La única e inigualable calle de madera de Cuba

Hay un lugar en el Casco Histórico de La Habana Vieja que es emblemático para escritores y artistas de la capital: la célebre calle de madera, ubicada a un costado de la Plaza de Armas y frente al Palacio de los Capitanes Generales. Desde hace décadas los sábados en la mañana se realizan allí presentaciones de libros y toca retretas la Banda Municipal. Esto último es una tradición que heredamos de los tiempos coloniales, pues esa plaza fue escenario de paseos de los habaneros tanto en coche como a pie, de bailes y retretas a las que acudía población de todos los estratos sociales.  Durante toda la semana en esta calle única de nuestra capital se asientan los libreros de viejo, y es el equivalente de la Calle de los Libreros cercana al Paseo de El Prado en Madrid. También ha sido escenario y parada itinerante de grupos danzarios y de la famosa troupe de los Zancudos, quienes la invaden de vez en cuando con su fanfarria estridente y su cohorte de admiradores entusiastas.

La calle de madera nació a principios del siglo XIX y no existe otra igual en toda la isla. En realidad no se llama calle de madera, como la han bautizado los habaneros, sino calle Tacón, en honor al tristemente célebre Miguel Tacón, Capitán General de la isla, de penosa memoria para los cubanos, a quienes no amaba y oprimió cuanto pudo mientras desempeñó su puesto, aunque también hizo obras que hay que evaluar como positivas, dicho sea, porque es verdad.

Las calles de La Habana colonial siempre estuvieron pavimentadas con chinas pelonas, una piedra redonda y lisa que bajo la lluvia tropical se convertía en un trampolín de la muerte donde resbalaban peatones, coches y caballos, y muchos iban a dar con sus fundos en el barro. Las damas, con sus chapines, tenían que tomar tremendas precauciones para mantener el equilibrio, y ni el más lujoso vestido se salvaba de convertirse en un trapo ajado y cubierto de manchas, los encajes de los ruedos se arruinaban, en fin, que caminar o desplazarse por la ciudad era una auténtica tragedia, sin contar que el lodo incrustado entre las famosas chinas se convertía en fecundo criadero de gérmenes y de insectos tan pesados como las moscas y los mosquitos, por lo que aquellas piedras eran cómplices de las enfermedades endémicas y epidemias que azotaron la urbe durante siglos. Y estaba, además, el constante rechinar de las ruedas de los carruajes y los cascos de los caballos sobre la lisa superficie de las piedras mojadas o recalentadas por el sol. No hay duda de que las chinas pelonas eran odiadas por los habaneros, como da fe el siguiente documento emitido en 1821 por el Ayuntamiento de la ciudad: “… las chinas pelonas desacreditan la cultura de esta hermosa capital, la hacen estrepitosa e insufrible el uso del inmenso número de carruajes, nadie goza del sosiego en las calles y casas, y forma una atmósfera ardiente e insalubre”.

El ingeniero Evaristo carrillo concibió la sabia idea de sustituir las aborrecidas chinas por adoquines de jiquí negro, una madera más dura que el hierro y más resistente que muchos otros materiales a la humedad y la mordedura del salitre marino. Logró construir el primer tramo, y aunque demostró que su proyecto era brillante y sumamente eficaz, cinco meses después de este primer paso el Ayuntamiento le retiró su apoyo por considerar que el enmaderamiento era demasiado costoso y con toda seguridad duraría menos que las piedras. Y así abortó al nacer una de las mejores iniciativas que tuvo La Habana colonial.

Con la llegada de la modernidad las chinas, y con ellas los adoquines de jiquí, desaparecieron bajo las capas de asfalto de las nuevas y pujantes calles citadinas donde florecían los comercios más variados y ricos. Cuenta la leyenda urbana, y no sabemos si es cierto, que la calle de madera estuvo casi a punto de desaparecer en las primeras décadas posteriores a 1959, pero fue salvada por un hombre entonces muy joven y de poca estatura que se tendió con los brazos en cruz bajo las ruedas de las bulldozers. El imaginario popular ha conservado su nombre: Eusebio Lea Spengler, discípulo y heredero del historiador Emilio Roig de Leuschenring, y él mismo Historiador de la Ciudad de La Habana. Como dice el refrán italiano, si non e vero, e bien trovato, si no es verdad está bien contado. Yo era entonces todavía muy joven y no estaba tan involucrada en la historia de mi ciudad como ahora, así que no puedo dar fe de lo que estoy contando, pero me parece perfectamente verosímil. Cualquiera que conozca solo un poco a Leal sabe que es capaz de eso y mucho más.

Hoy la calle de madera continúa en su puesto, para felicidad de quienes amamos nuestro pasado, como un testigo mudo, una presencia imborrable de aquella Habana colonial tan majestuosa, colorida, espléndida y llena de vida, una de las capitales más descritas y comentadas de América Latina en todos los tiempos. Demos gracia por ello, y que esos cien metros de historia continúen ahí para siempre, custodiando el ayer de la ciudad.

 

 

 

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El bosque de Teotoburgo, donde dos imperios intentaron apoderarse del mundo

El bosque de Teotoburgo es una de las regiones naturales más famosas de Alemania. Los árboles juegan un papel esencial en su celebridad, no solo porque es un bosque magnífico, sino por lo que significó para la religión de los antiguos sajones, quienes rendían culto a un árbol gigante que representaba el eje conector del cielo con la tierra. En la mitología escandinava hay un árbol semejante llamado Ygdrassil. Los sajones llamaban al suyo Irminsul*, y con él se relacionan muchos mitos y leyendas. Creían que estaba en Teotoburgo.

Los celtas y los germanos no edificaban templos. Usaban los construidos por pueblos neolíticos anteriores, como el celebérrimo círculo de piedras Stonehenge en Inglaterra, pero preferían adorar a sus dioses en medio de la naturaleza, por lo que los bosques eran siempre considerados lugares sagrados y morada de deidades. Es posible que el árbol divino  prestara su ayuda a los sajones, pues fue en una batalla que tuvo lugar allí en el año 9 d.C donde estos infligieron a las legiones romanas la peor derrota sufrida por el Imperio más poderoso conocido en el mundo antiguo. El suceso lleva el nombre de Batalla de Teotoburgo. Yo no puedo narrar lo ocurrido mejor que los creadores de la estupenda revista digital española Los ojos de Hipatia[1]:

Roma quería extender su frontera en el norte del río Rin al Elba, su relación con las tribus que vivían allí era pacífica en su mayor parte y poco a poco los germanos iban aceptando el modo de vida romano, en muchas ocasiones casi sin darse cuenta. Sin embargo el nuevo gobernador de la región, Publio Quintilio Varo, un hombre conocido por su gusto por la vida acomodada y su simpleza, amenazaba con romper el equilibrio. Varo alteró el proceso de romanización con elevados impuestos y comportamientos abusivos, lo que creó un ambiente de resentimiento hacia Roma. Arminio, un líder de la tribu de los queruscos y aliado de Roma, organizó a escondidas de Varo una revuelta en contra del dominio romano con varios jefes tribales germanos. Arminio había servido durante al ejército romano como oficial de las tropas auxiliares y conocía a la perfección el funcionamiento de las legiones. Sabía que los romanos eran prácticamente invencibles en campo abierto, de modo que pensó otra estratagema para asestarles un duro golpe. Arminio, aprovechando su amistad con Varo, informó al gobernador de una revuelta en la región y le convenció para entrar en el espeso bosque de Teutoburgo. El romano, pensando que no sería nada grave, marchó hacia allí, con sus tres legiones y acompañado de los carros de la impedimenta y de cientos de civiles que asistirían al ejército. Actuaba como si no estuviera en guerra.

La batalla

El ejército romano se adentró en tierras desconocidas. El terreno por el que avanzaban era penoso. Un lodazal repleto de colinas, barrancos y pantanos y los senderos eran tan estrechos que no permitía avanzar más que en filas de dos. La columna medía casi dos kilómetros de largo y la mayoría de los legionarios no llevaban puestas ni sus armaduras ni cascos pues allí pesaban demasiado para moverse con soltura. La fuerza romana estaba compuesta por las legiones XVII, XVIII y XIX, más las tropas auxiliares y la caballería, en total, algo más de veinte mil soldados entre la infantería pesada, ligera y los jinetes. A eso había que sumar docenas de carros con la impedimenta necesaria, las piezas de artillería y el personal civil.

Los germanos apostados en los márgenes del bosque sumaban unos veinte mil guerreros dispuestos a lanzarse a la emboscada sobre la vanguardia romana que se acercaba a ellos. Los bárbaros dejaron caer troncos de árboles sobre los romanos y después atacaron con una lluvia de lanzas y flechas que diezmaron a la primera de las legiones que abrían la marcha. Los proyectiles germanos causaron una gran cantidad de bajas pues muchos legionarios carecían de armadura. Para cuando el resto de fuerzas quisieron reaccionar los germanos habían entablado un combate cuerpo a cuerpo al que los romanos no podían hacer frente pues en ese terreno no existía forma de desplegar sus formaciones de combate. Numonio Vala, el jefe de la caballería romana, aprovechó la confusión para huir con sus hombres, pero la caballería pesada germana le persiguió y le aniquiló. El destino de esas tres legiones quedó sellado en Teutoburgo. Varo, viéndose rodeado, se suicidó dejándose caer sobre su espada. Los bárbaros le decapitaron y enviaron su cabeza al emperador Augusto.

Los días siguientes transcurrieron con combates en las inmediaciones del campo de batalla, en los que los germanos terminaron de exterminar a los pocos soldados romanos que lograron escapar de la masacre de Teutoburgo.

Según Wikipedia:

 A los funcionarios capturados les sacaron los ojos, cortaron manos y lengua y cosieron la boca. Los bárbaros se burlaban diciéndoles: «por fin, víbora, has dejado de silbar». Los tribunos y centuriones fueron sacrificados en altares construidos en el bosque. En base a los hallazgos arqueológicos en el sitio hasta 2003 se habían desenterrado 17 000 esqueletos, de los que unos 16 000 fueron legionarios o auxiliares según el equipamiento que llevaban puesto.

Batalla de Teotoburdo, del artista checo Paja Jovanovic

Cuenta Suetonio, historiador romano, en su libro Los doce Césares que cuando el emperador Augusto recibió la noticia de la masacre estuvo varios días con sus noches sin comer ni dormir, vagando por su palacio medio desnudo y clamando a voz en cuello como un demente: “¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!”, y tan profunda desesperación dejó para siempre una huella indeleble en su semblante. Hoy puede verse en una parte del bosque un monumento dedicado a la memoria de Arminio, con una hermosa estatua del jefe querusco en cuya espada aparece grabada la siguiente inscripción: “La unidad alemana, mi fuerza – mi fuerza, el poder de Alemania”.

Nadie devolvió a Augusto sus legiones fantasmas, pero otras legiones llegaron a Teotoburgo siglos después. En 1936, cuando el nacionalsocialismo llegó al poder en Alemania, la cúpula del Partido Nazi no era solo un grupo de políticos y militares, sino una secta conocida como La Orden Negra, cuyo brazo armado fueron las SS [2] de siniestra memoria. Su cuerpo élite fue creado por Himmler, uno de los más cercanos colaboradores de Hitler. La Orden Negra había nacido del grupo Thule, un núcleo místico fundado mucho antes por hombres de alta cultura, pero con ideales políticos fuertemente impregnados de un misticismo proveniente de las antiguas creencias tribales germánicas. Querían devolver a Alemania el poderío de la antigua Prusia y soñaban con crear una nueva raza, el hombre ario superior que exterminaría a las razas inferiores y dominaría el mundo. Sus principales fuentes de inspiración fueron las obras del filósofo Nietzshe y las grandes óperas de tema mitológico del compositor Richard Wagner, ambos alemanes, basadas en la mitología nórdica y en la leyenda del Grial. La ideología nazi consideraba a Alemania heredera del imperio romano, de ahí el águila imperial que tomaron como emblema para sus lábaros y estandartes, y su convicción de que la raza aria estaba llamada a dominar el planeta. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y los juicios de Nüremberg, se han escrito numerosos libros sobre esta faceta oscura y desconocida del nazismo. En la actualidad hay mucha información al respecto, y explicar con detalles en este artículo un fenómeno tan complejo y que aún hoy continúa siendo investigado resulta imposible por razones de espacio. Teotoburgo fue uno de los principales lugares de culto del nacionalsocialismo.

El bosque es una gran masa arbórea situada entre la Baja Sajonia y Renania del Norte-Westfalia, en la zona norte de Alemania. En su parte oriental se levantan unas formaciones de roca arenisca que evocan la forma de torreones antiguos. Se extienden más o menos un kilómetro y algunos macizos alcanzan los treinta y seis metros de altura. Ese complejo megalítico natural recibe el nombre de Externsteine y se cree que se formó unos ciento veinte millones de años atrás. No se han realizado allí hasta hoy hallazgos arqueológicos significativos que indiquen que fue un lugar de culto ya en tiempos remotos, pero tampoco tal suposición ha sido definitivamente invalidada. Obsesionados con el renacimiento de la mitología nórdica, los nazis ignoraron el hecho, registrado por antiguos cronistas, de que en 772 el emperador de los francos, Carlomagno, había demolido  Irminsul en su ferviente batalla contra los paganos sajones, a quienes quería convertir a la fuerza al cristianismo. Para los nazis resultaba más atractiva una idea esbozada en 1564 por el teólogo alemán Hermann Hamelmann, quien estaba convencido de que el sagrado Irminsul tenía su hogar en el bosque de Teotoburgo. No les importaba demasiado que sobre las grandes masas de piedra saltaran a la vista numerosas figuras cristianas talladas en la arenisca, la mayoría obra de los monjes del monasterio de Abdinghof, quienes se establecieron en la zona en el siglo XI. Más bien esas imágenes les reforzaban la historia del bosque como foco de la resistencia ario-germánica a la imposición de dominaciones y culturas foráneas.

Soldados de la Wehrmacht en Teotoburgo

Imágenes religiosas talladas en las formaciones rocosas de Teotoburgo. Obsérvese que la base de la cruz cristiana es el tronco de un árbol.

La idea resultó tan inspiradora para la alta cúpula nazi que Hitler dio orden a la Anhenerbe[3], instituto concebido por él para investigar, entre otras cosas, la mística aria, una investigación exhaustiva sobre el tema. Como dato añadido , en la Anhenerbe realizó sus siniestros experimentos el tristemente célebre doctor Mengele y se trabajó afanosamente en la búsqueda de objetos que los nazis creían investidos de poder, tales como el Santo Grial.

Por suerte para la Humanidad la Segunda Guerra Mundial ya es historia, aunque su huella sangrienta perdure aún en la memoria del mundo. Hoy el bosque de Teotoburgo, dividido en dos parques naturales, es un punto de obligatoria visita para las nuevas legiones: el turismo en Renania. Tiene numerosos lagos que fungen como balnearios y cientos de kilómetros de senderos habilitados para los llamados deportes de naturaleza, como el senderismo, el ciclismo y la observación de la flora y la fauna, entre otros. Algunas de sus imponentes formaciones rocosas tienen en su parte superior plataformas a las que se accede por escaleras de piedra. A la plataforma más alta se llega por un puente metálico. Todo el complejo rocoso está horadado con cuevas, cámaras y pasadizos, algunos de los cuales tienen una antigüedad de casi mil años. Teotoburgo parece un misterio que está lejos de agotarse en el imaginario de los hombres, y aunque ya no moren en él divinidades, el aura de sacralidad que siempre lo ha envuelto sigue fecundando a soñadores, poetas, arqueólogos, antropólogos y artistas, y la derrota de Varo ha inspirado al menos tres filmes. Quién sabe qué sorpresas encierra todavía este majestuoso regalo de la naturaleza.

 

 

 

 

*Irminsul no habría sido propiamente un árbol como Ygdrassil, sino un tronco colocado verticalmente, de gran tamaño, un pilar que, metafóricamente, conectaría el cielo y la tierra, sosteniendo todo el Universo.

[1] Ver el post Teotoburgo, el bosque maldito de los romanos en https://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/teutoburgo-el-bosque-maldito-de-los-romanos/

[2] El emblema de las SS, que sus miembros lucían en brazaletes, era un caracter del antiguo alfabeto rúnico, la doble runa Sowilo, que significa Sol y representa toda la fuerza, la gloria y el bienestar asociados a ese astro; la satisfacción por el deber cumplido; el poder; el fuego dinamizador que derrite la materia inanimada para crear el agua y la vida en el planeta. Dos Sowilo entrelazadas forman una swástica, uno de los principales símbolos solares de los antiguos Vedas.

[3] Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana. Fue una entidad pseudocientífica alemana constituida formalmente en 1935 por dirigentes e ideólogos del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán para realizar y divulgar investigaciones con fines educativos en apoyo de la ideología nazi y, en particular, de sus teorías relacionadas con la raza aria en paralelo con sus investigaciones de la raza germana. Fue fundada por Heinrich Himmler.

 

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Final de Juego de tronos: ¿la gran estafa…?

No imagino el número de fans de la descomunal e inigualable serie televisiva Juego de tronos —de la que no hay que explicar nada porque sería como redundar sobre El señor de los anillos—, que literalmente se habrán tirado de los pelos al descubrir cómo termina la octava temporada. En el reparto donde vivo he visto llorar a vecinos  míos, entre quienes se cuenta, en un primerísimo lugar de indignación, mi propia hija, por las soluciones que fueron presentadas al final de la serie. Se discute sobre eso en La Habana con la misma pasión que se enredan en virulentos combates verbales los aficionados a la pelota en el Prado. La gente está disgustadísima con que nada menos que el inmaculado Jon Nieve, cuasi versión del purísimo sir Percival del Santo Grial, haya asesinado alevosamente a su amada, la bella, pequeña, heroica, intrépida, leal, justiciera y magnífica Danaerys Targaryen de la Tormenta, Kaalessi, Madre de Dragones y Rompedora de Cadenas, señora de los Inmaculados y hacedora de todo el trabajo sucio de la serie para quitarle de encima a la Humanidad de los siete reinos la amenaza letal de los Caminantes Blancos y la peste viviente de la reina Cercei.

Siendo como somos los cubanos tan aficionados a emitir opiniones y juicios de valor sobre todo lo que en el mundo ha sido, es y será, porque no existe un cubano que no sea tan sabio por lo menos como Leonardo da Vinci y Einstein juntos, ya se han “escrito” en La Habana decenas de proyectos para el final que a juicio de los entendidos telespectadores citadinos, debió tener Juego de Tronos. Lo que muchos no saben es que, con ligeras variantes, todos los proyectos tienen el mismo final feliz: Jon y Danaerys se casan y gobiernan juntos en Poniente; el Gnomo y Samsa, que en definitiva están casados, vuelven a vivir como un verdadero matrimonio y el Gnomo reina con ella en el Norte; Arya se casa con el bastardo Gendry Barathion; Jamie Lannyster se queda con lady Brienne, que en la vida real es una preciosa mujer glamorosísima, lo digo para quienes no lo sepan; Sam el Gordito, sabio y fiel amigo de Jon, es nombrado su Mano; Gusano Gris y Missandei son los amigos más fieles de Jon y Danaerys y además, la pareja real los cubre de honores y fortuna; los dragones tienen pequeños dragoncitos y forman un ejército volante que asegura la tranquilidad en Poniente por los siguientes mil años, etc… Pero sucede que los guionistas —el autor no sé, porque no me he leído los libros— decidieron no ser tan predecibles y ahorrarle al mundo un final que hubiera sido un bote de melaza chorreante y que, además, una serie de semejante calibre no merecía.

Por una vez yo también tomé la decisión de no investigar el sentir internacional al respecto y escribir mi propia opinión sin contaminarla con ajenas. Nadie acepta que Danaerys, quien tenía unas intenciones magníficas para llevar la felicidad a la especie humana y hacer libres a todos los hombres, haya terminado montada en Drogo quemando a diestra y siniestra a justos y pecadores en Desembarco del Rey. Pero es que los espectadores no se acuerdan de que en toda la estirpe de los Targaryen parece haber habido solo dos individuos cuerdos: el Maestre de la Guardia de la Noche y el padre de Jon. El resto fueron una banda mezcla de pirómanos y cretinos que querían quemar a todo el mundo y se creían dragones ellos mismos. Genéticamente, Danaerys nació con una caja de fósforos en las manos. El dolor por la decapitación de Missandei le desató la locura.

¿Había que matarla? Pero es que los espectadores no recuerdan que cuando Jon le preguntó qué pasaría con todas aquellas personas que no sabían que el proyecto de reinado de ella era el bueno, ella le respondió con un gesto apenas esbozado pero muy significativo: “No tienen opción”. ¿Tenía que matarla Jon, a quien ella amaba tanto que estaba dispuesta a compartir con él no solo su vida, sino su precioso y codiciado Trono de Hierro y su dragón? Bueno, pensemos: ¿y quién además de Jon hubiera podido atravesar el cerco de protección de los inmaculados, quedarse a solas con ella y acercársele tanto como para clavarle una daga en el vientre…?

Pero bien, ya está muerta: ¿No era Jon el rey verdadero, el Targaryen heredero de los siete reinos? ¿Cómo es que siendo un guerrero tan intrépido se deja quitar su corona?  Porque nunca quiso ser rey y lo está repitiendo desde que empezó la serie: él solo quería ser un explorador en la Guardia de la Noche; está destrozado por haber tenido que asesinar a la mujer que ama y, sobre todo, los Inmaculados quieren su cabeza. Él sí que no tiene opción. De cualquier manera, la sabiduría de su hermano Brandon el Tullido, el primero de su nombre, rey de los Ándalos y de los Primeros Hombres y Protector del Reino por la gracia de una asamblea de aristócratas donde hay unos cuantos idiotas, pero también unos cuantos inteligentes (en número mayor), deja a Jon libre y rey del Pueblo Libre que vive más allá del Muro, pues la Guardia de la Noche ya no existe, Brandon lo sabe, y cuando envía a Jon hacia el Castillo Negro, ya antes ha enviado allí a Tormund, el gigante pelirrojo que ha salvado a Jon tantas veces, y que lo está esperando con esa sabiduría sin pretensiones que es propia de los pueblos. Aún si no fuera más que por esa estratagema brillante que prueba la astucia y el sentido de justicia de Brandon, este merece ser rey más que nadie: ha sido una víctima inocentísima de los Lannyster, ha perdido a casi toda su familia de manera sangrienta, nunca conocerá el amor, el placer, ni podrá engendrar hijos, y para colmo tiene poderes mágicos, es un cambiaforma capaz de ver el futuro. Es verdad que durante las ocho temporadas tuvo una vida más bien en la sombra y que uno se preguntaba  para qué estaba en la serie, pero bueno, esas vidas así, silenciosas, a veces están predestinadas a terminar brillando en la Luz con el mayor esplendor. Además, fíjense si es sabio este joven que se queda con una Mano y un Consejo excelentísimos, que van a solucionar todos los problemas del reino.

Lo que disgusta a los fans es que el final de la serie les ha jugado una mala pasada coronándose como Miss Impredecible, un poco como que se ha burlado de todas las predicciones, pero  si uno analiza las soluciones una por una y desde una postura racional sin apasionamientos, ve que las soluciones son geniales. Mi hija dice que no, que si Danaerys tenía que morir no había que humillarla con una muerte tan indigna de una gran reina, y ya tiene como diez muertes imaginadas para su personaje favorito que se lo dejan mejor parado. Y reniega de los guionistas, del novelista y de Poniente entero. Se siente, como tantos otros, vilmente estafada.

Y ahora viene la segunda parte del problema, que se llama “Aquí no se ha dicho la última palabra”. Los observadores más sagaces predicen que Samsa, quien desde los primeros capítulos siempre dijo que lo que más ansiaba en la vida era ser reina, pronto no se conformará con Invernalia y querrá el trono de Brandon. Que Jon, pasado el tiempo y su pena, tampoco se conformará con vivir cubierto de pieles apestosas en medio de la nieve, expulsado de la civilización y sin tener contra quién combatir, puesto que el magnífico trabajo sucio de Danaerys ha dejado a Poniente sin enemigos; que Arya se ha hecho a la mar en busca de tierras desconocidas en un barco cuya bandera ostenta la imagen de un lobo huargo, emblema de los Stark, lo que quiere decir que la nave es de su propiedad, lo que quiere decir que siendo la asesina y aventurera que todos sabemos que es, no nacida para ser dama, se ha convertido en una pirata conquistadora. Entonces, lo que se desprende de todos estos finalitos abiertos es que… ¡Tiene que haber más temporadas con lo que harán ahora los personajes que el escritor y los perversos guionistas dejaron vivos, o nosotros, los fans habaneros de Juego de tronos, localizamos  a Drogo y quemamos a todo el equipo de realización, para que aprendan que no hacen televisión para demostrar lo astutos que son, sino para complacernos a nosotros, los espectadores fieles que hemos estado años esperando por ellos, no faltaba más, qué sinvergüenzas…! ¡Que se los coman los Caminantes Blancos!

Y hablando en serio, comparto con mis lectores esta breve lista de records batidos por Juego de tronos a lo largo de la historia de la televisión y del cine, y que pueden encontrar en https://www.larazon.es/tv-y-comunicacion/los-records-de-juego-de-tronos-BL22836623:

‘Juego de Tronos’ se estrenó el 17 de Abril de 2011. Actualmente se emite en 207 países y territorios, de los cuales, 194 de ellos lo hacen de forma simultánea. La octava y última temporada, que se ha rodado entre Irlanda del Norte, España, Islandia y Canadá, se estrena el lunes 15 de Abril a las 3:00 de la madrugada en HBO España.

Durante estos 8 años de rodaje, la serie no ha parado de lograr éxitos. Además, han recorrido gran cantidad de países, y han tenido la suerte de obtener más ganancias que gastos, ya que han sido muchas las personas implicadas en la producción, por no hablar de los costes en dobles, productos de caracterización y el decorado para ambientar los escenarios de los reinos.

A lo largo de todas sus temporadas, la serie se ha rodado en diez países diferentes: Irlanda del Norte, Marruecos, Malta, España, Croacia, Islandia, Estados Unidos, Canadá y Escocia. El territorio con mayor número de localizaciones es Irlanda, con 49 en el Norte y una en la República de Irlanda.

Durante la producción han utilizado un total de seis platós en la sede de Titanic Studios en Belfast (Irlanda del Norte), donde han rodado los interiores de Invernalia, Castillo Negro, Nido de Águilas, las celdas del cielo de Nido de Águilas, la Sala de los Rostros, la casa de Blanco y Negro, el Gran Septo de Baelor, la sala del tronos de la Gran Pirámide de Meereen y la icónica sala del trono de Desembarco del Rey.

Para crear acción en los ‘7 Reinos’, han utilizado un total de a 12.986 extras y 2.000 personas de equipo sólo en Irlanda del Norte durante las ocho temporadas. En total, la serie ha generado 105.846 días de trabajo para extras en todas las temporadas y países.

En la producción de Irlanda del Norte, se han utilizado casi dos toneladas de goma y una tonelada y media de metal para fabricar armas y crear 1.300 escudos. Además de 52.000 bolsas de nieve hecha de papel, 163 toneladas de gas propano, 3.000 efectos de pirotecnia, más de 15.000 litros de sangre artificial, 20.907 velas, más de 40 kilómetros de cuerda, más de siete mil metros de tela de algodón para hacer más de 330 tiendas de campaña, y más de 80 kilómetros de tela para vestuario.

El departamento de construcción usó casi 1.200 kilómetros de madera reutilizada, 60.000 tablones de madera contrachapada, veinte millones de tornillos y clavos, 65.000 bolsas de yeso, casi 5.000 litros de pegamento para madera, 1.200 bloques de poliestireno, 1.000 hojas de tela ignífuga, más de 1.600 kilómetros de cable, y 120 cargas de camiones con vigas de almacenes de toda Europa.

Desde la temporada cuatro, el departamento de efectos especiales ha utilizado más de 11.000 kilos de silicona, para la fabricación de prótesis, y casi 500 kilos de leche en polvo, para los pirotécnicos. Los procesos de caracterización más largos fueron el de los Hijos del Bosque y el de la Montaña, que duraban siete horas cada uno.

Para caracterizar a los personajes han utilizado 12.137 pelucas y complementos capilares. El color y estilo de la peluca de Daenerys son resultado de más de dos meses de pruebas y siete prototipos.

La fotógrafa oficial de la serie, Helen Sloan, ha tomado 1,4 millones de fotografías a lo largo de todas las temporadas.

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, el reparto y el director han obtenido un total de 132 nominaciones a los premios Emmy y 47 estatuillas, siete nominaciones a los Globos de Oro y una estatuilla, 18 nominaciones a los premios SAG del sindicato de actores y siete estatuillas, 17 nominaciones a los Critic’s Choice y una estatuilla y siete premios AFI.

Por no hablar de las altas cifras de espectadores que han obtenido a lo largo de estos años en EEUU, y que siempre han ido en aumento. En la primera temporada obtuvieron 9,3 millones, en la temporada 2, 11,6 millones, en la tercera alcanzaron los 14,4 millones, en la cuarta temporada 19,1 millones, y en el podium están la la quinta que llegó a los 20,2 millones, la temporada 6 con 25,7 millones y la temporada 7 con 32,8 millones.

Añado por mi cuenta que la batalla final de la serie ha sido la más larga y costosa de la historia del cine y la televisión, y ha sido la serie más pirateada del mundo. Obama pidió ver en prestreno la sexta temporada, pese a que HBO había prohibido cualquier difusión anticipada. Trump hizo referencia en algunas ocasiones a la emblemática divisa de la familia Stark Winter is coming (Llega el invierno) al twittear Llegan las sanciones, a propósito de Irán, y El muro ha llegado, en alusión al muro en la frontera con México.

 

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Si quieren nacer felices llamen a Ramón o a Arsenio

Una de las anécdotas más simpáticas que he encontrado en mis investigaciones sobre  La Habana colonial está narrada en El monte, de Lydia Cabrera, aunque tengo que decir que forma parte de una historia muy trágica, la de la muerte de Belencita, hija de Omí Tomí, santera muy cercana a la autora.

En la época de la Colonia era costumbre colocar en la cabecera de las parturientas una estampita o imagen de san Ramón Nonato, quien tenía fama de ayudar en los partos difíciles. Nacido en la comarca aragonesa de Urgel, cerca de Barcelona, muy joven Ramón profesó en la orden de los Mercedarios, que se dedicaba a rescatar cristianos prisioneros de los musulmanes en el norte de África. Mientras realizaba labor tan arriesgada y habiéndose quedado sin dinero para el pago de los rescates, se ofreció como rehén para lograr la liberación de otros cautivos. Ramón cayó a su vez en manos de sus captores, quienes le perforaron los labios con un hierro candente y se los traspasaron con un cerrojo de metal para que no pudiera predicar. Otros misioneros de su orden lograron rescatarlo y en 1222 regresó a España. El Papa Gregorio IX lo nombró cardenal, pero Ramón, probablemente muy debilitado  por las torturas sufridas, murió durante su viaje a Roma, a la edad de treinta y seis años. Fue canonizado en 1657. Se le llamó Nonato porque se dice que no nació de modo natural, sino fue extraído del vientre de su madre fallecida tras un laborioso trabajo de parto. De ahí que, además de ser considerado patrono de los animales, de los inocentes acusados falsamente y de otras cosas, se le llamase siempre en ayuda de las mujeres que iban a dar a luz, y no solo en Cuba, sino en otras regiones de España, Perú, Argentina, Costa Rica, Nicaragua, Brasil, México, y en los Estados Unidos en Nueva York e Illinois, y hasta en Filipinas, como es sabido colonia española por largo tiempo, al igual que Cuba. Entre los negros, tanto libres como esclavos, san Ramón estaba sincretizado con un camino de Obatalá en que también el orisha africano presta su colaboración para traer al mundo a un nuevo ser humano.

El procedimiento a seguir para ayuda de parturientas consistía en encender una vela, rezar la oración  al santo para implorar su ayuda y luego volver la imagen contra la pared, o colocarla sobre el vientre de la mujer en labor. Cuenta Lydia Cabrera que una noche, a una  negra que estaba en medio de un parto difícil le trajeron a la carrera una imagen de San Ramón Nonato y se la colocaron sobre el vientre. Poco después la mujer alumbró sin dificultad a una criatura sana y el asunto tuvo un final feliz. Pero con las primeras luces del alba las comadronas presentes en la habitación descubrieron que, en la premura de la situación, alguien había cometido un error y en lugar de colocarle a la parturienta una imagen de Ramón Nonato le habían puesto una de… Arsenio Martínez Campos, Gobernador de Cuba. El mismo militar con quien se reunió Maceo bajo los Mangos de Baraguá para discutir sobre el Pacto del Zanjón.

Martínez Campos nació en Segovia en 1831. Participó en la Guerra de África y en la expedición anglo-hispano-francesa contra México. En 1868 fue destinado a Cuba, donde acababa de empezar la Guerra de los Diez Años. Regresó a España tres años después como brigadier por méritos de guerra. Una vez en la Península, recibió el mando de una brigada para luchar en Cataluña contra los carlistas. En 1876 fue destinado de nuevo a Cuba, esta vez como Capitán General de la isla y al mando de 20 000 hombres. Hay que decir que si san Ramón Nonato fue un cristiano esforzadísimo que muchas veces enfrentó a la muerte por su fe mientras se encontraba en África, por lo que se le puede calificar sin lugar  a dudas como uno de los más bravos soldados de la Iglesia católica, Martínez Campos también tuvo un desempeño militar tan esforzado como el del santo, pues su carrera está compuesta por una larga lista de ascensos y grados militares que le muestran como un hombre valiente y obstinado que siempre llevó al final todas sus empresas. Además de la voluntad de servir, cada uno a su causa, la otra única cosa que Ramón y Arsenio tuvieron en común fue que el segundo, partidario de la Restauración de la monarquía de los Borbones en España, mientras combatía a los carlistas en Cataluña sitió y sometió a Urgel, lugar de nacimiento del santo. Como decimos los cubanos, hasta ahí las clases.

Cómo Martínez Campos, militar español y máximo representante del poder colonial que esclavizaba a Cuba, adquirió de repente el poder de ayudar a parir a una negra habanera es misterio nunca esclarecido. De cualquier manera, copio aquí la oración de san Ramón Nonato por si acaso algún lector encontrara una clave oculta capaz de descifrar el mecanismo por el cual un Capitán General impuesto a Cuba por la Corona española pudo suplantar en sus funciones a Obatalá partero:

ORACIÓN PARA UN FELIZ PARTO

Oh excelso patrono, San Ramón, modelo de caridad para con los pobres y necesitados, aquí me tenéis postrado humildemente ante vuestros pies para implorar vuestro auxilio en mis necesidades. Así como era vuestra mayor dicha ayudar a los pobres y necesitados en la tierra, socorredme, os suplico, oh glorioso San Ramón, en esta mi aflicción. A vos, oh glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto que se aproxima. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, amante protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Así sea.

 

 

 

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Si quieren nacer felices llamen a Ramón o a Arsenio

Una de las anécdotas más simpáticas que he encontrado en mis investigaciones sobre  La Habana colonial está narrada en El monte, de Lydia Cabrera, aunque tengo que decir que forma parte de una historia muy trágica, la de la muerte de Belencita, hija de Omí Tomí, santera muy cercana a la autora.

En la época de la Colonia era costumbre colocar en la cabecera de las parturientas una estampita o imagen de san Ramón Nonato, quien tenía fama de ayudar en los partos difíciles. Nacido en la comarca aragonesa de Urgel, cerca de Barcelona, muy joven Ramón profesó en la orden de los Mercedarios, que se dedicaba a rescatar cristianos prisioneros de los musulmanes en el norte de África. Mientras realizaba labor tan arriesgada y habiéndose quedado sin dinero para el pago de los rescates, se ofreció como rehén para lograr la liberación de otros cautivos. Ramón cayó a su vez en manos de sus captores, quienes le perforaron los labios con un hierro candente y se los traspasaron con un cerrojo de metal para que no pudiera predicar. Otros misioneros de su orden lograron rescatarlo y en 1222 regresó a España. El Papa Gregorio IX lo nombró cardenal, pero Ramón, probablemente muy debilitado  por las torturas sufridas, murió durante su viaje a Roma, a la edad de treinta y seis años. Fue canonizado en 1657. Se le llamó Nonato porque se dice que no nació de modo natural, sino fue extraído del vientre de su madre fallecida tras un laborioso trabajo de parto. De ahí que, además de ser considerado patrono de los animales, de los inocentes acusados falsamente y de otras cosas, se le llamase siempre en ayuda de las mujeres que iban a dar a luz, y no solo en Cuba, sino en otras regiones de España, Perú, Argentina, Costa Rica, Nicaragua, Brasil, México, y en los Estados Unidos en Nueva York e Illinois, y hasta en Filipinas,  colonia española por largo tiempo al igual que Cuba. Entre los negros, tanto libres como esclavos, san Ramón estaba sincretizado con un camino de Obatalá en que también el orisha africano presta su colaboración para traer al mundo a un nuevo ser humano.

El procedimiento a seguir para ayuda de parturientas consistía en encender una vela, rezar la oración  al santo cristiano para implorar su ayuda y luego volver la imagen contra la pared, o colocarla sobre el vientre de la mujer en labor. Cuenta Lydia Cabrera que una noche, a una  negra que estaba en medio de un parto difícil le trajeron a la carrera una imagen de San Ramón Nonato y se la colocaron sobre el vientre. Poco después la mujer alumbró sin dificultad a una criatura sana y el asunto tuvo un final feliz. Pero con las primeras luces del alba las comadronas presentes en la habitación descubrieron que, en la premura de la situación, alguien había cometido un error y en lugar de colocarle a la parturienta una imagen de Ramón Nonato le habían puesto una de… Arsenio Martínez Campos, Gobernador de Cuba. El mismo militar con quien se reunió Maceo bajo los Mangos de Baraguá para discutir sobre el Pacto del Zanjón.

Martínez Campos nació en Segovia en 1831. Participó en la Guerra de África y en la expedición anglo-hispano-francesa contra México. En 1868 fue destinado a Cuba, donde acababa de empezar la Guerra de los Diez Años. Regresó a España tres años después como brigadier por méritos de guerra. Una vez en la Península, recibió el mando de una brigada para luchar en Cataluña contra los carlistas. En 1876 fue destinado de nuevo a Cuba, esta vez como Capitán General de la isla y al mando de 20 000 hombres, y sin embargo, los cubnos lo recuerdan cono una autoridad benévola, un militar con honra y un caballero. Hay que decir que si san Ramón Nonato fue un cristiano esforzadísimo que muchas veces enfrentó a la muerte por su fe mientras se encontraba en África, por lo que se le puede calificar sin lugar  a dudas como uno de los más bravos soldados de la Iglesia católica, Martínez Campos también tuvo un desempeño marcial tan esforzado como el del santo, pues su carrera está compuesta por una larga lista de ascensos y grados militares que le muestran como un hombre valiente y obstinado que siempre llevó al final todas sus empresas. Además de la voluntad de servir, cada uno a su causa, la otra única cosa que Ramón y Arsenio tuvieron en común fue que el segundo, partidario de la Restauración de la monarquía de los Borbones en España, mientras combatía a los carlistas en Cataluña sitió y sometió a Urgel, lugar de nacimiento del santo. Como decimos los cubanos, hasta ahí las clases.

Cómo Martínez Campos, máximo representante del poder colonial que esclavizaba a Cuba, adquirió de repente el poder de ayudar a parir a una negra, es misterio nunca esclarecido. De cualquier manera, copio aquí la oración de san Ramón Nonato por si acaso algún lector encontrara una clave oculta capaz de descifrar el mecanismo por el cual un Capitán General impuesto a  los cubanos por la Corona española pudo suplantar en sus funciones a Obatalá partero:

ORACIÓN PARA UN FELIZ PARTO

Oh excelso patrono, San Ramón, modelo de caridad para con los pobres y necesitados, aquí me tenéis postrado humildemente ante vuestros pies para implorar vuestro auxilio en mis necesidades. Así como era vuestra mayor dicha ayudar a los pobres y necesitados en la tierra, socorredme, os suplico, oh glorioso San Ramón, en esta mi aflicción. A vos, oh glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto que se aproxima. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, amante protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Así sea.

 

 

 

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Volver sobre mis pasos, Memorias de Tomás Gutiérrez-Alea

Acabo de terminar la lectura de Volver sobre mis pasos, selección epistolar realizada por la actriz cubana Mirtha Ibarra sobre la correspondencia del más grande de los cineastas cubanos, Tomás Gutiérrez-Alea, quien fuera su esposo y director de filmes tan inolvidables e imprescindibles en la cinematografía latinoamericana como Memorias del subdesarrollo, Fresa y chocolate, Los sobrevivientes, Una pelea cubana contra los demonios y otras de una lista de diez, curiosamente filmadas en un largo período de tiempo que abarcó más de tres décadas. Y digo curiosamente porque fue un trabajador obsesivo e incansable que vivió para el cine.

Busqué este libro sin éxito desde 2008, fecha en que se publicó la primera edición cubana. En todas las librerías a las que llegaba se había agotado, y luego pasó el tiempo. Conseguí otros libros sobre Titón, traté de conseguir también todas sus películas o de volver a verlas. Es uno de los intelectuales cubanos que me ha obsesionado, porque yo quise ser directora de cine, y si lo hubiera logrado habría hecho películas como Memorias…, La bella del Alhambra de Barnet o  la Suite Habana de Fernando Pérez, entre otras cosas. Fue uno más entre mis sueños rotos que pasaron por la Pintura, la Arqueología, la Historia, la Antropología, la Medicina… Solo haciéndome escritora pude, de alguna manera, realizar todas esas ambiciones, de las que el cine ha sido una de las más fuertes, y esa, para mí, tiene el rostro de Tomás Gutiérrez-Alea.

El libro me ha sorprendido en más de un aspecto. Hubiera preferido correspondencia cruzada, para evitar vaguedades, pero cualquier cosa que yo pueda poseer de/o sobre Titón tiene  un inmenso valor para mí. Para comenzar, mi impresión general ha sido la de un libro patético en el mejor y más elevado sentido de la palabra. Nunca me hubiera imaginado que mientras yo era una jovencísima estudiante en San Alejandro y luego una becada todavía adolescente en la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), y junto con mis compañeros robaba libros en las bibliotecas para poder estar al día en lo que se escribía fuera de Cuba, uno de los más grandes directores de cine de América Latina enviaba conmovedoras cartas de súplica a grandes personalidades de la cultura en Occidente, con una dignidad propia del vagabundo Charlot, pidiéndoles que le enviaran libros y revistas sobre cine y cultura en general, y así poder conocer lo que se hacía en el séptimo arte y la literatura fuera de nuestro país. Muchas de estas cartas no obtenían respuesta y Titón, meses después, volvía a la carga con una insistencia elegante y conmovedora que en más de una ocasión me hizo esconder la cara entre mis almohadas. Titón, uno de los dos cubanos y miembros del ICAIC  que había cursado estudios en Cinecittá. Uno de los fundadores de la primera Cinemateca cubana junto con Germán Puig, Ricardo Vigón, Néstor Almendros y Cabrera Infante, y director de algunas de las mejores películas que ha producido el cine continental. Yo recuerdo esa época difícil en que aquellos que tenían la enorme suerte de que les llegara una novela del nouveau roman, un texto de teoría y crítica de las escuelas entonces de moda, o artículos de revistas, ensayos sueltos, cualquier cosa, hacían cadenas de préstamos para que otras personas también pudieran leerlos. ¿No es un estado de cosas que recuerda el hambre de información padecida por Julián del Casal y sus compañeros de La Habana Elegante, y el revuelo que armó entre la joven intelectualidad cubana de finales de siglo el célebre baúl del conde Kostia, recién llegado de su viaje a París? Muy acertado estuvo Martí cuando llamó a la isla la comarca demorada. Mientras iba leyendo estas cartas de Titón, sublímemente mendicantes,  me agobiaba eso que llaman vergüenza ajena. Siempre hubo una autoridad colonial asfixiando muestro acceso a la cultura, y entre nosotros gigantes que braceaban desesperadamente para romper cadenas. Un gigante encadenado es siempre humillante para la dignidad de un pueblo.

Otro descubrimiento que me llenó de una mezcla entre la indignación, el desconcierto y la más profunda tristeza fue la cantidad de proyectos que Titón concibió y jamás pudo realizar, a veces por falta de recursos, a veces por falta de apoyo. Fue una de esas mentes que no dejan de pensar ni cuando duermen y un trabajador infatigable. Entre sus proyectos abortados estuvo llevar al cine el epistolario de la viajera sueca Fredrika Bremer  sobre su estancia en Cuba. Proyectos asombrosos que hubieran enriquecido muchísimo la cinematografía nacional y sobre algunos de los cuales nunca recibió respuesta de Alfredo Guevara. Titón le escribió cartas intensas y extensas en las que se quejaba de muchas cosas, renunciaba a ciertos cargos prominentes que desempeñó en el ICAIC, protestaba, declaraba sus principios y su inconformidad con procedimientos y decisiones de la institución, o lo que es lo mismo, de Alfredo Guevara, el hombre que durante décadas gobernó con mano de hierro el cine cubano hecho en la isla, y  si no se supiera que Volver sobre mis pasos es una selección de la correspondencia de Titón — obligatoriamente expurgada aunque no se diga en ninguna página, pues toda selección lo es por su propia naturaleza—, se podría pensar que Guevara nunca o pocas veces le respondía, empleando el silencio como un arma contra uno de los pocos subordinados suyos que nunca se le plegó enteramente. De acuerdo con lo que he leído en estas páginas yo no diría que Titón fue un contestatario, sino un hombre que defendió con firmeza sus criterios, pero siempre dentro de la órbita del sistema. Su fe en el proceso revolucionario era sincera, o al menos fue monolítica y eufórica durante bastante tiempo. Pero aunque muchísimos testimonios de gente del ICAIC que compartió con él aquella época lo muestran como uno de los dos funcionarios (el otro era Julio García Espinosa, su condiscípulo en Cinecittá) admitidos en las reuniones con Guevara donde se tomaban las más altas decisiones, Titón se quejaba continuamente en sus largas cartas a Guevara de que sus películas eran exhibidas fuera de Cuba y nadie se lo informaba, y de otros varios tratamientos reveladores de que, en realidad, ni por asomo tuvo dentro del ICAIC el poder que sus detractores han querido atribuirle. La manera en que era ninguneado con harta frecuencia parecía herirlo profundamente.

Habría mucho que comentar en torno a Volver sobre mis pasos, como por ejemplo la verdadera actitud de Titón ante la confiscación y prohibición del documental PM, de Sabá Cabrera, decisiones que trajeron como consecuencia un período de gran agitación y turbulencia entre las filas de los cineastas cubanos y terminaron en las tres famosas reuniones con Fidel selladas con la célebre frase “Dentro de la Revolución, todo. Fuera de la Revolución, nada”. Pero este comentario se extendería demasiado.

Solo vuelvo a preguntarme una vez más cómo valorarán las generaciones futuras en la distancia histórica el liderazgo autocrático y dictatorial de Alfredo Guevara sobre el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Yo, por mi parte, y hablando en mi único nombre, reconozco los grandes beneficios que no pueden negarse a su gestión, pero deploro, como dicen los diplomáticos de carrera en su lenguaje festinado y cauto, muchas de las consecuencias nefastas que tuvo para esa institución que siempre declaró su nacimiento por partenogénesis, es decir, engendrada por sí misma, sin reconocer jamás la existencia de precedentes como la Cinemateca original o el cine-club de la Sociedad Nuestro Tiempo. Se me ocurre citar un solo ejemplo, mencionado por Marta Araújo, conductora del Espacio Arte 7, minutos antes de la proyección del filme Kramer contra Kramer, cuando se refirió a la participación en esta película de Néstor Almendros como director de fotografía e hizo un breve recuento de su obra.

Hijo del reconocido pedagogo Herminio Almendros, republicano que buscó refugio en Cuba huyendo de las masacres cometidas por los franquistas durante y después de la Guerra Civil Española, Néstor nació en Barcelona en 1930 y en 1948 se reunió con su padre en La Habana, donde se doctoró en Filosofía y Letras y realizó sus primeros materiales fílmicos de aficionados con Germán Puig. Estudió cine en Nueva York y en Roma. En 1959 regresó a Cuba y rodó algunos documentales para el ICAIC, pero en 1962 se fue a Francia, donde tras unos comienzos difíciles llegó a filmar con directores de la talla de Francois Truffaut y Eric Rohmer. La lista de los filmes en que intervino como director de fotografía en Francia, Estados Unidos y España es realmente impresionante: El pequeño salvaje (1969) y  La historia de Adéle (1975) de François Truffaut; La coleccionista, Mi noche con Maud, y todas las realizadas por Rohmer entre 1966 y 1976; Días del cielo, de Terrence Malick, por la que obtuvo un premio Oscar de fotografía en 1978; Kramer contra Kramer (1979), Bajo sospecha (1982) y Billy Bathgate (1991), las tres de Robert Benton; la siempre recordada Laguna azul, de Randal Kleiser, debut de la bellísima adolescente Brooke Shields; La decisión de Sophie (1982), de Alan Pakula, y otros títulos. Tuvo cuatro nominaciones al Oscar de fotografía, que obtuvo con Días del cielo. Murió de SIDA en Nueva York en 1992. En reconocimiento a su labor, la asociación Human Rights Watch y la Film Society del Lincoln Center (Nueva York), crearon el Nestor Almendros Prize para premiar el coraje y el compromiso con los derechos humanos en la realización de una película. El Istituto Cinematográfico dell’Aquila italiano y la AIC (Asociación Italiana de Directores de Fotografía) crearon el Nestor Almendros Award para directores de fotografía jóvenes, y en la localidad española de Tomares (Sevilla) existe un centro de Formación Profesional Especifica de Imagen y Sonido que también lleva su nombre. Homosexual declarado, en 1983 Néstor Almendros codirigió con Orlando Jiménez Leal el documental Conducta impropia, sobre la represión sufrida por los homosexuales en los primeros años de la Revolución. Pero tres años antes, en 1980, cuando se exhibió en Cuba La laguna azul, al parecer su crédito como director de fotografía fue olvidado, lo que indica que el interdicto en su contra era muy anterior. Es difícil aceptar que la pérdida para la cinematografía cubana del genio de Néstor Almendros, reconocido a nivel internacional como uno de los mejores directores de fotografía de la historia del cine, no haya tenido relación con el liderazgo de Alfredo Guevara en el ICAIC. El extenso número de testimonios sobre su salida del Instituto, despedido por Guevara o por voluntad propia, vuelve casi imposible pronunciarse en una de las dos direcciones sin antes realizar una investigación exhaustiva muy difícil luego de tantos años, tanta gente de entonces fallecida y tantas cosas que hoy pertenecen únicamente a la memoria oral.

Pero mi pregunta más dolorosa es esta: ¿cuál sería hoy la historia del cine cubano y del ICAIC si Néstor Almendros hubiera trabajado en Cuba y Titón hubiera podido filmar todas las películas que su espíritu creador concibió y en algunos de cuyos guiones llegó a trabajar? ¡Cuán fructífera hubiera sido la amistad entre ambos nacida en su juventud y convertida en colaboración fecunda! Cuántos talentos sin tiempo para darse a conocer se habrán perdido en esa agitación febril que devoró a tantos posibles realizadores, guionistas, fotógrafos, actores, sacrificados en los altares de una exaltación ideológica cuyos errores de entonces son hoy reconocidos?

Volver sobre mis pasos muestra aristas íntimas de la personalidad de Tomás Gutiérrez-Alea, un hombre y un creador muy singular, que sin este libro nunca hubieran llegado a conocimiento de los lectores, y ese es su objetivo, que se agradece desde la más profunda admiración de quienes amamos su obra. Pero lejos de arrojar luz sobre aquellas famosas polémicas de los sesenta que tanta literatura han generado, y sobre el papel jugado en ellas por titón y ciertas individualidades rectoras que mantuvieron bien aferrado su cetro por muchos, muchos años, crea una mayor oscuridad con respecto a algunos momentos y acontecimientos de la historia del cine cubano posterior a 1959, algo que suele suceder cuando se publica un epistolario personal (en este caso una selección), y que por lo general no ocurre cuando se publican cartas cruzadas. De todos modos resulta un libro imprescindible para la historia del cine cubano.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Memorias del Reparto La Asunción

He escuchado a unos vecinos recién instalados en mi edificio asegurar a sus invitados que el reparto La Asunción, ubicado entre la Calzada de Porvenir y la célebre Loma del Burro, fue un reparto “de ricos”. Estoy al tanto desde hace décadas de la increíble capacidad del cubano para perder la memoria histórica, confundir cosas, fabular o juzgarlo todo desde una óptica tan superficial que hiela la sangre, como le gustaba decir a mi madre, pero semejante afirmación me causó un malestar que casi no puedo explicar, supongo que porque es mentira, y las mentiras siempre me han molestado muchísimo.

Yo nací en La Asunción, en los altos de la única farmacia del reparto, conocida como “la farmacia del doctor Martín”, pues así se llamaba el farmacéutico que la heredó de su verdadero dueño, el doctor Boves, cuando este y su familia emigraron a Miami antes de 1959. Enfrente estaban los laboratorios —o una filial de los laboratorios— Charcot. En la esquina de Teresa Blanco y la Calzada de Luyanó había una modesta colchonería-mueblería que se quemó en un incendio provocado por un coctel Molotov que lanzaron desde un auto en marcha unos jóvenes luchadores clandestinos. En las Cuatro Esquinas de Luyanó —que no deben confundirse con las famosas Cuatro Esquinas de Toyo— hubo una cafetería  donde se ubicó después del 59 la pizzería del reparto y hoy es algo que carece de definición. Enfrente recuerdo una chocolatería-licorera en cuya entrada se encontraba un pequeño mostrador de madera y cristal donde un viejo señor vendía, entre toda clase de cosas, juegos de yakis, de soldaditos, de dados, yoyos y otros pequeños juguetes. En ese mismo portal, a pocos metros, otro señor igual de viejo estaba siempre con una carretilla repleta de toda clase de frutas tropicales, pero también de uvas, peras, manzanas, melocotones, avellanas, nueces; nunca he olvidado sus mameyes espectaculares, los mejores que he comido. Ahora, en ese local cercano al banco, hay algo llamado El Expreso, y lamento no poder tampoco definir qué es, porque no se entiende bien y la mayor parte del tiempo es solo un local vacío. Le siguen las ruinas del cine Norma, muy tristes.

La cafetería tenía un enorme mostrador de brillante formica que doblaba la esquina, sobre el que enloquecían a los niños del reparto unos grandes y coloridos recipientes con todo tipo de golosinas y unos caramelos que escondían “premios” en sus envolturas. Al lado estaba la ferretería “Del Gordo”, que seguro tenía otro nombre, pero todo el reparto la llamaba así porque su propietario ostentaba un vientre que siempre me hizo pensar en la ballena bíblica que se tragó a Jonás. Hoy es la shoping del reparto. Enfrente de El Expreso estaba el Tropi-Cream, donde ahora se encuentra la panadería; ahí servían deliciosos helados en copas de metal sudadas por el frío, como fue costumbre hacer en el mundo hasta que se impusieron las copas de cristal, unas increíbles tostadas de pan con mantequilla y otras muchas ricuras. No puedo recordar qué había en la cuarta acera, frente a la cafetería,  donde hoy funciona un comedor para pensionados: ¿una lavandería tal vez…?. En las tiendas comisionista y Caracol que están en la misma calzada hubo después de 1959 una tienda llamada Serenata, y es probable que antes hubiera también una tienda allí. En la esquina formada por la calle Jardín y la Calzada de Porvenir había un Piking-Chicking, y pido perdón por si esa ortografía no es correcta, pero entonces yo aún no sabía leer. El surtido era increíblemente variado, mi abuela y yo íbamos cada tarde a las seis a comprar una media noche para mi abuelito, y a veces un excelente picadillo para la cena familiar. Hacia el interior del reparto no recuerdo que hubiera más negocios particulares, solo la bodega muy bien surtida del gallego Francisco, y junto a ella la carnicería del viejo Eliseo.

Menciono esta larga lista de comercios varios porque sus propietarios vivían todos en La Asunción, en casas que hasta bien entrado el reparto son ejemplos modestos de la arquitectura urbana de los años treinta y cuarenta, separadas entre sí por estrechos pasillos laterales y sin jardines, con algunos vitrales e imitaciones ridículas de blasones heráldicos en ventanas y puertas. Ya en las últimas calles, las más cercanas al parque, había chalets de los años 50, muy lindos, con pequeños jardines, que existen todavía hoy, y casas de hasta tres plantas y gran confort, supongo que las últimas en construirse antes de la Revolución. Una de las familias más adineradas del reparto eran los Hurtado, que vivían en Teresa Blanco entre Jardín y Tres Palacios, en un inmueble de tres plantas que ellos mismos hicieron construir. Curiosamente, aunque poseían tres autos el inmueble carecía de garaje. No recuerdo de qué clase de negocios provenía su dinero, pero sí que solían dar muy buenas fiestas en su azotea, a las que iban mis padres entre otras muchas personas. Entre los habitantes del residencial había pequeños comerciantes y profesionales, gente que no formaba parte de la membrecía de los selectos clubes de la alta burguesía habanera, donde sí había ricos de verdad, multimillonarios y grandes propietarios.  En ninguno de los tres tomos del libro titulado Las empresas de Cuba ni en Los propietarios de Cuba aparece un solo apellido de un vecino de La Asunción.

El inmueble más singular del reparto sigue siendo el llamado “Castillito”, donde siempre oí decir que había vivido un Jefe de Policía, aunque parece que en realidad lo fabricó un arquitecto para que fuera su vivienda, y es un edificio de piedra oscura muy hermoso y con  amplios jardines. Probablemente sea la única casa del residencial que posea una habitación-vestidor concebida y construida con esa única función. En la esquina inmediata tuvo su casa el doctor Pedro Borrás, quien poseía una consulta particular en la Calzada, cerca del hospital Hijas de Galicia. No recuerdo ni creo haber visto jamás una piscina en mi reparto, como no fueran  esas grandes piletas inflables de colores que aún hoy se colocan en patios y jardines para diversión veraniega de los niños.

No hubo nunca “ricos” en La Asunción, al menos en el sentido que suele dársele a esa palabra en todas partes, solo personas dueñas de pequeños negocios, acomodadas, con autos y que podían pagar colegios particulares para sus hijos, yo creo que en muchos casos con cierto sacrificio, pues la colegiatura de Baldor, por ejemplo, no creo fuera barata ni mucho menos. Pero mis padres, simples contables en empresas inglesas y norteamericanas, tenían en proyecto pagármela a mí, y suponer que éramos ricos es algo que me haría reír. Nunca pasamos de vivir en un buen apartamento y disfrutar en familia los domingos en una finquita que tenían mis tíos en El Cotorro y en una casa en la playa que poseía mi padrino en Varadero. En los años 20 tuvimos negocios, pero cuando yo nací ya éramos una familia venida a menos. Mis padres pagaban a una señora que hacía los quehaceres domésticos y otra que cargaba conmigo. A veces eran la misma persona, a veces no. Mi padre nunca tuvo auto. Tal vez hubiera podido, no lo sé, pues cuando comencé en mi primer trabajo, en la Empresa Eléctrica, conocí ingenieros a punto ya de jubilación que aún mantenían un salario histórico de 700 pesos, y con eso habían comprado antes de 1959 casas y apartamentos en El Vedado, y todos los fines de semana iban a Miami de compras y a pasear con sus familias y tenían, por supuesto, autos. Los domingos por la mañana mi padre se iba con otros vecinos a jugar pelota en el Ferroviario —tenían equipos rivales, uniformes y hasta spikes—, y por la tarde se reunía con su grupo del dominó en el portal del concejal Fonseca, frente por frente a nuestro edificio. La casa del concejal Fonseca no tenía más lujos que televisores, refrigeradores, alfombras y equipos de aire acondicionado. La de los Hurtado tenía más o menos lo mismo, y muchos libros, pues Tony, su hijo menor, era arquitecto y gran aficionado a la lectura. Eran casas con confort, pero nada más. El doctor Martín era un caso raro, pues siendo dueño de una farmacia y un farmacéutico capaz de preparar fórmulas para curar dolencias, vivía modestísimamente en un cuartito pequeño al fondo del edificio, con solo una cama, una mesa, una silla, un refrigerador, un teléfono que prestaba generoso a todo el mundo y un estantico con libros de química. Nunca lo vi con otra ropa que no fuera un pantalón negro raído, una camisa blanca y su bata del mismo color. Era el hombre más fino y gentil que recuerdo, traslúcido como un espectro, con manos largas y aristocráticas.

Pero en La Asunción también vivían personas de muy pocos recursos económicos. Recuerdo a mi amigo Jesusito, su mamá y sus hermanos, quienes habitaban en pobreza extrema una casita tan minúscula que parecía una madriguera. A Isabelita y sus hermanos (Chaca, todavía me debes un bofetón misterioso), niños casi mendigos, quienes vivían con  sus padres en un apartamento pequeñísimo y prácticamente sin muebles. A Lily y el Chino, matrimonio que se mudó con su única hija síndrome de Down al apartamento encima del nuestro. A las tres hermanas  Fela, Teresa y María, ancianas propietarias de una casa en mi cuadra donde aún viven sus descendientes. Fela enseñaba el Catecismo a los niños del reparto y María era maestra normalista. Junto a ellas estaba la casa de una familia española cuyo hijo, don Pepe, estaba relacionado con la lotería o la bolita. Esa casa, que visité muchas veces para jugar con los niños de allí, me fascinaba porque había un despacho refrigerado con muebles de caoba y un enorme escritorio. El dormitorio principal tenía una cama imperial con doseles, y en la cocina había un barómetro con un letrero que rezaba “El Baturro”, y me encantaba vigilarlo para saber cuándo iba a llover. Entre esa casa y mi edificio estaba la casa de las hijas del General polaco Carlos Roloff, combatiente internacionalista que peleó en nuestras Guerras de Independencia, Anita y Guillermina, muy pálidas y de cabelleras negrísimas, siempre vestidas con largas batas  de tira bordada y entrelazados, en el más puro estilo colonial; una de ellas era inválida;  la otra poseía una colección de muñecas de porcelana con las que me dejaba jugar, dos damas de otra época. Una anciana española, llamada Oliva, atendía a la inválida y hacía los quehaceres de la casa. En un cuarto que tenían al final de su vivienda vivía una familia que les pagaba alquiler. En Tres Palacios vivía un republicano aragonés de la Guerra Civil Española llamado Matías, que mantenía a su familia haciendo trabajos de plomería en todas las casas del reparto. Mis propios abuelos paternos tenían como única entrada económica una pensión de 120 pesos que recibía mi abuelo, jubilado del periodismo. Y aún pudiera citar muchos otros ejemplos.

Y si hubo algunas, muy escasas familias que no se relacionaban fácilmente con quienes no estaban a su altura, puedo decir sin temor a equivocarme que esa no era la conducta predominante en mi reparto. Nunca lo fue, al contrario que ahora, donde los recientes y orgullosos propietarios se cuidan mucho de interactuar con las familias de más bajo estatus económico, y solo se relacionan con quienes tienen autos y otros bienes materiales que puedan ser exhibidos en público o, en su defecto, ostenten cargos de relevancia social. Estatus por sobre todas las cosas. Donde mejor se veía la ausencia de barreras sociales en La Asunción de antaño era antes de comer, cuando los niños se reunían para jugar en sus cuadras, sin distinción alguna, todos juntos  y compartiendo los juguetes y los disfraces.

No hubo, ¡NUNCA! hubo ricos en La Asunción, y el hecho de que quienes están comprando casas y apartamentos en mi reparto fantaseen con un pasado de fortunas que nunca existió me lleva a preguntarme por qué lo hacen.  ¿Necesitan, quizá de un modo subconsciente, inventarse un linaje indirecto donde los valores de mostración den lustre a esta “riqueza” de nuevo tipo que está invadiendo hoy un residencial donde siempre convivieron todas las clases sociales en el mayor respeto, al punto de que se puede hablar de un estilo de vida La Asunción? Qué pena que en nuestras calles “de ricos”, donde jamás se dejó oír una voz más alta que otra y las familias escuchaban música en sus radios y tocadiscos sin que los vecinos de al lado se enteraran, berree ahora el estruendoso reguetón con sus frases obscenas y sus conceptos sexistas y estúpidos. Qué pena que en nuestro parque, donde siempre jugaron seguros y tranquilos los niños y mascotas del reparto, haya ahora una wi-fi que repleta el lugar de desconocidos de mala catadura, que nos han costado la mitad de los árboles y los arbustos de picuala y mar pacífico, y nuestros niños y nuestros perros sean lo menos visto allí. Qué pena que estos advenedizos que están colonizando La Asunción hayan cortado todas las flores de Pascua de sus jardincitos para inventarse garajes donde guardar sus motos relucientes y sus autos con chapas estatales. Qué pena que en los atardeceres y en las noches ya nadie toca un piano en La Asunción. Qué pena que en el invierno ya no se puede aspirar aquel aroma a polvo frío de estrellas porque los basureros y los cadáveres mutilados de animales podridos lo han desterrado del viento. Qué pena que nuestras calles están llenas ahora de gente fea y con modales pésimos que enseñan sus billetes sin pudor o comercian con desfachatez en portales y esquinas. Qué pena que en un reparto donde la gente iba a la iglesia, ponía Nacimientos y hermosos árboles de Navidad  y el 31 de diciembre se abrazaba y se felicitaba, hoy algunos vecinos que se creen imbuidos de poderes mágicos utilicen la religión para intentar intimidar a otros vecinos.

¿Y por qué a estos vecinos nuevos les resulta tan atractiva la idea de ser ahora propietarios en un reparto que fue “de ricos”? ¿Habrá sido reabierta la carrera de Sociología en nuestras Universidades? Porque de ser así, este fenómeno que estoy viendo en La Asunción donde nací merece un estudio profundo, pues detrás de esta vulgar fabulación se esconde algo peor que una simple vanidad. Estamos asistiendo, creo, a la temible consolidación de una clase social deforme y degradada, obtusa, codiciosa y sin valores morales ni normas de convivencia social, una clase caricaturesca, sí, pero de la que no debemos reírnos, porque reírse de ellos sería una actitud cívicamente irresponsable. Pienso que deberíamos llorar. No se me ocurre qué otra cosa pudiéramos hacer más allá de padecer su presencia, porque han llegado para quedarse.

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Buenos consejos para malos críticos literarios

En varias ocasiones he encontrado en textos cubanos de crítica literaria —o que pretenden serlo— valoraciones despectivas sobre algunas novelas, relatos y poemas a los que se tilda de incomprensibles o incoherentes “por exceso de referencias culturales”. Curiosamente son muchos menos los artículos y ensayos especializados criticados por abuso de un metalenguaje con pretensiones científicas y un interminable catálogo de tecnicismos que, según afirman sus defensores, pertenecen a la Teoría Literaria, cuando en realidad la mayor parte corresponde a la Retórica griega clásica. Esta confusión no deja de ser simpática.

Entre los textos nacionales acusaados de “exceso de referencias culturales” —qué interesante: cuando se trata de Carpentier o de Lezama se le llama estilo barroco— se encuentran mi novela Malevolgia, la noveleta Onoloria, de Miguel Collazo, autor cubano ya fallecido, y Cibersade, del también escritor cubano Alberto Garrandés. Hasta donde sé, Collazo mientras vivió nunca publicó ni una frase sobre todo lo bueno y lo malo que se escribía sobre Onoloria, y después de su muerte obviamente los ataques y defensas quedaron a cargo de sus fans y detractores. En cuanto a Garrandés, nunca ha mostrado interés en responder o refutar a quienes atacan su trabajo. Pero es el caso que además de ser Malevolgia un libro mío, fui desde mi primera lectura de Onoloria una defensora apasionada de ese texto que considero una joya de la literatura cubana. Y admiro mucho la literatura de Garrandés, al menos hasta su novela Fake, pues lo que ha escrito después no lo conozco bien. Son, pues, creaciones que me motivan  a reflexionar sobre el trabajo de los críticos literarios profesionales y de otro tipo, y con modestia no tan suma ofrecer un par de consejos a quienes los necesiten e incluso a quienes no sepan que los necesitan.

En primer lugar, siempre que una persona que está escribiendo crítica literaria —sea un profesional, un aficionado o un improvisado, que hay muchísimos— afirma que cierto texto padece un  exceso de referencias culturales, lo primero que yo hago, con independencia de la nacionalidad del crítico y del criticado, es investigar si el criticado pertenece a esa minoría segregada presente en la literatura de todos los países a la cual, por falta de una definición mejor (y por influencia de Darío), se ha dado en llamar raros, porque los escritores raros ciertamente suelen posicionarse entre los detentadores de las culturas más vastas. Sospecho que esa visión panorámica en extensión y profundidad es precisamente la que los convierte en seres diferentes dentro del mundo letrado.

Mi segundo paso consiste en examinar cuidadosamente la formación cultural del crítico en cuestión. En Cuba la mayoría de los críticos literarios  suelen tener una preparación teórica sólida y hasta impresionante, pero lamentablemente —con honrosas excepciones—la vida es breve y les ha faltado tiempo para hacerse con una cultura tan sólida e impresionante como su arsenal teórico. Y además, se  puede acceder a las mejores bibliotecas del mundo, las mejores universidades, los mejores profesores, los más ilustres archivos, pero… otra cosa muy diferente es el partido que este alumno brillante y futuro crítico sea capaz de sacarle a semejante aprendizaje, porque la capacidad intelectual está dictada por factores biológicos y genéticos que sobrepasan la voluntad individual. Dicho de un modo más simple: se puede ser el mejor estudiante de una facultad, Diploma de Oro de una Universidad prestigiosa, estar literalmente cubierto de premios, ser conferencista internacional, etc. y a la hora en que el individuo se queda a solas con sus neuronas, no poder hacer mucho con las que Natura le dio. En justicia, si un intelectual de las letras no está muy dotado en su inteligencia, sensibilidad, capacidad de observación, capacidad para relacionar  y discriminar, etc., no debería llegar muy lejos, pero en la cotidianeidad suele ocurrir lo contrario. No hay que creer demasiado en la justicia poética ni esperar que ella ponga siempre las cosas en su verdadero lugar.

La mentalidad del crítico es otro factor a tomar en cuenta en los malos juicios literarios. No hay que olvidar que una de las más importantes personalidades de la cultura cubana, Enrique José Varona, fue incapaz de apreciar la creación poética de Julián del Casal y despreció el modernismo en su conjunto. Siempre he recordado a Lucy, subdirectora de la ENIA cuando fui becada allí, por esta sola pero genial observación: “La inteligencia y la mentalidad no tienen nada que ver”.

Antes de continuar debo confesar que siempre me he preguntado qué habría sido de Lezama, Carpentier y Eliseo Diego (y otros integrantes del grupo Orígenes) si en vez de haber llegado a 1959 con nombres ya sólidamente establecidos en la literatura nacional y coronados de laureles, hubieran tenido que salir a la arena del circo bajo la mirada adusta y soberbia de nuestros actuales críticos literarios, tan gustosos de bajar los pulgares cuando no deben y subirlos cuando deben aún menos. Dulce María no habría sido tan mascabada en ese sentido porque, aunque era cultísima, a la hora de escribir le interesaba más explorar su mundo interior y sus recuerdos que bracear en las aguas procelosas de la cultura universal. Su Carta de amor a Tutankamón fue, me parece, una excepción en tal sentido dentro de su obra. Una bellísima excepción.  Aún así, yo podría reflexionar un poco sobre algunas de las exégesis que la crítica nacional ha hecho a su novela Jardín, pero ese es un tema bastante farragoso.  Para esgrimir un ejemplo de cómo medir el potencial intelectual de un crítico no pienso en los casos de Lezama, Señor Oscuro por excelencia, ni en Carpentier, que no es tan incomprensible como tanta gente suele creer, pero sí en Eliseo, un poeta que aun habiendo escrito gran parte de su obra dentro de la más pura tradición de la cultura castellana clásica,  solo cuenta hasta hoy entre nosotros con un estudio realmente serio, documentado, reflexivo, cultísimo, analítico e inspirado de su pobra poética, ese libro tocado por la gracia que es Eliseo Diego el juego de DiEz.  Salvo por esta proeza, el universo de las profusas referencias culturales de Eliseo Diego continúa estando fuera del alcance de nuestra crítica literaria, por muy académica que esta sea.

Ejemplos más cercanos a mí son Miguel Collazo, culpable por haber escrito Onoloria, y Garrandés, culpable por casi toda la ficción que ha escrito. ¿Por qué, pero por qué a pesar de ser Onoloria un texto de incuestionable majestuosidad y belleza en el ritmo de su prosa, en sus metáforas, sus atmósferas, su ekphrasis y hasta en sus signos de puntuación, ha sido catalogado, también por alguien con un nombre rutilante dentro de las letras cubanas, como “un buen escritor de segunda fila”? Conste que la cita es textual, y aunque estoy citando de memoria la recuerdo perfectamente por el escándalo y la indignación que provocó en mí esa frase. Y todavía sigo indignada.

Yo me sentí en la obligación perentoria de escribir un breve ensayo sobre Cibersade y una monografía de hermenéutica simbólica sobre Isabeau  —dos obras de Garrandés— porque estaba casi segura, por no decir totalmente segura de que salvo para un pequeño cenáculo culturoso, entre quienes se encontraba el único e irrepetible Rufo Caballero,  el enigma encerrado en los laberintos vertiginosos de Cibersade y la enorme, infinita belleza de Isabeau pasarían inadvertidos, ignorados o peor, vilipendiados por la ceguera de los críticos. ¡Cuánto pierden, por solo citar un ejemplo, aquellos lectores —y críticos— de Cibersade que no alcancen a comprender que su estructura conceptual está concebida como un —y pertenece al arquetipo de— Ouroboros.

No quiero ser agresiva, quiero entender a los críticos y a sus errores y pifias cuando se trata de errores y pifias demasiado evidentes como para tener una explicación plausible. Por eso, antes de continuar buscando la respuesta que tanto quiero encontrar, le daré voz a alguien que no es cubano, por lo que no compite con otros críticos dentro de los predios nacionales. Alguien a quienes los críticos cubanos respetan enormemente. Alguien que tiene un renombre internacional muy bien ganado, y a una obra suya consultada por varias generaciones de escritores, críticos y teóricos de la literatura. En el capítulo “Crítica ética: teoría de los símbolos”, de su celebérrimo libro Anatomía de la crítica, dice Northrop Frye:

Parece inevitable la conclusión de que una obra de arte literaria contiene una diversidad o secuencia de significados […] Hoy en día existe una mayor tendencia a considerar el problema del significado literario como subsidiario de los problemas de la lógica simbólica y la semántica. En lo que sigue trato de operar lo más independientemente posible de estos últimos tópicos, sobre la base de que el sitio más apropiado para comenzar a hacer indagaciones acerca de una teoría del significado literario está en la literatura.  El principio del significado múltiple o  “polisemo”, como lo llama Dante, ya no es una teoría, mucho menos una gastada superstición, sino un hecho establecido. Lo que lo ha establecido es la evolución simultánea de varias escuelas diferentes de crítica moderna, cada una de las cuales ha hecho una elección discriminativa de símbolos para su análisis. El estudioso moderno de teoría y crítica se enfrenta con un cuerpo de retóricos que hablan de textura y asalto frontal; con especialistas en historia que tratan de tradiciones y fuentes; con críticos que tratan con materiales tomados de la psicología y la antropología; con partidarios de Aristóteles, de Coleridge, de Santo Tomás, de Freud, de Jung y de Marx; con especialistas en mitos, ritos, arquetipos,  metáforas, ambigüedades y formas signi- ficativas. El estudioso debe, o bien admitir el principio del significado polisemo, o escoger uno de estos grupos y tratar luego de demostrar que todos los demás son menos legítimos. El primero es el camino del saber y conduce al progreso del conocimiento. El segundo es el camino de la pedantería y nos ofrece una amplia selección de fines, siendo los más notables la erudición fantástica o crítica del mito; la erudición contenciosa o ´crítica histórica; y la erudición “delicada” o nueva crítica.

Como este libro está fechado en 1997, Frye probablemente no tuvo tiempo de conocer estilos  y escuelas aún más nuevos de teoría y crítica literarias, en especial los que se expresan en un metalenguaje tecnicista que compite en ininteligibilidad con los metalenguajes de las más avanzadas disciplinas de la ciencia actual. En Cuba y en nuestros exilii mundi tenemos muchos representantes de ello. Suplico perdón de rodillas  por mis malos latines, que no pudieron salir indemnes de los quince minutos por clase que el profesor Chavarría dedicaba a los alumnos del Curso por Encuentros de la Facultad de Filología de la UH, pero no se trata aquí de mis malos latines, sino de la piedra filosofal que ofrece Frye tan desinteresadamente como todo buen teórico de la crítica debiera hacer: nada más y nada menos  que la multiplicidad de significados que pudiera encerrar una obra literaria y que, me atrevo a sospechar, podría ser uno de los indicadores que decidieran si se trata de un simple libro o de una auténtica obra literaria, lo cual, por supuesto, dista mucho de ser lo mismo. Frye no ha sido el único en advertir sobre la polisemia de los textos, pero es muy conocido entre los críticos cubanos, por eso lo cito y no a Dante, que parece haber sido el primero en darse cuenta, según Frye.

Nadie puede saberlo todo. De hecho, grandes críticos como Frye, Bachelard, Durand (mis preferidos) saben casi todo, pero no todo, por la sencilla razón de que el tiempo de la vida humana útil para desarrollar, cultivar y hacer florecer el intelecto es brevísimo y no alcanza para apropiarse de todo el saber y la memoria acumulados por las civilizaciones durante milenios. Pero un crítico tiene la obligación de saber de qué habla. Entonces, aunque no sea pecado no saber de alquimia,  para mí es una tremenda impropiedad que un crítico cubano desbarre sobre Onoloria sin tener nociones de alquimia. Si el blasfemo fuera un crítico praguense —¡Praga, ciudad europea de magos y alquimistas!—, entonces convendría desintegrarlo por incompetente. Se comprende que un crítico cubano de nuestro tiempo no posea nociones de alquimia, puesto que ella no forma parte del complejo cultural caribeño, y en Cuba, salvo el pinareño Wash, los escritores Lezama, Oscar Hurtado, Miguel Collazo  y  “algunos otros cabellos del la Virgen”, como reza el refrán medieval, la alquimia es algo tan inimaginable como el Tratado de Ifá para un alquimista de Praga. Cuestión de contextos. Yo condeno a los críticos nuestros no por desconocer el opus nigrum, sino por pretender que se trata de un saber innecesario para su profesión. Hay que leer las novelas de la judía praguense Daniela Hodrová para ver lo que un escritor de hoy puede hacer con la alquimia. Para quienes no conozcan de alquimia esas novelas magníficas serán incomprensibles o les ofrecerán un muy pobre nivel de lectura. Esos lectores jamás serán naturalezas trascendidas, que es lo que persiguen la alquimia y la verdadera literatura. Por supuesto, leer a Hodrová es solo una sugerencia, y para quienes lo merezcan, una muy sentida invitación que les hago.

Pero ¿qué pasa cuando un crítico que no sabe nada de alquimia quiere opinar sobre Onoloria? ¿O cuando se enfrenta como lector a una novela de Hodrová? Para decirlo en buen criollo como lo enunciaría Rufo si estuviera vivo: al crítico se le cae la trusa. La multiplicidad de significados, la polisemia de la creación, la intención o el entramado de intenciones del autor, toda la enjundia de lo que quiso decir al mundo se convierten para ese crítico en nada. Ni siquiera equivalen a la Tierra Prometida que Moisés vio de lejos pero no pudo alcanzar, porque ese crítico no sospecha que la Tierra Prometida existe, así que no la está buscando. Los juegos de la cultura, riquísimos, pletóricos de significados, de intenciones, de relaciones, derivaciones, sugerencias, nexos, opacidad neblinosa que sugiere sin evidenciar, que define sin cenizar, la cuarta dimensión donde todo sucede, como diría un escritor de ciencia ficción para enrutar el fenómeno sin demasiadas complicaciones conceptuales, todo eso queda fuera de la percepción de este crítico miope por falta de cultura que, como se le advierte a todo estudiante cuando pisa por primera vez en una Universidad, no le será dada en la Universidad; allí solo le darán el método para sistematizar el conocimiento. La Doctora Beatriz Maggi, una de las mentes más poderosas de la cultura cubana y profesora de Literatura de la UH, me dijo en más de una ocasión que al 5 de los buenos estudiantes ella prefería el 3 de un alumno que intentara comprender el mundo.

Pasemos ahora a Isabeau, el relato de Garrandés,  y expurguemos solo algunos momentos de este texto refinado y suntuoso. ¿Qué puede significar para un crítico miope el cirio malva sobre cuya superficie están grabados los versos de Bilitis, y esa cera derritiéndose lentamente al calor de la llama en la alcoba vacía de Isabeau? Esta imagen totalmente simbólica y cinematográfica deviene solo un adorno si este crítico no conoce a Pierre Loüys, el poeta francés que se inventó un heterónimo llamado Bilitis, joven poetisa griega autora de himnos eróticos y amante de Safo. O bueno, supongamos que el crítico sí lo sabe, pero no es capaz de encontrar los vasos comunicantes que le permitirían desentrañar el simbolismo de la imagen, magnífica metáfora del eros moribundo de un amor que Isabeau ya no siente por su esposo. Un cirio consumiéndose que se convierte en una señal del inminente abandono. También se ha dicho que Garrandés no manejó bien en Isabeau la caracterización de los personajes, porque no tienen pasado. El hábito de los escritores realistas de crearles a sus personajes un pasado en el que no quede ni un espacio vacío pudiera ser algo ya técnicamente trascendido por la narrativa posmoderna —¿y qué pasado tiene Bárbara en Jardín?—. Una magia extraña emana de la osadía con que los personajes  irrumpen en la historia como salidos de la nada: una única referencia del ayer remite a la luna de miel de la pareja protagónica en un fuerte del desierto donde han conocido a un joven nómada, cuyo discurso inocente y sencillo plantea el gran problema literario —el conflicto conceptual— del relato: ¿qué es más poderoso, ¿el símbolo o el signo, la imagen o la palabra, el hemisferio derecho del cerebro o el izquierdo, la mente dionisíaca o la apolínea?  ¿Podría nuestro crítico miope comprender que el planteamiento arquetípico de esta díada ontológica es resuelto dentro del mismo relato, cuando el esposo humillado contempla impotente con su mente apolínea el alborozo erótico pleno de gozo de Isabeau y su amante Zac, el hechicero, representantes de lo dionisíaco, y es esto lo que ve: “Eran como dos ángeles inmensos”?. Esta frase final del relato vale por todo un tratado sobre la vida, el arte y la muerte. Isabeau no es la mera historia de un adulterio decadente, ese sería su nivel de lectura más elemental. Isabeau es un polisemo, como también lo es Onoloria, alegoría medieval de la incognoscibilidad de Dios entendido como metáfora de la perfección inalcanzable. Entre otras cosas.

.¿Cómo puede un crítico tildar de incoherente a Malevolgia, cuya historia se desarrolla en uno de los muchos escondites donde los nazis ocultaron los tesoros que robaban de los países que invadieron y saquearon, si no conoce la historia oculta del nazismo, las creencias esotéricas que animaban a la cúpula germana, su mística, su mitología, sus vínculos con algunas corrientes religiosas de la India (que fueron también vínculos políticos), si ni siquiera conoce bien la saga del Santo Grial, que para los cubanos no resulta del todo ajena porque aquí se han publicado novelas sobre el tema y se han visto algunas películas? ¿Cómo puede el crítico hablar de incoherencia por exceso de referentes culturales si no sabe que los nazis fueron los más grandes brujos de su época, solo igualados por los ingleses, y tenían, además, una obsesión patológica por su validación com  grupo a través del arte, que robaban como urracas, lo mismo que objetos valiosos cargados de simbología y significados relacionados con el poder? Eso es historia, es antropología, es el pasado relativamente reciente del hemisferio occidental, al cual pertenecemos. ¿Acaso se puede dudar del papel que ciertos monstruos humanos jugaron en el nazismo cuando se ha visto en Cuba una muestra de la cinematografía catalana como Insensibles? ¿Acaso el crítico sabrá que el padre de Majisasura no es un ente de ficción, sino uno de los hombres más misteriosos del III Reich y muy estimado por Hitler, Otto von Rahn, a quien el Fürer realmente envió al Languedoc, antiguo país cátaro, a buscar el Santo Grial? Von Rahn no solo llevó a cabo esta tarea, sino que publicó sus memorias tituladas La corte de Lucifer, se pueden descargar de Internet.  Un crítico que escriba sobre Malevolgia sin conocer la historia oculta del nazismo nunca podrá encontrar dentro de esa novela las pistas que le ayuden a organizar el discurso metatextual. Su desconocimiento solo le permitirá ver caos donde hay todo un sistema simbólico organizado, pero para él inaccesible. Un crítico insuficientemente culto no puede ver los nexos, por lo que no ve más que partes dispersas de un todo, fichas de un rompecabezas que no puede armar. Por supuesto, la impresión que le deje la lectura será de incoherencia, se sentirá abrumado por tantas referencias culturales…, pero no es más que manquedad perceptiva por defecto.

Hace años escribí Decálogos del crítico y del jurado perfectos, y hoy vuelvo sobre el tema. ¿Qué le aconsejaría yo a un crítico o a un jurado que se encuentren en la difícil situación de tener que evaluar algo que no están capacitados para comprender? En primer lugar sugiero recurrir al muy conocido y probadamente eficaz recurso de evitar emitir juicios de valor sobre lo que no se domina o no se entiende; debe preferirse siempre pisar sobre terreno seguro escogiendo para hacer nuestra crítica una obra que no deje al desnudo nuestras flaquezas en el oficio. Es lo más sensato. Pero si estamos muy interesados en dirigir nuestro foco rojo sobre un material que nos supera, entonces no queda más remedio que investigar, investigar e investigar, como lo hizo el escritor. Llegar a saber, como el escritor sabe, que en Malevolgia no se ha escogido por gusto a Parsifal como el héroe personal de Majisasura el Jiboso; que ver al caballero con su armadura de plata acercarse en su blanco corcel a las murallas de Montsegur, castillo que guarda el Grial, no es por gusto la última imagen que Majisasura recuerda de su infancia: Majisasura ha hecho de Parsifal su ídolo personal porque Parsifal es puro y Majisasura cree en la pureza, la ansía, la necesita para salvar la parte de su alma que los hombres de la cruz (los nazis, la swástica) no han conseguido mancillar aunque hayan hecho de él un monstruo más que genético. Wagner quiso representar en su ópera Parsifal al hombre puro, el ario superior que encarnaría Nietsche en Zaratustra. Majisasur, acuya ópera predilecta es Parsifal, quiere ser redimido por la pureza de Marita, ella es su Grial y quiere merecerla. Pero no puede triunfar porque él no vive en el mundo de Marita, aunque ambos compartan el mismo espacio cruel y casi infernal: ella habita una realidad pedestre y sucia, sin pizca de grandeza, y ese encenagamiento la separa de la majestad heroica con que sueña Majisasura. Este crítico a quien hago sugerencias debería también investigar sobre las antiguas ferias de diversiones; si lo hubiera hecho antes de hablar sabría que lo que parece exceso de referentes culturales no es más que una parte de lo que se podía encontrar en una feria de atracciones de la primera mitad del siglo XX. Y véase que digo feria de atracciones y no de diversiones, pues no es lo mismo. Y si nuestro crítico creyera que un ser como Majisasura no puede existir, debería investigar sobre los Freak Circus…  Malevolgia es el mito del Minotauro en el Laberinto, es La Bella y la Bestia y muchas otras cosas… Un bosque sagrado que solo deja entrar a quien cabalgue un unicornio, como habría dicho Lezama; un mundo de símbolos que solo el dominio de la cultura permite descifrar y vertebrar. Su polisemia es tan densa que el crítico se extravió en el umbral.

Y el tan controvertido tema de las deficiencias culturales de los críticos literarios cubanos me lleva a otro territorio: el de la confusión de géneros. Los críticos tienen tendencia a valerse de sacos, gavetas o cualquier clase de compartimentos que sirvan para mantener separados grupos de cosas, lo que los lleva a etiquetar compulsivamente cada novela, cada relato, cada ensayo bajo la etiqueta de algún género. Ese mecanismo tan cómodo y con tan nobles fines docentes funciona solo si la obra etiquetada se atiene a los parámetros o características del género en cuestión, pero ¿y cuando la obra desborda el molde, cuando es indócil y se parece a una representación de la Kaosfera? Donde más compulsivos se vuelven los críticos etiquetando, marbetando y ensacando es en el género fantástico. Todo lo que no es realismo ni ciencia ficción ¿qué será, será / whatever will be, will be / the future’s not ours to see/ Que será, será? Pues fantástico, claro, ¿acaso queda otro saco…?

Y yo me pregunto cómo podrían ser fantásticos  mis relatos El druida y Caín en las entrañas de la noche o mi noveleta Serata di gala, donde todo lo que ocurre está narrado desde la perspectiva de individuos sumidos en estados alterados de conciencia y, por consiguiente, con una percepción distorsionada de cuanto les rodea. Cada uno de los tres protagonistas tiene su detonante personal para caer en ello: el druida Ainnle sus creencias y angustias religiosas, el capitán Adán B. la misteriosa muerte de su hijo y su psicosis de guerra como secuela de su estancia en Viet Nam y, y la dama Catalina el estado de exaltación provocado por la ópera Tosca actuando sobre su vacío existencial y su hambre de amor romántico. Lo que le sucede a nuestro crítico hipotético es que la convención le ha tapado la objetividad crítica. Aquí lo que cabe es hablar de realismo subjetivo. Si comparo estos textos míos con, digamos,  El color que cayó del cielo, de Lovecraft, donde todo lo narrado por el granjero que cuenta y por su amigo, el también granjero Nahum Gardner, pertenece a la perspectiva de lo real por muy fantástico que parezca (el meteorito que envenena los campos en realidad cae del cielo y envenena los campos, la familia Gardner en verdad se extingue, el suelo envenenado en realidad contamina los campos cultivados, etc…), y es, sin embargo, un cuento de horror sobrenatural, saltan a la vista las diferencias de género que, sin embargo, los críticos son incapaces de ver. Un relato fantástico es Pedro Páramo: ¿quién quebraría una lanza para sostener la subjetividad de los muertos de Comala?

Los géneros, tanto dentro de la literatura como dentro del periodismo, están pasando por obra y gracia de la posmodernidad a la categoría de antigualla histórica, si no a algo peor. No tengo nada que objetar si a los estudiantes de periodismo se les sigue exigiendo en sus exámenes que hagan una noticia, un comentario, un reportaje, un artículo de fondo, etc. Pero me parecería todavía mejor que dieran fe de su dominio de la profesión haciendo un segundo examen donde demostraran ser capaces de mezclar todos los géneros periodísticos. La posmodernidad no es un tiempo de moldes ni etiquetas, sino de mezcla, en lo que se parece bastante a la Edad  Media. Quién hubiera dicho a los teóricos del periodismo de los años 40, portadores del estandarte de la objetividad impersonal, que en nuestros días cobraría cada vez un auge mayor el periodismo en primera persona. Pero está ocurriendo, y en las librerías del mundo aparecen cada vez más novelas donde confluyen mundos reales y fantásticos en un maridaje imposible de etiquetar.

¿Qué sería entonces lo más aconsejable y seguro para nuestro crítico, y en general para todos los críticos? Abstenerse de clasificar por géneros. La crítica seria no debe mantener la definición del género  de una obra literaria como un propósito importante, sino más bien desentrañar los elementos de cada género que aparezcan mezclados en las obras literarias. Tal novela tiene tales elementos de novela negra, tales de realismo, tales de fantástico, tales de viajes, etc. Términos como novela de aprendizaje, novela de tesis, etc., parecen peligrosamente amenazados de devoración por conceptos más abarcadores como novela mundo y otros. Es mejor analizar la diversidad que empeñarse en unificar aquello que no es reducible a una fórmula prestablecida. Rectificar es de sabios, pero detenerse antes de cometer un error que luego debamos rectificar es doblemente sabio.

Cultura, objetividad y prudencia son las tres claves que, si usted quiere hacer crítica literaria, le evitarán un artículo como este. Háganme caso, mi intención es buena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DE CAROTAS A CARITAS, DIEZ MILENIOS DE BELLEZA

Tal vez muchas personas que tienen montadas o torcidas algunas de sus piezas dentales se pregunten a qué se debe este molesto problema llamado apiñamiento, que obliga a usar esos feos aparatos correctores de metal, los impopulares “alambritos”. Habrá quien piense que es un mal hereditario pues alguno de sus abuelos o abuelas también lo padecieron, pero la inmensa mayoría tendrá que conformarse con cualquier explicación que les ofrezca el odontólogo, y nunca les pasaría por la mente la verdadera causa: la cabeza de la especie humana lleva milenios reduciendo su tamaño, y hoy es bastante más pequeña que hace 10 000 años, por lo que las piezas de nuestra dentadura disponen ahora de mucho menos espacio para posicionarse que en fecha tan remota.

Reconstrucción del cráneo de un hombre neandertal

Quién diría que la reducción de cabezas, que aún hoy practican algunas tribus en muy atrasados estadios de desarrollo y dura semanas o meses para poder considerarlo un procedimiento terminado, la Naturaleza ha demorado tantísimo para conseguirlo. Y sin embargo, así es. Ha triunfado la tendencia milenaria a producir cráneos humanos cada vez más redondeados y con mandíbulas más pequeñas. ¿Por qué? Pues al parecer esta interesante mutación tiene por causa fundamental el cambio de dieta ocurrido cuando la humanidad pasó de ser nómada cazadora a agrícola sedentaria. Al no necesitar la trituración de huesos de animales para poder alimentarse, los huesos, músculos y dientes del hombre tampoco necesitaron ser tan grandes y robustos. Sin duda existe una enorme diferencia entre tener que descarnar a dentelladas el muslo de un buey y masticar tubérculos y vegetales.

Justamente este cambio dietario y la posibilidad de cocción de los alimentos comenzó hace 10 milenios aproximadamente. En la misteriosa Göbekli Tepe, ciudad de Turquía considerada hasta hoy la más antigua del mundo (12 mil años), los arqueólogos han encontrado restos humanos que muestran que los cráneos de sus habitantes habían empezado ya a encogerse comparados con los de sus contemporáneos de zonas cercanas, que no habían adoptado hábitos sedentarios.

Cráneo neolítico reconstruido perteneciente a una joven griega de 18 años hallada en Tesalia.

Perfil del mismo rostro donde puede apreciarse el gran tamaño del mentón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camila, duquesa de Cornualles

Según Clark Spencer Larsen, profesor de antropología en la Universidadde Ohio, EEUU.,  “muchos hombres de esa época tendrían cráneo de Arnold Schwarzenegger, mientras la cara de las mujeres recordaría a Camilla, Duquesa de Cornualles. Por el contrario, Tony Blair y George Bush hijo, son buenos ejemplos de formas más delicadas y modernas”.

Mediciones realizadas por antropólogos de la Universidad de Emory en Atlanta (EEUU), en habitantes de Nubia, en Egipto y Sudán, confirman que la parte alta del cráneo ha crecido más y de manera más redondeada, tendencia similar encontrada en restos humanos de otras partes del mundo, mientras la mandíbula se ha acortado.

Al parecer, el rostro de la especie humana se ha estado encogiendo entre un uno y un dos por ciento cada 1.000 años, También nuestros dientes son cada vez más pequeños y disminuyen en número. Hace diez milenios a todo el mundo le crecían las muelas del juicio o cordales, pero hoy la mitad de la población mundial carece de ellos. También los incisivos laterales se hacen cada vez más pequeños.

 Sin embargo, el cambio dietario podría ser la primera causa, pero no la única, pues aún pudiera existir otra de carácter estético: los seres humanos cambiaron sus patrones de belleza y lentamente comenzaron a preferir parejas con rostros más pequeños. La explicación podría consistir en un motivo simple: las caras grandes tienen un mayor espacio entre sus rasgos, es decir, poseen una mayor distancia entre el mentón, la boca, la nariz, los ojos etc., lo que las hace más irregulares, mientras que en las caras más pequeñas estos espacios disminuyen favoreciendo la armonía entre los rasgos al dar lugar a un fenómeno conocido como la proporción áurea o divina proporción, un canon de medidas en el cual los griegos del período clásico afirmaron que se basa el secreto de la Belleza. El número de oro, el número dorado o número áureo, número fi, sección áurea, razón áurea, razón dorada, medida áurea o divina proporción, pues bajo todos estos nombres se le conoce, está representado por la letra griega Phi = 1,618034 en honor al escultor griego Fidias. Posee muchas propiedades interesantes, fue descubierto en la antigüedad y concebido no como una “unidad” sino como una relación o proporción. Es un número irracional que vincula dos segmentos pertenecientes a una misma recta. Dicha proporción puede hallarse en la naturaleza en las flores, las caracolas y muchos otros productos de ella, como también en figuras geométricas, y se le otorga una condición estética: aquello cuyas formas respetan la proporción áurea es considerado bello. Está presente, por solo mencionar un ejemplo, en la arquitectura del célebre Partenón griego.

El Partenón griego y Mona Lisa, óleo Leonardo da Vinci

Los rostros que cumplen con las medidas de la proporción áurea son considerados los más bellos por los seres humanos, y preferidos a la hora de dar rienda suelta al gusto y a la selección de parejas.

El siguiente fragmento, tomado del post La medida de la belleza (http://instintologico.com/la-medida-de-la-belleza/ explica bastante bien el fenómeno:

El investigador de la Universidad de California en San Diego Stephen Marquardt,  ha probado que los rostros que resultan más atractivos son aquellos que sus partes determinan longitudes que se ajustan a la razón áurea. Y que esa razón no dependía ni del lugar, ni de la cultura, ni de las razas. Para realizar el estudio utilizó fotografías de rostros de mujeres en los cuales había variaciones en las proporciones faciales y  pidieron  a personas de diferentes partes del mundo, que ordenaran varias  fotografías de rostros, en un orden del más bello al más feo según su criterio. El resultado fue que el 97 % de las personas encuestadas, ordenó los rostros en el mismo orden, por lo tanto Marquardt concluyó  que la población mundial compartía el mismo concepto de belleza.

Aunque se desconoce por qué los rostros con estas proporciones se consideran más hermosos, los investigadores indican la teoría de que los seres humanos tienen un prototipo mental que representa un promedio de todos los rostros y los que están más cercanos a él son considerados los más atractivos.

Marquardt utilizó la razón áurea para fijar la distancia entre los elementos faciales (ojos, nariz, boca, pómulos, barbilla y creó el concepto de máscara de la belleza, aproximando relaciones medias con el número áureo. Pronto las máscaras alcanzaron fama por comprobarse que las máscaras resultaban  muy útiles para realizar operaciones de cirugía estética y reconstrucción facial.

La máscara Marquardt permite aplicarse sobrepuesta al rostro humano y detectar las diferencias que existen entre la cara de la persona y la máscara. Resulta que la máscara se ajusta perfectamente a los rostros bellos.

Máscara de Marquardt

Lógicamente, mientras más individuos seleccionen como parejas sexuales a otros individuos con rostros pequeños, se incrementará el número de nacimientos de otros individuos con rostros pequeños, lo que llevado a una proporción exponencial durante milenios da como resultado que en la actualidad sean estos los más numerosos, en especial, en países poseedores de patrones culturales estéticos refinados, como los de Occidente, heredero de la cultura grecolatina, y Oriente, con culturas de tan antigua evolución como la china, la japonesa y las de países como la propia Turquía y la India.

Estudios realizados por cirujanos estéticos londinenses aplicando la proporción áurea a los rostros de famosas estrellas de cine y modelos de moda han dado como resultado que los tres rostros más perfectos serían, en primer lugar, el de la actriz Amber Heard, seguido en segundo lugar por el de Kim Kardashian y en tercero por el de la modelo británica Kate Moss.

Amber Heard

Kim Kardashian

Kate Moss

Otros rostros célebres por haber pertenecido a mujeres consideradas como las más bellas de sus épocas son el de Nefertiti, esposa del faraón Amenophis IV, quien protagonizara la mayor revolución religiosa en el Egipto antiguo destinada a introducir el monoteísmo. Nefertiti no era de raza egipcia, sino, posiblemente, hitita, y su famoso busto, conservado en el Museo Egipcio de Berlín, muestra una mujer de belleza absoluta y enigmática a la que sobrecoge mirar.

Nefertiti. Nótese cierta semejanza con el rostro de Kim Kardashian

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y la actriz de origen francés Angelina Jolie, símbolos sexuales cuya belleza se ha convertido en icónica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero no le aconsejo a nadie, ni mujer ni hombre, pues también hay hombres cuyo rostro presenta la proporción áurea, que se apliquen  la máscara de Marquardt para saber qué tan cerca están del ideal de la belleza perfecta. Será mejor que quienes lo necesiten hagan una visita al dentista para mejorar la apariencia de sus dentaduras y, en el peor de los casos, que aprendan a amarse a sí mismos tal como la naturaleza y la genética los han hecho. La Belleza abre muchas puertas, es verdad, pero no protege de la infelicidad, mientras que una sabia conformidad con lo que no puede ser cambiado ofrece más probabilidades de una vida con bienestar espiritual, que quién sabe si sea un don más importante que la Belleza para tener una vida plena.

Y surge, sin duda una pregunta: ¿Cómo sería nuestra cara en el futuro? Responde explica Paul Palmqvist, catedrático de Paleontología del Departamento de Ecología y Geología, de la Universidad de Málaga.

Si nuestro cráneo continúa evolucionando, lo previsible sería que continuase con esa juvenilización en las proporciones craneales, lo que llevaría a una cara más reducida, con órbitas oculares proporcionalmente mayores, un mentón de menores dimensiones y una bóveda craneal más globular y desarrollada. Eso sería lo esperable si continúa un proceso que se conoce como neotenia, que quiere decir alcanzar el estado adulto reteniendo características juveniles.

De izquierda a derecha ejemplos progresivos de la evolución del rostro humano. El penúltimo sería el rostro actual, mientras que el último correspodería al rostro humano del futuro, aanque ya se pueden ver muchísimos como ese. ¿No nos recuerda un poco el semblante de José Martí?

De cualquier modo, hay un detalle que posiblemente resulte muy interesante conocer: los neandertales no desaparecieron ni fueron exterminados, sino que se fusionaron con los homo sapiens, es decir, con nosotros, a través de apareamientos sexuales, e incluso hallazgos arqueológicos permiten suponer que las dos especies hasta llegaron a convivir en armonía. Según las estadísticas,  los humanos actuales podríamos tener hasta un dos por ciento de ADN neandertal. En un pueblo de España se realizó pocos años atrás una investigación genética a partir de una muestra de ADN tomada de los restos arqueológicos de un hombre neandertal y se hizo un descubrimiento casi fantástico: aún seguía teniendo descendientes en el pueblo, uno de ellos el maestro de la escuela. Qué sorprendente, ¿verdad? Pues luego de haber visto aquí varios rostros neandertales, les muestro uno conocidísimo en nuestros días, y se darán cuenta de que los podemos encontrar con bastante frecuencia en cualquier parte:

El actor español Javier Bardem. Según estudios antropológicos y antropométricos, España sería una de las regiones del planeta con mayor presencia actual de rostros de características neandertalenses. Bardem estaría entre ellos. Se explica que las hembras homo sapiens no fueran reacias a aparearse con machos neandertales.

 

 

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¿Grimorios..? La magia tiene su tiempo

Hace poco varios jóvenes sostenían en un parque de El Vedado una muy curiosa perorata sobre grimorios, un tema que jamás esperé oír en Cuba, no porque sea tabú ni tenga en su contra sambenitos ideológicos, sino simplemente porque esta isla no conoció la Antigüedad ni la Edad Media, épocas en que surgieron y se desarrollaron estos compendios mitad literatura, mitad imaginería y superstición y una pizca de ciencia, y tampoco somos como Praga, capital checa, un emporio de sabiduría oculta y prácticas esotéricas reconocido en Occidente  por ser uno de los mayores y más importantes repositorios del saber oculto de esta mitad del mundo.

Los grimorios son compendios de fórmulas mágicas mezcladas con astrología, herbolaria, invocaciones, rituales, “ciencia” de los talismanes, los cuadrados mágicos de Pitágoras, tablas de correspondencias, lapidarios y códigos cifrados de escritura, basados casi siempre en un latín corrupto que viene de los últimos tiempos del imperio romano y, probablemente, de sus colonias castrenses en provincias tan alejadas como Siria, donde los soldados romanos se mezclaron con poblaciones locales portadoras de culturas diferentes.

Considerado el mayor tratado de demonología de todos los tiempos

Esta edición se encuentra en venta en la librería frente al hotel Colina, a un costado del Habana Libre, Vedado.

Los grimorios más conocidos que han llegado hasta nosotros son el del Papa Honorio, el de Armadel*, las Clavículas de Salomón, el San Cipriano y, en mi opinión, el más raro de todos, el Picatrix, firmado por Seudo Maslama el madrileño, probablemente un árabe o judío converso discípulo del árabe Ben Arabi. Pero los grimorios son mucho más antiguos, los libros sibilinos de los etruscos eran grimorios, aunque a diferencia de los medievales incorporaban profecías y sistemas adivinatorios. Los romanos sentían tal respeto y reconocimiento por los augures etruscos que aún cuando ya Etruria se había integrado a Roma sus sacerdotes seguían siendo consultados por los Generales y el Senado romanos. La más famosa de estas profecías es, tal vez, la referida al tiempo de existencia del pueblo etrusco como nación: diez siglos, según sus augures. Poco antes del plazo fijado la liga de naciones que conformaba la poderosa Etruria dejó de existir.

Es casi seguro que el poderosísimo sacerdocio del dios Amón en Egipto poseyó grimorios, y en algún momento, durante el reinado de los cinco príncipes de la dinastía de los llamados faraones negros, príncipes de Kush que de vasallos pasaron a señores del País de los Dos Ríos, como era llamado Egipto, aquellos libros secretos cayeron en poder de los sacerdotes de los conquistadores, y entonces se produjo una fusión de conocimientos de donde es probable que provenga el Libro de Ifá, y muchos otros elementos de las religiones de los pueblos africanos más cercanos a la frontera sur del vasto imperio egipcio. Y ese era, precisamente, uno de los temas más candentes de la discusión que escuché sin querer en ese parque de El Vedado.

Pero quizá lo más interesante sobre el largo viaje de los grimorios hasta nuestros días sea el hecho de que muchos sobrevivieron gracias a la diligente e incansable labor de los monjes cristianos que trabajaban como copistas en los scriptoria de los monasterios,

Carlomagno, rey de los francos, emperador del Sacro Imperio Romano y creador de los condados catalanes.

donde traducían y copiaban con prolijidad manuscritos antiguos. No es cierto, como suele creerse, que los monjes destruyeron el saber de la Antigüedad. En realidad lo salvaron y citaré solo dos ejemplos: Carlomagno, emperador de los francos, conservó y desarrolló la antigua caligrafía de unciales romanas cuando los últimos vestigios de Roma no eran más que ruinas cubiertas por la maleza donde se ocultaban alimañas de la noche, y sus monjes copiaron un incontable número de libros procedentes de todas partes del mundo conocido y aún de regiones ignotas. En Irlanda, San Patricio ordenaba a sus monjes constructores de los primeros monasterios salvar mediante la escritura del griego y un latín rebosante de erratas todo el riquísimo acervo de mitos, leyendas y costumbres que había constituido la cultura celta y el saber de sus sacerdotes, los druidas.

Silvestre II

Y algo más, un detalle no precisamente pequeño que los católicos jamás mencionan: algunos autores de los  grimorios más célebres fueron Papas, jefes de la Iglesia Católica, entre los cuales abundaron los alquimistas como Alberto Magno, cuyo nombre llevan dos de los más célebres grimorios que hoy se conservan; Gran Alberto y Pequeño Alberto. Y también hubo practicantes de las ciencias esotéricas, como Gebert D′ Aurillac, el Papa Silvestre II, también llamado el Papa Brujo, de quien se dice poseía una cabeza de bronce parlante capaz de responder cualquier pregunta que se le formulase, siempre y cuando la respuesta pudiera ser ofrecida de acuerdo al sistema binario más simple conocido: SÍ y NO. No hay que especular teorías tremendas sobre esto: los autómatas existen desde tiempos remotos, los ingenieros del Egipto faraónico eran expertos en la construcción de autómatas que empleaban en sus templos en escenificaciones destinadas a aterrar a los fieles y aumentar su docilidad, y más tarde los árabes del Medioevo, poseedores de una cultura refinadísima  y muy superior en aquel momento a la europea, fueron diestros constructores de autómatas destinados las más de las veces a los placeres de la vida, tales como servir vino en las fuentes de sus célebres jardines o ser ofrecidos como juguetes para entretener a la nobleza y sus poderosos señores, embajadores extranjeros y cortesanas de lujo. El Papado siempre tuvo tratos secretos con el mundo musulmán, anteriores quizá a las Cruzadas. Es sabido que en los castillos de la Orden monástico-militar de El Temple trabajaban alquimistas árabes; que también se les albergaba y protegía en las cortes católicas más recalcitrantes de Europa como médicos de la realeza; y llegaron en gran número a la Provenza, el Languedoc y la Aquitania del país cátaro bajo el amparo de grandes señores feudales como el conde Raimundo de Toulouse y el conde de Foix. La verdad es que los hombres de conocimiento de Oriente y Occidente jamás se dejaron cegar por las políticas al uso y mantuvieron un constante flujo de comunicación e intercambio de sabiduría: en el Egipto romano cuando en el siglo VI el general Arm destruía por orden de su Califa los últimos restos de la Biblioteca de Alejandría; en la Palestina de las Cruzadas donde a diario se enfrentaban a muerte cristianos y musulmanes; en Castilla, cuando los Reyes Católicos peleaban contra los moros de Al Ándaluz y de noche, ocultándose entre las sombras de las fronteras de ambos reinos, iban y venían los sabios de los bandos en pugna cargados de manuscritos, y se reunían en las ciudades en subterráneos clandestinos junto con los rabinos judíos para preservar, más allá de guerras, religiones y coronas, el saber de la Humanidad.

Y hay un extraño libro conocido como el misterioso manuscrito Voinich, que se ha resistido a todos los intentos de hallar las claves del lenguaje cifrado en que está escrito, pero las muchas láminas que lo ilustran —dibujadas con una maestría y un naturalismo que hablan de la mano de un artista— y muestran especímenes de plantas, animales y seres que no existen en  nuestro planeta, sugieren la posibilidad de que se trate de algún tipo de grimorio.

El manuscrito Voynich. Según noticias recientes podría haber sido descifrado por inteligencias artificiales, pero hasta ahora todo lo que se ha conseguido es descubrir que está escrito en hebreo original, y solo expertos en esa lengua podrían desentrañar su significado, pero al parecer, no están tan a la mano como todos los entusiastas del Voynich desearíamos.

También se sigue especulando en los círculos que sienten atracción por estos temas sobre la existencia real del Necronomicón o Libro de los muertos, ese grimorio tantas veces mencionado por el gran escritor norteamericano de ciencia ficción Howard Philipp Lovecraft, cuya autoría él atribuyó modestamente “al árabe loco Abdul Alhazred”. No soy autoridad en materia de grimorios, pero en mi opinión, es un producto más del imaginario desbordado de Lovecraft, que sus lectores conocemos sobradamente, y el resto es manipulación del mercado del libro y las revistas esotéricas. Sin embargo, un amigo a quien respeto muchísimo, el argentino Sebastián Beringheli (lord Aelfwine), propietario de El espejo gótico, uno de los mejores  y más documentados blogs que he visto en internet sobre literatura y arte góticos (su catálogo de temas traspasa el horizonte) piensa diferente de mí, y en la nota que sigue a este asterisco reproduzco su post sobre el tema.*

Imagen tomada del blog El espejo gótico. No sé si pertenece al Necronomicon de Dee o si es apócrifa.

Algunos de estos grimorios se encuentran a la venta en librerías habaneras en divisa, y a veces los he visto en los estantes de las Ferias del Libro en La Cabaña. No puedo garantizar que estén completos, y una única vez encontré en nuestra capital los tres tomos de uno de los grimorios de magia ceremonial más interesantes que he leído, el Manual de Magia Ceremonial de la Aurora Dorada, Orden esotérica secreta inglesa que desempeñó un papel muy importante durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cierto escritor habanero me permitió fotocopiar el más deslumbrante de todos los grimorios que han pasado por mis manos, el Picatrix.

Páginas tomadas de alguna edición antigua del Picatrix, tratado árabe de magia astrológica que enseña cómo obtener energía del Universo. Está firmado por Maslama Ibn Ahmad Almayriti.

Para aquellos muchachos tan interesados como despistados del parque de El Vedado reproduzco aquí una cita de este libro como botón de muestra:

Ten en cuenta que este medio se expresa en la magia y que la verdad de la magia esabsolutamente todo lo que hechiza la razón y a que se sujeta el alma, sean palabras u obras, en el sentido del pasmo, la sujeción, el embeleso y el dominio. Es de lo que la razón difícilmente capta y que oculta sus causas al necio, porque es una fuerza divina con causas determinantes que dificultan su comprensión, así que es una ciencia de difícil comprensión, aunque también la hay práctica, porque su materia es un espíritu que hay en un espíritu, y éste es el filtro y la sugestión, como la materia del talismán es un espíritu que hay en un cuerpo y el objeto de la alquimia también un cuerpo que hay en un cuerpo. En total, es magia aquello cuya causa está mayormente oculta a la razón y difícil de aclarar, mientras la verdad del talismán es la vibración de su nombre que es poderoso; porque es de la sustancia de la violencia y el dominio produce en lo que tiene encabalgamiento con él un efecto de superioridad y victoria por afinidad numérica y secretos astronómicos situados en cuerpos especiales en momentos favorables y sahumerios poderosos que atraen espiritualidad al talismán. Su condición, es como la del otro medio concretado en la piedra filosofal que con su intensidad convierte los cuerpos en ella misma; entonces es un fermento que actúa variando el principio de las cosas y can fuerte como el veneno, incorpora en su especie a los cuerpos y les convierte en sí mismo volviendo una persona en otra con una fuerza ínsita en él; y has de saber, amigo mío, que la verdad del enzima es que es un elixir compuesto de terraqueidad, etereidad, acuosidad e igneidad que lleva en conjunto el germen que convierte cuanto toca a su esencia y lo vuelve de su forma; así va suavizándolo y vaciándolo y así facilita la digestión al convertirlo rápidamente en alimento. Igual actúa el elixir de la alquimia que convierte el cuerpo a él rápidamente, lo cambia de naturaleza a naturaleza superior, revistiéndolo de espíritu, alma y firmeza y lo quita la transitoriedad y la corruptibilidad. Así es el secreto de sus principios.

Mentiría si dijera que he escogido este párrafo porque resulte especialmente significativo. Solo he querido dar a los interesados una idea del tono del lenguaje y la materia del Picatrix. Quiero recordarles además, que es significativo mantener este tipo de conversaciones junto a la estatua de Lennon, porque John Lennon se interesó siempre en esta clase de saberes esotéricos, así que a lo mejor estos muchachos tuvieron aquella tarde un oyente atento y dedicado de sus lucubraciones.

El Beatle John Lennon, uno de los músicos más importantes y renovadores del siglo XX, fue un estudioso de los grimorios y otras ramas del esoterismo

Entonces ¿es  el Libro de Ifá un grimorio y el más completo de todos cuantos existen? Lo es y al mismo tiempo es más y es menos que todo eso. Ifá, por su estructura, es un tratado de magia práctica y ritual que contiene invocaciones, recetas basadas en la ciencia herbolaria, guías para la fabricación de talismanes (los resguardos), rituales de purificaciones (limpiezas, ebbos y oparaldos), un sistema muy completo de predicciones (aunque no el más completo) y también historias conocidas como patakines, una forma de enseñanza oral para transmitir moralejas, pero que es también un germen de teatro ontológico. Pero trabaja muy poco con las tablas de correspondencias y entre ellas con el reino mineral, aunque considera las piedras como asiento de orishas, y no contiene ni una sola noción de astrología, lo que me dice a mí, según mi humilde opinión, que independientemente de la transculturación que le haya venido de Egipto, se originó en un pueblo que no conocía la observación del firmamento más allá de lo necesario para llevar adelante labores agrícolas y de pastoreo. Ifá está más cerca de un compendio de chamanismo que de un grimorio occidental. Es lo que creo.

Debo advertir a quienes lean este post que no todos los grimorios son obras originales ni han llegado a nosotros directamente desde la Antigüedad o la Edad Media. A finales del siglo XIX algunos de estos textos, como el de Abramelin el Mago, el grimorio de Armadel y las Clavículas de Salomón fueron recompuestos y reescritos —conservando quién sabe cuánto de los textos originales— por altos Iniciados de Órdenes herméticas  inglesas  de magia ceremonial afiliadas a la masonería y el rosacrucismo, como la Aurora Dorada o Golden Dawn que ya mencioné, o la Abadía de Thelema, por lo que aparecen firmados por miembros fundadores de esas organizaciones, como el escocés MacGregor Mathers y el célebre mago inglés Alesteir Crowley, y se han convertido en textos básicos para movimientos espirituales de la Nueva Era como  la Wicca, el neo-satanismo, el neopaganismo y la magia del Caos.

Me gustaría sugerir a los jóvenes del parque que lean los grimorios con interés de puro conocimiento (pueden encontrar muchos en http://libroesoterico.com/biblioteca/grimorios/index.php) , pero que se deshagan de la intención de utilizarlos, porque los grimorios en sí mismos no son saberes completos; los antiguos y los medievales los empleaban junto con tratados de adivinación y otras materias que no vale la pena mencionar aquí, además de que todo ese acervo estaba muy limitado y bien resguardado en manos de hombres entrenados desde la infancia para usarlo, y consagrados a ello en cuerpo y alma, lo que implica un trabajo constante de purificación de cuerpo, mente y espíritu, imposible para cubanos comedores de cerdo, fumadores de cualquier cosa y bebedores de ron y otras sustancias. El conocimiento es siempre, por su propia naturaleza, digno de ser conservado, pero tiene su momento histórico que cuando pasa, pasa, y dejar de llevar un enfermo a un hospital para intentar curarlo llamando en su auxilio a los genios del Picatrix o a las fuerzas del Libro de las Sombras de las brujas wicca es insensatez. Y a esos jóvenes del parque les pido, también, que tengan muy presente que el hombre de metal sentado en aquel banco mirando el mundo desde sus lentes redondos llegó a la cumbre del arte armado únicamente con su guitarra y unos amigos tan geniales como él. Talento más esfuerzo es una buena receta, mejor que cualquier grimorio.

Sin embargo creo sinceramente que la lectura de grimorios es un camino tan bueno como otros para acercarse a la cultura verdadera, a la herencia que Occidente ha legado a sus hijos, entre los cuales nos contamos nosotros, los cubanos de todas las razas. Mejor que aquellos jóvenes del parque lean grimorios escritos por sabios de otras épocas o, en el peor de los casos, por monjes cultos, a que escuchen todos los días las letras abstrusas del reguetón, escritas por personas incultas, misóginas, violentas, vulgarísimas y con una visión distorsionada y marginal de la vida, que solo pueden —y pretenden— ofrecer modelos conductuales aberrantes que conducen a la pérdida de valores sociales y morales y a una peligrosa involución de la sociedad.

 

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* El verdadero «Necronomicón» de John Dee.

El Necronomicón es uno de los libros prohibidos más interesantes que existen. Su verdadero creador, H.P. Lovecraft, lo utilizó como una herramienta para validar las criaturas imposibles que pueblan los Mitos de Cthulhu. Sin embargo, hay muchos que sostienen que el Necronomicón no es un libro apócrifo, es decir, falso, sino que podría estar inspirado en un antiguo grimorio real.
De acuerdo a la cronología establecida por H.P. Lovecraft, el Necronomicón fue escrito por Abdul Alhazred, el árabe loco, en el siglo VIII. A lo largo del tiempo, fue traducido al griego, al latín; hasta que finalmente cayó en manos de John Dee, el gran nigromante isabelino, quien lo tradujo al inglés.
Esta es la versión que más nos interesa, precisamente porque es la única referencia real, o mejor dicho, rastreable, que ofrece H.P. Lovecraft.
Si bien la opinión oficial afirma que el Necronomicón es una invención de H.P. Lovecraft; otros aseguran que el autor de Providence falseó el nombre y el origen del libro, pero que éste es, de hecho, un libro real perteneciente al mago y astrólogo árabe Al-Kindi (801-873 d.C).
Según los propulsores de esta teoría, el libro maldito de Al-Kindi, perdido durante siglos, cayó en manos de John Dee, quien habría cifrado sus misterios en las tenebrosas páginas del Liber Logaeth.
Ahora bien, ¿cómo pudo haber llegado esta versión del Necronomicón a manos de H.P. Lovecraft?
Al respecto, existen dos hipótesis: una de ellas apunta al abuelo materno de H.P. Lovecraft, un reconocido bibliófilo y miembro de la masonería egipcia, quien pudo haber conseguido una copia, o al menos referencias concretas, de la traducción de John Dee.
Posible, aunque improbable.
La otra teoría, mucho más sustentable, señala a la esposa de H.P. Lovecraft, Sonia Greene, quien mantenía un estrecho vínculo con el ocultista Aleister Crowley. Esta hipótesis es conocida como el Necronomicón astral o la conexión Lovecraft-Crowley, la cual ha sido ampliamente estudiada.
John Dee fue un apasionado coleccionista de libros malditos, y dueño de una de las bibliotecas más grandes de su tiempo, repleta de obras raras, incluso perdidas, acerca del esoterismo y el ocultismo. Por otro lado, también tenía fuertes vínculos con la realeza; de hecho, trabajaba como espía para la reina de Inglaterra, Elizabeth I, además de ser uno de los eruditos más impresionantes en el arte del cifrado de textos. Esto lo coloca en una posición privilegiada para obtener libros desde cualquier rincón del mundo.
Los tres pilares en los que se apoya la posibilidad de que el Necronomicón sea verdadero son, en definitiva, H.P. Lovecraft, Aleister Crowley, y John Dee.
Claro que, para que esta teoría resulte verosímil, primero debemos olvidarnos del Necronomicón en términos de libro físico, sino más bien una obra etérea, que se reescribe constantemente a través de sus intérpretes.
Así como H.P. Lovecraft creó al Necronomicón basándose en sus sueños —véase el Ciclo Onírico—, Aleister Crowley afirmó que su libro fundamental, El libro de la ley (Liber AL vel Legis), le fue dictado por una entidad llamada Aiwass. Del mismo modo, John Dee sostuvo que El libro de Enoc le fue sugerido por potencias angélicas, quienes de hecho le enseñaron el enoquiano o lenguaje de los ángeles.
Ahora bien, si mezclamos estas tres visiones observamos que cada una de ellas nos ofrece testimonios similares sobre criaturas anteriores a la humanidad, notablemente voraces, que fueron expulsadas de la realidad que conocemos.
H.P. Lovecraft menciona a Cthulhu, Dagón, Nyarlathothep; Aleister Crowley hace lo propio con Babalon y Hoor-Paar-Kraat. John Dee, finalmente, nos habla de Choronzon y los Nephilim. Todos estos seres gobernaron a los hombres pero fueron vencidos en el pasado; aunque todos aguardan pacientemente el retorno de sus respectivos reinados.
Aquellos que avalan la teoría del Necronomicón real afirman que en la obra combinada de estos tres hombres, en definitiva, visiones particulares y subjetivas de una verdad inconcebible, se encuentra la matriz del original.
Desde luego que la supuesta realidad del Necronomicón no valida la posibilidad de que exista como un libro físico que cualquiera de nosotros pueda consultar. Se trata, en última instancia, de un libro fantástico, y decididamente apasionante.
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