Cirilo Villaverde o Cuba a lo largo del camino

 Ya he contado en alguna parte, y quiero recordar ahora, en el bicentenario  del nacimiento de Cirilo Villaverde, que hace décadas, cuando yo era una estudiante en el preuniversitario de la Escuela Nacional de Arte, ENA, una profesora de Español Literatura nos dijo en clase que Cecilia Valdés era una floja novela decimonónica cubana, con personajes esquemáticos y sin vida. Cuando llegó el momento de examinar aquel semestre de la asignatura en cuestión, yo quise defender un libro que recordaba como una de mis más interesantes lecturas de infancia, pero no me atreví. Escribí lo mismo que la profesora había dicho, obtuve un cinco muy tranquilizador y me fui para mi casa sintiéndome un ser miserable y profundamente hipócrita, porque pensaba todo lo contrario. Y aún hoy sigo creyendo que Cecilia Valdés no solo es una de las grandes novelas que se han escrito en Cuba, sino una de las más logradas en la narrativa hispanoamericana, muy por encima de La vorágine y Doña Bárbara, por solo ofrecer dos ejemplos, a las que aventaja ampliamente en calidad de escritura y veracidad y solidez en la creación de caracteres, además de por el valor gnoseológico en su carácter de fresco de una época.

No abunda la narrativa latinoamericana en personajes tan bien concebidos y estructurados como la Cecilia de Villaverde, la bella mulatita chancletera de temperamento apasionado y  sin otra ambición que ascender en la escala social, para salir del mundo de miseria, negritud y mulatería en que nació. ¿Que Cecilia como ser humano es poca cosa? Es cierto, y la vida demuestra cada día que la sociedad abunda en seres simplísimos que apenas si se interesan únicamente en la sobrevivencia cotidiana, a quienes uno observa con la desalentadora sospecha de que no tienen alma ni espíritu, y son apenas cuerpos animados  y llenos de apetitos que les obligan a moverse con un alto grado de espasticidad dentro de la rutina cotidiana, en una sola y elemental dimensión. Hay que admitirlo: la inmensa mayoría del género humano carece de profundidad y de un mundo interior. La mayor parte de la Humanidad habita en la superficie de su piel porque no posee nada más, ninguna otra hondura. Precisamente la maestría de Cirilo Villaverde, su talla inmensa como novelista queda demostrada  por su capacidad para dar a un personaje sin lustre como Cecilia estatura literaria y sustancia tangible, al extremo de convertirla en el único personaje femenino vivo dentro de la literatura cubana, y en uno de los pocos que impresiona en la literatura continental. Pruebe el lector a recordar y encontrará que acuden de inmediato a su imaginación historias y argumentos, pero no grandes personajes. En mi catálogo personal solo puedo citar a la Alejandra de Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas. La Maga de Cortázar queda siempre en Rayuela a la sombra de Oliveira, su partenaire masculino, mientras Borges, el dios de las letras latinoamericanas, solo consigue impactos fugaces respaldados por un rostro en la multitud a quien impregna, momentáneamente, de la intensidad de algún arquetipo. Los personajes hembras de Carpentier exhalan un raro perfume y, por momentos, dejan ver los atisbos de un carácter, pero igual son superados por sus hombres literarios. La Bárbara de Jardín  nunca pretendió corporeizarse más allá del aura espectral que su  creadora le asignó. Busque el lector un nombre que pueda evocarse cuando se camina una ciudad, y tendrá que esforzarse mucho con resultados pobres.

 Fue Villaverde criado en ingenios. Hijo de un médico pobre, estuvo familiarizado durante su infancia con la vida y padecimientos del esclavo, y conocía muy bien el país en que vivía, lo que no sucede siempre a todo el que habita una tierra, pues se puede vivir con el cuerpo en un sitio y el alma desterrada. Pero Villaverde tuvo ambos anclados en la Cuba colonial. Hay que decir de él que fue un hombre de su época y de su geografía a tiempo completo. De un patriotismo acendrado y dedicado siempre a servir la causa de la independencia de Cuba, mereció el reconocimiento de José Martí, quien no solía prodigar encomios por gratuidad y conocía lúcidamente a los hombres. Quienes tengan de Villaverde la idea de un venerable y anciano escritor de largas barbas patriarcales, y confinado a una habitación repleta de papeles, deberían saber que sufrió prisión y escapó de ella en una aventura digna de una novela de acción y suspense; que fue secretario de Narciso López; que contrajo matrimonio con una ferviente trabajadora de la patria cubana, Emilia Casanova, por cuya causa él hubo de permanecer para siempre en el exilio, y que, en general, fue un hombre bastante inquieto y un trabajador extraordinario e infatigable. 

 Villaverde fue periodista, maestro, propagandista político, y siempre se movió con soltura en los territorios del pensamiento. Creó una obra literaria bastante nutrida, si se tiene en cuenta el tiempo que dedicaba a sus actividades políticas, que era casi todo. Destacan entre sus cuentos y novelas Excursión a Vueltabajo, La joven de la flecha de oro, La cueva del Taganana, Diario del rancheador y otros títulos, aunque, sin lugar a dudas, ninguno de ellos alcanzó, ni siquiera en la criba del tiempo, la magnificencia de Cecilia Valdés, su obra cumbre, de la que muy poca gente sabe que no fue escrita de una sentada, sino trabajada a lo largo de muchas décadas. Hubo una primera versión en la que Cecilia era casi una aristócrata de la Ilustración que hasta sabía tocar el arpa, y aseguran quienes la han leído que tenía un lenguaje deficiente y muy monótono. Es solo en la versión que conocemos (que terminó en 1879  y publicó por vez primera en  Nueva York en 1882) donde ya Villaverde tuvo a su personaje completamente dado a luz, con la densidad carnal que hoy nos deslumbra, y donde puso en escena el habla de diferentes estratos sociales.

 Mucho he escuchado el comentario de que habiendo sido Villaverde un hombre políticamente tan comprometido, su Cecilia fuera, por el contrario, una mujer perfectamente desentendida de todo lo que no se relacionara con túnicos, bailes y pasiones donde tenía más peso la carne que el espíritu. Pero no se debe olvidar que en la Cuba colonial el sensor no era un personaje más o menos disimulado tras un buró y un cargo de funcionario de Cultura en apariencia inofensivo y elegantemente enguayaberado, sino un ser muy real, una autoridad colonial que ostentaba un puesto con ese nombre, sin tapujos y con ilimitados poderes. Villaverde tuvo que aplicar a su literatura una especie de control aséptico del que prescindió, sin embargo, en su periodismo. Hoy lo llamaríamos autocensura. Para los muchos espectadores que se han declarado insatisfechos con la versión para cine que hiciera Humberto Solás de la novela, constituiría, sin duda, un buen ejercicio intelectual dedicarse a comprender que, de haber podido, Villaverde habría escrito una novela quizá  más politizada que la película tan duramente criticada por su falta de fidelidad al original.

Realista, como toda novela de costumbres, Cecilia Valdés  rebasó con creces los marcos del costumbrismo criollo que imperaba en las literaturas de su época (y aún después) para convertirse en uno de esos productos de las literaturas nacionales que encierran en sus páginas un mundo tan fielmente retratado, que hasta supera en consistencia a la propia realidad, y a casi siglo y medio de haber sido escrita, aún sigue conmoviéndonos y no solo conserva, sino que ha reacreditado su total y absoluta vigencia en la sociedad cubana de ahora mismo, al tiempo que legó a nuestras letras un monumento que nada ni nadie ha podido remover de su lugar, y cuya grandeza se hace cada día más visible e incuestionable. Lección que deberían estudiar y aprender todos aquellos que pretenden escribir un libro “cubano” caricaturizando y estereotipando una realidad que, en el fondo, están muy lejos de entender. Dos siglos después, Cirilo Villaverde y su Cecilia Valdés no han podido ser superados en Cuba como los ejemplos icónicos de aquellas célebres palabras dichas por otro Grande de la literatura universal: “Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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