DE CAROTAS A CARITAS, DIEZ MILENIOS DE BELLEZA

Tal vez muchas personas que tienen montadas o torcidas algunas de sus piezas dentales se pregunten a qué se debe este molesto problema llamado apiñamiento, que obliga a usar esos feos aparatos correctores de metal, los impopulares “alambritos”. Habrá quien piense que es un mal hereditario pues alguno de sus abuelos o abuelas también lo padecieron, pero la inmensa mayoría tendrá que conformarse con cualquier explicación que les ofrezca el odontólogo, y nunca les pasaría por la mente la verdadera causa: la cabeza de la especie humana lleva milenios reduciendo su tamaño, y hoy es bastante más pequeña que hace 10 000 años, por lo que las piezas de nuestra dentadura disponen ahora de mucho menos espacio para posicionarse que en fecha tan remota.

Reconstrucción del cráneo de un hombre neandertal

Quién diría que la reducción de cabezas, que aún hoy practican algunas tribus en muy atrasados estadios de desarrollo y dura semanas o meses para poder considerarlo un procedimiento terminado, la Naturaleza ha demorado tantísimo para conseguirlo. Y sin embargo, así es. Ha triunfado la tendencia milenaria a producir cráneos humanos cada vez más redondeados y con mandíbulas más pequeñas. ¿Por qué? Pues al parecer esta interesante mutación tiene por causa fundamental el cambio de dieta ocurrido cuando la humanidad pasó de ser nómada cazadora a agrícola sedentaria. Al no necesitar la trituración de huesos de animales para poder alimentarse, los huesos, músculos y dientes del hombre tampoco necesitaron ser tan grandes y robustos. Sin duda existe una enorme diferencia entre tener que descarnar a dentelladas el muslo de un buey y masticar tubérculos y vegetales.

Justamente este cambio dietario y la posibilidad de cocción de los alimentos comenzó hace 10 milenios aproximadamente. En la misteriosa Göbekli Tepe, ciudad de Turquía considerada hasta hoy la más antigua del mundo (12 mil años), los arqueólogos han encontrado restos humanos que muestran que los cráneos de sus habitantes habían empezado ya a encogerse comparados con los de sus contemporáneos de zonas cercanas, que no habían adoptado hábitos sedentarios.

Cráneo neolítico reconstruido perteneciente a una joven griega de 18 años hallada en Tesalia.

Perfil del mismo rostro donde puede apreciarse el gran tamaño del mentón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camila, duquesa de Cornualles

Según Clark Spencer Larsen, profesor de antropología en la Universidadde Ohio, EEUU.,  “muchos hombres de esa época tendrían cráneo de Arnold Schwarzenegger, mientras la cara de las mujeres recordaría a Camilla, Duquesa de Cornualles. Por el contrario, Tony Blair y George Bush hijo, son buenos ejemplos de formas más delicadas y modernas”.

Mediciones realizadas por antropólogos de la Universidad de Emory en Atlanta (EEUU), en habitantes de Nubia, en Egipto y Sudán, confirman que la parte alta del cráneo ha crecido más y de manera más redondeada, tendencia similar encontrada en restos humanos de otras partes del mundo, mientras la mandíbula se ha acortado.

Al parecer, el rostro de la especie humana se ha estado encogiendo entre un uno y un dos por ciento cada 1.000 años, También nuestros dientes son cada vez más pequeños y disminuyen en número. Hace diez milenios a todo el mundo le crecían las muelas del juicio o cordales, pero hoy la mitad de la población mundial carece de ellos. También los incisivos laterales se hacen cada vez más pequeños.

 Sin embargo, el cambio dietario podría ser la primera causa, pero no la única, pues aún pudiera existir otra de carácter estético: los seres humanos cambiaron sus patrones de belleza y lentamente comenzaron a preferir parejas con rostros más pequeños. La explicación podría consistir en un motivo simple: las caras grandes tienen un mayor espacio entre sus rasgos, es decir, poseen una mayor distancia entre el mentón, la boca, la nariz, los ojos etc., lo que las hace más irregulares, mientras que en las caras más pequeñas estos espacios disminuyen favoreciendo la armonía entre los rasgos al dar lugar a un fenómeno conocido como la proporción áurea o divina proporción, un canon de medidas en el cual los griegos del período clásico afirmaron que se basa el secreto de la Belleza. El número de oro, el número dorado o número áureo, número fi, sección áurea, razón áurea, razón dorada, medida áurea o divina proporción, pues bajo todos estos nombres se le conoce, está representado por la letra griega Phi = 1,618034 en honor al escultor griego Fidias. Posee muchas propiedades interesantes, fue descubierto en la antigüedad y concebido no como una “unidad” sino como una relación o proporción. Es un número irracional que vincula dos segmentos pertenecientes a una misma recta. Dicha proporción puede hallarse en la naturaleza en las flores, las caracolas y muchos otros productos de ella, como también en figuras geométricas, y se le otorga una condición estética: aquello cuyas formas respetan la proporción áurea es considerado bello. Está presente, por solo mencionar un ejemplo, en la arquitectura del célebre Partenón griego.

El Partenón griego y Mona Lisa, óleo Leonardo da Vinci

Los rostros que cumplen con las medidas de la proporción áurea son considerados los más bellos por los seres humanos, y preferidos a la hora de dar rienda suelta al gusto y a la selección de parejas.

El siguiente fragmento, tomado del post La medida de la belleza (http://instintologico.com/la-medida-de-la-belleza/ explica bastante bien el fenómeno:

El investigador de la Universidad de California en San Diego Stephen Marquardt,  ha probado que los rostros que resultan más atractivos son aquellos que sus partes determinan longitudes que se ajustan a la razón áurea. Y que esa razón no dependía ni del lugar, ni de la cultura, ni de las razas. Para realizar el estudio utilizó fotografías de rostros de mujeres en los cuales había variaciones en las proporciones faciales y  pidieron  a personas de diferentes partes del mundo, que ordenaran varias  fotografías de rostros, en un orden del más bello al más feo según su criterio. El resultado fue que el 97 % de las personas encuestadas, ordenó los rostros en el mismo orden, por lo tanto Marquardt concluyó  que la población mundial compartía el mismo concepto de belleza.

Aunque se desconoce por qué los rostros con estas proporciones se consideran más hermosos, los investigadores indican la teoría de que los seres humanos tienen un prototipo mental que representa un promedio de todos los rostros y los que están más cercanos a él son considerados los más atractivos.

Marquardt utilizó la razón áurea para fijar la distancia entre los elementos faciales (ojos, nariz, boca, pómulos, barbilla y creó el concepto de máscara de la belleza, aproximando relaciones medias con el número áureo. Pronto las máscaras alcanzaron fama por comprobarse que las máscaras resultaban  muy útiles para realizar operaciones de cirugía estética y reconstrucción facial.

La máscara Marquardt permite aplicarse sobrepuesta al rostro humano y detectar las diferencias que existen entre la cara de la persona y la máscara. Resulta que la máscara se ajusta perfectamente a los rostros bellos.

Máscara de Marquardt

Lógicamente, mientras más individuos seleccionen como parejas sexuales a otros individuos con rostros pequeños, se incrementará el número de nacimientos de otros individuos con rostros pequeños, lo que llevado a una proporción exponencial durante milenios da como resultado que en la actualidad sean estos los más numerosos, en especial, en países poseedores de patrones culturales estéticos refinados, como los de Occidente, heredero de la cultura grecolatina, y Oriente, con culturas de tan antigua evolución como la china, la japonesa y las de países como la propia Turquía y la India.

Estudios realizados por cirujanos estéticos londinenses aplicando la proporción áurea a los rostros de famosas estrellas de cine y modelos de moda han dado como resultado que los tres rostros más perfectos serían, en primer lugar, el de la actriz Amber Heard, seguido en segundo lugar por el de Kim Kardashian y en tercero por el de la modelo británica Kate Moss.

Amber Heard

Kim Kardashian

Kate Moss

Otros rostros célebres por haber pertenecido a mujeres consideradas como las más bellas de sus épocas son el de Nefertiti, esposa del faraón Amenophis IV, quien protagonizara la mayor revolución religiosa en el Egipto antiguo destinada a introducir el monoteísmo. Nefertiti no era de raza egipcia, sino, posiblemente, hitita, y su famoso busto, conservado en el Museo Egipcio de Berlín, muestra una mujer de belleza absoluta y enigmática a la que sobrecoge mirar.

Nefertiti. Nótese cierta semejanza con el rostro de Kim Kardashian

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y la actriz de origen francés Angelina Jolie, símbolos sexuales cuya belleza se ha convertido en icónica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero no le aconsejo a nadie, ni mujer ni hombre, pues también hay hombres cuyo rostro presenta la proporción áurea, que se apliquen  la máscara de Marquardt para saber qué tan cerca están del ideal de la belleza perfecta. Será mejor que quienes lo necesiten hagan una visita al dentista para mejorar la apariencia de sus dentaduras y, en el peor de los casos, que aprendan a amarse a sí mismos tal como la naturaleza y la genética los han hecho. La Belleza abre muchas puertas, es verdad, pero no protege de la infelicidad, mientras que una sabia conformidad con lo que no puede ser cambiado ofrece más probabilidades de una vida con bienestar espiritual, que quién sabe si sea un don más importante que la Belleza para tener una vida plena.

Y surge, sin duda una pregunta: ¿Cómo sería nuestra cara en el futuro? Responde explica Paul Palmqvist, catedrático de Paleontología del Departamento de Ecología y Geología, de la Universidad de Málaga.

Si nuestro cráneo continúa evolucionando, lo previsible sería que continuase con esa juvenilización en las proporciones craneales, lo que llevaría a una cara más reducida, con órbitas oculares proporcionalmente mayores, un mentón de menores dimensiones y una bóveda craneal más globular y desarrollada. Eso sería lo esperable si continúa un proceso que se conoce como neotenia, que quiere decir alcanzar el estado adulto reteniendo características juveniles.

De izquierda a derecha ejemplos progresivos de la evolución del rostro humano. El penúltimo sería el rostro actual, mientras que el último correspodería al rostro humano del futuro, aanque ya se pueden ver muchísimos como ese. ¿No nos recuerda un poco el semblante de José Martí?

De cualquier modo, hay un detalle que posiblemente resulte muy interesante conocer: los neandertales no desaparecieron ni fueron exterminados, sino que se fusionaron con los homo sapiens, es decir, con nosotros, a través de apareamientos sexuales, e incluso hallazgos arqueológicos permiten suponer que las dos especies hasta llegaron a convivir en armonía. Según las estadísticas,  los humanos actuales podríamos tener hasta un dos por ciento de ADN neandertal. En un pueblo de España se realizó pocos años atrás una investigación genética a partir de una muestra de ADN tomada de los restos arqueológicos de un hombre neandertal y se hizo un descubrimiento casi fantástico: aún seguía teniendo descendientes en el pueblo, uno de ellos el maestro de la escuela. Qué sorprendente, ¿verdad? Pues luego de haber visto aquí varios rostros neandertales, les muestro uno conocidísimo en nuestros días, y se darán cuenta de que los podemos encontrar con bastante frecuencia en cualquier parte:

El actor español Javier Bardem. Según estudios antropológicos y antropométricos, España sería una de las regiones del planeta con mayor presencia actual de rostros de características neandertalenses. Bardem estaría entre ellos. Se explica que las hembras homo sapiens no fueran reacias a aparearse con machos neandertales.

 

 

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¿Grimorios..? La magia tiene su tiempo

Hace poco varios jóvenes sostenían en un parque de El Vedado una muy curiosa perorata sobre grimorios, un tema que jamás esperé oír en Cuba, no porque sea tabú ni tenga en su contra sambenitos ideológicos, sino simplemente porque esta isla no conoció la Antigüedad ni la Edad Media, épocas en que surgieron y se desarrollaron estos compendios mitad literatura, mitad imaginería y superstición y una pizca de ciencia, y tampoco somos como Praga, capital checa, un emporio de sabiduría oculta y prácticas esotéricas reconocido en Occidente  por ser uno de los mayores y más importantes repositorios del saber oculto de esta mitad del mundo.

Los grimorios son compendios de fórmulas mágicas mezcladas con astrología, herbolaria, invocaciones, rituales, “ciencia” de los talismanes, los cuadrados mágicos de Pitágoras, tablas de correspondencias, lapidarios y códigos cifrados de escritura, basados casi siempre en un latín corrupto que viene de los últimos tiempos del imperio romano y, probablemente, de sus colonias castrenses en provincias tan alejadas como Siria, donde los soldados romanos se mezclaron con poblaciones locales portadoras de culturas diferentes.

Considerado el mayor tratado de demonología de todos los tiempos

Esta edición se encuentra en venta en la librería frente al hotel Colina, a un costado del Habana Libre, Vedado.

Los grimorios más conocidos que han llegado hasta nosotros son el del Papa Honorio, el de Armadel*, las Clavículas de Salomón, el San Cipriano y, en mi opinión, el más raro de todos, el Picatrix, firmado por Seudo Maslama el madrileño, probablemente un árabe o judío converso discípulo del árabe Ben Arabi. Pero los grimorios son mucho más antiguos, los libros sibilinos de los etruscos eran grimorios, aunque a diferencia de los medievales incorporaban profecías y sistemas adivinatorios. Los romanos sentían tal respeto y reconocimiento por los augures etruscos que aún cuando ya Etruria se había integrado a Roma sus sacerdotes seguían siendo consultados por los Generales y el Senado romanos. La más famosa de estas profecías es, tal vez, la referida al tiempo de existencia del pueblo etrusco como nación: diez siglos, según sus augures. Poco antes del plazo fijado la liga de naciones que conformaba la poderosa Etruria dejó de existir.

Es casi seguro que el poderosísimo sacerdocio del dios Amón en Egipto poseyó grimorios, y en algún momento, durante el reinado de los cinco príncipes de la dinastía de los llamados faraones negros, príncipes de Kush que de vasallos pasaron a señores del País de los Dos Ríos, como era llamado Egipto, aquellos libros secretos cayeron en poder de los sacerdotes de los conquistadores, y entonces se produjo una fusión de conocimientos de donde es probable que provenga el Libro de Ifá, y muchos otros elementos de las religiones de los pueblos africanos más cercanos a la frontera sur del vasto imperio egipcio. Y ese era, precisamente, uno de los temas más candentes de la discusión que escuché sin querer en ese parque de El Vedado.

Pero quizá lo más interesante sobre el largo viaje de los grimorios hasta nuestros días sea el hecho de que muchos sobrevivieron gracias a la diligente e incansable labor de los monjes cristianos que trabajaban como copistas en los scriptoria de los monasterios,

Carlomagno, rey de los francos, emperador del Sacro Imperio Romano y creador de los condados catalanes.

donde traducían y copiaban con prolijidad manuscritos antiguos. No es cierto, como suele creerse, que los monjes destruyeron el saber de la Antigüedad. En realidad lo salvaron y citaré solo dos ejemplos: Carlomagno, emperador de los francos, conservó y desarrolló la antigua caligrafía de unciales romanas cuando los últimos vestigios de Roma no eran más que ruinas cubiertas por la maleza donde se ocultaban alimañas de la noche, y sus monjes copiaron un incontable número de libros procedentes de todas partes del mundo conocido y aún de regiones ignotas. En Irlanda, San Patricio ordenaba a sus monjes constructores de los primeros monasterios salvar mediante la escritura del griego y un latín rebosante de erratas todo el riquísimo acervo de mitos, leyendas y costumbres que había constituido la cultura celta y el saber de sus sacerdotes, los druidas.

Silvestre II

Y algo más, un detalle no precisamente pequeño que los católicos jamás mencionan: algunos autores de los  grimorios más célebres fueron Papas, jefes de la Iglesia Católica, entre los cuales abundaron los alquimistas como Alberto Magno, cuyo nombre llevan dos de los más célebres grimorios que hoy se conservan; Gran Alberto y Pequeño Alberto. Y también hubo practicantes de las ciencias esotéricas, como Gebert D′ Aurillac, el Papa Silvestre II, también llamado el Papa Brujo, de quien se dice poseía una cabeza de bronce parlante capaz de responder cualquier pregunta que se le formulase, siempre y cuando la respuesta pudiera ser ofrecida de acuerdo al sistema binario más simple conocido: SÍ y NO. No hay que especular teorías tremendas sobre esto: los autómatas existen desde tiempos remotos, los ingenieros del Egipto faraónico eran expertos en la construcción de autómatas que empleaban en sus templos en escenificaciones destinadas a aterrar a los fieles y aumentar su docilidad, y más tarde los árabes del Medioevo, poseedores de una cultura refinadísima  y muy superior en aquel momento a la europea, fueron diestros constructores de autómatas destinados las más de las veces a los placeres de la vida, tales como servir vino en las fuentes de sus célebres jardines o ser ofrecidos como juguetes para entretener a la nobleza y sus poderosos señores, embajadores extranjeros y cortesanas de lujo. El Papado siempre tuvo tratos secretos con el mundo musulmán, anteriores quizá a las Cruzadas. Es sabido que en los castillos de la Orden monástico-militar de El Temple trabajaban alquimistas árabes; que también se les albergaba y protegía en las cortes católicas más recalcitrantes de Europa como médicos de la realeza; y llegaron en gran número a la Provenza, el Languedoc y la Aquitania del país cátaro bajo el amparo de grandes señores feudales como el conde Raimundo de Toulouse y el conde de Foix. La verdad es que los hombres de conocimiento de Oriente y Occidente jamás se dejaron cegar por las políticas al uso y mantuvieron un constante flujo de comunicación e intercambio de sabiduría: en el Egipto romano cuando en el siglo VI el general Arm destruía por orden de su Califa los últimos restos de la Biblioteca de Alejandría; en la Palestina de las Cruzadas donde a diario se enfrentaban a muerte cristianos y musulmanes; en Castilla, cuando los Reyes Católicos peleaban contra los moros de Al Ándaluz y de noche, ocultándose entre las sombras de las fronteras de ambos reinos, iban y venían los sabios de los bandos en pugna cargados de manuscritos, y se reunían en las ciudades en subterráneos clandestinos junto con los rabinos judíos para preservar, más allá de guerras, religiones y coronas, el saber de la Humanidad.

Y hay un extraño libro conocido como el misterioso manuscrito Voinich, que se ha resistido a todos los intentos de hallar las claves del lenguaje cifrado en que está escrito, pero las muchas láminas que lo ilustran —dibujadas con una maestría y un naturalismo que hablan de la mano de un artista— y muestran especímenes de plantas, animales y seres que no existen en  nuestro planeta, sugieren la posibilidad de que se trate de algún tipo de grimorio.

El manuscrito Voynich. Según noticias recientes podría haber sido descifrado por inteligencias artificiales, pero hasta ahora todo lo que se ha conseguido es descubrir que está escrito en hebreo original, y solo expertos en esa lengua podrían desentrañar su significado, pero al parecer, no están tan a la mano como todos los entusiastas del Voynich desearíamos.

También se sigue especulando en los círculos que sienten atracción por estos temas sobre la existencia real del Necronomicón o Libro de los muertos, ese grimorio tantas veces mencionado por el gran escritor norteamericano de ciencia ficción Howard Philipp Lovecraft, cuya autoría él atribuyó modestamente “al árabe loco Abdul Alhazred”. No soy autoridad en materia de grimorios, pero en mi opinión, es un producto más del imaginario desbordado de Lovecraft, que sus lectores conocemos sobradamente, y el resto es manipulación del mercado del libro y las revistas esotéricas. Sin embargo, un amigo a quien respeto muchísimo, el argentino Sebastián Beringheli (lord Aelfwine), propietario de El espejo gótico, uno de los mejores  y más documentados blogs que he visto en internet sobre literatura y arte góticos (su catálogo de temas traspasa el horizonte) piensa diferente de mí, y en la nota que sigue a este asterisco reproduzco su post sobre el tema.*

Imagen tomada del blog El espejo gótico. No sé si pertenece al Necronomicon de Dee o si es apócrifa.

Algunos de estos grimorios se encuentran a la venta en librerías habaneras en divisa, y a veces los he visto en los estantes de las Ferias del Libro en La Cabaña. No puedo garantizar que estén completos, y una única vez encontré en nuestra capital los tres tomos de uno de los grimorios de magia ceremonial más interesantes que he leído, el Manual de Magia Ceremonial de la Aurora Dorada, Orden esotérica secreta inglesa que desempeñó un papel muy importante durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cierto escritor habanero me permitió fotocopiar el más deslumbrante de todos los grimorios que han pasado por mis manos, el Picatrix.

Páginas tomadas de alguna edición antigua del Picatrix, tratado árabe de magia astrológica que enseña cómo obtener energía del Universo. Está firmado por Maslama Ibn Ahmad Almayriti.

Para aquellos muchachos tan interesados como despistados del parque de El Vedado reproduzco aquí una cita de este libro como botón de muestra:

Ten en cuenta que este medio se expresa en la magia y que la verdad de la magia esabsolutamente todo lo que hechiza la razón y a que se sujeta el alma, sean palabras u obras, en el sentido del pasmo, la sujeción, el embeleso y el dominio. Es de lo que la razón difícilmente capta y que oculta sus causas al necio, porque es una fuerza divina con causas determinantes que dificultan su comprensión, así que es una ciencia de difícil comprensión, aunque también la hay práctica, porque su materia es un espíritu que hay en un espíritu, y éste es el filtro y la sugestión, como la materia del talismán es un espíritu que hay en un cuerpo y el objeto de la alquimia también un cuerpo que hay en un cuerpo. En total, es magia aquello cuya causa está mayormente oculta a la razón y difícil de aclarar, mientras la verdad del talismán es la vibración de su nombre que es poderoso; porque es de la sustancia de la violencia y el dominio produce en lo que tiene encabalgamiento con él un efecto de superioridad y victoria por afinidad numérica y secretos astronómicos situados en cuerpos especiales en momentos favorables y sahumerios poderosos que atraen espiritualidad al talismán. Su condición, es como la del otro medio concretado en la piedra filosofal que con su intensidad convierte los cuerpos en ella misma; entonces es un fermento que actúa variando el principio de las cosas y can fuerte como el veneno, incorpora en su especie a los cuerpos y les convierte en sí mismo volviendo una persona en otra con una fuerza ínsita en él; y has de saber, amigo mío, que la verdad del enzima es que es un elixir compuesto de terraqueidad, etereidad, acuosidad e igneidad que lleva en conjunto el germen que convierte cuanto toca a su esencia y lo vuelve de su forma; así va suavizándolo y vaciándolo y así facilita la digestión al convertirlo rápidamente en alimento. Igual actúa el elixir de la alquimia que convierte el cuerpo a él rápidamente, lo cambia de naturaleza a naturaleza superior, revistiéndolo de espíritu, alma y firmeza y lo quita la transitoriedad y la corruptibilidad. Así es el secreto de sus principios.

Mentiría si dijera que he escogido este párrafo porque resulte especialmente significativo. Solo he querido dar a los interesados una idea del tono del lenguaje y la materia del Picatrix. Quiero recordarles además, que es significativo mantener este tipo de conversaciones junto a la estatua de Lennon, porque John Lennon se interesó siempre en esta clase de saberes esotéricos, así que a lo mejor estos muchachos tuvieron aquella tarde un oyente atento y dedicado de sus lucubraciones.

El Beatle John Lennon, uno de los músicos más importantes y renovadores del siglo XX, fue un estudioso de los grimorios y otras ramas del esoterismo

Entonces ¿es  el Libro de Ifá un grimorio y el más completo de todos cuantos existen? Lo es y al mismo tiempo es más y es menos que todo eso. Ifá, por su estructura, es un tratado de magia práctica y ritual que contiene invocaciones, recetas basadas en la ciencia herbolaria, guías para la fabricación de talismanes (los resguardos), rituales de purificaciones (limpiezas, ebbos y oparaldos), un sistema muy completo de predicciones (aunque no el más completo) y también historias conocidas como patakines, una forma de enseñanza oral para transmitir moralejas, pero que es también un germen de teatro ontológico. Pero trabaja muy poco con las tablas de correspondencias y entre ellas con el reino mineral, aunque considera las piedras como asiento de orishas, y no contiene ni una sola noción de astrología, lo que me dice a mí, según mi humilde opinión, que independientemente de la transculturación que le haya venido de Egipto, se originó en un pueblo que no conocía la observación del firmamento más allá de lo necesario para llevar adelante labores agrícolas y de pastoreo. Ifá está más cerca de un compendio de chamanismo que de un grimorio occidental. Es lo que creo.

Debo advertir a quienes lean este post que no todos los grimorios son obras originales ni han llegado a nosotros directamente desde la Antigüedad o la Edad Media. A finales del siglo XIX algunos de estos textos, como el de Abramelin el Mago, el grimorio de Armadel y las Clavículas de Salomón fueron recompuestos y reescritos —conservando quién sabe cuánto de los textos originales— por altos Iniciados de Órdenes herméticas  inglesas  de magia ceremonial afiliadas a la masonería y el rosacrucismo, como la Aurora Dorada o Golden Dawn que ya mencioné, o la Abadía de Thelema, por lo que aparecen firmados por miembros fundadores de esas organizaciones, como el escocés MacGregor Mathers y el célebre mago inglés Alesteir Crowley, y se han convertido en textos básicos para movimientos espirituales de la Nueva Era como  la Wicca, el neo-satanismo, el neopaganismo y la magia del Caos.

Me gustaría sugerir a los jóvenes del parque que lean los grimorios con interés de puro conocimiento (pueden encontrar muchos en http://libroesoterico.com/biblioteca/grimorios/index.php) , pero que se deshagan de la intención de utilizarlos, porque los grimorios en sí mismos no son saberes completos; los antiguos y los medievales los empleaban junto con tratados de adivinación y otras materias que no vale la pena mencionar aquí, además de que todo ese acervo estaba muy limitado y bien resguardado en manos de hombres entrenados desde la infancia para usarlo, y consagrados a ello en cuerpo y alma, lo que implica un trabajo constante de purificación de cuerpo, mente y espíritu, imposible para cubanos comedores de cerdo, fumadores de cualquier cosa y bebedores de ron y otras sustancias. El conocimiento es siempre, por su propia naturaleza, digno de ser conservado, pero tiene su momento histórico que cuando pasa, pasa, y dejar de llevar un enfermo a un hospital para intentar curarlo llamando en su auxilio a los genios del Picatrix o a las fuerzas del Libro de las Sombras de las brujas wicca es insensatez. Y a esos jóvenes del parque les pido, también, que tengan muy presente que el hombre de metal sentado en aquel banco mirando el mundo desde sus lentes redondos llegó a la cumbre del arte armado únicamente con su guitarra y unos amigos tan geniales como él. Talento más esfuerzo es una buena receta, mejor que cualquier grimorio.

Sin embargo creo sinceramente que la lectura de grimorios es un camino tan bueno como otros para acercarse a la cultura verdadera, a la herencia que Occidente ha legado a sus hijos, entre los cuales nos contamos nosotros, los cubanos de todas las razas. Mejor que aquellos jóvenes del parque lean grimorios escritos por sabios de otras épocas o, en el peor de los casos, por monjes cultos, a que escuchen todos los días las letras abstrusas del reguetón, escritas por personas incultas, misóginas, violentas, vulgarísimas y con una visión distorsionada y marginal de la vida, que solo pueden —y pretenden— ofrecer modelos conductuales aberrantes que conducen a la pérdida de valores sociales y morales y a una peligrosa involución de la sociedad.

 

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* El verdadero «Necronomicón» de John Dee.

El Necronomicón es uno de los libros prohibidos más interesantes que existen. Su verdadero creador, H.P. Lovecraft, lo utilizó como una herramienta para validar las criaturas imposibles que pueblan los Mitos de Cthulhu. Sin embargo, hay muchos que sostienen que el Necronomicón no es un libro apócrifo, es decir, falso, sino que podría estar inspirado en un antiguo grimorio real.
De acuerdo a la cronología establecida por H.P. Lovecraft, el Necronomicón fue escrito por Abdul Alhazred, el árabe loco, en el siglo VIII. A lo largo del tiempo, fue traducido al griego, al latín; hasta que finalmente cayó en manos de John Dee, el gran nigromante isabelino, quien lo tradujo al inglés.
Esta es la versión que más nos interesa, precisamente porque es la única referencia real, o mejor dicho, rastreable, que ofrece H.P. Lovecraft.
Si bien la opinión oficial afirma que el Necronomicón es una invención de H.P. Lovecraft; otros aseguran que el autor de Providence falseó el nombre y el origen del libro, pero que éste es, de hecho, un libro real perteneciente al mago y astrólogo árabe Al-Kindi (801-873 d.C).
Según los propulsores de esta teoría, el libro maldito de Al-Kindi, perdido durante siglos, cayó en manos de John Dee, quien habría cifrado sus misterios en las tenebrosas páginas del Liber Logaeth.
Ahora bien, ¿cómo pudo haber llegado esta versión del Necronomicón a manos de H.P. Lovecraft?
Al respecto, existen dos hipótesis: una de ellas apunta al abuelo materno de H.P. Lovecraft, un reconocido bibliófilo y miembro de la masonería egipcia, quien pudo haber conseguido una copia, o al menos referencias concretas, de la traducción de John Dee.
Posible, aunque improbable.
La otra teoría, mucho más sustentable, señala a la esposa de H.P. Lovecraft, Sonia Greene, quien mantenía un estrecho vínculo con el ocultista Aleister Crowley. Esta hipótesis es conocida como el Necronomicón astral o la conexión Lovecraft-Crowley, la cual ha sido ampliamente estudiada.
John Dee fue un apasionado coleccionista de libros malditos, y dueño de una de las bibliotecas más grandes de su tiempo, repleta de obras raras, incluso perdidas, acerca del esoterismo y el ocultismo. Por otro lado, también tenía fuertes vínculos con la realeza; de hecho, trabajaba como espía para la reina de Inglaterra, Elizabeth I, además de ser uno de los eruditos más impresionantes en el arte del cifrado de textos. Esto lo coloca en una posición privilegiada para obtener libros desde cualquier rincón del mundo.
Los tres pilares en los que se apoya la posibilidad de que el Necronomicón sea verdadero son, en definitiva, H.P. Lovecraft, Aleister Crowley, y John Dee.
Claro que, para que esta teoría resulte verosímil, primero debemos olvidarnos del Necronomicón en términos de libro físico, sino más bien una obra etérea, que se reescribe constantemente a través de sus intérpretes.
Así como H.P. Lovecraft creó al Necronomicón basándose en sus sueños —véase el Ciclo Onírico—, Aleister Crowley afirmó que su libro fundamental, El libro de la ley (Liber AL vel Legis), le fue dictado por una entidad llamada Aiwass. Del mismo modo, John Dee sostuvo que El libro de Enoc le fue sugerido por potencias angélicas, quienes de hecho le enseñaron el enoquiano o lenguaje de los ángeles.
Ahora bien, si mezclamos estas tres visiones observamos que cada una de ellas nos ofrece testimonios similares sobre criaturas anteriores a la humanidad, notablemente voraces, que fueron expulsadas de la realidad que conocemos.
H.P. Lovecraft menciona a Cthulhu, Dagón, Nyarlathothep; Aleister Crowley hace lo propio con Babalon y Hoor-Paar-Kraat. John Dee, finalmente, nos habla de Choronzon y los Nephilim. Todos estos seres gobernaron a los hombres pero fueron vencidos en el pasado; aunque todos aguardan pacientemente el retorno de sus respectivos reinados.
Aquellos que avalan la teoría del Necronomicón real afirman que en la obra combinada de estos tres hombres, en definitiva, visiones particulares y subjetivas de una verdad inconcebible, se encuentra la matriz del original.
Desde luego que la supuesta realidad del Necronomicón no valida la posibilidad de que exista como un libro físico que cualquiera de nosotros pueda consultar. Se trata, en última instancia, de un libro fantástico, y decididamente apasionante.
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El amor platónico, tan sublimizado, deseado y, bajo sus máscaras, mal conocido

En estos tiempos en que el más grosero materialismo es como la lengua de un gigantesco oso hormiguero que se va lamiendo todo, en alguna que otra ocasión oímos hablar del amor platónico, y siempre entendido como un amor imposible donde por añadidura no hay sexo. Hermosa, pero lamentable equivocación.

Platón pertenecía a la nobleza, recibió la educación de un miembro de la clase alta ateniense y era un hombre de gran belleza física.

Como su nombre indica, el amor platónico surge de una especie de teorización del filósofo griego Platón, nacido en Atenas en 427, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, dos de las mentes más brillantes que ha dado la cultura occidental. Aristóteles fue, a su vez, mentor de Alejandro de Macedonia, llamado El Grande, amante fervoroso de las artes y de la belleza. En uno de sus célebres Diálogos, El banquete, Platón define el amor como el sentimiento que el hombre experimenta ante la belleza pura en todas sus manifestaciones. La belleza era un tema que había obsesionado a la cultura griega desde sus tiempos pre clásicos, y tanto su arte como su literatura, su arquitectura, su poesía y todas sus ciencias perseguían un ideal de perfección indisolublemente ligado al concepto de armonía. Para un griego nunca algo habría sido bello de no haber sido armonioso, y nada podía serlo si no era perfecto. La perfección, para la mentalidad griega, se basaba en cánones muy definidos que a su vez se basaban en medidas inalterables cuya máxima expresión era para ellos el cuerpo humano. De ahí que el amor, según Platón, comenzara por la admiración ante la belleza del cuerpo, pero se extendía a todo aquello que estuviera comprendido en ciertos cánones cuya condición primera consistía en evitar los excesos.  Por eso una de las formas del amor platónico tenía como objeto a las leyes justas y buenas para el bienestar y la seguridad de los pueblos y los individuos. La perfección espiritual era otro objeto de amor, la armonía  elevación del carácter. El concepto, si lo analizamos hoy con nuestra mente pragmática, nos conduciría a creer que Platón estaba convencido de que se podía sentir amor por un edificio. Usted podría, por ejemplo, estar profundamente enamorado del Capitolio de La Habana, uno de los seis palacios más relevantes y arquitectónicamente perfectos del mundo.

Por supuesto que es posible sentir sed de belleza, ansias de armonía, que cuando se ponen al alcance de las personas las pueden hacer mejores, elevar el espíritu, crear éxtasis. Platón entendía que la materialización más inmediata de la perfección era el cuerpo, pero no era el objetivo del amor. El cuerpo como objeto erótico se limitaba al deseo y consumación sexual entre un hombre y una mujer , pero en la sociedad griega anterior y posterior a Platón la mujer apenas si era considerada un ser humano, carecía de derechos, de personalidad jurídica, y era una más entre las propiedades de su padre, hermanos y esposo, tanto como una espada, un caballo, un buey o un escudo, y solo un poco más valiosa que un esclavo, por lo que estaba totalmente excluida de las reflexiones de Platón sobre el amor, que era únicamente un sentimiento entre hombres. Sin carnalidad tangible, porque no era ese su objetivo. La mujer estaba para saciar los deseos de la carne; el hombre, los del conocimiento y el espíritu.  Esta concepción platónica del amor, contrariamente a lo que se pueda inferir de la anterior explicación, no predicaba la homosexualidad, sino la bisexualidad que tanto distinguió a la cultura griega: la mujer para penetrarla y experimentar la hybris del orgasmo carnal, y el efebo para elevar el espíritu y alcanzar el éxtasis  provocado por las formas superiores de la armonía y la perfección.

Pero el ansia de ascensión espiritual está en la condición humana, Platón creía que era consecuencia de la chispa divina que vive en cada uno de nosotros y anhela unirse con los dioses (las mujeres carecían de ella, según el filósofo), y se negó a morir bajo la bota del pragmatismo romano para reaparecer nada menos que durante los primeros tiempos del cristianismo, cuando el apóstol Pablo predicaba a los primitivos cristianos en contra de la unión carnal y exhortaba a los matrimonios que ya estuvieran casados a convivir en casta hermandad, y a los solteros y solteras a no casarse, en franca distorsión de las prédicas de Cristo sobre el tema. No es ningún secreto que Pablo es el responsable de muchas de las peores tergiversaciones de las ideas de Cristo, a quien nunca conoció, pues no fue uno de los doce discípulos que le siguieron a través de Galilea y escucharon de boca del maestro sus sermones.   Si Pablo era gago, calvo, tullido y misógino es algo que hoy no podemos saber con certeza, pero lo que sí sabemos es que Cristo solo dijo que era mejor vivir en celibato, pero quienes no pudieran hacerlo debían casarse. Fueron muchos los primeros cristianos que dejaron de yacer con sus esposas, las vírgenes que se negaron a contraer matrimonio, las jóvenes parejas que intercambiaron suspiros en la lobreguez de las catacumbas y muchos hombres y mujeres los que marcharon al desierto para llevar una vida de soledad, castidad y austeridad absolutas, que luego derivaría en el monacato y la reclusión en monasterios y conventos.

Pero las ideas nunca mueren aunque los siglos les pasen por encima, y tras la hecatombe moral que se enseñoreó del imperio romano en sus últimos siglos llegó la Edad Media, y la idea del amor platónico volvió a florecer, y alcanzó su más alta cumbre bajo el nombre de amor cortés. Ocurrió en La Provenza, Aquitania y el Languedoc, territorios que hoy pertenecen a Francia pero en aquella época eran reinos vasallos de los reyes de Aragón, los duques de Aquitania y los condes de Barcelona, su lengua no era el francés sino el occitano, y poseían una cultura muy peculiar fuertemente influida por los árabes de los califatos de Al Andaluz y el intercambio cultural que se había producido en Palestina entre moros y cristianos durante las Cruzadas. El culto a la Virgen María o culto mariano, tan importante en la Edad Media, y la presencia en la región del catarismo, una religión que se oponía a la iglesia de Roma y al Papado y aspiraba a la perfección moral y espiritual, crearon un caldo de cultivo para que el amor platónico volviera a aparecer en toda su pujanza, pero esta vez aureolado y arropado por la poesía.

Para tener una idea de cómo era aquella sociedad que floreció al sur del río Sena y se extendió hasta los califatos de España (a la inversa para algunos historiadores) hay que saber que se trataba de una sociedad feudal, con poderosos condes y duques al mando de grandes y prósperas ciudades, como el conde Raimundo de Toulouse o el joven conde Gastón de Foix, pero había otros muchos poderosos señores feudales que se habían construido castillos fortificados en lo alto de las rocosas montañas de la región, de tan difícil acceso que se les llamaba nidos de águila. Estos feudales mantenían cada cual su propia corte, integrada por caballeros vasallos, sirvientes, guerreros, maestros de armas, artesanos, campesinos, damas y trovadores. Los trovadores no eran figuras populares como los juglares, sino hombres cultos muy conocedores de música y poesía, que viajaban de un castillo a otro, de una corte a otra, ofreciendo sus servicios por dinero, pero no hay que equivocarse: eran poetas de tanto mérito que muchos de ellos han pasado a la posteridad por la belleza de sus composiciones. Algunos de ellos eran nobles y también feudales poderosos, como Guillermo IX duque de Aquitania y considerado el primer trovador, abuelo de la célebre duquesa y reina Leonor de Aquitania, ella misma protectora e inspiradora de trovadores y una de las bellezas más grandes de su tiempo.

Leonor, duquesa de Aquitania, reina de Francia y de Inglaterra y madre de tres reyes, entre quienes se cuenta Ricardo Corazón de León, considerado en su época el más grande príncipe de la Cristiandad. Por su decidida protección y mecenazgo a los trovadores y al amor cortés, Leonor fue llamada Reina de corazones

Leonor de Aquitania armando a un caballero. Óleo del pintor inglés Edmund Leighton. (La imagen ha sido tomada del blog Mujerícolas, como lo indica la marca de agua en el traje de la figura femenina)

Monumento funerario de Leonor de Aquitania en la abadía donde fue sepultada. El destino final de la belleza.

La corte de Raimundo de Toulouse, llena de refinamiento y de riquezas y esplendor no era lo mismo que las pequeñas cortes de los señores de los castillos, en las que la castellana, dueña del castillo por herencia o viudez, o esposa del señor, vivía rodeada de sus damas en una especie de gineceo dentro de la Torre del Homenaje, área del castillo donde habitaban el señor, su familia y sus caballeros y servidores más allegados.

Hubo damas tan poderosas como los feudales, quienes otorgaron su mecenazgo a los más grandes trovadores de la época. Entre ellas se cuenta, además de la ya mencionada Leonor, la muy ilustre María de Francia, protectora nada menos que del trovador Chretien de Troyes, poeta de la corte de Champaña y considerado por algunos estudiosos como el primer novelista de Occidente, pues fue el creador del ciclo Artúrico o del Santo Grial, para el que se inspiró en la llamada Materia de Bretaña, conjunto de leyendas sobre un legendario rey de los britanos que habría derrotado a los sajones y sucumbido bajo los oscuros poderes de la magia negra.

Estas damas nobles, cuyos esposos estuvieron durante largo tiempo ausentes por encontrarse combatiendo en Tierra Santa, permanecían en una soledad relativa, y el hombre que tenían más cerca, además de sus jóvenes pajes, era el trovador, quien podía ser de noble cuna aunque casis siempre de posición social inferior a la dama. Podía ser, incluso, un caballero de poco rango que hubiera combatido en las Cruzadas o bajo el mando de algún rey y conociera bien el código de caballería, rígido compendio de conducta justa, sobriedad, compasión y sobre todo honor. Un buen caballero es en primer lugar un hombre virtuoso que protege a los débiles. Los paladines de Arturo y Carlomagno son la encarnación del código de caballería en toda su pureza y plenitud. Pero un caballero es también alguien que venera a la Virgen, y que identifica con ella a la dama que ha elegido para consagrarle su vida, su honor y sus servicios. Esta proximidad entre damas y trovadores en una sociedad que se rige por códigos morales cristianos y en la cual la pureza de la Madre de Jesús es un paradigma, engendra entre la mujer necesitada de cortejo y el poeta  cuya sensibilidad exaltada lo induce a la idealización, a una relación de adoración que cumple cabalmente con las relaciones de vasallaje entre amo y vasallo.

Guillermo IX duque de Aquitania, considerado el primer trovador

No debe creerse, sin embargo, que la sexualidad estuvo desterrada de aquella sociedad. Las damas tenían intercambios sexuales con sus esposos, y en ausencia de ellos con otros caballeros de igual rango que las conquistaban con recursos más humanos y materiales que la poesía, es decir, con obsequios valiosos que iban desde joyas hasta piezas de cetrería, ricos tejidos, muebles costosos y hasta animales exóticos, como por ejemplo un armiño, tal y como aparece retratado este gracioso animalito en tantas miniaturas de la época, siempre en brazos de la dama. Cuando no había a mano caballeros, eran llamados a filas los pajes, donceles muy jóvenes, a menudo imberbes, quienes por lo general adoraban en silencio a sus señoras mucho antes de ser requeridos para manifestar tal veneración en formas más ardorosas.

Sin embargo, el caso de los trovadores era otro. Debe entenderse que el amor cortés fue en primera instancia una construcción cultural, más obra del espíritu y dirigida a exaltarlo que a obtener placeres más bastos y vulgares y también más efímeros. Se pretendía cultivar un sentimiento perdurable que no perdiera intensidad, para lo cual se llegaba a refinamientos parecidos a torturas. Las reglas del amor cortés eran severas y no podían ser violadas, y en caso de que lo fueran las damas establecían las llamadas Cortes de Amor, donde además de torneos de poesía podían ser enjuiciados quienes hubieran faltado de algún modo a lo establecido, recibiendo de las damas castigos de acuerdo con la falta cometida. He aquí las reglas principales del amor cortés, fijadas por escrito en el siglo XII por el francés Andreas Capellanus:

  • El matrimonio no es una excusa real para no amar
  • El que no tiene celos, no puede amar
  • Nadie puede ser obligado por un doble amor
  • Es bien sabido que el amor es siempre creciente o decreciente
  • Los niños no aman hasta que llegan a la edad de la madurez
  • Cuando un amante muere, se requiere una viudedad de dos años, por parte del superviviente.
  • Nadie debe ser privado de amor sin la mejor de las razones
  • Nadie puede amar si no es impulsado por la persuasión del amor
  • El amor es siempre un extraño en la casa de la avaricia
  • Un verdadero amante no desea abrazar en el amor a nadie, excepto a su amada
  • Cuando se hace público el amor, rara vez perdura
  • La fácil obtención del amor hace que sea de poco valor, la dificultad de consecución lo hace preciado
  • Cada amante vuelve regularmente pálido en presencia de su amada
  • Cuando un amante de repente alcanza a ver a su amada, su corazón palpita
  • Un nuevo amor pone en fuga a un viejo
  • Solo un buen carácter hace que cualquier hombre sea digno de amor
  • Si el amor disminuye, se produce un error de forma rápida y rara vez se restablece
  • Un hombre enamorado está siempre preocupado
  • Los celos reales siempre aumentan el sentimiento de amor
  • Los celos, y por lo tanto el amor, se incrementan cuando se sospecha de su amada
  • Aquel a quien disgusta la idea del amor, come y duerme muy poco
  • Cada acto de un amante termina en el pensamiento de su amada
  • El amor no puede negar nada al amor
  • Un amante nunca puede tener suficiente de los consuelos de su amada
  • Una presunción provoca a un amante sospechar de su amada
  • Un hombre que está atormentada por un exceso de pasión por lo general no le gusta
  • Un verdadero amante es constante y sin interrupción poseído por el recuerdo de su amada
  • Nada impide a una mujer ser amada por dos hombres o  un hombre por dos mujeres

Ahora bien, el término amante no tenía en aquel tiempo la misma connotación que en nuestros días. En realidad era como una especie de carrera hacia la meta que pasaba por cuatro niveles que el amador debía ir alcanzando sin cometer ningún error so pena de perder cuanto hubiera alcanzado hasta ese momento. En el siglo XIII así quedaban fijados los cuatro pasos en el progreso del caballero enamorado hacia su dama:

  • fenhedor (no ha declarado aún sus sentimientos)
  • pregador (ya los ha manifestado a su amada)
  • entendedor (la dama le ha sonreído o dado prendas)
  • drutz (ha culminado la relación con un contacto íntimo)

El contacto íntimo o coito completamente realizado, si bien podía llegar a ocurrir entre la dama y su amador cuando este la igualaba o superaba en rango social, difícilmente tenía un final tan feliz para el simple trovador, pero por lo general la intención, lo ideal, pudiéramos decir, en esta clase de amor era experimenta situaciones de voluptuosidad tan extremas y refinadas que podían resultar exquisitamente torturantes, tales como pasar la noche yaciendo juntos en el mismo lecho sin tocarse o separados por una espada, como cuenta la leyenda de Tristán e Isolda y la de Lancelot y la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, quien pasó una noche con su amador en el bosque, pero con la espada de él separando sus cuerpos que, sin duda, ardieron de deseo durante toda la madrugada.

La espada guarda el honor. El armiño la pureza.

O podían llegar a contactos intermedios como caricias y besos, y detenerse cuando el frenesí alcanzaba su punto más candente. ¿Por qué? Pues porque la dama elegida y cantada era, según el amador, la más perfecta de todas en hermosura, inteligencia, gracia y virtud, y estaba tan por encima de su pretendiente que cualquier intento suyo por tocarla hubiera mancillado tanta excelsitud. En aquellas comarcas que se encontraban bajo la influencia de los cátaros, cuyos guías espirituales, quienes rehusaban ser llamados sacerdotes, eran conocidos como los buenos hombres o los puros, estos predicaban sin cesar la virtud en todas sus formas y sus prédicas eran muy bien acogidas en las cortes feudales, incluso en las más poderosas, por lo que el amor cortés permitía a las vanidosas damas y a sus amadores de febricitante imaginación poética no incurrir en el pecado de la carne, al menos no con la cópula de sus mutuos genitales.

Recluidas en castillos inaccesibles como este de Queribus, en el país de los cátaros, rodeadas de una pequeña corte de guerreros rudos y con el esposo ausente la mayor parte del tiempo, es comprensible que las damas ansiaranla compañía y el cortejo de los trovadores

Un modo tremendo en que los amadores, cuando eran caballeros, manifestaban su sumisión a su dama, era llevar sobre sus armaduras las cintas con los colores que la identificaban o alguna joya o pañuelo que ella les hubiera entregado para lucirlas durante los torneos, antes de cuyo comienzo era habitual que el amador se acercara a las gradas donde se encontraba su amada presenciando la justa y le hiciera una reverencia a la vista pública.

Dama despidiendo a su caballero que va a la justa o torneo

El marido de la dama solía estar presente y en ocasiones se trataba del mismísimo rey, duque o conde, quien toleraba estas muestras de adoración a su esposa con la mayor naturalidad, pues era la costumbre de la época y probablemente él era, a la vez, el caballero de alguna otra dama, lo que no significa que posiblemente hubiera muchas y violentas escenas de celos en la intimidad, pero habría sido de pésimo gusto que trascendieran. La idealización del amor cortés era tan absurda que cuando los caballeros justaban lo hacían en nombre de su dama y para demostrar que era superior a las damas de los otros. No fueron pocos los que abandonaron este mundo en tan singular y descabellado intento.

El amor cortés no sobrevivió a la unificación de Francia en un solo reino y su entrada en el Renacimiento, y la idea de Platón no volvió a dar señales de vida hasta el siglo XIX, cuando reapareció en la escena del romanticismo, aunque aquí no puede hablarse de esplendor, porque fue una entrada en escena bien tétrica, puesto que los amantes románticos muy a menudo estuvieron marcados por la muerte.

El Romanticismo fue un movimiento artístico que surgió en Alemania con el llamado Sturm un Drang (Fuerza y empuje), una reacción a la frialdad del neoclasicismo, y sus características principales fueron la identificación del paisaje con las emociones, la vuelta a las culturas autóctonas y los folclores, el interés por la antigüedad pero sobre todo por la Edad Media y la cultura caballeresca, la reivindicación de las historias nacionales y una clase de amor inspirado en las ideas de Platón pero generalmente signado por ser imposible, y como consecuencia de esta imposibilidad derivada de disímiles obstáculos deviene en tragedia y muerte de uno o los dos amantes.

El amor romántico nace de la atracción sexual, pero la posesión carnal de la amada o el amado no es el objetivo, sino la comunión de las almas. Los amantes románticos no están regidos por un código severo que les impida la cópula como meta, pero la exaltación de la sensibilidad les lleva por otros caminos. La idealización de la amada, que la convierte en casi una imagen mística, la gran valoración que se confiere a su integridad sexual como trasunto de la espiritual, hace que su pureza física y espiritual sean bienes que el amante desea conservar y proteger hasta que el matrimonio santifique la unión. La amada del Romanticismo suele ser una joven frágil, de salud precaria, ingenua y desconocedora del mundo, dulce, tierna, recatada y púdica, y la imposibilidad del amador de unirse a ella aún cuando sea correspondido se debe a obstáculos de diversas clases que lo separan de su elegida: pertenece ella a una clase social superior o inferior a la de él, hay antiguos e intensos odios de familia que se interponen y hacen imposible pensar en una boda, ella es prisionera de un padre, tío, hermano o tutor que la mantiene recluida o está prometida a o casada con otro hombre. En el peor de los casos padece una enfermedad mortal, preferiblemente tisis, pero también locura. El sufrimiento llega a ser tan insoportable para estos amantes que no pueden juntarse que terminan suicidándose, o al menos uno de ellos se marcha de la vida dejando a su paso un rosario de penas y lágrimas y, de paso, de imitadores, como sucedió cuando Goethe publicó en Alemania su celebérrima novela Las desventuras del joven Werther, que desató en toda Europa una ola de suicidios compulsivos.

Debo dejar en claro que Don Quijote y Dulcinea no forman una pareja romántica y es esta una discusión que he tenido muchas veces, en primer lugar porque pertenecen a la literatura de caballería y no al siglo XIX, pero sobre todo porque si Alonso Quijano es un amador que por cumplir a cabalidad con todos los postulados del código de la caballería deviene un perfecto amador romántico, en realidad no tiene amada, pues Dulcinea es una creación de su fantasía y la mujer real en que se basa es una aldeana ruda e ignorante que no está enterada de la existencia del caballero, y de haberlo sabido se hubiera revolcado en los pastos riendo a carcajada limpia por su fealdad y su locura, y es bien probable que hubiera terminado por lanzarle pelladas de estiércol o una pedrada

Tuve un profesor de literatura allá por el año 197 y pico, cuando yo era una simple estudiante en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), que nos auguraba el regreso del espíritu del romanticismo, pues según él cada tres décadas los movimientos artísticos y los estados espirituales de la humanidad tendían a repetirse. Creo que era un hombre muy inteligente, pero mal observador y peor antropólogo y  sociólogo. Se equivocó totalmente, pues lo que ha ocurrido es todo lo contrario: un empobrecimiento cada día peor de la sensibilidad humana, un encanallamiento de los instintos y una chatura total de lo que alguna vez llamamos espiritualidad. Al menos en Cuba. No quiero decir que ya no queden parejas aisladas capaces de sentir un amor profundo, romántico aunque se resuelva al final en una sexualidad plena, pero el concepto, o mejor dicho la idea que se tiene del amor, al menos hoy en nuestro país, es la de un deporte en que la competición se basa en el número de penetraciones y orgasmos, y suele tener una vida aún más espúrea que la de una mariposa. El amor, como cualquier sentimiento, es una cultura, y las culturas que no se cultivan terminan en la más cruda y repulsiva disolución, puesto que dan lugar a nuevas formas que por lo regular son productos más que degenerados, sobre todo si una ideología machista y humilladora de la mujer, como el reguetón, se adueña de la mentalidad de miles de individuos y les dicta códigos de conducta que ya no tienen nada que ver con la caballería y ni siquiera con los caballos. Lamentable, se me ocurren muchos otros calificativos para esta pérdida atroz, pero la elegancia del idioma me obliga a quedarme con ese.

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Peaky Blinders, gitanos en Cuba y… una niña paya

Acabo de ver la extraordinaria serie inglesa Picky Blinders, donde una familia gitana de principios del siglo XX conforma un grupo al margen de la ley en el barrio obrero de Birmingham; una especie de mafia gitana que mantiene al espectador frente a la pantalla como aprisionado por una invisible malla de imanes. Pero ¿qué sabe un cubano sobre gitanos?

Quienes sepan algo será porque han visto, seguro, El amor brujo, filme español protagonizado por el bailaor gitano Antonio Gades, gran amigo de Cuba, y no puedo imaginar cuántos de mis compatriotas habrán leído Nuestra Señora de París, una de las dos obras cumbres del gran escritor francés decimonónico Víctor Hugo, con su inolvidable personaje de la gitana Esmeralda, y acaso visto la película. Mi generación tuvo también la oportunidad de comprar en los estanquillos callejeros los números de la espectacular revista El Correo de la UNESCO, antes que el simurg de la Perestroika y el período especial la desterraran  de la isla junto con Sputnik y otras publicaciones. Correo… dedicó un número entero a los gitanos, que yo leí con fruición, pues son un pueblo misterioso, exótico y bravo que siempre me ha interesado. Y por supuesto, ¿a qué cubano no le gusta el flamenco? Supongo que a los que les gusta el reguetón, pero el caso es que la música española, de la que los cubanos somos tan deudores aunque se nos esté olvidando, tiene un por ciento muy elevado de influencia gitana. ¿Y quién no ha visto alguna vez el celebérrimo óleo Gitana tropical, del pintor vanguardista cubano Víctor Manuel, impreso hasta en las cortinas de las bañeras?

Pero ¿qué sabe de primera mano un habanero sobre los gitanos? Nada si no nació antes de 1959 o 1960. Yo sí los conocí. Cuando era muy niña mi abuela me llevaba con ella a diario a hacer los mandados por el reparto La Asunción, un pequeño y bonito residencial  situado justo en el límite antiguo entre Luyanó y Lawton, lo que equivale a decir que colinda con la Calzada de Porvenir, aunque desde hace algunos años la veleidad de alguien en la Reforma Urbana haya decidido hacerlo formar parte de Lawton. El caso es que una de las calles internas de La Asunción sale a Porvenir, y en esa esquina hubo siempre una especie de furnia no muy profunda, o tal vez era solo un terreno algo más bajo que las calles asfaltadas. No recuerdo si ya entonces estaba cercado, pero era un campamento gitano. Había fogatas, carromatos y caballos. Ellos, que yo recuerde, salían poco  a recorrer el reparto y todas las mañanas se veía a las mujeres, con sus larguísimas trenzas negras, sus profusos ornamentos de abalorios y sus sayas estampadas de muchos vuelos, ocupadas en lavar en bateas y cocinar en pailas. Los niños correteaban y los hombres fumaban y conversaban. Mi abuela, gallega campechana, conversadora y muy noble, se detenía cada día a saludar a una de las gitanas, quien al vernos llegar se acercaba muy seria. Ellas intercambiaban un saludo, mi abuela con una sonrisa, la gitana siempre ceremoniosa, y le decíacon un acento raro: “Buen día tenga usted, mi señora”. Luego se inclinaba hacia mí y me preguntaba: “¿Cómo está hoy la linda señorita?”. A mí me daban miedo sus ojos profundos y negrísimos. Mi abuela solía llevarle ropa que se me había quedado, zapatos y juguetes que la gitana agradecía con una inclinación de cabeza y enseguida volvía junto a los suyos. Nunca las oí conversar. Mi abuela era una de las pocas personas del reparto que tenía algún trato con ellos. La gente decía que eran sucios y que las gitanas se levantaban sus muchas sayas y orinaban a la vista de todos. Yo jamás presencié algo así. También debo decir que aunque mi abuela tenía amigas en todos los estratos sociales que habitaban La Asunción, jamás escuché de alguna vecina que hubiera ido a tirarse las cartas con las gitanas, pero sí recuerdo que las gitanas tenían mazos de naipes muy manoseados y los llevaban en faltriqueras pendientes de sus cinturas. Una mañana, cuando mi abuela y yo llegamos con el bultico acostumbrado, el lugar estaba completamente vacío. Los gitanos se habían ido de madrugada y nadie sabía a ciencia cierta hacia dónde. Se comentó que habían huido porque los asustó la libreta de abastecimiento y la posibilidad de tener que asentarse definitivamente, sensarse… Eran —y muchos de ellos siguen siendo— un pueblo errante que ama la libertad, vagar por los caminos, el movimiento perpetuo.

No es menos cierto que los trabajos que suelen desempeñar los gitanos necesitan mercados constantemente renovados. Son excelentes metalúrgicos, fundidores de metales, herreros, soldadores, y van de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. También son magníficos cirqueros, llegan con sus carpas a cualquier lugar y en un dos por tres ofrecen una función. Excelentes músicos, no he conocido mejores violinistas que ellos, verdaderos magos del arco y las cuerdas capaces de proezas que difícilmente resultarían creíbles para quienes no los hayan visto ejecutarlas.

Siempre han sido un pueblo sometido a fuerte discriminación, acusado de toda clase de delitos, algunos reales como el robo de caballos y otros pequeños latrocinios, pero la mayoría fruto de la imaginería popular, como la acusación de que raptan niños para devorarlos. Las tribus gitanas son comunidades cerradas estrechamente emparentadas entre sí, con un muy acendrado sentido de la lealtad familiar y del honor, vale decir, del suyo, sobre el que tienen códigos inviolables. Por ejemplo, no aceptan los matrimonios mixtos, lo que ha dado lugar a no pocas historias de huídas que a veces terminan en bodas pero otras en muerte, porque los parientes de la novia toman venganza por la transgresión de sus leyes.

Pero el pueblo gitano, despreciado, discriminado, perseguido incluso en Cuba, donde llegó a prohibírseles la entrada en 1936 cuando huían del exterminio a que fueron sometidos en la España franquista, y más tarde en los campos de muerte de los nazis, es, como cualquier otro pueblo del planeta, pródigo en dones, y cuando no se les hostiga muchos de sus miembros acuden a las universidades, se integran al trabajo y se convierten en ciudadanos cabales y grandes artistas. Charles Chaplin era gitano. El famoso actor inglés creador del inolvidable personaje de  Charlot, era hijo de una cantante de cabaret gitana y de un actor de la misma etnia. Otra gitana que revolucionó el cine fue la bellísima actriz norteamericana Rita Hayworth, ¿quién que la haya visto en su tremendo personaje de Gilda pudo olvidarla?

¿Se sentiría usted muy sorprendido si supiera que Bill Clinton, el tan controvertido y carismático ex presidente de los Estados Unidos, tiene ascendencia gitana? Y también el teólogo brasileño Frei Betto. E infinita es la lista de importantes personalidades mundiales que llevan esos genes en su sangre. Tampoco se sorprenda al saber que en las dos Guerras Mundiales los gitanos pelearon con bravura formando batallones a menudo integrados por parientes del mismo apellido. Fueron soldados feroces y muy eficaces en labores de reconocimiento y construcción de fortificaciones, además de temibles artilleros.

Existen varias teorías, hasta la fecha especulativas, sobre el origen de este misterioso pueblo itinerante que está presente en todas partes desde que el mundo es mundo. Hay gitanos rusos, búlgaros, rumanos, armenios, franceses, italianos, ingleses, irlandeses (conocí un gitano irlandés prodigioso violinista), alemanes, turcos… Pero la teoría más aceptada es que el pueblo romaní, como se llaman a sí mismos los gitanos, se originó en Egipto o en la India, donde serían restos de una población anterior a los indoeuropeos. De allí habrían emigrado durante siglos a través de Persia y Bizancio hasta llegar al norte de Europa  en el siglo XI. En India actual el grueso de su población gitana se encuentra en el Punjab, de donde habrían emigrado al norte de Europa huyendo de los musulmanes.

Se calcula que en el mundo de hoy hay unos treinta y cuatro millones de gitanos, aunque esta cifra no es oficial. Se estima que unos diez y siete millones viven en la India, y otros cinco millones en Europa Oriental, mayormente en los Balcanes.

He leído en algunos artículos cubanos sobre este tema que el dialecto caló hablado por los gitanos hispanoparlantes (la lengua oficial gitana es el romaní con dialectos según el país) ha hecho algunos aportes al habla marginal cubana con términos tales como jamar (comer), curda (borracho), chivato (soplón) y puro/a (padre/madre), andoba, chusma,- furnia, jarana, jiribilla y sandunga, entre otros muchos. Yo pienso más bien que si el habla marginal cubana tiene aportaciones del caló, llegaron a esta isla en boca no de los gitanos, sino de los negros curros traídos de Andalucía durante la colonia, aunque los primeros gitanos vinieron a Cuba en la tripulación de las carabelas de Colón, o sea, un poco antes que los primeros africanos y también antes que los curros. Pero tratándose de gitanos, la cuestión fecha resulta siempre bastante imprecisa. De cualquier manera, Andalucía fue el punto de partida de todas las empresas de conquista del Nuevo Mundo, y los gitanos que guardaban prisión en sus cárceles fueron enrolados, por órdenes reales, en las tripulaciones de cuanto barco se hacía a la mar en aquella empresa desmesurada y de puro albur que fue el Descubrimiento de América. Algunos de estos términos sospecho que provienen más bien de dialectos africanos introducidos por los esclavos de nación, y de vocabularios hablados por sectas como los abakuá.

También debo disentir de la afirmación que he hallado en esos textos criollos sobre la belleza de las gitanas que había en Cuba. Las que yo conocí en Lawton eran muy altas, de magras y membrudas  carnes y tez bastante oscura, y feas. Los hombres solían ser más apuestos, esbeltos y de talles finos, o al menos eso solían decir las amigas de mi abuela. Pero en otros países he visto gitanas que dejan chiquitas a las bellezas locales más ensalzadas.

En Cuba, según historiadores, mostraron preferencia por la región villareña, y en La Habana por Lawton.  Yo pienso en ellos a menudo como en uno de los grandes misterios de mi infancia, y cuando pruebo un  brazo gitano bien hecho —uno de mis dulces preferidos—, voy a una sesión espírita donde alguien me da un mensaje del ectoplasma gitano que me protege, o leo mi Tarot a la luz de las velas en una noche de luna, pero sobre todo cuando me agita una casi insoportable ansia de viajar, siento una nostalgia de lo más extraña, puesto que hasta dónde me han contado mis mayores, entre las muchas sangres que llevo dentro no hay una sola gota romaní. Y digo yo: ¿cómo se puede estar tan seguro…?

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¿Hacia dónde van la Ciudad Maravilla y sus habitantes?

 

“El pronóstico es malo. Estamos a punto de cruzar una línea tras la cual se va a invertir todo: lo incorrecto estará bien y lo correcto estará mal. Eso es lo que está predominando, y si las cosas siguen así, la ciudad entonces será otra”.

Miguel Coyula

 arquitecto planificador

Aquí hay tres factores que han influido en que la marginalidad ya no sea marginal: en primer lugar, la existencia desde antes de un núcleo de marginalidad en las ciudadelas, los barrios insalubres, que eran gente que vivía  en la marginalidad. El segundo grupo de problemas fueron los emigrantes de zonas que venían aquí y querían cultivar, y criar gallinas o sembrar plátanos en la ciudad. Los marginales, los campesinos que vinieron para la ciudad y los parientes copian el estilo de los que se fueron. Creo que de ahí fue saliendo el estilo ridículo ese, que son unos balaustres con unas mujercitas, delfines, leoncitos, tejitas, cuando esos balaustres no van con el estilo de esta época. Estoy hablando de 1920 cuando se usaba eso.

Mario Coyula

arquitecto

 

Dos textos de gran calidad, como suelen ser los publicados en la revista  La Jiribilla,  me han hecho reflexionar una vez más sobre un problema que no me preocupa únicamente a mí: ¿Hacia dónde  van La Habana y sus habitantes?  Si como ha dicho alguien, el hombre es su casa y la arquitectura refleja a quienes la viven, ¿qué le espera a nuestra Ciudad Maravilla en un futuro no muy lejano? Su rostro está cambiando y no para más belleza.

Renacer La Habana, entrevistas realizadas por un colectivo de autores a arquitectos, inversionistas, abogados y otros profesionales relacionados con el tema—, y La Habana: una ciudad cubana o una ciudad en Cuba, del prestigioso arquitecto Miguel Coyula, analizan los cambios dramáticos que está sufriendo la arquitectura citadina, pero a la vez dejan al descubierto la presencia de un conjunto de males que están devorando nuestra capital: el individualismo feroz, el vandalismo, la improvisación, la impunidad frente a la ley, la especulación, el oportunismo, la paupérrima formación cultural de una significativa mayoría de la población capitalina, y la inercia de las instituciones ante conductas salvajes y erráticas que socavan no solo los valores arquitectónicos, sino también los valores morales y sociales  de la ciudadanía.

Sería engañoso atribuir este estado de cosas a la implantación siempre creciente en la capital de ciudadanos de otras provincias que suelen traer consigo valores (o no valores) culturales y conductuales diferentes a los que han caracterizado históricamente a esta urbe. Y también lo sería culpabilizar a los trabajadores por cuenta propia o a cualquier individuo que posea ingresos económicos superiores a la media, porque  construyen sus  viviendas y locales destinados a todo tipo de comercio sin el debido asesoramiento de especialistas. Estos son solo efectos secundarios de un mal mayor cuya raíz se encuentra en otra parte. Pero antes de llegar a ello vale la pena reflexionar un poco sobre algunos aspectos del problema.

¿De dónde salen el mal gusto y las “excentricidades” que alarman a los arquitectos en tantas nuevas construcciones habaneras, con su eclecticismo de pastiche, sus colores chillones y todo un catálogo de ornamentos ridículos y anacrónicos? El sello de la arquitectura habanera ha sido precisamente el eclecticismo, la mezcla de estilos que ha hecho de La Habana una ciudad con personalidad propia en el mundo globalizado, pero esa mezcla fue el producto del trabajo de firmas de arquitectos altamente profesionales, muchas de ellas de prestigio internacional como Govantes y Cabarroca, quienes diseñaron, entre otras obras, el Capitolio de La Habana, de estilo neoclásico y considerado uno de los seis palacios de mayor relevancia a nivel mundial, y el célebre  palacete de Catalina Lasa, ubicado en 17 y Paseo, donde el art deco se entrelaza con un estilo florentino renacentista. Eran diseños basados en una cultura humanística,  un gran sentido estético, armoniosos, elegantes, bellos. Pero ¿quiénes decoran hoy sus nuevas casas con balaustradas de muñecos hieráticos que imitan de manera burdísima  las cariátides del majestuoso Malecón 17? Las cariátides[1] pertenecen a la cultura griega pre-clásica y formaron parte de nuestra arquitectura neoclásica republicana. ¿Por qué regresan ahora, incluso para coronar una esperpéntica torre de cuatro pisos levantada en el santosuareño solar de La Margarita?

¿Y esos medallones con cabezas de leones, águilas y otros símbolos “raros” que ostentan cada vez con más frecuencia las fachadas de casas particulares recién construidas o remodeladas? Son patéticas copias de los mismos medallones que todavía pueden verse en los frontones de inmuebles construidos durante el machadato, y que fueron en su época un penoso intento de aquella burguesía republicana emergente  por apropiarse las marcas de linaje codificadas en los escudos de armas y otros símbolos heráldicos que ostentaban las mansiones de la aristocracia colonial.

¿Y esas paredes revestidas con distintas clases de piedras que fueron gala de la arquitectura de Miramar en los años cuarenta y cincuenta, y hoy resultan en otras partes de la capital un triste monumento a la vulgaridad y la chapucería constructiva?  Estas imitaciones de modelos y códigos provenientes de  las barriadas de los ricos de ayer, reaparecen ahora como banderas  y  marcas de estatus económico, reclamos de lustre y validación social, soberbia de una clase que despunta y que, para mal de la ciudad y su gente, acaban convirtiéndose en modas chabacanas y absurdas. Los colores chillones, que al decir de los arquitectos en ocasiones recuerdan más a la repostería que a la arquitectura, hacen que uno se pregunte qué tienen en sus cabezas esas personas que no tienen claro si quieren vivir dentro de una casa o si su sueño es habitar en el interior de un kake. Sin comentarios.

Pero no todos los delirios son autóctonos y no hay que desestimar las influencias provenientes del extranjero, de las que no siempre se toma lo mejor,  y como botón de muestra va la siguiente anécdota, conmovedora en su ingenuidad: Una familia visita a su hijo muy bien instalado en Miami. Cuando regresan a La Habana quieren tener en su casa una chimenea igual a la que posee el hijo en su mansión, pero aquella es una chimenea hindú, flanqueada por dos estilizados budas de bronce a tamaño natural ataviados con tocados donde relucen incrustaciones de piedras semipreciosas; son kitsh sí, pero de excelente factura, y el cuerpo de la chimenea es de un raro mármol verde con marco de oro. La primera cuestión a resolver por los inocentes imitadores habaneros es la identidad de las figuras, que por  ignorancia de ellos mismos y de los tallistas acaban convertidas en dos enormes orishas de cemento,  mientras el cuerpo de la chimenea es de cerámica.  La familia muestra a todos con orgullo su “flamante” chimenea.

¿Qué ha hecho posible esa distorsión de la arquitectura habanera, con sus ruinas y bodrios que devienen expresión del deterioro conductual y estético de sus habitantes? La falta de atención y de control estatal y su temible hija Impunidad, como apunta el arquitecto Coyula en su excelente artículo, y vienen señalando desde hace tiempo especialistas en otras materias, entre los cuales abundan las llamadas de advertencia de la prensa nacional.

Cuba, como cualquier Estado de Derecho, posee un sistema de Leyes, Códigos Penal y Civil, Tribunales, Fiscalías municipales, provinciales y General de la República, Instituciones de Planificación Física y de Vivienda en los mismos tres niveles, y muchas, muchas normas y regulaciones para la arquitectura y para el comportamiento humano. Pero la población viola con alarmante frecuencia las regulaciones constructivas y las que norman la dinámica social, sin otro resultado que la impunidad más absoluta. Existen, además, instituciones de muy alto nivel como el Consejo de Estado y Atención a la Ciudadanía, a donde los ciudadanos pueden remitir sus quejas cuando no son debidamente atendidos en otras instancias. Por todo el país hay fiscales, abogados, notarios y un casi infinito catálogo de documentos oficiales para todo tipo de procedimientos. Y hay una Policía Nacional Revolucionaria encargada de reprimir el delito. En cuanto a estructura no nos falta casi nada de lo que caracteriza al sistema legal de cualquier país civilizado. Pero sobre la eficacia de esas estructuras no puede decirse lo mismo.

Nuestras leyes necesitan ser enriquecidas, perfiladas y actualizadas, pues todo es perfectible. Por ejemplo, debería ampliarse el concepto de Acoso, una figura que hasta hoy solo refiere en nuestro país al acoso sexual, cuando ya en otros países de Occidente se reconocen, además, el acoso escolar, el laboral, el moral y el vecinal como figuras de delito punible. Cinco formas de acoso de las cuales la ley cubana solo reconoce una, mientras quienes practican las otras cuatro quedan siempre impunes. Y además, muchos psiquiatras de diferentes países, especializados en el tema del acoso, demandan que las víctimas sean consideradas como víctimas de guerra por la gravedad de sus afectaciones psicológicas y emocionales. Vale la pena recordar que la figura de Intimidación, bajo la cual hasta hoy tipifican en nuestras leyes las varias formas de acoso, no se ajusta a la naturaleza de ese delito, porque el acoso puede existir con o sin intimidación, con o sin amenaza.

Urge otorgar poderes más amplios a nuestra Policía, de manera que pueda intervenir, con la rapidez que únicamente a ella le es factible, en casos de infracciones, violaciones de normas y formas nuevas del delito de las que hoy solo se ocupan  instancias tan burocratizadas que la respuesta  a una denuncia o la obtención de un simple permiso para desglosar una vivienda pueden demorar años, si es que llegan a materializarse algún día. Sí, tenemos muchas leyes, pero… ¿se cumplen…?

Revisemos dos casos donde resulta evidente la relación vinculante entre el deterioro moral y social y la violación de normas de Arquitectura y Planificación Física, y cuyo resultado, la impunidad, está dañando a las personas afectadas en su derecho al tranquilo usufructo de sus propiedades, en su moral, en su ética y hasta, peligrosamente, en su salud:

CASO 1-. Enrique, anciano propietario de un apartamento en un edificio múltiple ubicado en la barriada de Santos Suárez, se queja de que una joven casada con un ciudadano italiano compró un apartamento en ese inmueble, y luego ha continuado comprando allí otros apartamentos que, a su vez, ha subdividido en cuartos para alquilar por horas a parejas, y para facilitar un acceso más íntimo a sus “clientes” ha agregado al edificio un par de escaleras y unas cuantas puertas, ventanas y aires acondicionados, ignorando olímpicamente la norma que prohíbe colocar puertas y ventanas frente a las ya existentes. Como consecuencia de esta arbitraria apropiación de los espacios colectivos del edificio, cada vez que Enrique abre  la puerta de su apartamento su intimidad queda expuesta  a las miradas impertinentes de los clientes ilegales — y con frecuencia de muy mala catadura— que hacen uso de la escalera ilegal. Nadie en el edificio está de acuerdo con que el inmueble se haya convertido en un motel (para darle a esa acción constructiva un nombre elegante), ni con las transformaciones desordenadas y arbitrarias que ha sufrido la estructura y perturban la privacidad y la seguridad de todos. Alguno ha reclamado ante las instancias pertinentes, pero… no pasa nada. La osada joven continúa ampliando su negocio.

La falta de un mínimo ordenamiento de la vida dentro del edificio hace que florezca el individualismo y no el colectivismo en estos inmuebles. Muchas de las indisciplinas sociales tienen su germen en estos edificios sin ley ni orden visible en su gradual degradación[2].

¿Y por qué en los edificios múltiples no hay ley ni orden visible, por qué falta en ellos un mínimo ordenamiento? Antes de 1959 los edificios múltiples tenían caseros o dueños que hacían firmar a los inquilinos contratos donde quedaban claramente estipulados los deberes de quienes arrendaban un apartamento o un cuarto en el inmueble. Yo conservo en mi poder el contrato firmado por mis padres ante la dueña del edificio donde vivimos hasta hoy, documento que después de tantos años ya tiene carácter de antigualla histórica, y en cuyos incisos se advierte claramente:

SEXTO: —El arrendatario se compromete a entregar la casa objeto de este contrato en el mismo estado de conservación en que la recibe […]

SÉPTIMO:—Queda especialmente convenido que el arrendatario no podrá sub-arrendar en todo ni en parte la casa o departamento arrendado, ni destinarlo a otro uso que no sea al de su propia y exclusiva vivienda […]

OCTAVO:— Al arrendatario le está prohibido tener animales en el edificio,  hacer ruidos innecesarios, formar reuniones en los pasillos, arrojar por puertas y ventanas basuras o cualquier otro objeto, usar aparatos de radio con demasiado volumen, o causar molestias a los inquilinos de las casas o apartamentos contiguos

—El arrendatario no podrá cambiar las pinturas de la casa sin el consentimiento de la propietaria por escrito, y solamente con la marca de pintura que esta indique.

A quienes no se mostraban capaces de cumplir con esas normas de convivencia, el dueño les rescindía el contrato y se veían obligados a abandonar la vivienda. Es verdad que este régimen de casatenientes  permitía a los dueños de inmuebles abolir el contrato a una familia si deseaban alquilar a otras personas. Era un régimen que hacía lugar para injusticias varias, y sin embargo garantizaba el orden necesario para la convivencia vecinal.

Tras el triunfo de la Revolución llegó para los arrendatarios la posibilidad de convertirse en propietarios mediante el pago al Estado del importe de sus viviendas. Apareció entonces el Consejo de Vecinos, integrado por todos los núcleos familiares que habitaban el edificio múltiple. El Consejo de Vecinos nombraba un Presidente o un Encargado, y las diferencias entre vecinos o las decisiones a tomar sobre problemas materiales del inmueble se dirimían o se tomaban en forma colegiada. El Encargado debía velar por el buen funcionamiento de la plomería, los motores de agua, la limpieza de las áreas comunes, y cobraba una pequeña cuota mensual a cada núcleo de habitantes para hacer un fondo que permitiera costear cualquier arreglo necesario en la edificación. El Consejo de Vecinos podía reunirse y requerir a algún vecino, fuera o no propietario de su apartamento, si estaba causando molestias a otro u otros vecinos o daño a la edificación. Debo decir que personalmente jamás presencié que alguien se negara a pagar las cuotas mensuales o que un vecino sometiera a otro a molestias o abusos por más de unas horas. Una queja al Consejo de Vecinos bastaba para terminar el problema. Pero

[…] los edificios de apartamentos […] constituyen un 56% del fondo total de las viviendas. La falta de claridad sobre la propiedad del edificio y su posterior gestión ha conducido a un papel pasivo o nulo de los llamados Consejos de Vecinos ―en los casos donde existan―, que carecen de instrumentos y personalidad jurídica tanto para ordenar y regular la vida en estos inmuebles, como para enfrentar su mantenimiento. Los vecinos no se sienten responsables por su mantenimiento y cuidado al considerarlo una responsabilidad del Estado. Por esta razón, los inquilinos no se ven obligados a pagar una mensualidad para sufragar trabajos de mantenimiento o reparaciones e incluso se niegan hacerlo. En los edificios de apartamentos no existe siquiera un reglamento público que permita conocer los derechos y deberes de los inquilinos y evitar así disputas o apropiaciones indebidas de sus espacios comunes, que son modificados en detrimento de la integridad del inmueble[3].

Sin embargo, cualquiera puede encontrar en Google, en el sitio www.eumed.net/rev/cccss/04/oghp.htm y con fecha de junio de 2009, EL RÉGIMEN DE EDIFICIOS MÚLTIFAMILIARES Y SU FORMULACIÓN ADMINISTRATIVA DE LAS RELACIONES VECINALES, firmado por el Lic. Erick Ortega García y la MsC. Misalys Hernández Pérez, con una extensión de ocho páginas, donde queda claramente definida la existencia de un derecho privado que regula las condiciones de convivencia en edificios múltiples o multifamiliares, y un derecho administrativo que regula los deberes de los vecinos para con el inmueble, y los procedimientos a seguir en caso de cualquier tipo de infracción de estas normas. Entonces ¿por qué no hay ley ni orden en los edificios multifamiliares y los vecinos pueden modificarlos y hasta vandalizarlos a su antojo, llegando a afectar severamente a otras personas en aspectos varios de la vida? ¿Por qué los Consejos de Vecinos no cumplen con sus funciones? ¿Estará entre las posibles causas la aparición de la condición de propietario…?

La posibilidad de poseer la propiedad sobre una vivienda ha creado una grave confusión en la mentalidad de muchos ciudadanos, lo mismo si se trata de la propiedad sobre una casa independiente que sobre un apartamento en un edificio múltiple, porque tal condición hace nacer en la mente del propietario la certeza de que puede hacer lo que se le venga en gana en el interior y en el exterior de su propiedad y no será de su incumbencia cualquier efecto negativo que su accionar tenga sobre otros vecinos o sobre la comunidad. Por ejemplo, abundan los casos donde el propietario, en su afán por ganar espacio para su casa se “apropia”, también, de un área de la acera o de unos cuantos metricos del patio del vecino o del parqueo estatal que  colinda con su vivienda. O casos penosísimos de inmuebles con una casa en la planta baja y otra o un apartamento encima, donde el propietario de los bajos le quita al de los altos el acceso al agua porque decide que la toma, la cisterna  o el motor le pertenece solo a él. Y tampoco pasa nada. Las variantes son infinitas.

Cuando se trata de edificios múltiples la situación puede resultar aún más conflictiva debido a la propiedad común sobre motores y tanques de agua, instalaciones eléctricas, espacios  exteriores y paredes compartidos, etc. Son legión  los casos de enfrentamientos generados por ruidos de diferentes clases, ya sea por uso y abuso de equipos electrodomésticos, en especial de música, equipos de aire acondicionado mal instalados o en mal estado,  arrastre de muebles, claveteos continuos, uso de sierras eléctricas, festividades atronadoras, febricitantes juegos de dominó y otras muchas acciones abusivas cuyos cometedores no son requeridos por instancia legal alguna aunque exista la demanda contra ellos.

CASO 2- Al edificio de Marta, discapacitada físico-motora con daños neurológicos severos y lesiones cerebrales, peritada y miembro de la ACLIFIM,  llega un nuevo núcleo familiar que instala aires acondicionados defectuosos o mal montados. El apartamento de Marta comienza a sufrir fortísimas vibraciones que se extienden a los muebles y la cama de Marta, y durante una madrugada de vibraciones especialmente intensas estas  hacen  estallar los cristales de las ventanas de su habitación. Las dolencias de Marta se agravan y su calidad de vida disminuye notablemente, está estresada, necesita aumentar la medicación para sus dolores crónicos, y como ante las protestas de su familia los nuevos vecinos agreden su domicilio Marta tiene miedo y comienza a padecer insomnio. Hay que poner una reja en su puerta para que se sienta segura. Ningún organismo municipal responde a sus demandas, o inician amagos de procedimientos que nunca llevan a término. La policía interviene en su favor requiriendo a los vecinos, hasta que la Fiscalía municipal desestima inexplicablemente la denuncia de la víctima por daños a su propiedad. Los familiares de Marta acuden a varias instituciones estatales en demanda de un dictamen pericial que pruebe la existencia de las vibraciones, para poder demostrar sus efectos nocivos sobre la salud de Marta e iniciar un proceso civil ante Tribunales que  la libere de su dramática situación. Un especialista del CITMA municipal acude a la vivienda de Marta, comprueba la existencia de vibraciones, las certifica por escrito  y… nunca regresa. Por diversas razones, entre las que pesa mucho la ignorancia/incredulidad de las autoridades con respecto a los elementos del conflicto relacionados con la pura Física, la queja de Marta no va a ninguna parte y los vecinos continúan torturándola impunemente. Durante dos años la familia lucha buscando solución al sufrimiento de esta discapacitada, pero descubren anonadados que parecen no existir leyes en el país que obliguen a los vecinos a arreglar sus equipos o montarlos adecuadamente. Según los expertos de Planificación Física consultados, Cuba no tiene legislado nada sobre aires acondicionados. Los culpables no se presentan a la Junta de Prevención convocada por el Consejo y el Sector de la PNR y no les pasa nada, ni a la citación de la Fiscalía Provincial… y tampoco les pasa nada… Parece  increíble, ¿verdad?, pero la historia de Marta es un hecho real. Y no tiene suerte, pues recientemente se ha mudado al edificio otro vecino que en pocos días demuestra una asombrosa capacidad para producir ruidos intensos en su piso, que es el techo de Marta. La familia intenta de nuevo sensibilizar al recién llegado explicándole el estado de Marta, pero la respuesta los deja anonadados: “Yo he comprado este apartamento, ¡YO SOY EL PROPIETARIO! y ustedes tienen que acostumbrarse a vivir en un edificio múltiple”. La familia de Marta ocupa esa vivienda desde hace sesenta años. El cinismo aquí deviene  absoluta falta de moral.

Cabe preguntarse si en ese edificio existe un Consejo de Vecinos y qué ha hecho para ayudar a Marta. Existe, pero no puede hacer nada porque no tiene personalidad jurídica, como bien señala Coyula y, además, su Presidente no está obligado a ejercer sus funciones porque el Estado no le paga salario alguno por ese cargo, así que… no pasa nada. El caso de Marta pertenece a Edificios Múltiples, una dependencia de la Dirección Municipal de la Vivienda, que envía uno de sus técnicos a inspeccionar, pero… tampoco pasa nada, porque según explicaciones ofrecidas por los funcionarios de esa entidad, la misma no tiene poder para aplicar y hacer cumplir su propio Reglamento, y su función se limita únicamente a persuadir. Las Subdirecciones municipales de Vivienda tienen un Departamento de Diagnóstico donde la persona afectada puede solicitar, previo pago de una tarifa establecida, la visita a su morada de un inspector. La familia de Marta abonó el precio  y recibió un comprobante de pago, pero nunca fue visitada. Ni siquiera la Fiscalía Provincial parece capaz de poner fin a esta situación tan indignante. ¿A dónde podrían dirigirse Marta y su familia para encontrar soluciones? ¿Por qué estos vecinos abusivos y, en este caso específico, crueles, continúan impunes?

El ciudadano común puede descubrir, en su doloroso y angustiante peregrinaje por las instituciones estatales, que todos sus esfuerzos resultan vanos. Escribe cartas, acude a entrevistas, hace interminables y agotadoras antesalas, aguarda pacientemente los sesenta días que cada institución demora para conceder respuestas, y  yendo de institución en institución van pasando los meses y hasta los años. El expediente del demandante va creciendo como un bosque frondoso, se llena de resúmenes de historias clínicas, de fotos de los daños, de certificados, de documentos de notaría, de cartas que explican los fracasos de gestiones anteriores, recibe promesas que no se cumplen, papeles y firmas que no le conducen a ninguna parte: en suma, cada expediente es la historia de un fracaso que suma arrugas no solo a la arquitectura, sino también al alma de la ciudad. El Delegado de la Circunscripción  solo tramita; el trabajador social verifica la situación y en ocasiones, cuando el caso presenta un carácter harto sensible como el de Marta, intenta persuadir a los malos para que se vuelvan buenos, pero no es extraño que los malos le  nieguen el acceso a sus viviendas; los funcionarios municipales no actúan; la policía, si no está avalada por la autorización de alguna Fiscalía, no tiene suficiente poder para intervenir en situaciones que, aunque no tipifiquen como la clase de delito que ella suele atender, por su urgencia y peligrosidad resultan impostergables; los documentos se extravían; las inspecciones no conllevan al codiciado dictamen pericial… No hay multa, no hay castigo para quienes se burlan de las leyes y se niegan cínicamente a cumplirlas. No hay  alivio para los ciudadanos que han sido vulnerados en sus derechos y cada día pierden un poco más la fe en la capacidad del Estado para respaldarlos.

El llamado Periodo Especial ha magnificado estos problemas que ya venían de antes. A la falta de control interno por parte de los inquilinos se ha sumado la falta de control por parte de las autoridades. Las regulaciones urbanísticas son hoy como semáforos apagados que están ahí, pero no ordenan ni regulan. El control urbano es hoy crítico debido a la falta de personal calificado para realizarlo. En el Centro Histórico de la Habana Vieja, con una población de 60 mil habitantes, trabajan 35 profesionales en su oficina del Plan Maestro, mientras la ciudad cuenta con unos 70 para una población de 2,2 millones, de modo que es más crítica esta situación en número y calificación en sus otros municipios [4].

No sé si las cifras que menciona  Coyula se mantienen hoy, pero la falta de personal calificado no justifica la inoperancia de las instituciones estatales, porque cuando es necesario el personal se busca y se califica debidamente. Ese no puede ser jamás un pretexto y menos una explicación para justificar la bochornosa inercia de tantas instituciones para hacer cumplir las leyes de nuestra República.

¿Por qué no hacen cumplir las leyes quienes reciben un salario del Estado para aplicarlas? ¿Por qué no se imponen multas a los burladores de la Ley? ¿Por qué reina la impunidad entre la ciudadanía y ondea por doquier el impúdico lema: “No pasa nada”? ¿Qué puede hacer un ciudadano particular contra una institución del Estado que no atiende sus demandas? ¿Acaso demandar a la institución indiferente ante otra institución estatal de mayor rango? Así se instaura un circo de demandas cuya función nunca termina. Y la opinión generalizada entre la población es que aún así tampoco pasa nada.

¿Hizo mal la Revolución en conceder a todos los ciudadanos de la isla la posibilidad de ser propietarios de sus viviendas? En modo alguno. ¿No debería el Estado permitir  a los propietarios cubanos construirse inmuebles de acuerdo con sus gustos? En modo alguno, pero hay regulaciones destinadas a preservar el estilo arquitectónico de algunos municipios que tienen que ser respetadas. El Estado cubano tiene la obligación de impedir la destrucción de la identidad de su capital, que es Patrimonio de la Humanidad, y en cuanto a las dinámicas de convivencia resulta imperioso educar a la población en la conocida máxima del presidente mexicano Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La libertad nunca es perjudicial en sí misma, pero la ausencia de la noción del límite puede resultar tremendamente peligrosa, y para marcar los límites de la libertad son necesarias las leyes y es necesario que el Estado las haga cumplir.

La conciencia social de los cubanos necesita ser despertada de su actual letargo. Tenemos que enfrentar la realidad y admitir que no estamos a punto de, sino que YA se han cruzado los  límites y muchos postulados del orden social se encuentran subvertidos o abiertamente abolidos, y no es posible seguir esperando para señalar y castigar a los culpables, que no son únicamente los individuos, sino —y sobre todo—  quienes  alimentan con su inercia la plaga de la impunidad. La siguiente cita de Coyula aplica tanto para la inacción de instituciones relacionadas con la arquitectura y el urbanismo, como para aquellos individuos que necesitan instaurar el caos como sistema de vida para favorecer  sus intereses egoístas y mezquinos:

 […] La arrogancia de algunos, además de la falta de un accionar preventivo sobre estas entidades y las limitadas capacidades de las instituciones encargadas del control urbano, ha alimentado la insana mentalidad de que el fin justifica los medios. La escala del desorden es tal que en algunos casos como en Alamar se han invertido los términos: lo que está mal es ahora lo normal y lo que estaba bien es ahora lo anormal [5].

La Ley no es solo para reprimir, es también para educar. Cuba, ejemplo para el mundo en la defensa de su soberanía mantenida por más de seis décadas frente al imperio más poderoso de nuestra época; dueña de un sistema de salud capaz de beneficiar a tantos países; creadora de una de las organizaciones más eficaces del planeta para la prevención y enfrentamiento de catástrofes; una nación que siempre ha dado muestras de su gran potencial en tantos frentes de batalla, ¿cómo no va a poder restablecer los valores más sanos dentro de su propio orden social? La civilización es el resultado de milenios de aprendizaje, y su legado no pervive por arte de magia, hay que luchar y trabajar  para mantenerlo cada día, solo ese esfuerzo constante puede salvar  a la especie humana del  regreso a la barbarie. Hay para todo un punto de no retorno, y nosotros ya estamos peligrosamente cerca del abismo. Vengan o no cambios para el porvenir, sea cual sea su envergadura y quede ese futuro cerca o lejos, tenemos que preparar a Cuba para los tiempos que se avecinan si queremos preservar nuestra auténtica cultura, nuestra verdadera identidad, nuestra vital y necesaria cohesión como nación libre y soberana, y algo sumamente importante para conseguir todo lo demás: el orden interior. Si queremos que nuestra Ciudad Maravilla sobreviva y nosotros con ella y haya Cuba por los siglos de los siglos.

 

 

[1] Las cariátides aparecen en la Grecia del siglo V a.C, y representan a las damas nobles de Caria, una ciudad del Peloponeso que se alió al imperio persa contra la liga de las ciudades griegas durante las Guerras Médicas. Los griegos tomaron Caria, y como castigo por la traición de la ciudad asesinaron a sus hombres y a sus mujeres las redujeron a la más ignominiosa esclavitud, por eso se las representa soportando sobre sus cabezas el peso de muros y frontispicios.

[2] Miguel Coyula, Op. Cit.

[3] Coyula, Op. Cit.

[4] Coyula, Op. Cit.

[5] Coyula, Op. Cit.

 

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Cuatro vigías de piedra guardan las costas de San Cristóbal de La Habana (VI)

Torreón de La Chorrera

La desembocadura del río Almendares, el mayor de La Habana, está ubicada en un lugar conocido como La Chorrera. En tiempos en que El Vedado primitivo poseía una vegetación tan exuberante que resultaba intransitable, hubo allí  dos pueblitos de pescadores, presumiblemente indígenas, llamados Gavilán y Bongó. Esta área tenía una muy grande y doble importancia estratégica para la defensa de la villa de San Cristóbal contra los ataques de corsarios y piratas. Por una parte, su densa frondosidad dificultaba, si no impedía por completo el acceso desde la entrada del río hasta la villa, obstáculo natural que reforzaron las autoridades coloniales prohibiendo todo tránsito por la zona de personas,  animales y vehículos, de donde le vino a esta su nombre actual de El Vedado.

Por otra parte, la importancia vital de La Chorrera se debía a sus aguas, que un canal o una amplia acequia, atravesando huertos y labranzas, llevaba hasta la plazuela de La Ciénaga, más tarde plaza de La Catedral. Allí, en lo que fue llamado Callejón del Chorro, se abastecían los vecinos de San Cristóbal. El consumo del líquido estaba bajo gravamen impuesto por las autoridades, cuyo fruto era destinado a la construcción de las fortalezas y a otras obras de carácter público y necesario para la vida de los habaneros.

Este curso de agua tuvo también un papel fundamental en el surgimiento de los primeros campos de caña en los alrededores de la villa, y además irrigaba las huertas que alimentaban a sus habitantes con una fértil producción de cocos, ciruelas, piñas, limones, guanábanas, caimitos y toda clase de hortalizas y legumbres, y puede decirse sin temor a errar que de él dependía la alimentación de la ciudad.

En caso de ataque y asedio a la villa, quien ocupara La Chorrera podía dejar a La Habana sin agua y si comida por el tiempo que durase su presencia en la zona.

Fueron varios los Gobernadores que advirtieron la importancia de La Chorrera y la necesidad de fortificarla, entre ellos Lorenzo de Cabrera y Corbera, bajo cuyo mandato se terminaron las obras del castillo de San Salvador de La Punta. Pero sería don Álvaro de Luna, quien gobernó la isla entre 1639 y 1666, el encargado  de erigir dos pequeños fuertes  allí y en Cojímar, para lo cual hizo venir de Santiago de Cuba a  Juan Bautista Antonelli, hijo de arquitecto de El Morro y La Punta y apodado El Mozo, para que se ocupara de estas obras. Juan Bautista decidió que cada fortín tuviera ochenta pies en cuadro por cuarenta de altura. Sus baterías contarían cada una cinco cañones a una altura de veinte pies y serían colocados otros seis en la cubierta. Ambas construcciones tendrían escaleras fijas y no escalas de cuerda, como se había hecho en España en los fuertes destinados a combatir a los moros, pero en el caso de los fortines habaneros estas escaleras estarían separadas de las torres y unidas a ellas por puentes levadizos, una solución arquitectónica muy prudente. También construyó aljibes, almacenes y barracas que podían alojar una dotación de hasta cincuenta hombres. Las construcciones serían de dos plantas, en la baja se alojaría la soldadesca y estarían las cuadras de los caballos, además del polvorín, la cocina y los almacenes, y en la alta estarían las áreas destinadas a la defensa, además de los aposentos de la oficialidad y algunas dependencias de carácter administrativo. En la azotea, una pequeña torrecita circular albergaría la posta de los vigías, mientras que el fortín de Cojímar tendría cuatro torres, ubicada cada una sobre un baluarte.

El hermoso torreón de Cojímar

En 1643, según Joaquín Weiss, y en 1646 según Alejandro González, quedó terminado el fortín de La Chorrera, que recibió el nombre de Santa Dorotea de la Luna[1], con once piezas de artillería instaladas y dispuestas para la defensa.  En lo alto del edificio  el Gobernador hizo labrar un escudo con las armas heráldicas de los reinos de Castilla y León y Aragón. El precio de las obras alcanzó veinte mil ducados, que si en un principio se consideró posible proveyera el virreinato de México, terminó siendo pagado en su totalidad con dineros de los impuestos cobrados a los vecinos de la villa.

Los fortines de La Chorrea y Cojímar estaban ubicados en los dos puntos más extremos  del territorio ocupado por San Cristóbal de La Habana, que tenía su punto central en la caleta de San Lázaro, donde fue construido un torreón. Aunque el fortín de La Chorrera nunca tuvo que enfrentarse a los piratas,  intentó resistir un ataque durante la toma de La Habana por los ingleses, pero al verse su guarnición superada en número por el atacante, sin municiones y en peligro mortal, se le ordenó capitular. Pero a pesar de que los ingleses tomaron el fortín, no tuvieron allí una estancia apacible, pues se vieron muy mortificados por la enorme cantidad de cangrejos que había entonces en el lugar, y sobre todo porque entre la tupida maraña de manglares que rodeaba la desembocadura del río solían desaparecer con bastante frecuencia  los casacas rojas que se alejaban del edificio por cualquier razón, víctimas de las guerrillas de habaneros resistentes que pululaban por esa zona, por lo que los oficiales británicos ordenaron a sus hombres que se recogieran en el fuerte desde horas muy tempranas.

El torreón de San Lázaro, ubicado en la caleta del mismo nombre a media legua de la villa, fue construido por el ingeniero español Marcos Lucio, aunque Weiss da pero  no confirma este dato. Es pequeño y de forma cilíndrica, también de dos plantas, pero su finalidad nunca fue defensiva. Solo servía de atalaya y albergue permanente a un funcionario muy bien pagado por los vecinos de la villa, cuyo papel se reducía a vigilar el movimiento de los buques enemigos y a salir a las calles haciendo gran estruendo armado de un tambor que golpeaba con vigor mientras vociferaba para advertir a los vecinos de la posible amenaza de un ataque pirata.

Torreón de San Lázaro

Un cuarto torreón fue erigido en la desembocadura del río Bacuranao por el ingeniero Juan Herrera Sotomayor, durante el mandato del capitán general Severino Manzaneda Salinas (1689-1695). Según lo describe el sitio cubano EcuRed, era  “un torreón de mampuesto de pequeñas dimensiones, dividido en dos cuerpos, con su parte superior rematada por un sencillo pretil, troneras para seis piezas de artillería y un largo parapeto que ampliaba la defensa a lo largo del río”.  Se construyó para proteger la villa de Guanabacoa de ataques de corsarios y piratas e impedir el acceso de estos a la propia Guanabacoa y de allí a San Cristóbal, además de para impedir el contrabando, propósito que dudamos pudiera cumplir en algún momento. No sobrevivió a la toma de La Habana por los ingleses, pues fue arrasado por la artillería de las fragatas británicas Mercury y Bonetta como preparación de fuego del desembarco de las tropas británicas, el 7 de junio de 1762.

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[1] Algunos historiadores de  vena poética también le llaman el castillo de la espuma.

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San Salvador de La Punta o el castillo que nació con mala sombra (IV)

Suele encontrarse en los libros de historia de Cuba la afirmación de que los castillos de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro y San Salvador de la Punta fueron construidos “al unísono” por el arquitecto Bautista Antonelli, pero lo cierto es que las obras comenzaron primero en El Morro en 1589, y un año después, en 1590, se dio curso a las de La Cabaña. ¿A qué se debió esa demora? ¿Tal vez, como se ha sugerido, a que Antonelli no consideraba de gran valía defensiva el castillo proyectado en La Punta?

Esta fortaleza debe su nombre a su ubicación, pues se encuentra situada en la última avanzada de la entonces villa colonial y al borde mismo del mar, que en otros tiempos inundaba sus fosos. A pesar de encontrarse más expuesta a la violencia de los elementos, paradójicamente tuvo una construcción más endeble que sus antecesoras, al extremo de que en 1595 una tormenta que duró una noche y un día destruyó la mitad de la construcción  “sin dejar más señal de muralla ni terraplén que si jamás lo hubiera habido”, según informó en carta al rey el entonces Gobernador Maldonado, quien de inmediato dispuso su reconstrucción.

La tarea no fue, quizá, bien planteada. Consistió en recoger la fortaleza “un poco más adentro, sin duda para alejarla algo del mar: “[…] se levantaron trescientos doce pies de traveses y murallas de muy buena obra… por algunas partes de doce pies de grueso y la cortina de seis, con la altura de los demás baluartes y cortinas…”[1]. Maldonado aseguró al rey que estas obras se habían llevado a cabo en solo veinte y tres días, hecho del que hoy se duda porque ni siquiera con el empleo de la más moderna tecnología hubiera podido hacerse tanto en tan breve plazo. Un informe posterior enviado Su Majestad por uno de sus inspectores, quien visitó la fortaleza en 1596, aseguraba que “no había allí ni parapetos ni cestones ni ninguna otra defensa para guarecer a la gente de guerra”[2]. En opinión de este experto, la fortaleza se encontraba poco menos que a medio terminar, y para llevarla a su fin había que realizar el doble del trabajo que en ese momento estaba hecho.

Podría decirse, empleando la jerga popular, que La Punta “nació con mala sombra”, porque en 1601 las autoridades barajaron la posibilidad de desmantelarla y dejarla reducida a una torre-plataforma capaz de albergar allí seis u ocho piezas de artillería y una guarnición de quince hombres, cifra bastante escuálida si se considera que La Punta defendía el camino que iba hacia La Chorrera por el camino del mar. Pero al final prevalecieron  los criterios que validaban su utilidad y solo se procedió a la demolición de uno de sus baluartes. En 1607 se ordenó su restauración definitiva, que terminó en 1609, un poco después de concluidas las obras en El Morro.

Solo cabría especular sobre las verdaderas razones por las cuales la incipiente construcción de San Salvador de La punta podría calificarse como una obra deficiente, al extremo de que mientras El Morro capeaba temporales y tempestades La Punta casi desapareció bajo la embestida de un ciclón. Se sabe que Antonelli, quien comenzó los trabajos de El Morro con entusiasmo de recién llegado, ya no estaba tan bien dispuesto luego de haber pasado un año lidiando con la alevosía de los funcionarios de San Cristóbal, y además había perdido la salud. El Gobernador Maldonado, al parecer un hombre codicioso e inmoral que pretendía tapar con sus hipócritas excesos de celo la forma impúdica en que hacía uso de los fondos reales destinados a la construcción de las dos fortalezas, utilizó a Antonelli como cabeza de turco acusándole ante el rey de impericia profesional, y amparándose en su autoproclamada experiencia en construcciones hallaba constantes defectos a los trabajos del italiano, con los que justificaba nuevas solicitudes de recursos al monarca. Llegó a pedir un presupuesto extra de doce mil ducados y doscientos negros por encima de los que ya trabajaban en las obras, y luego escribió a Su Majestad que el dinero había sido gastado en apenas doce meses, por supuesto culpando de ello a Antonelli.

Por su parte, el arquitecto italiano, obligado a defenderse, se quejaba en sus cartas al monarca de que el Gobernador y los oficiales reales no acataban sus órdenes ni las de Su Majestad, y en su desesperación se atrevió a sugerir a la Corona dos opciones: o se le permitía regresar a España o se ordenaba a dichos funcionarios que le dejaran hacer en paz su trabajo sin entrometerse en sus decisiones. Envió al rey los planos de los trabajos y este los hizo revisar por el jefe de los ingenieros reales, quien encontró que eran buenos y acorde con lo concebido, por lo que de inmediato Su Majestad envió a La Habana una orden real dirigida a Maldonado donde se le intimaba a no molestar más a Antonelli. Es fácil suponer que trabajar en semejantes condiciones fue para el italiano, ya enfermo, una situación desestabilizadora. Es probable que el Gobernador intentara a achacar al arquitecto males únicamente debidos a sus propios latrocinios y a los de sus subordinados, y la sola necesidad de defenderse de intrigas tan bien urdidas habría sido más que suficiente para conspirar contra la calidad y terminación de la fortaleza. Además, Maldonado, haciendo uso de un decreto real que permitía a los Gobernadores de la villa en caso de necesidad tomar dineros de la Flota de Indias para las construcciones militares, robó, sin duda, bastante.

Para algunos historiadores, de Antonelli fue la idea de tender la gruesa cadena de la que ya hemos hablado antes, y que iba del Morro a La Punta para cerrar el puerto e impedir la entrada de buques enemigos, por lo que gran señal de reconocimiento a sus trabajos habría sido el gesto del rey de colocar esta cadena rodeando los tres castillos en el escudo que concedió a la villa. Según otros historiadores, entre quienes se cuenta el  arquitecto Weiss, la idea de la cadena fue de don Lorenzo de Cabrera y Corbera, caballero de la Orden de Santiago y Gobernador de Cuba de  1626 a 1630. Cabrera aumentó la guarnición de la villa, construyó trincheras, abasteció las fortalezas preparándolas para un posible largo asedio y recomendó construir los fuertes de La Chorrera y Cojímar.

Galería abovedada en La Punta

Hay algunas anécdotas simpáticas sobre el castillo de San Salvador de La Punta. De una de ellas fue protagonista el Gobernador Cabrera, a quien  tocó en suerte levantar la altura de los baluartes en unos ochenta centímetros. Poseído quizá de un ataque de megalomanía se adjudicó la totalidad de la obra, y para colmo hizo colocar una tarja en la línea donde comenzaba su alzadura, en la que rezaba: “De aquí para arriba, de Cabrera”. Debió tener un ego inmenso, porque no le bastó con la modesta tarja e hizo labrar una piedra conmemorativa con la siguiente inscripción: “Este castillo se hizo gobernando Don Lorenzo de Cabrera, año de 1630”.

Otra de las anécdotas (que no es tal, sino gran verdad), cuenta sobre la presencia en La Punta de un enorme cañón que nunca fue disparado. Al respecto escribe Alejandro Gonzáles Acosta en su breve libro La ciudad de los castillos:

Este poco común caso de frustración balística se debe a que en cierta oportunidad, los bisoños artilleros que manipulaban dicha pieza, donativo reciente del conde de Santa Cruz, y ante el toque de alerta por la presencia de piratas en la costa, cargaron de forma tal la panza del susodicho cañón con un celo tan extremado que lo atoraron, y ahí ha quedado, como pieza de curiosidad, con su interior repleto de cascotes, piedras —criollos “seborucos”— y su buen par de arrobas de pólvora. Todo un coloso dormido del cual se ha evitado su peligrosa proximidad durante muchos años. Este curioso cañón se encuentra ubicado en el mismo baluarte que se apresurara a abandonar el comandante Briseño, en1762, ante el empuje de los “casacas rojas”[3] británicos. Entre el verdín que la intemperie ha dejado en la superficie y el desgaste de los años, aún puede apreciarse en la culata del cañón la inscripción siguiente: “Número 1.1319. -Sevilla 2 de abril de 1784-. APARADOR”.

No he podido conocer si en este mismo momento el cañón enmudecido continúa teniendo en su vientre la carga letal anteriormente descrita, pero si así fuera y llegara a explotar por obra del inclemente calor del verano habanero o del influjo de algún fenómeno atmosférico, quién sabe si escucharíamos de nuevo  las voces  espectrales de los vigías del pasado gritando hacia la villa: “¡A las armas, a las armas, los piratas, los piratas…”.

Sin embargo, si algún hecho viniere a confirmar sin dejar duda la mala sombra que se cernía sobre La Punta desde que fue colocada su primera piedra, es la muerte de los ocho estudiantes de medicina, uno de los sucesos más crueles y de más triste memoria ocurridos en la historia de Cuba. Ocho estudiantes de la Escuela de Medicina de La Habana fueron acusados en 1871 de rayar el mármol de la tumba del periodista español  Gonzalo de Castañón, conocido por su antipatía hacia los criollos.

Imagen del filme cubano Inocencia, de Alejandro Gil. Los estudiantes son conducidos por sus carceleros, a través de una galería abovedada de La Punta, al escenario del fusilamiento. Admirable reconstrucción de época.

Juzgados por un Consejo de Guerra en juicio sumarísimo instigado por el cuerpo de Voluntarios, el 27 de noviembre, a las 4.30 de la tarde, fueron conducidos con las manos esposadas a la explanada del castillo y colocados de dos  en dos, de espaldas y de rodillas, algunos con los ojos vendados,  frente a los paños de pared formados por las ventanas del edificio usado como depósito del cuerpo de ingenieros, y fusilados sin piedad por un piquete de Voluntarios. Hoy se yergue un memorial en el lugar del crimen, porque la Patria no olvida.

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[1]  Tomado de un documento de la época. Joaquín Weiss, La arquitectura colonial cubana

[2] 0p.cit.

[3] Los soldados ingleses llevaban uniformes con casaca roja.

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El castillo de Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro o el titán de las tormentas (III)

Cuando en 1538 la reina Juana de Castilla ordenó a Hernando de Soto, Gobernador de Cuba y Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza que protegiera a la villa de San Cristóbal de las incursiones de piratas y corsarios, le sugirió que aquel primer conjunto defensivo fuera erigido en la loma de El Morro. Sería difícil intentar comprender desde nuestra perspectiva histórica por qué De Soto no la obedeció, pues no dejó ningún testimonio escrito de las razones por las cuales contradijo a su soberana, aunque tal vez haya influido en tal decisión su anhelo por partir cuanto antes en la expedición que preparaba para la conquista de La Florida, y que se hizo a la mar apenas un año después de su nombramiento y dos de su matrimonio con doña Inés de Bobadilla. Era un hombre impaciente, en verdad.

Luego de la catástrofe que supuso para la villa de San Cristóbal el ataque pirata perpetrado en1555 por el corsario francés Jacques de Sores, donde tan triste papel hizo el entonces Gobernador Pérez de Angulo[1], la Corona decidió que Cuba no tuviera nunca más Gobernadores civiles, y envió en sustitución del fallecido Angulo al capitán don Diego de Mazariegos con órdenes de construir una nueva fortaleza mejor situada y equipada para defensa de la villa. No por gusto era Mazariegos avezado militar, pues retomó con urgencia la sugerencia hecha por la reina Juana a De Soto y, además de ocuparse de llevar adelante la edificación del castillo de la Real Fuerza, hizo construir sobre el peñón de El Morro una torre vigía de 12 metros de altura, de cantería blanca que refulgía bajo la luz del trópico y podía ser vista en ocho leguas a la redonda. Dicha torre, además de alojar centinelas que mantenían una constante vigilancia sobre el litoral, servía de orientación a las embarcaciones que se acercaban a San Cristóbal. Sin saberlo, creó la edificación destinada a convertirse tiempo después en el faro de El Morro, célebre en el mundo entero por ser la imagen icónica de La Habana.

Ingeniero real Bautista Antonelli, constructor de los castillos San Salvador de La Punta y Los Tres Santos Reyes Magos de El Morro.

Antes de hablar de este castillo hay que dedicar espacio a una breve biografía de su arquitecto jefe, quien también lo fue de la fortaleza de San Salvador de La Punta. El maestro Bautista Antonelli[2] era  miembro de una familia italiana donde siete de sus integrantes fueron arquitectos civiles, hidráulicos y militares de gran prestigio, quienes sirvieron a cuatro monarcas españoles durante noventa años, y dejaron importantes obras en la propia España, Portugal, norte de África y las colonias españolas del Caribe. El Consejo de Indias lo escogió junto al maese de campo Juan de Texeda para elaborar un plan de fortificaciones que garantizara la seguridad de los puertos españoles del Caribe. Ambos llegaron a La Habana en 1539 para comenzar las obras en El Morro y La Punta y terminar los trabajos de la Zanja Real, encargada de llevar el agua a la villa. No más llegar, Antonelli tuvo dos ideas que dejan en claro su lucidez como arquitecto militar. La primera fue comprender la importancia suprema de la loma de La Punta, de la que dijo que quien fuera dueño de ella lo sería del castillo de El Morro, y quien fuera dueño de la loma de La Cabaña lo sería de la villa. La segunda fue cerrar la boca del puerto con una cadena de gruesos maderos unidos por peines de hierro, la misma que aparece entre los símbolos del escudo original concedido por la Corona a la villa de San Cristóbal.

A pesar de su prestigio y de ser uno de los arquitectos favoritos de Felipe II, la estancia de Antonelli en La Habana distó mucho de ser placentera, pues, como otros antes de él, también fue víctima de intrigas y componendas por parte de los altos funcionarios de la villa. Adquirió, además, en el rostro una enfermedad de la piel, supuestamente por exposición al sol. Por ambas situaciones pidió al rey que le permitiera regresar a España, o de lo contrario se obligara a los funcionarios  que le dejaran trabajar en paz sin interferir en sus decisiones. Lo primero no le fue concedido, pero la orden de respetar sus designios sí fue dada al Gobernador que lo importunaba y vino acompañada, además, por un significativo aumento de salario para el solicitante. Trabajó con Antonelli su sobrino Cristóbal de Roda en calidad de ingeniero ayudante. No solo proyectaron y construyeron las dos fortalezas, sino que trabajaron también en los planos para la nueva iglesia parroquial, en un trazado de la San Cristóbal como ciudad y en la formación técnica del personal que convirtió la villa fundacional, sembrada de bohíos del siglo XVI, en la ciudad de obras de fábrica del siglo siguiente. Murió en España.

Las primeras obras comenzaron en El Morro en 1589, y tropezaron con las mismas dificultades que habían pesado sobre la construcción de la Fuerza Vieja y el castillo de La Real Fuerza: escasez de dineros, de materiales, de mano de obra y malversación de recursos por parte de los altos funcionarios coloniales. Solo bajo el mandato del Gobernador don Pedro Valdéz (1600-1607), el que más colaboró con Antonelli, se cerraron las bóvedas y se concluyó la plataforma sobre la cual se emplazó una batería de doce cañones, llamados los doce apóstoles. Bajo el siguiente Gobernador fueron terminados los alojamientos de las tropas, los almacenes de municiones, los aljibes y las caballerizas. La fecha oficial de  la terminación de este castillo quedó fijada en 1630.

La fortaleza fue concebida con forma de polígono irregular, con muros de 3 metros de grosor y fosos profundos, elementos todos ellos que la confirman como un ejemplo de arquitectura militar renacentista. Las partes de su estructura son inaccesibles hasta sesenta pies de altura. El castillo se adentra en el mar en ángulo agudo, en el que tenía un medio baluarte sobre el cual se alzaba una torre-fanal de diez metros de altura. A partir de ella una estructura de terrazas de ciento cincuenta metros de profundidad se iba desplegando hasta unir la fortaleza con la tierra, donde esta se encuentra protegida de asaltantes potenciales por  dos poderosos baluartes. Formaban parte de la defensa exterior que acompañaba el frente el foso, concebido sin agua y bien hondo para impedir el paso del enemigo, la contraescarpa, pared opuesta al muro escarpado del castillo, que tiene como intermediario al foso; un camino cubierto, el terreno natural inmediato a la contraescarpa, que se extiende en paralelo a la línea del frente de tierra y estuvo delimitado y protegido por una estancada y después por un parapeto, para la alineación de la tropa y la fusilería; el glasis, terreno continuo en declive que aumentaba la fuerza de atrincheramiento, dificultaba la bajada al foso y cubría la obra a los ojos del agresor. Junto con la fortaleza de San Salvador de La Punta, la de El Morro costó al tesoro de la Corona española 700 000 ducados, el doble de lo calculada sobre los proyectos originales realizados en Madrid.

Hasta la construcción de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, El Morro cargó sobre sí la responsabilidad de ser la mayor y más importante defensa de la villa contra sus asaltantes, y a lo largo de siglos sus muros han soportado los embates de una mar embravecida durante las muchas tormentas y ciclones que azotaron la ciudad.

También resistió con éxito los ataques de corsarios holandeses, franceses e ingleses por más de cien años. Sobre su desempeño durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, ha escrito el célebre arquitecto cubano Joaquín Weiss en su imprescindible tratado La arquitectura colonial cubana:

Resistió durante cuarenta y cuatro días el asedio de la armada del almirante Pocok —la más formidable que actuara en las Indias en la época colonial—, y para ser tomado fue necesario que los ingleses, después de una larga y cruenta labor de zapa, dinamitaran el baluarte exterior y penetraran en él por vía de La Cabaña.

Los ingleses, quienes habían desembarcado por Cojímar, enviaron una parte de sus tropas a Guanabacoa, donde enfrentaron la feroz resistencia  del célebre Pepe Antonio al mando de los vecinos, y otra a la loma de La Cabaña, aún sin fortificar, y desde allí cavaron túneles hasta llegar a El Morro, colocaron explosivos en la brecha y dinamitaron una parte de los muros, por donde accedieron a la fortaleza, que de otro modo nunca habrían podido tomar, pues para las posibilidades bélicas de la época resultaba prácticamente inexpugnable.

En 1763 y tras ser devuelta La Habana a España a cambio de entregar a Inglaterra La Florida, ingenieros militares de la Corona comenzaron la reconstrucción de la fortaleza, dañada por el ataque inglés. En los próximos tres años y más tarde, entre 1766 y 1771, fue transformado el cuerpo del edificio con la creación de un nuevo sistema táctico defensivo, que condicionó los aspectos formales y funcionales del mismo a los nuevos requerimientos impuestos por la industria armamentista y los métodos establecidos por las normas de defensa de fortalezas propias del siglo XVIII. Se crearon nuevos espacios funcionales que permitían conseguir una mayor capacidad para situar plataformas, baterías, bóvedas para almacenes, etc., todo lo cual daba a la fortaleza la posibilidad de resistir un largo asedio y mantener una guarnición de centenares de hombres. Se aumentaron los volúmenes de la construcción dando mayor altura y espesor a las superficies de los baluartes, plataformas y parapetos, con sus respectivas troneras, merlones y banquetas, a fin de garantizar mejor protección a la soldadesca. Las garitas se colocaron nuevamente en los ángulos de los baluartes; el foso se profundizó  aún más y se amplió ofreciéndole mayor altura a la cortina de tierra, se mejoró la contraescarpa, se levantó el parapeto del camino cubierto y en su plaza de armas se construyó un pequeño alojamiento para el cuerpo de guardia. En el interior del recinto, donde el bombardeo inglés había destruido las edificaciones destinadas a vivienda, se construyó un enorme bloque de cantería  monolítica a prueba de explosivos, rodeado de estrechos caminos de ronda con piso empedrado y acanalado para el desagüe de las fuertes lluvias. Al sur, y frente a la entrada principal de la fortaleza, se construyó un espacio que sería utilizado para fines militares, eclesiales y domésticos. Fueron añadidos dos baluartes, otro camino cubierto, aljibes, cuarteles, calabozos y más almacenes, asimilando siempre las irregulares características del terreno. Se perfilaron nuevos accesos hacia el este, con caminos cubiertos que comunican con la Cabaña, la batería de la Pastora y el Fuerte de San Diego[3]. Esta línea defensiva estaba colocada a lo largo de la única parte del terreno de El Morro que el enemigo podía atacar.

La torre original de diez metros de altura, inicialmente conocida como El Morrillo, albergó el primer fanal alimentado con leña hasta el siglo XVII. A principios del XIX era encendido con gas, y más adelante con aceite. Finalmente esta estructura fue demolida, y en 1845 el Real Cuerpo de Ingenieros levantó en su lugar el faro actual, “con fuerte material de sillares”, al que se dio el nombre del Gobernador O’ Donnell. Sus gruesos muros tienen 7, 5 pies en su base y cuatro ventanas que dispensan la ventilación y la luz. Tiene forma circular y su diámetro disminuye gradualmente desde la base hasta arriba a una altura de ciento ocho pies; Se divide en dos cuerpos, el primero de setenta y seis pies de alto, y el resto rematado por una cornisa donde se apoyan sobre una balaustrada de hierro la linterna y la cúpula. En 1945 el faro fue electrificado. Su luz alcanza unas diez y ocho millas de distancia, y aún en nuestros días continúa guiando a las embarcaciones que navegan en las cercanías del primitivo puerto de Carenas.

Hoy, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos de El Morro, la más emblemática de las construcciones militares cubanas, forma un conjunto arquitectónico con la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. Luego de iniciarse su restauración en 1986, el Castillo pasó a integrar, junto con La Cabaña, el Parque o Complejo Histórico Militar Morro-Cabaña. En la actualidad constituye un gran museo histórico con una valiosa colección de objetos y documentos que datan desde los “Los Grandes Viajes”, comenzando por las principales expediciones marítimas que España y Portugal realizaron en los siglos XV y XVI y el período posterior durante la época de la colonia.

 

 

 

 

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[1] Sin embargo, Pérez de Angulo hizo cosas buenas durante su mandato. Fue él quien validó la ordenanza real de disolución de las encomiendas, que ponía fin a la esclavitud de los aborígenes cubanos. En cuanto a su huida de la villa ante la presencia de Jacques de Sores, si fue por cobardía, como le achaca la historia, habría que preguntarse por qué reunió una partida de defensores entre los habitantes del poblado de Guanabacoa y regresó al frente de ellos para enfrentarse a los piratas. De cualquier modo San Cristóbal no tenía, ni con Angulo ni sin él, recursos reales para vencer a los vándalos de Sores.

[2] El constructor de nuestras dos fortalezas no se llamaba Juan Bautista, confusión a la que ha dado lugar la repetición de los mismos nombres en tres generaciones de la mismafamilia, en la que era el menor de dos hermanos. Otra aclaración importante es que a parecer quien proyectó las fortalezas o sus planos originales fue el jefe de los arquitectos reales y lo hizo en Madrid bajo la mirada del rey Felipe II Antonelli pudo haber participado, tal vez se limitó atraer los planos a La Habana y trabajar ajustándose a ellos en lo posible. Lo que sí es seguro es que fue él quien dirigió las obras

[3]  Ambas construcciones forman parte del segundo sistema defensivo de La Habana.

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El castillo de La Real Fuerza (II)

Escorzo de La Real Fuerza, la fortaleza militar más antigua de todas las que aún se conservan en Latinoamérica. En ella pueden apreciarse el estilo renacentista de la arquitectura, el foso, el puente levadizo de la segunda planta con la casa vivienda de los Gobernadores, y la torre en cuya cima se yergue La Giraldilla

Desde que la Corona supo que en 1553 las obras de la Fuerza Vieja aún presentaban serias dificultades para la defensa de San Cristóbal de La Habana, ordenó construir una segunda fortaleza capaz de enfrentar con éxito los ataques de corsarios y piratas que continuaban acosando a la villa, pero la construcción del Castillo de la Real Fuerza no comenzó hasta el 1ero de diciembre de 1558, tres años después del devastador ataque del corsario francés Jacques de Sores.

El nuevo enclave distaba 300 metros de donde había estado su antecesora, y se encontraba dentro de los límites de la primitiva plaza de la villa, frente al canal de entrada de la bahía, donde se alzaban las casas del Cabildo, del Gobernador y de los principales vecinos, entre ellos la familia fundadora de los Rojas, quienes, como ya habían hecho antes para la construcción de La Fuerza Vieja, volvieron a donar su residencia para la defensa de la villa, más necesaria ahora que nunca, porque aproximadamente en 1561 San Cristóbal de La Habana se había convertido oficialmente en el punto central de encuentro de la Flota de Indias, hoy llamada por los historiadores Carrera de Indias, red de comunicaciones navales conformada por navíos mercantes y otros de carácter militar que custodiaban a los primeros durante su travesía de España al Nuevo Mundo y de regreso a la Metrópoli, cargados con las riquezas extraídas de las colonias de la Corona.

La imponente Flota de Indias en altamar bajo cielos de tormenta

En San Cristóbal de La Habana las naves se abastecían de productos necesarios para continuar la travesía. Las flotas llevaban a bordo unas 2.250 personas, entre gentes de mar y guerra, y su importancia era tal que se convirtieron en el principal objetivo de la piratería internacional, en especial de los corsarios franceses, ingleses y holandeses, cuyas naves estaban perfectamente equipadas para el ataque gracias al respaldo de sus países. El Doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, ha descrito así los tesoros que transportaba la Flota entre dos mundos:

El oro y la plata fundidos y labrados; el palo del tinte obtenido en las costas de Campeche y Honduras, la lana de Alpaca y los tejidos deslumbrantes del mundo andino; las esmeraldas que siglos después acrecentarían la fama de las minas de Colombia; las plumas de aves, entonces inimaginadas, aplicadas en incomparables bordados en dalmáticas y mitras para los pontífices y príncipes de la Iglesia, ejemplo de lo cual es la mitra de San Carlos Borromeo, tesoro de la capital de Milán, obras de artistas de México que quedarían para siempre en los tesoros de las basílicas y catedrales europeas; las maderas, que como el ébano negro, la caoba ropa y el violáceo palisandro, permitirían creaciones enteramente nuevas en el mobiliario occidental. Los cueros de Cuba, que tenían como destino final los talleres de Córdoba, la ciudad que había dado nombre y fama al califato árabe en la España musulmana. Pieles repujadas e iluminadas guardan hasta hoy, recubriendo las arcas y las fundas de las armas, su remoto origen en la isla del Caribe. Otras especies y frutos como el maíz, la papa, el camote, la mandioca, el cacao… conquistaban o adquirían para sí la condición de rarezas entre los comestibles novedosos mientras el tabaco inundaba con su humo azul los más legítimos salones del Viejo Mundo. […] De esta forma, entre marzo y agosto de cada año, anclaban los galeones, y volcaba  sobre la ciudad a miles de marinos y pasajeros, para los cuales debían prepararse hostales y tabernas, y a quienes se les ofrecía además, las posibilidades de participar en las últimas contrataciones a que la convergencia de tantas y tan diversas mercaderías daba lugar. No ha de omitirse que, de entre ellas, resultaban de interés excepcional las del Lejano Oriente, que tomaban tierra en las playas de Acapulco luego de costear la Baja California, y tenían como punto de partida la ciudad de Manila, en Filipinas, desde la cual, a partir de 1565, se expandían las porcelanas de China, los bordados en seda, las perlas y perfumes, los marfiles, las lacas y las piedras duras, los cuales una vez en tierra firme eran llevados del Pacífico al Caribe, y desde el puerto de Veracruz eran embarcados con destino a La Habana, donde escalaban para luego continuar hacia la ciudad de Sevilla. […] La Habana se había convertido en la escala más importante de las Indias, lugar de paso ayer, base de aprovisionamiento, ruta de aventuras y descubrimientos portentosos, la ciudad se transforma aceleradamente en la más próspera urbe de entre aquellas que preside la audiencia primada de Santo Domingo.[1]

Las labores de construcción, iniciadas bajo la dirección del ingeniero militar Bartolomé Sánchez, avanzaban con mucha lentitud unas veces por falta de dinero y otras de de mano de obra, sin contar las pequeñas conspiraciones internas entre los diferentes funcionarios coloniales, que entorpecían la buena marcha de los trabajos. En 1562 y tras muchas vicisitudes, el maestro de cantería Francisco Calona sustituyó a Sánchez al frente de las obras y se reanudó la construcción del edificio, aún  en los cimientos. Calona fue víctima de las mismas dificultades e intrigas que había enfrentado su antecesor, y solo veinte años más tarde, en 1582, consiguió terminar la fortaleza.

El castillo de La Real Fuerza fue construido con la dura piedra del litoral habanero, en estilo renacentista con algunos rasgos medievales, y siguiendo las reglas de la arquitectura militar de la época. Lo separaba de las casas vecinas una explanada rodeada por un ancho foso con puente levadizo que dificultaba el acceso del enemigo, y la cercaban muros de sillería de más de 6 metros de espesor y 10 de altura. El edificio tiene planta estrellada que contiene un cuartel con cuatro baluartes, orientados en diferentes direcciones para potenciar la efectividad de la artillería consistente en bombardas, culebrinas y cañones de variado diseño y capacidad. En el centro está el patio de maniobras. Las dependencias se comunican por anchas galerías abovedadas. La cubierta terraplenada se alza sobre las primeras bóvedas de cañón construidas en Cuba. En una esquina  de la edificación se alza la Torre del Homenaje, elemento arquitectónico propio de los castillos medievales, que en esta ocasión servía como albergue del vigía y también como campanario, pues se colocó allí una campana cuyo repique debía avisar a los vecinos la presencia de naves piratas en la cercanía de la villa. También era en esta torre donde se izaba el pendón real durante las festividades.

batería de artillería y casa vivienda del castillo de La Real Fuerza

Sin embargo, un grupo de especialistas en construcciones militares enviado por el Rey para inspeccionar el resultado final informó a Su Majestad que “el patio es muy pequeño,  le faltan escaleras, parecen sus puertas más de ciudad que de fortaleza; carece de agua y tiene la fosa tan alta que si no se baja conforme a la marea no podrá tener agua ni aunque se le eche a mano”, pero también dio seguridad de que armándola debidamente “se podía muy bien defender”. Se trajeron de México soldados, pólvora, plomo, artillería y municiones para su defensa. Otra anécdota singular tiene como protagonista al Gobernador Carreño, quien después de conspirar ardientemente contra el ingeniero militar y el maestro de cantería a cargo de las obras, dio muestras de un orgullo tan vivaz (y tan español) que hizo colocar una tarja en los muros a la altura donde estos habían sido levantados durante su gobierno. La tarja en cuestión decía: “De aquí para arriba, de Carreño”. El voluntarioso funcionario de la Corona fue aún más lejos y concentró en la nueva Fuerza a toda la guarnición de la ciudad, y llevado por su exceso de celo encerraba cada noche a la soldadesca entre los muros de la fortaleza guardándose las llaves bajo su almohada.

Aunque la fortaleza tenía un serio defecto estratégico en su ubicación geográfica, pues se encontraba situada muy adentro del canal de entrada de la bahía de La Habana y no cumplía con el objetivo para el que fue construida, y  a pesar de los desmanes y ciertos latrocinios cometidos por los Gobernadores de turno, el Rey estaba satisfecho y mandó grabar sobre el portón el escudo con las armas de la casa real de España (la suya),  obra que ha quedado como la talla en piedra más antigua y mejor de la isla en su época. Por si fuera poco, ordenó que los navíos que llegaran o salieran del puerto saludaran a la nueva fortaleza con salvas de artillería.

Los siguientes Gobernadores hicieron construir una segunda planta con una casa de vivienda de “75 pies de cumplido y 16 de ancho”, con un terrado encima y cuatro ventanas por lado que podían servir como troneras, contra la opinión de sus oficiales, quienes alegaban que en caso de ataque resultaría muy difícil defenderla. Hacia 1630 se agregó un piso a la torre sobre el ángulo del baluarte suroeste.

Ese mismo año fue nombrado  Gobernador General de la Isla de Cuba el Almirante de Galeones Juan de Bitrián y Viamonte, quien deseó dotar a La Habana de una veleta como la que corona la torre-campanario de La Giralda en la catedral de Sevilla, con el fin de que los navegantes pudieran reconocer desde el puerto la dirección de los vientos, para lo cual contrató al canario Gerónimo Martín Pinzón, maestro fundidor, quien esculpió la figura de una mujer en pose airosa y  llena de gracia, y se dice que retrató en ella los rasgos delicados de Inés de Bobadilla como tributo a la fidelidad de la dama por su esposo Hernando de Soto. La figulina sostiene en su brazo derecho una rama de palma y en el izquierdo porta la cruz de Calatrava, insignia de la Orden de Calatrava de la que Bitrián era Caballero. La figura tiene una altura de 1.05 metros y consumió 81 libras de cobre,  4 libras de plomo, 3 libras de oro, 3 arrobas y 2 libras de cera de Campeche, 3 libras de hilo de hierro,  4 cañones de mosquete y la leña y el carbón necesarios para fundir los metales. Su costo total fue de 350 pesos y quedó terminada en 1632. Es la primera estatua que se fundió en Cuba. El artista le esculpió en el pecho un medallón con la siguiente inscripción en latín: Ihieronimus martin /s pinzo  arteex. ac  fvsoream  scvpsit, que en español significa: “Gerónimo Martín Pinzón artífice y fundidor la esculpió”. Fue colocada en lo alto de la Torre del Homenaje. Por su destino de orientadora del rumbo de las embarcaciones nuestra Giraldilla es considerada como el primer instrumento meteorológico construido en Cuba.

Además de residencia de los Capitanes Generales y Gobernadores de Cuba, la Real Fuerza de La Habana sirvió para guardar el oro, la plata y otras mercancías de valor que llegaban a San Cristóbal en tránsito hacia España. Gracias a la solidez de sus muros el castillo resistió el bombardeo de la artillería inglesa durante la toma de La Habana en 1762, y tras heroicos combates solo la falta de pólvora forzó a los defensores a rendirse. Cuando La Habana fue devuelta a España a cambio de la Florida la fortaleza, debido a su limitado poder defensivo causado por su defectuosa ubicación, fue destinada a cuartel. Durante la Guerra de los Diez Años se convirtió en sede del Cuerpo de Voluntarios de La Habana. En 1899, el gobierno interventor ordenó trasladar al Castillo el Archivo Nacional, donde estuvo hasta 1906. A partir de entonces fue utilizado como Cuartel de la Guardia Rural, y desde 1909 lo ocupó la jefatura de ese cuerpo. El Estado Mayor del Ejército también estuvo instalado en el edificio hasta 1934 y, al siguiente año se instaló allí el Batallón Número Uno de Artillería del Regimiento Siete, Máximo Gómez. Entre 1938 y 1957, la fortaleza albergó la Biblioteca Nacional.

Después de 1959 la planta alta del Castillo dio cabida a la Comisión Nacional de Monumentos y luego al Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), mientras en la planta baja se ubicó el Museo de Armas. Bajo su techo aguarda al visitante una sorpresa mayor: allí, entre una colección de modelos navales de la época en pequeña escala, reducido a una maqueta de dos metros de eslora se yergue el buque Santísima Trinidad, el más fabuloso de todos los navíos de la Armada Española y en su época el barco de línea más grande del mundo, con 53 metros de quilla, 60 de eslora, cuatro puentes, más de 140 cañones y casi 1,000 marinos. Le llamaban El Escorial de los Mares, y puede decirse sin temor a exagerar que junto al castillo madrileño del mismo nombre conforma el binomio insignia de la gloria imperial de la España de Felipe II.

Pero también la fortaleza alberga en sus salas valiosas colecciones antiguas, entre ellas una muestra de objetos aborígenes hallados en sitios arqueológicos de la Isla, como restos de hachas de piedra, conchas talladas y una canoa de los nativos antillanos, entre otras piezas. También se muestran  las réplicas de La Niña, La Pinta y La Santa María, las tres embarcaciones en las que Cristóbal Colón y sus hombres llegaron al “Nuevo Mundo” en busca de otra ruta hacia las Indias. También se exhibe una maqueta del Castillo de la Real Fuerza, ejemplo de la arquitectura renacentista de la época, con su planta cuadrada en perfecta simetría, dividida en nueve partes iguales. Además, presenta detalles de su construcción y los diferentes momentos históricos por los que ha atravesado. Se exponen muestras de las riquezas extraídas de las colonias y enviadas a España, entre las que pueden ser apreciados hermosos discos comprimidos de oro y plata de diferentes tamaños y calidades, y baúles abiertos y ambientados que permiten comprender el  modo en que eran transportados estos bienes en las naos. Otra muy interesante muestra es la de hallazgos realizados en los fondos marinos de la plataforma circundante, pecios resultantes del naufragio de naves que realizaban el recorrido desde o hasta la Isla: una amplia colección de monedas, cadenas del Potosí, aretes, sortijas y diversos objetos de oro, plata y piedras preciosas que durante siglos yacieron en el lecho marino y hoy regresan como testigos mudos  de la trágica suerte corrida por aquellas embarcaciones y sus tripulantes.

De todas las fortalezas habaneras que he visitado, es el castillo de La Real Fuerza el que más me ha impresionado desde que era niña.  Y no es solo por su belleza y acabado perfectos, sino porque es allí donde, además del espíritu bélico que impulsó su construcción, se siente con más fuerza un ambiente acogedor, como de casa para habitar, sobre todo en la segunda planta, que fue edificada para residencia de los Gobernadores Generales de la isla.

Obsérvese la elegante factura de esta casa vivienda y el raudal de luz en el interior de las estancias

Con sus puertas y ventanas de exquisita y refinada marquetería y bellísima vista del océano, su extraordinaria luminosidad y agradable ventilación impregnada del olor salitroso de las brisas que suben de la costa, invita de inmediato a la imaginación a ver, como en un sueño, todo el mobiliario que hubo de tener, pero en mi caso, no sé por qué, lo que siempre visualizo es una larga mesa de comedor con sillas de respaldo labrado, y encima, sobre la oscura madera preciosa, una vajilla en la que destacan dos altos candelabros de bronce y cristal. No sé de dónde he sacado esas visiones, pero pienso que nacen de la magia que impregna el lugar, en el que aún se dejan percibir, como un aroma sutil, los antiguos afectos y el ambiente doméstico que rodeó a quienes la habitaron hace ya tantos siglos. Es, sin duda, una habitación encantada en la que siguen merodeando las sombras del ayer.

El Castillo, devenido centro de cultura, ha acogido exposiciones transitorias de arte cubano contemporáneo y conjuntos internacionales de alto nivel. Hoy La Real Fuerza, junto al sistema de fortificaciones de la ciudad y el casco histórico, es uno de los sitios declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

 

 

 

 

 

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[1]  Eusebio Leal, La Habana ciudad antigua

 

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Primeros ataques piratas a la villa de San Cristóbal de La Habana

NOTA:

LOS TEXTOS QUE SIGUEN CONFORMAN LA SERIE FORTALEZAS DE LA HABANA SOBRE EL PRIMER SISTEMA DE FORTIFICACIONES MILITARES DE LA HABANA COLONIAL, Y ME HAN SIDO ENCARGADOS POR MI ÓRGANO DE PRENSA, RADIO CIUDAD DE LA HABANA, COMO PARTE DE LAS CONMEMORACIONES POR EL  ANIVERSARIO 5OO  DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CAPITAL

 

PRÓLOGO

La Habana no es Roma con sus siete colinas que ciñen la Ciudad Eterna como un anillo mágico, pero en 1508, cuando el marino español Sebastián de Ocampo bojeaba la isla, su vista experimentada reparó en la forma del puerto con su estrecho canal de entrada a una amplia bahía de bolsa, y en uno de los extremos del canal un alto peñón rocoso que se adentraba en el mar y recordaba un morro de bestia. Vio arroyos que desaguaban en pequeñas ensenadas interiores y, a lo lejos, un grupo de colinas no muy elevadas, pero que en caso de ataque podrían servir como defensa del puerto. Sobre los arrecifes coralinos  de la costa encontró mineral asfáltico ideal para calafatear sus  naos, y vio que era un sitio magnífico para fondear y reparar naves, por lo que  bautizó el lugar como puerto de Carenas, término de la jerga marinera con ese significado. Hasta donde abarcaba la mirada se extendían bosques de cedros y caobas, y canteras de donde podía extraerse muy buena piedra para construcciones.

Aunque en ese momento probablemente Ocampo no lo supiera, estaba en el territorio gobernado por el cacique cubano Habaguanex, que se entendía desde la entrada de la actual provincia de Pinar del Río hasta Matanzas, con algunas dispersas comunidades aborígenes agrupadas en pequeños poblados, dos de ellos ubicados en la desembocadura del río Almendares. En 1519 la villa de San Cristóbal de La Habana se había asentado allí tras un largo peregrinar que la llevó del sur al norte de la isla. Rodeada de pequeñas haciendas y huertas, en 1538 tenía una iglesia y un hospital de mampostería reconocido como el mejor de la isla, y unos cincuenta vecinos blancos que vivían en bohíos muy semejantes a los de los aborígenes, y más o menos unos doscientos esclavos entre negros, mulatos e indios. Era cualquier cosa menos  una ciudad, y no lo fue hasta que en 1592 el rey de España le concedió ese estatus. Para entonces ya La Habana contaba con su primer sistema de fortificaciones, construidas en la costa norte a lo largo del Camino de la Playa, uno de los dos que conectaban la villa con el resto de la isla. El rey también le concedió el derecho a ostentar un escudo en el que lucen tres torres de plata y una llave de oro sobre campo de azur, rodeado por una gruesa cadena semicircular. Hacia la izquierda de los torreones puede verse la representación de un cañaveral, y hacia la derecha la de un bosque. Tal fue el escudo original de la villa de San Cristóbal.

En Heráldica, ciencia que estudia las genealogías y los blasones y narra, en lengua de imágenes, los orígenes y hazañas de lugares y hombres, el color azul alude a las virtudes, la justicia y la lealtad de la isla, a la que España siempre consideró la perla de su corona.  La plata de los torreones simboliza el agua, las virtudes, la fe, la pureza, la integridad, la palmera, la azucena y la paloma. Las ciudades o familias que ostenten plata en sus escudos de armas están obligadas a servir a su rey en la náutica o ciencia de la navegación, a defender a las doncellas y a servir a los huérfanos. El oro simboliza el sol, el león, la nobleza, la germinación lo mismo de la naturaleza que de la riqueza material, y quienes llevan este metal en sus escudos están obligados a servir a su soberano cultivando las bellas letras, o sea, fomentando la cultura. Cuando el rey de España entregó este escudo a La Habana y le concedió la categoría de ciudad, escribió: “Tú eres la llave del Golfo y antemural de las Indias”. Con la expresión Llave del Golfo se ha explicado en la ya muy nutrida bibliografía sobre nuestra capital que se hace referencia a la posición geográfica de Cuba a la entrada del Golfo de México, donde se encontraban los más ricos virreinatos de la Corona en América. Los tres torreones, que en heráldica representan a los castillos, aluden a las tres primeras fortalezas de la ciudad: el castillo de La Real Fuerza, el castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro y el castillo de San Salvador de La Punta, que no solo defendían La Habana de los ataques piratas, sino a la Flota de Indias, que desde 1560 por Orden real se concentraba en su puerto durante varios meses al año en su viaje de la Península al Nuevo Mundo y en su retorno de este a la Madre Patria, acarreando en los vientres de sus galeones la mayor concentración de tesoros que el mundo ha visto. Es fácil comprender entonces que el escudo de La Habana fue muy bien pensado por la Corona española.

En la primera época de la villa de San Cristóbal imperaba la pobreza y hubo que recurrir a la ayuda en dinero, mano de obra, materiales de construcción y armamento a los virreinatos continentales. A la espera, a veces larga, de estos dones, se unían la mala intención que solía emponzoñar las relaciones entre los funcionarios de la villa y los maestros constructores al frente de las obras, y la no menos vergonzosa malversación, a manos de Gobernadores y alcaldes, de los recursos destinados por la Corona para tales trabajos. Como consecuencia, cada cierto tiempo la construcción de las fortalezas quedaba librada a los míseros recursos de los pocos vecinos de la villa, quienes solían colaborar con sus dineros, sus esclavos y hasta su propia fuerza de trabajo. El resultado de todas estas circunstancias fue que las fortalezas marcharon siempre a la zaga de las necesidades de la villa, y alguna jamás fue probada en combate por haber pasado de largo el momento en que hubiera podido desempeñar su función defensiva.

Existe una abundante bibliografía sobre el acoso al que la piratería internacional sometió a  La Habana desde 1519, pero bastaría citar un solo párrafo de ella para dar una idea del estado de constante alerta y angustia en que vivían los habitantes de la villa:

Ya desde 1551 se había pregonado la obligación de que todos los vecinos de La Habana tenías que “llevar espada día y noche”. . En 1554 se dispuso que “todos los vecinos de esta villa, así los de a pie como los de a caballo, cuando oyeren tiro de la fortaleza, es señal de que aparece navío, acudan todos a sus puestos. Los de a caballo a la casa del Gobernador, los de a pie al baluarte, y los demás a la fortaleza, como está mandado[i]

Pero nuestro primer sistema de fortificaciones tiene una historia muy hermosa de abnegación, heroísmo, tesón y lealtad, además de contar con la más antigua de las fortalezas que todavía se conservan en pie en América, el castillo de La Real Fuerza, ejemplo de la más perfecta arquitectura militar renacentista desarrollada por España en sus colonias.  Nuestra arquitectura militar colonial cuenta, además, con la mayor de todas las fortalezas que han existido en el Nuevo Mundo, el castillo de San Carlos de La Cabaña. Nuestro primer sistema  de fortificaciones comprende también sus cuatro torreones de apoyo: La Chorrera y San Lázaro en el oeste y Bacuranao y Cojímar hacia el este, protagonistas de hechos de armas dignos de ser recordados y de otros que siguen clavados como una espina dolorosa en el corazón de la ciudad y han dejado una huella indeleble en su pasado.

En la Sexta Reunión del Comité Intergubernamental de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural celebrada en diciembre de 1982 en la sede de la UNESCO en París, su Director, señor Amadou-Mahtar M’̀̀Bow, declaró el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana patrimonio de la humanidad. El área protegida declarada incluyó “las fortificaciones de la bahía y el espacio edificado luego de la demolición de la murallas […]”. Esta acción confiere a la villa de San Cristóbal un aura tan eterna como la de Roma.

Por todo esto Radio Ciudad de La Habana dedica la siguiente serie de trabajos a nuestro primer sistema de fortificaciones, en homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana, incluida desde 2014 entre las Ciudades Maravillas de la Tierra.

 

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[i] Francisco Mota, Piratas y corsarios en las costas de Cuba. Editorial Gente Nueva, 1984.

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LA FUERZA VIEJA O LA PRIMERA CONSTRUCCIÓN MILITAR DEL PRIMER SISTEMA DEFENSIVO DE LA VILLA DE SAN CRISTÓBAL

(I)

En las primeras décadas del siglo XVI Cuba era una isla paupérrima, totalmente eclipsada por el fasto de los virreinatos del Nuevo Mundo y prácticamente desierta, pues sus pobladores la utilizaban como trampolín para emigrar hacia las tierras continentales en busca de mejor fortuna. Solo existían en Cuba ocho pueblos de blancos y únicamente San Cristóbal de La Habana y Santiago de Cuba mantenían una población estable. En 1515 la población blanca no alcanzaba el millar de individuos, la mitad de ellos ubicados en la villa de San Cristóbal, cuyo último y definitivo asentamiento tras un largo peregrinar no ocurrió hasta 1519. Había en la isla menos de tres millares de esclavos negros, mulatos y mestizos. Los indígenas no sobrepasaban los dos millares. En aquel tiempo la ciudad más importante era Santiago y allí tenía su residencia del Gobernador.

España y Francia se encontraban en guerra, y el rey francés Francisco I estaba resentido con el Papa Borgia por la división que este había hecho del Nuevo Mundo, en la que las tierras descubiertas en esa parte del globo terráqueo quedaban bajo el dominio de España y Portugal, y como represalia comenzó a expedir patentes de corso a todos los marinos que estuvieran dispuestos a hostigar a las nuevas colonias españolas. Desde finales de la década de 1530 piratas y corsarios merodeaban en las aguas del Caribe y se habían adueñado del litoral antillano, liderados por los franceses Hallebarde y Roberval. Un posible primer ataque a Cuba habría ocurrido en 1537, y en 1543 el filibustero Roberval llevó a cabo un ataque conjunto a Santiago y San Cristóbal, a la que llegó tras desembarcar por la caleta de San Lázaro. En 1550 La Corona dispuso que los gobernadores de la isla trasladaran su residencia a San Cristóbal, y en 1555 se produjo el más sangriento ataque a ella, de nuevo protagonizado por un francés, el corsario Jacques de Sores, normando y hugonote, apodado por su extrema crueldad El Ángel Exterminador.

Sores no era un pirata cualquiera, descendía de vikingos (históricamente los depredadores más sanguinarios del mar) y era  un militar experimentado que había combatido en la campaña de La Rochelle, donde se destacó por su valor, tras lo cual se puso a las órdenes del rey de Francia, quien en reconocimiento a sus servicios le expidió una patente de corso. Durante un tiempo Sores fue lugarteniente de Francois Leclerc, el primero de una larga serie de piratas conocidos por el célebre mote de Pata de Palo, y juntos asolaron varias plazas españolas en el Caribe.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuántas naves trajo Sores para su  aventura cubana, pero parece cierto que, tras un ataque particularmente cruento a Puerto Príncipe —donde cometió terribles desmanes entre los cuales estuvo la violación de las mujeres de la localidad, a quienes después abandonó a su suerte en Cayo Coco—, se dirigió a San Cristóbal al mando de 200 arcabuceros y otros piratas bien armados, desembarcó en la costa habanera y sin hacer uso del Camino de la Playa donde estaba enclavada La Fuerza Vieja, única construcción defensiva que existía entonces en la villa,  entró por el monte y llegó a la población atravesando las haciendas que la rodeaban. Tampoco se sabe con certeza si venía buscando unas supuestas y fabulosas reservas de oro o si su intención era secuestrar a las personas más importantes  de la localidad y pedir rescate por ellas. Probablemente abrigaba los dos propósitos.

Gobernaba entonces la villa Pérez de Angulo, y Juan de Lobera fungía como Regidor del Cabildo.  Las condiciones defensivas de San Cristóbal eran prácticamente inexistentes, pues La Fuerza Vieja era una  construcción inútil. En 1538 la reina doña Juana de Castilla había ordenado al Gobernador Hernando de Soto, Adelantado de La Florida, la construcción de una fortaleza en San Cristóbal, sugiriendo que se alzara sobre el peñón del Morro. Pero De Soto se marchó al año siguiente, no en busca de la Fuente de la Juventud como muchos creen, sino a la conquista de La Florida, donde esperaba descubrir las Siete Ciudades de Cibola, mencionadas por el conquistador español Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su libro Naufragios, cuyo autor las describió como todavía más ricas y deslumbrantes que las capitales aztecas e incas encontradas por los españoles a su llegada al Nuevo Mundo. No hay que olvidar que De Soto era un explorador y había participado en las conquistas de Perú, Panamá, Nicaragua y Honduras, y sin duda la idea de emular las primeras y titánicas hazañas de España en América enardecía su vanidad y su ardor bélico. Murió en el intento, y es conocida la romántica leyenda según la cual su esposa, la bella dama doña Inés de Bobadilla, pasó mucho tiempo aguardando su regreso en un parapeto desde entonces conocido como el  Balcón de la Espera[1].

Antes de partir, De Soto dejó la tarea encomendada por la reina en manos de Juan de Aceituno, un especialista en construcciones militares de la ciudad de Santiago. Las primeras defensas de aquel tiempo eran simples fuertes de tierra armados con unas pocas culebrinas y cañones, y aquella plaza habanera contaba con un único cañón al que llamaban El Salvaje. Aceituno anunció de manera oficial la terminación de los trabajos en 1540, unos siete meses después de la partida de De Soto, pero en 1553 todavía las autoridades de la villa no consideraban la obra finalizada. Según actas del Cabildo de la época la edificación, de planta cuadrada con 48 metros por lado, tenía tapias gruesas con algunos pilares de cantería intercalados en sus murallas, almenas adecuadas para 6 pedreros y en una esquina de la construcción se erguía una pequeña torre de 10 metros de alto, pero se le señaló a Aceituno que los cimientos de la plaza eran malos y su ubicación estratégica pésima, pues estaba dominada por la loma de La Cabaña y el cerro de Peña Pobre, lo que la hacía muy vulnerable a ataques enemigos, y además quedaba lejos del puerto. Por otra parte, los efectivos de que disponía Lobera para defender el fuerte eran 16 hombres de a caballo y 65 de a pie, armados con espadas y arcabuces.

Primitivo poblado de La Habana y ubicación de la Fuerza Vieja

En ese mismo año Sores había tomado la villa de Santiago de Cuba y hecho allí gran saqueo, lo que le dejó muy envalentonado y codicioso de mayor botín, por lo que se dispuso a atacar San Cristóbal.  Apenas los centinelas apostados en la loma del Morro avistaron la presencia de naves piratas, el Gobernador Angulo escapó con su familia a Guanabacoa, pero el Regidor Lobeira se refugió en el fuerte y se dispuso a resistir. Tras cruentos combates Sores preguntó a un traidor de la guarnición si el defensor del fuerte estaba loco por empeñarse en una resistencia que solo lo conduciría a la muerte, y le envió amenaza de matarlo junto con todos los habitantes de la villa si no se rendía. Lobera aceptó, pero pidió que fuera respetado el honor de unas pocas mujeres que se habían refugiado bajo su protección y no corriera peligro la vida suya y de sus hombres, con lo que Sores estuvo de acuerdo, mas tomó a todos como rehenes y pidió un elevado rescate por ellos. Lobera y los vecinos regatearon durante casi un mes para dar tiempo a ver si Angulo regresaba con refuerzos, lo que este finalmente hizo, pero la minúscula tropa que logró reclutar estaba integrada en su mayoría por esclavos e indígenas, quienes al iniciar el ataque contra la casa del vecino Juan de Rojas, donde se había refugiado Sores, lo hicieron con gran gritería, por lo que los franceses se pusieron en guardia y se parapetaron, y el ataque por sorpresa fracasó. El jefe corsario, exasperado por la trampa en que había estado a punto de caer y porque no había encontrado las esperadas riquezas en tan mísera villa la saqueó, incendió casa por casa con brea y alquitrán sin perdonar la iglesia ni el hospital, robó los objetos sagrados de oro y plata que encontró en el templo, acuchilló las imágenes de los santos y él y sus hombres se hicieron vestidos con los ropajes sacros, para terminar quemando las naves ancladas en el puerto. Pasó a cuchillo a todos los rehenes que tenía en su poder, y solo perdonó a Lobera en reconocimiento a su valentía. En su retirada hacia el mar asoló las haciendas cercanas y ahorcó a todos los españoles y esclavos que encontró a su paso, llevándose consigo algunas negras esclavas cuyo destino entre aquellos hombres bestiales y violentos es mejor no imaginar. La fortaleza quedó tan destruida que durante los próximos diez años fue utilizada por los vecinos para guardar entre sus ruinas el ganado destinado al sacrificio.

Lobera viajó a España y presentó al Rey una narración de los hechos hecha por el Cabildo de San Cristóbal. Angulo fue apresado y juzgado “por cobardía y falta de probidad”, pero no cumplió condena, pues falleció poco después ese mismo año. En cuanto a Sores, tras continuar con sus masacres durante algunos años, terminó por desaparecer de la historia de modo incierto, destino común entre los piratas y corsarios de todos los tiempos.

 

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[1]  Al mismo tiempo que se construía la fortaleza, fue edificada para doña Inés una casa en la que aún residía en marzo de 1544, un año y nueve meses después de fallecido su marido. Cuando De Soto viajó a La Florida dejó su cargo de administrador del archipiélago a su mujer, quien lo administró como Gobernadora y Capitán General entre 1539 y 1544, convirtiéndose así en la primera y única mujer que ostentó la máxima autoridad de la isla durante el largo período colonial de cuatro siglos. Nunca pudo haber esperado a su esposo en el supuesto Balcón que le atribuye la leyenda porque ella regresó a España en 1544, y dicho Balcón se encuentra en el castillo de La Real Fuerza, edificado después de 1555.

(Continuará)

 

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