CUMPLE CIRO BIANCHI 15 AÑOS DE CRONISTA DE CUBA

ciroAcabo de leer en Juventud Rebelde que ya se cumplen 15 años de la presencia del Maestro Ciro Bianchi en ese órgano de prensa. Eso es mucho más que un cumpleaños, porque el cumple celebra el tiempo que llevamos vivos, pero 15 años de ejercicio de un periodismo que varias generaciones de cubanos han hecho suyo con auténtica pasión, indica el tiempo que llevamos en la historia de un país y en el alma de un pueblo.

Nunca he sido codiciosa de honores y amo la sombra, pero los pocos reconocimientos que pueda haber obtenido dentro del periodismo siempre sostendré que se deben en gran parte al magisterio de Ciro Bianchi. No soy exactamente una cronista, pero la parte de crónica que hay en mis trabajos él me la enseñó, él me infiltró ese amor por el pasado que fue. Ciro y mi abuelo don José Manuel me dieron el amor por la Historia, y puedo asegurar que el amor por la Historia de Cuba, que llegó tarde a mi vida, se lo debo con mucho a las crónicas de Ciro. Él restañó en mí las heridas infantiles que deja la mala pedagogía con que se enseña esa asignatura en nuestras escuelas primarias, que hace que uno la odie con fervor, y me transmitió toda la magia y el encanto de nuestras tradiciones y nuestro pasado.

Creo que todos los que hemos aprovechado las lecciones de Ciro tenemos la obligación moral de reconocer la deuda enorme que tenemos con él, en vez de presentarnos como pioneros de un tipo de periodismo que, si bien Ciro no fue el primero en hacer en Cuba, pues hubo antes muchos periodistas que también lo cultivaron con excelencia, sí ha sido su máximo representante después de 1959, y por una elemental razón de edad cronológica ninguno de nosotros puede pretender que no le debe nada.

Gracias, Maestro, por sus 728 textos periodísticos para Juventud Rebelde y por toda su obra periodística, que abarca mucho más. Gracias por ser el modelo de periodista investigador, acucioso, ameno, lúcido y amante de su tierra. Pero sobre todo gracias por su modestia, que es una de sus más grandes lecciones, al menos para mí. ¿Usted se llama a sí mismo escribidor, Maestro? Pues yo creo que merece el título de Maestro de Juventudes, aunque sus discípulos de hoy ya no seamos nada jóvenes. ¿Cuándo Cuba le reconocerá ese honor?

Quisiera agradecer al colega René Camilo García Rivera, quien firma la breve nota publicada en Juventud Rebelde, por ser tan ético al mencionar en ella un hecho de la vida de Ciro que tiene tintes heroicos: haber escrito su reseña habitual para la columna dominical que tiene en ese diario mientras se encontraba infartado en terapia intensiva. Hechos como este no forman parte de los planes de trabajo de los periodistas y jamás aparecen reflejados en las evaluaciones a que se nos somete cada cierto tiempo, donde los sobreesfuerzos rara vez son reconocidos y el talento es menos valorado que la productividad. Ciro es uno de los periodistas más productivos que conozco, pero me parece que no hay muchos entre nosotros que hubieran cumplido con su plan de trabajo en semejantes condiciones. Gracias, René, por ir más allá de los números. El Maestro lo merece sobradamente.

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MI ENCUENTRO CON EL COMANDANTE CAMILO CIENFUEGOS

camiloTengo sesenta años y siento que es mi momento para hablar sobre Camilo, porque  lo conocí cuando yo tenía tres.

Mi abuelo don José Manuel, periodista jubilado del diario El País, era un anciano artrítico y muy limitado en sus movimientos, pero era también un hombre lleno de fervor ante la Revolución, la lucha en la Sierra y la entrada de los barbudos en La Habana. Albergó a tres jóvenes rebeldes, Tuto, Eloy y Abel, en su pequeño y modesto apartamento del reparto La Asunción, y consiguió, no recuerdo cómo, un uniforme de miliciano y un arma, y se fue a custodiar un enorme edificio cercano a nuestra vivienda, donde una Orden religiosa había tenido su convento y su escuela. Antes de partir, los monjes dieron en custodia a mi abuelo la Biblia que utilizaban en sus misas, un bellísimo ejemplar ilustrado y cubierto de notas al pie, que yo heredé. Menciono este detalle porque sin explicar que mi familia era católica y yo me había criado entre historias de santos, rosarios y misas dominicales, mi historia sería poco comprensible.

Los jóvenes rebeldes nos contaban muchas anécdotas de la Sierra, y alguno de ellos le dijo a mi abuelito que el comandante Camilo Cienfuegos esperaba todas las tardes la ruta 25 en el portal del cine Norma, a media cuadra de nuestra casa. Esa misma tarde mi abuelita me puso mi mejor batica y mi abuelito me llevó al lugar, y allí estaba Camilo con su uniforme verde olivo, su sombrero y su rifle, la espalda apoyada contra la pared, esperando aquella guagua que iba para Lawton. Completamente solo.

Mi abuelito se le acercó conmigo cargada y le dijo:

—Buenas tardes, Camilo, yo soy J.M. Picart, de El País, y aquí le traigo a mi nietecita para que lo conozca.

Camilo nos sonrió con naturalidad, puso el rifle contra la pared, me tomó en sus brazos, me puso su sombrero y me miró divertido:

—Qué niñita tan linda, ¿cómo tú te llamas?

Yo le dije mi nombre y él me hizo la segunda pregunta que siempre se les hace a los niños:

—Bueno, Georginita, ¿y qué tú vas a ser cuando seas grande?

—Maestra —respondí yo, como hacen todas las niñas a esa edad.

Pero había escuchado su voz, veía su sonrisa que era como una luz que brotaba de sus labios y le alumbraba toda la cara, y recuerdo que observé su rostro con más atención. Supongo que Camilo se dio cuenta, porque él también me miró con más fijeza, él percibió que me estaba pasando algo, y entonces me hizo su tercera pregunta:

—Georginita, ¿tú me conoces, tú sabes quién soy yo…?

—Sí, Camilo, tú eres Papadios —le dije, porque se me parecía al Corazón de Jesús que mi abuela tenía en su salita, pero con el pelo negro.

Camilo me dio un beso en la mejilla, recuperó su sombrero y me devolvió a los brazos de mi abuelo, y así terminó nuestra entrevista.

Es casi imposible que una criatura de tres años de edad pueda, a los sesenta, recrear con fidelidad un recuerdo tan antiguo. Pero sucede que mi único encuentro con Camilo quedó profundamente grabado en mi memoria y es uno de los recuerdos que se han conservado más vivos en mí. Creo que los niños tienen sentidos mucho más sensibles que los de los adultos, y mucha más imaginación. Una niña particularmente impresionable y provista de un imaginario religioso muy florido, como yo lo fui, pudo haber creído que veía luz en la cara de Camilo Cienfuegos, pero también creo que los niños, a través de su propia pureza pueden ver con mucha nitidez lo esencial de las personas y las cosas, y lo que yo vi en Camilo aquella tarde, aquello como el halo de luz de los santos, tal como se mostraban en la iglesia y en las láminas de mis libros fue, en realidad, su virtud intrínseca, su propia pureza, su transparencia y su absoluta carencia de malignidad. Creo que esas cualidades estaban en la capa más profunda de su naturaleza, eran su sello ontológico, por decirlo de alguna manera; creo que subyacían por debajo, incluso, de su cubanía, su carácter jaranero y juguetón, y su clara inteligencia. La luz que yo le vi era su esencia.

También recuerdo que yo estaba en el balcón del apartamento de mis abuelos el día en que la calle se llenó de gente que corría en desorden gritando: “¡¡¡Se murió Camilo!!!”. No estoy segura, pero me parece que el cielo estaba gris.

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PARADISO CUMPLE 50 AÑOS

lezama2Se cumplen 50 años de la publicación de Paradiso, de José Lezama Lima, una de las más grandes novelas escritas en lengua española. Personalmente me encuentro más con Lezama en cierta parte de su poesía que en su prosa, y Rapsodia para el mulo ha sido desde hace décadas uno de mis textos de cabecera. Sin embargo, siempre que alguien me habla o habla en mi presencia de la luz de Cuba, de todas las descripciones que he leído hechas por autores cubanos en sus libros, la que salta de inmediato en mi memoria es una debida a la prosa de Lezama, donde los reyes de la baraja suben desde el mar por la calle del Obispo envueltos en esa luz que es como un velo de oros viejos….

Como escritora yo misma, he tenido la osadía de imitar los estilos de varios escritores nuestros como Martí, Dulce María Loynaz, Casal y Carpentier, pero con el estilo de Lezama no he podido, es más, confieso que ni siquiera lo he intentado, a pesar de que en mis inicios adolescentes como poeta la poesía de Lezama influyó definitivamente en mí y en el modo en que hubiera querido expresarme de haber continuado por ese camino.

Yo leí Paradiso cuando tenía 19 años y estaba recién llegada a la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA). Yo era alumna de la especialidad de Literatura y allí conocí a un pequeño grupo de muchachos y muchachas que marcaron para siempre mi vida, porque fueron las primeras personas de mi edad que encontré con intereses y sensibilidades iguales a los míos. Entre ellos estaban la poeta Cira Andrés, el pintor Arturo Cuenca, a quien ya conocía de San Alejandro, y Marcos Soneira y Eugenio Rivero, quienes hubieran sido buenos filósofos y ensayistas si la vida se los hubiera permitido. Éramos un grupo muy tranquilo dedicado totalmente a nuestros estudios, pero no éramos santos, y como no teníamos dinero y no podíamos comprar libros nos dedicábamos a saquear las bibliotecas auxiliados por nuestros enormes abrigos de la marina soviética.

Tengo que admitir que mi curriculum como ladrona de libros fue bastante pobre y solo puedo anotarme dos títulos sustraídos a lo largo de mis sesenta años: El lobo estepario y La diosa blanca. En aquella época yo era demasiado tímida. Pero los varones eran muy corajudos, y entre ellos era Cuenca quien encontraba siempre los mejores manjares. Él fue quien trajo Paradiso al garaje de la casa de Literatura, donde solíamos reunirnos a estudiar cuando no estábamos en el aula o vagando por las bibliotecas y la Cinemateca. Nos discriminaron, por supuesto, así que a Cira y a mí nos tocó leernos juntas y de últimas aquel libro. No pretendo haberlo comprendido entonces ni puedo asegurar que Cira lo hiciera, ¡éramos tan jóvenes!, pero nos impresionó muchísimo y decidimos que al día siguiente iríamos a la casa de Lezama a conocerlo. Le tocaríamos la puerta y nos presentaríamos como estudiantes de Literatura y admiradoras suyas. Recuerdo que Cuenca se echó a reír y nos recomendó que también nos presentáramos como las flacas más flacas de La Habana. En realidad, lo que queríamos pedirle a Lezama era que nos admitiera como discípulas de su famoso Curso Délfico, del que nos había hablado José Prats Sariol, nuestro mentor y profesor de Hispanoamericana , discípulo muy cercano del Maestro. Pero esa intención la mantuvimos bien oculta.

Recuerdo la tarde en que nos vestimos con nuestros uniformes limpios y planchados para visitar a Lezama, y nos sentamos en el albergue a esperar que cesara la lluvia fuerte que estaba cayendo sobre esa zona de Miramar, pero nunca escampó. Lo pospusimos para el día siguiente, pero esa misma noche llegó a la escuela la noticia de que Lezama había muerto. No sabíamos que estaba enfermo.

Lezama es para mí uno de los escritores más grandes de Cuba y de Hispanoamérica, y uno de los más honestos que hemos tenido en la isla, porque fue él mismo desde siempre y bajo dos sistemas políticos tan diferentes, y jamás hizo una concesión ni claudicó ante nadie en ninguno de sus principios. Aceptó el ostracismo forzoso con ejemplar humildad y continuó ofreciendo desinteresadamente su invaluable magisterio a los jóvenes que se atrevían a llegar hasta su casa. Nunca fue a ninguna universidad, lo que demuestra que el genio nace y no se hace, como siguen pretendiendo los defensores a ultranza de las academias. Y encima fundó Orígenes, considerada junto con la argentina Sur entre las revistas literarias más importantes de España y la América Hispana.

Hay que saludar eternamente la aparición de una novela como Paradiso, y es afortunado el país que puede llamarse casa de quien ha escrito un texto de semejante magnificencia. Hace muy bien el Centro Dulce María Loynaz en ser sede del coloquio internacional Pensamiento en La Habana. A cincuenta años de Paradiso, coordinado por los Doctores Ivette Fuentes y Enmanuel Tornés, que contará con la presencia de estudiosos internacionales de la obra lezamiana. Solo me intriga que la Presidencia de Honor esté encabezada por Alicia Alonso, Prima Ballerina Assoluta y Directora del Ballet Nacional de Cuba. Yo tengo conocimiento de que Alejo Carpentier escribió libretos para ballets mientras vivió en París, pero en mi profunda ignorancia desconocía hasta hoy que haya existido algún vínculo entre nuestra inigualable “Giselle” y Lezama. Lamentaré no poder asistir, pues sé que las conferencias serán, en verdad, magistrales.

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El proyecto Asgardia, ¿suburbio astral que salvará a la Humanidad?

maxresdefaultEn un plazo razonable de tiempo algunos terrícolas podríamos convertirnos en ciudadanos extraterrestres de un Estado ubicado entre la Tierra y la Luna, cuya misión sería custodiar el bienestar de nuestro planeta de origen, y así, el que hasta hoy ha sido hogar de la raza humana quedaría bajo vigilancia de aliens con nuestro mismo código genético. Serían suficientes unos pequeños cambios en los pasaportes y tendríamos una policía interespacial en el más puro estilo de la ciencia ficción europea y norteamericana.

Aunque yo fui en el pasado una escritora de ciencia ficción, esta no es una historia mía ni de otro autor. Se trata de un proyecto no por alucinante menos real, muy seriamente expuesto en París por el ingeniero ruso Igor Ashurbeyli y su equipo de colaboradores. La nueva nación espacial fundada por ellos se llamaría Asgardia. Aunque parezca imposible, a las pocas horas de subir el proyecto a su sitio web, más de cien mil firmas de entusiastas de todo el planeta apoyaban la idea. A la fecha suman ya 531 846.

Para los aficionados a la ciencia ficción, quienes suelen ser muy buenos conocedores de “su” género, las historias de conquistas espaciales comenzaron mucho antes de que el escritor norteamericano Ray Bradbury publicara sus Crónicas marcianas, devenidas de inmediato la Biblia de esta literatura. La literatura de Bradbury  demostrado tener un poder de predicción tan fuerte como el libro sagrado más leído del mundo, y lo que no es poca ventaja sobre este: sus predicciones comenzaron a realizarse en el mínimo espacio de una sola generación, porque quienes vieron salir de la imprenta las primeras ediciones de las Crónicas... donde Bradbury describía un caracolillo que colocado en el pabellón de la oreja permitía escuchar sonidos muy lejanos, llegaron a disfrutar de las ventajas del audífono; quienes disfrutan hoy de las pantallas 3D supieron de ellas por primera vez cuando Bradbury las “inventó” en su novela Fahrenheit 451, y quienes se asustaron con el apocalipsis cultural que Bradbury anunciaba en esa misma obra, han llegado a ser testigos impotentes del empobrecimiento de la alta cultura mundial provocado por el abaratamiento intelectual y la comercialización que el fenómeno de una sociedad globalizada ha traído consigo e impuesto a casi todas las naciones. Pudiera citar mucho ejemplos, pero se disfrutará más leyendo o releyendo al vidente Bradbury, cuya intuición de artista sensible unida a una inteligencia brillante le permitió ver cómo sería el futuro inmediato de nuestro planeta, y lo que vendrá cuando ya lo hayamos transformado en un cascarón seco e inhabitable: la necesaria estampida y la conquista aventurera y temeraria de los espacios más accesibles fuera de la Tierra. En otras palabras, o como reza un refrán muy conocido: las ratas abandonan el barco que se hunde.

Pero ni aún los profetas que reciben su intuición del mismísimo Universo resultan  infalibles: Bradbury creyó que el primer planeta asaltado por una Humanidad en desbandada sería Marte, pero se equivocó, porque no pudo prever el fenómeno de las micronaciones, del que ya he hablado en un artículo anterior, así que solo refrescaré la memoria de mis lectores recordándoles que para que surja una micronación solo se necesitan dos cosas: un espacio cualquiera, que puede ser desde un rancho ovejero hasta una isla inhabitada o una plataforma petrolífera abandonada en medio del océano, y un individuo convencido de que este mundo está muy mal y él puede crear uno mejor.

Asgardia no es otra cosa que una micronación en proyecto, y una de las razones que la hace tan original es que su sede no se encontraría en la Tierra, sino en esa zona intermedia entre nosotros y nuestro satélite lunar que los antiguos cabalistas hebreos llamaron mundo sublunar, donde se supone que habiten —entre otras entidades muy posesivas y poco recomendables— espíritus desmaterializados sin carta de ciudadanía en el astral. Pero olvidemos por ahora a los sabios hebreos —solo por ahora—, y sigamos reflexionando sobre Asgardia.

Llama la atención su nombre, derivado de Asgard, uno de los tres mundos que conforman la mitología escandinava (a la que pertenece la mitología germana que explotó en su favor el partido nazi de Hitler, y ojo con esto que es supremamente importante, como se verá después). Asgard es el mundo habitado por los dioses. Habría mucho más que explicar sobre este panteón divino en general, pero este no es el lugar. Lo que importa es que esta nueva micronación espacial encargada de custodiar la seguridad de la Tierra lleva el nombre de un mundo divino al que los simples mortales solo podían acceder en sueños. Es extraño que un ruso NO haya elegido para su proyecto un nombre perteneciente a la mitología rusa, pero la elección cobra sentido cuando se conoce quiénes serían los pobladores propuestos para habitar Asgardia, nunca personas comunes y corrientes, sino ciudadanos especialísimos, auténticos VIP , como ha “decidido” Ashurbeyli, quienes serían elegidos tras una rigurosa selección que se llevaría a cabo a través del sitio digital del proyecto. ¿Y por qué digo que los futuros asgardianos nunca serían seres comunes y corrientes? Pues léase con atención la “misión” autoadjudicada del proyecto Asgardia, según aparece en un artículo publicado por Juventud Rebelde y titulado Asgardia, ¿ingeniería futurista o timo (seudo) científico?:

[Asgardia] sería una suerte de embajada de vanguardia de la especie terrestre, con el deber de proteger a la Tierra de las amenazas provenientes del cosmos , como las llamaradas solares, la basura espacial, el impacto de meteoritos, la radiación cósmica y las amenazas biológicas provenientes de los cuerpos celestes que caen al planeta.

Está claro que una agenda como esta solo puede estar a cargo (en primera instancia) de científicos de altísima calificación, provenientes de los más importantes y poderosos centros de investigación y docentes de nivel superior del mundo. Una élite, y no parece que se trate de algo que pueda ser discutido o negociado. Ellos serían, por fuerza, el núcleo poblacional de Asgardia, tal vez acompañados por sus familias y, en estos casos, también por el inevitable personal de servicio y de seguridad. Sería, por supuesto, una comunidad internacional… ¿o no…?

Para percibir mejor las imponentes semejanzas del proyecto Asgardia con los clásicos rusos de la ciencia ficción escritos durante el período soviético, al estilo de La nebulosa de Andrómeda que también trata de una comunidad científica internacional viviendo en el espacio, veamos los presupuestos sociales sobre los que está diseñado el proyecto Asgardia y citemos otra vez a Juventud Rebelde:

Asgardia pretendería desarrollar libremente la carrera científico-tecnológica con tres pilares esenciales como máximas éticas, al decir de Ashurbeyli: “Protección, paz y acceso”. […] …el nuevo Estado tendría todos los atributos necesario en el plano identitario cultural: Gobierno y embajadas, bandera, himno nacional e insignias. La ideología nacional se proclama democrática, y en cuanto a la parte legal, la idea es presentar el proyecto de nación ante la ONU, puesto que ya alcanza el medio millón de firmantes en la web.

El comienzo de este fragmento confirma la naturaleza elitista de los habitantes de Asgardia, quienes, además de ser profesionales eminentísimos en sus respectivas especialidades científicas, tendrían que poseer una calidad humana de tan virtuosa casi angélica, que les permitiera convivir en una comunidad cuyo código ético interno y externo se parece a llos paraísos que se han inventado todas las religiones, especialmente  el Paraíso cristiano, basado en un decálogo que asegura no solo la superviviencia y el bienestar, sino también el amor incondicional entre prójimos, cuyo más exaltado modo de expresión es el sacrificio totalmente desinteresado. Es decir, Asgardia no solo sería una comunidad de científicos, sino también de seres puros sin ambiciones ni bajos instintos, dedicada a salvaguardar la integridad de la Tierra y la Humanidad. ¿Alguien, al leer esto, ha sentido en su mente algún eco lejano de la palabra superhombre? Porque yo sí. El superhombre ha sido uno de los más acariciados sueños de la Humanidad: trascender su naturaleza elemental y finita (“barro eres y al barro volverás”) para producir un ser superior lleno de perfecciones, un semidiós capaz de enfrentarse a los dioses y hasta desplazarlos para tomar su lugar. Desde luego, el diseño del ciudadano de Asgardia —al menos en su primera agenda— no es similar al Zaratustra del filósofo alemán Nietzshe, un prototipo guerrero que inspiró a Hitler la concepción de raza superior que sustentó la ideología nazi y justificó todos sus crímenes, pero la intención trascendental que subyace tras el concepto es de la misma naturaleza: exclusividad superior. La Tierra, y nosotros en ella, quedaríamos bajo la protección de un grupo de seres aureolados por un halo de santidad. Pero ¿qué tiempo duraría esta virtud incorruptible tan extraña a la condición humana…? ¿Qué durabilidad podría esperarse de un fenómeno que no encontraría en la Historia de la Humanidad ni un solo precedente, como no sea el de los esenios, que tuvieron tan mal fin y de quienes solo han llegado a nosotros los Rollos del Mar Muerto, literalmente hechos picadillo por la humedad y los hongos de las cuevas donde fueron ocultados? Y otra cosa: ¿En qué se convertiría esta comunidad de científicos cuando se les acabara la virtud y la nobleza de intención? ¿En qué han terminado todos los proyectos de crear un hombre nuevo que en el mundo han sido? ¿Cuánto tardaría Asgardia en convertirse en otra Isla del doctor Moreau …?

Y ahora debemos parar mientes en un detalle singular: Asgardia, esta utopía bellísima y protectora, responde en su estructura a lo que Alejandro Magno y muchos políticos después de él conceptualizaron como Estado-tapón. El Estado-tapón solía ser creado por los estados guerreros y poderosos entre sus fronteras y las tierras hostiles que aún no habían sido conquistadas o tal vez no lo fueran nunca. De ese modo, si el enemigo atacaba el Estado poderoso le combatía… en tierras del Estado-tapón, no en las suyas, y así trasladaba la amenaza a otro escenario menos comprometedor. El príncipe, tirano o jefe guerrero del Estado-tapón era un títere sujeto a la potencia que le daba poder y a ella debía obediencia absoluta. Y es justamente aquí donde se trabaría uno de los paraguas más vistosos del creador de Asgardia, porque, según Juventud Rebelde citando a Ashurbeyli :

La independencia es un rasgo típico del diseño de las utopías, pero Asgardia nunca sería un verdadero Estado-tapón entre la Tierra y el cosmos, puesto que nace con pretensiones confesas de independencia absoluta. Vigilará a la Tierra para protegerla, sin embargo nadie podrá vigilarla ni gobernarla a ella sino ella misma, y no rendirá cuentas a nadie de su gestión. Tampoco sería una democracia, porque en Asgardia gobernará Ashurbeyli o un gobierno “encabezado” por él. Y aquí llegamos a un punto interesantísimo que en principio es solo una especulación antropológica: en la mítica Asgard escandinava gobernaba Odín, el más poderoso de la trinidad de los dioses nórdicos.

odin¿Sería muy alocado sospechar que pudiera existir algún vínculo asociativo entre Ashurbeyli y Odín, aunque no fuera más que de carácter inconsciente? Ojalá que no, porque Odín el Tuerto es uno de los dioses más oscuros que conoce la mitología terrestre. Es un guerrero y jefe de guerreros, solo que el ejército que él comandaodin4 es un ejército de muertos, los einherjer, espíritus de los guerreros caídos en combate que arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Cuando Odín no lleva armadura, usa vestiduras negras como los antiguos sacerdotes sacrificadores de los indoeuropeos y los druidas celtas de Irlanda, que se derivan de aquellos, y sacrificó su propio cuerpo colgándose a sí mismo de un árbol sagrado durante nueve días y nueve noches para obtener, por medio del dolor físico, el conocimiento de todas las cosas, entre ellas el futuro. Finalmente obtuvo lo que deseaba por medio de las runas, que le fueron reveladas a través de su suplicio. odin3En Odín se reúnen las tres castas principales que estructuraban la clase dominante de los primitivos indoeuropeos: rey, sacerdote y mago. Los antiguos vikingos lo invocaban antes de cada combate , y los berserskirs u hombres-lobo, guerreros que en la hibrys o furor de la batalla eran poseídos por espíritus de lobos, estaban bajo su mando. Odín es el hechicero, el mago negro que conjura y domina las fuerzas de la naturaleza y las obliga a obedecerle. ¿No despierta reminiscencias en nosotros del Doktor Faustus, el científico que vendió su alma al Diablo a cambio de conocimiento que es, en definitiva, una forma de poder?

Pero pasemos ahora a algo más concreto que las especulaciones antropológicas. ¿Cuál sería la fuente, o las fuentes, de donde provendría el financiamiento capaz no solo de materializar, sino de mantener el megaproyecto Asgardia si llegara a convertirse en realidad? Ya me parece escuchar por ahí algunas voces entusiastas susurrando: “¡Los Iluminati!, el Pentágono, la CIA, la KGB, el MOSAD, los Estados árabes del Golfo…!”. Lo único seguro es que no sería ninguna Universidad, ni la ONU ni las fortunas particulares de los científicos asgardienses ni la comunidad científica internacional, ni ningún Estado mecenas. Se trata de altísima tecnología, lo que descarta al Segundo Mundo, a los países en vías de desarrollo salvo los petroleros del Golfo, que tienen el dinero pero no la tecnología, y deja en pie solo a las dos superpotencias del Primer Mundo y a Japón y China. Tal vez también la India, aunque no me parece probable, no porque no disponga de un elevado nivel tecnológico, sino porque carece del peso político necesario para respaldar algo como el proyecto Asgardia. Y ni pensar en un acuerdo internacional para conceder este financiamiento, porque si las naciones que podrían hacerlo no se ponen de acuerdo ni para la solución de los problemas más elementales de la Tierra, como por ejemplo revertir el cambio climático, dudo que lo hagan para crear Asgardia. Pero al final, financie quien financie, lo que sí es seguro es que no tendrá el altruismo necesario para entregar los fondos a Ashurbeyli y su equipo y retirarse a mirar los toros desde la barrera. ¿A dónde irían entonces las pretensiones libertarias de Asgardia?

Para terminar me gustaría cuestionar un poco el título del artículo de Juventud Rebelde, donde se maneja la posibilidad de un timo pseudocientífico. Ashurbeyli tiene un curriculum que no parece alimentar mucho esa hipótesis. El proyecto Asgardia está pensado por un grupo de investigadores, ingenieros, abogados y empresarios liderados por el propio Ashurbeyli, quien es un científico espacial y representante del Comité de la UNESCO para las Ciencias del Espacio. En 2013 creó la Aerospace International Research Center (AIRC), empresa responsable de la publicación científica Room. Y eso no es todo. Aunque es verdad que en el mundo científico se han visto timos tremendos.

¿A qué conclusiones se puede llegar luego de un análisis atento del proyecto Asgardia y su calurosa recepción entre la comunidad científica internacional y la gente común? Propongo algunas:

1-Que la Humanidad está bastante consciente de que su estancia sobre la Tierra está llegando a su final y, como han alertado desde hace ya casi un siglo los escritores de ciencia ficción y los científicos, hay que ir pesando en encontrar alternativas.

2-Hay que seguir con atención todo lo relacionado con Asgardia, porque podría estar naciendo un fenómeno que, aunque fuera cierto que parte de las mejores intenciones, corre el riesgo de dar a luz una inmensa amenaza para el futuro de la Humanidad, sobre todo en tiempos que parecen pertenecer al terrorismo. Y aquí vuelvo a señalar hacia los cabalistas hebreos y la construcción del Golem, antecedente de Frankenstein, esos monstruos que crean el mago y el científico que anhelan empujar los límites de la condición humana, y que terminan por negar su sumisión a sus creadores para tomar el control absoluto de sus acciones.

3-Asgardia vuelve a poner sobre el tapete de la Comunidad de Naciones la necesidad de revisar las leyes internacionales sobre el uso del espacio exterior, porque no es cosa de tener dando vueltas entre la Tierra y la Luna un lugar donde un grupo de individuos “ intelectualmente superiores” que poseen el Conocimiento y la Tecnología con mayúsculas anden encerrados jugando a ser dioses, y haciendo cosas que solo ellos saben y por las que no están obligados a responder ante nadie. Donde lo mismo se puede impedir que un virus espacial llegue a la Tierra que crear uno letal y esparcirlo en los océanos, o clonar a Hitler, o crear al superhombre cruel y despiadado con que soñó Nietzshe. En cualquier aspecto o situación de la vida siempre hay que contar con la posible existencia de una segunda agenda.

4-Habría disputas violentas en la Tierra por el control de Asgardia, independientemente de quién haya subvencionado el proyecto en sus orígenes. Sería paradójico que una entidad creada para salvarnos terminara por desencadenar una guerra mundial. Un Trump Presidente de los Estados Unidos jamás se resignaría a que Asgardia no fuera un juguete de su propiedad. Y no sería el único, pues quien domine Asgardia dominará el planeta.

5-¿Es Asgardia un bebé con genes neonazis…?

No seamos ingenuos: es más seguro intentar salvar nuestro planeta, si ello aún fuera posible, que poner nuestra suerte en manos de utopías que prometen respaldo y protección cuando en realidad no están en condiciones de ofrecer un mínimo de transparencia. Por principio, siempre me han parecido sospechosos y altamente peligrosos los individuos o grupos que se ofrecen como salvadores pero abren su juego advirtiendo que nadie puede preguntarles cómo salvan.

Bradbury describió la agonía de Marte mancillado por la presencia de los colonos norteamericanos, quienes destruyeron los palacios y la refinada cultura marciana y dejaron el planeta cubierto de latas de Coca-Cola y paquetes vacíos de papas fritas con Ketchup. Como artista, él veía el aniquilamiento de una civilización y su cultura como el peor crimen posible. Pero resulta un crimen aún más horrendo la manipulación de una civilización con fines que ella misma no conoce y no puede controlar, y los proyectos como Asgardia, aunque nos parezcan “vanos fantasmas de niebla y luz”, como escribió el poeta español Gustavo Adolfo Becker en uno de sus más hermosos versos, nada tienen que ver con la pureza.

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¿SE DEPRIMÍAN LOS HUMANOS EN LA ANTIGÜEDAD…?

arqueologia-vasijasUn reciente hallazgo arqueológico sorprende al mundo: en la antigua ciudad romana de Bathonea, localizada en el distrito de Avcilar a la orilla del lago Kücükcekmece, hoy Turquía, han sido desenterradas más de 700 botellas de vidrio y cerámica con restos de antidepresivos y medicamentos para el corazón. Además de ser la primera vez que se encuentra en un único sitio tal número de vasijas antiguas, parece que el hallazgo también aporta datos sobre el asedio de Constantinopla, antigua Bizancio, por una fuerza conjunta ávaro-sasánida, que tuvo lugar en el año 626.

Desde su aparición sobre la Tierra los monos antropoides han tenido sobrados motivos para estar estresados: terribles fenómenos naturales, ataques de bestias feroces, oscuridad total tras la puesta del sol, lo que creaba un mundo misterioso e impenetrable en cuyas espesas tinieblas tenían que aventurarse los desvalidos primeros homínidos, guerras territoriales, canibalismo, hambrunas, y el tremendo misterio de la muerte. Es de suponer que, al igual que sucede al hombre moderno, tras períodos de estrés largamente sostenido sobrevinieran reacciones depresivas. La emocionalidad del hombre primitivo y el hombre antiguo estaba sometida a un constante desequilibrio.

Sin embargo, me parece sumamente interesante que este hallazgo se haya producido en territorios de la Turquía moderna, porque casualmente en esos lugares los arqueólogos han descubierto en la región de Capadocia las mayores ciudades subterráneas, vale decir, trogloditas, que se conocen hasta hoy, como la célebre y ciclópea Derinkuyu, en la provincia de Nevşehir, Anatolia central y, también, al sur de ese país, el ejemplo más antiguo de arquitectura monumental encontrado hasta la fecha, el templo de Gobekli Tepe, erigido hace unos 11 600 años, siete milenios antes que la Gran Pirámide de Gizeh y Stonehenge. Y digo que me parece interesante porque además del número de botellas encontrado por los arqueólogos, estos hallaron muy cerca de ellas restos de plantas medicinales, morteros de varios tamaños y una estufa. Eso indica que existía en el sitio un centro de producción de estos medicamentos, que al ser analizados arrojaron altos contenidos de metanona y fenantreno, sustancias que aún hoy son utilizadas contra la depresión por tener un efecto calmante.

¿Podemos especular que esta farmacia rudimentaria no fue la única, y que los primitivos habitantes de aquellas tierras tenían ciertas nociones de psiquiatría? Sin duda es algo que podemos suponer sin caer en el feo pecado de la divagación. Entenderemos lo muy necesarios que resultaban estos medicamentos si pensamos que en muchas ciudades trogloditas de Turquía, entre las cuales Derinkuyu (de 5 000 años de antigüedad), es la de mayor extensión, la población se recluía durante meses, y a veces hasta años, para escapar del asedio de ejércitos enemigos. Así aparece descrita Derinkuyu en Wikipedia:

[…] las personas que vivían en Anatolia habían excavado sus casas bajo tierra y vivían en alojamientos lo suficientemente grandes como para albergar una familia, sus animales domésticos y los suministros de alimentos que éstos almacenaban.
La facilidad de excavar el suelo volcánico de la zona, llevó a los moradores de Derinkuyu a crear una ciudad de varios niveles subterráneos, que fue utilizada como refugio de las frecuentes invasiones a Capadocia, en las diversas épocas de su ocupación.

Las excavaciones arqueológicas modernas comenzaron en 1963, y han llegado a los cuarenta metros de profundidad, revelando la existencia de entre 18 a 20 niveles subterráneos, aunque solamente es posible visitar los ocho niveles superiores. El resto está parcialmente obstruido, o reservado para la investigación arqueológica y antropológica. Fue abierta a los visitantes en 1969 y hasta la fecha sólo el diez por ciento de la ciudad subterránea es accesible para los turistas.

En el interior de la ciudad, pueden observarse establos, comedores, salas para el culto, cocinas (aún ennegrecidas por el hollín de los hogares), prensas para el vino, bodegas, cisternas de agua y áreas habitacionales. La ciudad cuenta con pozos de agua y galerías de comunicación.

En total, se han detectado 52 pozos de ventilación. Se calcula que estas instalaciones eran suficientes para dar refugio a diez mil personas. El laberinto de corredores cuenta además con tres puntos estratégicamente seleccionados, cuyo acceso podía ser bloqueado, desplazando las rocas adyacentes; impidiendo así la entrada de visitantes indeseados. Además, la ciudad tiene un túnel de casi 8 km de largo, que se cree la conectaba con la vecina ciudad subterránea de Kaymakli.

Sabemos por consultas realizadas a otras fuentes, que en Derinkuyu y otros de estos asentamientos había hasta áreas para taberna, de donde se deduce que aquellos sepultados en vida daban mucha importancia a la recreación.

0012030961Pero a pesar del complejo y hasta moderno planeamiento urbanístico de estas ciudades trogloditas, lo cierto es que la luz solar no llegaba a ellas, y la luz solar es la principal inductora de la producción de serotonina, también llamada la hormona de la felicidad (en realidad es un neurotransmisor) uno de los principales neuroquímicos que intervienen en el buen estado anímico del ser humano y que también afecta al funcionamiento vascular así como a la frecuencia del latido cardiaco. Si el cerebro no puede contar con las necesarias cantidades de serotonina sobrevienen estados de anhedonia o displacer, que devienen estados depresivos. En Derinkuyo y otras ciudades trogloditas turcas se han encontrado pasadizos con habitaciones que se cerraban desde dentro con mecanismos que accionaban enormes ruedas de piedra, y numerosa familias permanecían así enclaustradas para impedir que el enemigo pudiese llegar hasta ellas. Demasiado tiempo sin luz y en confinamiento: necesitaban antidepresivos, sin duda. Se calcula que en algún momento llegaron a habitar en esta ciudad unas 20 000 personas. ¿Podemos imaginar a toda esa gente encerrada en 17 kilómetros de túneles subterráneos distribuidos en más de 11 niveles hacia el centro de la Tierra, sabiendo que afuera los aguardaba una muerte violenta y segura…?

Las excavaciones en la antigua ciudad romana de Bathonea revelaron los rastros de actividades agrícolas más antiguas de Europa, que datan del 7.000 a.C. Es posible que hubiera allí un centro de medicina herbolaria que tributara su producción a otras zonas del territorio, algo así como un primitivísimo LABIOFAM.

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SORPRESA EN LA VIEJA PRENSA CUBANA

indice4Alguien a quien le gusta sorprenderme con cosas buenas puso en mis manos un rotograbado del periódico Revolución con fecha de junio 17 de 1963, en el que aparecen varios materiales muy interesantes. Los misterios de la Luna, firmado por Oscar Hurtado (La Habana 1919-1977), es uno de ellos. Los iniciados en una literatura tan polémica y undergrownd como es la ciencia ficción cubana, sabemos que Hurtado es el padre del género en la isla y durante las primeras décadas de la Revolución fue una figura muy visible en el mundo literario habanero, pero hoy no podría decirse que la memoria colectiva popular tenga en él un ícono ni mucho menos. Todo lo lavan las arenas del desierto, reza un antiguo refrán árabe.

Cuando digo que Hurtado fue una figura bien visible en los jardines de la UNEAC, las salas de ajedrez, los cines, teatros y otros lugares recoletos de la cultura de nuestro país, no me refiero solo a su tremenda corpulencia física, que rebasaba los 6,3 metros de estatura montados sobre unas tal vez 200 y más libras de peso corporal, sino a su físico que podría calificarse de raro (él se decía vampiro extraterrestre), a su enorme cultura y a su capacidad sobrehumana para hablar durante tantas horas que quién sabe si habría ganado un record Guinnes, pero sobre todo, a un extraño magnetismo que emanaba de su peculiar manera de ser y ejercía una fuerte atracción sobre quienes le trataban.

La escritora cubana Daína Chaviano, quien con todo derecho puede ser considerada su discípula y principal continuadora de su trabajo divulgativo sobre la ciencia ficción internacional en Cuba, hizo hace muchos años una recopilación de textos de Hurtado cuando ya él no se encontraba en este mundo. Usó la papelería conservada por Évora Tamayo, segunda esposa del escritor, en su elegante apartamento de El Vedado abierto a los aires del Caribe y los rumores difusos de los atardeceres habaneros, a once pisos de altura sobre el nivel del mar. Hizo también largas entrevistas a la viuda y a otras personalidades de la cultura que habían sido muy cercanas a Hurtado, y toda la información que recopiló aparece en su prólogo a esa selección de textos, que tituló Los papeles de Valencia el Mudo.

Como ya he contado alguna vez, tuve el privilegio de ser la correctora de las pruebas de galera de este libro, y en su tinta aún fresca, rezumante del olor a plomo que flotaba en el aire del taller 11 de la calle Reina, choqué de este modo tan inesperado con uno de los libros cubanos que más influencia ha ejercido en mí. Creo que ya había leído Los mundos que amo, el volumen con el que Daína obtuvo en 1979 el primer Premio David de Ciencia Ficción, y yo misma era entonces muy aficionada al género, pero de Hurtado jamás había oído hablar. No obstante, tras la lectura de aquellos primeros párrafos fui presa de una fascinación por él que nunca me ha abandonado, y de repente la ciencia ficción se me mostró bajo una nueva perspectiva. El estilo de Hurtado estaba traspasado por una sensibilidad que en ocasiones me recordaba a Bradbury, pero todo el tiempo era muy hurtadiana, con un pensamiento muy propio y muy elaborado sobre los misterios del Universo y los Orígenes de todo. Debo confesar que cuando corregí la portada y contraportada de libro sufrí un impacto tremendo, porque Hurtado tenía un parecido muy grande con mi abuelo don José Manuel, el hombre que abrió mi alma infantil a los misterios y maravillas de todo cuanto existe. Los dos murieron en 1977. Como si fuera poco, Hurtado había vivido toda su vida bajo la sombra monumental de su abuelo Valencia el Mudo, que no sé si fue real o él se lo inventó. Mi abuelo, catalán, era geográficamente vecino del suyo, un valenciano. Para una mente impresionable como era la mía en aquellos tiempos, esta serie de coincidencias podía infundir pavor.

No tengo ahora mismo a mano mi ejemplar manoseadísimo de Los papeles de Valencia el Mudo, así que hablaré de memoria y contaré algunas cosas que pude averiguar cuando seguí los pasos de Daína y fui yo también a entrevistar a Évora Tamayo y a otras personas.
Al parecer, los orígenes familiares de Hurtado fueron sumamente humildes. Su padre tenía en las calles cercanas a la Catedral de La Habana, o acaso por el Templete, una tarima para vender pescado, comenzaba su comercio a las cuatro de la madrugada —hora en que los pescadores descargan de sus pequeños botes la pesca habida en el litoral—, y su hijo lo acompañaba; tal vez trabajara a la par del padre desviscerando peces o lanzando baldes de agua para limpiar la sangre salada que se acumulaba sobre los adoquines. Leía mucho, y con toda probabilidad fue de sus lecturas voraces de donde obtuvo sus conocimientos, porque se sabe que nunca pasó de los primeros grados escolares, a pesar de lo cual llegó a ejercer como profesor de Ciencias y Matemáticas. Hurtado fue autodidacta, pero tiene que haber poseído un coeficiente de inteligencia bastante elevado, pues tras una corta estancia en los Estados Unidos aprendió el idioma y se aventuró a comenzar una traducción de la obra Romeo y Julieta, de Shakespeare, porque las traducciones que había leído no le satisfacían. Esto me lo contó Évora Tamayo durante una de las visitas que le hice.

Oscar estaba fascinado por los vampiros y los extraterrestres, pero su hambre de conocimiento y reflexión trascendía esos tópicos para adentrarse francamente en la antropología de las civilizaciones antiguas. Cuando Evora me permitió llevarme para mi casa los cajones donde guardaba la misma papelería que había puesto a disposición de Daína, descubrí muchos blogs de notas y papeles sueltos cubiertos con una cantidad impresionante de notas sobre toda clase de temas, incluidos los científicos. Matemáticas, física, química, astonomía, medicina, antropología, historia, arquitectura, y una obsesión con la figura del héroe asirio Gilgamesh sobresalían entre quel maremagnum de letra caligafiada. Meses más tarde el escritor Eduardo del Llano hijo, entonces estudiante de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, pasó un madrugada en mi casa copiando todo aquello con una voracidad que me hizo pensar en Hurtado mismo).

No puedo hacer un inventario fiel de la enorme lista de los temas que atraían a este homagno de la curiosidad intelectual. El actor Miguel Gutiérrez y el poeta Luis Marré me contaron que era un apasionado del ajedrez y un jugador casi inderrotable, y en los jardines de la UNEAC muy a menudo la mesa en que movía sus trebejos era rodeada por mucha gente que disfrutaba verlo jugar. Lo mismo ocurría con su tremendo don para la conversación. Como suele suceder con casi todas las personas nacidas bajo el signo horoscópico chino del Dragón, Oscar era un orador que magnetizaba a quienes le escuchaban, y siempre estaba rodeado de un auditorio que lo atendía como si paladearan un vino delicioso e irrepetible. Évora me comentó con pesar que ella estaba convencida de que Hurtado pudo haber escrito más y hecho mucho más en el mundo de la cultura, pero “había desperdiciado la mayor parte de sus energías hablando”. Amaba la música, en especial la ópera, y poseía un notable registro de tenor que le permitió cantar en escenarios. Daína recuerda en su prólogo que también era capaz de actuar y encarnó el personaje del sacerdote endemoniado en el filme Una pelea cubana contra los demonios, de Tomás Gutiérrez Alea. Hurtado poseía, sin duda, una de esas inteligencias naturales privilegiadísimas y muy escasas, que se asemejan a la buena tierra fértil donde cae una semilla y nace un frondoso jardín. ¿Era un genio? Por lo menos era una mente proteica y ecuménica. Lamentablemente murió relativamente joven, de una esclerosis múltiple que mostró su primera manifestación cuando una mañana, a la salida de la UNEAC, intentó mover la moto que parqueaba frente a la institución y su gran cuerpo perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Évora pensaba que la enfermedad avanzó a un ritmo muy veloz. Oscar creía que fuerzas misteriosas y poderosísimas habían decidido silenciarlo definitivamente.
Y después de esta breve presentación de Oscar Hurtado, quien si no fue un poeta brillante , sí fue, contra la opinión de muchos, un excelente prosista, llego al tema que me obsesiona desde que este rotograbado cayó en mis manos: la realidad o irrealidad de la existencia de su abuelo Valencia el Mudo.

En Los papeles de Valencia el Mudo —que si la memoria no me traiciona se divide en la noveleta homónima y en un dossier de hechos interesantes y misteriosos titulado Rocío del dragón (muy influido por la evidente lectura de El retorno de los brujos, de los franceses André Bergier y Louis Pauwels)— Hurtado cuenta la historia de su abuelo Valencia, a quien también llamaban el celta Perlé, dueño de esclavos y de una importante plantación de azúcar en las afueras de La Habana, y estaba casado con la bellísima mulata haitiana Eva Marie Duvalier, experta en el viejo arte de los hounganes haitianos de hacer zombies, y vampira ella misma que había vampirizado a su marido, quien desde su juventud era aficionado a las ciencias ocultas y oscuras y había perdido la lengua durante un ritual de misa negra. Hurtado cuenta que él pasó gran parte de su infancia en la plantación de su abuelo y fue criado por la mulata Eva Marie, a quien amaba en secreto con amor de niño. En Los papeles… Hurtado hace referencia a que su abuelo poseía en una torre de aquella propiedad un observatorio desde donde él y su esposa estudiaban atentamente el curso de los astros. Hurtado asegura haberse colado a escondidas en la torre y haber divisado desde su telescopio a dos de los personajes fantásticos más interesantes y terroríficos del folklore campesino cubano y de la literatura fantástica de nuestro país: la cucaracha gigante y la bola de candela.

Pero lo que me interesa es que en el texto de Hurtado que aparece en el ya mencionado rotograbado, el escritor habla de su abuelo como de alguien con existencia real, menciona una vez más la pérdida de su lengua y hace la salvedad de que Valencia fue la primera persona en Cuba que poseyó un observatorio particular, y de inmediato pasa a reproducir textualmente varias supuestas anotaciones hechas por el aludido sobre fenómenos que él y eminentes científicos de otros países y épocas habían observado en la superficie lunar. No tengo manera de saber, pues requeriría una investigación de dimensiones imposibles para mí, si el supuesto abuelo valenciano de Hurtado fue o no un ente real, aunque, desde luego, abuelos tuvo como cualquier ser humano. Tampoco me resulta posible investigar todas y cada una de las numerosas referencias a astrónomos, descubrimientos, sucesos y observaciones que aparecen citados a lo largo del texto, en apariencia anotados por Valencia, y reproduzco solo una de ellas para que el lector pueda hacerse una idea de lo que digo:

[…] Estas observaciones, y algunas más extraordinarias que algunos calificarían de alucinantes, se registran en cualquier región de la Luna así como del espacio cósmico, según lo encuentro en los papeles de mi abuelo. En Popular Science, 34-158, el astrónomo Serviss nos dice que una sombra que Schroeter vio en Los Alpes Lunares. Primeramente vio una luz. Pero cuando esa región fue iluminada por el sol en el lugar donde la luz estaba había una sombra redonda. Casos como este estaban relacionados con otros como este entre los papeles de Valencia el Mudo. Popular Astronomy, 20-398. En el comienzo de la noche del 27 de enero de 1912, el doctor F.B. Harris vio sobre la luna “un enorme objeto negro” que estimó ser de algo más de los 400 kilómetros de largo y de 80 de ancho. “El objeto se parecía a un gran cuervo posado. No puedo sino pensar que contemplé un interesante e inusual fenómeno Entonces las nubes cortaron la visión”

A las 5 de la mañana del día 20 de octubre de 1824 una luz fue vista sobre la parte oscura de la Luna por Gruithuisen. Al poco tiempo desapareció. Seis minutos más tarde apareció de nuevo y desapareció otra vez; después brilló intermitente hasta las 5:30 a.m hasta que la luz del alba dio fin a la observación (Scientific. American, Sup., 7-2712). La luz en Aristarco brilló de nuevo en 1825, según J.B. Emmett (Annals of Philosopy, 28-238

EL CRATER LINNE

Ninguna historia de desapariciones en la Luna está completa sin el famoso “cuadrado de Madler”. Al borde del Mare Frigorias, no lejos del cráter Platón, hay una extensa “bahía que Madler describió, completamente cuadrada, dentro del cual había una formación en cruz con los bordes blancos. H.P. Wilkins, usando el mayor telescopio de Europa, reporta recientemente que uno de los lados del cuadrado ya no existe y que la cruz desapareció.

Después de leer estos párrafos citados, que supuestamente son anotaciones de Valencia el Mudo, el lector habrá llegado junto conmigo a la conclusión de que resulta empresa titánica corroborar todos los datos ofrecidos, entre otras cosas porque sería una ensoñación creer que podemos tener acceso al fondo del archivo necesario para semejante tarea, y no hay que creer para nada que ni siquiera la mitad de esas publicaciones se encuentren todavía en nuestras bibliotecas después de tantos años. Lo que resulta evidente es que Hurtado sí las manejaba, o eso podemos suponer por el momento. Como se aprecia, todas eran publicaciones en inglés, probablemente revistas.

Yo estoy casi segura — solo por dejar el consabido margen de duda—, de que Valencia el Mudo nunca existió tal como nos lo ha descrito Hurtado; que no hubo abuelo hacendado, ni telescopio, ni mulata haitiana, ni vampiros ni zombies ni anotaciones astronómicas de ningún tipo, sino que se trata de un personaje de ficción extraordinariamente construido hasta en sus más perfilados entresijos. Un apócrifo, aunque el término se le quede pequeño. Es posible que le venga mejor la clasificación de alter ego del escritor (no de eterónimo), o mejor aún las dos cosas en una, o en otras palabras: Valencia sería el propio Hurtado despojado de las amarras de la realidad y liberado para vivir en la construcción egoica de un mundo uraniano que permitió al escritor realizarse en la extraordinaria creatividad de su imaginación. Este tipo de mixtificació en la que personajes literarios viven vidas reales no se encuentra con frecuencia en la historia de la literatura, y un caso que siempre se cita es el de los múltiples alter ego del escritor portugués Fernando Pessoa, quien si no hubiera sido un genio de la escritura, habría encarnado un caso severo de personalidad múltiple, ya que los personajes literarios en que se desdoblaba pasaban de 40. Para decirlo de una manera más sencilla: Valencia el Mudo era la identidad que Oscar Hurtado hubiera querido impersonar, si acaso fuera posible el milagro de que uno pudiera escoger identidades como se escoge un traje.

Creo, en fin, que Los misterios de la Luna es un texto de ficción de principio a fin. Hay entre los escritores cubanos algunos ejemplos de autores que crearon personajes, o grupos de personajes, que rebasaban el marco de las obras para las que fueron concebidos. El poeta Luis Rogelio Nogueras creó sus apócrifos de Las quince mil vidas del caminante. Ezequiel Vieta tiraba el Tarot a algunos de sus personajes para descubrir qué caminos les trazaba el destino, en abierta confusión —¿voluntaria o involuntaria?— de la literatura con la vida. El poeta José Manuel Poveda escribió Poemetos, ese precioso poemario  que atribuyó a una supuesta doncella llamada Alma Rubens, su eterónimo. Tal vez el caso más sonado de parto literario después de Pessoa haya sido el del francés Pierre Louÿs con su Bilitis, joven discípula de Safo y poeta ella también, con la que dio a la literatura una de las más hermosas colecciones de cantos eróticos, Les Chansons de Bilitis. Esta mixtificación literaria, que algunos consideran broma culturosa pero es, en realidad, hazaña del intelecto de la que pocos escritores son capaces, habla siempre de la presencia de un creador de raros dones y una cultura universal muy asimilada, consustancializada y hundida ya en el tuétano mismo de sus huesos. Hurtado tenía todo eso y tenía, además, una magia en su manera de narrar que modelaba imagos y les infundía vida al solo aliento de su pluma. Hurtado perteneció a la estirpe de los artistas de una gran honestidad intelectual, pues creía firmemente en todo aquello sobre lo que escribía. Nunca hubo farsa en él.

Para Gerardo Chávez, investigador, historiador y autor de ciencia ficción cubano

Hurtado fue el creador del primer taller de Ciencia-ficción en Cuba. De donde surgieron los fundadores. Principal generación de gladiadores literarios que se lanzó a las arenas, armados de sus fantasías para conquistar imprentas. Fundó las colecciones Fénix y Cuadernos, dedicadas a la poesía y a la prosa respectivamente. Dejó la más profunda huella en la historia del género en nuestro país, al fundar la colección Dragón, de la editorial Arte y Literatura, donde se publicaron con la instantánea aprobación de los lectores cubanos, muchas de las mejores obras de esta gustada corriente literaria.

Publicó de su mano los poemarios La Seiba (1961), La ciudad muerta de Korad (1964) y Paseo del Malecón (1965); el libro de cuentos Carta de un juez (1963) y un ensayo sobre pintura cubana. Fue coautor de Cuba: cien años de humor político, en colaboración con Évora Tamayo. Escribió varios artículos en periódicos y revistas sobre temas tan variados como artes plásticas, cosmonáutica, ajedrez, Ciencia-ficción, misterios arqueológicos y otros.

Hizo los prefacios de la primera edición en nuestro patio, de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells y Las aventuras de Sherlock Holmes, de A. Conan Doyle. Así como también, en 1969, la recopilación y prólogo de Cuentos de Ciencia-ficción, considerada en su momento, la mejor selección de cuentos del género publicada en Cuba. Después… dejó de publicar. Y como si le faltara ese estado interior que alcanza, realiza y mantiene al que escribe, unos años más tarde, en 1977, luego de una imprevista y rápida enfermedad, es llamado a abandonar nuestro espacio-tiempo.

Daína Chaviano tuvo el buen tino de honrar y reconocer a Hurtado como a un padre fundador, cuando dio su nombre al primer taller de Ciencia Ficción, que funcionó en la Casa de la Cultura de El Vedado, por cuyos asientos pasamos muchos de nosotros, entre los cuales estaban quienes hoy son reconocidos a su vez como maestros del género en Cuba.

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Educación y escolaridad en la Cuba colonial

En días recientes escribí sobre lo que significó para la educación escolar en Cuba el final de la última Guerra de Independencia, y conté cómo los funcionarios norteamericanos que estuvieron al frente de la ocupación de la isla juzgaron necesario cambiar los patrones pedagógicos que durante siglos había impuesto España en Cuba, para sustituirlos por otros modernos, capaces de garantizar la formación de una intelectualidad nacional que pudiera seguir el desarrollo tecnológico que traía consigo la instauración de la República, con los Estados Unidos como primer y más importante socio comercial.

Sin embargo, después de haber puesto el punto final a aquel artículo comencé a pensar que, si bien la enseñanza en Cuba colonial se basaba en esquemas decimonónicos y en ocasiones hasta medievales, como es el caso de la escolástica, no es menos cierto y es innegable que la Colonia vio siempre florecer en nuestra tierra una intelectualidad de primer orden, con formación universal, una alta cultura políglota al tanto de cuanto ocurría en el mundo, con cerebros tan potentes como el padre Félix Varela, Arango y Parreño, José Antonio Saco, Carlos J. Finlay, Carlos de la Torre, Rafael María de Mendive, José de la Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Julián del Casal, y el propio José Martí, por no incluir más nombres que harían demasiado extensa esta enumeración de titanes del pensamiento que tuvimos los cubanos a través de toda nuestra historia. Si la escuela española era tan deficiente, atrasada y obsoleta, de dónde salió esta pléyade de figuras intelectuales? ¿Solo de los viajes a Europa que algunos de ellos podían permitirse al amparo de los caudales de sus poderosas familias y sus haciendas?

La respuesta la he encontrado en un viejo recorte del Diario de la Marina, y contiene un interesante y muy lúcido artículo del intelectual cubano Juan J. Remos, fechado el 15 de marzo de 1952, en el cual Remos afirma que “más atención y buen éxito alcanzó la enseñanza superior que la primaria”. Y continúa:

La escuela primaria estuvo en manos del clero en los siglos primeros. Después se sumó la misión de las congregaciones religiosas, en especial franciscanos, dominicos y jesuitas, la de algunas personas de color entre las cuales no pocas demostraron cualidades y preparación en lo que cabía, pero la mayoría de las cuales carecía de dotes y cultura, predominando el tipo de la llamadas “cuidadoras”, que, más que otra cosa, lo que hacían era entretener a los niños, y la “amigas”, que fueron muy características durante el siglo en la escuela privada, y entre las que es justo reconocer que hubo en considerable proporción muchas intuitivas cuya labor fue eficiente. Los maestros, desde luego, carecían de titulación y de obligatoria prueba de capacidad. A la Sociedad Patriótica de Amigos del País se debe el comienzo de una preocupación documentada y de una acción persistente y útil en la enseñanza primaria. Gracias a los esfuerzos de los eminentes miembros de la Sección de Educación de esta institución, que al final se llamaría Sociedad Económica de Amigos del País, se logró mucho y sobre todo interesar a la metrópoli en la comprensión del problema. Es la Sociedad la que con su sentido de responsabilidad colectiva imprime el impulso inicial. Funda escuelas, moviliza a sus hombres para informar sobre las necesidades en el método y en las atenciones materiales. Aquellos primeros trabajos fueron dando su fruto, aunque lentamente, y hasta encontraron la oposición oficial, debido a las luchas políticas. Vino por fi un plan oficial para sistematizar y centralizar a enseñanza en todos los grados, hasta la universitaria. En lo teórico se hizo mucho, en lo práctico poco. Baste saber que en 1836 solo el 4,75 % de la población escolar recibía educación.

Había un 70 por ciento de analfabetismo entre los blancos, y 87 por ciento entre los negros. Hay, sin embargo, un dato atendible, y es que después de la última guerra la inmigración la cifra de inmigrantes peninsulares se duplicó, y ellos traían la educación española de la primera enseñanza. Continúa Remos explicando:

El método memorizador, que era el escolástico, imperó. El lectivo, que era del de Varela y Luz, ejerció su influencia en zonas y momentos. En la metodología se impusieron ideas nuevas en instantes diversos. En los planes se adelantó, pero como dijo Manuel Valdés Rodríguez en su brillante estudio sobre la educación popular, esta no existía en 1891, se había retrocedido. Universidades, Seminarios, Escuela Normal, Institutos de Segunda Enseñanza, Escuela de Pintura y Escultura, Escuela de Náutica dieron saldo bueno entre las clases pudientes. Los colegios privados (como el de Mendive al que asistió Martí) realizaron una gran función. Faltaba en todo el interés oficial a partir de Yara, y antes lo hubo a medias.

Lamentablemente, el artículo de Remos se interrumpe aquí, y aunque anuncia una segunda parte sobre la significación de los centros de docencia y cultura nacional para la enseñanza en Cuba, temo que si no encuentro esa continuación entre la vieja papelería de mis ancestros no podré ofrecerla a mis lectores. Pero el tema es arduo y con mil aristas, más propio para ser analizado en una exhaustiva investigación que para intentar hacerlo en un artículo, por más brillante y documentado que este pudiera ser.

Me queda claro que las clases pudientes cubanas, desde los hacendados hasta los comerciantes y todo aquel que tuviera medios económicos, enviaban a sus hijos a estudiar fuera de Cuba. Recordemos el extenso viaje a través de varios países de Europa que la familia de Céspedes le obsequió a Carlos Manuel cuando este se graduó de Abogacía. A menudo estos jóvenes vástagos de importantes linajes comenzaban en Cuba sus estudios de nivel superior pero se graduaban en universidades españolas, francesas e italianas, y más tarde en universidades e institutos tecnológicos norteamericanos.

Estos jóvenes intelectuales y científicos, incluidos los de la burguesía media, que también se beneficiaron de la enseñanza en órdenes religiosas de tanto prestigio en el magisterio como La Salle, por solo citar un ejemplo, hacían número suficiente para crear en conjunto una intelectualidad que incluso superó a la de los Virreinatos, pero eran demasiado pocos en comparación con la masa popular que solo disponía de pequeñas y atrasadas escuelas y quedaba, en su mayoría, condenada al analfabetismo.

Mi propia abuela paterna, una gallega dulce y con grandes dotes para disciplinar y educar, tuvo en su juventud una vocación muy fuerte por el magisterio. Ella pertenecía a una familia de escasísimos recursos económicos, por  lo que no pudo cumplir u sueño de ser maestra normalista. Tuvo que conformarse con obtener por un precio muy módico (y alguna mirada zalamera de sus glaucos ojos celtas) que el carpintero del barrio le confeccionara unos tabureticos de madera, pidió prestada a su madre la sala de la humilde vivienda familiar y la mesa del comedor, y con unas pocas libretas compradas por ella misma convocó a los niños y niñas del barrio que pudieran pagar unos centavos mensuales por asistir a aquella humildísima escuelita improvisada, y allí mi abuelita les enseñaba a leer y escribir a través de las cartillas, a sumar, restar, dividir y multiplicar, y a las hembras las puntadas básicas de la costura. El resto del programa educativo de mi abuela quedaba forzosamente reducido, por falta de recursos materiales, a enseñar a sus educandos fundamentos de educación formal tales como las normas correctas de conducirse a la hora de comer, cómo vestir en las diferentes horas y ocasiones de la vida social y algo del catecismo… ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer la bella Hilda, que la mayoría de los días ni tizas tenía para escribir las vocales en la pequeñísima y desconchada pizarrita de su escuelita de barrio? Pero fue en estas escuelitas modestas de muchas angelicales Hildas de Centro Habana y Habana Vieja donde numerosos cubanos tuvieron acceso a la única enseñanza que conocerían a lo largo de sus vidas antes de 1959.

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CARTEROS Y CARTAS EN CUBA: LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO TIENEN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA

indice2Hay muchas cosas de nuestra vida cotidiana en las que, de tan vistas, nunca pensamos, como, por ejemplo, los carteros. ¿Desde cuándo la función principal de los carteros, llevar cartas a sus destinos, ha quedado reducida casi enteramente a la entrega del periódico, de paquetería pequeña y de algunos documentos oficiales? Muchos culpan a la aparición del correo electrónico, pero lo cierto es que el género epistolar comenzó a anemizarse desde mucho antes, probablemente desde que la aviación fue capaz de ofrecer transportación a cualquier punto del globo en solo unas horas. Es posible que también esté involucrada en la decadencia de la carta la quiebra de los sueños, ilusiones y esperanzas de mucha gente sobre la Tierra, y no hay que descartar que los medios audiovisuales y la evolución de las comunicaciones tengan también su parte de responsabilidad en esa agonía que ya es casi una muerte total.

Por paradójico que parezca, hoy, cuando hasta los nenes de primaria tienen en su mochila un celular y las tablets y androids son objetos tan cotidianos como el cepillo de dientes, es cuando la gente escribe menos cada día. Porque no hay que engañarse pensando que los interminables intercambios de pequeños bocadillos que constantemente llevan a cabo millones de personas en este planeta puedan calificarse como escritura. Si usted entra a un aula universitaria y se inclina sobre cualquier estudiante que esté tecleando frenéticamente en su teléfono móvil, podrá leer algo más o menos como esto:

Él. —Anoche no kontestaste mis llamadas
RESPUESTA. —Durmiendo
Él. —¿Vas kumple Julita?
RESPUESTA. —No, koncierto
Él. —¿Mañana?
RESPUESTA. —Yo te llamo
Él. —¿Me kieres?
RESPUESTA. —Te kiero

O este otro ejemplo inefable de diálogo celular entre un padre y su hijo:

PADRE. —Chama sin cambolo en gao temprano
HIJO. —Puro toy kon jeva hoy na ma viejo
PADRE. —Temprano chama no joda

El caso es que es muy posible que ya nunca vuelvan a escribirse cartas como las que aparecen en el epistolario amoroso de la novela Jardín, de Dulce María Loynaz, de las que he tomado dos ejemplos, el primero de los cuales, de apenas dos líneas, es antológico:
“Bárbara, la de los ojos de agua, la de los ojos de agua honda de estanque… Bárbara, serena y majestuosa como una nave antigua en un mar latino.”

Y este otro, de estremecedora belleza:

¿Recuerdas la otra tarde, Bárbara, cuando con la punta de marfil de tu sombrilla escarbabas la tierra del jardín? […]Te pregunté la gracia de aquel juego, y tú alzaste los ojos y me miraste un momento, […] y me contestaste sonriendo, porque tú sonríes siempre:

—[…]Pruebo a ver si encuentro tu corazón, que se me ha perdido.

Y seguiste escarbando con la punta de marfil de tu sombrilla…

[…] Sin embargo, yo te digo ahora a mi vez: Tú, que amas la pureza y me hablas de lirio que mereció ser comparado al Maestro; tú, obsesionada de blancura, enferma de blancura, cuando tocas las corolas blancas y te recreas aspirando su perfume… ¿has pensado alguna vez que todo viene de un nudo negro que se clava en la tierra, que se come la misma comida que los gusanos? No, yo sé que tú no piensas en eso, pero te ocupas en recoger las flores que te son bellas y gratas y que responden a tu ideal de Belleza, aún viniendo de donde hayan venido…
La otra tarde buscaste mi corazón entre la tierra, y yo te digo, Bárbara, y te lo digo tal vez demasiado emocionado, que en la tierra o en el cielo, en tu mano o en el fango, mi corazón ha sido siempre para ti…

Claro, se me podría objetar que esos fragmentos no forman parte de cartas reales, sino que fueron escritas por un Premio Cervantes de Literatura para una novela sin ningún anclaje en la vida real. Pero las dos cartas que reproduzco a continuación no solo son verdaderas, sino que la segunda ni siquiera sabemos si llegó a ser corregida para su redacción definitiva, pues fue halladas entre la papelería póstuma de José Martí bajo la forma de apuntes, que probablemente tomó en breves momentos que le dejaron libres las numerosas actividades de su intensa vida.

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Usted. Yo sin cesar pienso en Usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Usted con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su
J. Martí
PD: Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

A Carmen Zayas Bazán, su esposa, dirigió esta otra misiva donde ya no le resulta posible ocultar el frío de una decepción que lo había llevado al desamor. En carta anterior Carmen le instaba a regresar a Cuba a pesar de que las autoridades españolas lo habían prohibido y amenazado de muerte al desterrado, y él le responde:

[…] Pues siendo mayor, o siendo igual, o siendo simplemente alguna la posibilidad de que suceda, yo no debo exponerme a males que no tienen remedio, contra la posibilidad de que no suceda, dejando una situación cuyos males son todos remediables. —No hay en mí una duda, un solo instante de vacilación. Amo a mi tierra inmensamente. Si fuera dueño de mi fortuna, lo intentaría todo por su beneficio: lo intentaría todo. Mas no soy dueño, y apago todo sol, y quiebro el ala a toda águila. Cuando te miro y me miro, y veo qué terribles penas ahogo, y qué vivas penas sufres, me das tristeza. Hoy, sobre el dolor de ver perdida para siempre la almohada en que pensé que podría reclinar mi cabeza, tengo el dolor inmenso de amar con locura a una tierra a la que no puedo ya volver. Me dices que vaya; ¡Si por morir al llegar, daría alegre la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir, sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no ¿qué he de hacer yo? —Que no lo estimas, ya lo sé. —Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva.

Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria cubana, era un letrado, pero no un novelista ni un poeta aunque hubiera escrito letras de canciones. Profundamente herido por las miserias humanas que afligían y dividían a los cubanos en su guerra contra España y por los agravios incalificables a que le sometieron los propios jefes cubanos del mambisado, Céspedes muestra al rojo vivo las sangrantes nervaduras de su alma en estas líneas redactadas en un estilo simple y personal, en carta dirigida a su esposa Ana de Quesada, quien le aguardaba en el exilio:

[…] En cuanto a mí, tengo mi conciencia tranquila y desprecio esas calumnias. He cumplido con mi deber. Mi conducta está a la expectación pública. No juego, no me embriago, no enamoro, ni siquiera paseo. Trabajo sin descansar por Cuba: no puedo asegurar que lo haga con acierto, pero es con buena fe. No robo, no mato, no violo, no hago intencionales agravios a nadie. Procuro proceder imparcialmente en mis resoluciones, y que haya orden y justicia. Jamás transigiré con los españoles sino bajo la base de nuestra independencia. Más no puedo hacer: no soy santo. Si no están conformes tomen su Presidencia el día que quieran. ¡Ojalá fuera mañana! ¡Cuidado un día no la dejen caer por tierra. Para nada la apetezco. Yo quiero ser el primer independiente, y a donde quiera que vaya tendré qué comer, porque yo sé trabajar. No le tengo miedo ni a nadie ni a nada. Por ser Presidente no voy a sacrificar mis sentimientos ni mis otros deberes.

Miles de cartas perfectas y antológicas han sido escritas desde que el alfabeto fue inventado por el hombre. No sé por qué recuerdo ahora, en especial, una enviada por la princesa egipcia Ankesnamón al rey de los hititas en la que le rogaba le enviara a uno de sus hijos para convertirlo en su esposo y faraón; una carta breve, femenina, suplicante y al mismo tiempo digna, pero traspasada por una tremenda desesperación. Ankesnamón, viuda reciente del joven faraón Tut Ank Amón, estaba amenazada de ser obligada a contraer nupcias con un pretendiente rudo que no era de sangre real, el asesino de su esposo. Curiosamente Dulce María Loynaz es autora de la célebre Carta de amor a Tut Ank Amón, una de las piezas epistolares más perfectas escritas en lengua española.

No, ya los carteros no traen cartas largas y hermosas, tal vez porque ya no haya almas largas y hermosas ni plumas sabias, y ahora encomendamos a las caritas de yahoo transmitir los sentimientos que no tenemos palabra para expresar. Estamos regresando al reino de la onomatopeya gutural del gu gu da da y el unga tunga, por no hablar del gustringo molongo, que es una clase de onomayopeya un poco más elaborada pero más gutural todavía. Los carteros y las cartas se han convertido, como diría García Márquez, en una estirpe condenada a cien años de soledad que no tendrá una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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Carlos Sobrino Rivero, un pintor olvidado

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La mayoría de los pintores de la República son hoy mal conocidos o están totalmente olvidados. Solo quienes integraron entonces la vanguardia de nuestras artes plásticas, como Ponce, Lam, Portocarrero, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Amelia Peláez y otros, han sobrevivido en la memoria de la cultura actual, y el reconocimiento que ya disfrutaron en vida se ha ido acrecentando al extremo de constituir un núcleo de artistas plásticos que goza hoy de reconocimiento internacional.

Sin embargo, San Alejandro dio muchos pintores que, si bien se mantuvieron siempre dentro de los límites estéticos de la academia, fueron artistas de calidad capaces de pintar con excelente factura cuadros realmente inspirados que honrarían las artes plásticas de cualquier país. Otros transitaron por distintas etapas que supusieron búsquedas estilísticas y estuvieron más cerca de la vanguardia que de la pintura academicista, aunque no hayan alcanzado la excelencia imprescindible para ser considerados como pintores de primera fila. Entre ellos estuvo Carlos Sobrino Rivero.

Nacido en La Habana el 31 de marzo de 1909, Sobrino fue discípulo del gran pintor cubano Leopoldo Romañach, y de los reconocidos escultores Sicre y Betancourt. Estudió en la escuela Villate y en la Academia San Alejandro, donde más tarde se desempeñó como profesor de Dibujo, Pintura y Modelado. Trabajó diversas técnicas como el óleo, la acuarela y la xilografía, y además hizo numerosas tallas en madera. Fue escultor, pintor, diseñador gráfico, grabador , dibujante y ceramista.

En el que probablemente sea el catálogo –fechado en 1960– de su última exposición personal realizada en Cuba, se dice que hizo un total de 10 muestras personales y participó en 80 colectivas. Entre los pocos catálogos de sus obras que he podido consultar hay uno en especial que ha llamado fuertemente mi atención: Mujeres Isabelinas (1954). Mujeres isabelinas de la Inglaterra decimonónica, súbditas de la reina Victoria, lánguidas, envueltas siempre en un aura donde se mezclan ensueño y spleen…, un tema bastante alejado de los intereses estéticos de los pintores cubanos. No, en verdad no eran así las hembras rotundas que captaban la atención de los vanguardistas criollos, como las mulatas desnudas de Carlos Henríques con sus senos y caderas de inquietante voluptuosidad, o las gitanas de rostros enigmáticos pero inconfundiblemente pueblerinos que respiran a través de los óleos de Víctor Manuel, o las mujeres espectrales de Ponce.

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Sin embargo, al revisar el índice de las obras expuestas en aquella ocasión aparecen títulos como Adolescentes, Mi hija, Eloísa Carbonell de Sobrino (esposa del pintor), Novicia, Ballet, Grupo familiar, y varios estudios de cabezas. Pero aunque el retrato que se muestra en la portada de este catálogo así, en una primera ojeada pudiera recordar por la levedad del dibujo, los ojos inmensos y la melancolía de la mirada a modelos del Londres de l860 como Elizabeth Siddal y Jane Burden, las más célebres musas de los pintores prerrafaelitas ingleses, una atenta reflexión sobre los títulos de las obras descubre de inmediato que, en realidad, Sobrino pintaba a damas de su propio entorno social, criollas refinadas pertenecientes a la alta burguesía y a la aristocracia del intelecto republicano, de la que él mismo formaba parte. Adolescentes es una pintura de grupo donde retrató a varias jovencitas miembros de algún Patronato institucional de la cultura. Su propia esposa formaba parte de la familia Carbonell, una de las que mayor lustre dio a la vida cultural cubana, no solo por el importantísimo papel que jugó su patriarca Néstor Leonelo en la fundación del Partido Revolucionario Cubano a través de su amistad personal con José Martí, sino por la significación de los Carbonell en la fundación y el trabajo de la Academia Nacional de Artes y Letras, institución desaparecida desde los primeros años de la década del 60 y de la que Carlos Sobrino fue, curiosamente, el último miembro admitido antes de su clausura.

Pero a pesar de sus orígenes de clase, Sobrino no fue únicamente un pintor de élite. Los sucesos de la vida diaria y social del país le interesaban como temas de su pintura, y así lo demuestran cuadros suyos como Concentración campesina, Fogoneros, Hombres de mar, La novia del guajiro, Recogiendo la siembra, Fuego en el cañaveral, Familia campesina, Guajiritos, Trío campesino, Obreros, Pescadores, Arando la tierra, Baile en el trópico y otras muchas. Particularmente impresionante resulta su óleo Hombres de mar, en el que un trío viril de musculosos torsos desnudos transporta sobre sus cabezas una barca para echarla al mar. Esta obra muestra un equilibrio composicional que admira, si se tiene en cuenta la fragmentación geométrica con que Sobrino estructuraba su pintura de innumerables planos.

También me parece relevante su obra Concentración campesina, donde un mar de sombreros de yarey ocupa todos los planos visuales, composición que más tarde repetirían artistas de la plástica como, por ejemplo, Raúl Martínez, y que inspiró a no pocos fotógrafos en los primeros años de la Revolución. Fue, también, pintor interesado en la paisajística. El periodista y crítico de arte Antonio Martínez Bello escribió en el catálogo de una muestra retrospectiva de pintura y escultura de Sobrino, fechada en 1954, unas palabras que grafican muy bien la proyección del pintor:

“… si bien en sus pinturas y esculturas primeras en el tiempo se advierte la insistencia casi obsesiva del entorno social, de la objetividad en los hechos expresados, del realismo figurativo en suma; en cambio, en sus producciones presentes se contempla una especie de vuelta hacia sí mismo, hacia la subjetividad cada vez más pura, y a veces no objetiva, todo lo cual no excluye el logro feliz de algunas creaciones actuales transidas de exterioridad telúrica, como si tratase de equilibrar las diversas proyecciones de su sensibilidad. Aunque sus pinturas y esculturas de nuestros días tiene, respecto a las de años anteriores, la novedad de la faceta introspectiva, subjetivista, ajena al contorno riguroso de las cosas en varios aspectos; de todos modos el artista no ha renunciado radicalmente al mundo, sino que mantiene con su entorno el contacto de un puente vital, es decir, la referencia más o menos frecuente al objeto, ese “objeto perdido” o renunciado irremediablemente por otros productores de belleza. En consecuencia, Sobrino trata lúcidamente de obtener y afirmar el máximo equilibrio posible […] entre el Yo más íntimo y el mundo.

Se ha dicho que Sobrino empleaba en su pintura una técnica “mosaiquista, propensa en algunos planos al vitral, y apuntando en otros a la decoración o la ilustración en oro de buena ley”. Hay obras suyas de pequeño y gran formato que recuerdan la facetación de los arlequines de Picasso. Detrás del vigoroso modelado de la musculatura de sus figuras, tanto como de los volúmenes en general de sus cuadros, creo ver no solo la percepción de masas y juegos de luz y sombra de un escultor, sino, posiblemente, cierta influencia de las misma concepciones estéticas que respiraban en la poesía social de un Maiakovsky y los primeros vanguardistas rusos, quienes influyeron mucho en el arte de su tiempo, que fue también el tiempo creativo de Sobrino al menos en las primeras décadas de su vida, como se evidencia también el eco cubista de Picasso y Braque. En cuanto al color, la paleta de Sobrino solía ser violenta y rica, con predominio de los verdes, violetas, rojos y azules, una paleta casi primaria, pero en cambio, algunas de sus obras llegan a ser casi monocromías de una variada gama de tierras.

Hay mucho en su concepción de la pintura que lo acerca al espíritu común de las artes pláticas caribeñas, y ello tuvo que ver, sin duda, en el hecho de que Sobrino haya sido un pintor cubano reconocido en países del ámbito caribeño como Venezuela, Haití, Brasil y Ecuador. Expuso también en Francia y España, donde fue recibido como miembro de la Academia San Fernando, en la época meca del mundo hispanoamericano de la plástica. En 1954 ganó Medalla de Oro en la II Bienal Hispanoamericana de Arte, que se celebró en La Habana.

Como para otros muchos artistas cubanos que vivieron su época de esplendor en las últimas décadas republicanas, en 1961 comienza para Sobrino posiblemente la época más difícil de su vida como creador. Enclaustrado en su mundo artístico personal, no fue de los artistas que se integraron al naciente movimiento revolucionario, lo que le condenó a ser ignorado y finalmente olvidado. Se mantuvo un tiempo trabajando como profesor de artes plásticas en Matanzas, pero la contracción que se adueña de la economía cubana desde el inicio del nuevo proceso político que tenía lugar en la isla limita también la posibilidad de conseguir materiales para pintar. Sin lienzo, a partir de 1962 Sobrino comienza a pintar sobre tablas de bagazo de caña y sacos de yute. En 1963, en carpetas de cartulina y utilizando técnica mixta pinta unas dos docenas de obras sumamente interesantes y hasta hace dibujos sobre simple papel. A partir de 1964 la carencia de óleo le obliga a pintar en blanco y negro. Su demonio creador produce el pigmento blanco mezclando el blanco España –utilizado por los pintores para sellar los lienzos y aumentar la adhesividad del óleo—con otros productos; el pigmento negro lo logra con algún elemento de ese color que pulveriza y combina con otros. A falta de puntillas cose la tela al bastidor a través de perforaciones que previamente ha practicado en la madera con su taladro. En 1965 pinta unos pocos cuadros sobre lienzo y yute. Y ese es, probablemente, el último año que pintó en Cuba. Era capaz de construir muebles bellos y perfectos y había hecho con sus propias manos toda la mueblería de su propia casa, e intentó iniciar un pequeño negocio que no tuvo éxito. Para sobrevivir tuvo que recurrir, incluso, a la venta de algunas de sus herramientas de escultor. Llevó junto con su familia una vida económicamente muy precaria hasta que en 1970 abandona el país. Hasta ese momento nunca había ido más allá de las fronteras naturales de la isla.

Carlos Sobrino era un hombre alto y fornido, como muchos escultores, y en su adolescencia sintió gran inclinación por los deportes, en particular por el boxeo, la esgrima y el yatismo. Es posible que en la rudeza y excesiva musculación de muchas de sus figuras haya influido su propia constitución física, pero detrás de casi todas sus obras se percibe algo diferente, como una respiración melancólica, y algunos de sus retratos expresan una fuerte sensación de angustia, como si en aquel cuerpo vigoroso se ocultara una sensibilidad torturada y torturante, al extremo de que algunos de sus óleos, pero sobre todo sus acuarelas, trasmiten como un eco de enajenación. Su obra de pequeño formato Muchacha con paloma emana, por contraste, una suavísima ternura.

Después de una estancia en Buenos Aires, vivió y trabajó en Madrid hasta su muerte, ocurrida en un accidente de tránsito en esa ciudad. Tenía 72 años.

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MI EXPERIENCIA CON EL ZIKA

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló "Mamá de alta en casa".

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló “Mamá de alta en casa”.

Cansancio alarmante, micciones excesivas, sed inaciable, frecuencia cardíaca acelerada, molesta falta de aire, desequilibrio postural, me cimbra el cuerpo, no puedo sacarme el anillo del dedo. Algo anda mal. El lunes mucho decaimiento, el martes garganta enrojecida y un fuerte dolor en la amígdala derecha que me lleva a descubrir adenopatías en mi cráneo, mi cuello, mi garganta y mi hombro derecho. El miércoles algunas petequias en el abdomen. El jueves por la tarde voy al policlínico, donde me diagnostican una amigdalitis, y luego al hospital municipal, porque en menos de una hora me ha brotado un rash petequial que me cubre todo el cuerpo y el rostro. Me hacen análisis de sangre pero todo está bien, solo demasiados polimorfos y muy pocos linfocitos. ¿Tiene fiebre? No. ¿Dolor de cabeza, de ojos? No. Tal vez una infección bacteriana. O una virosis, pero no es dengue ni zika, vaya para su casa, tome mucha agua y repose. Regreso el viernes por la tarde y me repiten los análisis. Mis leucocitos han bajado, pero aún se mantienen en parámetros normales. Usted tiene un virus, regrese a su casa, tome mucha agua y repose. Al amanecer del sábado mi hija recoge algunas cosas en una bolsa y le pido a un vecino que me lleve en su auto al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Es más que evidente que estoy enferma, pero no sé de qué. No más llegar me ingresan en aislamiento bajo sospecha de zika. No puede ser, protesto, en mi barrio no hay zika, y aunque hubiera yo solo salgo a comprar los víveres de la semana, no visito a nadie y en mi casa no hay mosquitos. Cuando me llenan el formulario de admisión y digo la dirección de mi casa, alguien sonríe y me advierte que en la sala a la que me llevan para ingresarme me espera una sorpresa.

La sala E es muy parecida a un hotel, salvo por la ausencia de decoración y porque las habitaciones, amplísimas, tienen tres camas cada una. El enfermero que me recibe es casi un niño, pero es muy profesional y muy gentil. Él logra que yo me calme un poco. Todo reluce de pulcritud. Me siento en mi cama. Tengo dos compañeras de cuarto, Victoria de Lawton, 71 años, y Sheila de Luyanó, una joven madre. Y sí que me llevo una sorpresa. En la sala la mayoría de los ingresados son de Lawton, mi barrio. No entiendo cómo yo, periodista de larga experiencia, no sabía nada de esto. Mis compañeras de cuarto me cuentan sus síntomas y me muestran sus cuerpos cubiertos de rash. Pronto sé que debo esperar inflamaciones y dolores en algunas partes de mi cuerpo, a ellas se les han inflamado los pies, los tobillos, las manos, tienen la boca amarga y su orina expele un olor que no les resulta familiar. La comida es inusualmente nutritiva y  variada.  Por la tarde regresan mi hija y mi esposo y me hacen pasar una bolsa con galletas, jugos y un poco de ropa de dormir. Se me permite verlos a través de una puerta de cristal. Mi hija llora y sonríe a la vez. Hemos leído sobre el zika en Internet y ella tiene mucho miedo. Padezco una neuropatía periférica desde el Período Especial. Esto me convierte en parte de un grupo de riesgo. Ella también es paciente neurológica y quedó muy discapacitada por causa de un dengue. Mi esposo es paciente oncológico y ya ha perdido un riñón. Ellos también pertenecen a grupos de alto riesgo para zika. El miedo me paraliza.

Al otro día, a las seis de la mañana, llegan a la sala los técnicos de laboratorio y me toman muestras de sangre y orina para el test de zika. Son expertos y no tienen dificultad en pinchar mis venas difíciles. Poco a poco se van hinchando mis manos, no las puedo cerrar y me duelen mucho. Luego se hinchan las plantas de mis pies. Quisiera no verlas. Tres días sin poder caminar. Me duelen horrores las pantorrillas y los muslos. No puedo dormir y estoy cada vez más asustada. Pienso en la secuela del Guillain Barré. Conozco esa enfermedad y sé que acecha detrás del zika, sobre todo a los que ya tenemos dañado el sistema nervioso. El médico jefe de la sala viene a vernos varias veces cada día. El personal de enfermería es solícito, solidario y muy diestro. Me dicen que todo lo que me pasa es parte del virus pero que es una cepa suave, pasará y podré volver a mi casa seguramente sin complicaciones.

Sigo encontrando vecinos de Lawton, Unos se van de alta, entre ellos Victoria, que me ayudó tanto cuando yo no podía caminar, y llegan otros. Mis nuevas compañeras de cuarto son Suzel de Miramar y Olguita de Puentes Grandes. El protocolo son ocho días de ingreso, al cabo de los cuales se le da al paciente el alta epidemiológica, lo que significa que ya no puede contagiar a otras personas. Pasamos el tiempo viendo películas en el televisor de la habitación, hablando por teléfono con nuestros familiares y comparando nuestros síntomas: a Suzel le han bajado los leucos y las plaquetas, Olguita solo tiene rash pero se siente bien, y yo tengo todo bien en mi sangre, pero mal en mi cuerpo. Lo de Suzel parece un dengue, porque los médicos me explican que el zika no baja las plaquetas. Hay un detalle que me sobrecoge y me conmueve: todos los casos nuevos llegan aterrados.

Octavo día: me voy de alta. El médico me advierte que los resultados del test para zika pueden demorar unos días, irán a mi policlínico y de ahí a mi posta médica. No es posible agilizarlo, hay acúmulo en los laboratorios.

Llevo ya ocho días en mi casa junto a mi familia. He estado tan débil que he tenido que inyectarme vitaminas del complejo B de alta dosis. De noche se me inflaman las manos. Ahora mismo mientras escribo las tengo hinchadas y doloridas. El rash ha desaparecido, pero la piel me escuece como si me hubieran untado veneno y no puedo usar jabón para bañarme, hasta el agua me produce sensaciones insoportables, como si me estuviera quemando. Duermo muy mal y tengo malestares gástricos. Este virus parece haber consumido mis reservas de energía sigilosamente. Estoy aún en reposo y no valgo un centavo. ¿Qué he tenido? Yo creo que zika y los médicos también, pero sea lo que sea, lo que me preocupa es lo que pasará de ahora en adelante: con mi familia si se contagia, conmigo y las secuelas, con todos…

Quiero expresar mi más vivo agradecimiento al personal que me atendió en el IPK: al doctor Alberto Herrera, jefe de la sala, que nos consolaba y nos tranquilizaba constantemente y no tenía escrúpulos en revisarnos los cuerpos; a la jefa de enfermeras Cristina Pérez, tan humana y capaz de hacer empatía con nosotras; al enfermero Chini por su inmensa sensibilidad y delicadeza, tan poco habitual en una persona tan joven, y a la seño Mirta, quien tuvo la mala suerte de estar a cargo cuando llegué a la sala y recibió de mí un chorro de amargura tremendo, pero me devolvió paciencia y comprensión. También a las pantristas, siempre dulces, sonrientes y consiguiéndonos cafecito a las que no podemos pasar sin él, con absoluto desinterés. Además de ser un team extraordinariamente calificado, quiero resaltar que se trata de personas a quienes el ejercicio de la medicina no ha endurecido y son capaces de compasión, esa cualidad que tanto necesita encontrar el paciente  en aquellos en cuyas manos pone su salud y su vida, y que desgraciadamente escasea como el oro. En todo el tiempo que pasé en la sala E del IPK los vi tratar a todos los pacientes con el mismo respeto por la dignidad humana, la misma atención a las necesidades de todos, la misma compasión. Ese trato maravilloso que nos dieron nos ayudó a sobrellevar un trance que de otro modo habría sido mucho más sombrío. Me gustaría enterarme alguna vez de que esta calidad humana les ha merecido reconocimientos oficiales. Los mejores hospitales del primer mundo se sentirían honrados  de tener este personal en sus plantillas.

También quiero agradecer a nuestros amigos y familiares que desde Miami, Galicia y Bruselas se mantuvieron siempre al tanto de nosotros y nos han dado todo su apoyo, y a nuestro amigo Frank de Punta Brava, quien desafió todas las posibilidades reales de contagio para llevarme al IPK un pomito de café. La lealtad hace que la vida tenga sentido y sea hermosa aún en los peores momentos.

Y todo mi corazón para mi hija y mi esposo, quienes mientras estuve ingresada batallaron hasta el agotamiento buscando las vitaminas del complejo B de 10 000 unidades que les pedí, y preparando la casa para mi regreso. Sufrieron mucho mi ausencia.

Yo estoy segura de haber tenido zika y seguiré pensándolo aún cuando los resultados del test no dieran positivo para el virus. Espero que este artículo ayude aunque sea un mínimo a los médicos de cualquier parte a identificar rápidamente a los pacientes que pudieran ser portadores de zika. Cuba tiene una población virgen, sin inmunidad contra este arbovirus, y muchos de nuestros médicos aún no reconocen el cuadro sospechoso cuando lo tienen delante, como me ocurrió a mí en mi hospital municipal, el primero al que acudí. También espero ayudar a quienes pudieran estar contagiados para que reconozcan desde el inicio los síntomas, aunque el zika presenta manifestaciones muy floridas que no son las mismas en todos los enfermos.

Quiero también —porque como periodista siento la responsabilidad social insoslayable de alertar— dar este testimonio personal para advertir a la población sobre la importancia capital de realizar en nuestros hogares el autofocal todos los días y abrir la puerta a las fumigaciones aunque resulten molestas, pero al mismo tiempo quiero crear conciencia de que ello por sí solo no debe infundirnos una sensación de inmunidad que sería falsa. PUEDE QUE EN NUESTRAS CASAS SEAMOS MUY CUIDADOSOS Y NO TENGAMOS MOSQUITOS, PERO ESO NO SIGNIFICA QUE NO LOS HAYA ALREDEDOR. Hay que chapear los yerbazales, limpiar los basureros, alertar a las autoridades sobre salideros y aguas estancadas y cualquier posible foco de vectores. Nosotros, la población, tenemos que hacerlo, porque esa es la parte que nos toca en esta lucha contra el aspecto maléfico de la naturaleza. La higiene comunal es esencial para cortar la cadena de transmisión de cualquier epidemia, y en lo que dependa modestamente de cada ciudadano debemos intentar mantenerla a toda costa. No nos engañemos porque los síntomas del zika parezcan menos peligrosos que los del dengue. Las secuelas pueden ser mortales.

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