SOBRE PREMIOS DESIERTOS Y TRAMPANTOJOS LITERARIOS

Males del sistema editorial cubano: trampantojos, cenicientas, juriales y otros más graves

Por Gina Picart

Trampantojos o puertas falsas en la literaturas cubana

He visto pocos títulos tan bien concebidos y de tal plenitud conceptual como este de Rafael de Águila, El trampantojo, la literatura cubana y los premios literarios, porque metaforizar a los premios literarios como un trampantojo —un espejismo o simulacro de la realidad—, es una flecha zen justo al centro del blanco. Rafael es valiente, porque hay que serlo para escribir y publicar un texto como este, que aunque no ofende a nadie molestará a no pocos. No estoy segura de que el gremio letrado cubano merezca tanta abnegación, pero yo puedo estar equivocada. Sin embargo, la actitud de Rafael me recuerda que a pesar de todo una persona buena debería conservar algo de fe.

Siempre me han acusado de ser amarga, pero a mi edad ya no conozco otra manera de enfrentar a la vida. Soy mordaz, sarcástica, burlona y todos los adjetivos que se me quiera endilgar. Sin embargo, yo, como Rafael, tampoco pretendo exactamente molestar a personas ni instituciones en particular, porque de haberlo querido lo habría hecho en su momento y con toda la agresividad de que soy capaz. Simplemente no puedo quedarme inerte respecto de tantas cosas que Rafael menciona y que han golpeado muy duro mi carrera literaria, pero sobre todo mi bolsillo, que es donde tengo la piel más sensible. Y aún alguien como yo puede sentir cierta solidaridad al mirar hacia los lados y ver que me acompañan en esta larga y accidentada marcha en el desierto tantos otros escritores que a lo mejor pueden ser malas personas, malos autores, malos amigos y pésimos jurados, pero al final son mis colegas y padecen los mismos males que me han golpeado a mí.

Rafael (y muchos otros escritores) expresa su preocupación por la capacidad profesional de los jurados de premios literarios, la validez de sus dictámenes, la merma en el monto económico de los premios, la paulatina reducción de las editoriales, la escasez de vías de publicación, el grave estado financiero de los escritores cubanos y otros problemas.  No creo que habrá soluciones, no las que Rafael concibe, pero no quiero dejarlo solo como tantas veces me quedé yo cuando defendía mis criterios, mis verdades. Tampoco creo que el dilema de los premios sea la mejor expresión de la crisis que atenaza a la literatura cubana, sino apenas la punta del iceberg. Para empezar,  la falta de liquidez  del Instituto Cubano del Libro ha llevado al encogimiento progresivo de sus casas editoriales, lo que ha hecho que ganar un premio se convierta  para muchos escritores casi en la única manera de conseguir la publicación de un libro. Así las cosas, los concursos abren un abanico de posibilidades a intereses personales, a miserias humanas como la impudicia y la alevosía, a la bien intencionada estupidez y a un rosario larguísimo de males que no voy a citar técnicamente aquí porque ya lo ha hecho Rafael, aunque, en mi opinión, su lista no está completa.

Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias) la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado (todas las citas en negritas las he tomado del texto de Rafael).

¡Libros! parece, plátano es…

Yo no veo por qué el sistema editorial cubano tenga que ser una entelequia inmune a cuestionamientos, aunque respeto las razones que cada cual tenga para no involucrarse. No hay nada más aberrante que la ausencia de críticas. Todo lo que es obra del ser humano es perfectible, y no señalar errores es apostar por el estancamiento y constituye un sabotaje al desarrollo. Aunque la Revolución haya abierto las puertas a la cultura nacional y nuestro sistema editorial sea muchísimo más de lo que los escritores tenían a su alcance antes de 1959 —que realmente lo es y ni un ciego lo podría negar—, nuestra industria del libro está en un momento difícil, quizá no al extremo del período especial, pero bastante difícil. Nuestras editoriales parecen atrapadas en un nudo de trampas administrativas, de normativas y regulaciones que se muerden su propia cola. Se quiso que fueran capaces de autofinanciarse, pero tienen compromisos editoriales que restan posibilidades a los planes anuales de publicación y al presupuesto que les es asignado, y sin embargo, algunos de estos compromisos claramente serían —y siempre fueron— de la competencia de otras editoriales con perfiles específicos como la Editora Política, por ejemplo. Los autores solo pueden publicar cada dos años, supuestamente una directiva con intenciones democráticas de asegurar más oportunidades para los escritores y que no se repitan constantemente los mismos nombres; pero eso trae como consecuencia: 1-que autores que siempre son muy bien vendidos en nuestras librerías no pueden publicar antes de ese plazo, con lo que las editoriales pierden posibilidades de recaudar dinero. 2-que libros que tienen segundas partes, o dos tomos o más, quedan limitados en su venta inicial a la primera parte, y pasados dos años, cuando con suerte aparezca la segunda parte en el mercado, ya será difícil para los lectores sentir que están dando seguimiento a una temática, algo que también podría afectar las ganancias editoriales.  Las comisiones evaluadoras de originales, o lo que es lo mismo, los lectores especializados, que las editoriales reclutaban por contrata y trabajaban evaluando las obras entregadas para su posible publicación, desaparecieron de las redacciones de la noche a la mañana por falta de presupuesto, quedando el filtrado de textos en manos de los editores. He conocido editores cubanos como Dulce María Sotolongo y Gina Perez Palmés con un olfato increíble para detectar un buen texto y hasta sugrir cambios e ideas que lo mejoran, pero la evaluación de un libro, que no es otra cosa que crítica literaria, demanda en ciertas ocasiones una preparación teórica profunda que implica una vasta cultura, conocimientos sólidos de semántica, semiótica, historia, teoría literaria, etc.,  que no se obtienen en la universidad, sino en estudios constantes y sistemáticos que a menudo se emprenden después que nos hemos graduado y continúan a través de la vida, y que resultan imprescindibles para plantearle a un autor consagrado que ha escrito un libro no publicable. Y no estoy hablando de cursos, posgrados, maestrías ni diplomados. Estoy hablando de emulsión y procesamiento del conocimiento de acuerdo con las capacidades intelectuales de cada cual, y que si fueran habilidades simples de obtener muchas personas las tendrían y emplearían con igual eficacia, lo que queda rotundamente desmentido por el hecho de que sea tan difícil encontrar un evaluador o un crítico literario que haga honor a su profesión, aunque en Cuba los hay muy buenos, pero escasos como el buen café.  Los premios literarios más importantes, el Carpentier, el Casa de las Américas, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, tienen demasiado a menudo resultados incongruentes, y con incongruencia quiero decir que en ocasiones se otorgan a una obra que o no los merece o presenta valores más atendibles desde otros territorios como la sociología, la historia, la política, que pueden ser valores añadidos, pero un premio literario tiene por fuerza que responder, en primer lugar, a la calidad literaria. ¿Cómo es posible que tengamos Premios Nacionales de Literatura que no pertenecen al mundo literario nacional y nunca se le haya concedido este reconocimiento supremo a la Doctora Beatriz Maggi, como en más de una oportunidad llegamos a cuestionar públicamente el lamentablemente fallecido crítico de arte Rufo Caballero, el cineasta Fernando Pérez y yo misma?  Beatriz no solo formó desde las aulas universitarias a todas las generaciones de intelectuales graduados con posterioridad a 1959, sino que ella misma es la única especialista en Shakespeare que tenemos en Cuba y autora de uno de los corpus ensayísticos más profundos de nuestra liteeratura, en tal sentido comparable a la profundidad exegética de Martí ¿A quién hay que exigir responsabilidades por este absurdo pantagruélico? Una respuesta oficial quiero decir, porque las de pasillo no me sirven en un asunto tan serio.

Nuestro sistema editorial tiene otras fallas, pero dejo su análisis para quienes posean un conocimiento de causa más interno que el mío.

Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años.

En muy pocas ocasiones el gremio letrado acepta por unanimidad que un premio ha sido debidamente otorgado, y quienes achaquen esta inconformidad casi crónica a las veleidades egoicas de los escritores deberían revisar ese criterio que no siempre es acertado, pues cuando salen a la luz las obras premiadas y las menciones, y algunas obras que no alcanzaron nada en los concursos pero fueron recomendadas por el jurado para publicación, a veces se vuelve un hecho incuestionable que los premios no fueron lo mejor que concursó, y en ocasiones no solo no fueron la mejor obra, sino hasta una mala obra, que a veces no falla en su escritura misma sino en la apropiación de códigos de sistemas conceptuales, filosóficos y estéticos que el autor de dicha obra no ha “digerido” o no consigue incorporar a sus procesos creativos, y un crítico avezado percibe estos pecados que van mucho más allá de una mala redacción, un pobre diseño de personajes o una composición deficiente de la estructura narrativa; se trata de confusiones ontológicas en el nivel de las ideas, en la concepción misma de la obra (a veces hasta en su lógica interna), pero estos errores de fundamento pasan infelizmente inadvertidos para demasiados jurados. Es verdad que Cuba no es el único lugar donde eso ocurre, pero también es verdad que en los lugares donde suele suceder hay un mercado del libro que impone sus leyes, mientras que esa no es la realidad cubana, lo que libra a nuestros jurados de presiones de carácter financiero. Que los últimos sean a menudo los primeros  indica, en mi modesta opinión, temperatura de crisis en nuestro sistema editorial o, como diría un patólogo amigo, un punto necrótico. A menudo el asunto de una mala premiación o de un premio declarado desierto se torna piedra de escándalo, pero nadie descubre a los responsables que deberían sentirse avergonzados (pues al fin y al cabo las actas de premiación llevan nombres y apellidos y la identidad de los jurados nunca queda en la sombra). La vergüenza que traen consigo las premiaciones de malos libros queda flotando en el aire como un globo, no revienta sobre nadie, a nadie mancha. Increíblemente nadie se siente aludido. Lo más extraño es que quien único se siente de verdad avergonzado es el escritor digno a quien un lector desconocido asalta en plena calle y le grita: “¡¡¡Pero si usted era el Premio!!!” De repente uno quisiera volverse invisible, porque uno no sabe qué responder a ese lector, a menudo una persona del pueblo que demuestra tener más aptitudes para ser jurado que algunos de nuestros intelectuales. Esos lectores afilados son los verdaderos jueces de los malos libros, pero están demasiado lejos de las editoriales como para que se conviertan en un elemento a tomar en cuenta, y nadie les teme.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

La libertad es el mayor bien del hombre, nos lo han repetido desde el prescolar, pero hay libertades y libertades, y la peor libertad que se le puede conferir a un ser humano es la de asegurarle que no responderá  ante nadie por sus buenas o malas acciones. Es la apoteosis del crimen sin castigo. Precisamente como los jurados son plenipotenciarios y sus decisiones inapelables, si deciden mal no pasa nada,  y son, por tanto, inapelablemente impunes. Y la impunidad crea la sensación de que todo está permitido y nadie será llamado a contar por su basura, ya se trate de incapacidad o impudicia. La impunidad de los jurados cubanos les permite hacer a agunos de ellos lo que se les ocurra, y esas ocurrencias las describe muy bien Rafael en su audaz texto: las pasiones se desbordan, los bajos instintos se imponen. Si hay escritores que se toman el trabajo de escribir libros para poner en la picota a sus enemigos, ¿qué no harán cuando les cae entre las manos el todopoderoso poder de descalificar y entre las obras sometidas a su veto encuentran la de un rival o un enemigo? Y otro tanto puede decirse del jurado a quien le toca pronunciarse sobre la obra de un buen amigo al que quiere favorecer, aunque tal vez no sea por bondad de corazón, sino porque podría ser un jurado potencial en futuros concursos o aún peor: porque ya exista entre ambos una contraloría de intercambio de favores que ha rendido pingües frutos? Quiero aclarar que en el gremio letrado cubano hay muchas personas honestas, de ética intachable y muy elevada capacidad profesional y de discernimiento, quienes jamás cederían a bajezas ni se dejarían manipular por nadie, pero también hay lo contrario, porque de todo existe en la viña del Señor. Y a veces no se trata de nada de lo dicho, sino de la química entre jurados, que no siempre funciona. Y hasta de pura remolonería, pura vagancia laboral. Yo he formado parte de jurados donde he visto miembros que cuando nos reunimos para acordar el fallo, sencillamente dicen: “Bueno, yo me acojo a lo que ustedes decidan”, y ni Dios puede sacarlos de esa posición, es decir, no votan, no fallan, lo que me hace pensar que tampoco se han leído las obras. Una manera fácil de ganarse el cheque. ¿Y el prestigio de la literatura cubana? Bien, gracias.

No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto […] Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados!

No es del todo cierto que las instituciones se vean obligadas a armar jurados emergentes porque los autores se nieguen a ser jurados. Apartando la expresión autores excelsos —me produce la misma sensación que si me obligaran a coger un erizo con los dedos o a secarme con fibra de vidrio—, hay autores que jamás han sido llamados a ser jurados de un Premio Carpentier ni siquiera cuando lo han ganado el año anterior. Eso me sucedió a mí, y seguramente les habrá pasado a otros escritores. Sin embargo, con frecuencia vemos a los mismos nombres conformando los jurados de los premios más importantes del país, como si se tratara de un equipo de jurados profesionales. Y al respecto voy a contar una anécdota deliciosa: una de estas personas se dirigió a mí en una ocasión pidiéndome ayuda para escribir un discurso de entrega de un premio sumamente importante ganado por un autor que gozaba de su amistad, pero sobre cuya obra no sabía qué decir. Esta persona ejerció la presidencia del jurado que premió a su amigo. En aquella ocasión solo pude ayudar de modo muy general, pero poco después ese mismo jurado profesional en apuros formó parte de un jurado donde yo obtuve un premio importante. Más tarde se distanció de mí por razones que aún sigo sin comprender, y esta persona cometió la torpeza de gritar en medio de un evento repleto de asistentes que la obra que me habían premiado (con su voto de jurado, of course) contenía un cuento “sin pies ni cabeza”. Se refería a El nombre de la fosa. Quienes conozcan ese texto mío saben que si el lector no ha leído El nombre de la rosa de Eco, algo de Cortázar y algo de Borges, le resultará bastante difícil saborear el cuento en toda su riqueza hipertextual aunque pueda disfrutar la historia, que es una fantasía del absurdo pero para nada ininteligible. Se cae de la mata preguntar: ¿Cómo es que no entendió nada si es un/una jurado excelso? Y si no entendió, ¿cómo pudo premiar algo que no entendía? Menos mal que al resto de aquel jurado yo no lo conocía. Y con esta segunda pregunta retorno a la anécdota (que ya he contado otras veces) de una jurado que me confesó que no pudo con mi novela La casa del alibi,  porque tras unas primeras páginas que le gustaron mucho se encontró de repente con una obra de teatro (inserta en la novela) y también de repente ya no entendía nada y qué va, ahí mismo lo dejó. ¡¡¡NO SIGUIÓ LEYENDO!!!, ah, tan douce coupable que abortó mi ÚNICA posibilidad de ganar 3 000 CUC… No me nace ofender a una persona que por lo general es amable, o bueno, formalmente amable. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Vuelvo a remarcar que los/las protagonistas de estas dos anécdotas forman parte del club de jurados profesionales de la literatura cubana, son como los peloteros de Industriales, y quizá debiéramos llamarlos/las Juriales. En otra ocasión, en el primer Carpentier de cuento donde concursé, un/una jurado me aseguró con el mayor cinismo que mi libro (El reino de la noche) aunque no fue premiado era tan bueno que “rebasaba el marco de un premio nacional y yo debería enviarlo al extranjero”. En un premio UNEAC mi novela Malevolgia quedó cogida entre dos fuegos cuando uno/una de los jurados se reviró contra una importante figura de la literatura nacional que tuvo la ocurrencia de sugerirle que le prestara atención a mi obra porque tenía calidad. En aquel famoso Carpentier de novela que quedó desierto, un/una jurado me confesó después, durante una gira post-Feria en ómnibus por las provincias, que no se había leído mi novela (La casa del alibi) porque era muy gruesa y tenía la letra muy chiquita (esto último era falso). Otro/otra jurado me dijo que mi novela inédita El viaje del pez oscuro “no podía ganar premios porque “tiene problemas de lenguaje” (¡!). Juro por mi honor que todos los protagonistas de las anécdotas que acabo de contar son Juriales. Mi anecdotario sobre el equipo Juriales es casi infinito. Y mi memoria de nombres propios también. Y volviendo al enunciado rafaeliano de si los escritores quieren o no ser jurados, digamos, parafraseando la Biblia, que son muchos los anhelosos, pero pocos los elegidos. Gran paradoja: los elegidos no siempre son los más capaces profesionalmente. Qué lata, si hasta parece un trabalenguas.

No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas

Resulta muy curioso, muy significativo, muy denotante y connotante —y muy asqueroso también— que los jurados que emiten un voto contaminado de ideología, religión, racismo, sociología o cualquier otro parámetro ajeno a la literatura, tienen, tal vez, miedo de que aparezcan sus firmas en premiaciones susceptibles de atraer sobre ellos la mirada inquisitiva del Poder, pero no sienten vergüenza alguna de rubricar actas de premiación  de obras que no tienen ninguna calidad literaria.  Impudicia.

La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado […] Un miembro destacado, y a esos efectos apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto mas con todo derecho -y todo deber- a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya

En algunos de los concursos internacionales en que he participado ha existido ese cuarto miembro que eventualmente podría ejercer una moderación benéfica sobe las bestezuelas del jurado, algo así como una especie de domador sin látigo: el vocal sin voto. Lo vi en los premios del Tren, en Madrid, pero igual el poderoso editor español Chus Visor (o como se escriba), que formaba parte del jurado y a la vez tenía concursando allí a un escritor y un poeta a los que apadrinaba (les estaba fabricando un curriculum), impuso su voluntad sobre un jurado de cuatro miembros y un vocal y arrebató los premios de cuento y poesía a los dos cubanos que estaban entre los concursantes, quienes tuvieron que abandonar el salón de la premiación con dos menciones de 500 euros dejando a sus espaldas unos primeros premios de miles de euros. Como bien dice Rafael, siempre hay alguien del jurado que post mortem confiesa. Eso nos pasó a Alexis Díaz Pimienta y a mí en 2004, y quien no quiera creerme que busque la colección de los Premios del Tren de aquel año y compruebe lo que digo contra lectura. Un vocal tampoco es garantía de nada, aunque es verdad que puede matizar mucho el vandalismo de algunos jurados y la medida debería aplicarse en Cuba.

 No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo… negativo. Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de… decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese ¨juego¨ ese desmoralizante.

Comité de experticia en Premiología.

Me he divertido leyendo estas reflexiones de Rafael, y eso que no mencionó a los acosadores telefónicos de los jurados. Y sin embargo sangro por la herida, porque de todo eso he sido víctima varias veces. En una ocasión, en cierto premio, un/una jurado, días después de la premiación me dijo con gran pena: “¿Pero por qué no me llamaste con tiempo para decirme que Fulanito (mi seudónimo) eras tú? Yo quería premiar una mujer, pero tu libro me pareció escrito por un hombre. ¡Si hubiera sabido que eras tú! Y como Zutano —(otro de los tres jurados de aquel premio)— traía un único libro, el de Esperanceja, que él la quiere tanto, y Menganito (el tercer jurado) se había ido de Cuba, pues bueno, premiamos a Esperanceja”. Sí, ya lo creo que los quereres valen, y las filiaciones, las alianzas, las deudas por favores y otras muchas razones tan míseras como amargas… Las amistades cuentan, aunque sean peligrosas. Mas lo importante es que sean útiles aunque en el fondo no resulten tan amistosas. Y también hay amistades que parecen muy devotas, pero cuando  hay ciertos miedos latentes en uno de los amigos hacia el brillo del otro amigo, y el temeroso de sombra cae en el jurado y el temido luminoso concursa… En los jurados he esperado menos de mis amigos que de quienes no me conocían en el momento del concurso. Mis mejores premios me los han dado jurados que no me conocían. No siempre los amigos son sinceros ni sus manos tan francas, y en las rosas más blancas se esconden clavitos… La Premiología tiene su existencia más que justificada, porque es incuestionable que unos cuantos jurados, cuando se ponen a trabajar, en lo menos que están pensando es en el prestigio de la literatura cubana.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana.

Esta vez comento las reflexiones de Rafael como crítico y como periodista. Independientemente de mi preparación teórica no soy un crítico profesional en el sentido de que no ejerzo la crítica como profesión sino solo cuando me siento motivada (o cuando me han pagado por hacerlo, aunque esta parte de mi trabajo no sea conocida). Pero las personas que ejercemos la crítica de manera responsable no estamos de espaldas a nuestra actualidad literaria. Los críticos o quienes hacemos crítica sabemos lo que sucede en el mundo literario cubano, y sabemos también cómo son esas reuniones a las que ya muchos no vamos. Algunos de esos eventos donde se reúnen autores, críticos, a veces cineastas, ensayistas y altos funcionarios del mundo literario son un buen marco para decir lo que se tenga entre pecho y espalda, para quejarse, para denunciar situaciones y para exigir soluciones. Muchos lo hacen con sinceridad e incluso asumen el riesgo de decir públicamente lo que es sabrosa (y peligrosa) carnita extraoficial. Entre la audiencia habrá quienes aplaudan el coraje y suscriban la demanda; habrá también quienes critiquen ostensiblemente al demandante para dejar bien claro que no piensan tan a contracorriente como él, y la mayoría no dirá ni pío y optarán por pasar inadvertidos, como si no estuvieran en sus asientos, antes que señalarse siquiera por el temblor de una pestaña. Pero todo lo dicho quedará in situ. Nunca pasa nada, todo sigue igual y todos lo sabemos tan bien como sabemos otras muchas cosas.  Yo, que siempre he tenido complejo de Quijote, me he lanzado más de una vez contra los molinos de viento en eventos de gran calibre y he combatido, por lo común totalmente sola, enfrentada a funcionarios poderosos que me reclamaban desde el panel listas de responsables sabiendo que no las daría, y usaron con sutileza mi negativa para desacreditar mi denuncia. Y también sabemos que hay eventos fanfarrientos, observables de manera muy notoria en círculos de autores jóvenes con o sin asistencia de funcionarios de envergadura, donde casi puede escucharse el complaciente coro de mandolinas con alas que canta las glorias de escritores y poetas no solo noveles, sino, en no pocos casos, hasta carentes de obra publicada, por lo que creer en su grandeza o en su naturaleza promisoria se vuelve un acto de fe. ¿Qué hace un crítico serio en eventos donde se vende más la imagen pública que la obra literaria? Yo no tengo que creerme lo que un escritor diga de sí mismo. Eso no me interesa a menos que sepa que el escritor es inteligente, honesto y técnicamente capaz. Casi nunca presto atención a lo que los escritores dicen de sí mismos a menos que puedan demostrarlo. La única manera de saber quién es un buen escritor es leer las obras publicadas. Dichoso el crítico que tenga acceso al original de un buen libro, pero mientras el texto no esté publicado el crítico no podrá hacer su trabajo, pues lo que no está publicado técnicamente no existe para la crítica literaria. Pienso que, como yo, mucha gente está cansada de este inacabable más de lo mismo, y por eso prefieren no jugar el juego de asistir y comentar. Y en cuanto a la prensa, quisiera recordar aquí que la labor de promoción de las instituciones relacionadas con la literatura es bien pobre, por lo que la celebración de eventos no siempre llega a las redacciones de prensa. Otras veces las promociones llegan a las redacciones y se quedan en la gaveta de alguien; y otras, los promotores no tienen muy claras las listas de a quiénes deberían invitar dentro del mundo de la prensa. También tengo que reconocer, ya que he hablado tanto de honestidad, que algunos periodistas que atienden el sector de la cultura no están preparados para ocuparse de la literatura. Una nota de prensa puede redactarla cualquiera, pero una buena reseña… ya no tanto. Lamentablemente la falta de capacidad y discernimiento profesionales no es privativa de los jurados. Además, las promociones de los músicos y un poco también las de los pintores ofrecen refrigerios, vino y DVD. Las de los escritores solo brindan té, ron y palabras, palabras, palabras, porque ni los libros les dan a los periodistas; tenemos que comprarlos en las librerías con nuestros míseros salarios y, encima, hacerles publicidad gratis, cuando la publicidad  es uno de los trabajos mejor pagados del mundo. En otros países, cuando una editorial quiere promover su producción envía los libros a las redacciones de los periódicos y revistas y a los departamentos de la televisión que se ocupan de ello. Es solo una observación.

Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido

Es muy saludable que un premio quede desierto, ya sea de literatura, poesía, ensayo, o cualquier género.  Es mil veces preferible que un premio sea declarado desierto por un jurado competente a que un jurado inepto propicie el arribo a las imprentas de obras pésimas en ocasiones prestigiadas por premios de gran acreditación como el Carpentier o el Ítalo Calvino, por ejemplo, y hagan creer al público que esos son buenos libros y deben ser comprados y leídos, y ejerzan su mala influencia en la conformación de un falso canon de la literatura cubana. Y lo que es aún peor: hagan creer al mundo internacional del libro que esos malos libros son lo mejor de nuestra producción literaria. Puedo, incluso, entender a un jurado que prefiera premiar el menos malo de los textos concursantes siempre que sea un libro publicable. Lo que no entiendo —ni yo permitiría si tuviera algún poder dentro del mundo editorial cubano— es que se premien libros impresentables que luego crían moho en las librerías o distorsionan el posible gusto estético de los lectores vendiéndoles como literatura basofias con portada. Tampoco permitiría, si como dije tuviera yo algún poder editorial, que esos mismos malos libros sean los que presenten las instituciones a editores y críticos extranjeros que vienen a Cuba para conocer nuestra literatura sobre el terreno. Es un efecto dominó pero al revés, tan maléfico como el de Yersinia Pestis.

Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores.

Ya somos una nación que cada día se menea con más ganas y piensa con más desgano. Jamás olvido aquella escena de Suite Habana, del cineasta Fernando Pérez, donde una toma en picado de la multitud sudorosa que se menea en estado de hibrys al ritmo de alguna orquesta en La Tropical es fondeada por el Avemaría. En cuanto a lo de prósperos salseros y empobrecidos escritores, yo diría que mientras en Cuba no hay salseros pobres, lo que se llama pobres, sí hay, y en gran número, escritores menesterosos a quienes literalmente se les cae encima el techo de sus viviendas o no pueden proveer las necesidades elementales de sus hijos gravemente enfermos. Y es curioso, porque mientras en la mayor parte del planeta la literatura jamás llenó las bolsas y a ningún padre le alegró que sus hijos e hijas se casaran con músicos ni pintores, en Cuba las alianzas familiares con músicos populares y artistas de la plástica son muy bien vistas. Hemos perdido el de profundis y no se debería culpar por ello únicamente a los escritores, aunque los escritores hayamos sido históricamente la conciencia crítica de las sociedades. Los escritores cubanos somos víctimas de la pérdida general de ese sentido de profundidad, lo que se traduce en tantos malos libros que parecen todos el mismo libro escrito por la misma persona, o como bien explica Rafael, el mismo libro al que su autor versiona desde ópticas diferentes y hasta opuestas, en dependencia de a qué diana pretenda acertar con él (¿verdad que eso parece fantasía heroica o la mejor picaresca española?). No hay más que ver cuántos libros se han publicado en Cuba durante medio siglo que pretenden hacer exégesis de los códigos de la realidad cubana, y cuántos podemos citar que hayan pasado del “traje”, como llamaba Carpentier a la mera repetición de anécdotas y escenarios de color local. ¡Y como le huía Carpentier al traje, como le huyeron Dulce María Loynaz, Lezama, Virgilio, Eliseo Diego, Enrique Serpa, Montenegro (que tan pobres imitadores tiene hoy). A Martí por  respeto in extremis  ni lo nombro en relación con la evitación del traje. Lo que hay que preguntarse es por qué si en todas las épocas los escritores han tenido que alimentarse a sí mismos y mantener a sus familias, ahora todos quieren hacerse con El Dorado (yo la peor de todos, aunque no sea más que en el deseo) aún a costa de escribir thrillers refritos, transcripciones de películas manga y pornografía vulgar (no me incluyo) o diatribas contra el sistema. En todas las épocas los escritores han vendido pacotilla para sobrevivir, pero también escribían libros buenos y obras geniales. Shakespeare comió de su teatro y Balzac de La comedia humana, pero dejaron un legado a la Humanidad. ¿Qué ha pasado con algunos escritores cubanos para hacerles perder el decoro de semejante modo?

 Si bien la computadora no es parte de la necesaria ¨canasta básica¨ ni aportan la posibilidad de adquirir muy necesarios bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas, sin la PC, resulta endemoniadamente difícil escribir. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida.

¿Quién dice que la información no es parte de la canasta básica del ser humano? Carecer hoy de internet es vivir en un suburbio astral, pero vivir sin ordenador es vivir en el paleolítico. Un escritor sin ordenador es una momia, a no ser aquellos que voluntariamente se priven de usarlo, que los hay y merecen tanto respeto como quienes no queremos tener en el alma el agujero de un ordenador in absentia.

Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa.

No creo que se pueda obligar por decreto a críticos, académicos y periodistas a hacer un trabajo que no los motiva o en el que no creen. Hay solo dos razones por las cuales los seres humanos hacen lo que no desean o aquello en lo que no creen, y son Miedo y Necesidad. Por lo general no tenemos miedo del silencio (público), antes bien lo amamos, así que no criticar puede ser una bendición para la crítica, porque le ahorrará enemigos a los críticos honestos y a los deshonestos también. En cuanto a la necesidad, escribir reporta tan poca ganancia que casi ni es necesario hacerlo. Mucho menos la crítica, que  suele usar como formato artículos y ensayos, ambos tan mal pagados como toda letra impresa. Otra cosa sería, tal vez, si pudiéramos hacer nuestras críticas en forma de reguetones, y Rafael tiene razón cuando afirma que comparados con los músicos y los artistas de la plástica, los intelectuales cubanos, con escasas excepciones, vivimos borderline con la miseria. Los críticos y la prensa no estamos difuntos ni enterrados, más bien de certificado médico (falso) por falta de estímulos sustancioso. Seamos realistas: es exigir demasiado a un escritor que al mismo tiempo sea capaz de hacer crítica, que use sus dones en favor de la literatura nacional cuando sus criticados pueden aparecérsele como fantasmones integrando los jurados del Carpentier, el Casa de las Américas, los premios de la Crítica o el Nacional de Literatura. La condición humana tiene sus limitaciones. Recordar al Principito: nunca ordenar aquello que no puede ser cumplido. Aunque siempre hay kamikazes en cualquier parte y dispuestos, si no al suicidio, por lo menos a saltos de lo más  temerarios.

Hay una tercera razón para el silencio eventual de algunos críticos que al mismo tiempo son escritores, y es la convicción chamánica que domina a no pocos de ellos de que nombrar las cosas —en este caso escribir en favor  o en contra sobre la obra ajena— equivale a conferirle cierta mágica presencia, a posicionarla en escena, a hacerla visible, por lo que la mejor actitud ante las obras de otros escritores es no mencionarlas, condenarlas al ostracismo del silencio. Si yo no los conociera bien, pensaría que estos “mudos” son fanáticos bíblicos de la potencia creadora del Verbo. Mi padre solía aconsejarme que no me molestara cuando la gente hablara mal de mí, porque lo terrible sería que nadie hablara, y un buen amigo mío siempre repite: “Lo que se enfoca, crece”. Y esa es una de las razones por las que algunos escritores capaces de hacer crítica literaria lo que hacen es un voto franciscano de silencio: para que el rival se hunda en el olvido. También existe en nuestro mundo letrado la convicción no menos profunda de que si la crítica te nombra las glorias lloverán sobre tí en catarata imparable (aunque no siempre suceda), y durante décadas hemos asistido a la fabricación de escritores (y aún de grupos) por medio de críticas corales favorables que no en toda ocasión se corresponden con la realidad. La crítica literaria se concibe entre nosotros como axis mundi, de ahí que su ausencia en algunos casos no responde a ninguna ideología religiosa ni ética, sino al principio —perteneciente a la genética picaresca— de la invisibilización del Otro como estrategia de defensa.

4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden. 5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores) en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos.

Yo, autora del Manual del jurado perfecto que tan gentilmente Rafael cita en sus notas—aunque a alguien le parezca ese Manual otro más de mis sarcasmos no lo es en absoluto—, desearía con todas mis fuerzas que Rafael sea (seamos) escuchado y tomado en cuenta en las instancias donde realmente puede dárseles solución a todos los dilemas que atormentan a los escritores cubanos, pero para no extenderme más, afirmo que el problema de la falibilidad de los jurados es, valga la redundancia, solo una parte del Gran Problema, porque los jurados operan en el territorio de los premios, y en una literatura nacional sana no pueden publicar solo quienes ganan premios, porque eso no es justo ni es norma (no digo normal, digo norma) en ninguna parte del planeta. Para empezar a trabajar seriamente en soluciones, habría que comenzar por elevar muchísimo la preparación profesional de todos los trabajadores del mundo del libro que no sean autores: directores de editoriales, jefes de redacciones, editores, correctores, publicistas, mecacopistas, comerciales, expertos en Derecho de Autor, diseñadores, maquetadores, investigadores y críticos, volver a crear las comisiones evaluadoras que operaban en cada editorial,  en fin… Pero por encima de todo se necesita insuflar PRESUPUESTO, porque la industria del libro no puede subsistir sin presupuesto, en especial en el caso de Cuba, donde no están permitidas las editoriales privadas. Y no se trata solo de conceder más presupuesto a Letras Cubanas o de inyectar savia a ese papiro seco que es ahora Extramuros, sino de crear más editoriales que no tengan la consigna de Ediciones Cubanas: “Recetarios de cocina y libros de religiones”. Está bien que haya editoriales con ese perfil, pero es una ofensa a la cultura cubana que exista una como ella en una capital donde cada día se reducen más las  editoriales disponibles. Y aquí aparece el perro que se muerde la cola (Ouroboros se reserva para algo espiritualmente más elevado): ¿Cómo va a ser capaz de autofinanciarse una editorial si tiene que publicar libros que no se venden: honras fúnebres y prefúnebres, reconocimientos, premios por buenos y largos servicios, sepulcros blanqueados, etc…? Los premios literarios no son certificados de buena conducta. ¿De dónde va a salir el presupuesto necesario para insuflar vida a una industria del libro que está colapsada económicamente y amenaza con llevarse a la tumba la producción de un pensamiento nacional que no puede nutrirse solo de ideología? ¿De las ventas logradas en las Ferias del Libro? Tal posibilidad me parece cuestionable aunque entre mis especialidades no se cuentan las finanzas. Además, yo me pregunto qué parte del dinero recaudado con las ventas de esta Feria se va a dedicar a la producción y pago de nuevos libros de escritores cubanos, Y fíjense que no digo autores, porque un escritor es conceptualmente mucho más que un autor. Se ruega no confundir.

Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos.

La creencia en la Eternidad evita al hombre enfrentar la realidad de la Muerte. Eternizar los problemas es la manera óptima de no resolverlos nunca, porque las endemias son irremediables, ¿verdad? No puede hacerse nada contra ellas.

Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo.

Me he preguntado muchas veces si el fenómeno de la enorme cantidad de gente que quiere escribir en Cuba, se creen dotados para ello, empujan con todas sus fuerzas las puertas de las editoriales y se lanzan a la conquista de un Premio como bólidos profesionalmente imberbes no es, en sí mismo, señal de la peor de las crisis: la del hombre que ha perdido todo punto de referencia y no reconoce sus propios límites. Toda crisis es señal de algún tipo de desesperación que se ha desbordado a sí misma y ya no tiene contención. La crisis del mundo editorial cubano, de las instituciones literarias y editoriales, de la crítica y de los escritores no ha nacido por partenogénesis, sus raíces son muy profundas y no están en las entrañas de sí misma, sino fuera de su círculo, y esa crisis afecta a toda nuestra cultura.

Mucha más tela por donde cortar ofrece  la extensa reflexión de Rafael sobre los trampantojos de la literatura cubana, pero se me acaba el espacio.

 Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: ¨pierdes el tiempo, nada se resolverá¨. No faltó quien pusiera en duda de que Jiribilla publicara este texto.

Suscribo este párrafo como si lo hubiera escrito. ¿Publicará La Jiribilla estos textos…? No lo sé, pero yo digo lo mío.

 

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SITUACIÓN ACTUAL DE LOS ESCRITORES CUBANOS ¿se abre una polémica?

NOTA: Rafael de Águila fue, desde sus primeras publicaciones, una promesa de la literatura cubana que se ha cumplido. Publico este texto suyo, brillantemente escrito, porque refleja fielmente el gran dilema al que se enfrentan los escritores cubanos desde hace tiempo. Cada vez con menos editoriales donde publicar sus obras, con menos premios nacionales que ganar y más pobremente retribuidos, con menos crítica especializada, con menos solvencia económica, el dilema se va pareciendo al arquetípico To be or not to be shakespeariano, con más tendencia al not to be como final ineludible.  Yo no vislumbro soluciones en el horizonte, al menos inmediatas, pero considero mi deber apoyar a Rafael, quien ha ofrecido su solidaridad a otros escritores en momentos difíciles, pero también porque los problemas que él plantea aquí los he sufrido  y en reiteradas ocasiones, y han amargado mi vida y la de muchos miembros del gremio letrado cubano, que no considero compuesto en su totalidad de mirlos blancos, pero sí de colegas, y aunque pocos de nosotros sean capaces de alzar sus pendones por la coleguidad, no hay por qué tomar las malas actitudes como único modelo a seguir sin alternativas. Si hay algo que un ser humano siempre puede hacer es una elección. Y NUESTRAS ELECCIONES NOS DEFINEN.

Y para quienes saquen la apresurada conclusión de que elijo publicar el texto de Rafael porque tengo rabia de que el Premio Alejo Carpentier de cuento haya quedado vacío, declaro que no concursé, que no soy uno de los veintitantos escritores que presentaron sus obras, veintitantos perdedores potenciales de 3 000 CUC. Hace años que no envío mis obras a concursos  nacionales ni extranjeros. Adelantándome al posible futuro de los escritores cubanos, ya yo entré por mi propia voluntad en el not to be.

EL TRAMPANTOJO, LA LITERATURA CUBANA Y LOS PREMIOS LITERARIOS

Por Rafael de Aguila.

¨Ganar un premio no significa nada¨.

                                    Mo Yan.

Premio Nobel de Literatura.

       Es muy importante decir lo que se piensa. Desde la escuela se nos hace leer esa frase martiana: un hombre que no dice lo que piensa no es un hombre honrado. Dado haber comunicado, en su momento, y por los debidos canales, a la máxima dirección del Instituto Cubano del Libro mis inquietudes sobre el tema, me siento libre de expresar cuanto pienso. La literatura cubana actual y los premios literarios. Ese será el tema. Un tema explosivo al día de hoy. Un tema que motivó, durante la Feria Internacional del Libro de la Habana -y sigue motivando- los más mordaces comentarios, en no menos mordaces corrillos, intervenciones, correos electrónicos, reuniones de colegas, premiaciones o presentaciones de libros. Dejando a un lado la capacidad de mordacitud -célebre en el gremio- admitamos que muchos colegas están preocupados. Sin la menor mordacidad. No creo que lo analizable sea la fugacidad de un hecho. De Premios que determinados Jurados hayan dejado desiertos. Por eso no me referiré al hecho que -aparentemente- echó a rodar este affaire. Entre otras cosas, porque todo Jurado tiene todo el derecho a juzgar desierto el Premio que estime. De lo que se trata, lo que urge, lo que demanda el momento, lo que pide a responsables aullidos la situación, es migrar de la sana Pre/Ocupación a la todavía más sana (y sobre todo sanante) Ocupación. De la Pre/Ocupación acerca de un hecho aislado a la Ocupación acerca de hechos comunes. De lo grupal a lo gregario. Un árbol no hace al bosque y de lo que se trata es de impedir elementos que puedan dañar o dañen al bosque. La mordacidad rara vez resuelve, hace fértil o sana algo. Aporta cierta dosis de catarsis. Ahí queda. Y de lo que se trata es de sanar. Impedir que el problema se prolongue en el tiempo, crezca en el espacio, devenga -como el ya familiar y muy cubano dengue- mal endémico. Nunca comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, y todo un desmadre de cotilleo, verdadero barómetro de toda situación, ha ejercido efecto alguno en función de la resolución viable, rápida, efectiva, saludable y óptima de los problemas. Se profieren gritos con respecto a una bestezuela, mas… nadie parece escuchar. Y, menos aún, aludir a la… jaula. Y se necesita hallar ¡alguna vez! jaula. La mayoría de las veces los mordaces parlantes solo aluden al pajarraco porque, convengamos, carecen de las debidas responsabilidades en función de aportar jaulas. Y de lo que se trata es que aquellos que deban aportar jaulas la aporten. Para ello antes debe ser debidamente identificada la bestezuela. Si bien no muchos tenemos la responsabilidad de aportar jaulas sí tenemos la responsabilidad de identificar bestezuelas. Eso no solo es un derecho a ejercer sino un deber a no eludir. Todos debemos contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, nuestras responsabilidades y nuestro compromiso, que no es poco, a esos fines. De lo contrario todos somos culpables. Más allá de la mordacidad, que casi siempre es huérfana, la palabra, bien dirigida -sanamente escuchada, sin encono atendida y no infelizmente estigmatizada, soberanamente ignorada o hasta por decreto proscrita / prescrita para refutar- tiene un poder rotundamente genésico. Eso trataré de hacer con este texto. Con respeto. Con lo que creo mi verdad. Subjetiva como toda verdad. Confiar en el poder genésico de la palabra. Confiar en ser escuchado. Confiar en que quizá no todas las ideas que acá expongo vayan a engrosar el adminiculo de yute con el ya clásico orificio al fondo. Al final, todo refutador, comisionado o no, no habrá hecho sino uso del más elemental derecho a expresar la cuota de verdad subjetiva que a todos asiste. Y no está mal que ello ocurra. No está mal porque, al final, los lectores (y el tiempo, ese gran reparador) dirimirán a quienes asiste mayor cuota de la siempre subjetiva verdad. Sobre todo el tiempo suele ser fabuloso en tales componendas. Vayamos pues, por partes.

 PARTE 1: LA TEORIA. Causas (y Condiciones) de la Premiofilia.

  1. a) El Premio como vía (casi única y expedita) de publicación.

En nuestras reducidas posibilidades de publicación (crisis financiera, crisis del papel, crisis de los poligráficos, crisis editorial, crisis presupuestaria) los Premios se erigen como una de las pocas -más bien la única- posibilidades de que: 1. El libro sea publicado y 2. Lo sea de manera expedita. 3. Reciba mayor promoción. No son pocos los que han enviado textos a una Editorial para recibir el clásico mensaje: ¨este año no resulta posible incluir su obra en el Plan Editorial¨. No son pocos los que poseen un libro aguardando así, años. En lo que se refiere a Literatura, la tirada total de todos los títulos y a la cantidad de títulos (repito: ¡Literatura!), nuestras Editoriales han disminuido sus publicaciones. Eso es una verdad de Perogrullo. Los vericuetos para que un autor publique son tortuosos. Ello se hace todavía más tortuoso si se trata de alguna de nuestras Editoriales nacionales más importantes. Por fortuna Editoriales de provincias -algunas de ellas han cobrado en ese contexto cada vez más prestigio- han logrado lanzar dosis de muy alabada terapia sobre esta enfermedad. Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias) la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado. Ello resulta solo el muy lógico reflejo del grado -severo- de dificultad que enfrenta nuestra economía en el contexto actual, contexto extraordinariamente adverso, que impacta con no poca fuerza sobre disímiles esferas de la vida nacional. Regresemos, sin embargo, a lo que nos ocupa: publicar en una Editorial nacional se hace, al día de hoy, difícil. Hecho este, repito, solo aliviado por la acción -honor a quien lo merece- de Editoriales de provincias. CONCLUSION 1: Los Premios se erigen hoy como una de las únicas posibilidades, expedita además, de publicación.

1- Desde hace mucho se habla, más bien se aúlla, se berrea, acerca de la necesidad de una nueva ley de derechos de autor. Y es que los derechos de autor que se pagan hoy en Cuba… mueven a risa. A soberanas carcajadas. Más bien a… puro llanto. Ello hace que cada vez menos autores -autores con varias obras publicadas- manifiesten el deseo de entregar sus libros a publicaciones. Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años. Solo entonces, cuando se lleva varios años sin publicar, y sin ganar premios, un autor opta por publicar. Todos sabemos perfectamente que de no existir los paupérrimos derechos de autor a los que hoy acceden los escritores cubanos, esos derechos de autor que mueven al llanto, la premiofilia no sería en modo alguno -al día de hoy- una filia en Cuba. El deseo universal de todo autor, en todos los tiempos y en todos los sitios -y este sitio en tiempo alguno fue la excepción- ha sido, es, y será, siempre, urbi et orbi, escribir y publicar. Imaginen a todos los autores que han conformado la legión de la Literatura Universal, a los escritores que han conformado la legión de la Literatura cubana, escribiendo sus libros con el ánimo -expreso, declarado, anhelado y casi único- de… ¡enviarlos a Premios! Pues eso precisamente ocurre hoy en Cuba. Un derecho de autor meritorio estimularía el natural deseo que ha animado ¡siempre! a todos los escritores en la historia de la Literatura: escribir para publicar. Un derecho de autor acorde a la situación económica del país. Al valor de la moneda del país. En sintonía con los precios que todo autor debe enfrentar para vivir, sostener la vida de los suyos y… escribir. En el país. Sic semper. El hecho –innegable- es que hoy los Premios (los pocos que subsisten en CUC, muy pocos) se avizoran como la única posibilidad de optar por una suma algo más… decorosa. Nadie desea invertir dos o tres años escribiendo un libro para recibir ¡únicamente! cinco mil CUP, eso en las Editoriales más poderosas, eso si logra vencer el tortuoso y largo camino para acceder a la publicación. Se anhela una suma que aporte y facilite una dosis algo más decorosa del muy necesario y merecido pan. Pan que cada vez, dicho sea de paso, ha visto incrementar el valor mientras los derechos de autor han permanecido inamovibles, o incluso, han decrecido. Y ello se sufre no solo de la mano de nuestras Editoriales, no solo desde la exigua valoración que reciben nuestros libros. No. Se sufre también con las publicaciones periódicas. Publicaciones en las que por un texto cualquiera, ya sea ensayo, artículo, reseña, no importa su extensión o importancia, solo se devenga, tras un muyyyy largo y kafkiano proceso (¡en el que al final el autor no recuerda exactamente por qué diablos se le está pagando!), unas pocas monedas -¡al cambio oficial, puede resulten unos 4 o 5 CUC!-, al día de hoy solo capaces de garantizar un trocillo, muy reducido, apenas una escueta miga, ¡muy escueta!, del necesario y merecido pan. Ello ha hecho que muchos colegas hayan perdido ¡también! el interés de enviar sus colaboraciones a publicaciones periódicas. Y no queda solo allí. No. Puede un autor participar en alguna actividad cultural, actividad en la que interviene con un texto, actividad en la que también, digamos, participa, con igual dignidad y absoluta fraternidad, un músico, o un bailarín, o un actor. Ignoro los pantagruélicos causales pero… el escritor, con igual dignidad, recibe por su participación en la citada actividad unas muy pocas monedas. El guitarrista, o el cantante, o el bailarín, o el actor… multiplican la cifra. Admiro el arte de cada uno de esos colegas…, se les  ratifica nuestra fraternidad, pero, de seguro, ellos también admiran el nuestro. Y la dignidad es la misma. CONCLUSION 2: Los Premios al día de hoy se erigen como la única posibilidad de obtener una dosis del merecido, anhelado y muy necesario pan. 

1- Lo anterior ilustró acerca de la asunción de los Premios como vía (casi única) de publicación y vía (todavía más casi y todavía más única) de ganarse el pan. Sumemos a ello una nueva catástrofe. Desde hace algunos años el ecosistema anterior ha sufrido una calamidad cuyas consecuencias resultan muy similares a aquellas que para los pobrecitos dinosaurios tuvo la caída del tenebroso meteorito. Y es que en los últimos años los Premios han reportado una tendencia -sostenida, in cressendo y hasta hoy a todas luces irreversible- a la desaparición. Algunos Premios sobrevivientes han visto, incluso, menguar sus ya menguadas bolsas. Ciertos Premios, cuyas bolsas contenían los anhelados CUC, pasaron a vida de ultratumba o de ultrapremio. Murió -de mera mendicidad- el respetable Premio de la Gaceta de la UNEAC. Amenaza con morir, si alguna mano bienhechora extranjera no se alarga -también de mera mendicidad- el muy respetable Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Ambos se sostenían por financiamiento externo. Las condicionantes financieras / económicas / presupuestarias las conocemos -y las comprendemos- todos. Son duras. Las conoce y las comprende y las enfrenta todo nuestro pueblo en la vida diaria. En lo que a Literatura se refiere solo expongo un hecho, minúsculo, mínimo, intrascendente, si se le compara con las dificultades que se enfrenta como nación. Pero no deja de ser un hecho. Y el efecto más inmediato resulta que (cada vez) son más escritores quienes lidian en aras de obtener (cada vez) menor cantidad de (cada vez) menos dotados Premios. En mitad de ese muy enrarecido ambiente no faltan quienes llaman a la desaparición total de los dinosaurios, ¡mis disculpas!, de los pocos Premios que hoy (con raros y funéreos estertores) aún respiran, aduciendo un (supuesto) descenso en la calidad de la obra literaria, esas que a los Premios sobrevivientes se envía. Medra el síndrome del sofá, tan socorrido en nuestro medio. Huelga decir que esta tendencia -sostenida- a la desaparición de los Premios ha provocado una nueva ola migratoria. Esta vez no migran los autores. No. Han migrado autores, mas no…, esta vez no me refiero a ellos. Esta vez migran -o tratan de migrar- las obras. Y es que muchos colegas producen, cada vez con mayor brío, libros ya no para enviarlos a nuestras Editoriales o a los pocos Premios que subsisten -recemos para que subsistan al menos esos pocos, líbrenos Dios Padre de su desaparición, elevemos plegarias para que especialmente no muera, de mera mendicidad, este año el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, al borde de aplicársele la luctuosa extremaunción- sino para enviar a Editoriales extranjeras y/o premios offshore. En fenómeno sin precedentes la Editorial española Samarcanda, del Grupo Lantia, publicará este 2017 -con derechos exclusivos- en sello Editorial creado ad hoc, ¡más de un centenar de obras! a un grupo ¡de más de cien autores cubanos! Si este fenómeno fructifica, en materia de mercado, digo, que ya se sabe que para Editoriales extranjeras todo se reduce a mercado, de seguro no dejarán de asomar otras Editoriales extranjeras dispuestas a imitar a Samarcanda. ¿Quién sabe si el fenómeno Samarcanda pueda representar un posible boom para la Literatura cubana? ¿Quién sabe si algunos de esos cien autores samarcandianos pueda tornarse éxito de ventas? Viral. Trendic topic. Acontecimiento editorial. Si ello ocurriera otras Editoriales extranjeras, olfateando el bussiness, podrían seguir el ejemplo. Recemos para que, aun tratados como nativos con librea por estas Editoriales (las nuestras nos tratan como nativos pero ya sin librea), alguno de esos autores pueda tener éxito. Alguien podría imaginar cierto escenario -fantasmagórico- en el que nuestras Editoriales (esas que publican Literatura, Literatura cubana actual) cierren sus puertas y nuestros poligráficos pongan al sol sus aparejos ¡porque los autores cubanos han hecho migrar sus obras allende los mares! El fenómeno Samarcanda puede resultar el mero prólogo. Perdóneseme el pleonasmo, a manera de surrealista símil, mas… revísese la nutrida participación de autores cubanos en cualquier premio offshore, contrástese con el envío de obras a Premios del patio, incluidos los más remunerados. ¿Cuál sería el resultado? Ah, pues que cada vez menos escritores envían sus obras a Premios nacionales, la inmensa mayoría mal dotados y en franco proceso de desaparición, cada vez más escritores, en cambio, envían sus obras a Premios extranjeros. Si a la desaparición de Premios, y al fallecimiento de sus dotaciones, agregamos el descreimiento hacia Jurados o Instituciones… el panorama puede perder todavía mayor dosis de oxígeno. Los autores cubanos privilegian, cada vez más, el intento de publicación de sus obras por Editoriales extranjeras (intento, porque, en puridad, unos pocos, privilegiados, salvo aquellos incluidos en el fenómeno Samarcanda, algo sui generis y no sujeto a reglas precisamente convencionales, lo han logrado) y el envío de sus obras a premios offshore. Ese entorno de ¨migración de obras¨ puede tener, sin embargo, paralelamente, algunos elementos, digamos, no tan deseables. Algunos de esos elementos asoman ya el rostro. Si para ser bien juzgadas, premiadas o publicadas en Cuba no pocos autores someten sus obras a un ¨mecanismo de ajuste¨ de acuerdo a lo que se juzga ¨literariamente publicable / premiable¨ hoy en Cuba… pues idéntico proceso se registra en sentido inverso: para ser publicados / premiados / bien valorados en el extranjero no pocos autores someten las obras que envían offshore a idéntico ¨mecanismo de ajuste¨, acorde a lo proper, o a lo que se sabe se publica, y premia, y se persigue, también como trending topic, en el extranjero. Y esto, no solo tiene en cuenta patrones estilísticos y/o temáticos. No. Incluye toda una inmanente cohorte… extraliteraria. Ya podemos escuchar a un colega decir: ¨este libro es para enviar a un premio en Cuba, este otro para enviar a un Premio offshore¨.  En uno, el del patio, el autor es un tipo very proper, ¨correcto moral o ideológicamente¨; en el otro, lo opuesto. Parecieran… dos autores en uno. Parecieran… dos obras. ¡Lo absurdo es que se trata del mismo autor y, a menudo, de la misma obra! Todos hemos visto como se viste y desviste de tales atuendos a la misma obra según resulte la ubicación geográfica del salón de baile. Y es que comienza a imponerse una suerte de travestismo literario muy fake. Alabado sea el travestismo cuando emana (como el semen y la sangre y las lágrimas y el sudor y la saliva) del alma y del cuerpo. Este no emana precisamente de tales sitios. Algunos, en el afán de seducir a Editoriales extranjeras, han comenzado a escribir acerca de… ¡niños magos, vampiros asténicos y crípticos secretos ocultos en la Corona del Imperio ruso! CONCLUSION 3: Como tendencia los Premios cada vez son menos -y menos dotados-, los escritores se incrementan en sentido inversamente proporcional a los Premios, de tal suerte cada vez más escritores se afanan por enviar a cada vez menos (y menos dotados) Premios. Tiene lugar un proceso con arreglo al cual el autor cubano comienza a producir pensando más en publicaciones y Premios allende los mares que en el patio.

Los tres elementos anteriores explican, muy claramente, las causas de la premiofilia entre nuestros escritores. A ello agreguemos el disfrutar de los diez minutos de fama de los que hablara il signore Warhol, periodo que, en nuestro medio, se reduce, con el perdón de Warhol, en tiempo y connotación. No descubro el viento fresco: soy consciente de ello. Todo cuanto he explicado es harto conocido por todos. Ante esos acuciantes problemas (y todos aquellos que en lo adelante voy a nombrar) se echa mano a tres actitudes: 1. El síndrome del Avestruz: esconder la cabeza para no visualizar el contencioso. 2. El síndrome de Cándido: en el mejor de los mundos posibles se publica cada año cientos de miles de ejemplares, todo marcha maravillosamente y si medran algunas pocas inconsistencias se trabaja con tesón para erradicarlas, inconsistencias que en modo alguno manchan al mejor de los mundos posibles. Este síndrome puede presentar una variante: este no es el mejor de los mundos posibles pero(ibídem para el resto) 3. El síndrome de L’Étranger de Camus: como Mersault, se mira en derredor y, hombros hacia arriba, ajeno a todo, en derroche de suma impasibilidad, se bebe té verde. Frío. Con moringa. Y es que no vale inmutarse, dicen los de esta legión, alzar la voz es erigirse indeseable, caer en desgracia. ¿Para qué caer en desgracia, se preguntan estos, si cuanto ocurre carece de solución? Esas son las tres aptitudes. Ninguna de ellas,  estoy seguro, resulta digna. Ninguna de ellas conduce a la resolución de contenciosos. Mas no quedemos aquí. Si los Premios hoy concentran no reducida porción del élan vital y del agón de la Literatura cubana actual vayamos más allá -siempre plus ultra si se trata de intentar soluciones-, a cuanto acaece en relación a lo que puede ser llamado la ¨praxis y la metodología de los Premios¨.

 PARTE 2: LA PRACTICA. Praxis de los Premioauspiciantes.

  1. a) Las Instituciones y la (insoportablemente leve) elección de los Jurados.

La Institución que auspicia un Premio tiene la obligación -y la responsabilidad, no se olvide esta palabra: la responsabilidad– de elegir a los Jurados que a su cargo tendrán la difícil y muy responsable tarea -no se olvide esta frase: responsable tarea– de valorar las obras que por tal Premio opten. Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles. De ahí que la elección de todo Jurado represente una muy alta responsabilidad. De hecho se está eligiendo a una suerte de Dios. Se le está dotando -si bien no de las dotes de infalibilidad, esas no, infortunadamente esas no, la infalibilidad solo a Dios le está conferida-, de las facultades de irreversibilidad y de no recurribilidad. Todo jurista sabe de qué hablo cuando menciono la no recurribilidad: el Jurado falla y ha fallado Dios Padre. Alea jacta est. Y así debe ser. Imagínese que la decisión emanada de algún Jurado pudiera ser, una vez admitida la recurribilidad, apelada y, en consecuencia, el fallo trasladado, para su análisis, a una instancia superior. Convengamos que ello no puede suceder. De ahí que todo Jurado tenga, por fuerza, que ser plenipotenciario. Mas… la Institución que auspicia ese Premio -y selecciona a los Jurados- resulta solidariamente responsable, para continuar empleando términos jurídicos, al tiempo que resulta (co)partícipe y (co)padeciente del fallo al que ese Jurado llegue. Si el Jurado es responsable directo del fallo… la Institución que eligió a ese Jurado -y que a ese Jurado paga- es la responsable colateral. El autor intelectual. El deus ex machina. De ello se deriva que: 1. Una Institución no puede dejar en manos de las células más alejadas que la conforman la elección de los Jurados. La elección del Jurado debe ser responsabilidad -directa- de la máxima dirección de la Institución de la que se trate. 2. No puede la elección de un Jurado devenir proceso rutinario, displicente, no sujeto a profundo análisis, facilista, burocrático, de menor importancia, coyuntural. 3. Y esto resulta de importancia vital, un teorema: Toda Institución debe elegir Jurados cuya fuerza o capacidad o sapiencia o experiencia o importancia o trascendencia o valor sea idéntica o directamente proporcional a la fuerza o capacidad o sapiencia o importancia o trascendencia o valor del Premio que ese Jurado tiene la responsabilidad de fallar. Admitámoslo: hay Jurados para Premios Calendario y Jurados para Premios Alejo Carpentier o Premios Casa de las Américas. Los segundos pueden ser llamados a juzgar el primero pero los primeros… OJO: LOS PRIMEROS NO DEBEN SER LLAMADOS A FALLAR SOBRE LOS SEGUNDOS. No se trata de elitismo o de aristocracia intelectual. Se trata de respetar el necesario rigor y la preeminencia de cada Premio. Recordemos que los Jurados son plenipotenciarios, en consecuencia deben poseer toda la potencia que los haga capaces de esa plenitud. Un detalle no eludible: no toda la responsabilidad en tales casos cae a full machine sobre las Instituciones. No. A Dios lo que a Dios concierna, al César lo que al susodicho corresponda. Sucede que a muchos colegas no nos agrada la responsabilidad de ser Jurados. A) Es engorrosa. B) Resta tiempo. C) No resulta bien retribuida. D) Demanda esfuerzo. E) Puede ser aburrida. F) Puede generar enconos. En consecuencia: muchos la eluden. No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto. Y la Literatura cubana sufre esto. Y los Premios sufren esto. Y los escritores cubanos sufrimos esto. Digámoslo claro: accionar como Jurado resulta un deber elemental para con la Literatura cubana, ya no para con las Instituciones. Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados! ¡No puede ser que precisamente sean ellos quienes eludan ese deber elemental! Deber para con la Literatura cubana. Ante esas negativas las posibilidades de las Instituciones de hallar Jurados idóneos (en plenitud de la necesaria potencia) se ven seriamente comprometidas. Ergo: pueden acabar eligiendo, desesperadamente, y sin remedio, en última instancia, a Jurados no precisamente idóneos, o lo que es igual: Jurados plenipotenciarios no capaces de ejercer la debida plenipotencia. CONCLUSION 4: Toda Institución auspiciante de Premio es solidariamente responsable del Jurado que seleccione, y dado ello, de los fallos -errados o certeros- a los que ese Jurado arribe. Cada Premio, de acuerdo a su categoría, merece Jurados acordes a esa categoría.

  1. b) La (no desatendible) actuación de Jurados e Instituciones Premioauspiciantes.

Los Jurados no son entidades supra galácticas. Metafísicas. No se trata de entelequias o fríos artilugios cibernéticos. No son Dioses. No son genios poseedores de lámparas. No son ¡sálvenos el supremo! dictadores literarios. Ni siquiera entes homogéneos. Un Jurado está conformado por escritores. Casi siempre tres escritores. Se trata de un ente grupal. Con la dinámica propia de cualquier grupo. Ahora son los psicólogos quienes saben de qué hablo. Hablo de las complejidades implícitas en toda dinámica grupal. Hablo del Líder que apabulla e impone su criterio al resto. Hablo de la Eminencia Gris que nada impone y menos apabulla pero desde la sombra, imperceptible, determina. Hablo del apocado y de carácter débil que asiente y acepta y, aun en contra, o dubitativo, firma -a pie juntillas- el Acta. Los que hemos conformado alguna vez Jurados tal vez hayamos conocido esto. Hablo de conflicto y colisión y subordinación y prelación y negación y olvido e imposición de unos sobre otros. A menudo de Uno sobre Dos. O de Dos que aplastan (por certera mayoría mas no por certero juicio) a Uno. En la medida en que un Jurado sea menos congruente y menos afín en cuanto a filias y fobias, en la medida en que sea más diverso, será, a mi modo de ver, mejor Jurado. Eso si se tiene un Jurado capaz de ejercer toda su plenipotencia. No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas. Sensibilidad. Hechos de vida. Elementos, todos ellos, extraliterarios. Mas… tampoco solo eso: si de filias y fobias se habla… los Jurados, como sucede con el común de los mortales, tienen amigos y… enemigos. He sabido de Jurados que no premian una obra al colisionar estas con sus postulados ideológicos. O políticos. O morales. Cuando esto ha ocurrido, lo sabemos todos, se suele premiar una obra inferior, o en el mejor de los casos de cierta fuerza, adjudicándose, a la obra en desgracia, una (inmerecida) Mención que se cree salvadora de honrilla, eso para que, más tarde, alguno de los Jurados actuantes confiese -directamente y sotto voce, hasta quizá apenado al autor de la obra preterida el infeliz entramado. Fui testigo personal de un caso: la colisión de una obra ¡con la sensibilidad religiosa! de uno de los Jurados. Hemos conocido de casos, que reconozcámoslo, colindan con la ignominia, en los que alguno de los miembros de un Jurado, hombros hacia arriba y ética presuntamente inmaculada, confiesa ¡no haber leído alguna(s) de la(s) obra(s) concursantes! En otros casos se premia una obra -¡de ficción!- aludiendo al impacto ¡sociológico! que tal obra supone para la realidad cubana. Huelga decir que puede, desde mis postulados, una obra de ficción representar una dosis de valor no desdeñable para la Sociología: ¡que preparen en semejante caso para ella los sociólogos su más dilecto Premio! Un Premio Literario (en la categoría de ficción) juzga, especialmente, intuyo, me temo, barrunto, valores literarios. No sociológicos. Ni ideológicos. Ni morales. Ni religiosos. Ni políticos. Ni económicos. Ni astronómicos. Ni culinarios. No creo que la carpenteriana Teoría de los Contextos se extendiera a ello. En cualquier caso que cada disciplina, si lo desea, privilegie lo suyo. Cualquier parecido con la realidad, lo juro -todos hemos sido alguna vez testigos y puede que hasta victimas de esto- no resulta mera coincidencia. (1)

 FIN DE LA PRIMERA PARTE

Toda Institución que auspicie un Premio debe velar, fieramente, por salvaguardar la feliz y sana congruencia de las tres partes que conforman un Jurado. Y ello debe ser así con el objetivo, sacrosanto, de salvaguardar el objeto social de ese Jurado: premiar… lo mejor. Si el Jurado es la sumatoria de tres tal sumatoria debe facilitar la summa funcionalidad de esos tres. No entorpecerla. La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado del que se ha hecho, elección mediante, solidariamente responsable. Un miembro destacado, y a esos efectos apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto mas con todo derecho -y todo deber- a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya. Una Editorial no puede, por ejemplo, asumir la magna presentación de una obra a la que se ha adjudicado el Premio Alejo Carpentier, desde la lectura del muchas veces doblado y reducido folio que, a la vista de todos, ha extraído antes su representante de un bolsillo, reducido folio cuya lectura no toma más de tres minutos. Y no puede hacerlo porque ¡está presentando la obra que ha sido acreedora del principal Premio literario que se otorga en Cuba anualmente por parte de las Editoriales cubanas! No caben al respecto displicencias. Semejante displicencia, infortunadamente, puede dotar a no pocos maldicientes del desmoralizante combustible en función del ubicuo cotilleo, ese que a todos los vientos intentará esparcir que el magno Premio se ha tomado por las Instituciones auspiciantes muy a la ligera. Y ello, estoy seguro, no responde a la verdad ni a la voluntad manifiesta de Institución alguna.

Voy a aludir a un hecho muy conocido. En nuestra crítica actual el colega A publica una obra para que el colega B -que es su amigo- elogie esa obra. Eso, desde luego, recibe más tarde su muy sana retribución: cuando el colega B, en su momento, publique una obra, el colega A, agradecido, se dedicará a elogiarla. Si colega A y colega B resultaran -infelizmente- enemigos, ah, pues ya se sabe, las diatribas mutuas no se harán esperar. Y todos ¨disfrutaremos¨ el show que, reconozcamos, será penoso. O lo que es igual: nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos. Infortunadamente… no pocas veces… a eso se reduce nuestra crítica. En lo que respecta a los Premios siempre me ha resultado enervante que los Jurados que premian (literatura de ficción) estén conformados en un 100 % solo por escritores (de ficción): los cuentistas premian cuentistas, los novelistas premian novelistas, los ensayistas premian ensayistas, los poetas premian poetas. O lo que es igual: nosotros mismos nos premiamos unos a otros. A menudo al conocer quienes conforman un Jurado, conociendo sus más notorias filias y sus más endemoniadas fobias, sabemos, intuimos, trasmutados en modernos Nostradamus, quiénes tendrán las más altas, notorias y endemoniadas probabilidades de ganar ese Premio. No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo… negativo. Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de… decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese ¨juego¨ ese desmoralizante. ¿Quién no sabe esto? Esto lo sabe hasta Cuco, el pobre anciano afectado de Alzheimer que malvive encima de mi casa.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana. Para su salud. Para aquellos que la amamos y la ejercemos. Es decir, nos premiamos, nos criticamos (elogiamos) y nos reunimos para debate solo nosotros. Ah, demonios, ¡qué solipsismo! Analicemos: ¿un Jurado conformado por un escritor de ficción, un miembro destacado de la Academia y un crítico no resultaría mucho más saludable, mucho más plural, mucho más inclusivo, mucho más dotado, mucho más heterogéneo, mucho más versátil, mucho más profundo, menos sujeto a amigofilias y enemigofobias, a seguir tendencias estilísticas o temáticas al uso, que un Jurado conformado -únicamente- por escritores de ficción? Digo yo. Barrunto. Al menos para los Premios principales del patio. Imagínese un Jurado conformado por Mayerín Bello, Emmanuel Tornés y Emerio Medina. Semejante Jurado estaría a la altura del más categorizado de nuestros Premios. De todos. Con semejante Jurado, presumo, la mayoría (creo) descansaría en literaria y candorosa paz. Confiados en su sano juicio y preclara sapiencia. Semejante Jurado no emularía con Dios, no, eso nunca, pero puede que hasta Dios (perdóneseme la blasfemia) mostraría algo de confianza si a tal Jurado decidiera someter su manuscrito. Y con ello, muy saludablemente, se vincularían Academia y Crítica a la Literatura cubana actual, se vincularían al proceso de conformación de canon, ese proceso que desde los Premios lleva cada año a la cumbre (momentánea) de la Literatura cubana, a un grupo -muy reducido- de obras. A mi modo de ver ello deviene hoy necesidad imperiosa.

Regresemos sobre la no infalibilidad de cualquier Jurado. Que una obra OBTENGA el Premio que concede un Jurado, cualquiera sea ese Premio, cualquiera sea ese Jurado, no significa que esa obra sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que una obra NO OBTENGA ese Premio no significa que esa obra no sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido. No. Nada de eso, my God. Menos aún significa que una crisis cualitativa se haya instalado -escolásticamente y por generación espontánea- en tan solo un año o dos. No. Entre otras condicionantes, muchas, porque ¡las crisis no se instalan en un año o dos! Significa ¡SOLO! que un Jurado, o dos o tres, o los que sean, no importa el número, lo han considerado así. Y los Jurados, afortunadamente, no son Dioses. No son entes galácticos infalibles. No son entelequias supraliterarias. No son genios armados de lámparas. No son dictadores literarios. Nada de eso. Por suerte. El fallo de uno, dos, tres Jurados, los que sean, no puede certificar o vaticinar o avalar la excelencia o mediocridad de una obra. No puede certificar o avalar la (supuesta) crisis de la literatura cubana. Ni de Literatura alguna. Tampoco, desde luego, su preeminencia. Un Jurado (o dos, o tres, o todos los Jurados de la Galaxia) no hace la Literatura. Por suerte. Agradezcamos eso. La Literatura no es los Jurados. Vaya hipóstasis esa. ¡La Literatura son las obras! ¿Qué Jurado premió y encumbró y canonizó a Dante, a Shakespeare, a Goethe, a Cervantes? La Literatura son los libros que se escriben. No los Jurados que evalúan algunos, unos pocos, una mínima porción de esos libros. El Jurado / Premio es lo Subjetivo. La obra lo Objetivo. Charles Agustín de Sainte-Beuve desvarió contra Balzac, Baudelaire y Stendhal, encumbró, en cambio, a algunos otros de los que hoy no sabemos ni la mera U. Y la mayoría hoy no sabe ni la mera U del mismo Sainte-Beuve. La posteridad (no pocas veces) le ha sacado -dignamente- la lengua a los Jurados, permítaseme el pudor de no citar cuantas veces ello ha ocurrido, ¡y cuan penosas han resultado algunas de esas veces!, incluso, sonrojo mediante, para la propia Literatura cubana. ¿Cuántas veces en los últimos años se ha otorgado un Premio y alabado la obra a la que se le ha conferido, para, una vez publicada la laureada obra, la opinión generalizada en el gremio se eleve negativa, y tome cauce la más aguda mordacidad, ¡en turbión!, y emerjan -¡también en turbión!- toda una jauría de cotilleos, comentarios, e-mails, opiniones, chats, conversaciones, diagramas de flujo, burlas y malsanas elucubraciones? Ello, desde luego, no solo demerita a los Premios, o a los Jurados, o a las Instituciones auspiciantes, sino que, desde luego, ejerce su influjo ¨demeritorio¨ -he ahí lo peor, lo más terrible- sobre la Literatura cubana. Al menos lo intenta. Lo intenta porque a la Literatura cubana, ni a Literatura alguna, la demeritan los malos Premios. Ni los Jurados. Ni las Instituciones. Es trinidad que se olvida. Por fortuna. Y se olvida porque ¡Premios y Jurados se los inventamos a la realidad! ¡La realidad es la obra! ¡Y la obra, si fue valedera, quedará! Más allá de los Jurados. O a pesar de ellos. Más allá de los Premios. O a pesar de ellos. Más allá de las Instituciones. O a pesar de ellas. Y si la obra no fue valedera…, si al Premio fue aupada por el juicio errado de un Jurado, pues permanecerá un vano y banal tiempecillo ahí, mera prueba del error humano, cata del impenitente dislate de tres, tiempecillo en el que devendrá indócil pasto del no menos indócil escarnio. Errores de Jurados pueden conspirar para echar a pique a la Literatura. A la cubana y a todas. Ni siquiera un inmerecido Nobel. Conspirar. No pueden echarla a pique.. ¿Por qué no pueden echarla a pique aunque, es cierto, jueguen a intentar ladearla, momentáneamente? Porque ya lo dije: ¡la Literatura no son los Jurados! Ni los Premios. Ni las Instituciones. Son las obras. Y el juicio del Tiempo, ese gnomo que según Azorín juega a los dados, deviene gran reparador. Porque ese ente barbado, el tiempo, está a prueba de Jurados, de Premios y de Instituciones. Los escritores han escrito, escriben y escribirán con esa Trinidad, sin ella, o… a pesar de ella. Si esa Trinidad no existiera -su existencia, dicho sea de paso, es muy reciente- los escritores escribirían lo mismo. Si existieran mas no cumplieran, o cumplieran a medias o mal, su objeto social, los escritores escribirían lo mismo. Y un día, no importa cuando, se conocerían las obras. Sic Semper. El juicio del duendecillo Tiempo es, ese sí, como Dios, Jurado y Premio infalible. Al menos quien esto escribe, que descree absolutamente de Dioses y de infalibilidades, toma al Tiempo como juicio, digamos, algo más confiable. Mas convengamos…si la susodicha Trinidad existe, y de manera óptima cumple su objeto social…, la Literatura lo agradece. CONCLUSION 5: La conformación de las partes de todo Jurado resulta vital. Repensar toda la dinámica que rige al día de hoy la conformación y actuación de los Jurados y la relación Jurados / Premios / Instituciones resulta impostergable y muy necesario en función de la salvaguarda de la Literatura cubana.              

 PARTE III: NO BASTA SEÑALAR CRISIS: ¡BUSQUEMOS SOLUCIONES!

He tratado de decir lo que pienso sin ánimos de zaherir. Con respeto a colegas e Instituciones. Con el mejor de los objetivos: contribuir a la solución, al menos al debate (convengamos que no pocas soluciones pueden depender, en parte o en mucho, de elementos de corte financiero y/o presupuestario, elementos que, al día de hoy, por motivos de fuerza mayor, no se avizoran) de lo que muchos identificamos como contencioso sujeto a solución. Porque los males no se limitan solo a la premiología. Para ello debemos mirar a las Debilidades que nos lastran, a las Amenazas que desde el entorno nos llegan, a las Fortalezas de las que disfrutamos y a las Oportunidades que en ese mismo entorno existen y pueden ser debidamente aprovechadas. Desde mi personal visión unos 5 puntos se imponen, como vías impostergables, a saber: 1. Debe trabajarse en función de lograr derechos de autor dignos que reintegren el anhelo de los autores a publicar y garanticen el pan y el trabajo de esos autores. Ese pan que, por ejemplo, logran, dignamente, otros admirados artistas, léase, por ejemplo, músicos, cantantes, bailarines y artistas plásticos. Si estos se autofinancian con las ganancias que generan urge para los escritores hallar vías alternativas: becas, pasantías, apoyo de Universidades, instituciones culturales y/o literarias extranjeras y nacionales. Un salsero o un cantante generan ganancias con las actuaciones en un centro nocturno cada noche. Un pintor vendiendo un lienzo. ¿Cómo lo logra un escritor? ¿Será mejor dedicarnos a cantar o a embadurnar lienzos? Resulta en extremo dudoso que en mitad de la situación actual nuestras Editoriales alcancen a contar con mayor capital para pagar derechos de autor algo menos paupérrimos. La música salsa se cotiza. La Literatura no. Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores. Cuba es hoy trending topic en el mundo. Quizá pueda aprovecharse eso. 2. Debe multiplicarse empeños en aras de suprimir el aura mortuoria que hoy rodea, cuantitativa y cualitativamente, a nuestros Premios literarios. Urge lograr vías alternativas en función de detener el franco proceso de desaparición de Premios y la malsana desnutrición de sus bolsas. Algún Premio en su dotación solía incluir computadoras, artilugio elemental para cualquier escritor, artilugio que, dado el precio, no está al alcance del bolsillo de un escritor. Si bien la computadora no es parte de la necesaria ¨canasta básica¨ ni aportan la posibilidad de adquirir muy necesarios bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas, sin la PC, resulta endemoniadamente difícil escribir. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida. Entidades nacionales importadoras las importan, al por mayor, desde Panamá y China. Importadas así los precios son muy inferiores. Lograr que algún Premio las incluya podría ser una variante. Se trataría de unas pocas PC en el año. Muy pocas. No imagino sea ello harto difícil de lograr. En todo el mundo el sector privado actúa como patrocinador de Premios literarios, mecenas de las Artes, contribuyendo, en todo o en parte, con el aporte monetario de sus bolsas. Ello puede intentarse -institucionalmente- con algunas de las empresas mixtas y extranjeras que operan en Cuba. En España, por ejemplo, es algo común. ¿Por qué habría de rechazarse absolutamente acá? Ello no significaría privatizar la cultura. Puede hallarse la manera, por ejemplo, de que el premiado -y un acompañante- disfruten de solaz esparcimiento, digamos, tres días –free cost– en un anhelado y prohibitivo Hotel ubicado en alguno de nuestros excelentes polos turísticos. Siguiendo la óptica del sector privado como patrocinador de Premios, téngase en cuenta que poderosas Entidades extranjeras regentan hoteles en Cuba. El autor premiado, digo yo, agradecería esto. Las entidades, creo, estarían orgullosas de tener entre sus clientes, y agasajar, a un reconocido escritor cubano. Si bien salseros, cantantes y pintores, con las ganancias obtenidas -muy dignamente- a partir de su trabajo, pueden disfrutar de tales sitios los escritores lo hacemos solo en nuestros más utópicos sueños. Organismos nacionales, por demás, regentan también cadenas hoteleras. Tal vez tales Organismos se sientan orgullosos del apoyo a prestar a la Literatura cubana. El impacto que ello tendría sería mucho mayor al gasto en que se incurriría. Ni puede ser tan difícil de lograr, ni provocaría perdidas enormes a la economía nacional. ¿No se desea patrocinar cierto turismo cultural? No puede entenderse por cultura, únicamente, el son, las maracas, la música salsa o la rumba. La Literatura, vaticino, también conforma la cultura de una nación. Y no poco. Eso… en cuanto se refiere al sector empresarial. Hablemos del privado. ¿Qué podría mover al dueño de un restaurante famoso de La Habana, esos en los que cenan -celebérrimamente- Presidentes extranjeros, en función de ofrecerse como patrocinador de Premios literarios? Y…, por otra parte…,¿es esto legal hoy en Cuba? No vale pecar de ingenuos: las contribuciones deben ser a las Instituciones que organizan esos premios, jamás directamente a los premiados. Ello aseguraría colocarse a salvo del principio que reza ¨quien paga manda¨, a salvo de que aquellos que ofrezcan algún patrocinio comiencen a determinar qué se premia o a quienes se premia. Y todo eso estaría muy lejos de resultar un amago de la impensable privatización de la cultura. 3. Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa. Para algunos colegas la Academia solo habla de ¨María¨, la romántica obra de Jorge Isaacs; anti poesía; trascendentalismo, y… queda ahí, anclada, según el parecer de esos colegas, a la Academia no le interesa el panorama de la Literatura cubana actual, o centrados en el pasado desconocen los nuevos caminos por los que se mueve (la nuestra y la mundial) o está excesivamente centrada en purismos estilísticos. Me disculpan esos colegas…, puedo pecar de ingenuo, no tengo amigos en la Academia, mas… no creo eso sea cierto. No puede ser así. Y, en cuanto a los purismos estilísticos…, en mi opinión, mucho favor se haría con ello a la Literatura cubana actual, en especial, a la escrita por los jóvenes. 4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden. 5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores) en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos. En el mundo moderno esto es una exigencia vital. En nuestro entorno, no pocas veces, desconocemos siquiera si ante un hecho se reacciona… a posteriori. Nada se explica. Nada se aclara. En consecuencia, ni siquiera parecemos ser reactivos. Se ignora siquiera si se reconoce la existencia de un problema que todos o la mayoría identificamos como problema. Si se le trata como a un problema. Si se trabaja -y cómo- para impedir se repita o se prolongue en el tiempo. Las Instituciones deben actuar de manera proactiva, mancomunada, sistémica, transparente, cooperativa, en mutua consulta, algo normal entre entidades que conforman un mismo esquema ministerial. Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos. Tratar problemas de todos excluyendo a esos todos nunca redunda en interés de todos. Tratarlos aislados, de manera departamental, tampoco. Los enfoques en el mundo de hoy deben ser proactivos y holísticos. Y el cotilleo, admitámoslo, ¡por Dios!, resulta harto desmoralizante. Lo moralizante y adecuado resulta promover se debata ¡con la participación de todos!, con la debida civilidad y la justa democracia, en aras de lograr, y hacer públicas, las medidas posibles destinadas a atajar cualquier contencioso. Las Instituciones no existen para sí, ¡existen para todos! Si todos, o la mayoría, estamos felices con ellas, pues ese resulta el mejor indicador. Si todos, o la mayoría, no estamos precisamente felices con ellas, pues…van mal. Y ello es así aunque cumplan el clásico Plan. Porque el mejor Plan a cumplir debe ser actuar, de manera transparente y rápida, solucionando o minimizando cuanto problema asome… en favor de todos y rindiendo cuenta ante esos todos. Creo a esas 5 medidas vitales en aras de enfrentar el contencioso y detener sus efectos. De lo contrario…, francamente, la situación puede ir a peor. Y nadie desea eso. Nadie puede admitir eso. El cubano bulle de creatividad, y ello puede suplir, en mucho, la inexistencia de un presupuesto abultado. Eso, al menos, hemos aprendido en las últimas décadas.

PARTE FINAL

Mordaces comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, conversaciones de pasillo, debates post premiaciones o en mitad de ellas, hasta hoy, repito, no han resuelto algo. Y no creo resuelvan. Devienen barómetro de la situación, sí, tradicional y consuetudinariamente ignorado. Abandonemos el ejercicio único de la sana (e insana) catarsis y pasemos a la siempre todavía más sana terapia. Identifiquemos a la bestezuela. Facilitemos el logro de la  jaula. No tenemos derecho a ejercer alguno de los tres síndromes acá mencionados. No tenemos derecho a actuar como Cándido porque no somos nada cándidos. No tenemos derecho a actuar como el personaje de Camus porque los cubanos carecemos de esa impasibilidad a lomo de los humores de nuestra sangre. No tenemos derecho a actuar como el avestruz ¡porque no somos avestruces! Y no tenemos derecho a ejercer esa trilogía porque ¡se trata de la Literatura cubana! ¡No se trata de nosotros! Eso sería baladí. ¡Se trata de Ella! A todos nos asiste el derecho a decir lo que pensamos. Porque la Literatura cubana no pertenece a las Instituciones. No pertenece a los Jurados. No pertenece a los Premios. No pertenece siquiera a los autores. La Literatura cubana no tiene dueño. ¡Es de todos!

Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo. Y puede profundizarse. Eso es lo peor. Debe asumirse que la Literatura no es una entelequia. Está conformada por escritores. Los escritores la hacen. Es dudoso que la Literatura pueda ir bien si los escritores no van bien. (2) Algo ha de hacerse al respecto. Poco que se haga se habrá hecho algo. Porque, repito, se trata de la Literatura cubana. (3) He tratado de enumerar causas y condiciones. Incluso, de proponer  posibles soluciones. Desde mi humilde opinión. Desde mi subjetiva verdad. Puedo haber olvidado problemas. Puedo haber errado en muchos. Otros puedo no conocerlos. Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: ¨pierdes el tiempo, nada se resolverá¨. No faltó quien pusiera en duda de que Jiribilla publicara este texto. Sostener existen crisis no basta. Decir que la crisis se concentra solo en la concesión de Premios errados no basta. Nuestra responsabilidad mayor es actuar sobre las causas y condiciones que provocan esa crisis. Y suprimirlas. O minimizarlas. O intentar hacerlo. Intentar es la primera fase de lograr. Amurallarse para no ver esas crisis, empecinarse en no nombrarlas, profesar la creencia de que se resolverán por generación espontánea, sectorizarlas, ignorarlas, o autocensurarse y quedar callados para no incordiar o convertirnos en entes problemáticos solo puede llevarnos a las peores consecuencias. Y esas peores consecuencias serán ¡para la Literatura cubana!

La mordacidad es huérfana, anósmica y de vientre seco. La palabra no. Tiene padres, hijos y hasta nombre. El nombre de todos. Si no se le estigmatiza, si no se le ignora o resulta prescrita / proscrita, si no se le revierte por conminados refutadores de ocasión… confío en su poder genésico. Sanador. Revolucionario. Terapéutico. Y…aportador de jaulas. Con inteligencia, tesón, esfuerzo -y algo de novedosa innovación- debe aparecer alguna. Al menos… eso creo. Hasta hoy. Si bien la mayoría de las ideas acá expuestas puedan ser destinadas al adminiculo de yute con el clásico orificio al fondo… tal vez alguna no lo sea. Si de tal suerte ello ocurriera… poco importaría entonces porque la Literatura cubana habrá ganado. Y una mera porción que gane esa dama etérea y maravillosa lo agradecerá. Lo agradecerá ella y, muy especialmente, lo agradeceremos todos, sus abnegados sirvientes. La Literatura cubana, huelga decirlo, no se ha ido a pique en estos últimos años. Y no se irá pique jamás. Al menos no desde lo que se infiera a partir de los dictados (siempre falibles) de no importa cuantos (siempre falibles) Jurados. Y no se irá a pique porque la Literatura cubana ha sido, es, y será siempre, in sæcula sæculorum, patrimonio sagrado (y consagrado) de todos. Todo estamos orgullosos de ella. Y todos, ¡todos!, sabremos cuidarla. Siempre.

NOTAS:

  1. Les animo a leer el Manual del Perfecto Jurado, esbozado por Gina Picard, texto que, sin sorna, deberíamos hacer pender de una pared cuando ejerzamos como tales. http://decalogosliterarios.blogspot.com/search/label/Gina%20Picart.
  2. Reconozcámoslo: no pocos excelentes escritores no solo viven en condiciones en las que la cotidianidad se les hace en extremo engorrosa, a ellos y a los suyos, sino que de tal suerte apenas logran escribir. En un entorno en el que resulta normal que un salsero adquiera un lujoso automóvil y un pintor o cantante sea dueño de un restaurante de lujo, adquirido todo ello con su muy digno y respetable trabajo, un escritor puede correr el riesgo de que el precario techo de la pobre ciudadela en la que malvive -con su familia- se les abalance una noche y… He escuchado que algunos han debido recibir una modesta -pero muy necesaria- ayuda oficial. ¿Aconsejaremos a esos escritores que incurran en la música salsa, canten a dúo o deriven hacía óleos y lienzos? Muy pocos escritores, entre los que conozco, desean poseer restaurantes. Desean, eso sí, unas dos o tres veces por año, cenar en ellos. Si bien pintores, cantantes y salseros dedican todo el día a su arte, arte que les confiere el pan, los escritores deben sudar un trabajo diurno, no literario, de no menor paupérrimo salario, para intentar incurrir en la Literatura a la noche o a la madrugada. Cierto, no es nuevo: así escribió Franz Kafka sus obras. Y muchos otros.
  3. Precisamente en ese contexto el Jurado del más importante de nuestros Premios literarios, uno de los pocos que en CUC sobrevive, convocado anualmente por las Editoriales cubanas para libro de cuento, ese al que envían sus obras cada año los más connotados narradores cubanos, incurre en dejar ese Premio desierto. El cuento, al día de hoy en Cuba, presenta mayor auge que nunca. Y muy destacados narradores. Entre más de una veintena de obras no pocos de esos narradores, laboriosos, confiados y llenos de buena voluntad, insistieron en enviar sus textos a esta edición. Ha trascendido el absurdo: ¡el mencionado Jurado llegó, incluso, a contar con obras finalistas! Si bien todo Jurado tiene derecho a declarar desierto el Premio que estime…resulta bien difícil creer que alguna de esas obras, ¡al menos una!, no detentara la debida calidad. De lo anterior se infiere que… no solo nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos, nos premiamos nosotros mismos, nos reunimos nosotros mismos, sino que, ¡también! nos despojamos, nosotros mismos, con fría indiferencia, de los pocos premios que subsisten. ¿Será que nos asiste la vocación de sádicos? ¿O tal vez hemos devenido masoquistas?
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Grandes cámaras del cine: Pasqualino de Santis

Todos los aficionados al cine conocen el nombre de Pasqualino de Santis, uno de los grandes cámaras de la cinematografía mundial, porque aparece en los créditos de algunas de las películas más importantes que se hayan rodado jamás, y el cine italiano sería otra historia sin él.

A diferencia de los actores, a quienes el público ve en pantalla y cuyas vidas siguen los medios de prensa de un modo obsesivo, los camarógrafos y directores de fotografía a menudo pasan inadvertidos en las listas de créditos de los filmes, pero su trabajo es tan importante como el del director, quien sin ellos no podría rodar su película. Son los autores de la magia definitiva de un filme, pues la mejor actuación puede perder todo su brillo por causa de un mal encuadre, una mala toma o una mala iluminación, y para hacer este trabajo están los imprescindibles cameraman y directores de fotografía. Tras cada filme que conquista uno de los codiciados grandes premios cinmatográficos, salta a la fama o se vuelve un producto de culto, hay una mano maestra operando las cámaras.

Pasqualino de Santis nació en Italia en 1927, y ya en 1945 estudiaba en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma, más conocido como Cinecittá. En 1950 debutó como asistente de cámara en el filme No habrá paz entre los olivos, dirigida por su hermano José de Santis, y volvió a trabajar con él en Hombres y lobos (1056), El largo camino de un año (1958) y Piso de soltero (1960). En La hora de la verdad, del director italiano Francesco Rossi, Pasqualino tuvo que suplir al director de fotografía y desde entonces trabajó siempre con Rossi y editó los fotogrmas de todas sus películas, entre ellas las célebres El caso Mattei (1972), Lucky Luciano (1974), Cristo Se detuvo en Eboli (1979), Crónica de una muerte anunciada  (1987) basada en un cuento del  escritor colombiano Gabriel García Márquez, Diario napolitano (1992) y La tregua (1996).

De Santis trabajó con grandes directores del cine italiano como Luchino Visconti, Federico Fellini, Vittorio Gassman, Franco Zeffirelli, Dario Fo, Vittorio De Sica y Giuliano Montaldo, el polaco Joseph L. Mankiewicz y los ingleses  Joseph Losey y  Robert Bresson. Fotografió a estrellas de la talla de Sophia Loren, Gian Maria VolontéPlacido Domingo, John Turturro, Omar Sharif y otros. Fue director de fotografía de cuarenta y siete de los filmes más significativos de la historia del cine, entre los que sobresalen  El momento de la verdad (Francesco Rossi), Mascarada (Joseph L. Mankiewicz), Romeo y Julieta (Franco Zeffirelli), Amantes  (Vittorio De Sica), La caída de los dioses y La muerte en Venecia (Luchino Visconti), El asesinato de Trotsky (Joseph Losey), Lancelot y Ginebra (Robert Bresson). Como operador de cámara trabajó en dieciocho filmes, algunos de los cuales también se inscriben en la lista de las producciones que han pasado a la historia del cine: La noche y El eclipse, (Michelangelo Antonioni),  8 ½  y Giulietta de los espíritus (Federico Fellini), y Manos sobre la ciudad (Francesco Rossi). Obtuvo algunos de los más codiciados galardones del cine como director de fotografía: el Oscar por Romeo y Julieta, el Premio de la Academia Británica de Cine por Muerte en Venecia, el León de Oro de Venecia por Manos sobre la ciudad, dos veces el David de Donatello por Tres Hermanos y Carmen, cuatro veces el Cinta de Plata por Romeo y Julieta, Muerte en Venecia, Grupo familiar en un interior y Tres Hermanos, Globo de Oro para La Tregua y otros, además de varias nominaciones. También realizó trabajos de guión y publicó El resplandor en la penumbra, un libro donde recogió sus experiencias y testimonios fruto de de sus años de trabajo.

Pasqualino de Santis perdió la vida víctima de un ataque cardíaco en Ucrania, en 1996, durante la filmación de La tregua.

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Cristales de mar: ¿basura o joyas…?

Miraba con mi hija un capítulo de la extraordinaria serie Revenge, donde el protagonista entrega a su amada como regalo de boda un collar hecho con cristales de mar. He visto probablemente cientos de ellos a lo largo de mi vida, pero nunca les había prestado atención porque me parecían basura provocada por los desechos que el hombre arroja en las playas. Fue mi hija, observadora temible, quien se quedó prendada y me hizo mirar los cristales de mar con nuevos ojos. Y tenía razón, porque al hacer esta búsqueda en Internet he descubierto que son joyas, con lo que se reafirma  una frase dicha por alguien que ahora no logro identificar, pero es muy cierta: “Podemos vivir rodeados de tesoros sin saberlo”.

En efecto, cuando usted va a la playa está pisando en la arena una población de joyas de magnífica belleza. No se detenga a pensar, como hacía yo, que provienen de botellas rotas de cerveza o cualquier otro tipo de recipientes de vidrio y no son piedras preciosas de verdad, porque estaría en un craso error. Los cristales de mar son muy valiosos, porque los océanos demoran entre 10 y 30 años en pulir un trozo insignificante de vidrio, y cada día la industria produce más envases de plástico y menos de cristal, por  lo que los cristales de mar tienen el tiempo en su contra y podrían desaparecer de nuestras costas antes de lo que pensamos. Si no me cree, vea esta opinión de un buscador experimentado de tales objetos que vive en Hawai: “En los años 60 podía encontrar docenas de piezas en una sola mañana; en los 70 solía recoger con mi hijo al menos una pieza o dos. Hacia los 90 se hizo raro encontrarlos, ahora simplemente han desaparecido”. En muchas playas ya no volverán a encontrarse.

Mary Beth Beuke, presidenta de la North American Sea Glass Association, ha dicho que los vidrios que aún quedan en algunas costas están tan erosionados y son tan pequeños que ya no vale la pena recogerlos. Ahora dígame si su belleza, el tiempo que demora el mar en fabricarlos y el haberse convertido en una especie en extinción no  les hace merecer la categoría de joyas. Cuando se conviertan en collares, pulsos, aretes y otras piezas decorativas y los rayos del sol incendien sus más vivos colores importará poco si en su origen fueron  botellas, canicas, lámparas, vidrio común, faros de un auto o hasta unas gafas de sol rotas.

Collar y colgante en una gama bicromática de cristal de mar

Mesa de jardín con incrustaciones de cristales de mar multicolores. Uno de los tantos objetos en los que el cristal de mar puede irradiar su belleza y colorido.

Mural para decoración de pared confeccionado con cristales de mar .

Existen en el mundo muchos coleccionistas de cristales de mar, entre ellos hay verdaderos especialistas que poseen colecciones de miles de ejemplares fuertemente valuadas en el mercado de arte. Se han escrito libros sobre los cristales de mar y hay todo un ejército de buceadores que los buscan con el mismo afán que los pescadores de perlas rastrean las ostras. El mercado de cristales es tan jugoso que incluso se ha creado entre los buscadores un código ético que los obliga a devolver al mar cualquier cristal que encuentren aún con sus aristas sin pulir, porque solo tendrá valor cuando el mar haya perfeccionado su trabajo en él.

Los rusos, que no se caracterizan por ser perdedores fútiles del tiempo, poseen una paya a la que han llamado Playa de Cristal. Ubicada en la bahía de Ussuri, antaño era un vertedero de desperdicios en el que las personas arrojaban en grandes cantidades botellas de vodka y vino. Fueron tantos los cristales que se acumularon allí que con  el paso del tiempo cubrieron las arenas y transformaron la playa en un lugar de gran belleza natural. En invierno, los cristales de mar irradian sus colores intensos sobre la nieve, en un inigualable espectáculo de fulgores. Las autoridades del lugar han declarado la playa zona protegida y en la actualidad atrae a gran número de visitantes. Una playa semejante existe en la costa de California, Estados Unidos.

Cristales de mar brillando sobre la nieve. Playa de Cristal, Rusia.

Cristales de mar en una playa de California

Pero si la belleza y escasez de los cristales de mar aún no son argumentos suficientes para convencer sobre su valor, hay que conceder importancia al hecho de que algunos de estos cristales fueron parte de recipientes que llevan siglos en el mar, lo que les otorga como valor añadido su potencial histórico, incluso arqueológico.

Ahora ya usted lo sabe: si desea hacer un obsequio que impresione a la persona que ama o a un amigo, puede crear usted mismo un precioso collar, una pulsera o una lámpara fabulosa que al ser encendida en una habitación cree un concierto de luces tan magnífico como los lampadarios de piedras preciosas que adornaban  los palacios bizantinos.

 

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Hollywood y el sistema de estrellas

Siempre se ha dicho y escrito mucho sobre el llamado sistema de estrellas de Hollywood, la meca del cine estadounidense y más o menos también mundial.  Las autobiografías y biografías de actores nunca dejan de mencionar todos los abusos y maltratos a que fueron sometidos aún siendo estrellas consagradas de la pantalla. Los contratos que debían firmar, vistos hoy a la luz de nuestra época resultan no solo violadores de la dignidad humana y  los derechos más elementales de los actores, sino ridículos, por contener cláusulas donde se hace patente la tremenda hipocresía social no solo de esos estudios fílmicos, sino de toda la moral social norteamericana de la época.

Es posible que la Warner Bross haya sido la productora más pantagruélica en esta tarea de masticar y tragar actores. Sus contratos de trabajo para las estrellas  incluían el derecho de esos estudios a alquilar a sus actores más solicitados a otros estudios interesados en utilizarlos, les gustara a los actores  o no, y estos estaban obligados a aceptar los papeles que les fueran impuestos aún cuando se tratara de malos roles y películas sin calidad, y aunque ello dañara su imagen pública, que no estaba cimentada en el talento el actor, don que los estudios no reconocían y en el que no estaban interesados, sino en la publicidad, que implicaba, desde luego, aparecer en el mayor número posible de filmes proyectados al público. Lo más increíble es que los alquilados no percibían ni un céntimo por esos alquileres y todo el fruto se lo embolsaban los estudios.

Los actores estaban igualmente obligados a asistir a todos los eventos promocionales que los estudios consideraran relevantes y  convenientes para obtener una jugosa promoción de sus estrellas, a la hora que fuera y donde quiera que se celebrasen, aún si ello implicaba viajar a otros países.

Había, igualmente, cláusulas que comprometían al actor a no hacer nada que pudiera considerarse atentatorio contra la moral al uso, y ello incluía prohibiciones tan risibles como la de no dejarse fotografiar con un cigarro en la mano en un club nocturno. Cuando la prensa obtenía fotos que podían “comprometer” al actor pero que resultaban  buenas para publicidad, los estudios hacían que sus técnicos borraran de las fotografías aquellos elementos que resultaran inconvenientes, como por ejemplo los cigarros. Uno se pregunta qué sentido tenía esa prohibición cuando en pantalla los actores debían fumar aunque les desagradara si el guión así lo demandaba.

Este estilo de trabajo que exigía mantener al actor  constantemente en la maquinaria publicitaria obligaba a los actores a excesos de trabajo que muchos pagaron con mermas de su salud, y para mantenerse en capacidad de trabajar muchos actores y también personal de los equipos de filmación fueron obligados a consumir estimulantes entre los que se encontraban las adictivas anfetaminas. El caso de Marilyn Monroe es emblemático en este sentido.

Otro de los conflictos a que el sistema de estrellas sometía a los actores era el de la etiquetación en determinado papel. Muchos actores nunca pudieron salirse de las etiquetas de personaje que los estudios les endilgaron, como es el caso de Bette Davis, la malvada por excelencia del cine norteamericano, quien al mismo tiempo resultó ser una actriz de grandes dotes.

Los contratos de la Warner tenían como mínimo una duración de 7 años, durante los cuales el actor no tenía derecho a filmar con otra productora aunque ello significara una oferta tentadora y aunque en ese momento la Warner no lo tuviera comprometido con ninguna filmación ni proyecto de trabajo. Fue la Davis, mujer de carácter muy fuerte, quien rompió con esta situación y se fue a filmar a Londres a escondidas de sus productores. A ser descubierta os estudios la llevaron a los tribunales. Ella se defendió con bravura  denunciando todos los abusos a que el gremio era constantemente sometido, pero la Warner Bross era una empresa multimillonaria y no podía permitir que semejante juicio fuera ganado por una actriz, pues ello hubiera traído por consecuencia la rebelión de todos los actores contratados y la presentación de incalculables demandas contra contratos, o sea, un posible caos para los estudios, así que Davies perdió frente a los feroces abogados de los estudios.

Sin embargo, a partir de ese momento la situación comenzó a experimentar cambios y las condiciones de trabajo de los actores fueron hacia un mejoramiento paulatino, pues las productoras hollywoodenses se dieron cuenta de que ya no podrían mantener las mismas reglas del juego.  Hoy el sistema de estrellas continúa existiendo  y las etiquetas de personaje siguen siendo muy férreas, al extremo de que un actor como Brad Pitt no ha podido escapar a su etiqueta de sex symbol a pesar de haber demostrado en repetidas ocasiones que puede hacer papeles mucho más profundos y fuertes, pero los grandes actores norteamericanos ya no son marionetas, sino en muchos casos millonarios como Robert Redford, ex sex symbol,  que pueden imponer ciertas condiciones de trabajo a los estudios, y también escribir, actuar y dirigir sus propias películas o trabajar como productores independientes, como lo hizo Redford con la fundación de Sundance Institute. Sin embargo, no parece que el sistema de estrellas vaya a desaparecer, o en todo caso no lo hará mientras Hollywood se mantenga como meca del cine y principal mercado cinematográfico del planeta Tierra.

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X files: Gobierno niega conocimiento pero la verdad está allá afuera

X files ha pasado a la historia como una de las series de televisión más exitosas de todos los tiempos, pese a que su pareja protagónica, los actores Gillian Anderson y David Duchovny, no se cuentan entre las grandes estrellas de Hollywood y tras el fin de la serie sus carreras no los han conducido a una posición más ventajosa en el mundo del cine.

Nacido en Nueva York de la rara conjunción entre un padre judío ucraniano y una madre escocesa, Duchovny realizó estudios en centros universitarios tan afamados como Princetown y Yale, donde hizo un master de Literatura Inglesa. Ya había realizado algunos trabajos para el teatro, el cine y la televisión cuando en 1993 le ofrecieron el protagónico en X files como el agente Mulder del FBI, quien a partir de la abducción extraterrestre de su hermana, ocurrida cuando ambos eran niños, no ha cesado de buscarla y de procurar respuestas a enigmas que se encuentran más allá del alcance de la inteligencia humana. Además de actuar, David escribió y dirigió varios episodios de The X Files. Desde mediados de la serie y después de dejarla, David protagonizó películas como Evolution, Trust the Man con Julianne Moore, Return to Me, The Secret, Things We Lost in the Fire con Benicio del Toro y Halle Berry, y su ópera prima como director, House of D, junto a Robin Williams y su esposa Téa Leoni. También ha protagonizado papeles secundarios en películas como Connie y Carla, Full Frontal con Julia Roberts, Zoolander, entre otras. Se lo pudo ver al final de la serie Sex and the City, donde interpretó a Jeremy, un antiguo novio de Carrie, en el capítulo “Boy Interrupted”. También puso la voz a su personaje Fox Mulder en un episodio de Los Simpson y en varios videojuegos como Área 51. Ha sido entrevistado en innumerables ocasiones y ha conducido programas de televisión. Ha obtenido cuatro nominaciones a los premios Emy y ha sido nueve veces nominado y ganador de los Globos de Oro. Él ha opinado sobre su personaje: Lo más interesante de Mulder es que su obligación es hacer cumplir la ley, pero jamás resolvió un caso en nueve años. Así que debe ser el peor agente del FBI de todos los tiempos”. Es cantante de un grupo de rock y tiene grabado  su álbum Hell or Highwater. Connotado deportista durante sus años universitarios, ha escrito una novela en el que su protagonista, una vaca de granja que ve por una ventana un programa de televisión donde se representa un matadero de reses, y decide emigrar a la India para llevar una existencia respetada y feliz. La acompañan en la aventura un cerdo que quiere llegar a Israel, donde es manjar prohibido, y un pavo convencido de que debe llegar a Turquía para evitar la muerte, puesto que en inglés el nombre de esta nación (Turkey) significa precisamente pavo. Es conocido por su sentido del humor.

Gillian Anderson, más conocida por su papel de Dana Scully en X files, nació en Chicago en 1968 de padre inglés y madre de ascendencia irlandesa y alemana. En Michigan asistió a una escuela de alto rendimiento para estudiantes dotados, con un programa de estudios con fuerte énfasis en Humanidades, donde se graduó en 1986. Renunció a una prometedora carrera como bióloga marina para dedicarse a la actuación. Debutó en el teatro antes de ser llamada para el casting de X files. Los productores no la hallaban apta para interpretar a Scully, pero el productor ejecutivo Chris Carter la eligió desde que la vio en la primera audición. Anderson ganó varios premios por su interpretación de la agente especial Dana Scully, incluyendo un premio Emmy, un Globo de Oro y dos Screen Actors Guild en dos años seguidos como Mejor Actriz en una serie dramática. En 1996, la revista FHM eligió a Gillian Anderson como la “mujer más sexy del mundo”. En 1997 fue elegida como una de las “50 personas más bellas del mundo” por la revista People. En 2008, FHM volvió a nombrarla como una de las “100 mujeres más sexys del año”. Su filmografía cuenta con unos 23 títulos entre filmes y series de televisión. Ella escribió y dirigió el episodio de The X-Files titulado All Things. Ha ganado seis premios Emy y cinco Globos de Oro y otras muchas nominaciones.

Gillian y David en sus respectivos papeles de Dana Scully y Fox Mulder en X files fueron un auténtico fenómeno de masas, un icono pop de los 90 a los que incluso el grupo Catatonia dedicó una canción.

Aunque los Estados Unidos poseen una larga y nutrida trayectoria en obras de ciencia ficción de diferentes géneros, nunca antes las teorías conspiracionistas habían alcanzado en cine y televisión un despliegue tan intenso y directo como en esta serie de nueve temporadas donde el tema queda expuesto a la manera posmoderna, libre de restricciones y tabúes en lo que se refiere a la posible implicación del Gobierno, la CIA, EL Pentágono y el Ejército de los Estados Unidos en planes extraterrestres decolonizar la Tierra y, eventualmente, eliminar la raza humana. Hay, al menos, un antecedente: la serie Roswell, dirigida por Jason Katims, se comenzó a filmar en 1989 y está basada en un incidente real ocurrido en Nuevo México en 1947, cuando testigos presenciales afirmaron haber hallado restos de una nave extraterrestre y cadáveres de alienígenas que luego desaparecieron. Se dijo que habían sido conducidos en secreto a la base militar de Roswell con el fin de realizar experimentos destinados a incrementar el poder del complejo militar-industrial, lo que hasta hoy es negado por el Gobierno de ese país. Este suceso se considera como el nacimiento de la ufología moderna y ha dado lugar a numerosos debates, teorías y especulaciones sobre la existencia de vida extraterrestre. El fenómeno ha tenido un gran peso en la cultura popular y se menciona en numerosas obras de ficción, así como en numerosos documentales y sitios de internet. Aún hoy la zona demarcada como línea 51 es objeto de atención por cazadores de OVNI y gente interesada en la existncia de vida extraterrestre y sus vínculos coel Gobierno mundial.

La teoría de la conspiración tiene antecedentes literarios. Hay que recordar que los títulos más significativos en el mercado del conspiracionismo han sido El enigma sagrado, escrito por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln y publicado por primera vez en 1983, diez años antes que el rodaje de X files, y  trata de la posible existencia de una estirpe secreta derivada del matrimonio entre Jesucristo y María Magdalena que se relaciona con la existencia del Santo Grial; El péndulo de Foucault, del semiólogo italiano Umberto Eco, novela publicada en 1988, que retoma la vieja trama de la conspiración contra los Templarios, surgida en el mismo momento en que el rey de Francia comenzó su persecución contra esa Orden monástico-militar; y El Código Da Vinci, de Dan Brown, cuya primera edición data de 2003 y gira también en torno a la descendencia de Jesús y María Magdalena.  Era inevitable que la ufología o ciencia de los OVNI, con sus historias de avistamientos de naves espaciales, abducciones y extraños sucesos como el del célebre Chupacabras, que hasta hoy permanecen sin explicación, se fusionara con las teorías conspiracionistas del gobierno secreto del mundo para dar lugar a un fenómeno de masas como X files. Como dato curioso, acoto que mientras los europeos admiten la existencia de un gobierno secreto del mundo pero no lo ubican en un lugar definido, los norteamericanos no sienten escrúpulos en extender un dedo acusatorio hacia su propio Gobierno y las principales instituciones de seguridad de su país. Como dice esa socorrida frase anónima, si X files no hubiera existido, habría habido que inventarla.

Especialistas del cine, fanáticos y no fanáticos de la serie han aventurado varias razones para su éxito arrasador. Unos creen que se debe a la gran química existente entre esta pareja de agentes del FBI, el alto y deportivo Mulder y la pequeña y delicada Scully, cuya fragilidad es solo aparencial, pues se trata en realidad de una mujer de carácter muy firme y gran coraje personal, que salva a su compañero con más frecuencia de lo que él la salva a ella; se ha llegado a decir que forman la pareja mejor emulsionada de la historia del cine y la televisión (y vale hablar aquí de cine aunque estemos tratando sobre una serie de televisión, pues X files dio lugar a tres películas con ellos mismos como protagonistas), y a que su relación, siempre oscilante entre la amistad respetuosa y la intimidad erótica de una fuerte atracción, mantienen a los seguidores de la serie en un nivel de expectativa deseosa que actúa como un gancho muy eficaz. Mulder y Scully fueron el origen de lo que hoy conocemos como “shipping”, término que refiere al deseo de los fans de una serie de que dos personajes se impliquen románticamente. La fórmula ha sido repetida en otras series, pero con efectos mucho menos logrados.

Otros piensan que el éxito se debe a Chris Carter, productor ejecutivo y guionista de X Files, lo que desde luego es una verdad como un templo en favor de la serie. Carter es un guionista osado y creativo que no se permite concesiones ni abaratamientos, rompe con todas las fórmulas anecdóticas empleadas antes de él y se apunta a finales a menudo abiertos y hasta incomprensibles, amén de que su trabajo lleva el sello de un ritmo ininterrumpido y un suspense maestro. Es uno de los guionistas de series de televisión más elegantes y refinados  que hayamos visto en Cuba.

Pero mucha gente está convencida de que el verdadero secreto de por qué X files ha sido vista durante tantos años por millones de espectadores en todo el mundo y no parece envejecer como producto artístico (y aún volverá próximamente con una oncena temporada) se  debe a la esencia de su trama, la misma que ha alimentado y sigue nutriendo a la teoría universal de la conspiración: la sospecha de que más allá de gobiernos y presidentes, reyes y monarquías, primeros ministros y transnacionales omnipotentes existe un grupo secreto de individuos con altísimos poderes que controlan el mundo desde la sombra. Cuando comenzaron a pasar por las pantallas las primeras temporadas de X files el fenómeno de los Iluminati prácticamente solo era conocido entre los aficionados al esoterismo y los lectores de Umberto Eco, y muy pocas personas habían oído hablar del grupo Bilderberg y de su reunión anual a la que asisten aproximadamente las 130 personas más influyentes del mundo, mediante muy exclusiva invitación. Simplemente la gente común no estaba sintonizada con la idea de un gobierno secreto mundial y el tema de un nuevo orden mundial se relacionaba  de un modo bastante vago con contenidos políticos sin nombres ni  apellidos. Hoy la situación ha cambiado y el grupo Bilderberg[1] —supuestamente fundado por el millonario norteamericano Rockefeller, conocido por su membresía en la siniestra fraternidad universitaria de los Scull & Bones y probable miembro de la secta Iluminati— son objeto del atento seguimiento de la prensa internacional y públicos muy diversos, y a pesar del alto nivel de inaccesibilidad que han demostrado sus actividades las filtraciones son esperadas con interés por millones de personas que antes de X files no tenían ni idea de su existencia. Cuando Spielberg rodó la miniserie Taken (Abducidos) (2002), el camino ya estaba abierto y el fenómeno de las teorías conspiracionistas y sus adeptos, jocosamente bautizados como conspiranoicos, estaba en pleno auge.

Es importante que los espectadores cubanos, quienes tienen el privilegio de volver a presenciar ahora todas las temporadas de X files, tomen conciencia de estar presenciando un producto que no es una mera serie de entretenimiento: posee también muy fuertes connotaciones políticas implícitas, y por ello marcó una época y ha influido sobre otras series posteriores, aunque no creo que haya vuelto a conseguirse un producto tan integral y de tan alta calidad estética y conceptual que, sin embargo, ha logrado captar durante años la atención de públicos mayoritarios y muy diversos, lo que no siempre puede decirse de todas las producciones audiovisuales. No hay que dejarse confundir por las muchas tramas paranormales e incluso abiertamente fantásticas del guión: X files es la primera serie que denuncia de manera  pormenorizada y frontal la participación del Gobierno norteamericano en experimentos tenebrosos con víctimas militares y civiles, y el papel  de la CIA y el Pentágono en sucesos relacionados con la vida extraterrestre que jamás han sido completamente aclarados y han dado lugar a una sospecha masiva de fraude y ocultamiento por parte de esas instituciones.

X Files tiene mucha tela por donde cortar. Solo con entrar a analizar en detalle todos los enunciados y teorías científicos que aparecen en cada capítulo tendríamos para escribir un libro. No importa si, como repite el agente Mulder, queremos creer o no: la verdad está ahí afuera.

 

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[1] Surgido en 1954, el club Bilderberg envuelve un aura de misterio que se magnifica con el paso del tiempo. Y es que las deliberaciones, al más alto nivel, se hacen a puerta cerrada, sin comunicado oficial y sin resoluciones. Todo secreto, nada público. Una característica que choca con su objetivo, que es impulsar el diálogo entre Europa y Norteamérica. Está integrado por banqueros, políticos, miembros de la realeza, financieros internacionales o dueños de los principales medios de comunicación. Entre ellos están el español Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del grupo Prisa, el estadounidense Donald Rumsfeld, antiguo secretario de defensa de su país, el irlandés Peter Sutherland, entre otros cargos presidente de Goldman Sachs y British Petroleum, el estadounidense Paul Wolfowitz, antiguo presidente del Banco Mundial, David Rockefeller, los Ford o el belga Étienne Davignon, antiguo vicepresidente de la Comisión Europea y expresidente del grupo. “Se trata de una lista exclusiva de figuras de influencia global que ha captado el interés de una red internacional de conspiracionistas, quienes durante décadas han visto al grupo Bilderberg como un esquema globalista-corporativo y están convencidos de que una élite poderosa está moviendo al planeta hacia un nuevo orden mundial oligárquico”. (Kenneth P. Vogel, periodista)

 

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FRASES CÉLEBRES EN LA HISTORIA DEL CINE

Pensar el cine es una tarea difícil, sobre todo porque encierra dilemas que nunca serán definitivamente desentrañados, como, por ejemplo, si el actor debe o no ser inteligente, si debe recrear su propio papel o ser marioneta del director, y el peor dilema de todos: ¿es arte el cine o mera industria mercantil? Quienes trabajan dentro del cine y para el cine no son los únicos en hacerse estas preguntas. El público, en su papel de espectador, también es víctima de estos cuestionamientos, una víctima torturada, además, puesto que es el destinatario natural  de la producción cinematográfica, pero siempre una víctima secundaria. Los más castigados en primer lugar son quienes hacen cine, actores, directores, guionistas equipos de realización, porque la cuota de esfuerzo y de talento que inviertan en su trabajo, ya sea poca o mucha, no les garantiza nunca que las víctimas secundarias les den su aprobación, y es aquí donde el cine muestra su peor lado mercantil: si no gusta, el filme no se vende y aunque sea muy bueno se le considera un fracaso. Algunas de las mentes más brillantes de la industria cinematográfica han dejado para la historia frases memorables al respecto, fruto de profundas reflexiones sobre su trabajo. Estas son algunas de ellas:

“Escribir un guión no tiene nada que ver con ser un buen escritor. El mejor guionista del mundo sería, idealmente, un editor de cine con dotes novelísticas.” (Norman Mailer, novelista. USA)

“Cuanto más logrado sea el personaje del malo, más logrado será el filme. (Alfred Hitchcock, director.” USA).

“Hollywood es un lugar donde te pagan 50 000 dólares por un beso y 50 centavos por tu alma.” (Marilyn Monroe, actriz, USA)

“Algunas estrellas no son buenos intérpretes, pero muchísimos buenos intérpretes no son estrellas.” (John Huston, director. USA)

“Un éxito de varias décadas no es cuestión de suerte, sino cuestión de agallas.” (María Félix, actriz. México)

“El impacto del cine verdaderamente bueno está en hacer hablar a las imágenes. Lo que importa es lo que se ve.” (Klim Eatswood, actor y director. USA)

“Yo no soy el que la gente cree que soy. Tampoco soy, en modo alguno, el que creo ser. Cuando alguien cree saber quién es, se sabe muy bien que, en realidad, no lo sabe.” (Igmar Bergman, director. Suecia)

“El que un director posea un pensamiento profundo o no es algo que se muestra en el motivo por el que hace una película. El cómo, el método, carece de importancia.” (Andrei Tarkovski, director. URSS)

“En realidad, el cine opera en un nivel mucho más cercano a la música y a la pintura que en el de la palabra impresa.” (Stanley Kubrick, director. USA).

“No entiendo por qué el público espera que el arte tenga sentido cuando la vida no lo tiene.” (David Lynch, director. USA)

“Siempre prefiero las actrices rubias. Primero porque su aspecto agradece mejor que las morenas la iluminación y, luego, porque son los mejores cadáveres: una rubia muerta es algo así como una huella de pasos sobre la nieve inmaculada.” (Alfred Hitchcock, director. USA)

2Si sabemos que una película es como un sueño, que puede llevar al espectador a un estado de ilusión, debemos darle un hilo que lo traiga de vuelta a la realidad.” (Tomás Gutiérrez Alea, director. CUBA)

“Hay tres tipos de crítico: a( el analfabeto. B) el que escribe excelentemente pero no capta lo que ve y lo disfraza hábilmente; y c) el que analiza tu trabajo, valora bien fallas y aciertos y sabe exponer adecuadamente el resultado del análisis realizado.” (Bob Hoskins. USA)

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La misteriosa criatura llamada estrella de mar

Cuando era niña tuve la oportunidad de presenciar en el Acuarium de La Habana un combate entre un erizo y una estrella de mar. Yo sabía que el erizo es un animal marino. Nos conocimos en circunstancias algo dramáticas, cuando los pequeños erizos agazapados en el dienteperro de la playa Arroyo Bermejo me pincharon los pies mientras yo intentaba recoger conchitas y caracoles en los acantilados, pero hasta ese día había creído que la estrella de mar era un muñequito inventado por Walt Disney. Los niños, ya se sabe, tienen una percepción del mundo completamente diferente de los adultos.

Pero aquel día perdí mi inocencia sobre el tema. Al comienzo del enfrentamiento yo estaba segura de que las enormes púas del erizo ensartarían a la “indefensa” estrellita de mar, y durante unos veinte minutos permanecí fascinada ante la pantalla de vidrio que me convertía en espectadora, aguardando el gran final. Sin duda esa era la actitud de los espectadores del circo romano, y como ellos, yo también di mi voto, al erizo por supuesto. Pero perdí la apuesta con mi papá, que desde el principio se declaró fan de la estrella, porque cuando todo parecía eternamente detenido, la estrella hizo un movimiento contráctil que le permitió agazaparse sobre e erizo y lo encerró en un abrazo mortal. Su abdomen, que las púas enemigas nunca lograron hincar, expelió una masa gelatinosa sobre su oponente, y pocos minutos más tarde el cuerpo del vencido se quebró dejando al descubierto bajo la dura corteza pinchuda una carne blanda que la estrella, simplemente, devoró. La impresión fue tan fuerte que jamás he olvidado aquello, y desde entonces siento un enorme respeto por las estrellas de mar y me asusto cuando veo en las playas a un niño o una muchacha sonrientes que sostienen en la mano una estrellita depositada por la marea sobre la arena, como si fuera un juguete o un adorno vistoso.

Y no los culpo, porque realmente las estrellas de mar están entre los animales más bellos que habitan bajo el mar. Hasta su especie tiene un nombre maravilloso con ecos de ciencia ficción: Asteroidea. Clasifican en el género invertebrados y existen entre 1500 y 2000 variedades en todo el planeta. No tienen  solo 5 brazos, como las estrellas que todos tenemos en mente, sino que pueden tener hasta 40, lo que las hace semejantes a los pulpos. Su piel está calcificada para protegerlas de ls depredadores que podrían devorarlas, pero esa no es su única defensa, también sus vivos colores, que pueden ir desde el rojo encendido hasta el naranja y el amarillo, tienen la función de asustar a otros animales que se les acerquen con malas intenciones. También pueden ser grises o de un oscuro tono marrón, pero por lo general esos tintes van perdiendo intensidad cuando el animal muere o es sacado de las aguas. Aunque no llegan a tener púas como el erizo, su pie puede ser granulada o forrada con un manto de pequeñas espinas.

Aunque no tienen cerebro ni sangre,  poseen las estrellas un esqueleto formado por placas articuladas. Las estrellas más pequeñas miden unos dos centímetros, pero pueden llegar a crecer hasta más de un metro. Pueden vivir entre 10 y 34 años, algunas incluso más, y alcanzan su madurez reproductiva entre los dos y los cinco años de edad. Pueden vivir en aguas frías o tropicales siempre que sean oceánicas, nunca en aguas dulces, y se las encuentra hasta los 6 000 metros de profundidad. Su movimiento es mayor de noche y se desplazan mediante un sistema de ventosas que hacen las veces de pies diminutos. A pesar del grosor y dureza de su piel, la estrella de mar tiene células sensoriales que le permiten percibir la luz, el flujo de las corrientes marinas y hasta detectar productos químicos.

Las estrellas de mar no comen solo erizos.  En general consumen presas que se mueven con lentitud como moluscos, percebes, caracoles, gasterópodos y otros invertebrados de la fauna marina. Vuelcan hacia afuera el contenido de su estómago. Sus jugos digestivos contienen unas enzimas muy potentes que disuelven los tejidos de sus víctimas, que luego ella succiona con la boca que tiene en el centro inferior de su abdomen. También pueden comer placton, pero digamos que no es su menú favorito.

Las estrellas de mar se reproducen a través de huevos, que algunas esconden entre las rocosidades del fondo marino o entre las plantas subacuáticas y otras mantienen pegados a sus cuerpos hasta el momento del nacimiento. Pero poseen también la capacidad de regenerarse. Y no hablo de que pueden volver a hacer crecer un brazo que les haya sido amputado, sino de que a partir de un brazo amputado la estrella puede volver a crearse enteramente a sí misma, debido a que este animal tiene sus principales órganos vitales precisamente en la punta de sus extremidades.

Aunque sean tan hermosas las estrellas de mar tienen muchos enemigos. Entre los más peligrosos están los tritones, los lobos de mar, los feos cangrejos y las gráciles gaviotas, los albatros y… los erizos. También el hombre es su enemigo, pues se siente atraído por sus vistosos colores y por su forma, que le recuerda a las estrellas del cielo, con las que siempre ha soñado y que han estimulado tanto la fantasía de la raza humana, en especial de los niños, que las incluyen en casi todos sus dibujos. Si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de que las habitaciones de los niños, su ropa, sus juguetes y la decoración de las guarderías y de cualquier espacio que les esté destinado a los pequeños  tienen siempre estrellas de mar dibujadas, coloreadas, impresas, bordadas, en papier maché, en plástico y goma, en fin, en cualquier forma posible las estrellas de mar siempre acompañan a los niños. Lo que muchísimas personas desconocen es que cuando descubren en la playa una estrella de mar y se inclinan sobre ella entusiasmados para cogerla están acercándose a un animal venenoso que puede causarles problemas serios. La potencia de su veneno es muy temida, por ejemplo, por los corales.  Estos les temen tanto que cuando las estrellas se acercan los corales se estresan y eso hace que pierdan sus colores y se tornen pálidos.

 

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Cinefilia, cosas sobre cine que siempre quiso saber y nunca pudo averiguar

Con el muy sugestivo título Cinefilia, cosas que siempre quiso saber sobre el cine y nunca pudo averiguar, la casa editorial Arte y Literatura, del Instituto Cubano del Libro, nos entrega una obra tan interesante y sorprendente que una vez comenzada su lectura es imposible abandonarla.

El título no miente. Este libro está repleto de sorpresas. No solo trata aspectos de Hollywood —la meca del cine como todos conocen a estos gigantescos estudios situados en California, USA—, tales como escándalos, secretos no divulgados de las estrellas, abusos cometidos por los productores contra los actores y el personal de trabajo, sino que incorpora, además, documentos que son verdaderas perlas, como la carta enviada por Marlon Brando con una india norteamericana a la entrega de los Premios Oscar, a la que él decidió no asistir en protesta por los crímenes y atropellos cometidos por el Gobierno contra los nativos; el texto del contrato con todas sus cláusulas que debían firmar los actores y comprendía restricciones en terrenos tan personales como la moral, la sexualidad y la religión; muchas páginas dedicadas a curiosidades del cine norteamericano; ensayos breves sobre figuras relevantes del sistema de estrellas y un muy interesante trabajo sobre el macartismo, que nos enfrentará al hecho de que sabemos poco o nada sobre uno de los fenómenos más escandalosos y virulentos de la historia del cine.

Esta obra del periodista e investigador Rodolfo Alpízar (La Habana 1929) tiene, en mi opinión, un gran valor que sobresale por encima de sus otros aciertos, y es mostrar de un modo muy completo y coherente la maquinaria demoledora de almas que es el llamado sistema de estrellas del cine norteamericano, del que han sido víctimas actores con talento y personalidades frágiles como Marilyn Monroe, por solo mencionar un nombre, y también directores, guionistas y escritores. El lector podrá tomar conciencia de un modo ameno e interesante de un fenómeno terrible que queda oculto tras la pantalla donde se proyectan las películas, y podrá percibir de un modo a veces doloroso cómo la penumbra de una sala de cine está entretejida con sufrimientos, sacrificios y fracasos aniquiladores que sin una voz que los denuncie, quedarían ocultos para siempre del conocimiento del espectador tras la magia de las imágenes en movimiento, la música y esos rostros que todos conocemos y esperamos, las estrellas modélicas que a pesar de no haber sido jamás dueñas de sus vidas en no pocos casos han señoreado y guiado las nuestras por caminos falsamente edulcorados.

Santovenia se ha dedicado a la crítica de cine. Es miembro de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y de la Asociación de Prensa Cinematográfica (ACPC). Es autor del Diccionario de Cine. Términos artísticos y técnicos, con dos ediciones a cargo también de la editorial Arte y Literatura. Ha publicado con varias revistas y periódicos de Cuba.

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Romeo y Julieta en las tinieblas

Hay grandes temas dentro de la literatura universal que tienen la fuerza arrasadora del eterno retorno, y la historia de Romeo y Julieta es uno de ellos. Hace décadas la televisión cubana trasmitió una telenovela con el título de este post basada en la obra  del genial dramaturgo inglés William Shakespeare, protagonizada por los actores cubanos Miriam Mier y Ramoncito Veloz. Nadie que haya leído esta celebérrima tragedia isabelina de amores imposibles y de muerte puede olvidar a Shakespeare aunque sea  ese  el único texto que conozca del gran dramaturgo inglés. Muchos espectadores cubanos tampoco han olvidado la versión nacional, donde la historia se trasladaba a la Alemania nazi —fue en esa telenovela donde yo escuché hablar por primera vez del gueto de Varsovia y donde vi, también por primera vez, la estrella de seis puntas, emblema del pueblo hebreo, en forma de escarapela bordada que los nazis obligaban a llevar a los judíos sobre sus ropas para identificarlos—. Y hay películas que tampoco se olvidan jamás. En las listas de mejores filmes que tanto gustan publicar las revistas especializadas casi siempre encontraremos una y otra vez la versión de Romeo y Julieta del director italiano Franco Zeffirelli.  Si uno observa con atención los títulos que suelen repetirse en las listas individuales de favoritos, podrá apreciar que la gran mayoría de las obras mencionadas tienen una banda sonora también inolvidable. Suscribo en todas sus implicaciones la opinión del director cinematográfico Stanley Kubrik, quien dijo: “En realidad, el cine opera en un nivel mucho más cercano a la música y a la pintura que en el de la palabra impresa”. Quienes no conocen la tragedia shakesperiana no recuerdan seguramente nada de los diálogos del filme, aunque fue una adaptación literal de la pieza de teatro, pero todos recuerdan la música.

Las melodías para la banda sonora de esta película fueron encargadas por su director al compositor italiano Nino Rota. El tema central, la canción Amor (aunque también se la conoce por otros títulos) se convirtió en un éxito sensacional y ha sido interpretada por cantantes famosos de todo el mundo, entre ellos Luciano Pavarotti. Rota nació en Milán en 1911 y fue un niño prodigio que empezó a componer a los 5 años y a los catorce ya había escrito una ópera. Estudió en Nueva York composición, dirección e historia de la música. Su maestro de música general fue el célebre italiano Arturo Toscanini, y Aaron Copland lo instruyó en la asignatura de música para cine. A los 22 años creó su primera composición musical destinada a la gran pantalla.

Los más grandes directores del cine italiano tuvieron a Nino Rota en tan gran estima que le encargaron la música para varias de sus películas. La primera fue El jeque blanco, rodada por Federico Fellini en 1952. Rota fue también el autor de las bandas sonoras de La dolce vita, Ocho y medio, Amarcord y Casanova, también de Fellini;  Rocco y sus hermanos y El Gatopardo, de Luchino Visconti y la ya legendaria saga El Padrino, del norteamericano Francis Ford Coppola, cuyo vals que da inicio a la primera escena de la primera parte ha resultado una melodía tan inolvidable y emblemática como Amor. Además de toda la música que escribió para el cine fue autor de una importante obra de concierto. Compuso sinfonías, conciertos para piano y cuerda, piezas de cámara y oratorios. Se le ha definido como una de las más brillantes carreras musicales en la historia del cine. Murió en 1979.

Otro de los grandes aciertos de Romeo y Julieta fue la estrella de su casting. Zeffirelli se propuso desde el principio no solo respetar la literalidad de los diálogos shakespearianos, sino la edad de los personajes, por lo que decidió trabajar con actores entre los 15 y los 18 años en los papeles principales. Para elegir a la actriz que interpretaría el rol de la adolescente y apasionada Julieta hizo más de mil audiciones, y aunque inicialmente descartó a Olivia Hussey por parecerle que la jovencita tenía exceso de peso, terminó por elegir a aquella chica inglesa nacida en Argentina (hija de un morocho cantante de tangos y una británica) quien tenía 16 años en el momento inicial del rodaje. Para evitar que la muchacha continuara engordando durante la filmación Zeffirelli prohibió que fueran servidas pastas en el set de rodaje. Aunque los vestuarios medievales hubieran podido disimular algunas libras de más en la actriz debutante, el problema es que en el filme hay una escena de desnudo y Zeffirelli quería que la imagen resultara impecablemente bella. Como Olivia era menor de edad el director tuvo que obtener un permiso especial para mostrarla sin ropa junto a un Romeo en el mismo estado.

Hay que reconocer a Zeffirelli un instinto certerísimo por esta elección de su actriz principal, porque el rostro de Olivia se grabó para siempre en la memoria de todos los que vieron la película y sigue haciéndolo en los espectadores de hoy, porque es el rostro arquetípico de una virgen, en el que se emulsionan la belleza, la candidez, la sensualidad y una muy acentuada nota trágica. Quien entre en los foros de webs y blogs dedicados a esta película encontrará las más rendidas declaraciones de amor platónico a este arquetipo de inocencia y deslumbrante juventud.

No ocurre lo mismo con el actor que interpretó a Romeo, aunque el director puso igual cuidado en la elección del actor de 17 años Leonard Whiting, escogido entre otros 300 jóvenes. Zeffirelli dijo de él: “Tiene una cara magnífica, la melancolía suave y dulce, el tipo de hombre idealista que Romeo debe ser”, pero lo cierto es que nadie lo recuerda. El tiempo ha demostrado que la perfección de un semblante no siempre basta en el cine para ganar la permanencia en la memoria de los espectadores. El rostro de Leonard es bello, pero carece de la extraña vida interior que asoma a los rasgos de Olivia. Él solo pudo actuar en algunas películas tras el gran éxito del filme de Zeffirelli (Casanova, de Fellini, y Frankenstein). Seis años después de su Romeo su carrera se estancó para siempre y hoy lleva una existencia anónima.

Muchas personas, incluida yo misma, nos hemos preguntado qué fue de la bella Julieta de Zeffirelli. La fugaz belleza de Olivia obtuvo una carrera cinematográfica más duradera, con más de 40 títulos pero sembrada de papeles secundarios. Sus roles más importantes fueron el de María de Nazareth, madre de Jesucristo, y el de la célebre religiosa Madre Teresa de Calcuta —coincidentemente también aureolados de santidad—. Obtuvo los premios de actuación Globo de Oro y David de Donatello, el primero por su desempeño como Julieta, pero ninguno de sus logros ha estado jamás a la altura de la promesa que fue en este magnífico filme que hizo época en la cinematografía europea y está considerado como la obra cumbre de Franco Zeffirelli. Miriam Mier y Ramoncito Veloz tuvieron carreras actorales mucho más ricas en esta pequeña isla caribeña.

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