EPÍLOGO AL YATISMO CUBANO

 

DudaNo me proponía hacer una serie temática cuando escribí mis artículos Yatismo en la Cuba republicana y Los yates más famosos de la historia de Cuba. Me gusta mucho el mar y siempre hubiera querido tener un yate, pero sé muy poco sobre estas embarcaciones. Supongo que no sea un secreto que los periodistas capaces de escribir sobre cualquier cosa, en realidad son expertos en unos pocos temas, y el resto pueden abordarlo únicamente gracias a sus habilidades como buscadores/procesadores de información. No seguiría escribiendo sobre yatismo si mis dos incursiones anteriores no me hubieran dejado flotando una pregunta bastante mortificante por creer yo que resultaría casi imposible de responder: ¿Qué fue de aquellos magníficos yates de los millonarios del Habana Yacht Club, el Miramar Yacht Club, el Casino Español…? ¿Cuál fue el destino final de aquellas espléndidas embarcaciones? ¿Acaso sus dueños se fueron navegando en ellas hasta su exilio en Miami?

Ni siquiera se me habría ocurrido investigar al respecto, así de remota me parecía la posibilidad de encontrar algún material útil. Pero mientras buscaba datos sobre el yate de Hemingway, El Pilar, comencé una rápida enésima relectura de Hemingway en Cuba, ese maravilloso libro que logró escribir Norberto Fuentes y que es mucho más que una biografía. Y por una de esas coincidencias casi mágicas, sobre las que Jung edificó su teoría de la sincronicidad, encontré en una página de Fuentes la respuesta a la incógnita de los yates cubanos. Las coincidencias mágicas siempre lo dejan a uno sumido en una sorpresa espesa como un chocolate derretido, y luego viene una segunda reacción ante el suceso, que generalmente no es quedarnos cruzados de brazos con lo que la coincidencia nos trae. Así fue como se me ocurrió en un instante escribir un Epílogo para mis dos artículos anteriores, con la respuesta que Norberto Fuentes ha dado, accidentalmente, a mi pregunta, y cito el párrafo íntegro porque es, además de clarificador, muy hermoso:

Hemingway era sincero y explícito cuando afirmaba que disfrutaba de sus árboles, su crianza de gatos y perros, y de la hermosa, soleada y cercana ciudad; y lo era cuando decía que una de las principales razones de vivir en Cuba era el Gran Río Azul, donde hallaba la mejor y la más abundante pesca que había visto. Y había otro factor: lo económico de la vida cubana. Los que lo conocieron aseguran que Hemingway residió en Cuba porque, además de ser hermoso, era barato. Ya se sabe lo que eso significa, lo mal que eso suena ahora en un país que se ha debatido entre la vida y la muerte, en el que las tiendas, bares y restaurantes estuvieron cerrados o pobremente abastecidos durante años. La Corriente del Golfo misma, donde él pescaba agujas, se convirtió en zona de operaciones. Los yates fueron tomados a los millonarios, artillados y transformados en unidades de caza. Tenían motores poderosos, eran rápidos y sirvieron para construir los primeros destacamentos de defensa costera (que fueron bautizados al principio como unidades de “Lucha Contra Piratas”). El yate de Hemingway, bien acondicionado y veterano, por demás, en tales lides, evadió este destino en virtud de una razón sencilla: era el yate de Hemingway. Otro tanto ocurrió con su casa. Un paño de terreno excelente para una guardería infantil, una escuela o un establecimiento militar. Está en una ubicación inmejorable, en lo alto, con dominio sobre un sector amplio. Una ubicación estratégica para la defensa antiaérea.

¿Estuvieron el Miramar y El Criollo entre esos yates “tomados a los millonarios”? No lo sé, y como todo tiene necesariamente un final, desisto de averiguarlo y espero que alguien con más bríos lo haga por mí. Leeré su artículo con fruición.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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