LOS OCHENTA, LA DÉCADA ¿INTERESANTE? (III)

En los ochenta nos graduábamos de nuestras amadas escuelas de arte. Algunos se fueron al servicio social, y otros a la Universidad. La vida de estudiante, y sobre todo del estudiante trabajador, es muy exigente y demanda sacrificios muy duros, a veces sobrehumanos. Fueron años de “pruebas del héroe” para muchos de nosotros, en los que el pleno disfrute de la vida cultural a que estábamos acostumbrados se vio limitado por la preparación de exámenes, los trabajos de clase, la lectura obligada de libros de texto de los programas de nuestras carreras.  Fuimos un poco máquinas de estudio que luchaban por obtener un Cinco y llegar al final para titularnos, un sueño que acariciábamos y perseguíamos con fervor.  El camino era largo y difícil y muchos se quedaron a la vera. Los amigos se distanciaron, muchos emigraron, los más nos casamos y constituimos familias. Ya no pertenecíamos por entero a la vida cultural citadina con sus glorias y sus luchas, sino a una vida interior de trabajo y creación. Pero ya no encontrábamos en las librerías los libros fascinantes que en tiempos no tan lejanos ponían magia en los anaqueles, ya habían desaparecido muchas librerías y algunas bibliotecas, muchos cines, muchas salas-teatro, ya no veíamos carteles codiciables ni las películas cubanas eran tan buenas como unos años atrás, ya no había tertulias brillantes, si nos íbamos al Potín o a los Carmelos a tomar un helado, ya no encontrábamos en las mesas vecinas grupos de dramaturgos, actores, literatos y periodistas hablando de temas que nos dejaban hipnotizados, y en general se notaba un clima como de fatiga en la producción cultural. Yo recuerdo dos momentos muy importantes de aquella década: el concierto de Billy Joel en el Carlos Marx y la exposición Volumen Uno, en la que participaron José Bedia, Rubén Torres Llorca, Gustavo Pérez Monzón, José Manuel Fors, Flavio Garcíandía, Tomás Sánchez, Ricardo Rodríguez, Leandro Soto, Israel León, Juan Francisco Elso y Rogelio López Marín (Gory), en su mayoría mis compañeros de San Alejandro, y que, como afirmara el crítico de artes plásticas Gerardo Mosquera, cambió el rumbo de la plástica cubana.

El grupo de Volumen Uno

Ya en literatura habían surgido con fuerza los primeros escritores del género policíaco y de ciencia ficción y despuntaban tímidamente los escritores del fantástico, y Juventud Rebelde y las revistas Juventud Técnica y Somos jóvenes eran muy buscadas por quienes queríamos estar informados sobre esos temas, y ni hablar de la revista El Correo de la UNESCO, la joya de la corona en los estanquillos de venta de prensa escrita, junto con otra revista muy buscada, la soviética Sputnik. La producción teatral, sin dejar de ofrecer alguna que otra vez una obra que atraía al público, también había languidecido. El rock era entre nosotros una criatura recién nacida que vivía enroscada en el Patio de María y nadie  sabía si lograría alcanzar la mayoría de edad. Parecía que el Quinquenio Gris, o el Decenio, como han llamado algunos a aquellos años oscuros de la cultura cubana, había dejado una secuela de vacío que iba a durar quién sabe cuánto. La cultura había sido vampirizada y yacía pálida, agitando algún miembro de vez en cuando en un simulacro de movimiento que no llegaba a ser vida verdadera. Siempre realizaciones y logros aislados surgían en aquel panorama desolado. Había un fermento que se sentía bullir, pero la década rutilante de los 60 pertenecía a un pasado cuyas puertas se habían cerrado con el chasquido intimidante de una muerte espiritual.

Y llegaron los 90 y con ellos el Período Especial. La catástrofe sociológica se apoderó del país con la misma intensidad que la económica. Sin papel, las editoriales cubanas entraron en lo que algún ingenioso de corrillo bautizó como el Plan Fantasma de la Letra Impresa.  Con el aumento agobiante de la falta de transporte, la posibilidad de trasladarse desde cualquier punto de la ciudad a El Vedado, el centro cultural de la ciudad por excelencia, se transformó en una empresa poco menos que imposible, y desaparecieron las animadas tertulias del pasado. Apareció el tenebroso conflicto de la divisa y la veda de acceso a hoteles e instituciones para cubanos. Hay muchas anécdotas de este fenómeno tan triste, pero solo contaré una que viví en carne propia.Una noche, cuando quise preparar un monográfico de jazz para participar por mi órgano de prensa, entonces la emisora Radio Metropolitana, en un concurso de periodismo radial, me vi en la imposibilidad de acceder al club La Zorra y el cuervo para grabar, porque no podía pagar los dólares que valía la entrada a aquel paraíso del jazz cubano, y fue tal mi frustración que aquella noche fatídica se convirtió en mi cuento «JazzCuba», publicado en mi libro La ciudad de los muertos (editorial Oriente), y nunca me he cohibido para decir que aquella experiencia ha sido una de las más miserables y humillantes de mi vida.

Pero no todo se había perdido: en medio de la aridez emergieron los proyectos conjuntos de la Oficina del Historiador, surgieron museos y centros de conferencias en La Habana Vieja, se celebraba cada año La Feria del Libro, el Premio Pinos Nuevos para autores jóvenes y otros eventos abrió las puertas a una generación de jóvenes escritores, los Novísimos, que a partir de ese premio comenzó a levantar la cabeza con sus primeros libros publicados. Balseros, prostitutas, homosexuales, chulos, jineteras y turistas, una estética de la miseria y lo grotesco y otros fenómenos de carácter sociológico local comenzaron a imponerse en todas las manifestaciones de la intelectualidad y el arte, sustituyendo pronto en el escenario cultural de la ciudad  a un mundo creativo que había logrado con honores la fusión entre la cultura autóctona de Cuba y lo mejor del arte y la cultura universales. La vocación de universalidad que traíamos desde los tiempos de la República, y que había alcanzado su manifestación mayor en los Origenistas, en la obra musical de nuestros compositores más brillantes Julián Orbón, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Harold Gramatges, Eduardo Sánchez de Fuentes y otros, en las grandes novelas de Lezama y Carpentier, la poesía de Eliseo Diego, el teatro de Virgilio Piñera, el cine de Titón, la Nueva Trova, Leo Brower y el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, y la riqueza inmensa de una tradición musical que integraba con esplendor sus múltiples raíces colapsó ya en los primeros años de la década, y en su lugar surgió en casi todas las manifestaciones de la cultura un activismo político que pretendía suplantar lo que, según algunos manifiestos de grupos intelectuales de entonces, eran las funciones olvidadas del periodismo triunfalista oficial. La cultura, que a partir de 1959 se había transformado en Cuba en un campo de batalla donde contendían las fuerzas de izquierda contra la ideología  imperial, sufrió una inversión casi carnavalesca: apareció, dudosamente acreditada por el fenómeno de la posmodernidad y un sistema de premios no siempre sutil ni lúcido, una estética experimentalista de la miseria y la violencia, e hizo su entrada triunfal en el cine, el teatro y la literatura la muestra descarnada de algo que pretendía ser un tratamiento del sexo de corte realista, y que en ausencia de un sólido basamento orgánico y conceptual en poco tiempo devino pornografía que, si acaso perseguía junto a la denuncia social algún fin dentro del arte de la escritura, en la mayoría de los casos y con excepciones de calidad auténtica, no consiguió, ni lo ha hecho hasta hoy, más resultados que un exhibicionismo brutal y una competitividad absurda y sin tapujos para ver a quiénes ese camino conduce más rápido y más cerca de las editoriales extranjeras y el mercado internacional del libro. Los postulados del arte ya no eran lo más importante.

Otro fenómeno que ha caracterizado a la literatura cubana desde ese momento ha sido la desaparición casi total de la crítica literaria y su suplantación por una apologética generacional dedicada a la promoción y venta de imagen más que a las obras en sí mismas, y que en más de una ocasión no ha sentido vergüenza de  promover a escritores y poetas sin obra publicada. Un joven crítico cubano en el exilio tituló en modo irónico Una literatura sin cualidades a un ensayo suyo sobre novelas, libros de cuento y antologías publicados en la isla en las últimas décadas, y aunque la tesis del ensayo intenta demostrar lo contrario, pocas veces un título se ha acercado tanto al retrato de grupo de un fenómeno que, más que literario, es sociológico y mercantil. Y otro fenómeno que también llama la atención es la aparición cada vez más frecuente, en el mundo digital de las revistas especializadas, de trabajos de crítica e investigación  sobre obras literarias de las últimas promociones de escritores cubanos,  en las cuales, más que los valores intrínsecamente literarios y artísticos de las obras, lo que se exalta es su espíritu militante de ataque al sistema social que impera en Cuba.

La música cubana, tan rica e influyente durante siglo y medio en el panorama sonoro  de tres continentes, salvo excepciones fue perdiendo los tremendos poderes de la fusión inteligente hasta quedar en el tuétano de unos pocos ritmos que difícilmente pueden acreditar su pertenencia al universo  musical, y de algunos de los cuales ha renegado enérgica y públicamente Luis Carbonell, ese artista cubano inimitable e irrepetible conocido como el acuarelista de la poesía antillana, a quien se ha querido utilizar como tronco de linaje de estos músicos de nuevo tipo, honor que resueltamente Carbonell declinó en vida en todas las ocasiones en que le fue posible hacerlo.

Solo la plástica, la danza y el ballet y el cine produjeron obras verdaderamente descollantes, pero, en el caso del cine, muy escasas, y limitadas a unas pocas figuras como Fernando Pérez, quien aún mantiene con su filmografía el linaje del cine de autor.

La vida es silbar

Hay que decir, también, que del lado de la política cultural oficial se emprendieron acciones no siempre  felices, y citaré solo un ejemplo, aunque hay muchos. En 1990 un joven director de cine, Jorge Luis Sánchez, acompañado por un pequeño grupo de escritores y poetas, filma el documental ¿Dónde está Casal?, con el doble propósito de encontrar los restos mortales del poeta y devolver su memoria y su obra al lugar cimero que le corresponde en el Parnaso literario cubano, pues Casal, ya en vida, fue condenado al ostracismo por la sociedad letrada de su época, que no lo comprendió, y una lápida de silencio y olvido cayó sobre su nombre. El grupo recibió apoyo de importantes instituciones no solo culturales como el ICAIC, sino del Instituto de Medicina Legal, que se ocupó de la exhumación e identificación de los restos yacentes en el panteón donde supuestamente yacían los despojos de uno de los más grandes poetas cubanos de todos los tiempos, que trascendió el marco de lo nacional para convertirse en una de las figuras cimeras e iniciadoras del modernismo latinoamericano.

Realizado en 1990

El grupo terminó el documental, pero por razones que ya hoy el paso del tiempo ha vuelto borrosas, aunque no inexplicables, el audiovisual quedó relegado, como siempre ha estado la figura de Casal, quien a pesar de que su obra se estudia en universidades del mundo, es en Cuba un personaje de leyenda y de culto de una minoría que lo venera, pero está ausente del programa de estudios de la Enseñanza Superior, y si llegó hasta nosotros una edición de sus Obras completas fue porque Lezama la publicó en 1963, sin que desde entonces tuviera ninguna reedición, hasta la publicación de su Epistolario en 1921 que, sin embargo, está incompleto. ¿Qué sombra ha pesado siempre sobre Casal y su obra? ¿Solo ha sido incomprensión, ignorancia prejuiciosa de funcionarios, incapacidad de la crítica para valorar a quienes se desmarcan del canon nacional, o existen razones más allá? ¿Desconfianza ideológica, recelo político tal vez…?

Se entiende que su rebeldía y su negativa a someterse a las reglas de las autoridades coloniales, su mordacidad periodística y sus burlas zahirientes le valieran el rechazo de los gobernantes españoles de Cuba, pero Casal murió en 1893. ¿Qué pudo haber hecho el poeta contra la Revolución si su temprana muerte a los 29 años ni siquiera le permitió llegar a reunirse con Maceo en la manigua, como era su deseo? La respuesta lógica es: NADA, pero la lógica no siempre proporciona la explicación verdadera de ciertos hechos incomprensibles. Jorge Luis Sánchez ha resumido el misterio con la brevedad lacónica de las sentencias aplastantes:

Casal es un raro. Esa es su condición, o su cualidad, o su singularidad, la que hay que respetar. Por eso dije en la peregrinación a la necrópolis que antes de estudiarlo hay que amarlo, o no se entenderá. El mundo, desafortunadamente, no está diseñado para los raros, pero hay que luchar para que los raros no solamente tengan sus espacios, sino para que se expresen con naturalidad, para que vivan en armonía con los «normales». Me pregunto, ¿cuánto de raro habita en lo normal y cuánto de normal habita en lo raro? Es una dicotomía nociva, porque casi siempre, en el fondo, hay discriminación. Y Casal fue discriminado por ser diferente.

Desafortunadamente, el interdicto que pesó siempre sobre la figura de Casal ha extendido sus alas sobre casi todos los raros de la literatura cubana, vivos y muertos, sin distinción. Por fortuna, aunque los restos mortales de Casal siguen perdidos, Jorge Luis Sánchez, quien no emigró como otros miembros del grupo que  participó en el documental, logró en 2021 cumplir su obsesión de devolver a Casal el reconocimiento y el lugar que le corresponden en la historia de la cultura nacional con la realización, estreno y postulación para los premios Oscar de su filme ¿Dónde está Casal?, que no ha corrido la suerte del documental homónimo y ha obtenido el reconocimiento merecido dentro de la Isla y fuera de ella. (Continuará).

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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