REINCIDIENDO EN EL PASADO

Bueno, me embullé, lo confieso. Este es el último cuento de ciencia ficción que escribí por los noventa. Para algunos no pertenece al género. Otros piensan que sí. Yo pienso que es un híbrido, pero siempre me ha gustado de un modo especial porque contiene mi pensamiento sobre la contradicción entre destino y libre albedrío, un tema apasionante que ocupó muchas horas de mi vida hace ya bastante tiempo, un tiempo maravilloso que nunca va a volver. Este cuento fue algo de lo que se salvó en aquel naufragio. No estoy segura de que sea la versión que apareció publicada en mi libro El druida, pero algo es algo… Lo que siempre me ha imnportado decir es que por muy negra que sea la noche y por muy impuesta su oscuridad, el retorno a la luz siempre es una elección posible.

CAÍN EN LAS ENTRAÑAS DE LA NOCHE

Sacólos de las tinieblas
y de la sombra de muerte
y rompió sus prisiones.

Salmos

I

La luna iluminaba el vallado de plátanos inmensos que ceñía el jardín como un anillo mágico. Un sendero de grava y hojarasca podrida llevaba hasta la casa. El musgo cubría los muros como una verde piel y los postigos permanecían siempre cerrados a la invasión de la luz. De los aleros colgaban esqueletos de flores.

Adán y Eva yacían sobre su lecho náufrago; cuando ella se dio vuelta, él sorprendió en sus ojos una marea triste que avanzaba hasta desbordarle los párpados. La rodeó con su brazo, pero lo retiró al instante al sentir el temblor de los huesos bajo la carne estremecida. Otro día más que había nacido muerto, se dijo. Abandonó la cama y comenzó a vestirse.

—Ya no estaremos solos —lo alcanzó la voz de ella—. Alguien está levantando una casa en el terreno de al lado.

La observó de soslayo, desnuda en el espejo. Eva se encontraba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos apretados bajo las axilas, mirando hacia el jardín en la postura exacta de una persona que deseara negar su cuerpo, olvidarse de él. Adán podía sentirlo, porque había adquirido el hábito de interpretar a su mujer como si fuera un pergamino iluminado, con historias que ya nadie recordaba.

—Dicen que están llegando forasteros a Barranco Sur —insistió Eva—; y compran terrenos baldíos…
—Yo no he sentido nada —le respondió por no dejarla a solas con sus propias palabras.

—Yo sí —dijo ella sin mirarlo—. Desde hace tiempo percibo cosas que tú no sientes.

Adán captó el reproche, apenas velado, y se estremeció como siempre que recordaba la sala del hospital y el pecho del niño, inmóvil como una paloma dormida. Eva vivía suspendida en una zona intermedia entre la sobra y la luz, como un ángel precario en su equilibrio por culpa de unas alas desmesuradas que el más ligero viento podía impulsar hacia lo oscuro. Y adán temía ser ese viento. Eva se cubrió con una bata desgarrada. De una brusca sacudida apartó el cabello rojizo que le caía sobre el rostro y encendió un cigarro con la mirada perdida en el vacío uno de aquellos cigarros para hombres, con su aroma rancio y sórdido de bar de mala noche. Adán quiso encontrar dentro de sí un resto de piedad, pero no halló más que la imagen de una mujer que se desmoronaba ante sus ojos como un montículo de arcilla.

Eva flotó por el espacio circular de las estancias hasta que se detuvo ante una puerta cerrada. La abrió y retuvo el aliento mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra. La cuna estaba allí, deshabitada en su rincón, y los juguetes la observaban desde la repisa con sus pupilas de canicas brillantes.. Ella sabía que eran cómplices mudos del alma que aún vagaba entre aquellas paredes. De noche los sentía animarse y retozar con el pequeño espectro. En más de una ocasión había escuchado risas y carreras amortiguadas por la alfombra, en cuyo prado de juncos dorados Peter Pan perseguía a las hadas sumándose gozoso a la inocente fantasmagoría.

—Abel… —llamó, y su voz vibró como una telaraña batida por el viento.

Cada mañana asistía con el cuerpo helado a este ritual con que tal vez se proponía renovar la engañosa esperanza de recobrar al niño, o quizás castigarse a sí misma por aquella muerte, que no había podido evitar, enfrentándose cada amanecer a la terrible realidad de la ausencia. Adán, en cambio, no traspasaba jamás aquel umbral, pero ella no le concedía el olvido y se vengaba dejando al alcance de sus ojos los biberones vacíos, los juguetes, una prenda del niño, y espiaba rapaz la crispación de aquel semblante que tanto había amado en otros tiempos. Después, su placer se iba diluyendo en la dolorosa perplejidad de la nada.

Al mediodía el muchacho de la tienda trajo una cesta de provisiones y varias botellas de vino.. Eva se ensombreció al verlas. El muchacho explicó que Adán enviaba todo aquello porque esperaba invitados a cenar, y cuando terminó de hablar se encogió de hombros como si quisiera hacerse perdonar por su presencia. Después de entregarle unas monedas, Eva lo despidió. Cuando vio su bicicleta azul perderse más allá de los plátanos, sacó las botellas de la cesta, se deslizó hacia el suelo hasta quedar sentada con la espalda contra la pared, y comenzó a lanzarlas una a una contra la puerta cerrada. De una feroz dentellada descorchó la última y empezó a beber a grandes tragos, produciendo con su garganta un sonido semejante al de un pantano borboteante que se traga a su víctima, sin reparar en el hilo de sangre que resbalaba de sus encías mezclado con el vino.

II
Los invitados llegarían pronto, pero Eva no se había vestido aún: contemplaba en silencio la luz de luna que rayaba su carne como una piel de cebra. Adán aguardaba en la sala, paseando avergonzado su mirada entre las manchas de vino, que no había conseguido limpiar completamente de la blancura de la puerta, y el reloj en cuya esfera las agujas de bronce tejían velozmente las sandalias del tiempo. Contempló una vez más la caja de cristal donde guardaba sus condecoraciones militares, y se dijo, como siempre hacía, que nadie puede equivocarse de destino. Después de la masacre, se había enterrado con su cantimplora de brandy bajo la paja del granero que servía de escondite al comando, y había bebido hasta la última gota para olvidar que estaba en un país lejano en el que nadie lo quería, y donde los hombres como él podían dejar sus osamentas. No quiero tener hijos de un alcohólico, había dicho Eva años después , y él había ocultado sus botellas bajo la cama como un arma infalible contra las pesadillas, hasta que ella terminó por acostumbrarse. Estaba completamente borracho la madrugada en que un desconocido bajó de las colinas y apretó aquella almohada contra el rostro de Abel, hasta que el llanto del niño se apagó. Extraviado en la pradera de sus sueños, no adivinó la tragedia en el cuarto del hijo. Después de su muerte, Eva también bebió para nutrir su sueño del retorno.

Esta noche Eva no había preguntado quiénes serían los invitados; sin duda los de siempre, porque en Barranco Sur no había mucha variedad. Adán los convocaba para no estar a solas con ella cada noche, y ambos los aceptaban como un mal necesario. Pero ahora se animó cuando la conversación recayó sobre los forasteros que estaban instalándose en las tierras baldías del pueblo. Alguien dijo que eran científicos venidos de la capital para estudiar un meteorito caído sobre las colinas semanas antes.

Eva recordaba la violencia de la explosión en medio de una noche poblada por cigarras. Desde entonces descubría grietas en las paredes de la casa, por donde se filtraba un polvo gris, y había notado un sorprendente aumento de tamaño en los insectos que habitaban bajo las piedras del jardín.. Todo el mundo comentaba sobre los invisibles albañiles que preferían construir de madrugada, pero nadie los había visto mientras levantaban sus paredes en la sombra con la celeridad de dioses alados. Cada cual especulaba ofreciendo su propia hipótesis, y al final, cuando se marcharon, quedó en el aire el eco de sus revelaciones inquietantes. Erguido entre los plátanos, Adán los despidió con un gesto que fue como un conjuro. A lo lejos, sobre las colinas, caía una lluvia de astros moribundos.

III
La metralla estallaba por doquier, como si el cielo fuera un espejo roto que vomitara sus esquirlas humeantes sobre la tierra. Los hombres corrían entre los tanques y sus gritos se confundían con el silbido de las bombas, mientras, en la oscuridad, la sangre se derramaba sin pasión de los odres humanos.

El capitán Adán B., agazapado entre las ruinas, contemplaba los cuerpos esparcidos a su alrededor, fascinado por el modo en que las llamas esculpían sobre sus rostros muertos perfiles infernales. El enemigo había roto las magras defensas y ahora se encontraba del otro lado del río, tomando posiciones para atacar la aldea.. Los superiores del capitán Adán B., habían advertido a cada miembro del comando que en las entrañas de la noche habría hombres amarillos aprestándose a descargar sobre ellos el golpe mortal. No había que fiarse de aquella raza de enanos vengativos y cargados de odio.. El capitán apretó entre las manos su puñal, mientras pensaba que no quería regresar a su país envuelto en una bandera. Y así, se preparó para el duelo final con el fantasma que le acechaba en las entrañas de la noche, y que, como él, también se preparaba.

Chocaron de improviso en la irrompible oscuridad. El capitán fue más veloz y hundió el acero con todas sus fuerzas en el pecho de su adversario, pero no halló la resistencia de un duro músculo viril, sino una masa informe y blanda como una burbuja llena de agua, y se preguntó ansioso cuándo acabaría el viaje interminable de su arma a través de aquella misteriosa flojedad . El otro cuerpo se derrumbó sobre la tierra húmeda de sangre. Agotado por la tensión del encuentro y poseído por una sospecha cruel, el capitán Adán B. Esperó el amanecer tendido a pocos metros de su víctima. Pudo haber regresado de inmediato con los suyos a su base en las colinas, pero algo inexplicable lo retuvo allí, asfixiado por el hedor de las vísceras pisoteadas, escuchando el estertor de los moribundos en una noche sin final que lo acercaba a cada instante al mundo de los ciegos.. Hasta que se hizo la luz y descubrió junto a su cuerpo los despojos de una mujer encinta que apretaba entre sus manos encallecidas una piedra afilada como la hoja de un puñal. Su vientre grávido palpitaba aún, y tenía clavado hasta la empuñadura el cuchillo vencedor.

Adán B. Regresó a su pelotón y siguió malviviendo hasta el fin de la guerra, asqueado y escéptico, pero todavía lúcido. Meses más tarde, cuando escapaba de aquella tierra devastada colgando de un helicóptero; cuando necesitaba más que nunca concentrar todas sus fuerzas para no precipitarse en un océano de sangre coagulada, escuchó el llanto del Feto por primera vez. Aunque el viento azotaba su rostro con furia descarnada, hizo un esfuerzo sobrehumano para encontrarlo a su alrededor. Aquel tormento sólo duró un instante, pero fue suficiente para que Adán comprendiera que aunque se había salvado, regresaba maldito para siempre.

IV
Adán sintió al niño caminando por la casa .Nunca salía de su habitación el pequeño fantasma, pero esa noche deambulaba por los corredores golpeando las alfombras con sus pies desnudos. Adán le tenía un miedo mortal. Y si en vida había amado tanto a su hijo, ahora odiaba con toda su alma a aquella sombra que no se resignaba al solitario encierro de la muerte. La culpa era de Eva, que no le permitía diluirse en la eterna paz, con sus absurdos rituales para mantenerlo atado a un mundo al que ya no pertenecía, llenando la casa de velas y ofrendas, de inciensos y de flores con olor a camposanto. Ya no le bastaba la tumba como lugar de encuentro con el hijo asesinado. Necesitaba templos por todas partes, convertir el mundo en una red de puntos estratégicos donde emboscar al huidizo espíritu. También hubiera querido invadir la mente de Adán, pero él defendía el recinto con todas sus fortificaciones. Sin confesar jamás que el principal obstáculo no era el horror a dejarse poseer por aquel culto que aniquilaba la razón de su mujer, sino la realidad de que el refugio ya estaba poblado por u inquilino más antiguo, que iba creciendo dentro de él como no pudo hacerlo en el vientre de la madre que lo engendró muy lejos de Barranco Sur. La mente de Adán era un amnios que se hinchaba sin parar, y él vivía aterrado esperando el momento del alumbramiento. Sabía que el Feto no avisaría con ninguna señal su decisión de salir al mundo, y Adán no imaginaba cómo quedaría todo su ser luego de ser abandonado por aquel hijo de su culpa. Se consideraba a sí mismo como la primera criatura de este mundo que había sido fecundada por la Muerte.

Se despertó bañado por los sudores de la pesadilla. Toda la casa estaba silenciosa. Tenía la boca reseca y buscó a tientas bajo la cama, pero no había más botellas. A su lado, Eva dormía ajena. Salió al jardín y se sentó sobre el brocal de la fuente, húmedo por el rocío de la madrugada. Se sintió pacificado entre los cantos de las cigarras y la fragancia de los limoneros, sucumbió a un dulce sueño y fue velado por las estatuas de dioses y quimeras, de un mármol que había sido blanco en otros tiempos y ahora aparecía cubierto por una pátina de musgo suave y pútrida como ceniza de la noche. Las estatuas comenzaron a moverse sigilosamente de un lado a otro del jardín, y el rumor de sus pisadas despertó a Adán. Los ruidos provenían, en realidad, del terreno vecino, donde le pareció descubrir unas sombras deslizándose entre los árboles. Entró a la casa y regresó trayendo su escopeta de caza lista para disparar. Moviéndose como una sierpe llegó junto a la cerca que separaba las dos propiedades, y ocultándose entre los arbustos espió hacia el otro lado. Comprobó con asombro que la construcción había crecido mucho desde la noche anterior: ¿cómo es posible que haya adelantado tanto?, se preguntó mientras contemplaba las vigas del techo desnudas bajo el relente. Trató de mantener la calma diciéndose a sí mismo que aquella solitaria estructura poblada por luciérnagas no podía ser real. Pero allí estaba, y la escopeta quedó colgando entre sus manos como una rama inerte. El canto de unos gallos lejanos lo rescató de su estupor. Atontado, regresó a la casa. Eva estaba desnuda frente al gran ventanal.

—¿Los has visto? —preguntó sin apartar sus ojos de la noche.

—No estoy seguro —la evadió él.

—Yo sí. Los siento cada madrugada. Son como termitas que cavan y cavan… Están levantando un termitero para esconder sus larvas donde nadie pueda destruirlas.

Adán sintió vibrar en sus palabras notas sombrías de resentimiento.

V
El capitán salió a recorrer la calle central de Barranco Sur. Le pareció que había mucha gente aglomerada a las puertas de la iglesia. Era una larga fila de rostros abatidos, a pesar de lo cual sintió la tentación de incorporarse para estar menos solo. Preguntó a un anciano el motivo de la reunión.

—Hoy no sé qué pasa —contestó el viejo—, pero yo vengo todos los días a confesarme y a rezar, porque la muerte puede llegar en cualquier momento y es mejor estar limpio.

Adán repitió su pregunta a una mujer.

—Yo vine a oír el sermón del párroco. Dicen que hoy va a predicar sobre la redención.

Adán la observó discretamente y vio que ya no estaba en edad de pecar. Sobre su moño prematuramente encanecido temblaba un minúsculo sombrero de florecitas que daba a su dueña un aire de conmovedora inocencia. De qué iba a necesitar ser redimida, y Adán se respondió a sí mismo que tal vez ella intentaba, como él, huir de antiguas culpas no purgadas.
En ese momento apareció en lo alto de la escalinata de la iglesia una enorme mariposa marrón, y era el párroco en su sotana de desleídos carmelitores, que alzaba las manos hacia la multitud mostrándole un montón de papelitos de colores.

—¡Manténganse en orden, hijos míos! —gritaba a la gente—. Tengo palabras para todos y todos serán perdonados y recibidos en la gracia del Señor. A ver, hagan cola…

Y avanzó a todo lo largo de la fila, repartiendo tiquecitos a cuanta mano se extendía afanosa hacia él. A Adán le tocó uno que decía:

En la casa del desesperado no crece más que la hierba negra.

Adán había esperado encontrar algún versículo que oliera a profesía, o cuanto menos a consuelo.. Decepcionado, estrujó su tiquecito y lo lanzó al suelo. El cura lo miró sin asombro.

—No importa, hijo mío, si no le gustó ese, aquí tiene otro.

Y le ofreció uno nuevo. Adán pensó que no perdía nada con probar y tomó el papelito, que decía esta vez:

En estos cuartos oscuros donde paso días agobiantes
Doy vueltas buscando las ventanas,
Y no logro encontrarlas.
Quizás la luz sea un nuevo tormento.
Quién sabe qué nuevas cosas mostraría.

El cura esperó un momento, pero enseguida se percató de que tampoco esta vez Adán había quedado satisfecho.. Abrió los papelitos en un amplio
abanico y él mismo prensó uno con sus uñas sucias para ofrecérselo a la oveja descontenta.

—Te doy uno de contra, hijo mío —advirtió—, pero debes saber que será el último para ti, porque las oportunidades del hombre siempre son finitas.

Adán aceptó el papelito y leyó sin mucha convicción:

La primera emboscada de los dioses es la nostalgia.

El papelito era gris. Convencido de la locura del párroco se guardó el tiquecito en un bolsillo y continuó su camino.

Al pasar frente al consultorio del médico del pueblo vio la sala de espera repleta de pacientes. Le pareció un buen lugar para dejar sus penas, porque los consultorios no tienen ese aire acusador de los confesionarios, sino ese olor a modernidad y ambientador floral que empequeñece graciosamente todas las culpas. El doctor, meticulosamente rasurado, lo recibió con agrado. Tras los preliminares de costumbre Adán le confesó que cada vez temía más enloquecer, y le narró en detalle su incursión a la propiedad vecina y lo que creía haber visto. Dijo que Eva ya no dormía, y se quedaba despierta hasta el amaneces escuchando, mientras los instintos se le apelmazaban en el silencio de la madrugada, hasta era capaz de percibir el temblor de la hierba en el jardín, las tenues vibraciones que emanaban del vallado de plátanos y otras muchas cosas inexplicables. También el cura de la parroquia había enloquecido y repartía a la gente heréticos versos griegos como si fueran la palabra de Dios.

—Ya sabía yo que algún día el venerable padre terminaría trastornado por tanta relectura de Kavafis —asintió el médico sin sorpresa, y añadió con una voz amable que despertó la desconfianza del capitán—: El problema, Adán, es que todos hemos enloquecido en este pueblo. Todos contaminados por las emanaciones de esa planta nuclear que nos han clavado contra nuestra voluntad en las colinas. Todo está envenenado, los suelos, las legumbres, las carnes, el agua, el aire y hasta nuestra propia sangre. Tú no has notado nada porque no cultivas tus terrenos y todo lo compras precocinado en los mercados; nunca sales de tu mansión embrujada y te pasas la vida entre libros y botellas. En fin, que entre otros males, padecemos una psicosis colectiva con alucinaciones aleatorias.

—No —interrumpió Adan—. Mis fantasmas son reales. Van y vienen por los corredores. Eva también puede verlos y yo percibo cómo rondan en torno a nosotros. Abel no se ha ido, porque ella no lo deja partir, y el Feto también sigue creciendo aquí dentro
—y se golpeó la sien con el puño apretado—, siempre creciendo, aumentando hasta que me estalle el cráneo como una cáscara de nuez.

—No seas ingenuo— dijo el médico poniéndose muy serio—, las visiones no son más que visiones. Pueden enloquecerte, pero jamás serán reales. El peligro nuclear sí que es real, mi amigo. Barranco Sur podría desaparecer de la faz de la tierra en cualquier momento, y la gente lo sabe, aunque todavía no haya comprendido con exactitud las verdaderas causas. —Miró a Adán con cierto aire cómplice y agregó haciendo un gesto muy expresivo —: El más mínimo descuido y ¡zas!

—¿Y el meteorito? ¿Cómo es que no Acabó con todo en su caída? Yo he leído que en Tungushka…

El médico envolvió a Adán en una mirada preñada de misericordia:

—¿De qué me hablas? Nunca hubo tal meteorito, aunque lo digan el gobierno y todas las agencias de prensa del país. Creí que lo sabías: fue una prueba nuclear subterránea… ¡Pero cómo no estás al tanto, si en todo el pueblo tú eres quien vive más cerca de esa maldita central!

—¿Pero por qué todo esto? —preguntó Adán, desconcertado al comprender que él tampoco comprendía bien las verdaderas causas.

—¡Adán, Adán! —balbuceó el médico; porque todo se está derrumbando como una casa sin horcones: memento homo, qui pulvis eris et in pulvis reverteris… ¡A lo mejor ya estamos muertos!

Adán se sintió anonadado. El médico lo acompañó hasta la puerta propinándole en el hombro palmaditas de consuelo. En el umbral le entregó un frasco de píldoras de colores.

—Opiáceos—dijo guiñando un ojo con picardía—.Alcanzarán para Eva y para ti. Y no te preocupes demasiado, que todos estaremos untos en el Juicio Final.

VI
Adán cruzó la sala de espera en el momento en que el dueño de la armería de Barranco Sur libraba un discurso a los presentes:

—Todo esto es una conjura del gobierno. Los militares están creando una nueva arma secreta en la central de las colinas, y como ya todos en el pueblo estamos contaminados y se quiere evitar un escándalo internacional, nos van a sustituir con gente sana para que el asunto no se descubra antes de lo previsto. Nos están eliminando poco a poco… ¡Por eso yo digo que cada uno de nosotros debe comprar un arma y prepararse para defender a su familia, hay que disparar contra los federales…!

—¡Descreidos! —intervino una señora en la que Adán reconoció a una de las beatas que cantaban en el coro de la iglesia—. Lo que nos está pasando es obra del Demonio. Estamos terriblemente empobrecidos, desde hace tiempo venimos perdiendo verdades esenciales como el amor, que es el esqueleto del alma, y el alma es el motor que mueve al hombre. Dios nos ha deshabitado porque ya no sabemos amar, y Satanás ha enviado sus legiones para que se apoderen de nuestros cuerpors y destruyan nuestras almas. ¡Pero el Señor no lo permitirá! El hará caer otro Diluvio para lavar la tierra, y en nuestro lugar va a poblar de ángeles Barranco Sur.! Arrepiéntanse de todos sus pecados, porque ya llega el Día…!

Adán quiso saber si alguien había visto a los misteriosos albañiles nocturnos. Todos se miraron entre sí con suspicacia y algunos asintieron en silencio.

—Sí—admitió la maestra de la escuela de música—, pero no tiene nada que ver con el Gobierno como ha dicho este señor. Todo el mundo sabe que es una nueva invasión extraterrestre, una manera sutil de colonizar nuestro planeta. Llegan y comienzan a copiarlo todo, las casas, las personas… Y a nosotros nos van eliminando poco a poco, nos cambian por dobles nuestros para que el resto del planeta no descubra que el Experimento ya empezó por aquí.

—¿Y las pastillas que está repartiendo el doctor? —preguntó algún medroso—, ¿no tendrán algo que ver con el asunto? ¿Si es él el loco y nos está matando…?

—Son para facilitar las cosas —quiso explicar alguien—. ¿Es que no se han dado cuenta que este médico es un aliado de los marcianos?

Adán abandonó el consultorio y salió en busca del fresco de la calle y enseguida se sintió mejor. Ya pensaba regresar a su casa cuando por una esquina de la calle empezó a derramarse una marea humana que gritaba con todas sus fuerzas. Eran los adolescentes del pueblo, con sus largos cabellos atados con cintas y sus rostros perpetuamente airados. Portaban pancartas y cartelones y arrastraron a Adán en su tumulto como una oleada irresistible. Adán pudo leer a duras penas “No más guerra, no más hambre”, “Sea el hombre sobre la Tierra y no la tierra sobre el Hombre”, “Salvemos el planeta”, “Abajo la bomba de neutrones”, “!Fuera la planta nuclear de Barranco Sur!” y otros muchos que no alcanzó a distinguir, porque el brillo del sol sobre la tinta fresca lo cegaba.. El adolescente que portaba el último cartel iba vestido de calavera, con el rostro embadurnado de un pigmento rojizo que imitaba la sangre, y tenía un aspecto bastante impresionante con sus pupilas dilatadas por la droga y su aire salvaje. Al pasar junto a Adán, ambos se miraron un instante a los ojos, y el muchacho, en un gesto espontáneo, le tendió su pancarta, como si quisiera significar que le estaba dando una oportunidad. Adán no se movió, paralizado por su inercia habitual. El muchacho escupió con desprecio y continuó su marcha gritando aún más fuerte.

Adán los siguió a distancia como un sonámbulo, y los perdió en las afueras, cerca del barrio de los negros. Allí se extravió entre los barrizales con sus casas de latón y sus bandas de niños desnudos que jugaban bajo el sol del mediodía. Dos viejos fumaban recostados contra un muro, protegiendo del astro sus cráneos pelados bajo enormes sombreros de paja agujereada. Al pasar junto a ellos creyó escuchar que uno decía al otro en un susurro:
—Hoy es el día.

Esa misma tarde Eva le anunció que se iría Estaban sentados en el brocal de la fuente. El surtidor se había secado días atrás y ella comentó que tal vez hubiera un sapo bajo la tierra obstruyendo el manantial. Adán creyó descubrir un puente entre ambas ideas. Desde la primera podía pasarse a la segunda con mucha lucidez y viceversa. Un lagarto cruzó entre las piedras arrastrando su enorme vientre escamoso. Adán lo apartó con asco de un puntapié. Eva lo miró con hostilidad y alzando en el aire su mano pálida lo abofeteó débilmente. Sólo entonces Adán comprendió que el lagarto era una hembra preñada. Advirtió los restos de la hoguera, entre los que asomaban a medio consumir los maderos de la cuna del niño, y supo que era el fin.

—¿Cuándo? —preguntó sin mirarla.

—Mañana.

El pudo haberle explicado que mañana sería demasiado tarde, pero guardó silencio. Tampoco le pidió que no lo abandonara en mitad de la selva oscura que iba creciendo sin cesar dentro de su alma, amenazando asfixiarlo con su maleza ingobernable. De pronto recordó uno de los mensajes entregados por el párroco:

En la casa del desesperado no crece más que la hierba negra.

Eva regresó a la mansión. Adán buscó en la caseta del jardinero una podadera y comenzó a desbrozar la tierra del jardín. Estaba nervioso y el instrumento se le resbalaba de sus manos húmedas. Pronto vio que aunque el metal estaba bien afilado no cortaba el planterío. El sudor le empapaba la camisa. Trató de arrancar la mala hierba con las manos, pero no consiguió desenterrar las raíces, que parecían adheridas al terreno como por una magia maligna. Pronto se sintió agotado. Quería desaparecer la hierba negra para encontrar y matar al sapo, y que el manantial pudiera brotar libremente otra vez. Quería que Eva se quedara y el plazo del final se prolongara un poco más. Todavía no estaba preparado.

Una idea como un fogonazo le cruzó por la mente: quizás un acto mágico como los que ella hacía, algún ritual le permitiría cambiar el curso de las cosas, o al menos, detenerlo. Entró a la casa y regresó cargado con todas sus medallas y su reserva de brandy; lo arrojó todo a la hoguera y volvió a insuflarle vida a los carbones cenicientos. Las llamas iluminaron la noche y el estallido de las botellas dio al espectáculo un acompañamiento sonoro que imitaba los ecos lejanos de algún carnaval.

VII
Era un hombre muy viejo y su aspecto resultaba inquietante. Bajo el gorro frigio brotaba una corola de cabellos blanquísimos, y un manto de púrpura violeta orlado de marta cibellina caía sobre sus botas de cuero con puntas retorcidas de bufón. En la negrura del vestido, sobre el pecho, brillaba una estrella exagonal. Sus ojos pequeñísimos eran de un violeta opalescente, y su nariz, ganchuda como un arpón, se curvaba sobre el labio superior como si aguardara allí, dispuesta a pescar las palabras que salieran de aquella boca sinuosa y sensual que en nada correspondía a un sujeto de tan venerable senectud. Dijo llamarse Aashverus y ser forastero de paso por Barranco Sur.. Su presencia pareció alterar de algún modo la atmósfera del jardín bajo las últimas luces del crepúsculo. Un polvo blanquecino se adhería a sus ropas como un esmalte, y este detalle reveló a Adán que el desconocido venía de las colinas. Una fina llovizna lo rodeaba como una aureola, aunque Adán comprendió que a un metro escaso de su cuerpo estaba seco, y el el cielo sólo se veía una nube en forma de pájaro que se desintegraba herida por el viento.

Como si estuviera acordado de antemano, Adán se inclinó ante el desconocido en una genuflexión que no recordaba haber realizado nunca antes en su vida.. El otro se dejó agasajar como correspondía a su condición de visitante, pero no aceptó la copa de licor que el capitán le ofreció. Dijo que debía hacer algo muy importante antes de continuar su camino. Adán le advirtió del peligro inminente que se cernía sobre Barranco Sur. El rabino asintió como si ya lo supiera y se limitó a contestar que disponía del tiempo suficiente para llevar a cabo su misión.

La temperatura había cambiado con su llegada y ahora hacía frío en la sala. Adán encendió la chimenea y los dos hombres se sentaron ante la gran mesa de roble. Aashverus extrajo de entre los pliegues de su túnica un pergamino que desenrolló ante los ojos de su interlocutor.
Era una extraña estructura jamás vista por el capitán Adán B., quien la observó desconcertado.

—Es el Árbol de la Vida —explicó el cabalista—, el entramado sobre el cual se asienta el Universo. Puede responder a todas las preguntas, porque tiene todas las respuestas posibles Pero solamente podrá comer de sus frutos aquel que esté dispuesto a conocer su propio rostro.

—Yo lo estoy —afirmó Adán serenamente.

—Entonces —replicó el judío—, dime por qué no pudiste cortar la hierba negra que crece en tu jardín..
Adán se encogió de hombros y no encontró palabras adecuadas para responder al desafío.

—No la pudiste arrancar porque no existe, era sólo el reflejo de tu maleza interior. Tú eres la casa del desesperado donde crece la hierba negra. Es en ti mismo donde tendrías que podar.

—¿Y cómo podría purgarme?

—Hombre, conócete a ti mismo—fue la respuesta del rabino.

Adán recordó el segundo mensaje del cura.

—Pero si abro mis ventanas y dejo entrar la luz, ¡no veré cosas mucho más espantosas que las que ya he conocido?

—Mucho más espantosas —admitió el rabino—, pero ¿acaso quieres seguir engañándote?

Adán se restregó la frente con tanta dureza como si quisiera arrancarse la piel. Había tomado una desición.

—Habla, rabbi—dijo al fin—, y muéstrame el mecanismo del Árbol.

El cabalista se levantó y que hacia el lado oeste de la habitación, que daba a las colinas. Desde allí trazó en el aire algunos símbolos incomprensibles y después volvió a la mesa. Adán tuvo el vislumbre fugaz de un recuerdo al contemplar los perfiles monstruosos que el fuego esculpía sobre los rasgos de Ashverus.

—No hay un solo mundo, sino cuatro, y el Árbol de la Vida crece en ellos. De Atziluth, el primer y más elevado de estos mundos, no dirñe nada, pues su visión queda fuera dewl alcance de los ombres. Tan sólo algunos magos poderosos lo han visitado y de allí no se regresa nunca. Es el reino de la luz en toda su pureza y se manifiesta en los diez santos nombres de Dios. Briah es el mundo de la creación, y le gobiernan poderosos arcángeles de aspecto tan temible que su sola visión podría enloquecer a un hombre mortal, tan inmensa es su magnificencia. Yetzirah es el tercero de los mundos y en él moran muchas clases de seres a los cuales llamamos ángeles; ellos nos visitan bajo formas que ni siquiera nos permiten sospechar su presencia. Ayudan a los hombres o los destruyen en dependencia de sus merecimientos, y son los correos de Dios. El cuarto mundo es Assiah, donde estamos nosotros y otros miles de seres, que percibimos o no según las circunstancias. Casi todos los humanos, después de la muerte, van a vivir a otras zonas de Assiah por un tiempo muy largo. También habitan en Assiah los espíritus elementales del fuego, la tierra, el aire y las aguas, . Gnomos y ondinas, elfos y salamandras obedecen a quien sabe mandar, pero tiene por ley desdeñar a los hombres y causarles males y aflicciones…

—¡En cuál de estos mundos está el Feto, y en cuál mi hijo Abel? —interrumpió Adán, ansioso.

—Veo que empiezas a comprender—comentó el cabalista, y continuó—: estos mundos son como castillos repletos de ventanas. Puedes elegir cualquiera de ellos y asomarte a la ventana que tenga la respuesta a tu pregunta, pero antes, necesitas conocer cómo funciona la visión en cada uno de ellos.

Adán lo escuchaba ensimismado. El fuego se debilitó. El capitán atizó los carbones de la chimenea y la habitación resplandeció con nueva savia.

VIII
—El alfabeto de mi pueblo —siguió hablando Aashverus— está compuesto por veintidós letras mágicas que contienen todo el poder del Universo. Aleph es la primera y la Purísima; tiene la facultad de crear nuevos mundos y su naturaleza es esencialmente espiritual. En Atziluth te cegaría su apariencia de luz incandescente. En Briah la percibirías apenas como un gigantesco andrógino caminando entre nubes y arrastrando los vientos a su paso. En Yetzirah, Aleph sería ya perfectamente visible bajo la imagen de un guerrero alado con rostro entre ángel y demonio, que lleva todo su cuerpo cubierto por una resplandeciente armadura. Entre sus brazos sostiene a un hermoso niño. En Assiah, Aleph estaría representada por una energía terrorífica, una fuerza loca en forma de swástica en pleno vuelo y dispuesta a segar todo lo que se interponga a su paso. Si se personificara en un ser humano , verías a un hombre poseído por la más espantosa demencia.
—Hasta ahora no veo en esas imágenes nada que yo no pueda soportar —dijo Adán, desafiante.

El cabalista lo miró un instante y después optó por una suave sonrisa.
—Si abrieras tu ventana en otra zona de Assiah, descubrirías que la maravillosa Aleph se presenta ante ti con un cuerpo mitad humano y mitad bestia, algo así como entre pájaro y demonio, más o menos lo que los antiguos egipcios llamaban con pavor un animal tifonio que, te lo juro, no te gustaría recordar.

—¿Y cómo puede degradarse tanto? —inquirió Adán, sorprendido.

—Precisamente por las oposiciones de su naturaleza. Aleph representa espiritualidad en las cosas elevadas, pero cuando viaja a través de los mundos y desciende hasta Assiah se transforma en algo horrible y desequilibrado, porque su esencia es tan opuesta a la materia de este mundo, que cuando tiene que actuar manifestándose en ella no puede lograrse armonía entre ambas.

Adán miró pensativo dentro del fuego. Afuera, las cigarras cantaban en un raro delirio.
—Quiero saber en cuál de esos mundos habitan los dos niños —repitió.
Aashverus se rascó la barba, como quien mide las palabras que va a pronunciar.

—Sólo existe un niño êdijo, evitando mirar de frente a Adán—. Cuando una vida termina antes que se haya cumplido el tiempo que le fue asignado aquí en la Tierra, regresa en plazo breve revestida de una nueva apariencia. El Feto que mataste en el vientre de su madre, regresó como el hijo que después tú perdiste. Esa es la clave que debes recordar.

El semblante de Adán se fue descomponiendo como una montaña que se derrumba piedra a piedra. Se puso de pie mientras su voz se abría paso entre unos labios que temblaban como hojas castigadas por el viento.

—¡Rabbi —pidió con dolor—, dime de una vez quien asesinó a mi hijo!

El rabino se acercó al ventanal y observó el cielo sobre las colinas, y vio allí un resplandor que descendía hacia el valle como si un dios corriera ladera abajo arrastrando consigo una naciente estrella. Volvió junto al capitán para seguir ocupándose del Árbol de la Vida.

—Tiene diez frutos redondos —explicó—, y penden de sus ramas prestos a saciar tu hambre de conocimiento. Elige uno, y dime en cuál de los mundos quisieras devorarlo para conseguir la Iluminación que deseas.

Adán se inclinó trémulo sobre la superficie de la mesa y observó detenidamente la estructura del Árbol.. En una de las diez esferas aparecía dibujada la imagen de un poderoso guerrero en su carro. Sobre su casco llevaba escrita la palabra GEBURAH. y a sus pies se agitaban serpientes de fuego. En su mano empuñaba una gran espada.

—Escojo a GEBURAH, guerrero como yo, en el mundo de Assiah —pronunció solemnemente.
Aashverus asintió satisfecho.

—El Señor del Conflicto Terrestre. Has hecho bien, capitán. Si hubieras elegido el Poder o la Belleza te habrías perdido para siempre, pero quisiste para tí El Mal Necesario, y ahora te vas a enfrentar con la verdad que tanto buscas. Piénsalo bien: ¡no tienes miedo?

Adán negó con un gesto que pareció flotar en el aire de la estancia. Aashverus trazó nuevos signos y a su influjo las llamas se inflamaron hasta alcanzar la techumbre artesonada, encerrando a Adán en un anillo de fuego. Cuando se disiparon, el capitán ya no estaba en la sala, sino junto a su esposa desnuda que dormía apaciblemente a su lado, en el lecho de su común naufragio varado sordamente en las entraña de la noche. A su alrededor los comandos corrían asesinando enemigos en el más absoluto silencio. Todo transcurría como en un filme sin audio. En medio de la escena apareció un enorme centauro que coceaba hacia los cuatro puntos cardinales. Las llamas que brotaban de las chozas incendiadas lo iluminaron un segundo y Adán vio u tórax y una cabeza poderosos con cabellos como nido de vívoras. La mitad caballuna era negra y el cuerpo del hombre tenía una piel oscura manchada de sangre. El centauro empuñaba una gran espada y con ella hería a cuantos se interponían en su carrera enloquecida. Adán vio al Feto enorme que avanzaba a tientas en la oscuridad. Era viscoso y transparente, y en su interior el ramal de las vísceras latía acompasadamente, sus ojos sin párpados eran ciegos y blandos, y su boca sin dientes se movía en una siguiente plegaria. El Centauro descubrió al Feto bamboleante, y se lanzó sobre él hundiéndole en el vientre la gran espada en toda su profundidad. En ese instante alzó su rostro hacia las llamas en un gesto triunfal, y Adán vio aquellos rasgos, y se reconoció. La espada del Centauro, convertida en una gran serpiente lujuriosa, se enroscó en cuello del Feto, al tiempo que este se transformaba en el pequeño Abel muriendo en su cuna asfixiado por una almohada. Inclinado sobre el niño, el propio Adán la sujetaba.

Aashverus enrolló su pergamino en silencio, mientras contemplaba al hombre que lloraba agazapado en un rincón.

—Todos borramos nuestras culpas relegándolas al reino de adentro —dijo a modo de consuelo.

Adán se arrastró por la sala de rodillas y alzó hacia el judío sus manos suplicantes:

—¡Tú eres todopoderoso, rabbi! ¡Haz que todo vuelva a ser como antes!

—Yo no tengo el poder que supones —replicó el judío. Yo soy un maldecido como tú, condenado a errar por los caminos, y los hombres me aborrecen porque mi paso entraña destrucción. Pero tú has elegido, y en tu final habrá un nuevo comienzo, porque la nostalgia es la primera emboscada de los dioses. Recuérdalo, Adán. Cuando yo me haya ido, vuelve a leer el tercero de los papelitos que te dio el párroco de tu iglesia. Hallarás ahí un mensaje. Otros también lo han encontrado, pero sólo llegarán a entenderlo aquellos hombres que no tuvieron miedo de abrir sus ventanas al golpe de la luz.

Adán percibió un trueno sordo y subterráneo que parecía venir de las colinas. Cuando alzó los párpados estaba solo. Buscó inmediatamente en sus bolsillos los mensajes del cura y sacó uno. El resplandor de las llamas se reflejó sobre el papel, dando a las palabras un brillo áureo, como de soles pequeños. Parpadenado, el capitán leyó:

Sacólos de las tinieblas
Y de la sombra de muerte
Y rompió sus prisiones.

IX
La noche, como un inmenso calamar herido, envolvió a Adán y Eva en sus tintas oscuras. Anclados en su lecho náufrago sintieron la primera sacudida. Las maderas de la cerca aullaron con un crujido lastimero, y el jardín comenzó a vibrar, adquiriendo segundo a segundo una malévola independencia del resto de la casa. La magia se filtraba entre los árboles llenando el aire de globos amarillos. Una suave luz comenzó a deslizarse entre las grietas de la mampostería como un largo cangrejo opalescente, esparciendo sobre los cuerpos desnudos su brillo astral.. Eva fue la primera en responder al conjuro. Adán la siguió, como quien persigue una melodía que se aleja.

En el terreno vecino la construcción había llegado a su fin. Como un espejo que responde a su imagen, allí también se alzaba el vallado de plátanos inmensos y el sendero de grava y hojarasca podrida que llevaba a los muros, cubiertos de musgo como por una verde piel., pero los postigos de las ventanas se abrían a la invasión de la luz y en sus aleros florecían miosotis y buganvillas.. Adán y Eva se vieron a sí mismos en aquel otro umbral, hermosos y jóvenes, y con el pequeño Abel sonriendo entre sus brazos, como ya había sido antes. Las manos del hombre y su mujer se entrelazaban como lianas silvestres y ellos resplandecían en una pura y transparente trinidad, agua sobre cristal.No se preguntaron quién era el responsable de semejante mixtificación, porque comprendieron que la clave no se hallaba en las respuestas, sino en el hecho mismo de la duplicación.

Una segunda sacudida derrumbó la cerca que separaba las dos propiedades y la tierra vecina comenzó a mezclarse con la de ellos. Adán y Eva sintieron bajo sus plantas desnudas el suave deslizar de los terrones. Absortos, no repararon en los inusuales remolinos de hojas que comenzaban a levantarse a su alrededor empujados por un viento que iba creciendo en las entrañas de la noche. Miles de serpientes brotaron de la arcilla rojinegra y sus ígneos silbidos se clavaron en la madrugada. Una fuerza desconocida empujó al hombre y su mujer al otro lado de la línea divisoria; ellos anduvieron hasta detenerse frente al segundo pórtico, y allí sintieron que algo se escapaba de sus cuerpos, vaciándolos.

La majestuosa trinidad seguía en el umbral, envuelta en un manantial de luz purísima. Adán y Eva, con Abel en brazos, entraron a ella muy despacio, como a un templo.

Hubo una tercera sacudida. Las colinas rugieron y el valle fue sacudido por una conmoción telúrica. Pero ya no quedaba nadie en Barranco Sur para presenciar aquella explosión que incendió la oscuridad con diez mil soles. Donde momentos antes había estado la sombría mansión del capitán Adán B., asomaban ahora los cimientos como balas en el boquete de una herida. El torbellino bajó de las colinas deshaciendo el anillo de los plátanos mágicos y arrastrándolo todo en su retorno a la cúpula del cielo.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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