JULIÁN DEL CASAL, LA CULPA INVEROSÍMIL

En el aniversario 119 de la muerte del poeta Julián del Casal, lo que más me interesa no es debatir sobre ese asunto tan llevado y traído de sus ideas políticas y de sus diferencias con el Apóstol. Tampoco me preocupa especular sobre su posible homosexualidad, ni unirme al coro de quienes lo veneran como poeta y lo compadecen como un muerto precoz de la tuberculosis. Casal, el joven tísico tan amado por sus amigos, el poeta combatido por las testas coronadas de la literatura cubana de su época y celebrado por sus iguales franceses y por los americanos adelantados de la poesía modernista como un pionero de esta corriente artística, tenía una faceta oscura (como todo ser humano), pero muy llamativa en él debido a la  violenta y contrastante conjunción formada por la fragilidad de su organismo, la muy mentada dulzura de su carácter y la mordacidad a través de la cual se expresaba su rabia interior. Y me parece que esa faceta, donde quedó más expuesta fue en su enigmática, y posiblemente siniestra, relación con Juana Borrero, a quien llamó virgen triste, poeta precoz que murió temprano—según le profetizara Casal— dejando una obra asombrosa en verso y óleo.

 Juana, cuya madre era hija de una prima de la Avellaneda, tuvo por padre al médico, poeta, escritor y oficial mambí Esteban Borrero, jefe del clan familiar del mismo apellido que habitaba la mítica casona de Puentes Grandes, donde tenía implantado un régimen muy semejante al que imperaba en las familias españolas de la época, tan deudor del harén musulmán en cuanto a reclusión de sus mujeres y sujeción absoluta de sus cuerpos y almas a la voluntad masculina. Aquel hogar fue el centro aglutinador de una generación de jóvenes poetas, entre los cuales se encontraban la propia Juana, los hermanos Urbach, y Casal. Todos coincidieron en describir la mansión de los Borrero como un lugar paradisíaco donde reinaba Juana como musa niña inspiradora de extrañas e inquietantes emociones.

 Puentes Grandes, a orillas del Almendares, era entonces un caserío tranquilo a donde se retiraban muchas familias acomodadas de la capital en busca de un tranquilo bucolismo. “Vetusta” fue un calificativo que le dedicaron a la mansión de los Borrero varios de sus visitantes. Se sabe que frente a la fachada había dos cedros altos que se erguían ante una ancha explanada rodeada de vegetación. Casal dejó fragmentos de una descripción:

 …una puerta solferina, de madera agrietada y de goznes oxidados, encuadrada en ancho murallón, jaspeado por las placas verdinegras e la humedad y enguirnaldado por los encajes de verde enredadera cuajada de flores. Frente al murallón, serpentea un trozo de camino, sembrado de guijarros que chispean a la luz del sol. Tallos de  plantas silvestres se siguen a trechos. Hacia la izquierda se extiende el río entre la yerba de sus orillas, como una banda de tela plateada que ciñera una banda de terciopelo verde.

 A un lado de la mansión se contemplaba desde la terraza una hermosa cascada del río. Era, pues, muy semejante la casa de los Borrero a aquellas edificaciones solariegas que aparecen descritas en Jane Eire y otras novelas del romanticismo inglés, marcos de amores trágicos y apasionados que terminaban siempre en boda. A ese lugar de ensueño y arcadia felix llegó un Casal de 26 años, aureolado por la fama, a encontrarse con una Juana apenas salida de la infancia, a quien el maestro Menocal había reconocido ya “no tener nada que enseñarle” como pintora, y cuyos versos, si no aún en plena madurez, denotaban ya un espíritu arrebatado por la intensidad de las emociones y la lobreguez de una enfermedad mental que fue, tal vez, la depresión en una de sus formas profundas, pero no tan severa como para impedirle funcionar aceptablemente en el mundo. A esas formas se las llamaba entonces melancolía, y en el territorio de las ideas, el arte y el espíritu se las consideraba como un sello indeleble de sensibilidad y genio, y adornaban a  sus víctimas con  una especie de aura mística muy favorecedora del erotismo sublimado.

 En aquel ambiente tan aparentemente calmo, pero tan  encubridor de brotes y latencias profundamente relacionados con las represiones de la carne y el espíritu, encontró Casal a una Juana de doce años, a quien el poeta define como una  “niña”

 …con el pincel empuñado en la diestra y con la paleta asida en la izquierda, manchando una de sus telas, donde veréis embellecido algún rincón de aquel paisaje, iluminado por los rayos de oro de un sol de fuego y embalsamado por los aromas de lujuriosa vegetación.

 Sin haber asistido a la escuela y con su padre como maestro y mentor y sus hermanas como compañeras de juego, Juana desconocía bastante el mundo cotidiano aunque creyera comprenderlo muy bien, y había en su cabeza más literatura, poesía y heroínas románticas que vivencias genuinas que la ayudaran a orientar su sensibilidad de artista aguzada por la reclusión y la soledad. Ella se deslumbró con Casal, aunque no sé de cierto si él hizo algo para que eso ocurriera, pero es incuestionable que el impacto fue recíproco y él también se deslumbró con Juana, pues solo de la pluma de un hombre profundamente impresionado por una mujer pueden brotar versos como aquellos con que la describe cuando acaban de conocerse, y donde menciona muchos de sus rasgos físicos, vistos, es verdad, con la mirada melancólicamente desasida y casi funeraria de un poeta cuya estética estaba tan influenciada por el decadentismo de sus ídolos franceses, pero en los que —tan semejantes en espíritu a aquellos que inspiró a Martí Carolina Otero— por instantes breves como relámpagos aflora un ojo de varón nada frío, según ponen de manifiesto las dos menciones a su boca: “Tez de ámbar, labios rojos”, y  “¿Su boca? Rojo clavel/quemado por el estío”, los detalles sobre la suavidad de sus mejillas pálidas y al mismo tiempo sonrosadas, insertas, sin embargo, en una piel tostada… Todos estos detalles podrían corresponder, más que al ojo de un poeta, al escrutinio persistente e implacable de un pintor obsesionado por matices, colores y policromías. Pero es que tanto Martí  —“Es una rosa la boca”[1]— como Casal  se sintieron tan a sus anchas dentro del modernismo (estilo donde se hace tan estrecho el entramado entre palabra e imagen), porque eran hombres especialmente conformados por la naturaleza para la ekphrasis[2]. No importa que en la última estrofa de su poema La virgen triste Casal afirme:” ¡Ah, yo siempre te adoro como un hermano!”, porque antes ha escrito en ese mismo poema: “¿No hay nadie que contemple tu gracia excelsa / que eternizar debiera la voz de un bardo/ sin que sienta en su alma de amor el dardo / cual lo sintió Lohengrin delante de Elsa / y al mirar a Eloísa, Pedro Abelardo!”. No hace falta recordar que la relación entre Eloísa y el sacerdote Pedro Abelardo fue tan carnal, que el tío de la doncella terminó haciendo castrar a Abelardo como castigo por haber tomado la virginidad de su sobrina. Quien haya leído las cartas de esos amantes sabe que tuvieron una pasión desbordada, donde la carne primó sobre el espíritu, aunque hubo tal abundancia de ambos que ninguno de los dos elementos se sintió a faltar. Llama la atención esta referencia elegida por Casal para referirse a la belleza de Juana.

 Sin embargo, el curso que siguió la relación entre Juana Borrero y Julián del Casal parece apoyar ese casi imperceptible matiz de carnalidad que aflora tan levemente en aquel primer poema dedicado a Juana. Casal se fijó tanto en el aura de ella, impregnada de tristeza y barruntos de tragedia, como en sus atributos físicos, elementos ambos pareados en cada verso con una simetría casi obsesivamente calculada, como si se tratara de algún recurso métrico. Juana, por su parte, ya fallecido Casal, escribía enua de sus cartas a su novio Carlos Pío que hubo una época en que ella sintió el acoso de la carne y su secuela de deseos, aunque con el tiempo lograra mutar esa condición ppor otra de castidad sublime y gélida. Todos, o casi todos los estudiosos de su vida y obra, coinciden en situar esta etapa de Juana donde la libido la agitaba a sus anchas en los días en que ella mantuvo su extraña relación con Casal.

Un poema ilustrado por Juana

Un poema ilustrado por Juana

 Solo es posible intuir, a través de algunas cartas del epistolario de Juana, de qué clase fue la relación que mantuvieron. Ella sintió una pasión adolescente, un primer amor lleno de exaltación, romanticismo y frenesí, y desde luego, cubierto por el manto trágico que arropaba a su vez la enfermedad de Casal, que ella conocía perfectamente por padecer una muy semejante debilidad pulmonar. Él la consideraba su alma gemela y la admiraba fervientemente como poeta y pintora, pero, tal vez, el ingrediente de más peso en sus sentimientos hacia Juana fuera la idealización que parece haber hecho de ella como el arquetipo de la virgen triste, la doncella pura perseguida por un mal destino, uno de los dos modelos femeninos adoptados por los románticos, parnasianos, simbolistas y decadentes (léase también góticos), que ellos oponían al de la femme fatale (dueto tan ilustrativamente estructurado en la historia de Blancanieves). Estos movimientos literarios, impregnados en su raíz de un culto oscuro a La Mujer que provenía, tal vez, de los ecos del culto medieval a la figura de María, y más lejos aún, del culto antiguo a la Diosa Madre, eligieron dislocar el arquetipo mariano usando solo dos de los tres rostros de la Diosa: el de la Doncella y el de la Bruja (Hécate). El tercero, la Madre, parece haber estado para ellos bastante desprovisto de interés desde el punto de vista de su arte (casualmente también es, de los tres avatares divinos, el menos proclive al erotismo del modo en que la moral de la época lo hubiera permitido).

 Sin embargo, a pesar de todas sus referencias a Juana como virgen triste y alma gemela de la suya, ciertos apuntes velados que dejó Juana en sus cartas permiten suponer que en sus relaciones con ella Casal admitió la irrupción del avatar de la Bruja, pues no tendría de seguro el caballero con la Doncella Virgen, a quien debe liberar y proteger, momentos tan turbulentos y de tensiones vitales, feroces y desgarradoras como las que se dejan adivinar en esa correspondencia. La carta número 142 de su Epistolario contiene frases dispersas que permiten reconstruir más o menos el hecho:

 […] Te confieso que experimenté un placer cruel cuando me dijiste que “te había gustado” encontrarme con ese pobre en la terraza […] ¡Oh las noches de días pasados, las noches negras transcurridas llorando y devorando a solas el fruto amargo de una confidencia abrumadora! […] Tu risa es dramáticamente sincera […] Sí, ciertamente tengo una imaginación creadora. ¿Para qué remover ahora el sedimento cenagoso del lago? […] ¡Mi imaginación! […] Cuando se ha sentido la hoja de un puñal a media pulgada de la garganta  y vibrando en una mano amada, se puede desatar libremente la fantasía. Tu risa de esta noche me ha hecho daño. Ha evocado en mí un recuerdo que me ha hecho estremecer involuntariamente, Me acordaba de otra risa, risa horrible que todavía me persigue como una tortura eterna. Cuando el poeta trémulo de angustia me reveló “aquella cosa que me dejó el alma helada” […] Aunque te hacen tanta gracia no te hablaré una sola vez de mis creaciones fantásticas. ¡Quizá sepas algún día hasta dónde llega mi imaginación!

 La disposición de las ideas en esta carta muestra desorden, como en todas las cartas que Juana redactó a lo largo de su vida. Ella interpolaba sucesos pertenecientes a órdenes disímiles, como suele suceder en la redacción de las personas mentalmente inestables, obsesivas y dispersas. He extraído todas las frases que aluden al mal recuerdo de lo que, supuestamente, sucedió con Casal, suponiendo que se tratara de él, pues al no ser explícitamente nombrado por Juana, cabe siempre la posibilidad de que no fuera su partenaire en aquellas escenas de intensidad y violencia. Si unimos estos extractos hechos por mí, de la suma de ellos surge ante nuestros ojos una escena particularmente inconcebible entre Juana y Casal, existiendo, como existen, tantos testimonios de los amigos más allegados del poeta acerca de la mansedumbre de su carácter, mansedumbre que, al mismo tiempo, parece refutada por la mala, inquietante impresión de rechazo que algunos de sus íntimos refieren cuando narran sus visitas a la habitación de Casal, que ellos llamaban “la celda”, y describen la extraña y hasta siniestra decoración de su interior. Tanto Sanguily como Millares cuentan que Casal tenía sobre una mesa un busto cubierto por un paño negro que nadie podía tocar, y en la pared una “horrible” máscara japonesa con dientes de asesino que lanzaba su risa tenebrosa sobre los visitantes. Aquel entorno sugiere cualquier cosa menos el habitat de un ser manso y doblegado por la enfermedad. La misma agresividad mordaz del periodismo de Casal parece oponerse a la idea de un joven tísico manso y dulcísimo. Por otra parte, abundan entre quienes le conocieron las referencias a sus “ojos de hielo” que parecían no mirar las personas ni las cosas, y uno de sus amigos llegó a especular que eran los ojos de quien había tenido su temporada en el infierno. Poco asombra que en aquel círculo de poetas y escritores resonaran con brío las metáforas, pero de todos modos, se siente que los ojos de Casal no eran como los de cualquiera, y no solo por su belleza, liquidez y color, sino por alguna otra cualidad que siempre escapó a las precisiones y que no resultaba precisamente tranquilizadora.

 Lo que salta primero a la vista es la alusión de Juana a que Carlos Pío la sorprendió presumiblemente con Casal en la terraza. Solo si se admite que en vida de Casal y antes de su ruptura con Juana, ya esta se encontraba en amores con Carlos Pío, se puede  entender el feo comentario de este último sobre que se había cruzado con ese pobre. Solo una relación sentimental con Juana hubiera hecho a Urbach sentirse con derecho a referirse de un modo tan despectivo a un visitante que siempre fue bienvenido y querido en la casona de Puentes Grandes, y que era amigo personal muy estimado del padre de Juana. Solo los celos le hubieran podido hacer olvidar momentáneamente la posición de maestro generacional que todos ellos reconocían a Casal.

 Extraje también de esta carta algunas frases donde Juana alude a su imaginación, insinuando sin mucha veladura que poseía una capacidad ilimitada para armar fabulaciones. En el contexto de la carta esas frases no se refieren a Casal, sino a Carlos Pío y a algunos sucesos intrascendentes relacionados con él que ella reconoce haberse inventado, y que le produjeron cierto malestar, para ordenar enseguida que ambos deben reírse de ello. Pero me parece muy significativo que ella misma pusiera de relieve con tanto énfasis la potencia creadora de su imaginación, y volveré sobre esto más tarde , porque pudiera ser un elemento crucial para esclarecer lo que sucedió realmente aquel día entre Casal y Juana. De momento, admitamos que en esa oportunidad ocurrió una agresión de singular violencia, provocada, tal vez, por un exabrupto de Casal: quizá una confesión cuya índole fue lo suficiente escabrosa como para provocar una reacción verbal de igual intensidad por parte de Juana. Hay quien ha creído ver esta hipótesis confirmada por unos versos de Rondeles, un poema de Casal muy conocido:

De mi vida misteriosa,/tétrica y desencantada,/oirás contar una cosa/que te deje el alma helada./…Quizás sepas algún día/el secreto de mis males,/de mi honda melancolía/y de mis tedios mortales.

 Al respecto, especulan estudiosos de Juana :

 ¿Qué fue eso que confesó Casal a la joven y que le dejó el “alma helada”? ¿Qué le respondió ella, por qué la “perfidia” a que hace referencia? ¿Le revelaría Casal acaso a la Borrero sus inclinaciones homosexuales y ella respondería violentamente?58 ¿Sería ese el motivo que desató la feroz oposición de la joven al sexo?59 ¿Le explicaría Casal, por lo menos, las causas de su rechazo al cuerpo femenino, idea que había dejado entrever en algunos de sus poemas? Lo que sucedió realmente aquella tarde puede que nunca llegue a saberse, pero lo cierto es que tanto las referencias poéticas de Casal como las epistolares de Juana a la discusión dejan bastante claro que fue un hecho muy grave el que los alejó para siempre. Motivo que puede haber estado relacionado de manera directa con la posterior decisión de la joven de cerrarse a los “apremios de la carne”.

 Algunos investigadores interesados en las causas que pusieron fin a la amistad entre Juana y Casal, apuntan que bien pudo suceder que la temperamental adolescente, empujada por la pasión en un momento propicio en que ella y el poeta se encontraron a solas, pudo haberse ofrecido a su amado y encontrar, de su parte, no una respuesta recíproca, sino un rechazo más o menos ofensivo. Esta hipótesis, como todas, admite una vuelta al revés con cariz especulativo: ¿y si fue Casal quien perdió el control aquel día? Si ella se le hubiera insinuado, no tendría sentido que él la amenazara con la misma daga que le había obsequiado, mientras que esta acción se tornaría de inmediato comprensible si la verdad del sucedido estuviera no en la primera, sino en la segunda hipótesis: que fuera Casal quien quiso obtener algo de Juana, o le reprochara duramente alguna maldad que lo afectaba.

 Como la papelería de Juana Borrero se fragmentó tras su muerte por decisión familiar y desde entonces se perdieron muchas cartas y documentos, no existe hoy, al parecer, ninguna prueba escrita sobre la verdad del suceso que cortó de raíz la relación entre aquella pareja icónica de la literatura cubana. Sin embargo, cuando ya habían transcurrido tres años de la fatal desavenencia, Juana escribió a Carlos Pío de forma muy explícita que se sentía culpable de aquella ruptura que afectó su vida considerablemente y le provocó una severa postración:

 Estamos a último de Octubre. Pues bien el día 3 de noviembre es una fecha que antes me era temida y hoy me es indiferente. Sabes lo que se conmemora? Una perfidia. Una perfidia mía de la cual no tuve tiempo de justificarme. Ese día a las 5 de la tarde hice sufrir a un ser muy grande. Sabes quién era?… Me reprochó duramente y mis juramentos no bastaron a disipar su resentimiento… Llevé aquella espina clavada en el alma más de diez meses y nutría en mi corazón la esperanza de verlo. El destino implacable me castigó. Él murió sin que yo hubiera realizado mi aspiración suprema de volver a verlo. ¿Acaso fui perjura?

 Por su parte, Casal hace referencia en su poema Dolorosa, a ese incidente violento en que parece haber estado envuelto, además, el puñal que el poeta regalara a la joven.

Brilló el puñal en la sombra /Como una lengua de plata,/Y bañó al que nadie nombra/Onda de sangre escarlata./Tu traje de terciopelo/ espejeaba en la penumbra/cual la bóveda del cielo/ si el astro nocturno alumbra./Tendía la lamparilla en el verde cortinaje/franjas de seda amarilla/con transparencia de encaje./Fuera la lluvia caía/y en los vidrios del balcón/cada estrella relucía/como fúnebre blandón./Del parque entre los laureles/se oía el viento ladrar/cual jauría de lebreles/que ve la presa avanzar./Y sonaban de la alcoba /en el silencio profundo/pasos de alguno que roba estertor de moribundo./Llevada por el arranque/ de tu conciencia oprimida/quisiste en sombrío estanque/despojarte de la vida./Arrojándote a mis pies/con la voz de los que gimen/Me confesaste después/ todo el horror de tu crimen./Y mi alma, vaso lleno/ de cristiana caridad,/esparció sobre tu seno/ el óleo de la piedad./Brilló el puñal en la sombra/Como una lengua escarlata/Y bañó al que nadie nombra/Onda de sangre escarlata./Más desde la noche fría/En que víctimas del mal/Consumaste, alma mía,/tu venganza pasional,/Como buitre sanguinario/ en busca de su alimento/por el lóbrego calvario/ te sigue el Remordimiento.

 Toda este asunto de la ruptura de Juana y Casal ha pasado a la historia como uno de los grandes enigmas de la cultura cubana, y no debe restársele importancia ni verlo como liviana trifulca de enamorados, puesto que si él fue uno de los íconos del Modernismo latinoamericano, ella fue el único exponente femenino del movimiento en la Isla y una de las pocas de América, y no es difícil imaginar lo que habría ganado la poesía hispanoamericana de haberse prolongado sus vidas y el crecimiento conjunto de sus obras. Aquella desavenencia privó a Cuba de un tesoro cultural que  no puede ser calculado.

Si Juana, quien jamás dijo ser insensible al erotismo ni carecer de deseos, sino todo lo contrario, era virgen o ya no lo era en el momento en que los dos poetas se distanciaron; si su posterior renuncia al sexo tuvo que ver con la confesión casaliana que le heló el alma, o con aquella noche en que, volviendo de una fiesta, fue agraciada con una manifestación de la Virgen (o una alucinación…); o si hubo en su infancia algún episodio de abuso sexual sufrido en su persona o contemplado en la de otra, es algo que posiblemente nunca se sabrá, a menos que algún descendiente de los Borrero conserve y decida hacer públicos otros documentos más reveladores salidos de la pluma de Juana o de otros testigos de su existencia y peripecias en el mundo.

 Sin embargo, toda la historia de la ruptura con Casal parece a punto de derrumbarse cuando sabemos que él aseguraba a todo el mundo haber visto a Juana solo dos veces en su vida, y cuando ella explica a Carlos Pío, muy comedidamente, por cierto, que si no existió ninguna correspondencia entre ella y Casal fue porque los dos nunca llegaron a ponerse de acuerdo. Es difícil que Casal, frecuentador de la mansión de los Borrero debido a su estrecha amistad con el padre de Juana, solo la viera en dos ocasiones, aunque se sabe que la severidad de Esteban Borrero tenía implantada en su vivienda un régimen casi monacal de reclusión de las mujeres en la planta alta del edificio. Sin embargo, ¡esa ausencia de misivas!, no tan alarmante por parte de Casal, sino de Juana, quien reconoció en más de una ocasión que su Diario y sus cartas eran toda su vida y que ella no hacía otra cosa que escribir en sus monótonos días en Puentes Grandes…        

Cuando se piensa en todo esto es cuando se llega peligrosamente a bordear la sospecha de que la imaginación de Juana creó enteramente, o recreó en parte, el acontecimiento que tanto interés ha despertado en los investigadores y estudiosos de Juana Borrero y Julián del Casal. Su histeria (prefiero hablar de histeria más que de neurosis) hizo de ella, sin duda, una fabuladora temible. Hay estudios muy interesantes donde se explora el trabajo mental que hizo Juana para construir una imagen de sí misma destinada a seducir a Carlos Pío y a dominarle y controlarle sin que sus intensiones quedaran al desnudo. Juana, de inteligencia extraordinaria, era manipuladora: 1-por ser mujer de su tiempo sin libertad personal y depender de sus pequeñas estrategias para poder realizar algunos de sus deseos; 2-por las características de su patología mental; 3-por su naturaleza ávida y posesiva. Juana llevó una vida pobre en acontecimientos, y sin duda comparaba este bajo rating de intensidad de su existencia con el de sus heroínas librescas, y es obvio que los resultados debieron angustiarla, por lo que trataría de compensar ese déficit viviendo en su imaginación, creando dentro de ella un mundo donde ella misma era todas las mujeres históricas y míticas con cuyos nombres firmaba sus cartas al novio. Es evidente que su propia identidad la disgustaba y deprimía.

 Habría que admitir la posibilidad de que la escena entre Juana y Casal, puñal y carcajada horrísona incluidos, jamás  hubiera ocurrido, sino que Juana la hubiera estructurado mucho después de la muerte de Casal utilizando algunos elementos de realidad, como, por ejemplo, los dos poemas mencionados en este artículo, y tal vez hasta inspirada por ellos su fantasía, con la intención de adornar aún más jugosamente la imagen de musa y diosa que había ido tejiendo como un manto para presentarse ante Carlos Pío más interesante y deseable de lo que su real humanidad le permitía (a pesar del encendido poema que le dedicó Casal, las fotos de Juana dejan bien claro que no era bella en ningún sentido canónico de belleza). Si tengo razón, toda esa escena escabrosa de la pelea entre Juana y Casal solo habría sido un condimento sabroso destinado a estimular el interés erótico del novio Urbach.

 De todos modos, y a pesar de cualquier especulación en uno u otro sentido, sigue en pie la existencia de una  muy interesante dicotomía entre la mansedumbre del “pobre Casal” y la existencia de un factible lado oscuro, y bien oscuro, en su personalidad, y no me siento inclinada a creer que futuras investigaciones consigan esclarecer este enigma. Sin embargo, lavar un poco la mancha que supone para Casal haber maltratado, herido o amenazado a una criatura tan “desvalida” como la niña musa  (y maga) Juanita Borrero, es algo que he querido hacer en este aniversario de su muerte. Sufrió demasiado desde su nacimiento como para cargar sobre sí toda la Eternidad un pecado (o fantasía erótica de adolescente) del que, tal vez, nunca fue culpable.

Ruinas de la casona de Puentes Grandes

Ruinas de la casona de Puentes Grandes


[1] De su poema La bailarina española.

[2] Término griego equivalente a pintar con la palabra. El ejemplo que siempre se cita es la descripción que hace Homero en La Ilíada del escudo de Aquiles.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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