COVID, VUNERABLES Y LA TRAGEDIA DE LAS COLAS EN LAS FARMACIAS CUBANAS

Recién he leído en un diario nacional la queja de la señora Marta Yabor Balbe, conocida y respetada conductora de la programación televisual, sobre las penas y azares que su anciana madre tiene que enfrentar cada vez que llega el pedido de los medicamentos a su farmacia, que para más datos, es también la mía, pues somos vecinas del reparto La Asunción, ubicado en la intercexión de las calzadas de Luyanó y Porvenir.

Quisiera sumarme al sentir de Marta, puesto que yo misma me he convertido en un ente de la tercera edad y sufro las mismas dificultades a la hora de comprar con mi tarjetón y el de mi hija discapacitada los medicamentos que nos corresponden cada mes por tener la desgracia de padecer las patologías crónicas que soportamos.

En un fenómeno que observamos con la mayor preocupación: la inmensa cola que desde días antes, y hasta de madrugada, se forma en las farmacias para “coger” un turno bajito que permita acceder a los medicamentos, tan escasos, antes que se acaben. En nuestra farmacia los vecinos, imposibilitados de dormir por las feroces discusiones que se forman en medio de la calle, tienen que llamar a la policía varias veces y esta, viene o no, pero no consigue más que hacer callar a los contendientes por un rato.

Las colas cubanas no tienen disciplina, nadie guarda el distanciamiento social tan necesario en medio de una pandemia que cada unos cuantos días crea una nueva cepa, siempre más contagiosa y letal que la anterior. La gente pareciera como que en esas horas que comparten forzosamente desarrollan un amor profundo los unos por los otros y se pegan, se abrazan, transmitiéndose generosamente el virus de una boca a otra, de una nariz a otra, pues los nasobucos son, para muchos, apenas un mero ornamento que se colocan correctamente solo cuando ven desembocar por una esquina el carro patrulla de la policía.

Es inhumano que ancianos y discapacitados tengan que permanecer en estas colas, de pie, al sol, empujados, vituperados, expuestos al contagio y, en muchas ocasiones, abusados hasta por los mismos dependientes. El pueblo sabe que vivimos en pandemia, que sobre Cuba pesa el yugo asfixiador de más de doscientas sanciones económicas y un bloqueo impuesto por los Estados Unidos desde hace más de medio siglo. El pueblo sabe que no hay suficientes medicamentos y que los enfermos del COVID consumen una gran parte de la exigua producción nacional. Pero es que los medicamentos de tarjetón no son de tarjetón por gusto. Pongo dos ejemplos, aunque hay muchísimos. El Clopidogrel, un antiagregante plaquetario, es la línea que separa la vida de la muerte para los enfermos cardiópatas que llevan implantado en sus pechos un estent, dispositivo que mantiene abiertas las arterias obstruidas para asegurar el flujo de sangre al corazón. Cuando uno de estos pacientes abandona el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular es debidamente advertido por su cardiólogo de que dejar de tomar el Clopidogrel lo conducirá en muy pocos días a la trombosis de su estent y, en dependencia de en qué arteria esté ubicado el dispositivo, a una muerte rápida y muy dolorosa que no le dará tiempo para llegar al hospital más cercano.El paciente tendrá tantos días de vida como tabletas de Clopidogrel logre agenciarse. Toda una sentencia letal que pende sobre su cuello como una espada de Damocles que tiene, dolorosamente, muchas probabilidades de cercenarle la cabeza, aún cuando el plazo de su estancia sobre la Tierra no haya llegado a su fin natural .

El otro ejemplo es la Metformina, medicamento imprescindible para diabéticos. La diabetes es una enfermedad que hasta cierto punto y hasta cierto momento de su desarrollo puede controlarse con una dieta adecuada, pero ¿existen en este momento en Cuba las condiciones requeridas para una dieta como esa? La respuesta es NO. Y no me parece necesario entrar en detalles sobre la gravedad de una diabetes descompensada.

No puedo dejar de mencionar la crítica situación en que se encuentran los pacientes psiquiátricos, grupo poblacional especialmente afectado por el estilo desastroso de vida que la pandemia nos ha impuesto, muchos de ellos en crisis y sin posibilidad de un ingreso hospitalario, ya que la inmensa mayoría de nuestros hospitales han sido derivados para la atención de los pacientes de COVID. Estos pacientes psiquiátricos están en sus casas, muchos de ellos no son crónicos y podrían volver a la normalidad, pero sin la medicación que les ha sido indicada evolucionan rápidamente hacia la cronicidad ante la desesperación de sus familias, impotentes para ayudarlos y para controlarlos. Quien esté inmerso en una situación como esta sabe que no miento cuando digo que es uno de los peores sufrimientos a que se enfrenta el alma humana: ver enloquecer a un ser querido y no poder hacer nada.

¿Qué pasará con todos los enfermos de NO COVID que ahora no pueden acceder a sus medicamentos, incluso cuando la farmacia anuncia que “en este pedido no han entrado” pero luego aparecen en el mercado negro a precios salidos de la más delirante novela de ciencia ficción?

Ciertamente, existen grupos de apoyo creados por los Gobiernos municipales, los CDR y hasta por los mismos vecinos, pero no siempre cumplen su cometido, que sería, en teoría, garantizar la medicación a los ciudadanos más vulnerables. A veces estos grupos no dan abasto, porque la población cubana está muy envejecida, y otras, porque la persona comisionada para hacer esta función es ella misma una persona muy enferma. En nuestra cuadra es nada menos que una diabética, que no puede dormir en la cola ni marcar antes de las seis de la mañana, como le ocurre a la anciana madre de Marta Yabor, entre otras razones porque hace meses no logra acceder a su medicación de Metformina.

La situación es extremadamente grave, pues si es terrible morir de COVID, no lo es menos morir innecesariamente de otra enfermedad por falta de un medicamento. Se impone con extrema urgencia diseñar, por parte de los organismos y autoridades involucrados, un modelo de abastecimiento de medicamentos para los vulnerables que proteja sus vidas y garantice su acceso a la medicación. Al mismo tiempo, es preciso, es necesario y es vital tomar medidas para que los medicamentos no “escapen” de las farmacias en cuanto el camión del pedido los descarga, para ir a parar a los siempre bien provistos y abusivos almacenes del mercado negro. Y es preciso que todo esto se haga igual en todos los municipios, que las medidas sean las mismas en todas partes, pues no se entiende por qué en algunos municipios hay mejor organización en la distribución de medicamentos, y en otros la misma es un desastre.

Todos somos ciudadanos, pero los fuertes tienen muchos recursos para valerse y encuentran siempre el modo de sobrevivir, mientras que los ancianos, los discapacitados y los niños dependen de la protección y amparo de la sociedad a la que pertenecen y, en muchos casos, dedicaron sus vidas. Ningún país debe olvidar esta verdad. Si la sociedad no nos protege, ¿quién lo hará?

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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