cuales el peor rostro del imperialismo norteamericano salió a relucir. Pero también había una contradicción en la economía interna: la apuesta fuerte por la globalización impedía atajar de modo eficiente las consecuencias negativas de la globalización neoliberal en las clases bajas y medias norteamericanas, sobre todo en los antiguos estados industriales. Las contradicciones fueron las que permitieron la aparición del fenómeno Trump.

La victoria de un populista como Trump tiene más que ver con la crisis del modelo hegemónico norteamericano que con un movimiento estratégico de las élites. No me parece muy arriesgado decir que la apuesta mayoritaria de las élites en 2016 era Hillary Clinton. Eso explica, en parte, la repulsa de una gran parte de los medios de comunicación principales hacia Trump. Por supuesto, no se trata de algo unitario, hubo sectores conservadores que lo auparon y, sobre todo, que decidieron aprovecharse de su victoria una vez conseguida. En cierto sentido, podríamos decir que Trump ha provocado en las élites norteamericanas una división mucho más acentuada de lo normal en ese país. Recordemos que estamos hablando de un país donde la alianza entre las élites ha sido uno de los factores de estabilidad y expansión del poder durante más de doscientos años.

Entonces tenemos que Trump surge como anomalía relativa, posible en gran medida a dos factores: el auge de un populismo conservador que se venía incubando en profundas dinámicas culturales, para detectar las cuales Steve Bannon ha resultado un genio, y a ser Donald Trump multimillonario, lo cual lo preserva hasta cierto punto de los embates del poder económico. Pero Donald Trump también tiene un proyecto para hacer a América “Great Again”, solo que este se construye de modo polémico contra los anteriores.

 Pretende abandonar dos aspectos que habían sido centrales, el intervencionismo militar en otras regiones del mundo y la apuesta por el neoliberalismo económico. Pero esto solo se hace posible renunciando en parte al esquema de globalización construido a partir de la Segunda Guerra Mundial, y retomando una antigua tradición en la política norteamericana, el aislacionismo. Aislacionismo y proteccionismo económico, son las divisas de Trump, además de una política antiinmigración y un discurso de superioridad étnica hacia lo interno. O sea, ataca el proyecto de Obama por sus puntos más débiles, pero con ello también se desentiende de las metas de Obama, no es casualidad que una de las primeras consecuencias de su victoria haya sido que los tratados transpacífico y transatlántico quedaran en el limbo.

 Esta doctrina Trump está lejos de ser una renovación de la política neoconservadora del periodo Bush. Por el contrario, el actual presidente critica a menudo la guerra en Iraq, abandonó Siria y ha dado los más importantes pasos para salir de la guerra en Afganistán. Para decirlo en pocas palabras, lanzó por el caño los proyectos más ambiciosos de las élites norteamericanas para la hegemonía mundial: su política está más bien pensada como maquinaria electoral. Razón por la cual una parte de las élites lo ven como un problema fuera de control y se oponen a él.

 No obstante, como decía antes, también Trump quiere hacer a América “Great Again”, dentro de su limitada e ignorante manera de ver el mundo. Es por eso que aumentó de manera increíble el presupuesto militar. También ha intentado superar a los rivales económicos de EEUU mediante una política de sanciones económicas. Esto nos lleva a dos nuevos planos, cuáles han sido los sectores que han aprovechado la existencia de la administración Trump, y cuáles han sido las contradicciones internas de esta.

 Mediante el aumento del presupuesto militar, y la bajada a los impuestos de los supermillonarios, Trump se ganó cierta paz con una parte de las élites económicas. Por otra parte, las élites políticas del Partido Republicano, dependientes en gran medida del electorado, e incapaces de hacer frente al fenómeno mediático de masas que era Trump, se vieron obligadas a aceptarlo en silencio en su gran mayoría. En lo que se refiere al Partido Demócrata, se radicalizó en gran medida contra él, pero eso también entró en sus cálculos políticos de jugar a la polarización.

 Entonces, un sector que fue fundamental para que Trump solidificase su posición en la Casa Blanca fue el de los legisladores cubano-americanos, y el de los anticomunistas de línea dura contra el socialismo latinoamericano. Estos aprovecharon la peculiar posición de este presidente, su necesidad urgente de apoyos políticos, para sacar ventajas en sus políticas contra Venezuela y especialmente Cuba. Para ganárselos a su vez, Trump se embarcó en una política de hostilidad dentro del continente que desembocó en el reconocimiento a Guaidó, y en el endurecimiento de las sanciones contra Cuba.

 El showman sentado en la Oficina Oval logró así, durante un tiempo, una estabilidad apoyada en parte en sectores retardatarios de las élites, que se habían visto desplazados durante el periodo Obama, y en parte en su maquinaria mediática y populista. También hay que reconocer que sus políticas proteccionistas tuvieron un impacto en la disminución del desempleo, aunque hay fuertes evidencias de que el salario real estaba estancado y la desigualdad aumentaba. Esa estabilidad ya iba en camino a garantizarle la reelección.

 No obstante, su política no estaba exenta de contradicciones. La principal de ellas era que la práctica coherente del aislacionismo solo puede debilitar la posición de EEUU como potencia hegemónica global. Ya la relación con la Unión Europea se resintió con las políticas de Trump. Ante esta realidad, y con la necesidad de mostrarse como un hombre duro a nivel de política exterior, el presidente echó mano de las sanciones, convirtiéndose en el hombre de las sanciones. Con lo cual, aunque ha logrado a veces poner la situación difícil a sus enemigos y rivales, también ha alimentado un gran rencor hacia EEUU, y la solidaridad entre los sancionados, que se pone de manifiesto entre otras cosas en la actual relación entre Venezuela e Irán.

 El resultado general ha sido que, aunque Trump hasta principios de 2020 había configurado una situación interna que podía llevarlo hasta la reelección, a nivel internacional había acelerado el proceso de pérdida de importancia relativa de los EEUU en el escenario internacional.

 Una pandemia para alegrar el día

 El mediocre enfrentamiento de la pandemia de Covid-19, la crisis económica y social subsecuente, así como el agravamiento de las tensiones raciales tras el asesinato de George Floyd, han configurado un escenario negativo para Donald Trump, que hace peligrar su reelección. En estas circunstancias, cuando además ha sido criticado por el uso desmedido de la fuerza contra las manifestaciones y por promover un discurso de “Ley y Orden” incendiario y divisivo, incluso figuras de la cúpula militar y del Partido Republicano, que antes guardaban silencio, se han distanciado y han criticado a Trump.

 Surgen entonces las preguntas que son de vital importancia para nosotros en Cuba: ¿Qué esperar de los próximos meses de esta administración? ¿Qué esperar de los posibles escenarios después de noviembre?

 En la medida en que diversos sectores, incluso dentro de las filas republicanas, le dan la espalda, y las encuestas lo muestran a la baja, Donald Trump necesita cualquier apoyo que pueda recibir. Eso hace que le sean aún más necesarios los apoyos de legisladores cubano-americanos como Marco Rubio. Ellos lo saben, y por eso utilizan la posibilidad que representa este presidente para arrancar concesiones en forma de nuevas sanciones contra Cuba y Venezuela. Así se explican los últimos recrudecimientos, como las sanciones contra Fincimex, que podrían afectar la llegada de remesas a los cubanos.

 Entonces, lo más probable es que en los próximos meses haya un recrudecimiento aún mayor. Tampoco se puede descartar alguna acción aventurera de Trump contra Caracas. Una victoria contra alguno de esos gobiernos del socialismo latinoamericano sería una gran victoria en sus manos en lo que se refiere a política exterior.

 Pero con Trump nunca se sabe. El 22 de junio nos despertamos con la noticia de que Trump ya no confiaba mucho en Guaidó, y que quizás se reuniría con Nicolás Maduro. ¿Quizás Trump considere que es más conveniente negociar con el gobierno chavista que seguir enfrascado en la confrontación? ¿Podría ser posible que decida escuchar los consejos de Putin? Quién sabe.

 Esto nos lleva a noviembre. Es muy posible una victoria de Biden. ¿Qué ocurriría en ese caso? ¿Podríamos esperar que regrese el proceso de normalización con Cuba?

 Biden ha planteado que de llegar a ser presidente, reiniciaría el proceso de normalización de relaciones con Cuba. Pero más allá de esta primera declaración, surgen muchas nubes en el horizonte que recomiendan cierto escepticismo o al menos cautela. Un gobierno demócrata como el suyo llegaría a la Casa Blanca para tratar de restablecer la cordura en Washington, lo que ellos consideran cordura, que es restablecer el viejo modelo hegemónico. En ese sentido, tendrían que hacer un intenso control de daños de los problemas generados por Trump, con lo cual Cuba no sería una prioridad.

 En ese sentido, surge una fea nube en el horizonte, que es el problema de Venezuela. En general, en la medida en que EEUU pierde hegemonía en el mundo, y ya hemos visto que la administración Trump aceleró ese proceso, se hace más importante para ese país disciplinar el continente americano, y alejar a las potencias del Viejo Mundo de sus recursos naturales. En ese sentido, la existencia del gobierno chavista se hace intolerable. Pero hay algo más, las élites liberales norteamericanas tienen graves barreras culturales para digerir y aceptar la existencia del socialismo latinoamericano, sea cubano o venezolano.

 Es posible que un gobierno demócrata se encone en la confrontación con el gobierno de Nicolás Maduro. Cuba, mientras tanto, no puede traicionar a sus principios y abandonar la alianza con Venezuela. Esa puede ser una piedra que descarrile un posible proceso de normalización.

 En realidad, nunca podrá haber una paz total entre las élites norteamericanas y los gobiernos socialistas latinoamericanos, pues existen antagonismos de clase irreconciliables. La única paz duradera posible es si los proyectos socialistas latinoamericanos dejan de existir, sea por su derrota incondicional, que es la solución preferida de las élites más retardatarias, dada su cultura racista e imperialista; o a través de la asimilación económica y cultural al sistema capitalista, convirtiéndose las vanguardias socialistas en simples capataces locales al servicio del capitalismo extranjero. O a la inversa, si hay una revolución profunda en los EEUU, que modifique las relaciones sociales de producción. Mientras existan esos antagonismos, a lo más que podemos aspirar es a un armisticio, una tregua inestable de coexistencia pacífica que le dé un respiro económicamente hablando al pueblo cubano, después de tanto tiempo sufriendo el bloqueo.

 Cualquier proceso de normalización con Biden será un campo minado

 En cambio, en caso de ganar Trump, nos abismamos a lo desconocido. Podemos decir algo: si sigue apoyándose en los sectores cubano-americanos y anticomunistas, pueden esperarnos los peores escenarios en manos de un presidente que ya no tendrá otro quehacer que jugar con el mundo. Pero, por otra parte, ya no los necesitará tanto, porque no habrá horizonte de reelección. ¿O acaso Trump intentará reelegirse para un tercer mandato, tal y como ha bromeado algunas veces, y como seguramente le incita su ego? En caso de esta última opción, podría llevar a EEUU hacia una crisis institucional mucho mayor.

 Entre las opciones menos probables también está que decida negociar él con Maduro, luego de lo cual incluso podría intentar retomar él mismo el proceso de normalización con Cuba. Algunos dirán que es una locura, pero a mí no me parece imposible. Los segundos mandatos en la política norteamericana siempre han sido distintos a los primeros.

 No obstante, no quisiera sembrar falsas ilusiones. Donald Trump es un peligro para la humanidad sentado en la Oficina Oval, aunque solo sea por sus características psicológicas. Una victoria suya podría ser sumamente trágica en términos de sufrimiento para nuestro pueblo. En ese sentido, prefiero la victoria de Biden, aunque no me hago muchas ilusiones en lo que pueden ofrecer los demócratas partidarios del viejo orden.

 Así estamos en esta encrucijada. Y todavía faltan unos cuantos meses.

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