CONTRA LOS PALOMEROS

 He titulado este trabajo a la antigua usanza con que los oradores griegos y romanos, en especial Cicerón, acostumbraban nombrar las diatribas que solían dirigir contra sus enemigos. Antes de continuar debo aclarar que mis enemigos no son las palomas, sino las miles de personas que se dedican a su crianza en La Habana y a lo largo de toda Cuba —pues la colombofilia ha devenido furor en nuestro país—, y mejor aún si entendemos este término con el significado que tenía para los remotos latinoparlantes y los celtomedievales: locura.

Estar en contra de los hobbies que recrean el espíritu y enriquecen las capacidades intelectuales de las personas sería una actitud muy retrógrada. Es más, siempre me han resultado sospechosas las personas que no tienen un hobbie conocido, porque es lo mismo que no saber en qué ocupar el ocio de la mente, que ¡ojo!, no hay que confundir con el concepto de tiempo libre, pues son cosas diferentes.

El ser humano se enriquece en su contacto con la naturaleza, y en especial con el reino animal. Criar aves es una labor hermosa, sin duda, y ver muchas palomas en las plazas y parques de las ciudades produce emoción. La colombofilia es una afición que data de tiempos remotísimos, legitimada por la Historia, y estaba presenten prácticamente todos los pueblos de la antigüedad. Además de ser aves preciosas, las palomas poseen un simbolismo místico muy rico, y una enorme utilidad militar, por muy contradictoria que resulte su imagen de pureza y candor con la siempre repudiable concepción de la guerra, pero fueron muy empleadas en todas las culturas como mensajeras, pues podían llevar todo tipo de mensajes a zonas enemigas donde los soldados no podían tener acceso. Abundan en los libros antiguos las historias donde las palomas mensajeras salvaron situaciones críticas n escenarios de combates. Y no olvidemos decir cuánto ayudaron a los amantes empeñados en romances imposibles y pagados de obstáculos.

Pero los palomeros no son personajes inocentes. Me atrevo a decir que pocos de ellos están afiliados a las sociedades colombófilas oficiales y carecen, por tanto, de formación adecuada como criadores de estos hermosos pájaros. Causan, además, un vasto repertorio de perturbaciones en una urbe superpoblada como La Habana. Pocos de ellos poseen palomares que reúnan los requisitos mínimos para tener estas aves en cautiverio, por lo que las palomas son víctimas de maltrato animal al estar casi siempre hacinadas, mal alimentadas, y ser manipuladas con rudeza improvisada, además de ser apedreadas sin cesar por sus dueños, quienes pretenden dirigirlas con este procedimiento para que regresen a sus palomares o ejecuten cualquier orden que ellos deseen, sin importar si tiene lógica o no.

Otro riesgo que se deriva de la cría desenfrenada de palomas es que, al no poseer los palomares armados en cualquier forma las mínimas condiciones higiénicas, las palomas se convierten en trasmisoras de vectores peligrosísimos para la salud humana, entre ellos un hongo que puede alojarse en los órganos humanos, en especial en los pulmones y el cerebro, donde causa inflamaciones que a menudo culminan con la muerte del afectado. No importa que la persona no esté en contacto directo con el ave, basta con que inhale de algún modo el hongo asesino; puede incluso estar durmiendo de noche junto a una ventana o bajo ella e inhalarlo al respirar en medio del sueño, por encontrarse su habitación muy cerca de algún palomar. Los niños son especialmente susceptibles al contagio, por tener un sistema inmunológico en formación.

Y aquí entramos en las implicaciones puramente sociales de las actividades de los palomeros. No todos ellos disponen de una azotea o algún espacio de su propiedad para construir sus palomares, pero esa razón jamás será suficiente para reducir a un palomero a la inacción. Y así, los palomeros de cualquier edad devienen invasores de la propiedad ajena, que asaltan sin autorización de los verdaderos duelos, quienes a veces pasan semanas y hasta meses sin enterarse de que tienen en su azotea un palomar, y viven bajo un techo continuamente visitado por vecinos y conocidos, pero también por seres ajenos a quienes jamás han visto las caras en su vida.

Ya adueñados del territorio que necesitan para su entretenimiento, arman el palomar con cualquier material que caiga en sus manos, incluso piezas de antenas de radio y televisión que desmantelan sin el menor escrúpulo. Porque los palomeros no se detienen ante nada y en algún rincón de sus cerebros habita muy bien asentada la idea de que el mundo les pertenece por derecho incuestionable, sagrado. Y entonces se posicionan, como cariátides, como gárgolas de piedra sobre los tejados, donde permanecen durante largas horas. En muchos casos tales estancias podrían aspirar al record Guinnes. Algunos hacen visera con sus manos mientras otean el horizonte, como Rodrigo de Triana en el palo de mesana de la nave almirante cuando profirió su célebre grito de “¡¡¡Tierraaaaa!!!”.

Y es entonces cuando comienza el calvario de la vecindad. Los palomeros gritan y dialogan entre ellos de azotea a azotea, el día entero azuzan a las palomas con inflexiones de voz que recuerdan alaridos de náufragos en alta mar, y lo peor: lanzan cantidades impresionantes de piedras de todos los tamaños, cascotes, residuos de construcción o lo que encuentren, ya se sabe, para direccionar a las aves; pero estos proyectiles caen como una lluvia de meteoritos sobre los tejados, sobre los patios, portales y pasillos de las casas golpeando a animales y personas, y en ocasiones hasta entran por las ventanas y lastiman a los habitantes dentro de sus inmuebles. Cualquier argumento para intentar que los palomeros desistan de estas agresiones resulta inútil, porque ellos son el fruto de alguna mutación de la neurosis obsesivo-compulsiva, y aunque los vecinos afectados llamen a la policía y los patrulleros acudan puntuales y pidan carnets de identidad y tomen nombres y hagan advertencias, en cuanto abandonan la cuadra los palomeros trepan nuevamente a sus puestos de observación y continúan su actividad interrumpida como si nada hubiera sucedido.

Y uno se pregunta, viéndolos todo el día y toda la noche, con edades tan diferentes, subidos allá arriba silbando, lanzando piedras y comunicándose en un parloteo chillón e insoportable por lo sostenido, a qué otras actividades se dedican en sus vidas cotidianas. Los niños palomeros ¿asisten a la escuela? Los adolescentes palomeros ¿van a la secundaria? Los jóvenes y adultos palomeros ¿trabajan…? En muchos casos la respuesta es NO. Y aquí surge entonces la pregunta lógica: ¿de qué viven, quién paga sus impuestos, sus alimentos, su ropa, su transporte, su recreación, y todos los gastos cotidianos que no puede evadir el ciudadano común? Alguna fuente de ingreso han de tener, porque hasta las palomas cuestan, pero ¿cuál…? Y entonces cae como anillo al dedo una segunda pregunta: ¿son los palomeros personajes inocuos dentro de la comunidad? Ya hemos visto que no. Pero ¿lo son dentro de la ciudadanía…?

Todo indica que el fenómeno de la cría indiscriminada de palomas causa situaciones de conflicto que alteran la tranquilidad ciudadana. Tal vez no debiera ser una actividad arbitraria que nadie supervisa, y convendría establecer algunas formas de control sobre los palomeros y su ocupación predilecta, censarlos, registrarlos de algún modo que permita controlar y regular sus actividades y exigirles que se sujeten a ciertas normativas, pues hasta hoy no obedecen más ley que su capricho. Vivir en comunidad de un modo que produzca bienestar requiere de reglas de convivencia de obligatorio cumplimiento, de orden, y el orden no es algo que se cree de manera espontánea, sino que hay que construirlo imponiendo códigos de conducta que garanticen la posibilidad de armonizar multitud de intereses disímiles. No se trata de homogenizar la sociedad al grado de que las individualidades resulten abolidas, sino de crear las condiciones imprescindibles para que se cumpla la máxima del sabio presidente mexicano Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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